Fuente: Misión, Número 347, 8 de Junio 1946. Páginas 3 y 20.
VAYAMOS A BALMES
Por Luis Ortiz y Estrada
Tenemos a la vista los tres artículos que Azorín ha dedicado últimamente a Balmes. Son un elogio entusiasta, cálido, fervoroso, encaminado a despertar en el gran público el balmesianismo. Vayamos a Balmes, dice Azorín, y vayamos sin prejuicios, sabiendo lo que es Balmes. En Balmes hay mucho que admirar y, sobre todo, mucho que estudiar. De gran provecho pudieron ser sus artículos para nuestros abuelos; más hemos de aprender en ellos, nosotros. De hoy a entonces media un siglo cuyas duras y costosas experiencias confirman del todo las enseñanzas del maestro.
Como no es de ocasión, sino antiguo y sincero, el entusiasmo de Azorín, no ha de sorprenderle que quien a Balmes acude constantemente, hacia él encamine sus pasos llevado ahora por la mano de sus artículos.
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Balmes pasó unos años de su vida en Cervera, capital de la Segarra. No es ésta una circunstancia baladí en la vida del escritor. Porque así lo quiso Felipe V, era por aquel entonces, Cervera, la ciudad universitaria de Cataluña. De vida floreciente, su Universidad, hasta la expulsión de los jesuitas, conservaba aún el rescoldo de los tiempos gloriosos. Por ella habían pasado Finestres –gran amigo de Mayans, que de él decía: “hombre verdaderamente perfecto por sus cuatro costados”–, Campmany, el de la FILOSOFIA DE LA ELOCUENCIA, Don Torres Amat; y en ella estudiaron Cabanyes, Milá y Fontanals, Pablo Piferrer… Es, sin duda alguna, dicha Universidad, un antecedente del renacimiento de las letras catalanas. Y algún influjo ha tenido en las castellanas. Bien sabido es que Menéndez y Pelayo se educó en la Universidad de Barcelona, cuánto debe su ciencia a Milá y Fontanals. Pues el propio don Marcelino dejó escrito en la semblanza de su maestro lo que sigue: “Heredera la Universidad (de Barcelona), por una parte, del floreciente “romanismo” de la escuela de Cervera, de la tradición jurídica, arqueológica y de humanidades que se compendia en el gran nombre de Finestres…”
En dicha Universidad obtuvo Balmes una beca en el Colegio de San Carlos; y en una de aquellas celdas, conservada hoy amorosamente como estaba entonces, estudió ahincadamente y se graduó de bachiller, licenciado y doctor en Teología y en Cánones. El doctorado de la facultad de Teología lo alcanzó con el supremo galardón, de pompa, máxima dignidad que se concedía al más sobresaliente de los graduandos, tras de reñida oposición.
La ceremonia de esta investidura no era cosa meramente universitaria, ni tenía lugar en el recinto escolar de la Universidad, sino en la Iglesia parroquial, con directa intervención del pueblo, que de toda la comarca acudía, pues constituía una de las más sonadas solemnidades de las fiestas de la ciudad. El segundo día de éstas un cortejo en el que formaban los doctores de todas las facultades, muy cerca del centenar en aquellas fechas, con sus vistosos trajes de ceremonia, desfilaba desde la Universidad a la parroquia con acompañamiento de música, clarines y timbales, presidido por el Canciller, acompañado del graduando y su padrino. Entre las filas de los doctores un ministril con una bandeja de plata y en ella la borla, el libro, la espada, el anillo y los guantes, insignias del nuevo doctor. La costumbre mandaba que éste en su discurso hiciera un elogio del monarca reinante. En plena guerra civil –año 1835– Balmes deliberadamente no hizo el elogio de María Cristina, la Reina Gobernadora. Él mismo hubo de recordarlo en su artículo VINDICACIÓN PERSONAL, escrito en plena fiebre de su más sonada campaña.
En Cervera, Balmes, se puso en contacto directo con el mundo. Vivían allí, por aquel entonces, unos dos mil estudiantes. Ilustres próceres, que cuidaban celosamente sus selectas bibliotecas, reunían tertulias literarias frecuentadas por estudiantes distinguidos. Fue catedrático suyo el doctor Caixal, años adelante obispo de Seo de Urgel, nombrado por Pío IX Vicario General castrense de los ejércitos carlistas; uno de los más famosos prelados del Concilio Vaticano. Decía Ruiz Zorrilla que si hubiera habido en España doce obispos como él la revolución no hubiera podido subsistir. Siendo canónigo de Tarragona, hacia los últimos meses de la vida de Balmes, le escribía: “Casi me han venido tentaciones de envanecerme de poder decir, pues V. lo ha dicho a todo el mundo: yo he sido maestro de este gran escritor. Hace un año y medio que le decía a V., no que continuase el PENSAMIENTO DE LA NACIÓN, sino que continuara escribiendo de política. Mn. Claret es el apóstol de la Religión, y V. lo es de la política”.
En dicha Universidad fue Balmes profesor sustituto y enseñó Teología, por más que no logró el triunfo en las oposiciones a la cátedra que dejó el doctor Caixal. Cuando a principios del 37 se suicidó Larra, Balmes no había enseñado matemáticas. Esto fue más tarde. Solicitó en Vich esta cátedra en agosto de aquel año, la obtuvo en septiembre y empezó sus lecciones en octubre.
No. Al considerar a Balmes como escritor, no pueden olvidarse los años de su residencia en Cervera. Son un antecedente que es necesario ponderar en su justo valor. Por eso los tienen muy en cuenta Torres y Bages y el P. Casanovas en los profundos estudios que de Balmes han hecho.
Por lo que puedan valer, ahí van algunas minucias. Hizo Balmes viajes a Madrid, ciertamente; pero bueno es precisar que vivió en Madrid, con residencia en la calle de Leganitos, desde principios del año 44 hasta principios del 48, en que, ya enfermo, se trasladó a Barcelona y Vich, sin levantar la residencia, donde murió el 9 de julio de aquel año, a los treinta y ocho de edad. En el 44 sólo publicó el último volumen de las ediciones castellana y francesa de EL PROTESTANTISMO; los tres primeros de aquélla y los dos últimos de ésta vieron la luz los años 42 y 43.
Precisar los datos anteriores no es obra de romanos. Basta tener a la vista las efemérides balmesianas del último volumen de la edición de las obras completas de Balmes y los tres grandes y documentadísimos tomos de su vida escrita por el jesuita P. Casanovas.
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Con razón ensalza Azorín la gran campaña de Balmes sobre el matrimonio de doña Isabel. “Jamás en la Prensa española, escribe, se habrá producido un hecho como éste: de tan fina comprensión, de tanta constancia, de tanta perseverancia, de tanto fervor, de tanto entusiasmo”. Tiene razón Azorín. Más la tendría si hubiera añadido: de tanto talento, de tanta prudencia, de tanta sabiduría; porque el talento, la prudencia y la sabiduría alimentaron, guiaron y regularon las finas cualidades tan perspicazmente advertidas en las palabras citadas. Y la tiene, a nuestro entender, contra tantos biógrafos y críticos, al atribuir a dicha campaña la causa de enfermedad y muerte de nuestro autor; no sólo por el desgaste, hijo del mucho empeño que en ella puso, sino por la desdichada solución que precipitadamente dieron los políticos al matrimonio real. La clara inteligencia de Balmes se dio cuenta de los daños que la patria sufriría, cuando tan fácil había sido salvarlos y prepararla un lucido y próspero renacimiento. En la tribulación que este choque le produjo tuvo su origen la enfermedad y su rápido desenlace; no en las críticas de su folleto PIO IX. Tiene razón Azorín y con mucho gusto lo escribimos otra vez con el deseo de que quede para siempre claro este asunto.
No anduvo tan acertado al escribir: “Y lo fundó con el principal objeto de intentar la solución de la cuestión dinástica”; “la cuestión dinástica la veía Balmes resuelta por el casamiento de Isabel II con el conde de Montemolín, hijo del pretendiente don Carlos”; “la doctrina de Balmes… se resume en un solo vocablo: concordia”.
En esta parte, verdadera razón de nuestro comentario, queremos ser escrupulosamente fieles al pensamiento de Balmes. Nos guste o no nos guste, no quisiéramos en manera alguna falsearlo; ni acentuar siquiera más de lo debido algún matiz importante, ni debilitar otro por debajo de su natural relieve. Por eso queremos que sea Balmes el intérprete de Balmes. No sería este procedimiento muy exacto en aquellos autores cuyo pensamiento varía a lo largo de su vida. Lo es en Balmes porque su pensamiento político alcanza el límite máximo de coherencia en el curso de su corta pero intensa vida política, cuyo resumen y quintaesencia se encuentra en sus famosas CONSIDERACIONES POLÍTICAS… de las que sus artículos y su actividad son sólo comentario y aplicación.
¡Concordia! ¡Cuidado con el encanto de esta palabra! Tras de ella pueden esconderse la mala fe o un vago y disolvente idealismo. No es un sistema de gobierno. En Balmes lo hemos aprendido; él nos pone en guardia para que no nos dejemos seducir. Bello es el texto balmesiano:
“No nos hacemos ilusiones con la palabra reconciliación: creemos que expresa un sentimiento hermoso, un pensamiento de alta política, pero no un sistema de gobierno; quien la adopte por bandera, diciendo que basta predicar la fraternidad para hacer una obra maestra de política, bien puede asegurarse que o procede de mala fe o que vive en las poéticas regiones de la fantasía”. “De aquí la necesidad de pensar en el porvenir, de no fiar la reconciliación a sentimientos que, por generosos, no dejan de amortiguarse tan pronto como desaparecen las circunstancias que los inflaman. CONVIENE EXCOGITAR UN SISTEMA QUE OFREZCA GARANTÍAS DE PROTECCIÓN A TODO LO BUENO, A TODO LO LEGÍTIMO; CONVIENE APROVECHAR LOS PRIMEROS MOMENTOS, PORQUE LA OCASIÓN PASA COMO UN RELÁMPAGO. Los hombres políticos no deben confiar en esas reconciliaciones de teatro que se ejecutan entre los aplausos de una entusiasmada asamblea, los brindis de un banquete y las orquestas de un festín. Hállanse tal vez frente a frente dos ejércitos enemigos; algunos soldados salen de las opuestas filas, se adelantan unos a otros, se saludan, se estrechan la mano, se abrazan, comen, beben, danzan en la más perfecta armonía; ¿sabéis lo que vale tanta cordialidad? Un momento después cada cual vuelve a estar en su puesto; en toda la línea resuena un recio ¡quién vive! y el fuego se rompe, y la refriega se empeña, y la batalla se hace general, y los mismos hombres que se abrazaban se disparan con encarnizamiento el plomo mortífero, o se pasan a cuchillo. Fiaos de apariencias”. (O.C. tom. XXIV; págs. 286 – 287.)
Esto escribió en LA SOCIEDAD, 18 de julio de 1843, en el artículo ¿Y DESPUÉS?, cuyo sólo título es un poema. ¿Dudará alguien que reconciliación, fraternidad, armonía, cordialidad, valen por concordia?
Concordia quería Balmes, pero no para sentar en el trono a este o aquel candidato, sino para reconstituir políticamente a España sobre sus firmes bases naturales. Por eso su concordia era algo más, mucho más, que el mero matrimonio de dos príncipes. Meses antes de emprender su magna campaña, preparándola sin duda alguna, escribió unos artículos sobre la reforma de la Constitución. En ellos encontramos algo de sumo interés para nuestro objeto: el texto íntegro de la Constitución que Balmes quería dar a España. Es brevísimo, sustancioso, práctico y… de mucho precio:
“… haciendo de manera que la Constitución pudiese estar contenida en las dos caras de nuestra moneda, con pocas más de las letras que ésta lleva en la actualidad. En la una está el nombre y la efigie del soberano; he aquí el poder real; en la otra podrían estar las garantías populares en un solo artículo: “La nación en Cortes otorga los tributos e interviene en los negocios arduos”. “¿Qué fecha se le pondrá? Ninguna; tampoco la tiene la monarquía”. “No fuera mucho el trabajo de la Imprenta Nacional aun cuando se quisiesen tirar millones de ejemplares; mas nosotros no estamos por las constituciones de papel, y por esto la deseamos en dinero; lo que bien se alcanza que no carece de significado. ¿Qué más quisieran los pueblos que una Constitución en plata y oro? Todo lo demás es papel, y de deuda sin interés”. (O.C.; tom. XXVI; pág. 68.)
Ahí está el fundamento esencial, el oro de la concordia de Balmes. Un rey que reine y gobierne con raíces en las entrañas de la nación; libre de mendigar el apoyo de los partidos y las facciones del ejército para que todo pueda sujetarlo al bien común de la patria. A este fin subordinaba el matrimonio en función de medio muy conveniente para ello, razón por la que lo aceptó el carlismo. No subordinado al fin, el matrimonio no era una solución y sería seguramente un daño que Balmes no quería. Véase lo que escribió en las bases del plan entregadas a su brazo derecho, el marqués de Viluma:
“El Conde Montemolín es deseado como un elemento de fuerza en el Gobierno y de paz en la nación. ¿Se lograría esto colocándolo en una posición en que se considerase humillado? A un Príncipe español que cuenta con un partido numeroso, traerle a España para que represente el papel del Príncipe Alberto (rey consorte de la reina Victoria de Inglaterra) es una aberración que no cabe en un cerebro bien organizado. Lo que sucedería no es difícil preverlo: en vez de la reconciliación de la Real familia se habría avivado la discordia, introduciéndola en el regio tálamo”. (CHESTE, por el Marqués de Rozalejo; pág. 141.)
Realizado el matrimonio, Balmes se dio cuenta de que el problema político español no tenía solución pacífica posible. No era hombre de guerra, pero no quería ponerse frente a ella en tanto fuera la única solución posible del problema que era necesario resolver. Doña Isabel y su equipo político rechazaron rotundamente, mediante un hecho sin posible remedio, la base fundamental de la concordia de Balmes, y Balmes no quiso hablar de otro género de concordias en las que se escondían la mala fe de unos y los vagos idealismos de otros. Decidió matar EL PENSAMIENTO DE LA NACIÓN, pingüe negocio que le rendía tres mil duros anuales. Viluma quería seguir y escribió a Balmes; éste contestó diciendo lo siguiente:
“Queda mucho que hacer en interés de la nación, es cierto; pero yo no puedo detener las borrascas que van a desencadenarse ni nadie tampoco; quien lo intente se estrellará. Me dice usted que el Príncipe es buen sujeto, no lo dudo; ¿pero qué tenemos con eso? ¿Qué podrá hacer el Príncipe con la mejor voluntad del mundo? Nada, señor Marqués, nada. Se muestra usted poco dispuesto a mezclarse en política; hace usted bien. Usted no sirve para cortesano y ésta no es época de hombres de Estado. Añade usted que se trata de reunir alrededor del Príncipe consorte un centro de influjo y poder militar que sostenga el trono. Ya me figuraba que se contaba con esto. ¡Pobre país! Siempre el poder militar, como si gobernar fuese pelear y una nación pudiese convertirse en un campamento. Por desgracia en un campamento se convertirá por una larga temporada; hay hombres que se hacen la ilusión de que se pueden repartir bofetones a diestro y siniestro y que los demás los van a sufrir. ¡Tontería! Todos los hombres tienen sangre en las venas, y son tantos los que prefieren la muerte a la humillación.” (Id. íd., págs.. 147 – 148.)
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Así se explica la oposición contra el plan de Balmes. Querían los partidos conservar en sus manos el cetro de la gobernación del Estado. Por eso no deseaban otra cosa que dar un consorte a la reina que reinaba, pero no gobernaba. Balmes quería barrer los partidos y por eso ansiaba para España un rey que reinara y gobernara. De aquí que el liberalismo formara el cuadro ante el sabio ataque del genuino tradicionalismo español dirigido por Balmes. Cuestión de ideas, pero también de intereses. Balmes no está en el mundo liberal. Le rechaza éste, y hace bien, porque fue su enemigo jurado y estuvo a dos dedos de ganarle la partida. Valera leyó a Balmes, sin duda alguna, y lo leyó con verdadero interés. Como no era lerdo, ni mucho menos, y nuestro autor escribió con claridad meridiana, evidentemente le entendió. Porque le entendió no quiso seguirle, para continuar siendo liberal.
No se puede hablar de “indiferencia general” ante Balmes. Desde su primer escrito sobre los bienes del clero, atrajo la atención de todos. Su periódico, sin apenas anuncios, fue un buen negocio. Sus obras se vendían profusamente. Editadas y reeditadas en su mayor parte, pudo hablarse de treinta mil duros como precio de una edición completa. Su colección de ESCRITOS POLÍTICOS se despachaba rápidamente. Quien acudió al préstamo para los gastos de sus grados, con su pluma y el breve espacio de unos siete años, reunió un saneado capital. Rápida y grande fue su influencia política. Se discutían ahincadamente las cuestiones que él planteaba y se le combatió con verdadero encono. Llegó a tener una fuerte minoría balmista en el Congreso. Viluma, su brazo derecho, fue ministro y estuvo designado Presidente del Consejo. El carlismo aceptó y puso en ejecución su plan. Carlos V abdicó y Montemolín, ya rey, firmó el Manifiesto escrito por Balmes. En el mismo año de su muerte se publicaron extensas biografías, estudio de su obra y de su influencia en el mundo. La de García de los Santos, la de Córdoba, además de otras de menos cuerpo, como la de Quadrado en la REVISTA HISPANO-AMERICANA. El año siguiente, en Francia, publicó una Blanche-Raffin que se tradujo al castellano el año 50. También aparece su nombre en la BIOGRAFIA ECLESIASTICA COMPLETA. Sus obras no han dejado nunca de reimprimirse.
Es inmenso su valor internacional. No le hay semejante en la España del siglo XIX, como no sea Donoso. En manera alguna Larra, el europeizador. Sus obras principales se tradujeron a los idiomas europeos y se reimprimen constantemente. Incluso Blanche-Raffin preparaba la traducción de sus ESCRITOS POLÍTICOS, que la muerte interrumpió. Se relacionó con los principales personajes del mundo de su época: Pío IX, que le pidió un estudio sobre la cuestión de las nacionalidades; Chateaubriand, Guizot, el entonces cardenal Pecci, Wisemann, Du Lac y tantos otros. Así pudo escribir Santos Oliver: “Por el valor propio y por la estima ajena, por el mérito intrínseco y por el testimonio objetivo de la celebridad, se incorporó al patriarcado de la cultura humana y el mundo lo ha reconocido por suyo”.
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Algo quisiéramos comentar del paralelo entre Balmes y Larra, que ya hace años hizo Santos Oliver, pero ha de quedar en el tintero en espera de otra ocasión propicia.
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