LA IGLESIA OCUPADA - CAPITULO IX
MONSIEUR PIOU
Cuántos hombres hoy día piensan llevar el mundo a una vida nueva, a una era mejor y lo conducen a su perdición.
BLANC DE SAINT-BONNET
No hay “gran” liberal que no sea un gran asno.
LÉON DAUDET, Le stupide XIXe siécle, p. 49
Hay algo peor que la negación manifiesta, es el complaciente abandono de los principios, es el lento deslizamiento con aires de fidelidad.
JACQUES PIOU
"La Iglesia Ocupada" es un libro de Jacques Ploncard d’Assac, publicado por capítulos en Santa Iglesia Militante por Cecilia Margarita de María Thorsoe Osiadacz. Para ver la totalidad de los capìtulos publicados puede clickear en LA IGLESIA OCUPADA.
La Acción Liberal Popular — Monsieur Piou reclama un sitio en la República — Del peligro de jugar con las palabras — Los 20.000 votos — ¿Vox populi, vox Dei? — ¿Es Dios quien arranca los crucifijos? — El mal menor — El complaciente abandono de los principios.
La expresión política del “Ralliement” se tradujo en un movimiento dirigido por M. Jacques Piou: L’ACTION LIBÉRALE POPULAIRE. La gran idea de M. Piou es que, “al no ser ya atacada la República, va a romperse el único y casi indestructible lazo que une a los republicanos. Al romper con los revolucionarios los hombres de orden, se formará un gran partido moderado”.
Para esto, M. Piou está dispuesto a todas las concesiones doctrinales. Publica en la Revue des Deux Mondes de 15 de junio de 1897 una especie de manifiesto:
“La evolución democrática —escribe— es la característica de este siglo. Cualquiera que sea el futuro, el presente pertenece a las ambiciones del pueblo que en todas partes se levanta y domina aquí y allá. Estas ambiciones, a veces son desordenadas en sus manifestaciones pero, ¿cómo negar que no sean legítimas en su base?
“Vienen, en descendencia directa, del mismo cristianismo. Las ideas de LIBERTAD, de IGUALDAD, de FRATERNIDAD, que las revoluciones llaman su conquista, no han sido traídas al mundo por ellas. No datan de un siglo, Sino de dieciocho siglos. Jamás ninguna sociedad civil realizará mejor el ideal democrático que la sociedad religiosa fundada por Jesucristo."
“Queríamos aplicar a la política la igualdad ‘que el Evangelio concede a los cristianos’, escribió en su testamento un jacobino más clarividente ante la muerte que durante su vida. ‘Sin el dogma de la igualdad de las almas en el cielo, dijo a su vez Mazzini, no habríamos llegado jamás a proclamar el dogma de la igualdad de los hombres en la tierra’. “
Esto era histórica y doctrinalmente falso. La idea, bastante pobre tácticamente, era encerrar a los republicanos en la noción de libertad con el fin de reclamarla para la Iglesia. Uno se hacía liberal para reclamar un sitio en la República.

Decreto de la separación Iglesia-estado.
A pesar de unas primeras desilusiones graves, al comienzo del siglo XX Jacques Piou cree todavía en la llamada al cuerpo electoral y su “Action Libérale Populaire”, que funda en 1901, “tiene por fin —dice—— defender en el terreno constitucional por todos los medios legales, y en particular por la propaganda electoral, las libertades públicas”.
Ya estamos en la inconsistencia del vocabulario electoral, de esas fórmulas preparadas para atraer al mayor número de gente posible y que acaban por no significar ya nada.

Mezcla de ideas para atraer gente... y grito final: "¡ Viva la República patriótica social, y libertad equitativa para todos !"
Por lo demás, ¿era honrado poner un movimiento católico bajo el signo del LIBERALISMO, cuando los Papas —comprendido León XIII no habían cesado de condenar el error liberal? Uno de los cardenales del círculo más íntimo de Pío X dirá más tarde: “Es como si se hubiese dicho, en otra época, la acción pelagiana o la acción jansenista. En efecto, el liberalismo es un error proscripto por la Iglesia. No en vano se toma su distintivo. Las grandes desgracias de este siglo han sido concebidas por formas de expresión de las que ciertos hombres temerarios creían que el equívoco era favorable a la buena causa, pero que inventadas y extendidas por sus enemigos, acababan por hacer aceptar, con el nombre, lo que realmente significaban”.
Se empieza por jugar con las palabras, con la apariencia que —se cree— agrada a la opinión pública, pero una vez situados en el terreno electoral somos esclavos de ellas. Cada palabra, cada objetivo se pesa no por su significación real, sino por su peso electoral.
Jacques Piou percibe pronto el peligro:
“Se pretende —reconoce— que invocar como principio esencial la libertad, es favorecer la libertad del mal; es testimoniar una detestable indiferencia respecto a toda doctrina y poner en un pie de igualdad, la verdad y el error. ¿Pero por qué? Nos remitimos a los términos mismos formulados por Santo Tomás de Aquino: ‘La libertad es el poder de hacer el bien, como el entendimiento es la facultad de conocer la verdad. La posibilidad de hacer el mal no está en la esencia de la libertad, ni la posibilidad de equivocarse está en la esencia del entendimiento; como la posibilidad de estar enfermo no está en la esencia de la salud’ “.
Pero ¡ay!, las sutilezas filosóficas no tienen sitio en política: fundamentar una sociedad sobre la libertad ilimitada de opinión y de acción, es entregarla sin control a las más fuertes pasiones. No es, en absoluto, darle “el poder de hacer el bien. Cuando los equipos ‘del mal’ están instalados en el poder por el libre juego de las instituciones democráticas, su primera preocupación es precisamente impedir a este ‘poder’ que haga el bien”.
Este liberalismo de dirección única caía en el ridículo. Basta releer hoy ese pobre “Himno de la Acción Liberal Popular” que se entonaba a modo de canto en los mítines de Piou y en el cual la poesía es tan mediocre como el pensamiento. Lo cito, porque resume toda una época, como los corsés y el sombrero hongo:
Somos de acción liberal
Queremos vivir en libertad
Sí o no, a voluntad.
La Libertad es nuestra gloria
Gritemos: “iViva la Libertad!”
Queremos creer o no creer.
Refrán
Aclamemos la acción liberal
liberal, liberal
que la ley para todos sea igual,
sea igual.
Viva la acción liberal de Piou.
Respecto a la libertad, Piou y sus liberales iban a ver a los electores llevar al poder al F. Combes que debía desencadenar la persecución religiosa, cerrar los conventos, expulsar a los religiosos, confiscar las iglesias. La dictadura de la Masonería es total y del Gran Oriente de París con todos los recursos del poder, va a extender su acción a toda la Europa católica: en Italia, en España, en Portugal, se continuará esta infiltración visible por el canal de las logias y de la prensa cuyos órganos adoptan los mismos títulos: Le Progrés, Le Libéral, La Lanterne, La Marsellaise, Le Siécle, etc... Una segunda ola de jacobinismo se extiende por Europa.

“En 1902 —escribe M. Joseph Denais en su estudio sobre Jacques Piou— todo podía cambiarse con un desplazamiento de 200.000 votos”. Por cerca de 200.000 votos, fue enseñado a los niños de Francia que Dios no existía.
Ante esta persecución, Piou se lamenta:
“La facilidad con la que se comete el atentado (se trata de la denuncia del Concordato), la impunidad que puede cubrirlo, sacan a la luz el vicio radical de las instituciones que nos rigen. Se las proclama liberales y son excelentes armas para lo arbitrario”.
Error. Las instituciones de la III República eran perfectamente liberales. Cada uno había acudido a la Ley del Número. El Número se había declarado contra M. Piou. Ya no había nada que decir.
Entonces, sutilizaba así:
“Se nos ha dicho —escribía— que tenemos una Constitución; de hecho, no tenemos sino la mitad de una. Una Constitución no es un simple conjunto de leyes que regulan la forma del gobierno y las relaciones de los poderes públicos; ES TAMBIÉN UN CONJUNTO DE GARANTÍAS QUE PROTEGEN, CONTRA LOS PODERES ANÓNIMOS DE LA MAYORÍA, EL DERECHO NATURAL Y LAS LIBERTADES ESENCIALES DE LOS CIUDADANOS”.
También ahí M. Piou se equivocaba. Estas “mayorías anónimas” son el mismo fundamento de la Democracia y ésta no tiene otro. No puede tener otro. J. J. Rousseau lo había dicho: “No puede haber ley fundamental, ni siquiera para el Contrato social”. Si M. Piou bautiza “mayoría anónima” a la voluntad del cuerpo electoral cuando aquélla se manifiesta contra sus ideas, es un mal demócrata.
Entonces, ¿qué es? No es más que un pobre hombre que ha jugado con palabras de moda que le han estallado en sus narices como un petardo de carnaval.
El 12 de octubre de 1905, debe reconocer que:
“La Francmasonería es la que inspira todo, dirige todo; es ella la que elige presidente, ministros, senadores, diputados; es ella la que vigila a los funcionarios, espía al ejército, manda arrancar los crucifijos de las paredes de las escuelas y de los ayuntamientos, proscribir a los religiosos, confiscar sus bienes, cerrar las escuelas libres, perseguir a los católicos”.


Interesante carta dirigida a los votantes, frente a las elecciones de 1902, advirtiendo sobre los peligros de la República, ocupada por masones.
Todo esto es verdad, pero el Número lo aplaude. ¿Entonces? ¿Vox populi, vox Dei? ¿Es Dios el que ordena arrancar los crucifijos?
Es el callejón sin salida dialéctico.
En diciembre de 1910, M. Piou juzgará con severidad la política que ha seguido, la que él ha creído que era el “mal menor”.
“El mal menor —dirá— ¡nos matará! El mal menor puede ser el peor de los males. El peor de los males es el abandono, la abdicación, la complacencia hacia los malos. Hay algo peor que la negación manifiesta, es EL ABANDONO COMPLACIENTE DE LOS PRINCIPIOS, es el lento deslizamiento con aires de fidelidad”
El 10 de julio de 1914, no hay más que 23 diputados de l’Action Libérale Populaire. Antes del “Ralliement”, había 200 diputados de la Unión Conservadora.
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