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Tema: Artículos del Clifford Hugh Douglas Institute (Oliver Heydorn, W. Klinck, etc.)

  1. #41
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    Re: Artículos del Clifford Hugh Douglas Institute (Oliver Heydorn, W. Klinck, etc.)

    La 4ª Revolución Industrial podría dejar atrás a muchos trabajadores





    Por Mark Anderson


    Reimpreso con permiso de The Progressive Populist: Anderson 4th Industrial Revolution may leave workers behind.



    Cuando el vicepresidente Joe Biden hizo su 10ª aparición en el Foro Económico Mundial (FEM) anual en Davos, Suiza, para abordar el tema central del foro en 2016: “La Cuarta Revolución Industrial”, se dirigió a los varios elitistas presentes para saludar la venida de la era de la automoción y la robótica.

    Otros funcionarios de primera categoría estadounidenses que participaron en la confabulación de Davos los días 20-23 de Enero incluían al Secretario de Defensa Ash Carter, el Secretario de Estado John Kerry, el Jefe del Tesoro Jack Lew, la Fiscal General Loretta Lynch y el Representante de Comercio Michael Froman. Reflexionaron sobre la suerte del mundo junto al Primer Ministro británico David Cameron, el ejecutivo de la Business Roundtable y de Alcoa Klaus Kleinfeld, la presidente del FMI señora Christine Lagarde y el Ministro de Hacienda del Reino Unido George Osborn, entro otros.

    Ya sean monstruos o santos, la cruda realidad es que la organización del FEM representa principalmente a la clase inversora-acreedora, cuya autoimpuesta “misión” es la de decidir “la forma que han de tomar las cosas que vienen”, en medio de un presunto “consentimiento”.

    La persona importante del FEM es Klaus Schwab, de Alemania. Él describió esta “cuarta revolución industrial” en Foreign Affairs, el órgano de publicación del Consejo de Relaciones Exteriores (una camarilla política colusiva impulsada hace tiempo con el dinero de Rockefeller). El CRE es un “puente” que conecta a los más poderosos intereses globales con las cámaras legislativas y los gobiernos ejecutivos.

    Schwab escribió:

    “La Primera Revolución Industrial usó agua y energía de vapor para mecanizar la producción. La Segunda usó la energía eléctrica para crear producciones en masa. La Tercera usó la electrónica y la tecnología de la información para automatizar la producción. Ahora, la Cuarta Revolución Industrial se está construyendo sobre la Tercera, la revolución digital… Se caracteriza por una fusión de tecnologías que están haciendo borrosas las líneas entre las esferas física, digital y biológica”.

    En concordancia, Biden habló con altanería de varias tecnologías que estimulan un crecimiento económico “exponencial” ilimitado, aunque lamentó el “vaciamiento” de la clase media.

    Este “hueco” o “cavidad” se encuentra entre los relativamente pocos trabajos tecnológicos (y algunos de carácter administrativo) de alta gama en la parte superior, y los trabajos de baja especialización del sector servicios en la parte inferior… con los trabajos de fábrica de la clase media habiéndose automatizado, externalizado o “internalizado” a trabajadores extranjeros de tecnología de la información con visas de empleo estadounidenses.

    “Todos nosotros en esta sala probablemente vamos a estar bien”, aseguró Biden a los capitanes de las corporaciones, oligarcas, banqueros, activistas de ONGs, celebridades y otros del auditorio del FEM. “Pero necesitamos un ambiente, en el despertar de esta revolución, en donde todos tengan la oportunidad de ser parte de la mezcla”.

    Añadió: “No estoy haciendo de esto un asunto populista; esto no es una guerra de clases”, adjudicando al populismo el rol de simple antagonismo hacia el rico.

    Con todo, Biden aparentemente buscaba una “prosperidad compartida” al empujar suavemente a su auditorio para que mirara más allá de los intereses de los accionistas y apoyara a los trabajadores y a las comunidades.

    Pero las tecnologías digitales y robóticas emergentes que comprenden esa cuarta revolución automatizada indudablemente desplazarán a un lado a montones de trabajadores. Y esto en gran parte es algo malo, a menos que consideremos algún nuevo modo de pensar valiente; algo que el FEM probablemente no nos proporcionará.

    Entre las alternativas reformas económicas y monetarias, el “Crédito Social” es el único sistema documentado que ha determinado con precisión cómo podríamos beneficiarnos en general de esta automatización creciente.

    Concebido por el ingeniero escocés C. H. Douglas y promovido por, entre otros, el académico estadounidense Gorham Munson, el Crédito Social reconoce que la humanidad no debería estar organizada de manera estricta en un “Estado laboral” orwelliano para toda la vida, y que todos somos herederos de la riqueza natural de la tierra y de los logros culturales y tecnológicos acumulados.

    Fundándose en esta comunidad de bienes heredada, el Crédito Social aboga por un dividendo, derivado a partir de dinero nuevo creado libre de deuda, para ser regularmente pagado a todos y cada uno de la sociedad (para complementar las remuneraciones por trabajo cuando éste se aplique, reduciéndose enormemente los poderes de los bancos privados), con independencia de si los receptores están o no empleados.

    La cantidad del dividendo estaría alineada o en concordancia con los datos objetivos de producción, para así prevenir la inflación de precios. Otras medidas vendrían incluso a rebajar los precios. El dividendo cubre la brecha crónica entre el mezquino poder adquisitivo que hay en la “Plaza de Mercado” y la mucho más grande acumulación de bienes y sus precios, que se hace más montañosa aún por la supereficiente automatización. De ahí que tengamos almacenes repletos y carteras vacías.

    Además, a medida que el mundo se automatiza más, la economía simplemente no requiere de tanto trabajo humano como solía, a fin de producir los bienes. Por tanto, necesitamos medidas valientes para poder sobrevivir y prosperar.

    Nuestra revistas ilustradas y autores como Jeremy Rifkin han predicho a lo largo de los años que los humanos trabajarían algún día mucho menos y tendrían mucho más. Bajo el Crédito Social eso puede ocurrir; a medida que crece la producción automatizada, así también lo hace el dividendo del ciudadano, estimulando el tiempo de ocio creciente, con independencia de la clase a la que se pertenezca. De esa forma, todos los individuos pueden perseguir la pasión o amor de sus respectivas vidas. (Véase www.socred.org).

    Pero en ausencia de este modelo “distributista”, los superricos arrinconarán los beneficios que proceden de la automatización y oprimirán y desplazarán aún más a las clases más bajas.

    El Crédito Social no es socialismo redistributivo (a diferencia del socialismo, la producción es descentralizada); ni es capitalismo de monopolio; por el contrario, es una tercera vía que neutraliza la palanca económica con la que unos pocos dominan a la mayoría.

    El albertano Wallace Klinck, descendiente del gobierno provincial de Crédito Social que operó en la década de 1930, dijo: “O bien diseñamos una sana economía distributiva en una sociedad libre o se nos impondrá un sistema tiránico de administración directa, esencialmente dictatorial-tecnocrático en su naturaleza”.



    Mark Anderson es un periodista veterano que divide su tiempo entre Texas y Michigan. Envíale emails a truthhound2@yahoo.com.


    Fuente: CLIFFORD HUGH DOUGLAS INSTITUTE

  2. #42
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    Re: Artículos del Clifford Hugh Douglas Institute (Oliver Heydorn, W. Klinck, etc.)

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    Crédito Social: un modelo económico para los personalistas




    Por M. Oliver Heydorn



    Una de las corrientes más significativas en la filosofía contemporánea es la escuela de pensamiento conocida con el nombre de “personalismo”. Mientras otros filósofos reflexionan acerca de la naturaleza del conocimiento, de la moralidad, o de la realidad última, los filósofos personalistas toman un especial interés en el ser personal como objeto central de sus preocupaciones. Estos pensadores están muy interesados en hacer plena justicia, en su investigación y enseñanza, a la naturaleza y dignidad de lo personal; especialmente cuando esta realidad se hace manifiesta en el caso de las personas humanas.

    En comparación con los seres no personales o impersonales, las personas son más plenamente reales, esto es, ocupan un escalón más alto en la jerarquía del ser. No son objetos pasivos desprovistos de interioridad; por el contrario, gozan de autoposesión y de autotrascendencia o autosuperación. A través de las potencias de autoconciencia y autodeterminación, la persona tiene conscientemente experiencia de sí mismo como un sujeto incomunicable e irrepetible; un sujeto que puede establecer varias relaciones con otros seres fuera de sí mismo.

    Naturalmente, tal alta visión de la dignidad ontológica de la persona necesariamente conlleva implicaciones morales. Si uno acepta ciertos estándares éticos “personalistas” como normativos (tómese, por ejemplo, la afirmación de que los seres humanos no deberían ser tratados como meros medios, sino como fines en sí mismos), entonces de ahí se sigue que existen patrones de vida social que serán más, o menos, concordantes con el valor de la persona.

    En esta bitácora, me propongo examinar lo que una tradición particular dentro del personalismo, la que podría denominarse “personalismo realista”, exige, en términos morales, de la economía, y cómo la introducción del Crédito Social permitiría que esas exigencias morales pudieran ser plena y apropiadamente satisfechas en la práctica. A diferencia de algunas ramas más “seculares” del personalismo, el “personalismo realista” se ha desarrollado en estrecha asociación con la filosofía cristiana, es decir, con la reflexión razonada sobre la creencia y práctica cristiana.

    Uno de los primeros pensadores dentro de esta tradición, el filósofo Emmanuel Mounier, hizo la siguiente declaración en su libro Manifiesto al servicio del personalismo:


    “Una civilización personalista es una civilización cuyas estructuras y espíritu están orientadas a la realización como persona de cada uno de los individuos que la componen. (…) tienen como fin último el poner a cada persona en estado de poder vivir como persona, es decir, de poder acceder al máximum de iniciativa, de responsabilidad, de vida espiritual.” [1]


    Nótese que en esta descripción de una “civilización personalista” –con la cual él se refiere a una civilización que sea digna de la incomparable dignidad de cada ser humano– Mounier explícitamente incluye el concepto de “estructura”. No es suficiente el que se hable sobre, o se promuevan, las “virtudes personalistas” por parte de agentes morales individuales, como algunos personalistas acostumbran a hacer. En lugar de ello, debemos reconocer que son los mismos sistemas políticos, económicos y culturales, bajo los cuales vivimos, los que, o bien promoverán a la persona –respetando su dignidad y facilitando su florecimiento–, o bien la quebrantarán e interferirán en el despliegue de su vocación como persona. Por esta razón, la elección de estructuras, de instituciones, leyes y convenciones, son moralmente relevantes e ineluctables. Este hecho ha sido subrayado por los Papas recientes, los cuales han dilucidado y explicado, en su enseñanza social, la noción de “estructuras de pecado”, y han declarado esas estructuras como incompatibles con la doctrina y práctica cristiana.

    La conclusión final es que la civilización personalista que Mounier capitaneó, no podrá venir a la existencia si el orden económico actual, por ejemplo, no apoya de manera adecuada los fines personalistas. Puesto que un orden económico personalista constituye una condición necesaria para el establecimiento de una civilización personalista, las ecuaciones económicas no pueden o no deberían ser ignoradas por los pensadores personalistas. Es más, los personalistas tienen la obligación de trabajar en favor de un cambio positivo: siempre que, o en la medida en que, las estructuras económicas traten a la persona como si fuera un objeto personal (como, por ejemplo, simple materia prima para el proceso económico), los personalistas deberían denunciar esas estructuras y abogar por su reemplazamiento por alternativas que estén en mayor acorde con la ética personalista y, por tanto, con la ley natural.

    Pero, ¿qué modelo económico específico deberían apoyar los personalistas?

    A diferencia de la doctrina de la “economía personalista” (así llamada) que hace circular el Instituto Acton, yo no pienso que una versión derechista de la economía mixta –una que tiende hacia los ideales del laissez-faire del capitalismo– sea de ninguna manera suficiente –aun cuando estuviera fortificada por las cualidades personales de una población virtuosa– para proporcionar el tipo de resultados que los personalistas deberían esperar a partir de su asociación económica.

    En realidad, si queremos mirar a la economía a través de unas lentes personalistas, pienso que tendríamos que admitir –dejando al margen cualesquiera cuestiones relacionadas con la ética individual– que en ningún sitio del mundo occidental aparece el fracaso estructural del sistema económico –a la hora de respetar a la persona y servir al auténtico bien común– de manera más evidente que en el caso de los Estados Unidos. Considérese solamente su puritana ética del trabajo; su fracaso sistemático a la hora de reconocer (mucho menos respetar) los legítimos derechos de los trabajadores; su institucionalización del ejercicio del poder sin responsabilidad tanto en las entidades de las corporaciones como en los cuerpos gubernamentales; y, en realidad, su sistemática consagración de todo el conjunto de la sociedad a la religión de Mammon, es decir, la búsqueda y adulación del todopoderoso dólar como fin en sí mismo, tal y como se evidencia a partir de la difusión generalizada de las celebridades adineradas, el consumo conspicuo, y el consumismo despilfarrador como pilares de la “cultura” americana. Para colmo, existe la curiosa tendencia, por parte de muchos americanos, de negar la verdad objetiva (quizás porque carecen de estándares de comparación); esto es, de negar la realidad de que, efectivamente, existen serios problemas éticos con aquello que ellos consideran que es la forma normal de conducir los negocios y de hacer funcionar la economía. Desde una valoración ética y, en realidad, personalista, la economía americana –que es uno de los ejemplos más cercanos que tenemos del ideal del laissez-faire (al menos desde un punto de vista retórico o verbalista, si bien no siempre desde el punto de vista de la realidad práctica)– constituye un abyecto fracaso. Cf. La obsesión puritana de América con el trabajo.

    Pero esta crítica del capitalismo al estilo americano, no tiene como objetivo sugerir que los personalistas debieran, por tanto, abrazar el socialismo, como si eso fuera la única alternativa. En su libro, Jobs of Our Own, Race Mathews señala lo siguiente en relación a las opiniones económicas de dos de los primeros pensadores personalistas: “Maritain y Mounier en particular –partidarios de la escuela de filosofía personalista– vieron tanto al capitalismo como al socialismo estatal como incompatibles con los valores personalistas”. [2] En efecto, un socialismo en toda regla, con su centralización del control sobre la iniciativa económica; su subordinación del individuo al grupo; y las limitaciones que pone a la genuina independencia y libertad económicas, podría decirse que están incluso más alejadas de la dignidad humana que la despersonalización del orden económico capitalista.

    En lugar de estos dos sistemas, que conforman los dos extremos del espectro económico convencional; y en lugar de cualquier mezcla o posición de compromiso entre ellos dos, Matheus señala también que las inquietudes personalistas de Mounier y Maritain parecerían estar implicadas más bien en la línea del distributismo: “Las enseñanzas personalistas de estos preeminentes filósofos católicos franceses, Jacques Maritain y Emmanuel Mounier, fueron ampliamente vistas como defensoras del distributismo.” [3]

    Mientras el capitalismo concentra la posesión privada de la propiedad productiva en manos de pocos, y el socialismo desea reemplazar la posesión privada por una posesión pública o colectiva de un tipo u otro, el distributismo, por su parte, busca la descentralización de la propiedad privada, esto es, hacer propietarios al mayor número de población posible.

    La conexión orgánica entre distributismo y personalismo se encuentra en el hecho de que la “propiedad” es algo apropiado para la persona. Es algo apropiado (esto es, adecuado) e, incluso, en cierto sentido, necesario para cada persona el poseer una propiedad, especialmente propiedad productiva. Por tanto, un sistema económico personalista busca naturalmente conceder a los miembros de una asociación económica el derecho a una propiedad. La propiedad otorga al individuo la independencia, seguridad y liberad económicas, que se adecúan o corresponden con la naturaleza metafísica de las personas, en tanto que seres autoconscientes y autodeterminantes. El distributismo constituye, por tanto, el único tipo de sistema económico que busca –en sus mismas instituciones y convenciones– hacer plena justicia a la naturaleza y dignidad de la persona; del mismo modo que el personalismo, en el plano filosófico, busca hacer en sus investigaciones plena justicia a la persona.

    Los instintos de nuestros personalistas franceses eran, creo yo, verdaderamente correctos: el distributismo, el personalismo y la enseñanza social católica forman todos ellos una misma pieza.

    Uno de los problemas básicos que hay con el distributismo clásico, sin embargo, es que se trata de un sistema de do ut des. Siempre ha de haber un algo por algo, y nunca un algo por nada. En otras palabras, se asume que todos los beneficios económicos han de ser ganados remuneradamente por alguien que en algún lugar esté trabajando muy, muy duro, y que, en consecuencia, no existe nada parecido a una comida gratis (a menos que esta comida gratis lo fuera en forma de renta económica y, por tanto, enteramente ilegítima). En efecto, todos los sistemas económicos existentes y todos los sistemas alternativos con los que estoy familiarizado, son sistemas de do ut des… en completa oposición, podría añadir, con lo que la doctrina cristiana, en relación a la realidad y necesidad de la gracia inmerecida en la vida espiritual, parecería implicar para la organización económica de un verdadero orden social cristiano. [4]

    Afortunadamente, sí hay una alternativa. El Modelo Económico del Crédito Social, desarrollado por el ya fallecido ingeniero británico, Clifford Hugh Doulgas (1879 – 1952), se distingue de todas las demás teorías explicativas defectuosas al encarnar un principio de gratuidad, como parte integrante de lo que la justicia distributiva y las condiciones para la posibilidad de un equilibrio demandan o exigen de la economía moderna industrializada. El reconocimiento de la necesidad de la “gracia” económica como parte del sistema financiero, no es sino una de las razones por las que el Crédito Social ha sido denominado como “Cristianismo Práctico”.

    ¿Cómo es posible este aparente milagro de gracia económica? Por muy irónico que pueda resultar, el actual sistema financiero hace un buen trabajo a la hora de monetizar, como componente de los valores en precios, todas aquellas contribuciones que son hechas al proceso productivo por los factores comunes de producción. Nos estamos refiriendo aquí a tales cosas como los recursos naturales, las plusvalías que se originan a partir de la asociación humana, y la herencia cultural. Estos factores comunes, por cuya virtud cada individuo puede hacer una reivindicación de su parte en el volumen o resultado productivo de la sociedad, se los puede considerar como estando representados (aunque no intencionadamente) por la brecha que existe entre los precios y los ingresos, una brecha que principalmente se debe a la existencia y uso de capital real bajo las reglas estándar de contabilidad industrial del coste. Esa brecha existe precisamente porque, mientras el actual sistema financiero monetiza inadvertidamente los factores comunes de producción como valores en precios dentro de la estructura de precios, simultáneamente no monetiza, en forma de un flujo correspondiente de ingresos al consumidor, las ganancias que deberían derivarse de estos factores comunes.

    La genialidad del Crédito Social está en su propuesta de que, en lugar de depender, como actualmente hacemos, de deuda adicional para poder rellenar la brecha, es justo y conveniente que la brecha sea monetizada a través de la creación de un flujo suficiente de crédito “libre de deuda”. Este crédito compensatorio ha de ser emitido, tanto directa como indirectamente, para el principal beneficio de los consumidores. En consecuencia, una porción de este crédito compensatorio se utilizaría para rebajar los precios minoristas en conformidad con la ratio o tasa de consumo/producción de la economía, mientras que otra proporción sería distribuida como ingreso a cada ciudadano, con independencia de que estuviera o no empleado, en forma de un Dividendo Nacional. La actualmente oscura realidad a la que este dividendo (cuyo poder adquisitivo se vería aumentado por los precios compensados) proporcionaría un efecto iluminador concreto es la siguiente: “debido a la mucha mayor productividad que la moderna tecnología hace posible, simplemente no resultará necesario insistir en que todo adulto corporalmente capacitado tenga que trabajar como requisito previo para concederle acceso a los bienes y servicios.” En efecto, la noción de que “toda riqueza ha de ser ganada remuneradamente” no solamente es inapropiada como condición necesaria para la participación económica, sino que se convierte en una imposibilidad en la medida en que las máquinas están haciendo más y más el trabajo.

    Pero yo argumentaría que la introducción de un principio de gratuidad como principio distributivo, no solamente se requiere o exige en base a una estricta justicia (por muy paradójico que pueda resultar), y en base a una necesidad funcional, sino porque ese principio constituye también un requerimiento personalista.

    Si una economía personalista ha de ser una economía del pueblo, para el pueblo, y por el pueblo (pueblo entendido como el conjunto agregado de individuos, y no como una masa abstracta), entonces ha de tratar al pueblo, en fin, como pueblo, y no como mercancías o simples medios para la consecución de un fin económico impersonal, con independencia de que ese objetivo o meta sea el empleo como fin en sí mismo, la maximización de los beneficios monetarios cueste lo que cueste, o la centralización del poder en manos de una élite oligárquica.

    Pero otra cosa se requiere más allá de estas proscripciones. Pues los personalistas han percibido que la única respuesta apropiada o adecuada para la persona, es decir, la única forma de tratar plenamente al pueblo como pueblo, es a través del don del amor. Por “amor” no me refiero a cualquier sentimentalismo blando o, incluso, a las más nobles respuestas afectivas con las que se asocia a veces dicha palabra, sino más bien a la afirmación del otro en su naturaleza y la promoción, a través de acciones concretas, de su bienestar: “Amor es querer el bien objetivo del otro”.

    Si esto es así, entonces de ahí se sigue que el don económico, el dar algo por nada, es algo también necesario si se quiere que las personas sean tratadas en el plano económico con la dignidad que les es debida. El Crédito Social –y solamente el Crédito Social– busca hacer del don económico una característica real de nuestras estructuras sociales. El Dividendo Nacional, en conjunción con el Descuento Nacional permitiría, en palabras de Mounier, “poner a cada persona en estado de poder vivir como persona, es decir, de poder acceder al máximum de iniciativa, de responsabilidad, de vida espiritual.” Proporcionarían a cada individuo seguridad, independencia y libertad económicas y, quizás, lo que es más importante, oportunidad para el ocio. Es por esta razón por la que el Crédito Social debería ser algo de gran interés para los pensadores personalistas.

    La necesidad de un don económico como debida respuesta hacia la persona, fue reconocido por nada menos que un personalista de la talla de Jacques Maritain, en su libro Humanismo Integral:


    “Es un axioma de la economía burguesa y de la civilización mercantil el que uno obtenga nada por nada… Por el contrario, al menos y en primer lugar en lo que concierne a las primarias necesidades materiales y espirituales del ser humano, resulta adecuado para él recibir el máximo número de cosas posibles a cambio de nada. (…) Que la persona humana sea servida de esta forma en sus necesidades primordiales constituye, después de todo, la condición preliminar de una economía digna de no merecer el nombre de bárbara. Los principios de una economía como esa conducirían a una mejor apreciación del profundo significado y de las raíces esencialmente humanas de la idea de la herencia. (…) de tal forma que cualquier hombre, al entrar en este mundo, pueda efectivamente disfrutar, de alguna forma, de la condición de ser heredero de las generaciones precedentes.” [5]


    Esta civilización personalista alternativa a la que dirigía sus esperanzas Maritain; una civilización que proporcionara a las personas todo lo posible en términos de bienes y servicios a cambio de nada, que se proporcionaran en base a su herencia cultural, es el mismo objetivo respecto del cual el Crédito Social constituye el medio efectivo para su consecución:


    “¿Qué es lo que nos proponemos? ¿Qué es lo que estamos intentando obtener?

    Bueno, ahora, lo presentaré en una forma muy general, tal y como yo lo veo desde un punto de vista.

    Nos estamos esforzando en hacer nacer una NUEVA CIVILIZACIÓN. Estamos haciendo algo que realmente se extiende mucho más allá de los confines de un cambio en el sistema financiero.

    Estamos esperando, a través de varios medios, principalmente el financiero, permitir que la comunidad humana sea capaz de poder salir de un tipo de civilización para entrar en otro tipo de civilización, y el primer y básico requisito para ello, tal y como lo vemos nosotros, es la obtención de una seguridad económica absoluta.” [6]


    En efecto, en comparación con esta visión, el orden económico de do ut des que prevalece hoy día no es más que un barbarismo.




    [1] Emmanuel Mounier, A Personalist Manifesto (London: Longman, Green & Co, 1938), 167.

    [2] Race Mathews, Jobs of Our Own (Irving, Texas: The Distributist Review Press), 181.

    [3] Race Mathews, Jobs of Our Own (Irving, Texas: The Distributist Review Press), 5.

    [4] Como resultado directo, la triste realidad es que este “don gratuito” no está en absoluto estructuralmente enclavado en el actual orden económico. Cualquier cosa ha de ser ganada por uno mismo, o bien tomada a la fuerza (a través de los impuestos redistributivos) de aquellos que tienen la suficiente suerte de ganar un ingreso. Incluso los dones que provienen de la caridad que pueda realizar un individuo o grupo de individuos, presuponen costes que deben deducirse de las ganancias de capital o de trabajo de uno.

    [5] Traducción mía. ''C’est un axiome pour l’économie « bourgeoise » et la civilisation mercantile qu’on a rien pour rien…Bien au contraire, du moins et d’abord pour ce qui concerne les besoins premiers, matériels et spirituels, de l’être humain, il convient qu’on ait pour rien le plus de choses possible. (...) Que la personne humaine soit ainsi servie dans ses nécessités primordiales, ce n’est après tout que la première condition d’une économie qui ne mérite pas le nom de barbare. Les principes d’une telle économie conduiraient à mieux saisir le sens profond et les racines essentiellement humaines de l’idée d’héritage. (…) en telle sorte que tout homme, en entrant en ce monde, puisse effectivement jouir, en quelque façon, de la condition d’héritier des générations précédentes.'' (Jacques Maritain, Humanisme Intégral (Éditions Montaigne: Paris, 1946), 197.

    [6] C. H. Douglas, Major C. H. Douglas Speaks (Sydney: Douglas Social Credit Association, 1933), 84.



    Fuente: CLIFFORD HUGH DOUGLAS INSTITUTE

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