Males hereditarios de la Revolución francesa: el nacionalismo (I)



El nacionalismo es la ideología o actitud derivada de lo que se ha llamado el derecho de autodeterminación de los pueblos. Éste puede definirse como la capacidad y el derecho que tiene cada pueblo a constituirse en un Estado soberano. De la literalidad de esta definición se desprende el carácter irrenunciable; es decir, del mismo modo que una persona no debería poder disponer de su libertad entregándose a la esclavitud, tampoco un pueblo puede renunciar a este derecho para siempre. En la práctica, no obstante, claramente no se interpreta así, como un derecho-deber. Sería más correcto, pues, definirlo como el derecho que tiene un pueblo para decidir si quiere constituirse en Estado soberano.

A primera vista se intuye la historicidad del concepto: al ser dependiente a su vez de los conceptos “pueblo” y “Estado”, que cobran su significado actual con la Revolución francesa –como ahora se verá–, es evidente que el nacionalismo es herencia de la misma. Quedará por cuestionarse, acto seguido, su maldad.

1. Estado y Pueblo

El Estado al que toda nación tiene derecho a acceder es, discúlpese la obviedad, el Estado. Es decir, el Estado moderno (aquí el adjetivo “moderno” es calificativo, no determinativo; es decir, incide sobre un atributo del objeto al que se refiere, no sirve para diferenciarlo de otros objetos que tengan el mismo nombre). Aunque comparta la denominación “Estado” con anteriores encarnaciones de la comunidad política, constituye una realidad completamente nueva desde su nacimiento con la Revolución francesa. Brevemente, para entendernos, puede caracterizarse como el Estado que es artefacto, frente a la politicidad natural; que es neutral, frente a la ortodoxia; y que es particularista, frente al universalismo. [1] Para nuestro presente objeto conviene destacar el particularismo o la exclusividad, que como se verá tiene fundamental incidencia en la maldad del nacionalismo.

Cuando se intenta abordar el concepto de pueblo o nación, uno se encuentra con infinidad de definiciones. ¿Cuál es el carácter constitutivo de un pueblo? ¿Es un elemento objetivo, como la lengua, la cultura, la raza? Si es así, ¿cuál? ¿O se trata más bien de algo subjetivo, una voluntad de pertenencia? Es inútil ahondar sobre cada opción, pues desde esta óptica resulta un problema irresoluble. Nadie que haya intentado defender un criterio único ha conseguido convencer a los demás. El problema estriba en un planteamiento erróneo que parte de la idea de la exclusividad de los pueblos, idea sobre la que se apoya la exclusividad del moderno Estado-nación. Cuando se cree haber encontrado un criterio que engloba a todo un pueblo y a nadie más que él, irremediablemente la realidad no tarda en desmentirlo. Y esto es así porque la idea de homogeneidad y exclusividad de los pueblos no es algo que pertenezca a la realidad. Es evidente que los pueblos no son categorías estancas, de forma que donde acaba uno empieza otro. Existen distintos niveles y grados de identidad y comunidad, relacionados también con desigual intensidad en diversas extensiones territoriales. Véanse, paradigmáticamente, los Balcanes, y las consecuencias que el principio de autodeterminación nacional ha tenido en este territorio desde la caída del Imperio austrohúngaro, que en gran medida lo rechazaba.

Beato Carlos I y IV, último reinante Emperador de Austria y Rey de Hungría, expulsado en 1918
El elemento nacional es un criterio pésimo para fundar entidades políticas y delimitar sus fronteras. Sólo la Revolución francesa, aprovechando una coyuntura histórica favorable (el reforzado Estado post-westfaliano), convirtió en doctrina política y sociológica esta vinculación necesaria entre nación y Estado. Basta una mirada a la historia –el Sacro Imperio Romano germánico y la Monarquía hispánica foral, por ejemplo– para darse cuenta de que la nación (lugar de nacimiento, sin connotaciones políticas, en su significado original) no había de corresponderse necesariamente con la comunidad política para lograr una armoniosa convivencia. Estos dos ejemplos son doblemente significativos porque llevan a intuir no sólo que la doctrina nacionalista sea falsa y ficticia, sino que además su creación respondió a unos intereses minuciosamente calculados. La España foral y el Imperio destacan por las limitaciones que el poder político central encontraba en las distintas partes integrantes del conjunto. En España, las Cortes y fueros de los reinos; en el Imperio, el poder de los príncipes electores, vasallos no obstante del emperador. Estas limitaciones tenían su razón de ser en la diversidad histórica, jurídica e identitaria de cada parte constitutiva, cada una de las cuales mantenía una autonomía originaria –no delegada del poder central– y por ello no se sentía amenazada, sino más bien enaltecida, por la labor de cohesión que ejercía el poder superior. En otras palabras, la autonomía y subsidiariedad piramidal eran el requisito indispensable para que la separación entre nación y forma política fuese ampliamente bienvenida, para que los pueblos aceptasen unir su suerte políticamente con otros sin temor de perder su identidad. Esto iba acompañado del convencimiento de que cada poder estaba ordenado a la consecución de sus propios fines, y por tanto limitado por ellos, de forma claramente opuesta al carácter absoluto y único de la moderna doctrina de la soberanía. Los poderes locales inferiores, tanto como los superiores, se movían en su propia esfera: mientras que lo superior no interfierera abusivamente en lo inferior, prestarles lealtad no suponía ningún problema. No se trataba de someterse o renunciar a algo que se tenía, sino de dar a cada orden lo debido de acuerdo con su naturaleza.

Jerarquía del Sacro Imperio, culminando en el Emperador rodeado por los siete originales Príncipes-electores
A raíz de esta correlación que antes de la modernidad existía entre las formas políticas multi-nacionales (imperio español) o parcialmente nacionales (república de Florencia) y la autonomía subsidiaria, en seguida aparece una sugerente reflexión: una Revolución que pretendía destruir las sociedades intermedias y crear un despótico vínculo directo entre el Estado y el individuo encontró el medio perfecto de hacerlo postulando la inseparabilidad entre Estado y nación, proclamando el exclusivismo de los pueblos que subyace en el nacionalismo para instaurar un Estado particularista frente a la universalidad de la Cristiandad.



Jerarquía de la modernidad: individuos y Estado