LA CLAQUE DE LA REVOLUCIÓN LEGULEYA DE 1810-1812 EN CÁDIZ
El Tío Paquete, Goya
Este artículo va dedicado, en su cumpleaños, al amigo Valmadian.
LA AGITACIÓN EN LAS CORTES DE CÁDIZ
En cuanto al desarrollo de las sesiones de las Cortes de Cádiz es muy oportuno hacernos una idea del ambiente en que tuvieron lugar las sesiones de las Cortes.
A poco que escarbemos nos encontraremos, a tenor de los documentos que nos han llegado, con un ambiente que dista mucho de la ejemplaridad cívica -idílica ficción liberal- que pretenden hacernos creer sus acérrimos y demócratas defensores. Han podido elevar a mito fundador de la España moderna esas Cortes que se realizaron de 1810 a 1812, pero lo han hecho silenciando la verdad histórica, manipulando la Historia de España. Y, en la medida de nuestras cortas posibilidades, nosotros pretendemos ofrecer elementos históricos, literarios, anecdóticos para que el lector pueda hacerse una idea más ajustada de lo que fue aquello, para que no sea víctima de tanta manipulación institucional.
Las Cortes de Cádiz se produjeron en un ambiente que de por sí era anómalo. La ciudad de Cádiz estaba, no lo olvidemos, sitiada por el ejército napoleónico, sufriendo bombardeos indecibles y escribiendo, en lo concerniente a su resistencia, una gloriosa página de heroísmo español. Aquel pueblo gaditano se portó frente al enemigo napoleónico con coraje patriota. Pero, mientras los heroicos vecinos de Cádiz (y los que se habían refugiado) combatían con valentía al invasor, los liberales estaban más ocupados en realizar su obra revolucionaria.
Los miembros de las Cortes -laicos y clérigos- discutían sobre asuntos muy delicados, disputaban sobre cuestiones que levantaban acaloradas trifulcas y, en el interior de la sede parlamentaria, se vivían enconamientos entre dos formas irreconciliables de entender a España: pues una forma de entenderla era España y la otra era la Anti-España.
Como suele ocurrir en estos casos, los revolucionarios llevaban la iniciativa. Eran ellos los que planteaban reformas que atentaban contra el orden tradicional y, como no podía ser de otra forma, a la minoría tradicional no le quedaba más alternativa que "reaccionar", enfrentarse a tales medidas subversivas que pretendían aniquilar el orden constituido, oponerse ni siquiera testimonialmente ante tal "revolución leguleya". Esta minoría tradicional (compuesta por laicos y clérigos, pero liderada por el clero más íntegro) sería motejada de "servil". No iban a permanecer impasibles ante las propuestas transgresoras que formulaban los "liberales" y tuvieron el arrojo de alzar su voz, incluso en una circunstancia desfavorable para hacer valer su parecer. (Aprovechamos para hacer notar, a modo de digresión, que uno de los puntos fuertes de la Revolución ha sido casi siempre el lenguaje: los términos aceptados por la historiografía liberal -que hoy se repiten- son palabras acuñadas con el propósito de devaluar peyorativamente a sus contrarios: apodados "serviles", "rancios", "reaccionarios", mientras que palabras tan equívocas como "liberal" se las aplican a sí mismos en una desvergonzada demostración de insolente prepotencia y narcisismo).
La audacia temeraria de la Revolución no se detuvo a la hora de convocar fraudulentamente unas Cortes, atribuyéndose la representación de una nación que estaba defendiéndose contra Napoleón y que, en la realidad, no estaba equitativamente representada en Cádiz. La audacia de los revolucionarios fue mucho más allá, pues -incluso teniendo de su parte tantos factores- quisieron asegurarse su triunfo y para ello orquestaron -dentro de Cádiz y en el seno de las mismas Cortes- la agitación y la propaganda. Agitación y propaganda sin las cuales los demagogos nunca han podido asaltar ningún poder político.
Para la propaganda de sus ideas consiguieron imprimir una serie de periódicos, más o menos radicales (algunos de franca tendencia jacobina), que serían sus órganos de propaganda y a los que alguien en Cádiz se opuso llamándolos -con gran acierto- "La diarrea de las imprentas". Este ímprobo esfuerzo publicístico hay que considerarlo en su contexto y, teniendo en cuenta los severos aprietos económicos en que se encontraba una ciudad sitiada, preguntarse: ¿quién pudo sufragar tal inversión económica para pagar a los "periodistas" y el trabajo de las imprentas? La prolífica prensa revolucionaria suscitada en Cádiz durante aquellos años del proceso "constituyente", merecería un capítulo aparte (un análisis detenido), pero hoy queremos presentar un episodio de lo que fue la agitación popular en las Cortes de Cádiz.
LA "CLAQUE" Y EL COJO
Las sesiones de las Cortes de Cádiz no cumplieron los requisitos de serenidad, respeto y entera libertad que habría de suponer en un marco ideal de "diálogo" (palabra ésta tan cara a los demagogos actuales). Las Cortes transcurrieron, por lo contrario, bajo el signo de la presión y la amenaza del "argumento ad baculum": o sea, que los liberales escenificaron un parlamento, pero disponiendo de una "mano de obra" a su sueldo, que ellos controlaban y con la que intimidaban sus adversarios: cuadrillas formada por ociosos y desvergonzados. Y, lo que es un indicador: aunque estaban favorablemente posicionados en las Cortes, no quisieron prescindir de este elemento extraño al mismo órgano ingeniado por ellos; por lo que se sirvieron de estas "fuerzas auxiliares", reclutadas entre el lumpen, para abrumar a sus adversarios en la tribuna parlamentaria. En ello se ve que los liberales quisieron asegurarse del éxito de sus propuestas, por las buenas o por las malas. Con ese populacho quisieron amedrentar a sus oponentes reaccionarios, mediante el follón, la amenaza verbal y el riesgo de linchamiento.
Es lo que se llamará "la claque". Este vocablo es un galicismo que nuestro diccionario de la RAE define así: "Grupo de personas que aplauden, defienden o alaban las acciones de otra buscando algún provecho." Muchas sesiones de las Cortes estaban abiertas al público, que ocupaba las tribunas reservadas para los espectadores. Pero el público que acaparó estas tribunas fue precisamente la "claque", chocarrera, lenguaraz, agresiva y peligrosa.
Como es normal, no se ha insistido sobre este vergonzoso punto de las Cortes de Cádiz, al revés: se ha silenciado. Pero la tremenda fuerza ejercida por la "claque" a sueldo de los liberales no puede ser cuestionada por nadie que disponga de una básica información histórica sobre este episodio de la Historia de España.
Alguien como Benito Pérez Galdós -nada sospechoso de absolutista- alude a las interrupciones groseras y amenazantes que protagonizaba la "claque" plebeya, los mercenarios del partido liberal. Cuando era el turno de palabra de algún diputado del partido "reaccionario" la chusma estallaba en cencerrada feroz y atronadora. Pérez Galdós se refiere, con estas palabras, a las olas de animadversión que despertaba un tal Teneyro, huelga decir que del partido reaccionario:
"Repetir el sinnúmero de dichos, agudezas y apodos que salieron como avalancha de la tribuna pública, fuera imposible. Jamás actor aborrecido o antipático recibió tan atroz silba en corrales de Madrid. Lo extraño es que siempre pasaba lo mismo. Ya se sabía: hablar Teneyro y alborotarse el pueblo soberano, eran una misma cosa."
(Benito Pérez Galdós, Episodios Nacionales, "Cádiz", XIX.)
Pero si el pasaje citado ofrece dudas, dado que es fragmento de una novela (con lo que de ficción puede tener una novela), ofreceremos un testimonio más convincente, presentando lo que escribió alguien que no puede ser considerado, bajo ningún concepto, un contra-revolucionario, tampoco un novelista. Nos referimos a Karl Marx. Cuando Karl Marx colabora para el NEW YORK DAILY TRIBUNE (julio 1854-junio 1857), escribiendo una serie de artículos sobre la revolución en España para lectores norteamericanos, dice algo que nos confirma que en Europa era un clamor los recursos intimidatorios que habían aplicado los liberales españoles en Cádiz.
"Finalmente, la circunstancia de que las Cortes se reunieran en Cádiz ejerció una influencia decisiva, ya que esta ciudad era conocida entonces como la más radical del reino y parecía más americana que española. Sus habitantes llenaban las galerías de la sala de sesiones y, mediante la intimidación y presiones desde el exterior, dominaban a los reaccionarios cuando la oposición de éstos se tornaba demasiado enojosa".
(Karl Marx, "La España revolucionaria".)
Karl Marx no cuenta con un dato. Y es que en Cádiz, durante esos años, no sólo había gaditanos. Había una muchedumbre de españoles y americanos que se habían refugiado en Cádiz y que participaron, como los primeros, en esas pandillas de gamberros alborotadores que formaban las "claques". Uno de los grandes errores es haber identificado al noble pueblo de Cádiz con estos extremistas mercenarios y malhechores. Y a continuación vamos a ver que, lejos de ser gaditanos, muchos de los más señalados gamberros eran forasteros en Cádiz.
Ha quedado constancia del juego sucio de los liberales en las Cortes de Cádiz.
EL COJO DE MÁLAGA, BUEN AMIGO DE LOS INGLESES
Uno de los personajes que más fama adquirirá, como cabecilla de la claque liberal, será "El Cojo de Málaga". El apodo de "El Cojo de Málaga" corresponde a la oscura persona de Pablo López.
Allá por 1808, cuando estalla la Guerra de la Independencia, Pablo López era sastre en Coín. Aunque estaba tullido, como indica el mote por el que se le conocía, se ofrecerá voluntariamente, suponemos que con celo patriótico, a colaborar con la Junta de Sevilla, proponiéndole a ésta la confección gratuita de uniformes para la tropa española, algo que, sin duda, es de lo poco que le honra en su biografía.
Pablo López no era un pobre sastre, pues en Málaga era "alcalde del gremio de sastres" en 1808; podemos afirmar que, por lo tanto, en el aspecto social podría figurar como un miembro de la pequeña burguesía. Eso explicaría que ponga a disposición de los patriotas la producción de ropa para el ejército y, al no poder servir con las armas debido a su minusvalía, consta que el Cojo de Málaga realizó todo lo que en su mano estuvo para alistar a muchos, incluso a sus expensas (de no haber tenido recursos económicos no podría haber hecho estos servicios).
En Málaga se le pusieron las cosas feas y parece ser que se vio obligado a fugarse de Málaga, huyendo de los franceses. Es escapando de la persecución -según cuenta él- como llega a Cádiz. En Cádiz estará hasta junio de 1811 en que, sin que aclare las razones, se marcha a Gibraltar.
La mayor parte de los alborotos producidos durante la estancia de las Cortes en la Isla de León se le imputan al Cojo de Málaga, cabecilla que logró tener a sus órdenes a una cuadrilla de vocingleros y perdonavidas, pagados por el Cojo de Málaga, pero con el dinero que "otros" (no se sabe quiénes; pero puede deducirse) le daban al Cojo para que costeara a los de su claque. Estos servicios consistían, ya lo sabemos, en alterar el orden de las sesiones cuando estaban ejerciendo el turno de palabra los diputados desafectos a la revolución, o sea: los "reaccionarios". Cuando el Cojo se va a Gibraltar, en junio de 1811, los alborotos continuaron produciéndose en Cádiz -aunque no puedan achacárseles a él directamente, por estar ausente. Y, en ausencia del Cojo, hubo alborotos tan considerables que incluso corrió peligro la integridad física de algún diputado reaccionario: diputado reaccionario al que la turba aguardó a las puertas de la sede de las Cortes, en cierta ocasión, para lincharlo a su salida y que salvó la vida gracias a la intervención de la fuerza de orden público.
Una vez que Fernando VII retornó al Trono, restablecido como Rey absoluto, el Cojo de Málaga fue objeto de investigación. Por esa razón, para autodefenderse, escribió un folleto en que cuenta lo que le conviene y trata de desentenderse de las acusaciones que pesaban sobre él. Sin embargo, se había señalado de tal manera en Cádiz, como factótum de la agitación, que de poco le valió aquel folleto apologético. Este texto se titula "Manifiesto de la conducta y servicios hechos a la Patria en el tiempo de nuestra gloriosa revolución, por Pablo López, conocido como el Cojo malagueño", Imprenta de la Viuda de Vallín, 1814.
A la postre, el sastre agitador fue procesado y el tribunal lo halló culpable, condenándolo a diez años de presidio. Fernando VII no se conformó con esa sentencia tan clemente y, rectificando a los jueces, condenó a muerte al Cojo de Málaga.
Sin embargo, el Cojo de Málaga salvaría el pellejo en el último momento. Cuando lo llevaban al patíbulo llegó el indulto que le salvó la vida. El indulto que lo salvó lo había arrancado de manos de Fernando VII el mismísimo encargado de Negocios de Inglaterra en Madrid.
Las relaciones del Cojo de Málaga con los ingleses podrían remontarse a su pacífica vida en Málaga, antes de la invasión napoleónica: está documentada la importante colonia inglesa asentada en Málaga desde el siglo XVIII. Pero que los conociera antes o después de la guerra de la independencia es poco significativo. Lo importante es que notemos el interés que por él se tomó un personaje de tanto postín como era el "encargado de Negocios de Inglaterra en Madrid".
A los ingenuos esto puede parecerles la providencial intromisión de un diplomático inglés para salvar la vida de un pobrecito español (por si fuese poco, un pobre lisiado) y el incauto podrá pensar que fue una muestra de la filantropía de aquel espléndido señor inglés. Que una personalidad extranjera se interesara por la suerte de un "pobre diablo" no puede interpretarse sin recordar que, conociera o no a los ingleses en su Málaga de origen, el beneficiado de este indulto -el Cojo de Málaga- se había ido a Gibraltar en 1811, después de poner en marcha la maquinaria de agitación en Cádiz. Hacemos mal si pensamos que el Cojo de Cádiz no era nada más que un pobre diablo. Por un pobre diablo no hubiera interferido un diplomático inglés. Muchos pobres diablos fueron agarrotados por Fernando VII y éste sería el primero que salva un diplomático británico.
Con un margen muy pequeño de error podríamos aventurar que el Cojo de Málaga había sido captado para servir a los propósitos de desestabilización política de la Península, al servicio de Inglaterra. Y seguro que el Cojo de Málaga lo haría sin ser consciente de ello y pensando que hacía un enorme servicio a su Patria, como tantos y tantos liberales.
El Cojo de Málaga cojeaba a la inglesa.
CONCLUSIÓN:
Lejos de producirse en un ambiente distentido, las sesiones de las Cortes de Cádiz no fueron, en modo alguno, un modelo de sereno debate en libertad. El proyecto revolucionario se realizó sirviéndose de todos los medios y, sobre todo, de los más censurables como son: la presión, la calumnia, la intimidación, la amenaza y, en definitiva, la imposición.
Todo lo que este año del bicentenario se cuente sobre el talante democrático de los liberales de Cádiz es una burda burla a la realidad histórica.
Aquella mojiganga constitucionalista no fue, ni mucho menos, algo que brotara de las entrañas del auténtico pueblo español. No: aquella Constitución de 1812 fue el parto de los montes de una minoría extranjerizante y traidora, un hatajo de burgueses que ambicionaban el poder y que, para lograr sus fines, no tuvieron ni un atisbo de escrúpulo a la hora de poner en funcionamiento los mecanismos más viles de la propaganda y la agitación. El terrorismo dosificado para acallar a sus contrarios fue aplicado con maestría. Y con estas malas artes terminaron por imponerse a la mayoría del pueblo español, al que tenían conceptuado como un rebaño de atrasados e ignorantes palurdos.
La claque, como hemos visto, fue uno de esos recursos extra-legales.
LIBRO DE HORAS Y HORA DE LIBROS
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