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Tema: Entrevistas sobre Montejurra 76

  1. #1
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    Entrevistas sobre Montejurra 76

    Fuente: España 21, Número 19, 15 – 30 Mayo 1976. Páginas 12 – 15.


    Entrevista Sixto Enrique Montejurra 76.pdf




    CON DON SIXTO DE BORBÓN, VEINTICUATRO HORAS ANTES DE SER EXPULSADO

    “NOSOTROS, NO DISPARAMOS”


    “Pretendíamos celebrar un acto exclusivamente religioso, pero se presentaron gentes que no tenían nada que ver con el Carlismo”. · “Ellos (don Javier, don Carlos Hugo y los suyos) no respetan los principios esenciales de nuestra ideología”. · “Yo estuve en la cumbre. Había niebla y se veía muy poco. Es todo lo que puedo asegurar”. · La entrevista se celebró en casa de don José Arturo Márquez de Prado.







    “… ¿Oye? Que don Sixto me ha dicho que tendrá mucho gusto en recibirte esta misma tarde o mañana por la mañana; cuando prefieras…”
    .

    Setenta y dos horas después de los trágicos sucesos de Montejurra, el periodista intentaba hacer comprender a un amigo carlista, próximo a don Sixto Enrique de Borbón, la urgente necesidad de que éste contase ampliamente su versión de los hechos –y también sus intenciones políticas– ante la opinión pública, puesto que su grupo se consideraba “inocente” y libre de toda responsabilidad en ellos. Inesperadamente, media hora más tarde, el amigo me anunciaba la entrevista exclusiva. Ningún otro periodista había conseguido llegar hasta don Sixto luego de los incidentes sangrientos, siempre celosamente guardado por sus partidarios. Ya en su “cuartel general”, por espacio de una hora larga, pude observar calma absoluta en el ambiente y en el ánimo de todos los presentes. Nada hacía suponer, en fin, que escasamente veinticuatro horas más tarde, don Sixto Enrique de Borbón iba a ser expulsado de España por orden del ministro de la Gobernación, don Manuel Fraga; ni que el dueño de la casa, don José Arturo Márquez de Prado, iba a ser detenido como presunto responsable de los hechos ocurridos en Montejurra.

    No era la primera vez que intentaba conseguir una entrevista con don Sixto. Hace tres meses, aproximadamente, cuando estuvo en Madrid por vez primera, con el objeto de empezar a reagrupar carlistas desperdigados por todo el país, disconformes con la línea política de don Carlos Hugo, mi amigo ya había logrado que don Sixto accediese a tales pretensiones. Pero solicitó las preguntas por escrito. Y después de reclamar sus respuestas en diversas ocasiones, finalmente el cuestionario no me fue devuelto.

    (Según ha podido saber esta revista, el grupo carlista en torno a don Sixto Enrique de Borbón viene funcionando desde finales del verano pasado, cuando él y José Arturo Márquez de Prado tomaron contacto en la zona levantina con algunos carlistas perdidos.)


    HAY MUCHO QUE CONTAR DEL PASADO

    Don Sixto nos esperaba en casa de don José Arturo Márquez de Prado, donde habitualmente reside cuando está en Madrid, aunque también se ha hospedado en algún hotel de la capital. Es una residencia antigua y lujosa, que hace esquina entre las calles General Sanjurjo y Modesto Lafuente. En seguida nos recibió el señor Márquez de Prado: “Pasen, pasen. Su Alteza los atiende ahora mismo. Tendrán que disculparme, pero yo salía en este momento”. Y esperamos en un amplio salón, lujosamente adornado con objetos que aparentan gran valor, al gusto antiguo. La casa estaba llena de gente.

    Acompañando a don Sixto, también estuvieron presentes en la charla Juan Sáenz Díez, que fue intendente de la Junta Nacional de Guerra Carlista en 1936 y actualmente es el “jefe-delegado de la Comunión Tradicionalista”; Narciso Cermeño Garzón, que fue jefe del Requeté de Madrid y actualmente se encarga de organizar un poco las relaciones públicas del grupo; otro carlista próximo al dueño de la casa, cuya identidad no pude averiguar, y un chico joven que sirvió las bebidas, en todo momento pendiente de don Sixto; además de mi amigo “intermediario”, el fotógrafo y yo.

    En momentos tan delicados, todos los presentes hicieron ver al periodista la necesidad de un cuestionario a responder por escrito, “para medir bien las palabras”. Y llegamos a un acuerdo: “Mañana por la mañana, a primera hora, usted nos trae las preguntas, y por la tarde, nosotros se las devolvemos ya contestadas… Sí, sí, hay mucho que contar del pasado. Usted pregunte lo que quiera: no hay preguntas indiscretas. Luego veremos si le podemos contestar a todo… Y ahora podemos charlar un rato, a condición de que no publique nada”. Fue una conversación “off the record”, en la que se habló un poco de todo. Pero la fulminante expulsión de don Sixto –que no tuvo tiempo de responder a mis preguntas– confirió un gran valor periodístico a sus declaraciones de aquella tarde. Y por eso he querido recordarlas, en la seguridad de que todos los allí presentes, especialmente don Sixto, sabrán comprender la necesidad informativa de su publicación.

    Don Sixto Enrique de Borbón aparenta unos treinta y tres años, estatura mediana, delgado, impecablemente vestido y haciendo gala de una amabilidad exquisita. Habla muy bajito, expresándose correctamente en castellano, con el característico acento francés. Casi siempre sonríe y sigue con interés la conversación. Cuando se dirigen a él, todos los presentes le dan tratamiento de “Su Alteza”. Y al referirse a su padre o a su hermano, en alguna ocasión, los tratarán como “don Javier” y “don Carlos”.


    UN ACTO EXCLUSIVAMENTE RELIGIOSO

    Paradójicamente, empezó interrogándome él. Se interesó por el periodismo español y el papel que estaba jugando la publicidad en su financiación. Satisfecha su curiosidad, en seguida le pregunté sin rodeos por su versión de los trágicos sucesos de Montejurra, que fue narrando poco a poco.

    Todo ha sido muy lamentable. Y, desde luego, no somos responsables de lo ocurrido… Nosotros pretendíamos celebrar un acto exclusivamente religioso, en memoria de los caídos. Pero allí se presentaron gentes que no tenían nada que ver con el carlismo…

    Efectivamente –corroboró el señor Sáenz Díez–. Cualquiera sabe que el pueblo carlista es muy religioso y ninguno de nosotros sería capaz de pronunciar todas esas blasfemias que se oían en el monte. Mucha gente que rezaba junto a las cruces fue bárbaramente insultada… ¿Qué filiación tenían quienes lo hicieron? Bueno, un amigo mío, al que le gusta meterse en todo, me contaba que pudo detectar la presencia de gentes de ETA, del Partido Comunista, del Partido del Trabajo y demás. Y yo me pregunto qué hacían esas personas, reconocidos ateos, en una celebración religiosa…

    Conste que eso no lo decimos solamente nosotros, sino que es algo de dominio público –aclaró el señor Cermeño Garzón–. El llamado Partido Carlista había convocado a todas esas organizaciones ilegales. Luego, la prensa dio cuenta de un comunicado firmado por todas ellas. Así que la cosa está bastante clara.

    El grupo que rodeaba a don Sixto parecía muy tranquilo. No daban la impresión de estar excesivamente preocupados por las muertes de Montejurra, descargando responsabilidades en la “infiltración marxista” e insistiendo en sus propósitos exclusivamente religiosos.

    Para ellos, la cuestión de fondo gira en torno a los principios fundamentales del carlismo: quiénes pueden y quiénes no pueden denominarse carlistas.


    QUE NO SE LLAMEN CARLISTAS

    Ellos no son carlistas –me explicó don Sixto–. Los principios esenciales del carlismo, fundamentados en el ideario “Dios, Patria, Fueros, Rey”, siempre han sido los mismos: Confesionalidad católica. Defensa de los Fueros. Constitución orgánica de la sociedad. Proclamación del principio monárquico. Y vigencia política de la tradición española. Nadie que haya renunciado a ellos puede pretender llamarse carlista… Yo no critico su ideario político, cualquiera que sea. Solamente digo que no es carlista. Que se denominen como quieran, menos carlistas, porque no lo vamos a tolerar.

    Don Sixto nunca dijo “Partido Carlista”, ni tampoco nombró a don Carlos Hugo o a don Javier. Siempre se refirió a “ellos” …

    Ellos no respetan los principios esenciales –continuó diciendo–. Últimamente, han dicho, por ejemplo, que el carlismo nunca ha sido monárquico. ¡Resulta inconcebible que después de afirmar tal barbaridad, sigan intentando llamarse carlistas! Porque sin el principio monárquico, el carlismo carecería de sentido.

    Por otro lado, el carlismo es mucho más flexible y mucho más abierto de lo que ellos pretenden hacer ver. Para nosotros resultan fundamentales esos principios que anteriormente enumeré. Pero luego dejamos una libertad total para las demás cuestiones. Cada cual decide lo que mejor le parezca, aceptando voluntariamente nuestra Comunión Tradicionalista. En cambio, ellos han tenido que recurrir a la disciplina de un “partido”.


    EN EL MONTE HUBO MUCHA CONFUSIÓN

    Los acompañantes de don Sixto echaron la vista atrás y recordaron múltiples detalles y anécdotas, que ratificaban las últimas palabras de “Su Alteza”. Quizá se les escapó alguna “indiscreción”. Y al darse cuenta, una vez más me rogaron discreción.

    Ninguno de nosotros conseguimos explicarnos la evolución de don Carlos Hugo –comenta el señor Sáenz Díez–. No sé, no sé… ¡Han podido intervenir tantos factores!

    Lo cierto es que don Carlos Hugo, hasta hace muy pocos años, era un hombre de ideas “cerradas” –terció el señor Cermeño Garzón–. Por ejemplo, siendo yo jefe del Requeté de Madrid, en alguna ocasión recibí personalmente órdenes suyas que nos resistíamos a cumplir, porque nosotros éramos mucho más “abiertos” …

    La charla fue animándose progresivamente, llegando a entremezclarse varias conversaciones. En uno de estos momentos pregunté a don Sixto qué había pasado en la cumbre de Montejurra y quién efectuó los disparos que mataron a un joven y causaron varios heridos.

    Efectivamente, yo estuve en la cumbre –me dijo–. La verdad es que había mucha niebla y se veía muy poco: no más allá de siete u ocho metros. No sé quién hizo los disparos. Desde luego, NOSOTROS NO FUIMOS. NO FUIMOS. Repito que la visibilidad era escasa y se produjeron momentos de gran confusionismo. Esto es todo lo que puedo asegurar.


    PRONTO SEREMOS MUCHOS

    Antes de despedirnos, el señor Cermeño Garzón esbozó ligeramente sus propósitos cara al futuro más inmediato.

    Hace tiempo que los verdaderos carlistas habíamos dejado de acudir a Montejurra, porque lo que algunos celebraban allí no tenía nada que ver con el auténtico sentir del pueblo carlista. A partir de ahora, nosotros esperamos reagrupar en poco tiempo a los muchos carlistas desperdigados por todo el país… De momento, puede decirse que toda la clase intelectual del carlismo –o sea, la gente de estudios medios o superiores– está con don Sixto. Mientras que don Carlos Hugo cuenta con el apoyo del campo navarro, que tiene muy poca cultura, sigue apegada a la tradición y no se atreven a contradecir la abdicación de don Javier, aunque en su interior sientan que don Carlos Hugo no representa su carlismo.

    Ya en la puerta, recordamos lo pactado:

    Mañana por la mañana, a primera hora, usted nos trae las preguntas, y por la tarde, nosotros se las devolvemos ya contestadas”. Y una súplica amigable: “¡A ver si son ustedes fieles a nuestras ideas! Por lo pronto, les honra el hecho de haber venido a escuchar”.


    SORPRESA POR LAS DETENCIONES

    A las diez de la mañana del día siguiente dejé en casa del señor Márquez de Prado un cuestionario con 25 ó 30 preguntas. Desde las causas y responsabilidades históricas de la actual división del carlismo hasta la situación política española, pasando por los supuestos contactos o identificaciones con organizaciones de extrema derecha y propósitos futuros; todos los interrogantes que ahora mismo están en la calle y tiene planteados el carlismo quedaban apuntados. Una señora recogió el sobre y la casa estaba tranquila, sin que nada hiciese suponer las “sorpresas” del atardecer.

    Cuando a las seis y media de la tarde llamé para recoger las respuestas, una voz masculina me dijo: “Dicen los señores que el cuestionario no estará contestado hasta mañana; que habían quedado así”. A las siete y a las ocho de la tarde volví a insistir, con el objeto de hablar con alguno de los presentes en la reunión anterior y hacerles ver que no estaban cumpliendo lo acordado. Pero ninguno se quiso poner al teléfono. Finalmente, la misma voz masculina sentenció: “El señor Cermeño Garzón tendrá mucho gusto en atenderle mañana por la mañana”.


    EXPULSIÓN DE ESPAÑA

    Y a la mañana siguiente, los periódicos daban la noticia: don Sixto Enrique de Borbón había sido expulsado de España a las nueve de la noche del día anterior. Y don José Arturo Márquez de Prado fue conducido a la Dirección General de Seguridad, como presunto implicado en los sucesos de Montejurra.

    En casa de este último, “cuartel general” de don Sixto, nadie atendía el teléfono, que sonaba insistentemente. Por fin conseguí ponerme en contacto con el señor Cermeño Garzón, quien confirmó mis sospechas:

    ¡Ya se puede imaginar cómo estamos!... No, Su Alteza no dejó contestado su cuestionario. Creo que se llevó todos los papeles… De momento, no puedo decirle nada más, entre otras cosas, porque no tengo poder para ello.

    Una vez más –la segunda– se había frustrado la entrevista con don Sixto Enrique de Borbón. Pocas horas después, mi amigo carlista me aseguraba que “Su Alteza” empezó a contestar mis preguntas aquella misma tarde, alrededor de las cuatro.

    (Según ha podido saber esta revista, José Arturo Márquez de Prado es un hombre sin problemas económicos, con fincas en Extremadura y una empresa de juguetes, que distribuye en exclusiva para España determinadas marcas extranjeras. Fue jefe nacional de Requetés, hombre amante de la disciplina rígida y partidario de mantener estructurados los “cuadros” carlistas. Don Carlos Hugo, contrario a este tipo de organización, lo destituyó. Y el señor Márquez de Prado se marchó a su casa.

    Fuentes cercanas al grupo carlista de don Sixto también han señalado a esta revista que José Arturo Márquez de Prado es el hombre más cercano a “Su Alteza” don Sixto, acompañándole prácticamente en todos sus recientes viajes por España, con el fin de tomar contactos y empezar a reorganizarse, puesto que en la actualidad casi carecen de estructuración interna.

    Por último esta revista ha escuchado en círculos próximos al señor Márquez de Prado, que, enterado de las acusaciones públicas formuladas contra él, como responsable de los sucesos de Montejurra, por José María de Zavala, secretario del Partido Carlista, el señor Márquez de Prado había hecho las consultas oportunas con el propósito de querellarse contra el autor de tal denuncia.)


    SEGUIREMOS ADELANTE

    Luego de conocerse la expulsión de don Sixto y la detención del señor Márquez de Prado, el periodista conversó personalmente con don Juan Sáenz Díez, en estos momentos máximo responsable del grupo de don Sixto en España, por su condición de jefe-delegado de la Comunión Tradicionalista. El señor Sáenz Díez se encontraba visiblemente emocionado y nervioso. Todavía no sabía qué postura iba a tomar su gente, “porque yo siempre he meditado un poco las cosas, antes de tomar una decisión”.

    Lo cierto es que todo ha sido una gran sorpresa. De ninguna manera podíamos esperar una reacción semejante… No, yo no estaba en casa del señor Márquez de Prado cuando se produjo su detención. La última vez que los vi fue anteayer, igual que usted, cuando celebramos la entrevista… Por supuesto, el señor Márquez de Prado no ordenó disparar a nadie en Montejurra. Ni siquiera llevaba pistola… A mí, todas esas informaciones publicadas en la prensa sobre lo ocurrido en el monte me parecen muy confusas. Desde luego, las cosas no están nada claras… Esas declaraciones del señor Fraga no me han gustado demasiado. Porque se podrá estar de acuerdo o en desacuerdo con nuestros ideales, pero reducirlo todo a una lucha entre “personajillos”, como él ha dicho, no me parece muy acertado… En fin, esto es un bache más; desde luego supone un duro golpe para nosotros. Sin embargo, don Sixto es un hombre que no se desanima fácilmente. Y por mi parte, aquí estoy, dispuesto a comprometer mi nombre y mi persona hasta donde sea preciso.




    Texto: Rafael L. TORRE

    Fotos: Novelty ALONSO

    Caricatura: Carlos RUBIO

  2. #2
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    Re: Entrevistas sobre Montejurra 76

    Fuente: Semanal Diario 16, Número 123, 29 Enero 1984. Páginas 266 – 267.




    José Arturo Márquez de Prado, organizador de los «sixtinos»


    «Alguien del Gobierno Arias nos ofreció dinero para Montejurra»


    Uno de los principales implicados en el sumario de Montejurra, José Arturo Márquez de Prado, que pasaba por ser el organizador de la facción de Sixto, confirma aquí que el Gobierno estaba detrás de los sucesos de Montejurra-76. Aunque trata de esquivar todas las preguntas de esta entrevista, Márquez de Prado llega a confesar que desde el Gobierno Arias se le ofreció dinero para la operación. Ofrecemos con esta entrevista el testimonio de los «sixtinos», a pesar de que algunas de sus afirmaciones sean ilógicas. Márquez de Prado afirma, por ejemplo, que Marín García Verde, que fue procesado por el asesinato de Aniano Jiménez, disparó al aire, cuando hay fotografías (ver páginas 264 y 265) del momento en que dispara contra su víctima.






    «Hay la posibilidad de sacar dinero para ir a Montejurra.» Estas fueron las palabras que un miembro del Gobierno de Arias dijo a José Arturo Márquez de Prado poco antes de los sangrientos sucesos del 9 de mayo de 1976 en la reunión carlista de Montejurra. Márquez de Prado, conocido como Pepe Arturo, fue encarcelado dos [sic] días después de los hechos y amnistiado posteriormente en 1977, sin que llegase a verse la vista oral del juicio.

    Yo le dije que muchas gracias, pero que nosotros siempre habíamos ido con nuestros propios medios, y que aquel año pensábamos hacerlo así. Esta persona también me dijo: «Veremos este año quién manda en Montejurra.»

    – ¿Quién le ofreció ese dinero?

    Eso ya… yo no quisiera…

    Lo que sí quiere dejar claro es que aquel año en Montejurra «alguien tuvo la intención de “cargarse” el carlismo, el de Carlos Hugo y el de Sixto, desprestigiarnos a todos. Fue un complot, una encerrona».

    – ¿De quién?

    Yo no lo sé.

    – Pero tendrá usted alguna idea.

    No.

    – Alguna sospecha.

    Honradamente, no se lo puedo decir. Le digo que sí es cierto que desde el Movimiento a nosotros se nos ofreció dinero para ir a Montejurra.

    – ¿Qué objetivo tenía esta oferta del Gobierno?

    Facilitar el acto de Montejurra.

    – ¿Con qué intenciones?

    Bueno, las intenciones eran simplemente hacer un acto carlista. Lo que pasó fue sorpresivo para todos los que intervinimos sin comerlo ni beberlo, y sin saber lo que podía haber en la trastienda. Que la hubo, estoy convencido de que la hubo.

    – Pero ustedes sabían que se produciría un enfrentamiento, sobre todo después de la ruptura entre don Carlos Hugo y don Sixto el verano anterior, y siendo ésta la primera vez que don Sixto acudía a Montejurra.

    Piense usted que por ejemplo don Sixto no vive en España. Yo, por mi parte, estoy casi siempre en Extremadura. No teníamos ninguna clase de información.

    – ¿No pensaban que podían producirse enfrentamientos?

    No. Para nosotros fue deslumbrante lo que dijo la Prensa de que diecisiete organizaciones de izquierda iban a estar presentes. Eso para mí era delirante. Podía haber enfrentamientos, claro, pero normales, porque desde que yo vivo el tradicionalismo no he visto una cosa parecida a lo que pasó allí.

    – Y sin embargo surgieron las pistolas e incluso una ametralladora. Se encontraron en el monte casquillos y una caja de munición militar.

    Eso ni idea, porque yo no volví por allí. Tampoco sé quién o quiénes dispararon y pienso que nunca se llegará a saber.

    – ¿Conoce usted al hombre de la gabardina?

    Sí, mucho. Mucho, es amigo mío.

    José Luis Marín García Verde. Aparece en las fotografías de los hechos disparando.

    Sí, dispara. Dispara. Este es un hombre, comandante retirado del Ejército. Tenía derecho a llevar armas y a usarlas. Usted me pregunta cuál es mi impresión: pues es un hombre que no mata a nadie, no mata ni a una mosca. Esa es mi convicción, porque cuando llegamos abajo me dijo: «Ha habido un muerto abajo. Yo he disparado, pero he disparado al aire.» Cosa que creo, conociendo al personaje, este hombre que ve que se le viene encima una avalancha de gente, dispara al aire y luego resulta que desaparecen todas las pruebas primeras.

    – Pero en la secuencia de fotografías él no está disparando al aire. Está apuntando con la pistola directamente a Aniano, y éste está ya doblado por el impacto de la bala.

    No, no. Yo tengo amigos abajo, amigos que están con él, con José Luis, y que me dijeron: «José Luis no ha sido.» A mi juicio, y según los testigos que estaban abajo, hubo varios disparos más. Por lo visto fue, como decimos en Extremadura, un batiburrillo, un jaleo enorme de palos, de bofetadas, de mezcolanza de gente.

    – ¿Entonces usted cree que los partidarios de don Carlos Hugo llevaban pistolas y dispararon contra uno de los suyos?

    Yo no digo eso. Según la Prensa había diecisiete organizaciones de izquierdas. Es muy extraño. Lo que sí quiero decir es que el hombre de la gabardina, José Luis, es una persona buena y honesta, incapaz de hacer una porquería. Ha sufrido mucho, le han perseguido con pintadas, con insultos y anónimos amenazantes en su casa. Lo ha pasado muy mal.

    – Ese año, en Montejurra, también había personalidades destacadas de la extrema derecha.

    No fueron con nosotros. Yo sé que fueron, pero no con nosotros.

    – ¿Pero iban apoyando a don Sixto?

    Yo creo que aquello fue una maniobra global. Todo el mundo fue a tratar de sacar partido. La ultraderecha, que estaba allí, querían identificarnos a nosotros con ellos, nos querían meter en un Movimiento Nacional con el que nosotros no estuvimos nunca de acuerdo, como tampoco lo hemos estado con la izquierda.

    Sin embargo, Pepe Arturo se separa de don Sixto nada más salir de la cárcel en libertad condicionada, tras ocho meses de prisión.

    Durante ese tiempo, don Sixto ha pactado con la ultraderecha, a la que yo me opongo totalmente. Don Sixto pacta con Fuerza Nueva y Falange, y yo me retiro de la política activa. Desde entonces apenas he vuelto a saber nada de don Sixto.

    – ¿Cuál era la posición de don Sixto en mayo de mil novecientos setenta y seis?

    Yo diría que clásica y ortodoxa. Yo me había separado de Carlos Hugo porque entendía que aquello que estaba haciendo no era carlismo. Entonces, don Sixto, desde hacía varios años, estaba tratando de levantar bandera de ortodoxia. El verano de mil novecientos setenta y cinco se produce la ruptura entre los hermanos.

    – ¿Cómo se organizó el grupo alrededor de don Sixto?

    A través de avisos elementalísimos entre las personalidades que habían sido de la Comunión Tradicionalista: vamos a Montejurra el día nueve porque tratamos de hacer un acto tradicionalista. Por nuestra parte, fue algo totalmente deslavazado, con una gran penuria de medios. Se trataba de ir, de una manera completamente empírica, a una concentración a la que se trata de dar un tono realmente clásico, y nos encontramos con que hay una encerrona tremenda.

    – ¿Ingresó José María de Araluce cuarenta y dos millones de pesetas en el Banco Guipuzcoano a su nombre y al de José Luis Zamanillo?

    Zamanillo era un gran amigo mío, pero en ese momento nuestras posiciones eran encontradas, porque él colaboraba con el régimen. Yo leí en la cárcel esta acusación, que es completamente incierta. A Araluce no le he conocido nunca.

    – ¿Asistió usted a unas supuestas reuniones preparatorias de Montejurra, a las que al aparecer asistió el entonces ministro de Gobernación, Manuel Fraga, y el director de la Guardia Civil, Campano?

    No. Yo era la figura más cercana a don Sixto entonces y no creo que se produjese ninguna entrevista sin que yo lo conociera.

    Para José Arturo Márquez de Prado los hechos de aquel 9 de mayo fueron muy «simples». «Recuerdo que me levanté a las siete y a las nueve subí al monte con Francisco Carrera, que luego estuvo también en la cárcel. Había mucha niebla, no se veía a diez pasos. Allí estaban unas treinta y tantas personas, muchos chicos jóvenes que yo no conocía. Pasó el tiempo y sobre las doce y media, cuando estábamos esperando que subiera don Sixto, porque todo aquel montaje de megafonía y demás era para él, pues de repente, al lado nuestro, comienza un tiroteo fuerte. Cerca nuestro, en una quebrada. Había tanta niebla que no pudimos ver absolutamente nada. Se oían voces, la gente que subía, los tiros. No es cierto lo que se me atribuyó en el sentido de que yo dije: “¡No disparéis!”, por que entre otras cosas la gente que estaba con nosotros no disparó, nadie tenía armas. Los chicos jóvenes que estaban con nosotros no dispararon en absoluto.

    Después de los tiros –continúa– subió don Sixto. No hubo acto. Don Sixto trató de hacer un pequeño discurso. Dio la orden de bajar. Nos fuimos todos por el camino de los Cañones, no por donde subía la gente. Pasamos varios controles de la Guardia Civil, que no nos dijeron nada, y llegamos al hostal Iratxe, donde nos enteramos de que había un muerto arriba y un herido abajo. Sobre las cuatro y media de la tarde cogimos un coche y nos volvimos tranquilamente a Madrid.»

    – ¿De dónde partían exactamente los tiros?

    Es difícil de explicar si no es in situ. Era a la derecha nuestra, donde comienza una cresta hacia la bajada, allí es donde se inició el tiroteo.

    – ¿Tiene usted alguna idea sobre el tema?

    ¿Idea subjetiva? Nosotros pensamos que aquél fue un acto provocado.

    – ¿Por quién?

    Nosotros pensamos que por la izquierda y, claro, la izquierda pensará que por la ultraderecha.

    – Entonces usted piensa que son infiltrados, pero, ¿de quién? ¿Incontrolados?

    Yo no los llamaría incontrolados. Yo creo que aquello fue una operación en la que se nos quiso cazar a una serie de gente. Creo que fue algo perfectamente meditado y estudiado. De sus orígenes no le puedo decir nada. El problema es indescifrable para nosotros y no sé si se llegará a saber algún día quién, a cincuenta o sesenta metros nuestros, soltó ráfagas de metralleta. Se habló de que había una ametralladora. Increíble.

    – Sin embargo, todo le parece una cosa muy «simple».

    Yo recuerdo la polvareda que se armó, dos años hablando de este tema, cuando nosotros somos cuatro locos, y ¿qué ha pasado aquí?

    – Luego usted pasó ocho meses en la cárcel.

    Sí, sin comerlo ni beberlo, porque no hubo ni un solo testigo que nos viera con pistola ni que nos acusara concretamente de nada. Hubo gente de Carlos Hugo que subió y luego declaró que sí, que yo estaba allí, que Pepe Arturo era ese señor, pero de pistolas, nada.

    – ¿Cuándo le detuvieron?

    Cuatro días después, aquí mismo, en casa, con don Sixto. Comprenda usted que si yo hubiera tenido algún compromiso con el tema a mí no me cogen en casa. El día que vinieron yo había salido y, al volver, un amigo que me esperaba en el portal me dijo: «No subas, que está la Policía.» Pero yo no tenía por qué esconderme. Subí a casa y me detuvieron.

    – ¿Cuál era exactamente la acusación contra usted?

    De organizador de la parte de don Sixto. Desde el punto de vista jurídico creo que yo no debía haber estado más de siete días en la cárcel, incluso con la tramitación que hubo, en la que se decía que yo podía haber sido el de los disparos.


    Beatriz Andrada

  3. #3
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    Re: Entrevistas sobre Montejurra 76

    Fuente: Brújula, 21 – 26 Junio 1976, número 36, página 47.



    CARTA A “LE MONDE”


    Don Sixto Enrique aclara los hechos

    HOCES Y MARTILLOS, PUÑOS EN ALTO Y BANDERAS ROJAS DENUNCIAN LA INTROMISIÓN COMUNISTA



    EL PRÍNCIPE SIXTO ENRIQUE DE BORBÓN PARMA, HERMANO MENOR DEL PRÍNCIPE CARLOS HUGO, PRETENDIENTE CARLISTA AL TRONO DE ESPAÑA, HA DIRIGIDO AL DIARIO FRANCÉS LA SIGUIENTE CARTA:


    He sido puesto en entredicho por el corresponsal de «Le Monde» en sus crónicas de los días 11, 12, 13 y 18 de mayo, a raíz de los sucesos ocurridos el 9 de mayo en Montejurra; y de nuevo en la del día 19 del mismo mes. La versión que se intenta dar por buena, en la que se alude a un grupo agredido y obligado a defenderse de los organizadores de una emboscada, ha sido recogida de un modo tendencioso. Quienes me acompañaban son presentados como un «comando de asesinos». El 21 de mayo, por último, un comunicado del pretendido «Partido Carlista», uno de los disfraces que adopta la revolución que se quiere hacer estallar en España, ha vuelto a difundir esta versión inexacta del drama del 9 de mayo de 1976. Me veo, pues, en la obligación de pedirle tenga a bien publicar por medio de esta carta la relación verídica de los acontecimientos, de los cuales yo he sido testigo y protagonista; y primeramente recordar el porqué de este enfrentamiento.

    La peregrinación a Montejurra constituye una de las principales manifestaciones del carlismo. Su santuario y Vía Crucis conmemoran en el corazón de Navarra a los requetés muertos en el curso de la guerra civil por la defensa de los ideales tradicionalistas: «Dios, Patria, Fueros y Rey».

    Ahora bien, desde hace algunos años esta ceremonia ha sido motivo de declaraciones en las que se exalta un marxismo demagógico y oportunista, del cual fueron víctimas aquellos mismos a los que se rinde honores en el mismo lugar y ocasión. Es por ello que la Comunión Tradicionalista y yo mismo decidimos restaurar con nuestra presencia la genuina significación de esta conmemoración. Con este espíritu y sin otras intenciones, nos dirigimos con nuestras banderas y nuestros cantos al punto de reunión, con el fin de asistir a la misa. Fuimos atacados inmediatamente a pedradas, a garrotazos y con mangos de picos por manifestantes agrupados tras banderas rojas, los cuales actuaban con toda impunidad, apuntando sus armas contra nosotros. No obstante, yo, acompañado de algunas decenas de requetés tradicionalistas, logré llegar a la cripta situada en la cima de la montaña, para recibir al cortejo religioso.

    Fuimos de nuevo atacados por centenares de manifestantes que ascendían a la montaña, con el puño en alto y las armas en la mano, dando claras muestras de sus intenciones agresivas. Es entonces cuando se oyeron disparos en la niebla. Ésta es la razón por la cual no nos fue posible identificar a los autores de esta breve fusilería.

    Mis amigos, que en aquel momento me rodeaban, algunos de los cuales fueron detenidos después basándose en falsos testimonios, hubieran podido invocar la legítima defensa para hacer frente a la provocación. Pero yo afirmo solemnemente que ninguno de ellos hizo uso de las armas.

    Quiero expresar, por tanto, mi asombro al ver que se presentan, por parte de la Prensa española y francesa, como perturbadores y agresores precisamente a aquéllos que, por el contrario, defienden la paz civil en España y sienten profundo respeto por el orden público. Sobre los que hay que cargar la entera responsabilidad de este enfrentamiento y de sus víctimas es sobre aquéllos que de forma deliberada han profanado la peregrinación y renegado de los ideales del carlismo.

    Desde hace ciento cuarenta años, los carlistas se han batido a lo largo de tres guerras civiles y más aún durante la de 1936 para defender los ideales tradicionales españoles de Dios, Patria, Fueros y Rey, principios que, por delante de cualquier otro, la dinastía que los representa está obligada a respetar, pues en la tradición monárquica española la lealtad para con el Príncipe está subordinada a la lealtad de éste a los principios de la Causa.

    Estos ideales, que son la razón misma del carlismo, son los que los dirigentes del llamado Partido Carlista se niegan a respetar, mientras que con artes demagógicas intentan dirigir el carlismo hacia una izquierda irresponsable, renegando punto por punto de sus principios esenciales, valiéndose para ello incluso de aquél que debería encarnar su legitimidad de ejercicio en el marco de la dinastía carlista:

    – Declarando que se puede ser a la vez ateo y carlista, lo que va contra el principio de confesionalidad de la Comunión Tradicionalista Carlista: Dios.

    – Reclamando el año pasado a todos los Gobiernos del mundo el bloqueo contra España, lo cual va en contra del principio de la defensa de la nación: Patria.

    – Proponiendo la autodeterminación de todas las regiones de España (para no hablar de su alianza con la ETA), lo que va en contra del principio foral, lo cual no tiene nada que ver con ninguna de las veleidades separatistas: Fueros.

    – Afirmando que le es indiferente el régimen monárquico o republicano y que la única manera de legitimar un régimen es por medio del sufragio universal directo, lo que va contra el principio de la exclusividad monárquica, función que, de acuerdo con la tradición carlista, debe ser popular pero no democrática, social pero no socialista, y que no puede ser el resultado del sufragio universal concebido como la única fuente legítima del poder: el Rey.

    Ante esta actitud negativa, la mayoría de los carlistas se han vuelto hacia mí, a fin de no encontrarse apartados de la dinastía a la que siempre han seguido. Es, en efecto, un acto de despotismo contrario a las tradiciones monárquicas españolas el pretender obligar a los suyos a preferir la fidelidad a la persona, a la fidelidad a los principios, y llevar su cinismo hasta el punto de proteger la primera contra la segunda.

    No se trata, por consiguiente, de dos facciones, sino de una confrontación entre el carlismo auténtico y un pretendido movimiento socialista-carlista. La presencia de hoces y martillos pintados sobre los crucifijos, de banderas rojas, la participación en Montejurra de la Organización Revolucionaria del Trabajo (ORT), del movimiento Comunista de España (P.C.E.), del Partido Comunista de Euzkadi e incluso del Frente Polisario (!), demuestran que aquél que tenía el derecho y el deber de representar y defender los principios tradicionalistas carlistas españoles ha elegido deliberadamente no volver a encarnarlos nunca más.

    La legitimidad de mi actuación, junto con la Comunión Carlista, refleja, pues, la necesidad y la obligación de mantener los auténticos principios del Carlismo, por el honor de los que murieron en su defensa y para configurar el porvenir de España.

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    Re: Entrevistas sobre Montejurra 76

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Fuente: La Actualidad Española, Número 1.317, 28 de Marzo-3 de Abril de 1977, páginas 16 – 22.

    Reproducción del documento (tomado de la Hemeroteca Municipal de Madrid): Entrevista J. A. Márquez de Prado (L.A.E., 1977).pdf



    EXCLUSIVA: Primeras declaraciones tras salir de la cárcel

    José Arturo Márquez de Prado, uno de los procesados, da su versión

    “YO NO DISPARÉ EN MONTEJURRA”


    El 9 de mayo de 1976, domingo, corrió la sangre en Montejurra. Aniano Jiménez Santos y Ricardo García Pellejero cayeron abatidos por las balas, en unas acciones que el Gobierno no pudo minimizar aunque las calificase de «querella entre carlistas». Un juez especial dictó en su día varios autos de procesamiento, y entre los encartados figuran el tristemente famoso «hombre de la gabardina» y José Arturo Márquez de Prado. Tras salir de la cárcel, en libertad provisional desde hace pocas semanas, rompe ahora su silencio de casi un año para relatar en exclusiva a LA ACTUALIDAD su versión de aquellos trágicos acontecimientos.

    El sumario se ha cerrado. Las actuaciones judiciales pueden quedar archivadas como consecuencia de la amnistía, y es posible que jamás se pueda llegar al fondo de este negro asunto. Pero Montejurra ´77 corre el riesgo de ser escenario de un baño de sangre si, como aquí se revela, se consuma una disparatada reproducción a escala de la guerra civil de hace cuarenta años.

    Márquez de Prado ha hablado durante horas con varios redactores y con Ramón Pi, redactor-jefe de esta revista. Este último ha redactado el resumen de sus declaraciones.



    José Arturo Márquez de Prado, cincuenta y dos años, es de los carlistas que abandonaron a Carlos Hugo por entender que éste se había apartado doctrinalmente por completo de la ideología carlista. Hoy es un ardoroso partidario del hermano menor de Carlos Hugo, Sixto Enrique de Borbón-Parma, líder de la Comunión Tradicionalista, recientemente legalizada. Márquez de Prado habla rápidamente y con seguridad, sin apartar sus ojos azules de su interlocutor un instante. Así comienza su relato:

    – Nosotros esperábamos que pudiera haber choques pequeños, como los que ha habido otros años, por ejemplo, cuando las escisiones de lo que nosotros llamamos «estorilos», algunos oficiales de requetés que fueron a reconocer a don Juan de Borbón, y antes incluso, o simultáneamente, los «carlosoctavistas», elementos que procedían como una maniobra del régimen entonces para tratar de dividir al carlismo otra vez. Así es que pequeños jaleos en Montejurra ha habido bastantes, pero pensábamos que serían enfrentamientos sin la menor importancia.

    »Es más: las vísperas del veintinueve de abril sabemos que va a ir la UNE, incluso se habla de que va a ir Girón con los ex combatientes, cosa que a nosotros no nos hace mucha gracia. Lo digo esto porque siempre hemos creído que Montejurra era un acto eminentemente carlista y sólo para nosotros. Ni siquiera es un acto de cara al exterior. Eso es como se venía haciendo. Era recorrer un vía crucis, donde se iba a rezar por nuestros muertos y punto. Nos solía acompañar mucha gente y generalmente extranjeros. Yo le hablaría a usted de la presencia, por ejemplo, de escoceses, con sus falditas y boina roja, y sobre todo de muchos hispanoamericanos, estudiantes, etcétera, que iban allí de romería, pues la gente solía quedarse a comer en el monte.


    Altavoces

    Pero ese año ya se decía que no iba a ser solamente una inocente romería…

    – Bueno. Se nos dice que van una serie de fuerzas a Montejurra, cosa que nosotros no podemos impedir, aunque no nos guste, porque creemos que de alguna manera se diluye el acto. Pero resulta que nosotros, en una acción para tratar de colocar los altavoces en la cima, hacemos subir a un grupo de gente el día anterior. Entonces ya se habla de una toma militar del monte. El único objetivo era colocar esos altavoces para que subiera don Sixto y soltara una proclama corta, pequeña, patriótica, aclarando posiciones y tratando de deshacer un poco los malos entendidos.


    Se dice que unos chicos de Estella subieron a la cima la víspera y al bajar denunciaron que allí había fuerzas, ¿es verdad?

    – Yo solamente le puedo decir que la gente que estaba allá arriba subió para colocar una serie de altavoces, vigilar aquello, quitar alguna piedra… Es decir, facilitar un poco el acceso para que subiera el príncipe Sixto y soltara una arenga que iba a ser, como ya le he dicho, cortita, simplemente diciendo lo que es el carlismo y cómo se podía otra vez organizar la Comunión en esa nueva etapa del régimen, y tratar de hacer su labor política en una zona tan fuerte y tan buena como había sido siempre, pues, para nosotros todas las Vascongadas y Navarra.


    Pero ese grupo de los altavoces parece que se quedó allí toda la noche. Eso no sería por lo de la megafonía, ¿no?

    – Es cierto que un grupo pasó la noche en la cima. Era un grupo de requetés que fueron a hacer la instalación y custodiar aquello para que no se nos adelantaran en la operación y para evitar que nadie subiera hasta que apareciese don Sixto y hablara.


    Gobiernos civiles

    Por otra parte, se habla de que algunos Gobiernos civiles propiciaron la llegada de gente a Montejurra… Esto, ¿fue dentro o al margen de la organización de ustedes?

    – Nada. Yo, que creo que desempeñé un papel importante en la Comunión Tradicionalista, de lo cual yo me hago responsable, mucho cuidado… quisiera delimitar los campos. Estábamos los que fuimos de la Comunión Tradicionalista y estaban las gentes que fueron al lado de la Comunión Tradicionalista, pero que no éramos nosotros. Entonces yo le puedo decir que nosotros, contactos con Gobiernos civiles no tuvimos ninguno.


    Señor Márquez de Prado: ha hablado usted antes de que a Montejurra suelen ir extranjeros más o menos pintorescos. El año pasado parece que no eran pintorescos precisamente. El dueño del hostal Irache donde ustedes se alojaron llegó a afirmar que había allí gente que hablaba italiano y en otros idiomas, en los días anteriores al domingo, y el mismo día nueve.

    – Ya le he dicho que esto no tiene por qué extrañar a nadie, porque yo en Montejurra extranjeros he visto todos los años, muchos holandeses, sudamericanos, escoceses… Así es que el hecho de que haya habido algún italiano, no me extrañaría nada; que haya habido algún portugués, tampoco me extrañaría, o sudamericanos, aunque no los vi. Allí en el hostal, yo, extranjeros, he visto gente hablando, sudamericanos y tal, lo cual no quiere decir que sea un equipo de don Sixto, por supuesto… Salvo alguna familia carlista de siempre, como la de Hermenegildo Llorente, que han vivido muchos años en Argentina. Lo que ocurre es que para el príncipe es muy difícil no saludar a todo el mundo. Eso lo hemos vivido mucho con él en todos los lados. Ahora, de ahí a hablar de bandas armadas y de una organización fascista, pues hay diferencias. Yo, desde luego, no vi ningún signo externo de tal cosa, y si hubiera detectado algo habría tratado de que tomáramos las medidas oportunas para no vernos envueltos y perjudicados por maniobras o gentes extrañas que persiguieran finalidades violentas.


    Generosidad

    ¿Así que ni siquiera se le pasó por la cabeza?

    – No, no. Una banda armada, nunca. Ni este año ni los anteriores.


    Se dijo que el hotel lo habían ustedes alquilado entero…

    – No, en absoluto. Todo lo que ocurrió es que nosotros llegamos al hostal, cogimos una habitación y estuvimos pasando unos días. Luego fue llegando gente de fuera, y más gente, y más gente, y lo que sí sé es que al final se armó un barullo. No sé cuántas personas habría, pero setenta u ochenta, y nos quisieron pasar la cuenta a nosotros. Yo recuerdo que todo el dinero que llevaba lo vacié y hubo unos cuantos señores más que tuvieron que pagar el resto. Aquello se hizo porque no hubo más remedio, ya que mucha gente se consideró invitada… Pero la verdad es que no había tales invitaciones, porque la Comunión Tradicionalista no ha sido nunca muy afortunada en medios económicos. A medida que aquello se iba llenando, en el hotel comenzaron a cargarlo todo a una cuenta general… Yo no sé cómo se inscribía la gente ni cómo se hacían las cuentas. Lo que sé es que allí entre tres o cuatro tuvimos que pagar todo.


    ¡Caramba! ¿No le parece a usted demasiada generosidad?

    – Pues puede parecerlo, pero la realidad fue ésta. La gente comenzó a marcharse inmediatamente después de bajar del monte y nosotros nos quedamos los últimos. Don Sixto dijo que no nos marcharíamos hasta que hubiera bajado el último nuestro. Nos presentaron una factura, había que pagarla y se pagó.


    Cornetas y tambores

    Vamos al grano, al día nueve. ¿Nos puede contar su versión de lo que ocurrió en la campa el domingo por la mañana?

    – Aquella noche nos acostamos a las tres de la mañana. Estábamos en el hotel de Irache, vuelvo a repetir. Nos levantamos a la seis de la mañana y hacia las nueve yo voy arriba para inspeccionar cómo ha quedado toda la instalación nuestra. Y abajo se queda el príncipe Sixto con una serie de señores. De manera que los que estábamos arriba realmente no tenemos más noticias que las que nos vienen diciendo de abajo. Nos cuentan que abajo ha habido un enfrentamiento durísimo a palos, parece ser que cuando iba en formación un pequeño grupo de requetés con otro grupo de legionarios, yo diría más bien ex legionarios, porque yo los vi llegar de Madrid. Estos grupos fueron convocados por los ex combatientes.

    »Es decir, yo quisiera dejar bien sentado que la organización no fue estrictamente nuestra, sino que intervino, por ejemplo, la Hermandad de Ex combatientes del Tercio de Requetés, intervino Unión Nacional Española, donde hay mucha gente tradicionalista que siente como nosotros, pero que no son nosotros, no es la Comunión Tradicionalista. Este grupo de legionarios dijeron: «Hombre, como nosotros hemos sido legionarios y don Sixto juró la bandera de España en la Legión, querríamos de alguna manera dar escolta al príncipe». Lo cual nos pareció bien y no tuvimos inconveniente en que le acompañasen al príncipe y le dieran escolta.

    »Pero por lo visto hay una banda de cornetas y tambores, creo que de Valencia, que comienzan a tocar marchas militares y van en formación hacia el monasterio. Y cuando llegan a la entrada de la explanada, una entrada pequeña y estrecha, les reciben a pedradas. Por supuesto, allí había chicos nuestros, que no tenían ni el recurso de defenderse a pedradas, porque allí no había piedras. Lo cual quiere decir que ellos sí parece que iban preparados, incluso con faltriqueras que las llevaban llenas de piedras y qué sé yo…


    El hombre de la gabardina

    Sin embargo, el hombre de la gabardina disparó…

    – Bueno, el hombre de la gabardina parece ser que sí ha disparado. Ahora, es un hombre al que conocemos todo el mundo en el carlismo perfectamente y es un santo varón. Es un hombre buenísimo y yo tengo la absoluta certeza de que él no tiró a matar. Aparte de esto, yo recuerdo que él me dijo: «Pepe, yo no he tenido más remedio que disparar, pero yo no he tirado a dar». Y otros amigos que estaban junto a él me dijeron: «José Luis no ha podido ser…». Él es militar, como saben… Pero, en fin, se trata de un asunto muy desagradable, porque aunque uno tiene la conciencia tranquila, no resulta nada grato aparecer ante la opinión pública como un pistolero.


    El convencimiento está muy bien, pero ahí están las fotos en que el hombre de la gabardina aparece empuñando la pistola muy cerca de Aniano Jiménez Santos, que se retuerce…

    – Bueno, yo he oído rumores, concretamente estando en la cárcel, en relación con este tema. Parece que realmente no eran coincidentes las balas que se encontraron en el cuerpo de Aniano Jiménez Santos y el calibre de las que disparó José Luis Marín. Ya digo que no puedo hablar de datos concretos, sino de rumores, y esto estando todavía en la cárcel. Después hay muchas más cosas que se sabrán en su día.


    Tiros en la niebla

    Mientras pasa todo esto, usted dice que está en la cumbre.

    – Sí. Nosotros subimos allí a las nueve menos cuarto y esperamos la llegada de don Sixto con la gente. Lo que allí hacíamos mientras tanto era tratar de organizar todo el montaje de los altavoces, los micrófonos y qué sé yo. Cuando de repente nosotros notamos… Porque estábamos junto a la cruz… Éramos… Podía haber del orden de treinta personas, de las cuales más de la mitad eran chiquitos de catorce y quince años con sus padres y familias. Todo lo cual, naturalmente, hace suponer que no íbamos en plan de acción violenta. Entonces, entre nosotros y el murmullo de la gente que se oye que suben por la ladera se producen una serie de ráfagas y de disparos. Nosotros, desde luego, ninguno de los requetés que estaba arriba portaba armas. Estos disparos provenían de una zona neutra situada entre nosotros y la gente que subía. Al escuchar esto, nuestra actitud fue decir: «Esto es una posible agresión de los de abajo». Pero no teníamos ni idea de si habían tirado hacia las piedras nuestras o habían tirado hacia abajo. Claro, estábamos completamente desconectados de todo el mundo exterior, en el picacho, justo en la cumbre. Además es un espacio relativamente pequeño. Nos quedamos desconcertados: «¿Qué es lo que ocurre aquí?». La primera impresión es de sorpresa, y además de sorpresa desagradable. ¿Quién pega tiros en Montejurra? A continuación, nosotros vemos correr a unos tipos por la niebla que desaparecen. Era un día muy nublado. Había un casquete en la cumbre y prácticamente yo creo que no había visibilidad a más de veinte metros. Vimos correr a algunas figuras que salieron por el monte. Y no sabemos más. Desde luego, no pudieron ser del grupo nuestro porque se quedó todo el mundo donde estaba.


    Un momento. Antes de todo esto, parece que alguien habló por un megáfono y se dice que hubo órdenes de disparar…

    – Bueno, bueno. Yo cogí el megáfono, porque los técnicos de los altavoces fallaron al final, y dije exactamente esto: «Atención, atención: Va a hablar el príncipe Sixto Enrique de Borbón-Parma». Serían las doce o doce y cuarto de la mañana y don Sixto ya había llegado a la cumbre por atrás en un «jeep». Él no llegó a pronunciar ninguna palabra, solamente dijo: «¡Requetés!». Y en aquel momento se produjo un murmullo de protesta de la gente. Y como lo único que hubo fueron insultos, llamándonos capitalistas, fascistas y ultraderechistas… En vista de esto, nos marchamos.


    Orden de disparar

    Pero entre esos gritos y que ustedes se marchasen se produjeron los tiros. ¿Y no hubo ninguna orden de disparar?

    – Sobre esto se han dicho toda clase de cosas contradictorias, y todas falsas. He visto publicaciones en que dicen que yo di orden de disparar…. «¡Qué se haga fuego raso!», o algo así, es una de las expresiones. Y concretamente una señorita, llamada Gloria Dueñas, de la que tenemos que hablar, afirma que yo dije algo que, por supuesto, tampoco dije, y es: «¡No disparéis! ¿Qué va a decir Europa de nosotros?». Por supuesto, esto no es cierto. Yo no di ni orden de disparar, ni orden de no disparar, ni nada. Nosotros estábamos de brazos cruzados arriba, esperando a que subiera el príncipe Sixto con la gente nuestra y nada más.

    »Después de los tiros subieron dos fotógrafos de la prensa que querían fotografiar a don Sixto, que se encuentra en la misma gruta muy impresionado por todo el cisco que se ha organizado. Y yo soy el que les dice con toda corrección que el momento no está para fotografías. Ellos lo debieron de entender así porque se marcharon en seguida.


    ¿Cuándo abandonan ustedes la cumbre?

    – Hablamos con el príncipe de la situación. Vemos que estamos allí aislados y nos dice que nos retiremos, que allí no hacemos nada treinta personas y que no vale la pena. En ese momento nos dimos la vuelta y bajamos al hostal de Irache.


    La ametralladora

    ¿Y qué hay de eso que se ha dicho y escrito sobre una ametralladora que había en el pico y que ustedes se llevaron al marcharse?

    – Sí, se ha hablado de una ametralladora con trípode que personalmente bajamos el príncipe Sixto, José Luis Marín, no sé si el teniente coronel Elena y yo mismo… Aparte de todo, esto es una incongruencia, porque lo menos que podemos tener es alguna gente que cargara con ella… ¡No tiene por qué ir el príncipe con una ametralladora a hombros! ¡Aparte de que imagínese lo que hubiera sido una ametralladora en la cumbre, disparando contra una masa! Lo que algunos creyeron que sería una ametralladora seguramente no eran más que las mantas y los petates de los chicos que habían pasado la noche allí arriba.


    También se ha hablado de unas porras amarillas que se encontraron en la cima, y también de algunas cajas de cartuchos del Ejército español…

    – Bueno, eso colocarlo es muy fácil… Cualquier interesado puede hacerlo. Mire, a mí no me sorprende nada cualquier acción de este tipo porque usted sabe muy bien, mejor que yo porque estaba en la cárcel, que en cuanto detienen a Carrillo, a las dos horas ya estaban organizados una serie de panfletos que se estaban pegando en las paredes con todo tipo de pasquines. O sea que estas cosas pueden calcularse. El colocar una serie de cartuchos en la cima de Montejurra y una serie de casquillos eso está al alcance de cualquiera. Vuelvo a repetir que es clarísimo, en lo que se me pueda creer, que por parte de los carlistas con hijos de catorce años no es posible ir a una acción violenta.


    Entonces usted dice que desde arriba no disparó nadie, sino desde un lugar intermedio entre ustedes y los que subían. ¿Desde dónde exactamente?

    – No lo sé, porque la niebla era muy espesa y no se veía nada. Pero podría decir algo sobre la trayectoria de la bala que mató a Ricardo García Pellejero, de lo que se ha hablado mucho. La primera impresión que tuve estando en la cárcel es que el disparo fue derecho al corazón, lo cual pudo ser así, que le entrara la bala directamente al pecho. Pero parece ser que la trayectoria es de la espalda hacia arriba en dirección al corazón, que es por donde sale. Es decir, de la parte baja del costado hacia el hígado y en dirección ascendente. Esto, en una pendiente que fácilmente se puede calcular en un dieciocho o en un diecinueve por ciento, quiere decir que el tiro no proviene de arriba. Pero esto, ya le digo, son rumores, porque, como es lógico, ni los abogados nuestros han revelado nada ni existen noticias hasta que se celebre el juicio y esto se aclare.


    Detención en Madrid

    Bajan a Irache, pagan la cuenta de todo el hotel y desaparecen. ¿A dónde van?

    – Le decía que don Sixto nos indicó que no saldríamos de Irache hasta que hubiera bajado el último de los nuestros. Había mucho barullo, no sé si se negaron a dar comidas, pero lo cierto es que nos quedamos sin comer. Entonces fue cuando nos enteramos de que había habido dos muertos. La primera noticia fue en el hostal. Vamos, sabíamos que había un muerto y otro gravemente herido. Estuvimos esperando a nuestra gente y a nuestros amigos hasta que bajaron todos del monte. Salimos después en mi coche, tranquilamente, hacia Madrid, con el príncipe. Eran sobre las cinco de la tarde. Cenamos en Medinaceli, en el hostal, y llegamos a Madrid hacia las doce de la noche. Y como llegábamos tarde y mi casa estaba cerrada, nos fuimos a un hotel a dormir. Al día siguiente, cuando mi mujer volvió de Barcelona donde se encontraba, el príncipe y yo nos fuimos a mi casa, donde estuvimos tres días más, hasta que nos vino a detener la Policía. Durante esos días tratamos de contestar a la prensa, lo cual nos resulta muy difícil porque nos encontramos con un vacío absoluto. También estuvimos buscando abogados, concretamente al señor Ferrer Sama, que lo escogimos como gran penalista para iniciar una serie de querellas frente a la prensa. Estaba yo concretamente en la calle Ferraz, donde él vive, era jueves, hablando con el hijo, porque el padre se hallaba en Alicante y no volvía hasta el lunes. Nos estaba diciendo que su padre no solía mezclarse con problemas políticos en absoluto y que no podría ocuparse de este tema. Y justo cuando yo vuelvo a casa, sobre las siete de la tarde, me encuentro con que abajo hay un amigo mío que me dice que la Policía está en casa esperándome y que lo mejor es que me marche. Le contesté que no tenía por qué marcharme en absoluto y que estaba encantado de poder hablar con ellos. Subí al piso y entonces la Policía, muy correcta, me dice que si no tengo inconveniente en acompañarles a la Dirección General de Seguridad. Les dije que, por supuesto, no lo tenía. El príncipe sale en un coche de la Policía para Barajas y le colocan en el primer avión que parte para Roma, y a mí me llevan a la Dirección General de Seguridad, donde me tienen hasta el día siguiente, en que me conducen a Pamplona. El día de San Isidro me llevaron esposado por primera vez en mi vida al Juzgado de Estella. Acompañado por la Guardia Civil me metieron en el furgón al que llaman el «canguro» en términos de delincuencia, y es cuando aparece la fotografía ésa en la portada de «ABC» [1], donde estoy yo con la cara tapada. Era justo en el momento de bajar y un guardia civil me dice: «¡Tápese usted la cara!». Yo, automáticamente, me tapé la cara y luego le pregunté: «¿Por qué me mandó taparme la cara?». Me contestó con un encogimiento de hombros: «Por seguridad personal».


    Ante el juez

    Y usted comienza a declarar.

    – Sí. El juez me tiene cinco horas declarando. Y suceden cosas como ésta: aparece una señorita que se llama Gloria Dueñas, de la que ya he hablado anteriormente. Es una chica joven, de unos veinticinco años, a quien le pregunta el juez, delante de mí, en un careo, si conoce a José Arturo Márquez de Prado. Entonces, ella dice que de toda la vida. Son palabras textuales. Yo estoy muy tranquilo. El juez sigue preguntándole y, concretamente, sobre qué es lo que ocurrió en Montejurra. Ella sigue… «Yo lo que veo es que, de repente, me voy a Pepe Arturo, le cojo del brazo y le digo… Pepe Arturo, parece mentira que tú, con lo que has sido en el carlismo, ahora estés al servicio del capitalismo». Y cuando acaba su versión, donde, según ella explica, le insultó después al príncipe Sixto, el juez, que ha notado en ella algo raro, le pregunta de pronto: «¿Usted conoce a este señor?», refiriéndose a mí. Ella contesta: «Pues este señor la verdad es que no me suena». El juez siguió: «¿Y si yo le dijera a usted que es José Arturo Márquez de Prado?»… «¡Ah! Pues puede ser… Sí, los ojos azules. Lo que pasa es que, claro, con la boina, en el monte y tapado…». No sé a lo que se refería con lo de tapado, como no fuera a estar tapado por la boina. Total, que yo recuerdo que el juez hizo notar cómo esta señorita estaba muy nerviosa y yo muy tranquilo. Entró un segundo testigo, que es un hermano de un señor que fue capitán de requetés en el Tercio de Montejurra y que yo había conocido muchos años antes. Éste está de lego en Javier y me dijo: «¡Pepe Arturo, parece mentira que usted haya estado en Montejurra con quien ha estado!». Y yo, por no discutir, también le dije: «Sí, sí, a mí también me extraña muchísimo que usted, Ancín, haya estado con quien ha estado». Le pregunta el juez si me vio y él dice que sí. Le dice que si me vio con pistola y contesta que en absoluto, cosa que tampoco dice la señorita anterior, que afirma, explícitamente, no haberme visto con pistola. Un tercero es un señor que afirma conocerme sólo de oídas y que él subió hasta el Cristo, rezó y que nadie se metió con él. Solamente hay un testigo que estaba citado para aquella tarde y que no apareció hasta cuatro o cinco días después, en que va a visitarme con el juez a la cárcel. Este señor, al que yo había conocido hace muchos años, se llama Gregorio Bonafau y declara que nos vio a don Sixto y a mí con pistola, mintiendo descaradamente, porque allí no íbamos armados nadie, ni el príncipe ni yo, ni los chiquitos de catorce años, ni el padre de estos chiquitos ni nadie. Fue una versión completamente falsa. Por ejemplo, Carlos Ferrando, de Valencia, declaró que tenía a tres hijos y a un sobrino en la cima, uno de catorce años y otro de diecisiete, y cuando le preguntó el juez sobre la operación militar le contestó: «¿Pero usted cree, señor juez, que si arriba hubiera habido una operación militar yo hubiera llevada allí a un hijo de catorce años, a otro de dieciséis y a otro de diecisiete? ¿Usted cree que soy capaz de eso? ¡Hombre! ¡Qué no soy tan criminal!».


    No a la amnistía

    Sin embargo, usted, pese a todas estas cosas, sigue procesado…

    – Yo salí de la cárcel en libertad provisional en Nochevieja pasada. Existe un auto del juez, del día veinticuatro de enero, justo en el momento de cerrarse el sumario, por el que se rechaza el recurso de los querellantes contra mi puesta en libertad. En ese auto se dice concretamente que mi intervención en el tiroteo que se provocó en la cima no está suficientemente probada, ya que las diligencias vienen a apuntar la existencia de un grupo de cuatro personas que utilizaron armas y desaparecieron sin que se les haya encontrado después. De modo que se me ha puesto en libertad provisional, y aquí estoy. Y además, hay otro auto del juez, del día siguiente, en que se deniega la solicitud de continuar el sumario, porque lo único que se conseguiría sería politizar el tema y no sacar nada en claro.

    »Ahora estamos esperando el juicio y –no sé si esto es imprudente decirlo– a mí me gustaría que se celebrase el juicio; es decir, no caer dentro de la amnistía. No estoy seguro de que la amnistía me afecte, pero yo me temo que sí, asunto que no me gusta nada. Sinceramente yo hubiese preferido pasarme en la cárcel tres o cuatro meses más hasta que se celebrase el juicio, porque prefiero salir de la cárcel limpio y que se sepa la verdad y no con una amnistía, donde siempre quedará la duda de si he sido o no culpable; esto, cuando uno tiene la conciencia tranquila, siempre resulta molesto. Me gustaría que este juicio tuviera lugar cuanto antes, aunque creo que va para largo…


    Montejurra 77

    Bien. Montejurra setenta y seis queda para usted pendiente de juicio. Ahora está usted en la calle. Estamos a poco más de un mes de Montejurra setenta y siete. ¿Qué puede suceder el ocho de mayo?

    – Pueden suceder muchas cosas y yo voy a decir lo mismo. He leído una nota de la Hermandad Penitencial en la que se hace una convocatoria. Nosotros vamos a invitar también, por supuesto, a todos los carlistas y, posiblemente, a toda la España nacional o no marxista, para que vayan a rezar por los requetés de la Cruzada muertos, cuyos nombres están escritos en todas las cruces del vía crucis. Frente a eso, ¿quiénes pueden ir? ¿Convocan ellos a una España republicana, una España roja, una España separatista? Pues entonces no cabe duda de que puede haber enfrentamiento; pero, en cualquier caso, los provocadores no seremos nosotros, que estamos en nuestra casa. Si fueran las cruces, que naturalmente no serían cruces porque serían estrellas rojas, para un monte rojo, donde fuera la «Pasionaria» o los seguidores de la «Pasionaria», entiendo que los provocadores seríamos los carlistas si fuéramos allí. Pero resulta que nosotros estamos en nuestra propia casa y vienen ellos a invadirnos. Yo creo que es clarísimo ante la opinión pública que los provocadores serían ellos, como lo fueron el año pasado.


    Pero al margen de esto, ¿no puede haber diferencias y enfrentamientos entre seguidores de Carlos Hugo y de Sixto?

    – Mire usted: ese sector, el de los «huguinos», desde el momento en que ha abandonado la doctrina tradicional del carlismo, para nosotros ha dejado de ser carlista. Y por eso, si ellos van, nosotros consideraremos que son tan invasores de Montejurra como los demás. Ellos serían los agresores. Ahora quiero que quede claro que nosotros no deseamos para nada ninguna clase de enfrentamiento y que haremos todo lo posible para que no se produzca. Los encargados del orden público deberían tomar todas las medidas necesarias para evitar la violencia. Y al mismo tiempo que le digo esto, le repito que nosotros no dejaremos de ir a Montejurra sólo por evitar unos posibles enfrentamientos de los que no nos consideramos en absoluto responsables. Porque eso sería una cobardía.


    Provocación

    Pero hombre, si ustedes dicen que les provocan los no carlistas si van a Montejurra y luego van y se ponen a invitar a los que tampoco son carlistas, pero que son de los que ganaron la guerra, ya me dirá si eso no puede interpretarse como otra clara provocación…

    – Ciertamente que no es una provocación, porque no se hace frente a nadie y, además, porque existe la razón básica de que hay una comunidad de ideales entre quienes defendemos la legitimidad del dieciocho de julio, y parece lógico que estén allí para rezar, con nosotros, por los requetés muertos en la Cruzada en la que todos participamos. Y eso aun teniendo en cuenta que, como usted sabe, los carlistas y los falangistas nunca nos hemos llevado bien. De todos modos, tendremos muchísimo cuidado en que nadie vaya armado o en son de guerra. Iremos, sin ánimo de provocación o violencia, desarmados y a rezar.


    ¿Y eso lo puede usted garantizar de los carlistas solamente, o de todos los que vayan invitados además?

    – Yo lo que le digo es que en la medida de mis fuerzas procuraré que nadie lleve armas. Por mi parte no pienso llevar ni una navajita. Pero si por esos días no estoy detenido, le aseguro que pienso ir, como he ido toda mi vida.


    [1] Portada ABC Márquez de Prado (ABC-16.05.1976).pdf
    Rodrigo dio el Víctor.

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