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Tema: Los conquistadores españoles de raza negra

  1. #21
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    Re: Los conquistadores españoles de raza negra

    Juan Garrido, el negro africano que participó en la conquista de México y fue nombrado Dios por los aztecas





    Un negro portando armas y al servicio de la expansión territorial de la corona española. ¿En pleno siglo XVI? Sí, por sorprendente que pueda parecer, Juan Garrido, también conocido como Juan el Guapo, viajó por medio mundo junto a exploradores y conquistadores como Diego de Velázquez, Ponce de León o el mismísimo Hernán Cortés, con el que participó en la conquista de México.

    Tomado como un dios por los aztecas, fue portero, vigilante y pregonero en México y la primera persona en cultivar trigo en América. ¿Esclavo o príncipe africano? Hoy os contamos la historia de este personaje de origen desconocido y vida de leyenda.


    El origen de Juan Garrido

    Nuestro protagonista nació (no como Juan ni como Garrido, claro ) en 1487 en algún lugar de la costa occidental africana y viajó a Portugal muy joven. Su situación de liberto es todavía un misterio. El historiador Ricardo Alegría creía de que el padre de Garrido era un rey tribal que lo envió a la capital lusa para que adquiriese una educación portuguesa y cristiana y pudiese servir de enlace comercial en el futuro. Otros historiadores opinan que en realidad se trataba de un esclavo liberto, dada la coincidencia de su apellido con uno de los tripulantes españoles en su primer viaje a América, Pedro Garrido, que podría haber sido su dueño.

    Junto a éste, había zarpado desde Sevilla en 1503, uniéndose a una expedición a La Española, donde pasó seis años. Participó en la conquista de Cuba al servicio de Diego de Velázquez y en la de Puerto Rico, además de en el descubrimiento de la Florida junto a Ponce de León. En esta última ocasión, sin las fuerzas necesarias para conquistar la península, los expedicionarios volvieron a su base de operaciones. Garrido, que no se perdía una, llegó a tiempo para participar en la represión del levantamiento de los indios caribes. En total, el aventurero africano pasó trece años al servicio de de León, explorador y conquistador vallisoletano famoso por su hipotética búsqueda de la Fuente de la Eterna Juventud y que moriría herido por una flecha envenenada en su segundo viaje a la Florida.





    En la Conquista de México

    Aburrido, el también llamado José El Guapo recibió interesantes noticias sobre el extremeño Hernán Cortés, al que conocía de la conquista de Cuba . Este preparaba una expedición en busca de oro que les llevaría a conquistar una ciudad de nombre impronunciable: Tenochtitlan. Eran tantas las riquezas que se esperaban conseguir que no se lo pensó demasiado y el 18 de noviembre de 1518, partía embarcado a las órdenes del conquistador metelinense.

    Casi un año después, el 8 de noviembre de 1519, entraban los españoles en la capital del Imperio Mexica. Los aztecas sin duda quedaron impresionados ante la visión de Garrido, con su piel negra, con lo que, entre los dioses blancos recién llegados, fue considerado un dios oscuro, como el local Tezcatlipoca, dueño de las batallas y temido por que se le relacionaba con las Fuerzas del Mal y la Destrucción.





    La Noche Triste

    A pesar de la conquista inicial, los dueños de aquel imperio se levantaron un día en armas contra los hombres barbudos a los que habían confundido como enviados de Quetzacoatl, la serpiente emplumada. A base de flechas, piedras y afilados cuchillos de obsidiana causaron una escabechina entre los invasores de tez pálida. Los españoles huyeron de forma caótica bajo una fuerte lluvia en lo que recuerda como la Noche Triste, entre el 30 junio el 1 de julio de 1520. Según leemos en Ecce Christianus, Garrido logró salvar la vida mientras muchos de sus compañeros la perdían.

    Tras el contraataque y la caída definitiva de la metrópolis azteca, nuestro protagonista enterró, en tierras que le concedió Hernán Cortés, los cuerpos de algunos de los españoles muertos, levantando allí una pequeña capilla de adobe. El conquistador extremeño, con el fin de recordar a los españoles caídos en la batalla, ordenó más tarde construir en el lugar una hermita, conocida como la de los Mártires. Hoy se alza sobre ella el Templo de San Hipólito y Casiano.





    El primero en plantar trigo

    Garrido adquirió algunos indios y esclavos africanos y se convirtió en la primera persona en cultivar trigo en América. Según leemos en 1493 : una nueva historia del mundo después de Colón (Charles C. Mann), Cortés se encontró tres granos de trigo en un saco de arroz llegado desde España. Se los entregó a su querido Garrido y le encargó que los plantase. Prosperaron dos de ellos y al poco tiempo el negro Juán cultivaba el cereal con éxito y producía harina con él. Y es que muchos españoles desconfiaban del maíz, otros soñaban con beber cerveza y, sobre todo, la iglesia lo necesitaba para garantizar una correcta liturgia. Garrido se forró. Tenía 37 años.

    En 1525 se le concedió un inmueble en la nueva Ciudad de México, donde trabajó de portero, pregonero (un puesto en el que también cumplía las funciones de verdugo, gaitero y responsable del correcto peso del oro y la plata) y de vigilante del acueducto de Chapultepec, que surtía de agua a la ciudad. Podía haber tenido una vida de lo más tranquila, pero a aquel hombre que había vivido en tres continentes distintos era culo de mal asiento. En 1528 volvió a las andadas, esta vez al mando de una expedición para explotar las minas de oro de Zacatula (en el estado actual de Guerrero). Esta vez la suerte no le sonrió y volvió a su hacienda con las manos vacías.





    El final de Juan Garrido

    Lastrado por las deudas, aceptó en 1533 unirse a una nueva correría de la mano de Cortés, que le había hablado de una isla llena de oro, perlas y mujeres zaínas. Pidió un préstamo para costearse la gesta y se acabó pasando dos años vagando por la estéril península de Baja California. Durante el árido deambular, solo encontraron aldeas míseras y diezmadas por epidemias. Volvió a su hogar en 1535, arruinado. Decidió solicitar una pensión a la Corona Española.
    Casado con Francisca Ramírez (de la casa del conquistador Rodrigo Rangel) y con tres hijos, alrededor de 1550, a los 67 años de edad y en la más absoluta pobreza, los ojos del príncipe africano se cerraron para siempre.

    ¡Pero habían visto tanto!



    Con información de Blackpast.org, Accioncultural.es, Ecce Christianus y 1493 : una nueva historia del mundo después de Colón.




    _______________________________________

    Fuente:

    https://historiadeafrica.com/juan-ga...s-los-aztecas/

  2. #22
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    Re: Los conquistadores españoles de raza negra

    La historia oculta de María Remedios del Valle “Madre de la Patria” Argentina.





    María Remedios nació en Santa María de los Buenos Aires un día incierto de 1766, Combatió junto al Tercio de Andaluces, uno de los varios grupos de milicianos que expulsó a los ingleses durante las segundas invasiones. Luego de la Revolución de Mayo, marchó al Alto Perú con el Ejército del Norte. Con su marido y sus dos hijos, uno de ellos adoptado, se incorporó al Regimiento de Artillería de la Patria. Volvió sola. Belgrano pasa revista de la tropa en formación y al llegar a ella, se detiene, le tiende la mano y la nombra capitana de su ejército y Madre de la Patria

    Belgrano pasa revista de la tropa en formación y al llegar a ella, se detiene, le tiende la mano y la nombra capitana de su ejército y Madre de la Patria

    María Remedios del Valle fue una de las llamadas «niñas de Ayohúma», aquellas que asistieron al derrotado ejército de Manuel Belgrano en la batalla de Ayohúma. Afrodescediente argentina, actuó como auxiliar en las Invasiones Inglesas y tras la Revolución de Mayo acompañó como auxiliar y combatiente al Ejército del Norte durante toda la guerra de Independencia de la Argentina lo que le valió el tratamiento de «capitana» y de «Madre de la Patria» y, al finalizar sus días, el rango de sargento mayor del Ejército.

    Nacida en la ciudad de Buenos Aires, entonces capital del Virreinato del Río de la Plata, parda según el sistema de castas. Durante la Segunda invasión inglesa al Río de la Plata, María Remedios del Valle auxilió al Tercio de Andaluces, uno de los cuerpos milicianos que defendieron con éxito la ciudad, y según el parte del comandante de ese cuerpo «Durante la campaña de Barracas, asistió y guardó las mochilas para aligerar su marcha a los Corrales de Miserere».

    Al producirse la revolución del 25 de mayo de 1810 y organizarse la primera expedición auxiliadora al Alto Perú, conformando lo que luego se denominaría Ejército del Norte, el 6 de julio de 1810 Del Valle se incorporó a la marcha de la 6° Compañía de artillería volante del Regimiento de Artillería de la Patria al mando del capitán Bernardo Joaquín de Anzoátegui, acompañando a su marido y sus dos hijos (uno adoptivo), quienes no sobrevivirían a la campaña.

    María Remedios del Valle continuó sirviendo como auxiliar durante el exitoso avance sobre el Alto Perú, en la derrota de Huaqui y en la retirada que siguió. En vísperas de la batalla de Tucumán se presentó ante el general Manuel Belgrano para solicitarle que le permitiera atender a los heridos en las primeras líneas de combate. Belgrano, reacio por razones de disciplina a la presencia de mujeres entre sus tropas, le negó el permiso, pero al iniciarse la lucha Del Valle llegó al frente alentando y asistiendo a los soldados quienes comenzaron a llamarla la «Madre de la Patria».

    Tras la decisiva victoria, Belgrano la nombró capitana de su ejército.Tras vencer en la batalla de Salta, Belgrano fue derrotado en Vilcapugio y debió replegarse. El 14 de noviembre de 1813 las tropas patriotas se enfrentaron nuevamente a las realistas en la batalla de Ayohúma y fueron nuevamente derrotadas.


    Nueve días de azotes públicos que le dejarían cicatrices de por vida.


    María de los Remedios del Valle combatió, fue herida de bala y tomada prisionera. Desde el campo de prisioneros ayudó a huir a varios oficiales patriotas. Como medida ejemplificadora, fue sometida a nueve días de azotes públicos que le dejarían cicatrices de por vida. Pudo escapar y reintegrarse al ejército argentino donde continuó siguiendo a las fuerzas de Martín Miguel de Güemes y Juan Antonio Álvarez de Arenales, empuñando las armas y ayudando a los heridos en los hospitales de campaña.

    Finalizada la guerra y ya anciana, Del Valle regresó a la ciudad de Buenos Aires, donde se encontró reducida a la mendicidad. Relata el escritor, historiador y jurisconsulto salteño Carlos Ibarguren (1877-1956), quien la rescató del olvido, que vivía en un rancho en la zona de quintas, en las afueras de la ciudad, y frecuentaba los atrios de las iglesias de San Francisco, Santo Domingo y San Ignacio, así como la Plaza de la Victoria (actual Plaza de Mayo) ofreciendo pasteles y tortas fritas, o mendigando, lo que junto a las sobras que recibía de los conventos le permitía sobrevivir.


    “La Capitana, la que nos acompañó al Alto Perú “


    Se hacía llamar «la Capitana» y solía mostrar las cicatrices de los brazos y relatar que las había recibido en la Guerra de la Independencia, consiguiendo solo que quienes la oían pensaran que estaba loca o senil. En agosto de 1827, mientras Del Valle ―de 60 años ― mendigaba en la plaza de la Recova, el general Juan José Viamonte ― entonces diputado en la Junta de Representantes de la Provincia de Buenos Aires en representación de los pagos de Ensenada, Quilmes y Magdalena ― la reconoció. Tras preguntarle el nombre, exclamó: «¡Usted es la Capitana, la que nos acompañó al Alto Perú, es una heroína!».
    Del Valle le contó entonces cuántas veces había golpeado a la puerta de su casa en busca de ayuda, pero que su personal siempre la había espantado como pordiosera. Viamonte tomó debida nota y el 11 de octubre de ese mismo año presentó ante la Junta un proyecto para otorgarle una pensión que reconociera los servicios prestados a la patria. Pero la presidencia de la Junta decidió que tenían temas más importantes que atender, por lo que el expediente quedó en comisión.

    Se luchaba aún en la guerra del Brasil y Buenos Aires permanecía bloqueada por segundo año consecutivo por las fuerzas navales del Imperio del Brasil. El 9 de junio de 1828, Viamonte fue elegido vicepresidente primero de la renovada legislatura y decidió insistir con su propuesta.

    Según el Diario de sesiones n.º 115 de la Junta de Representantes de la Provincia de Buenos Aires, al abrirse el tratamiento, Marcelo Gamboa (diputado por la ciudad) solicitó documentos que acreditaran el merecimiento de la pensión, a lo que Viamonte respondió:“Yo no hubiera tomado la palabra porque me cuesta mucho trabajo hablar, si no hubiese visto que se echan de menos documentos y datos. Yo conocí a esta mujer en el Alto Perú y la reconozco ahora aquí, cuando vive pidiendo limosna. Esta mujer es realmente una benemérita. Ella ha seguido al Ejército de la Patria desde el año 1810. Es conocida desde el primer general hasta el último oficial en todo el Ejército. Es bien digna de ser atendida: presenta su cuerpo lleno de heridas de balas y lleno, además, de cicatrices de azotes recibidos de los españoles. No se la debe dejar pedir limosna […] Después de haber dicho esto, creo que no habrá necesidad de más documentos”. General Juan José Viamonte. El diputado por la ciudad Diego Alcorta insistió entonces en que hacía falta presentar documentación respaldatoria con lo que el debate se tornó áspero.

    Luego de un arduo debate se decidió otorgarle “el sueldo correspondiente al grado de capitán de infantería, que se le abonará desde el 15 de marzo de 1827 en que inició su solicitud ante el Gobierno”.Los diputados votaron el otorgamiento de una pensión de 30 pesos, desde el mismo día que María Remedios del Valle la había pedido (sin pagarle retroactivos por todos los meses en que no había cobrado nada). Para tener una idea de la escasa generosidad para con una heroína revolucionaria, vale precisar que una lavandera ganaba 20 pesos al mes, mientras que el gobernador cobraba 666 pesos. La libra de aceite rondaba 1,45 pesos, la libra de carne 2 pesos y la libra de yerba 0,70 pesos. A María Remedios le otorgaron 1 peso al día.

    El 16 de abril de 1835 fue destinada por decreto de Juan Manuel de Rosas (que el 7 de marzo de 1835 había asumido su segundo mandato como gobernador de Buenos Aires) a la plana mayor activa con su jerarquía de sargento mayor. Le aumentó su pensión de 30 pesos en más del 600%. En la lista de pensiones de noviembre de 1836 María Remedios del Valle figura con el nombre de Remedios Rosas (quizá por gratitud hacia el gobernador que la sacó de la miseria). En la lista del 28 de octubre de 1847 aparece su último recibo, de una pensión de 216 pesos.

    En la lista del 8 de noviembre de 1847, una nota indica que “el mayor de caballería Dña. Remedios Rosas falleció”.




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    Fuente:

    https://historiadeafrica.com/la-hist...ria-argentina/

  3. #23
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    Re: Los conquistadores españoles de raza negra

    Conquistadores africanos

    De los pasajes menos conocidos de la empresa de conquista que emprendió Hernán Cortés, es la participación de africanos como activos conquistadores. Una de las razones de dicho desconocimiento se debe a que en las crónicas de conquista de origen español la mención de los africanos es marginal, ya que regularmente son sólo nombrados como negros, esclavos o siervos.

    Aunque es importante subrayar que sí existió la participación involuntaria de esclavos africanos en dicha empresa, no puede decirse que haya sido la única. En este caso, en los últimos años, gracias a investigaciones académicas, se han podido rescatar desde historias de vida, hasta información más general que sustenta la participación de africanos y afrodescendientes dentro de la conquista y colonización que realizaron los españoles por distintas regiones del continente americano.

    De esta forma, se sabe que Juan Valiente participó en la conquista de Perú y de Chile, Juan Bardales en la de Honduras y Panamá. Antonio Pérez es mencionado como jinete y capitán en la conquista de Venezuela, donde también participa Juan Portugués. Pedro Fulupo, por su parte, aparece en la conquista de Costa Rica, y Sebastián Toral en la conquista de Yucatán, México (1540), sólo por mencionar unos casos. Algunos de estos conquistadores cruzaron el Atlántico como hombres libres buscando explorar y encontrar riqueza en los nuevos territorios. Otros, emprendieron el viaje como esclavos, pero después de su participación en las diversas conquistas obtuvieron como recompensa su libertad, así como cargos, oro, tierras, encomiendas y pensiones.

    En el caso de México, existen evidencias de que Juan Garrido participó en la caída de Tenochtitlan, aunque en momentos no tan favorables para la empresa de conquista, pues su mención se da tras la derrota de la “Noche triste” (1520). Garrido fue uno de los conquistadores que ayudó a rescatar los cuerpos de sus compañeros caídos y posteriormente a construir una capilla para darles entierro.

    Al parecer, este conquistador, desempeñó además un papel cercano a Cortés, al ser mencionado como el “siervo” al que se le encomienda sembrar las primeras semillas de arroz y trigo. Asimismo, integró la expedición de reconocimiento y control que envía Cortés a la región de Michoacán y a las costas de Zacatula (1523-1524), localizadas en lo que es ahora la Costa Grande del estado de Guerrero. Posteriormente Garrido regresó a dicha región (1528), en una expedición personal en búsqueda de oro, después de adquirir un crédito que le permite adquirir esclavos y equipo de mina.

    Las investigaciones en torno a su vida señalan que también ocupó el oficio de portero de la Ciudad de México (1524-1526), de pregonero y de cuidador del acueducto de Chapultepec. Los últimos datos que se pueden rastrear sobre Juan Garrido, refieren a que en 1540 seguía aún con vida, pues en este año elabora su “probanza de mérito” (documento que forma parte del Archivo General de las Indias, ubicado en Sevilla, España), que envía a la corona, para informar sobre sus contribuciones en las conquistas en el Nuevo Mundo. En este informe, menciona que está casado y tiene tres hijos; sin embargo, la suerte parece haberle cambiado, pues también menciona que es muy pobre. Seguramente Juan Garridó envió esta descripción de su hazañas como conquistador con la esperanza de recibir alguna recompensa en los últimos años de su vida.

    Por las características de su historia de vida, es muy posible que Juan Garrido haya sido el conquistador africano representado en el Códice Azcatitlan, sujetando a un caballo y siendo parte de la descripción indígena de la empresa de conquista. En esta imagen es el africano, entre todos los conquistadores, incluyendo al propio Cortés, quien es llevado a un primer plano de importancia visual a través del uso del color empleado por el pintor indígena.

    El conquistador africano del Azcatitlan, más allá de poder ser Juan Garrido, es sin duda uno de los personajes de la empresa que quedaron en la memoria indígena como uno de los integrantes que más les impactaron. Situación que coincide con la narración vertida en el libro XII de la Conquista, del Códice Florentino, de Fray Bernardino de Sahagún, donde los informantes indígenas mencionan que los hombres negros y no sólo los hombres blancos españoles, fueron tomados como “dioses” (ver ficha).

    Esta mención encuentra concordancia con las impresiones que tuvieron los indígenas tlaxcaltecas de los cuerpos negros de los hombres africanos que acompañaban dicha empresa. Así, Muñoz Camargo menciona que en los primeros momentos del encuentro, los tlaxcaltecas no sabían si esos hombres negros se pintaban de ese color, como los mismos indígenas solían hacerlo, o si se trataba de los dioses del agua; que también eran pintados de este color (ver ficha).

    Como se puede observar, la importancia de los conquistadores africanos no solo devela la inconsistencia de una conquista militar sólo lograda por hombres españoles, sino que también abre un panorama más amplio de las primeras impresiones causadas en los indígenas, por esos hombres que arribaron por el Oriente.

    Referencias bibliográficas:

    Gerhard, Peter, “A Black Conquistador in Mexico”, en: Slavery and Beyond. The African Impact on Latin America and the Caribbean, editado por Darién J Davis. Wilmington, Delaware: Jaguar Books on Latin America, 1995.

    Muñoz Camargo, Diego, Descripción de la ciudad y provincial de Tlaxcala de las Indias y del Mar Océano para el buen gobierno y ennoblecimiento dellas, Ed. facsímil de Manuscrito Glasgow, estudio René Acuña. México: Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Filológicas, 1981.

    Restall, Matthew, “Black Conquistadors: Armed Africans in Early Spanish America”. The Americas 57, No. 2, (2000): 78-114.

    _____, Los siete mitos de la conquista española. España: Ediciones Paidós Ibérica, 2004.



    Para citar: Rosario Nava Román, Conquistadores africanos, México, Noticonquista, http://www.noticonquista.unam.mx/amoxtli/442/463. Visto el 26/04/2019
    Rosario Nava Román




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    Fuente:

    https://www.noticonquista.unam.mx/amoxtli/442/463

  4. #24
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    Re: Los conquistadores españoles de raza negra

    A 500 Años de la Presencia de Africanos en el Mayab

    febrero 22, 2019


    Jorge Victoria Ojeda*


    A. Crosby, en su libro The Columbian Exchange. Biological and Cultural Consecuences of 1492, señala que en el siglo XVI se experimentó en el continente americano una gran revolución biológica que, además de seres humanos, trajo oleadas migratorias de animales y plantas que modificaron, con el paso del tiempo, sistemas alimentarios y agrícolas en muchas partes del continente (1972: 64-66). De los grupos de personas que se trasladaron al Nuevo Mundo, ninguno emula en cantidad a los cerca de 12 millones de esclavos sacados del Africa y trasladados de manera forzada, entre el siglo XVI al XIX.

    En el caso de Yucatán, dado que de las expediciones de Francisco Hernández de Córdoba en 1517,1 y la de Juan de Grijalva al año siguiente, no se cuenta con datos precisos de la conformación de los navegantes, se desconoce si entre ellos hubo un sujeto de procedencia africana, o nacido en la Península Ibérica.

    De tal forma, queda a la expedición de Hernán Cortés de Monroy y Pizarro Altamirano que arribó a la isla de Cozumel el 21 de febrero de 1519 -hace ya cinco siglos-, el haber traído a territorio de la futura Nueva España (y a tierra firme continental), a la primera persona de tez negra. El cronista Díaz del Castillo –o si el lector prefiere Cortés en el anonimato, según Duverger–,2 señala que después de tres días de estancia en esa isla, el capitán extremeño hizo un recuento de su gente, naves y animales, y reportó contar con quinientos ocho soldados, ciento nueve personas entre maestres y pilotos y marineros, y dieciséis caballos y yeguas, “e once navíos grandes y pequeños, con uno que era como bergantín que traía a cargo un Ginés Nortes; y eran treinta y dos ballesteros y trece escopeteros” (Díaz, 1966: 82).

    De un listado de las bestias señaladas en esa expedición, Díaz destacó lo siguiente: “Juan Sedeño, vecino de La Habana: [pasó] una yegua castaña, y esta yegua parió en el navío. Este Juan Sedeño pasó [como] el más rico soldado que hubo en toda la armada, porque [trajo] navío suyo y la yegua y un negro […], porque en aquella sazón no se podía hallar caballos ni negros, si no era a peso de oro…” (Díaz, 1966: 70). No obstante la mención, se sabe que los negros en la expedición de Cortés fueron varios, aunque imposible de evaluar la cifra por la propia invisibilidad de esa gente en las fuentes3 (Restall, 2005: 30).

    De acuerdo al contexto de la época, ese sujeto, al igual que sus demás compañeros de color, pasó desapercibido en las listas de soldados u otros sujetos procedentes de ultramar, sin embargo se convirtió en la primera persona africana que oficialmente pisaba tierras yucatecas.4 Y aunque Díaz no apuntó nombre, éste quizá fue el llamado Juan Garrido cuya imagen aparece en dos ocasiones en los dibujos de fray dominico Diego Durán, conocido como Códice Durán (Durán, 1880, caps. 73 y 74), proveniente del último tercio del siglo XVI (Ilustración 1), y en el documento mexicano conocido como Códice Azcatitlán (quizá finales del siglo XVI) (Ilustración 2). Sin embargo, existe la duda si el negro Garrido fue el mismo a quien se le conoció como Juan Cortés. Ricardo Alegría sugirió que el cronista Antonio de Herrera pudo cambiar el apellido y llamar Juan Cortés al negro que acompañaba al conquistador de México, aunque en verdad se tratase de Garrido5 (1990: 117).

    Según los datos que Restall aporta, en unión a los de otros investigadores como el citado Alegría y Richard Gerhard (1978), se sabe que el primer africano que pisó tierras mayas nació en (c.a.) 1480 en el Africa Oriental y pasó después a Portugal, quizá como esclavo o por voluntad propia. Tal vez en 1495 arribó a Lisboa y se convirtió al cristianismo, pasando luego a Sevilla. Su libertad no se sabe en cuál de las dos ciudades la obtuvo. Cerca de 1503 pasó a la isla de Santo Domingo acompañando al español Pedro Garrido, del cual fue sirviente, no esclavo (2005: 27).

    Las acciones de Juan Garrido en tierras americanas no quedaron únicamente en el papel de acompañante libre, sino que su actuar en las tareas de batalla contra los pueblos originarios, al igual que otros negros en América hispana, le ha llevado a ser integrante de los llamados “conquistadores” de color. De tal manera, entre 1508 y 1519 participó en las conquistas de las islas de Cuba y Puerto Rico, en las de Guadalupe y Dominica, y en el “descubrimiento” de la Florida. En ese último año apareció en la expedición de Hernán Cortés. Entre otros asuntos de interés, marchó con Cortés a Baja California (1533-1536). Murió en la Ciudad de México en 1547, dejando a su viuda con tres hijos. En su Probanza de Méritos Garrido apuntó que fue la primera persona en sembrar trigo en México (Restall, 2005: 19, 26).

    A pesar de ser el más conocido, otro de los negros que vino con Cortés fue el llamado Francisco de Erguía, a quien se le atribuye, sin datos que lo confirmen, el haber introducido la viruela y el sarampión al México del siglo XVI (Restall, 2005: 29).

    Aparte de ese hecho, los inicios de la llegada de gente africana al Mayab se encuentran en el conjunto de hombres que el conquistador Francisco de Montejo, el Mozo, trajo a tierras americanas para su labor de conquista (1527-1545), entre los cuales se encontraban algunas personas de esa procedencia. Se sabe de ellos ya que, en correspondencia a su valentía y coraje, se dio el caso de que alguno como Sebastián Toral, esclavo en 1530, lograra su libertad por su participación en los combates contra los mayas (Victoria, 2015: 26).

    Las crónicas de la Colonia también recogieron la presencia de aquella gente. De tal forma, en 1547 se dio el naufragio de un buque cargado de africanos en Ecab, y el texto maya que lo recoge, la Crónica de Chac Xulub Chen, cuya escritura se atribuye a Ah Nakuk Pech, cacique de dicho sitio, los apunta como “ek boxe”: estrella negra, o como algo o alguien sucio, en lengua maya (Victoria, 2015: 26).

    La gente africana que acompañó a los europeos y que siguió fluyendo a la región durante todo el período colonial, sea como esclava o libre, se encontró con una densa población autóctona en Yucatán lo que permitió el fomento de intercambios biológicos y (seguramente) culturales entre ellos, configurando un espacio de mestizajes e hibridaciones extendido, tanto entre los nativos como en los africanos. De modo que desde tiempos tempranos de la Colonia se dio un proceso de convivencia que impidió de alguna manera la separación étnico/racial programada por la corona española. En tiempos independientes de México y de Cuba, el flujo con esa isla también trajo consigo la migración de gente de procedencia africana.

    A pesar de la “invisibilidad” (física y aposta) de lo africano en Yucatán, su presencia se refleja en el resultado de los estudios del material genético de la población nacional efectuado hace pocos años (2009), donde se concluyó que en Yucatán, uno de los estados estudiados, un 18% de la población tiene antecedente en el Africa Occidental.6

    A 500 años de la venida de los africanos a la península, cabe reflexionar si acaso conocemos lo suficiente de ellos. Valiosas han sido las aportaciones de diversos académicos locales, nacionales y extranjeros en las últimas dos décadas, pero hay mucho por trabajar aún, Parece que el tema no encuentra eco en autoridades para su investigación y difusión de manera más allá de un trabajo académico. Falta difundir y dar a conocer la presencia africana y afrodescendiente en los espacios urbanos que convivimos cotidianamente, olvidarnos de ideas caducas como que Santa Lucía era barrio de negros, que el centro de la ciudad era exclusivo para “blancos”, o que simplemente “nunca hubo negros en Yucatán”.

    Estamos aún en el Decenio de los Afrodescendientes 2015-2014 (resolución 68/237) pronunciado por la Asamblea General de la ONU, que en el apartado de Reconocimiento, insta, entre otras cosas, a la investigación de esos grupos sea en su historia del pasado o en la actualidad, con miras a que los… “libros de texto y otros materiales educativos reflejen con precisión los hechos históricos relativos a tragedias y atrocidades del pasado, en particular la esclavitud, la trata de esclavos, la trata transatlántica de esclavos y el colonialismo, a fin de evitar los estereotipos y la tergiversación o la falsificación de esos hechos históricos, que podrían propiciar el racismo, la discriminación racial, la xenofobia y las formas conexas de intolerancia”.7

    Esperemos que las autoridades de gobierno(s) vuelvan la mirada a ese grupo puesto que, según encuesta del INEGI del 2015, Yucatán tiene un 11.5% de personas mayores afrodescendientes, bajo el enfoque de autorreconocimiento8 (Ilustración 3). Pero ¿quién ha escuchado hablar de ellos? Falta visibilizarlos en la historia y el presente, y garantizar sus derechos humanos y necesidades en las políticas públicas.



    Bibliografía

    Alegría, Ricardo, Juan Garrido, el Conquistador negro en las Antillas, Florida, México y California, C.A. 1503-1540, Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico, San Juan, 1990.

    Crosby, Alfred, The Columbian Exchange. Biological and Consequences of 1492. Greenwood, Connecticut, 1972.

    Díaz del Castillo, Bernal, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Editorial Porrúa, México, 1966.

    Durán, Diego, Historia de las Indias de la Nueva España e Islas de Tierra Firme, Imp. Ignacio Escalante, México, 1880.

    Duverger, Christian, Crónica de la eternidad, Taurus Editorial, Madrid, 2012.

    Gerhard, Peter, “A Black Conquistador in Mexico”, Hispanic American Historical Review, núm. 58, vol. 3, 1978.

    Restall, Matherw, “Conquistadores negros. Africanos en la temprana Hispanoamérica”, https://www.academia.edu/24381230/Co..._Restall_2005_
    Victoria, Jorge, Africanos y afrodescendientes en el mundo de los mayas, en Jorge Victoria y José Juan Cervera, ed, en Yucatecos de otros rumbos, Sedeculta, Conaculta, Mérida, 2015.

    * Profesor-Investigador de la UCS-CIR-UADY

    1 Díaz (1966: 80), señala que esta expedición se conformó por 110 soldados y la de Grijalva por 240, más únicamente se apuntan españoles en el texto.

    2 El investigador francés Christian Duverger, en su libro, Crónica de la eternidad (2012), sostiene que Cortés escribió el texto que después fue atribuido “al soldado raso” iletrado, Bernal Díaz del Castillo.

    3 Sin soporte documental, en su link C. Taylor apunta que Cortés viajó con “200 indios y negros aproximadamente”, La llegada de Hernán Cortés – Toda Historia | El lugar donde discutir y aprender sobre Historia (Consulta: 16/02/2019).

    4 Se dice que en el viaje de Cristóbal Colón de 1492 el piloto de la carabela La Niña, y en el viaje de 1502 tenía un camarero negro llamado Diego (Restall, 2005: 26-27).
    5 La confusión más bien debió provenir se alguno de los informantes orales de los que se Herrera se valió para escribir su historia.

    6 ttps://www.mural.com/aplicaciones/articulo/default.aspx?id=259946 (Consulta: 10/11/2018).

    7 “Decenio para los Afrodecendientes. Reconocimiento) http://www.un.org/es/events/africand...ognition.shtml (Consulta: 12/01/2019).

    8 https://www.iis.unam.mx/blog/vejez-afrodescendiente/ (Consulta 17/02/2019).




    _______________________________________

    Fuente:

    https://www.poresto.net/2019/02/22/a...s-en-el-mayab/

  5. #25
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    Re: Los conquistadores españoles de raza negra

    Estebanico, el primer africano en América

    Estebanico, también conocido como Estevanico, Esteban, Esteban el Negro o Esteban el Moro

    Miguel Ángel Ferreiro 17/02/2018




    Estebanico (o Estevanico) era originario de Azemmour, una pequeña localidad que aquel entonces formaba parte del Reino de Fez, pero que durante su infancia había sido ocupada por Portugal (desde 1513).





    La historia de Estebanico

    El africano llegó a España, no se sabe cómo ni cuándo, pero antes de 1527 siendo convertido al cristianismo y pasando a formar parte de la servidumbre de un noble bejarano llamado Andrés Dorantes de Carranza; que posiblemente lo compró a los portugueses. Para 1527 ya se encontraba embarcado en la desgraciada expedición de Pánfilo de Narváez, junto a su amo. De los más de 300 hombres que zarparon en junio de 1527, de Sanlúcar de Barrameda, sobrevivirían solamente 4, él fue uno de ellos.

    En el camino a las Américas un barco se perdió en un temporal, en la primera escala (en La Española) 140 hombres desertaron, pero los contratiempos no terminarían ahí. Tras pasar por Cuba y recuperar efectivos llegarían a mediados de abril de 1528, a la actual Bahía de Tampa, allí tomó posesión de las tierras en nombre del rey y se adentró por la costa hacia interior de la Florida buscando oro y riquezas. Pero la riqueza esperada no apareció.

    Tras largas jornadas camino de los Apalaches, en las que pasaron penurias, hambre, sed, accidentes e innumerables ataques de nativos que les causaron muchas bajas —incluida la captura de varios de sus hombres por el cacique Hirrihigua—. El capitán español sacrificó a sus caballos, hizo construir cinco canoas para dejar Florida por río hacia el mar. Bordeando la costa trató de llegar a México, pero las frágiles embarcaciones no aguantaron el largo viaje y una fuerte tormenta, cerca del delta del Misisipi, volcó las embarcaciones. Narváez y la mayoría de sus acompañantes perecieron ahogados. Solamente sobrevivieron 15 personas.





    Cabeza de Vaca, Dorantes, Estebanico y Alonso del Castillo

    Entre aquellos supervivientes estaba Estebanico. Meses después otra tormenta los arrojó a las costas de la actual isla de Galveston, frente a Texas. Tras recuperarse, en 1529, los supervivientes trataron de encontrar una ruta por tierra para llegar a Mexico con Dorantes al mando, Cabeza de Vaca no estaba en condiciones de continuar y lo dejaron atrás.

    Varios murieron en aquella expedición de regreso a Nueva España, y el resto fueron capturados por nativos en la Bahía de San Antonio. Para otoño de 1530, solo Dorantes, Estebanico y Alonso del Castillo estaban vivos. Fueron tratados con dureza por sus captores, los vejaban y torturaban. Dorantes logró escapar dirigiéndose tierra adentro en donde encontró una aldea de la tribu Mariame que lo acogió amistosamente. En la primavera de 1532 Estebanico y Castillo también lograron escapar y llegaron a la aldea de Dorantes.


    El trato con los nativos

    Cuando ya llevaban un año residiendo en aquel poblado, en la primavera de 1533, se sorprendieron al ver aparecer a Cabeza de Vaca, que había sobrevivido como comerciante entre las diversas tribus de la zona. Los cuatro hombres no pudieron organizar una fuga hasta el otoño de 1534. Entonces llegaron a un poblado, de la tribu Avavares, en donde fueron recibidos como poderosos magos curanderos. Allí se quedaron hasta 1535, en donde Estebanico destacó por su capacidad para aprender los idiomas indígenas y el uso del lenguaje de señas.




    Los cuatro supervivientes


    Su reputación como magos les precedió, y fueron recibidos con hospitalidad dondequiera que llegaban. Continuaron su viaje en busca de la Nueva España siendo testigos de las diferentes culturas que habitaban aquellas tierras. En esta ruta, Estebanico, se hizo con una especie de “calabazas metálicas” que utilizaría en sus rituales como curandero desde entonces y con las que aparece en numerosas representaciones.


    Las Siete Ciudades de Cibola

    Al llegar al Río Grande, ante uno de los pueblos de la tribu Jumano, Estebanico y Castillo se adelantaron. Cuando los otros los alcanzaron, encontraron al africano rodeado de indios, que lo trataban como a un dios. Mientras descansaban en aquel poblado, los españoles, escucharon varias historias acerca de un grupo de ciudades repletas de riquezas que se conocían como las Siete Ciudades de Cibola. Continuaron su viaje, hasta que en marzo de 1536 se encontraron con una patrulla de exploradores españoles que los guiaron hasta la ciudad de México.




    Escena de la película Cabeza de Vaca (1991)


    Los cuatro hombres, incluido Estebanico, fueron bien recibidos por el virrey Antonio Mendoza, que estaba intrigado por su viaje, por las historias sobre lo que habían visto en el norte y especialmente si traían noticias de riquezas.

    Tras recuperarse, Cabeza de Vaca se despidió de sus compañeros y regresó a España mientras Castillo y Dorantes se casaron y se establecieron en México. Estebanico fue vendido (o cedido, no se sabe con exactitud) al virrey Mendoza para que este lo utilizase como guía en una expedición que quería enviar al norte. Un fraile español, Fray Marcos de Niza, estaría a la cabeza de la misma.


    Vuelta al norte de América

    Estebanico y Fray Marcos salieron de Culiacán el 7 de marzo de 1539. El 21 de marzo, Fray Marcos ordenó a Estebanico que se adelantase para asegurar el camino. Cuatro días más tarde, los mensajeros nativos volvieron con Fray Marcos para informar que Estebanico estaba a 30 días de camino de las ricas ciudades de Cibola y que pedía a Fray Marcos que se uniera a él.

    Fray Marcos se dirigió hacia el norte, pero Estebanico no lo esperó. Cada vez que el fraile entraba en un pueblo nuevo, se encontraba con un mensaje del africano que le decía que había continuado. Fray Marcos lo persiguió durante semanas pero no pudo alcanzarlo. Estebanico se dirigió a través de la gran región desértica de Sonora y el sur de Arizona; fue el primer occidental en pisar lo que ahora es Arizona y Nuevo México.




    Estebanico durante la expedición de Fray Marcos


    Antes de cada travesía, Estebanico enviaba a su boticario para anunciar su llegada, la mayoría de los poblados ya lo conocían, pero en mayo llegó al pueblo Zuni de Hawikuh, la primera de las “Siete Ciudades de Cibola”. Allí no lo conocían. Mostró su “calabaza mágica”, pero el jefe no confió en Estebanico y ordenó que lo apresaran y que ejecutaran a todos sus acompañantes. Varios de los acompañantes, que eran nativos americanos, escaparon logrando alcanzar a Fray Marcos.


    ¿La muerte de Estebanico?

    Tras recibir la noticia de la captura de Estebanico. En su informe a Mendoza, Fray Marcos afirmaba que había seguido viajando hacia el norte hasta Hawikuh, pero no entró al pueblo. En el informe ponía que era una ciudad inmensa, más grande que Ciudad de México y que parecía guardar enormes riquezas. Todo esto fue una mentira, el fraile al recibir la noticia de la caída del africano no se movió del lugar y remitió la misiva para excusarse. Lo peor no fue la mentira, sino que por culpa de este falso informe, Mendoza, creyó que había riquezas allí y envió la expedición de Coronado, con el propio fraile como guía.

    Cuando Coronado llegó al pequeño pueblo de Hawikuh, supieron que Fray Marcos había estado mintiendo. También descubrieron que el jefe —Zuni— se había apropiado de los objetos personales de Estebanico; encontraron sus perros galgos, su vajilla y sus famosas calabazas de metal.




    Coronado ante Hawikuh


    Cuando se le preguntó al cacique por qué había matado a Estebanico, Zuni dijo que había afirmado que había un gran ejército detrás de él con muchas armas. Los jefes se reunieron en consejo y determinaron que era un espía y que era más seguro matarlo. Una vez muerto, cortaron su cuerpo en pequeños pedazos y distribuyeron las partes entre los jefes.

    Todo lo que se sabe de Estebanico procede del informe que Cabeza de Vaca publicó tras su regreso a España titulado Naufragios así como los informes enviados a Mendoza por Fray Marcos. Incluso hay quién asegura que realmente no murió y se quedó a vivir entre los nativos como un hombre libre.




    Estebanico en el Memorial de historia afroamericana de Texas



    Fuentes:

    Naufragios

    Mora y Casarissa, Diego de. Los héroes y las maravillas del mundo: Dios, la tierra y los hombres. Anales del mundo desde los tiempos bíblicos hasta nuestros días, (Volumen 7)




    _______________________________________

    Fuente:

    https://elretohistorico.com/estebanico/

  6. #26
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    Re: Los conquistadores españoles de raza negra

    Miguel Ruiz

    Miguel Ruiz fue un conquistador afrohispano, de origen mulato, hijo de un español y de una esclava africana. Nacido en Sevilla. Miguel Ruiz participó como soldado en la conquista de los ramas y sumos, pueblos de la posterior Gobernación de Nicaragua, allí compró una sirvienta con su paga, con la que posteriormente mantendría una relación sentimental.

    Participó en la conquista del llamado Tahuantinsuyo luchando en los diferentes combates que se dieron. Recibió parte del botín del rescate de Atahualpa. En el Archivo General de Indias se conserva su foja de servicios y James Lockhart le menciona en su obra "Los de Cajamarca".





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  7. #27
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    Re: Los conquistadores españoles de raza negra




    Los olvidados piratas de raza negra, dónde operaban y cuáles eran sus nombres

    La imagen gráfica que tenemos de la piratería caribeña, aquella que vivió su esplendor entre principios del siglo XVI y finales del XVIII, obedece a la romántica que han dejado las novelas de aventuras de Stevenson, Salgari y Scott, y al cine hollywoodiense clásico (que se basaba también en los anteriores).

    Por esa razón el prototipo del pirata es blanco y anglosajón. Sin embargo, los historiadores nos explican que quienes se dedicaban a aquella profesión eran de muchas nacionalidades y además, cosa generalmente obviada, multirraciales. Y, por supuesto, hubo piratas de raza negra, incluyendo en ésta las mezclas (mulatos y demás). De hecho, se calcula que más de la cuarta parte lo eran y que, por ejemplo, en la década entre 1716 y 1726 llegaron a superar los cinco mil efectivos.

    Esto no resulta raro si se tiene en cuenta el colosal volumen de esclavos que había en el Caribe y su entorno, sumando los de los territorios españoles, portugueses, británicos, franceses, holandeses e incluso suecos y daneses (que tuvieron sus colonias en las islas de San Bartolomé, comprada a Francia en 1784, y Santo Tomás, ocupada en 1670 por estar vacía).

    Algo que tendió a ocultarse por un triple motivo: el desprecio racial, el no intranquilizar a los habitantes de las ciudades costeras e insulares y el evitar que corriera la voz entre los esclavos de que tenían una posible salida a su destino.

    Hablamos de millones de africanos, unos arrancados de su hogar y trasladados a América en barcos negreros y otros nacidos ya allí, algunos de los cuales lograban escapar y o bien se refugiaban en palenques de difícil acceso para las tropas perseguidoras o bien encontraban en la piratería una nueva forma de vida. Porque el apogeo de ésta fue a coincidir cronológicamente con la edad de oro del esclavismo en el Nuevo Mundo. Más aún; algunos piratas participaron también en la trata, una buena forma de obtener financiación y bastimentos para sus correrías.




    Interior de un barco negrero / Imagen: Dominio público en Wikimedia Commons


    No obstante, en general el mundo pirata se regía por conceptos diferentes al otro y los negros que formaban parte de él tenían una consideración igualitaria, prácticamente de hermandad con el resto de los componentes de las tripulaciones. El capitán pirata Stede Bonnet zanjó una vez un altercado entre dos de sus hombres, uno blanco y otro negro, diciendo que la piratería era una raza en sí misma.

    En cambio, la visión de las autoridades era muy diferente y la captura de un barco pirata suponía también una diferencia de trato a sus integrantes en función de la raza que tuvieran. Los blancos eran juzgados y casi siempre terminaban colgando de una soga, mientras que sus compañeros de color no pasaban por los tribunales sino que eran devueltos a su condición anterior; a su dueño, si se conseguía averiguar quién era, el cual probablemente le tendría reservado algún castigo ejemplar (el habitual era la mutilación de algún miembro) previo a ponerlo a trabajar como antes de su fuga.

    Si no, a menudo, el capitán del buque que había capturado a los piratas reclamaba la propiedad de los que fueran negros para venderlos como esclavos por su cuenta. Así fue, al menos, durante el siglo XVII. En la centuria siguiente la cosa cambió y se pasó a ahorcarlos como a los demás, en parte porque la piratería empezó a decaer -con lo que se redujo el número de practicantes- y en parte porque el abolicionismo ya daba sus primeros pasos.

    Los piratas negros fueron tan feroces como los otros o más, no sólo por resentimiento contra la sociedad que les había cambiado radicalmente la vida reduciéndolos a aquella triste condición, sino también porque eran conscientes del destino que les esperaba si volvían a ser apresados; en consecuencia, defendían su nueva libertad a sangre y fuego. Por ello, pese a la citada tendencia a mantenerles en el anonimato, algunos se labraron cierta fama.

    Fue el caso del cocinero del barco Morning Star, capitaneado por el británico John Fenn, que participaba en los abordajes en primera línea para asustar a sus víctimas; o la tremebunda tripulación del Flying Dragon, de otro pirata británico llamado Christopher Condent, la mitad de la cual estaba compuesta por ex-esclavos negros que solían torturar salvajemente a sus víctimas.

    Un pequeño número de piratas de raza negra incluso ha pasado a la posteridad con sus nombres. Esta es una semblanza de los más destacados, breve e inexacta porque los datos son escasos y se mezcla lo histórico con lo legendario:


    El Negro César (Black Caesar)

    Al parecer era un jefe tribal de «tamaño enorme, inmensa fuerza y aguda inteligencia» que, atraído por los negreros con engaños para comerciar, fue capturado para llevarlo a América. Un huracán y la amistad que había hecho con un marinero le dieron la oportunidad de liberarse de sus cadenas y hacerse con el control del barco esclavista que, finalmente, terminó estrellándose contra los arrecifes de Florida. César y su compañero se las arreglaron para sobrevivir en un bote y aprovecharon su condición de náufragos para asaltar los barcos que acudían a rescatarles.

    Así lograron reunir un considerable botín que, según se cuenta, enterraron en el Cayo Elliott. Una pelea por una mujer acabó con César matando a su amigo y marchando para, con una parte del tesoro, comprar su propia embarcación y seguir con esa vida. La nave no debía ser muy grande porque se dice que la podía hundir cuando avistaba una patrulla militar, retirándole el mástil y atándola al fondo hasta que pasaba el peligro y entonces la reflotaba.




    El Negro César / Imagen: Above Top Secret


    El Negro César tenía su escondite en una isla donde contaba con un harén de un centenar de mujeres y una especie de chozas-prisión para encerrar a los rehenes en espera del rescate. Cuando fue descubierto tuvo que huir precipitadamente abandonando a los prisioneros. De nuevo la leyenda aparece para narrar que algunos niños pudieron sobrevivir con bayas y moluscos, originando una insólita comunidad con su propio idioma y costumbres.

    Entretanto, el pirata se incorporó como oficial a bordo del célebre Queen Anne’s Revenge de Barbanegra (de quien, por cierto, se rumoreaba que era hijo de blanco y mulata). En 1718, cuando éste falleció en combate contra un navío de la Royal Navy, César se dispuso a cumplir la orden póstuma de su capitán de volar el barco con pólvora pero fue apresado por los cautivos que había en la bodega y entregado a los soldados. Las autoridades de Virgina le ahorcaron. Curiosamente, un cayo de Florida lleva su nombre: Cesar’s Rock.


    Diego Grillo

    Nacido en Cuba a mediados del siglo XVI, hijo de un hacendado español y madre esclava, no sólo se hizo pirata sino que conseguiría ser capitán hacia 1603. Aún no era un adolescente cuando escapó de su amo y se unió a una partida de bucaneros, navegando a partir de entonces hasta que, cuenta el mito, en 1572 cayó en manos del mismísimo Francis Drake, quien lo incorporó a su tripulación, le proporcionó una esmerada educación en Inglaterra y le dio el mando de uno de los barcos de la escuadra con la que incursionó en el Caribe.

    Tras la muerte de su mentor, Grillo continuó en el oficio al lado de Cornelius Jols, empleándose con saña especial contra los españoles, que le llamaban el Lucifer de los Mares. En 1619, en la costa de Camagüey, capturó un convoy de once naves con un tesoro tan fabuloso que se retiró. Al parecer se estableció en el norte de Cuba, convertido en rico propietario, con nombre falso y viviendo hasta muy anciano. Su hijo habría continuado sus correrías y además hubo dos predecesores que también se llamaban Diego, por lo que a veces se les funde a todos en uno solo y de ahí que se convirtiera en una longeva leyenda.


    Hendrick Quintor

    Era un marino de origen africano aunque tenía la nacionalidad holandesa. Viajaba en un bergantín español que fue abordado por el Whydah Gally del capitán Samuel Bellamy, un buque que, paradójicamente, antes se había dedicado al transporte de esclavos. A Quintor se le ofreció unirse a la tripulación, la mitad de la cual era negra, y aceptó.

    Un huracán les hizo naufragar en 1717, muriendo más de un centenar de marineros, pero Quintor fue uno de los nueve que pudieron salvarse. Rescatados poco después, se les procesó por piratería y terminaron en la horca excepto cuatro: dos que se demostró que habían sido reclutados a la fuerza, más un indio y Quintor que fueron vendidos como esclavos.




    Hendrick Quintor por Greg Manchess / Imagen: Abduzeedo


    Hubo más piratas negros identificados, aunque no tengamos mucha información sobre ellos: el mulato Juan Andrés, que lideraba una tripulación de ex-esclavos e indios con la que saqueó las costas de Venezuela y Curaçao; Peter Cloise, esclavo fugado apadrinado por el pirata Edward Davies y que asoló primero el Caribe y luego el litoral pacífico sudamericano hasta su detención; Domingo Eucalla, que alcanzó cierta fama por el emotivo discurso que en 1823 dio en el cadalso de Kingston, seguido de una oración; Francisco Fernando, que se retiró tranquilamente tras reunir un cuantioso botín; Viejo Sur, un mulato del que se desconoce su verdadero nombre y capitaneaba un barco llamado Buena Fortuna; Stewart, otro mulato que realizaba incursiones por Virginia…



    Fuentes: Esclavos. Comercio humano en el Atlántico (Miguel del Rey y Carlos Canales) / Pautas de convivencia étnica en la América Latina colonial: (indios, negros, mulatos, pardos y esclavos) (Juan Manuel de la Serna)/La república de los piratas: La verdadera historia de los piratas del Caribe (Colin Woodard) / Debates históricos contemporáneos: africanos y afrodescendientes en México y Centroamérica (María Elisa Velásquez, coord.) / Wikipedia.





    _______________________________________

    Fuente:

    https://www.labrujulaverde.com/2016/...cVnAGeFlVydkio

  8. #28
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    Re: Los conquistadores españoles de raza negra

    NEGROS LIBRES DE ANDALUCÍA A AMÉRICA

    Hace años vi un reportaje sobre los negros del Perú donde se decía que no todos eran esclavos, sino que se sabía de la existencia de trabajadores libres en la zona de Chinca e Ica. Sabemos de la existencia de negros libres en la América Española desde las primeras expediciones colombinas. Pronto vemos conquistadores: Juan Garrido en México, Miguel Ruiz en Perú, Juan Valiente en Chile; así como de la existencia de los primeros poblados de negros libres en el continente americano, desde Esmeraldas (actual Ecuador) hasta la Florida, pasando por México y Cuba; en la isla, la afluencia de negros curros llegados de Andalucía fue una constante durante siglos.

    No he encontrado el reportaje aquel que se refería a los trabajadores negros de Chincha e Ica, pero me queda la intuición de que ese acervo cultural/musical tan marcado en esas tierras que tuve la oportunidad de visitar (¡y qué buen pisco, carajo!) pasaron por un fenómeno parecido.

    Este fenómeno desarrollado desde Andalucía a América (contando con la Hermandad de los Negritos de Sevilla como entrañable y clamorosa historia viva* de fe e integración), una vez más, no se entiende ni con el indigenismo/leyenda negra y su seguido apéndice en forma de horca neomarxista, transformándolo todo en propaganda de "sujeto político" a base de propaganda (y encima con pretencioso aire de superioridad moral, al mismo tiempo en el que calla el esclavismo de los imperios musulmanes o el esclavismo soviético sin ir muy lejos) ni tampoco con leyendas rosas o "eurocentrismos". Tras doscientos años de soledad, llega la hora de hacer historia entre todos y reencontrarnos como una gran familia; diversa, pero familia y al fin y al cabo.

    -Antonio Moreno Ruiz

    *Hermandad de los Negritos de Sevilla: http://www.hermandadlosnegritos.org/home/

    -Imagen: Serie "La peste".





    _______________________________________

    Fuente:


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  9. #29
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    Re: Los conquistadores españoles de raza negra

    LA PRESENCIA NEGRA EN EL PROCESO DE CONQUISTA ESPAÑOLA A TRAVÉS DEL LIENZO DE QUAUHQUECHOLLAN

    Es interesante como en esta imagen aparece reflejada en el lienzo de Quauhquechollan la participación de negros en el proceso de invasión española a nuestras tierras mesoamericanas; no todos los negros participaron como esclavos, algunos tenían hasta rango militar en el periodo colonial; otros, eran propietarios de tierras; por lo cual es necesario, reestudiar nuestra historia a través de la etnohistoria. Notemos, en la parte inferior de este pictograma del Lienzo de Quauhquechollan, a un negro con sus dos lanzas que camina sobre un Sakbeq (Camino blanco en maya) acompañando a los españoles.

    El Lienzo de Quauhquechollan es una pintura náhuatl del siglo XVI, en la que los indígenas quauhquecholtecas dejaron plasmada su visión de la conquista española. En 1520 los habitantes de la comunidad náhuatl de Quauhquechollan se aliaron con Hernán Cortés y participaron después como co-conquistadores en las campañas militares de los españoles, a cambio de “ser liberados de la opresión mexica”.

    El lienzo original se halla en el Museo Casa del Alfeñique, en Puebla, México; y la investigación sobre el contenido del mismo se debe a Florine Asselbergs, de la Universidad de Leiden, Holanda, autora de Conquered Conquistadors. El mismo muestra la ruta que recorrieron los quauhquecholtecas, al mando de Jorge de Alvarado, durante la conquista de los reinos que había en lo que ahora se conoce como Guatemala. Este no sólo es una de las pocas fuentes que existen sobre las expediciones de la conquista sino también el primer mapa geográfico que se conoce de aquel país centroamericano.

    La ruta que recorrieron los quauhquecholtecas, al mando de Jorge de Alvarado, durante la conquista de Guatemala, puede ser revivida por medio de la historia narrada en el Lienzo de Quauhquechollan cuya restauración digital fue emprendida por la Universidad Francisco Marroquín, de Guatemala, como parte de su programa "Exploraciones sobre la Historia".

    El término lienzo se utiliza para definir un tipo de pintura en tela que utilizaban los indígenas de Mesoamérica para transmitir información. Formaba parte de un sistema que combinaba narraciones orales con imágenes pictográficas. Los símbolos estilizados eran estándares acordados y comprendidos por los habitantes de las distintas sociedades. En idioma español, la palabra lienzo significa paño de tela. — con Huaquechula Cultura.




    _______________________________________

    Fuente:

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    Re: Los conquistadores españoles de raza negra

    SOBRE LA ESCLAVITUD NEGRA EN LA AMÉRICA ESPAÑOLA

    (De mi libro Quito fue España)

    La esclavitud y no solamente la esclavitud africana negra, sino la esclavitud de europeos por europeos fue muy usual en el Viejo Mundo de la época estudiada, recordando el caso de los millones de esclavos irlandeses que fueron traídos a América por Inglaterra, así como de otras partes del Viejo Continente, en especial del este europeo, y recordando que la esclavitud no era un patrimonio exclusivo de la Monarquía Hispánica, la cual por cierto reconocía la esclavitud blanca (moriscos entre aquellos) en sus leyes de Indias, la cual se produjo a pesar de y no por y para la Monarquía.

    Recordemos que los principales comerciantes de esclavos eran judíos portugueses y holandeses, aliados de los mercaderes árabes de esclavos: «Es más: por sanciones de su propia etnia, o como prisioneros de las guerras tribales, se inicia, a principios del siglo XVI, un comercio negrero...», anota Dessins de Chard. Recuérdese también que fue el propagandista las Casas el que recomendó traer negros a América para no esclavizar indios, según su criterio tan peculiar.

    El Estado Hispánico ante hechos consumados, proporcionó legislación, que les daba tiempo y medios para obtener ganancias para su liberación. En algunos lugares del Imperio fue tal la consideración que se les dio los esclavos que estaban equiparados con aparceros cuya obligación con el amo quedaba limitada a tiempos de cosechas. También vale recordar que los esclavos eran miembros de las familias más que mercancías o propiedades y que eran tratados mucho mejor que a empleados; testimonios los hay y muchos, considerando además que por ser propiedad cualquier perjuicio de estos iba contra sus propietarios también, sin justificar la esclavitud por esto de ninguna manera. Humboldt cuando visitó Hispanoamérica a inicios del XIX constató que sobre aproximadamente 780.000 negros bajo bandera española, casi el 50% eran libertos por los medios que les habían proporcionado para ello, mientras que sobre un millón de norteamericanos de origen africanos, todos eran esclavos. Finalmente tuvieron un rol importantísimo en defensa de la Monarquía los de origen africano, cuyas guerrillas negras, pardas y mulatas dirigidas por un indio en Venezuela, recién se rindieron y fueron exterminadas por la república en 1845.

    Para un Estado católico como el Hispánico, según lo prescribían sus bases morales, la esclavitud era considerada una institución nefasta. Tanto los Reyes Católicos como su sucesor, el cardenal Cisneros prohibieron su introducción en América; ésta sólo fue aceptada por el emperador Carlos V ante las apremiantes solicitudes de Fray Bartolomé de las Casas, quien en 20 de enero de 1531 escribía al Consejo de Indias:

    »El remedio […] es éste muy cierto: que su majestad tenga por bien prestar cada una de las islas 500 o 600 negros, o los que al presente bastasen para que se distribuyan a los vecinos que hoy no tienen otra cosa (sic) indios […] Se los fíen por 3 años hipotecados los negros a la misma deuda; que al cabo de dicho tiempo será Su Majestad pagado.

    En términos semejantes insistiría en 1557.

    Entre tanto, tras Felipe II y el Consejo de Indias, la Corona procedía a instalar todas las trabas posibles a la importación de esclavos; llegando a quedar severamente prohibido su tráfico por Felipe IV entre 1640-51. El 10 de febrero de 1795, Carlos IV, promulgaba su Real Orden de Gracias al Sacar (mediante ella los pardos podían ascender socialmente e ingresar a ciertas instituciones educativas y ocupar cargos públicos). Con algunas reticencias fue recibida en Ultramar, con excepción de Caracas.

    Paradojas de la vida, al poco tiempo de que se proclamasen en París los Derechos del Hombre, al otro lado del Atlántico, aquella decisión real ocasionó un gran revuelo en la Venezuela de finales del siglo XVIII porque el dinero podía comprar la equiparación social de los mulatos con los blancos, algo que aquella oligarquía consideraba inadmisible. La soberbia de Caracas y de su ya desarraigada plutocracia –con muchas pintas de sangre negra-, en ejercicio de auto-odio, llegó hasta la amenaza a la Corona con hacer estallar aquel Imperio en donde a pesar de su dilatada existencia, todavía no se ocultaba el sol. La Corona rechazó las ínfulas levantiscas de la oligarquía criolla venezolana y sin duda este rechazo resultó crucial para el desenvolvimiento de la Gran Guerra Civil Hispanoamericana. «El Rey se puso de parte de negros y mulatos y los criollos formaron el bando contrario», señalaría Jorge I. Domínguez.

    Se supondría que de acuerdo a las rimbombantes proclamas de «Libertad, Igualdad, Fraternidad», bautizadas como «inmortales principios» por las «luces» de la revolución que estalló el 14 de julio de 1789, la abolición de la esclavitud sería un hecho. Pues no fue así, siendo mantenida por la Asamblea Nacional Francesa mediante Edicto del 4 de abril de 1792. Se explica, considerando que la única libertad que se ambicionaba era la de la burguesía a costa del sometimiento de los otros grupos sociales. Las turbias luces de la ilustración fueron encendidas por personajes como Montesquieu, heraldo del naciente derecho demo-capitalista, quien en su tratado conocido hasta el cansancio, como leído por tan pocos, El Espíritu de las Leyes postulaba:

    «No puede ser concebida la idea de que Dios, quien es un ser muy sabio, haya puesto un alma, sobre todo un alma buena, en un cuerpo todo negro. Es natural pensar que el color es lo que constituye la esencia de la humanidad: es imposible pensar que esas gentes sean hombres» .

    Y cuando esas mismas luces incendiaron América, no sorprende lo que Humboldt afirmaba cuando visitó la Capitanía General de Venezuela en 1799: «Con frecuencia se ven hombres que, con la boca llena de hermosas máximas filosóficas, desmienten los principios de la filosofía con su conducta; maltratando a sus esclavos con el Raynal en la mano y hablando con entusiasmo de la causa de la libertad, venden a los hijos de sus esclavos unos meses después de nacer.» No debe sorprender, entonces, tampoco el constatar como la esclavitud queda definitivamente prohibida en Venezuela, como en Ecuador, una generación después de la muerte de Simón Bolívar (Ley del 24 de marzo de 1854 en la tierra de la «libertad» y Decreto del 25 de julio de 1851 en nuestro país). Reflexionemos unos instantes sobre el particular: ¿Si el «libertador» no nos liberó de algo tan básico como es la esclavitud, que vino a liberar entonces?

    En el Reino de Quito durante el proceso separatista:

    »La incorporación de esclavos a las filas patriotas, en muchos casos obedeció al mandato de sus amos involucrados activamente con la insurgencia, Existieron casos en que los esclavos se rehusaron a cumplir con el mandato del amo de formar parte de las milicias insurgentes, como sucedió con los esclavos Antonio Ávila, Rafael Bermudes, Antonio Benavides y otros de la ciudad de Quito que desertaron y fueron condenados a varias penas. En 1812, con el retorno de las autoridades coloniales al poder, solicitaron al gobierno se les concediera la libertad por no haber disparado «ni una sola bala» en contra de las milicias reales.

    En el capítulo VI se detalla la participación de las poblaciones negras de Esmeraldas en respaldo al Rey, habiéndose registrado el último levantamiento en 1826 a favor de la Monarquía justamente entre aquellas.

    Avanzando en las páginas de la historia encontraremos nombres de los negros, mulatos y pardos libres que sirvieron a la Monarquía Española, como Bernardo Roca, mulato panameño que llegó a Guayaquil en 1765, con el cargo de tesorero de la expedición militar enviada por el virrey de Nueva Granada para reprimir la Rebelión de los Estancos. Fue nombrado coronel del Batallón de Milicias de Pardos, este personaje fue el padre del presidente de la República del Ecuador, Vicente Ramón Roca y antepasado del también presidente Alfredo Baquerizo Moreno.

    En las imágenes:

    Primera: Soldados y oficiales blancos y negros de las Milicias Urbanas de Blancos, Pardos y Morenos de Veracruz (1767, Nueva España), al servicio de la Monarquía Hispánica.

    Segunda: Vicente Ramón Roca.









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    Re: Los conquistadores españoles de raza negra

    El Ejército español tuvo un general negro 100 años antes que el de Estados Unidos

    El general Eusebio Puello, de origen dominicano y raza negra, mandaba tropas regulares españolas.

    Rafael Maria Molina 12/03/2019





    Eran los tiempos de la Guerra de los Diez Años,(1868-1878), la primera guerra separatista hispano cubana. Entre 1869 y 1870, el general Eusebio Puello, de origen dominicano y raza negra, estuvo al mando de la provincia de Camaguey, en el llamado Departamento Central de Cuba, una de las zonas más conflictivas de la isla donde tenían lugar combates muy intensos, entre el Ejército español y la guerrilla independentista cubana. Era un puesto de gran responsabilidad. Puello mandaba tropas regulares españolas y fuerzas voluntarias pro españolas compuestas en su gran mayoría por soldados blancos. Pese a que la esclavitud aún estaba vigente en Cuba (y en manos de catalanes, en su mayoría), Puello se convirtió en una de las mayores autoridades militares de Cuba.

    En ese momento se trató de un caso único en Europa. Era impensable en esa época que el Imperio Británico o el francés hubiesen tenido un general negro con mando sobre soldados blancos . Más impensable aún que en los Estados Unidos, recién salidos de la Guerra de Secesión, el ejército tuviese un general de color entre sus filas. (El primer general negro del ejército USA fue el general de la Fuerza Aérea, Benjamin Davis, en la década de los 60 del siglo XX)

    Puello había sido inicialmente general en el ejército de su país de origen, la República Dominicana. En 1855, al mando del ejército de su país había derrotado a las fuerzas invasoras procedentes de la vecina Haití. Precisamente el hecho de que esa amenaza continuara hizo que en 1861, el presidente dominicano Pedro Santana, tomase la iniciativa de poner a su país de nuevo bajo la soberanía española, cosa que aceptó la reina española,Isabel II. Las tropas españolas ayudaron a las fuerzas locales a vencer la nueva invasión haitiana pero al cabo de un tiempo surgió una guerrilla dominicana que se sublevó contra el ejército español.

    Tuvo lugar una guerra antiinsurgente pero pese a que el Ejército estaba derrotando a la guerrilla, en 1865 el gobierno español decidió abandonar Santo Domingo, consciente de que se necesitaba al Ejército para defender Cuba, donde estaba a punto de estallar una guerra de gran alcance, como así fue. La República Dominicana volvió a ser independiente.

    Muchos militares dominicanos que habían apoyado la anexión a España y se habían convertido en oficiales del Ejército español decidieron continuar sirviendo bajo la bandera de España, trasladándose a Cuba. Uno de los más importantes fue el general Puello, que había sido nombrado Mariscal del Ejército español en premio a a sus servicios, por la reina Isabel II en 1864. Otro fue el coronel Máximo Gómez, (que no era negro) quien, sin embargo, acabaría pasándose más tarde a las fuerzas “mambisas “ cubanas, donde llegaría a convertirse en uno de sus mayores líderes militares.

    El general Eusebio Puello sirvió bajo las órdenes del General español López de Letona, en la provincia de Camaguey, tomando parte en numerosos combates contra la guerrilla cubana. Y le sucedió en el mando en la provincia en julio de 1869. En su discurso de toma posesión afirmó: “Perseguiré sin descanso a la insurección hasta exterminarla y mis tres principios seran: España. Moralidad, Justicia”.
    En ese mismo mes, el general Puello desbarató un intento de la guerrilla cubana de tomar por sorpresa Puerto Príncipe, la capital de la provincia. Mantuvo muchos combates contra los mambises, sobretodo en defensa de la vital línea de ferrocarril militar entre Puerto Príncipe y Nuevitas. Puello era un general de reconocida valentía. Se dice que en uno de los combates, al ver a sus soldados amedrentados ante un gran número de rebeldes les arengó diciendo : Yo, que soy negro, iré a la cabeza, para convertirme en blanco de las balas de los enemigos de España”. Sus soldados, sintiéndose estimulados se lanzaron al ataque y derrotaron a los mambises.

    Sin embargo, este valor se terminó volviendo en su contra. El 1 de Enero de 1870, dirigió su columna, (compuesta de Voluntarios de Madrid, recién llegados a Cuba y no habituados al clima de la isla) audazmente con el objetivo de tomar por sorpresa la ciudad rebelde de Guáimaro pero cayó en una emboscada hábilmente tendida por el ex general confederado Thomas Jordan, al servicio de la guerrilla cubana. Murieron 100 soldados españoles.

    Algunos meses después el poco afortunado Puello fue relevado del mando en Camaguey aunque siguió sirviendo con coraje y distinción. Moriría heroicamente al frente de sus tropas en combate contra la guerrilla cubana cerca de la ciudad de Nuevitas en 1873. Aunque no era español de origen, sirvió con orgullo y distinción bajo la bandera de España, que le honró con importantes responsabilidades.

    Una relevante demostración de que el Imperio Español incluso en su época final, nunca se distinguió por mentalidades estrechamente racistas. Las condiciones sociales y culturales de la época eran las que eran pero si una persona de color o indígena (como se había visto en las guerras separatistas del continente americano de principios del XIX donde la mayoría de los indígenas apoyaron al bando realista), demostraba su valía, España no dudaba en promocionarle. Incluso en tiempos en que para el resto de grandes potencias habría sido impensable tener generales negros en sus ejércitos.


    Fuente: “Anales de Historia Contemporánea de España.” Volumen IV Antonio Pirala. 1882

    Las guerras mambisas”. Coronel Santiago Perinat. Ediciones Carena. 2002.



    Rafael Maria Molina

    Historiador y articulista. Ha colaborado en Somatemps, Adelante la Fe, Agnus Dei prod, Fundación Nacional Francisco Franco, Ahora información, carlistas.com y NSE radio.




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    Re: Los conquistadores españoles de raza negra

    Cita Iniciado por Mexispano Ver mensaje
    SOBRE LA ESCLAVITUD NEGRA EN LA AMÉRICA ESPAÑOLA

    (De mi libro Quito fue España)

    La esclavitud y no solamente la esclavitud africana negra, sino la esclavitud de europeos por europeos fue muy usual en el Viejo Mundo de la época estudiada, recordando el caso de los millones de esclavos irlandeses que fueron traídos a América por Inglaterra, así como de otras partes del Viejo Continente, en especial del este europeo, y recordando que la esclavitud no era un patrimonio exclusivo de la Monarquía Hispánica, la cual por cierto reconocía la esclavitud blanca (moriscos entre aquellos) en sus leyes de Indias, la cual se produjo a pesar de y no por y para la Monarquía.

    Recordemos que los principales comerciantes de esclavos eran judíos portugueses y holandeses, aliados de los mercaderes árabes de esclavos: «Es más: por sanciones de su propia etnia, o como prisioneros de las guerras tribales, se inicia, a principios del siglo XVI, un comercio negrero...», anota Dessins de Chard. Recuérdese también que fue el propagandista las Casas el que recomendó traer negros a América para no esclavizar indios, según su criterio tan peculiar.

    El Estado Hispánico ante hechos consumados, proporcionó legislación, que les daba tiempo y medios para obtener ganancias para su liberación. En algunos lugares del Imperio fue tal la consideración que se les dio los esclavos que estaban equiparados con aparceros cuya obligación con el amo quedaba limitada a tiempos de cosechas. También vale recordar que los esclavos eran miembros de las familias más que mercancías o propiedades y que eran tratados mucho mejor que a empleados; testimonios los hay y muchos, considerando además que por ser propiedad cualquier perjuicio de estos iba contra sus propietarios también, sin justificar la esclavitud por esto de ninguna manera. Humboldt cuando visitó Hispanoamérica a inicios del XIX constató que sobre aproximadamente 780.000 negros bajo bandera española, casi el 50% eran libertos por los medios que les habían proporcionado para ello, mientras que sobre un millón de norteamericanos de origen africanos, todos eran esclavos. Finalmente tuvieron un rol importantísimo en defensa de la Monarquía los de origen africano, cuyas guerrillas negras, pardas y mulatas dirigidas por un indio en Venezuela, recién se rindieron y fueron exterminadas por la república en 1845.

    Para un Estado católico como el Hispánico, según lo prescribían sus bases morales, la esclavitud era considerada una institución nefasta. Tanto los Reyes Católicos como su sucesor, el cardenal Cisneros prohibieron su introducción en América; ésta sólo fue aceptada por el emperador Carlos V ante las apremiantes solicitudes de Fray Bartolomé de las Casas, quien en 20 de enero de 1531 escribía al Consejo de Indias:

    »El remedio […] es éste muy cierto: que su majestad tenga por bien prestar cada una de las islas 500 o 600 negros, o los que al presente bastasen para que se distribuyan a los vecinos que hoy no tienen otra cosa (sic) indios […] Se los fíen por 3 años hipotecados los negros a la misma deuda; que al cabo de dicho tiempo será Su Majestad pagado.

    En términos semejantes insistiría en 1557.

    Entre tanto, tras Felipe II y el Consejo de Indias, la Corona procedía a instalar todas las trabas posibles a la importación de esclavos; llegando a quedar severamente prohibido su tráfico por Felipe IV entre 1640-51. El 10 de febrero de 1795, Carlos IV, promulgaba su Real Orden de Gracias al Sacar (mediante ella los pardos podían ascender socialmente e ingresar a ciertas instituciones educativas y ocupar cargos públicos). Con algunas reticencias fue recibida en Ultramar, con excepción de Caracas.

    Paradojas de la vida, al poco tiempo de que se proclamasen en París los Derechos del Hombre, al otro lado del Atlántico, aquella decisión real ocasionó un gran revuelo en la Venezuela de finales del siglo XVIII porque el dinero podía comprar la equiparación social de los mulatos con los blancos, algo que aquella oligarquía consideraba inadmisible. La soberbia de Caracas y de su ya desarraigada plutocracia –con muchas pintas de sangre negra-, en ejercicio de auto-odio, llegó hasta la amenaza a la Corona con hacer estallar aquel Imperio en donde a pesar de su dilatada existencia, todavía no se ocultaba el sol. La Corona rechazó las ínfulas levantiscas de la oligarquía criolla venezolana y sin duda este rechazo resultó crucial para el desenvolvimiento de la Gran Guerra Civil Hispanoamericana. «El Rey se puso de parte de negros y mulatos y los criollos formaron el bando contrario», señalaría Jorge I. Domínguez.

    Se supondría que de acuerdo a las rimbombantes proclamas de «Libertad, Igualdad, Fraternidad», bautizadas como «inmortales principios» por las «luces» de la revolución que estalló el 14 de julio de 1789, la abolición de la esclavitud sería un hecho. Pues no fue así, siendo mantenida por la Asamblea Nacional Francesa mediante Edicto del 4 de abril de 1792. Se explica, considerando que la única libertad que se ambicionaba era la de la burguesía a costa del sometimiento de los otros grupos sociales. Las turbias luces de la ilustración fueron encendidas por personajes como Montesquieu, heraldo del naciente derecho demo-capitalista, quien en su tratado conocido hasta el cansancio, como leído por tan pocos, El Espíritu de las Leyes postulaba:

    «No puede ser concebida la idea de que Dios, quien es un ser muy sabio, haya puesto un alma, sobre todo un alma buena, en un cuerpo todo negro. Es natural pensar que el color es lo que constituye la esencia de la humanidad: es imposible pensar que esas gentes sean hombres» .

    Y cuando esas mismas luces incendiaron América, no sorprende lo que Humboldt afirmaba cuando visitó la Capitanía General de Venezuela en 1799: «Con frecuencia se ven hombres que, con la boca llena de hermosas máximas filosóficas, desmienten los principios de la filosofía con su conducta; maltratando a sus esclavos con el Raynal en la mano y hablando con entusiasmo de la causa de la libertad, venden a los hijos de sus esclavos unos meses después de nacer.» No debe sorprender, entonces, tampoco el constatar como la esclavitud queda definitivamente prohibida en Venezuela, como en Ecuador, una generación después de la muerte de Simón Bolívar (Ley del 24 de marzo de 1854 en la tierra de la «libertad» y Decreto del 25 de julio de 1851 en nuestro país). Reflexionemos unos instantes sobre el particular: ¿Si el «libertador» no nos liberó de algo tan básico como es la esclavitud, que vino a liberar entonces?

    En el Reino de Quito durante el proceso separatista:

    »La incorporación de esclavos a las filas patriotas, en muchos casos obedeció al mandato de sus amos involucrados activamente con la insurgencia, Existieron casos en que los esclavos se rehusaron a cumplir con el mandato del amo de formar parte de las milicias insurgentes, como sucedió con los esclavos Antonio Ávila, Rafael Bermudes, Antonio Benavides y otros de la ciudad de Quito que desertaron y fueron condenados a varias penas. En 1812, con el retorno de las autoridades coloniales al poder, solicitaron al gobierno se les concediera la libertad por no haber disparado «ni una sola bala» en contra de las milicias reales.

    En el capítulo VI se detalla la participación de las poblaciones negras de Esmeraldas en respaldo al Rey, habiéndose registrado el último levantamiento en 1826 a favor de la Monarquía justamente entre aquellas.

    Avanzando en las páginas de la historia encontraremos nombres de los negros, mulatos y pardos libres que sirvieron a la Monarquía Española, como Bernardo Roca, mulato panameño que llegó a Guayaquil en 1765, con el cargo de tesorero de la expedición militar enviada por el virrey de Nueva Granada para reprimir la Rebelión de los Estancos. Fue nombrado coronel del Batallón de Milicias de Pardos, este personaje fue el padre del presidente de la República del Ecuador, Vicente Ramón Roca y antepasado del también presidente Alfredo Baquerizo Moreno.

    En las imágenes:

    Primera: Soldados y oficiales blancos y negros de las Milicias Urbanas de Blancos, Pardos y Morenos de Veracruz (1767, Nueva España), al servicio de la Monarquía Hispánica.

    Segunda: Vicente Ramón Roca.









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    Fuente:

    https://www.facebook.com/francisco.n...77689552481155
    Interesante la institución de la coartación, inexistente en otro lugar fuera del Imperio español y que permitía al esclavo comprar su manumisión (en la wikipedia inglesa):

    https://en.m.wikipedia.org/wiki/Coartación_(slavery)

    Saludos en Xto.
    Mexispano dio el Víctor.
    «¿Cómo no vamos a ser católicos? Pues ¿no nos decimos titulares del alma nacional española, que ha dado precisamente al catolicismo lo más entrañable de ella: su salvación histórica y su imperio? La historia de la fe católica en Occidente, su esplendor y sus fatigas, se ha realizado con alma misma de España; es la historia de España.»
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    Re: Los conquistadores españoles de raza negra

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    La otra Leyenda Negra: los esclavos africanos que ayudaron a España a conquistar América

    Aparte de los indios que estaban aliados con los españoles, los conquistadores incluían en sus filas a tanto esclavos como hombres libres de raza negra




    Pintura sobre el tema «mulato» (De negra y español sale mulato).


    César Cervera

    Actualizado: 05/02/2020 09:37h



    Bartolomé de Las Casas, cuyos textos fueron usados y retorcidos por la propaganda extranjera para tejer la Leyenda Negra sobre la Conquista de América, fue uno de los primeros frailes españoles en denunciar que algunos españoles, desobedeciendo las órdenes explícitas de la Corona, estaban abusando de los indios y cometiendo toda clase de fechorías. El fraile dominico aconsejó, para evitar más daño a los indígenas americanos, el trasplante esclavista «de Guinea» a las Indias. Al igual que sus contemporáneos, de Las Casas pensaba que todo hombre, negro o blanco, capturado en «justa guerra» se convertía en esclavo del vencedor, no así los indígenas que estaban dispuestos a convertirse al cristianismo. Por ello proponía sustituir al hombre libre (el indio) por el hombre esclavo (el negro) para las labores propias de la esclavitud.

    Sería injusto tachar por estas opiniones de hipócrita o de negrero a de Las Casas, que, además, hacia 1560 tomó conciencia de que los negros de Guinea estaban «injusta y tiránicamente hechos esclavos, porque la misma razón es dellos que de los indios» y empezó a denunciarlo). Su forma de pensar era la representativa de su tiempo y explica el por qué miles de esclavos africanos fueron trasladados a América tras la llegada de Cristóbal Colón. El propio navegante siempre viajó en sus expediciones con un esclavo personal africano y, según recientes investigaciones, es posible que en la tripulación de su segundo viaje hubiese africanos libres recogidos en las islas Canarias o inmigrantes de este continente que vivían en España.


    Un negocio portugués

    Desde mediados del siglo XV, Portugal empezó a capturar a grupos de esclavos en la costa africana y a venderlos, entre otros países europeos, a los reinos españoles. La Corona lusa se hizo en 1455 con los derechos de este comercio por bula papal y, con ello, se garantizó un negocio millonario en América. Los primeros africanos llegarían en 1502 y, ocho años después, la Corona autorizó el envío de 250 esclavos a La Española. Solo un siglo después se calcula que 100.000 se habrían enviado al continente americano, aunque, según el historiador británico Eric Hobsbawm, la cifra podría alcanzar el millón en el siglo XVI, tres millones en el XVII y durante el siglo XVIII los 7 millones si se computan tanto los del norte como los del sur. Sus labores iban desde las tareas domésticas a ser auxiliares de los conquistadores en combate.


    En la batalla de Cajamarca contra los incas la única baja entre los españoles fue un esclavo negro


    Frente a la imagen uniforme de las conquistadores blancos y barbudos abriéndose paso por el continente, la realidad fue mucho más diversa. Aparte de los indios que estaban aliados con los españoles, los conquistadores incluían en sus filas tanto esclavos como hombres libres de raza negra. En esas fechas se distinguía en las crónicas entre esclavos «ladinos», o «de Castilla», es decir, los que llevaban viviendo antes de ir América al menos un año en la península, y los esclavos «bozales», o «de Guinea» o «de Cabo Verde», aquellos recién sacados de sus propios países y que eran «infieles». Obviamente los primeros eran más fiables y, dada la fama de buenos guerreros que tenía esta raza, suponían una fuerza muy apreciada en las expediciones más arriesgadas.

    En un artículo titulado «Black Conquistadors: Armed Africans in Early Spanish America», publicado en la publicación universitaria The Americas, Matthew Restall repasa la presencia de estos africanos en las grandes aventuras españolas en América, entre ellas la conquista de Cuba o la de México, donde solo participaron unas pocas docenas debido al elevado precio que tenían en ese momento. No obstante, otras expediciones en el futuro contarían con cientos de africanos y en algunos casos hasta sobrepasarían al número de españoles.

    En la incursión de Pedro de Alvarado a Perú (1534) había 200 esclavos y sirvientes y un pequeño grupo de voluntarios africanos. En la batalla de Cajamarca contra los incas la única baja entre los españoles fue un esclavo negro. Ellos también murieron en la empresa imperial. Distintos cronistas relatan que, asombrados por el color oscuro de la piel de los indígenas, en varios casos intentaron lavarlos hasta matarlos.




    La esclavitud en Brasil, de Jean-Baptiste Debret.


    Entre estos miles de esclavos de raza negra que llegaron a América, muchos lograron la manumisión gracias a la laxa legislación española y se establecieron como colonos con empleos que iban desde los propios del ámbito civil al militar. Ya en la expedición en que Juan Ponce de León descubrió Florida en 1513 viajaban con él dos africanos libres, llamados Juan Garrido y Juan González.

    Un africano llamado Juan Garrido, convertido al cristianismo en Lisboa, jugó un papel importante en la expedición mexicana de Hernán Cortés y ayudó a introducir el cultivo del trigo en Norteamérica. Durante la exploración de la Baja California, fue el responsable y copropietario de un batallón de esclavos negros e indígenas.

    Otro nombre propio fue Juan Valiente, un africano que vino a Chile a su «costa y minción», es decir, participó con sus bienes en las expediciones de Almagro y Pedro de Valdivia. Se dice que huyó de su amo, Alonso Valiente, quien le había bautizado, en Los Ángeles, Nueva España, aunque según otras fuentes éste le dio permiso, a cambio del botín que obtuviese, para luchar en la conquista del territorio americano más hostil a la presencia española. Chile...

    En los distintos combates contra las tribus de la Araucana Juan Valiente llegó a ejercer como capitán. El africano sería recompensado con tierras en la ciudad de Santiago de Chile y una encomienda. Se casó con Juana de Valdivia, posiblemente esclava africana del gobernador de Chile. Valiente murió combatiendo en la batalla de Tucapel cuando su situación legal todavía estaba en trámites.


    Un refugio para los esclavos

    La ley y las costumbres españolas garantizaban a los esclavos ciertos derechos y protecciones que no se hallan en otros sistemas de esclavitud. Tenían el derecho a la seguridad personal y mecanismos legales por los cuales podían escapar de los abusos de sus amos. Se les permitía poseer y transferir propiedades y emprender procesos legales, lo que derivaría en el «derecho a la autocompra».

    Esta legislación más laxa que otras potencias hizo que algunas ciudades fronterizas con las colonias británicas se terminaran convirtiendo en refugio de esclavos. Bastante conocido es el caso de La Florida, cuya primer asentamiento estable lo fundó en 1565 Menéndez de Avilés. En el desarrollo de la que hoy en día es la ciudad más antigua de EE.UU., San Agustín, medio centenar de esclavos africanos se ocuparon de tareas que iban desde la obtención de la madera, el cultivo de la tierra, la ganadería y el servicio doméstico. También participaban en las tareas defensivas frente a los franceses, los piratas británicos y las tribus más hostiles.




    Ubicación del Fuerte Mosé, en el actual Fort Mose Historic State Park.


    A raíz de que Carlos II permitiera en 1693 que todos los esclavos si se convertían al catolicismo podían alcanzar el estatus de hombres libres, la Florida española se elevó como una esperanza de libertad para los esclavos de las colonias británicas del sur. En pocas décadas se disparó el número de negros que escapaban de la esclavitud en las plantaciones británicas camino de La Florida.

    Para recibir a tantos huídos, el gobernador de la región creó el poblado de Gracia Real de Santa Teresa de Mose en 1738, la primera comunidad autogestionada por negros libres y nativos americanos con respaldo de las autoridades en el territorio de lo que ahora son los Estados Unidos. En esta comunidad, situada a tres kilómetros de San Agustín y más conocida como fuerte Mose, vivieron hombres, mujeres y niños de diversas etnias y todos los varones participan en la milicia, que capitaneaba un africano mandinga llamado Francisco Menéndez.

    El fuerte Mose era un desafío para las colonias británicas y su modelo económico, de manera que Inglaterra lanzó un ataque desde Georgia en 1740 que acabó temporalmente con el fuerte y obligó a sus habitantes a refugiarse en San Agustín. En 1752 se reconstruyó y decenas de afrocamericanos pudieron vivir allí en libertad hasta que Florida pasó a manos británicas en merced del Tratado de París que siguió a la Guerra de los Siete Años. El cambio de soberanía supuso la introducción en Florida del modelo de plantaciones esclavistas de Carolina del Sur y Georgia

    Entre 1784 y 1821, España recuperó La Florida y restableció este modelo favorable al mestizaje y donde, aunque seguía habiendo esclavos, algunos negros lograron ascender y hacer prosperar sus negocios comerciales. Cuando en virtud del Tratado Adams-Onís Florida se convirtió definitivamente en territorio estadounidense, muchos negros se exiliaron a la cercana isla de Cuba, entonces española.



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