ARMENGOL COLL Y ARMENGOL: MISIONERO Y OBISPO PARA ÁFRICA
Por Eduard CANALS, CMF
Los primeros años
El pequeño Armengol nace el 11 de enero de 1859 en el pueblo leridano de Ivars de Urgell, en Cataluña. Era el cuarto hijo de Josep Coll y Josefa Armengol. Posteriormente, nacerían tres más.
Por aquel entonces Ivars era una comunidad rural muy pobre debido a la sequedad de la tierra y la consiguiente escasez de recursos. Armengol fue bautizado al día siguiente de su nacimiento en la iglesia parroquial de San Andrés. Pocos días después, su madre lo presenta a la Virgen de Horta.
Un poco antes de cumplir los dos años, el 4 de noviembre de 1860, recibe el sacramento de la confirmación de manos del obispo de Urgell, José Caixal, muy amigo del entonces confesor de la Reina Isabel II, Antonio María Claret. El obispo no podía sospechar entonces que ese niño pertenecería también a la congregación de su amigo Claret y sería obispo en las lejanas tierras de Guinea.
Armengol crece feliz en Ivars. Frecuenta la escuela. Juega con los amigos en la calle. Ayuda como monaguillo y canta en el templo.
Su maestro, Miguel Fondevila, ve en él un discípulo listo y aplicado. Además de frecuentar la escuela, jugar en la calle y ayudar en la iglesia, Armengol echa una mano en las tareas agrícolas de la familia.
Seminarista en Solsona
A pesar de que en España se vive una tensa situación política que repercute negativamente en la vida de la Iglesia, Armengol comienza sus estudios eclesiásticos en el seminario de Solsona en septiembre de 1870, unos días antes de que el obispo Claret muriera en el destierro de Fontfroide. No es fácil saber por qué Armengol ingresa en el seminario cuando su deseo era ser músico. Su padre había muerto cinco años antes cuando él contaba solo 6.
La marcha al seminario alivia las estrecheces el hogar. Armengol vivirá como fámulo en casa del presbítero D. Pedro Jaime Segarra. A cambio de pequeños servicios, su tutor se hace cargo de los estudios y la manutención. D. Pedro, natural de Ivars, amigo de la familia, vive en Solsona. Por esa razón el pequeño Armengol ingresa en su seminario y no en el de Urgell, que es el que le hubiera correspondido, dado que su pueblo pertenecía a esa diócesis.
Durante los años que pasa en el seminario obtiene excelentes calificaciones, se siente a gusto en casa de D. Pedro, pero siente que Dios le llama a ir más lejos. El “más allá” de Dios lo acompañará a lo largo de toda su vida.
Más allá de los Pirineos
Año 1876. A sus 17 años, el joven seminarista de Solsona, con excelentes calificaciones académicas y futuro prometedor como sacerdote diocesano, decide dejar el seminario, pasar la frontera y proseguir sus estudios al otro lado de los Pirineos en el noviciado de la joven congregación misionera, fundada por Antonio María Claret, el misionero arzobispo, fallecido hace tan sólo seis años en el exilio francés.
En agosto de este mismo año, Armengol remite al austero general de los misioneros, P. José Xifré, la documentación necesaria, escrita con letra menuda, pero inteligible. En ella aparece como “muchacho sincero, inteligente, de buen corazón”, “padece algún tanto de imaginación”, según el vicario capitular, “y no es de naturaleza robusta”, según el profesor de gramática.
Admitido por el superior general, con otro compañero, cuyo nombre ocultará siempre Armengol, inician su camino de aspirantes misioneros, atravesando los Pirineos, frontera de España con Francia, soñando realizar su ideal misionero.
Armengol, en éxodo histórico, deja patria y familia, para realizar esa vocación misionera. No volverá nunca más a su querido Ivars de Urgell, muy consciente de que el misionero es un hombre arraigado en el país que evangeliza, pero desarraigado del terruño que le vio nacer.
Más allá de los Pirineos, en Thuir, se ha ido reuniendo una comunidad numerosa de misioneros claretianos exiliados por la revolución del 68. Y aquí llegan los dos seminaristas catalanes el 11 de enero de 1877. En esa comunidad edificante inicia el joven Armengol su formación religiosa y misionera. Durante esos años de formación en Thuir, crece milagrosamente la congregación misionera del “Padre Claret”. Eran un centenar al morir el Fundador en 1870. A los diez años, en 1880, son ya 400.
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