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Tema: Rusia y España

  1. #81
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    Re: Rusia y España

    TENIS Khachanov, Rublev, Kasatkina y Gasparyan viven y entrenan en Barcelona

    España continúa como base de operaciones del tenis ruso

    Joan Solsona

    Barcelona

    07/12/2018 10:40 CET




    Khachanov, Rublev, Kasatkina y Gasparyan


    Primero fueron Marat Safin, Dinara Safina, Igor Andreev y Maria Kirilenko quienes escogieron España, y más concretamente Valencia, como base de operaciones en la década de los noventa y principios del siglo XXI. Después de ellos tomó el relevo Svetlana Kuznetsova, que fijó su residencia en Barcelona al mismo tiempo que su rival y compatriota Maria Sharapova escogía la Academia Equelite de Villena para preparar cada año la gira europea de tierra batida.

    La Armada rusa sigue huyendo del frío de su país y ahora tiene en Barcelona su sitio preferido para vivir y entrenar. Karen Khachanov, número 11 mundial y campeón del Masters 1.000 de París-Bercy, y Andrey Rublev, 68 de las listas, se juntan estos días en la Ciudad Condal para preparar su estreno de 2019. Junto a ellos siempre está el bielorruso Ilya Ivashka, 92 del circuito. Se mueven entre el 4SlamTennis y el Club de Polo.

    Se separan a principios de año porque Khachanov y Rublev se estrenarán en el Open 250 de Doha, mientras que Ivashka lo hará en Pune. En Mollet, en el grupo de competición de Carlos Martínez, sobresale Margarita Gasparyan, la tenista que ha firmado el mayor regreso del circuito femenino. Después de tres operaciones en la misma rodilla, que amenazaron su continuidad como profesional de la raqueta, Gasparyan ha pasado del puesto 1.115 al 92 desde que eligió a Martínez como entrenador el pasado mes de mayo.

    El técnico catalán había terminado un mes antes su relación con Kuznetsova, una tenista que a sus 33 años se debate entre decir adiós y darse una última oportunidad. Ocupa el puesto 107 de la WTA y no estará presente en la primera gira de enero por las antípodas.


    La mejor por ranking

    Darya Kasatkina, top 10 y la mejor rusa por ranking, tuvo un flechazo con Barcelona y allí se quedó junto a todo su equipo. Entrena con Gasparyan en Mollet a la espera de dar el salto definitivo a sus 21 primaveras. Cerró el pasado ejercicio como campeona de la Copa Kremlin y de reserva en el Masters de Singapur. Los rusos buscan el calor y la calidad en los entrenamientos. España es su paraíso.




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    Fuente:

    https://www.marca.com/tenis/2018/12/...b238b4635.HTML

  2. #82
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    Re: Rusia y España

    Por años leí con fruición todo papel, todo documento, todo libro, toda biografía, toda memoria, todo diario publicado sobre la revolución rusa.

    Me interesaba mucho lo sucedido a partir de 1917, pero me cautivaba todo lo que había ocurrido antes, desde fines del siglo XIX. Nada me atrapaba tan profundamente como los relatos y diarios personales que habían sido escritos sin la intención de que nadie, más allá de sus propios dueños, los leyeran. Ese momento me importaban nada los procesos, las secuencias, las causas y los efectos de la revolución, pasaban por completo a segundo plano. Me perdía en el relato subjetivo de quienes diez, quince, veinte y más años antes de la revolución intuían y sentían que algo muy grave, algo muy sangriento se cernía sobre ellos. Me perdía en esos relatos que se olvidaban de los análisis y las comparaciones, y simplemente expresaban la emoción telúrica que sentían recorrer por su ser: los nobles, los aristócratas, los intelectuales, los literatos, muy pocos burgueses, los hombres confiados de la cultura y de la política, y de la racionalidad; sabían muy a sus adentros que algo terrible estaba pasando, algo que no acababan de comprender, algo que varios veían como lo merecido, que otros lo asumían como un castigo divino, que muchos más no le hallaban explicación ni sentido alguno, pero que lo temían igual o más que quienes hallaban aparentes respuestas a las explosiones futuras de las honduras del ser. Algunos quisieron prepararse, otros tantos se evadían, muchos más sabían que no había nada por hacer, asumiendo de forma casi natural su fatalidad, como el guardia romano, consumido en su puesto, inmóvil en el templo de Pompeya, por el fuego del Vesubio. Consumido en el deber, en el deber ser. Los ilusos quisieron darle soluciones a eso. A eso...

    Por años también siempre me sorprendió la similitud sociológica de Rusia con la 《América Latina》, a pesar de todas sus diferencias históricas, raciales, culturales y hasta religiosas... Demasiado parecidas, demasiado para estar tan lejos la una de la otra.

    Hoy sé que muchos hombres en nuestra nación dividida en el continente empezaron a sentir esos temblores a los que no hallan explicación, pero los cuales les pasman y los recorren por completo. Hasta dónde nos hundirán esos temblores, eso es algo que no lo sé.



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    Fuente:


    https://www.facebook.com/francisco.n...13766172206828

  3. #83
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    Re: Rusia y España

    El infierno de la 'División Azul' que España envió a luchar por Napoleón en Rusia

    Después de que comenzara la Guerra de la Independencia, tres regimientos rojigualdos incrustados por las bravas en la «Grande Armée» fueron forzados a marchar sobre Rusia contra su voluntad. Sus integrantes ansiaban rendirse al enemigo y acabar con su tragedia




    Soldados franceses durante la invasión de Rusia


    Manuel P. Villatoro

    Actualizado:12/07/2019 13:43h


    Más que conocidas son las desventuras de la División Azul en la URSS de Iósif Stalin. Sus combates en el lago Ílmen o en Krasny Bor han pasado a la historia. Lo que es menos popular en la sociedad actual es que, más de un siglo antes, otros soldados peninsulares marcharon sobre Rusia a las órdenes de un líder extranjero. Aunque en aquel caso, y con el calendario detenido a principios del siglo XIX, este mandamás no llevaba la esvástica en el chaquetón ni hablaba alemán, Por el contrario, portaba en su pendón el águila imperial y hablaba francés con un ligero acento corso. Su nombre era Napoleón Bonaparte.

    Los hombres a los que hago referencia son los pobres desgraciados de tres regimientos del cuerpo expedicionario enviado en 1807 a servir en el ejército galo. Hombres desafortunados que, después de que comenzara la Guerra de la Independencia contra el «Pequeño corso», no lograron regresar a su amada patria y fueron obligados a participar, junto a la «Grande Armée», en la loca invasión de Rusia orquestada por el megalómano Bonaparte. Sus integrantes se dejaron la vida a miles por culpa del frío y de los mosquetes enemigos hasta que, por fin, sus esperanzas se materializaron y pudieron desertar como reos ante los hombres del Zar. «Mi emperador no hace prisioneros a los españoles, vuestro país y el mío tienen estrecha alianza; los ejércitos rusos protegen a todo español que la suerte ponga en nuestras manos», les respondió el oficial al que se entregaron.


    Puñalada trapera

    Hallar los mimbres de esta unidad requiere retroceder hasta 1796, época convulsa en la que «la France» y nuestra España andaban aliadas contra el poder británico. Pocos sabían entonces que nos íbamos a tragar una invasión gala a traición poco después... Pero en aquellos años, amigos como éramos de los gabachos, el gobierno firmó con el futuro «Empereur» el Tratado de San Ildefonso; texto abusivo donde los hubiere y en el que ambas potencias se comprometían a aunar fuerzas contra Gran Bretaña. Con aquel precedente, y después de la entrada victoriosa del « Pequeño Corso» en Berlín tras hacer añicos a las tropas prusianas, poco podía hacer nuestro país más allá de rendir pleitesía a los revolucionarios.

    Sometido al incipiente poder galo, y afrancesado como era, el valido poco válido del monarca, Manolito Godoy, recibió en 1806 un mensaje en el que se le exigía reunir a unos 14.000 hombres y enviarlos, como el mismísimo rayo, hasta las costas de Hannover en previsión de un más que predecible asalto inglés por mar. Dicho y hecho. De esta guisa, y en valor del Tratado de San Ildefonso, partieron hacia su nuevo destino 10.000 infantes, 4.000 jinetes y una veintena de piezas de artillería. Más de la mitad del contingente inició su viaje desde la Península al mando de Pedro Caro y Sureda, Marqués de la Romana, primer oficial de la llamada División del Norte. El resto lo hizo desde Etruria, donde ya había destacadas fuerzas de nuestro país, bajo el liderazgo del segundo al mando, Juan Kindelán.


    «Bernadotte jamás se cansó en las revistas y en las marchas de manifestar la satisfacción que le causaban […] nuestros compatriotas»


    Allí quedaron nuestros compatriotas haciéndose un nombre a golpe de bayoneta, mosquete y sable (este último, en el caso de los jinetes). Y así lo recordaba el militar y escritor del siglo XIX José Gómez de Arteche en su extensa « Guerra de la Independencia, 1808-1814»:

    «Bernadotte cuidaba con el mayor esmero de que no les faltase nada de lo que la codicia francesa se hacía proporcionar para sus soldados, y no perdonaba medio para halagar a los nuestros en su orgullo nacional y en su espíritu de personalismo. Su guardia de honor era, cual la de los césares, de españoles, compuesta por una compañía formada de soldados y clases escogidos en el regimiento de Zamora y una sección de 30 caballos del Rey, y jamás se cansó en las revistas y en las marchas de manifestar la satisfacción que le causaban […] nuestros compatriotas».




    Manuel Godoy


    Pero la situación se enrareció poco después. De forma más concreta, en 1808, después de que Bonaparte asediara Madrid (y España) a traición tras firmar un permiso de paso con Godoy en el popular Tratado de Fontaineableau. Aquella puñalada trapera pilló a buena parte de la División del Norte en Dinamarca, lo que permitió a la mayoría viajar a toda prisa hasta a Suecia y, a continuación, regresar a la Península para unirse a las tropas británicas y enfrentarse al galo invasor. Por desgracia, la suerte fue esquiva con tres de sus regimientos. Unos hombres a los que les fue imposible separarse de las tropas napoleónicas y que se vieron obligados a partir, dentro de la «Grande Armée», hacia Rusia bajo las órdenes de Napoleón.

    Los oficiales del gabacho sabían que no podían esperar lealtad por su parte, pero conocían su destreza con las armas. Por ello, el destino último de nuestros compatriotas era habitualmente la primera línea de batalla. Al menos, así lo afirmó en su diario de viaje Rafael de Llanza, nombrado jefe de este curioso contingente: «No me queda ninguna duda que fuimos puestos en el más evidente riesgo para que fuésemos exterminados». Lo cierto es que los hombres de Bonaparte llevaban razón, pues los nuestros ansiaban el «feliz y suspirado momento de pasarnos a los rusos».


    Camino a Borodinó

    Las andanzas en Rusia de los tres regimientos españoles que no pudieron escapar de las garras de Napoleón comenzó, siempre según el diario de Rafael de Llanza, en marzo de 1812, cuando recibieron la orden de formar y partir hacia el este. Por entonces, nuestros compatriotas se hallaban en el pueblecito de Neuwarp recordando por activa y por pasiva a sus habitantes que ellos no eran galos. «Yo hice cuanto me fue posible por manifestar que era español, en medio de los ejércitos franceses, y que odiaba el robo y la villanía en medio de unas legiones de ladrones y perturbadores del sosiego humano», explicaba el español en su obra. Así comenzó la campaña más helada de Bonaparte.

    A partir de entonces el diario narra de forma pormenorizada, aunque rauda, las diferentes paradas que llevó a cabo el ejército español de Napoleón. Y en todas ellas, según Llanza, el contingente galo se destacó por su pillaje y su villanía. Al parecer, la «imponente multitud» se mostraba «furiosa de deseos de […] entregarse a los horrores del saqueo, incendios, robos y, en fin, al exterminio del género humano» desde el mismo momento en el que asediaron Polonia en su camino hacia Moscú. Aunque los franceses trataban de paliar esta actitud repartiendo panfletos con manifiestos en los que se afirmaba que estaban allí para liberar a los ciudadanos de la opresión de los zares.




    Napoleón en Rusia


    Una de las primeras batallas en las que participaron los españoles fue la que, según Llanza, comenzó a pergeñarse el 5 de septiembre de 1812. Por la cercanía con las fechas parece que se refiere a una escaramuza previa a la contienda de Borodinó; la más sangrienta de la campaña rusa. En todo caso, aquella jornada los defensores se jugaban mucho, pues habían permitido a los galos adentrarse kilómetros y kilómetros en el país sabedores de que era imposible defender la ingente cantidad de territorio que atesoraban. Según la crónica, Bonaparte no dudó y ordenó a sus hombres cargar sin piedad. En la vanguardia iban nuestros compatriotas, como bien dejó explicado el autor del diario:

    «Mientras duraba este sangriento choque, mi batallón formado en cuadro sostenía avanzado el combate, cuando a las nueve y media fue atacado por el grueso de la caballería, que por el orden regular debía ser roto y deshecho, y tuvo tanta fortuna que una descarga hizo retroceder toda esa caballería, que sin duda a beneficio de la noche nos creyó más fuertes de lo que éramos. ¡Qué bella situación esta para haberse pasado al ejército ruso hasta con las banderas! Los dos regimientos españoles fueron avanzados del Ejército francés, y no me queda ninguna duda de que fuimos puestos en el más evidente riesgo para que fuésemos exterminados. Si nosotros hubiésemos tenido la más remota idea de que podíamos ser acogidos de los rusos, nos podríamos haber pasado sin ningún riesgo».




    Napoleón en Rusia


    Dos días después, ya en la contienda principal, el regimiento de Llanza se quedó en retaguardia. Aunque sí «sostuvo por cuatro horas seguidas la diabólica artillería de la Guardia Imperial» y tuvo que «sufrir muchas balas de artillería» enemigas durante horas. Tras la lucha, el hispano se quedó asombrado cuando Napoleón ordenó dejar a los heridos sobre el campo de batalla: «¡Qué triste espectáculo, y más al considerar que tantos miles de hombres debían el día siguiente ser abandonados sobre aquel campo de desolación y expirando en recompensa de su valor y de la victoria obtenida por unos y por la brillante y valerosa defensa de los otros!».

    Pero aquellos hombres no iban a ser los únicos olvidados en mitad de la estepa rusa. Le pasó lo mismo a otros tantos que murieron debido al hambre y al frío invierno al que el ejército galo tuvo que enfrentarse en su avance hacia la capital. Y el resto sufrieron todo tipo de enfermedades y problemas físicos por culpa de las bajas temperaturas. El mismo Llanza dejó escrito que, un día, se «sintió en el tobillo del pie derecho un dolor sumamente fuerte».

    La sorpresa fue mayúscula cuando se quitó la bota, pues vio que toda su pierna «parecía una piel de tigre de manchas negras y amarillas». «Lo manifiesto a los cirujanos, no les gustó; menos me gustaba a mí», afirmó. En sus palabras, los dolores (que se acrecentaban debido al frío) eran «terribles e insoportables», lo mismo que los remedios que le daban los médicos militares. Y, a pesar de todo, la « Grande Armée» logró tomar Moscú.


    ¡Retirada!

    Con la conquista de la capital parecía que solo era cuestión de tiempo que el ejército galo obtuviese una victoria aplastante sobre los rusos. Pero la falta de comida, el frío, las enfermedades y los continuos ataques de la guerrilla obligaron a Napoleón a marcharse con el rabo entre las piernas y abandonar Moscú el 24 de octubre de 1812.

    Desde entonces comenzó una carrera contra el tiempo en la que la «Grande Armée» trataba de evitar ser masacrada mientras regresaba, de forma paulatina, hacia su cuartel general ubicado en Smolensk (primero) y hasta Francia (después). Por descontado, en el camino su retaguardia fue acosada por las unidades más veloces del ejército del Zar. Pintaban bastos para el corso, pero también para nuestros compatriotas. De hecho, los españoles de Llanza sufrieron un ataque el 25 de octubre que a punto estuvo de costarles la vida.




    Cosacos rusos


    «Mi división tuvo orden de escoltar [a una unidad] en castigo de haberse dejado tomar toda su artillería al amanecer del 25 por una emboscada de dos mil cosacos que, saliendo de un bosque, cortaron la columna, mataron a cuanto encontraron, desordenando espantosamente todo el convoy. Y en esta situación el Emperador se hallaba de paso entre él, y tuvo a buen partido el poner pies en polvorosa. Su guardia, tres edecanes y un general, fueron lanceados. […] No hubiéramos escapado tan felizmente si el rey de Nápoles, que estaba muy inmediato con toda su caballería, noticioso del riesgo que corría su amo, no hubiese avanzado con diez mil caballos».

    En palabras de Llanza, lo que comenzó como una retirada ordenada por parte de la «Grande Armée» terminó en un desastre y en un caos generalizado cuando los jinetes rusos comenzaron a hostigar los flancos y la retaguardia francesa. «El 2 y el 3 de noviembre el cuerpo de ejército que sostenía la retirada fue atacado furiosamente y casi exterminado», añadía. Nuestros compatriotas se vieron obligados, durante todo ese trayecto, a comer la carne de los caballos muertos debido a la escasez de alimento y a abandonar todos sus pertrechos para ir más livianos. «¡Qué muebles tan preciosos se verían tirados y abandonados sobre aquellos campos! Los polacos me robaron mi equipaje», afirmó.


    Final del infierno

    Por si fuera poco, la situación se enrareció todavía más para los españoles cuando, en plena huida, recibieron la orden de atacar a un gigantesco contingente ruso ubicado en el barranco de Krassnow para cubrir la retirada del ejército galo. «[El mariscal] Ney, sin ver al enemigo a causa de la niebla, mandó a mi cuerpo a atacar a la bayoneta». Fue un desastre. Los rusos, que conocían el terreno, lanzaron un torrente de plomo contra los hispanos y provocaron una gran cantidad de bajas. El mismo Llanza fue herido y se vio obligado a arrastrarse hasta un pueblo cercano. «Después de haber andado como cosa de media hora, nos hallamos en un pueblecito donde se había reunido una multitud de hombres [...[ de los que yo era el único jefe», completó.

    Para entonces la aventura rusa de Bonaparte ya estaba llegando a su fin y la única cosa en la que podía pensar el oficial español era en la rendición. Así pues, en cuanto Llanza se topó con una unidad rusa, decidió que había llegado el momento de capitular y acabar con aquel infierno de una vez por todas. Tuvo suerte, pues un coronel leal al Zar le solicitó mantener una conversación antes de que él se lo pidiera. Ya frente a frente, le dijo que «el príncipe Gallitzin, general del Ejército ruso, ofrecía a aquellas tropas un buen tratamiento si se rendían sin la mayor efusión de sangre». La conversación que se sucedió a continuación fue recogida por el hispano:


    -«Señor: soy un desgraciado español...».

    -«¡Español! Mi emperador no hace prisioneros a los españoles; vuestro país y el mío tienen estrecha alianza: los Ejércitos rusos protegen a todo español que la suerte ponga en nuestra manos».

    -«Pues señor, tampoco nada tengo que tratar; yo, mis oficiales y soldados nos acogeremos a la protección de vuestro emperador, vuestro padre y general, y en cuanto a esta multitud podéis disponer de ella como os plaza».


    Así terminó la injusticia perpetrada contra los españoles en el este. De hecho, los rusos respetaban tanto a nuestros soldados que una escolta de cosacos les acompañó durante el viaje que emprendieron por Rusia antes de regresar a la patria y, allí por donde pisaban, eran vitoreados por los que, hasta entonces, habían sido sus enemigos: «¡Hispanikis, hispanikis!».




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    Fuente:

    https://www.abc.es/historia/abci-inf...6_noticia.html

  4. #84
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    Re: Rusia y España

    Los dos imperios. Los rusos al Este y los españoles al Oeste

    Eurasia




    10.12.2018

    España

    Rusia

    Carlos Javier Blanco Martín


    Los rusos al Este, nosotros los españoles, al Oeste. Y en medio, Europa, es decir, la tierra del centro.


    Con demasiada frecuencia, a los de ambos extremos, a españoles y a rusos, les ha sido discutida su condición de europeos. ¿Son los rusos, verdaderamente europeos? ¿Lo son, en puridad, los españoles? Tal parece como si el formar parte de un extremo geográfico condenara a la marginalidad a la nación que allí mora, como si los conceptos de "periferia" y "centro" encerraran propiedades esenciales, absolutas, como si confundiéramos la Geometría con la Geografía, y ambas, a la vez, con la Geopolítica. La pregunta sobre la "centralidad" de los españoles y de los rusos como prototipos de lo europeo ya es una pregunta ideológica, interesada, ya es un ataque revisionista contra el destino de ambos imperios, el ruso y el hispánico.


    Porque de esto precisamente se trata. Lo que desde hace unos siglos se viene llamando "Europa" es, con la Reforma protestante, la modernidad, el capitalismo liberal, etc. un "anti-imperio", un disolvente de la idea "católica" o universalista de unidad imperial. Y la unidad imperial ha sido tenazmente buscada, a la vez, en paralelo y con notable simetría, al Oeste desde España y al Este desde Rusia.


    Desde España y desde Rusia se alzaron enormes baluartes de "reacción" contra las corrientes disolventes de la modernidad. Justo en el momento en que los reformistas protestantes dividían el centro y el norte de Europa, en el Oeste hispano se pugnaba por conservar la catolicidad. Ese fue el empeño del Imperio español: conservar la catolicidad.

    De Carlos I de España y V de Alemania se han dicho muchas cosas ambiguas que poseen un fondo de verdad, pero a menudo dentro de un envoltorio manipulador. El Emperador, se lee, fue un tanto "medieval", una especie de nostálgico, un romántico avant la lettre en su afán de reconfigurar la idea universal de Imperio (Universitas Christiana). Todos los reyes cristianos se subordinan al rey de reyes, al Emperador, y el propio poder del Emperador, lejos de constituir un brazo armado al servicio del Papa, está investido por naturaleza de sacralidad propia.

    La propia misión imperial sobre la Tierra es sagrada en cierta forma. Contra este proyecto, que Carlos hizo suyo y lo devino hispano, hispano sin contradicción alguna con su universalidad, se alzaron las incipientes monarquías "nacionales" (Francia, Inglaterra), los principados germánicos reformados, el propio Papado, reproduciéndose así, a escala casi planetaria, la lucha medieval entre el ideal "güelfo" y el "gibelino". Decimos a escala casi planetaria porque el Emperador ya reinaba sobre el Nuevo Mundo y sus marinos exploraban la Tierra en toda su redondez. El choque entre los ideales güelfos y los gibelinos no se circunscribía ya a las comunas del norte de Italia. La idea romano-germánica-medieval resplandecía en la mente de don Carlos y de sus asesores españoles, quienes, a su vez, la habían conservado a través de la Reconquista, iniciada por Pelayo en 718 (otros dicen que en 722).

    La crisis nacional de España, su tendencia centrífuga y cantonalista, es solidaria hoy en día de la crisis de su ideal imperial. Un "nacionalismo español" es un proyecto tan fraccionario y artificioso como un "nacionalismo catalán" o un "nacionalismo vasco". La idea estatalista, y a su modo jacobina, de una nación como resultado de una decisión popular de "dotarse a sí mismo" de un estado, es tan francesa, tan extranjerizante y anti-católica, que no puede aplicarse a España sin grave merma para ésta. De forma un tanto confusa aún, pensadores tradicionalistas (Vázquez de Mella) o actuales (Gustavo Bueno), han sido capaces de reconocer esto. El nacionalismo español fue inyectado en nuestra patria a instancias isabelinas y liberales, tratando de imitar lo francés y "modernista" en todo aquello que en Europa había "funcionado".


    Pues este nacionalismo de corte occidental y liberal es, justamente, nacionalismo anti-imperial. El liberalismo que, desde Inglaterra y Francia inyectaron en España, a través de logias secretas en gran medida era, justamente, a la par que un proyecto capitalista depredador, la encarnación misma del ideal disgregador. Se quiso renunciar al Imperio con vocación universal pretendiendo homologarse con las naciones disgregadoras que habían arruinado dicho imperio (Francia, especialmente). Y el resultado no puede ser otro que acoger en su seno la misma disgregación. La carrera emprendida en España desde el siglo XIX fue la de la homologación, y en su fase postrera lo que estamos conociendo es la ruptura, pues el mismo ideal jacobino y de homologación se inoculó en Cataluña, en las Vascongadas y en cualesquiera de las entidades regionales constituyentes de España.


    El imperio ruso pasó de ser una reserva de la reacción, en el siglo XIX, a una "patria del socialismo" en el XX. Situado en el otro extremo geográfico, sus enormes dimensiones garantizarán para siempre su condición imperial, al margen de su forma política concreta. Muy distinto el caso ruso al caso de España. El imperio hispánico fue recortado, saqueado, y la pérdida de extensión de su territorio fue progresiva. Aún no está del todo claro si la España residual o post-imperial no va perder más territorios en un futuro inmediato. Por el contrario, la Gran Rusia pudo experimentar grandes transformaciones superestructurales (el paso del imperio zarista a una república federal), pero a los analistas atentos no se les escapa nunca que éstos son cambios en la superficie, y que en Rusia hay esencias, estructuras de fondo resistentes a todas las mareas del tiempo y a las infiltraciones del occidente.

    Desde un punto de vista material, es la enorme extensión de territorio la que garantiza esta resistencia, esta inercia, esta fidelidad a su propio ser. Pero junto a la propia dimensión gigantesca de Rusia, entendida en términos de espacio y materia, reposa su idiosincrasia espiritual. Y es precisamente sobre ésta donde hay abundantes malentendidos.

    El filósofo de la "Decadencia de Occidente", Oswald Spengler, tan clarividente y profético en muchos puntos, erró de lleno en su visión de Rusia. Sus páginas rebosan desprecio hacia este Imperio. Su punto de vista ultra-prusiano le obliga a ver en Rusia el enemigo, la "horda" del Este, la amenaza orientalizante y bárbara que se cierne sobre un Imperio occidental. Pero si la Gran Rusia no es el enemigo a batir, a conquistar, a domeñar o tener a raya, entonces la Rusia spengleriana es, nada más, una llanura inmensa donde gentes demasiado humildes y sencillas se aplanan ellas mismas por influjo de un cristianismo –el ortodoxo- que ve en cada ruso un hermano.

    Rusia es para Spengler, la encarnación del igualitarismo. Allí, en el Este, nadie es más que nadie y de la misma manera que en las llanuras del Poniente ninguna colina se destaca, todo es horizonte y se vive en horizontal, así ocurre con la sociedad rusa: una masa informe desconectada de su aristocracia minúscula. Pero lo que Spengler ve como defecto (sencillez, humildad, hermandad, igualitarismo), otro filósofo contemporáneo suyo, Walter Schubart, lo contempla como gran virtud y gran esperanza. Rusia, dice Schubart, es la esperanza de Europa. Y esperanza en su pleno sentido: esperanza espiritual.


    Rusia será quien reconquiste espiritualmente Europa. Su cristianismo, algo asiático-oriental y parejo a la espiritualidad india y china, es hoy el más auténtico. Schubart lo denomina cristianismo yoánico, fundado, como su nombre indica, sobre el Evangelio de San Juan. Este es el tipo de religión, cristiana-yoánica, que puede salvar al hombre europeo, sumido en la decadencia, en el nihilismo, en la idolatría al dinero y a la tecnología. En los años en que el autor balto-alemán vivía, solamente España –y el tipo de hombre que el español encarnaba- se salvaba del diagnóstico negativo que recaía sobre el europeo occidental. Schubart todavía veía, en la primera parte del siglo XX, al español como una esencia fijada en su edad dorada, los siglos XVI y XVII, siglos de místicos y de guerreros. Pero éste filósofo no pudo llegar a conocer a fondo la trágica transformación del Homo hispanicus tras la guerra civil y, especialmente, tras el desarrollismo registrado en nuestro país en los últimos años del franquismo.


    Toda traza de espiritualidad, mística, ardor guerrero y fanatismo (incluyendo el fanatismo de los "sin Dios" rojos, tan hispano como el de su opuesto diametral, el integrista católico) fue diluyéndose, evaporándose y abrasándose por el espíritu capitalista y consumista al que ésta "Reserva Espiritual de Occidente" fue entregándose, a la par que el Caudillo iba abriéndose a los créditos americanos, a las instituciones internacionales, a la tecnocracia y al crudo pragmatismo. Schubart veía de forma muy idealizada al español, y todo su libro sobre Rusia y el Alma de Occidente es un idealismo de principio a fin.

    Pero un idealismo que ayuda al lector a comprender la importancia de un "arquetipo" en los devenires geopolíticos. Con esto queremos decir que en España la revolución y la contrarrevolución habidas entre 1934 (Revolución de Asturias) y 1939 (fin de la llamada "Guerra Civil") fue la verdadera clave de bóveda de la aniquilación liberal del ideal imperial. Era el eco simétrico de la liquidación del imperio de los zares ocurrida definitivamente en 1917. Lo que ya había sucedido al Oriente, por obra de los bolcheviques, debía consumarse al Occidente, en España. Sin embargo, Schubart supo reconocer que había una Gran Rusia, eterna y esencial, intangible e inmune a las reformas comunistas.

    El alma de un pueblo no se modifica superestructuralmente, viene a decirnos el filósofo balto-alemán. Por eso el ruso, bajo el imperio de la hoz y el martillo sigue adorando a la cruz. Por eso su igualitarismo esencial se manifiesta incluso en un régimen donde Dios aparece oficialmente proscrito, y la gente reza en silencio y en secreto, incluso al margen de un clero no siempre ejemplar, y mantiene viva su Iglesia. Schubart cree ver una religiosidad ardiente, olvidada hace tiempo por los occidentales, incluso en el ateísmo fanático de los bolcheviques, de los incendiarios de iglesias, en los iconoclastas rusos "sin Dios", paralelo y gemelo al hispano de los años 30.

    Pero nos parece excesivo idealismo creer que el alma de los pueblos subsiste por debajo, por encima y más allá de los cambios que superficialmente damos en llamar superestructurales. Es cierto que décadas de comunismo no pueden transformar las tradiciones de un pueblo. La cultura rusa, tan vieja, evoluciona al ritmo de los siglos, pero los regímenes políticos, en cambio, se desvanecen en unas décadas. También concedemos a Schubart- como a Spengler- el hecho de que los reformadores superestructurales de Rusia han trabajado siempre con ideas importadas de occidente, ideas ilustradas y después socialistas y comunistas que, una vez planean y tratan de cubrir la inmensa planicie oriental, se quedan en nada, en nubes pasajeras. Las reformas petrinas, tanto como las leninistas, se muestran de todo punto superficiales en sus consecuencias históricas.

    Pero esto que podemos aceptar de Schubart en sus reflexiones sobre Rusia, se deshace cuando buscamos el paralelismo con el arquetipo español. Nuestra "Guerra Civil" parece haber provocado una desaparición de aquellos arquetipos hispanos, desaparición física junto con la liquidación de las bases materiales que lo hacían posible. La economía capitalista se instauró plenamente en la España de los años 60 y el materialismo que le es propio hace que los místicos, los caballeros, los ultramontanos, los bandoleros y demás personajes arquetípicos dejen de existir. De hecho hoy vivimos en una España hambrienta de valores, desnuda de arquetipos, inerme e inválida, pues siente haber perdido su identidad.

    No es el caso nuestro el de un pueblo que ha resistido heroicamente las reformas superestructurales impuestas por la economía mundialista y la ideología oficialmente liberal (en sus dos versiones, socialdemócrata "progresista", y liberal-conservadora). Antes al contrario, el pueblo español, con hambre atrasada, acoge de forma masiva y entusiasta esa Unión Europea que al tiempo le lamina, bendice ese recetario de la ONU-UNESCO que le idiotiza, adora esos reajustes del FMI que le esclavizan. Llevamos ya unas cuantas décadas, desde el franquismo tardío y todo el Régimen setentayochista, siendo un pueblo mayoritariamente ovejuno, que ha encontrado la solución a su vacío en las fórmulas globalistas, pro-inmigracionistas, europeístas, americanizantes y maurófilas.


    España, tal parece, se comporta como un sujeto colectivo que ha decidido dejar de ser. Unos la quisieran ver como un nuevo Puerto Rico, asociado al atlantismo yanqui, otros como el vertedero financiero-comercial de la Unión franco-alemana, y muchos, muchos más de cuantos se suele creer, quieren hacer de esta España nuestra una colonia del Sultán de Marruecos, soñando con un al-Andalus de cuento de mil y una noches. Pero estos proyectos anti-españoles, atlantista, europeísta y maurófilo, señalan justamente el espacio que ha quedado en blanco en el tablero geopolítico. Y es una ley geopolítica la ley del horror vacui. Es el espacio disputado desde tres flancos, desde tres vectores que arrastran poder y empujan el poder hacia el vano. España es un vano y no sólo una disgregación en taifas (llamadas "comunidades autónomas").


    La identidad, a veces inventada, otras, deformada, de las regiones españolas suele ser una terapia de sustitución. La gente necesita por lo común una identidad, y cuando no existe un locus de poder y autoridad para suministrársela, otros centros, subnacionales, corren a ofertar sus baratijas. Yerra, y yerra mucho, la derecha española al creer que la causa de una falta de identidad nacional en España, y la falta de orgullo "imperial" y conocimiento del pasado es debido (exclusivamente) al adoctrinamiento nacionalista-periférico. Ningún soberanismo fraccionario hubiera podido hacer nada en contra de un proyecto imperial de destino común. Es la falta de hombres que sustenten de veras ese proyecto imperial de destino común lo que ha dejado el camino despejado a mentes tan subdesarrolladas como las de Sabino Arana, Blas Infante o Puigdemont. Las nuevas versiones de aquellos místicos y guerreros españoles del siglo XVI no parecen existir ya.

    Sin embargo, aun admitiendo que el Homo hispanicus se ha transformado drásticamente, y que los paralelismos espirituales entre el Oeste español y el Oriente ruso trazados por Schubart se han deslavazado, hay dimensiones y hechos invariantes, y el tablero geopolítico de este primer tercio del siglo XXI es el que es. El tablero implica que ya no hay "dos Españas", se mire por donde se mire, sino un territorio de extensión media que ocupa una posición estratégica de extraordinaria importancia. Este territorio es, a la vez, una puerta de África y un balcón hacia América. Así lo ha sido desde que los Reyes Católicos y sus sucesores, los reyes de la Casa de Austria, deciden proseguir la Reconquista en ambas direcciones, al sur y al occidente.

    La conquista de América, como bien lo vio don Claudio Sánchez Albornoz, es la continuación inmediata del espíritu reconquistador. Sin embargo, las campañas militares y la labor colonizadora del imperio español en el norte de África no gozaron del éxito y el grado de penetración cultural que se dieron en América. En lo que se llama Magreb, la presencia española y, en general europea (francesa, italiana) está barrida del mapa. No hubo posibilidad de crear un verdadero colchón entre mundos, una sociedad fronteriza (limes) en donde pudieran convivir segmentos cristianos y laicos con segmentos musulmanes. Es en este espacio norteafricano donde debería haberse situado la zona de transición entre mundos, el afro-oriental y el europeo.


    Todas las regiones norteafricanas podrían haberse constituido en protectorados y enclaves europeos con sociedades mixtas (europeas-cristianas, magrebíes-musulmanas) que avanzaran gradual y experimentalmente hacia una mayor educación y laicidad, haciendo de éstos países una nueva Europa, un limes, donde el contacto entre mundos se hiciera preservando a la Europa propiamente dicha de toda la emigración masiva y de la africanización e islamización crecientes que hoy en día estamos conociendo.


    En realidad, la concepción imperial y civilizadora de Europa se lleva a la práctica por medio de estas acciones en territorios ultramarinos. El optimismo, el impulso a exportar ideas, técnicas, valores, contingentes hacia otros paisajes y latitudes da la medida exacta del vigor de una civilización-imperio. Expandirse es siempre la mejor forma de defenderse. La expansión hispánica hacia las Américas aunó la mayor parte de las energías de nuestro pueblo, y no pudo desdoblarse hacia África. Pues bien: éste será siempre el origen de todas nuestras pesadillas y debilidades. La "América" de los rusos, por analogía, consistió en un movimiento civilizador de doble dirección: una, la más efectiva, la conquista de Siberia, una verdadera ola expansiva de rusificación, que puso lo ruso a las puertas mismas de Mongolia y de los imperios chino y japonés; la otra, infructuosamente realizada por causa de la oposición otomana (y sus aliados occidentales, franceses y alemanes), volcada hacia el Sur, hacia la antigua Bizancio, y en general, hacia el mar Mediterráneo. En efecto, una Rusia asomada a éste Mare Nostrum hubiera sido la Nueva Roma a todos los efectos.

    El enfrentamiento con los turcos y con los occidentales se lo impidió, pero la partida en Ucrania y en el Cáucaso, así como en los Balcanes, entre otros lugares ya próximos a nosotros es una partida que se sigue jugando. La "rusificación" de los países que comunican el Mediterráneo con todo oriente hubiera desplazado completamente al Islam en el tablero geopolítico. De ser una fuerza "sustantiva", que golpea en sus vertientes terrorista, inmigracionista y como agente "troyano" en la desarticulación de sociedades abiertas y demasiado abiertas, habría pasado a ser una fuerza meramente "accidental", un acompañante meramente cultural y folclórico en el mosaico de pueblos unificados al Oriente por un ideal de Imperium.


    En cierto modo, ya es así en China y, parcialmente en la Federación Rusa: el islam, no es una religión, sino una teología política que causa conflictos dondequiera por lo que tiene de concepción totalitaria de la política, esto es, porque actúa como fuerza teocrática; ésta fuerza violenta teocrática siempre se acaba plegando ante autoridades imperiales capaces de disciplinar al rebelde y al violento.


    El hecho es que la Historia fue la que fue. No hubo un Norte de África europeizado, hispano-francés, por ejemplo, ni tampoco un Próximo Oriente rusificado. La Historia es una disciplina testaruda en lo referente a los hechos. En otro plano, nunca desconectado completamente de los hechos, situamos la ideología. Rusia, la Gran Rusia imperial es un factum que sobrevive a las ideologías, y que obliga a éstas a moldearlas. La Rusia de los zares, la de los bolcheviques o la de Putin es, sustancialmente la misma Gran Rusia, el mismo factum imperial que se impone por sí solo, por su inmensa territorialidad, más que por su peso demográfico. Y por ello, no nos puede extrañar que un filósofo que muchos consideran allegado al régimen de Putin, como es Alexander Dugin, haya formulado su "cuarta teoría política" en unos términos de evolución-superación (cuasi hegelianos) ideológica. La Primera Teoría Política a la que asiste el mundo moderno, roto el orden feudal, es el liberalismo.

    El liberalismo se abre paso en las postrimerías de la edad media, con el auge de una clase plutocrática, amasadora de dinero, que subvierte el orden de la civilización cristiana –basado en la fe, la tierra, el linaje- y lo "simplifica", haciendo de la civilización entera un inmenso mecanismo de acumulación y producción de plusvalía. La Primera Teoría Política, liberal, se realiza como modo de producción-dominación capitalista, y desde el orbe cristiano occidental se va imponiendo (a cañonazos, si hiciera falta, como rezaba con exactitud El Manifiesto Comunista) a las otras civilizaciones mundiales. Pero como antítesis de la Primera Teoría, surge la Segunda, auto-representada como una Teoría del Proletariado apta para sepultar en el cementerio de la Historia al liberalismo ideológico, y a su realización económico-política, el capitalismo. La Segunda Teoría Política, el comunismo, fijó en Rusia, precisamente, su patria y su suelo de implantación. Rusia pasó de ser el imperio zarista a ser la Unión Soviética, esto es, una auto-representada federación rusificada, entendida como primer paso para una República internacional de los Trabajadores en la cual la propiedad privada quedaría abolida y se socializarían los medios de producción.

    El reparto del mundo dado entre los imperios de ambas teorías políticas, liberal (angloamericano) y soviético (ruso) sólo pudo hacerse efectivo por medio de una dialéctica con la Tercera Teoría Política (el fascismo). La derrota del fascismo fue el paso necesario para la consagración de las dos teorías precedentes, y casi a la manera hegeliana hubo de ser así en la medida en que en el fascismo había elementos tomados en síntesis tanto del liberalismo como del comunismo. La guerra fría tras la derrota del fascismo en 1945 supone una negación de la síntesis, o más bien una negación de la negación. El fascismo hubiera sido la negación del liberalismo en la medida en que el liberalismo tiende a la disolución del Estado, de la Autoridad, de la Tradición por mor del imperialismo del dinero. Igualmente, el fascismo hubiera sido la negación del comunismo en la medida en que ésta Segunda Teoría Política era el igualitarismo extremo, la anulación de las jerarquías y de la tradición. Pero el fascismo o Tercera Teoría Política también puede ser superado, y no meramente negado. La negación realizada habría sido manifiesta en su derrota militar, en medio de una Europa en ruinas, pero la superación hegeliana, que es negación y conservación de lo salvable, implica un restablecimiento de las jerarquías, de la tradición, de la autoridad, sin entregar el cetro del mundo al "poder del dinero", ni tampoco a unas masas desarraigadas y adoctrinadas por el marxismo.


    La Cuarta Teoría Política vendría a ser una especie de "vuelta al Imperio", Imperio entendió en su sentido genuino, una autoridad respetable y que se hace respetar, un nuevo nomos sobre la tierra que contrarreste las tendencias disgregadoras, criminales, barbarizantes, de las otras tres anteriores Teorías Políticas.


    Pero, si somos coherentes con esta lectura metapolítica de la Cuarta Teoría duginiana (que hemos expuesto aquí de una forma demasiado hegeliana y libre, no obstante), habrá que estar en guardia contra las posibles tendencias criminales de ésta en la medida en que encuentre oposición. Pues la "teoría política" alzada para reajustar el orden del mundo es un arma siempre, ante cuya acción se despierta la reacción. Dugin parece presentar su proyecto hegemónico ruso en términos de multi-polaridad, esto es, en términos de un más ajustado reparto del poder que ya está recayendo, de hecho, en manos de potencias regionales. Irán, en el Oriente Medio, será el centro de poder que neutralice el sionismo. China, en el Oriente Lejano y en el Pacífico, hará lo propio frente a los "dragones" capitalistas que sirven de satélites asiáticos de los E.E.U.U. También parece que puede florecer un poder iberoamericano que sustraiga el "patio trasero" de los yanquis y liquide la doctrina Monroe ("América para los americanos"), siempre que se superen diversos obstáculos y se alcance una conciencia "imperial" común.

    ¿Será, pues, la Gran Rusia la esperanza de Europa? Un gran estado, un poder de dimensiones verdaderamente imperiales, reserva energética y territorial inmensa, contingente poblacional nada despreciable, afinidad étnico-cultural incuestionable con respecto a los pueblos de Europa, peso militar inmenso, comunión de intereses con los europeos occidentales, que van desde lo energético (gas natural) hasta lo espacial (astronáutico) y geopolítico (control de la islamización y freno de las pretensiones sionistas y yanquis)… Son muchas, abundantísimas las razones para defender un cierto euroasianismo y apostar por la multipolaridad. Un largo rosario de pensadores, especialmente a destacar los miembros de la llamada "Nueva Derecha" (Guillaume Faye, Alain de Benoist, Robert Steuckers…), han apostado, cada uno a su manera, por este alineamiento euroasiático.

    La unión política, económica y militar de Europa y Rusia, desde Lisboa hasta Vladivostok, parece hoy en día una mera utopía, un imposible. De hacerse realidad, las amenazas que hoy se ciernen sobre todos nosotros cesarían en el instante. Sería algo parecido a coser y cantar la posibilidad de frenar las agresiones imperialistas norteamericanas o controlar ese "arma de inmigración masiva" que alientan desde el Mediterráneo sur y oriental. La Cuarta Teoría Política" supondría la superación del caos impuesto por imperios depredadores, que no dudan en subvertir los fundamentos mismos de las civilizaciones (no sólo de la civilización europea o la "judeocristiana"). Correctamente entendida, la hegemonía rusa, por su mismo carácter continental (y no talasocrático) nunca podrá consistir en el imperialismo de los "señores del dinero".

    Cuando hablamos de miles de kilómetros cuadrados de un área de la corteza terrestre sobre la que no hay abruptas fronteras físicas ni anchos brazos de mar separadores, y en los que se extienden cientos de pueblos, una síntesis de autoridad central ("imperial"), que una lo que es común en medio de la diversidad, y de multipolaridad, que proteja la Civilización frente a lo que es diverso, se vuelve de todo punto sugerente. Para que esa síntesis o "esperanza rusa" llegue a hacerse realidad, resultaría imprescindible el establecimiento de un bloque de países que, siendo celosos en la defensa de sus respectivas soberanías, a la vez detraigan poder, influencia, prestigio e iniciativa al "occidentalismo". Ese bloque de países, formalmente integrados en el "Occidente", pero disidentes con él, ya existe.


    Gracias a ellos no va a ser posible reeditar una guerra fría entre Occidente y Oriente, pues las partes contendientes han cambiado internamente, y al haber cambiado la manera en que resisten los estados determinados a ser libres, que no renuncian a su soberanía, también disponen de otras opciones diferentes a las de la guerra fría. Estados como Hungría, Polonia, Austria, etc. pueden servir como grieta en el sistema del occidentalismo. Cada uno, a su manera, podrá alzar la bandera de la tradición, el respeto a las jerarquías naturales y espirituales, la defensa de los valores civilizatorios.


    Quizá su cercanía a la Federación Rusa, su temor a quedar tragados por un oso tan grande, cuyos abrazos de afecto puedan parecer torpes, el miedo mismo a recibir enormes zarpazos, impida la creación de una verdadera unión euroasiática, pero sí que puede darse al menos un desplazamiento del poder y de la iniciativa. El atlantismo cuenta sus días, se sabe en retirada, y esta fiera, arrinconada y herida, puede resultar de lo más peligrosa. Estamos viendo que el atlantismo pierde credibilidad en Europa y que la población menos afectada por la intensa Ingeniería Social sospecha ya de las maniobras con que sus líderes pretenden disolver la sociedad. El multiculturalismo impuesto, no deseado. La disolución de la familia y el ataque a la espiritualidad nacional. El feminismo radical y el homosexualismo. La esterilidad del autóctono, su sustitución demográfica y la experimentación constante con la sexualidad humana. El ensalzamiento del alógeno y la ampliación incesante de la lista de "derechos humanos".

    El ataque a la infancia, su escándalo, corrupción y manipulación… son todas éstas, y muchas más, las aristas de una misma estrategia impuesta desde el liberalismo, desde el capitalismo atlantista que ha visto en toda esta Ingeniería Social su medio para pervivir, su forma de hacer de Europa una auténtica papilla humana. Muchos miramos al Este con esperanza. Un Este ideológicamente distinto, un Este curado del bolchevismo, un Este que también es heredero de la civilización clásica, por la mediación especialísima del Imperio Bizantino. Un Este heredero del cristianismo que supo, como España lo hizo tras largos siglos de guerra, defenderse de las hordas de nómadas y del imperialismo islámico de los turcos.

    Que el papel de estratega de Vladimir Putin esté a la altura de las circunstancias, es algo que el futuro esclarecerá. Mayor papel le corresponde al propio pueblo ruso, y a las naciones –europeas o asiáticas- que forman su órbita y cinturón. Este conjunto de pueblos podrá, en sus respectivos terruños, mostrarnos otras vías alternativas a la talasocracia y a la depredación. Podrá enseñarnos a todos que un pueblo o comunidad puede recoger la antorcha y volver a ser la "Nueva Roma" caída en manos bárbaras. El papel geopolítico de España y de la lengua española habría de consistir en ser hermana y aliada de la esperanza del Este, pues al hispanismo geopolítico le cabe ayudar en la empresa de un resurgir del polo iberoamericano, y en el Sur le cabe la labor de custodiar los pasos de África y volver a hispanizar la orilla meridional del Mare Nostrum, rescatando a aquellos pueblos de su letal teocracia, y del atraso y fanatismo consiguiente. Quizá sea soñar, o quizá no, pero el ideal de un Imperio del Este es simétrico y complementario de un Imperio del Oeste. Esto, y no otra cosa,


    Publicado en la revista Nihil Obstat. Revista de historia, metapolítica y filosofía. Nº 32. 2018:
    https://edicionesfides.files.wordpre...-obstat-32.png




    _______________________________________

    Fuente:

    https://www.geopolitica.ru/es/articl...noles-al-oeste
    ReynoDeGranada dio el Víctor.

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    Re: Rusia y España

    Aquellos soldados rusos… resultaron ser españoles

    Alejandro García Nistal - 11 de febrero de 2016





    Doscientos años después, Astorga rememora el paso por la ciudad del Regimiento 'Alejandro de Rusia' compuesto por soldados españoles envueltos en una peculiar historia que les llevó por toda Europa

    Astorga, aula magna al aire libre de la historia, se prepara para revivir uno de los cientos de curiosos hechos que entre los muros de su casco antiguo amurallado se produjeron. ¿Pero qué tienen que ver Rusia y Astorga?. Es la pregunta que mucha gente se hace estos días cuando desde el Ayuntamiento se preparan con esmero una serie de actos que a final de mes acercará la Bimilenaria a ese frío y lejano país.


    Antecedentes

    Durante la Guerra de la Independencia, en 1808, dentro del marco de las llamadas Guerras Napoleónicas que asolaban Europa -desde Lisboa a Moscú entre los años 1799 y 1815-, varios miles de soldados españoles fueron hechos prisioneros y llevados a Francia. Los que no morían por el penoso camino y el maltrato llegaban a tierras gabachas para trabajar en canteras, campos y cualquier tipo de tarea para el Imperio. Muchos lograban escapar, otros servían como moneda de cambio entre prisioneros y los más terminaban sus días famélicos. “Entre estos prisioneros había 15.000 soldados, oficiales y jefes de la famosa División del Norte que había sido enviada en 1807 a Dinamarca al mando del general español Pedro Caro Sureda, Marqués de la Romana, en virtud del tratado de amistas y alianza entre España y su rey Carlos IV con Francia y Bonaparte. Estos 15.000 soldados españoles habían sido destinados como refuerzo a las fuerzas imperiales y danesas que defendían las costas de Jutlandia ante la marina de guerra británica”, explica el historiador y alcalde de Astorga, Arsenio García en su texto:”Notas históricas sobre el regimiento Imperial Alejandro. Rusia y la ciudad de Astorga en 1814 y 1816″.

    La alianza sería traicionada por Napoleón con la invasión de España y la entronización de su hermano mayor José, como nuevo monarca español, en mayo de 1808. Cuando las tropas españolas destinadas en Dinamarca conocieron los sucesos del Dos de Mayo en Madrid y la sublevación de las provincias españolas contra la invasión francesa se rebelaron. Unos 10.000 hombres consiguen embarcarse para regresar a España e incorporarse a la lucha. Otros 5.000 españoles no pueden lograrlo y son apresados.




    "Bandera Española soldados Guerra Independencia"


    Soldados de fortuna… a la fuerza

    Napoleón rompe también con el zar Alejandro I. Necesita más de 500.000 soldados y ofrece a esos prisioneros españoles en Francia la oportunidad de salir de su penoso cautiverio si se alistan en el Regimiento de Infantería José Napoleón. Hartos de su penuria, 3.000 españoles se alistan. “Pero el engaño proseguía, pues se les dijo que era para combatir en España por José I Bonaparte, cuando en realidad iban a ser carne de cañón en Rusia”, explica García. Ya en plena estepa, las deserciones son constantes y es a las puertas de Moscú, el 7 de septiembre, cuando hay una deserción en masa que preludia el desastre de la Grand Armée.

    Es el zar Alejandro I quien ordena que a los españoles no se les trate como prisioneros, pues han abandonado a los franceses y han deseado luchar contra ellos. De hecho, se crea un regimiento de infantería ruso integrado de elementos españoles con la distinción de llevar el nombre del zar. Nace el Regimiento Imperial Alejandro el 2 de mayo de 181,3 con una ceremonia de entrega y jura de banderas ante el embajador español, Cea Bermúdez, el 13 de julio.




    El zar Alejandro I


    La bandera de esta curiosa unidad ruso-española tiene en su centro la Cruz de San Andrés, símbolo del Ejército español. En las esquinas cuenta con cuatro águilas imperiales de Rusia. La tela fue bordada por las emperatrices Isabel Alexseievna y María Feódorovna, esposa y madre del zar. La bandera original forma parte de la actual colección del Museo del Ejército de Toledo.

    Integrado en la Guardia Imperial, el primer destino del regimiento es la escolta de la emperatriz madre en la corte de San Petersburgo. Un año después, embarca en Kronstadt rumbo a la Coruña y Santander. En octubre de 1813 se integra al Ejército Español con el apodo de “moscovita”.




    "bandera regimiento hispanoruso"


    “Astorga es una ciudad mediana, en la actualidad arruinadísima por los dos terribles sitios que ha sufrido, el primero gloriosísimo, que defendió el general Santocildes con pasmo del mando, el segundo cuando fue reconquistada por los españoles y del que no se reparará en algunos años.

    Sus murallas están voladas y los edificios contiguos a ellas son todo escombro. El centro de la ciudad está bastante bueno, y la Plaza y alojamientos a otra calle son bastantes bonitos. La Catedral es hermoso edificio, y el mejor, aunque no muy grande. El reloj de la Plaza, cuya campana da la hora con golpes alternativos que la descargan dos grandes figuras de un maragato y una maragata, que tienen en la mano cada cual un martillo, llama la atención y es particular. El edificio del Consistorio en que está no es malo.

    El carácter de los naturales, como el de todo el Reino, es honrado y bastante sencillo, son fieles en sus tratos y muy amantes de su Rey. Las mujeres no son despreciables, robustas, como igualmente los hombres”, escribió Matías de Lamadrid, teniente del Regimiento de Infantería Cántabro el 2 de junio de 1813.




    María Feódorovna, emperatriz madre


    A su llegada a España, el Regimiento Imperial Alejandro se agregó al Ejército de Galicia. Tres de sus batallones se establecieron, según el historiador astorgano, en León y Castilla la Vieja. “Varias compañías de este Regimiento estuvieron en tránsito y acuarteladas en Astorga. A pesar de haber sido equipado en su creación por el Gobierno ruso, la falta de recursos y asistencia económica del Gobierno español ocasionó que muchos de los soldados en España necesitasen camisas y calzado”.


    El hecho

    El Archivo municipal de Astorga guarda constancia documental de que los astorganos, a pesar de su ruina por los dos asedios en 1810 y 1812, además del saqueo francés y con tan sólo 500 vecinos como población de los 3.000 que tenía al inicio de la Guerra, “recolectaron dinero para calzar y vestir a aquellos compatriotas que habían recorrido Europa con dignidad y coraje el nombre de su patria, España”, explica García. Una muestra más del porqué en las Cortes de Cádiz el 22 de junio de 1811 se concede a Astorga el título de Benemérita de la Patria.

    En el año 2013 se conmemoraron diversos actos del Bicentenario de las campañas del Ejército Ruso entre 1812 y 1814. En Madrid se entregó una réplica de la bandera del Regimiento Imperial Alejandro al embajador de la Federación Rusa en España, Yuri Korchagin. Esa bandera se exibe en el Museo de Moscú Batalla de Borodinó y fue confeccionada en Astorga a mano por María Jesús y Milagros Fuertes Domínguez.

    Doscientos años después, a iniciativa del Ayuntamiento de Astorga y en coordinación con la Embajada de Rusia en España, Astorga rememorará este hermanamiento entre el Regimiento Imperial Alejandro de Rusia con la ciudad y su estancia por estas tierras.




    El equipo de Gobierno de Astorga y varios concejales del PAL reciben al director del Centro Ruso de Ciencia y Cultura, Eduardo Socolov (S. G.)




    _______________________________________

    Fuente:

    https://www.astorgadigital.com/aquel...spanoles/77939

  6. #86
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    Re: Rusia y España

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    Natalia K. Denisova: El problema de Hispanoamérica es ontológico



    (Foto: Juan Pablo tejedor)


    Jorge Casesmeiro Roger

    Más artículos de este autor

    martes 10 de abril de 2018, 08:54h



    Las reflexiones de la historiadora Natalia K. Denisova tras su tesis sobre la Filosofía de la Historia en América.

    Como columnista de esta casa es una francotiradora excepcional. Maneja un castellano rotundo, clásico, bien barbado; es decir, sin pelos en la lengua. La historiadora Natalia K. Denisova se define como estudiosa del pensamiento español y lectora del Quijote. Y sólo su indomable heterodoxia explica que no esté en la academia o en la universidad. Me encuentro en la Biblioteca Nacional con esta española de Voronezh, para entrevistarla sobre la impresionante tesis en Filosofía Política que ha confirmado su doctorado: Filosofía de la Historia de América: Los Cronistas de Indias en el pensamiento español (serie cum laude” de la Fundación Universitaria Española 2017). Licenciada en Relaciones Internacionales y Máster en Estudios sobre América por la Universidad de San Petersburgo, Natalia K. Denisova se enamoró de la cultura española durante su paso por la Complutense, donde estudió Derecho Indiano y Filosofía Política, materias que también cursó durante una estancia en la Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente escribe e imparte conferencias mientras sigue estudiando lo que considera su proyecto vital: comprender la historia y el pensamiento de España.


    Pregunta: Su tesis doctoral, calificada de auténtico latifundio histórico, ha tenido el raro honor de ser publicada, y de verse agotada, el mismo año de su defensa. ¿Cuál es su aportación?

    R: Principalmente, la actualización de toda la bibliografía sobre Hispanoamérica relacionada con los Cronistas de Indias de los siglos XVI y XVII. O sea, la renovación de un acervo documental que empezó a formarse durante el Renacimiento.


    P: El tronco de la tesis es el Diccionario de Cronistas.

    R: Ellos son los protagonistas. Cada uno es presentado con su biografía, seguida por una relación de sus obras y ediciones, y por un listado con la recepción crítica que se les ha dedicado.


    P: Recepción que ordena cronológicamente.

    R: Para trazar a golpe de vista el tratamiento que se les ha dado a lo largo de la historia. Y entonces ves cómo cambia el enfoque, el tema.


    P: Su investigación recoge unos trescientos autores, que se dice pronto.

    R: Casi trescientos, sí, desde el Descubrimiento hasta el 1700, con alguna excepción.


    P: Parece que ha hecho usted el canon de los Cronistas. No creo que muchos historiadores puedan citar de memoria ni a diez.

    R: La historiografía indiana del siglo XX siempre recoge a los mismos: Hernán Cortés, Las Casas, Bernardino de Sahagún, Motolinía… Todos los demás quedan apartados para el uso académico, como si no existieran.


    P: Seguro que detrás de cada uno de ellos hay una película por hacer.

    R: La historia de los cronistas está llena de personajes y episodios fascinantes. Por eso el diccionario discrimina la entrada biográfica del aparato bibliográfico. Para que el lector no especializado pueda disfrutar de las vidas de estos hombres. Que son de un interés enorme para comprender la historia y la imagen de España.


    P: En qué sentido.

    R: ¿Cuál es el factor que más ha afectado al pensamiento y la historia de España? La leyenda negra. Un fenómeno que aparece y se desarrolla desde el siglo XVI, cada vez con nuevos matices y rebrotes, como explicaba Julián Marías.


    P: Por ejemplo.

    R: Hable usted a cualquiera de pensamiento español. Le dirán que eso no existe. Que España no tiene filosofía, ni filósofos. Verá desconocimiento, rechazo, y hasta ocultamiento por parte del mundo académico. Y está, por supuesto, el problema del indigenismo.


    P: La visión de los vencidos.

    R: Es el problema de la historia monumental”, que decía un autor mejicano. La historia sin matices. Todo en blanco y negro, héroe o villano. ¿Y qué nos da hoy la historiografía? La visión de los vencidos, sí, la de los indios buenos que perdieron ante los malvados españoles. Oiga, ¿podemos matizar? No. Pues entonces, lo único que nos queda es ideología y manipulación.


    P: Pues sí que parece un problema monumental.

    R: Yo misma estoy ahora matizando, ampliando el Diccionario. Piense que ningún Estado, ningún imperio, ha tenido nunca a su disposición tantos documentos como el español. Nunca los ciudadanos de un imperio escribieron tanto como los hispanoamericanos. Todavía no se han visto ni la mitad de los documentos existentes de aquella época; y no hablemos ya de los escritos particulares.


    P: Y de un imperio unificado emerge, claro, una historia común.

    R: Es difícil separar España de América, sobre todo en aquella época. Pero esa historia, hoy, no se hace ni en España. Se construye, en cambio, una leyenda de vencedores y vencidos.


    P: Deme el nombre de un vencido.

    R: Fernando de Alva Ixtlilxóchitl. ¡Oh!, dirán, un indígena, un vencido, su crónica debe ser fiable... Luego vemos que es un indígena con tres abuelos españoles, que fue gobernador y pleiteó por la herencia de un señorío para incrementar su patrimonio.


    P: O sea, un terrateniente.

    R: Entonces, ¿de qué vencidos estamos hablando? Como el Inca Garcilaso, cuya crónica está escrita en Montilla, entre la nostalgia por la tierra a la que no volverá, y la frustración hacia la España que no ha colmado sus pretensiones aristocráticas.


    P: Más que de indígenas hablamos de mestizos.

    R: Garcilaso es el hijo de la princesa inca y el capitán español, el héroe mestizo, sí. Es el icono de la independencia del Perú, una encarnación de la fórmula traslatio imperii. Pero en el siglo XX es sustituido en el imaginario peruano por otro cronista héroe: Felipe Huamán Poma de Ayala.


    P: ¿Y qué cambia con eso?

    R: Poma de Ayala es un indígena escasamente educado. La historia monumental” nos lo muestra como un auténtico vencido, cuyos tropiezos personales reflejan el fracaso del sistema virreinal, que discriminaba a los indígenas, etc. Y resulta que la crítica más dura que hace Huamán es a la existencia de los mestizos.


    P: Pero si el mestizaje es el triunfo de todo aquello.

    R: Pues para Poma de Ayala no hay nada más terrible que un mestizo. No deberían existir. El mestizo es la confusión total. Y el buen gobierno separar a los indígenas de los españoles, para que los mestizos desaparezcan. El matrimonio interracial, aceptado desde el principio por los Reyes Católicos, Huamán lo considera el peor de los crímenes.


    P: Primero un terrateniente, y ahora un racista.

    R: Si vamos a tachar a otros cronistas españoles por expresiones desafortunadas hacia los indígenas, entonces podemos decir que Poma de Ayala, más una pobre víctima del sistema, es un personaje peculiar, con una vida personal bastante desgraciada, que propone su propio gobierno a partir de un cierto racismo; por no aplicar anacrónicamente, como hacen otros, el término holocausto.


    P: Menos mal que fue vencido.

    R: Pero esta información, que se puede leer, no aparece prácticamente en ninguna investigación actual. Lo que te cuentan es la canción del vencido, del injustamente tratado, la víctima del sistema.


    P: Usted ha estudiado mucho a otro cronista, cuya obra en términos de leyenda negra” es la madre de todas las bombas: Bartolomé de Las Casas.

    R: Un personaje muy tergiversado por la historiografía actual. La última biografía de Las Casas, la de Bernat Hernández, no referencia ni una cita, ni un documento. Imposible de estudiar. Yo diría que muchos de sus argumentos salen de la obra de Menéndez Pidal.


    P: Que según usted sigue siendo una de las mejor documentadas.

    R: Es una lástima que la gran aportación lascasiana de Menéndez Pidal haya sido despreciada. Un trabajo tan inmenso, tan bien hecho. Pero claro, hay que difamar la historiografía de la época franquista, aunque luego se reconozca su riqueza.


    P: No salimos de ahí.

    R: Es el mayor daño que se le ha hecho al estudio del pensamiento español. Si intentas comprenderlo no tienes cabida: eres un facha. Pero es que las mejores ediciones, las mejores biografías y análisis de las obras de Sepúlveda, Vitoria, la Escuela de Salamanca, etc., fueron realizadas durante el franquismo.


    P: Y ahora hay tirarlas a la basura.

    R: Eso parece. ¿Y por qué? Porque al autor le tocó escribir en aquella época. Pero es un hecho que las obras mejor documentadas sobre el Imperio e Hispano-América son las de entonces años 60, 70, 50 incluso, no las de ahora. Vale que habrá algunos autores un poco machacones con la idea de la grandeza de España. Pero oiga, usted es un investigador, tenga en cuenta esto y siga adelante.


    P: Anda que si nos juzgan a todos por el mismo rasero

    R: Podríamos coger el prólogo de Martínez Torrejón a la Brevísima de Las Casas –editada por la Real Academia en época de Rodríguez Zapatero, y desecharlo como hijo de un contexto histórico de manipulación y revanchismo izquierdista.


    P: ¿Qué visión se tiene en Rusia de todo esto?

    R: La heredada del comunismo. Cuando estudiaba en la Universidad San Petersburgo todavía quedaban profesores de la época soviética. La gente no se hace a la idea de hasta qué punto se ha publicitado allí la leyenda negra española. Claro, para hacer una América soviética tenían que destruir la obra de España.


    P: El suyo es un trabajo interdisciplinar, de Filosofía de la Historia.

    R: Esa parte crítica es la requiere un mayor desarrollo. El historiador acopia datos. Pero debe intentar reconstruir la Historia. ¿Qué es el hombre?, se preguntaba Ortega: razón histórica. Cuando viajas por Hispanoamérica y hablas con la gente lo que te encuentras es un problema existencial.


    P: La escucho.

    R: O están reñidos con el mundo, o no quieren aceptar lo que son. Hablan español, muchos hasta son creyentes, católicos. Pero tienen un conflicto para reconocerse como parte de la historia de España, con lo que se rechazan a sí mismos. ¡Es un problema ontológico!


    P: Ahí el papel de la filosofía en la historia.

    R: ¿Cómo vas a entenderte a ti mismo, si tu historia colectiva la empiezas en el siglo XIX, y sobre la negación de los tres siglos anteriores? Vale, se puede aceptar como un proceso para la construcción del Estado nacional. Pero es que ya estamos en el siglo XXI. Si no asumimos lo que hemos sido, es muy difícil entender lo que somos ahora.


    P: Se nota que son hijos de la marca España.

    R: La leyenda negra es como el jamón ibérico, producto nacional. Mire, cuando se produce el levantamiento de 1642 en Cataluña, un editor de Barcelona publica una Brevísima relación de la destrucción de las Indias con un pequeño cambio en el texto: donde Las Casas decía españoles”, él pone castellanos.


    P: Pues no ha cambiado mucho, la cosa. Pero ¿ayuda seguir denunciando hoy la leyenda negra, o ensucia todavía más?

    R: Es difícil responderlo. Yo no estoy interesada en hacer apología. No voy diciendo por ahí que el español era un imperio idílico. Lo que me interesa es despertar cierto interés por la realidad histórica. Esto es algo muy complejo en cualquier país. Pero en España mucho más, precisamente por la leyenda negra, los regionalismos, etc.


    P: Por eso hacen falta grandes síntesis.

    R: Si mi tesis se hubiera ceñido a medio siglo no habría podido ver nada. He necesitado abarcar doscientos años. Y entonces obtengo una síntesis que me sirve para entenderme aquí y ahora.


    P: Y ya que lo menciona, ¿qué está investigando ahora?

    R: He entrado de lleno en siglo XVIII. Llevo ya unos ciento veinte cronistas. Es un siglo muy importante, la Ilustración, que por supuesto estudié para la tesis. Aunque no lo incluí como parte del diccionario. Será como un tercer volumen.


    P: Adelánteme alguna idea rectora de esa etapa.

    R: Es un momento de rechazo del pensamiento español. Muchas ideas de los siglos XVI y XVII son vigentes hoy en día. Y lo eran en el XVIII. Pero la Ilustración necesita rechazarlas porque es pensamiento católico.


    P: De nuevo la historia monumental, la falta de matices.

    R: Otra vez. Como lo del franquismo. Pero ¿qué culpa tiene uno de haber escrito durante Zapatero, o durante Rajoy? Pues los pensadores del 1500 y del 1600 eran teólogos, influidos totalmente por la visión religiosa del mundo. Y eso los ilustrados no podían tolerarlo y los rechazaron.


    P: ¿Qué idea tenían de América los ilustrados?

    R: Se divulga una idea denigratoria y atrasada de la América española, que por supuesto protestaron algunos americanos muy cultivados. El concepto que los ilustrados tienen de Hispanoamérica es bastante intolerante y manipulador.


    P: La ignorancia ilustrada es muy osada.

    R: Así es. Una visión muy ilustrada, muy racionalista, pero totalmente alejada de la realidad. El pensamiento va por un lado pero desprecia la realidad, como si no la necesitara.


    P: Pero habría debate.

    R: La Real Academia de Historia se funda en 1738. Pero la respuesta urgente que demandaban los ataques al imperio y al pensamiento español se diluyó entre las luchas intestinas que había entre los propios académicos. O entre estos y el Consejo de Indias, que llegó a prohibirles el acceso a los archivos, impidiéndoles elaborar el atlas del Nuevo Mundo.


    P: Usted sí participa activamente en el debate ciudadano como columnista. Y hable del Brexit, de Putin o de tauromaquia, siempre lleva consigo un caudal de historia viva.

    R: Entender la actualidad sin la historia es tan inútil como conocer la historia sin aplicarla al aquí y ahora. La erudición, en sí misma, no me interesa. Yo a veces confundo datos, me pierdo en nombres. Pero eso se corrige. Para mí lo importante es la tendencia, hacer de un hecho las transformaciones a lo grande, que diría Ortega, durante siglos y siglos.


    P: ¿Y qué le dice a la Dra. Denisova, aquí y ahora, el libro que Dostoievski consideraba el gran compendio del hombre la tierra?

    R: Recuerdo, en la casa de Dostoievski, una balda llena de ediciones del Quijote. Es una obra tan entrañable que no sé por dónde empezar. La he leído varias veces. Y cuanto más la releo más me gusta. Gracias a ella, por ejemplo, hablo español.


    P: ¿Y qué podemos aprender, del Quijote? ¿Qué le ha enseñado a usted?

    R: Es que es todo, la visión del mundo, la propia lengua… Yo tiendo a utilizar palabras del Quijote, y a veces la gente no me entiende. Hay un autor, no recuerdo, que dice: el Quijote es una visión magnífica del hombre durante el reinado de Felipe II.


    P: Explíqueme.

    R: Es una obra del siglo XVII, pero Cervantes ha vivido la época de Felipe II. Y es en esta época que el imperio está hecho y derecho. En su funcionamiento plenario. ¿Cuál es la gran creación de este tiempo? Es difícil de decir, porque es un momento de tanta plenitud, que sólo puede dar pie a la decadencia.


    P: Y el Quijote es el símbolo de esto.

    R: Hay dos símbolos de este periodo. El símbolo tangible, material, es el Monasterio del Escorial. Y el inmaterial, si dejamos a un lado el soporte, es el Quijote.


    P: Símbolo de plenitud y decadencia.

    R: El Quijote es aventura, entusiasmo. Pero la verdad del Quijote llega cuando muere. ¿Y cuándo muere? Cuando pierde la ilusión. Como es durante Felipe II, después de conquistar el mundo, cuando España pierde la ilusión. Piense en aquella España del Renacimiento, del Estado hecho, de los hombres en busca de grandeza.


    P: Y todo se vuelve demasiado grande.

    R: Ya no puede serlo más. Sólo queda caer, retirarse tras los muros de El Escorial. Y es cuando el Quijote se dice: ¿Qué pinto yo en este mundo, si ya no puedo ir por ahí de caballero andante? Y la melancolía lo mata.


    P: Es una síntesis magnífica.

    R: No se supo sostener la ilusión en los hombres, en las instituciones. Y despertaron los particularismos. Como ahora: que si Cataluña, que si Andalucía, que si yo quiero más… Se pierde de vista el interés general, el proyecto común, la nación, la solidaridad. Al final tendremos que sacar un visado hasta para ir a Alcalá de Henares.




    _______________________________________

    Fuente:

    https://www.elimparcial.es/noticia/1...kJ2G5C_Iy0ltG0

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