CATALUÑA Y UNIÓN EUROPEA

JUAN MANUEL DE PRADA




El proceso de «integración» europea ha sido un proceso de aplastamiento de la conciencia nacional


HAY que reconocer que tiene su gracia fétida y chusca que los gerifaltes de la Unión Europea, unos tipos que no saben dónde está Cataluña (¡que no saben siquiera que Cataluña exista!) se pongan ahora a entonar las loas de una España unida. Es como si mañana, de repente, los tertulianos de Sálvame se pusieran a entonar las loas del soneto o de la filosofía tomista. Pero vivimos en una época perfectamente mema en la que cualquier mamarracho puede erigirse en líder de masas cretinizadas, en la que cualquier batiburrillo de palabras ineptas puede ser catalogado como el novelón del siglo, en la que cualquier botarate con lengua de trapo y modales chabacanos puede elevarse a la categoría de prócer; y una época así se merece, sin duda, que los grandes apologistas de la unidad de España sean los gerifaltes de la Unión Europea, los apóstoles de la ideología europeísta, que sin duda ha sido el mayor elemento erosionador de nuestra conciencia nacional.


La ideología europeísta, en efecto, ha usurpado las soberanías nacionales, convirtiendo los antiguos Estados en colonias de apariencia democrática, controladas en realidad por burócratas extranjeros que, a la vez que convierten a los gobiernos nacionales en felpudos, ponen las colonias integrantes de la Unión Europea al servicio de la plutocracia, desbaratando por completo sus economías tradicionales. Así ha ocurrido en España (con Cataluña incluida), donde la Unión Europea ha destruido por completo toda nuestra economía productiva, hasta convertirnos en un país de «servicios»; y, por cierto, de servicios cada vez más serviles, como corresponde a una colonia que debe brindar solaz a sus visitantes con ganas de ligar bronce y desatascar las cañerías. Esta pérdida de soberanía nacional propiciada por la ideología europeísta implica la abolición de la vida política nacional, que queda subrogada a organismos supranacionales abstrusos (que si el Banco Central, que si la Comisión Europea, que si la madre que los parió a todos: y todos ellos compuestos por tecnócratas sin mandato popular) que, a la vez que convierten a los Estados en colonias nutrientes de los mercados financieros, alientan la formación de una «ciudadanía europea» que termina por estrangular del todo cualquier residuo de patriotismo, porque el amor a la patria es amor a las cosas concretas a las que estamos vinculados, y no adhesión a entelequias contra natura. El lema de la Unión Europea, en fin, podrían ser aquellas palabras de Tolkien: «Un Anillo para gobernarlos a todos, un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos a las tinieblas».


Y ahora esta entelequia tenebrosa nacida de un impulso constructivista en el que, para generar un artificioso sentimiento de pertenencia a Europa (¿a qué Europa?), se aminoró hasta la consunción el impulso patriótico de los países miembros… ¡se pretende presentar como garante de la unidad de España! El proceso de «integración» europea ha sido, en realidad, un proceso de aplastamiento de la conciencia nacional; el fenómeno del separatismo sería del todo inconcebible si no hallase uno de sus principales soportes en la ideología europeísta. Provoca, en verdad, una mezcla de lástima y alipori el empeño en combatir las tentaciones secesionistas afirmando que una Cataluña independiente no sería aceptada en la Unión Europea. ¿Alguien duda que si mañana Cataluña se independizara y formase un Estado propio sería acogida a velocidad exprés en el seno maternal de la Unión Europea? ¿Cómo un engendro semejante, nacido para erosionar las conciencias nacionales y para aminorar el patriotismo de los pueblos europeos, va a desamparar a un producto (o subproducto) consecuente de su ideología? ¿Quién iba a vetar su ingreso? ¿Acaso el gobierno-felpudo español de turno? Por favor…







Histórico Opinión - ABC.es - sábado 19 de septiembre de 2015