Fuente: El Pensamiento Navarro, 13 de Diciembre de 1975, página 3.



Una reparación histórica de Roma a España

Por Manuel de Santa Cruz



El cardenal Caraffa ha sido desposeído de todas sus dignidades y después ajusticiado y decapitado por orden del Papa. Sus maquinaciones contra España no tuvieron límite. Vendido a intereses internacionales muy concretos y antiespañoles, y guiado sólo por sentimientos de odio contra nuestra significación política, nos difamó con alevosía, engañando al anterior Pontífice, que carecía de toda perspicacia humana y de quien era su primer consejero. Lo impulsó a un acto gravísimo: lanzó anatema y pena de excomunión contra nuestra más alta magistratura política, proyectando en esa condena todo el prestigio espiritual y religioso que tiene el Papado.

En España se tomaron esos desvaríos con serenidad. Se reunió a los más eximios teólogos de la nación y les fue sometido tan gravísimo caso. Los teólogos dictaminaron con unanimidad que el anatema era nulo, pues no tenía ninguno de los requisitos indispensables para su validez. La intromisión pontificia era un abuso y una desviación de poder, y fue simplemente repudiada, esperando pacientemente a que el tiempo diese paso a la sede romana a persona más idónea. El poder religioso invadía escandalosamente las atribuciones del poder político, no ya con insidia sino con desmedida osadía. “Dad al César lo que es del César”…

El nuevo Papa ha estudiado todas las circunstancias del caso, y verdaderamente consternado, ha tomado la resolución que encabeza esta información, y ha levantado la excomunión a nuestra primera autoridad mediante bula solemne, con todos los desagravios y excusas que el caso requiere.

Cuanto antecede pudiera parecer un caso de historia-ficción, pero es pura y verdadera historia, y fue protagonizada por el Papa Pablo IV y el Rey de España, Felipe II. Los términos de la condena pontificia comprenden la excomunión de Carlos I y “del engendro de iniquidad Felipe de Austria –dice–, hijo del llamado Emperador Carlos, el cual, haciéndose pasar por Rey de España, sigue las huellas de su padre, compite con él en infamia y aún procura aventajarle.” (¡!) En otra bula declara a Felipe II “perjuro, rebelde, cismático” y… le priva del reino de Nápoles, o por lo menos eso dice y deseaba, mezclando indebidamente lo político con lo religioso.

El siguiente Papa, Pío IV, por bula de fecha 9 de mayo de 1561, levantó la excomunión que Paulo IV, “engañado por las calumnias e imposturas del cardenal Caraffa” había lanzado contra Carlos I y Felipe II; declaró nulo y de ningún valor el proceso seguido contra ellos, y condenó a muerte e hizo entrega al brazo secular al cardenal Caraffa, convencido sin duda de que los cardenales que hacen traición a un Pontífice –a los que deben de servir con espíritu de verdad– son peores traidores que el más villano criminal, pues la traición es tanto más grave cuanto lo es la materia, y cuanto mayor sea la dignidad de las personas afectadas y la responsabilidad que ejercen.

Este expediente histórico se encuentra actualmente en una dependencia del Patrimonio Nacional, depositado en una caja fuerte.