Aquí dejo a continuación el texto prometido de Baltasar Rodríguez-Salinas. Este catedrático, partidario de la Relatividad General, demuestra en este texto la incoherencia mostrada por los enemigos de la Iglesia por no querer ver que esa misma teoría (representativa del status quo científico actual) permite también la posibilidad del geocentrismo.
De esta forma, se puede comprobar cómo cualquier otra persona que no fuera partidaria de la Relatividad General, podría utilizar esta teoría como argumento ad hominem para oponerla a los anticatólicos que acusan a la Iglesia de anticientífica. Es decir, se podría utilizar como una herramienta apologética más en defensa de la religión verdadera y de la Iglesia.
Los subrayados que aparecen en letra cursiva en el texto no son míos, sino del texto original.
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Fuente: Iglesia-Mundo, Núms. 274 y 275, primera y segunda quincenas Abril, 1984. Páginas 16 – 19.
La verdad sobre el movimiento de la Tierra
EL MITO DE LA VERDAD DE GALILEO
«¿Quién de vosotros con sus preocupaciones
puede añadir a su
estatura un solo codo?» (Mt. 6, 27)
Se ha hablado mucho y se sigue hablando últimamente mucho de Copérnico (1473 – 1543) y de Galileo (1564 – 1642), sobre todo para desprestigiar a la Iglesia tachando a su doctrina de atraso científico. En esto han tomado parte desde Ludwig Feuerbach (1804 – 1872) hasta algunos teólogos que se presentan como cristianos, como Hans Küng. Feuerbach ensalza a Copérnico como «el primer revolucionario de los tiempos nuevos». También es notable la obsesión de Küng en su libro «¿Existe Dios?». «Desde Galileo –dice–, la Iglesia católica (pese a algunos cautelosos intentos de aproximación) aparece hasta hoy poco menos que como enemigo particular de las ciencias naturales. Esto es lo que hace experimentar la Vida de Galileo, de Bertold Brech, todavía como un drama actual, pleno de tensión científica, social, política y moral. No sin razón se ha juzgado la condena de Galileo y la consiguiente pérdida del mundo de la ciencia, junto con el Cisma de Oriente y la escisión confesional de Occidente, entre las tres mayores catástrofes de la historia de la Iglesia.
El abismo abierto entre la Iglesia y la cultura moderna, que ni mucho menos se puede dar por allanado, radica aquí en su parte más sustancial. Mas la tragedia personal de Galileo, como la de muchos que opinaban como él, fue no poder convencer al magisterio eclesiástico de la verdad de sus ideas y establecer, como en la Edad Media, la alianza entre la Iglesia y la nueva ciencia». Pues bien, las ideas actuales de las ciencias físico-matemáticas sobre el movimiento relativo dejan en entredicho la verdad de Galileo. Conforme a estas ideas vamos a analizar el valor científico que supone en nuestros días decir como Galileo que «la Tierra se mueve realmente alrededor del Sol». Entonces esos ataques contra la Iglesia, sobre todo los actuales, se vuelven contra tales detractores por el atraso científico que suponen.
LEYES. SISTEMAS DE MEDIDAS Y DE REFERENCIA
Cuando se enuncian unas leyes para la Mecánica y para la Física es fundamental fijar los sistemas de medida y de referencia para los cuales son válidas. Así, las leyes de la Mecánica y de la gravitación universal, enunciadas por Newton (1642 – 1727), son de carácter extrínseco y solamente son válidas para unos sistemas de referencia llamados inerciales. El origen de uno de estos sistemas de referencia es, aproximadamente, el Sol. Entonces, la Tierra en este sistema describe, aproximadamente, una elipse, uno de cuyos focos es el Sol.
Desde un punto de vista puramente matemático, de acuerdo con la Geometría Analítica de Descartes (1596 – 1650), el movimiento de un punto queda determinado por las ecuaciones de su movimiento respecto de un sistema de coordenadas. Naturalmente que, si se cambia de sistema de coordenadas, las nuevas ecuaciones del movimiento son diferentes, pero se pueden calcular a partir de las primeras efectuando el correspondiente cambio de coordenadas. Un punto material está en reposo, respecto de un sistema de referencia, cuando la órbita descrita por él se reduce a un punto del espacio. De esto resulta que un punto T puede estar en movimiento respecto de un sistema de referencia, y en reposo respecto de otro, por ejemplo, de todo sistema de coordenadas que tenga por origen dicho punto T.
Cuando se estudia el movimiento de un punto T atraído por una fuera central newtoniana, entonces T y el origen de coordenadas parecen desempeñar un papel diferente. Sin embargo, el sistema dinámico más parecido al formado por la Tierra y el Sol está formado por dos puntos T y S de masas mT y mS (mS/mT = 332.488) que se atraen según la ley de gravitación universal. Entonces, resulta que S describe en un sistema de referencia de origen T, que sea traslación de un sistema inercial, una elipse uno de cuyos focos es T. Igualmente, ocurre que T describe, en un sistema de referencia de origen S, que sea traslación de un sistema inercial, una elipse uno de cuyos focos es S. También S y T describen sendas elipses uno de cuyos focos es el centro de gravedad O de S y T, si se toma por sistema de referencia un sistema inercial de origen O.
Por lo que acabamos de decir se ve que en el problema de dos cuerpos: Tierra y Sol, el papel de ambos es el mismo; no influye nada que la masa del Sol sea mucho mayor que la de la Tierra; lo único que sucede es que el correspondiente centro de gravedad está mucho más cerca del Sol que de la Tierra, tanto que está dentro del mismo Sol. En el problema de n cuerpos, correspondiente al formado por el Sol y los planetas y sus satélites, las cosas pasan de manera diferente porque aparecen perturbaciones. Las órbitas de los planetas en su movimiento alrededor del Sol son aproximadamente elípticas; en cambio, las órbitas de los planetas alrededor de la Tierra no lo son. Pero dichas órbitas no son exactamente elípticas, ni siquiera planas: el problema de los n cuerpos, para n > 2, tiene una solución más complicada y no valen las leyes de Kepler (1571 – 1630), aunque paradójicamente sirvieran a Newton para descubrir la ley de la gravitación universal.
¿PUNTOS FIJOS EN EL FIRMAMENTO?
Todavía hay algunos que, siguiendo a Galileo, afirman hoy día que el Sol ocupa un lugar fijo o que, al menos, piensan que existe algún punto fijo en el Universo. Pero esto está en contradicción con los más elementales conocimientos de Mecánica Celeste, pues, es sabido que si un punto está en reposo respecto de un sistema inercial, se mueve con movimiento rectilíneo y uniforme respecto de otros muchos sistemas inerciales.
Aunque para los astrónomos de los siglos XVII y XVIII el Sol constituía el centro inamovible del Universo, W. Herschel (1738 – 1822) descubrió que el Sol, efectivamente se mueve y que lo hace en dirección a cierto punto de la constelación de Hércules. Estimación que se ha comprobado no era nada mala. Según las observaciones más precisas de que se dispone en la actualidad, dicho punto ápex de la esfera celeste hacia el cual parece dirigirse el Sol en su movimiento, junto con todos los astros que forman el sistema solar, se halla situado hacia la estrella «Xi» de la constelación de Hércules, cerca de la constelación de Lira, a unas 18 h. de ascensión recta y 30º de declinación N. El Sol se mueve hacia el ápex a una velocidad (en relación con las estrellas más cercanas) de unos 19 km/s. En todo esto, los astrónomos se refieren a las posiciones relativas de unos astros respecto de otros.
Así como en la Mecánica de Newton los sistemas inerciales se distinguen y se comportan de manera diferente que los demás sistemas de referencia, en la Relatividad General de Einstein (1879 – 1955) todos los sistemas de referencia de espacio-tiempo desempeñan un papel análogo y no se pueden distinguir unos de otros: las ecuaciones del movimiento dependen sólo del campo gravitatorio asociado al sistema. Es claro que estas ecuaciones pueden ser en algunos casos más sencillas, pero esto no es suficiente para tomar un sistema de referencia como «absoluto». Por tanto, desde el punto de vista de la Relatividad General se puede decir igualmente que «la Tierra se mueve alrededor del Sol», como que «el Sol se mueve alrededor de la Tierra», todo depende del sistema de referencia que se tome.
RADIACIÓN Y MOVIMIENTO
Una referencia muy natural –no digo absoluta– es el fondo cósmico de radiación de microondas descubierto por A. A. Penzias y R. W. Wilson, premiados con la mitad del Nobel de Física de 1978. Dichos físicos han detectado una radiación «fósil»: un punto de un espectro de radiación de cuerpo negro que nos invade en todas las direcciones por igual. La forma típica de este espectro sugiere que esta radiación estuvo, alguna vez, en equilibrio térmico con la materia. El fondo cósmico de radiación de microondas indica, según el modelo estándar (Friedman-Lemaître) de big-bang, que nuestro Universo, en sus inicios, fue un Universo caliente, dominado por la radiación. El equilibrio termodinámico cesó al perder la materia la opacidad electromagnética, tras combinarse electrones con iones para formar átomos. A partir de ese instante, la radiación quedó libre, con un espectro de cuerpo negro, enfriado por la expansión, y que hoy vemos como el fondo cósmico de radiación de microondas. Los cálculos inducen a afirmar que este fondo cósmico proporciona una visión de nuestro Universo que se remonta mucho más lejos en el tiempo que la dada por los telescopios ópticos o los radiotelescopios; visión ésa que revela aquel Universo sin detalles, en equilibrio termodinámico, antes de que se formaran las galaxias. Finalmente, el alto grado de isotropía del fondo cósmico de radiación de microondas ha permitido medir la velocidad de desplazamiento de la Tierra respecto de este «nuevo éter». Con antenas a bordo de aviones U-2 para hacer mediciones a una altitud de unos 20 kms., eliminando así la absorción por el vapor de agua atmosférico, se han detectado diferencias de temperaturas respecto a los «polos caliente (Leo) y frío (Aquarius)», que muestran que la Tierra se mueve respecto del fondo cósmico de radiación de microondas con una velocidad de 400 km/s.
Hacemos notar que no es necesario recurrir a la Teoría de la Relatividad para poner en entredicho la «verdad» de Galileo, que desde luego ha tenido y tiene un valor científico importante si se la despoja de todo valor metafísico y se la deja en lo que es: una ficción físico-matemática sumamente útil. Desde el punto de vista matemático se puede estudiar el movimiento de un cuerpo respecto de un sistema de referencia arbitrario. Entonces las ecuaciones de la dinámica se pueden complicar, pero es claro que el origen de coordenadas aparece inmóvil y que no hay razón alguna para considerar el sistema de referencia como absoluto por el hecho de que dichas ecuaciones sean las más sencillas posibles o de una manera determinada. Así, si tomamos de manera natural un sistema de referencia cuyo origen ocupa el observador, que ordinariamente vive en la Tierra y no en la Luna, resulta que el Sol se mueve alrededor de la Tierra. Pero si el observador esta en la Luna, resulta que el Sol y la Tierra se mueven alrededor de ella.
PROCESO DE GALILEO
Dejando ya la parte científica de la cuestión, vamos a tratar del proceso de Galileo. En primer lugar, conviene indicar que, cuando se hace un descubrimiento científico y éste no está convenientemente justificado, aparecen científicos que con ciertas razones se oponen a admitirlo, porque no siempre los innovadores han tenido razón. Es importante también agregar que los teólogos que se oponían a Galileo no se negaron a admitir como hipótesis de trabajo que la Tierra se movía alrededor del Sol, lo cual está de acuerdo con que ese movimiento es relativo. Solamente se negaron a admitir que la Tierra se movía realmente, de manera absoluta, alrededor del Sol y esto también es cierto. El error de dichos teólogos fue a su vez el sostener, de acuerdo con las opiniones de entonces y de una falsa interpretación de la Biblia, que el Sol se movía de manera absoluta alrededor de la Tierra. Todo fue debido por tomar esos teólogos un sistema de referencia solidario a la Tierra como absoluto y, análogamente, Galileo un sistema de referencia solidario al Sol como absoluto. Según esto, ambas partes, como muchos ahora, no tenían suficientemente claro el concepto de movimiento. Es obvio que cuando en el libro de Josué se afirma que «el Sol se detuvo y se paró la Luna, hasta que la gente se hubo vengado de sus enemigos» (Jos. 10,13), se toma una referencia solidaria a la Tierra, pero no necesariamente absoluta. Por tanto, cabe una interpretación literal del versículo, semejante a la del baile del Sol en Fátima.
Es sorprendente que muchos de los que critican el proceder de la Iglesia (hace muchos años) con Galileo y la acusan de atraso científico, no ven ni quieren ver los descubrimientos de muchos cristianos –entre ellos Galileo– que forman parte también de la Iglesia. Para mayor incoherencia –por no decir hipocresía– algunos se hacen, simultáneamente, solidarios con esas críticas y se oponen hoy a la utilización pacífica de la energía nuclear. ¿No es esto atraso? Efectivamente, es un atraso que puede tener muy malas consecuencias para los países que adopten esa política. Si quieren ser coherentes deben pensar, al menos, que la Iglesia pudo tener razones muy serias para proceder así, aunque ellos no lo comprendan.
Otro ejemplo se da con esos abortistas a los que la ciencia actual les está diciendo que desde el momento mismo de la concepción hay vida humana. ¿No es esto también un atraso científico, mantenido por los intereses creados de vivir bien y eliminar problemas molestos? La Historia les juzgará severamente porque su error temerario, anticientífico e inmoral les lleva a un crimen que clama al cielo.
LA IGLESIA Y GALILEO
En la actualidad, la Iglesia ha acogido con comprensión a Galileo, como ha sido puesto de manifiesto por Juan Pablo II (a la Academia Pontificia de Ciencias, 10-11-1979) que, dirigiéndose a su presidente, decía: «Con toda razón ha dicho usted en su discurso que Galileo y Einstein caracterizan una época. La grandeza de Galileo es de todos conocida, como la de Einstein; pero, a diferencia del que honramos hoy ante el Colegio Cardenalicio en el Palacio Apostólico, el primero tuvo que sufrir mucho –no sabríamos negarlo– de parte de hombres y organismos de la Iglesia». El Papa agrega: «Para ir más allá de esta toma de posición del Concilio, deseo que teólogos, sabios e historiadores animados de espíritu de colaboración sincera, examinen a fondo el caso de Galileo y, reconociendo lealmente los desaciertos, vengan de la parte que vinieren, hagan desaparecer los recelos que aquel asunto todavía suscita en muchos espíritus contra la concordia provechosa entre ciencia y fe, entre Iglesia y mundo: doy todo mi apoyo a esta tarea que podrá hacer honor a la verdad de la fe y de la ciencia y abrir la puerta a futuras colaboraciones».
Los que maliciosamente contraponen a Galileo con la Iglesia yerran porque Galileo murió dentro de la Iglesia y decía: «La Sagrada Escritura no puede mentir jamás, pero a condición de penetrar en su sentido verdadero, el cual –no creo pueda negarse– está muchas veces escondido y es muy diferente de lo que parece indicar la nueva significación de las palabras».
Sin embargo, no caigamos ahora en el defecto contrario y vayamos ahora contra los teólogos que intervinieron en el proceso de Galileo, porque, si bien la ciencia debe tener una autonomía legítima dentro de la fe, puede ocurrir y ocurre hoy mismo, sin necesidad de referirse a la ciencia bélica, que ciertas manipulaciones genéticas con vidas humanas nos repugnen y nos lleven a oponernos a ellas por considerarlas contrarias a la dignidad humana y a la sensibilidad humana que se desprende de la fe. Pensemos que aquellos teólogos, que se opusieron a Galileo, creían que la afirmación de éste sobre el movimiento de la Tierra era contraria a la fe e inútil para la ciencia desde el momento que, pragmáticamente, aceptaban que se utilizase como hipótesis de trabajo, aunque no como realidad. La idea genial de Copérnico y Galileo fue tomar un sistema de referencia solidario al Sol.
Continuemos obrando de acuerdo con el Papa que, en la Universidad Complutense, nos decía: «La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe… Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida».
Baltasar Rodríguez-Salinas
Catedrático de Análisis Matemático (Universidad Complutense). Doctor Ingeniero Geógrafo de la Real Academia de Ciencias.
Me he permitido introducir una pequeña edición, sin alterar en nada el texto, sólo para una mejor lectura.
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