Fuente: El Príncipe Requeté, Ignacio Romero Raizábal, Santander, 1965, páginas 151 – 153.
XXIX
ELOGIO DE JOAQUÍN BALEZTENA
Maravillosa compañía, la del Príncipe Requeté, para un estudio de la geografía carlista de Navarra.
Dos o tres veces por semana dejábamos el hospital y nos íbamos de excursión. Sin previo aviso, casi siempre, para evitar programas de agasajos.
Si enhebrásemos los recuerdos de aquellos días puntualmente, llenaríamos muchos capítulos de anécdotas conmovedoras. Y en casi todos ellos tendríamos que dedicar sinceras alabanzas al bicarbonato y a las tabletas sonrosadas de «Neutroses-Vickey», que tan bien nos caían como postre de los platos al ajo-arriero y de las magras con tomate.
Su Alteza pasó un mes en el remanso de heroísmo del Hospital Alfonso Carlos. Y como tres semanas en el refugio carlistón de la casa solar que en Leiza tienen los Baleztena. Donde Joaquín, el patriarca joven de la familia y de los fieles a Don Jaime en los tiempos difíciles, ágil y fuerte como un muchacho encanezido, rodeado de libros y perros de caza y de memorias entrañables, hizo feliz la convalecencia del Príncipe.
Porque Joaquín Baleztena, solterón ejemplar y bondadoso cuyo mayor defecto pudiera consistir en que no tiene apetencias personales en absoluto, no sólo era el patriarca de la extensa familia, que desfiló por Leiza en aquella temporada a saludar a Don Cayetano, sino que era también el patriarca del jaimismo navarro.
Recordamos una pregunta que hicimos en Madrid, en casa de Don José Luis Oriol, cuando las Cortes Constituyentes, a Beunza, que presidía la minoría Vasco-Navarra.
– ¿Por qué Navarra siguió siendo jaimista cuando lo de Mella?
Y recordamos la contestación:
– Mella era el oráculo. Le queríamos y admirábamos todos. Era el orgullo, la gloria del Partido. Tal vez, tuviera la razón, además. Pero el Rey era el Rey, y seguimos siendo leales. Había que salvar el principio de autoridad. Nuestras masas, por otra parte, no entienden de ciertas sutilezas.
Vázquez de Mella, como antes Nocedal, se llevó lo más brillante de la Comunión. El Marqués de Cerralbo, Don Víctor Pradera, Don Tirso de Olazábal… Pero la masa, el tozudo y admirable pueblo carlista, quedó fiel.
Este ambiente de lealtad, tuvo dos paladines representativos en la región privilegiada. Uno, Don Manuel Martínez, padre de Víctor, el del Alfonso Carlos, y de Gabino, ex diputado a Cortes y Caballero de la Orden de la Legitimidad Proscripta, a quien se debe el auge y la organización en períodos que pudieran haber sido fatales sin su dinero y entusiasmo. Otro, Don Joaquín Baleztena.
Cuando la desbandada mellista, Navarra estuvo a pique de no tener su representante en las Cortes. El prestigio nacional e impetuoso de Don Víctor Pradera, erizado y pletórico de características navarras, como navarro de categoría, lanzó un guante de reto muy difícil de recoger. En el primer momento fue lo mismo que el tronco de la fábula que dejó caer Júpiter por sorpresa en el estanque de las ranas. Nadie se atrevía a levantar cabeza. Las elecciones no eran cosa, tampoco, de unos miles de reales. Suponían un verdadero capital, como para vivir de sus rentas. Y Joaquín Baleztena, en una reunión con sus hermanos, recogió el guante con la mayor naturalidad y sin darle importancia. Como si se encargase unas botas de monte.
– Todo lo que haga falta para las elecciones –dijo.
Fue una semana de actividad febril, de locura sentimental. Y en el epílogo del día de descanso, hubo una sobra de cinco mil votos al candidato electo de Don Jaime.
Tuvo su asiento en el Congreso durante tres legislaturas. Y bien solo una de ellas… [1]
– ¿Quién es ése? –pudo haber cuchicheado algún ministro liberal, en el Banco Azul, al oído de su compañero más próximo.
Y este compañero más próximo, que a lo mejor tuvo una calle con su nombre en Madrid, pero al que nadie conoció por otra cosa que por ser ministro alfonsino, pudo responder muy horondo, ahogando una risita:
– Quién… ¿ese? Un cadáver político. Es un navarro que está como para que le aten. Imagínese usted; creo que es el único jaimista de la Cámara.
Era en aquellos tiempos en que a su hermano Ignacio, en París, le amargaba Don Jaime ilusiones con una frase cruel:
– Desengáñate. No me quedan leales en España. Tu familia y algunos más.
Al cambiarse las tornas con el advenimiento de la República, cuando ser diputado tradicionalista no costaba dinero ni equivalía a sentar plaza de ridículo, Baleztena dejó su puesto libre en la candidatura de derechas. Y volvió a Leiza, con sus libros y sus perros de caza. Y a su hogar de la Plaza del Castillo, que intentaron quemar las chusmas [2]. Y a los juegos con sus sobrinos.
Pero el patriarca de los carlistas de Navarra, y desde su cargo de Jefe Regional, por encima de los parlamentarios del partido y más tarde de la Junta de Guerra, velaba por la conservación del fuego sagrado.
[1] Nota mía. En realidad, Joaquín Baleztena no estuvo solo en ninguna de las tres legislaturas en las que participó. En las elecciones de Junio de 1919 fueron también elegidos los jaimistas Narciso de Batlle y Bartolomé Trías. En las de Diciembre de 1920 le acompañaron en el Parlamento alfonsino el mismo Narciso de Batlle y Esteban Bilbao. Y en las elecciones de Abril de 1923, además de él, obtuvieron escaño Narciso de Batlle, de nuevo, y Jorge de Urizar.
En las legislaturas correspondientes a las elecciones de Junio de 1919 y Diciembre de 1920 los diputados jaimistas formaron minoría opositora jaimista en el Parlamento; en cambio, en la correspondiente a las de Abril de 1923 los parlamentarios jaimistas fueron por libre y no formaron minoría opositora, pues Don Jaime había dado orden de abstención en estas últimas elecciones, sin perjuicio de que se presentaran candidatos jaimistas, aunque éstos no llevarían a las “Cortes” la representación del partido político instrumental jaimista utilizado por la Comunión Legitimista.
[2] Nota mía. Ignacio Romero Raizábal se refiere al intento de destruir con un incendio en la Casa Baleztena de la Plaza del Castillo, el 18 de Abril de 1932. Últimamente Sylvita Baleztena, sobrina de Joaquín Baleztena, ha puesto "de moda" la Casa Baleztena con su defensa, desde el balcón principal de la misma, de la Bandera Real en los Sanfermines de Pamplona.
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