Fuente: Misión, Número 321, 8 Diciembre 1945. Páginas 3 y 14.


SUEÑOS DE FEBRICIENTE

Por Luis Ortiz y Estrada



POR EL MISMO CAUCE

No hace mucho se reunió en Francia una nueva Semana Social; en “Ecclesia” nos ha dado una amplia reseña de parte de sus conclusiones el señor Rodríguez de Yurre, catedrático del Seminario de Vitoria. La finalidad específica de esta Semana, reunida en Toulouse, la señala dicho señor catedrático con estas palabras: “Estudiar el momento actual a través de los eternos principios de la razón, a fin de abrir nuevos cauces a las nuevas corrientes, de suerte que se evite su desbordamiento y se consiga su confluencia con las otras corrientes del orden y de la justicia, confluencia que debe dar por resultado el progreso social en vez de la guerra y la destrucción.

Conviene subrayar algunas circunstancias de conocimiento indispensable para la acertada composición de lugar que haga fructífera la meditación sobre este tema a que invitamos a nuestros lectores. De las dos corrientes, una recoge las del orden y la justicia, católica, seguramente, en la mente del señor Rodríguez de Yurre; la otra, con toda seguridad, es la del comunismo y socialismo, muy impetuosa y resuelta, con mayor caudal de diputados y votos. Propósito de los semaneros es evitar el choque y la lucha entre ambas corrientes, haciéndolas correr tranquilamente por el mismo cauce, ensanchándolo a la medida. Todo esto parece claro y transparente.

No lo son menos estas palabras de Pío XI, pronunciadas, además, con el acento de su autoridad inapelable: “Y hasta hay quienes, refiriéndose a ciertos cambios introducidos recientemente en la legislación soviética, deducen que el comunismo está para abandonar su programa de lucha contra Dios. Procurad, Venerables Hermanos, que los fieles no se dejen engañar. El comunismo es intrínsecamente perverso, y no se puede admitir que colaboren con él en ningún terreno los que quieren salvar la civilización cristiana.” (Enc., “El comunismo ateo”; 57 y 58.)

De modo y manera que si políticamente en Francia fluyen por el mismo cauce del Gobierno tripartito, comunistas, socialistas y los llamados por algunos católicos de izquierda, en lo social se trata ahora de abrir un cauce común por el que corran sin luchar las aguas del catolicismo, las del socialismo y el comunismo, la perversidad intrínseca, como dice Pío XI.

Pensado esto con todo reposo, medítense muy hondamente las siguientes palabras del santo Pío X, citadas en uno de los últimos editoriales de MISION: “Más torpemente aún se equivocan los que ilusionados con la falsa y hueca esperanza de obtener semejante paz, disimulan los intereses y derechos de la Iglesia; subordinándolos a miras particulares, injustamente los atenúan; halagan al mundo que todo está puesto en maldad, bajo pretexto de congraciarse con los fautores de novedad y de hacerles aceptable la Iglesia, como si fuese posible acuerdo alguno entre la luz y las tinieblas o entre Cristo y Belial. Sueños de febriciente, que en ningún tiempo dejaron ni dejarán de ilusionar muchos cerebros, mientras haya soldados, o cobardes, que, arrojadas las armas, huyan al primer asomo del enemigo, o traidores que se apresuren a entrar en tratos con él” (Letras encíclicas “Communium rerum”.)


ENSANCHANDO EL CAUCE

Mucho hay digno de comentario en las conclusiones citadas por el señor Rodríguez de Yurre. No ha de sorprenderles a quienes hayan meditado lo anterior. Véase como ejemplo el texto siguiente:

“¿Cómo conciliar este nuevo aspecto de la empresa con el derecho de propiedad del que la ha creado y proporcionado los capitales? Nos ha parecido que la cuestión no podía ser resuelta más que por medio de una limitación del derecho de propiedad. El jefe de la empresa es el propietario de los capitales que él pone a disposición de ésta, pero no es propietario de la empresa misma (la que ha creado con su talento y su dinero embebido en ella en terreno, paredes, máquinas, útiles, primeras materias, artículos en depósito, capital circulante indispensable, etc.), porque no es objeto de propiedad. No es propietario, es jefe, es el primero en esta comunidad de trabajo, de la cual él tiene la dirección.” Hasta donde lo consientan, un “equipo de dirección, de quien depende la selección de este jefe”, compuesto de “representantes del capital, representantes del trabajo, dando asimismo un puesto a los fundadores que han sido los iniciadores”; cuyo consejo o equipo “de base tripartita” “estará sometido al control de una comisión de vigilancia que tenga el mismo origen y esté dotada de poderes más extensos que los actuales comisarios de cuentas”. Pero como los semanarios no olvidan que no hay empresa posible sin una autoridad enérgica al frente, al jefe, sujeto a un consejo de dirección y una comisión de vigilancia, le exigen el ejercicio de su autoridad “con tanta firmeza como en el pasado”.

El señor Rodríguez de Yurre califica este proceso evolutivo de las empresas discurrido por los semaneros de Toulouse –y en lo fundamental predicado hace años por los demócratas cristianos españoles– de tránsito del absolutismo patronal a la democracia social, o sea, según León XIII en la Graves de comuni, la democracia que persiguen los socialistas. Lo que no advierten dicho señor ni los semaneros es cómo, por este sistema demócrata parlamentario de regir la economía, evitarían caer en desgobierno económico y la fatal consecuencia de un desastre análogo a la catástrofe política del 36, o en el régimen despótico y más tirano concebible en que han parado los soviets de empresas de los primeros tiempos del comunismo ruso: un solo empresario, un solo amo, el más poderoso en riqueza y fuerza coercitiva, porque en su mano tiene toda la riqueza de la nación, la ley, la policía y el ejército; es decir, el Estado comunista de la U.R.S.S.


INTERROGUEMOS A LA FUENTE DE LA VERDAD

Nosotros creemos que cuando los Papas han hablado, en sus consejos, en sus deseos y, sobre todo, en sus mandatos, ha de buscarse la luz de la verdad. Y entendemos necesario atraer hacia la palabra pontificia la atención de todos, procurando no enturbiar la atmósfera para que su luz brille con el máximo esplendor. Estamos, además, firmemente persuadidos de que las verdades predicadas por los Pontífices no sólo son las mejores soluciones, especulativamente hablando, de los problemas a que se aplican, sino las únicas con eficacia verdaderamente práctica de real y verdadera solución.

Los semaneros de Toulouse, en su afán de ensanchar el cauce a fin de navegar por él armónicamente con los comunistas, dicen: Limitemos el derecho de propiedad de los dueños de las empresas. Y puestos a limitar, primero les quitan el capital y luego les cercenan la dirección de la empresa creada y alimentada con su dinero, hasta el punto de reducirla a la nada, haciendo prácticamente imposible su ejercicio. Siquiera, por el camino de lo que llaman con suave eufemismo nacionalización, si les quitan la propiedad de la empresa, les indemnizan de una u otra manera, más o menos equitativamente, y quedan realmente dueños de su capital.

¿Es doctrina pontificia? Fácil es comprobarlo, puesto que han hablado los Papas muy claro, sobre todo en la Rerum novarum y la Quadragesimo anno, muy elogiadas y hasta citadas por todos, pero leídas y meditadas por muy pocos.

Así habla León XIII en la Rerum novarum acerca del derecho de propiedad: “Luego, si (el obrero que “presta a otro sus fuerzas”) gastando poco de su salario, ahorra algo, y para tener más seguro este ahorro, fruto de la parsimonia, lo emplea en una finca (en un taller, acciones de una fábrica o de un negocio, en una empresa, decimos nosotros, dentro del espíritu de la encíclica), síguese que tal finca (o empresa) no es más que aquel salario bajo otra forma, y, por tanto, la finca que así compró (o la empresa que creó) debe ser suya propia, como lo era el salario que con su trabajo ganó”.

“Quede, pues, sentado que, cuando se busca el modo de aliviar a los pueblos lo que principalmente se ha de tener es esto: Que se debe guardar intacta la propiedad privada.” (Rerum novarum.) Intacta, dice León XIII; limitarla, proponen los semaneros de Toulouse, y recoge en “Ecclesia” el señor Rodríguez de Yurre.

Pío X hizo suya esta doctrina, remachándola con su propia autoridad. Pío XI, al tratar este tema de propósito en la Quadragesimo anno, escribió: “… de semejante manera, rechazado o disminuido el carácter privado e individual de ese derecho se precipita uno hacia el “colectivismo” o, por lo menos, se tocan sus postulados. Quien pierda de vista estas consideraciones, se despeñará por la pendiente hasta la sima del modernismo moral, jurídico y social, denunciado por Nos en la carta escrita al comienzo de nuestro Pontificado. Sépanlo principalmente quienes, amigos de innovaciones, no temen acusar a la Iglesia con la infame calumnia de que ha permitido se insinuara en la doctrina de los teólogos un concepto pagano de la propiedad, al que debe sustituir en absoluto otro que con asombrosa ignorancia llaman cristiano.”

También Pío XII, al enfrentarse con los problemas planteados hoy día por la necesaria reorganización social, política y económica del mundo, ratifica esta doctrina de sus predecesores al advertir que la propiedad privada es la piedra angular del orden social. Bien concretamente dijo en su discurso de 1944: “Ya nuestro inmortal predecesor, León XIII, en su célebre encíclica Rerum novarum anunció el principio de que para todo recto orden económico-social debe ponerse como fundamento inconcuso el derecho a la propiedad privada.

Lo que se ha ido viendo –y sin gran dificultad podrían añadirse en un montón de textos pontificios– se refiere al derecho de propiedad en sí, plenamente aplicable al caso concreto de la propiedad legítima de un jefe sobre la empresa por él creada y alimentada con su capital, en lugar de dedicarse a vivir ociosa y regaladamente de sus rentas, derecho que los semaneros de Toulouse, resucitando doctrinas a las que dio un golpe mortal la Quadragesimo anno, pretenden, digamos, limitar, apelando como ellos al eufemismo. Por lo que se ve, niegan validez al contrato de trabajo, en virtud del cual el asalariado pone su trabajo personal al servicio de otro mediante una retribución, y la reconocen sólo al contrato de sociedad entre el capital y el trabajo.

Esta teoría estuvo ya de moda en España, copiada de Pottier, por los años anteriores a la famosa encíclica de Pío XI. En defensa de la recta doctrina gastaron mucha tinta Fabio, el mártir editorialista de “El Siglo Futuro”; el sabio jesuita P. Noguer; el agustino P. Rodríguez, autor de obras muy estimadas sobre esta materia. Sabemos que a Fabio y al P. Noguer les fueron pedidos desde Roma, cuando se preparaba la Quadragesimo anno, sus escritos sobre temas sociales. Se publicó la encíclica, y falló la cuestión concreta de que ahora hablamos con estas claras y terminantes palabras:

“En primer lugar, los que condenan el contrato de trabajo como injusto por naturaleza y tratan de sustituirlo por el contrato de sociedad hablan un lenguaje insostenible e injurian gravemente a nuestro predecesor, cuya encíclica no sólo admite el salario, sino aún se extiende largamente explicando las normas de justicia que han de regirlo.”

De modo que para Pío XI y, por lo menos, tácitamente para Pío X, Benedicto XV y Pío XII, que tantas veces han hechos suyas las doctrinas de León XIII en la Rerum novarum, quienes niegan la propiedad de la empresa al jefe que la ha creado con su talento, su energía y su dinero, injurian gravemente al gran Papa León XIII. Algo más añade Pío XI en su encíclica, que es bueno recoger: “Mas si las empresas mismas no tienen entradas suficientes para poder pagar a los obreros un salario, porque o son apremiadas por cargas injustas o se ven obligadas a vender sus productos a precios menores de lo justo; quienes de tal suerte las oprimen, reos son de grave delito, ya que privan de su justa remuneración a los obreros que se ven obligados por la necesidad a aceptar un salario inferior al justo.” Palabras que tienen mucho que meditar, pues van a lo hondo, al meollo del problema, para encontrar la solución justa, que no es, desde luego, la limitación del derecho de propiedad.


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Para el señor Rodríguez de Yurre, “la semana de Toulouse constituye un gran esfuerzo por iluminar los problemas del momento en el cuadro general de la situación francesa. Con ello han prestado su colaboración a la sociedad y la conciencia católica de su país al abrir un camino a seguir en las futuras discusiones sociales”.

A nosotros, con mucha pena, nos recuerdan las siguientes palabras de la Ubi arcano: “Porque, ¿cuántos hay que profesan seguir las doctrinas católicas en todo lo que se refiere a la autoridad en la sociedad civil y en el respeto que se le ha de tener, o al derecho de propiedad, y a los derechos y deberes de los obreros industriales y agrícolas, o a las relaciones de los Estados entre sí, o entre patronos y obreros, o a las relaciones de la Iglesia y el Estado, o a los derechos de la Santa Sede y del Romano Pontífice y a los privilegios de los Obispos, o, finalmente, a los mismos derechos de nuestro Criador, Redentor y Señor Jesucristo sobre los hombres en particular y sobre los pueblos todos? Y, sin embargo, esos mismos, en sus conversaciones, en sus escritos y en toda manera de proceder no se portan de otro modo que si las enseñanzas y preceptos promulgados tantas veces por los Sumos Pontífices, especialmente por León XIII, Pío X y Benedicto XV, hubieran perdido su fuerza primitiva o hubieran caído en desuso. En lo cual es preciso reconocer una especie de modernismo moral, jurídico y social, que reprobamos con tanta energía, a una con el modernismo dogmático.