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Tema: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

  1. #181
    Avatar de Mexispano
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    Ojalá se ponga ya fin al populismo histórico La Malinche-Cortés






    El español invasor y la indígena vendepatrias ha sido el episodio preferido de los historiadores oficialistas para exculpar a generaciones de gobiernos tan corruptos como ineficientes.
    En otros países el mestizaje fue aun más dramático y sin embargo han logrado progresar. Un reciente foro al respecto busca dejar atrás una controversia tan sempiterna como estéril

    NOVIEMBRE, 2010. El pasado 12 y 13 de octubre se celebró en la Ciudad de México una serie de conferencias sobre el mestizaje mexicano. Fue éste un paso importante para enfrentar el pasado, asimilar sus errores y virtudes y dejarlo, ahora sí, por la paz. Durante cientos de años, pero sobre todo desde finales del siglo XIX, se ha culpado al "mestizaje forzoso" de todas nuestras desgracias, de todo lo malo que nos sucede como nación. Enrique Krauze ha llegado a llamar la "sempiterna excusa" al responsabilizar a la mezcla de lo indígena con lo español, sobre todo la consabida historia de Hernán Cortés y la Malinche, él, un tipo venido de lejos, abusivo e incluso sifilítico, como dijo un historiador oficialista de los años 40 y ella una mujer que traiciona a los suyos y tiene hijos con el enemigo.

    El mestizaje va acompañado con la conquista de un pueblo sobre otro y se remonta a tiempos anteriores a civilizaciones como la fenicia y la babilónica.De hecho, como señaló uno de los asistentes, España, el "invasor", es un país que había sido dominado, y por ende su sangre mezclada, con romanos, judíos, árabes, godos, visigodos y aun tribus bárbaras procedentes del norte. La conquista sin asimilación no puede darse sin mestizaje, y esto fue precisamente lo que hicieron los españoles al llegar al Nuevo Mundo. Destruir las construcciones de la civilización dominada y erradicar sus creencias religiosas es algo considerado aberrante hoy, pero era la regla incluso a principios del siglo pasado. Los españoles no actuaron diferente a como lo hicieron otros pueblos que han sometido e implantado sus creencias a seres humanos con los que no tenían nada en común.

    La versión oficial ha influido tanto en la opinión pública que incluso se cree que Cortés "conquistó" a los mexicanos, como si en 1519 ya existiera un país llamado así y no un virreinato de nombre Nueva España, o como si el ibérico hubiera llegado con sus lanchas a someter a los aztecas. Como bien señala Luis González de Alba en Las Mentiras de mis Maestros, "Cortés es el padre de los mexicanos y uno de los primeros representantes del mestizaje, de lo que somos hoy". Sin embargo se le denuncia porque nos "invadió" esto por parte, agrega, "de gente que se apellida López González o López y tiene los ojos verdes o azules".

    La Malinche también es otro frecuente parrarrayos de la frustración nacional. La fuente oficialista nos ha dicho por décadas que se "vendió" al conquistador y por ello "traicionó a los mexicanos". De nuevo, México no existía como país en 1519 --estaba a tres siglos de distancia que por primera vez se le denominara así-- por lo que la originalmente llamada Malinantzi tenía un concepto totalmente distinto a lo que hoy entendemos como nación, bandera e identidad nacionales. Sin embargo el error histórico de llamarnos "mexicanos" antes de 1821 abunda y es defendido inclusive por gente culta y bastante empapada en historia.

    También se culpa a Cortés y a la Malinche (la llamada "maldición") a que a los mexicanos nos vaya mal en los deportes, específicamente el futbol. Allá en los setenta un conocido comentarista deportivo que luego fue diputado culpó de la eliminación de la selección mexicana en las eliminatorias del Mundial 74 a "Cortés y a la Malinche, un trauma que nos impide avanzar deportivamente". En primer lugar ¿cuál trauma? Que se sepa, el oriundo de Extremadura jamás dirigió a la selección nacional que haya llevado al equipo a una catastrófica derrota. Más bien, la "maldición" ha sido --de nuevo Krauze-- la excusa ideal, esta vez por parte de la Federación Mexicana de Futbol, para ocultar el pésimo manejo del balompié mexicano, o bien de los atletas en general. La "maldición", por cierto, desaparece una vez que los mexicanos se ponen a jugar en tierra ajena como bien lo pudo atestiguar Hugo Sánchez, quien no obstante también llegó a culpar a la "maldición" de que México perdiera en penales durante el Mundial de 1986 contra Alemania.

    Lo más irónico es que acuse de infinitas desgracias a dos personajes que pensaban estaban haciendo lo mejor de su parte para la tierra y el momento que les tocó vivir. A diferencia de lo que harían los conquistadores ingleses llegados al norte del continente, Cortés jamás consideró eliminar a los indígenas e incluso fue de los primeros en impresionarse al ver las edificaciones construidas por pueblos que sus colegas pensaban eran semisalvajes.Al llegar a lo que hoy es Tlaxcala, refiere González de Alba, varias tribus le denunciaron la explotación de la que eran objeto por parte de los aztecas y ofrecieron unírsele para combatirlos. ¿Y quién fue el puente de comunicación entre conquistador y tribus? Naturalmente, la mujer que le acompañaba y que le había sido regalada por un cacique tabasqueño era la Malinche. Lo que proponían era liberar a varias tribus indígenas de un gobierno abusivo y totalitario, lo mismo que siglos después los historiadores oficialistas celebrarían cuando se derrocó al "tirano" Porfirio Diaz.

    En este punto se ha llegado al ridículo extremo de señalar que Cortés era un "intervencionista", tontería superlativa si asumimos que para 1519 España poseía la soberanía sobre el inmenso territorio. Lo cierto es que muchas de las acciones de Cortés se dieron sin el consentimiento de la Corona española. (Los anticortesistas con frecuencia omiten el hecho que éste vio con desprecio los sacrificios humanos, algo totalmente considerado aberrante hoy, y es que lo importante es retratarlo como diablo con tranchete y con peste a azufre).

    La realización de este foro sobre el mestizaje y la ausencia de protestas es un indicio alentador de que, por fin, estamos listos para debatir el asunto, aceptar sus logros y sus fallos, asimilarlo y finalmente dejarlo atrás.Los gobiernos posrevolucionarios se empeñaron en difundirla versión del "maldito" Cortés y la "vendepatrias" Malinatzin influidos por la corriente positivista de gente como Antonio Caso y Justo Sierra. El positivismo, como se sabe, es una corriente filosófica que busca, entre otras cosas, juzgar al pasado con la óptica del presente, y en tal sentido un Estado que buscaba aplicar la "justicia social" tenía como obligación juzgar a "alimañas" como Hernán Cortés, es decir, al verdadero padre de lo que hoy somos los mexicanos, pese a que ambos actuaron de acuerdo a las circunstancias del momento en que les tocó vivir.

    Sin embargo esa situación ha dejado abierto un debate que debió haber cicatrizado hace décadas. Tanto Cortés como La Malinche merecen descansar en paz y de paso dejar que el México actual siga su propio rumbo.





    Fuente:

    http://www.geocities.ws/fasenlinea/ojala_se.htm
    Última edición por Mexispano; 10/06/2014 a las 06:44

  2. #182
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    LA BATALLA DE OTUMBA


    UN EJEMPLO DE LA HISTORIA PROVIDENCIAL


    Entre el 7 y 14 de julio de 1520 se desarrollaron varios sucesos, muy dispares en las consecuencias relativas a la Conquista de Hernán Cortés sobre las huestes de los mexicas o cohlúas. Desde que el Conquistador y sus compañeros entraron en guerra declarada por la supervivencia de uno de los contrarios: El Poder meshica o los Conquistadores españoles y sus aliados indios; Hernán Cortés y sus capitanes y soldados, unidos a los numerosos escuadrones enemigos de los mexicas, especialmente totonacas y tlaxcaltecas o el Poder cohlúa que con sus guerreros en bloque les mostraba la ofensiva. Por lo tanto, la decisiva batalla de Otumba, fue el parteaguas que delimitó nítidamente los dos bandos de la guerra.
    Para esta exposición de los hechos voy a seguir la relación que de ella hace el soldado cronista Bernal Díaz del Castillo (1) en su “Historia de la Verdadera Conquista de la Nueva España”, para lo cual seguiré el Capítulo 128 de la versión paleográfica de don Genaro García en 1904, al códice autógrafo de 1568, llamado el manuscrito de Guatemala. No he cambiado el texto ni el lenguaje, únicamente la ortografía, para dar mayor facilidad a la lectura de su Relación.
    (1) Asiento algunas notas genealógicas de Bernal Díaz del Castillo. Según don Edgar Juan Aparicio, Marqués de Vistabella. Del tercer tomo del Códice autónomo, 1568, que el Gobierno del Estado de Chiapas, México, publicó en 1992.
    La familia Díaz del Castillo es originaria del valle de Toranzo en donde tuvieron su primer solar hidalgo, pasando después a establecerse en Medina del Campo (Cerca de la ciudad de Valladolid, España).
    Bernal Díaz del Castillo era hijo de don Francisco Díaz del Castillo, llamado el “Galán”, natural y Regidor de Medina del Campo, y de su mujer doña María Díez Rejón. Nació en Medina del Campo hacia el año de 1496, pasó al Nuevo Continente en 1514 acompañando a Pedrarias Dávila para reforzar la conquista de Vasco Núñez de Balboa en el Darién. Después pasó a Cuba desde donde acompañó a Francisco Fernández de Córdoba y Juan de Grijalva en las dos expediciones previas a la de Hernán Cortés y la conquista del Poder Cohlúa. Estando también en las expediciones a Yucatán, Honduras y Guatemala, donde finalmente se asentó. Casó por segunda vez con doña Teresa Becerra hija del conquistador Bartolomé Becerra, tuvo varios hijos, entre ellos a Francisco quien fue su ayudante en la escritura de la Relación Verdadera de la Conquista de Nueva España, porque Bernal en 1568 cuando la relató, estaba prácticamente ciego. Murió Bernal, casi a sus noventa años e1 3 de febrero de 1584. En la ciudad Antigua de Guatemala y sus restos quedaron sepultados en la Catedral. Existe un digno monumento a su persona, con un busto de bronce y el escudo de sus armas en la ciudad capital de Guatemala. Otro busto más modesto se le ha levantado en el centro histórico de Medina del Campo, España.
    También, he de advertir que cuando Bernal Díaz del Castillo escribe México y mexicanos, se está refiriendo a la casta cohlúa de los que gobernaban y vivían en la isleta de Meshico-Tenochtitlan, capital del poderoso reino al que estaban sometidas las demás tribus y poblados alrededor de las lagunas del altiplano; ninguno de estos se llamaban a sí mismos como “meshicas” ni mucho menos la voz españolizada “mexicanos” que usa Bernal en toda su Relación. Muchos lectores han confundido el significado que le da Bernal Díaz, al término “mexicano” con el que se refiere a los pobladores de todo el Anáhuac. De ninguna manera hay que entenderlo así. Los meshica eran solamente los pobladores de la capital, y el término “azteca” que algunos les dan, ni siquiera era conocido por ellos.
    La ciudad de Meshico y sus pobladores componían la élite religiosa y política que detentaba el poder de ese Estado dictatorial, que podríamos llamarlo como imperial a la manera de los antiguos romanos, porque sus jefes eran elegidos por la élite cohlúa. Aunque la diferencia esencial con el concepto de Imperio o emperador, es que los jefes máximos de los meshica eran dos en el gobierno, como el “Hueitlatoani” (El que habla más fuerte, el que manda más) y su gemelo el Cihuatl-cúatl; el Gemelo o cuate que todo gobernante máximo de los meshica debía tener.
    ANTECEDENTES
    Bernal describe en su amena historia los antecedentes del encuentro y choque de Otumba:
    “Y con cinco indios tlaxcaltecas que atinaban el camino de Tlaxcala, sin ir por camino nos guiaban con mucho concierto, hasta que llegábamos a unos caserías de un cerro que estaban y ahí, junto a un adoratorio como fortaleza a donde nos reparamos. Quiero tornar a decir que íbamos seguidos de los mexicanos (sic) que con flechas y varas y pedradas que con sus ondas nos tiraban, y como nos cercaban, dando siempre en nosotros es cosa de espantar……. Y mataban muchos de nosotros que nos defendíamos”.
    “En aquel Cu (templete para los sacrificios) e Fortaleza nos albergamos y se curaron los heridos…..pues de comer, ni por pensamiento…… y en aquel adoratorio, después de ganar la gran ciudad de Méshico hicimos una iglesia que se dice Nuestra Señora de los Remedios, muy devota, y van agora, en romería muchos vecinos y señoras para hacer novenas…… qué lástima era ver curar y apretar con algunos paños nuestras heridas, y como habían resfriado y estaban hinchadas, dolían.”
    “Pues más de llorar fue de los caballeros y esforzados soldados que faltaban, los de Cortés y los de Narváez…… el Juan Velázquez de León, su mujer doña Elvira, Francisco de Saucedo, Francisco de Morla, el buen jinete Lares y el astrólogo Blas Botello.”
    Tornemos a decir como allí quedaron en las puentes muertos, ansí los hijos e hijas de Moctezuma, como los prisioneros que traíamos, y el Cacamatzin señor de Texcoco y otros Reyes de provincias……. Y estábamos pensando en lo que por delante teníamos, y era que todos estábamos heridos y no escaparon sino 23 caballos, y de los tiros y artillería, y pólvora no sacamos ninguno, las ballestas fueron pocas….y lo peor de todo era que no sabíamos la voluntad que habíamos de hallar en nuestros amigos de Tlaxcala. Además de esto, siempre cercados de mexicanos(sic)…… acordamos nos salir de allí, a media noche, y con los tlaxcaltecas, nuestros guías por delante, con muy buen concierto, caminar los heridos en medio y los cojos con bordones, y algunos que no podían andar y estaban muy malos, a ancas de caballos cojos que eran para batallar. Y los de a caballo que no estaban heridos adelante.
    E a un lado y a otro repartidos, y de esta manera todos nosotros, los que más sanos estábamos, haciendo rostro y cara a los mexicanos, y los tlaxcaltecas heridos dentro del cuerpo de nuestro escuadrón, porque los mexicanos(sic) les iban siempre picando, con grandes voces y gritos….. y decían allá: iréis donde no quede ninguno de vosotros con vida…….
    He de escribir el contento que recibíamos de ver viva a nuestra doña Marina y nuestra Doña Luisa la hija de Xicoténcatl, que las escaparon en las puentes unos de los tlaxcaltecas, y también una mujer (española) que se decía María de Estrada, que no teníamos otra mujer de Castilla sino aquella, y los que las escaparon, y salieron primero de las puentes, fueron unos hijos del Xicoténcatl, hermanos de Doña Luisa, y quedaron muertas las más de nuestras naborías (las servidoras) que nos habían dado en Tlaxcala y la ciudad de México.
    Y siempre los mexicanos(sic) siguiéndonos y como se juntaban muchos y procuraban de nos matar, y nos comenzaban a cercar y tiraban tantas piedras con hondas que mataron a dos de nuestros soldados e hirieron a muchos de los nuestros en un paso malo……….Y también nosotros matamos a algunos de ellos a estocadas…..y así dormimos en aquellas casas y comimos un caballo que mataron.
    LA GRAN BATALLA
    E poco más de una legua de allí, ya que creíamos ir en salvo, vuelven nuestros corredores de campo que iban descubriendo y dicen que están los campos llenos de guerreros mexicanos(sic) aguardándonos……
    E cuando lo oímos bien que teníamos temor, pero no para desmayar ni dejar de encontrarnos con ellos y pelear hasta morir…. Y allí reparamos un poco, y se dio orden de como se había de entrar E salir los de a caballo, a media rienda, y que no se parasen a lancear, sino las lanzas por rostros hasta romper sus escuadrones.
    E que a todos los soldados, las estocadas que les diésemos, les pasáramos las entrañas, y que hiciésemos de manera que vengásemos muy bien nuestras muertes y heridas por manera de que, si Dios fuese servido, escapásemos con las vidas y después de nos encomendar a Dios, e a Santa María muy de corazón, e invocando al nombre del Señor Santiago, desde que vimos que nos comenzaban a cercar. De cinco en cinco de a caballo, rompieron contra ellos y todos nosotros juntamente……. Oh que cosa era de ver esto, tan temerosa y rompida (sic) batalla, como andábamos tan revueltos con ellos, pie con pie y qué cuchilladas y estocadas les dábamos, y conque furia los perros peleaban, y que herir y matar hacían en nosotros, con sus lanzas y macanas y espadas de dos manos, y los de caballo, como era el campo llano, como alanceaban a su placer, entrando y saliendo. Y aunque estaban heridos ellos y sus caballos no dejaban de batallar muy como varones esforzados, pues todos nosotros los que no teníamos caballo, parece ser que a todos se ponía doblado esfuerzo, que aunque estábamos heridos y de refresco teníamos otras heridas, no curábamos de las apretar por no nos parar a ello que no había lugar, sino con grandes ánimos apechugábamos con ellos a darles estocadas.
    Pues quiero decir cómo Cortés y Cristóbal de Olid y Gonzalo de Sandoval, y Gonzalo Domínguez y un Juan de Salamanca los cuales andaban de una parte a otra y aunque bien heridos, rompían los escuadrones, y las palabras e Cortés decía a los que andábamos envueltos con ellos, que la estocada o cuchillada que diésemos fuera en señores señalados, porque todos traían grandes penachos de oro y ricas armas e divisas, pues ver cómo nos esforzaba el valiente y animoso Sandoval e decía: ¡Ea señores! ¡Que hoy es el día que hemos de vencer, tened esperanza en Dios que saldremos de aquí vivos para algún buen fin!, E a nuestros soldados que los herían e los mataban eran muchos.
    Y dejemos esto, y volvamos a Cortés y Cristóbal de Olid y Sandoval y Gonzalo Domínguez y otros soldados que aquí no nombro. Y Juan de Salamanca y todos los soldados poníamos grande ánimo a Cortés para pelear, y esto Nuestro Señor Jesucristo e Nuestra Señora la Virgen Santa María, nos lo ponía en corazón, y el señor Santiago que ciertamente nos ayudaba. Y quiso Dios que llegó Cortés con los capitanes ya por mí memorados que andaban en su compañía. A la parte donde andaba con su gran escuadrón el general de los mexicanos (sic) con su bandera tendida con ricas armas de oro y con grandes penachos de argentería, y (desde) que lo vio Cortés, con otros muchos mexicanos(sic) que eran principales, que todos traían grandes penachos, dijo a Gonzalo de Sandoval y a Cristóbal de Olid y Gonzalo Domínguez, y a los demás capitanes: ¡Ea señores rompamos contra ellos y no quede ninguno de ellos sin herida! Y encomendándose a Dios arremetió Cortés…..y dio un encuentro con el caballo al capitán mexicano (sic) que le hizo abatir su bandera, que aún no había caído del encuentro que Cortés le dio.
    Fue Juan de Salamanca, ya por mi nombrado, que andaba con Cortés en una buena yegua hovera que le dio una buena lanzada y le quitó el rico penacho que traía, e se lo dio luego a Cortés diciendo pues…… que era suyo…..que lo encontró primero y lo hizo abatir su bandera y le hizo perder el brío de pelear con sus gentes…… Desde obra de tres años su Majestad se lo dio por Armas (escudo heráldico) al Salamanca, y lo tienen sus descendientes en sus reposteros.
    Pero volvamos a nuestra batalla que nuestro Señor Dios fue servido, que muerto aquel capitán, que traía la bandera mexicana (sic), y otros muchos que ahí murieron, aflojó su batallar. Y todos los seguían los de a caballo, y ni teníamos hambre ni sed, sino que parecía que no habíamos pasado ningún mal ni trabajo, seguíamos la victoria matando e hiriendo, pues nuestros amigos los de Tlaxcala estaban hechos unos leones y con sus espadas y montantes, y otras armas que allí apañaron lo hacían muy bien y esforzadamente…..
    Ya vueltos los de a caballo de seguir la victoria, dimos muchas gracias a Dios que escapamos de tan gran multitud de gente. Porque no se había visto ni hallado en todas las Indias, en batalla que se haya dado tan gran número de guerreros juntos porque allí estaba la flor de México (sic) y de Texcoco y de todos los pueblos que están alrededor de la Laguna y otros muchos sus comarcanos, y los de Otumba y los de Saltocan.
    Ya con pensamiento que de aquella vez no había de quedar “roso ni velloso” de nosotros. Pues, que armas que traían….. e divisas y todos los más, capitanes y personas principales.
    Allí donde fue esta reñida y nombrada batalla, allí junto se puede decir, donde Dios nos escapó con las vidas, estaba un pueblo que se dice Otumba, la cual batalla tienen muy bien pintada, en retratos tallada, los mexicanos(sic) y tlaxcaltecas entre otras muchas batallas que con los mexicanos(sic) hubimos hasta que ganamos a México(sic).
    Y tengan atención los curiosos lectores que esto leyeran; que cuando entramos al socorro de Pedro de Alvarado en México (sic) fuimos por todos sobre más de mil e trescientos soldados, con los de a caballo que fueron 97 y ochenta ballesteros, y otro tanto escopeteros, a más de dos mil tlaxcaltecas y metimos mucha artillería.
    Y fue nuestra entrada en México (sic), día del Señor San Juan (24 de junio) de mil e quinientos veinte años (1520), e fue nuestra salida huyendo a diez del mes de julio (10 de julio de 1520) del dicho año.
    Y fue esta batalla de Otumba a catorce del mes de julio (14 de julio de 1520)
    E quiero dar otra cuenta que tantos nos mataron, ansí en México como en puentes e calzadas, como en todos los reencuentros y en esta de Otumba, y los que mataron por los caminos, digo que en obra de cinco días fueron muertos y sacrificados sobre ochocientos y setenta soldados, con setenta y dos que mataron en un pueblo que se dice Tuxtepec, y cinco mujeres de Castilla, todos estos eran los de Narváez…..y mataron sobre mil tlaxcaltecas.
    Cortés nos dijo que éramos pocos, que no quedábamos sino cuatrocientos e cuarenta con veinte caballos y doce ballesteros y siete escopeteros y no teníamos pólvora y todos heridos y cojos y mancos y que mirásemos muy bien cómo nuestro Señor Jesucristo servido de escaparnos con las vidas por lo cual siempre le hemos de dar muchas gracias y loores, y que volvimos otra vez a disminuirnos en el número y copia de los soldados que con él pasamos y que primero entramos en México (sic) cuatrocientos soldados y que nos rogaba que en Tlaxcala no les hiciéramos enojo ni les tomásemos ninguna cosa y esto dio a entender a los de Narváez porque no estaban acostumbrados a ser sujetos a capitanes en las guerras como nosotros, y más dijo que tenía esperanza en Dios que (a los de Tlaxcala) los hallaríamos buenos y muy leales. Pero si otra cosa fuese, la que Dios no permita, que nos han de contrariar. Que debíamos andar los puños con corazones fuertes y brazos vigorosos y que para eso, fuésemos muy bien apercibidos.
    Y con nuestros corredores de Campo adelante, llegamos a una fuente que estaba en una ladera, y allí estaban unas como cercas y mamparas de tiempos viejos. Nuestros amigos tlaxcaltecas dijeron que allí partían términos entre los mexicanos (sic) y ellos, y de buen reposo nos paramos a nos lavar y a comer de la miseria que traíamos.
    Luego, comenzamos a marchar y fuimos a un pueblo de tlaxcaltecas que se dice Gualtipan donde nos recibieron y nos daban de comer, más no tanto, sino se lo pagábamos con algunas piezas de oro y chalchihuis (3) que llevábamos algunos de nosotros, no nos lo daban de balde, y allí estuvimos un día curando nuestras heridas y de nuestros caballos.
    (3) Chalchihuitl o chalchihuites eran pedrezuelas de un mineral verde parecido a las esmeraldas, entre los indios eran piezas de gran valor religioso y económico. Los que pertenecían a la élite mexica las usaban como joyas.
    DISCURSO DE MATZICATZIN
    En la cabecera de Tlaxcala vinieron mase Escaçi (Matzicatzin) y Xico tenga (Xicoténcatl) el Viejo y otros muchos caciques y principales y todos los más, los vecinos de Guaxoçingo (Huajotzingo) y como llegaron a aquel pueblo fueron a abrazar a Cortés y todos nuestros capitanes y soldados, y llorando algunos de ellos dijeron a Cortés: ¡Oh Malinche, y como nos pesa de vuestro mal y de todos vuestros hermanos y de los muchos de los nuestros que con vosotros han muerto. Ya os lo habíamos dicho muchas veces que no os fiaseis de gente mexicana (sic) porque un día u otro os habían de dar guerra, no me quisisteis creer, ya hecho es, no se puede al presente más que curaros y daros de comer, en nuestras casas estáis. Descansa e iremos luego a nuestro pueblo y os aposentaréis. Y no pienses Malinche, que has hecho poco en escapar con las vidas, de aquella tan fuerte ciudad, con sus puentes. Y yo te digo, que si antes os teníamos por muy esforzados, agora os tengo en mucho más.
    Bien sé, que llorarán muchas mujeres e indios de estos nuestros pueblos, las muertes de sus hijos y maridos y hermanos y parientes, no te congoxes por ello, y mucho debes a tus dioses que te han aportado aquí y salido de tanta multitud de guerreros que os aguardaban en lo de Otumba, que cuatro días había que lo supe que os esperaban para os matar, yo quería ir en vuestra busca con treinta mil guerreros de los nuestros e no pude salir a causa de que no estábamos juntos y los andaban juntando.
    Cortés y todos nuestros capitanes los abrazamos y le dijimos que se teníamos en mucho, y Cortés les dio a todos los principales joyas de oro y piedras que todavía se escaparon, cada cual soldado lo que pudo y ansí mismo dimos, algunos de nosotros a nuestros conocidos de lo que teníamos,
    Pues qué fiesta y que alegría mostraron con doña Luisa y doña Marina desque las vieron en salvamento, y qué llorar y tristeza tenían por los demás indios que no venían y quedaron muertos. En especial el Mase Escaçi por su hija doña Elvira y lloraba la muerte de Juan Velázquez de León a quien la dio.
    Y de esta manera fuimos a la cabecera de Tlaxcala con todos los caciques. Cortés y los caciques se aposentaron en las casas de Mase Escaçi. Y Xicontega dio sus aposentos a Pedro de Alvarado. Allí nos curamos y tornamos a convalecer, y aún se murieron cuatro soldados y a otros que las heridas no se les habían sanado. Y dejarlo aquí, y diré lo que más pasamos.
    Bernal Díaz del Castillo, capítulo CXXVIII.
    UNA ACLARACIÓN Y ALGUNAS REFLEXIONES
    Respecto a la aclaración, he de decir que en la fecha de la Batalla de Otumba hay discrepancia entre los historiadores, no se ha querido aclarar imparcialmente ese hecho histórico, como muchos otros en nuestra historia nacional. En este pequeño texto me he propuesto seguir la información que escribió el soldado Cronista Bernal Díaz del Castillo, que los investigadores tenemos de él, la amena veracidad de un soldado que vivió, participó y sufrió los pormenores de esa gesta única y primordial para nuestro país, en los momentos de su nacimiento. La fecha de la Batalla de Otumba que hemos tomado de sus apuntes, es el 14 de julio de 1520. Bernal a sus 24 años de edad era soldado de a pie, porque durante todos esos primeros años de la Conquista no tuvo el dinero suficiente para comprarse un caballo. Comparativamente con nuestra época los caballos eran mucho más caros que los automóviles para los jóvenes del tercer milenio.
    En cuanto a las Reflexiones, primero hay que hacer notar, cuando leemos lo referente a la Batalla de Otumba, que humanamente era imposible obtener la victoria de un total de unos seiscientos españoles y poco menos de mil tlaxcaltecas, contra los numerosos escuadrones aliados de los mexicas. De poco hubieran valido los caballos y los tiros ante la avalancha de guerreros enemigos.
    Por tanto, he de afirmar sin ambages que en los hechos históricos, debe ser tomado en cuenta lo imponderable, lo sobrenatural y no quedarse en lo meramente material y naturalista de la historia humana.
    Por la descripción de Bernal vemos que la Fe cristiana era, en los soldados españoles, parte integrante de sus personas. Antes de entrar en batalla se encomendaban a Dios, a la Virgen María y a los santos, para que les dieran la victoria sobre Satanás quien tenía bajo su poder a los habitantes nativos del Nuevo Mundo.
    LA HISTORIA DISTORSIONADA QUE SE ENSEÑA
    Es de lamentar la enseñanza parcial y distorsionada por materialista, que los pobres niños de las escuelas primerias y secundarias reciben de sus profesores “laicos”, más bien ateos y picados de ideas marxistas, que desprecian con soberbia a Cristo y a su Doctrina, Fe de la mayoría del pueblo mexicano.
    Un ejemplo muy difundido de lo anteriormente expuesto, es la mentira y mala voluntad que ha difundido desde hace casi doscientos años, el Partido Liberal Mexicano sobre el pueblo católico: Como es, la supuesta traición de los tlaxcaltecas a su “raza mexicana”.
    La gran mayoría de los mexicanos actuales, que por su nociva inercia, juzgan de esa manera al pueblo tlaxcalteca y a los indios que se unieron a los soldados de Hernán Cortés; llaman traidores a los tlaxcaltecas. La enseñanza de la Historia, deformada, como hemos expuesto, pasa por alto el odio por generaciones, de todas las tribus indígenas, sometidas al Poder Mexica. Ya no podían soportar la explotación de la élite que desde Meshico-Tenochtitlan ejercía cruel y despiadadamente sobre los tlaxcaltecas y otros pueblos comarcanos. Los Tlaxcaltecas, después de su heroica defensa ante el paso por su tierra de Cortés con sus tropas y aliados totonacos, viendo que no podían hacerle frente; decidieron en común acuerdo, sus cuatro caciques mayores, “hacer generación con los recién llegados españoles, ofreciendo a sus doncellas para que tuvieran hijos de los teúles principales, y así vengarse del Poder Mexica” con esto demostraron ser más inteligentes que sus enemigos ancestrales.
    Como premio por su lealtad a la Corona Española, ésta, los nombró en conjunto: PUEBLO HIDALGO, los exentó de varios impuestos, les dio la primera Diócesis de toda Tierra Firme, permisos para que sus caciques viajaran a España, y que acompañaran a los españoles en todos sus descubrimientos y conquistas. A Sudamérica, al Norte de América y a las Islas Filipinas, donde los tlaxcaltecas fundaron colonias.
    Solamente la investigación y la difusión de La Verdad Histórica por medio de la enseñanza a los niños y jóvenes mexicanos y, desde luego, a los hispanoamericanos también, los hará conscientes de su cristianismo, de su cultura mediterránea y de la Historia.
    LA BATALLA DE OTUMBA | Ecce Christianus

  3. #183
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España


    13 de Agosto Celebración de la liberación de Tenochtitlan (Ciudad de Méjico) por Cortés y sus aliados los indígenas del valle de Puebla-Tlaxcala. El espíritu que les animaba


    Cuando se viaja por América, todavía hoy, y las gentes se asombran ante la fuerza y la grandeza de la naturaleza, se admira con más intensidad la obra de titanes que supusieron los descubrimientos, la conquista y la liberación de las Américas, obra que valora más cuando se miden las condiciones y medios con que se realizó.
    Y la pregunta que se puede hacer a continuación es ¿qué es lo que diferenciaba a estos héroes de otros hombres vulgares?:
    Y la respuesta es la Fe.

    En el aniversario de la liberación, 13 de agosto de 1521, de México-Tenochtitlan por Cortés le tomaremos como modelo y representante del espíritu y valores que informaban a estos conquistadores, del que disponemos de mucha información gracias a los cronistas y biógrafos: Bernal Díaz del Castillo, Francisco Cervantes de Salazar, Gomara, Herrera, Fernández de Oviedo, Navarrete, Madariaga...


    Escudo de los Cortés


    Sobre el libro de éste último sobre Cortés nos apoyaremos especialmente.

    Sus juicios son especialmente agudos y provienen de un pensador que por sus posiciones políticas no son "sospechosos".

    Como él indica, "Cortes, es uno de aquellos hidalgos de fortuna que se precipitaban en tumultuoso torrente hacia el continente desconocido con sus personas, sus bienes, su vida entera; del mismo linaje histórico que Ojeda y Nicuesa, Pedrarias y Balboa, Pizarro y Solís, u otros tantos conquistadores vigorosos centauros del Descubrimiento-Conquista que galopaban sobre el continente sin dejarse arredrar ni por la flecha indígena, ni por la naturaleza inhóspita y cruel, ni por sus propios rivales, hasta que el indígena, la naturaleza o el rival ponía trágico fin a su vida y aventura.

    Como ellos, Cortés se lanzaba al Nuevo Mundo movido por una ambición tácita y oculta que la mera existencia de lo ignoto provocaba en su alma, por la tensión entre la vitalidad virgen de su ser y el ámbito sin límites en qué aplicarla, tensión que actuaba en todos ellos, pues estaba en el aire, pero que sólo sentía cada cual según el metal de su ánimo.

    Estas tendencias naturales habían ido tomando forma histórica concreta durante los siete siglos de la Reconquista en que España había sido almáciga de guerreros.

    En aquellos siete siglos (que terminaron cuando Cortés tenía seis años de edad), la única profesión que un español viril creía digna era la lucha contra el infiel.

    De esta tradición surgen Cortés y todos los conquistadores.

    Fueron al Nuevo Mundo a «fazer nuevas moradas» y «a ganar el pan» con su lanza y espada, y tan lejos estaban de abrigar la menor duda sobre la ética de su profesión como el accionista de una empresa lo está hoy de abrigar dudas sobre la ética de sus dividendos o el obrero especializado sobre la de sus altos jornales.

    Era una forma de vida establecida y reconocida tácitamente, una ley no escrita que obligaba al hidalgo o caballero a ganarse la vida, hacerse la fortuna y fundar o mantener su linaje por medio de las armas.

    El trabajo no tenía nada de deshonroso en sí; al contrario, el buen artífice era objeto de universal estima, quizá mayor que en nuestra era mecanizada. Sólo era vergonzoso el trabajo para el caballero o hidalgo, porque implicaba falta de valor para ganarse la vida y la fortuna por medios más peligrosos.

    Por tanto, los conquistadores, vástagos de veinte generaciones de vencedores de moros, acudían al Nuevo Mundo imbuidos de la certeza absoluta de estar en su derecho y en su deber como hidalgos al ganar nuevas moradas y abundancia de pan luchando contra aquellos nuevos infieles en tierras ignotas.

    Pero además sentían igual derecho e igual deber no sólo como hidalgos sino como soldados de Cristo.

    Como Cortés solía repetir en cuanto a él concernía, «no tengo otro pensamiento que el de servir a Dios y al Rey».

    ¿Qué quería decir con servir a Dios? Hombre de su siglo, profundamente empapado en la fe, más todavía, de alma tejida con fibra de la misma fe, para Cortés no eran frase vana estas palabras.

    ¿Cómo podríamos nosotros, para quienes la fe es una lotería que se gana o se pierde según la suerte de cada alma, comprender aquella edad en que era la fe como el aire y la luz, una de las condiciones mismas de la existencia, el aliento con el que se hablaba, la claridad con que se veía?

    Cortés respiraba la fe de su tiempo. «Rezaba por las mañanas en unas Horas —dice Bernal Díaz— e oía misa con devoción.» Era una fe sencilla, fundada sobre la roca viva de la unidad y de la verdad. Verdadera porque una; una porque verdadera.

    Lutero había nacido ya, pero su voz no resonaba todavía —al menos en el Nuevo Mundo—. Todos los hombres, cualquiera que fuese su nación o su color, eran o cristianos o infieles o capaces de que la luz del Evangelio los iluminara e hiciera ingresar en el girón de la cristiandad.

    Servir a Dios quería decir una u otra de estas dos cosas tan sencillas: traer al rebaño de la Iglesia a los pueblos ignorantes todavía ajenos a la fe, o guerrear contra aquellos infieles que, por negarse a la conversión, se declaraban enemigos de Dios y de su Iglesia.

    Este era precisamente el plan de acción de Cortés en aquellas tierras desconocidas que le aguardaban a Occidente: si los «indios» se declaraban dispuestos a escuchar a su fraile, a dejarse bautizar y a aceptar la soberanía del Emperador de la cristiandad, paz; si se oponían, guerra.

    Este servicio de Dios era desde luego también servicio del Rey-Emperador. Al fin y al cabo ¿no era el Emperador ministro de Dios en la tierra?

    Este pensamiento era la base de toda la filosofía política, no sólo española sino europea, y es seguro que Cortés lo oiría definir y comentar más de una vez en las aulas salmantinas: había que obedecer al Rey no como Rey sino como ministro de Dios.

    Cortés serviría pues al Rey por el mero hecho de que conquistaría para la cristiandad el ánimo y la voluntad de un nuevo Imperio.

    Téngase en cuenta que, en aquellos tiempos, Estado y religión, civilización y fe, eran una misma cosa, de modo que el servicio de Dios y el del Rey eran uno y lo mismo en este otro sentido de que la conversión, a ojos de aquel siglo, no era tanto un acto religioso e individual como social y colectivo.

    Cujus rex eius religio era el principio de aquella edad no sólo entonces, cuando nadie soñaba todavía con la Reforma, sino aún más tarde cuando la Reforma vino a hacer de este principio, tan extraño para la actualidad, factor de tan grave importancia para la historia de la Cristiandad.

    Así se explica que Cortés se embarcase en su aventura con quinientos soldados y sólo un fraile y que tanto él como sus compañeros tuviesen una certeza tan absoluta de la santidad de su causa, pues, una vez establecido su poder sobre la tierra conquistada y «pacificado» el pueblo, la conversión era pan comido. No había en esta actitud ni sombra de tiranía espiritual:

    La conversión era pan comido puesto que la fe cristiana era la única verdad, y, por lo tanto, los indios, libertados de su paganismo por las armas españolas, no podrían dejar de ver con sus ojos ya libres la luz de aquella única verdad.

    No nos extrañe esta actitud: no sonriamos con sonrisa de superioridad, porque los hombres de nuestros días piensan y obran de idéntica manera con respecto a su religión, que llaman Democracia liberal.

    En ella creen con fe no menos ingenua, teniéndola por la felicidad evidente para todo hombre de buen sentido, y en esta fe cobran fuerzas para imponer el progreso y la libertad a todas aquellas sociedades que no comparten su religión cívica.

    Ha cambiado la letra pero la música es la misma. Pecaríamos de injustos al ver hipocresía en la actitud de Cortés. Hipócritas y egoístas los hay hoy y los había entonces, pero entonces como ahora, la mayoría de los hombres de acción no veía contradicción o falta de armonía alguna entre sus fines y sus métodos.

    Cortés era sin duda uno de estos conquistadores sinceros. Cuando hablaba de servir a Dios y al Rey decía lo que sentía, es decir, su fe como agente cristianizador y civilizador de almas paganas y de Estados bárbaros.

    A buen seguro que no era cosa fácil encarnar una religión tan absoluta en sus normas.
    El Capitán, como sus soldados, hallaría a veces la armadura de un soldado de Cristo bien rígida para los movimientos libres que pide la vida de los humildes humanos.

    En tales momentos, Cortés pecaba; a no ser que hallase en su conciencia una junta elástica entre el ideal absoluto del Evangelio y la práctica relativa de la realidad. Así le veremos aceptar mujeres indias, regalo frecuente de sus amigos indígenas, no sin bautizarlas primero.

    Pero en cuanto a la conquista en sí, Cortés se nos presenta como un conquistador persuadido de su derecho a dominar a aquellos infieles para hacerlos entrar en el jirón de la Iglesia, pero a la vez consciente de su deber de no recurrir nunca a las armas hasta haber agotado todos los medios pacíficos de hacerse con la voluntad de los indígenas.

    Esta actitud no era tan sólo mero deseo de economizar sus escasas tropas; era también consecuencia de su opinión teórica basada en su concepción religiosa, como lo prueba su práctica de hacer leer por el escribano público ofertas de paz tres veces repetidas antes de iniciar un ataque.

    Esta ceremonia, no era para él mero trámite de leguleyo..

    Ejemplos de su actuación, poniendo por encima los intereses espirituales sobre los materiales, aunque los primeros pusieran en peligro los segundos, los tenemos abundantemente.

    Como cuando los españoles asistiendo a un servicio religioso indígena, escuchando en silencio un sermón de un sacerdote indio, vestido con largas mantas de algodón y que llevaba el cabello, al modo ritual, sin lavar ni peinar desde que había sido ordenado, masa sólida cimentada con la sangre de sus víctimas humanas. Cortés, por media de Melchoi, el intérprete indio, explicó a los indígenas que «si habían de ser nuestros hermanos, que quitasen de aquella casa aquellos sus ídolos que eran muy malos y les hacían error, y que no eran dioses, sino cosas malas, y que les llevarían al infierno sus ánimas v se les dio a entender otras cosas santas y buenas y que pusiesen una imagen de Nuestra Señora que les dio y una cruz y que siempre serían ayudados y tendrían buenas sementeras y se salvarían sus ánimas».

    Los indios no se atrevían por miedo a sus dioses y desafiaron a los españoles a que se atreviesen ellos, con lo que pronto verían cómo los dioses les harían perderse en el mar. Cortés mandó entonces despedazar a los ídolos y echarlos a rodar gradas abajo; hizo limpiar y purificar el templo, lavar las espesas capas de sangre seca que cubrían los muros y blanquear todo y después hizo edificar un altar sobre el que puso la imagen de la Virgen adornada con ramos y flores: «Y todos los indios estaban mirando con atención».





    Esta escena parecerá sin duda de lo más anticientífico a muchos arqueólogos y no faltarán racionalistas escépticos que, blandiendo la Inquisición, declaren la religión de Cortés tan sangrienta como la de los indígenas y, por lo tanto, el cambio de ídolos sin significación alguna para la humanidad.

    Pero el observador sobriamente imparcial pensará de otro modo. No hay quien lea la página en la que Bernal Díaz refiere este episodio sin sentir la fragancia de la nueva fe y de la nueva leyenda que vienen a llenar el vacío creado por la destrucción de los sangrientos ídolos:

    La Virgen Madre y el Niño, símbolos de ternura y de debilidad, de promesa y de abnegación, en vez de los sangrientos y espantosos dioses.

    Al realizar este acto simbólico, Cortés obedecía sin duda al impulso de una fe ingenua y sencilla -único rasgo ingenuo y sencillo en aquel carácter tan redomado- pero también a un seguro instinto del valor de los actos y de los objetos concretos y tangibles en el gobierno de los pueblos.

    La destrucción de los ídolos iba a transfigurarse en una de las escenas legendarias de su vida en cuanto sus inauditas hazañas hiciesen de él una figura heroica cubierta de leyendas floridas; porque, en efecto, la leyenda es un acto cuya verdad vive en la esfera de los símbolos y Cortés iba a ejecutar más de una vez este acto tan simbólico y creador, único que podía elevar a los indígenas de Nueva España de sus sórdidos ritos caníbales al nivel elevado del ritual cristiano.

    Los indígenas estaban por lo visto más dispuestos de lo que hubiera podido creerse para aceptar el cambio, pues cuenta Bernal Díaz que, al volver la armada inesperadamente a causa de una avería en un navío, hallaron «la imagen de Nuestra Señora y la cruz muy limpio y puesto incienso». Y añade: «Dello nos alegramos».

    Cortés consideraba gracia de Dios las victorias que había conseguido y se preocupa en su correspondencia de los sacramentos. Leámoslo en Bernal Díaz,: «En las cuales cartas les hizo saber las grandes mercedes que Nuestro Señor Jesucristo nos había hecho en las victorias que hobimos en las batallas y reencuentros desque entramos en la provincia de Taxcala, donde agora han venido de paz, y que todos diesen gracias a Dios por ello, y que mirasen que siempre favoreciese a los pueblos totonaques nuestros amigos y que le enviase luego en posta dos botijas de vino que había dejado soterradas en cierta parte señalada de su aposento...»

    Caída sensible, se pensará, para un caudillo que así pasa de sus consejos de política en favor de los totonaques y su devoto agradecimiento al Señor a Quien atribuye su gloria y sus victorias, a pedir que le manden dos botijas de vino escondidas en su aposento de Veracruz.

    Pero, un momento. Sigamos leyendo: «... dos botijas de vino que había dejado soterradas en cierta parte señalada de su aposento y ansí mismo trujesen hostias de las que habíamos traído de la isla de Cuba porque las que trujimos de aquella entrada ya se habían acahado».

    Aquel vino no era pues para banquetes y no lo había ocultado a sus sedientas tropas para aplacar la sed del General; era para la misa y se había apartado para asegurar la continuidad del sacramento. «En aquellos días —añade Bernal Díaz — en nuestro real pusimos una Cruz muy suntuosa y alta y mandó Cortés a los indios de Çimpançingo y a los de las casas questaban juntos de nuestro real que lo encalasen y estuviese bien aderezado»

    Junto con la confianza en sus hombres, fe en la victoria sin la que la victoria es imposible, Cortés sentía la vocación de conquistar vastos territorios y pueblos para el Imperio cristiano cuyo soldado tenía conciencia de ser.

    Para él, la propagación de la fe y la de las banderas de España eran una misma cosa, y tan evidente que no admitía ni duda ni discusión.

    Así escribe al Emperador cómo, para animar a sus soldados, les hizo valer que estaban «en disposición de ganar para Vuestra Majestad los mayores reinos y señoríos que había en el mundo. Y que demás de facer lo que a cristianos éramos obligados, en puñar contra los enemigos de nuestra fe, y por ello en el otro mundo ganábamos la gloria, y en éste conseguíamos el mayor prez y honra que hasta nuestros tiempos ninguna generación ganó».

    Estas palabras de su pluma prueban hasta qué punto eran inseparables en su espíritu los motivos nacionales y los religiosos, lo que no ha de sorprendernos en un hombre de su tiempo, sea cual fuere su nacionalidad, y menos todavía en un español, acostumbrado por una guerra siete veces secular contra el moro invasor a ver en el extranjero al infiel y a identificar la fe con el patriotismo.

    Además, al arrostrar tan ingentes peligros, Cortés confiaba de pleno en la ayuda divina.

    El relato de Bernal Díaz es aquí inestimable, en contraste con el más corto y sobrio del propio Cortés; pues mientras el soldado, a pesar de su tendencia a sacar a luz a los de filas, se ve arrastrado por la belleza misma del valor sereno de su caudillo a ensalzar los méritos de Cortés, de cuya alma inconmovible hace irradiar ante nuestros ojos todo el ánimo que inunda a su ejército, Cortés se limita a apuntar al cielo como la fuente de la fuerza que él comunica a sus hombres en palabras cuya misma sencillez hacen llegar haste nosotros el aroma de su sinceridad: «Y que mirasen que teníamos a Dios de nuestra parte y que a El ninguna cosa es imposible, y que lo viese por las victorias que habíamos habido, donde tanta gente de los enemigos eran muertos y de los nuestros ningunos» .

    La constancia y la firmeza de esta seguridad en el apoyo de Dios, que Cortés sentía como una fuerza siempre viva en su alma, resaltan y se confirman en una escena que debemos a Andrés de Tapia.

    Había procurado Cortés hacerse con toda la información y con todos los consejos posibles por parte de los indígenas en quienes confiaba, y en particular de Teach, el cempoalés, «hombre cuerdo, e según él dicie, criado en las guerras entre ellos. Este indio dijo al marques: "Señor, no te fatigues en pensar pasar adelante de aquí, porque yo siendo mancebo fui a Mexico, y soy experimentado en las guerras, e conozco de vos y de vuestros compañeros que sois hombres e no dioses, e que habéis hambre y sed y os cansáis como hombres; e hágote saber que pasado desta provincia hay tanta gente que pelearán contigo cient mill hombres agora, y muertos o vencidos éstos vendrán luego otros tantos, e así podrán remudarse e morir por mucho tiempo de cient mill en cient mill hombres, e tú e los tuyos, ya que seáis invencibles, moriréis de cansados de pelear, porque como te he dicho, conozco que sois hombres, e yo no tango más que decir de que miréis en esto que he dicho, e si determináredes de morir, yo iré con vos." El marqués se lo agradeció e le dijo que con todo aquello quería pasar delante, porque sabie que Dios que hizo el cielo y la tierra les ayudarie, e que así él lo creyese».

    Estas eran las fuerzas que alimentaban su valor. No eran nuevas en él. Le habían impulsado desde el principio, iluminando sus ambiciones más densas con una luz y elevándolas con un espíritu sin los cuales no hubiera sido capaz de mantener su dominio sobre los soldados y capitanes que impacientes se agitaban en torno suyo como abejas y avispas; pero aunque le animaron desde el principio, no cabe duda de que fueron creciendo en poder e intensidad a medida que iba pasando de prueba a prueba, elevándose de victoria a victoria, entre peligros que hubieran quebrantado el coraje de un hombre sólo impulsado por una vitalidad animal.

    Cortés veía en su victorias la mano protectora del Señor cuyos intereses servía devotamente, por pecador que tuviera conciencia de ser.

    De modo que, sin darse cuenta aún de la índole primordial de su victoria, que los acontecimientos iban a revelarle, y así, demasiado realista para atribuirse todo el mérito del triunfo, le concede sólo ocho líneas de una larga carta al Emperador, explicando la victoria porque «quiso Nuestro Señor en tal manera ayudarnos».

    Cortés hizo repetidos esfuerzos para convertir a Moteczuma. No es posible que correspondiesen a lo arduo de la tarea. la distancia espiritual que los separaba era demasiado grande, aparte de que le faltaban los elementos mentales y lingüísticos necesarios para construir el puente sobre aquel abismo, acercándose al ser recóndito y remoto del Emperador azteca.

    Es significativo que, aunque Cortés en persona se daba cuenta de la vanidad de los ídolos mejicanos, sus soldados, sin exceptuar a Bernal Díaz, y no pocas de sus cronistas, entre ellos Torquemada, Cervantes de Salazar y Gómara, creían a pies juntillas en su existencia y en su poder para aconsejar directamente y «hablar» a Moteczuma y a sus sacerdotes, con no menos fe (quizá con más fe) que los mismos mejicanos.

    Así resulta que la religión, si no de Cortés, al menos de parte de los españoles que en su órbita giran, era tan capaz como la de Moteczuma y los suyos de absorber otros dioses, gracias a la virtud proteica del diablo.

    Para los cristianos sencillos de aquellos días, para todos los soldados y para gran número de los fralles, aun de los más cultos, era el diablo el que se hacía pasar por Vichilobos, Tetzcatlipoca y demás figuras monstruosas que adoraban los mejicanos; con lo cual aquellos «bultos» cesaban de ser meras figuras de piedra o de simientes amasadas con sangre, meros apoyos materiales de los ensueños vacuos de una estirpe atrasada, para transfigurarse en criaturas vivientes, dotadas de una voluntad y de un lenguaje propios —hecho que hacía de la conversión de los indígenas una especie de conquista espiritual, una cruzada de los soldados de Dios contra el espíritu del Malo.

    Puede compararse la actitud mental popular en estas materias con la del propío Cortés cotejando el relato de Cortés sobre su famosa destrucción de los dioses del Gran Teocalli con la página en que Andrés de Tapia refiere la misma escena.



    Significativa imágen, metáfora de la liberación de Méjico, la Catedral sustituyendo el Gran Teocalli, Templo Mayor azteca, lugar de asesinatos rituales


    Cortés escribe con su concisión usual y con su elegancia positiva y concreta. Al referirse a los dioses indígenas y al Dios universal de los cristianos, habla un lenguaje claro, inteligente, casi pudiera decirse que moderno y racionalista «los bultos y cuerpos de los ídolos en quien estas gentes creen -escribe al Emperador— son de muy mayores estaturas que el cuerpo de un gran hombre. Son hechos de masa de todas las semillas y legumbres que ellos comen, molidas y mezcladas unas con otras, y amásanlas con sangre de corazones de cuerpos humanos, los cuales abren por los pechos, vivos, y les sacan el corazón, y de aquella sangre que sale de él, amasan aquella harina, y así hacen tanta cantidad cuanta basta para facer aquellas estatuas grandes. E también, después de hechas, les ofrescía más corazones, que asimismo les sacrifican, y les untan las caras con la sangre. A cada cosa, tienen su ídolo dedicado, al uso de los gentiles que antiguamente honraban sus dioses, por manera que para pedir favor para la guerra tienen un ídolo, y para sus labranzas otro, y así para cada cosa de las que ellos quie ren o desean que se hagan bien, tienen sus ídolos a quien hon ran y sirven.»

    Estos fueron los ídolos, bien claro lo dice y bien claro lo ve, que creyó necesario derrocar: «los más principales de estos ídolos y en quien ellos más fe y creencia tenían, derroqué de sus sillas y los fice echar por las escaleras abajo, e fice limpiar aquellas capillas donde los tenían, porque todas estaban llenas de sangre que sacrifican, y puse en ellas imágenes de Nuestra Señora y de otros santos, que no poco el dicho Mutecçuma y los naturales sintieron; los cuales primero me dijeron que no lo hiciese porque si se sabía por las comunidades, se levantarían contra mí, porque tenían que aquellos ídolos les daban todos los bienes temporales y que, dejándoles maltratar, se enojarían y no les darían nada y les secarían los frutos de la tierra y moriría la. gente de hambre. Yo les hice entender con las lenguas cuan engañados estaban en tener su esperanza en aquellos ídolos que eran hechos por sus manos de cosas no limpias; e que habían de saber que había un solo Dios, universal Señor de todos, el cual había criado el cielo y la tierra y todas las cosas, y hizo a ellos y a nosotros, y que éste era sin principio, y inmortal, y que a El habían de adorar y creer y no a otra criatura ni cosa alguna».

    Lenguaje de hombre inteligente y claro, muy por encima no sólo del de sus soldados, que no habían pasado por Salamanca, sino también del de muchos frailes educados en la Universidad y que, en punto a erudición, sobrepasaban a Cortés.

    En estas palabras, Cortés mide la religión de los mejicanos como hombre del Siglo, y bien devoto creyente de los dogmas de la Iglesia entonces universal para todos los europeos.

    Pero, al lado de esta transparencia intelectual, vibraba en él otra calidad que no deja pasar tan fácilmente en sus cartas, fríamente objetiva, al Emperador; bajo su mente clara ardía un corazón religioso que explica su acción violenta contra los dioses indígenas, referida con tanta sencillez en su informe al Emperador.

    Este Cortés vibrante y trepidante es el que nos transmite Tapia en su relato, si bien algo desfigurado por la visión personal del narrador. Refiere Tapia cómo, cuando Cortés fue a visitar el teocalli, había en Méjico poca gente española por andar casi todos en busca de minerales por las provincias:

    «e andando por el patio me dijo a mí: "sobid a esa torre e mirad que hay en ella"; e yo sobí [...] e llegué a una manta de muchos dobleces de cáñamo, e por ella había mucho número de cascabeles e campanillas de metal; e quiriendo entrar, hicieron tan gran ruido que me creí que la casa se caía. El marqués subió como por pasatiempo, e ocho o diez españoles con él; e porque con la manta que estaba por antepuerta, la casa estaba escura, con los espadas cuitamos de la manta; e quedó claro. Todas las paredes de la casa por de dentro eran hechas de imaginería de piedra [...] eran de ídolos, e en las bocas déstos e por el cuerpo a partes tenían mucha sangre de gordor de dos e tres dedos; e descubrió los ídolos de pedrería e miró por allí lo que se pudo ver, e sospiró, habiéndose puesto algo triste, e diJo, que todos los oímos: "¡Oh Dios! ¿Por qué consientes que tan grandemente el diablo sea honrado en esta tierra?" E: "Ha, Señor, por bien que en ella te sirvamos".»

    Tal fue sin duda el estado de ánimo en que se puso Cortés, mas no su lenguaje, que ya conocemos directamente por sus cartas al Emperador. El soldado cronista empaña con sus propias supersticiones el cristal claro en que Cortés reflejaba la realidad. Al ruido de los cascabeles habían acudido sacerdotes y otros circunstantes.

    Cortés mandó llamar a los intérpretes y les dijo: «Dios que hizo el cielo y la tierra os hizo a vosotros y a nosotros e a todos, e cría lo con qué nos mantenemos, e si fuéremos buenos nos llevará al cielo, e si no, iremos al infierno, como más largamente os diré cuando más nos entendamos; e yo quiero que aquí donde tenéis estos ídolos esté la imagen de Dios y de Su Madre bendita, e traed agua para lavar estas paredes, e quitaremos de aquí todo esto.»

    Aquí ya refleja Tapia con alguna mayor fidelidad el estilo de su jefe, y sigue diciendo: «Ellos se reían, como que no fuera posible hacerse, e dijeron: "No solamente esta ciudad, pero toda la tierra junta tienen a éstos por sus dioses, y aquí está esto por Uchilobos, cuyos somos; e toda la gente no tiene en nada a sus padres e madres e hijos, en comparación déste, e determinarán de morir ; e cata que de verte subir aquí se han puesto todos en armas y quieren morir por sus dioses." El marqués dijo a un español que fuese a que tuviesen gran recaudo en la persona de Motecçuma, e envió a que viniesen treinta o cuarenta hombres allí con él, e respondió a aquellos sacerdotes: "Mucho me holgaré yo de pelear por mi Dios contra vuestros dioses, que son nonada"; y antes de que los españoles por quien habia enviado viniesen, enojóse de palabras que oía, e tomó con una barra de hierro que estaba allí, e comenzó a dar en los ídolos de pedrería; e yo prometo mi fe de gentilhombre, e juro por Dios que es verdad que me parece agora que el marqués saltaba sobrenatural, e se abalanzaba tomando la barra por en media a dar en lo más alto de los ojos del ídolo, e así le quitó las máscaras de oro con la barra, diciendo: "A algo nos hemos de poner por Dios"».

    Este admirable relato confirma en un todo el carácter de Cortés analizado en nuestras páginas.

    En aquel momento era el dueño de hecho y sin disputa de un imperio que había conquistado por una obra maestra de previsión, cautela, sagacidad, paciencia y astucia.

    Y una mañana, «por pasatiempo», va a visitar al Gran Teocalli, ve los ídolos y las trazas repugnantes del cruel culto y sacrificio; se entristece, interroga a Dios, ofrece servirle para libertar aquella tierra y gente de tales abominaciones; predica a los sacerdotes como puede; oye su resolución de morir por sus dioses y cauto como Capitán, adopta rápidamente ciertas precauciones tácticas, pero ¿cambia su estrategia?

    ¿Da ni un segundo de atención a la idea de que en un instante puede destruir el éxito espléndido de todo un invierno de trabajos, de bravura y de inteligente perseverancia? ¿Recuerda que tiene cantidades ingentes de oro en sus arcas? ¿Piensa en su potencia, ya seguramente establecida?

    Ni un segundo. Echa mano de una barra de hierro y, sin esperar siquiera a que hayan llegado los treinta o cuarenta españoles que ha mandado llamar, se abalanza sobre los ídolos y los destroza, dándoles primero en lo alto de los ojos en presencia de los sacerdotes espantados.

    Tapia, y sin duda también sus compañeros presentes, le vieron entonces «saltar sobrenatural», elevarse en el espacio tan alto como los ídolos gigantescos que iba a desafiar y a destruir.

    Era en efecto sobrenatural y se elevaba más alto que sí mismo. «Considerando que Dios está sobre natura» —había escrito poco antes al Emperador—.

    Así ahora alzado hacia Dios por su fe, se elevaba sobrenatural. La marcha que había comenzado unas semanas antes en las marismas de Veracruz, hacia lo alto, elevándose paso a paso, lucha a lucha, victoria a victoria, por los escalones gigantescos de la cordillera haste la altiplanicie de la capital misteriosa y recóndita, tenía que terminar en la más alto de las ascensiones haste aquella cúspide del Teocalli más empinado donde Cortés dio un golpe de barra histórico entre los ojos del feroz Uitehilipochtli.

    Aquél fue el momento culminante de la conquista, la hora en que el anhelo del hombre por alcanzar lo más alto triunfa sobre su querencia a contentarse con disfrutar de lo ya conseguido; la hora en que la ambición y el esfuerzo vencen al éxito, en que la fe vence a la razón.

    Si Cortes hubiera sido un hombre menos razonable, aquel acto hubiera podido descontarse como una temeridad por bajo de las normas que todo hombre debe alcanzar para que se le considere como en plena madurez; pero Cortés encarnaba la razón y la cautela.

    Su acto no puede pues interpretarse como caída por bajo de la razón, sino al contrario, como subida por encima de la razón. Por eso ha entrado de lleno en la leyenda, como todos los actos en que el hombre se eleva por encima de los hombres."

    Estos son los espíritus que conformaban los hombres notables de la España del Siglo de Oro. ¿Volverán sus inquietudes a llenar nuestros anhelos.

    Anotaciones de Pensamiento y Critica
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  4. #184
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    13 de agosto de 1521: Liberación de México


    No fue el 16 de septiembre de 1810 el día de la liberación de México, sino que esta (la verdadera) ocurrió casi tres siglos antes (la otra, la falsa, no fue más que un absurdo rompimiento, que se debió a intereses mezquinos). El 13 de agosto de 1521, los mexicas se rindieron ante las tropas españolas, lideradas por el marqués Hernán Cortés, y sus aliados indígenas, enemigos de los aztecas. Ese día no empezó -como mentirosamente nos dicen los indigenistas e izquierdistas- una época de opresión, menos aún un genocidio. Muy por el contrario. Aquel día, más bien, puede ser señalado como el comienzo del fin de una era de terror impuesta por los sangrientos aztecas. Ya nunca más 20 mil personas serán sacrificadas en un solo día (como efectivamente alguna vez ocurrió) para aplacar la sed de sangre de un falso ídolo; ya nunca más la muerte en masa de niños y jóvenes por razón de un culto idolátrico; ya no más se habría de incrementar la cifra de cinco millones de asesinados en sacrificio por obra de los aztecas en sus dos siglos de dominio aterrador. En adelante, si algo se le podrá atribuir a los españoles no será el provocar un genocidio, sino el haber puesto punto final a uno, el evitar que se siga dando. Ya no más la perdición por culpa del satánico culto a dioses falsos; en adelante, la verdadera religión de Cristo, la salvación. En fin, fue el día del inició de la liberación de México: Liberación de la barbarie, del horror y de la perdición de almas en manos del Maligno.

    YA NUNCA MÁS EN MÉXICO ESTO:



    EN ADELANTE ESTO:





    La Reacción: 13 de agosto de 1521: Liberación de México
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  5. #185
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    exacto!! Solo un error, no hubo unos sacrificio como tales por sed de sangre demoníaca, soy mexicano, estudioso de la América pre-hispana, y te diré que la idea de la sangre parte de que el corazón es la flor mas hermosa de todas, y según sus mitos y tradiciones orales casi todas, los dioses le dieron la vida al hombre con su sangre, lo mínimo que podían hacer ellos era derramar la suya en agradecimiento.De hecho, los encomenderos españoles cuando notaban una insurrección o descontento que los pusiera en peligro, los amenazaban con ponerlos en manos de caciques indígenas, los cuales vaya que eran un tanto mas crueles, pero ya no los sacrificaban, ya eran cristianos... de nombre al menos,la practica era muy propia de los mexicas, aunque recientemente puede notarse que en ningún escrito nativo se habla de el sacrificio ritual, solo en codices o libros hispanos y mexicanos actuales Como ves no eran salvajes que corrían desnudos decapitando a placer, se olvida que la nobleza quedo en su lugar aristócrata, y que en efecto, se les dio el titulo occidental de nobles, la prueba es que a la fecha los herederos de Motecuzoma, o Moctezuma II como seguramente lo conoces mejor, tienen aun el titulo de condes si no me equivoco.
    El gobierno de México, les retiro una pensión y ahora esperan se les devuelva. Saludos desde México. Y no, no apoyo la leyenda negra contra Hispania, como tampoco contra el Anáhuac, asi se le llamaba a la parte media del actual México y significa el único mundo. Esa era su concepción.
    Mexispano dio el Víctor.

  6. #186
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    RAÍCES: Hernán Cortés, el fundador de México

    El conquistador español es un personaje admirable y figura fundamental en la historia del país, con un legado que perdura en el tiempo.

    domingo, 07 de diciembre de 2014



    Hernan Cortes.bmp


    Hernán Cortés, fundador de México y descubridor de Baja California.





    El 2 de diciembre de 1547, a la edad de 62 años, moría Hernán Cortés, el fundador de México y conquistador de los aztecas.

    Se acaban de cumplir 467 años de este hecho. Desde luego, al ser Cortés una figura fundamental en nuestra historia- sin él no se podría explicar nuestro país- bien vale una reflexión, sobre todo considerando que su figura siempre ha sido polémica; pero no ha sido una polémica natural, sino inducida por cuestiones ideológicas.

    Comento esto porque hace unos días se inauguró en Madrid una importante exposición sobre la figura de Cortés, organizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y la Real Academia de la Historia de España.

    Se trata de la primera muestra dedicada a Cortés, al menos en España, ya que los mismos españoles no habían querido hacer una exposición sobre nuestro personaje debido a la polémica que lo envuelve, lo cual podría significar problemas.

    Sin embargo cada vez más hay académicos que se han alejado de dichas controversias, intentando ver la figura de Cortés en su verdadera dimensión, tratando de analizarla y comprenderla desde el punto de vista del siglo XVI, no del XXI como muchos pretenden juzgarla.


    UNA HISTORIA DE CONQUISTAS

    Martín Almagro, historiador de la Universidad Complutense, arqueólogo, miembro de la Real Academia de Historia y uno de los organizadores de esta muestra, comenta que "el hombre es un ser colonizador, la historia humana es la historia de las colonizaciones”, y a esto hay que agregar que casi siempre, la historia de las colonizaciones tiene que ver con la historia de las conquistas.

    Casi toda la historia de la humanidad es la historia de conquistas, incluso hasta nuestros días. A esto hay que agregar que en el siglo XVI, cuando Cortés conquistó a los aztecas y dio principio a México, los derechos humanos no existían, tampoco el derecho internacional, las naciones se regían bajo la ley de la conquista, es decir, la ley del más fuerte. Esto incluso entre los indios de América.

    Los aztecas fueron uno de los mejores ejemplos de nación conquistadora, sólo que se toparon con los españoles, quienes tuvieron la fuerza y la inteligencia suficiente para vencerlos.

    Al conquistar a los aztecas, los españoles no conquistaron México; lo que si hicieron fue formar México, fundarlo, y darle una serie de tradiciones, valores y principios que aún siguen rigiendo en la actualidad, como las instituciones, la lengua, la religión, entre muchas otras.

    Además de esto, los españoles promovieron el mestizaje, tanto racial como cultural, por lo que nuestro país empezó a crecer con sus propias características, surgidas de este mestizaje.


    PROPAGANDA ANTIESPAÑOLA

    La polémica en torno a Cortés tiene al menos dos orígenes o vertientes. Uno de ellos surge de la famosa "Leyenda Negra”, esto es, a raíz de los grandes logros que la corona española logró desde fines del siglo XV y a lo largo de todo el siglo XVI. Italia, Francia, Holanda, Alemania e Inglaterra fomentaron una campaña en contra de ella, en la que se incluyó la conquista de América. El éxito de dicha campaña fue muy significativo; ha tenido y aún tiene repercusiones en ambos lados del Atlántico.

    Esta campaña inició con las críticas exageradas de fray Bartolomé de las Casas, las que fueron y han sido deformadas precisamente como elemento clave de la Leyenda Negra.

    La otra vertiente de la polémica sobre Cortés, la que se da en nuestro país, tiene su origen en ideologías políticas. Han sido varios los gobernantes mexicanos que intentaron denostar la figura de Cortés con fines de exaltar el nacionalismo y de justificarse ellos mismos en el poder. Esto surgió desde los inicios mismos de las luchas de independencia, con Hidalgo. Después fue un argumento utilizado por los liberales durante el porfirismo y más adelante también lo utilizaron los revolucionarios triunfantes, sobre todo a partir de Álvaro Obregón.


    VISIONES CAMBIANTES

    La historia oficial, a partir de Obregón, es la que sigue rigiendo, y uno de sus postulados ha sido siempre la de denostar la figura de Cortés, deformando totalmente su actuación.

    Actualmente ya existe una importante corriente de historiadores, tanto en México como España y otros países, que ha dado a la figura de Cortés una visión más objetiva y real, alejada de ideologías o posiciones políticas.

    En el año 2019 se cumplirán 500 años del nacimiento de México. La fundación de nuestro país se da en el momento en que Hernán Cortés y sus hombres fundan la Villa Rica de la Veracruz, es decir, el 10 de julio de 1519, fecha en que Cortés y sus hombres deciden quitarse de la autoridad del gobernador de Cuba Diego Velázquez, y establecer el primer ayuntamiento en territorio continental de América.

    Nace así la hoy ciudad de Veracruz y junto con ella lo que al año siguiente se nombrará como la Nueva España, es decir, México. Veracruz fue la primer ciudad de lo que hoy es nuestro país.

    A partir de ahí Cortés fue expandiendo la Nueva España, hasta hacerla una gran región. Entre otras regiones que fue incorporando a nuestro territorio se encuentra la península de Baja California, que descubrió desde fines de 1533 y que intentara, sin éxito, colonizar entre 1535 y 1536.


    ¿Y EL NACIONALISMO?

    Cortés es uno de los grandes personajes de la humanidad, fue un conquistador, pero también un fundador, un creador, y lo que formó ha perdurado en el tiempo, como es nuestro gran país. Sin lugar a dudas es un personaje admirable, al cual México debería tenerlo en mejor lugar.

    De hecho, lo iniciado por Cortés llegó a ser tan grande como más del doble de lo que actualmente tiene nuestro país, pero los mexicanos, sobre todo los del siglo XIX no supieron honrar esa herencia que fueron dilapidando hasta que perdimos gran parte de lo que éramos.

    Actualmente, seguimos despilfarrando de manera irresponsable nuestras herencias, tanto naturales como culturales y permitimos que nuestro país sea objeto de todo tipo de saqueos. Al propiciar ese desprecio por nuestros orígenes, al seguir negándonos a cerrar esa herida de la conquista y seguir denostando a quienes nos formaron, empezando por Hernán Cortés, al seguir negándonos a reconciliarnos con nosotros mismos, estamos destruyendo nuestra herencia desde sus mismas raíces.

    No por nada la inundación de Walmarts, Costcos, McDonald's, carreras Baja’s, y muchísimas otras aberraciones que nos han ido desdibujando como mexicanos y que se han incrementado a partir de las políticas neoliberales.

    Deberíamos sentirnos orgullosos de nuestro pasado hispano, de como este país nació, como fue creciendo y se formó a lo largo de la colonia.

    Cortés fue un gran personaje, y quien marcó un nuevo rumbo entre el Nuevo y el Viejo Mundo. En estos tiempos ya resultan totalmente anacrónicas la forma en que aún se toma en México la figura de Cortés.


    Escrito por Carlos Lazcano en Google+









    Fuente:

    RAÍCES: Hernán Cortés, el fundador de México - El Vigia

  7. #187
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España



    Gran aporte de los compañeros de Mitófago.

    Y no solo fundó el Hospital de Jesús de Nazareno (que aún subsiste y donde aún yacen sus restos), sino también donó fondos para la escuela de idiomas de Oaxaca, donde los misioneros se dedicaron a estudiar las lenguas indígenas para facilitar la evangelización. También contribuyó a la fundación de un convento de franciscanos, pues su celo misionero y cristiano era ferviente y sincero. Honor a él.

    https://www.facebook.com/77125717629...type=1&theater

  8. #188
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    HERNÁN CORTÉS

    POR SERAFÍN FANJUL





    En el restaurante de carretera prestas atención a tu oído e identificas la voz de Rocío Dúrcal cantando una ranchera. Recuerdas que, hasta hace pocos años, la música más vendida en gasolineras y similares era la popular mexicana, dato bien escondido por las casas discográficas, aunque en la actualidad sabe Dios cómo andarán los gustos de los españoles, abducidos y ausentes entre móviles, tabletas y otras maquinillas matamarcianos, sin espacio para identidades sentimentales y subterráneas. Retrocedes en el tiempo --no demasiado-- y rememoras lugares de Michoacán irrenunciables en tu vida: Pátzcuaro, Tzintzunzan, Quiroga, Santa Clara... Fuera de la postal turística, cobres, carnitas, ebanistería, instrumentos musicales, olivos mucho más que centenarios plantados dizque por el mismísimo Tata Vasco [de Quiroga], cuando quiso aplicar entre los indígenas la Utopía terrena, con eficacia y sin estridencias, al contrario que Las Casas, obra liquidada definitivamente en 1856 y 1859 con las leyes de Desamortización y Reforma. Y sin olvidar, entre los mismos olivos, el cartel --tan hispano-- que advierte contra prácticas fisiológicas indeseables en el entorno.


    Es difícil insistir en argumentos que, de puro conocidos, se han convertido en tópicos fuera de las imágenes y usos de consumo de masas de nuestra época, ni fabricados ni difundidos desde España. Tópicos gastados que dejan de serlo y resurgen vivos y fuertes en cuanto salimos del rebaño y observamos los hechos. Y los disfrutamos. En nuestro auxilio acude la exposición «Itinerario de Hernán Cortés» en la Fundación Canal de Madrid, cuyo comisario, el académico Martín Almagro Gorbea, ha conseguido transmutar ante nuestros ojos el Viejo Mundo en el Nuevo, tomando como hilo conductor la vida y peripecia histórica de Hernán Cortés. Desde los grandes conquistadores de la Antigüedad (Alejandro, César), con mejor suerte que el de Medellín (esta es la primera exposición a él dedicada en el mundo), hasta la sociedad del México virreinal y en los albores de la independencia. Organizada bajo los auspicios de la Real Academia de la Historia de Madrid, la muestra ha conseguido la colaboración generosa y desinteresada («pa´ conquistar corazones no hay mejor que un mexicano», proclamaba orgullosa Lola Beltrán) de diversas instituciones culturales de México, y no se me enojen si olvido alguna: Museo Nacional de Antropología, Instituto Nacional de Antropología e Historia, Museo Soumaya, Museo de Historia de Chapultepec, Sitio Arqueológico de Tecoaque... Piezas prehispánicas valiosísimas, documentos del mismo Cortés, armamento de la época, mobiliario, vestidos, croquis, audiovisuales, acercamiento del visitante a las terribles penalidades que se padecían en los viajes transoceánicos del tiempo y que tan magistralmente describió el gran historiador mexicano José Luis Martínez, narración objetiva --y nada complaciente con Cortés-- de las vicisitudes de la conquista. La exposición, en suma, intenta contestar a la pregunta «¿qué tenemos que ver con México?» Y viceversa. Pregunta cada vez más acuciante, tanto por ser parte de nuestra cultura y nuestra historia (y nosotros de la de ellos) como por la actual deriva hacia la nada que lleva España. Y no me digan que incurro en catastrofismo o hablo mal de nuestro país: tan sólo es insoportable que nos larguen semejantes regañinas quienes están propiciando nuestra irrelevancia y desaparición como sujeto histórico.


    Y Tecoaque, la soberbia y efectista presentación de los vestigios aztecas encontrados en esa población, donde los hallazgos arqueológicos vienen a corroborar los luctuosos acontecimientos narrados por Cortés en su Tercera Carta-relación --perennemente negados por indigenistas e historiadores de la misma línea--, incluido el dramático grafito de Juan Yuste («Aquí estuvo preso el sin ventura de Juan Yuste») mientras esperaba para ser sacrificado y devorado por los Caballeros Águila y Jaguar. Dice Cortés: «Mandé [a Gonzalo de Sandoval] que destruyese y asolase un pueblo grande, sujeto a esta ciudad de Tesuico (...) porque los naturales me habían matado cinco de caballo y cuarenta cinco peones que venían de la Villa de la Vera Cruz a la ciudad de Temixtitlán [Tenochtitlán], (...) al tiempo que esta vez entramos en Tesuico hallamos en los adoratorios o mezquitas de la ciudad los cueros de los cinco caballos con sus pies y manos y herraduras cosidos y en señal de victoria, y ellos y cosas de los españoles ofrecidos a sus ídolos, y hallamos la sangre de nuestros compañeros y hermanos derramada y sacrificada por todas aquellas torres y mezquitas, fue cosa de tanta lástima...» La ferocidad de los aztecas contestada con los implacables escarmientos de los hispanos y sus aliados tlaxcaltecas, la parte cruda de toda conquista y objeto único de atención (junto con la codicia) de los mexicanos ya independientes al recordar a Cortés durante casi dos siglos y que indujo a proscribir su memoria como parte integrante de la personalidad mexicana, hsta el extremo de que el historiador norteamericano del siglo XIX William Prescott no pudo incluir en su obra (The History of the Conquest of Mexico) la ubicación de los restos de Cortés porque Lucas Alamán, su depositario, temeroso de actos de vandalismo, no quería indicarla y aun hoy en día se hallan de tapadillo en la capilla del Hospital de Jesús, primero de América y fundado por el mismo Cortés en las inmediaciones del Zócalo. Y lo que más asombraba a Prescott --que no era precisamente un hispanófilo-- era el rencor hacia los españoles entre su misma progenie: «Uno pensaría que los mexicanos [criollos] se consideran descendientes de los indios y no de los españoles». Como se ve, nuestros tiernos charnegos separatistas no están descubriendo nada nuevo aunque crean lo contrario.


    Dentro de seis años se celebrarán los dos siglos de la independencia de México; en ellos mucho cambió el paísy mucho guarda del pasado: expolio de la mitad de su territorio por Estados Unidos («No se pueden modificar fronteras a punta de pistola», nos alecciona Barack Obama, al parecer mal conocedor de la historia de su país), imperios, revoluciones, guerras civiles, reorientación laica, desarrollismo económico, reemplazo del paternalismo virreinal y eclesiástico por el capitalismo más descarnado y aceptación normal y amistosa de los españoles aunque persistan las reticencias en la vida oficial o algunos prejuicios más por causas sociales de origen nacional (los famosos venancios, los abarroteros hispanos). Y entre los más notables desencuentros, sorprende que en un gran país como es México no se haya superado la persecución del recuerdo de Cortés: dedicarle una simple estatua se conviete en conflicto nacional, de suerte que el Monumento al Mestizaje (Zócalo de Coyoacán, en 1982) terminó escondido en el Jardín Xicoténcatl por las protestas ciudadanas y --que sepamos-- sólo existen dos bustos del conquistador: uno en su casa de Cuernavaca, donde Diego Rivera se explayó a gusto y de forma feroz en el mural de la veranda trasera, y otro en el ya citado Hospital de Jesús. Poca cosa para la trascendencia del extremeño, al que ha tocado el papel de chivo expiatorio de cuantos abusos cometieron --o se dice que cometieron-- los pinches gachupines en su tierra. Ojalá que actos culturales como el que reseñamos contribuyan a cicatrizar heridas para las cuales el tiempo no bastó. ¡Y que viva México!

    HERNÁN CORTÉS - Kioskoymas.abc.es

  9. #189
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    CONVERTIR EN OBRAS LAS PALABRAS





    "Cuando considero, amigos y compañeros míos, cómo nos ha juntado en esta isla nuestra felicidad, cuántos estorbos y persecuciones dejamos atrás y cómo se nos han desecho las dificultades, conozco la mano de Dios en esta obra que emprendemos, y entiendo que en su altísima providencia es lo mismo favorecer que prometer los sucesos. Su causa nos lleva y la de nuestro rey, que también es suya, a conquistar regiones no conocidas, y ella misma volverá por sí, mirando por nosotros. No es mi ánimo facilitaros la empresa que acometemos; combates nos esperan sangrientos, facciones increíbles, batallas desiguales en que haréis menester socorreros de vuestro valor, miserias de la necesidad, inclemencias del tiempo y asperezas de la tierra, en que os será necesario el sufrimiento, que es el segundo valor de los hombres y tan hijo del corazón como el primero, que en las guerras más sirve la paciencia que las manos y quizá por esa razón tuvo Hércules el nombre de invencible, y se llamaron trabajos sus hazañas.

    Hechos estáis a padecer y hechos a pelear en estas islas que dejáis conquistadas; mayor es vuestra empresa, y debemos ir prevenidos de mayor osadía; que siempre son las dificultades del tamaño de los intentos. La Antigüedad pintó en lo más alto de los montes el templo de la fama, y su simulacro, en lo más alto del templo, dando a entender, que para hallarla, aún después de vencida la cumbre, era menester el trabajo de los ojos. Pocos somos, pero la unión multiplica los ejércitos, y en nuestra conformidad está nuestra mayor fortaleza; uno, amigos míos, ha de ser el consejo en cuanto se resolviere; una, la mano de la ejecución; común la utilidad y común la gloria en lo que conquistare. Del valor de cualquiera de nosotros se ha de fabricar y componer la felicidad de todos. Vuestro caudillo soy, y seré el primero en aventurar la vida por el menor de los soldados. Más tendréis que obedecer en mi ejemplo que en mis órdenes; y puedo aseguraros de mí que me basta el ánimo para conquistar el mundo entero, y aún me lo promete el corazón con no sé qué movimiento extraordinario, que suele ser el mejor de los presagios. Así, pues, a convertir en obras las palabras; y no os parezca temeridad esta confianza mía, pues se funda en que os tengo a mi lado, y dejo de fiar de mí lo que espero de vosotros".

    Hernán Cortés

    ANTONIO MORENO RUIZ

  10. #190
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    ORACIÓN DE HERNÁN CORTES A LOS SOLDADOS




    El religioso e historiador Francisco López de Gómara (1511-1566) en su obraHistoria General de las Indias y Vida de Hernán Cortes nos muestre el discurso que Hernán Cortes dirigió a sus hombres antes de partir hacia la inmortalidad. Unos pocos españoles, pobres y arruinados en busca de una nueva vida y de la honra escucharon al extremeño antes de embarcarse el 10 de febrero de 1519 (18 según Gómara) desde Cuba hacia el Yucatán.
    "Es cierto, amigos y compañeros míos, que todo hombre de bien y animoso quiere y procura igualarse por propias obras con los excelentes varones de su tiempo y hasta de los pasados. Así es que yo acometo una grande y hermosa hazaña, que será después muy famosa; pues me da el corazón que tenemos que ganar grandes y ricas tierras, muchas gentes nunca vistas, y mayores reinos que los de nuestros reyes. Y cierto, más se extiende el deseo de gloria, que alcanza la vida mortal; al cual apenas basta el mundo todo, cuanto menos uno ni pocos reinos. He aparejado naves, armas, caballos y demás pertrechos de guerra; y además de esto, muchas vituallas y todo lo que suele ser necesario y provechoso en las conquistas. Grandes gastos he hecho yo, en los que tengo puesta mi hacienda y la de mis amigos. Pero me parece que cuanto menos tengo de ella, lo he acrecentado en honra. Se han de dejar las cosas pequeñas cuando se ofrecen las grandes. Mucho mayor provecho, según en Dios espero, vendrá a nuestro Rey y nación de esta nuestra armada que de todas las de los otros. Callo cuán agradable será a Dios nuestro Señor, por cuyo amor he puesto de muy buena gana el trabajo y el dinero. Dejaré aparte el peligro de vida y honra que he pasado haciendo esta flota, para que no creáis que pretendo de ella tanto la ganancia cuanto el honor; que los buenos quieren mejor honra que riqueza. Comenzamos guerra justa y buena y de gran fama. Dios poderoso, en cuyo nombre y fe se hace, nos dará victoria; y el tiempo traerá el fin que de continuo sigue a todo lo que se hace y guía con razón y consejo. Por tanto, otra forma, otro discurso, otra maña hemos de tener que Córdoba y Grijalva; de la cual no quiero discutir por la estrechez del tiempo, que nos hace apresurar. Empero, allí haremos así como viéremos; y aquí yo os propongo grandes premios, mas envueltos en grandes trabajos. Pero la virtud no quiere ociosidad; por tanto, si quisiereis llevar la esperanza por virtud o la virtud por esperanza, y si no me dejáis, como no dejaré yo a vosotros ni a la ocasión, yo os haré en muy breve espacio de tiempo los más ricos hombres de cuantos jamás acá pasaron, ni cuantos en estas partidas siguieron la guerra. Pocos sois, ya lo veo; mas tales de ánimo, que ningún esfuerzo ni fuerza de indios podrá ofenderos; que experiencia tenemos de cómo siempre Dios ha favorecido en estas tierras a la nación española; y nunca le faltó ni faltará virtud y esfuerzo. Así que id contentos y alegres, y haced igual el suceso que el comienzo.”


    BELLUMARTIS HISTORIA MILITAR

  11. #191
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    Jaime Balmes sobre Hernán Cortés


    Todos ustedes conocerán, seguro, a Jaime Balmes, el gran filósofo y político catalán. Muchos conocerán su obra ‘El criterio’, aunque quizá no la hayan leído, cosa que les recomendamos encarecidamente. Pues bien, en este mismo libro encontramos la siguiente referencia al conquistador Hernán Cortés:

    «Un capitán que acaudilla un puñado de soldados viene de lejanas tierras, aborda a playas desconocidas y se encuentra con un inmenso continente poblado de millones de habitantes. Pega fuego a sus naves y dice: Marchemos. ¿Adónde va? A conquistar vastos reinos con algunos centenares de hombres. Esto es imposible. El aventurero, ¿está demente? Dejadle, que su demencia es la demanda del heroísmo y del genio; la imposibilidad se convertirá en suceso histórico. Apellídase Hernán Cortés; es español que acaudilla españoles».

    Jaime Balmes, ‘El criterio’ (IV, cuestiones de posibilidad)



    Jaime Balmes sobre Hernán Cortés « SOMATEMPS

  12. #192
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    Las alianzas de Cortés


    "Mientras los españoles y tlaxcaltecas marchaban sobre Tepeaca, se les sumaron muchos guerreros de Cholula y otra ciudad cercana. Los cholultecas dijeron a Cortés que Cuitlahuac (el nuevo emperador azteca) estaba decidido a revertir la política de negociación de Moctezuma, y había enviado gobernadores aztecas a todas las provincias que rodeaban Tenochtitlán. Antes de la llegada de los españoles, los recaudadores aztecas habían sido bastante opresivos, pero estos nuevos gobernadores aztecas y sus hombres estaban saqueando los poblados, robando todas las posesiones de la gente. En su arrogancia, los aztecas violaban a las mujeres cholultecas -esposas, hermanas, hijas- y obligaban a los hombres a mirar. Esclavizaban a las mujeres jóvenes y los niños. Los cholultecas preferían la ordenada administración de los españoles a esa, así que unían sus fuerzas a los forasteros.

    Era la primera buena noticia que oía Cortés desde la derrota (la Noche Triste), y recibió a los cholultecas con un caluroso abrazo."


    - Fragmento de la obra Hernán Cortés del historiador Richard Lee Marks.













    https://www.facebook.com/77125717629...type=1&theater

  13. #193
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    Las alianzas de Cortés II


    "Los caciques tlaxcaltecas visitaron a Cortés y le expusieron las condiciones que pedían a cambio de la asistencia que prestaban. Los tlaxcaltecas no eran ambiciosos; no tenían aspiraciones imperiales ni deseaban ser sucesores de los aztecas. Si los españoles, con ayuda de sus compatriotas de la costa, habían de prevalecer, los jefes tlaxcaltecas querían que su pueblo quedara exento de tributos, recibir una parte del botín y el control de las dos provincias que limitaban con sus tierras. Cortés accedió. Y aunque los detalles del convenio nunca se pudieron definir con precisión porque Cortés estaba aturdido, al igual que la mayoría de los capitanes españoles que fueron testigos del acuerdo, España respetó su promesa y eximió a los tlaxcaltecas de tributo mientras sostuvo su presencia en México, casi trescientos años. La historia no presenta tantos ejemplos de buena fe por parte de los europeos en sus acuerdos con los indios."


    - Fragmento de la obra Hernán Cortés del historiador Richard Lee Marks.

















    https://www.facebook.com/77125717629...type=1&theater

  14. #194
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    La milagrosa batalla de Otumba: 100.000 aztecas contra 400 españoles y Santiago Apóstol

    César Cervera

    Fray Bernardino de Sahagún asegura en sus textos que cuando Cortés contempló las hordas de enemigos clamó que «los españoles entre tanto escuadrón indígena eran como una islita en el mar». Una leyenda fantasiosa ubica al patrón de España junto a los jinetes que dirigió el conquistador extremeño


    Batalla de Otumba. Óleo del siglo XVII


    En la llamada Noche Triste, el 30 de junio de 1520, Cortés y sus hombres se vieron obligados a huir desordenadamente de la capital azteca, Tenochtitlán, acosados por los aztecas, que les provocaron centenares de bajas y la mayor derrota de la Monarquía hispánica en sus primeros 50 años de conquista. Lejos de la malintencionada imagen de desbandada española –aparentemente provocada por la codicia de los conquistadores, más preocupados por recoger su oro que por salvar su vida– la Noche Triste fue pródiga en acciones heroicas y fue el prólogo de la batalla, una de las más desproporcionadas de la historia, que selló el destino del Imperio azteca.


    Hernán Cortés, un hidalgo extremeño enviado a explorar la actual zona de México, aprovechó el odio de los pueblos dominados por el Imperio azteca para incrementar notablemente sus escasas tropas y avanzar en dirección a la capital mexica. Tras ser recibido de forma pacífica por Moctezuma II, el máximo líder azteca, el largo y tenso periodo que los españoles pasaron en Tenochtitlán, sin que pareciera que tuvieran intención de marcharse, terminó levantando al pueblo contra los conquistadores justo cuando Hernán Cortés regresaba de enfrentarse a una expedición arrojada por el gobernador Velázquez para obligarle a volver a Cuba. La noche se tiñó de sangre cuando los aztecas se abalanzaron sobre el convoy de carros que los españoles y sus aliados tlaxcaltecas formaban durante su huida de la ciudad.




    ABC
    Retrato de Hernán Cortés

    600 españoles y cerca de 900 tlaxcaltecas fallecieron durante la huida o bien fueron apresados para satisfacer la interminable sed de sacrificios humanos de los aztecas. La mayor parte de los caballos murieron –solo veinte caballos quedaron con vida– todos los cañones se perdieron y los arcabuces quedaron arruinados con la pólvora mojada. Frente a la tragedia, el cronista Bernal Díaz afirma que a Cortés «se le soltaron las lágrimas de los ojos al ver como venían». Durante seis días el ejército español marchó sin rumbo fijo con las huestes aztecas a su espalda. No obstante, la fortuna fue propicia para los españoles, puesto que los aztecas se entretuvieron festejando la victoria y conduciendo a los prisioneros hacia los altares con parsimoniosa ceremonia, ofreciendo sus corazones a los dioses y devorando sus cuerpos.









    La caballería europea marca la diferencia

    El conquistador extremeño no desaprovechó el error de los aztecas, que estimaban que los españoles estaban completamente derrotados, y reorganizó sus escasas fuerzas buscando un terreno favorable. Cortés y sus capitanes, entre ellos Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Cristóbal de Olid y Juan de Salamanca, se plantearon como objetivo llegar a Tlaxcala, donde podrían reponer fuerzas y preparar mejor un contraataque si se veían acorralados. Para ello eligieron bordear el lago Texcoco por el norte. Hostigados por los aztecas y por el hambre, la marcha de los españoles dejó a sus espaldas nuevas bajas.

    El sábado 7 de julio de 1520, la huida ya no fue una opción. Un gran contingente de guerreros mexicas y sus aliados de Tlalnepantla, Cuautitlán,Tenayuca, Otumba y Cuautlalpan alcanzaron a los españoles en los llanos de Temalcatitlan. La cifra de aztecas allí congregado es todavía hoy un tema de controversia, siendo posible que hubiera reunidos cerca de 100.000 guerreros (los primeros historiadores en estudiar la batalla calcularon 200.000), frente a unos 400 españoles y 3.000 indígenas aliados. Lo único irrefutable es la sensación de absoluta desproporción que provocó la visión del ejército azteca a Hernán Cortés. Fray Bernardino de Sahagún asegura en sus textos que cuando el conquistador contempló las hordas de enemigos clamó que «los españoles entre tanto escuadrón indígena eran como una islita en el mar. La pequeña hueste parecía una goleta combatida por las olas».

    En la primera línea enemigas se situaron las cofradías militares del Jaguar y del Águila, fácilmente identificables por sus trajes a imitación de estos depredadores, y la nobleza azteca encabezada por Matlatzincatzin, el cihuacóatl (jefe militar), que veía en la contienda una forma de borrar de una vez a los españoles. Por su parte, los escasos cuatrocientos españoles formaron en una disposición típica en ese momento en Europa: los piqueros se colocaron tras los rodeleros, mientras los ballesteros formaban en los flancos dispuestos a cubrir a sus compañeros junto a los pocos afortunados que portaban arcabuces. Cortés contaba con dos únicas ventajas para enfrentarse a la oleada de enemigos: un pequeño grupo de jinetes capaces de marcar la diferencia con sus cargas al estilo táctico europeo y la escalofriante garantía de que los aztecas buscarían apresar vivos a todos y cada uno de los conquistadores para usarlos en sus rituales. Aquella garantía sirvió de excusa para aguantar hasta las últimas consecuencias.


    Finalmente, fueron los jinetes castellanos encabezados por el propio Cortés los primeros en arremeter contra la marea, sorprendiendo a los aztecas. La fuerza de la galopada les introdujo en mitad del ejército enemigo antes de retroceder ordenadamente. El extremeño y su caballería repitió este movimiento, carga y huida, una y otra vez, mientras la infantería española recibía las primeras acometidas furiosas. María de Estrada, una de las pocas mujeres españolas que participó en la conquista de México, peleó junto a la infantería con una lanza en la mano «como si fuese uno de los hombres más valerosos del mundo».
    Una carga al grito de «Santiago y cierra, España»

    Pese a las exitosas incursiones de la caballería, la desproporción de fuerzas causó que la infantería formada por españoles y tlaxcaltecas comenzara a retroceder lentamente. De hecho, el flanco protegido por los tlaxcaltecas estaba a punto de derrumbarse completamente cuando Hernán Cortés dispuso un plan para salir con vida de aquella encrucijada. Tras pasar varios meses en la corte de Moctezuma, el extremeño sabía que en Mesoamérica la muerte del general, e incluso la captura del estandarte del enemigo, se consideraba el fin del combate. También conocía el importante papel que estaba jugando Matlatzincatzin en aquella batalla, quien, bajo un enorme estandarte negro con una cruz blanca sobre fondo rojo, era fácilmente distinguible desde la posición española. Así, al grito de «Santiago y cierra, España», Cortés se abrió pasó junto a cinco jinetes (Pedro de Alvarado, Alonso de Ávila, Cristóbal de Olid, Rodrigo de Sandoval y Juan de Salamanca) en dirección al jefe militar azteca. Según una leyenda fantasiosa que surgió poco después de la batalla, el Apóstol Santiago, patrón de España, también secundó a caballo la carga casi suicida, como se cuenta que había hecho en varias contiendas contra los musulmanes en la Península Ibérica.



    ABC
    Representación de la batalla de Otumba en el Lienzo de Tlaxcala


    Antes de que la infantería pudiera detener la carga, los jinetes alcanzaron el estado mayor azteca y a Matlatzincatzin. El cihuacóatl vestía un traje de negro de pies a cabeza, con enormes garras en sus pies y manos y un yelmo imitando el aspecto de una serpiente. Pese a su aspecto tétrico, Cortés no tembló en derribarlo y Juan de Salamanca en darle el golpe final antes de apoderarse de su estandarte. Cuando los guerreros de la Triple Alianza vieron a los jinetes castellanos enarbolar el estandarte de su general, dieron la batalla por perdida y comenzaron ellos entonces una desesperada huida hacia Tenochtitlán. «Y con su muerte, cesó aquella guerra», escribió Hernán Cortés a Carlos I de España anunciando el desenlace de la batalla.


    Los españoles y sus aliados indígenas se reorganizaron para atacar Tenochtitlán meses después. Un cerco de setenta y cinco días, donde la ciudad quedó muy diezmada por una epidemia de viruela traída por los europeos,marcó el final del Imperio azteca.


    La milagrosa batalla de Otumba: 100.000 aztecas contra 400 españoles y Santiago Apóstol - ABC de Sevilla
    Última edición por Hyeronimus; 07/04/2015 a las 14:09

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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    MÉJICO PAÍS MARÍTIMO

    MÉJICO, PAÍS MARÍTIMO
    CREACIÓN DE HERNÁN CORTÉS
    CON 10 MIL KM. DE LITORALES




    Hernán Cortés no fue, nada más, el conquistador del Reino de Moctezuma; una vez consolidada ésta, el 13 de agosto de 1521, se dio a la tarea de explorar el territorio en todas las direcciones, especialmente, hacia los litorales del Anáhuac: el Anáhuac Xicalanco (Golfo de México) y el Anáhuac Ayotlan (Océano Pacífico). Cortés se había dado cuenta de que las tierras recientemente conquistadas estaban entre los océanos. Esta fue la razón de pedir al Emperador don Carlos V que se llamaran: “La Nueva España del Mar Océano”


    Cortés se interesaba, también, por encontrar algún río o paso de mar que lo acercara a la costa del Mar de Sur, encontrar un buen puerto que sirviera de base a las exploraciones hacia la verdadera India. Ya desde esos años comenzaba a vislumbrar con grandeza lo que podría ser en un futuro cercano, el nuevo Reino.


    Envió a Pedro de Alvarado hacia el sur poniente de Tenochtitlán, con el encargo de llegar al mar, explorar la corta hacia el sur para encontrar el mítico Reino del Oro vislumbrado por Balboa apenas una decena de años atrás. Alvarado cumple con éxito su cometido y funda el pueblo de Tututepec muy cercano a la costa, donde encontró minas de oro. Más tarde, hacia fines del año de 1523 en otra expedición muy numerosa con ayuda tlaxcalteca, conquistará definitivamente para la Nueva España todas esas tierras hasta Guatemala y Acajutla en el actual El Salvador.


    Las otras exploraciones importantes fueron hacia el señorío de Michoacán; de los primeros que llegaron a esa región fueron: un soldado Parrillas y poco después Antonio Caicedo en el otoño de 1521. (Relación de Michoacán, de Fray Jerónimo de Alcalá).
    En 1522 le siguieron cuatro españoles más al mando de Francisco Montaño, el héroe del Popocatépetl, (Historia de la Conquista, Francisco Cervantes de Salazar).
    La conquista del territorio fue encomendada a Cristóbal de Olid, Juan Rodríguez de Villafuerte y Andrés de Tapia con 70 caballeros y 200 peones ayudados por indios tlaxcaltecas. Quienes llegaron a esas tierras a mediados de 1522.
    Estos capitanes lograron su cometido y todavía alguno de ellos llegó hasta el señorío de Colima. Sin perder tiempo se fundó Zacatula cerca de la costa y se comenzaron a construir cuatro barcos para la exploración del litoral hacia el sur y hacia el norte del paralelo 24.
    Cortés tampoco perdía el tiempo en la Capital supervisando su reconstrucción. Para reconocer nuevos territorios, seguía enviando capitanes con el fin de conquistar todas las regiones del poniente:
    Gonzalo de Sandoval llegó a principios del 1523 a la Costa Chica cercana a Acapulco, fundó el puerto y siguió hasta Colima, fundando la villa el 25 de julio de ese año de 1523. Sandoval siguió en sus conquistas rumbo al norte hasta encontrar un buen puerto que llamó de Navidad; ahí tuvo noticia de una gran isla a varias jornadas por mar hacia el noroeste: “Que estaba poblada de mujeres sin varón ninguno”


    Considero yo, que fue en esos días cuando comenzó a circular entre los soldados españoles, que la leyenda de la California a que se refería la novela “Las sergas de Esplandián” podría ser una realidad.
    Cuando el capitán Gonzalo de Sandoval regresó a la capital y dio parte a Cortés de sus descubrimientos y conquistas, pudo ser, que los soldados hicieran circular, entre los que estaban asentados ya, esas fabulosas noticias. Tanto que el propio Cortés las asienta, como hemos visto al principio, en su 4ª Carta de Relación.


    Las exploraciones y conquistas siguieron su marcha a partir de esos años. Reiteramos que Don Hernando, antes de partir para las Hibueras, envió a su sobrino Francisco Cortés de San Buenaventura con la orden de continuar sometiendo todas esas regiones. El 17 de enero de 1525 apareció en Tenochititlán la publicación de la Relación de una Visitación, en la cual se refiere la expedición de Francisco Cortés de San Buenaventura. Otros dos capitanes de esa expedición fueron otros primos de Hernán Cortés: Alonso de Ávalos y su hermano Hernando de Sayavedra que se posesionaron de las regiones del actual Estado de Jalisco, al parecer sin mucha resistencia de los indígenas.
    HERNÁN CORTÉS CONQUISTA CALIFORNIA

    Ya han pasado casi 14 años de que el reino de Moctezuma cayera en manos de Hernán Cortés. Tiene honores y riquezas, ya es dueño del Marquesado del Valle de Oajaca, territorio con 23 mil vasallos y el mayor en extensión de cuantos algún rey de España concediera a uno de sus súbditos. Su otrora gobernación se va a transformar en Virreinato muy pronto, a él le queda solamente el empleo de Capitán General de la Nueva España. Su palacio de Cuernavaca está aún en construcción y su nueva su mujer, doña Juana de Zúñiga y Ramírez de Arellano, de la mayor nobleza castellana le ha dado cinco hermosos vástagos ( Luis el mayor, murió recién llegado a México).


    Cortés podía haberse quedado disfrutando de sus logros, pero su sangre hierve con la posibilidad de conquistar, quizá, otro reino fabuloso. A sus 50 años de edad retoma arrestos de juventud y con renovado brío, él en persona se encargará de conquistar esas tierras. Este es el Cortés del principio y de siempre.


    Por otra parte, los sobrevivientes de la malhadada segunda expedición cortesiana seguramente contaron que los indios eran muy oscuros de piel, casi negros, que poseían muchas perlas de gran valor, y que su tierra nuevamente descubierta a pocas jornadas por mar de la tierra firme era la isla fabulosa que se relataba en “Las Sergas de Esplandián .


    La noticia de la expedición al mando de Hernán Cortés animó a muchos antiguos conquistadores y otros que estaban repartidos por los territorios del marquesado. Se enrolaron 34 con sus mujeres y muchos se ofrecieron a servirle de soldados, hasta completar 320. Su gran amigo y confidente Andrés de Tapia no podía faltar en la expedición.
    En las anteriores expediciones, Cortés, había gastado una buena parte de su fortuna, casi todo se había perdido y dos de esas naves estaban en poder del gobernador de Nueva Galicia: Nuño Beltrán de Guzmán. También estaban casi terminadas otras cuatro naves para seguir con las exploraciones.


    Escribe al Rey:
    “He gastado más de cincuenta mil castellanos; para hacer la dicha armada e las susodichas, he vendido mucha parte de mi hacienda e toda la que tenía en los reinos de Castilla, e empeñado e deshecho mis joyas e las de la marquesa mi mujer, e debo cincuenta mil castellanos e más e tengo empeñada todas mis rentas e pueblos, según así a todos es público e notorio....”
    Mapa que indica la ruta de la Tercera Expedición comandada por el propio H. Cortés


    Y por cumplir su compromiso había dejado casa, mujer e hijos, estando ya en la edad de cincuenta años. Para rematar con lo anterior, recibió de su enemigo Nuño de Guzmán un áspero requerimiento prohibiendo a él y a su gente el paso por las tierras de su gobernación.


    Entonces Cortés respondió contundente: el 24 de febrero de 1535 “que no se le podía impedir el paso ni el apoyo portuario ya que tiene encargado por el rey la exploración de la Mar del Sur; además, él es el Capitán General de la Nueva España y de la Mar del Sur, y un gobernador provincial no puede interferir su mando ni impedirle el servicio real que tiene mandado”. (José Luis Martínez, Hernán Cortés, 1992 )


    El Héroe de México-Tenochtitlán estaba en la villa de Colima el 9 de enero de 1535 y antes de emprender su peligrosa conquista a la legendaria “Isla California” redactó y firmó su Mayorazgo a favor del pequeño Martín Cortés de solo 3 años; ante “dos escribanos y nueve testigos, se escribió en diez hojas de pergamino por ambos lados, Cortés le imprimió el sello de sus armas en cera colorada, y se guardó en una caja de plata con una cinta de seda verde”. (José Luis Martínez, Hernán Cortés, 1992)


    “El 15 de abril de 1535 el ejército que fue por tierra y las tres naves se encontraron en Chametla”


    A los tres días de ese encuentro, Cortés se embarca en la bahía de Chamela para saber personalmente la razón del porqué han sido tan infructuosos los ocho años de exploraciones. Llevaba 40 jinetes y 113 peones. Desembarca el día de la Santa Cruz, 3 de mayo, y con ese nombre bautiza al puerto que funda, en el lugar encontró dos sobrevivientes de la expedición de Fortún Jiménez. Así se asentó la primera colonia española de la California.
    Envía dos barcos para recoger a los soldados y sus mujeres que se habían quedado esperando en Chamela. Solamente regresó un barco pues por la tardanza, muchos de los colonos habían regresado al puerto de Navidad. Cuando los recién llegados vieron la situación tan lamentable en que se encontraban Cortés y sus acompañantes, ya sin comida suficiente y solamente con vida la mitad de los colonos; quedaron espantados. Hernán Cortés decidió regresar a la costa de Nueva Galicia para traer más refuerzos y comestibles.
    Durante su permanencia de casi un año en “la California” escribió muchas cartas; una de ellas descubierta por el Padre Cuevas, dirigida a Cristóbal de Oñate:


    “Con la priesa que tuve de mi partida nos os escribí desde luego del puerto del Espíritu Sancto y agora en esta no se ofrece más que haceros saber que llegué a este puerto y baya de Santa Cruz, día de sancta cruce de mayo por cuyo respecto se le puso este nombre.”
    Reconocí la tierra primero de mayo día de los apóstoles y porque en la parte que reconoscimos era e la mas alta de esta tierra, se le puso por nombre sierra de Sanct Felipe”
    “En el msmo dia descubrimos una isla que está cerca de esta tierra que se llamó Santiago y luego vimos otras dos que la una se llama isla de Sanct Miguel y la otra de Sanct Cristobal”.
    “Tardé XVI días a causa y tiempos contrarios que tuve y de las muchas calmas”
    “Faltáronme de toda la compañía seis caballos entre los cuales fue uno el hoverico que no lo tuve por poca pérdida. Todos los demás caballos y toda la gente llegaron muy buenos benedicto Nuestro Señor No os escribo de la manera y disposición desta tierra porque no he salido………….de despachar estos navíos por la gente y caballos. Emos visto mucha gente e algunos han venido. Hay mucha cantidad de perlas e pesquerías. En partiendo estos navíos entraré en la tierra y a la vuelta habrá más noticias del secreta della y más lugar para haceros relación de lo que hubiéramos visto”
    “No escribo al señor gobernador hasta que haya cosa cierta que le podamos escribir más que me encomiendo a su merced. Y al protector también, señor daréis mis encomiendas y que yo tendré cuidado de le escribir siempre e que agora no lo hago por lo que tengo dicho”
    “Estas cartas os encomiendo señor que hagáis enviar con persona cierta que fuere a México, al licenciado Altamirano mi primo, lo más breve que se pudiere. Guarde Nuestro Señor vuestra noble persona, como señor deseayis””Deste puerto e baya de Sancta Cruz, XIIII de mayo de DXXXV”
    “Lo que señor mandarles” “El Marqués” (Rubricado)
    Carta asentada en el libro: “Historia de Baja California”, Profesor. Pablo L. Martínez, Patronato del estudiante baja californiano, 1956.


    TERMINAN LAS CONQUISTAS PERSONALES DE CORTÉS

    Ese año de 1535, Cortés regresó a su palacio de Cuernavaca, para reunirse con su familia y porque había llegado de España don Antonio de Mendoza como primer Virrey de la Nueva España.
    Sin embargo la actividad marinera continuaría por la creación y el impulso que le diera el conquistador. Desde la primera expedición al Perú y la expedición de 1527 a las Islas Filipinas comandada por su primo Álvaro de Saavedra Cerón, quien había llegado a las Islas Molucas y encontrado a los marinos sobrevivientes de la expedición de Loaysa y Elcano: hasta el descubrimiento de California, habían pasado ocho años de trabajo intenso para construir los primeros astilleros del litoral del Mar del Sur, base de la navegación y descubrimientos de la costa norteamericana. Cortés había gastado su fortuna, que nunca sería pagada por la Corona. Todavía en 1540, poco tiempo después de marchar a España para responder a su Juicio de Residencia; comisionó a Francisco de Ulloa para recorrer el litoral hasta el grado 32.

    Ruta que siguió el navegante Francisco de Ulloa

    Hernán Cortés había preparado una cuarta expedición para dejar terminado el descubrimiento de las costas de nueva España, para lo cual nombró a su amigo de muchos años: Francisco de Ulloa, quien venía acompañándolo desde el tiempo en que Cortés conquistó definitivamente el señorío Colhúa.
    Ulloa era hombre sensato y de su confianza, había puesto en orden a los colonos establecidos en Santa Cruz mientras el Conquistador regresaba a la costa de Nueva Galicia por las dos naves perdidas. Y permaneció en la California hasta 1537.


    En el año de 1539 se hizo cargo de la última expedición financiada por don Hernán con la comisión de demostrar si la nueva tierra descubierta era isla o península. Salió de Acapulco el 8 de julio de 1539 con tres navíos: el Santa Águeda, el Trinidad y el Santo Tomás todos bien abastecidos como era costumbre de Cortés hacerlo.


    Acompañaban a Ulloa cuatro frailes franciscanos: Antonio de Mena, Raimundo Amiliebus, Pedro de Aracho y Fray Fernando; el veedor era el antiguo conquistador Francisco de Terrazas, el escribano Pedro de Palencia y el piloto Domingo del Castillo quien dibujó minuciosamente el mapa de las costas bojadas.


    En este viaje iba solamente la tripulación necesaria sin ningún colono. Por órdenes de Cortés se trataba de una expedición de reconocimiento del litoral y tomar posesión a nombre de la Corona Española de todas las tierras encontradas.
    Francisco de Ulloa el amigo de Cortés y hombre de su confianza haría el trabajo que las anteriores expediciones no habían podido, cumpliendo con exactitud los propósitos descubridores del Marqués del Valle de Oaxaca.
    A pesar de que el navío Santo Tomás se perdió antes de llegar a la bahía de Santa Cruz, los otros navíos recorrieron durante casi un año litorales desconocidos hasta entonces.
    En la bitácora de Francisco de Ulloa consta que llegaron a Santa Cruz el 29 de agosto y que de ahí se dirigieron a la costa de Sinaloa para bojear hacia el norte hasta casi el grado 30 latitud norte. A la entrada del gran río Colorado que llamaron ancón de San Andrés.
    Luego dieron la vuelta hacia el sur costeando la tierra por lo que se dieron cuenta que se trataba de una larga península con un mar interior.

    Mapa que indica el viaje descubridor de Francisco de Ulloa, donde demostró que California era una península y el Mar de Cortés un golfo.


    Llegaron a Santa Cruz el 19 de octubre de ese año de 1539, ahí hicieron un alto para abastecerse de agua, y luego continuaron hasta una punta que llamaron de Santiago (hoy Cabo San Lucas), siguieron costeando, esta vez, otra vez al norte hasta la bahía y puerto de Santa Catarina, y finalmente, el 20 de enero de 1540 descubrieron tres islas, tomando posesión de la mayor llamándola Isla de Cedros, la cual describieron como muy verde y habitada por venados y conejos. Situada a los 27 grados y medio.


    En la Isla de Cedros, el 5 de abril de ese año, el capitán Francisco de Ulloa dio por terminada su exploración, emprendiendo el regreso a Acapulco con una escala en Manzanillo, donde encarcelaron a su enviado. Ahí se encontraron con la noticia de que el Marqués del Valle estaba en España tratando de arreglar sus asuntos con la Corte.


    Entre los historiadores, el explorador Francisco de Ulloa ha quedado envuelto en una telaraña de leyendas: Que si siguió explorando solo en su barco la Trinidad, cosa muy improbable por el carácter prudente del marino, y que había muerto ahogado con su barco. Que si al regreso fue asesinado en un altercado con alguno de sus enemigos. Que si murió en la ciudad de México, etc. etc. Lo cierto es que su mapa fue pasado en limpio por el piloto y dibujante Domingo del Castillo en 1541, quizá el original fue llevado a Cortés por el mismo Francisco de Ulloa.


    Porque existe el testimonio de Iñigo López de Mondragón, de que Ulloa regresó a la Nueva España sano y salvo, que luego viajó a España para acompañar al Marqués y que aún fue con él a la batalla de Argel en la carabela que el Conquistador armó por propia cuenta para defender a España de los musulmanes.
    Este documento lo publicó el historiador angloamericano Henry R. Wagner en su libro “Francisco de Ulloa returned” California Historical Society, 1940.


    Desde que estaba aún peleando por la conquista de la gran capital de Moctezuma, había enviado a algunos de sus capitanes a explorar los territorios del occidente, llegar a la costa del Mar de Sur e informarse de las minas de oro y plata así como del posible reino de las amazonas llamado “Califerne” en la saga de Esplandián, reino donde abundaban las perlas.
    “Sabed que a la diestra de las Indias existe una isla llamada California cerca de un costado del paraíso terrenal…..porque en toda la isla no había otro metal que el oro”
    No es que Cortés creyera al pie de la letra la novela referida, pero tenía en mente la conquista del Darién llamado Castilla del Oro por Pedrarias Dávila y las noticias llegadas a la Isla Española de un reino en el sur donde los indios cubrían de oro a su rey.
    El Marqués esperaba encontrar por aquellas costas otro Perú, no por la posesión material del áureo metal, sino porque el oro era el medio para mover las voluntades del hombre común, cimentar su señorío y, quizá con el tiempo, hacer de Nueva España, su creación, un verdadero Reino de Ultramar.


    Por la mano de Dios; las cuatro primeras expediciones y el descubrimiento de California pertenecen exclusivamente al pensamiento y obra del conquistador del reino cohlúa y creador de la Nueva España: Hernán Cortés.


    A la indomable voluntad que tenía Cortés en todas sus empresas descubridoras le detuvo la realidad física de la naturaleza americana y la personalidad conflictiva e individualista de sus contemporáneos. Eran pocos los que cooperaban con sus iniciativas y muchos los le estorbaban sus negocios.



    Después de la colonización de Santa Cruz, le vinieron como un razonable pretexto para terminar con la aventura californiana, y volver a su feudo de Cuernavaca aceptando la pérdida de la juventud; las cartas de su mujer la Marquesa, y la noticia de la llegada del primer virrey don Antonio de Mendoza.
    Ya no volvería a conducir personalmente otra expedición, su cuarta y última empresa descubridora sería conducida y terminada con éxito por el hombre indicado para ello: Francisco de Ulloa.


    LUIS OZDEN.
    Texto compuesto de la Conferencia: “Hernán Cortés y su California, entre la Fantasía y la Muerte” por Luis Gonzalo Pérez de León Rivero. 21 de Abril de 2009.


    CONSIDERACIONES Y REFLEXIONES

    Méjico es un país marítimo con más de 11 mil kilómetros de litorales en el Océano Pacífico, Golfo de Méjico, Mar Caribe y Mar de Cortés. Su plataforma oceánica abarca 2oo millas náuticas de anchura, a todo lo largo de los litorales costeros. Su ubicación geográfica está en la parte central del Continente americano, como lo indica claramente el mapa. Desde donde puede dirigirse en línea recta, a todos los continentes del globo terráqueo.


    Desde los días de Hernán Cortés, esta nación contó con naves de todos tamaños, construidas con gran esmero por carpinteros españoles y mano de obra indígena. Utilizando la madera de sus densos bosques tropicales, estos navíos surcaron todos los mares, principalmente el inmenso océano Pacífico, durante los trescientos años de su pertenencia al Imperio Español.
    El tráfico de sus osados navegantes movían personas de todas las razas y pueblos. La Santa Doctrina Católica se propagaba por los valientes evangelizadores de todas las órdenes religiosas que competían entre ellas para convertir a los paganos en adoradores de Cristo.
    Las mercaderías se movían en todas direcciones: Productos naturales, animales, minerales, metales preciosos, perlas, sedas y joyas, obras de arte, pasaban de Asia a Europa por la ciudad de Méjico, capital de la Nueva España, que en esos tres siglos tuvo la fama de ser el centro del mundo.
    Sus puertos tenían fama de riqueza y eran asediados por los piratas ingleses, holandeses y franceses hugonotes. Los monarcas de las naciones europeas enemigas del Imperio Español llenos de odio y codicia de riquezas de España, daban patentes de corso a sus súbditos para asaltar los barcos y los principales puertos del Imperio Español en América.


    La Corona española mandó construir los castillos fuertes, que aún en estos años del siglo XXI, se mantienen en pie, como testigos fieles de la valentía de sus defensores.
    San Agustín de la Florida, la Habana, Veracruz, Campeche, Acapulco, Panamá, Cartagena de Indias, Guayaquil y Lima, son los más famosos puestos de guardia de la riqueza hispanoamericana.


    Méjico, como nación de cultura mediterránea nació con la Conquista española en el siglo XVI: 13 de agosto de 1521; y como estado político independiente nació el 27-28 de septiembre de 1821. Con un enorme territorio de más de casi cinco millones de kilómetros cuadrados, con todos los climas y riquezas naturales inimaginables. Dotada por Dios con todo lo necesario, para haber sido una potencia mundial en pocas generaciones y con una Marina digna de su tamaño e importancia geográfica, se perdió en los sesenta años siguientes.



    Después de ser el Reino de la Nueva España vino a ser una república, un Protectorado del gobierno de los Estados Unidos en octubre de 1824, cuando se instauró la República de los Estados Unidos Mexicanos, entonces desaparecieron los astilleros, factores de barcos, y también con ellos, la Marina que pudo haber sido el sostén de la nueva nación.



    Sin defensas militares de tierra y sin Marina, Méjico perdió más de la mitad de su territorio, su pueblo católico fue humillado por la nación protestante y masónica que ya emergía como potencia mundial, quedando postrado e inerme por culpa de sus gobernantes republicanos nativos, entregados desde 1824 a los gobiernos yanquis.

    Como resultado de este desastre, Méjico en este siglo XXI, no tiene astilleros ni una flota digna del tamaño de sus litorales.

    Ahora son los cruceros extranjeros llenos de turistas que surcan nuestros mares y tocan algunos puertos. El tráfico mercante internacional y nacional de toda clase de productos está en manos de extranjeros. Y la Marina mejicana es sencillamente insuficiente para vigilar las costas.

    Según se ve en el panorama internacional del siglo XXI, este país con un pasado brillante, nunca será potencia marítima.


    LUIS OZDEN. Mayo de 2015.















    Verdadera Historia de México

  16. #196
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    Si de verdad fueran reyes no serían tan cobardones e irían a rendir honores a quien se lo merece.


    La maldición de la tumba de Hernán Cortés: el padre olvidado por México

    César Cervera

    Los Reyes de España viajan a México esta semana pero, como es habitual y para evitar la controversia, no tienen previsto visitar la remota iglesia donde permanece enterrado el español más importante en la historia del país americano


    ABC
    Retrato de Hernán Cortés en su vejez


    No se trata de ninguna clase de maldición azteca. No hubo como en el sarcófago egipcio de Tutankamon una inexplicable cadena de muertes. La maldición de Hernán Cortés es la un país que no sabe cómo tratar a un personaje histórico que participó decisivamente en la fundación de lo que hoy es México, pero que es recordado como uno de los mayores villanos de su historia. Y mientras el país sigue debatiendo qué hacer con su legado, la tumba del conquistador español permanece semioculta tras ser víctima de una intensa persecución en el pasado.

    Tras sus éxitos militares en el nuevo continente, Hernán Cortés se cuidó de regresar a Castilla a dar cuenta de sus éxitos a Carlos I de España. La relación fue durante un tiempo cordial con el Rey, pero con el tiempo Cortés pasó a engrosar contra su voluntad la lista de nobles que merodeaban la Corte mendigando por cargos y prebendas. El extremeño, no obstante, se consideraba merecedor de reconocimientos sin necesidad de estar reclamando favores. «¿Es que su Majestad no tiene noticia de ello o es que no tiene memoria?», escribió Hernán Cortés, sin pelos en la lengua, ante las promesas incumplidas del Monarca. Para los europeos, los méritos en América sonaban a poca cosa y no requerían tanta atención. Así y todo, le concedió un botín considerable –extensas tierras, el cargo de capitán y el hábito de la Orden de Santiago–, acaso insuficiente a ojos de Cortés.

    La muerte le alcanza cuando su fortuna decaía

    El empeoramiento de su relación con Carlos I no evitó que en 1541 el conquistar español fuera uno de los primeros en acudir a la llamada del Rey para realizar una incursión contra Argel, un importante nido de la piratería berberisca. Sin embargo, Cortés fue ninguneado por el Rey y el resto de mandos y la campaña resultó un completo desastre. El repliegue no fue menos desastroso. Hubo que echar al agua a los caballos para hacer sitio a toda la gente naufragada en el proceso, entre ellos a Cortés y a sus hijos. Agotado y enfermo por el viaje, Hernán Cortés nunca recuperó completamente las fuerzas perdidas en la que fue su última expedición guerrera. Además, el extremeño extravió la enorme fortuna que portaba en su barco naufragado, 100.000 ducados en oro y esmeraldas. En los siguientes años se estableció en Valladolid, donde retomó su actividad empresarial y se arropó de un ambiente humanista. Allí observó impotente como sus protestas al Emperador eran sepultadas una y otra vez por las intrigas de la Corte. A finales de 1545, el conquistador se trasladó a Sevilla con la intención de viajar una vez más a México, quizás con el sueño de acabar sus días allí.


    ABC
    Casa-palacio donde falleció Hernán Cortés, en Castilleja de la Cuesta

    Hasta el final, Cortés reclamó sin éxito al Emperador nuevas ventajas por sus méritos militares, pero a esas alturas los tesoros de Pizarro eclipsaban a los traídos por el conquistador de México en el pasado. La fama de Cortés estaba en caída libre cuando, tras dos años en Sevilla planeando su regreso a la Nueva España, murió víctima de la disentería. El extremeño falleció en Castilleja de la Cuesta, provincia de Sevilla, el 2 de diciembre de 1547 de un ataque de pleuresía a la edad de 62 años. Su testamento estipulaba que fuera enterrado en México, aunque de forma provisional quedó en el panteón familiar de los duques de Medina-Sidonia, que habían velado por su bienestar en su etapa final.


    En 1562, dos de los hijos de Cortés, Martín –nuevo marqués del Valle, y Martín –el hijo que tuvo con la interprete nativa doña Marina– llevaron los restos de su padre a México y le dieron sepultura en San Francisco de Texcoco. Comenzó entonces el largo peregrinaje de sus restos por la geografía mexicana. En 1629, quedó en una iglesia de Ciudad de México y luego, en 1794, en una fundación religiosa de la misma ciudad. Este nuevo traslado obedecía al interés del virrey, Conde de Revillagigedo, por dar un mausoleo más pudiente al héroe hispánico a costa del dinero de personajes influyentes de la ciudad.


    Wikipedia
    Mural de Diego Rivera en el Palacio Nacional de Mexico

    Pero la independencia de México cambió radicalmente la imagen que tenía el país sobre Cortés. El extremeño tornó a ser el representante de la crueldad y la represión que destruyó la civilización azteca, e incluso fue tildado como genocida. A diferencia de otros países como Colombia que sí conservó el culto a Benalcázar o Ecuador con Orellana –en un intento de dar sentido histórico a sus países–, la oposición a Cortés se mantuvo firmemente enraizada hasta el punto de que en la actualidad no hay ninguna estatua de cuerpo entero del conquistador en todo el país. No en vano, los murales del artista mexicano Diego Rivera, pintados entre 1923 y 1928, recogen el sentimiento dominante sobre la figura del conquistador. Así, Cortés es una criatura encorvada y llena de deformidades que tiene el oro como única motivación.

    La ubicación fue desconocida durante 110 años


    Poco después de la independencia, empezaron a correr pasquines que incitaban al pueblo a destruir el sepulcro. Previniendo la inminente profanación, las autoridades eclesiásticas decidieron desmontar el mausoleo y ocultar los huesos. En la noche del 15 de septiembre de 1823, los huesos fueron trasladados de forma clandestina a la tarima del altar del Hospital de Jesús y el busto y escudo que decoraban el mausoleo fueron enviados a la ciudad siciliana de Palermo. Trece años después, los restos cambiaron su ubicación a un nicho todavía más oculto, donde permanecieron en el olvido durante 110 años. Su ubicación exacta fue remitida a la Embajada de España a través de un documento que fue perdido y luego recuperado en 1946 por investigadores del Colegio de México, quienes asumieron la aventura de buscar los restos ocultos. El domingo 24 de noviembre de 1946 hallaron los huesos y los confiaron al Instituto Nacional de Antropología e Historia.


    ABC
    Placa conmemorativa del primer encuentro entre Cortés y Moctezuma

    El 9 de julio de 1947, tras un estudio de los huesos, Cortés fue enterrado de nuevo en la iglesia Hospital de Jesús con una placa de bronce y el escudo de armas de su linaje. La única estatua de Cortés erigida en territorio mexicano permanece junto a esta humilde tumba, cuya existencia se guarda de forma discreta en un país que, en su mayor parte, sigue sin asumir el papel que jugó el conquistador en su fundación.
    Tampoco su otro país, el que le vio nacer, hace mucho por defender su figura.

    La maldición de la tumba de Hernán Cortés: el padre olvidado por México - ABC de Sevilla

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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España


    13 de Agosto Celebración de la liberación de Tenochtitlan (Ciudad de Méjico) por Cortés y sus aliados los indígenas del valle de Puebla-Tlaxcala. El espíritu que les animaba



    Cuando se viaja por América, todavía hoy, y las gentes se asombran ante la fuerza y la grandeza de la naturaleza, se admira con más intensidad la obra de titanes que supusieron los descubrimientos, la conquista y la liberación de las Américas, obra que valora más cuando se miden las condiciones y medios con que se realizó.
    Y la pregunta que se puede hacer a continuación es ¿qué es lo que diferenciaba a estos héroes de otros hombres vulgares?:
    Y la respuesta es la Fe.

    En el aniversario de la liberación, 13 de agosto de 1521, de México-Tenochtitlan por Cortés le tomaremos como modelo y representante del espíritu y valores que informaban a estos conquistadores, del que disponemos de mucha información gracias a los cronistas y biógrafos: Bernal Díaz del Castillo, Francisco Cervantes de Salazar, Gomara, Herrera, Fernández de Oviedo, Navarrete, Madariaga...



    Escudo de los Cortés
    Sobre el libro de éste último sobre Cortés nos apoyaremos especialmente.

    Sus juicios son especialmente agudos y provienen de un pensador que por sus posiciones políticas no son "sospechosos".

    Como él indica, "Cortes, es uno de aquellos hidalgos de fortuna que se precipitaban en tumultuoso torrente hacia el continente desconocido con sus personas, sus bienes, su vida entera; del mismo linaje histórico que Ojeda y Nicuesa, Pedrarias y Balboa, Pizarro y Solís, u otros tantos conquistadores vigorosos centauros del Descubrimiento-Conquista que galopaban sobre el continente sin dejarse arredrar ni por la flecha indígena, ni por la naturaleza inhóspita y cruel, ni por sus propios rivales, hasta que el indígena, la naturaleza o el rival ponía trágico fin a su vida y aventura.

    Como ellos, Cortés se lanzaba al Nuevo Mundo movido por una ambición tácita y oculta que la mera existencia de lo ignoto provocaba en su alma, por la tensión entre la vitalidad virgen de su ser y el ámbito sin límites en qué aplicarla, tensión que actuaba en todos ellos, pues estaba en el aire, pero que sólo sentía cada cual según el metal de su ánimo.

    Estas tendencias naturales habían ido tomando forma histórica concreta durante los siete siglos de la Reconquista en que España había sido almáciga de guerreros.

    En aquellos siete siglos (que terminaron cuando Cortés tenía seis años de edad), la única profesión que un español viril creía digna era la lucha contra el infiel.

    De esta tradición surgen Cortés y todos los conquistadores.

    Fueron al Nuevo Mundo a «fazer nuevas moradas» y «a ganar el pan» con su lanza y espada, y tan lejos estaban de abrigar la menor duda sobre la ética de su profesión como el accionista de una empresa lo está hoy de abrigar dudas sobre la ética de sus dividendos o el obrero especializado sobre la de sus altos jornales.

    Era una forma de vida establecida y reconocida tácitamente, una ley no escrita que obligaba al hidalgo o caballero a ganarse la vida, hacerse la fortuna y fundar o mantener su linaje por medio de las armas.

    El trabajo no tenía nada de deshonroso en sí; al contrario, el buen artífice era objeto de universal estima, quizá mayor que en nuestra era mecanizada. Sólo era vergonzoso el trabajo para el caballero o hidalgo, porque implicaba falta de valor para ganarse la vida y la fortuna por medios más peligrosos.

    Por tanto, los conquistadores, vástagos de veinte generaciones de vencedores de moros, acudían al Nuevo Mundo imbuidos de la certeza absoluta de estar en su derecho y en su deber como hidalgos al ganar nuevas moradas y abundancia de pan luchando contra aquellos nuevos infieles en tierras ignotas.

    Pero además sentían igual derecho e igual deber no sólo como hidalgos sino como soldados de Cristo.

    Como Cortés solía repetir en cuanto a él concernía, «no tengo otro pensamiento que el de servir a Dios y al Rey».

    ¿Qué quería decir con servir a Dios? Hombre de su siglo, profundamente empapado en la fe, más todavía, de alma tejida con fibra de la misma fe, para Cortés no eran frase vana estas palabras.

    ¿Cómo podríamos nosotros, para quienes la fe es una lotería que se gana o se pierde según la suerte de cada alma, comprender aquella edad en que era la fe como el aire y la luz, una de las condiciones mismas de la existencia, el aliento con el que se hablaba, la claridad con que se veía?

    Cortés respiraba la fe de su tiempo. «Rezaba por las mañanas en unas Horas —dice Bernal Díaz— e oía misa con devoción.» Era una fe sencilla, fundada sobre la roca viva de la unidad y de la verdad. Verdadera porque una; una porque verdadera.

    Lutero había nacido ya, pero su voz no resonaba todavía —al menos en el Nuevo Mundo—. Todos los hombres, cualquiera que fuese su nación o su color, eran o cristianos o infieles o capaces de que la luz del Evangelio los iluminara e hiciera ingresar en el girón de la cristiandad.

    Servir a Dios quería decir una u otra de estas dos cosas tan sencillas: traer al rebaño de la Iglesia a los pueblos ignorantes todavía ajenos a la fe, o guerrear contra aquellos infieles que, por negarse a la conversión, se declaraban enemigos de Dios y de su Iglesia.

    Este era precisamente el plan de acción de Cortés en aquellas tierras desconocidas que le aguardaban a Occidente: si los «indios» se declaraban dispuestos a escuchar a su fraile, a dejarse bautizar y a aceptar la soberanía del Emperador de la cristiandad, paz; si se oponían, guerra.

    Este servicio de Dios era desde luego también servicio del Rey-Emperador. Al fin y al cabo ¿no era el Emperador ministro de Dios en la tierra?

    Este pensamiento era la base de toda la filosofía política, no sólo española sino europea, y es seguro que Cortés lo oiría definir y comentar más de una vez en las aulas salmantinas: había que obedecer al Rey no como Rey sino como ministro de Dios.

    Cortés serviría pues al Rey por el mero hecho de que conquistaría para la cristiandad el ánimo y la voluntad de un nuevo Imperio.

    Téngase en cuenta que, en aquellos tiempos, Estado y religión, civilización y fe, eran una misma cosa, de modo que el servicio de Dios y el del Rey eran uno y lo mismo en este otro sentido de que la conversión, a ojos de aquel siglo, no era tanto un acto religioso e individual como social y colectivo.

    Cujus rex eius religio era el principio de aquella edad no sólo entonces, cuando nadie soñaba todavía con la Reforma, sino aún más tarde cuando la Reforma vino a hacer de este principio, tan extraño para la actualidad, factor de tan grave importancia para la historia de la Cristiandad.

    Así se explica que Cortés se embarcase en su aventura con quinientos soldados y sólo un fraile y que tanto él como sus compañeros tuviesen una certeza tan absoluta de la santidad de su causa, pues, una vez establecido su poder sobre la tierra conquistada y «pacificado» el pueblo, la conversión era pan comido. No había en esta actitud ni sombra de tiranía espiritual:

    La conversión era pan comido puesto que la fe cristiana era la única verdad, y, por lo tanto, los indios, libertados de su paganismo por las armas españolas, no podrían dejar de ver con sus ojos ya libres la luz de aquella única verdad.

    No nos extrañe esta actitud: no sonriamos con sonrisa de superioridad, porque los hombres de nuestros días piensan y obran de idéntica manera con respecto a su religión, que llaman Democracia liberal.

    En ella creen con fe no menos ingenua, teniéndola por la felicidad evidente para todo hombre de buen sentido, y en esta fe cobran fuerzas para imponer el progreso y la libertad a todas aquellas sociedades que no comparten su religión cívica.

    Ha cambiado la letra pero la música es la misma. Pecaríamos de injustos al ver hipocresía en la actitud de Cortés. Hipócritas y egoístas los hay hoy y los había entonces, pero entonces como ahora, la mayoría de los hombres de acción no veía contradicción o falta de armonía alguna entre sus fines y sus métodos.

    Cortés era sin duda uno de estos conquistadores sinceros. Cuando hablaba de servir a Dios y al Rey decía lo que sentía, es decir, su fe como agente cristianizador y civilizador de almas paganas y de Estados bárbaros.

    A buen seguro que no era cosa fácil encarnar una religión tan absoluta en sus normas.
    El Capitán, como sus soldados, hallaría a veces la armadura de un soldado de Cristo bien rígida para los movimientos libres que pide la vida de los humildes humanos.

    En tales momentos, Cortés pecaba; a no ser que hallase en su conciencia una junta elástica entre el ideal absoluto del Evangelio y la práctica relativa de la realidad. Así le veremos aceptar mujeres indias, regalo frecuente de sus amigos indígenas, no sin bautizarlas primero.

    Pero en cuanto a la conquista en sí, Cortés se nos presenta como un conquistador persuadido de su derecho a dominar a aquellos infieles para hacerlos entrar en el jirón de la Iglesia, pero a la vez consciente de su deber de no recurrir nunca a las armas hasta haber agotado todos los medios pacíficos de hacerse con la voluntad de los indígenas.

    Esta actitud no era tan sólo mero deseo de economizar sus escasas tropas; era también consecuencia de su opinión teórica basada en su concepción religiosa, como lo prueba su práctica de hacer leer por el escribano público ofertas de paz tres veces repetidas antes de iniciar un ataque.

    Esta ceremonia, no era para él mero trámite de leguleyo..

    Ejemplos de su actuación, poniendo por encima los intereses espirituales sobre los materiales, aunque los primeros pusieran en peligro los segundos, los tenemos abundantemente.

    Como cuando los españoles asistiendo a un servicio religioso indígena, escuchando en silencio un sermón de un sacerdote indio, vestido con largas mantas de algodón y que llevaba el cabello, al modo ritual, sin lavar ni peinar desde que había sido ordenado, masa sólida cimentada con la sangre de sus víctimas humanas. Cortés, por media de Melchoi, el intérprete indio, explicó a los indígenas que «si habían de ser nuestros hermanos, que quitasen de aquella casa aquellos sus ídolos que eran muy malos y les hacían error, y que no eran dioses, sino cosas malas, y que les llevarían al infierno sus ánimas v se les dio a entender otras cosas santas y buenas y que pusiesen una imagen de Nuestra Señora que les dio y una cruz y que siempre serían ayudados y tendrían buenas sementeras y se salvarían sus ánimas».

    Los indios no se atrevían por miedo a sus dioses y desafiaron a los españoles a que se atreviesen ellos, con lo que pronto verían cómo los dioses les harían perderse en el mar. Cortés mandó entonces despedazar a los ídolos y echarlos a rodar gradas abajo; hizo limpiar y purificar el templo, lavar las espesas capas de sangre seca que cubrían los muros y blanquear todo y después hizo edificar un altar sobre el que puso la imagen de la Virgen adornada con ramos y flores: «Y todos los indios estaban mirando con atención».



    Esta escena parecerá sin duda de lo más anticientífico a muchos arqueólogos y no faltarán racionalistas escépticos que, blandiendo la Inquisición, declaren la religión de Cortés tan sangrienta como la de los indígenas y, por lo tanto, el cambio de ídolos sin significación alguna para la humanidad.

    Pero el observador sobriamente imparcial pensará de otro modo. No hay quien lea la página en la que Bernal Díaz refiere este episodio sin sentir la fragancia de la nueva fe y de la nueva leyenda que vienen a llenar el vacío creado por la destrucción de los sangrientos ídolos:

    La Virgen Madre y el Niño, símbolos de ternura y de debilidad, de promesa y de abnegación, en vez de los sangrientos y espantosos dioses.

    Al realizar este acto simbólico, Cortés obedecía sin duda al impulso de una fe ingenua y sencilla -único rasgo ingenuo y sencillo en aquel carácter tan redomado- pero también a un seguro instinto del valor de los actos y de los objetos concretos y tangibles en el gobierno de los pueblos.

    La destrucción de los ídolos iba a transfigurarse en una de las escenas legendarias de su vida en cuanto sus inauditas hazañas hiciesen de él una figura heroica cubierta de leyendas floridas; porque, en efecto, la leyenda es un acto cuya verdad vive en la esfera de los símbolos y Cortés iba a ejecutar más de una vez este acto tan simbólico y creador, único que podía elevar a los indígenas de Nueva España de sus sórdidos ritos caníbales al nivel elevado del ritual cristiano.

    Los indígenas estaban por lo visto más dispuestos de lo que hubiera podido creerse para aceptar el cambio, pues cuenta Bernal Díaz que, al volver la armada inesperadamente a causa de una avería en un navío, hallaron «la imagen de Nuestra Señora y la cruz muy limpio y puesto incienso». Y añade: «Dello nos alegramos».

    Cortés consideraba gracia de Dios las victorias que había conseguido y se preocupa en su correspondencia de los sacramentos. Leámoslo en Bernal Díaz,: «En las cuales cartas les hizo saber las grandes mercedes que Nuestro Señor Jesucristo nos había hecho en las victorias que hobimos en las batallas y reencuentros desque entramos en la provincia de Taxcala, donde agora han venido de paz, y que todos diesen gracias a Dios por ello, y que mirasen que siempre favoreciese a los pueblos totonaques nuestros amigos y que le enviase luego en posta dos botijas de vino que había dejado soterradas en cierta parte señalada de su aposento...»

    Caída sensible, se pensará, para un caudillo que así pasa de sus consejos de política en favor de los totonaques y su devoto agradecimiento al Señor a Quien atribuye su gloria y sus victorias, a pedir que le manden dos botijas de vino escondidas en su aposento de Veracruz.

    Pero, un momento. Sigamos leyendo: «... dos botijas de vino que había dejado soterradas en cierta parte señalada de su aposento y ansí mismo trujesen hostias de las que habíamos traído de la isla de Cuba porque las que trujimos de aquella entrada ya se habían acahado».

    Aquel vino no era pues para banquetes y no lo había ocultado a sus sedientas tropas para aplacar la sed del General; era para la misa y se había apartado para asegurar la continuidad del sacramento. «En aquellos días —añade Bernal Díaz — en nuestro real pusimos una Cruz muy suntuosa y alta y mandó Cortés a los indios de Çimpançingo y a los de las casas questaban juntos de nuestro real que lo encalasen y estuviese bien aderezado»

    Junto con la confianza en sus hombres, fe en la victoria sin la que la victoria es imposible, Cortés sentía la vocación de conquistar vastos territorios y pueblos para el Imperio cristiano cuyo soldado tenía conciencia de ser.

    Para él, la propagación de la fe y la de las banderas de España eran una misma cosa, y tan evidente que no admitía ni duda ni discusión.

    Así escribe al Emperador cómo, para animar a sus soldados, les hizo valer que estaban «en disposición de ganar para Vuestra Majestad los mayores reinos y señoríos que había en el mundo. Y que demás de facer lo que a cristianos éramos obligados, en puñar contra los enemigos de nuestra fe, y por ello en el otro mundo ganábamos la gloria, y en éste conseguíamos el mayor prez y honra que hasta nuestros tiempos ninguna generación ganó».

    Estas palabras de su pluma prueban hasta qué punto eran inseparables en su espíritu los motivos nacionales y los religiosos, lo que no ha de sorprendernos en un hombre de su tiempo, sea cual fuere su nacionalidad, y menos todavía en un español, acostumbrado por una guerra siete veces secular contra el moro invasor a ver en el extranjero al infiel y a identificar la fe con el patriotismo.

    Además, al arrostrar tan ingentes peligros, Cortés confiaba de pleno en la ayuda divina.

    El relato de Bernal Díaz es aquí inestimable, en contraste con el más corto y sobrio del propio Cortés; pues mientras el soldado, a pesar de su tendencia a sacar a luz a los de filas, se ve arrastrado por la belleza misma del valor sereno de su caudillo a ensalzar los méritos de Cortés, de cuya alma inconmovible hace irradiar ante nuestros ojos todo el ánimo que inunda a su ejército, Cortés se limita a apuntar al cielo como la fuente de la fuerza que él comunica a sus hombres en palabras cuya misma sencillez hacen llegar haste nosotros el aroma de su sinceridad: «Y que mirasen que teníamos a Dios de nuestra parte y que a El ninguna cosa es imposible, y que lo viese por las victorias que habíamos habido, donde tanta gente de los enemigos eran muertos y de los nuestros ningunos» .

    La constancia y la firmeza de esta seguridad en el apoyo de Dios, que Cortés sentía como una fuerza siempre viva en su alma, resaltan y se confirman en una escena que debemos a Andrés de Tapia.

    Había procurado Cortés hacerse con toda la información y con todos los consejos posibles por parte de los indígenas en quienes confiaba, y en particular de Teach, el cempoalés, «hombre cuerdo, e según él dicie, criado en las guerras entre ellos. Este indio dijo al marques: "Señor, no te fatigues en pensar pasar adelante de aquí, porque yo siendo mancebo fui a Mexico, y soy experimentado en las guerras, e conozco de vos y de vuestros compañeros que sois hombres e no dioses, e que habéis hambre y sed y os cansáis como hombres; e hágote saber que pasado desta provincia hay tanta gente que pelearán contigo cient mill hombres agora, y muertos o vencidos éstos vendrán luego otros tantos, e así podrán remudarse e morir por mucho tiempo de cient mill en cient mill hombres, e tú e los tuyos, ya que seáis invencibles, moriréis de cansados de pelear, porque como te he dicho, conozco que sois hombres, e yo no tango más que decir de que miréis en esto que he dicho, e si determináredes de morir, yo iré con vos." El marqués se lo agradeció e le dijo que con todo aquello quería pasar delante, porque sabie que Dios que hizo el cielo y la tierra les ayudarie, e que así él lo creyese».

    Estas eran las fuerzas que alimentaban su valor. No eran nuevas en él. Le habían impulsado desde el principio, iluminando sus ambiciones más densas con una luz y elevándolas con un espíritu sin los cuales no hubiera sido capaz de mantener su dominio sobre los soldados y capitanes que impacientes se agitaban en torno suyo como abejas y avispas; pero aunque le animaron desde el principio, no cabe duda de que fueron creciendo en poder e intensidad a medida que iba pasando de prueba a prueba, elevándose de victoria a victoria, entre peligros que hubieran quebrantado el coraje de un hombre sólo impulsado por una vitalidad animal.

    Cortés veía en su victorias la mano protectora del Señor cuyos intereses servía devotamente, por pecador que tuviera conciencia de ser.

    De modo que, sin darse cuenta aún de la índole primordial de su victoria, que los acontecimientos iban a revelarle, y así, demasiado realista para atribuirse todo el mérito del triunfo, le concede sólo ocho líneas de una larga carta al Emperador, explicando la victoria porque «quiso Nuestro Señor en tal manera ayudarnos».

    Cortés hizo repetidos esfuerzos para convertir a Moteczuma. No es posible que correspondiesen a lo arduo de la tarea. la distancia espiritual que los separaba era demasiado grande, aparte de que le faltaban los elementos mentales y lingüísticos necesarios para construir el puente sobre aquel abismo, acercándose al ser recóndito y remoto del Emperador azteca.

    Es significativo que, aunque Cortés en persona se daba cuenta de la vanidad de los ídolos mejicanos, sus soldados, sin exceptuar a Bernal Díaz, y no pocas de sus cronistas, entre ellos Torquemada, Cervantes de Salazar y Gómara, creían a pies juntillas en su existencia y en su poder para aconsejar directamente y «hablar» a Moteczuma y a sus sacerdotes, con no menos fe (quizá con más fe) que los mismos mejicanos.

    Así resulta que la religión, si no de Cortés, al menos de parte de los españoles que en su órbita giran, era tan capaz como la de Moteczuma y los suyos de absorber otros dioses, gracias a la virtud proteica del diablo.

    Para los cristianos sencillos de aquellos días, para todos los soldados y para gran número de los fralles, aun de los más cultos, era el diablo el que se hacía pasar por Vichilobos, Tetzcatlipoca y demás figuras monstruosas que adoraban los mejicanos; con lo cual aquellos «bultos» cesaban de ser meras figuras de piedra o de simientes amasadas con sangre, meros apoyos materiales de los ensueños vacuos de una estirpe atrasada, para transfigurarse en criaturas vivientes, dotadas de una voluntad y de un lenguaje propios —hecho que hacía de la conversión de los indígenas una especie de conquista espiritual, una cruzada de los soldados de Dios contra el espíritu del Malo.

    Puede compararse la actitud mental popular en estas materias con la del propío Cortés cotejando el relato de Cortés sobre su famosa destrucción de los dioses del Gran Teocalli con la página en que Andrés de Tapia refiere la misma escena.



    Significativa imágen, metáfora de la liberación de Méjico, la Catedral sustituyendo el Gran Teocalli, Templo Mayor azteca, lugar de asesinatos rituales
    Cortés escribe con su concisión usual y con su elegancia positiva y concreta. Al referirse a los dioses indígenas y al Dios universal de los cristianos, habla un lenguaje claro, inteligente, casi pudiera decirse que moderno y racionalista «los bultos y cuerpos de los ídolos en quien estas gentes creen -escribe al Emperador— son de muy mayores estaturas que el cuerpo de un gran hombre. Son hechos de masa de todas las semillas y legumbres que ellos comen, molidas y mezcladas unas con otras, y amásanlas con sangre de corazones de cuerpos humanos, los cuales abren por los pechos, vivos, y les sacan el corazón, y de aquella sangre que sale de él, amasan aquella harina, y así hacen tanta cantidad cuanta basta para facer aquellas estatuas grandes. E también, después de hechas, les ofrescía más corazones, que asimismo les sacrifican, y les untan las caras con la sangre. A cada cosa, tienen su ídolo dedicado, al uso de los gentiles que antiguamente honraban sus dioses, por manera que para pedir favor para la guerra tienen un ídolo, y para sus labranzas otro, y así para cada cosa de las que ellos quie ren o desean que se hagan bien, tienen sus ídolos a quien hon ran y sirven.»

    Estos fueron los ídolos, bien claro lo dice y bien claro lo ve, que creyó necesario derrocar: «los más principales de estos ídolos y en quien ellos más fe y creencia tenían, derroqué de sus sillas y los fice echar por las escaleras abajo, e fice limpiar aquellas capillas donde los tenían, porque todas estaban llenas de sangre que sacrifican, y puse en ellas imágenes de Nuestra Señora y de otros santos, que no poco el dicho Mutecçuma y los naturales sintieron; los cuales primero me dijeron que no lo hiciese porque si se sabía por las comunidades, se levantarían contra mí, porque tenían que aquellos ídolos les daban todos los bienes temporales y que, dejándoles maltratar, se enojarían y no les darían nada y les secarían los frutos de la tierra y moriría la. gente de hambre. Yo les hice entender con las lenguas cuan engañados estaban en tener su esperanza en aquellos ídolos que eran hechos por sus manos de cosas no limpias; e que habían de saber que había un solo Dios, universal Señor de todos, el cual había criado el cielo y la tierra y todas las cosas, y hizo a ellos y a nosotros, y que éste era sin principio, y inmortal, y que a El habían de adorar y creer y no a otra criatura ni cosa alguna».

    Lenguaje de hombre inteligente y claro, muy por encima no sólo del de sus soldados, que no habían pasado por Salamanca, sino también del de muchos frailes educados en la Universidad y que, en punto a erudición, sobrepasaban a Cortés.

    En estas palabras, Cortés mide la religión de los mejicanos como hombre del Siglo, y bien devoto creyente de los dogmas de la Iglesia entonces universal para todos los europeos.

    Pero, al lado de esta transparencia intelectual, vibraba en él otra calidad que no deja pasar tan fácilmente en sus cartas, fríamente objetiva, al Emperador; bajo su mente clara ardía un corazón religioso que explica su acción violenta contra los dioses indígenas, referida con tanta sencillez en su informe al Emperador.

    Este Cortés vibrante y trepidante es el que nos transmite Tapia en su relato, si bien algo desfigurado por la visión personal del narrador. Refiere Tapia cómo, cuando Cortés fue a visitar el teocalli, había en Méjico poca gente española por andar casi todos en busca de minerales por las provincias:

    «e andando por el patio me dijo a mí: "sobid a esa torre e mirad que hay en ella"; e yo sobí [...] e llegué a una manta de muchos dobleces de cáñamo, e por ella había mucho número de cascabeles e campanillas de metal; e quiriendo entrar, hicieron tan gran ruido que me creí que la casa se caía. El marqués subió como por pasatiempo, e ocho o diez españoles con él; e porque con la manta que estaba por antepuerta, la casa estaba escura, con los espadas cuitamos de la manta; e quedó claro. Todas las paredes de la casa por de dentro eran hechas de imaginería de piedra [...] eran de ídolos, e en las bocas déstos e por el cuerpo a partes tenían mucha sangre de gordor de dos e tres dedos; e descubrió los ídolos de pedrería e miró por allí lo que se pudo ver, e sospiró, habiéndose puesto algo triste, e diJo, que todos los oímos: "¡Oh Dios! ¿Por qué consientes que tan grandemente el diablo sea honrado en esta tierra?" E: "Ha, Señor, por bien que en ella te sirvamos".»

    Tal fue sin duda el estado de ánimo en que se puso Cortés, mas no su lenguaje, que ya conocemos directamente por sus cartas al Emperador. El soldado cronista empaña con sus propias supersticiones el cristal claro en que Cortés reflejaba la realidad. Al ruido de los cascabeles habían acudido sacerdotes y otros circunstantes.

    Cortés mandó llamar a los intérpretes y les dijo: «Dios que hizo el cielo y la tierra os hizo a vosotros y a nosotros e a todos, e cría lo con qué nos mantenemos, e si fuéremos buenos nos llevará al cielo, e si no, iremos al infierno, como más largamente os diré cuando más nos entendamos; e yo quiero que aquí donde tenéis estos ídolos esté la imagen de Dios y de Su Madre bendita, e traed agua para lavar estas paredes, e quitaremos de aquí todo esto.»

    Aquí ya refleja Tapia con alguna mayor fidelidad el estilo de su jefe, y sigue diciendo: «Ellos se reían, como que no fuera posible hacerse, e dijeron: "No solamente esta ciudad, pero toda la tierra junta tienen a éstos por sus dioses, y aquí está esto por Uchilobos, cuyos somos; e toda la gente no tiene en nada a sus padres e madres e hijos, en comparación déste, e determinarán de morir ; e cata que de verte subir aquí se han puesto todos en armas y quieren morir por sus dioses." El marqués dijo a un español que fuese a que tuviesen gran recaudo en la persona de Motecçuma, e envió a que viniesen treinta o cuarenta hombres allí con él, e respondió a aquellos sacerdotes: "Mucho me holgaré yo de pelear por mi Dios contra vuestros dioses, que son nonada"; y antes de que los españoles por quien habia enviado viniesen, enojóse de palabras que oía, e tomó con una barra de hierro que estaba allí, e comenzó a dar en los ídolos de pedrería; e yo prometo mi fe de gentilhombre, e juro por Dios que es verdad que me parece agora que el marqués saltaba sobrenatural, e se abalanzaba tomando la barra por en media a dar en lo más alto de los ojos del ídolo, e así le quitó las máscaras de oro con la barra, diciendo: "A algo nos hemos de poner por Dios"».

    Este admirable relato confirma en un todo el carácter de Cortés analizado en nuestras páginas.

    En aquel momento era el dueño de hecho y sin disputa de un imperio que había conquistado por una obra maestro de previsión, cautela, sagacidad, paciencia y astucia.

    Y una mañana, «por pasatiempo», va de visitar al Gran Teocalli, ve los ídolos y las trazas repuguantes del cruel culto y sacrificio; se entristece, interroga a Dios, ofrece servirle para libertar aquella tierra y gente de tales abominaciones; predica a los sacerdotes como puede; oye su resolución de morir por sus dioses y cauto como Capitán, adopta rápidamente ciertas precauciones tácticas, pero ¿cambia su estrategia?

    ¿Da ni un segundo de atención a la idea de que en un instante puede destruir el éxito espléndido de todo un invierno de trabajos, de bravura y de inteligente perseverancia? ¿Recuerda que tiene cantidades ingentes de oro en sus arcas? ¿Piensa en su potencia, ya seguramente establecida?

    Ni un segundo. Echa mano de una barra de hierro y, sin esperar siquiera a que hayan llegado los treinta o cuarenta españoles que ha mandado llamar, se abalanza sobre los ídolos y los destroza, dándoles primero en lo alto de los ojos en presencia de los sacerdotes espantados.

    Tapia, y sin duda también sus compañeros presentes, le vieron entonces «saltar sobrenatural», elevarse en el espacio tan alto como los ídolos gigantescos que iba a desafiar y a destruir.

    Era en efecto sobrenatural y se elevaba más alto que sí mismo. «Considerando que Dios está sobre natura» —había escrito poco antes al Emperador—.

    Así ahora alzado hacia Dios por su fe, se elevaba sobrenatural. La marcha que había comenzado unas semanas antes en las marismas de Veracruz, hacia lo alto, elevándose paso a paso, lucha a lucha, victoria a victoria, por los escalones gigantescos de la cordillera haste la altiplanicie de la capital misteriosa y recóndita, tenía que terminar en la más alto de las ascensiones haste aquella cúspide del Teocalli más empinado donde Cortés dio un golpe de barra histórico entre los ojos del feroz Uitehilipochtli.

    Aquél fue el momento culminante de la conquista, la hora en que el anhelo del hombre por alcanzar lo más alto triunfa sobre su querencia a contentarse con disfrutar de lo ya conseguido; la hora en que la ambición y el esfuerzo vencen al éxito, en que la fe vence a la razón.

    Si Cortes hubiera sido un hombre menos razonable, aquel acto hubiera podido descontarse como una temeridad por bajo de las normas que todo hombre debe alcanzar para que se le considere como en plena madurez; pero Cortés encarnaba la razón y la cautela.

    Su acto no puede pues interpretarse como caída por bajo de la razón, sino al contrario, como subida por encima de la razón. Por eso ha entrado de lleno en la leyenda, como todos los actos en que el hombre se eleva por encima de los hombres."

    Estos son los espíritus que conformaban los hombres notables de la España del Siglo de Oro. ¿Volverán sus inquietudes a llenar nuestros anhelos.



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  18. #198
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    Creo que seria mas fácil entender a Cortes a través de su hijo mestizo Martin.

    Por cierto me gustaría leer temas sobre los tlaxcaltecas o tepanecas, ya saben para que no todo sea azteca a la hora de hablar del México precolombino y la Nueva España.
    yo creo que los tlaxcaltecas deberían de tener el mismo trato de "dioses" que se le da a los aztecas y eso que los "tlaxcs" hicieron mas por México que los aztecas.
    sobre los tepanecas es curioso como la historia mexicana los pone como malos si eran menos sádicos que los aztecas. y bueno también me gustaría leer algo de ellos aquí.
    claro es un foro hispano, pero creo que estas dos tribus se lo merecen. graxx

  19. #199
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    El Tercer punto de vista: "LA VISION DE LOS DESCENDIENTES DE LOS ALIADOS"
    Hola a todos, sabrà de mi el adminsitrador que tengo muchos años de estar registrado, pero nunca me había atrevido a comentar nada, por haber visto muchos quienes estan cargados de ideologias que en lo personal me espantan, estoy aquí por los que expresan creer en Dios, pero no a los violentos de corazón que dicen ser cristianos. Conmigo vienen muchas sangres del antiguo Anáhuac y de Iberia y Centroeuropa. A pesar de nacer en familia muy católica la educación socialistoide me hizo sentirme a muy temprana edad ateo, y me sentí con la entereza de querer enseñarle a mi gente de dejarse de supercherías... Haciendole según yo de investigador de historias inexplicables en las rancherías me veo atrapado en una tormenta de experiencias paranormales que me lleva años entender y sensibilizarme, y por lo años que le he tardado en decir, y por los muchos ha que los llevo cargando he resuelto expresarme que sobre el tema a nos trae a cuenta es que no hubo una conquista de mexico Tenochtitlan. Leedme bien los que te dices creyentes; aquí se librò una batalla celestial, aquí se lucho contra las fuerzas oscuras del inframundo. El que derroto a la tiranía del señor de las tinieblas, no fue Cortes; el solo fue un instrumento. El que preparò el camino fuè nuestro señor amoroso de los cielos en forma de la profecía de Quetzalcóatl; que convocò a miles de guerreros del Anahuac entorno a Cortès;¿ que hubiera hecho el sin sus aliados? seguro que los aztecas los hubieran devorado en el primer día. Algo ya habían notado los primeros cronistas religiosos españoles, pero la ideología chauvinista la mantiene tergiversada al igual que el hispanocentrismo.
    Dios allanó camino y no son coincidencias : el dios supremo del panteón meshica es tezcatlipocatl se traduce como espejo humeante, y se le conoce como el señor de las tinieblas, espejo humeante es la forma esquemática de describir a la luna "la que reyna en la noche" que es meztli su otro nombre. su "dios tutelar" Huitzilopochtli absurdamente traducido como colibrí surdo debiendo ser colibrí siniestro, debiéndose interpretar como "pequeño espíritu siniestro armado" entendiéndose no como el Dios de la guerra que han querido vender sino lago inferior a una deidad y siniestra...el demonio de la guerra para no andar con rodeos. Es un error interpretar como serpiente emplumada a Quetzalcoatl debido a que el concepto es para una representación ideográfica, al escribir serpiente emplumada no expresas el mensaje completo de la expresión que equivale a "nuestro hermoso espíritu renacido" entre otros nombres tenia el de "el que hace así mismo" este es pues "el ya mencionado pero siempre desapercibido Fénix Americano " se le representaba cósmicamente con venus, "el lucero brillante de la mañana" el que acompaña al padre, el que anuncia su triunfo con la oscuridad este es el alfa y omega.
    Meztli otro de los nombres de tezcatlipocatl también significa la luna pero también significa pierna, si buscan la representación prehispánica de tezcatlipocalt verán que le falta un pie, el nombre mexico es una consagración(en chicomoztoc) del pueblo azteca a meztli debido a que cumple con su demanda de corazones. Vean como representa también en occidente al macho cabrio con los pies dispares. el equivalente a la Cruz; el uaom che para los mayas y cuahuitl itzintla para los toltecas era el sosten del universo, sus raíces descendían al inframundo sus brazos indicaban el plano terrenal y en la parte superior se le representaba con un quetzal al hermoso espíritu del cielo, la cruz de palenque es un buen ejemplo o la lapida de pakal.
    donde estas misticismo español, ¿quien te apago?
    Esta fue una batalla cósmica en la tierra, las fuerzas solares contra las lunares, Hispania venia ya de ganarle una batalla a la luna en Granada.
    si es que somos la mentada "raza cósmica" es por esto que la mitad de mis ancestros no pelearon por Cortès, ni por el Rey ni por España, ellos cumplieron su parte con Quetzalcóatl.
    Hermano mayor no sobredimensiones al hombre que llego a la distancia de un grito, engrandece al Espiritù

  20. #200
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

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    Rompen mito de Cuauhtémoc

    El emperador azteca es descrito como una persona necia, inexperta, megalómana, arrogante e incluso despiadada en una nueva novela histórica que trata de desvanecer el halo heroico con el que la versión oficial lo ha encumbrado

    01/10/2015 05:48 Luis Carlos Sánchez





    Inexperto, megalómano y arrogante, así traza al último tlatoani una nueva novela histórica


    CIUDAD DE MÉXICO.

    El poder es el arma más letal que existe y Cuauhtémoc parece haber sucumbido ante ella. Necio, inexperto, megalómano, arrogante e incluso despiadado, así dibuja al último emperador azteca una nueva novela histórica que trata de desvanecer el halo heroico con el que la versión “oficial” ha encumbrado al hombre que sucumbió ante el poder de los conquistadores españoles.
    “Cuauhtémoc –dice el escritor tapatío Antonio Guadarrama Collado (1976)–, igual que Nezahualcóyotl, son dos personajes que se han venerado en exceso, en mi opinión ninguno de los dos merece el lugar que tienen en la historia”. En Cuauhtémoc. El ocaso del imperio azteca (Ediciones B, 2015), el autor atribuye al gobernante el capricho de enfrentar una guerra perdida contra el ejército de Hernán Cortés y acabar propiciando un “suicidio colectivo” en la antigua Tenochtitlán.

    Producto de diez años de investigación, la novela cierra la serie Grandes tlatoanis del imperio en la que Guadarrama ya se había ocupado de Tezozómoc, Nezahualcóyotl, Moctezuma Xocoyotzin y Cuitláhuac. En su última novela, narra el ambiente en el que creció Cuauhtémoc, la serie de intrigas y tiranías que ocurrían al interior del gobierno tenochca y la manera en que el último tlatoani decidió enfrentar la creciente fuerza de los españoles.


    “Hoy sería inconcebible un gobernante como Cuauhtémoc, cualquier otro se queda muy por abajo, no sé por qué se le ha venerado de esa manera. Cuando decide enfrentar a los españoles ya era una guerra perdida y se lo dijeron muchos de los miembros de la nobleza, pero se negó a escucharlos a tal grado que los empezó a matar, las crónicas de los de Tlatelolco dicen que los mexicas comenzaban a matarse entre ellos. Había dos guerras una contra los españoles y otra guerra interna. Cuauhtémoc no tenía ninguna posibilidad de ganar, fue una necedad absurda de llevar al pueblo a un suicidio colectivo”, considera.



    Cuauhtémoc era hijo del tlatoani Ahuizotl (con el que el imperio azteca había vivido su mayor esplendor) y primo de Moctezuma Xocoyotzin, quien había decidido dejarlo vivo después de asesinar a sus hermanos para evitar sombra en el poder. En la versión de Guadarrama, será su madre quien le recuerde a Cuauhtémoc sus orígenes y quien alimente en él la idea de hacerse con el poder. Cuando llegan a Tenochtitlán las primeras versiones de que los españoles han llegado al Nuevo Mundo, Cuauhtémoc es entonces un joven rebelde que con grandes esfuerzos estudia para convertirse en sacerdote de Tlatelolco.
    Instalado como religioso empieza a recibir consejos de quienes están interesados en derrocar a Moctezuma. La inexperiencia, sin embargo, evita que se atreva a actuar y no será sino hasta que Moctezuma se convierte en cautivo de Hernán Cortés, cuando empieza a ver factible la idea de convertirse en tlatoani. Cortés decide pactar la libertad de Cuitláhuac (hermano de Moctezuma, también cautivo) quien habrá de convertirse en nuevo tlatoani y dirigir la defensa de Tenochtitlán.

    La viruela, traída por los españoles, acabará de manera prematura con el señorío de Cuitláhuac y es entonces cuando Cuauhtémoc, con menos de 20 años, es elegido como su sucesor por encima de los hijos de Moctezuma; Guadarrama fabula que incluso ejecuta con sus propias manos a uno de ellos. A partir de ese momento, el poder será la tumba de Cuauhtémoc: se convierte en un altanero gobernante que liquida a todo aquel que le contradice, que se empeña en enfrentar a los españoles con la fuerza antes que negociando y que acabará huyendo dejando a sus paisanos a su suerte.

    A pesar de ello, dice el novelista, la historia ha juzgado a Moctezuma como un cobarde y a Cuauhtémoc como un valeroso héroe. Del primero afirma que llevó a cabo una estrategia muy astuta negociando con Cortés la paz en beneficio de su pueblo: “Moctezuma no pensaba que Cortés fuera Quetzalcóatl o que los españoles fueran dioses, eso es una invención, no le tenía miedo a Cortés, simplemente lo recibió, había códigos de guerra que Cortés no respetó y a traición lo encerró en su palacio, eso no se había visto jamás en el Anáhuac”.

    De acuerdo con cronistas como Bernal Díaz del Castillo, Moctezuma intentó fugarse sin conseguirlo y dice Guadarrama que su pueblo no estaba totalmente contra él, incluso aventura que la historia de que murió a causa de una pedrada es un invento. Plantea que pudo suicidarse para nunca aparecer como una víctima caída a manos de los conquistadores. Cuauhtémoc, por el contrario, “se envuelve en una necedad que le impide ver la situación de una forma más congruente y ver a futuro de lo que está haciendo”.

    Cuauhtémoc ignora que Cortés sigue conquistando los pueblos aledaños a Tenochtitlán, quienes están muy resentidos con los aztecas y decide fortificarse en la propia ciudad hasta quedarse sin suministros. “Hernán Cortés es un hombre mucho más astuto, tiene más experiencia en la guerra, manda construir unos bergantines para 20 o 30 personas, con madera traída y cortada desde Tlaxcala hasta Texcoco y manda construir un canal con el que llega al gran lago, para entonces Cortés ya tiene conquistado todo el valle del Anáhuac y entra con sus bergantines a México Tenochtitlán, cuando Cuauhtémoc ya no puede con esta batalla le pide apoyo a los tlatelolcas, pero ellos le ponen como condición que si ganan la guerra serán los dueños del imperio, lo que hace el tlatoani es entregar el imperio con tal de salvar su vida”, dice.


    “Cortés le manda mensajes a Cuauhtémoc, le pide que ya se rinda, él se niega, finalmente cuando ya no puede con la guerra (después de un asedio de más de dos meses), él decide huir, ahí es cuando se cae este héroe que nos han inventado, no hay forma de llamarlo héroe, cuando lo que realmente hace es escapar con sus amigos y familiares”.



    Guadarrama piensa que la supuesta localización de los restos de Cuauhtémoc por parte de la historiadora Eulalia Guzmán en la década de los cincuenta del siglo pasado y la admiración del expresidente José López Portillo del último tlatoani, le colocaron en un pedestal. “Primero fue por la mentira de Eulalia Guzmán de supuestamente haber encontrado los restos de Cuauhtémoc. Por otra parte también está el afán de López Portillo, quien se encargó de venerar su imagen y enaltecerlo. Ha sucedido como en la Independencia, que se ha buscado enaltecer a algunos personajes sin que lo merezcan”, concluye.



    ___________________________

    Fuente:

    Rompen mito de Cuauhtémoc


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