Fuente: Informaciones, 28 de Julio de 1954, página 5.


LA REVOLUCIÓN DE JULIO DE 1854

Consecuencias de la REVOLUCIÓN

Una vastísima conspiración carlista y la caída de Doña Isabel

Mientras los políticos se disputaban las migajas del festín político, las gentes honradas se fijaban en el conde de Montemolín

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Si entre los que han escrito sobre la Historia de España del siglo XIX hubiese habido alguno que no se hubiera limitado al episodio o la efemérides, se hubiera ya dicho, y sería vulgar, que la revolución de julio de 1854, pobre y mezquina como fue e impotente para dar una Constitución, tuvo influencia tan grande en los acontecimientos posteriores que no puede compararse en este aspecto con ninguna otra revolución, ni siquiera la de septiembre de 1868.

Fue como caja de Pandora de donde salieron males incalculables. Para los progresistas resultó su último ascenso en los Gobiernos de doña Isabel, lo que les llevó luego a los sangrientos episodios del cuartel de San Gil y a la revolución de septiembre. De la Unión Liberal, surgida en la revolución de 1854, procedió la Restauración borbónica con todas sus secuelas. Los republicanos iniciaron su actuación entre aquellos abigarrados demócratas de las Constituyentes de 1854. Y hasta al partido carlista alcanzaron tantas desgracias.

Había ocurrido algo sumamente curioso. Y era que, mientras los políticos se destrozaban entre sí disputándose las migajas del festín político, las gentes honradas, sinceras y amantes de España habían ido fijando sus ojos en el conde de Montemolín, por donde el carlismo vino a ser para ellas el arca de salvación ante el sufragio que veían inminente. Y tras las personas honradas entraron también otras que habían sido incriminadas, dándose el caso portentoso de que surgiera de la revolución de julio una vastísima conspiración carlista donde andaban mezclados realistas isabelinos, moderados históricos conservadores, «polacos», esparteristas y hasta gentes de la misma Unión Liberal. Conspiraban así en favor del conde de Montemolín desde la reina, aunque parezca mentira, y el rey consorte, que no lo parece, hasta elementos de siempre separados de las actividades políticas, pasando por ministros, capitanes generales y jefes políticos de todos los colores. Allí, Fernández de Córdoba, que había ametrallado a los revolucionarios de julio, se codeaba en la conspiración con Garrigó, herido entre los revolucionarios de Vicálvaro. El rígido conde de Clonard, al lado de Prim; carlistas convenidos en Vergara, como el duque de Pastrana, a la vera de jefes liberales que habían hecho la guerra contra los carlistas. El Ejército, la Marina, el Clero, la Alta Banca, la aristocracia, se dieron cita ante la persona del conde de Montemolín, como si los empujaran aquella voz de Aparisi y Guijarro, cuando en el Congreso decía: «Mas los tiempos no han llegado y se espera al hombre todavía. Y vendrá, no lo dudéis; se ignora el tiempo, si antes o después de la revolución… Pero se sabe que vendrá». Y todo aquel movimiento se tradujo para el carlismo años más tarde en el episodio de San Carlos de la Rápita, cuyo resultado fue el cuerpo de Ortega atravesado por las balas y Carlos VI muriendo poco después en el Extranjero.


CAÍDA DE DOÑA ISABEL

Mas también tuvo otra consecuencia la revolución de julio: la caída de doña Isabel. A los catorce años de la misma, la reina salía para el Extranjero, diciendo que había creído tener más hondas raíces en el país. No le quedaban defensores, y su hijo iba a tener luego por mentor el mismo hombre que, según es fama, escribió las hojas volanderas de «El Murciélago», el mismo que preparó la sublevación del Cuerpo de Guardias, el mismo político que redactó el manifiesto de Manzanares, cuyas últimas palabras eran: «Al banquillo de los reos los restauradores de los frailes». Es decir, don Antonio Cánovas del Castillo.

Inútil fue la diversión que le había salido bien a O´Donnell para centrar el patriotismo español en la cuestión de la guerra de Marruecos de 1859 a 1860, ya que gracias a la inteligencia de Prim, le fracasó la intentada más tarde en Méjico; y fracasó de nuevo en aquella guerra del Pacífico, de la que España sacó una frase de Méndez Núñez y el suicidio del almirante Pareja. La revolución de julio había dejado gérmenes en el alma del pueblo español, y por eso toda la Historia de España desde 1854 hasta 1936 lleva el signo de aquella subversión que comenzó con la traición de un general y siguió con «Pucheta» en las barricadas de Madrid.

Por eso digo que no se han sabido ligar los efectos a las causas en la Historia de España del siglo XIX. De haberlo hecho así, aquella ridícula y mezquina revolución de julio no la consideraríamos una mera efemérides en la historia, sino como algo tan trascendental que rigió la vida oficial de todo el resto del siglo XIX y el primer tercio del actual.

Nadie pensaría, entre las truculencias del «Murciélago» y las carcajadas del «Padre Cobos», que entonces se estaba forjando una triste España que de vez en cuando prendería las luminarias de los incendios de los conventos, presidiría más tarde el hundimiento de los restos de nuestro Imperio colonial, nos sujetaría al servilismo en la política exterior y entregaría la interior a la mezquindad del caciquismo, que sirvió de artilugio a la etapa de la Restauración.


Melchor Ferrer