Existen actualmente algunos franquistas católicos tradicionales que consideran que el Régimen establecido por Franco supuso una ruptura con las derivas revolucionarias de los anteriores régimenes establecidos a partir de 1833 (tanto los moderados o conservadores de las Antimonarquías constitucionales como los avanzados o progresistas de las Repúblicas), de tal forma que vendría a suponer una verdadera restauración contrarrevolucionaria que vendría a cortar, después de 100 años, la mencionada corriente revolucionaria, inaugurando así una nueva etapa de regeneración política española.
La razón principal que establecen es la supuesta restauración de la unidad católica española y de un orden genuinamente católico, aduciendo como pruebas principales los textos de la legislación creada durante la dictadura (principalmente el Concordato de 1953). Dejando a parte un examen más profundo sobre el carácter concluyente de estas pruebas (algo que ya comencé en su día en otro hilo), no deja de ser lógica está fijación exclusiva en aspectos religiosos que, como muy bien recordaba el profesor Canals Vidal, es una de las características del integrista que, de esta forma, trata de sobrecompensar la falta de una cabeza visible política (aspecto temporal o legitimista) que contrapese esa sobrevaloración -poco religiosa, paradójicamente, por no situarla en su justa medida- del aspecto religioso.
Como digo, no quiero centrarme en el asunto religioso, sino más bien en la característica esencial que define realmente un gobierno o régimen revolucionario en su aspecto más fundamental y radical, a saber, la elevación a categoría de derecho (lo que se ha venido en llamar el "derecho nuevo", inexistente en la constitución tradicional católica española) del control totalitario de la sociedad o pueblo español. Es importante subrayar esto, porque nos da la clave de la "apartente" (y recalco lo de aparente) divergencia que pudiera haber entre, por poner un ejemplo, el régimen isabelino, el régimen de la I República y la dictadura franquista.
Un gobierno o sistema político revolucionario se caracteriza, en esencia, por su carácter totalitario. Este carácter totalitario se refleja en sus efectos en el intento de desestructuración, destrucción y disolución de la sociedad española, la cual, en el reinado de Fernando VII, aunque arrastraba algunas deficiencias accidentales que eran necesario reformar y restaurar (consecuencia de periodos anteriores aunque agudizado últimamente por el despotismo de algunos ministros ilustrados), se encontraba, esencial y nuclearmente, completamente organizada y con vida propia y autónoma en la mayor parte de todas sus funciones.
Pues bien, es precisamente ése aspecto de demolición de la sociedad española organizada, emancipada y jerarquizada el que caracteriza a la labor destructiva de todas las formas accidentales que la Revolución ha venido presentando a lo largo de estos 180 años. Dicho con otras palabras, es indiferente que en una legislación se diga que la nación española es católica (como en la isabelina, en la alfonsina o en la franquista), o que se diga no católica (como en las dos republicanas y en la actual juancarlista), o que se establezca una anarquía absoluta (como en las dos Repúblicas) o un mero orden material (como lo hizo la espada de Narváez, que "nos salvó de la Regencia progresista y anticatólica de Espartero y de la Revolución de 1848" como decían los neocatólicos de entonces; o como lo hizo Cánovas del Cástillo, que "nos salvó de la impía I República", como repetían los católico pidalianos de entonces; o, como lo hizo Primo de Rivera, que "nos salvó de la llegada de la República", como decían los integristas de entonces; o como hizo Franco, que "nos salvó de la II República y del comunismo", como siguen repitiendo los franquistas católicos tradicionales). Y digo que son indiferentes esa legislación (puramente nominal) católica y ese establecimiento de un puro y mero orden externo, porque estos factores no atentan a esa esencia propia de la política de un régimen revolucionario de destrucción de la sociedad española, es más, se podría decir, paradójicamente, que son más destructivos los regímenes revolucionarios de legislación nominal católica y establecimiento de mero orden externo (esto es, los Regímenes de las Constituciones moderadas de 1845, 1876 y de la dictadura franquista), porque éstos, a diferencia de los regímenes más progresistas (como en las dos Repúblicas) hacen bajar la guardia a los católicos (a los católicos no legitimistas me refiero claro está, porque los legitimistas no se dejan engañar) en la lucha por la restauración de un régimen genuinamente tradicional español, en lo católico y en lo político.
Pues bien. Una vez fijadas estas necesarias explicaciones, debemos preguntarnos cuál ha sido la labor de todos (y recalco lo de todos) los regímenes imperantes en estos 180 años. La respuesta está clara: la progresiva y cada vez mayor labor de destrucción de los remanentes de la sociedad organizada española.
En 1939, después de 100 años de continua labor de disolución estructural de la comunidad política española, Franco (después de hacerse ilegítimamente con el poder, igual que sus predecesores) se encuentra con una sociedad muy desestructurada en su mayor parte. Pero he aquí lo que va a hacer en sus 40 años de gobierno: la misma política fundamental que sus predecesores, no sólo conservando la labor realizada por éstos, sino ampliando de forma tan brutal dicha labor que yo diría que sólo ha sido superado, de entre todos los regímenes revolucionarios que hemos sufrido los españoles, por el régimen juancarlista actual (continuador de la misma política fundamental disocializadora, pero elevándola, en grado, a cotas muchos mayores que en el franquismo).
El texto doctrinal de Ángel López-Amo que pondré en el siguiente mensaje aclara muchos de estos aspectos, que aquí solamente he esbozado. Simplemente quiero señalar, que una gran mayoría de esa sociedad española (aunque no toda, pues las familias tradicionalistas legitimistas -y otras muchas no legitimistas y de buena voluntad, católicas- han continuado hasta hoy transmitiéndose el legado religioso-político-cultural de nuestra genuina Tradición española) dejada por Franco a su muerte (lo que él se vanagloriaba, bajo el nombre de "clase media", de considerar como baluarte y garantía del orden para después de su muerte) ha sido descrita muy acertadamente por Juan Vallet de Goytisolo como sociedad de masas y, por el filósofo Marcel de Corte, como disociedad.
No deja de ser irónico traer a colación, como prueba y confesión de parte, unos párrafos de un texto recientemente publicado en Tradición Digital, sitio en que se defiende esta posición de franquistas católicos tradicionales.
Los párrafos son los siguientes (los subrayados son del texto original):
Ahí lo vemos al autor del texto llevándose las manos a la cabeza porque la sociedad (¿o mejor habría que decir disociedad?) española, apenas muerto Franco, se lanzó entusiasmada y sin oposición ninguna (u oposición despreciable, algo así como el "rebote del gato muerto" de ese autodenominado "franquismo sociológico") a la nueva realidad política que, ciertamente, era distinta en lo accidental y accesorio, pero igual y continuadora en lo fundamental (atendiendo a lo señalado más arriba) al anterior régimen. La única diferencia es de grado, esto es, el juancarlismo se ha puesto con más empeño en la labor de disolución de lo que resta de sano y estructurado de la comunidad política española, lo cual, paradójicamente, no deja de ser, en cierto sentido, algo "bueno", en tanto que puede permitir a más españoles de buena voluntad a plantearse la realidad del problema así como de su solución verdadera y genuina que, por supuesto, no pasa por volver -aunque de todas formas, gracias a Dios, es imposible- al totalitarismo del Partido Único o Movimiento Nacional del anterior régimen, sino por la restauración en el Trono Español de aquél que actualmente representa a la Legitimididad Política Española, Don Sixto Enrique de Borbón, algo que el autor del texto parece ignorar, cuando se limita a su políticamente escéptica apelación a un vaporoso "que venga el rey legítimo Cristo Rey", que curiosamente, es exactamente, lo mismo que hacían -y siguen haciendo- los integristas y neointegrisas para no querer ver la cuestión fundamental y esencial, para la restauración del bien común español, de la Legitimidad política española.La democracia ha convertido a España en un país de mentirosos, demagogos, traidores, corruptos y estafadores, donde cada vez se hace mas difícil ganarse la vida honradamente, y en el que solo se puede prosperar sirviendo a alguno de los partidos, es decir, sirviendo al sistema. Por eso no se puede ser bienpensado en España, y no lo somos, y tendemos mas bien a pensar que se trata de una maniobra mas del sistema para engañar al votante, que por definición para el sistema es un esclavo al que hay que tener engañado. Una maniobra quizás para evitar que el voto descontento, principalmente el católico, vaya hacia otros partidos que ya existen desde hace tiempo pero que no caen bajo la órbita de control del sistema a pesar de reconocerse leales hijos del mismo. Una maniobra quizás para evitar que el ciudadano “de derechas” sencillamente despierte y vea que el problema no es ni un partido ni el otro, sino que el problema es el sistema en sí y el régimen democrático tristemente nacido en 1978, momento en el que España por decisión propia dejó de ser una, grande, libre y católica, es decir, dejó de ser España.
No obstante, si fuéramos bienpensados diríamos que este país está a rebosar de estulticia y cobardía. Porque parece mentira que después de estas décadas no nos hayamos querido dar cuenta de que el problema es la democracia en sí y la dictadura del sistema liberal-relativista. España estaba perfectamente con el régimen del movimiento nacional, pero sencillamente los españoles se cansaron de ser españoles, de ser diferentes, de ser fuertes y odiados del mundo, así que hemos sido los españoles los que hemos matado a España durante estas décadas. De ahí que vayamos cacareando como pollos descabezados el mantra de la democracia, sencillamente para intentar tapar nuestra vergüenza y crimen de lesa traición a la patria, y todos lo sabemos.
Para mas señas, Vox se reconoce heredero del PP de Jose María Aznar, ahí es nada, Aznar el del pelotazo urbanístico, el del “ahora no toca”, el que no hizo nada contra el aborto, o mejor dicho sí hizo: aprobar la píldora abortiva, el que sabiendo mucho del 11M no suelta perrilla (¿por qué?). Menudas referencias, como para ir presumiendo. También se declaran en consonancia con personajes tan ejemplares como Alejo Vidal Quadras o Jaime Mayor Oreja.
Este partido también se reconoce como regeneracionista, pero como ya hemos visto, de regeneración democrática, es decir, regeneración de la hiedra venenosa. Pero, ¿que pretenden regenerar? ¿Todavía no queremos comprender? Regeneración de España es decirle a los españoles que la democracia fue un timo, que la democracia nos está matando como individuos y como nación, que tenemos que salir de ella, que es mejor la libertad peleada con dureza que ser un esclavo sentado en el sillón. Regeneración es devolver España a su primer rey legítimo que es Cristo nuestro Señor, y si Cristo Rey no reina, siendo rey legítimo y verdadero, ¿que es lo que podemos esperar? Difícil concepto de regeneración tienen estos señores.
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