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Tema: Críticas de H. Belloc al Crédito Social (y correspondientes respuestas a las mismas)

  1. #1
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    Críticas de H. Belloc al Crédito Social (y correspondientes respuestas a las mismas)

    A principios de 1919 C. H. Douglas inició su colaboración con el editor A. R. Orage en el en aquel entonces famosísimo semanario británico The New Age, conocido también por los españoles por ser el sitio donde Ramiro de Maeztu publicó muchos de sus más importantes artículos.

    La historia que está detrás de esa publicación, durante el periodo en que Orage se hizo cargo de ella (1907-1922), está marcada por una búsqueda sincera de soluciones a los problemas económico-sociales que, salvadas las diferencias superficiales, ya se manifestaban entonces en términos esencialmente iguales a los de ahora.

    En la primera etapa "oragista" (1907-1913), nos encontramos con los famosos debates entre los distributistas Chesterton y Belloc, por un lado, y los socialistas fabianos G. B. Shaw y H. G. Wells. Hay que destacar que The New Age comenzó siendo apoyada, financiada y fomentada por los socialistas fabianos, pero viendo la deriva editorial que estaba tomando la publicación en favor de las ideas tanto del Distributismo como del Gremialismo Nacional o "National Guilds" (a ésta última, por ejemplo, se adscribía Ramiro de Maeztu), los fabianos se separaron de The New Age, y fundaron en 1913 su propia revista: The New Statesman (la cual, por cierto, todavía sigue en activo más de 100 años después).

    En la segunda etapa "oragista" (1913-1919), nos encontramos con la difusión y manifestación triunfante de las ideas sociales del Distributismo y del Gremialismo Nacional, pero poco a poco se va llegando a un punto muerto que culmina tras la I Guerra Mundial, en donde se constata ciertamente el carácter sano de esas ideas en relación a la insana realidad imperante, pero también la insuficiencia de estas ideas para una efectiva aplicación en la realidad. El elemento que faltaba, y así lo veía el propio Orage, era un método práctico que abordara la situación teniendo en cuenta el principal elemento existente en la realidad económica moderna: el dinero. Pues, sin eso, todas las ideas sociales sanas del distributismo y el gremialismo (o guildismo) no podrían llevarse a efecto o a la práctica de una manera realista. Providencialmente, es al final de esta segunda etapa en donde hace aparición C. H. Douglas con esa pieza que faltaba en el rompecabezas de la solución económico-social.

    En la tercera y última etapa "oragista" (1919-1922), todos los esfuerzos editoriales del semanario se concentran en la manifestación y propagación de las ideas y métodos de lo que el propio Orage denominó con el nombre de "Crédito Social". Es en el contexto de esta última etapa donde hemos encontrado las críticas que el colaborador habitual de la publicación, Hilaire Belloc, realizó a aspectos tanto parciales como generales del Crédito Social de Douglas (así como las correspondientes y congruas respuestas a las mismas).

    Sorprende realmente que una mente tan privilegiada como la de H. Belloc, a la hora de abordar el tema planteado por el Crédito Social, pareciera como si se le cortocircuitara el cerebro, demostrando una increíble incapacidad para una comprensión fundamental del mismo, o incurriendo en lamentables y extrañísimas contradicciones impropias de su enorme capacidad intelectual. Realmente es una pena que Belloc no se hubiera tomado el tiempo necesario (porque ciertamente hay que tomárselo para captar en esencia todos los entresijos del problema de la economía y, por tanto, su correspondiente solución) para estudiar todos los aspectos planteados por el Crédito Social, pues hubiese sido una aliado muy fuerte en la propagación del Crédito Social; y además (lo que a él mismo le hubiese interesado sobre todo) constituía el único método de implantación real conocido de las ideas del Distributismo en la economía moderna.

    La respuesta a la primera crítica de Belloc aparece firmada con las iniciales C. H. D. (es de suponer que se trata, claramente, de Clifford Hugh Douglas).

    Las respuestas a las otras dos críticas de Belloc aparecen sin firma, con lo que es de suponer que se trata de contestaciones editoriales, esto es, de autoría de A. R. Orage.



    Fuente de los textos originales:

    - The New Age (27 Octubre 1921).pdf

    - The New Age (9 Febrero 1922).pdf

    - The New Age (23 Febrero 1922).pdf

    Fuente de donde se han obtenido los textos: MODJOURN.ORG
    Última edición por Martin Ant; 05/01/2017 a las 14:39

  2. #2
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    Re: Críticas de H. Belloc al Crédito Social (y correspondientes respuestas a las mism

    Fuente: The New Age, 27 Octubre 1921, nº 26, Vol. 29. Página 304.


    PREGUNTA Y RESPUESTA


    ¿Puedo hacer una sugerencia en Economía elemental?

    Todos los hombres capaces de discutir la presente situación o dispuestos a discutirla honestamente ven, por supuesto, que tenemos en Inglaterra la energía mecánica, así como también la energía humana, para producir en abundancia aquellos artículos fabricados que pueden producirse totalmente dentro del país. En este sentido, es verdad que la pobreza respecto a esas cosas puede deberse nada más que a una insuficiente organización, ya proceda ésta de la locura, o ya proceda de una adhesión a un principio moral (tal como el de propiedad privada), o ya proceda de cualquier otra causa. Del mismo modo, si vemos a un hombre abstenerse de toda la comida que le rodea, tendríamos derecho a decir que él, o bien era excesivamente estúpido, o estaba obedeciendo alguna orden cruel, o quizás estaba ayunando debido a algún motivo religioso.

    Muy bien.

    Pero, ¿qué cosas pueden producirse en esta isla con las solas energías de sus habitantes? Tenemos la maquinaria para dar a cada hombre, mujer y niño varios pares de botas, pero, ¿tenemos el cuero, y podríamos cultivarlo? Podemos tejer, cortar y coser para cada hombre, mujer y niño abundancia de ropa cálida hecha de lana, pero, ¿tenemos la lana? Todos ellos pueden tener el hilado, el tejido y el corte de bienes de algodón en abundancia, pero, ¿tenemos el algodón?

    Es elemental que una gran masa de lo que consumimos bajo cualquier sistema, con independencia de lo favorable que sea para una máxima producción y consumo, conlleva o acarrea el tener que importar a una escala muy grande. Esa importación puede obtenerse, por supuesto, mediante negociación del Estado. El capitalismo no le es necesario. Un Estado Comunistas podría, por ejemplo, en teoría (presumiendo, en aras de la hipótesis, que semejante Estado pudiera funcionar en absoluto) obtener trigo de Argentina contra cualesquiera artículos fabricados que los argentinos pudieran querer, y no habría necesidad de que entrara en absoluto ninguna cuestión sobre “coste de producción” sino hasta el momento en que hubiera competencia con algún otro Estado Comunista que también quisiera exportar.

    Pero lo que todavía no hemos tenido es un programa para obtener esas importaciones, ya sea en la forma hipotética comunista, ya sea en cualquier otra forma; y considerando que las importaciones están en la base de las necesidades absolutas en nuestro caso –(de todas las necesidades a excepción de calefacción y viviendas –e incluso la vivienda normal necesita de madera)– las importaciones constituyen la clave de la situación. Incluso si tuviéramos una máquina que a un toque de la mano de un hombre pudiera arrojar toda la energía de fabricación requerida por nuestro pueblo para quedar ampliamente satisfecho por ese lado, habríamos de seguir estando todavía bajo una necesidad absoluta de importar. Hay muy pocas áreas en el mundo que dependan así de la importación en absoluto, y nuestra isla es la única área nacional que depende de la importación para la mera vida. Esto me parece a mí que altera todo el problema para nosotros en comparación con cualquier otro pueblo. Si tuviéramos estadistas no sería suficiente con que ellos estimularan la fabricación (tal y como podemos) para satisfacer al máximo la demanda doméstica. También tendrían que asegurar las importaciones: es en esto en lo que se ha de pensar, ¿no es así?


    H. BELLOC


    ------------------------------------------------------


    La respuesta a esto va directa a la raíz de la diferencia entre el actual sistema económico, y el que se defiende en estas páginas. Toda la tendencia del capitalismo ortodoxo consiste en hacer baratos a los hombres y en mantener caros lo bienes: en otras palabras, consiste en hacer trabajo (“empleo”), no en suministrar bienes con el mínimo posible de trabajo. El resultado de esto es que la capacidad productiva, digamos, de estas islas nunca ha sido explotada a fin de producir y suministrar bienes consumibles, hasta el día en que la guerra nos forzó a ver ciertos destellos elementales de la realidad. Siempre se ha afirmado que debemos importar enormes cantidades de trigo, por ejemplo, pagando por ellas con bienes fabricados o manufacturados; y antes de la guerra nosotros importábamos aproximadamente el suministro de 42 semanas, de las 52 del año. Bajo la presión de la amenaza de los submarinos alemanes, elevamos nuestra producción de trigo en dos años, siendo la mayoría de la mano de obra agrícola del propio país, hasta llegar a más de cuatro veces las cifras de pre-guerra; y no hay duda alguna de que podemos producir fácilmente el suministro completo de las 52 semanas en este país. Pero eso abarataría el trigo; el precio se volvería incomercial, y la oferta habría de disminuirse a fin de poder subir el precio o mantenerlo a un nivel “comercial”. Eso es exactamente lo que ha pasado; y, en consecuencia, desde el fin de la guerra han cesado de cultivarse 1.000.000 de acres de tierras de trigo británicas. Si bien, bajo cualquier programa económico, las exportaciones e importaciones serían obviamente deseables, y, a todos los efectos prácticos, esenciales, el actual sistema nos hace ser un vendedor obligado, con el resultado de que una cantidad bastante desproporcionada de nuestras exportaciones son pagadas con las materias primas para más exportaciones.


    C. H. D.
    Última edición por Martin Ant; 05/01/2017 a las 14:41

  3. #3
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    Re: Críticas de H. Belloc al Crédito Social (y correspondientes respuestas a las mism

    Fuente: The New Age, 9 de Febrero de 1922, nº 15, Vol. 30. Página 186, y páginas 188 – 189.



    ¿QUÉ SE HA DE HACER?



    Hace algunos años estaba en una habitación donde yacía un hombre en peligro de muerte. Había dos doctores en la habitación, una enfermera, y yo mismo. El hombre no se estaba muriendo, pero podía morir; y el aire estaba cargado de esa tensión que marca la crisis de una tragedia. Él podía salvarse o podía no salvarse. Dentro de poco se decidiría. Era de noche.

    En la calle, fuera de ahí, crecía el ruido de pelea de dos jóvenes que estaban disputando acerca de un pequeño juego de azar; lanzar-y-tirar o lo que sea. “¡Veí que lo heciste!”. “¡Nah! Eris un mentieroso”. Y a continuación un empujón y una pelea. Oímos el paso medido de un policía (pues la casa en cuestión era la casa de un hombre rico) y los disputantes fueron silenciados. Se trató de un interludio, grotesco o chocante, conforme a cómo eligiera uno tomárselo.

    Un eco exacto de esto subió a mi mente la pasada semana, cuando vi a los propietarios de los periódicos llenar sus vistosas columnas con los discursos y contra-discursos de los políticos. Todos esos discursos estaban compuestos de miserables pequeños ataques y réplicas vulgares personales… y el trasfondo de todo ello era la enorme crisis de Inglaterra.

    Esta vasta sociedad industrial, empaquetada dentro de grandes ciudades desesperadas, está en peligro mortal. Puede salvarse, o puede no salvarse. Sus enemigos ya han dado por hecho que morirá. Sus propios ciudadanos (pues no le quedan ya amigos externos) fomentan en su mayor parte un hábito como de estar viviendo en el pasado próspero, y de negarse a creer en el peligro. Una minoría más inteligente o más sincera, o más patriótica o más práctica –¡me temo que se trata de una minoría muy pequeña!– encara los hechos. Aprecia la inminencia de una catástrofe, pero no se pone de acuerdo sobre lo que puede hacerse. Sabe muy bien que la auto-alabanza es una droga que en muy raras ocasiones resulta útil para superar una crisis, pero más a menudo resulta venenosa y a veces resulta fatal. Ve al país aparentemente (y digo aparentemente porque los factores conocidos nunca cubren todo el campo del futuro, y algún factor favorable desconocido puede aparecer en cualquier momento), ve al país, digo, aparentemente sin futuro. Su sistema de capitalismo industrial ha quebrado su motivación principal; pues la motivación principal del capitalismo industrial consiste en el poder de forzar el trabajo del proletariado dejando como alternativa la inanición. Esa alternativa se rechaza ahora; el proletariado está en un permanente estado anímico de rebeldía exitosa. Exige y obtiene manutención, con independencia de su explotación. En una atmósfera como ésa el capitalismo no puede vivir; del mismo modo que un propietario de esclavos no podría vivir si se hiciera cada vez más difícil castigar al esclavo.

    De nuevo, el divorcio entre el trabajo y el deseo de producir, extendiéndose cada vez más durante el siglo XIX en Inglaterra, ahora ya es completo. Favorece de manera inmediata al hombre que produce el producir lo menos posible; y el argumento que demuestra que es algo que le perjudica en última instancia –siempre de poco efecto, incluso en los mejor instruidos– no tiene efecto ninguno en absoluto sobre la masa. A su vez, los mercados de sujetos están en rebeldía, armados cuando pueden obtenerse armas; actuando mediante boicots cuando no pueden obtenerlas. Y la revuelta es permanente. Por otra parte, los mercados extranjeros que son independientes de la presión armada procedente de este país están, algunos de ellos, destruidos por la guerra civil que ha tenido un efecto final como el ocurrido en Rusia; y algunos otros de esos mercados han quedado reducidos como consecuencia de los dos principales factores de semejanza en la producción, y de un más alto poder productivo en relación a cada unidad de consumo que el que puede dar nuestra máquina social; o, diciéndolo con otras palabras, nos están fallando esos mercados porque ahora ellos pueden hacer las cosas que solíamos hacer por ellos, y porque pueden cortar y transportar una tonelada de carbón, o fundir y mezclar una tonelada de metal, por un menor consumo de trigo, ropas y alojamiento que nuestro pueblo.

    Los varios síntomas de este terrible cambio a menudo se toman como si fueran sus causas. Notamos la enorme insuficiencia de vida pública; siendo ella misma el acompañamiento y, en gran parte, el efecto de una continua corrupción flagrante, cínica e impune. Notamos las grotescas equivocaciones en política exterior, la disminución de la Armada en obediencia a una amenaza procedente de Estados Unidos, la abyecta rendición en Irlanda, la desconexión o corte del sistema Colonial respecto de la política exterior unida del país. La sustitución de los intereses británicos por los intereses financieros internacionales, y la sustitución del abuso y el insulto hacia los rivales en lugar de refrenar y contener la política a esos rivales. Pero ninguna de estas cosas puede cambiarse en beneficio del país, pues la enfermedad general de la que proceden ya ha ido demasiado lejos.

    Así pues, si bien es deber de todo hombre que pueda expresar el pensamiento o moldearlo insistir, incluso clamorosamente, sobre la escala del peligro, y sobre su naturaleza inmediata presionante (pues hasta que esto se aprecie nada puede hacerse), es todavía un deber mayor buscar un alivio del mismo como mínimo y, de ser posible, un remedio.

    El tiempo es corto; parece que fuera ayer que la maquinaria social estaba en pleno funcionamiento, y ya estamos a una distancia visible de la quiebra –quiebra parcial al principio, por supuesto–, del racionamiento a continuación, y de la hambruna después. Nadie puede decir el paso al que se desarrollará la tragedia, pero su ritmo se está incrementando progresivamente, y de manera tan rápida que el problema ya es agudo. ¿Qué se puede hacer?

    La respuesta a esa pregunta varía principalmente dependiendo de la variación de dos factores en la mente de aquéllos que intentan darle respuesta; en primer lugar, su juicio acerca de lo que constituye causa y lo que constituye efecto; en segundo lugar, su juicio acerca de la mentalidad subconsciente que gobierna a sus conciudadanos. Resulta claro que la búsqueda de un remedio se dirigirá hacia las causas del mal, y como los juicios difieren acerca de cuáles sean esas causas, así también serán esas varias direcciones divergentes e incluso contradictorias. Resulta igualmente claro que ningún remedio sugerido será práctico a menos que uno haya conjeturado correctamente qué y cuánto puede hacerse con la mentalidad popular.

    La primera respuesta que se ha dado es ésta: nuestro problema se debe a un quebranto de la vida pública; la incompetencia y corrupción de la pequeña camarilla cooptante que vive de los impuestos y pretende dirigir el Estado constituye la raíz del mal. Rompamos con ese sistema completamente, y llamemos a nuevos hombres.

    Esa respuesta es errónea, porque no hay mecanismo alguno para llamar a nuevos hombres, o para juzgarlos. Y en lo que se refiere al segundo factor, la mentalidad de la multitud, no hay mecanismo alguno para hacer que la masa acepte a nuevos hombres. Los políticos y la media docena de propietarios de los Periódicos Dominicales (los cuales ellos solos forman la opinión de la masa) forman un solo cuerpo. No hay ningún camino por el que se pueda cambiar al personal del gobierno. Pero hay algo más que esto. Incluso si uno cambiara el personal del Gobierno no se salvaría la situación, ya que ese personal no controla ya la inundación o desbordamiento.

    Una segunda respuesta que se ha dado es la de THE NEW AGE: transformar el crédito. Es mucho más profunda, y más satisfactoria. Pero sugiero dos obstáculos para su consecución, y una crítica de su valor. Los dos obstáculos en el camino de su consecución son, en primer lugar, la posesión de todo el poder por el otro lado; en segundo lugar, la vasta complejidad, extensión y dilación de una transformación. No es concebible que, aun cuando el nuevo programa de crédito tomara sus primeros pasos hacia su realización, no haya una inmediata y formidable represión del mismo. Esa represión ciertamente vendría a ser exitosa a menos que uno pudiera obtener una fuerte opinión pública en favor del cambio, algo que ciertamente no se podría. Además, aun cuando uno, por un milagro, pusiera en marcha el nuevo programa, el paso de la transformación sería mucho más lento que el paso o ritmo de nuestra catástrofe general. En cuanto a la crítica general contra el programa, es éste: en primer lugar, el Crédito no lo es todo; ni siquiera es la fuerza que está detrás de la producción, siendo tan vasta como lo es su actual energía artificial. Todavía es un poder parasitario sobre el proceso primario de la producción, que consiste en la aplicación de energía, iniciativa e inteligencia humanas al funcionamiento de los instrumentos, y en aprovisionamientos de artículos esenciales para las fuerzas naturales. En segundo lugar, se aplica a la producción de dentro del país. Por ejemplo, millones de hombres necesitan botas; la maquinaria está ahí para proporcionarles botas. Es absurdo que una comunidad necesitada de botas debiera dejar esa maquinaria inactiva. Pero esa maquinaria no podría producir cuero. De nuevo, cualquier transformación teórica o práctica de nuestra producción capitalista podría poner en marcha la maquinaria con la que cortar y ajustar la madera para habitaciones de vivienda. Es absurdo que gente necesitada de protección de las inclemencias del tiempo tuviera la maquinaria para cortar la madera y ajustarla, y aun así se quedaran mal alojados y apiñados en guaridas. Pero la maquinaria y el trabajo no pueden proporcionar la madera. A su vez, millones de hombres necesitan de ropa de abrigo y no la tienen. La maquinaria para hilarla, tejerla, cortarla y coserla en abundancia está ahí. Es absurdo que una comunidad necesitada de ropa, y no teniéndola, debiera dejar esa maquinaria inactiva; es un verdadero absurdo capitalista, pero esa maquinaria no proporcionaría la lana.

    Dicho en general, aunque uno pudiera reorganizar la mecánica doméstica de producción, no podría obtener las tres cuartas partes de su trigo, la mitad de su carne, ni todo su té, café y petróleo, sin una correspondiente exportación o tributo. Hoy día el tributo se ha perdido, y la exportación parece irrecuperable.

    Existen otras soluciones, otras respuestas; algunas muertas (como el sinsentido marxista); otras fantásticas, como la propuesta para un consejo militar; otras puerilmente insuficientes, como la idea de impedir que el campesino francés y belga obtenga reparación y reclame alguna pequeña parte del excedente de producción alemán, al tiempo que los beneficios en favor de nuestros banqueros y comerciantes llenarían el hueco. Está la solución por la emigración, que resulta cómica, y la solución por inanición, que es en verdad muy trágica. Está la solución del Sr. Wells, que tiene innumerables seguidores en las clases medias de este país, y no pocos en las de América; consiste en que todo el mundo adopte la ética de la tradición inconformista de él y de los suyos, con una especial ternura hacia aquéllos que están justo ahora metidos en un bache, y que se da el caso de que, por un curioso accidente, están informados con vestigios de esa religión. Esta solución encuentra expresión en ligas de naciones, conferencias, y desarmamientos; consistiendo la característica especial de estos últimos en el desarmamiento de nuestros rivales, y el completo armamiento de nosotros: y todo eso se habrá de obtener fácilmente ¡sin luchar por ello!

    Todos estos disparates pueden ser ignorados.

    Pero si todas estas varias soluciones, como resulta claro, son o bien insuficientes o bien baladíes, ¿cuál es la verdadera solución?

    Es posible que no haya ninguna, y que la respuesta consista en ruina o destrucción, pero ningún patriota debe dar eso como respuesta final. Debemos seguir buscando, y yo confieso que por mi parte todavía no la he encontrado.


    H. BELLOC



    ------------------------------------------------------



    En su artículo, impreso en otra parte de este número, el Sr. Belloc toma una visión lo más pesimista posible que se puede tomar de nuestra situación general. No solamente es desesperada –opinión con la cual estamos de acuerdo con él– sino que también, de todos los remedios actuales, incluyendo el más “profundo”, es decir, la Reforma del Crédito, ninguno, a juicio del Sr. Belloc, resulta practicable. Al mismo tiempo, sin embargo, puesto que un patriota puede desesperarse pero nunca rendirse, el Sr. Belloc continúa su búsqueda de un remedio, y anima a su conciudadanos a hacer lo mismo. Pero, ¿de qué sirve hacer eso si resulta que el remedio más “profundo” que se nos ofrece ahora es impracticable por razón de la oposición de la oligarquía capitalista? No es probable que se vaya a improvisar un remedio más profundo en momentos de creciente crisis; y cuanto más rápido sea el paso hacia el cataclismo, menor serán las oportunidades de traer a buen puerto algo proveniente de nuestra desesperada búsqueda. La aprensión del Sr. Belloc acerca de la impracticabilidad del Programa de Crédito queda reducida, sin embargo, considerablemente en su efecto alarmante para nosotros cuando observamos el empleo que hace de esa antigua falacia acerca de nuestra dependencia de alimentos y materias primas importadas. La oposición de los intereses financieros no es, en efecto, un fantasma; lo hemos comprobado por la experiencia. Pero las dificultades de comercio exterior bajo un programa de Crédito, tal y como éste se aboga y defiende en estas páginas, son, de manera igualmente cierta, fantasmas especialmente fabricados por los mismos intereses financieros y para el mismo propósito: desviar la atención de la necesidad de una reforma del Crédito. ¿Es el mundo tan infra-productivo de alimentos y materias primas que este país no podría obtener amplios suministros, sino con tal de que en el cambio pudiera vender bienes fabricados o manufacturados por debajo del precio de cualquier posible competidor? ¿Cuál es, de hecho, la dificultad que existe en este momento? No consiste ésta en una escasez de suministro de alimentos, madera, lana, cuero y todo el resto. Hay superabundancia de todo eso, en algunos casos actualmente, en otros potencialmente. La dificultad, dicho en breve, no está en su suministro, sino en el precio que exigimos por nuestros bienes a cambio de ellos. Pero supongamos que mediante la institucionalización de una tasa-proporción de precio basado, no en el oro, sino en nuestro Crédito Real, pudiéramos permitirnos exportar bienes a un precio considerablemente menor al coste aparente de la producción (y si esto es imposible, todo el Programa son pamplinas, y de ninguna manera “profundo” en lo más mínimo), ¿habría duda alguna de que podríamos, si quisiéramos, “comprar” toda la comida y materias primas en el mercado mundial? Nuestros únicos límites de suministro serían, de hecho, el límite de la productividad mundial, unido al límite de la demanda potencial de bienes británicos ofrecidos o puestos a los menores precios del mundo. Controlando los precios, obtenemos el control de los bienes. El control de precios constituye o determina el control económico. Y puesto que todo el objetivo del Programa de Crédito de Douglas-NEW AGE consiste en controlar los Precios, a menos que se lleve a cabo ese control resultará inútil, mientras que, si así se hiciera, resolvería el problema económico. ¿Quién controla el comercio internacional hoy día y a través de qué medios? La respuesta es: los financieros, y por medio de la regulación de precios. El remedio obvio para este estado de cosas consiste en obtener el uso de esa arma que se ha comprobado ser tan efectiva –el poder de regular los precios– independientemente de los financieros. No se necesita buscar ningún otro remedio; no lo hay.

  4. #4
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    Re: Críticas de H. Belloc al Crédito Social (y correspondientes respuestas a las mism

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Fuente: The New Age, 23 de Febrero de 1922, nº 17, Vol. 30. Páginas 216 – 218.



    Una consulta sobre el Crédito



    THE NEW AGE ha propuesto en los últimos meses (o años) una muy original y, a los ojos de sus autores, concluyente solución de ciertas dificultades actuales. Ésta puede describirse de manera general como el Control del Crédito por los Productores o, de manera alternativa, el Rescate del Crédito de manos de una cierta camarilla profesional e interesada que actualmente lo gobierna. Muy bien. Pero esta última solución de nuestros grandes problemas siempre me ha parecido que sufre de tres impedimentos u obstáculos.

    En primer lugar, ese crédito no constituye la palanca última del moderno –ni de ningún otro– proceso productivo. En segundo lugar, que el control del crédito por los productores no es algo a lo que se pueda llegar de manera suficientemente clara y definida. En tercer lugar, que sin un Rey (o cualquier otro nombre que uno elija para denominar al poder moderador de la Comunidad) uno no tiene garantías de que los nuevos poseedores no vayan lentamente a hacerse distintos de la masa de hombres y, por tanto, sus señores.

    Ahora bien, a los fines de esta breve nota no puedo discutir los puntos 2 y 3, pero sí me gustaría discutir el punto 1, o, más bien plantear en relación al punto 1 lo que yo pienso que constituye una pregunta pertinente.

    ¿Qué es el Crédito?

    Todos los problemas y proposiciones económicas se expresan de la mejor forma acudiendo a un caso extremo o primitivo. De esa manera, uno puede del mejor modo alcanzar y conseguir los primeros principios.

    Supongamos un hombre en posesión de fuerzas naturales (digamos, un campo fértil, y una corriente de río, y leña, y el resto de ellas). Supongámosle también en posesión de los implementos o instrumentos de producción de acuerdo a un cierto estándar (digamos, una provisión de ropa para un año, cobijo contra las inclemencias del tiempo, una provisión de comida para él y sus caballos, sus caballos, un arado, una grada, ovejas, un serrucho, una rueca de hilar, un telar, etc…), y supongámosle libre junto con su familia para producir lo que quieran. Aquí no entra ninguna cuestión de Crédito. Éste cesa de existir. Queda eliminado. Pues todo el proceso se encuentra bajo un solo control.

    Tomemos ahora el tipo ampliado de eso mismo: la comunidad en la que todos los hombres son esclavos (concepto marxista), con los oficiales de la comunidad conduciéndolos y dirigiéndolos. Aquí otra vez tenemos los medios de producción, las provisiones imprescindibles para durante la espera hasta que la producción se haya completado, y el resultado de la producción bajo un solo control. El Crédito no aparece en esta fórmula.

    Ahora tómense las verdaderas condiciones humanas que siempre han existido. Éstas suponen la existencia de un número de unidades (individuales, colegiadas, etc…). Cada uno de esos cuerpos individuales o corporativos, tal y como muestra la historia humana, poseen control sobre determinadas parcelas de los medios de producción. El Crédito aparece entonces en seguida.

    A posee un arado y una yunta.

    B posee las provisiones de comida, ropa y semilla.

    C posee la tierra (estoy presentado el asunto lo más toscamente posible a efectos de análisis).

    Parecería que el crédito consistiría en lo siguiente. Tomándose en consideración a uno cualquiera de los tres, entonces cualesquiera uno de los otros dos, o dos cualesquiera de ellos, necesitarán del consentimiento de aquel primero antes de poder ponerse a trabajar. No puede significar ninguna otra cosa. El A que posee la tierra puede decir a B y C, “Sal y ve a producirme una cosecha. Te permitiré usar la tierra para ese fin, pero de la cosecha yo querré tanto”. O el B que posee los instrumentos puede decir, “Encargo a A y C que produzcan una cosecha, y les dejaré que tengan mis instrumentos, pero de la cosecha yo querré tanto, etc., etc.”.

    Es verdad que el Crédito, en este sentido, implica cierto cálculo de producción futura, pero, ¿no se basa esencialmente en los medios existentes? Uno no puede prestar la nada. Uno sólo puede prestar trigo, o casas o máquinas (u otras cosas). El control yace o radica en la propiedad de estas cosas, ¿no es así?

    Yo pienso que es así; y, por tanto, pienso que el control real y verdadero de los medios de producción constituye el fundamento de todo el asunto, y no aquello a lo que llamamos Crédito. En otras palabras, me vuelvo a mi antigua tesis de que si la propiedad estuviera bien distribuida, la función del crédito se arreglaría ella misma: una bendición que os deseo a todos.

    H. BELLOC



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    Quizás esté bien que el Sr. Belloc no haya procedido a desarrollar sus “impedimentos u obstáculos” números 2 y 3, ya que, como la mayoría de nuestros lectores podrán percibir por sí mismos, la descripción general de la solución de Douglas hecha por el Sr. Belloc, es decir, “el Control del Crédito por los Productores”, constituye el mismísimo reverso de su verdadera descripción, que consiste en “el Control del Crédito por los Consumidores”. De vez en cuando, incluso, hemos llegado a considerar si no sería aconsejable designar así el objetivo de esta propaganda; especialmente más cuando resulta que un buen número de propuestas se están presentando, aquí y en América, en favor de un supuesto control del Productor. El control del Crédito por el Productor es exactamente lo que el mundo ha estado sufriendo desde los días en que el Crédito se creó socialmente por primera vez. Recientemente y de manera creciente, el productor actual ha tendido a caer en la posición de agente de los manipuladores del Crédito financiero; en otras palabras, el fabricante actual y el capitalista real han estado cayendo más y más de manera completa bajo el control de los bancos. Pero la ficción del control del productor es mantenida todavía –principalmente, como pantalla para el efectivo control del banco– y, como hemos dicho, la restauración de un control real del productor constituye ahora el objetivo declarado de varios cuerpos propagandistas tales como la Liga de Moneda Sana en este país y la Liga de Dinero Libre de América. Aparte, sin embargo, de la dificultad de recuperar el control real del productor de manos de los bancos que hoy día lo han usurpado (la mayoría de las acciones de prácticamente todas nuestras grandes empresas capitalistas están ahora en manos de los financieros), la restauración del control real del productor quedaría infaliblemente anulada en un periodo muy corto por la reaparición del control financiero. El control del productor, dicho de manera resumida, es solamente una etapa en el camino hacia el control financiero; y puesto que esta evolución ya se ha efectuado, no puede haber ninguna puesta hacia atrás del reloj; y, aun si eso fuera posible, el reloj se movería de nuevo hacia delante hasta su actual posición de control financiero. El Sr. Belloc, por tanto, debe revisar de un modo radical su descripción de la solución de Douglas. No consiste precisamente en un control del Productor; sino que consiste en un control del Consumidor.

    Aun así, eso, sin embargo, no constituye el mayor error o, digamos, falta de entendimiento, que se encuentra en la breve nota del Sr. Belloc. Pues resulta perfectamente claro de su tratamiento resumido acerca de la naturaleza del Crédito que, o bien él no ha leído la bibliografía de Douglas sobre este asunto (y, en particular, las páginas 156-166 de “Credit Power and Democracy”), o bien no ha podido comprender la distinción, fundamental para toda la teoría, entre Crédito Real y Crédito Financiero. Mas realmente no podemos seguir adelante hasta que no la hayamos hecho. En la medida en que el Crédito Real (o la correcta estimación de nuestro poder para suministrar bienes y servicios reales) se confunda con el Crédito Financiero (o la estimación de nuestro poder para suministrar Dinero a la orden), en la misma medida será el problema, no sólo insoluble, sino también incapaz de una correcta formulación. Exponer correctamente un problema es ya media batalla ganada hacia su solución; y puesto que, en el actual caso, el problema consiste en la interacción de dos factores distintos, esto es, el Crédito Real y el Crédito Financiero, resulta indispensable, tanto para la formulación como para la solución, que éstos deban quedar claramente diferenciados.

    Volviendo a los ejemplos del Sr. Belloc, estamos de acuerdo en que en su primer ejemplo la cuestión del Crédito no surge ni se presenta. Más allá de su “creencia” de que la Naturaleza permanecerá siempre la misma, una Familia Suiza tipo Robinson Crusoe, tal y como la concibe el Sr. Belloc, no está bajo la necesidad de “acreditar” nada a nadie. La sociedad no ha comenzado; y, en consecuencia, no hay necesidad de asociación, ni de ninguno de los medios de asociación. El dinero vendría a ser superfluo.

    En el segundo caso del Sr. Belloc, por el contrario, existe indudablemente una cuestión de Crédito, puesto que no se trata ya más de un asunto de acreditación de uniformidad a la Naturaleza, sino de acreditación, a otra gente, de poder para conceder o negar artículos de primera necesidad y privilegios. Si asumimos el Estado Servil hipotético de Belloc, en donde los oficiales controlan todos los medios de producción y distribución, ¿cuál es la motivación, cuál es la creencia, que les lleva o conduce a los esclavos a producir aquello que ellos personalmente no consumen? ¿Por qué, por ejemplo, haría un esclavo carreteras cuando lo que realmente quiere es pan? Claramente, la base del Crédito Real de esa comunidad –la constante fuerza motivadora que está implicada o envuelta en la expectativa de una tal o cual cantidad de producción– es el Miedo mantenido por la Fuerza. En otras palabras, el incentivo para la cooperación mediante la división del trabajo en la producción de los bienes y servicios reales viene dada por la amenaza de una pena infligida de una u otra forma. Si un esclavo no quiere trabajar (produciendo aquello que él personalmente no quiere) tampoco comerá, es decir, no obtendrá aquello que sí quiere. El Crédito Real de un Estado Servil no difiere esencialmente del Crédito Real de un Estado Libre. Ambos dependen igualmente de la cooperación y la división del trabajo. En el caso del Estado Servil, sin embargo, el incentivo para esta cooperación consiste en el miedo sancionado por la fuerza; mientras que, en el caso del Estado Libre, el incentivo para la cooperación es creado, no por el miedo, sino por la esperanza y la expectativa de participar más o menos equitativamente en el producto común.

    El tercer ejemplo del Sr. Belloc, tomado, como él dice, de las verdaderas condiciones humanas que siempre (?) han existido, no introduce ningún rasgo nuevo en relación al Crédito Real, ya que el Crédito Real es inherente al trabajo asociado del Estado Servil de su segundo ejemplo. Sí introduce, sin embargo, el factor del Crédito Financiero. En el caso del Estado Servil, el dinero, en el sentido estricto del término, viene a ser algo superfluo. Los oficiales del Estado organizan la producción como a ellos les dé la gana, y disponen del producto a su propia discreción; pueden subsidiar y repartir a los trabajadores, mediante un ticket o de cualquier otra forma, exactamente tanto más o menos del producto común como a ellos les parezca. Pero, en el caso del Estado Libre, en donde A, B y C cada uno controla un instrumento de producción –arado, comida, tierra o lo que sea– su asociación para la producción común no está directamente forzada o impuesta por el miedo, sino que está inducida por la esperanza: por la expectativa o creencia de que, mediante la asociación, cada uno obtendrá más del producto común de lo que podría esperar obtener individualmente sin ayuda. Pero la cuestión práctica consiste en cómo se han de valorar o estimar sus respectivos derechos sobre el producto común. ¿Qué es lo que constituye o crea su título? ¿Cómo se va a hacer efectivo? ¿Cómo se llega a su cantidad por adelantado antes de venir el producto en acto? Todas estas cuestiones abren demasiadas materias como para poder ser discutidas en la presente nota al pie de la consulta del Sr. Belloc; y, por otra parte, a menudo se han examinado de manera suficiente tanto en las obras de Douglas como en estas páginas. Pero confinándonos lo más estrictamente posible a la cuestión que tenemos entre manos, podemos decir que el medio a través del cual se expresan todas estas estimaciones, cálculos, valoraciones y derechos no son (como resulta obvio) los bienes reales y los servicios reales, sino el Dinero. A, B y C, que controlan respectivamente un arado, comida y tierra, no negocian, en las presentes circunstancias, el uno con el otro en términos o en función de su eventual producto común; sino que negocian en términos de Dinero. Y es precisamente este nuevo factor del Dinero, que entra dentro del problema de los bienes reales e intercambio real de servicios, lo que constituye la china en nuestro actual zapato. Miremos de nuevo al ejemplo. A, B y C controlan cada cual uno de los indispensables instrumentos con los que producir, digamos, trigo (separadamente, ninguno de ellos podría producir nada). El arado, por sí mismo, es inútil; la semilla sin tierra es inútil; y la tierra sin la semilla es inútil. ¿Cómo se reúnen entre ellos? No, como Belloc sugiere, diciendo A a B y C una cosa u otra; sino obteniendo A, B, o C, cualquiera de ellos, de alguna fuente, Dinero (o moneda de curso legal, es decir, un derecho legal a los bienes y servicios), con el cual puede comandar u ordenar, en la práctica, la cooperación de sus compañeros. Normalmente, por supuesto, la fuente de la que A o B o C obtienen su poder legal para controlar los instrumentos de los otros dos consiste en un banco o financiero, es decir, alguien cuyo negocio especial consiste en comerciar con dinero de curso legal. Pero lo mismo pasaría (hasta el momento en que lo descubriera) si su fuente de Dinero consistiera en una falsificación “bancaria” o una falsificación simple. Moneda de curso legal es moneda de curso legal y, con tal de que esté por encima de toda sospecha, ni A ni B ni C dudarían en aceptar moneda de curso legal a cambio del uso del instrumento que tiene cada uno bajo su control. Éste es, de todos modos, el caso en las actuales circunstancias de la sociedad moderna.

    Ahora bien, el Sr. Belloc está bajo la impresión de que el Dinero emitido de esa forma viene a constituir algo más que un medio a través del cual el creador del Dinero se asegura el control de la propiedad de otras gentes. Él dice que “uno no puede prestar la nada”. Por extraño que pueda parecer, no obstante, eso es precisamente lo que los prestamistas de dinero (grandes y pequeños) realmente y habitualmente hacen. No es función suya la de saber si, de hecho, hay algo real para poder comprar con el dinero que prestan. Su dinero podría realmente llegar al mercado y no encontrar nada allí. ¿Acaso un falsificador hace una pausa para preguntar si su “dinero” aparece oponiéndose a valores existentes en ese momento? Él se contenta con saber que, si hay algo que comprar, su “moneda de curso legal” podrá adquirirlo. Y lo mismo ocurre con los bancos. Cada unidad de poder adquisitivo emitido por los bancos constituye un derecho adicional sobre cualesquiera bienes reales y servicios reales existentes en la comunidad. Sea mucho o poco, el dinero comprará todos ellos; y de esto se sigue que aquél que tenga el control sobre ese medio del dinero se encontrará realmente en una posición de poder controlar tanto los instrumentos de producción (independientemente de quien pudiera ser el “propietario” de ellos) así como la disposición del producto que surgiera de la cooperación de éstos. “El control real y verdadero de los medios de producción”, como dice el Sr. Belloc, constituye verdaderamente el fundamento del crédito; pero ese control real y verdadero no se encuentra en manos de los propietarios de dichos medios, sino que se encuentra en manos de aquéllos que, en virtud de su monopolio de poder de creación de dinero, pueden controlar a los propietarios mismos. Las únicas alternativas para estos últimos serán, o bien dejar inactivos sus instrumentos por falta o carencia de esos medios con los que poder asociarlos con otros instrumentos igualmente indispensables, o bien recurrir al primitivo y antiguo trueque. Y estas dos alternativas acarrean una considerable pérdida para la comunidad. La conclusión que se ha de sacar es que, independientemente de lo bien que estuviera distribuida la propiedad sobre los medios existentes de producción, su verdadero control seguiría permaneciendo en manos de los monopolistas de ese medio (dinero) con el cual, y sólo con el cual, los susodichos medios pueden efectivamente reunirse. Nuestra labor consiste en controlar el crédito financiero.

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