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Tema: Carta a los Españoles Americanos

  1. #101
    Avatar de Josean Figueroa
    Josean Figueroa está desconectado Miembro Respetado
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    Respuesta: Carta a los Españoles Americanos

    Mas que culpabilizar a conspiraciones masonicas y a imperialismos anglosajones, la responsabilidad de la independencia radica en la incapacidad de la corona española en satizfacer las aspiraciones administrativas regionales de los criollos. El sistema gubernamental español habia perdido el elemento representativo que otrora daban las cortes medievales, y en estas nunca hubo representacion americana. Si a los cabildos virreinales se les hubiese otorgado debidos fueros de autogobierno, y en Madrid (o preferiblemente Panama), se hubiese reconstituido una corte representativa de toda la monarquia, no habia imperialismo anglon o confabulaciones masonicas con capacidad de exito.

    La independencia ha sido una calamidad porque los criollos no tenian capacidad cultural para establecer republicas funcionales. Necesitaban un monarca que proveyera la debida forma de autoridad y arbitrara el debate de las cortes. Pero claro, como ilustra la historia postimperial de España el problema ha sido sistemico en la hispanidad general, y no se resolvera satisfactoriamente hasta que se establezca un nuevo sistema hispanocentrico funcional, que balancee la modernidad con la tradicion autoctona hispana.

  2. #102
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    Respuesta: Carta a los Españoles Americanos

    * Con más de una inexactitud y un matiz, pero creo que interesante para el caso:


    MAGNALITERATURA: Boves el Urogallo...




    Boves el Urogallo...


    Boves El Urogallo de Francisco Herrera Luque
    (Análisis ético-moral sobre Venezuela)

    “Aquí nunca sucede ni sucederá nada. Este es un país quieto, demasiado quieto, que a veces despierta, pero que de inmediato se vuelve a dormir”
    Francisco Herrera Luque




    “La historia está presente y nos rodea en todas las horas, porque no es otra cosa que la vida”
    Arturo Uslar Pietri



    Es muy sabia y popular la frase de: “Conocer el pasado para poder entender el presente”; a lo largo de la historia de la República de Venezuela, ahora Bolivariana, han sido muchos los héroes y vencedores que han escrito las largas páginas de la historia, otros sin embargo por menos ilustres han sidos desconocidos o desvirtuados por las vergüenzas y orgullos de historiadores y presidentes…

    Literatura Histórica:
    Tanto la historia como la literatura, buscan plasmar en el presente la inspiración ética y la comprensión del pasado, por ello la obra de Francisco Herrera Luque titulada: Boves, El Urogallo ha sido tomada para lograr una interpretación ético-moral de los venezolanos de ayer y de hoy.

    En su obra, Herrera Luque nos muestra a José Tomás Boves humano, agradecido, leal, generoso con sus incondicionales, terrible con sus opositores, impredecible, frío y calculador… Nos muestra la otra cara de la moneda, no la cara conocida de Bolívar, la idealizada por muchos e idolatrada por otros, sino aquella donde Venezuela luchó de igual a igual, unos contra otros, sangre contra sangre.

    Los planteamientos éticos-morales tomados en cuenta para el análisis, serán las expuestos por Aristóteles y Kant, el cómo vivir “bien” y la libertad de hacerlo.

    José Tomás Boves nació en Oviedo, España, pero desde su adolescencia vino a Venezuela, “Boves como español es un error, pues desde que llegó a Venezuela siendo adolescente, hasta su muerte en la madurez, vivió y sintió como venezolano” tal como lo señala Herrera Luque en su análisis socio-psiquiátrico de la personalidad de Boves, (pp.311, Boves El Urogallo), por lo tanto en este análisis será considerado como un venezolano más, así como los indios, negros, pardos y mestizos que habitaban la Venezuela independentista.

    Aristóteles plantea que la philia (amistad) es la capacidad humana para sentir y asimilarse con el prójimo, Boves al llegar a la tierra de gracia, se siente igual, se siente amigo del grupo de adolescentes que pisó tierra junto con él: Diego Jalón, Juan Palacios, Vicente Berroterán, más adelante conocerá a Zaraza, mejor conocido como el “Taita Cordillera”, sin embargo sólo pocos seguirán siendo leales de amistad; Vicente Berroterán no se conformará con traicionar una vez a Boves… pero como el amor es una fuerza que se transforma, el cariño que Boves ha tenido, es volcado hasta transformarse en el más cruel y despiadado odio.

    Para Aristóteles “la amistad engendra justicia… y la medida del hombre bueno es también la medida de la amistad”, quizás esto explique los límites que traspasó Boves al quedar sin medida de lo bueno, al perder la justicia, no se pretende ver a Boves como el incomprendido, sino mostrar la libertad de sus obras, tal y como concibe Kant a la libertad: el principio de lo nuevo, la causa inicial.

    Como causa inicial del rompimiento del equilibrio se pudiese tener la discriminación, el racismo, Boves era blanco y totalmente rubio, con raíces españolas, sin embargo fue tratado y humillado como negro, sólo por ser un pulpero, una profesión desdeñable. “Las leyes de indias prohibían el matrimonio entre personas de distintas castas”, José Tomás Boves no pudo ser casado con una mantuana (Magdalena Zarrasqueta), se le señaló de igualado por los habitantes de Calabozo, por ello sintió vergüenza y luego más odio que resentimiento.

    Para José Tomás Boves “Todo lo bueno que recordaba de este mundo venía de los negros” (Boves El Urogallo,pp107); sin embargo los hombres que lo seguían no buscaban respaldar la idea realista, la lucha por la causa del rey, al contrario se luchaba contra los blancos propietarios que ultrajaban a los de color…La furia del caudillo se vio más de una vez en contra de los blancos, diversas fueron las estrategias, un mismo fin: la muerte, a lo largo del territorio nacional Boves y sus partidiarios mataron a blancos, patriotas o realistas, las matanzas más crueles las sufrieron Caracas, Valencia y Calabozo.

    Las hermanas Bejarano, Rosa y Dominga, dos quinteronas deseaban ser tratadas como blancas, por ello buscaban comprar el derecho al estado de blanco, siendo concedido por el mismo Rey, “sean tenidas por blancas aunque sean negras”…Nada les valió, la crema y nata caraqueña las veto con todo y título real.

    Los blancos no perdonaban que sus negros esclavos tuviesen libertad, aunque sólo fuese libertad de amarse, Juan Palacios amó a la negra Teresa, le engendró un hijo, traición para Don Fernando el blanco hacendado, quién sin piedad ordenó azotar a la negra en octavo mes de gestación hasta causarle la muerte. (Boves El Urogallo, pp.36)

    El pueblo venezolano se ensañó con Boves, luego él con el pueblo, no comprendía por qué se le tenía tanto odio y desprecio, es de destacar el aparte 38.Los azotes de San Sebastián, pp. 101ss. Boves El Urogallo, donde Boves es sometido al escarnio público y humillado por personas a quién él mismo les había tendido la mano más de una vez; no se debiese generalizar, pero en los últimos tiempos los venezolanos han sabido voltear la espalda a quien les ha dado la mano, ya sea en materia política o social, grandes obras arquitectónicas y de otras índoles fueron realizadas por algunos presidentes, y en el momento de la chiquita se les volteaba la tortilla y los más asiduos partidarios terminan siendo los mejores opositores, ya se ve el caso de Pérez Jiménez, construyó los bloques multifamiliares del 23 de enero, y fue derrocado por esos mismos habitantes, ¡qué irónico!.

    El 7 de Julio del año de 1813 la ciudad de Caracas honró con título de Libertador a Simón Bolívar, pero al año siguiente y en el mismo mes, la ciudad se llenara de júbilo con la llegada del ejército realista al mando del General Boves, ¿será que los ciudadanos se venden siempre al mejor postor, ya sea por miedo o por simpatía? .


    Traición vs. Verdad.

    El caudillo se sentía tan venezolano que en más de una oportunidad intentó comandar los ejércitos realistas, mas no le fue concedido el permiso, por ello fue incitado a gobernar a los realistas, y los gobernó con todas sus fuerzas, muchos de sus amigos fueron realistas, luego inexplicablemente cambiaron de bando: Vicente Berroterán, el Taita Cordillera, Tomás Boada, Andrés Machado, Diego Jalón; qué traición más grande:

    “La deslealtad es el peor crimen que puede cometer el hombre contra el hombre, porque lo resiente más que ninguna otra cosa. La base de la existencia humana es la lealtad, sin lealtad no hay sociedad posible”
    José Tomás Boves( Boves El Urogallo, pp182-183)

    Juzgar a Boves y acusarlo moralmente no es fin último de éste análisis, la narrativa basada en algunos hechos históricos escrita por Herrera Luque permite realizar un juicio ético, lográndose un consenso, tratando de deliberar con el Boves traicionado y traidor a su vez.

    La escena narrada en el capítulo V De Calabozo a Guayabal, pp.165, donde una señorita, llamada Rosalía, por salvar a su novio de ser fusilado con venció al caudillo de darle a cambio lo que él deseara, éste dice no fusilar al novio si la joven es buena con él, así la lleva a la cama quitándole su virginidad y luego manda a matar al novio a lanzazos, porque él prometió no hacerlo en el paredón.

    Boves disfrutaba ultrajando a las prisioneras y luego las mataba, sin embargo uno de sus amores la negra María Trinidad, quién le dio un hijo-José Trinidad Bolívar-, también sufrió en carne propia lo que él hacía, fue violada y asesinada terriblemente al serle introducido un palo de escoba por la vagina, posteriormente su muerte fue vengada por el propio José Tomás Boves.

    Boves derramó mucha sangre , convirtió las aguas del río Guárico en color escarlata, para demostrar como verdad absoluta su victoria. (pp.197)


    Para Aristóteles, el alma está determinada por tres principios: sensación, entendimiento y deseo; el deseo ha movido al hombre desde los inicios, sin embargo el deseo pudo haber sido la causa inconsciente que llevó a Boves a la muerte en la batalla de Urica, desde joven deseó a Inés una mantuana, a quien pensaba desposar, ella luego de largos años accedió, ya que tenía la convicción de cumplir la misión de darle un hijo a Boves, una sola vez se amaron, siendo suficiente para quedar ella en cinta (pp264-265).
    Tanto para Aristóteles como para Kant, la felicidad son fundamentos del principio del amor, es un elemento ordenador, y en el caos de la Venezuela independentista, la felicidad fue casi una fuerza nula,¿habrá logrado mover un poco a Boves, él estaría en proceso de orden antes de morir?

    Antes de ir Boves a Urica, recibió una carta de Inés donde se le informaba su estado de gravidez, y con la misma un presente, un caballo, al cual le coloca por nombre “Urogallo” : como el ave “que se apendejea cuando le canta a su hembra” (Boves el Urogallo,pp.289); el Urogallo se “apendejeo” cuando Boves más lo necesitaba, “¡arre urogallo!, no dio respuesta, y no se sabe a ciertas quién mató a Boves, quién logró vengar su afrenta, si Zaraza, Bermúdez o algún otro combatiente.


    Conclusiones finales:

    Para muchos, el personaje de Boves fue visto como un instrumento de justicia en la tierra:

    “Todo cuanto ha hecho es por odio y su odio tiene por fundamento el desprecio y la afrenta que lo sometió su propia gente. Cuando triunfe será aclamado y ensalzado por los que una vez lo humillaron, trocando lo que hubiese sido un ciclo histórico por una menguada elipse personal. Esa es la historia de todos los revolucionarios nobles y ricos… Sólo los pobres podrán liberar a los pobres , y sólo los negros liberarán a los negros. Hasta que no llegue un caudillo pardo y pobre, todas las revoluciones serán traicionadas” (Boves El Urogallo, pp. 285).


    Para otros Boves no es más que un despiadado, algunos piensan que Bolívar fue el único que luchó por la libertad de Venezuela, es interesante ver el sello de la moneda, Herrera Luque hace poca mención al Libertador en su obra, sólo es percibido en algunos diálogos, como “aquel pequeño hombre de mirada afiebrada y de menudos y parejos dientes” el primo de Eugenia, una de los personajes.


    En nuestra historia venezolana hace poco se han nombrado nuevos héroes, siendo el caso de Zamora, los elementos que durante siglos han identificado a ésta tierra de gracia, están siendo modificados, otros personajes son y probablemente serán menos conocidos por las futuras generaciones… La historia la escriben los vencedores (y los que la puedan manipular) se busca cambiar las costumbres, la ética y la moral de un pueblo al transformar su pasado ¿pero qué quedará al final?, dejémonos ya de falsas historias. En el fondo los venezolanos: seguiremos siendo los mismos.





    Bibliografía consultada:

    *CAMPS,Victoria. Historia de la ética. Vol.I y II. (Guías suministradas por el docente).
    *HERRERA LUQUE, Francisco. Boves el urogallo. (1985) Editorial Pomaire. España.12ª. Edición.

    Publicado por Jacqueline Ropain en 3.11.06

  3. #103
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    Respuesta: Carta a los Españoles Americanos

    ARGENTINA, SEÑORIO Y ESPLENDOR


    Sitio consagrado a la defensa y difusión de nuestras raíces tradicionales, católicas e hispánicas E-mail: civilizacioncristianaymariana@gmail.com








    El resquebrajamiento provocado del Imperio Español: Lo que había por detrás del Régimen de Intendencias - 25ª nota



    La Argentina temprana y toda Iberoamérica fueron beneficiadas por la formación de una sociedad orgánica, cuya vitalidad y originalidad emanaba de adentro, cuyos profundos fundamentos derivaban del "estado misional" español (como lo llama Cayetano Bruno, OSB). Si bien en la desarticulación del Imperio Español influyeron poderosamente potencias protestantes y enemigas de España, en el plano político internacional, y competidoras en el plano comercial, como Inglaterra, es preciso precaverse contra una visión materialista, economicista y naturalista que desconoce que la esencia de ese proceso fueron tendencias e ideas anticristianas derivadas del iluminismo y el trabajo de las logias por implantar la utopía vista en las notas anteriores. Era necesario para la Revolución anticristiana que ese orden vivo, que existía vigorosamente en la segunda mitad del siglo XVIII, fuese acorralado y reducido en toda la medida de lo posible, instaurando progresivamente un centralismo absolutista (de raíz igualitaria pese a las apariencias de la monarquía borbónica), precursor del superestado moderno. Una de sus acciones principales fue la implantación del Régimen de Intendencias, dirigido sibilinamente contra los cabildos y la aristocracia vecinal gestada en dos siglos de existencia.



    Retomamos hoy la publicación de este ensayo de visión católica y señorial de la Historia Argentina. Para mejor orientación del lector, recordamos un par de elementos que configuran el cuadro general para entender la importancia de algo aparentemente inocuo y burocrático, el Régimen de Intendencias (en letra azul clara). A continuación, la nota de hoy.





    III PERÍODO – EL RESQUEBRAJAMIENTO PROVOCADO DEL IMPERIO ESPAÑOL (ca. 1750-1810)
    Dos fuerzas disociadoras:
    ·
    El enciclopedismo revolucionario o jacobinismo
    · El centralismo absolutista, compresor de los estamentos, abolicionista de los derechos privados adquiridos o privilegios


    [...]

    La otra cara de la demolición: el absolutismo monárquico exacerbado
    Haciendo “pendant” con la difusión de las ideas enciclopedistas en nuestro medio, actuaba el centralismo monárquico exacerbado, cuya política se conoce como despotismo ilustrado.
    Si los enciclopedistas intentaban cavar una fosa entre América y España por la guerra de ideas, el absolutismo, especialmente durante el reinado de Carlos III, le proporcionaba una ayuda preciosa. Era el zonda que secaba el monte, mientras el jacobinismo le prendía fuego en todo lugar donde podía.
    Dos medidas que tomó fueron particularmente funestas:
    · La expulsión de los Jesuitas, que tuvo como antecedente el despojo a la Compañía y a los vasallos guaraníes (hecho inédito) de 7 pueblos jesuíticos entregados a Portugal en ocasión del Tratado de Permuta (1750);
    · La Real Ordenanza de Intendentes (1782; 1785).



    [...]



    25ª nota - Lo que había por detrás del Régimen de Intendencias
    El otro gran golpe asestado a esta parte del Imperio fue el establecimiento del Régimen de Intendencias. En Francia, el sistema fue una poderosa arma de los absolutistas para deprimir a la Nobleza. En la Argentina temprana, para anular la influencia de los Vecinos, de la Nobleza de Indias, de las clases dirigentes tradicionales.
    Contrariamente al país sereno, orgánico y vecinal que se había formado en dos siglos, creó unos burocráticos e intrusos Intendentes privando a los Cabildos de sus funciones adquiridas por el curso natural de las cosas, en torno a los cuales se habían consolidado las familias señoriales provenientes de la Hidalguía de Indias. Es claro que instituciones del arraigo de los Cabildos no se dejaron maniatar tan fácilmente, y en las numerosas querellas que surgieron, los descendientes de los Beneméritos lograron imponerse no pocas veces. Harán falta para consumar la obra las convulsiones sangrientas de las guerras civiles, que pronto seguirán.
    La Real Ordenanza no era otra cosa que el hacha asestada al pie del tronco. Una agresión avasalladora recibida de la Metrópoli donde estaba el Rey absolutista, rodeado de aquellos “felinos del Iluminismo” –como los llama Busaniche- que actuaban en la Corte, ya abiertamente, ya en la trastienda, moviendo misteriosos hilos conspirativos en América, que no eran otros que los movidos por las logias en toda la Cristiandad.
    “El absolutìsmo real, que parecía la consolidación del principio de autoridad, no era sino un principio revolucionario: la omnipotencia del Estado ante las leyes de Dios y de la Iglesia”, observa con agudeza Plinio Corrêa de Oliveira.






    Fuente: II Jornada de Cultura Hispanoamericana por la Civilización Cristiana
    Cabildo histórico de Salta

    SIGLOS DE FE EN ARGENTINA Y AMÉRICA PREANUNCIAN UN FUTURO GLORIOSO –
    La formación de la civilización cristiana y mariana en nuestro suelo y su resistencia a la Revolución igualitaria
    (ca. 1530-1830)







    Publicado por El Alférez en 13:30

  4. #104
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    Re: Respuesta: Carta a los Españoles Americanos


  5. #105
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    Re: Respuesta: Carta a los Españoles Americanos

    Una visión desde las Américas, a 200 años vista. El Taita Boves. ¡Viva España!, !muerte a los blancos!

    Si la muerte no asustara
    no se llamaría La Muerte
    tampoco la mala suerte
    de una lanza enamorada
    que en el campo de batalla
    deja a la muerte florida:
    la muerte es la propia vida...
    (del corrío de Boves)



    Bolívar, descendía de una de las familias más antiguas de Caracas ligada a la aristocracia criolla del cacao, era un mantuano. A los 21 años ya había hecho tumultuosa y desaforada vida cortesana en Madrid junto con los marqueses del cacao y había viajado por Europa con gran lujo. Se relacionaba socialmente con la aristocracia a la que pertenecía. Obviamente, el mundo llanero, población con la que vivía Boves, le traía sin cuidado igual que el resto de castas.
    El Taita Boves, José Tomás Boves, nació en Oviedo (España) en 1783 de familia muy humilde. Quedó huérfano de padre a los 5 años y su madre lo saca adelante, con mucho trabajo y privación. Se licenció en La Coruña del Servicio Real con el título de Piloto primero, tomando a continuación el mando de un mercante, el "Ligero", en el que después de dos años de navegación, desembarcó en La Guaira dejando la navegación y estableciéndose en la localidad de Calabozo. Con 15 años ya surcaba los mares. Ya en Venezuela Don Lorenzo Joves, le consiguió trabajo como guarda marinas en Puerto Cabello. Pero el dinero que ganaba, no le llegaba para mandarle a su madre y a sus hermanas a España. Por este motivo deja el puesto de guarda marinas y comienza a dedicarse al contrabando. Parece ser que como Inglaterra pretendía monopolizar el comercio entre Caracas y las Antillas en cuanto a carnes, pieles y ganado se refiere, los navíos españoles desafiaban estas restricciones, que fueron burladas en más de alguna ocasión y parece ser que Boves estaba entre los pilotos que así lo hacían, lo que sirvió para que, una vez denunciado, en el año 1804, fuera apresado y condenado por las autoridades a ocho años de cárcel en el castillo de Puerto Cabello. El amigo de su padre Joves, le buscó un buen abogado, al Dr. Germán Roscio y la pena le fue conmutada por el confinamiento en la ciudad llanera en Calabozo.
    En Calabozo, se dedicó al negocio de la compra y venta de caballos que cazaba en los Llanos y tuvo una pulpería. En el año 1806, con 23 años, Boves gracias a su esfuerzo y su trabajo había alcanzado gran prestigio, en su pulpería se expedía de todo, desde casabe hasta escopetas. Tenía los mejores hatos del llano llenos de caballos y ganado vacuno. En estas faenas como criador de ganado, arriero y comerciante se desempeñaba José Tomás. Así fue como en los llanos, donde prosperaba salvaje y bravío el ganado vacuno y donde pastaban los caballos cimarrones a miles, se convirtió el marino en jinete, y de jinete pasó a centauro legendario. Le incomodaba la arrogancia de la oligarquía criolla y prefería la compañía de negros, mulatos, zambos e indios con los que convivía y trabajaba en los Llanos. El itinerario comercial de Boves era Píritu, San Sebastián de los Reyes, Valencia y San Carlos. Siempre pernotaba en Valencia en casa de María Trinidad, una mulata con la cual tenía un hijo. Su mejor peonada, eran los esclavos que a diario se escapaban de la opresión de sus amos mantuanos de Caracas, Maracay y Valencia. Y la otra gran mayoría de sus empleados, eran afro descendientes, indígenas nacidos en los llanos occidentales, que consideraban al Boves como un papá, como su protector espiritual, era por eso que le llamaban “El Taita”.
    Llega el año 1810 y en Caracas estalla la llamada revolución “patriótica”. Y en plena revuelta independentista venezolana, una milicia mandada por el insurgente Juan Escalona (oficial de milicias que sería elevado á la clase de coronel por la Junta Suprema y que corriendo el tiempo, sería uno de los tres que junto a José Cristóbal Hurtado de Mendoza y Montilla y Baltasar Padrón, presidiría de forma rotativa el triunvirato del poder ejecutivo, establecido por el congreso de 1811, después de la Declaración de la Independencia) comisionado por “El Libertador” Bolívar, entró en el pueblo de Calabozo en busca de hombres, caballos y fondos, reclutando a Boves por la fuerza, Boves se les resiste, y es encarcelado, vejado, golpeado y expoliado de todos sus bienes. Lo que no se pueden llevar los insurgentes es incendiado injustamente. El Taita fue arrestado, acusado de alta traición a la revolución, fue encerrado en un calabozo, azotado y sentenciado a muerte, su pulpería fue quemada y sus haciendas confiscadas, su mujer, la mulata María Trinidad, fue violada y arrastrada por las calles de Valencia, mientras Boves estaba preso esperando el día de su ejecución en la plaza pública, en el cepo justiciero.
    El “canalla de Escalona”, como lo denominaría con el tiempo el mismo Bolívar, estaba sembrando lo que más tarde recogerían de manos del mismo Boves y su ejército.
    El español Monteverde, mandó a Calabozo a rescatar al llanero Boves, y así fue como ayudado por un indio amigo, perteneciente al ejército realista, Reyes Vargas, Boves obtiene la libertad y recluta un ejército que será el terror de los separatistas insurgentes en los dos años venideros. Cuando Boves es liberado, se le confiere en el acto el grado de capitán y el encargo de reclutar un escuadrón de leales al Rey. En una semana un escuadrón de 800 lanceros vuelve sobre el enclave de Calabozo, que al igual que casi todo el resto del territorio bajo el mando del Realista Monteverde y casi sin lucha, se pronuncia por España. Así fue como se alistó en el ejército realista y, en poco tiempo, se convirtió en uno de los mejores caudillos de Venezuela. Los llaneros mestizos, zambos y mulatos se unían en masa en sus filas en busca de justicia igualdad y libertad frente a la oligarquía criolla venezolana. En esos tiempos era el único blanco que les consideraba sus iguales. Le llamaban ’taita Boves’ (“papá Boves”).
    A Boves le indignó la presencia de los mercenarios ingleses cuya Legión Británica Irlandesa hacía verdaderos estragos. El ejército criollo les permitía quedarse con las mejores casas y haciendas de los españoles, mientras que el Taita Boves las repartía entre sus soldados. También pasaban a familias inglesas muchos títulos nobiliarios de las familias venezolanas, lo que encendía la cólera del asturiano. El Taita Boves tampoco podía soportar el afrancesamiento de Bolívar.
    Las masas de mestizos y mulatos lo convirtieron en un mito de esperanza, de justicia, de libertad y de igualdad. A Boves, lo que claramente le interesaba era la cuestión social más que el ejército en que luchaba. Los mulatos, los mestizos y los indios sabían que daba la vida por ellos. Era el reivindicador de las clases oprimidas contra la aristocracia criolla que hacía todo lo posible por no cumplir con las Leyes de Indias dadas por la Corona, donde se queda corta la Declaración de los Derechos Humanos de la Revolución Francesa.
    El 15 de Junio de 1813, Bolívar, a nombre del ejército libertador emitió el llamado “Decreto de guerra a muerte”. Un decreto genocida que proclamaba que todos los españoles que no participaran activamente en favor de su independencia serían asesinadas.
    Cuando Simón Bolívar firmó el “Decreto de guerra a muerte” contra los españoles y canarios, a estos últimos los estaba sentenciando a morir en la picota dos veces, una por españoles y otra por ser canarios, pero Bolívar con este decreto firmado en Trujillo el día 15 de Junio de 1.813, lo que hizo fue darle al enemigo los mismos derechos que él decía tener, o sea, si él podía matar sin piedad a todos los que habían nacido en España, o en las canarias, ellos también tenían ese mismo derecho; y eso mismito, era lo que iba a hacer José Tomas Boves el Taita.
    El día 13 de septiembre de 1813, Boves se enfrentó en la batalla de Santa Catalina al ejército “patriota” comandado por Tomás Montilla. Cuentan que tumbado en una hamaca, junto a sus hombres, al frente del resplandor de las hogueras, que resguardaban los seiscientos prisioneros ganados en esa batalla, leía una y otra vez el decreto de guerra a muerte de Bolívar diciendo: “¡El gran carajo de Bolívar, él mismo se puso el título de Libertador…Y a estos pendejos les dice que viene en nombre del Congreso de Colombia!.“
    El 23 de septiembre de 1813, tras derrotar a Bolívar en Calabozo, convirtió el Llano en una cantera inagotable de hombres y recursos al reunir un ejército de 15000 / 20000 hombres: indios, negros y mestizos. Vestía parcamente y comía y dormía con la tropa.

    El Coronel Vicente Campo Elías, español por cierto, del ejército “patriota” sería uno de los que llevaron a la práctica el Decreto de guerra a muerte. El tristemente célebre Vicente Campo Elías, nació en Villa de Soto (España) el día 17 de Octubre de 1.772, llegó a Venezuela en el año 1.801. Y se residenció en Trujillo, en donde ejerció como funcionario público al servicio de España. Este individuo era de tanta crueldad que, para complacer a Simón Bolívar en su decreto de guerra a muerte (halándole mecate a Bolívar), exclamó: “Después de matar a todos los españoles, me degollaré yo mismo para que no sobreviva nadie de esta maldita raza” y, para que todos supieran que lo que decía era verdad, el Coronel Campo Elías, ordenó la muerte de sus propios padres y de uno de sus tíos, fieles a la Corona de España.
    Pero no sería el único caso y está documentado como en 1814, 800 prisioneros favorables al ejército realista, incluidos los enfermos, fueron ejecutados en Caracas y La Guaira por orden expresa de Simón Bolívar. Prisioneros indefensos, entre ellos ancianos y niños. Fueron ajusticiados con lanza, machete o sable, del 8 al 16 de febrero de 1814. Aunque esto nadie lo recuerde igual que no se recuerda el ajusticiamiento de Piar o la entrega de Miranda o...
    Pero retrocedamos nuevamente a la Batalla de Mosquiteros, el 14 de octubre de 1813, en la que este Coronel Campo Elías del ejército de Bolívar ordenó el degüello de 400 llaneros negros del ejército del Taita Boves a los que había hecho prisioneros.

    El Taita Boves fue derrotado en la batalla de Mosquiteros, porque el hombre de su mayor confianza Boada lo traicionó, pasándose al ejército “patriota”. El Taita se salvó milagrosamente llegando al guayabal, donde lo esperaba el resto de su destruido ejército, las noticias que le iban llegando eran aterradoras.
    se mismo día 14 de Octubre de 1.813, tras la Batalla de Mosquiteros, el Taita Boves, juró de rodillas delante del charco de sangre donde los “patriotas” habían degollado a sus 400 llaneros darle la plena libertad a todos los esclavos negros y pardos, indios, cimarrones y mulatos y, repartir entre ellos las propiedades de todos los mantuanos criollos oligarca. Juró que pondría al caraqueño Simón Bolívar a bailar joropo.
    Simón Bolívar, fue a jurar al Monte Sacro a Roma la libertad de Venezuela, bebiendo vasos de vino del bueno, en compañía de su profesor Simón Rodríguez. Boves, juró en Calabozo, en el corazón del Llano, darle la libertad a todos los esclavos y darle los mismos derechos que tenían los blancos bebiendo “guarapo de caña”.
    Mientras que José Tomas Boves sufría los horrores dejados por la batalla de Mosquiteros, en Caracas, ese mismo día 14 de octubre, la municipalidad en un Cabildo extraordinario, convocado en la iglesia de San Francisco, proclamaba a Simón Bolívar como Capitán general de los ejércitos patriotas y, le conferían el título de Libertador de Venezuela.

    Los mantuanos no sabían para donde mirar ya que las noticias que llegaban de Guárico no coincidían con eso de que Simón Bolívar había libertado a Venezuela. Se decía, que un tal Boves, que los negros, pardos, zambos e indios llamaban Taita, venía cortando cabezas a todos los mantuanos blancos que se le atravesaban.
    Mientras Bolívar seguía con su protocolo, pidiendo el reconocimiento de libertadores para José Félix Rivas, Anastasio Girardot, Rafael Urdaneta, Campo Elías y otros, que le acompañaron en su “Campaña Admirable”.
    Allá muy lejos en el corazón del Guárico en guayabal, Boves le decía a su ayudante y amigo el indio Eulogio: “Tú verás como corren delante de mi toda esta cuerda de cobardes libertadores de pacotilla patriótica”.
    Simón Bolívar “el libertador” se dedicaba a dictar decretos a diestra y siniestra, y la gente empezaba a culparlo a él y a Miranda de la situación que se vivía.
    Todos conocían para entonces la historia de la mulata María Trinidad en Valencia, la mujer de Boves y no dejaban de llegar historias de cómo los llaneros de Boves linchaban a sus enemigos en honor de ella.
    Los Canarios que habían sobrevivido a la matazón de la Guaira, de la Pastora y de la plaza mayor, se habían refugiado en las montañas, buscando las cercanías de las poblaciones de los Teques, Carrizales, San José, San Antonio y Baruta; Los rumores que corrían, eran que la guerra se estaba radicando entre los canarios, pardos, indios y negros representados por el Taita Boves y los mantuanos y criollos, representados por Simón Bolívar.

    Y mientras el ejército de Boves avanza camino de la puerta del llano, junto a su ejército llanero, dispuesto a vengar a sus compañeros degollados en la Batalla de Mosquiteros. Allí era donde lo iban a esperar Bolívar, Mariño, Rivas, Bermúdez, Jalón Escalona, Isaba, Sena, Cedeño, Monagas, Espejo, Sucre y Freitas, con todo su ejército.
    El 9 de junio de 1814, después de seis días de marcha, Boves junto a su ejército entró en la ciudad de Ortiz que se entregó sin resistencia y los vecinos mayoritariamente ricos mantuanos hicieron cuantiosas donaciones y juraron lealtad al Rey de España y al Taita Boves. Esa madrugada salió el ejército camino de San Juan de los morros y a la media noche del día siguiente Boves mandó a citar a los notables en el Ayuntamiento. Asistieron unos cuarenta matrimonios, embutidos en sus mejores galas. A las doce en punto, se apareció Chepino González con ochenta hombres cargados con sus lanzas y comenzó el degüello. Esta historia es cierta y sobran más comentarios.
    Los insurgentes comandados por Simón Bolívar, tenían 2500 hombres, y tomaron posiciones en el “Abra de la Puerta”, a la entrada de los llanos. El mismo número de hombres que tenía Boves en la batalla de Mosquiteros. Pero en esta oportunidad, el Taita contaba con 8000 llaneros dispuestos a vengar la muerte de sus 400 compañeros degollados y con la experiencia del fracaso en Mosquiteros por la traición de Tomás Boada, recientemente ajusticiado.
    Simón Bolívar, al enterarse del fracaso del Teniente Coronel Tomas Montilla en el caño de Santa Catalina, en donde había perdido seiscientos hombres envió para enfrentar a Boves al Batallón Barlovento, comandado por el Teniente Coronel Vicente Campo Elías, y al Teniente Coronel Ustáriz. En Villa de Cura Campo Elías, incorporó a su ejército, los hombres escapados de Santa Catalina y en el Sombrero, se le incorporaron los Tenientes Coroneles: José María Mayas, José María Torres y el Capitán Manuel Cedeño.

    De San Juan de los Morros a la entrada de la Puerta, va un poco más de una legua de camino. Es toda una ancha explanada, que se angosta bruscamente al llegar al “Abra” por donde baja presuroso el río Guárico. Nueve cañones patriotas estaban allí. La artillería estaba comandada por Jalón, quien fuera antiguo compañero de Boves en Puerto Cabello. El Batallón Aragua, bajo el mando del Comandante Antonio María Freitas, se alinea al pie de los cerritos, donde más arriba está Jalón con sus cañones. A la derecha de Jalón, se coloca la caballería. Son tres escuadrones de Barcelona, Maturín y Alto llano. Todos están constituido por tropas orientales. En medio del camino, defendiendo el paso, se situó el resto de la infantería y otros hombres treparon hacia las alturas, para coger en fuego cerrado a las tropas del realista Boves, si por casualidad rompe el tapón que le han puesto a la entrada de la “Abra”, o de la Puerta. Cuando están a punto de coronar la cima, una descarga de fusilería proveniente de las tropas de Boves, los tira cerro abajo. El asturiano previsor, se les había adelantado, y la retirada hacia la Villa de Cura se les había hecho imposible.
    Primera vez que en la historia de toda la guerra de la Independencia, se encuentran tantos jefes “patriotas” reunidos, para enfrentar a un solo comandante, al Coronel José Tomás Boves el “Taita de los llanos”. Comienza la Batalla y avanza la infantería realista hacia los cerritos donde está Diego Jalón. Resuena la artillería. Más de treinta hombres caen en la primera andanada. El Batallón Aragua, al mando de Freitas, descarga su fusilería. La gente de Boves está siendo diezmada. La caballería espera, es el momento de aniquilar a la caballería de Boves que huye presurosa. Un estruendoso y largo trueno de cascos se desprende de la Puerta hacia San Juan de los Morros. Mil caballos al galope avanzan como un ariete contra los realistas del Taita que huyen en desbandadas. Y la victoria para los patriotas de Bolívar parece segura. Pero de pronto aparece el grueso de la verdadera caballería de Boves, que no come cuento y que estaba oculta tras los matorrales lanza en ristre. Más de dos mil lanceros arrollan en un instante a las tropas patriotas que ya se creían vencedoras. Buena parte son lanceados, otra parte rodeadas, y otros salen huyendo al galope. El Batallón Aragua, se bate en retirada. Diego Jalón, desde sus alturas los ve venir una descarga de sus baterías pone fin a una docena de lanceros que se les venía encima a los orientales. Pero es inútil. Otro Batallón de lanceros de Boves, vuelven de nuevo a la carga y, van cayendo los soldados de Mariño.
    Freitas clava la bandera en tierra, y con una pistola se salta la tapa de los sesos. Su Batallón es finalmente destrozado. Jalón vuelve a descargar sus cañones. Pero de repente comienzan a caer alrededor suyo los hombres que sirven a sus cañones. Jalón no entiende, no sabe de dónde viene el fuego, pero no tarda en descubrirlo. Detrás de él, en los cerritos que están a sus espaldas, disparan contra él y le invitan a rendirse.
    Jalón mira en rededor suyo. La infantería ha sido diezmada. Parte de la caballería ha quedado inútil envuelta por los lanceros de Boves, y el resto ha huido vergonzosamente. Sin inmutarse saca el sable de su vaina, y coloca un pañuelo blanco en su punta, se lo enseña al enemigo, mientras manda a sus hombres que se rindan. Con las manos en alto, los vieron llegar.
    La Batalla terminó en una colosal derrota para los insurgentes patriotas. Doscientos muertos, trescientos heridos y quinientos prisioneros, fue el cálculo primero que hizo el canario Morales.
    Simón Bolívar y su estado mayor, que se libraron milagrosamente de ser capturados, salieron a millón en una huida feroz. En dos horas recorrieron las cuatro leguas que los separaban de la ciudad de la Victoria.
    La Batalla de la Puerta le había costado a los “patriotas”, liderados por Simón Bolívar, más de mil muertos, y mil quinientos soldados puestos en fuga, incluyendo a Simón Bolívar, Mariño y a toda su plana mayor, con la sola excepción del Coronel Freitas, que él mismo se voló la tapa de los sesos, y Pedro Sucre, que fue conducido junto con Jalón a lomo de mula a Villa de Cura. Nunca antes en Venezuela se había organizado una estampida tan significativa históricamente de los “patriotas”. En donde Bolívar era el primero en correr, “paticas pá que te tengo”. Nadie debiera glorificar a ningún “Prócer” de la Independencia de Venezuela de la 1º y 2º República por grande que haya sido su participación en ellas puesto que según la historia, todos sin excepción, “tienen rabo de gamelote”.
    La Batalla de la Puerta de los Llanos, convirtió al Taita en el caudillo de los llanos occidentales. Dos horas duró la huída desde la Puerta del Llano a la ciudad de la Victoria del “libertador” Bolívar y de sus coroneles Mariño, Rivas, Monagas, Bermúdez, Isaba, Sena Escalona y Cedeño. Fueron apresados Jalón y Sucre. Freitas se suicidó.

    Boves y su ejército seguía imparable. Y Bolívar, ante las noticias que llegaban, ordenó una nueva “Campaña Admirable” a todos los mantuanos de Caracas: les ordena la emigración a Oriente (¡veámonos, les dice, para no salir de Caracas, como dicen, volando transformados en zamuros!)
    El día 05 de Julio de 1814, 800 hombres de la columna de Chepino González, llegan a las Adjuntas, donde los paró José Félix Rivas. Ese mismo día, la gente del mulato Machado, ha llegado hasta los “Anaucos” en el camino del Tuy, en la tarde los pardos y negros de la Guaira, a punta de tambor, comienza la matanza general de blancos. Caracas está perdida. En la Iglesia de San Francisco, se ha decidido finalmente huir en la madrugada camino de oriente. 20000 personas, las tres cuartas partes de la población de Caracas, se aprestan para la fuga. La emigración se puso en marcha, el día 6 de Julio de 1814. 20000 caraqueños, todos de las mejores familias blancas mantuanas salieron hacia Barcelona.

    Había derrotado, junto a sus llaneros, a Bolívar y a Mariño en la Puerta y se apoderó de Caracas, donde se le nombró capitán general de Venezuela. Organizó un nuevo gobierno realista, persiguió a los patriotas y derrotó a Ribas y Bermúdez en Úrica. Pero en esa batalla Boves murió de un lanzazo, luchando cuerpo a cuerpo junto a sus hombres. Eran los finales del año 1814. Boves tenía 32 años.
    A Bolívar le quedaban aún algunos años de vida. Jamás dudó de su fe republicana en la que San Martín, hijo del embajador español de Argentina, no creyó nunca. Murió en Santa Marta, Colombia, el 17 de diciembre de 1830, a la una de la tarde, en una cama en la quinta San Pedro Alejandrino, propiedad del español Joaquín Mier, a la edad de 47 años, repudiado por aquellos a quienes había "libertado" y maldiciendo la anarquía en la que se encontraban esos países "libertados" por él.
    La aristocracia criolla ganó la independencia de España, pero los amigos de José Tomás Boves, los indígenas, negros, pardos y resto de castas, quedaron sin redimir y desprotegidos de las Leyes de Indias, que fueron suprimidas. El grito de la independencia era igualdad, libertad y fraternidad, pero para esos seres humanos era papel mojado. Tal era la situación que Santander, encargado de organizar el nuevo Estado, temió, por un momento, que en Venezuela se repitiera lo mismo que sucedió en Haití. En dos ocasiones, desde el Perú, se intentó la vuelta de los Borbones.
    La persecución sistemática de los grupos más vinculados con la metrópoli trajo como consecuencia la ruptura de las antiguas estructuras, la trasformación de los sistemas mercantiles que cayeron en manos de los ingleses. Liverpool reemplazó a Cádiz. Sus manufacturas aplastaron a los productos artesanales locales de los que vivían miles de personas y eran fabulosos. Los sarapes de Glasgow eran en Saltillo más baratos que los del mismo Saltillo y los ponchos de Manchester, más baratos que los de la Pampa y el Perú. Lo mismo puede decirse de la cuchillería y los tejidos de algodón, etc.
    Otra de las graves consecuencias de la ruptura de la antigua estructura fue la militarización que perpetuará la revolución, pues, terminada la lucha, todo quedó gravitando en torno al poder militar. La violencia, pues, fue la herencia más visible de la revolución en toda Hispanoamérica una vez desaparecida su unidad.

    “Los que recuerdan los tiempos del imperio -dice Tulio Calperín- en que era posible recorrer sin peligro una Hispanoamérica desde Alaska hasta la Patagonia, casi vacía de hombres armados, tienden a tributar a los hombres españoles una admiración que termina en forma de culto de su sabio régimen”.
    Bolívar, después de largos años de experiencia, se dio cuenta de este problema, pero ya era tarde. La guerra de la independencia fue un gravísimo error. Error que aún hoy en día seguimos pagando.
    Y yo afirmo, esa es mi opinión, que fue Boves el representante del pueblo llano de Venezuela. Y no el “libertador” y los “próceres” de la nueva República: mantuanos, oligarcas, terratenientes y mercenarios extranjeros. Hora es de poner a cada cual en su lugar.
    El Asami

    Sábado, 12 de Diciembre de 2009 12:54 laturutadeltitanic #. sin tema

  6. #106
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    Re: Carta a los Españoles Americanos

    ..a vueltas con Boves.

    La efemérides espolea nuestro interés por las Américas. Y de resultas de ello vamos hallando documentos que no queremos dejar de compartir, en cuanto describen episodios que los españoles apenas conocen. Entre ellos, este escrito, que aparece en http://momentosespañoles.es/, y que nos permitimos transcribir:

    El siglo XIX en Hispanoamérica: José Boves contra la insurgencia venezolana

    A finales de 1813 en Venezuela los realistas han sido rechazados a la zona costera de Coro y Maracaibo, donde cuentan con el apoyo mayoritario de la población. A todo esto, Simón Bolívar ha lanzado su célebre decreto de "guerra a muerte" contra los peninsulares y los venezolanos partidarios del Rey, lo que da lugar a grandes matanzas de prisioneros dirigidas por el propio Libertador que en febrero de 1814 ordena la ejecución de 800 prisioneros en Valencia y sus lugartenientes, entre los que se distinguen Briceño y sobre todo Arismendi, que por orden de Bolívar ejecuta a un millar de españoles prisioneros en Caracas y La Guaira.
    Pero mientras tienen lugar estos acontecimientos, se fragua, tanto a espaldas de los insurgentes como de los principales jefes de las fuerzas regulares realistas algo hasta ese momento casi inimaginable para todos: uno de los fenómenos más originales y terribles del conflicto americano. Se trata del movimiento organizado y dirigido por Boves en los Llanos del Orinoco.
    Es José Tomás Boves (o Bobes) un español peninsular, nacido en Asturias y de origen muy modesto, establecido en esa región venezolana desde hace años. Sumado a las fuerzas realistas en los últimos tiempos de la lucha contra la primera república (en Venezuela), en la que ya toma parte en alguna acción, recibe un nombramiento, inicialmente poco más que simbólico, de oficial de Caballería de la Milicia urbana de Calabozo, una de las pequeñas poblaciones de los Llanos, y el encargo de movilizar una fuerza de caballería en esa región, actividad que inicia en agosto de 1813, tras separarse del contingente realista de Juan Manuel Cagigal.
    Buen conocedor de la zona y de sus habitantes los llaneros, pronto su carisma y dotes de mando consigue reunir aproximadamente 700 de éstos; aunque el contingente crece a velocidad gracias a la activa recluta a que se entregan Boves y sus lugartenientes, empleando para la finalidad tanto argumentos políticos e ideológicos de servicio al Rey de España y combate contra la odiada oligarquía de la provincia, como promesas de carrera en el Ejército y participación en el botín de guerra; también duras medidas contra los prófugos y los desertores.
    En octubre de ese 1813, ya con un millar de efectivos combatientes, de los que sólo unos sesenta son europeos, Boves actúa contra Calabozo. Con sus llamados "hombres vagos", gentes acostumbradas a una vida de corte selvático, infunde por primera vez temores a los jefes insurgentes.
    Poco después, el jefe militar español al servicio de los insurgentes, Juan Vicente Campo Elías, derrota a Boves en la sabana de Mosquitero y lleva a cabo diversas acciones punitivas contra las poblaciones y habitantes de los Llanos, que no consiguen sino favorecer la recluta de su oponente que improvisa todo lo necesario para la guerra que sostiene e igualmente todo tipo de pertrechos de utilidad bélica.
    Recobrado enseguida de la derrota, en diciembre es él y sus llaneros quienes vencen en la reiteración de la batalla, ocupando Calabozo; ya reúne a tres mil hombres. Mientras, su segundo, Tomás Morales, capta en nuevas reclutas contingentes de cierta relevancia en la Pese al revés, Bolívar no acaba de dar importancia a este nuevo oponente, y desde esa actitud despreciativa hace pública su reflexión de que lo que no ha logrado contra sus fuerzas un ejército disciplinado como era el de Domingo Monteverde, no lo van a conseguir los contingentes que aparecen fantasmales y de improviso en la sabana apureña.
    Pero en esta ocasión Bolívar yerra en sus planteamientos. Las fuerzas de Boves, a las que su jefe entrena en el médano de Cazorla en marchas, cargas y combates, no paran de crecer y a lo largo de los primeros meses de 1814 obtienen sucesivos éxitos contra los insurgentes. En febrero, Rosete figura apocalíptica según los insurgentes, uno de los lugartenientes de Boves, derrota a Arismendi, y poco después el propio jefe del Ejército Real de Barlovento, título con el que se proclama y autoconcede el jefe realista José Tomás Boves desde finales del año anterior, combate en San Mateo contra Simón Bolívar.
    El jefe realista cuenta entonces con aproximadamente 6.500 hombres, de ellos 4.000 de Caballería armados con lanzas; en cambio apenas dispone de artillería, únicamente seis piezas ligeras, cuando la proporción adecuada en la época se considera de tres piezas por cada mil efectivos humanos.
    La acción de Boves en San Mateo facilita la recuperación de la iniciativa por parte de las fuerzas regulares realistas (los españoles peninsulares y aquellos seguidores del Rey Fernando VII en el continente americano, foráneos y autóctonos) que operan desde sus fortalezas en la costa.
    En paralelo a estas maniobras bélicas, en febrero de 1814 tiene lugar en la región de Barlovento una sublevación de los esclavos de las haciendas en contra de las fuerzas republicanas (las de Simón Bolívar y otros jefes insurrectos contra el gobierno español). Asume la jefatura de este movimiento Juan José Navarro, que derrota a Arismendi y dirige una campaña en la retaguardia republicana que supone un nuevo inconveniente grave para las fuerzas de Bolívar.
    Las victorias de Boves presentan además el correspondiente efecto moral en los elementos favorables al mando realista en las zonas dominadas por los insurgentes, lo que se traduce en una agitación creciente con la subsiguiente aparición de guerrillas
    En el mes de junio de ese 1814, Bolívar logra una victoria en Carabobo contra las fuerzas regulares de Cagigal, pero pocos días después es materialmente deshecho por Boves en la segunda batalla de la Puerta. Explotando el éxito, Boves ocupa en julio Valencia y Caracas, donde asume en la práctica las funciones de capitán general, ignorando ex profeso a Cagigal al cual, tras la victoria de la Puerta, ha enviado una misiva de la que se extrae el siguiente párrafo: "He recobrado las armas y el honor de las banderas que vuestra excelencia perdió en Carabobo". Boves se revelará en esta etapa y en su nueva faceta como un buen administrador de los territorios ocupados.
    En los meses siguientes su ejército alcanza el máximo desarrollo. Cerca de 20.000 hombres, de ellos seis o siete mil operativos, organizados en regimientos de Caballería que constituyen la mayor parte del contingente de fuerza variable y vinculación a diversas poblaciones y zonas de los Llanos: Tiznados, el preferido por Boves, Guayba, Guardatinaja; lo que origina una útil emulación entre sus componentes. Boves dirige personalmente la Caballería, tomando parte en las cargas y en los combates cuerpo a cuerpo asumiendo el mayor riesgo, con resultado de heridas en varias ocasiones. Autores hostiles a su causa lo califican como el más grande jefe de caballería que haya conocido Venezuela.
    La Infantería, contando unos 2.500 hombres, está formada por dos regimientos a tres batallones cada uno, mandados por Guía Calderón y Manuel Machado, y el denominado Batallón de preferencia, mandado por Rafael López. En las marchas de esta tropa a pie se acostumbra a organizar un cuerpo de vanguardia, bajo el mando de Ramón González, que avanza doce horas por delante del grueso de la fuerza expedicionaria.
    Boves también cuenta con partidas de guerrilleros, configuradas como unidades de guerrilla compuestas por indios y mestizos principalmente, actuando bajo su exclusiva dirección estratégica. En cambio, utiliza poco e indirectamente a los cimarrones (esclavos refugiados en los montes buscando su libertad), unos 25.000 en la Venezuela anterior a la revolución, y otros esclavos huidos al compás de los acontecimientos.
    Los combatientes llaneros no lucen uniforme habitualmente. Van vestidos a la manera del país: calzón corto, sandalias, sombrero; los jinetes usan unas grandes espuelas características, y a guisa de escarapela una pluma negra o una oreja humana colgada del sombrero. También se decoran y anuncian con banderas negras, a diferencia de la blanca española del momento.
    Dominada gran parte de la provincia, Boves inicia la creación de una flotilla que inicialmente sólo tiene un bergantín, bautizado General Boves. La flotilla en ciernes está financiada mayormente por particulares, al frente de los cuales figura un realista de origen vizcaíno, íntimo amigo del padre de Simón Bolívar.
    Dadas las características de la lucha, las fuerzas de José Boves, el caudillo llanero, llevan a cabo frecuentes saqueos en las zonas o ciudades conquistadas donde hay para cometerlo; pues más bien tales saqueos quedan en intentos y limitados a los bienes de carácter mueble. Los bienes de auténtico interés propiedad de los insurgentes: los productivos, las fincas rústicas y urbanas, las explotaciones agrícolas, son confiscados por la autoridad realista y arrendados o vendidos en beneficio de la Hacienda de la provincia. Los premios de orden material que Boves entrega a aquellos de los suyos distinguidos en la lucha son de tipo simbólico o en relacionados con el servicio de armas: elección de los mejores caballos o armas capturadas y similares. Para Boves tampoco había réditos más allá de la satisfacción, pues nunca cobró un sueldo y años después se gestionará una pensión para su madre residente en Asturias.
    La represión contra los insurgentes responde a la proclama de guerra a muerte proferida por Bolívar al comienzo de su campaña. Es usual la matanza de los jefes políticos y militares insurgentes vencidos y la de muchos oficiales. La generosidad para con los prisioneros es aleatoria, graciosamente dispensada por quien puede. Conviene recordar que la lucha en Venezuela ofrece el aspecto de una contienda social-racial en esta etapa de la guerra entre realistas e insurgentes-independentistas.
    La circunstancia acaso curiosa para algunos que nos e aproximan a la realidad de la situación y los hechos cotidianos, es que los defensores del Rey de España encuentran su principal apoyo en los sectores populares de la población. Sectores que en el continente americano suman un porcentaje de indígenas y mestizos en diverso grado proporcionalmente superior al de las clases pudientes, acomodadas y dirigentes, que son en las que básicamente da inicio la insurgencia. Por supuesto, contando siempre con las excepciones en uno y otro bando.
    Con la derrota de Bolívar la causa independentista en la provincia sucumbe. Las fuerzas de Boves actúan en las postrimerías de 1814 sobre la zona oriental, todavía en poder de los insurgentes, cuyos últimos restos a la defensiva son aniquilados.
    Pero desgraciadamente para la causa realista, en la última batalla importante ya en el mes de diciembre, en Urica, Boves cae víctima de una lanzada al dirigir cual su costumbre una carga de su caballería. Le sucede en el mando su hasta entonces segundo, el canario Tomás Morales, que tomará parte en las sucesivas campañas en la provincia hasta la conclusión de la lucha regular.
    José Tomás Boves, el taita, como le llamaron sus hombres, es una de las figuras más originales y merecedoras de estudio con las que contó el bando realista, y en general la contienda americana de emancipación. Al frente de su Ejército Real de Barlovento, pone fin a la segunda república venezolana (1813-1814) tras derrotar repetidas veces a Simón Bolívar y otros jefes secesionistas. Su temprana muerte a los treinta y un años supuso un sesgo importante, quizá decisivo, en el desarrollo de la misma.

    Sábado, 02 de Enero de 2010 20:16 laturutadeltitanic #. sin tema









    Una visión de las Américas, a 200 años vista. Los antihéroes del Pasto.

    A diferencia de la vecina ciudad de Popayán que ha dado a luz a ocho presidentes, Pasto sólo parece haber sido la cuna de antihéroes. Muchos colombianos ven a Pasto como una ciudad en los confines del mapa, por allá aislada del resto del país. Da la impresión de que nada importante para la historia de Colombia hubiera ocurrido allí. No hay, pues, una Convención de Pasto, ni un Acuerdo de Pasto, ni siquiera una Batalla de Pasto, como las hay de Ocaña, de Cartagena o de Boyacá.
    La razón es que el capítulo de Pasto lo han borrado de los textos de historia. Se ha tratado de dejar en el olvido a los héroes locales que -seamos justos- algún reconocimiento merecen. El más pintoresco -y me atrevo a decir que el más importante- de los nativos de Pasto es Agustín Agualongo (1780-1824). Este "indio, feo y de corta estatura" (palabras de su biógrafo, el historiador pastuso Sergio Elías Ortiz), puso en jaque a lo más granado de los ejércitos republicanos. Su carrera militar se inició en 1811, a la avanzada edad de 31 años (a esa edad Sucre ya era gran mariscal y José María Córdova, general). Poco después fue la derrota y posterior captura del general Antonio Nariño, a quién los pastusos veían como un "hereje, masón, impío, verdadero poder de las tinieblas". La cruel ironía pastusa es que luego al departamento lo bautizarían con ese nombre.
    Pero lo que de veras lanzó a la fama a Agustín Agualongo fueron sus actuaciones después de 1819, cuando la misma corona española había aceptado su derrota. En 1822, bajo el mando del español Benito Boves, (sobrino del célebre Boves que aterrorizó a los llanos), Agualongo le declaró la guerra a la república de Colombia, en defensa del rey Fernando VII y de la religión católica. Boves huyó poco después y Agualongo pasó a liderar una guerra de guerrillas que lo haría legendario: héroe para unos, villano para otros. Tomó Pasto en junio de 1823 y siguió hacia el Ecuador, donde fue derrotado por Bolívar en Ibarra. Nuevamente tomó Pasto en agosto de 1823 y una vez más en febrero de 1824. En su última batalla, en Barbacoas, se enfrentó al futuro cuatro veces presidente Tomás Cipriano de Mosquera, quien resultó herido gravemente en la quijada (de esta herida se derivaría su apodo de "Mascachochas"). Finalmente, Agualongo fue capturado por José María Obando en junio de 1824 y fusilado en Popayán el 13 de julio. El gran pecado de Agualongo -lo ven así los pastusos- fue su irrebatible lealtad de principios.
    Por ésta y otras razones Bolívar nunca quiso a los pastusos; se refirió a ellos como: malditos, demonios, infames, malvados, infelices, desgraciados. Después de todo, en cercanías de Pasto ocurrió la más sangrienta de las batallas de independencia: la de Bomboná. Las bajas reportadas por el ejército patriota totalizaron 116 muertos y 341 heridos (compárese con 13 muertos y 53 heridos en Boyacá). Aunque los realistas pastusos perdieron más hombres, Bolívar se vio obligado a retroceder y cambiar sus planes en esa Campaña del Sur. ¿Quién ganó la batalla de Bomboná? La respuesta depende de la versión de la historia que usted lea.
    En la misma línea de Agustín Agualongo -aunque bastante menos belicoso- está el jurisconsulto, historiador y escritor José Rafael Sañudo (1872-1943). Sañudo es tan pastuso que sólo una vez en la vida abandonó su ciudad natal, para viajar hasta el Valle del Cauca. Eso no fue obstáculo para que este polígloto autodidacto, que fue fundador de la Academia de Historia de Nariño, y candidato tanto a la Rectoría de la Universidad de Nariño como a la Corte Suprema de Justicia, conociera con propiedad los clásicos griegos y latinos. Pero lo que hizo famoso al doctor Sañudo fue su obra, publicada por primera vez en 1925, Estudios sobre la vida de Bolívar, más conocida simplemente como el Bolívar de Sañudo. En este libro -y basándose en argumentos históricos irrefutables- se retrata al Libertador como un sujeto que, además de mujeriego y psicológicamente inestable, era desmedidamente ambicioso, impulsivo y, sobre todo, premeditadamente cruel. El parangón que hace Sañudo de Bolívar con los "sanguinarios" Sámano y Morillo es dramático. "¡Pesa reciamente el alma de un pastuso, al narrar los crímenes de Bolívar y sus esbirros!" Sea como fuere, estamos acostumbrados a esas biografías de los héroes que sólo los ensalzan y nunca muestran sus defectos. Alguien -por ejemplo, Juan Manuel Santos- debería regalarle a Hugo Chávez este texto bolivariano que él seguro desconoce.
    Y el último personaje de controversia, que aunque no nació en Pasto sí fue allí donde adquirió su fama, es San Ezequiel Moreno, canonizado por Juan Pablo II en 1992. Este sacerdote español fue designado obispo de Pasto en 1895. Para él los enemigos eran el demonio, los masones y los liberales: todos los liberales, especialmente los liberales católicos. "Sólo admitimos un liberalismo, malo, pésimo y condenado por nuestra Santa Madre la Iglesia." "Ser liberal es pecado" insistió hasta su muerte. Claro, eran otras épocas.





    Martes, 15 de Diciembre de 2009 13:53 laturutadeltitanic #. sin tema

  7. #107
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  8. #108
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    Re: Carta a los Españoles Americanos

    Ilustrativo y esclarecedor lo aportado por esta doctora, lo unico que ya os podeis imaginar lo que muchos diran desde el otro lado del charco.

  9. #109
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    Re: Carta a los Españoles Americanos

    No te creas Cruzado. Si analizamos el material crítico para con las dolorosas Guerras Civiles Hispanoamericanas, veremos que es un "tema" que se inició en América y que está en boga por las obras de autores americanos básicamente, contando con notables excepciones como es el caso de Ullate.

  10. #110
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    Re: Carta a los Españoles Americanos

    Cita Iniciado por Ordóñez Ver mensaje
    No te creas Cruzado. Si analizamos el material crítico para con las dolorosas Guerras Civiles Hispanoamericanas, veremos que es un "tema" que se inició en América y que está en boga por las obras de autores americanos básicamente, contando con notables excepciones como es el caso de Ullate.
    Pero Ordoñez, no crees que apesar de que ese material critico que dices, escrito por autores americanos siempre acaba relacionandose con el tipico discurso antiespañol?. Es como lo que actualmente pasa en la Cataluña rancia separatista, pase lo que pase la culpa es de España sin ejercer autocritica, ellos lo hacen todo bien, los demas mal.
    A pesar de estar mas cercanas las guerras civiles que las secesionistas parece, repito, parece que este mas en sus cabezas lo antiespañol que lo que verdaderamente acarreó sus independencias.

  11. #111
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    Re: Carta a los Españoles Americanos

    No voy por ahí Cruzado. En efecto en Hispanoamérica hay mucho de ese discurso, y en España igual o más. Lo que me refiero es que la crítica a los procesos de separación empezó en América y por autores americanos. Paradójicamente en Colombia, donde Bolívar es un semidiós, han surgido autores como Luis Corsi y Pablo Victoria, distintos en pensamiento pero muy valientes al analizar hechos históricos complicadísimos, donde hubo muy buena parte de la población que no quiso la independencia y en dos siglos no se le ha dado ni voz ni voto, y cuando ha empezado a dársele ha sido desde el Nuevo Mundo. Es decir, si hay un "proceso crítico" en la historiografía, por pequeño que sea, empezó en América.

  12. #112
    Avatar de Josean Figueroa
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    Re: Carta a los Españoles Americanos

    Estoy por escribirle una carta a los españoles europeos... falta que hace a ver si dejan algunos vicios intelectuales que les separan de hispanoamerica.

  13. #113
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    Re: Carta a los Españoles Americanos

    Sería una muy buena idea Josean.

    Una pregunta que lanzo: ¿Se inspiraría Francisco Miranda en esta bandera?

    Compañía Ruso-americana - Wikipedia, la enciclopedia libre


    Bandera de la Compañía Ruso-americana (1806).

  14. #114
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    Re: Carta a los Españoles Americanos

    Saludos. Estoy muy contenta de haber encontrado este enlace porque, aunque el tema aquí tocado no es el de mi especialidad, estoy aprendiendo mucho como hispanista y como persona nacida en Venezuela, hija de españoles, residente de Los Angeles. Mis antecedentes familiares son variopintos con todo lo que esto tiene de problemático, pero a la vez me permiten abordar un tema con mayor flexibilidad de enfoque o, al menos, contemplando un enfoque alternativo al que estoy utilizando para tal o cual tema. Mi familia paterna es carlista por un lado (los Moxó, barones, y los Fernádez de Toro) y socialista por otro. Mi familia materna es de vascos... pero resulta que mi madre terminó de Falangista. Mis padres se pelearon medio siglo por Franco (ella a favor, él en contra) y, cuando por fin empezaron a migrar al centro, pues con la inercia que tenían de tanta pelea, terminaron peleando de nuevo, esta vez por Chávez (ella a favor, él en contra). Todo con lo cual terminé yo de "católica socialista" ... jajaja, pero es verdad.
    Bueno, vuelvo al grano, tras presentarme. Sobre este tema, escribió mi antepasado el arzobispo de Charcas, Benito Moxó, y yo publiqué en la revista mexicana Destiempos, con mi apellido de casada

    http://www.destiempos.com/n14/mayer.pdf

    Voy a dejarle el computador a mi esposo para que vea si ganó su equipo, y ya vuelvo a leerme el resto de la página, incluído lo de Boves, que me interesa mucho (ver "Boves el urogallo", novela de mi paisano el siquiatra venezolano Francisco Herrera Luque, q.e.p.d.)

  15. #115
    Avatar de Ordóñez
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    Re: Carta a los Españoles Americanos

    Mariaeu, interesantísimo su testimonio, muchísimas gracias.

    Estoy pendiente de recibir un ejemplar de la novela que vd. cita. Creo que con Las lanzas coloradas puede ser todo un descubrimiento.

    Saludos de un carlista andaluz.


    Trailer Making of Taita Boves


    Tras las cámaras de Taita Boves Parte 1


    Tras las cámaras de Taita Boves Parte 2


    TAITA BOVES- TRAILER OFICIAL

  16. #116
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    Re: Carta a los Españoles Americanos

    L COMPONENTE TRIBUTARIO EN LOS MOVIMIENTOS INDEPENDENTISTAS DE COMIENZOS DEL SIGLO XIX



    Carlos III. Las modistas, por L. Matthis.


    por Juan Eduardo Leonetti

    A MANERA DE INTRODUCCIÓN Y DE AUTOCRÍTICA

    El trabajo que sigue fue desarrollado como ponencia para ser expuesta en el XIV Congreso Colombiano de Historia, que se llevó a cabo en la Ciudad de Tunja en agosto de 2008.

    Como tributarista latinoamericano, interesado por la Historia de nuestras independencias, me pareció oportuno exponer en tan importante foro la idea de hurgar en el componente tributario de los movimientos revolucionarios que concluyeron con la ruptura de los lazos que unían a nuestros pueblos con la monarquía española.

    Se trataba de explicar que imbricado con el componente político latente en algunos patriotas de terminar con el vasallaje, convivía el deseo de no ser expoliado por un sistema fiscal regresivo como el impuesto por el sistema colonial, agudizado con las reformas borbónicas de finales del siglo XVIII.

    La implacable crítica del tiempo transcurrido desde que aquellas ideas tomaron forma, me impone la obligación de señalar lo pobre de aquel desarrollo, el que solamente encuentra un responsable en el autor de estas líneas.

    Sinceramente, creí que con destacar los hechos producidos en La Revolución de los Comuneros sucedidos en Nueva Granada en 1781, junto con los antecedentes acaecidos en Quito en 1765, y en Perú con la rebelión de Tupac Amaru, estaba suficientemente explicitada la relación impuesto-hecho político.

    Confieso no haber puesto de relevancia que fue precisamente en Tunja donde tuvo lugar la primera de las rebeliones fiscales en tierras americanas de las que da cuenta la Historia, cuando el Cabildo de la Ciudad, a partir del 16 de abril de 1592, decidió no acatar el real impuesto de la alcabala.

    La desobediencia, expresión de los encomenderos que integraban casi toda la representación en el Cabildo, los que reaccionaron en defensa exclusiva de sus intereses económicos -ya que como veremos los sectores bajos de la población y los indios resultaban exentos de la gabela-, duró hasta agosto de 1594, y muchos pagaron con la cárcel el haberse alzado contra la orden real, a la vez que fueron anatemizados por cierta jerarquía eclesiástica que veía como pecado mortal esa desobediencia.

    Si bien es cierto que la causa -se diría excluyente- de estos hechos, así como de algunos otros que se sucedieron poco después en Lima, Quito, Cuzco, y La Paz, era lo gravoso de este impuesto al tráfico comercial, o sea un motivo netamente económico ajeno a reivindicaciones políticas que implicaran romper con la dependencia, lo que hubiera resultado impensable para la época.

    Debo reconocer que a estos hechos los tuve en un principio como ajenos a los procesos que iban a suceder dos siglos más tarde, sin advertir que si bien con objetivos acotados a los intereses meramente económicos, exhibían un sustrato que permite tenerlos como antecedentes, remotos quizás, de los hechos que iban eclosionar a comienzos del siglo XIX.

    Esta falencia que ostenta mi trabajo puede ser suplida con largueza con la lectura de una obra fundamental para la historia de la dignidad tributaria de nuestros pueblos, como lo es La Rebelión de las Alcabalas del Profesor Doctor Javier Ocampo López, al que tuve el privilegio de conocer en la entrañable Tunja, y a quien me permito dedicarle mi modesto trabajo.


    EL IMPUESTO Y EL VASALLAJE

    Puede decirse, casi sin ambages, que en el inicio de todos los procesos que culminarían con la independencia de las colonias que la Corona de Castilla tenía en América hubo un componente impositivo.

    Esto significa, ni más ni menos que –junto con las ansias de libertad de algunos patriotas, o bien con la necesidad que tenían otros hombres de preservar para la Corona española la hegemonía política en estas tierras ante el avance de Napoleón en la metrópoli– había algo que los unía, algo que tenían en común todas las posiciones, tal como era el oponerse al régimen impositivo instaurado desde los primeros tiempos del dominio real en la colonia.

    Es que no hay signo mayor de vasallaje –antonomástico, diría– que el pago del tributo.

    Vemos así que el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española (XXII edición) define hoy al vasallaje, en primera acepción, como el vínculo de dependencia y fidelidad que una persona tenía respecto de otra, contraído mediante ceremonias especiales, como besar la mano el vasallo al que iba a ser su señor.

    La segunda acepción se acerca más a lo que aquí sostengo cuando dice Rendimiento o reconocimiento con dependencia a cualquier otro, o de una cosa a otra, para rematar en la tercera acepción precisando Tributo pagado por el vasallo a su señor .

    El escolástico Domingo de Soto O.P. , que escribió su obra en Salamanca en pleno Siglo de Oro, al centrar su interés en cinco clases de tributos, estudió esta relación de verdadera alienación al referirse al censo, que se abonaba por cabeza al gobernante, en reconocimiento de vasallaje, aclarando que éste es el tributo acerca del cual los judíos preguntaban a Cristo si era o no era lícito pagarlo al César.

    De Soto señalaba, además, como otras gabelas:

    El tributo, que se pagaba sobre los frutos de la tierra, destinando lo recaudado a la ayuda del Jefe de Estado y de la Nación.

    El vectigal, y también el portazgo, aplicados sobre el transporte de la mercadería para su venta y destinados a la reparación de puentes, muros y otras obras públicas similares.

    El peaje, aplicado también sobre la mercadería, pero cuyo destino era la vigilancia de los caminos.

    Por último analizaba la alcabala, que gravaba la venta de todas las cosas. El destino de los fondos recaudados por esta exacción era, entre otros, para sufragar los gastos públicos del rey.

    Ahora bien, si Fernando VII estaba preso en la metrópoli, era obvio para todos que el vínculo con el Señor que justificaba el tributo estaba al menos suspendido, y por lo tanto era la hora de cuestionar el sistema tributario que desde la época del Descubrimiento –en las que de Soto realizó su análisis– los venía rigiendo.


    LOS PRIMEROS GRAVÁMENES EN LA AMÉRICA CASTELLANA

    Los primeros gravámenes aplicados en el territorio de la América Hispánica consistían en su mayoría en lo que hoy llamaríamos tributos al consumo y a las transacciones. Se pagaban impuestos al ingresar la mercadería –el mentado almojarifazgo– y al transar con los bienes, tal el caso de la alcabala.

    Como un rasgo propio de nuestra historia tributaria debe destacarse la gran cantidad de exenciones otorgadas a los adelantados con el objeto de fomentar la conquista, y las disvaliosas consecuencias que, a la postre, produjo este trato exentivo.

    Con el fin de controlar el tráfico internacional se creó en 1503 en Sevilla la Casa de Contratación, donde se depositaban los productos procedentes de las Indias hasta su venta, asignándosele en 1510 funciones fiscales como el cobro de impuestos, el contralor de la mercadería embarcada, y la fiscalización del acervo hereditario de las personas radicadas en Indias.

    Esto configuró desde el inicio un burocrático sistema de recaudación y fiscalización tributarias, donde gran parte del total de lo recaudado se desvanecía como por ensalmo en manos de una urdimbre de funcionarios inescrupulosos, respecto del cual hombres preclaros –como el Padre Juan de Mariana S.J.– escribieron páginas que aún hoy mantienen actualidad .

    Los mencionados derechos que se imponían al tráfico internacional se veían reforzados en lo interno con los cobros de las aduanas de puertos secos de las provincias mediterráneas, por lo que el precio de las mercaderías se veía incrementado notablemente, y en especial por la prohibición que recayó sobre la comercialización de muchos productos, lo que obligaba a transportarlos desde lugares remotos.

    En su “Breve Reseña acerca del Régimen Tributario durante el Período Colonial”, Viviana Cecilia Di Pietromica dice que la alcabala constituye uno de los antecedentes más remotos del impuesto a las ventas, pues consistía en un gravamen aplicado a las operaciones de venta y permuta en todas sus etapas, destacando los caracteres propios del impuesto en cascada con el consiguiente efecto de piramidación, dado que era cobrado en cada etapa sobre el monto total de la transacción, quedando gravado el precio total que incluía el impuesto de todas las etapas anteriores.
    Se la impuso sobre todo lo que no estuviera expresamente exento (el pan, los libros, las armas y los caballos); existiendo por otra parte tasas adicionales para determinados productos o en virtud de quién hubiera sido el comerciante, como sucedía con la llamada alcabala del viento, que recaía sobre los vendedores forasteros. Rigió en América desde 1574 hasta 1811, en que fue suprimida.

    El aspecto regresivo de la alcabala se advertía ya por entonces, por el hecho de gravar igual al que nada tenía que a los sectores de mayores ingresos.

    Juan Bautista Rivarola Paoli, en su exhaustiva obra “La Real Hacienda. La Fiscalidad Colonial. Siglos XVI al XIX”, señala con precisión que la alcabala recaía sobre el precio de la cosa vendida o sobre el valor de las cosas trocadas.

    Los indios, en principio, estaban exentos respecto de los frutos y especies que fabricaban con sus manos, pero no cuando comerciaban con quienes no estaban exentos. O sea que se hacía una diferencia –si bien dentro del territorio colonial–, según quiénes hubieran intervenido en la transacción comercial, para determinar la existencia o no del hecho imponible.

    En nuestras tierras la alcabala fue objeto de licitación en reiteradas oportunidades. Se adjudicaba el derecho en subasta pública y al mejor postor, resultando que los adquirentes trataban de resarcirse rápidamente de lo invertido en la licitación a costa de los obligados al pago.

    Hacia la mitad del siglo XVIII –acota Rivarola Paoli– había decaído el interés en adquirir la concesión, dada la gran cantidad de exenciones existentes, entre las que se destacaban las de los clérigos, por los artículos que consumían.

    Una buena parte de los exentos, no satisfechos con verse favorecidos en sus consumos por no pagar tributos, compraban frutos en provincias distantes, para luego revenderlos a un menor precio que los de plaza, compitiendo deslealmente con los comerciantes que pagaban sus impuestos como correspondía.

    A esta enmarañada descripción de tributos, propia de la América colonial española, deben agregarse un sinnúmero de gabelas de las más variadas especies, que se imponían en cada momento histórico según las necesidades de la Corona o de las autoridades locales, por lo general en forma anárquica y dispuesta casi siempre por el método de acierto y error.

    Junto al famoso diezmo que debía tributarse al clero –percepción que fue delegada por el papado en la Corona española con la condición de difundir la doctrina cristiana y sostener a la Iglesia en Indias–, estaban los impuestos mineros, que por momentos llegaron al 50% de la producción, junto a ciertas imposiciones sobre los denominados estancos, que alcanzaban con fines exclusivamente fiscales a la pólvora, el azogue, la sal, la pimienta, la venta de papel sellado, la riña de gallos, y los juegos de naipes, destacándose por su importancia recaudatoria la del tabaco, que contó con sucesivas reglamentaciones especiales.

    Existían además las anatas, que eran los frutos derivados de un beneficio o empleo durante el primer año; o bien la media anata, que consistía en abonar la mitad de los emolumentos recibidos durante aquel período de inicio.

    Contribuían también a engrosar el erario real las penas de cámara, que consistían en el cincuenta por ciento de las sanciones pecuniarias impuestas en juicios; y las lanzas, que se imponían a los nobles en lugar de la antigua obligación de sostener treinta lanceros para el servicio de su majestad, debiendo destinarse en parte a la defensa de las costas.

    Se sumaban a este cuadro los derechos de pulpería y composición de pulpería, con lo que se gravaba la mera existencia del local, y la consecuente habilitación del mismo para la venta de determinados artículos, tales como bebidas alcohólicas, carnes, etc.

    Dentro de los gravámenes que percutían sobre el sector eclesiástico se destacaba la mesada eclesiástica, que se exigía a quienes desempeñaban cargos y oficios religiosos, los que debían tributar la duodécima parte de sus ingresos anuales.


    EL CONTRABANDO COMO PRÁCTICA CULTURAL TRIBUTARIA

    Generalmente los barcos venidos de España con licencia del rey traían a las colonias americanas autoridades civiles, religiosos, militares y la mercadería indispensable para el mantenimiento de las poblaciones.

    La mercadería debía ser detallada en los denominados registros, que consistían en listas que especificaban lo transportado, quiénes eran sus propietarios y una estimación del valor en tránsito. Los productos eran despachados desde la metrópoli en contenedores cerrados. Esta documentación respaldaba el comercio legal y permitía el pago de las obligaciones fiscales, en particular del almojarifazgo.

    Se intentaba concentrar en los puertos cabeceras de los virreinatos el ingreso y egreso de productos con una finalidad no solamente recaudatoria, sino también de protección de todas las manufacturas originarias de España, pretendiendo evitar –con el control y el puerto único– el ingreso de productos provenientes de otros países, que afectaran las primitivas factorías de la metrópoli.

    Pero como a toda prohibición suele seguir una violación más o menos acentuada de ella, el contrabando fue la muestra más cabal de la imposibilidad del debido control colonial sobre estas tierras.

    Era definido como la contravención de alguna cosa que está prohibida por bando –y de allí su nombre, contra-bando–. Así, la mercadería de contrabando era aquella que, estando prohibida su introducción por provenir de países enemigos con los que el comercio estaba cerrado, era igualmente ingresada en estos reinos.

    El precio encarecido de los productos provenientes de Lima, hacía que por el Río de la Plata se introdujera y se despachara gran cantidad de mercaderías, pese a la prohibición existente. Buenos Aires, entonces, se convirtió en el eje desde el cual entraban productos procedentes de países con una industria más avanzada que la española, como la inglesa, siendo altamente ilustrativo lo señalado respecto del contrabando por José María Rosa en su obra “Porteños Ricos y Trinitarios Pobres”, de aparición póstuma.

    Por un lado, era común el arribo de barcos extranjeros que, amparados por los accidentes geográficos costeros y las numerosas islas existentes frente a la actual República Oriental del Uruguay, permanecían en el río hasta vender sus productos a los comerciantes locales o a naves españolas, utilizando para el traslado de los bienes embarcaciones menores.

    En otras oportunidades, un barco no autorizado declaraba tener una avería; permitida su permanencia a los fines de la reparación, vendía una parte de sus productos de contrabando, y si era denunciado, la mercadería era decomisada y vendida en subasta, adquiriéndola los comerciantes vinculados a los contrabandistas. Eran las llamadas arribadas fraudulentas.

    Otras veces la mercancía –en muchos casos esclavos, cuya importación estuvo por lo general prohibida en las colonias castellanas durante el siglo XVII– era registrada en los libros oficiales, pero al no estar autorizado su ingreso se decomisaba, procediéndose al remate en almoneda, adjudicándosela a los que eran sus verdaderos dueños, valiéndose para ello de testaferros .


    LAS REFORMAS CARLISTAS Y LAS PRIMERAS REBELIONES FISCALES

    Para paliar esta situación y asegurar la intangibilidad de los reales créditos fiscales, Carlos III encara una serie de reformas de corte mercantilista que cobran cuerpo sustancialmente después de que éste ordenara en 1767 el extrañamiento de los jesuitas, como dio en llamarse a la expulsión lisa y llana de la Compañía de Jesús de su obra misionera en todos los confines del imperio español.

    En 1778 se dictó el Reglamento de Libre Cambio, o de Comercio Libre, el cual, como bien apunta Margarita González en una prolija reseña de las rentas de la Corona de Castilla en Nueva Granada, contrariamente a lo que podríamos pensar, éste no significaba la apertura ilimitada del comercio y menos la introducción de la libertad comercial que el país conoció luego a partir de la segunda mitad del siglo XIX.

    De libre comercio aquello tenía sólo el nombre; junto a las reformas que se declamaban como liberales, y que se escamoteaban por absolutistas, se impuso la obligación para los comerciantes de exhibir ante las autoridades sus registros de ingresos y ganancias para convertirlos en la base de una nueva exacción fiscal proveniente del patrimonio individual.

    José Manuel Restrepo en su monumental obra “Historia de la Revolución de la República de Colombia”, escrita en 1827, refiere algunas insurgencias aisladas que en el virreinato de Nueva Granada precedieron y sobrevinieron al dictado de las reformas recién aludidas.

    Así, menciona el levantamiento de los indios de las provincias de Quito que hicieron de tiempo en tiempo algunos movimientos revoltosos, asesinando a los colectores de tributos, de diezmos, o de otras contribuciones; destacándose la revolución de la plebe que sobrevino en 1765, y los acontecimientos que acaecieron luego de la expulsión de los jesuitas en 1767, como reacción a tal medida.

    La vinculación de esta expulsión con la política fiscal del aparato colonial español fue motivo de una comunicación titulada “La expulsión de los jesuitas y la política fiscal en la América Hispana”, presentada en las XII Jornadas Internacionales sobre las Misiones Jesuíticas, que se realizaron en Buenos Aires en septiembre de 2008.

    Los movimientos insurgentes proliferaron en estas tierras americanas como consecuencia de las políticas implementadas por la Casa de Borbón desde la metrópoli, repercutiendo con mayor o menor intensidad a lo largo y a lo ancho de todos los territorios ocupados por el colonizador, mereciendo destacarse –por lo difundido e investigado– lo acaecido en el Perú con la rebelión de Tupac Amaru, aplacada con la ejecución del caudillo reformista el 18 de mayo de 1781.


    UN HECHO EMBLEMÁTICO: LA REVOLUCIÓN DE LOS COMUNEROS

    Este estado de cosas iba a desembocar –en ese año de 1781– en un hecho emblemático de la historia de la afirmación de la dignidad fiscal en tierras hispanoamericanas, como lo fue –sin lugar a dudas– la llamada Revolución de los Comuneros.

    Fue aquí, en tierras de la Nueva Granada, donde se asistió a una singular protesta de todos los estamentos de la sociedad, con un único objetivo aglutinante: oponerse a las reformas fiscales encaradas por Carlos III.

    Manuel Lucena Salmoral, en una obra fundamental sobre este tema –su estudio preliminar de “El Memorial de Don Salvador Plata”–, describe con precisión los alcances de aquel movimiento integrado por muy diversos grupos con el objetivo de derribar un sistema oneroso de impuestos.

    Uno de estos grupos –acota– era el de los terratenientes, en el que militaba Don Salvador Plata … otro era el de los mestizos … otro era el de los indios … Estos grupos caminaron unidos circunstancialmente hasta Zipaquirá, donde se creyó logrado el propósito de tirar por alto el sistema fiscal vigente, y se dio por concluido el matrimonio por conveniencia, disolviéndose el movimiento a continuación. Si los mestizos hubieran dado un paso adelante pidiendo ¡Igualdad!, los adinerados criollos hubieran gritado ¡Libertad!, y los indios hubieran reclamado ¡Tierra! … otros hubieran sido los tiempos de la revolución en Hispanoamérica.

    Esta protesta que podríamos llamar multisectorial, tuvo a mal traer a los personeros del régimen. El citado memorial refiere que los enfrentamientos armados que provocaron las reformas carlistas recogieron el apoyo para los rebeldes de algunos de los propios funcionarios fiscales y hasta de los militares que el virrey mandó para sofocar la sublevación.

    Así, dice el texto citado que don José Martín París, militar español al servicio del rey, quien sería luego Contador Principal del Real Ramo de Tabaco en Santafé de Bogotá y patriota de la independencia colombiana, fue uno de los que, al menos con su inacción a la hora de reprimir, fomentaron la expansión de la sedición.

    El grito general –dice Restrepo– se dirigía a que se quitaran los pechos y las nuevas contribuciones con que los pueblos eran vejados y empobrecidos; mas al hacer su revolución, en cada uno de los lugares, protestaban que de ningún modo querían romper los vínculos a la nación española, ni el vasallaje que habían jurado al rey católico. No hubo, pues, espíritu alguno ni ideas de independencia.


    LA GESTACIÓN DE LA INDEPENDENCIA Y LA CUESTIÓN TRIBUTARIA

    Mientras esto pasaba en 1781 en Nueva Granada, un cuarto de siglo después de aplacada la asonada –en junio de 1806– la bandera inglesa flameó sobre el fuerte de Buenos Aires, y con ella llegaron las medidas de libre comercio que, en interés de Su Majestad británica y en nombre de ella, impuso William Carr Beresford, quien mantuvo los impuestos vigentes en lo interno, por el bien general de la ciudad, para culminar liberando casi por completo el comercio del puerto de Buenos Aires, objetivo fundamental de la política inglesa en estas tierras.

    Paradojalmente, algunos de los patriotas que expulsaron al invasor inglés, en ese hecho fundacional de la historia argentina que fue la Reconquista de Buenos Aires, acaecida el 12 de agosto de 1806, albergaban la esperanza de ver concretadas estas libertades, que en gran medida constituyen el fundamento económico del Ideario de Mayo; y diría también –si se me permite– del Julio colombiano de 1810.

    Si bien leemos en el acta de la Independencia de Colombia que se había resuelto no abdicar los derechos imprescriptibles de la soberanía del pueblo a otra persona que a la de su augusto y desgraciado monarca Don Fernando VII, se le agregaba a renglón seguido una condición de imposible cumplimiento –como bien apunta Sergio Elías Ortiz en “Génesis de la Revolución del 20 de Julio de 1810”– cual era que el lejano rey venga a reinar entre nosotros.

    Era necesario para los hombres de la Revolución –dice Ortiz– hacer figurar en alguna forma al “amado Fernando” en sus declaraciones públicas, como un trampantojo para calmar los recelos de los funcionarios peninsulares y atemperar la opinión de las masas para luego hacerlas entrar por otras concepciones estatales.

    Pero en la intimidad, tanto en Nueva Granada como en Buenos Aires los patriotas querían la independencia absoluta de la metrópoli. Así, en la obra “La Independencia de Colombia” de Gómez Hoyos y González, leemos la carta que Camilo Torres le envió a su tío el oidor de Quito, don Ignacio Tenorio, el 29 de mayo de 1810:

    ... Pero si Fernando VII no existe para nosotros, si su monarquía se ha disuelto; si se han roto los lazos que nos unían con la metrópoli ¿por qué quiere usted que nuestras deliberaciones, nuestras juntas, nuestros congresos y el sabio gobierno que elijamos se hagan a nombre de un duende o un fantasma?

    La razón estaba en la gravedad de los cambios y en la necesidad de entrar poco a poco con las nuevas ideas. En ellas la regulación de las cargas impositivas seguía siendo un elemento aglutinador de las voluntades libres.

    Así, en el acta capitular del Cabildo Abierto de Buenos Aires del 25 de mayo de 1810 puede leerse en su punto noveno Que la Junta no podrá imponer contribuciones y gravámenes al pueblo o sus vecinos, sin previa consulta y conformidad del Excmo. Cabildo; mientras que en el acta de Bogotá del 20 de julio del mismo año se dice que la Junta iba a tener el Gobierno Supremo de este Reino, interinamente, mientras la misma Junta forma la Constitución que afiance la felicidad pública.

    Aquello que se gestó como protesta fiscal en 1781 en Nueva Granada en medio de las sectoriales quejas que brotaban por doquier, fue –como dijimos al comienzo de esta ponencia– el germen de los movimientos independentistas que, junto a la libertad de comercio y a la independencia política, reclamaban por ese derecho fundamental que radica en que el gestor de la cosa pública, sea monarquía o república, no pretenda apropiarse de una cuota de esfuerzo personal del ciudadano o súbdito, mayor que lo que el bien común requiere, ya que no otra cosa es el impuesto injusto, reclamando para sí, como signo inequívoco del final del vasallaje, la asunción de la soberanía tributaria.

    Como colofón quiero destacar que aquel militar español que actuó como tal ante la rebelión fiscal de 1781, don José Martín París, devenido en 1810 como Administrador de Tabacos, formó parte de esa pléyade de patriotas que asumiría el primer gobierno patrio granadino, integrando la comisión de Hacienda de la Junta; pagando un lustro más tarde con su libertad y su patrimonio la afrenta infligida al régimen colonial, en ocasión de la intentona contrarrevolucionaria que entró a sangre y fuego en las antiguas posesiones y que sólo cedería años más tarde con el triunfo definitivo del Ejército Libertador, en cuyas filas actuaron cinco de los hijos del revolucionario recaudador.

    Debe también señalarse en este final que algunos hombres de Mayo y de Julio, imbuidos por un ideario de libertades abstractas, embistieron contra el vetusto y absolutista andamiaje tributario pergeñado por la Corona castellana, al fragor de declaraciones de derechos que a veces olvidaron las realidades a las que iban dirigidas.

    Pasaron por alto aquel axioma que dice que los derechos fundamentales no lo son por estar consagrados en cartas, constituciones o tratados, sino que figuran mencionados en éstos justamente porque son derechos inherentes a la propia naturaleza humana, imprescriptibles e inalienables, sin necesidad de que sean declarados para que existan.

    Para terminar, y a propósito de esto, evoco ahora al padre de la Constitución Argentina, el Doctor Juan Bautista Alberdi. Su obra “Sistema Económico y Rentístico de la Confederación Argentina” constituye un elemento de análisis de primer orden para nuestra materia.

    Enumera allí la larga lista de impuestos que regían en la colonia, acotando que todo ese aparato de contribuciones rendía un producto miserable al tesoro español en las provincias argentinas, que, como las de Chile, costaban más a la metrópoli que su rendimiento; precisando a renglón seguido que sólo la libertad fecunda y enriquece las arcas del fisco.

    Describe Alberdi con preocupación lo errático de nuestro sistema rentístico como consecuencia de las medidas iniciales del primer gobierno patrio, donde se suprimieron, como contrarios al sistema republicano, la alcabala, los diezmos, la mita, los estancos –entre otros–, reemplazándolos por una larga lista que enumera, y que lo lleva a cuestionarse si en la política económica de entonces, al menos en la de las Provincias Unidas del Río de la Plata, prevalecieron la cordura y el anhelo sincero de servir a la causa de la libertad.

    Por eso para la Constitución Argentina postuló expresamente sólo las contribuciones de aduanas y de correos, refiriéndose luego en forma indeterminada a las demás contribuciones que equitativa y proporcionalmente a la población imponga el Congreso.

    Recomienda Alberdi prudencia en lo que hace a la supresión o creación de tributos, ya que después de los cambios en la religión y en el idioma tradicional del pueblo, ninguno es más delicado que el cambio en el sistema de contribuciones.


    CONCLUSIONES

    Analizados así los hechos, ya en las puertas de nuestros Bicentenarios patrios, cabe recapacitar sobre el camino recorrido en este tiempo para consolidar aquello que fue tan solo un inicio, un punto de partida en el camino de la libertad.

    Cabrá plantearse acerca del destino que nuestros gobiernos -patrios desde hace doscientos años- supieron darle a la recaudación fiscal, la que se nutre del esfuerzo de todos y de cada uno de los habitantes de nuestras naciones organizadas hoy bajo la forma de Estados de Derecho.

    Para que los efectos de la ruptura de aquel vasallaje que nos unía a la corona española se materialice cada día en las realidades concretas deben aprovecharse las lecciones que nos da el pasado, sin acudir a recetas mágicas que pudieron haber sido ensayadas en otras coyunturas históricas y no en el mundo globalizado en que nos toca vivir.

    Esto será tarea de todos, y le cabe al historiador del campo tributario sopesar las experiencias de antaño con las realidades siempre contingentes de hoy, a fin de que quien proyecte los planes a largo plazo, no caiga en la tentación de contentarse con meras expresiones de deseos. Algo así como aventar el riesgo de ilusionarse en la cima.



    Buenos Aires, noviembre de 2009

    BIBLIOGRAFÍA



    • Alberdi, Juan Bautista. Sistema económico y rentístico de la Confederación Argentina. Editorial Raigal. Buenos Aires, 1954.

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    • Digon, Celia y Leonetti, Juan Eduardo. “De Soto, los impuestos y la acepción de personas”. Comunicación para las Primeras Jornadas Internacionales sobre el Siglo de Oro Español. Universidad Católica Argentina, Buenos Aires, 2006. El texto puede consultarse en Internet en la Biblioteca Virtual Cervantes, de la Universidad de Alicante, España.


    • Di Pietromica, Viviana Cecilia. “Breve reseña acerca del régimen tributario durante el período colonial”. Revista Criterios Tributarios. Buenos Aires, 1997.

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    • Gómez Hoyos, Rafael. La Revolución Granadina de 1810. Ideario de una Generación y de una Época. Instituto Colombiano de Cultura Hispánica. Editorial Kelly. Bogotá, 1982.

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    • Larriqueta, Daniel. La Argentina Imperial. Editorial Debolsillo. Buenos Aires, 2004.

    • Leonetti, Juan Eduardo. “Influencia de la doctrina de la ley tributaria injusta en la obra americana de la Compañía de Jesús”. Comunicación remitida al III Encuentro del Patrimonio Jesuítico, Buenos Aires, noviembre de 2007. Publicada por el CICOP (Centro Internacional de Conservación del Patrimonio), Buenos Aires, noviembre de 2007; y en el Diario de Doctrina y Jurisprudencia “El Derecho” –de la Universidad Católica Argentina– del día 05-12-2007 (Suplemento Tributario). Desde abril de 2008 el texto puede leerse en formato PDF en la serie “La expulsión de los jesuitas de los dominios españoles” de la Biblioteca Virtual Cervantes, de la Universidad de Alicante, España.

    • Leonetti, Juan Eduardo. “La expulsión de los jesuitas y la política fiscal en la América Hispana”. Artículo publicado en el Diario de Doctrina y Jurisprudencia “El Derecho” –de la Universidad Católica Argentina– del día 26-11-2008 (Suplemento Tributario).

    • Leonetti; Juan Eduardo. “La ley tributaria injusta en el pensamiento jurídico del Siglo de Oro español”. Artículo publicado en el Diario de Doctrina y Jurisprudencia “El Derecho” –de la Universidad Católica Argentina– del día 05-07-2007 (Suplemento Tributario).

    • Lucena Salmoral, Manuel. El Memorial de Don Salvador Plata. Los comuneros y los movimientos antirreformistas. Instituto Colombiano de Cultura Hispánica. Bogotá, 1982.

    • Moutoukias, Zacarías. Contrabando y Control Colonial en el Siglo XVII. Centro Editor de América Latina. Buenos Aires, 1988.

    • Ocampo López, Javier. La Rebelión de las Alcabalas. Ecoe ediciones. Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia. Bogotá, 1995.

    • Ortiz, Sergio Elías. Génesis de la Revolución del 20 de Julio de 1810. Academia Colombiana de Historia. Biblioteca Eduardo Santos. Volumen XIX, Editorial Kelly. Bogotá, 1960.

    • Posada, Eduardo. El 20 de Julio: Capítulos sobre la Revolución de 1810. Biblioteca de Historia Nacional, Volumen XIII. Bogotá, 1914.

    • Restrepo, José Manuel. Historia de la Revolución de la República de Colombia. Librería Americana. París, 1827.

    • Rivarola Paoli, Juan Bautista. La Real Hacienda. La Fiscalidad Colonial. Siglos XVI al XIX. Asunción, 2005.

    • Rosa, José María. Porteños ricos y Trinitarios pobres. Maizal Ediciones. Buenos Aires, 2006.

    • Trusso, Francisco Eduardo, El Derecho de la Revolución en la Emancipación Americana. Emecé Editores. Buenos Aires, 1961.


    Publicado por Blog de Historia Argentina e Hispanoamericana en jueves, septiembre 02, 2010 1 comentarios
    Etiquetas: El componente tributario en los movimientos independentistas de comienzos del siglo XIX, Juan Eduardo Leonetti

  17. #117
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    Re: Carta a los Españoles Americanos

    Me estoy leyendo Boves, el urogallo y me está gustando mucho. Es muy difícil encontrar el libro pues no hay ediciones actualizadas a lo que se ve. Es como una "biografía novelada", quizá al estilo literario que ha tomado al escribir la historia Pablo Victoria por ejemplo.



    En estos vídeos se habla sobre su autor, aunque menos de la novela de lo que yo quisiera. La película "Taita Boves" se basa en su texto:


    Francisco Herrera Luque parte 1



    Francisco Herrera Luque parte 2



    Francisco Herrera Luque parte 3

  18. #118
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    Re: Carta a los Españoles Americanos

    La Editorial Docencia de la Fundación Sistema de Educación Abierta y a Distancia Hernandarias tiene el agrado de invitar a la Conferencia / Presentación de la obra

    La Involución Hispanoamericana.
    De Provincias de las Españas a Territorios Tributarios.
    El caso Argentino • 1711 – 2010
    Su autor, el Dr. Julio Carlos González, expondrá sobre los fundamentos concretos de la secesión de España y
    los hitos históricos de la postración de Hispanoamérica desde hace doscientos años.
    En un debate abierto sobre su magna obra, el Dr. Julio C. González repasará los hitos históricos, hasta ahora no vinculados por nuestra historiografía,
    que reinterpretan la visión prevaleciente sobre la involución de Hispanoamérica.
    ( • 1711: Plan oficial británico para la conquista de la América española.
    • 1776: Respuesta de España: Independencia de los Estados Unidos y creación del Virreinato del Río de La Plata con 7.200.000 Km2. Objetivo: El equilibrio geopolítico futuro.
    • 1804: Plan Middland-Pitt. Ejecución del plan estratégico británico de 1711.·
    14 de enero de 1809: Tratado Apodaca-Canning: Alianza anglo-española contra Napoleón. Precio de la alianza: el control económico absoluto de las Españas de América por Gran Bretaña. Esto fue ratificado por el Tratado del 2 de febrero de 1825, impuesto por Gran Bretaña desde Buenos Aires hasta México. )

    La entrada es abierta y gratuita. Y se recomienda hacer extensiva esta invitación a instituciones, a profesores, empresarios, funcionarios... interesados en pensar e imaginar mejores y más saludables alternativas en esta Argentina del Bicentenario.
    El acto se realizará el jueves 23 de septiembre de 2010 a las 19 hs en el Columbia Palace Hotel, Av. Corrientes 1537, de esta Ciudad de Buenos Aires

  19. #119
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    Re: Carta a los Españoles Americanos

    NUEVA ESPAÑA VERSUS MÉXICO: HISTORIOGRAFÍA Y PROPUESTAS DE DISCUSIÓN SOBRE LA GUERRA DE INDEPENDENCIA Y EL LIBERALISMO DOCEAÑISTA


    Agustín de Iturbide. Manuel Hidalgo y Costilla. Fernando VII.







    Por Manuel Chust y José Antonio Serrano*



    Próximos a los Bicentenarios, es pertinente preguntarnos ¿qué se celebrará? En México la independencia se conmemora cuando fracasó –1810– y pasa casi desapercibida u omitida cuando triunfó –1821–. Hasta principios de los años sesenta del siglo XX, el sistema educativo mexicano cumplió con el cometido para el que fue diseñado, elaborar toda una teoría nacionalista por la que los artífices de la gesta nacional fueron en primer lugar Hidalgo, el cura párroco de Dolores, y en segundo lugar Morelos, el eclesiástico michoacano. Nada nuevo en el universo de la construcción de los Héroes de las independencias latinoamericanas, tal y como planteamos en otros estudios. Nacionalismo exultante, hegemónico y dominante que laminó durante décadas cualquier otra interpretación distinta a las gestas heroicas de los grandes hombres de las independencias y que construyó en torno al panteón de Héroes su historia que reveló como Nacional. Como ya hemos planteado, esta lectura se caracterizó por aglutinar hábilmente a historiadores de un amplio abanico ideológico, es más, para el caso mexicano fue asumida pronto por una izquierda afanosa de ver en los movimientos de Hidalgo y Morelos la consumación de un ser nacional popular, multirracial, indigenista, levantisco, contestatario, que reunía la verdadera esencia de lo que se construyó como el ser histórico nacional mexicano. Ésa fue la verdadera independencia mexicana, los verdaderos valores que el criollismo liberal no dejó triunfar en 1810 para imponerse una década después con planteamientos autoritarios y oligárquicos que recordaban más al Antiguo Régimen que a la construcción de uno nuevo. Ésa fue la primera traición al pueblo mexicano, según esta historiografía. Traición en la que también estaba implicada la forma de gobierno monárquico y no republicano. No obstante esta lectura historiográfica que traspasaba –no lo olvidemos- los límites de la denostada y vilipendiada, ahora, Historia de Bronce o Historia Patria, empezó a ser superada en la década de los sesenta por un fenómeno cultural y académico en toda América Latina del que México no fue una excepción: el aumento de centros universitarios, la proliferación en ellos de licenciaturas no sólo en ciencias sociales y humanas sino también –y esto es lo relevante- en historia, la consiguiente aparición de una serie de generaciones de historiadores que se acercaron a sus investigaciones provistos de un aparato metodológico y conceptual crítico con las fuentes y desde la exhumación de acervos documentales, la formación también de grupos de historiadores mexicanos en Europa, especialmente en la Francia de los Annales, en la Inglaterra de la Historia Social, así como en las universidades de los Estados Unidos que, al socaire de la Revolución cubana y en plena Guerra Fría, despertó en potentes fundaciones un interés creciente e inusitado por formar en sus centros a los mejores y más brillantes estudiantes latinoamericanos al dotarlos con becas para desarrollar sus trabajos. Esta siembra multiconceptual obtuvo su cosecha en la historiografía mexicana. En pocos años estas generaciones de historiadores soterraron vorazmente y desde distintas metodologías la Historia Patria al tiempo que construían desde esa misma formación intelectual –lo cual no será gratuito- toda una nueva construcción interpretativa del período 1808-1821 y de su continuidad en 1821-1835. Período histórico en donde, a nuestro parecer, el triunfo de la independencia conllevó además el del Estado-nación mexicano.


    1. ¿QUÉ REVOLUCIÓN? LA MEXICANA… DE 1910

    Y junto al nacionalismo, otro acontecimiento mayúsculo del México del siglo XX se convirtió en un poderoso haz de luz que en gran parte condicionó las lecturas historiográficas del siglo diecinueve mexicano, un auténtico sismo que influyó durante décadas de manera muy notable en la “visión” que se tenía o se tiene sobre el siglo XIX mexicano. Ese factor poderosísimo se llama Revolución Mexicana. O, deberíamos decir, La Revolución Mexicana, en mayúsculas. Durante muchas décadas, para un amplio espectro de las ciencias sociales y humanas, la Revolución Mexicana se vio como el estereotipo de la “verdadera” Revolución en la Historia de México. Se trasladó y fundó un “modelo” de revolución. Es “la” Revolución, dado que se produjeron cambios en el sistema económico y en la estructura del Estado, el cual tras ella se vio reforzado y fortalecido y convertido en un Estado nacional. Revolución en el amplio sentido del concepto porque estableció incuestionables logros sociales, fue producto de movilizaciones político-económicas de las clases populares y alcanzó magnitudes colosales de cambios internos y repercusiones internacionales. Se ha considerado, se sigue considerando, con razón, que fue el período más importante de la historia de México: en cuanto al volumen historiográfico que ha generado y que sigue generando, en cuanto a la cantidad de revistas especializadas y de investigación que surgieron dedicadas a su estudio, por el número de instituciones y centros especializados en la investigación, por las publicaciones, proyectos de investigación, etc. Acontecimiento que ha influido tan notablemente en México como en Francia la Revolución francesa.
    Desde el mirador de la Revolución Mexicana se interpretó y analizó un Ochocientos en donde prevalecerían las características de un pasado presidido por la “anarquía”, golpes de estado incesantes, debilidad o inexistencia del Estado, guerras intestinas, enfrentamientos, falsos liberales y liberales falsos, caudillos, “caudillotes”, etc. Un siglo diecinueve que se interpretó también desde un pasado colonial cartesiano, burocratizado, sistematizado y con elementos vertebradores y de unión como la Corona y la Monarquía. Y es más, como si el Antiguo Régimen no hubiera sufrido también una evolución, desgaste y agotamiento desde el siglo XVI al XIX. Etapa decimonónica que estuvo culminada con otro periodo de restablecimiento del “orden” que fue el Porfiriato.
    Bajo este “prisma revolucionario” de la Revolución Mexicana a partir de la década de los treinta se examinaron otros procesos históricos, otras situaciones revolucionarias acontecidas, claro está, en el siglo XIX. Desde esta dimensión revolucionaria mexicana, se establecieron las características que tendría que tener una revolución para ser considerada como tal. Es decir, se consolidó un “modelo” revolucionario.
    La conclusión es que, desde esta perspectiva, se sometió a una dura e irreal prueba anacrónica al siglo XIX. El resultado durante muchas décadas fue que el siglo XIX, hasta el Porfiriato, fue no sólo un “caos” incomprensible, sino también décadas de invertebración del Estado, mosaico de atomización del poder que explicaba el caudillismo para finalmente desterrar cualquier propuesta de analizar rigurosamente un período de cambio revolucionario que palidecía ante los estudios y conclusiones que había producido la Revolución Mexicana. Es más, el periodo, creemos que revolucionario en muchos aspectos, de Benito Juárez fue calificado de “la Reforma” es decir, de reformista ya que no llegaba a alcanzar los parámetros verdaderamente revolucionarios de 1910. Cada vez más, la Revolución Mexicana se volvió un proceso histórico que no sólo irradiaba hacia el presente político sino oscurecía el pasado decimonónico al volverse un arquetipo revolucionario excluyente y hegemónico. En definitiva, para gran parte de la historiografía mexicana hasta los años ochenta, en 1910 se alcanzó el triunfo revolucionario “verdadero” y, por lo tanto, no hubo “otra” revolución. Como si las “revoluciones” no tuvieran apellidos que adjetivaran su carácter. Concepto Revolución que etimológicamente quiere decir cambio, pero cambio ¿de qué?, o respecto ¿a qué? Pero no se trata aquí de realizar una historia de los conceptos, que está de moda, sino los conceptos en la Historia. Además, para muchos historiadores, nacionales o extranjeros, que veían desde la atalaya de la Revolución Mexicana, la estudiaran o simplemente la contemplaran, el siglo XIX les parecía y lo interpretaron como tal, como una prolongación de la época postcolonial [1], donde se podían apreciar las enormes continuidades del colonialismo español enquistadas en un Estado débil, pusilánime que decía ser liberal pero que en realidad no era más que la continuidad de la época tardo-colonial que mantenía a la mayor parte de la población –sobre todo se hacía hincapié en la vertiente étnica y racial- en la más absoluta pobreza, degradación y exclusión. Incluso agravando su situación socio-económica dado que a las comunidades indígenas se les habían arrebatado sus tierras en “desalmadas” desamortizaciones que transformaban las tierras de comunidad en propiedad privada. Y no sólo para México, en Europa también se instaló esta interpretación respecto a los campesinos [2]. Desde estos parámetros, el análisis de la insurgencia de Hidalgo y Morelos se interpretó desde una caracterización revolucionaria popular pero también desde la asunción del fracaso debido a, especialmente, la “traición” por parte del liberalismo –criollo insurgente o gaditano- contra la vertiente marcadamente popular y étnica de la insurgencia. Porque… ¿qué otra revolución si no la de 1910 había triunfado en la historia mexicana? Es por ello que en algunas de sus explicaciones, la Revolución
    Mexicana se interpretó como el verdadero final de la colonia, la verdadera y definitiva ruptura con las raíces coloniales y postcoloniales, de las cuales el Porfiriato era su última y más refinada expresión. Es más, el propio François-Xavier Guerra realizó su tesis de doctorado interpretando el final del Antiguo Régimen en el Porfiriato y analizando la… Revolución Mexicana [3].
    Y vale la pena destacar que la Revolución Mexicana, como acontecimiento, proceso histórico y compendio de estudios sobre ella, vino a poner en evidencia los límites sociales, económicos y políticos del liberalismo para la mayor parte de la población mexicana. Las interpretaciones históricas descendían a la realidad política y social. Descendían y trascendían. Nada nuevo podríamos pensar, pero hay que significarlo y decirlo. Tras su triunfo como Revolución y tras el triunfo como Revolución Institucionalizada, el liberalismo se analizó desde un prisma teórico, sociológico, politológico, económico, etc. Pero no histórico, es decir, históricamente determinado. Liberalismo sí pero… ¿cuándo?, ¿dónde? Porque si bien el concepto puede ser el mismo, su evolución no lo es, como intentaremos explicar más adelante, lo cual no significa necesariamente, ni mucho menos, que estos autores se identifiquen políticamente con este rescate. Liberalismo que quedó a la altura de los años treinta del siglo XIX como un proyecto fracasado, desprestigiado, antipopular, propio de un proyecto político de una elite con perspectivas y sueños “europeos” y no mexicanos. A diferencia de la que era la Revolución que consolidaba cada vez más un apellido nacional –mexicana- que institucionalizaba un nacionalismo revolucionario. Revolución, y nos repetimos, desde el punto de interpretación político, historiográfico e histórico que incluyó y amalgamó a casi toda la izquierda mexicana hasta el punto de que el Partido Comunista Mexicano estuvo apoyando la política del PRM-PRI hasta la década de los cincuenta del siglo XX. En síntesis, buena parte de la historiografía progresista mexicana sostuvo, y así se interpretó, una concepción peyorativa del “liberalismo” como “algo” –teoría, ideología, Estado- que había creado la propiedad privada, mantenido la hegemonía de los grandes propietarios, arrebatando o “robándoles” las tierras a las comunidades indígenas, manipulando, traicionando y engañando a la población, manteniendo un carácter antiindígena y evidenciando un sistema no democrático, alienado y aliado con el imperialismo norteamericano.
    Interpretación del liberalismo que convivió paralela a otras de diferentes procedencias como la católica-jurídica, la Historia Patria, la indigenista o la dependentista. En suma, unas perspectivas historiográficas que fueron permeadas por el nacionalismo, la Revolución Mexicana y el fracaso del liberalismo decimonónico. Desde estas perspectivas, y no desde la de la Historia Oficial o Historia Patria, la insurgencia mexicana se analizó como los antecedentes revolucionarios “verdaderos” dado que mantenía unas características –diferentes a la mayor parte de la insurgencia hispanoamericana- de movilización popular, con altos componentes étnicos y raciales. Es más, a diferencia de Suramérica, las clases populares en México no sólo no se habían unido a los realistas sino que habían encabezado y movilizado la insurgencia contra la “opresión” del régimen colonial español, incluyendo valores revolucionarios como la justicia social, la ocupación y reparto de tierras, la abolición de la esclavitud, etc. Historiadores que veían en la insurgencia de Hidalgo y Morelos los principios de un movimiento de Liberación Nacional, como los acontecidos en los años 50 y 60 surgidos en América Latina, pero también en Asia y África tras la resaca anticolonial después de la II Guerra Mundial. Y, otra de las guindas, un movimiento insurgente que además de popular, antiespañol, antirrealista contenía un alto grado de religiosidad “nacional”, autóctona a diferencia del “liberalismo”. Y en esta visión e interpretación dicotómica, el otro antagonista, los “españoles”, dejaron de ser “peninsulares” para adquirir una nacionalidad confrontadora y antagonista con la naciente mexicana. Españoles que pronto adquirieron una categoría más política que la mera geográfica y de nacimiento: “realistas”. Categoría que venía a ser más precisa para la insurgencia y para el triunfante Estado mexicano en los años veinte en cuanto a que englobaba a todos aquellos que no se decantaron por la independencia, es decir, aquellos que pertenecían a la oligarquía novohispana y que “traicionaron” a los “mexicanos” por no encuadrarse en la liberación nacional. La lectura se hizo así más global, el realismo o monarquismo era la forma a combatir por el republicanismo, el “buen gobierno” contra el “mal gobierno”. Insurgentes patriotas frente a realistas traidores, aquellos que lo eran por su nacimiento o por sus vinculaciones y enriquecimiento gracias al colonialismo y a sus instituciones de Antiguo Régimen en la Nueva España y, por tanto, reaccionarios, oligarcas, monárquicos y conservadores. En este sentido entendemos más la aversión historiográfica hacia Agustín de Iturbide, que llega hasta el siglo XXI, y que es tal que incluso, salvo excepciones, trasciende a tan alto nivel que cubre con su manto apriorístico a un periodo histórico que cada vez nos parece más importante, 1821-1823, para explicar el Estado-nación mexicano surgido precisamente a partir de esas fechas [4]. A partir de aquí se van a establecer una serie de silogismos que llegan hasta nuestros días. Interesante porque nos ayuda a comprender una parte, no toda, de la agria aversión que parte de la historiografía considera ya no sólo la primera mitad del siglo sino cualquier propuesta de situar en el periodo 1808-1835, los límites de una revolución liberal.


    2. CRISIS DEL PARADIGMA: REVOLUCIÓN MEXICANA Y REINTERPRETACIÓN DEL LIBERALISMO

    Estas interpretaciones del liberalismo de la primera mitad del siglo XIX comenzaron a cambiar a fines de los cincuenta. En 1957 Nettie Lee Benson [5] publicó su estudio sobre el Federalismo mexicano y sus orígenes gaditanos demostrando el entronque común entre el Doceañismo y el Estado federal a partir, especialmente, de las diputaciones provinciales.
    Toda una novedad que irrumpe en el panorama historiográfico mexicano porque estas premisas, liberalismo-republicanismo federal, eran una de las bases de las explicaciones de la historiografía conservadora y católica sobre la creación del Estado-nación mexicano. Sin embargo la investigadora norteamericana no era “sospechosa” ni mucho menos de ambas, es más hizo gala en sus estudios de un aparato crítico envidiable que era más difícil de objetar que las meras conclusiones ideológicas- políticas, menos empíricas y más jurídicas. Benson se anticipó a su época diez años. Su estudio abrió un nuevo frente que se creía cerrado al mantener una premisa innovadora: el liberalismo podía haber tenido en el siglo XIX, durante momentos coyunturales, una capacidad importante de cambio.
    Cambio que había provocado, bien desde el evolucionismo bien desde las transformaciones, la ruptura cualitativa con el Antiguo Régimen que devino en un nuevo Estado, el federal. La diferencia notoria en estos planteamientos es que estos autores sostenían que estas transformaciones se habían producido mediante instituciones y procesos electorales creados en las Cortes de Cádiz. Cortes que de “españolas” pasaban a su concepción de “hispanas” y en donde los diputados novohispanos tuvieron,
    no sólo una participación muy importante, sino que además trascendieron con sus propuestas a los decretos y a los artículos de la Constitución. Al tiempo que fueron capaces incluso en los años veinte de establecerlos en el México independiente, al menos hasta 1826 con la creación de las constituciones de los estados [6]. Y junto con Benson, Charles Hale es otro de los clásicos que planteó una de las novedosas vías de reinterpretación de la independencia y de los años siguientes, acerca del “liberalismo” y de los periodos liberales como fases de la historia desacralizando sus anatemas post-revolucionarios [7]. Su propuesta afinada y significativa: el liberalismo de José María Luis Mora. Un político y un pensamiento que se acerca a lo que en los años noventa y principios del siglo XXI será la contraofensiva del “republicanismo clásico”. Un liberalismo crítico con el Antiguo Régimen, que prima el Estado frente al individuo, antagónico con el corporativismo, e incluso, con signos de laicismo. Mas los libros de Netie Lee Benson y Charles Hale no lograron llamar la atención de los historiadores del siglo XIX acerca de lo oportuno y deseable que era estudiar el liberalismo antes de la reforma. Es significativo que su obra clásica sobre la Diputación Provincial se haya reeditado en español sólo hace unos años, en 1994. El estudio del liberalismo cobró relevancia a partir de los años ochenta del siglo pasado debido a varios acontecimientos, entre los que apuntamos en primer lugar los relacionados con la suerte del paradigma “Revolución Mexicana”. Tres hechos trascendentales en la historia de México y en la historia universal van a cambiar el rumbo en la perspectiva de las interpretaciones de la Revolución mexicana y, con ella, de los orígenes del Estado-nación mexicano. En primer lugar, el cuestionamiento de los logros de la revolución de 1910. En la década de los años cuarenta, Daniel Cosío Villegas y Jesús Silva Herzog [8], y con ellos otros más, escriben de manera crítica sobre el sentido histórico de 1910, al punto de que se cuestionan si la revolución ha muerto. Es en este contexto, o mejor dicho alimentado por este contexto intelectual, cuando Cosío Villegas establece el seminario de Historia Moderna de México y publica, en 1955, el primer volumen sobre la Reforma liberal de Juárez. Cosío rescata el liberalismo pero no el de la primera mitad del siglo XIX sino el de Benito Juárez. Y además con una raigambre modernizadora que la hará fracasar el Porfiriato y, atención, la propia Revolución Mexicana. Es obvio que los tiempos historiográficos en estos años sesenta están cambiando. Juárez y su “liberalismo” fueron
    rescatados frente no sólo al porfirismo sino también a la Revolución Mexicana. Y si en la década de los cuarenta y cincuenta los intelectuales se preguntaban si la Revolución Mexicana había muerto, después de 1968, después de la matanza de Tlatelolco, el acta de defunción fue expedida y gritada. La Revolución “institucionalizada” era cuestionada por autoritaria, ademocrática y, ahora, represiva. Al mismo tiempo su discurso anti-liberal empezaba también a ser puesto en duda. 1968 significó, en ese sentido, un cuestionamiento general del PRI, de los logros de la Revolución, de la Revolución que se ha institucionalizado. Censura que también se evidencia en las casi primeras críticas por parte de intelectuales prestigiosos como Octavio Paz y Enrique Krauze.
    En tercer lugar, el panorama mundial de la izquierda también estaba cambiando. Hubo una revolución a fines de los años cincuenta que también sacudió al mundo, y especialmente, a América Latina: la Revolución Cubana, una revolución socialista. En la isla caribeña acaeció sí una revolución, pero sobre todo socialista. Y este hecho histórico repercutió en la historiografía mexicana, en particular sobre el México posterior a 1910. En América Latina sucedieron en el siglo XX dos revoluciones, y a partir de 1960, la importante como paradigma de investigación y como bandera política de la inmensa mayoría de los intelectuales de izquierda fue la cubana. Fue inevitable que los historiadores de la Revolución Mexicana la compararan, explícita o implícitamente, con la caribeña. Y en la comparación la desventaja estaba en contra de la Revolución Mexicana. A ésta, los llamados historiadores revisionistas, es decir, la generación post-Cuba y post-68, la estudiaron con ojos críticos buscando sus debilidades, las cuales rápidamente encontraron. De ser la “primera revolución social del siglo XX” pasó a ser “La Gran Rebelión”, según Ramón Eduardo Ruiz [9]; la “Revolución interrumpida”, en palabras de Adolfo Gilly [10] o una “Revolución burguesa”, al entender de Arnaldo Córdova [11]. Y en lo que respecta a este estudio, vale la pena destacar que estos cuestionamientos de los historiadores revisionistas hicieron tambalear el paradigma de la Revolución Mexicana, es decir, el eje articulador de la historia moderna y contemporánea de México.
    Sin duda, el “deslave” del paradigma de la Revolución Mexicana fue importante, mas sólo fue hasta la década de los noventa del siglo pasado que el tema del liberalismo de la primera mitad del siglo XIX logró otros vuelos y recibió una atención creciente. Varios hechos son claves en este proceso de reconversión, rescate y revisión del proceso histórico e historiográfico que estamos analizando. Los noventa no se describen y definen por el impacto revolucionario socialista de Cuba, sino todo lo contrario: la caída del Muro de Berlín, el derrumbe del sistema socialista en Europa y sus repercusiones en el mundo. El liberalismo empieza a resurgir como propuesta viable de futuro, al cual no es ajena la historiografía. En el caso de México, los intelectuales de izquierda comienzan su interés por las instituciones liberales antes la caída del Muro, y evidentemente, todo estaba en relación con las elecciones de 1988 con la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas. Un ejemplo al respecto: la revista Memoria. Revista de política y cultura, dirigida por Arnoldo Martínez Verdugo, líder histórico del extinto Partido Comunista Mexicano y dirigente de los partidos Socialista Unificado de México y Mexicano Socialista, se convierte en un foro donde se discute la importancia del apoyo a las instituciones democráticas, la importancia de las elecciones y del voto, la representación parlamentaria e, incluso, la relación entre el liberalismo y el pensamiento socialista. Los noventa en México también son los años del Tratado de Libre Comercio (TLC), de la rebelión de Chiapas y del subcomandante Marcos, del crack económico y del “liberalismo social” de Salinas. El cóctel es explosivo. Y también es significativa y actúa como termómetro, la reedición de un libro que había quedado medio enterrado y casi desapercibido como explicación de los años cruciales de gestación del Estado-nación mexicano: el mencionado y citado ya de Nettie Lee Benson que se vuelve a reeditar en 1994 por El Colegio de México. El tema, el periodo, su propuesta, cobran especial relevancia en la década de los noventa. Los estudios sobre el origen hispano del México decimonónico empiezan no sólo a proliferar sino también a tener eco y resonancia en sectores muy dispares de la historiografía mexicana. Porque dispares son las propuestas de presentar la construcción del Estado-nación mexicano. Ya las hemos comentado, insistimos en ello: desde las propuestas jurídicas continuadoras de la tradición jurídica-conservadora y católica de Manuel Ferrer Muñoz [12], José Barragán [13], José Luís Soberanes [14], etc., hasta los estudios, en ocasiones pioneros, de Jaime E. Rodríguez [15], Virginia Guedea [16], Christon Archer [17] y Juan Ortiz [18], en donde la insurgencia novohispana está puesta en relación con las propuestas gaditanas tanto en la península como en Nueva España, desde el punto de vista electoral, constitucional, parlamentario o armado. Así la crisis de los sistemas autoritarios y la consiguiente puesta en marcha de la transición política favorecen una nueva visión del pasado liberal. Así sucedió en México, pero también en España. A partir de los años setenta, en los últimos tiempos de la dictadura franquista, comenzó una carrera vertiginosa de estudios del liberalismo decimonónico. Liberalismo de la primera mitad del siglo XIX -Cádiz, sus Cortes, su Constitución, sus decretos, el Trienio Liberal, la época isabelina, las desamortizaciones, el carlismo, etc.– que fue mitificado como un periodo histórico, escaso y corto, pero en donde se había intentado un proyecto parlamentario de Estado abortado por la nobleza y parte de la burguesía conservadora. Hubo un interés por el estudio del liberalismo en cuanto a “libertades” individuales, de reunión, de asociación, de expresión, de prensa, etc. [19]. Todas ellas aparecieron como fórmulas no sólo deseables sino a conquistar porque la coyuntura política era de dictadura fascista, represión y exilio. Incluso los partidos mayoritarios de la izquierda como el PSOE o el PCE condicionaron buena parte de sus estrategias, de sus programas, de sus pactos y de su proceder durante la Transición política a un consenso en pos de mantener y conseguir como casi fin último la democracia, renunciando incluso a su ideario republicano en lo político, marxista en lo teórico en el caso del PSOE y leninista en el caso del PCE. Fue en ese contexto y no en otro, donde tuvieron mucho éxito autores como Miguel Artola [20] y editoriales como Alfaguara con títulos tan sugestivos como La burguesía revolucionaria. A los que se unieron obras de otros historiadores con prestigio y enfrentados al régimen franquista como las de Josep Fontana [21], Álvarez Junco [22], Enric Sebastiá [23], Bartolomé Clavero [24], Jordi Maluquer de Motes [25] o Manuel Tuñón de Lara [26] entre otros, que contribuyeron a plantear un debate sobre el cariz revolucionario de la burguesía española y el alumbramiento de un Estado-nación liberal y revolucionario hasta 1875. Es por ello que el concepto liberalismo, como vertiente histórica, tuvo para la historiografía española en esos años un carácter netamente progresista, a diferencia de México, pues con estos temas del liberalismo “revolucionario” se enfrentaba al régimen franquista, a la Dictadura, y por lo tanto una parte de la historiografía se fue al “rescate” de las cenizas parlamentarias y constitucionales del siglo XIX, a los aspectos “revolucionarios” frente a la Monarquía absoluta que cada vez más podía identificarse con el antiguo régimen franquista tal y como se le denominó durante los años de la Transición y primeros de los ochenta.


    3. FRANÇOIS XAVIER GUERRA, EL REPUBLICANISMO “CLÁSICO” Y
    LA HISTORIOGRAFÍA SOBRE EL LIBERALISMO


    En los años noventa del siglo XX no sólo cobró realce la importancia historiográfica sobre el liberalismo de la primera mitad del siglo XIX, sino también se abrieron dos líneas de investigación que cuestionan la importancia y el impacto en todos los órdenes del México decimonónico que llegó a tener esta teoría política. Sin duda la primera y más importante de esta línea de investigación tiene nombre y apellido: François- Xavier Guerra y su Modernidad e independencia27, trabajo en el que se trazó una interpretación que tuvo un peso enorme en la historiografía iberoamericana. Su tesis fue que la Independencia iberoamericana fue producto de un cambio cultural que provocó prácticas políticas del Antiguo Régimen que los liberales adaptaron a los nuevos tiempos mediante un vocabulario nuevo y atractivo. Desde esta forma fue el Antiguo Régimen quien se acabó adaptando a las nuevas prácticas políticas incorporando un lenguaje novedoso pero con “prácticas” de Antiguo Régimen, por lo que el sentido corporativo de la sociedad se mantuvo. La conclusión era evidente: el individualismo posesivo de los clásicos anglosajones no se impuso en América tras la independencia. Para Guerra fue innegable el cambio político, ideológico, desde una ruptura cultural sin que ello produjera una revolución social. Llegó la Modernidad y con ella se omitieron los cambios en los aspectos económico-sociales. Guerra, por lo tanto, también se alineó, si bien de una forma particular y desde concepciones culturales, con las tesis que establecían las continuidades del Antiguo Régimen durante el siglo XIX, en última instancia. Mas no hay que identificarlo con la vieja idea dependentista de, entre otros, André Gunder Frank [28], teoría que tuvo un amplio arraigo entre la comunidad de historiadores, antropólogos y politólogos latinoamericanos y latinoamericanistas. Pero este arraigo académico es probable que haya sido una de las razones por las que tiene tanto eco la propuesta de Guerra entre historiadores que se habían instalado en esa concepción de los setenta. Para Guerra el liberalismo no influyó en Hispanoamérica porque existía una cultura poco permeable a éste basada en las comunidades de naturales o corporaciones, en las sólidas por más de trescientos años instituciones de Antiguo Régimen y en los “imaginarios” o representaciones que había creado como referentes de la sociedad. Es por ello que el mundo católico hispano se movía con unos parámetros propios de la lógica corporativa más que del individualismo. Parámetros a los que el liberalismo lo único que pudo hacer fue adaptarse y, como mucho, cambiar el significado de las palabras, conceptos e instituciones. El verdadero envite de Guerra y su interpretación era contra la Historia Social. En su historiografía queda eclipsado el ser social, sus confrontaciones de clase, el conflicto, sus contradicciones, es más, también lo individual, para dar paso a las pervivencias de una interesante, en cuanto a nueva propuesta metodológica, mistificadora visión de lo “antiguo” y lo “moderno”. El republicanismo clásico, otra línea de investigación historiográfica construida especialmente desde la ciencia política, cuestionó la relevancia y, sobre todo, las limitaciones y fallos de la teoría liberal en la construcción del Estado-nación mexicano. Un importante libro por la amplia consulta que generó y genera ayudó a preparar el terreno a favor de las publicaciones y escritos desde esa línea de investigación. Nos referimos a Ciudadanos imaginarios de Fernando Escalante, quien sostenía, con sus propias palabras, que “en el pensamiento político mexicano del siglo (diecinueve) dominan indudablemente algunos de los temas básicos de la tradición liberal… Sin embargo, dichas ideas aparecen entreveradas con otras, mezcladas con unas prácticas y unas estrategias políticas que no son sólo distintas, sino opuestas a ellas” [29]. Su conclusión era que el liberalismo era imposible en México. En el año 2000 se publicó En pos de la quimera. Reflexiones sobre el experimento constitucional atlántico, al que siguieron una serie de artículos y libros [30] que adoptaban en gran parte los postulados de la teoría del republicanismo clásico de autores anglosajones, sobre todo de John Pocock y Quentin Skinner. Siguiendo una estrategia ya ensayada en Estados Unidos en la década de los sesenta cuando se publica el libro de Bernard Baylin [31], José Antonio Aguilar Rivera se centra en las fallas intrínsecas del diseño institucional del liberalismo. Las formas tradicionales o de Antiguo Régimen, como plantean Escalante y Guerra, no eran razones suficientes para explicar la “imposibilidad” del liberalismo; esta teoría política no sólo había generado ciudadanos imaginados; peor aún, sus erróneas quimeras habían causado la inestabilidad política del Estado nacional mexicano. El resultado es concluyente: el republicanismo mexicano no triunfó en México, porque no le dejó el liberalismo decimonónico de la primera mitad de siglo, de ahí las múltiples carencias del estado mexicano decimonónico.


    4. LIBERALISMO O ¿LIBERALISMOS? LIBERALISMO
    HISTÓRICAMENTE DETERMINADO

    En la última parte de este artículo presentamos los supuestos y considerandos historiográficos y metodológicos que han guiado nuestras investigaciones sobre el liberalismo en la primera mitad del siglo XIX32, así como varios tópicos que consideramos se deben de tener muy en cuenta para investigar este tema. En primer lugar, es necesario conocer el funcionamiento del Antiguo Régimen de la Nueva España del siglo XVIII para después evaluar históricamente el impacto del liberalismo en México. En esto coincidimos con François-Xavier Guerra, Antonio Annino o Beatriz Rojas. Pero diferimos de ellos en que nosotros ponemos el acento analítico en las tensiones sociales e institucionales que marcaron de forma determinante la sociedad corporativa novohispana. En efecto, para finales del siglo XVIII y en la primera década del XIX, el funcionamiento institucional del Antiguo Régimen estaba marcado por múltiples tensiones [33]. Los orígenes de éstas eran multivariables e iban desde la presión de los grupos económicos, como los comerciantes de Veracruz y Guadalajara, los integrantes de los gremios, pasando por la desigual estructura racial, con indios, pardos y mulatos hasta la demanda de los pueblos sujetos por incorporarse a la jerarquía territorial. Mas la constatación de estas tensiones, si bien es muy importante ya que frecuentemente se olvidan, no es suficiente para comprender cabalmente la fortaleza o debilidad del Antiguo Régimen. En otras palabras, todo sistema político e institucional vive en un equilibrio inestable. Por consiguiente lo que también se debe de investigar es la capacidad que tiene ese sistema para canalizar institucionalmente las tensiones de los grupos sociales, para dar una mínima satisfacción o salida a estas confrontaciones y a los diversos intereses sociales y económicos e, incluso, para cooptar o reprimir a los desafectos a las bases de funcionamiento de ese sistema político e institucional. En este sentido, se podría decir que el Antiguo Régimen en la Nueva España, en muchos aspectos sociales, económicos, políticos y culturales fue un sistema muy antiguo y anquilosado, mientras que en otros, pocos, logró canalizar satisfactoriamente las tensiones. Es decir, para 1807 el Antiguo Régimen en Veracruz, por ejemplo, no gozaba de buena salud. Sólo a partir de estas dinámicas sociales y de la incapacidad de la sociedad corporativa para resolverlas, se puede entender el impacto del liberalismo entre los grupos sociales mexicanos de la primera mitad del ochocientos. En segundo lugar, es pertinente abandonar el concepto global de liberalismo por el de “liberalismos”. Para el caso español, el concepto del término liberal varió, obviamente, a lo largo de su historia. Varió no sólo su ideología, sino también su propuesta política por las diferentes coyunturas, por las diferentes fuerzas sociales que les apoyaron, se sumaron, se opusieron y se desengañaron. En el siglo XIX el liberalismo doceañista pasó de ser considerado revolucionario por cuanto antagonista del Antiguo Régimen y de Napoleón durante el periodo 1810-1814, a ser mitificado tras la restauración absolutista de 1814, para empezar a ser considerado moderado en los años veinte cuando sectores más populares y radicales del liberalismo exigían medidas contundentes y rápidas para consumar la revolución liberal a partir de 1821 frente al Antiguo Régimen. Los denominados “integrantes de la baja democracia” consideraron ancladas y moderadas las propuestas en los años veinte de los denominados en estos años como “doceañistas” y con ello señalados casi como moderados. Y el concepto de “liberalismos”, a partir de su evolución y cambio debido a coyunturas y procesos históricos concretos, también lo hemos delimitado poniéndole nombre y apellido: liberalismo gaditano. Desarrollado ya en otros estudios, tan sólo nos limitamos en esta ocasión a señalar sus señas de identidad y consecuencias. Las Cortes de Cádiz establecieron los fundamentos para la mayor parte de los territorios iberoamericanos de un Estado-nación, con un ejército nacional, una Hacienda nacional, una soberanía nacional, una Constitución que limitó las competencias del rey, unas Cortes con elecciones con sufragio universal indirecto, la creación de una serie de derechos que establecieron la ciudadanía rompiendo con la estructura privilegiada del Antiguo Régimen y con la categoría de súbditos, la división de poderes, el arrebatamiento del poder jurisdiccional a la nobleza y al rey, la abolición de los señoríos incluido el patrimonio del rey, etc. Señas de identidad que supusieron un
    cambio jurídico cualitativo capaz de transformar las estructuras de la sociedad de Antiguo Régimen. Y por último, hay que tener muy en cuenta que la guerra de independencia, la lucha entre realistas e insurgentes, transformó parte de las estructuras de organización básicas del Antiguo Régimen, y lo importante es que estos cambios facilitaron que la legislación gaditana contara con el apoyo de varios grupos sociales y de las propias autoridades. En otras palabras, la guerra abonó el camino para que tuviera
    arraigo social, político e institucional el liberalismo de las Cortes gaditanas; o parafraseando a Clausewitz, la guerra si fue la política por otros medios. La guerra civil lo primero que transformó fue la materia básica de las guerras: las fuerzas militares. Si bien las autoridades novohispanas intentaron en un primer momento, es decir, después de septiembre de 1810, conservar la estructura del ejército y de las milicias provinciales coloniales, que se basaban en las diferencias étnicas y de privilegios [34], los militares realistas pronto crearon una nueva organización armada con el fin de hacer frente a los insurgentes. Estos nuevos cuerpos militares diferían radicalmente de las milicias coloniales: eran convocados a las armas todos los “ciudadanos” sin distinciones de raza o privilegio; sus mandos, en algunos casos, fueron elegidos por los propios milicianos; sus oficiales no tenían que cumplir con determinadas características corporativas y forales, sino sólo con “el coraje de su persona”, y se crearon las milicias de patriotas en cada uno de las poblaciones del virreinato de la Nueva España. Esta nueva organización militar, establecida durante la lucha entre realistas e insurgentes, será la base a partir de la cual se crearán las milicias nacionales de la legislación gaditana. Las autoridades militares novohispanas apoyaron con entusiasmo una de las instituciones de la Constitución de 1812: los ayuntamientos gaditanos [35]. Esta fue una estrategia de guerra que, como se tiene bien documentado, fue impulsada por los militares realistas con el fin de dotar de “libertad civil” a grupos sociales y raciales que habían exigido infructuosamente su integración a la sociedad corporativa colonial. En efecto, las castas y pardos, los indios de pueblos sujetos y los vecinos principales de poblaciones había exigido que se les dotara de su propio cabildo, sin que hubieran recibido respuesta favorable por parte de la Corona. La guerra vino a dar cumplimiento a esas demandas. Las autoridades respaldaron la “revolución municipal” [36] de la legislación gaditana con el fin de evitar la incorporación de esos grupos a los insurgentes. La guerra facilitó que la igualdad impositiva, otro de los elementos centrales del nuevo proyecto de sociedad del liberalismo gaditano, comenzara a funcionar en la Nueva España. La lucha contra los insurgentes y las constantes penurias de la Real Hacienda obligaron a las autoridades a cobrar, entre 1812 y 1814, y a seguir cobrando, entre 1814 y 1821, los impuestos directos establecidos por las Cortes de Cádiz, que tenían como principal objetivo social y político abolir los privilegios y exenciones ante los gravámenes. Durante la lucha entre insurgentes y realistas, la población novohispana se acostumbró, a pesar suyo, a estas exacciones, y también las instituciones fiscales, llámese burocracia real, ayuntamientos y juntas de arbitrios, se adaptaron a la recaudación de las contribuciones directas de las Cortes de Cádiz. Esta fue otra herencia de la guerra que contribuyó a transformar la real hacienda en la hacienda pública del liberalismo gaditano. Y se podrían enumerar otros cambios más que generó el liberalismo gaditano
    en gran parte debido a la lucha entre realistas e insurgentes. Lo que queremos dejar asentado es que la crisis del Antiguo Régimen y los cambios generados por la guerra de independencia es una de las premisas principales para entender los propios resultados de la lucha entre insurgentes y realistas entre 1810 y 1821. En segundo lugar estaría el influjo que alcanzó la legislación gaditana en la Nueva España, primero, y después en el México de la primera mitad del siglo XIX. Esta tríada, crisis de la sociedad corporativa, guerra y liberalismo gaditano, nos ha permitido, primero, identificar y después, analizar los cambios que heredó el México de la primera mitad del siglo XIX. En otras palabras, estudiar esa tríada nos ha permitido sostener que el liberalismo gaditano en México provocó cambios revolucionarios que transformaron aspectos fundamentales de las estructuras sociales, políticas, institucionales y económicas de la sociedad corporativa. Al contrario de los historiadores que sostienen en el siglo XIX predominaron las continuidades, que lo que funcionó fue un estado postcolonial, que las herencias coloniales moldearon el Ochocientos mexicano, que el Antiguo Régimen llegó hasta 1880, como sostuvo en sus tesis de estado el profesor Guerra, nuestra línea de investigación nos ha permitido identificar las transformaciones que suscitó la fuerte vinculación entre la guerra, el liberalismo y la crisis de Antiguo Régimen. Mientras que los primeros coinciden en que las “continuidades” fueron las que marcaron y en gran parte determinaron el desarrollo y el propio funcionamiento de los “cambios”, nosotros consideramos que el acento debe de ser puesto en las transformaciones, y en particular, en las “rupturas” muchas de las cuales determinaron un antes y un después. Cambios y continuidades no es un juego de palabras [37], sino que implican dos perspectivas historiográficas que difieren en puntos teóricos fundamentales. E intentamos cerrar estas páginas con el primer tema que abordamos. De las revoluciones, ¿sólo la de 1910? Para nosotros la respuesta es no. En el siglo XIX se produjo una revolución, y el adjetivo es fundamental, es liberal. Una revolución liberal y no una Reforma. Un cambio fundamental que inicia con los cambios revolucionarios generados por el liberalismo gaditano y la guerra de independencia. Proponemos que esta sea la perspectiva historiográfica con la que se investigue el Ochocientos mexicano.


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    1975 “¿Qué historia? Algunas cuestiones de historiología”. Sistema, 9. Madrid, abril, pp. 5-26.
    TUÑÓN DE LARA, Manuel (ed.)
    1980 Historiografía española contemporánea. X Coloquio del Centro de Investigaciones Hispánicas de la Universidad de Pau. Madrid. Siglo XXI.
    VÁZQUEZ, Josefina Z. (coord.)
    1999 Recepción transformación del liberalismo en México. Homenaje al profesor Charles H. Hale. México. El Colegio de México.
    2003 El Establecimiento del primer federalismo en México. México. El Colegio
    de México.


    [1] Entre otros, pero sin duda alcanzó una notoria trascendencia el libro de STEIN y STEIN, 1984.
    [2] MAYER, 1984.
    [3] GUERRA, 1988.
    [4] FRASQUET, 2004. VÁZQUEZ (coord.), 2003.
    [5] BENSON, 1955.
    [6] Uno de los historiadores, discípulo de Benson, que proyectó su tesis más allá de México ha sido
    Jaime E. RODRÍGUEZ O., RODRÍGUEZ, 1996.
    [7] HALE, 1972.
    [8] Los textos de Cosío Villegas y de Silva Herzog están recogidos en ROSS (ed.), 1972.
    [9] RUIZ, 1984.
    [10] GILLY, 1971.
    [11] CÓRDOVA, 1977.
    [12] FERRER, 1993.
    [13] BARRAGÁN, 1978.
    [14] SOBERANES, (ed.), 1992.
    [15] RODRÍGUEZ, 1980, 1992a y 1992b.
    [16] GUEDEA, 1992 y 1994.
    [17] Una edición de sus principales artículos en ARCHER, en prensa.
    [18] ORTIZ, 1997.
    [19] Es amplísima la bibliografía sobre la revolución burguesa en España, pero como índice de esta controversia desde punto de vista contrapuestos consultar: PÉREZ, 1980. pp. 91-138. RUIZ TORRES, 1994. PIQUERAS, 1996 y 2000.
    [20] ARTOLA, 1973.
    [21] FONTANA, 1971.
    [22] ÁLVAREZ, 1985.
    [23] SEBASTIÁ, 1971, 2001.
    [24] CLAVERO, 1974.
    [25] MALUQUER DE MOTES, 1977.
    [26] TUNÓN, 1975.
    [27] GUERRA, 1992 y 1993.
    [28] FRANK. 1975. FRANK, PUIGGRÓS y LACLAU, 1969.
    [29] ESCALANTE, 1999, p. 13. ESCALANTE, 1995. Véase también la traducción de ESCALANTE de SKINNER,
    1998.
    [30] AGUILAR, 2000 y 2001. AGUILAR Y ROJAS (coord.), 2002. ÁVILA, 2002 y 2004.
    [31] Sobre dicha estrategia consultar OVEJERO, MARTÍ y GARGARELLA, en “Introducción”, 2004.
    [32] CHUST, 1987 y 1999. CHUST y FRASQUET (eds.), 2004, CHUST y MÍNGUEZ (eds.), 2003, MÍNGUEZ y
    CHUST (eds.), 2004; CHUST (ed.), 2006. SERRANO, 2002 y (en prensa). TERÁN y SERRANO (eds.), 2002, y ORTIZ
    y SERRANO (eds.), 2007.
    [33] CHUST y SERRANO, en prensa.
    [34] ORTIZ, 1997.
    [35] ANNINO, 1995, pp. 177–226. DOMÍNGUEZ, 2004; DUCEY, 2001, pp. 525-550; ESCOBAR, 1994, 1996,
    pp. 1-26 y 1997, pp. 294-316; GUARISCO, 2000; GÜÉMEZ, 2006; GUZMÁN, 1997; HERNÁNDEZ, 1993.
    [36] CHUST y SERRANO (coords.), 2007, pp. 19-54.
    [37] LEMPÉRIÉRE, 2006, p. 56.

    *En Revista Complutense de Historia de América, vol. 32, Madrid, Publicaciones Universidad Complutense de Madrid, 2007.



    Publicado por Blog de Historia Argentina e Hispanoamericana en jueves, septiembre 16, 2010 0 comentarios
    Etiquetas: José Antonio Serrano, Manuel Chust, Nueva España versus México: Historiografía y propuestas de discusión sobre la guerra de independencia y el liberalismo doceañista

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