Cruda realidad/ En respuesta a Juan Manuel de Prada ¿Qué hacemos con ‘Silencio’?
Acabo de leer aquí, en estas mismas páginas, la defensa que Juan Manuel de Prada hace de 'Silencio', de Scorsese, y he acabado con el mismo mal sabor de boca con que salí de la película.
Antes de seguir, dos cosas: la película, para un cristiano cinéfilo y bien formado, vale la pena, pese a todo lo que voy a decir a continuación. Así que -dos-, si no la ha visto y no quiere que se la destripen, deje inmediatamente de leer. Porque voy a ir a degüello, y los ‘spoilers’ van a ser constantes.
Toda la película -y la novela de Shūsaku Endō- gira en torno a un dilema moral, a su vez basado en hechos reales: si está justificada la apostasía para salvar la vida de otros. Y la respuesta de Scorsese -y, por ende, de Prada- parece ser que sí.
Les resumo deprisa:
En Japón se ha desatado la más terrible de las persecuciones contra el naciente cristianismo y se rumorea que el provincial de los jesuitas, el Padre Ferreira, ha apostatado.
Dos jesuitas en Roma se proponen, casi en plan comando, desembarcar en las islas, averiguar qué ha pasado y tratar de ‘rescatar’ -espiritualmente, al menos- al Padre Ferreira.
Pero el protagonista, el padre Rodríguez, acaba encontrándose con el padre Ferreira que le dice que no hay nada que hacer, que toda resistencia es fútil, y que si él mismo no apostata, torturarán a sus feligreses. Al final apostata -pisa una imagen de Jesús- y, siguiendo los pasos de Ferreira, adopta un nombre japonés y se casa.
En una última escena -que, por cierto, no está en la novela de Endo-, cuando el apóstata Rodríguez muere y se celebra el sepelio siguiendo el rito budista, la cámara se centra en su puño cerrado, que aprieta una diminuta cruz. Volveremos a ello.
Ahora, si un cineasta o novelista se propone hacer una obra sobre el triste caso real de un apóstata, no hay nada que decir, salvo que también son ganas de centrarse en un caso tan deprimente.
Fotograma de Silencio, la nueva película de Martin Scorsese sobre la persecución religiosa
Como reza el dicho, los amores cobardes dan malas historias, y es poco probable que, digamos, ‘Romeo y Julieta’ hubiera llegado a la cumbre de la literatura universal si en el segundo acto vemos a un Romeo que ha recapacitado, se ha dado cuenta de que no vale la pena enfrentar a Capuletos y Montescos por un calentón adolescente y deja a Julieta.
Prada tira de San Agustín, en uno de los párrafos más endebles que le he leído jamás y que no me queda otra que citar ‘verbatim’:
“Dios no quiere que rehuyamos el martirio; pero mucho menos quiere que nos arrojemos al martirio insensatamente, o que nuestra insensatez arroje al martirio a nuestros hermanos. Por supuesto, esta disciplina del arcano puede ser la coartada perfecta para los cobardes que callan y otorgan, deseosos de obtener las recompensas que ofrece el mundo, mientras los valientes son sacrificados; pero esta no es la tesis que se defiende en Silencio, donde en todo momento se nos presenta la fingida apostasía de los protagonistas como un trágico acto de amor a sus feligreses”.
Los católicos de nuestro siglo estamos tan, pero tan acostumbrados a las ‘penumbras’ y ambigüedades y ‘conflictos interiores’ y cosas de ese tipo entre nuestros propios teólogos que es fácil sumergirse en esta dulce nube hipnótica y ceder el juicio.
Sería injusto decir que Dios nos envía apóstoles y el diablo, teólogos, pero no demasiado. Así que pondré una analogía que todo el mundo hoy es capaz de entender con absoluta claridad moral: los nazis. Venga, hagamos un Godwin.
Imaginen un comando aliado que penetra en la Alemania nazi para reunirse con la resistencia, tipos que viven cada día el peligro, que se la juegan constantemente y que caen como moscas en las manos torturadoras de la Gestapo.
Silencio, la nueva película sobre la persecución a los cristianos en _Japón
Estos, ciudadanos corrientes, ayunos de todo auxilio durante años, reciben a los miembros del comando con los brazos abiertos, les agasajan, les convierten inmediatamente en sus líderes.
Pero he aquí que el jefe del comando cae, a su vez, en manos de la Gestapo y este, después de un tiempo indeterminado de tortura, abjura de la democracia, se pone el brazalete con la esvástica, lanza un sonoro “¡Heil, Hitler!” y dedica el resto de su vida -años y años y años- a escribir panfletos nacionalsocialistas y a trabajar con minuciosidad para que no entre en Alemania el menor mensaje que pueda poner en riesgo el Reich de los Mil Años. ¿Creen que alguien les consideraría héroes? ¿Hablaría alguien de su “apostasía fingida”? ¿A que se entiende mejor así?
A ver, dejémoslo claro: no pretendo que no se comprenda la actitud de los apóstatas. No daría dos duros por mi resistencia si me enseñaran una rata, no digamos si me sometieran a horribles suplicios. Pero es que el pecado es siempre comprensible. Y, para Dios, siempre perdonable. Pero es pecado, no mérito.
Volvamos a Silencio. Hay tres personajes, dos de ellos colectivos. Por un lado están los padres que apostatan. Repito que encuentro comprensible su caso, pero también es cierto que contaban con satisfacciones puramente humanas que, sugiero, quizá tuvieron algo que ver en su apostasía. Las escenas de la película son reveladoras: los fieles les reciben como dioses. El propio Padre Rodríguez reconoce que en su vida se ha sentido más útil, más necesario. Estos son los que apostatan y los que Scorsese hace héroes.
Luego están los fieles corrientes, los miles de mártires anónimos. Bastante menos sofísticados, con muchos menos ‘conflictos de conciencia’. Esa masa que no solo no es anónima para Dios, sino que son los verdaderos héroes de la novela, la película y la historia. Han entendido el mensaje, y saben que la vida en este mundo es poca cosa comparada con la Gloria.
Y por último está un personaje quintaesencialmente cristiano, que es con el que más me identifico. Kichijiro es repugnante. Scorsese no ha querido hacer la menor concesión con él, ni el menor rasgo redentor: hasta físicamente es repulsivo. No peca con esos pecados de moda que tan poco nos cuesta perdonar porque, en el fondo, no los consideramos realmente pecados-pecados: la magnífica ira homicida de un vengador, la chulería soberbia de un héroe, la lujuria “por amor” -¿sigue alguien considerando un pecado la lujuria?-, la ambición de un atractivo banquero de Wall Street…
No, los de Kichijiro son de esos pecados que nos hacen decir: “Yo estoy dispuesto a perdonar, pero lo que ha hecho este es imperdonable”. Y lo es, probablemente, para nosotros. Pero no para Dios. Kichijiro no solo apostata repetidamente, como los padres: traiciona a sus amigos, apostata después de ver a su mujer y sus hijos morir mártires, vuelve a traicionar, una y otra vez.
Andrew Garfield es el Padre Rodrigues en ‘Silencio’
Pero, a diferencia de los padres, no deja a Dios en paz. Se diría que conoce de Dios algo que los sacerdotes protagonistas parecen haber olvidado. Y vuelve tozudamente, vuelve y vuelve a pedir confesión, aunque todos sabemos, y probablemente también él, que volverá a hacerla aún más gorda a continuación. Apostaría que Kichjhiro se ha salvado.
Y vamos con la cruz en el puño del cadáver del ex padre Rodríguez, tabla a la que se agarran tanto Scorsese como Prada. Es como si dijera:
“¡Jaque mate, torturadores! Es cierto que he pisado una imagen de Jesús, he maldecido su nombre, me he dedicado a convencer de que las Suyas son falsas doctrinas en decenas de tratados y he muerto como budista, pero al final os he burlado: ¡estaba fingiendo!”.
Imaginemos que uno de los responsables de la descristianización de la Era Tokugawa tuviera noticia de aquella pequeña cruz, que la descubriera en el puño del apóstata antes de disponer del cadáver o lo confesara su mujer. ¿Creen que le rechinarían los dientes, que se sentiría burlado, que maldeciría en japonés?
No.
Sonreiría, con toda probabilidad. Me atrevo a imaginar que el asunto le parecería delicioso, mejor que su contrario.
Las autoridades anticristianas de entonces, como las de ahora, nada podrían desear más que esa cruz en el puño… mientras siga oculta en el puño.
Me sorprende extraordinariamente de Juan Manuel de Prada, tan certeramente crítico con quienes quieren reducir el cristianismo a una fe exclusivamente privada, incomunicada, convertida en ‘espiritualidad’. Muchas cosas malas pueden decirse del Diablo, pero no que sea materialista.
El Mundo -y me refiero aquí al concepto teológico- no tiene absolutamente nada contra la ‘espiritualidad’; es la religión lo que no tolera. Más bien al contrario: los comunistas demostraron sobradamente los peligros del materialismo más burdo. Se dieron cuenta de que deja al hombre vacío e insatisfecho, y un súbdito insatisfecho es un súbdito peligroso por dos motivos: porque puede dirigir su insatisfacción contra el Poder y, sobre todo, porque se hace especialmente vulnerable a los que predican la Fe.
En cambio, si se da ‘espiritualidad’ al vulgo, el Poder está doblemente protegido. El ‘espiritual’ le dirá al religioso: “Es muy interesante lo que me
cuentas, y esas cosas que dice Jesús, me sirven mucho. Pero creo, hermano, que le has entendido mal. Él nunca quiso montar una religión organizada, solo que vivieras interiormente su mensaje, en privado”.
El Mundo babea de anticipado placer ante esa cruz en el puño. Defended nuestras causas inicuas, desfilad como os mandamos, no deis la lata a nadie con vuestras ‘opiniones privadas’ que puedan poner en peligro nuestro asfixiante control. Pero mantened -bien oculta en el puño, eso sí- esa cruz diminuta si os hace sentir mejor.
Cruda realidad/ En respuesta a Juan Manuel de Prada ¿Qué hacemos con 'Silencio'?
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