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Tema: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

  1. #161
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    SEGUNDA ANÉCDOTA

    Los lenguas

    Cuando Cortés, al frente de su armada, llegó a la isla de Cozumel, frente a las costas de la península de Yucatán, que cierra por el sur el golfo de México, del mismo que la de Florida lo cierra por el norte, se sorprendió al oír decir a los naturales, señalando a tierra firme: «¡Castilian, castilian!» Entendió --y entendió bien-- que lo que querían indicarle los mayas de aquella isla es que en la costa fronteriza habitaban algunos españoles. Ni Bernal Díaz del Castillo ni ninguno de sus otros compañeros que habían participado en las dos expediciones que bojearon aquellas tierras con anterioridad tenían noticia de que se hubiesen perdido compatriotas suyos; no obstante, don Hernando Cortés mandó aparejar un navío en el que iban don Diego de Ordaz como capitán, veinte ballesteros y escopeteros, multitud de regalos que sirvieron de rescate, unos indios correos que conocían la tierra, y una carta. Según Bernal Díaz, éste era el texto: «Señores y hermanos: Aquí, en Cozumel, he sabido que estáis en poder de un cacique, detenidos, y os pido por merced que luego os vengáis aquí, que para ello os envío un navío con soldados por si los hobiesedes menester, y rescate para dar a esos indios con quien estáis, y lleva el navío de plazo ocho días para aguardar; veníos con toda brevedad; de mí seréis bien mirados e aprovechados; yo quedo en esta isla con quinientos soldados y once navíos; en ellos voy mediante Dios, la vía de un pueblo que se dice Tabasco o Pochontán.»
    Pasados los ocho días regresó Diego de Ordaz, sin los indios correos y, por supuesto, sin los «castilians». Si grandísimo fue el enojo de Cortés, ¿qué diremos de uno de los españoles llamado Jerónimo de Aguilar, natural de Écija, cuando al llegar a la costa, puesto ya en libertad por el cacique que le tenía esclavo desde hacía once años, vio que los navíos habían zarpado sin él? ¿Cabe desventura mayor? Este Jerónimo de Aguilar (protagonista de una novela histórica que he titulado El futuro fue ayer) se había retrasado para tratar de convencer a otro español llamado Gonzalo Guerrero, único superviviente que quedaba del antiguo naufragio, que se viniese con él aprovechando la venturosa ocasión de que el señor Cortés los rescataba. Y Jerónimo, por su culpa, perdió la gran oportunidad. Ni el navío de Diego de Ordaz estaba ya en las costas de Yucatán, ni la armada de Cortés en la isla frontera de Cozumel.
    Dios aprieta, pero no ahoga. Fueron tantas las lágrimas y los rezos del ecijano, que Dios hizo el milagro --así lo creyó de por vida el tal Aguilar-- de que uno de los galeones de la armada cortesiana comenzó a hundirse y pedir auxilio a los demás navíos con tiros de lombarda. Con este motivo toda la flota regresó a Cozumel, y el bravo Jerónimo de Aguilar, sobornando con promesas --pues otra cosa no tenía-- a unos remeros mayas, cruzó el canal en una canoa y se presentó a los españoles. Como iba vestido de indio y había olvidado su lengua natal, nadie creía que fuera de los «castilians» que habían mandado a rescatar. Entonces, el ex náufrago, el ex esclavo, gritó a todo pulmón y como quien cita las tres mayores excelencias del mundo, la única frase que recordaba en español, y que no podrá menos que hacer reír a los andaluces: «¡Dios y Santa María e Sevilla!» Y así se dio a conocer.
    Los españoles de los siglos XV y XVI llamaban «lenguas», «los lenguas», en masculino, a los intérpretes. Y Jerónimo de Aguilar, que hablaba el maya, fue el primer traductor oral de cuanto Cortés quería decir a los indígenas. Pero andando los días, ya en el golfo de México, dejó de ser útil, porque los naturales no hablaban el maya, sino otros dialectos distintos. Hasta que un venturoso día, y después de unas ingratas escaramuzas, los costeños hicieron las paces y honraron a Cortés con múltiples obsequios para congraciarse con él. Pero «no fue nada todo este presente --escribe Bernal Díaz-- en comparación de veinte mujeres, y entre ellas una muy excelente que se dijo doña Marina, que ansí se llamó después de vuelta cristiana». La admiración del cronista no deja lugar a dudas. En una ocasión la llama «india e señora»: en otra, dice de ella que «verdaderamente era gran cacica de hija de grandes caciques y señora de vasallos, y bien se le parecía en su persona». Entre las grandes virtudes de la Malinche o doña Marina se contaba la de hablar múltiples y variados idiomas: entre otros, el maya. De suerte que Cortés hablaba en castellano, Aguilar lo traducía al maya, doña Marina del maya al náhuatl o idioma de los aztecas. Y así se inció un diálogo que habría de durar siglos. Jerónimo de Aguilar y la Malinche fueron «los» primeros lenguas de Hernán Cortés.


    Tomado de América y sus enigmas (y otras americanerías), de Torcuato Luca de Tena. Editorial Planeta 1992

  2. #162
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    TERCERA ANÉCDOTA

    La venganza de Velázquez

    Tuvo muy buen cuidado Hernán cortés de que no pasase mucho tiempo sin mandar a España sus procuradores cargados de oro para el rey y de joyas labradas y de cosas de mucho valor, así como una primera relación escrita, en la que daba cuenta al monarca de cómo había conquistado la tierra, e instalado su real en la capital del Imperio, y sometido a vasallaje al gran Moctezuma, quien de buen grado y sin sangre se había hecho tributario de su majestad. Y se mostró muy sagaz y prudente al enviar la relación por duplicado y al encargar esta embajada a dos hombres de mucho entendimiento como don Alonso Hernández Puerto Carrero y Francisco de Montejo, quienes al saber que el emperador estaba en Flandes (y que el presidente del Consejo de Indias, y obispo de Burgos, Juan Fonseca, era adverso a Cortés) mandaron una de las copias y parte de los regalos directamente a la Corte; de lo que Carlos V se alegró sobremanera, porque las noticias que contenían no le habían sido comunicadas por el obispo de Burgos, quien se quedó con su parte del oro destinado al soberano, lo que supuso su destitución dos años más tarde.
    La noticia de estos regalos y del oro en barras o pepitas, en cantidades muy superiores a las que nunca antes de ahora se habían enviado, corrió como la pólvora, y muy pronto se enteraron de ello los padres jerónimos que ejercían en santo Domingo La Real Audiencia; los cuales entendieron que si Cortés enviaba estos presentes a su majestad no podía ser cierto --afirmaba en Cuba Diego Velázquez-- que se hubiese alzado contra el rey, y que era un traidor que debía ser ahorcado en la plaza pública, así como todos los capitanes que le eran fieles.
    Con el tributo al rey, Cortés se ganó el favor de la audiencia. Y cuando los padres jerónimos supieron que el gobernador de Cuba aprestaba una armada para ir contra Cortés que ya había, casi sin sangre, sometido el imperio de Moctezuma, se llevaron las manos a la cabeza y le mandaron emisarios para impedírselo. Y como vieron que Diego Velázquez no cejaba, y que una lucha entre españoles en aquel imperio podría suponer la pérdida de la tierra, designaron oidor del rey a un tal Lucas Vázquez de Ayllón con la orden de que embarcara en la dicha armada y evitase, por todos los medios, que Pánfilo Narváez, designado capitán de la misma por el gobernador de Cuba, se enfrentase con Cortés y echase a perder todo lo que aquél había ganado.
    Maravilla pensar el caudal de astucia, arrojo, diplomacia, dotes de persuasión --que ya vimos en el primer capitulillo de este anecdotario que eran las más relevantes cualidades de Cortés-- y que éste desplegó de manera sobresaliente durante el episodio de su vida que pasamos a relatar y que, sin duda, fue el más comprometido y difícil de todos; porque, por un lado, temía que se le alzase el imperio de Moctezuma, y por otro, era forzoso enfrentarse --si no quería perder todo lo ganado-- a un ejército, no de indios, sino de españoles veteranos de las guerras de Italia y Flandes, y tan superior al suyo, como se indica en el párrafo que sigue.
    Sabemos exactamente los efectivos de Cortés porque en Cozumel hizo «alarde», es decir, recuento de todas sus fuerzas. Y éstas eran 508 hombres (Narváez trajo 1400), de los cuales, 32 ballesteros (frente a 90 de Narváez); 13 escopeteros (Narváez traía 70); 10 tiros de bronce (Narváez, 20); 16 caballos (90 fueron los que desembarcó Narváez); amén de 19 navíos que traía la armada de Diego Velázquez, frente a ninguno del extremeño que meses atrás los mandó desguazar.
    Era, a la sazón, alcalde de la rica villa de Veracruz Gonzalo de Sandoval, ante el que se presentaron seis hombres de Narváez conminándole a que entregase la plaza, con palabras de mucho «desconocimiento». Sandoval respondió que tratasen eso con Cortés, que se hallaba en la ciudad lacustre de Tenochtitlán, en la corte del emperador Moctezuma; como ellos, le respondieron que Cortés era tan bellaco como traidor, Sandoval no pudiéndolo sufrir los hizo prisioneros y se los envió a Cortés empaquetados en unas hamacas de redes que unos indios amigos cargaron a sus espaldas y, turnándose, al cabo de pocos días llegaron a la capital. Los hombres de Narváez no salían de su asombro al ver las riquezas y ciudades que hallaban a su paso. Dice Bernal Díaz que no sabían si era encantamiento o sueño. Quedaron espantados al divisar la ciudad lacustre, llena de palacios, templos, plazas y no podían creer que todo aquello lo hubiese conquistado Cortés al frente de un puñado de hombres. Pero más maravillados quedaron aún cuando vieron que el propio Cortés les salía a recibir y mandaba a los indios que los liberasen, y se dolía de que Sandoval hubiese tomado una determinación tan ruda praa tan honrados y gentiles caballeros, y los alojó en palacios, y los invitó a comer, y los paseó por la ciudad, y les regaló cadenas y dijes de purísimo oro. Cuatro días estuvieron con él, prisioneros sin saberlo, y qué no les diría, y cómo los trataría, que los mismos que días antes le apodaban traidor y bellaco, cuando los soltó fueron los más ardientes defensores de aqueĺ a quien habían ido a prender y ahorcar. Díaz del Castillo, testigo de toda esta historia y puntualísimo relator de la misma, concreta: «Venían muy bravosos leones, volvieron muy mansos y se le ofrecieron (a Cortés) por servidores, y ansí llegaron a dar relación a su capitán, comenzaron a convocar todo el real de Narváez que se pasasen a nosotros.»
    Los nuevos amigos de Cortés no regresaron con las manos vacías, sino con múltiples y delicados regalos para ellos mismos y para personas muy bien seleccionadas dentro del ejército enemigo. Y cartas, muchas cartas. Y como dádivas quebrantan penas, y las buenas razones borran los malos entendidos, la duda y el desconcierto comenzó a roer la unidad de los contrarios. Entre las cartas que escribió había una para Lucas Vázquez Ayllón, el oidor, enviado por los jerónimos; otra para el secretario Diego Velázquez, que era camarada de juventud, otra, en fin, para el propio Pánfilo Narváez, al que le decía que mirase que no alborotase la tierra, que era mucho lo que en ello le iba a su majestad, y que él (Cortés) ponía a su disposición su vida y hacienda; pero que le rogaba le mostrase sus papeles, la orden o autorización para poblar aquella tierra, los poderes de que estaba investido.
    Narváez cometió muchos errores: el uno, leer en plan de chanza la carta en cuestión. Y si bien un tal Salvatierra juró cortar a don Hernando las orejas, asarlas y comerse una de ellas, no todos pensaban lo mismo, porque admiraban la hazaña que había realizado, en tan poco tiempo y con tan pocos medios, atendían a sus muy bien concertadas razones, se sentían tentados por las promesas de inmensas riquezas que el remitente deslizaba sabiamente en sus misivas y entendían que, de producirse un choque entre españoles, todo aquello se perdería. El otro, y más grande error, fue poner presos a dos caballeros que hablaron bien de Cortés: uno, nada menos que al oidor real, enviado por la audiencia de Santo Domingo; otro, don Gonzalo de Oblanca, persona de la nobleza, y que de enojo murió a los cuatro días. Perfectamente informado de cuanto acontecía en el real de Narváez, por sus velas (espías) y por su propia «quinta columna», Cortés aprovechó a fondo los errores de su adversario, fomentando su desprestigio y acrecentando el suyo propio con dádivas, cortesías, y emisarios. Seis hombres de su ejército se refugiaron en Veracruz y le dijeron a Sandoval que no querían luchar al lado de un hombre que había preso a un oidor del rey; y mandaron emisarios a Cortés diciendo que se cuidase porque Narváez había dejado la costa y se había instalado en Cempoala, muy cerca ya de la capital del Imperio. Cortés tomó consejo de sus capitanes, y sabiendo que el llamado Cacique Gordo de esta ciudad era amigo suyo, y que Narváez le había robado seis mujeres, decidió atacar sin más a su enemigo. Dejó a Pedro de Alvarado en México a la guarda de Moctezuma, quedando allá todos aquellos soldados que pudiesen ser sospechosos de connivencia con Diego Velázquez o Pánfilo de Narváez y tomó, entre otras muchas disposiciones, que sería muy largo de contar, las siguientes: convocar a Gonzalo de Sandoval para que subiese desde Veracruz con toda su gente, aunque dejase desamparada la ciudad, fabricar unas picas especiales de su invención contra caballos, reunir gran cantidad de maíz y otros granos para caso de que la guerra fuese larga y enviar a un fraile de la merced cargado de oro y de cartas al campamento de su enemigo para que se entrevistase secretamente con los artilleros y capitanes que se decían amigos suyos.
    Ni el grano fue necesario, ni la ayuda de Sandoval. La artillería, sabiamente comprada, no disparó contra él o disparó desviando el tiro; la mitad del ejército que enviaron contra él se pasó a su bando; Pánfilo de Narváez fue herido en un ojo e hicieron creer que había muerto; la caballería no pudo ser utilizada porque estaba guardada en un pasto y lo primero que hizo Cortés fue interceptar el paso entre caballos y caballeros. Pocas horas después, los propios músicos del ejército de don Pánfilo comenzaron a tocar los atabales y a tañer los pífanos y a percutir los tamborinos, gritando: «¡Viva, viva la gloria de los romanos, que siendo tan pcos han vencido a Narváez y a sus soldados!» No nos extendamos más. Sumados los dos ejércitos, Cortés cuadriplicó sus efectivos, que tan necesarios le serían muy pronto porque Tenochtitlán se sublevó. Moctezuma fue muerto por sus súbditos, y la Noche Triste estaba al alcance de los días.
    Al verse prisionero, Pánfilo le dijo a don Hernando: «Señor capitán Cortés: tened en mucho esta victoria que de mí habéis habido, y en tener presa a mi persona.» A lo que Cortés respondió: «Ésta es, señor capitán Narváez, una de las menores cosas que he hecho en la Nueva España.» Y algunos dicen que el uso que los españoles damos a la palabra «pánfilo», que de acuerdo con su etimología latina sólo significa bondadoso --pero que nosotros empleamos como sinónimo de bobo, idiota o excesivamente lento, tardo o poco avisado-- nació en aquella memorable ocasión.

    Tomado de América y sus enigmas (y otras americanerías), de Torcuato Luca de Tena. Editorial Planeta 1992

  3. #163
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    CUARTA ANÉCDOTA

    ¿Cortés uxoricida?

    Los lectores de la primera espiga de esta gavilla de anécdotas recordarán a aquella joven casadera, Catalina Suárez Marcayda, a quien Cortés prometió matrimonio, estuvo harto remiso de llevarla al altar, y, a la postre, aceptó recibir junto a ella las bendiciones nupciales in facie ecclesiae. Sus relaciones con ella serían de opereta si no acabasen en drama. Y drama por todo lo alto.
    Hernán Cortés la abandonó en el tálamo, como quien dice, tálamo ya estrenado, y se engolfó en los avatares de su portentosa aventura mexicana. Primero hizo el prodigio de convertir a sus primeros y feroces enemigos, el Cacique Gordo de Zempoala y los tlaxcaltecas en sus más fieles y decisivos aliados; después penetró en la admirable Tenochtitlán, capital del imperio de los aztecas, y se hizo amigo del gran Moctezuma, quien acabó muriendo a manos de los suyos por defender su causa; posteriormente desbarató, como acabamos de ver, el poderoso ejército de españoles que mandó contra él su antiguo amigo Diego Velánzquez; más adelante --y a causa de esta guerra civil entre españoles: éste fue el gran crimen histórico del gobernador de Cuba y de su adlátere Pánfilo de Narváez-- los aztecas se alzaron contra él y se inició una terrible guerra que hubiese podido ser evitada, en la que los naturales rayaron a una altura inimaginable de heroico, y Cortés en el más alto grado de estrategia militar, al construir una flota para tomar la ciudad lacustre por y desde el agua.
    Pasa el tiempo y, pacificada ya gran parte de la Nueva España, y viviendo todavía en la villa de Coyoacán, al borde del lago, recibe Cortés la noticia de que su mujer, su suegra --doña María Marcayda: no olvidemos su nombre--, y su cuñado Juan Suárez (que fue su mejor amigo en los tiempos juveniles) se están acercando a la ciudad, acompañados de otro bravo capitán de los tiempos heroicos: Gonzalo de Sandoval, quien, estando en la conquista de lo que hoy es el estado de Veracruz, abandonó sus tareas militares por la cortesía y bien crianza, y dejando aquéllas en las manos de su teniente, se avino galantemente a acompañar a la comitiva hasta este barrio de hoy, que entonces era la capital de Nueva España, y de paso dar aviso a Cortés de quienes llegaban... No fuesen a encontrarle en situación embarazosa, porque, como dijimos en otro lugar, el curtido guerrero era, además, muy blando y dúctil de corazón.
    El capitán general y gobernador de la Nueva España salió a caballo hasta Texcoco para recibir a su familia política acompañado de músicos y caballeros, quienes hicieron grandes fiestas, tal como lo relata Bernal Díaz. Es de advertir que el Cortés que salió de la isla de Cuba no era más que un hidalgüelo de buenas dotes y de buen talle; pero el hombre al que se encontraban ahora la esposa, suegra y cuñados (y a cuya sombra y a cuya costa pensaban vivir) era el hombre más poderoso de esa tierra, aureolado de una fama singular, respetado y temido por los naturales, adorado por quienes colaboraron con él en la singular aventura, recelado por quienes no le fueron leales, buscado por unos y otros, amigos y enemigos, como dispensador de favores, fuente de poder, señor absoluto, reflejo del rey.
    Es lícito pensar, puesto que los héroes son héroes en tanto que humanos, que a don Hernando no podría menos de halagarle mostrarse ante los suyos como lo que en realidad era: el número uno, el más grande entre los grandes, el favorecido por la fama, el que impartía justicia. Y que esta lícita vanagloria ante los suyos era a su vez incompatible con ninguna suerte de chanzas o insolencias que enturbiaran su autoridad.
    Mas he aquí que su familia política no llegaba a la Nueva España como los desterrados que van al encuentro del héroe, sino como una legítima familia real que va a encontrarse con un príncipe consorte. ¿Tal vez porque Cortés era en Cuba menos que ellos? Son matices muy difíciles de calibrar a distancia, pero lo que es indubitable es que ni en el plano económico ni en el social Cortés era en México, en ese instante, inferior a nadie, aunque recibiese la visita del mismo rey.
    Los servidores e incluso los capitanes de Cortés se hacían lenguas del menosprecio con el que doña Catalina Suárez trataba a don Hernando en público (como si con esto se ensalzara) y a sus capitanes, pues se dirigía a ellos como si fuesen sirvientes o esclavos. El día de Todos los Santos de 1522 hubo fiesta en casa del capitán general con varios caballeros y damas, y se danzó. La alegría del festejo se empañó por una agria discusión entre doña Catalina y un capitán de artillería llamado Solís Casquete a cuenta de unas órdenes que ella dio y no se habían cumplido. Don Hernando Cortés suavizó la acritud de las palabras que se cruzaron con una chanza de la que todos rieron, lo cual irritó tanto a doña Catalina Suárez que a poco de levantarse los manteles se encerró en su dormitorio sin despedirse de sus invitados. Concluida la fiesta, por retirarse damas y caballeros tal vez antes de tiempo, encerrado también Cortés en su recámara, a medianoche llamó a gritos a sus servidores pidiendo que avisasen a un médico porque su esposa se hallaba gravemente enferma. Cuando éstos acudieron, comprobaron que doña Catalina estaba muerta.
    Ésta es la escueta historia de los hechos, tratada y maltratada por infinidad de cronistas y comentarios. Quien mejor trata este episodio, iluminando con deslumbrante lógica lo que ocurrió después, es el eminente historiador mexicano de la primera mitad del siglo que corre, don Francisco Fernández del Castillo.
    El carácter desabrido de la primera esposa de Cortés, las constantes humillaciones de que le hacía objeto, el conocimiento de que nunca quiso casarse con ella, sino que fue obligado por el gobernador de Cuba, Diego Velázquez, dio pábulo a que corriesen malévolos rumores y se llegase a pensar que el propio Cortés, en un acceso de cólera, la estrangulase con sus trenzas. Se cuenta que un fraile cuyo nombre no ha llegado hasta nosotros (o al menos hasta mí) antes del entierro, le dijo a Cortés: «Cata que dice toda la ciudad que vos mataste a vuestra mujer; por amor de Dios, que se mire y desclave este ataúd para que se manifieste no ser verdad todo lo que el pueblo dice, y todos se satisfagan por lo que toca a vuestra honra, porque de otra manera todo el mundo creerá que mataste a vuestra mujer.» A lo que el conquistador, enojadísimo, respondió: «Quien tal diga vaya para bellaco, porque no tengo que dar cuentas a nadie.»
    Estas palabras que dijo pensando que era menoscabar su prestigio dar oídos a una calumnia tan burda fue muy hábilmente manejada por sus enemigos cuando, siete años después, se le abrió proceso acusándole de asesinato, a instancias de don Juan Suárez y de doña María Marcayda, hermano y madre de la muerta, respectivamente.
    Los argumentos en defensa de Cortés que esgrime el historiador mexicano Fernández del Castillo son:
    1º Que la acusación tardó siete años en producirse.
    2º Que tuvo lugar en tiempos de la primera audiencia, empeñada, fuese como fuese, en acabar con el predominio de Hernán Cortés, y convencieron a la familia política de éste de las inmensas ventajas que obtendrían quedándose con la enorme fortuna de don Hernando.
    3º Que el primer arzobispo de México, el benemérito fray Juan de Zumárraga, escribió secretamente a Carlos V (carta que se conserva) denunciado las maniobras enconadas e inciviles que se estaban desarrollando injustísimamente en contra del creador de la Nueva España.
    4º En que uno de los testigos, probablemente pagado, llegó a decir que había visto el cadáver de doña Catalina con la cabeza envuelta en un maxtla. Esta palabra equivale a lo que los mayas llamaban un ex, es decir, los taparrabos que usaban los indios. Lo cual es inverosímil de toda inverosimilitud, porque, aun cuando don Hernando estuviese disgustado con ella, por decoro, por respeto a sí mismo, no hubiera hecho esto jamás.
    5º El biógrafo de fray Juan de Zumárraga, J.García Icazbalceta, escribió en su tiempo, y Fernández del Castillo reproduce hoy esta frase: «No se le puede dar mucha fe a un proceso formado por el encono, guiado por la mala fe y sostenido por el temor o por declaraciones interesadas de enemigos declarados o de ruines sobornados.» (A quienes hayan leído el capitulillo anterior les interesará saber que muchos de los que declararon en contra de Cortés eran pertenecientes al ejército de Pánfilo de Narváez, a quien don Hernando desbarató del modo tan espectacular y humillante como queda relatado.)
    6º Las dos hermanas de doña Catalina, doña Leonor y doña Francisca, murieron repentinamente igual que la presuntamente asesinada.
    7º Un cronista de la época llamado Suárez, escribió: «Fue maldad gravísima levantada por malos hombres, los cuales creo y tengo por muy cierto que lo han pagado o pagan en el otro mundo.» El gran acierto del historiador mexicano tantas veces citdo es haber demostrado que el tal Suárez era nada menos que el hijo de don Juan, y por lo tanto nieto de doña María Marcayda, abochornado por quienes habían inducido a su padre y abuela a levantar tales infundios contra Hernán Cortés.
    Nadie se extrañe, por tanto, que haya antecedido este brevísimo anecdotario con un prólogo titulado «Cortés y sus envidiosos». Sin que este vicio nacional sea nunca disculpable, sí es explicable en vida, puesto que aceptamos, aunque condenándola, la existencia de la envidia. Lo que no es lícito es el mantenimiento del olvido respecto a uno de los más grandes hombres que ha producido, no digo la historia de España, no digo la historia de México, no digo la historia de América, sino simplemente la Historia.

    Tomado de América y sus enigmas (y otras americanerías), de Torcuato Luca de Tena. Editorial Planeta 1992

  4. #164
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    CORTÉS Y SUS ENVIDIOSOS

    Para hablar de Hernán Cortés no pueden utilizarse los vocablos tímidos, equívocos, eufemísticos y patinadores. Se le puede ensalzar o denigrar, maldecir o aplaudir, pero en uno u otro caso, con palabras de gruesos quilates sin desdeñar la noble retórica, ni la necesaria exaltación. Porque decir de él que fue superior a Julio César y Alejandro seía minimizarle. La obra de Alejandro fue sólo de conquista, no de culturización, y cuando éste murió, nada quedó de lo hecho, salvo el recuerdo de la fascinante epopeya. En cuanto a César, sin desdeñar su grandeza, sus conquistas, comparadas a las del extremeño, aparte de estar a la puerta de casa son como de uno a ciento.

    Como soldado, como estratega, como diplomático y como escritor de sus propias hazañas, César es superado por Cortés. Y como culturizador, urbanista, estadista, agricultor, legislador, minero, creador de riqueza y aglutinador de razas y lenguas infinitas, la comparación se hace imposible. César usó sus ardides y artimañas en Roma, y sus conquistas entre sus vecinos, lusitanos, galaicos, galos y de la Britania meridional. Cortés, a miles de millas marítimas de su patria, en un ámbito desconocido, ante culturas incomprensibles, religiones que aún ponen espanto y costumbres fuera de toda órbita para el entendimiento de un hombre que nació en el Medioevo, estudió en Salamanca y murió en la Edad Moderna, de la que fue uno de los principales pilares de sustentación.

    Sólo en una cosa es Cortés inferior a César: en pertenecer a un pueblo al que no le gusta ensalzar, sino denigrar a sus mejores o, lo que es peor, dejarlos en el olvido: triste condición ésta que han heredado los pueblos con los que los españoles fundieron sus estirpes.

    Todo es en Cortés «superior» a los grandes entre los grandes de todos los tiempos. Y lo que es mayor en él --triste es decirlo-- es la diferencia que va entre la magnitud de su obra real y la persecución que sufrió en vida por parte de los mezquinos, los pequeñitos, sañudos, comparsas de la historia, que sólo han pasado a ella por la efímera gloria de haber pretendido hundir al más glorioso de sus compatriotas vivos.

    Y esto que va referido a los españoles de ayer es también aplicable a los mexicanos de hoy (con la sola excepción de los egregios); con lo que resulta que fue y es tanto más odiado por aquellos a quienes más favoreció. A los mexicanos les dio una patria. Lucas Alamán, José Vasconcelos Carlos Pereyra, Alfonso Reyes, Alfonso Junco, Francisco Fernández del Castillo, Octavio Paz, ilustres intelectuales mexicanos de ayer y hoy, le consideran el padre de la nacionalidad mexicana. Lo que había antes era multitud de razas, tribus, culturas, unas sojuzgadas por el imperio azteca y otras no; y lo que legó Cortés, tras la pacificación, fue una inmensa unidad geográfica veinte o treinta veces más extensa que el reino de Moctezuma incorporada a la cultura grecolatina, que imprimía libros, acuñaba moneda, gozaba de colegios y Universidad, poblada por una comunidad mestiza en que se fundió la sangre de colonizados y colonizadores y que pocos años más tarde extendería su autoridad desde lo que hoy es la frontera sur de Costa Rica a lo que hoy es la frontera norte de California en la raya de Canadá, y que adoraba a un Dios que se ofreció como víctima para la salvación de los hombres, en lugar de la multitud de deidades que se alimentaban con la sangre de las víctimas humanas que exigían en su holocausto. Cuando un político, durante la campaña electoral del año 1985, en que se conmemoraba el V Centenario del nacimiento de Cortés, dijo que el mayor crimen de éste había sido privar a todo un pueblo de su cultura ancestral y sus tradiciones, pensé para mis adentros que el México actual es nación libre y soberana para decidir su destino, y que el tal político bien pudo proponer en su campaña electoral renunciar al habla del castellano y declarar el náhuatl idioma oficial; abolir la escritura en caracteres latinos y volver a los jeroglíficos mayas (porque los aztecas carecían de escritura), proscribir el trigo, la vid, la rueda, la aleación de metales; y volver a la práctica de arrancar en vivo los corazones de sus compatriotas para ofrecérselos al Dios Huitzilopochtli, a cambio de una buena cosecha de maíz o una victoria electoral.

    Esto es lo que dio Cortés a México, país en el que se le odia, a pesar de haber creado, y de ser él mismo, no el primer azteca, pero sí el primer mexicano. Y este odio del mexicano actual fue compartido por los españoles de su tiempo, incapaces, ayer como hoy, de ver volar un nombre hacia la fama sin intentar abatirle como se abate en su vuelo a una perdiz o una becada.

    Tanto César como Alejandro extendieron sus conquistas en nombre propio; ellos eran los reyes o emperadores. Cortés --a pesar de ser su empresa radicalmente personal y debida a su solo genio-- lo hizo en nombre del rey de España, y jamás pasó por su cabeza alzarse contra su señor natural, cosa que muy bien podría haber hecho si casara con la única hija legítima y reconocida por Moctezuma, cuyo nombre indígena era Ichcaxochitl, que en lengua indígena significa «Capullo Blanco» y de la que tuvo una hija reconocida, que se llamó doña Leonor Cortés y Moctezuma, legitimando así su conquista como lo hizo el visigodo Ataúlfo, vencedor de Roma, al casarse con Gala Placidia, hija del emperador Teodosio I, quien, si bien se piensa, fue la primera reina de España. (Una breve disquisición: «Capullo Blanco», casada en segundas nupcias con el hidalgo español Juan Cano de Saavedra, tuvo larga descendencia española, entre los que figuran los duques de Abrantes y los condes de La Enjarada.)

    Las indignas auditorías de que fue víctima Cortés, por parte de la Administración española; los intolerables interrogatorios correspondientes al proceso que se le siguió por el supuesto asesinato de su primera esposa; el olvido en que se le tuvo en la guerra contra Orán, en la que estuvo presente --siendo como era el mayor estratega de su tiempo--, son muestras de la inquina que el español siempre ha tenido hacia los mejores. Por eso, frente a la enorme diversidad de aspectos que el tema «Cortés» podría sugerir --«La conquista de la Nueva España», «Cortés y los primeros misioneros franciscanos», «Las mujeres de Cortés», «Los bastardos de Cortés», «Cortés y la diplomacia», «Los lenguas de Cortés», «La descendencia española de Hernán Cortés» (entre quienes se cuenta quien esto firma), considero que no se puede eludir un tema como el que encabeza este comentario: «Cortés y sus envidiosos»-- que trataré desarrollar con más amplitud que aquí, páginas adelante.*

    Tres lacras inmundas hemos legado a las razas que comparten nuestra alcurnia. En el caso del héroe cuyo V Centenario natal celebramos hace una década, la ingratitud corresponde a los mexicanos de hoy, la envidia a los españoles de ayer y el olvido a unos y a otros. ¿Dónde hay en México, dónde en España --salvo en Medellín-- una estatua con su efigie, un monumento que perpetúe el nombre y las hazañas de este héroe singularísimo? Él legó a México un territorio más extenso que los Estados Unidos de hoy, del que más de la mitad se apropiaron, tras la independencia, los propios Estados Unidos. Y una patria. Y una religion. Y un idioma. Y la adscripción a una cultura superior. Los demás españoles, junto a muchas y grandes cosas, les legamos también la envidia, la ingratitud y el olvido.


    Tomado de América y sus enigmas (y otras americanerías), de Torcuato Luca de Tena. Editorial Planeta 1992

    (*Nota de Hyeronimus: se refiere a los artículos que figuran en los cuatro mensajes anteriores a éste.)
    Erasmus dio el Víctor.

  5. #165
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    Recuperan Plaza del Árbol de la Noche Triste | El Zocalo D.F


    21/02/2013






    El Jefe Delegacional, Víctor Hugo Romo Guerra y el Jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera inauguraron la Plaza Cívica “El árbol de la noche triste”, en la colonia Popotla, lo que forma parte de la política de recuperación de espacios para la comunidad que rige en el Gobierno del Distrito Federal.

    Para Romo Guerra también representa el cumplimiento de un compromiso que hizo con los habitantes, desde que era diputado.

    “Esta plaza es parte de ustedes, con ella iniciaremos el corredor turístico en Miguel Hidalgo, y pedimos al Jefe de Gobierno que esta Plaza Cívica y el Árbol de la noche Triste, se convierta en una parada más del TuriBus, que los turistas conozcan la historia que nace en este lugar”, dijo el Delegado.

    Desde hace tiempo, los vecinos pidieron al Jefe Delegacional, que rescatará del abandono y la inseguridad, la plaza en la cual se ubica el Árbol de la noche triste, sitio en el que Hernán Cortés lloró su derrota ante los mexicas en el año de 1520.

    Ante esto, el Jefe de Gobierno aseveró que “la recuperación y rehabilitación de espacios públicos son parte de las peticiones de los vecinos, ya que lo idea es que la gente pida.

    las iniciativas necesarias para que las autoridades cumplan de manera pronta, por lo que vamos por la recuperación de espacios públicos y hacer lugares seguros de convivencia”.

    Romo destacó que la recuperación de este sitio, se fundamenta en un acto de justicia histórica para los habitantes de Miguel Hidalgo, es una victoria debido a que el espacio público se rehabilitó y fue rescatado del abandono y la inseguridad.

    Esta obra se habilitó porque uno de los ejes rectores de la política delegacional es brindar a los ciudadanos espacios al aire libre, dignos y que se encuentren en óptimas condiciones, para reconstruir el tejido social.

    La rehabilitación de este espacio consistió en: la sustitución de la reja del Árbol de la noche triste, la reparación de las inmediaciones, que incluyó un proyecto de iluminación, el rescate del espejo de agua y la colocación de mobiliario urbano, para integrarlos a la plaza pública.

    Asimismo, el Jefe Delegacional informó que “los trabajos de recuperación tuvieron un costo de tres millones de pesos, iniciando el 31 de octubre y concluyeron en diciembre del 2012. Esta acción es para mejorar la calidad de vida de los vecinos, haciendo espacios visitables, seguros y de convivencia familia”.

  6. #166
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    Piden cambiar nombre a Plaza del Árbol de la Noche Triste

    El delegado Víctor Romo solicitará al INAH que se cambie el nombre a Plaza del Árbol de la Noche Victoriosa en honor a la victoria mexica contra los españoles




    Miguel Ángel Mancera Espinosa encabezó la presentación de la Plaza del Árbol de la Noche Triste



    21:28 20 de febrero 2013

    El delegado en Miguel Hidalgo, Víctor Romo, dijo que solicitará al INAH que se cambie el nombre de la Plaza del Árbol de la Noche Triste, por Plaza del Árbol de la Noche Victoriosa, en honor a la victoria mexica contra el Ejército español en 1520.

    Previo a la presentación de la recuperación de la Plaza del Árbol de la Noche Triste, en la colonia Popotla, está se retrasó por más de una hora debido a que vecinos de esta misma colonia llegaron para exigir se detengan las construcciones de condominios en varias calles de Popotla.

    Los colonos exigieron al delegado en Miguel Hidalgo, Víctor Romo, se les atienda pues desde noviembre de 2012 denunciaron que un grupo de personas que dicen ser funcionarios del Instituto de Vivienda del DF (INVI) "invadieron" el predio de Cerrada de Cañitas 10 presuntamente para construir departamentos.

    Los colonos hablaron con Víctor Romo, quién les ofreció atenderlos en las oficinas del Gobierno del DF al término del evento.

    Luego de más de una hora, comenzó la presentación del rescate de esta plaza y llegó el jefe de Gobierno capitalino, Miguel Ángel Mancera.

    El ahuehuete que esta en la plaza tiene más de 400 años en el lugar, y se cree que en él lloró Hernán Cortés tras una derrota del Ejército español a manos de los mexicas en 1520.

    "La obra costó cerca de tres millones y hoy es una plaza visitable luego de que era un espacio abandonado, donde ocurrían asaltos", dijo Víctor Romo.

    Solicitó al jefe de Gobierno que esta plaza sea un punto más del recorrido del Turibus.

    Además indicó que solicitará al INAH cambiar la nomenclatura para llamarla Plaza del Árbol de la Noche Victoriosa, en honor de la victoria mexica.

    Miguel Ángel Mancera, jefe de Gobierno del DF, respaldó la propuesta del jefe delegacional de Miguel Hidalgo, Víctor Hugo Romo, de cambiar el nombre de la Plaza Árbol de la Noche Triste por la Plaza Árbol de la Noche Victoriosa.

  7. #167
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    Bueno, por lo menos la plaza fue remodelada, en lo que respecta al cambio de nombre...


    sin comentarios

  8. #168
    Avatar de Hyeronimus
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    Pues ya que tienen tantas ganas de cambiar nombres, podían quitarle la sílaba tla a Popotla y dejarla en popó. Porque están cubriendo con basura su propia historia.

  9. #169
    Avatar de Michael
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    Lamentablemente el indigenismo ha afectado mucho a México. Creo yo a mi entender que en vez de perder el tiempo con basuras indigenistas deberían preocuparse por el bienestar de México. Los indígenas mexicanos lucharon con Cortés para ser libres de los aztecas. Cortes peleó esas batallas para llevar el evangelio y para liberar a los indígenas de la tiranía de otros pueblos indígenas. Fueron los indígenas los que se aliaron a Cortés para que los liberara.



    ¿Dónde pues queda esa maldad española?


    El indigenismo no tiene base ni fundamento. Pero para eso está este foro: para combatir la basura indigenista.
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

  10. #170
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    Cita Iniciado por Michael Ver mensaje
    Lamentablemente el indigenismo ha afectado mucho a México. Creo yo a mi entender que en vez de perder el tiempo con basuras indigenistas deberían preocuparse por el bienestar de México. Los indígenas mexicanos lucharon con Cortés para ser libres de los aztecas. Cortes peleó esas batallas para llevar el evangelio y para liberar a los indígenas de la tiranía de otros pueblos indígenas. Fueron los indígenas los que se aliaron a Cortés para que los liberara.



    ¿Dónde pues queda esa maldad española?


    El indigenismo no tiene base ni fundamento. Pero para eso está este foro: para combatir la basura indigenista.


    No nos olvidemos también de los indígenas que durante la guerra de independencia sirvieron al bando realista, uno de esos detallitos de los que no suele hablarse mucho por estos lares, para así justificar el mito del "pueblo conquistado".


    Saludos

  11. #171
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    Cita Iniciado por Mexispano Ver mensaje
    No nos olvidemos también de los indígenas que durante la guerra de independencia sirvieron al bando realista, uno de esos detallitos de los que no suele hablarse mucho por estos lares, para así justificar el mito del "pueblo conquistado".


    Saludos
    Y no sólo en México, sino por toda la América Hispana. Pero de eso no se habla porque les derrumbaría el mito.

  12. #172
    Avatar de Michael
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    Conviene mantener el mito ya que si se desmitifica la gente querrán volver a unirse con España y volverá a traer una unión hispánica mucho más fuerte.


    En Puerto Rico por ejemplo se sacaron todos nuestros libros pilares de historia y se substituyeron por otros escritos por historiadores americanos. La realidad era que había que sacar los primeros libros porque eran libros escritos cuando éramos una provincia española. De modo, que se hablaba desde una perspectiva positiva hacia España que era nuestro país.


    Había que fomentar la leyenda negra, el anti-españolismo, la maldad de España y por supuesto el mito de "la colonia más vieja del mundo". Los libros de Tapia, Acosta, Brau, etc. no iban por esa dirección y por consiguiente había que sacarlos del currículo.


    Amigo Mexispano:

    léete este hilo que colgué para que veas lo rico que era mexico en la época hispánica:

    http://hispanismo.org/hispanoamerica...siglo-xix.html

    ese artículo derrumba por completo el mito del México "pobre y sin oro" de la época española.
    Última edición por Michael; 06/06/2013 a las 18:13
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

  13. #173
    Avatar de Mexispano
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    Cita Iniciado por Michael Ver mensaje

    Amigo Mexispano:

    léete este hilo que colgué para que veas lo rico que era mexico en la época hispánica:

    http://hispanismo.org/hispanoamerica...siglo-xix.html

    ese artículo derrumba por completo el mito del México "pobre y sin oro" de la época española.


    Ya lo leí, es bastante interesante, con respecto a aquello a mi me hace mucha gracia escuchar a compatriotas mios que dicen cosas como:

    ¿Viste todo lo que perdió España en la guerra con Estados Unidos? Filipinas, Puerto Rico, etc.

    Si hubieramos sido parte de España en la guerra de 1846-1848 el territorio que se llevaron los gringos hubiera sido mayor.



    Algún fundamento tendrán para decir eso, supongo

  14. #174
    Avatar de Hyeronimus
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España


    Para celebrar la liberación de Tenochtitlan (Ciudad de Méjico) el 13 de Agosto por Cortés y sus aliados los indígenas del valle de Puebla-Tlaxcala, vemos el espíritu que les animaba

    Cuando se viaja por América, todavía hoy, y las gentes se asombran ante la fuerza y la grandeza de la naturaleza, se admira con más intensidad la obra de titanes que supusieron los descubrimientos, la conquista y la liberación de las Américas, obra que valora más cuando se miden las condiciones y medios con que se realizó.

    Y la pregunta que se puede hacer a continuación es ¿qué es lo que diferenciaba a estos héroes de otros hombres vulgares?:

    Y la respuesta es la Fe.

    En el aniversario de la liberación, 13 de agosto de 1521, de México-Tenochtitlan por Cortés le tomaremos como modelo y representante del espíritu y valores que informaban a estos conquistadores, del que disponemos de mucha información gracias a los cronistas y biógrafos: Bernal Díaz del Castillo, Francisco Cervantes de Salazar, Gomara, Herrera, Fernández de Oviedo, Navarrete, Madariaga...



    Sobre el libro de éste último sobre Cortés nos apoyaremos especialmente.

    Sus juicios son especialmente agudos y provienen de un pensador que por sus posiciones políticas no son "sospechosos".

    Como él indica, "Cortes, es uno de aquellos hidalgos de fortuna que se precipitaban en tumultuoso torrente hacia el continente desconocido con sus personas, sus bienes, su vida entera; del mismo linaje histórico que Ojeda y Nicuesa, Pedrarias y Balboa, Pizarro y Solís, u otros tantos conquistadores vigorosos centauros del Descubrimiento-Conquista que galopaban sobre el continente sin dejarse arredrar ni por la flecha indígena, ni por la naturaleza inhóspita y cruel, ni por sus propios rivales, hasta que el indígena, la naturaleza o el rival ponía trágico fin a su vida y aventura.

    Como ellos, Cortés se lanzaba al Nuevo Mundo movido por una ambición tácita y oculta que la mera existencia de lo ignoto provocaba en su alma, por la tensión entre la vitalidad virgen de su ser y el ámbito sin límites en qué aplicarla, tensión que actuaba en todos ellos, pues estaba en el aire, pero que sólo sentía cada cual según el metal de su ánimo.

    Estas tendencias naturales habían ido tomando forma histórica concreta durante los siete siglos de la Reconquista en que España había sido almáciga de guerreros.

    En aquellos siete siglos (que terminaron cuando Cortés tenía seis años de edad), la única profesión que un español viril creía digna era la lucha contra el infiel.

    De esta tradición surgen Cortés y todos los conquistadores.

    Fueron al Nuevo Mundo a «fazer nuevas moradas» y «a ganar el pan» con su lanza y espada, y tan lejos estaban de abrigar la menor duda sobre la ética de su profesión como el accionista de una empresa lo está hoy de abrigar dudas sobre la ética de sus dividendos o el obrero especializado sobre la de sus altos jornales.

    Era una forma de vida establecida y reconocida tácitamente, una ley no escrita que obligaba al hidalgo o caballero a ganarse la vida, hacerse la fortuna y fundar o mantener su linaje por medio de las armas.

    El trabajo no tenía nada de deshonroso en sí; al contrario, el buen artífice era objeto de universal estima, quizá mayor que en nuestra era mecanizada. Sólo era vergonzoso el trabajo para el caballero o hidalgo, porque implicaba falta de valor para ganarse la vida y la fortuna por medios más peligrosos.

    Por tanto, los conquistadores, vástagos de veinte generaciones de vencedores de moros, acudían al Nuevo Mundo imbuidos de la certeza absoluta de estar en su derecho y en su deber como hidalgos al ganar nuevas moradas y abundancia de pan luchando contra aquellos nuevos infieles en tierras ignotas.

    Pero además sentían igual derecho e igual deber no sólo como hidalgos sino como soldados de Cristo.

    Como Cortés solía repetir en cuanto a él concernía, «no tengo otro pensamiento que el de servir a Dios y al Rey».

    ¿Qué quería decir con servir a Dios? Hombre de su siglo, profundamente empapado en la fe, más todavía, de alma tejida con fibra de la misma fe, para Cortés no eran frase vana estas palabras.

    ¿Cómo podríamos nosotros, para quienes la fe es una lotería que se gana o se pierde según la suerte de cada alma, comprender aquella edad en que era la fe como el aire y la luz, una de las condiciones mismas de la existencia, el aliento con el que se hablaba, la claridad con que se veía?

    Cortés respiraba la fe de su tiempo. «Rezaba por las mañanas en unas Horas —dice Bernal Díaz— e oía misa con devoción.» Era una fe sencilla, fundada sobre la roca viva de la unidad y de la verdad. Verdadera porque una; una porque verdadera.

    Lutero había nacido ya, pero su voz no resonaba todavía —al menos en el Nuevo Mundo—. Todos los hombres, cualquiera que fuese su nación o su color, eran o cristianos o infieles o capaces de que la luz del Evangelio los iluminara e hiciera ingresar en el girón de la cristiandad.

    Servir a Dios quería decir una u otra de estas dos cosas tan sencillas: traer al rebaño de la Iglesia a los pueblos ignorantes todavía ajenos a la fe, o guerrear contra aquellos infieles que, por negarse a la conversión, se declaraban enemigos de Dios y de su Iglesia.

    Este era precisamente el plan de acción de Cortés en aquellas tierras desconocidas que le aguardaban a Occidente: si los «indios» se declaraban dispuestos a escuchar a su fraile, a dejarse bautizar y a aceptar la soberanía del Emperador de la cristiandad, paz; si se oponían, guerra.

    Este servicio de Dios era desde luego también servicio del Rey-Emperador. Al fin y al cabo ¿no era el Emperador ministro de Dios en la tierra?

    Este pensamiento era la base de toda la filosofía política, no sólo española sino europea, y es seguro que Cortés lo oiría definir y comentar más de una vez en las aulas salmantinas: había que obedecer al Rey no como Rey sino como ministro de Dios.

    Cortés serviría pues al Rey por el mero hecho de que conquistaría para la cristiandad el ánimo y la voluntad de un nuevo Imperio.


    Téngase en cuenta que, en aquellos tiempos, Estado y religión, civilización y fe, eran una misma cosa, de modo que el servicio de Dios y el del Rey eran uno y lo mismo en este otro sentido de que la conversión, a ojos de aquel siglo, no era tanto un acto religioso e individual como social y colectivo.


    Cujus rex eius religio era el principio de aquella edad no sólo entonces, cuando nadie soñaba todavía con la Reforma, sino aún más tarde cuando la Reforma vino a hacer de este principio, tan extraño para la actualidad, factor de tan grave importancia para la historia de la Cristiandad.


    Así se explica que Cortés se embarcase en su aventura con quinientos soldados y sólo un fraile y que tanto él como sus compañeros tuviesen una certeza tan absoluta de la santidad de su causa, pues, una vez establecido su poder sobre la tierra conquistada y «pacificado» el pueblo, la conversión era pan comido. No había en esta actitud ni sombra de tiranía espiritual:


    La conversión era pan comido puesto que la fe cristiana era la única verdad, y, por lo tanto, los indios, libertados de su paganismo por las armas españolas, no podrían dejar de ver con sus ojos ya libres la luz de aquella única verdad.


    No nos extrañe esta actitud: no sonriamos con sonrisa de superioridad, porque los hombres de nuestros días piensan y obran de idéntica manera con respecto a su religión, que llaman Democracia liberal.


    En ella creen con fe no menos ingenua, teniéndola por la felicidad evidente para todo hombre de buen sentido, y en esta fe cobran fuerzas para imponer el progreso y la libertad a todas aquellas sociedades que no comparten su religión cívica.


    Ha cambiado la letra pero la música es la misma. Pecaríamos de injustos al ver hipocresía en la actitud de Cortés. Hipócritas y egoístas los hay hoy y los había entonces, pero entonces como ahora, la mayoría de los hombres de acción no veía contradicción o falta de armonía alguna entre sus fines y sus métodos.


    Cortés era sin duda uno de estos conquistadores sinceros. Cuando hablaba de servir a Dios y al Rey decía lo que sentía, es decir, su fe como agente cristianizador y civilizador de almas paganas y de Estados bárbaros.


    A buen seguro que no era cosa fácil encarnar una religión tan absoluta en sus normas.
    El Capitán, como sus soldados, hallaría a veces la armadura de un soldado de Cristo bien rígida para los movimientos libres que pide la vida de los humildes humanos.


    En tales momentos, Cortés pecaba; a no ser que hallase en su conciencia una junta elástica entre el ideal absoluto del Evangelio y la práctica relativa de la realidad. Así le veremos aceptar mujeres indias, regalo frecuente de sus amigos indígenas, no sin bautizarlas primero.


    Pero en cuanto a la conquista en sí, Cortés se nos presenta como un conquistador persuadido de su derecho a dominar a aquellos infieles para hacerlos entrar en el jirón de la Iglesia, pero a la vez consciente de su deber de no recurrir nunca a las armas hasta haber agotado todos los medios pacíficos de hacerse con la voluntad de los indígenas.


    Esta actitud no era tan sólo mero deseo de economizar sus escasas tropas; era también consecuencia de su opinión teórica basada en su concepción religiosa, como lo prueba su práctica de hacer leer por el escribano público ofertas de paz tres veces repetidas antes de iniciar un ataque.


    Esta ceremonia, no era para él mero trámite de leguleyo..


    Ejemplos de su actuación, poniendo por encima los intereses espirituales sobre los materiales, aunque los primeros pusieran en peligro los segundos, los tenemos abundantemente.


    Como cuando los españoles asistiendo a un servicio religioso indígena, escuchando en silencio un sermón de un sacerdote indio, vestido con largas mantas de algodón y que llevaba el cabello, al modo ritual, sin lavar ni peinar desde que había sido ordenado, masa sólida cimentada con la sangre de sus víctimas humanas. Cortés, por media de Melchoi, el intérprete indio, explicó a los indígenas que «si habían de ser nuestros hermanos, que quitasen de aquella casa aquellos sus ídolos que eran muy malos y les hacían error, y que no eran dioses, sino cosas malas, y que les llevarían al infierno sus ánimas v se les dio a entender otras cosas santas y buenas y que pusiesen una imagen de Nuestra Señora que les dio y una cruz y que siempre serían ayudados y tendrían buenas sementeras y se salvarían sus ánimas».

    Los indios no se atrevían por miedo a sus dioses y desafiaron a los españoles a que se atreviesen ellos, con lo que pronto verían cómo los dioses les harían perderse en el mar. Cortés mandó entonces despedazar a los ídolos y echarlos a rodar gradas abajo; hizo limpiar y purificar el templo, lavar las espesas capas de sangre seca que cubrían los muros y blanquear todo y después hizo edificar un altar sobre el que puso la imagen de la Virgen adornada con ramos y flores: «Y todos los indios estaban mirando con atención».




    Esta escena parecerá sin duda de lo más anticientífico a muchos arqueólogos y no faltarán racionalistas escépticos que, blandiendo la Inquisición, declaren la religión de Cortés tan sangrienta como la de los indígenas y, por lo tanto, el cambio de ídolos sin significación alguna para la humanidad.

    Pero el observador sobriamente imparcial pensará de otro modo. No hay quien lea la página en la que Bernal Díaz refiere este episodio sin sentir la fragancia de la nueva fe y de la nueva leyenda que vienen a llenar el vacío creado por la destrucción de los sangrientos ídolos:

    La Virgen Madre y el Niño, símbolos de ternura y de debilidad, de promesa y de abnegación, en vez de los sangrientos y espantosos dioses.


    Al realizar este acto simbólico, Cortés obedecía sin duda al impulso de una fe ingenua y sencilla -único rasgo ingenuo y sencillo en aquel carácter tan redomado- pero también a un seguro instinto del valor de los actos y de los objetos concretos y tangibles en el gobierno de los pueblos.


    La destrucción de los ídolos iba a transfigurarse en una de las escenas legendarias de su vida en cuanto sus inauditas hazañas hiciesen de él una figura heroica cubierta de leyendas floridas; porque, en efecto, la leyenda es un acto cuya verdad vive en la esfera de los símbolos y Cortés iba a ejecutar más de una vez este acto tan simbólico y creador, único que podía elevar a los indígenas de Nueva España de sus sórdidos ritos caníbales al nivel elevado del ritual cristiano.


    Los indígenas estaban por lo visto más dispuestos de lo que hubiera podido creerse para aceptar el cambio, pues cuenta Bernal Díaz que, al volver la armada inesperadamente a causa de una avería en un navío, hallaron «la imagen de Nuestra Señora y la cruz muy limpio y puesto incienso». Y añade: «Dello nos alegramos».

    Cortés consideraba gracia de Dios las victorias que había conseguido y se preocupa en su correspondencia de los sacramentos. Leámoslo en Bernal Díaz,: «En las cuales cartas les hizo saber las grandes mercedes que Nuestro Señor Jesucristo nos había hecho en las victorias que hobimos en las batallas y reencuentros desque entramos en la provincia de Taxcala, donde agora han venido de paz, y que todos diesen gracias a Dios por ello, y que mirasen que siempre favoreciese a los pueblos totonaques nuestros amigos y que le enviase luego en posta dos botijas de vino que había dejado soterradas en cierta parte señalada de su aposento...»


    Caída sensible, se pensará, para un caudillo que así pasa de sus consejos de política en favor de los totonaques y su devoto agradecimiento al Señor a Quien atribuye su gloria y sus victorias, a pedir que le manden dos botijas de vino escondidas en su aposento de Veracruz.


    Pero, un momento. Sigamos leyendo: «... dos botijas de vino que había dejado soterradas en cierta parte señalada de su aposento y ansí mismo trujesen hostias de las que habíamos traído de la isla de Cuba porque las que trujimos de aquella entrada ya se habían acahado».


    Aquel vino no era pues para banquetes y no lo había ocultado a sus sedientas tropas para aplacar la sed del General; era para la misa y se había apartado para asegurar la continuidad del sacramento. «En aquellos días —añade Bernal Díaz — en nuestro real pusimos una Cruz muy suntuosa y alta y mandó Cortés a los indios de Çimpançingo y a los de las casas questaban juntos de nuestro real que lo encalasen y estuviese bien aderezado»


    Junto con la confianza en sus hombres, fe en la victoria sin la que la victoria es imposible, Cortés sentía la vocación de conquistar vastos territorios y pueblos para el Imperio cristiano cuyo soldado tenía conciencia de ser.

    Para él, la propagación de la fe y la de las banderas de España eran una misma cosa, y tan evidente que no admitía ni duda ni discusión.


    Así escribe al Emperador cómo, para animar a sus soldados, les hizo valer que estaban «en disposición de ganar para Vuestra Majestad los mayores reinos y señoríos que había en el mundo. Y que demás de facer lo que a cristianos éramos obligados, en puñar contra los enemigos de nuestra fe, y por ello en el otro mundo ganábamos la gloria, y en éste conseguíamos el mayor prez y honra que hasta nuestros tiempos ninguna generación ganó».


    Estas palabras de su pluma prueban hasta qué punto eran inseparables en su espíritu los motivos nacionales y los religiosos, lo que no ha de sorprendernos en un hombre de su tiempo, sea cual fuere su nacionalidad, y menos todavía en un español, acostumbrado por una guerra siete veces secular contra el moro invasor a ver en el extranjero al infiel y a identificar la fe con el patriotismo.

    Además, al arrostrar tan ingentes peligros, Cortés confiaba de pleno en la ayuda divina.


    El relato de Bernal Díaz es aquí inestimable, en contraste con el más corto y sobrio del propio Cortés; pues mientras el soldado, a pesar de su tendencia a sacar a luz a los de filas, se ve arrastrado por la belleza misma del valor sereno de su caudillo a ensalzar los méritos de Cortés, de cuya alma inconmovible hace irradiar ante nuestros ojos todo el ánimo que inunda a su ejército, Cortés se limita a apuntar al cielo como la fuente de la fuerza que él comunica a sus hombres en palabras cuya misma sencillez hacen llegar haste nosotros el aroma de su sinceridad: «Y que mirasen que teníamos a Dios de nuestra parte y que a El ninguna cosa es imposible, y que lo viese por las victorias que habíamos habido, donde tanta gente de los enemigos eran muertos y de los nuestros ningunos» .


    La constancia y la firmeza de esta seguridad en el apoyo de Dios, que Cortés sentía como una fuerza siempre viva en su alma, resaltan y se confirman en una escena que debemos a Andrés de Tapia.

    Había procurado Cortés hacerse con toda la información y con todos los consejos posibles por parte de los indígenas en quienes confiaba, y en particular de Teach, el cempoalés, «hombre cuerdo, e según él dicie, criado en las guerras entre ellos. Este indio dijo al marques: "Señor, no te fatigues en pensar pasar adelante de aquí, porque yo siendo mancebo fui a Mexico, y soy experimentado en las guerras, e conozco de vos y de vuestros compañeros que sois hombres e no dioses, e que habéis hambre y sed y os cansáis como hombres; e hágote saber que pasado desta provincia hay tanta gente que pelearán contigo cient mill hombres agora, y muertos o vencidos éstos vendrán luego otros tantos, e así podrán remudarse e morir por mucho tiempo de cient mill en cient mill hombres, e tú e los tuyos, ya que seáis invencibles, moriréis de cansados de pelear, porque como te he dicho, conozco que sois hombres, e yo no tango más que decir de que miréis en esto que he dicho, e si determináredes de morir, yo iré con vos." El marqués se lo agradeció e le dijo que con todo aquello quería pasar delante, porque sabie que Dios que hizo el cielo y la tierra les ayudarie, e que así él lo creyese».


    Estas eran las fuerzas que alimentaban su valor. No eran nuevas en él. Le habían impulsado desde el principio, iluminando sus ambiciones más densas con una luz y elevándolas con un espíritu sin los cuales no hubiera sido capaz de mantener su dominio sobre los soldados y capitanes que impacientes se agitaban en torno suyo como abejas y avispas; pero aunque le animaron desde el principio, no cabe duda de que fueron creciendo en poder e intensidad a medida que iba pasando de prueba a prueba, elevándose de victoria a victoria, entre peligros que hubieran quebrantado el coraje de un hombre sólo impulsado por una vitalidad animal.


    Cortés veía en su victorias la mano protectora del Señor cuyos intereses servía devotamente, por pecador que tuviera conciencia de ser.


    De modo que, sin darse cuenta aún de la índole primordial de su victoria, que los acontecimientos iban a revelarle, y así, demasiado realista para atribuirse todo el mérito del triunfo, le concede sólo ocho líneas de una larga carta al Emperador, explicando la victoria porque «quiso Nuestro Señor en tal manera ayudarnos».


    Cortés hizo repetidos esfuerzos para convertir a Moteczuma. No es posible que correspondiesen a lo arduo de la tarea. la distancia espiritual que los separaba era demasiado grande, aparte de que le faltaban los elementos mentales y lingüísticos necesarios para construir el puente sobre aquel abismo, acercándose al ser recóndito y remoto del Emperador azteca.


    Es significativo que, aunque Cortés en persona se daba cuenta de la vanidad de los ídolos mejicanos, sus soldados, sin exceptuar a Bernal Díaz, y no pocas de sus cronistas, entre ellos Torquemada, Cervantes de Salazar y Gómara, creían a pies juntillas en su existencia y en su poder para aconsejar directamente y «hablar» a Moteczuma y a sus sacerdotes, con no menos fe (quizá con más fe) que los mismos mejicanos.


    Así resulta que la religión, si no de Cortés, al menos de parte de los españoles que en su órbita giran, era tan capaz como la de Moteczuma y los suyos de absorber otros dioses, gracias a la virtud proteica del diablo.


    Para los cristianos sencillos de aquellos días, para todos los soldados y para gran número de los fralles, aun de los más cultos, era el diablo el que se hacía pasar por Vichilobos, Tetzcatlipoca y demás figuras monstruosas que adoraban los mejicanos; con lo cual aquellos «bultos» cesaban de ser meras figuras de piedra o de simientes amasadas con sangre, meros apoyos materiales de los ensueños vacuos de una estirpe atrasada, para transfigurarse en criaturas vivientes, dotadas de una voluntad y de un lenguaje propios —hecho que hacía de la conversión de los indígenas una especie de conquista espiritual, una cruzada de los soldados de Dios contra el espíritu del Malo.


    Puede compararse la actitud mental popular en estas materias con la del propío Cortés cotejando el relato de Cortés sobre su famosa destrucción de los dioses del Gran Teocalli con la página en que Andrés de Tapia refiere la misma escena.




    Significativa imágen, metáfora de la liberación de Méjico, la Catedral sustituyendo el Gran Teocalli, Templo Mayor azteca, lugar de asesinatos rituales
    Cortés escribe con su concisión usual y con su elegancia positiva y concreta. Al referirse a los dioses indígenas y al Dios universal de los cristianos, habla un lenguaje claro, inteligente, casi pudiera decirse que moderno y racionalista «los bultos y cuerpos de los ídolos en quien estas gentes creen -escribe al Emperador— son de muy mayores estaturas que el cuerpo de un gran hombre. Son hechos de masa de todas las semillas y legumbres que ellos comen, molidas y mezcladas unas con otras, y amásanlas con sangre de corazones de cuerpos humanos, los cuales abren por los pechos, vivos, y les sacan el corazón, y de aquella sangre que sale de él, amasan aquella harina, y así hacen tanta cantidad cuanta basta para facer aquellas estatuas grandes. E también, después de hechas, les ofrescía más corazones, que asimismo les sacrifican, y les untan las caras con la sangre. A cada cosa, tienen su ídolo dedicado, al uso de los gentiles que antiguamente honraban sus dioses, por manera que para pedir favor para la guerra tienen un ídolo, y para sus labranzas otro, y así para cada cosa de las que ellos quie ren o desean que se hagan bien, tienen sus ídolos a quien hon ran y sirven.»

    Estos fueron los ídolos, bien claro lo dice y bien claro lo ve, que creyó necesario derrocar: «los más principales de estos ídolos y en quien ellos más fe y creencia tenían, derroqué de sus sillas y los fice echar por las escaleras abajo, e fice limpiar aquellas capillas donde los tenían, porque todas estaban llenas de sangre que sacrifican, y puse en ellas imágenes de Nuestra Señora y de otros santos, que no poco el dicho Mutecçuma y los naturales sintieron; los cuales primero me dijeron que no lo hiciese porque si se sabía por las comunidades, se levantarían contra mí, porque tenían que aquellos ídolos les daban todos los bienes temporales y que, dejándoles maltratar, se enojarían y no les darían nada y les secarían los frutos de la tierra y moriría la. gente de hambre. Yo les hice entender con las lenguas cuan engañados estaban en tener su esperanza en aquellos ídolos que eran hechos por sus manos de cosas no limpias; e que habían de saber que había un solo Dios, universal Señor de todos, el cual había criado el cielo y la tierra y todas las cosas, y hizo a ellos y a nosotros, y que éste era sin principio, y inmortal, y que a El habían de adorar y creer y no a otra criatura ni cosa alguna».

    Lenguaje de hombre inteligente y claro, muy por encima no sólo del de sus soldados, que no habían pasado por Salamanca, sino también del de muchos frailes educados en la Universidad y que, en punto a erudición, sobrepasaban a Cortés.

    En estas palabras, Cortés mide la religión de los mejicanos como hombre del Siglo, y bien devoto creyente de los dogmas de la Iglesia entonces universal para todos los europeos.

    Pero, al lado de esta transparencia intelectual, vibraba en él otra calidad que no deja pasar tan fácilmente en sus cartas, fríamente objetiva, al Emperador; bajo su mente clara ardía un corazón religioso que explica su acción violenta contra los dioses indígenas, referida con tanta sencillez en su informe al Emperador.

    Este Cortés vibrante y trepidante es el que nos transmite Tapia en su relato, si bien algo desfigurado por la visión personal del narrador. Refiere Tapia cómo, cuando Cortés fue a visitar el teocalli, había en Méjico poca gente española por andar casi todos en busca de minerales por las provincias:

    «e andando por el patio me dijo a mí: "sobid a esa torre e mirad que hay en ella"; e yo sobí [...] e llegué a una manta de muchos dobleces de cáñamo, e por ella había mucho número de cascabeles e campanillas de metal; e quiriendo entrar, hicieron tan gran ruido que me creí que la casa se caía. El marqués subió como por pasatiempo, e ocho o diez españoles con él; e porque con la manta que estaba por antepuerta, la casa estaba escura, con los espadas cuitamos de la manta; e quedó claro. Todas las paredes de la casa por de dentro eran hechas de imaginería de piedra [...] eran de ídolos, e en las bocas déstos e por el cuerpo a partes tenían mucha sangre de gordor de dos e tres dedos; e descubrió los ídolos de pedrería e miró por allí lo que se pudo ver, e sospiró, habiéndose puesto algo triste, e diJo, que todos los oímos: "¡Oh Dios! ¿Por qué consientes que tan grandemente el diablo sea honrado en esta tierra?" E: "Ha, Señor, por bien que en ella te sirvamos".»

    Tal fue sin duda el estado de ánimo en que se puso Cortés, mas no su lenguaje, que ya conocemos directamente por sus cartas al Emperador. El soldado cronista empaña con sus propias supersticiones el cristal claro en que Cortés reflejaba la realidad. Al ruido de los cascabeles habían acudido sacerdotes y otros circunstantes.

    Cortés mandó llamar a los intérpretes y les dijo: «Dios que hizo el cielo y la tierra os hizo a vosotros y a nosotros e a todos, e cría lo con qué nos mantenemos, e si fuéremos buenos nos llevará al cielo, e si no, iremos al infierno, como más largamente os diré cuando más nos entendamos; e yo quiero que aquí donde tenéis estos ídolos esté la imagen de Dios y de Su Madre bendita, e traed agua para lavar estas paredes, e quitaremos de aquí todo esto.»

    Aquí ya refleja Tapia con alguna mayor fidelidad el estilo de su jefe, y sigue diciendo: «Ellos se reían, como que no fuera posible hacerse, e dijeron: "No solamente esta ciudad, pero toda la tierra junta tienen a éstos por sus dioses, y aquí está esto por Uchilobos, cuyos somos; e toda la gente no tiene en nada a sus padres e madres e hijos, en comparación déste, e determinarán de morir ; e cata que de verte subir aquí se han puesto todos en armas y quieren morir por sus dioses." El marqués dijo a un español que fuese a que tuviesen gran recaudo en la persona de Motecçuma, e envió a que viniesen treinta o cuarenta hombres allí con él, e respondió a aquellos sacerdotes: "Mucho me holgaré yo de pelear por mi Dios contra vuestros dioses, que son nonada"; y antes de que los españoles por quien habia enviado viniesen, enojóse de palabras que oía, e tomó con una barra de hierro que estaba allí, e comenzó a dar en los ídolos de pedrería; e yo prometo mi fe de gentilhombre, e juro por Dios que es verdad que me parece agora que el marqués saltaba sobrenatural, e se abalanzaba tomando la barra por en media a dar en lo más alto de los ojos del ídolo, e así le quitó las máscaras de oro con la barra, diciendo: "A algo nos hemos de poner por Dios"».

    Este admirable relato confirma en un todo el carácter de Cortés analizado en nuestras páginas.

    En aquel momento era el dueño de hecho y sin disputa de un imperio que había conquistado por una obra maestro de previsión, cautela, sagacidad, paciencia y astucia.


    Y una mañana, «por pasatiempo», va de visitar al Gran Teocalli, ve los ídolos y las trazas repuguantes del cruel culto y sacrificio; se entristece, interroga a Dios, ofrece servirle para libertar aquella tierra y gente de tales abominaciones; predica a los sacerdotes como puede; oye su resolución de morir por sus dioses y cauto como Capitán, adopta rápidamente ciertas precauciones tácticas, pero ¿cambia su estrategia?

    ¿Da ni un segundo de atención a la idea de que en un instante puede destruir el éxito espléndido de todo un invierno de trabajos, de bravura y de inteligente perseverancia? ¿Recuerda que tiene cantidades ingentes de oro en sus arcas? ¿Piensa en su potencia, ya seguramente establecida?

    Ni un segundo. Echa mano de una barra de hierro y, sin esperar siquiera a que hayan llegado los treinta o cuarenta españoles que ha mandado llamar, se abalanza sobre los ídolos y los destroza, dándoles primero en lo alto de los ojos en presencia de los sacerdotes espantados.


    Tapia, y sin duda también sus compañeros presentes, le vieron entonces «saltar sobrenatural», elevarse en el espacio tan alto como los ídolos gigantescos que iba a desafiar y a destruir.

    Era en efecto sobrenatural y se elevaba más alto que sí mismo. «Considerando que Dios está sobre natura» —había escrito poco antes al Emperador—.


    Así ahora alzado hacia Dios por su fe, se elevaba sobrenatural. La marcha que había comenzado unas semanas antes en las marismas de Veracruz, hacia lo alto, elevándose paso a paso, lucha a lucha, victoria a victoria, por los escalones gigantescos de la cordillera haste la altiplanicie de la capital misteriosa y recóndita, tenía que terminar en la más alto de las ascensiones haste aquella cúspide del Teocalli más empinado donde Cortés dio un golpe de barra histórico entre los ojos del feroz Uitehilipochtli.

    Aquél fue el momento culminante de la conquista, la hora en que el anhelo del hombre por alcanzar lo más alto triunfa sobre su querencia a contentarse con disfrutar de lo ya conseguido; la hora en que la ambición y el esfuerzo vencen al éxito, en que la fe vence a la razón.

    Si Cortes hubiera sido un hombre menos razonable, aquel acto hubiera podido descontarse como una temeridad por bajo de las normas que todo hombre debe alcanzar para que se le considere como en plena madurez; pero Cortés encarnaba la razón y la cautela.

    Su acto no puede pues interpretarse como caída por bajo de la razón, sino al contrario, como subida por encima de la razón. Por eso ha entrado de lleno en la leyenda, como todos los actos en que el hombre se eleva por encima de los hombres."

    Estos son los espíritus que conformaban los hombres notables de la España del Siglo de Oro. ¿Volverán sus inquietudes a llenar nuestros anhelos.

    Anotaciones de Pensamiento y Critica

  15. #175
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    fue una guerra de indios contra indios sólo liderada por Hernán Cortés En realidad Hernan Cortés lideró una revuelta indígena contra los aztecas


    El director cinematográfico Nicolás Echevarría explica en entrevista cómo se hizo la serie de cuatro capítulos La Conquista, que será trasmitida en televisión a partir del viernes 9 de septiembre. Producida por Clío, integra a un grupo sólido de historiadores, mediante entrevistas, con guión del escritor Christopher Domínguez. Echevarría defiende la tesis del proyecto como desmitificador. Según el guión, el suceso, similar en importancia al nacimiento de Jesús, fue una guerra de indios contra indios sólo liderada por Hernán Cortés.
    MÉXICO, D.F. (Proceso).- La serie de televisión La Conquista, dirigida por el cineasta Nicolás Echeverría, presenta a un Hernán Cortés no como conquistador de México, sino como el líder de una rebelión indígena “en contra del cruel imperio azteca”, y además subraya que al final “defendió a los indígenas” y por ello murió en la miseria.

    En realidad Hernan Cortés lideró una revuelta indígena contra los aztecas | Tradición Digital

  16. #176
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    La que se nos viene




    Un guión de Dalton Trumbo

    Spielberg llevará al cine la historia de Moctezuma y Hernán Cortés con Javier Bardem



    Foto: EUROPA PRESS



    MADRID, 7 Ene. (EUROPA PRESS) -

    Steven Spielberg podría tener un nuevo proyecto entre manos. Se trata una cinta que llevará a la gran pantalla la historia del enfrentamiento entre el emperador azteca Moctezuma y Hernán Cortés, el hombre que dirigió la colonización de las tierras americanas por parte de los españoles a principios del siglo XVI.

    Según informa Deadline, el actor elegido para encarnar al conquistador español sería Javier Bardem, que trabajaría así por primera vez a las órdenes de Steven Spielberg, con quien estuvo a punto de rodar Minority Report.

    El proyecto, titulado originalmente 'Moctezuma' está basado en un guión escrito hace ya casi medio siglo por el fallecido Dalton Trumbo, uno de los guionistas históricos de Hollywood que sufrió en sus propias carnes La caza de Brujas de McCarthy -llegó a pasar casi un año en prisión- y cuya vida será llevada a la gran pantalla en un proyecto que podría ser protagonizado por Bryan Cranston.

    Trumbo escribió el libreto pensando en Kirk Douglas, con el que ya había trabajado en 'Espartaco' o 'Los valientes andan solos', como protagonista. Ahora el guión será actualizado por Steve Zaillian, que ya ha colaborado con Spielberg en La lista de Schindler. Ambos, director y guionista, también asumirán labores de producción en este proyecto que podría ser renombrado como 'Cortés'.

    Veremos sí este es al fin el nuevo proyecto de Steve Spielberg, que tras Lincoln ha tomado y abandonado ya varias producciones. Entre ellas el filme de ciencia ficción Robopocalypse o American Sniper, la historia del francotirador más letal del ejercito de Estados Unidos por la que ya se ha interesado Clint Eastwood.



    Fuente:

    Spielberg llevará al cine la historia de Moctezuma y Hernán Cortés con Javier Bardem




  17. #177
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    Cita Iniciado por Mexispano Ver mensaje
    La que se nos viene




    Un guión de Dalton Trumbo

    Spielberg llevará al cine la historia de Moctezuma y Hernán Cortés con Javier Bardem


    Realmente creo que va desvirtuar la historia mas que ayudar esos gringos quieren venir a contarnos nuestra historia, No es posible
    como la pelicula de apolipto, nada más llena de mentiras, sacrificios humanos, y demás tonterias, Las sociedades antiguas de México estaban lejos de ser monstruos come niños hambrientos de sangre.

  18. #178
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    Nada, por muchas pruebas que se aporten, algunos son como el arzobispo de Sevilla, que no se enteran de las cosas:




    Pues nada, si tan buenos eran apostata, hazte pagano y adora a Huitzilopotchtli (uf, qué trabalenguas, no sé si lo habré dicho bien).
    Erasmus dio el Víctor.

  19. #179
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    Cita Iniciado por Hyeronimus Ver mensaje
    Nada, por muchas pruebas que se aporten, algunos son como el arzobispo de Sevilla, que no se enteran de las cosas
    Como dijo Martín Fierro "al que nace barrigón, es al ñudo que lo fajen".



    Imperium Hispaniae

    "En el imperio se ofrece y se comparte cultura, conocimiento y espiritualidad. En el imperialismo solo sometimiento y dominio económico-militar. Defendemos el IMPERIO, nos alejamos de todos los IMPERIALISMOS."







  20. #180
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

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    viernes, 31 de enero de 2014

    HERNÁN CORTÉS. Disertaciones de José Vasconcelos (video)




    "Usé la vaga palabra Espíritu que en el lema (de la UNAM) significa la presencia de Dios, cuyo nombre nos prohíbe mencionar, dentro del mundo oficial, la Reforma protestante que todavía no ha sido posible desenraizar de las Constituciones del 57 y del 17. Yo sé que no hay otro espíritu válido que el Espíritu Santo"
    . D
    iscurso, en 1953, denominado “Los motivos del escudo”.


    La Filmoteca de la UNAM y TV UNAM rescataron y actualizaron unos cuantos capítulos de la serie "Charlas mexicanas con José Vasconcelos", producida en la década de los años 50. Se trataba de mesas redondas conducidas por el Maestro Vasconcelos en las que con toda libertad de expresión se externaban las diferentes y encontradas opiniones de diversos temas por reconocidos intelectuales mexicanos. Cabe considerar que entonces no existía aun el videotape, por lo mismo estos programas no fueron conservados por la televisora. Los pocos que la UNAM pudo rescatar fueron filmados con proyector de cine directamente de la pantalla televisiva. A continuación presentamos el que trató de la figura de don Hernán Cortés.

    Como a la fecha a muchos mexicanos les ha sido enseñada la Historia desde un punto de vista partidario y no objetivamente desde la óptica de su tiempo, desconociendo que somos el producto de la fusión de dos razas, al grado que se dice que "fuimos conquistados" como si la población de México fuera hoy predominantemente mexica (ignorando que, entonces, las demás tribus -que no tenían un concepto de nación- eran enemigas de ellos y muchas se aliaron con el mismo Cortés para liberarse de su yugo), aclaramos que este post no tiene por objetivo generar polémica sobre su figura ni analizar sus aciertos y errores, sino presentar un programa verdaderamente histórico y desconocido actualmente por la mayoría de mexicanos, en el que Vasconcelos figuraba como moderador de la serie. En otros posts ya hemos tratado el tema de la Conquista.

    Este programa viene a mostrar cómo era la televisión mexicana en sus inicios y nos permite conocer -en vivo- la figura de un personaje de la talla de don José Vasconcelos. En esa ocasión estuvieron como invitados antagonistas el doctor don Jorge Carrión, intelectual antihispanista de ideología izquierdista-liberal, militante del marxista Partido Popular y don Alfonso Junco (haz click AQUÍ para leer varios escritos suyos), reconocido escritor, historiador y poeta de criterio católico.

    Estamos seguros que nuestros lectores sabrán apreciar la importancia documental de este programa rescatado por la Universidad Nacional Autónoma de México.



    Parte 1





    Parte 2












    Fuente:

    Catolicidad: HERNÁN CORTÉS. Disertaciones de José Vasconcelos (video)


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  1. 23/12/2010, 17:50
  2. 24/11/2010, 23:01
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