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Tema: Oliveira Salazar, la última concepción cristiana del Gobierno (Rafael Gambra)

  1. #1
    Martin Ant está desconectado Miembro Respetado
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    Oliveira Salazar, la última concepción cristiana del Gobierno (Rafael Gambra)

    Fuente: El Pensamiento Navarro, 31 de Julio de 1970, página 8.


    OLIVEIRA SALAZAR

    LA ÚLTIMA CONCEPCIÓN CRISTIANA DEL GOBIERNO

    Por Rafael Gambra


    Cuando en los primerísimos días del Alzamiento Nacional España ardía en llamas de revolución y de luchas desesperadas, todos nos apretábamos en torno a un receptor de radio tratando de saber de aquella empresa salvadora a la que se vinculaba nuestra vida misma y la de cuanto queríamos y respetábamos en el mundo. Y casi sólo una emisora nos llegaba, potente, con noticias esperanzadoras y alegres sobre el movimiento patriótico. Era Radio Club Portugués, que desde la primera hora no dudó en volcarse a favor de la causa católica y nacional de España. Portugal –el Portugal de Oliveira Salazar– se colocó del lado nacional antes, y con mucho mayor desinterés, que Italia o Alemania. Es difícil calibrar lo que el Alzamiento debió a esa actitud en los primeros momentos: tal vez su misma supervivencia. Y repárese que a Portugal –aun aparte de los riesgos de tal postura– le convenía más un gobierno débil y anarquizado en España que un Estado fuerte y militar. Pero entonces Oliveira Salazar, como a lo largo de todo su gobierno, supo ver más allá de los inmediatos intereses fronterizos para colocarse del lado de la civilización y del occidente cristiano.

    Salazar –el extraordinario político que ahora deja esta vida terrenal– ascendió al poder en 1928. Un período anárquico de sucesivas sublevaciones había puesto a Portugal al borde de la ruina y de la descomposición. El último general sublevado –Carmona– supo descubrir las condiciones nada comunes de aquel diputado y economista. Al año de confiársele las finanzas, la moneda portuguesa se convirtió de una divisa arruinada en la más firme de Europa, juntamente con el franco suizo. Tres años después Antonio Oliveira Salazar se haría cargo de la jefatura del gobierno, siempre bajo la presidencia de un Jefe de Estado, que fue (hasta su propia muerte) el general Carmona. Quien tenga la longevidad necesaria para haber conocido el Portugal de 1925 y el actual, podrá testimoniar que este país debe absolutamente todo a la labor silenciosa, constante e inteligente del profesor Salazar.

    Él supo librar a Portugal de la segunda Guerra Mundial, a pesar de las fuertes ligaduras políticas y económicas que desde antiguo ataban a ese país con Inglaterra. Sin embargo, la coyuntura verdaderamente trágica se presentaría para Salazar al término de [la] gran contienda, al iniciarse los años cincuenta. Una propaganda demagógica se lanza a gran escala sobre los pueblos de Europa y de África con la exigencia de una inmediata, súbita, “descolonización”. Todos parecen de acuerdo en este insensato imperativo: Norteamérica porque ve en él un cauce de expansión para sus mercados y un debilitamiento de la economía europea; los pueblos árabes y negros porque han excitado sus pasiones y ven la posibilidad de hacerse gratuitamente con un inmenso botín; las naciones europeas por el abandonismo y horror a toda lucha propios de las sociedades decadentes; la Unión Soviética, sobre todo, porque esperan –con razón– ser beneficiarias y árbitros de la dilatada anarquía que producirá tal descolonización. Las víctimas fundamentales: los colonos expoliados y arruinados, y los propios nativos sucumbiendo de hambre y de luchas tribales.

    Salazar sabe cuál es su deber y el destino que debe afrontar. Portugal lleva ya siglos establecido de espaldas a Castilla (y a Europa) en expansión pacífica y benefactora por tierras del África negra. Tal expansión es necesaria para su economía y para su equilibrio político en el mundo. Pero, aunque no fuera así, no es lícito jugar con la vida e intereses de miles de colonos establecidos y de millones de nativos que han confiado en la bandera y en la palabra de Portugal. Sin contar con los intereses de la fe, en amplia expansión por aquellos territorios, que sería arrasada por el abandono.

    Mantenerse contra todo y contra todos. Despreciar los famosos dogmas marxistas de “el viento de la Historia” y la “irreversibilidad de los procesos históricos”. Para un país diminuto y relativamente pobre parece empresa temeraria, impensable: en los mismos momentos en que las grandes naciones europeas (Francia, Inglaterra, su antigua protectora) abandonan sin lucha a sus antiguas colonias. Salazar, sin embargo, cumpliendo con su deber y sabiendo mostrarlo a sus compatriotas, manteniéndose en todas sus posiciones durante los veinte últimos años, ha demostrado ante el mundo estas dos grandes verdades: Que Dios no abandona a quienes cumplen con su deber. Que la sublevación anticolonial del África negra es un mito creado y mantenido por las potencias interesadas en ella. (Si la rebelión fuera real y partiera del interior, el ejército portugués no hubiera podido sostenerse ni una semana en los inmensos territorios de Angola, Guinea y Mozambique). El Portugal de Salazar supo testimoniar ante el mundo que los hombres y los pueblos deben vivir –y viven– por algo más que por su propia subsistencia e interés inmediatos.

    Salazar era católico y tradicionalista. Definía su posición como corporativista. Recibió influencia, sobre todo, del tradicionalismo francés (la Acción Francesa), y prestó refugio y protección a figuras de ese movimiento francés (Ploncard d´Assac, especialmente) exiliados por la persecución gaullista y por las consecuencias de la guerra de Argelia.

    La creciente contaminación universal de ideas socialistas, demagógicas y “progresistas” crearon en los últimos años un mal ambiente contra Salazar, incluso dentro de sectores del propio Portugal que no pudieron inmunizarse de esa influencia. Tampoco las potencias europeas podían perdonarle aquella doble demostración de su política africana que ponía de manifiesto la cobardía y la indignidad del abandonismo súbito. Se reprochaba a Salazar que durante los últimos diez años (y después de su gran florecimiento hasta mil novecientos cincuenta y tantos) no hubiese seguido el ritmo de industrialización y de crecimiento de salarios que ha sido visible en otros países de la Europa occidental.

    Bastaría para justificar este hecho la consideración del épico esfuerzo portugués para preservar sus territorios ultramarinos. Pero Salazar no rehuyó explicarlo por su propia concepción política, inconcebible para el mundo que nos rodea: “Un campesino –gustaba de decir– al que no falte un austero alimento y pueda cultivar lo suyo, es mejor y más feliz que un obrero de la gran industria, aunque tenga coche”. O, dicho de otro modo, la industrialización y el aumento del “nivel de vida” no son un bien en sí (y pueden ser un gran mal) si suponen la pérdida para el hombre del arraigo a una tierra, una familia y una fe. La industrialización rápida –como la descolonización súbita– pueden ser causa de los mayores males para la salud espiritual y aun física de los hombres. Lo que supone que para Salazar –como para la teoría católica de todos los tiempos– la política no es sólo el arte de que los hombres vivan en común, sino que vivan recta y moralmente, esto es, de hacer posible la vida justa y virtuosa. Porque el hombre –individual o socialmente considerado– no tiene como fin su propia pervivencia, sino su salvación a través de la vida virtuosa.

    La industrialización (como el turismo y demás medios de riqueza) deben advenir a una sociedad encajando en su modo habitual de vida y mejorándolo; nunca destruyéndolo o desarraigándolo. Y para esto es preciso tiempo, represión de la codicia y prudencia política.

    Salazar predicó toda su vida con el ejemplo. Dueño de los destinos de un pueblo durante casi cuarenta años, vivía en el silencio y en el trabajo, apenas visible. Soltero y al cuidado de una vieja ama de llaves, vivía en la casa presidencial con pobreza franciscana. Se había asignado a sí mismo un sueldo inferior a lo que en España cobra un juez municipal (por señalar una referencia) y dedicaba su tiempo libre a la cría de gallinas y conejos.

    Descanse en paz el ilustre estadista –último representante quizá de la política cristiana– y, con este homenaje póstumo, pidamos al Señor que ilumine a sus continuadores y al pueblo portugués para que se mantengan dignos de las decisiones y de la obra de su gran presidente.

  2. #2
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    ALACRAN está desconectado A.KARL.N
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    Re: Oliveira Salazar, la última concepción cristiana del Gobierno (Rafael Gambra)

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Con algún retraso leo este escrito de la "última concepción cristiana de gobierno de Oliveira Salazar" por Rafael Gambra.

    En España, Oliveira Salazar es imposible de considerar y entender al margen de Franco; son gobernantes que convivieron codo con codo en sus respectivas naciones, siempre se consideraron en general similares en cristianismo, principios, conservadurismo, política exterior. Por eso el mismo juicio que se da a uno suele recaer en el otro para bien o para mal.

    Pero hete aquí que para el señor Gambra todo son elogios solo al "cristiano" Salazar; y choca que aunque aquí no habla del catoliquísimo Franco cuando lo hizo, casi todo fueron críticas.

    Chocan esos sorprendentes elogios del tradicionalista señor Gambra a Oliveira Salazar, cuando sabemos que éste mantuvo en Portugal unos principios laicos no muy católicos (libertad religiosa y de culto, así como separación Iglesia Estado) inexistentes en la catoliquísima y confesional España de Franco, ésa que tan poco le gustaba a Gambra.
    Ah, y también el "cristiano" Salazar tenía legalizadas las casas de juego (el famoso casino de Estoril); mientras que en España el juego estaba prohibido. Pero sobre eso, el señor Gambra no dice ni pío.

    Lo más sorprendente es que el "cristiano" Oliveira Salazar había decretado por decisión propia la libertad religiosa en Portugal, ésa libertad tan odiada por el señor Gambra y simpatizantes muchísimo antes del Vaticano II, pese a estar proscrita por Roma:

    La Constitución Portuguesa de 1933 y el Concordato con la Santa Sede

    El texto constitucional del Nuevo Estado dedicaba varios artículos a regular la libertad religiosa y a las relaciones del estado con las Iglesias.
    En primer lugar, el apartado 3 del artículo 8 proclamaba:

    La libertad e inviolabilidad de las creencias y prácticas religiosas; no pudiendo nadie ser perseguido, privado de un derecho o exceptuado de cualquier obligación o deber cívico por causa de ellas. Nadieserá obligado a responder acerca de la religión que profesa, salvo por una investigación estadística ordenada por la ley.

    Las relaciones de la Iglesia y el Estado eran reguladas por los artículos 45 a 48.

    En el artículo 45 se establecía la libertad de culto («es libre elculto público o privado de todas las religiones, pudiendo éstas organizarse libremente, de acuerdo con las normas de su jerarquía y disciplina, y constituir de esa forma asociaciones u organizaciones a las que el Estado reconocerá existencia civil y personalidad jurídica».

    El artículo 46 declaraba la separación de la Iglesia y el Estado y se establecían relaciones diplomáticas con la Santa Sede.

    el artículo 48 declaraba que los cementerios públicos tenían carácter secular y los ministros de cualquier religión podían celebrar cultos en ellos.
    https://boe.es/publicaciones/anuarios_derecho/abrir_pdf.php?id=ANU-E-1999-10046500479


    Por otra parte el Concordato de 1940 NO reconocía la confesionalidad católica al Estado portugués. ... Igualito , vaya, que el franquista Concordato español de 1953 que remachaba la catolicidad del Estado español.


    Descanse en paz el ilustre estadista –último representante quizá de la política cristiana–
    Por supuesto, no es Franco el último estadista cristiano, para el señor Gambra, aunque sí lo fue para Pío XII...y todo por no haber sido Franco "corporativista" queremos imaginar...

    (Pero es que hasta en economía, Franco fue superior a Oliveira Salazar, que incluso con una guerra civil por medio sobrepasó al pacífico Portugal en renta per cápita y no digamos en industria, de un modo descomunal en aquellos años. Aquel Portugal de Salazar, no olvidemos, fue el país más atrasado económicamente de toda Europa Occidental).



    Última edición por ALACRAN; 13/01/2020 a las 00:56
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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