Aparición y desarrollo de la revista “Iglesia-Mundo”.
Tras el Concilio Vaticano II, que persiguió la adaptación de la Iglesia al mundo moderno, Pablo VI tuvo que enfrentarse a una grave crisis en el catolicismo mundial. Las diferentes interpretaciones de las enseñanzas conciliares (en muchos casos, la hermenéutica fue mucho más allá de las intenciones del gran sínodo) provocaron una fuerte división eclesial entre conservadores o tradicionalistas y progresistas o renovadores. Por otra parte, pese a los intentos de acercamiento al mundo moderno de la Iglesia, los seminarios comenzaron a vaciarse, las secularizaciones de sacerdotes se incrementaron y las sociedades católicas iniciaron un alejamiento de la práctica religiosa. La renovación pastoral, litúrgica y teológica, coincidente con el proceso de secularización del mundo occidental, debilitó y dividió a la comunidad eclesial.
En España esta situación se agravó por el progresivo despegue de la Iglesia respecto del régimen del 18 de Julio. La opinión crítica con la evolución de la Iglesia posconciliar, con indudables repercusiones en las relaciones con el Estado, se organizó en torno a asociaciones de seglares, sacerdotes y religiosos y se expresó en algunas publicaciones políticas y religiosas (Fuerza Nueva y ¿Qué Pasa?) y religiosas (Iglesia-Mundo), así como a grupos de sacerdotes (Hermandad Sacerdotal Española).
El lanzamiento de Iglesia-Mundo se produjo en 1971, año de la celebración de la Asamblea Conjunta de obispos y sacerdotes, iniciativa que por su espíritu subversivo e intento de condena el papel de la Iglesia durante la Guerra Civil generó el rechazo del catolicismo tradicional. Iglesia-Mundo mantuvo una constante censura de todos los movimientos de despegue eclesial frente al régimen franquista. Asimismo en sus páginas la Conferencia Episcopal recibió constantes críticas ante su pasividad frente a las desviaciones litúrgicas, pastorales o teológicas de los religiosos progresistas. Iglesia-Mundo se convirtió en un altavoz del catolicismo crítico con la evolución de la Conferencia Episcopal Española en sus relaciones con el régimen franquista, con los grupos de sacerdotes y seglares progresistas y con las interpretaciones consideradas desviadas del Concilio Vaticano II.
En mayo de 1971 la muerte de monseñor Casimiro Morcillo, obispo de Madrid-Alcalá y presidente de la Conferencia Episcopal Española entre 1969 y 1971, facilitó que el cardenal Tarancón asumiese la dirección de la Iglesia española siguiendo el proyecto diseñado por Pablo VI. Este proceso había sido iniciado con la llegada del nuncio Dadaglio a Madrid en 1967 y se basaba fundamentalmente en la renovación de las jerarquías eclesiásticas a través del nombramiento de obispos jóvenes y, especialmente, de los obispos auxiliares, no sometidos al procedimiento de designación del Concordato de 1953. En tres años el episcopado se renovó de tal manera que el control quedó en manos de una mayoría conservadora pero alineada con los planes de renovación eclesial. Esta rejuvenecida Conferencia Episcopal permitió iniciar las críticas de la Iglesia al Régimen y mostrar un despegue respecto de la tradicional postura de vinculación plena con el Estado.
Esta evolución no fue asumida por todos los obispos y originó notables divisiones eclesiales, las cuales se pusieron de manifiesto especialmente ante la organización y celebración de la Asamblea Conjunta de obispos y sacerdotes en septiembre de 1971.
La iniciativa de publicar Iglesia-Mundo fue responsabilidad del arzobispo Morcillo. La idea fue plenamente respaldada por el sector conservador del episcopado. Según Jaime Caldevilla, el primer director de Iglesia-Mundo, 32 obispos apoyaron en origen el proyecto.
La publicación recibió la autorización diocesana del arzobispo Morcillo el 13 de noviembre de 1970 La revista publicó su primer número el 16 de abril de 1971.
Iglesia-Mundo anunció su propósito de moderación durante su lanzamiento. Su primer editorial y su declaración de principios son ejemplos de la voluntad de moderación de los editores, aunque su contenido no esconde un profundo sentido católico tradicionalista.
En la declaración de principios rectores de la revista, publicados en su número uno se planteaba la intención de trabajar, en línea con las palabras de Pablo VI, por «conservar íntegro y puro el depósito de la fe » y por defender el magisterio pasado y presente de la Iglesia. Iglesia-Mundo también manifestaba su patriotismo y su respeto a las legitimas autoridades
Pese a esta intención de moderación, Iglesia-Mundo generó tensiones en la Conferencia Episcopal. En su número 0 la revista publicó un documento que un grupo de obispos había dirigido a monseñor Morcillo y que el presidente de la Conferencia había silenciado por la gravedad de su contenido. Estos obispos criticaban a la Conferencia por olvidar los temas propios del magisterio episcopal y preocuparse solo de temas sociales y políticos. Al mismo tiempo, amenazaban con la publicación de textos colectivos en contra de los oficiales. Para Tarancón este documento era una amenaza de ruptura de la Conferencia y una « declaración de guerra».
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El director de la revista fue Jaime Caldevilla desde 1971 hasta su muerte en 1976.
Entre los principales colaboradores de la revista se encontraban teólogos vinculados a la Hermandad Sacerdotal Española como Victorino Rodríguez, José Antonio de Aldama y Antonio Peinador. Otros muchos clérigos colaboraron a lo largo de los años setenta (P. Bernardo Monsegú, P. Luis Madrid Corcuera, P. José Ricart Torrens, P. Luis Vera, etc.). También escribieron en sus páginas pensadores tradicionalistas como Adolfo Muñoz Alonso, Vicente Marrero, Juan Vallet de Goitisolo o Plinio Correa de Oliveira, militares como Luis López Anglada o miembros de las Uniones Seglares, como Francisco J.Fernández de la Cigoña. Asimismo Iglesia-Mundo recogió en sus páginas los documentos y declaraciones de obispos conservadores como, por ejemplo, José Guerra Campos, Marcelo González, Ángel Temiño, Marcelino Olaechea o Pablo Barrachina.
El principal objetivo de la revista, en palabras de sus responsables, era influir en los casi 150 000 sacerdotes, religiosos y religiosas que integraban el clero español con el fin de «contribuir a mantener el conocimiento de la verdad ». Iglesia-Mundo afirmaba tener capacidad para ello. Su propósito era reforzar la oposición al progresismo y al liberalismo católico y prestar «un notable servicio a España » manteniendo inalteradas las relaciones Iglesia-Estado.
Tanto los obispos que la impulsaron como los seglares que la dirigían mantenían buenas relaciones con el Régimen y buscaron su apoyo. A los pocos meses del lanzamiento de Iglesia-Mundo, problemas económicos forzaron a buscar la ayuda del Estado. El presidente de la editorial, Manuel Alemán, se entrevistó con el vicepresidente del Gobierno, Luis Carrero Blanco, a finales de 1971 con el fin de solicitar el respaldo económico del Estado. Las palabras del almirante fueron de claro compromiso de apoyo.
Más allá de la financiación, el Estado simpatizó con los contenidos y orientación de la publicación en un momento en que algunos sectores de la Iglesia estaban comprometidos con la oposición política al régimen del 18 de Julio. Iglesia–Mundo recibió documentación sobre las actividades religiosas del clero disidente elaborada por los servicios de información para combatir intelectualmente las corrientes eclesiales progresistas.
En 1971, el mismo año del comienzo de su publicación, el coronel Ignacio San Martín, responsable del Servicio Especial, amplió el campo de actuación de este organismo, dedicado a la lucha contra la subversión política, al sector « religioso-intelectual ». Su objetivo fue enfrentarse a la « subversión religiosa » a través de la difusión de documentos « destinados a combatir corrientes adversas », la creación de redes de periodistas simpatizantes con la Iglesia más conservadora o la coordinación de « la labor de grupos y publicaciones favorables »
Las secciones dedicadas a asuntos religiosos en los principales periódicos del país como ABC, La Vanguardia Española, Informaciones o Ya estaban en manos de periodistas cercanos a los sectores de la Iglesia identificados con la innovación del catolicismo impulsada por el Vaticano II. Gran parte de las editoriales de libros religiosos (Mensajero, Verbo Divino, Sígueme, Desclée de Brouwer, PPC, Sal Terrae, etc.) o publicaciones de información eclesial y teológica, como Vida Nueva, Iglesia Viva o, incluso, Ecclesia, mantenían una línea de apoyo a las corrientes críticas con el Régimen del 18 de Julio.
El Estado contrarrestó esta situación apoyando a los sacerdotes conservadores de la Hermandad Sacerdotal Española o a revistas como Iglesia-Mundo con involucración del Estado (por otra lado, lógica en cualquier iniciativa defensiva del régimen) en la lucha periodística contra la disidencia eclesial : Iglesia-Mundo fue utilizada por el Gobierno como elemento de su estrategia global antisubversiva, para difundir la existencia de una Iglesia verdadera, apegada a la auténtica tradición, que no seguía las desviaciones de la Conferencia Episcopal o de los sacerdotes progresistas. En esta línea, la revista era difundida en embajadas, agregados culturales o agencias de noticias de Roma. En cualquier caso, más allá de los lógicos apoyos del Estado, Iglesia-Mundo ejerció su labor con plena libertad y respondiendo a las motivaciones profundamente religiosas de los obispos y seglares promotores de su publicación.
Entre 1972 y 1975, año de la muerte del general Franco, continuó defendiendo la fe tradicional y el Estado católico. Esta defensa supuso críticas a organizaciones eclesiales como Justicia y Paz o Caritas, a las subversivas "Asamblea de Canarias" y "Asamblea de Vallecas" y, en general, a la Iglesia española, cuyo estado de crisis era responsabilidad principal del cardenal Tarancón. El tono polémico de estas críticas reforzó su distanciamiento con los sectores renovadores de la Conferencia Episcopal Española.
Desde 1975 Iglesia-Mundo acentuó sus perfiles políticos y profundamente opuestos a la transición. La publicación se convirtió en órgano de expresión de los grupos de católicos vinculados al tradicionalismo carlista o a Fuerza Nueva. Las críticas hacia la Iglesia española también se endurecieron.
La publicación, aunque contempló con simpatía al arzobispo Marcel Lefebvre, mostró su disconformidad con la ruptura de la comunión eclesial a lo largo de los años setenta y ochenta. Poco a poco la revista, mantenida por la viuda de Jaime Caldevilla, fue perdiendo lectores y presencia pública en paralelo a la desaparición de toda una generación de sacerdotes conservadores, la hostilidad de la Conferencia Episcopal, la profunda secularización de la sociedad española y, sin duda, la crisis de la extrema derecha política.
Su último director fue Ricardo Pardo Zancada, militar condenado por su participación en el intento de golpe de estado el 23 de febrero de 1981.
La revista desapareció en 1994.
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