Fuente: Informaciones, 23 de Julio de 1954, página 10.
AHORA HACE UN SIGLO:
Ahora hace cien años abrióse en España un período revolucionario de singular violencia, durante el cual la arbitrariedad y la anarquía camparon por sus respetos. No había conseguido salir adelante en sus propósitos en 1848 la revolución que entonces sacudió a casi todos los países de Europa. Narváez lo impidió. Pero Narváez siguió contentándose con que no hubiera tumultos. Más a fondo quiso Bravo Murillo remediar la cuestión; pero no duró en el Poder. Entre tanto, la tempestad se acercaba. La propaganda de los revolucionarios se hacía descaradamente en los periódicos, en la cátedra y en todas partes. Y se sucedían como sombras los Gobiernos moderados, a la vez que claramente se advertía la endeblez de la base donde se apoyaban las Instituciones.
De 1851 a 1853 hubo los Gabinetes Bravo Murillo, Roncali, Lersundi y conde de San Luis, todos de etiqueta moderada y todos en constante inestabilidad. Cundía la maledicencia contra la Corte y los políticos de la situación. Y por fin surgió el pronunciamiento. Dulce y O´Donnell se sublevaron el 28 de junio de 1854. A los dos días chocaron en Vicálvaro las tropas sublevadas con las leales. El encuentro fue más bien favorable a éstas. Pero de nada les sirvió. La coalición de descontentos, en la que figuraban algunos moderados junto a los progresistas, más nuevos grupos ya situados a la izquierda de estos últimos, siguió adelante en sus propósitos. El manifiesto de Manzanares salió a luz el 7 de julio; lo había redactado Cánovas del Castillo. Diez días más tarde –el 17 de julio– la revuelta se adueñó de las calles de Madrid. Fueron asaltados y saqueados los domicilios de destacados personajes, cuyo mobiliario y demás enseres dieron pasto en plena calle a las llamas de otras tantas hogueras. Contra el conde de San Luis y el banquero Salamanca, y, sobre todo, contra la antigua reina gobernadora María Cristina, se concitaba la mayor parte del encono popular. El Gobierno del conde de San Luis había caído. El general Evaristo San Miguel se encargó de poner coto a los desmanes callejeros. Y no deja de encerrar ironía que a quienes acababan de trastornar Madrid con una bárbara asonada les dijera Evaristo San Miguel en una alocución: «Vuestra sensatez y cordura han demostrado a los enemigos de la libertad cuán dignos sois de gozar los derechos de los que por tanto tiempo se os ha privado…».
En fin, de aquellas sangrientas barricadas y de aquellos desmanes incendiarios salió el Gobierno Espartero en los últimos días de julio. Y derribados todos los diques, la riada demagógica se extendió por España ampliamente de 1854 a 1855. El bienio progresista hizo entonces bueno lo que la revolución vituperaba en los moderados. De él no dejó «El Padre Cobos» en sus flagelantes páginas títere con cabeza.
Ya expresión más que síntoma de una desintegración política evidente, la revolución de 1854 nada a derechas hizo en el Poder. Y mientras en Aragón, Cataluña, Castilla y Navarra, apuntaban chispazos de alzamiento carlista contra los excesos revolucionarios, dentro del conglomerado que a éstos había dado aire y oportunidad con lo de Vicálvaro, Manzanares y el estallido del 17 de julio en Madrid, forjóse la escisión dispuesta a atajar a Espartero en su camino. Fue O´Donnell el instrumento. Espartero cayó en junio de 1856. Entonces se cerró el paréntesis progresista abierto en 1854. Llegaba la hora de O´Donnell y su Unión Liberal.
Pero no para arreglar las cosas, ni mucho menos. Al fin y al cabo, se trataba sólo de un remedio a medias. Y el paréntesis progresista tendría consecuencias de largo alcance, porque con un color u otro el proceso revolucionario continuaba.
LA REVOLUCIÓN DE JULIO DE 1854
Un MISTERIOSO periódico clandestino –«EL MURCIÉLAGO»– la preparó
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Aquello había comenzado con la muerte de Fernando VII, y venía desarrollándose en escenas de melodrama o de farsa y comedia. Aquello fue la Revolución de julio de 1854. Trasunto de una España pintoresca, a la que los historiadores no se atreven todavía a revolver las tripas en serio, porque es espinosa, rodeada, además, de la humareda extendida por la historia oficial del siglo pasado.
La historia pintoresca del reinado de Isabel II al llegar a la mitad del ochocientos se convirtió, por arte mágica, en una especie de imitación muy encopetada y muy romántica, eso sí, del patio de Monipodio de la picaresca cervantina. Todo anduvo en dimes y diretes. Favoritos que en palacio levantaban Ministerios o los derribaban. Generales a quienes ya no se calificaba de bizarros, sino de «bonitos». Intrigas palaciegas en que andaban mezclados el confesor del Rey y la monja confidente de la Reina. Divergencias conyugales hechas públicas por la separación del Rey consorte, que recordaba cómo Godoy, antes de enamorar a María Luisa, se había granjeado la voluntad de Carlos IV. Ministerios sin consistencia a los que se llamaba «relámpagos». «El espadón de Loja», de dictador iracundo marchando al destierro. Gobiernos que obraban según capricho de los ministros. Tal era entonces España en el naufragio de la Reina.
La madre de doña Isabel, apenas hacía veinte años cantada y exaltada, había conseguido la máxima impopularidad. Siempre que en la cámara regia se decía haberse urdido una intriga, todos creían ver tras la cortina agitarse a la viuda de Fernando VII.
NEGOCIOS INCONFESABLES
Mas también fue aquél un tiempo en el que entró una desmesurada afición a los negocios: el agiotaje fue un mal general, y en aquella España de la picaresca no se concebía negocio alguno si no se sustentaba en el apoyo descarado o encubierto de los políticos que gobernaban. Querían los hombres enriquecerse rápidamente, y las concesiones de ferrocarriles, así como las de las compañías de vapores, se prestaban al mismo juego que en la Bolsa con los valores del Estado. Para resumirlo todo, baste decir que del patrimonio de la nación se hacía almoneda.
En medio de aquellos negocios inconfesables y de una corrupción administrativa llegada a tanta exageración, fue como un suspiro aquel rotundo «¡no!» que profirió Negrete en pleno Congreso, votando él, ministro de aquel Gobierno, contra el Ministerio del que formaba parte. Era que la ética estaba tan corrompida que Negrete, ante lo que se decía de los negocios turbios, tuvo como una náusea igual a la que sentía la parte honrada de la nación.
Los revolucionarios, progresistas y demócratas, alejados de aquel banquete del Poder, aprovecharon las circunstancias del momento para atacar al Gobierno «polaco», socavando no sólo al Poder público, sino sacudiendo hasta las mismas entrañas de la Monarquía constitucional. Sirviéndose de lo que se sabía, en desenfrenada propaganda, nada era respetado: ni la Administración, ni los ministros, ni la Reina madre, ni el Rey consorte, ni la propia Isabel. Porque, en realidad, había muy poco que mereciera ser respetado.
PERIÓDICO CLANDESTINO
Y así surgió un periódico clandestino, del cual bien puede decirse que él solo es la Revolución de julio de 1854. No estaba literariamente escrito, y poca era su gracia. Decía la verdad, y también afirmaba cosas que después se sabía eran mentiras. Circulaba por todas partes y llegaba en sobre cerrado, semejante a los que se empleaban para las esquelas mortuorias, a las Embajadas y las casas poderosas. La misma Reina encontró sus ejemplares sobre su mesa de trabajo, y hasta en la intimidad de su tocador. De mano en mano circulaba en las tertulias, en cafés y tabernas; en reuniones aristocráticas y hasta en los salones de la grandeza de España. Ese periódico fue difamador muchas veces; mas otras decía verdades como puños. Todos encontraban en sus líneas la confirmación de lo que antes había llegado como un murmullo a sus oídos. Apareció en abril de 1854, y quedó ya fijado en las páginas de la historia de España. Sin él no habría habido la Revolución de julio. Viviendo en la oscuridad de su forzada clandestinidad, tomó su nombre de un animal nocturno: «El Murciélago», que revoloteaba hasta posarse en las manos de todo el mundo, lo mismo de los que eran acusados que quienes estaban ávidos de ver impreso lo que habían oído en las tertulias y en los salones.
Así fueron apareciendo aquellos sueltos y anuncios en que se condensaba la labor revolucionaria del periódico clandestino. Anuncios que expresaban la picaresca de aquellos tiempos: «Los que quieran empleos, acudan al ministerio de Fomento, donde Juan Pérez Calvo los atenderá. Pagos, adelantados»; o bien: «Ministerio de la Guerra. Empleos, grados, cruces, etc. Acúdase a don Saturnino Parra, comisionado por la Subsecretaría para tratar de precios»; y como sarcasmo, al pie del primer número: «Editor responsable, don José Salamanca. Imprenta del conde de Vilches».
En sus sueltos, si no había gracia se compensaba por la saña. Escribiendo sobre Salamanca, decía el periódico clandestino: «El hombre que engaña a unos, vende a otros y comercia con todos, excitándolos a disponer de la fortuna pública por distintos medios, merece que se fije en él la atención. A Salamanca se han unido cuantos ministros ladrones hemos tenido, y, por último, se ha unido también el duque de Riánsares, tomándole por representante para los ruidosos negocios de ferrocarriles, que han de ser causa todavía de grandes desgracias. Salamanca es el prototipo de la inmoralidad». Y en otra hoja proseguía: «Sólo el célebre Salamanca sigue adelante en sus agios vergonzosos, porque con el apoyo de su padrino el duque de Riánsares ha conseguido que el Ministerio-cuadrilla le canjee las acciones por pagarés del Tesoro, que se negocian con más facilidad, aunque con mayor gravamen para el Estado».
DESPARPAJO DE «EL MURCIÉLAGO»
E igual se expresaba referente a todos sus adversarios políticos: «Parece que el conde de Quinto ha sido nombrado gentilhombre. De seguro hace de la llave una ganzúa»; o bien: «Un Lara, que por pronunciamientos e intrigas llegó a ser teniente general; que como comandante del Campo de Gibraltar se hizo el jefe del contrabando; y como ministro vendió con el mayor escándalo los mayores galones y entorchados». No se tenía consideración a la Reina madre, escribiéndose de ella con desparpajo: «Falta un cuadro en el Museo o en El Escorial; es que la duquesa de Riánsares lo hizo llevar a palacio para copiarlo y se quedó con él o lo vendió». En realidad, el cuadro había pasado al estudio de Madrazo, que se había encargado de restaurarlo. Y volviendo de nuevo contra la Reina Madre acerca del servicio de Correos entre Cádiz y las Canarias, escribía acusador: «Cierto comerciante de este último punto, indicó a Doña María Cristina que sería una especulación lucrativa el establecimiento del referido correo, y al momento se sacó a subasta, bajo el tipo de 250.000 reales. Pero sin que nadie hiciera postura, sin que hubiera acto alguno legal y sin que el público tuviese el menor conocimiento de lo que pasaba, suponiéndose todo por la autoridad, se aprobó un remate de 500.000 reales, de los cuales tomó la mitad la duquesa de Riánsares y la otra mitad el proponente, obligándose ambos a hacer el servicio con un buque cada uno». Y todavía más agresivos, escribían más tarde: «A esta “señora” la ciega la codicia; ni ve que ha robado tanto que nada queda ya que robar, ni ve que ha jugado con el país de tal manera que no es imposible que haya en ella un escarmiento saludable que deje memoria para siempre». Y lanzándose ya contra la propia Doña Isabel, decían los de «El Murciélago»: «Los que son fieles servidores de su Reina, deben sentir, como sentimos nosotros, que la Prensa extranjera pronuncie con desprecio su augusto nombre. Deben lamentarse de que por calles y plazuelas se hable en términos nada decorosos de la vida privada de Su Majestad». Y todo para concluir diciendo que unos pensaban ya en Don Pedro V y otros en el duque de Montpensier.
Y así se fue formando como un alud de cieno y lodo que bajó hasta las profundidades del pueblo español y luego ascendió por las mismas gradas del trono, en lo cual cooperó con sus ligerezas la propia Doña Isabel, y con sus disensiones el propio Don Francisco de Asís. Alud que anegó a los Gobiernos moderados, no sirviendo para nada las polacadas. Y la Revolución de 1854, pobre, mezquina, miserable y hasta si queremos cursi, fue en la historia de España un hecho.
Melchor Ferrer
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