Fuente: Social Justice, 11 de Julio de 1938, página 4.



EL CAMINO DE SALIDA

CAPITALISMO ASEGURADO

Por Hilaire Belloc


La esclavitud de los hombres al Estado bajo los paliativos de la Seguridad Social en una Economía Planificada, es tan malo como el Comunismo.


El Capitalismo Industrial es producto de dos cosas que actúan conjuntamente: una buena, y una mala. La buena es la libertad política; la mala es la indigencia, es decir, la falta de propiedad en las masas.

La libertad política presupone que todos los ciudadanos son iguales y libres para elegir y ordenar sus propias vidas. Por tanto, sólo pueden estar obligados a prestar servicios por contrato. No hay esclavitud alguna. La indigencia que afecta a la mayor parte de los ciudadanos –es decir, un estado de sociedad en el que la mayoría de los ciudadanos no poseen nada– deja a la masa familias a merced de la minoría que posee el capital: esto es, la comida, la ropa, las viviendas, etc., por el solo cual puede vivir el hombre. El indigente está legalmente atado por su contrato al capitalista, por quien se ha comprometido a trabajar a cambio de un salario. Él es libre de no trabajar para ese patrón; pero es sólo libertad para morirse de hambre. Es más, la minoría que posee, no está bajo obligación ninguna para emplear a la mayoría que son indigentes. De esta combinación de libertad e indigencia se siguen las propias malas consecuencias del Capitalismo Industrial, el cual se ha hecho intolerable y amenaza trastornar toda nuestra civilización.

Vimos que el Comunismo era un remedio inmediato obvio para tales males; pues el Comunismo proponía liberarse de la inseguridad e insuficiencia: las condiciones intolerables adjuntas al Capitalismo Industrial; pero únicamente lo hace a expensas de destruir la libertad. Hace a todos los hombres esclavos de los funcionarios del Estado. Es inhumano, y un remedio peor que la enfermedad.

Ahora hay otro remedio que, no sólo ha sido sugerido, sino que se ha puesto en práctica; ya ha tomado profundas raíces en Europa, particularmente en las partes industriales de Europa, y especialmente en Inglaterra. A este otro remedio se le puede llamar “Capitalismo Asegurado”. Su objetivo es una sociedad en la que, la existente minoría de poseedores que ahora controlan a la masa de indigentes, habrá de continuar controlándola y haciendo un beneficio a partir de su trabajo, pero haciéndolo de forma segura, sin miedo de revueltas de los indigentes. El peligro de tales revueltas yace en la inseguridad del sustento entre todos los indigentes y el insuficiente ingreso de la mayoría de ellos. Para remover estas causas de malestar, al indigente se le garantiza la subsistencia por el Estado en la enfermedad y una mínima mísera cantidad para sostenerle en su vejez. Al mismo tiempo, el ciudadano indigente, el asalariado sin propiedad y, por tanto, sin libertad económica, está atado de manera segura a la máquina capitalista. Él está registrado, sus movimientos son conocidos y rastreados, está controlado por el Estado en beneficio del esquema capitalista.

Este sistema es introducido y sostenido por un buen número de nuevas instituciones con las que la gente se está familiarizando cada vez más y más: “arbitraje obligatorio”, “seguro obligatorio contra el desempleo y la enfermedad”, “pensiones para la vejez”, etcétera. Se las llama en Inglaterra con el nombre genérico de “servicios sociales”, y en ellas yace el mayor peligro del momento presente, pues evitan el cambio repentino, se encajan en la sociedad capitalista existente, y no desafían abiertamente a la libertad. Pero a medida que se convierten en hábitos fijados, conducen al restablecimiento de la servidumbre, y son las más apropiadas para alcanzar esa mala conclusión al final, por el hecho de que su efecto se vela bajo frases que ocultan su acción última.

Al asalariado sin trabajo se le mantiene vivo por los funcionarios desembolsando dinero en él. Han de mantener un completo control sobre él, no sea que se aproveche del sistema. Si está ganando un poco de dinero “al margen”, este dinero debe contabilizarse contra el socorro mínimo al que tiene derecho. Si gana lo suficiente como para mantener cuerpo y alma conjuntamente, no tiene derecho a ningún socorro, y se ha de mantener una estrecha vigilancia sobre sus recibos casuales a fin de asegurarse de que él no tiene derecho al dinero público.

De nuevo una vez más: a fin de hacer funcionar el sistema, será necesario dividir a los ciudadanos en dos clases: aquéllos que ganan o poseen más que una cierta cantidad semanal, y aquéllos que ganan menos. Esto ya se está haciendo en Inglaterra. Para obtener dinero durante el desempleo a través del seguro obligatorio, uno debe llevar una tarjeta que le diga al funcionario todo sobre uno, y cuándo y cómo fue empleado, y en qué proporción. Lo mismo pasa para su derecho al beneficio por enfermedad. Así también con las pensiones para la vejez, a una persona de más de sesenta y cinco años, por ejemplo, se le pagará tanto a la semana por los funcionarios del Estado siempre y cuando no esté ganando nada por su cuenta. Cualquier pequeña cosa que pudiera ganar como hombre libre, o que pudiera poseer, se contabiliza inmediatamente contra su pensión. Sus asuntos deben, por tanto, estar bajo perpetua investigación y control.

Si ahorra algo, la cantidad que ha ahorrado se contabilizará contra cualquier derecho a socorro. Si ha ahorrado lo suficiente para comprar una pequeña propiedad, como la casa en la que vive, la renta imputada a esa casa se contabilizará contra él de la misma manera.

Una vez que todo el esquema esté en pleno funcionamiento y cubra a todos los asalariados sin propiedad de una gran sociedad industrial, esa sociedad estará completamente controlada por funcionarios cuyas actividades asegurarán el sistema capitalista. Una vez que semejante situación se haya seguido durante una generación y los hombres hayan venido a darla por sentada, habrán desaparecido no sólo el incentivo para acumular pequeñas propiedades, sino también la posibilidad de hacerlo.

Es más, el poder de negar el socorro, implica pronto el poder de dictar qué trabajo habrá de hacer un hombre. Un hombre tendrá que tomar, bajo obligación, cualquier trabajo que se le ofrezca a través de los funcionarios u ordenado por ellos. Todo esto conduce a la esclavitud a largo plazo, al igual que el Comunismo. Pero, mientras al Comunismo se le conoce por lo malo que es y se le puede hacer frente por ataque directo, las disposiciones para el aseguramiento del capitalismo en esta nueva forma se introducen gradualmente, y se establecen, por decirlo así, por subterfugio. El Capitalismo Asegurado, tal y como lo tenemos ahora en toda Inglaterra, y tal y como está siendo clamoreado por muchos reformistas por todo el mundo industrial, está muerto para cualquier esperanza de restaurar la propiedad a la masa de familias… sin cuya restauración, la dignidad humana en general, y la libertad económica, son imposibles.

Aquí se nos preguntará, “¿pero no son esos pagos de socorro necesarios bajo las actuales condiciones? No debemos permitir que los hombres se mueran de hambre. Debemos proveer a los indigentes contra la enfermedad, el desempleo y la vejez”.

Sí: estos varios esquemas son paliativos contra los intolerables males inmediatos, pero sólo son paliativos. Son necesarios porque estamos tratando con indigentes. Una vez que las masas posean los instrumentos con los que ellas trabajan y las cosas que las mantienen vivas, tales paliativos no serán necesarios. Pues, una vez que restaurásemos la propiedad y, con ella, la independencia de la familia y del individuo, los principales males del Capitalismo habrían desaparecido. Pero si edificamos el Estado sobre tales paliativos, destruimos nuestra oportunidad de restaurar la propiedad. Cesan de ser paliativos, y se convierten en funciones sociales universales inevitables. Destruyen la libertad completamente, y reintroducen la servidumbre.

Úsese paliativos sin falta; de hecho, debe usárselos para no tener que refugiarse en el Comunismo; pero líbrese uno de ellos tan pronto como sea posible, y sustitúyaselos por una bien dividida propiedad de tal forma que el hombre sea libre. Hay casos de fallo físico en donde uno debe, quizás, dar una gran dosis de licor para salvar la vida de un hombre, pero haz de eso un hábito y le arruinarás.