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Tema: El Postconcilo español analizado por un obispo

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    El Postconcilo español analizado por un obispo

    Radiografía de diez años de postconcilio en España (1975)

    (Mons J. M. Cirarda, obispo de Córdoba)

    "Los católicos españoles -obispos, sacerdotes y seglares con muy pocas excepciones— llegamos al Concilio sin la debida preparación. Nos pilló de sorpresa su planteamiento. El largo aislamiento consiguiente a nuestra guerra civil no nos permitió sintonizar con movimientos que, en otras partes, fueron aIIanando los caminos conciliares. Y el haber vivido las últimas décadas, como remate de larga historia secular, en una aparentemente firme unidad catóIica, amparada en una legislación confesional y en tradiciones antiquísimas, nos hizo marcar un ritmo ecIesiaI distinto del que se daba en otras naciones sometidas a un rápido proceso secularizador. Por eso, y por otras razones concomitantes, nuestro episcopado no fue demasiado influyente en el Vaticano II, contra lo que era de esperar de una comunidad cristiana de tan grande peso específico católico como la española, y de tan decisiva influencia en otros concilios, sobre todo en Trento.

    "Se dice, por lo contrario, que nuestra Iglesia figura hoy entre las más decididas en la marcha renovadora posconciliar. La natural facilidad de nuestro temperamento para la improvisación, la firme y tradicional adhesión de nuestro pueblo a la Santa Sede y a la jerarquía toda, y en algunos hasta el prurito de no quedar atrás, pueden explicar el inesperado cambio de cosas, que a muchos trae sorprendidos. Tanto más cuanto que las más de las transformaciones posconciliares se han producido entre nosotros sin grande turbación, al paso que en otras comunidades han supuesto anchas y peligrosas conmociones.

    "Claro es, por lo dicho, que ha habido factores buenos y otros no tan buenos, y hasta malos, en nuestras vivencias posconciliares. Nuestra realidad presenta, en consecuencia, unos aspectos gozosos y otros tristes: luces y sombras.

    Los aspectos más positivos

    "Paréceme que entre las cosas más positivas de nuestra postconcilio debemos señalar la renovación litúrgica casi increíble por lo rápida, por lo honda y por la serenidad con que se ha realizado la colaboración que va cuajando en las relaciones entre los obispos, a nivel de la Conferencia Episcopal y en otros niveles inferiores, superado el antiguo y casi institucionalizado aislamiento de las diócesis; el nuevo estilo, cada día más sencillo y fraterno, en las relaciones entre obispos y sacerdotes mutuamente, y entre ellos y los fieles seglares; el descubrimiento de su ser y de su misión específica en la comunidad eclesial por parte de muchos fieles seglares; el respeto al pensamiento de otros, sean de la propia confesión católica, o pertenezcan a otros grupos religiosos o increyentes, dentro de un sano pluralismo y del espíritu de la libertad religiosa; la preocupación por fermentar en cristiano el orden temporal…

    "Y lo mejor de todo es que estas metas, y otras que pudieran alargar la enumeración, no obedecen a modas circunstanciales ni a tácticas apostólicas. En la conciencia de los más formados, y, poco a poco, en la de todos, los cambios van apareciendo como elementos de una nueva psicología cristiana, cuyas raíces más hondas se adentran en dos verdades: una idea altísima de la dignidad de toda persona humana llevada hasta sus últimas consecuencias, y un concepto renovado del misterio de la Iglesia como pueblo de Dios: un pueblo extendido por todo el mundo, pero que se realiza misteriosamente en la intimidad de toda porción suya presidida por un obispo, y en el que lo común a todos los bautizados es mucho más importante que lo que les diferencia en su quehacer dentro del pueblo de Dios.

    Sombras

    "En el cambio, muchas realidades han sufrido indebidamente. No pienso en las cosas que tenían que desaparecer por rutinarias, ni en la purificación de aquellas otras que tenían altos quilates de cristianismo entreverados con impurezas. De unas y de otras había; y hay todavía, en todas partes. Se daban muy concretamente en nuestra comunidad eclesial española, de tan larga historia, tanto en usos y costumbres de nuestra religiosidad popular,como en normas y prácticas de nuestras instituciones, en que la rutina se disfrazaba muchas veces de tradición. Su revisión era ineludible. Su desaparición o enmienda no ha podido hacerse sin sufrimiento de algunos. Pero ese es un sufrimiento necesario y fecundo.

    "Me refería, más bien, a contravalores que tenemos que lamentar en nuestra situación postconciliar. Algunos cambios en lo litúrgico se han realizado con más superficialidad que hondura; se han sacrificado tontamente algunas riquezas artísticas en templos y en música, por ejemplo; la búsqueda de un estilo nuevo en las relaciones mutuas dentro de la Iglesia ha resquebrajado algunos aspectos de la obediencia; el respeto al pensamiento de los demás ha degenerado aquí y allí, en un indiferentismo o en un irenismo esterilizantes; la defensa de un pluralismo, en sí legítimo, ha dado ocasión a actitudes no conformes con Ia caridad y, a veces, ni siquiera con la comunión eclesial; se han desmontado o empobrecido innecesariamente algunas asociaciones de apostolado seglar; el número de vocaciones consagradas ha disminuido, no sólo por la exigencia de una mayor calidad, sino también por un menor aprecio, que a veces degenera en menosprecio, de lo sacerdotal y religioso en un mundo que supervalora lo secular…

    "No son hechos exclusivos de nuestro postconcilio español. Se dan en casi todas partes, al menos en el mundo libre. Pero también son nuestros. Y presentan aquí características especiales en contraste con la recia historia de una comunidad, que se glorió durante siglos de su unidad católica.

    Entre el inmovilismo y el progresismo

    "El mismo día en que se clausuró el Vaticano II —8 dediciembre de 1965— los obispos de España dirigimos un mensaje, desde Roma, a los españoles. Es un documento demasiado olvidado, a pesar de que tiene todavía hoy una viva actualidad. En él nos mostrábamos preocupados, ya entonces, ante las tensiones que aparecían entre dos grupos extremos de nuestra comunidad cristiana: los que hoy llamamos ultras inmovilistas o progresistas. Los describíamos así: “la inercia que se aferre al pasado por miedo a las desviaciones que pueden seguirse de los cambios, y el afán de novedades que da valor a lo nuevo por la única razón de su novedad”.

    "Han pasado diez años. El problema sigue vivo y preocupante. No ha afectado a la gran mayoría de nuestro pueblo. Le salvan, aparte la Providencia de Dios, su buen sentido tradicional y una connatural prontitud para sentir con la Iglesia Jerárquica. Pero en grupos extremistas de signo contrario, la tensión se ha enconado con los años y se han agriado las relaciones entre ellos y las que ambos tienen con la Jerarquía.

    "El ultraísmo inmovilista achaca al Vaticano II casi todos los males del momento eclesial. Hubiera preferido que no hubiera habido Concilio y trata de resguardarse de sus consecuencias. Se ha agravado cada vez más con una mezcla explosiva de un nacionalismo exacerbado y de un anticlericalismo de derechas, que se dio siempre en otras Iatitudes, pero era desconocido hasta ahora entre nosotros. El ultraísmo progresista, por su parte, se ha activado peligrosamente en algunos con el contagio de un temporalismo imbuido de ideologías marxistas y, en muchos más con una actitud contestataria frente a la Jerarquía. Apelan a un pronto Vaticano III.

    "Hoy como hace diez años es preciso recordar lo que los obispos decíamos al término del Concilio: “Estas actitudes nacen de dos sentimientos que siendo legítimos, degeneran al extremarse y excluirse el uno al otro; el amor a la tradición y el anhelo de progreso. Hay que sacudir la inercia de quienes se resisten a acomodarse a la nueva marcha de las cosas y frenar las intemperancias de aquellos que condescienden más de lo justo con las novedades de origen privado”. Esos grupos de lo contrario, pueden romper la unidad, descarrilar la historia o frenar su marcha.

    Cooperación e independencia entre Iglesia y Estado

    "Los obispos españoles salimos del Concilio convencidos de que entrábamos en una era nueva en las relaciones entre la Iglesia y la comunidad política española. Sabíamos de siempre lo que enseña el Vaticano II, que la comunidad política y la lglesia son independientes y autónomas cada una en su propio terreno. Pero la Historia de España había ido trenzando estrechamente lo católico y lo nacional, lo solamente eclesiástico y lo civil. No era cosa de los últimos años. Tenía antigüedad de muchos siglos. Muchos bienes se habían seguido de tal situación. Pero también males. Los Obispos escribimos en nuestro citado mensaje del 8 de diciembre de 1965: «Hemos de confesar que nos hemos adormecido a veces en la confianza de nuestra unidad católica, amparada por las leyes y por tradiciones seculares. Los tiempos cambian. Es necesario vigorizar nuestra vida religiosa, dentro del espíritu renovador del Concilio.

    "A poco, de acuerdo con lo que habíamos aprobado en el Vaticano II, hicimos pública nuestra prontitud para renunciar a los privilegios que pudiera tener la Iglesia en España, y aún al ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos tan pronto como conste que el uso puede empañar la pureza de testimonio o las nuevas condiciones de vida exijan otra disposición.

    "En este orden de cosas, nuestro postconcilio aporta un hecho histórico quizás sin par. Cuando la Iglesia y el Estado han estado muy unidos, aquí o en otras partes, su alejamiento ha sido forzado normalmente por iniciativa de los Estados, bien por prejuicios laicistas o persecutorios, bien por estatismos agudos exacerbados. En la última década española es la Iglesia quien viene esforzándose por garantizar y salvaguardar su plena libertad, cueste lo que costare, a la vez que cuida de seguir ofreciendo y practicando aquella sana colaboración con la comunidad política, que conviene al pueblo, a quien tanto el Estado como la lglesia sirven desde ángulos distintos complementarios.

    Palabras de Mons. Tarancón al rey Juan Carlos

    "El cardenal arzobispo de Madrid, presidente de la Conferencia Episcopal, ha expresado esta doble actitud de la Iglesia con palabras medidas en ocasión tan alta como la de la exaltación de don Juan Carlos como Rey de España. Bueno es recordar algunas de sus ideas: “Son muchos los que tienden la mano hacia la Iglesia pidiéndole lo que la Iglesia no tiene ni es misión suya dar... La Iglesia sólo puede dar mucho más: el mensaje de Cristo. Ese mensaje de Cristo que el Concilio Vaticano II actualizó y, que recientes documentos del Episcopado español han adaptado a nuestro país, no patrocina ni impone un determinado modelo de sociedad. La fe cristiana no es una ideología política ni puede ser identificada con ninguna de ellas... La Iglesia no patrocina ninguna forma ni ideología política, y si alguien utiliza su nombre para cubrir sus banderías, está usurpándolo manifiestamente...”

    "De otro lado, «la Iglesia no pide ningún tipo de privilegio. Pide que se le reconozca la libertad que proclama para todos; pide el derecho a predicar el Evangelio entero incluso cuando su predicación pueda resultar crítica para la sociedad concreta en que se anuncia; pide una libertad que no es concesión discernible o situación pactable, sino el ejercicio de un derecho inviolable de todo hombre... Y, de esta manera, la Iglesia ayuda a la comunidad política, proyectando “la palabra de Dios sobre la sociedad, especialmente cuando se trata de promover los derechos humanos, fortalecer las libertades justas o ayudar a promover las causas de la paz y de la justicia con medios siempre conformes al Evangelio”.

    "Y concluía el cardenal Tarancón: “Que nosotros, como hombres de Iglesia, y Vos, como hombre de Gobierno —hablaba directamente con Su Majestad el Rey—acertemos en unas relaciones que respeten la mutua autonomía y libertad, sin que ello obste nunca para la mutua y fecunda colaboración desde los respectivos campos.

    "Mucho se ha avanzado en esta línea en nuestro postconciIio.No sin dificultades ni sin sufrimientos, porque ha habido muchas incomprensiones que acusaban de oportunismo lo que es convicción independiente de situaciones políticas y de ideologías concretas. Lo logrado en este campo es —pienso-- una de las cosas más positivas de nuestros diez años postconciliares."

    (La Vanguardia 6 -12-1975)
    Última edición por ALACRAN; 17/05/2017 a las 14:16
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

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