LA FILOSOFÍA RELIGIOSA DE MARITAIN
Los errores históricos de Maritain, con ser tan graves, tan irrespetuosos con aquella Edad –“en que la Filosofía del Evangelio gobernaba los Estados” (Immortale Dei, 28)-, no tienen la trascendencia que tienen sus errores religiosos en una materia tan delicada como son las “relaciones entre la Iglesia y el Estado”.
Para proceder con claridad y la mayor objetividad posible, voy a limitarme a poner ante los ojos de los lectores dos “esquemas”: el católico, el pontificio, y luego el maritainiano. Vistos los dos esquemas, el lector en seguida caerá en la cuenta del contraste. En el primero advertirá la constitución ortodoxa de los Estados; en el segundo, la heterodoxia de Maritain, su liberalismo teológico disimulado, como siempre, con protestas de catolicismo. Se comprenderá la razón con que Julio Meinvielle ha escrito “De Lamennais a Maritain”.
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Esquema de la constitución cristiana de los Estados, según la línea trazada por los grandes Pontífices, desde Gregorio XVI hasta León XIII
1º El poder público viene de Dios. La naturaleza ha ordenado al hombre vivir en sociedad, y no pudiendo ninguna sociedad subsistir y permanecer si no hay quien presida a todos y mueva a cada uno con un mismo impulso eficaz y encaminado al bien común, síguese que es necesaria la autoridad que, como la misma sociedad, surge y emana de la Naturaleza y por tanto de Dios, su autor. (Immortale Dei, 4)
2º La sociedad así fundada ha de cumplir, por medio del culto público, los deberes que la unen con Dios. “La razón y la naturaleza, que manda a cada uno de los hombres dar culto a Dios, porque estamos bajo su poder, y de él hemos salido y a Él hemos de volver, estrecha con la misma Ley a la comunidad civil”. (Immortale Dei, 11)
3º La sociedad, pues, ha de ser religiosa y ha de profesar la Religión Cristiana. “Así como al individuo no es lícito descuidar los deberes para con Dios, el primero de los cuales es profesar de palabra y de obra, no la religión que a cada uno acomoda, sino la que Dios manda y consta (…) ser la única verdadera, así la sociedad ha de profesar la Religión verdadera, que es la Católica…” (Immortale Dei, 11)
4º Habiendo Cristo instituido la Iglesia católica, sociedad perfecta, para continuar su obra en el mundo y enseñar la religión a las gentes, a Ella deben acudir los Gobiernos para escuchar sus enseñanzas, no oprimiéndola ni viviendo separados de Ella, sino unidos; en las materias espirituales, respetando sus iniciativas; en las materias mixtas, procurando el acuerdo, dejando las dudas que prevalezca su criterio (Imm. Dei, 19 y sig.).
5º Debe el Estado protegerla. “Honren como sagrado los príncipes el santo nombre de Dios, y entre los primeros y más gratos deberes cuenten el de favorecer con benevolencia y el de amparar con eficacia a la religión, poniéndola bajo el resguardo y vigilante autoridad de la Ley” (Imm Dei, 12).
6º No debe el Estado otorgar carta de naturaleza y vecindad a los diferentes cultos... y debe “de tal manera admitir y abiertamente profesar aquella ley y culto divino, que el mismo Dios ha demostrado que quiere y se contiene en la Iglesia Católica; que no abra la puerta a institución ni decreto alguno que ceda en su detrimento” (Imm Dei, 12).
7º Así como hay que condenar la libertad de cultos en los particulares (…) así también hay que condenar la libertad de cultos en el Estado, porque, estando obligado a profesar la verdadera Religión, el Estado no sólo no puede ser ateo, sino que tampoco puede conducirse de igual modo con las varias religiones y conceder a todas promiscuamente iguales derechos” (Libertas, 24, 25, 26).
8º Tolerancia civil. La Iglesia se hace cargo del curso de los ánimos y de los sucesos por donde va pasando nuestro siglo. Por esta causa, y sin conceder el menor derecho sino sólo a lo verdadero y lo honesto, no rehúye que la autoridad pública soporte algunas cosas ajenas de verdad y de justicia con motivo de evitar un mal mayor o adquirir y conservar mayor bien. He aquí el fundamento y el sentido de la tolerancia de los falsos cultos
9º Pero téngase presente que cuanto mayor es el mal que ha de tolerarse en la sociedad, otro tanto dista del mejor este género de sociedad (Libertas, 8 y sig.).
Aquí ha quedado trazado el esquema de la constitución cristiana del Estado en sus relaciones con la Iglesia Católica.
Nótese -y esto es importantísimo- que este esquema no es circunstancial. “Esta que dejamos trazada sumariamente es la forma cristiana de los Estados, no fingida temerariamente y por capricho, sino sacada de grandes y muy verdaderos principios que, a juicio de la razón humana, merecen asentimiento (Imm Dei, 3 y sig.).
Esquema maritainiano
Ruego a mis lectores la máxima atención para caminar por el laberinto en que este confusionista anda y mezcla lo verdadero con lo falso. Es un especialista en conciliar crédito a sus errores con profusión de verdades que nadie niega.
Como preámbulo de sus audacias liberales, propone los siguientes postulados:
1º El Cristianismo no es la Cristiandad. El Cristianismo es una verdad caída del cielo. La Cristiandad es un orden temporal inspirado en el Cristianismo, pero temporal, variable, perfectible.
Como tal, y por ser la realización concreta del Reino de Dios en las sociedades, varía, como varían las edades y el estado de la civilización (Humanismo integral, cap. IV).
Respuesta. Admitido, decimos, siempre que queden a salvo ciertos principios fundamentales, invariables, alma de todo orden cristiano. Lo contrario es el error modernista de la “evolución de la verdad”.
2º La Cristiandad es un concepto analógico que se realizó de una manera en la Edad Antigua y Media y de diferente manera se realizará en las futuras sociedades llamadas a ser cristianas. (Humanismo integral, cap. IV).
Respuesta. La misma distinción siempre que se mantenga invariable el substratum común de todos los analogados.
3º En la Edad Media se realizó esta unión incorporando el elemento fe con el elemento ciudadanía. No era ciudadano, al menos con sus derechos integrales, el que no era cristiano. Esto, dice Maritain, es una confusión que ha costado mucho. Eso es la violación de la palabra evangélica: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. En cierto modo, es excusable la Edad Media. Las generaciones cristianas, recién salidas del paganismo, son disculpables por no haber sacado las últimas consecuencias de esa palabra de orden cristiana. En el paganismo, Dios y el César eran una misma cosa. La distinción había de hacerse por grados, paulatinamente.
Por otra parte, la reforma política y civilizadora que se proponían Constantino, Teodosio y sus epígonos necesitaba hombres cristianos. Llamar a la obra común a los paganos y herejes hubiera sido retardar la obra civilizadora. Para reformar la familia, suprimir la esclavitud, dignificar a la mujer se necesitaban obreros integralmente cristianos. (…)
Era una previsión de alta política la que inspiraba esa pesada insistencia con que los emperadores y reyes excluían a los no católicos de la nueva sociedad.
Hoy -sigue hablando Maritain- ya se han visto los inconvenientes de esa aglutinación del elemento cívico y religioso. La Cristiandad sacral ha hecho grandes cosas, pero no ha distinguido bien los dos aspectos, el temporal y el espiritual de la vida humana. El incluir en la noción de ciudadanos la noción de cristiano ha hecho aparecer al Cristianismo como solidarizado con todas las lacras del elemento humano, y aunque la Iglesia casi siempre conservara sus manos puras, por estrechar con tanto calor las manos de los príncipes, pudieron las gentes no acostumbradas a deslindar responsabilidades, creer verlas manchadas con el mismo polvo y la misma sangre. (…)
Todo esto hace que la ciudad Medieval se presentara como un todo compuesto, con un aglutinante de lo temporal y de lo espiritual que no estaba la naturaleza de las cosas. Lo que requiere la naturaleza de las cosas es la distinción de lo espiritual y lo temporal y la subordinación de lo segundo a lo primero, no su alianza, como componente de la ciudad; que la Iglesia se diferencie de la ciudad temporal, que la oriente, que la tonifique, que la conforte, pero desde fuera, cada una en su compartimento. (…) El ideal, pues, es que la Iglesia aparezca como una potencia inspiradora, no como una parte integrante de la ciudad.
Respuesta. Todo esto, advertimos, es susceptible de la interpretación que quiera dársele.
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