Dentro de la Carta Pastoral que escribió el Obispo legitimista Joaquín Abarca el 10 de Abril de 1833, se toca un tema que forma parte esencial de un gravísimo problema eclesiástico que venimos arrastrando desde EL MISMÍSIMO INICIO de la llegada de la Revolución (marcadora de la época contemporánea en la cual seguimos inmersos).
Ese tema problemático al que se refiere el Obispo en su Carta es el de las debidas relaciones del episcopado (no sólo el español, sino también el de cualesquiera otros pueblos) con los nuevos e ilegítimos poderes constituidos, y, en consecuencia, con los poderes legítimos reclamantes.
La conclusión del estimado Obispo es clara y tajante: la Religión verdadera siempre nos ha de compelir a ponernos a los católicos del lado del derecho, y nunca de la injusticia. Razón por la cual vitupera en dicha Carta a los Obispos que, ya entonces, abrazaban la ilegitimidad que se estaba constituyendo en la Península.
Esta aceptación de los hechos consumados en el ámbito de lo socio-político se suele tratar de "justificar" apelando a un supuesto posicionamiento neutral o indiferente con respecto a la cuestión de la legitimidad. Es a través de esta vía como se introduce normalmente el veneno político del indiferentismo en torno a la legitimidad. La inercia de este error arrastrado durante los doscientos años de la época contemporánea también llegó a alcanzar incluso al Obispo Marcel Lefebvre, tal y como se desprende de la siguiente cita tomada de la Biografía escrita por D. Tissier de Mallerais:
Ciencia candente si las hay, la [asignatura de] ética social (la política en el sentido más amplio) la daba [en el Seminario de Econe] de forma brillante el entusiasmo del Padre Aulagnier, fiel a las directivas recibidas de Monseñor Lefebvre:
«En política, podemos tener nuestras ideas personales, siempre y cuando concuerden con la doctrina de la Iglesia. No obstante, el Seminario no se halla vinculado con tal o cual forma política. En este punto, debemos situarnos a un nivel superior y no tener en cuenta más que los principios de la política general que enseña la ética. La democracia sigue siendo peligrosa, pues oscila entre la anarquía y la dictadura. Pero ¡cuidado! No imitemos al “seminario pirata” de Barcelona, que estalló después de una división entre carlistas y partidarios de Juan Carlos» (Conferencia Espiritual del Obispo Lefebvre en Econe, 21 de Diciembre de 1972. En realidad se trataba de un Seminario fundado en Burgos).
Fuente: Marcel Lefebvre, Bernard Tissier de Mallerais, Ed. Actas, Madrid, 2012, página 622.
Esta desnortada política de reconocimiento de los nuevos poderes ilegítimos constituidos, fue promovida por el Vaticano desde el mismísimo principio. Se puede deducir así, a partir de la siguiente afirmación vertida por el Papa Pío VI en su Breve Quod aliquantum de 10 de Marzo de 1791 dirigido al Cardenal De la Rochefoucauld y al episcopado francés, con motivo de la Constitución Civil del Clero galicano decretada por la Asamblea Nacional:
No obstante, Nos debemos advertir que, al hablar de la obediencia debida a los poderes legítimos, no intentamos atacar las nuevas leyes civiles, a las cuales el mismo Rey ha podido dar su consentimiento, por no mirar más que al gobierno temporal, del que él es el encargado. Al recordar estas máximas, Nos no nos proponemos restablecer el antiguo régimen de la Francia; suponer esto, sería renovar una calumnia, que se ha procurado esparcir hasta ahora para hacer odiosa la Religión. Nos, y vosotros, no nos proponemos otra cosa que conservar ilesos los sagrados derechos de la Iglesia y de la Silla Apostólica.
Fuente: Colección de Alocuciones Consistoriales, Encíclicas y otras Letras Apostólicas citadas en la Encíclica y en el Syllabus de 8 de Diciembre de 1864 (editor Andrés Posa y Morera), Librería de Juan Roca y Bros, Barcelona, 1865, página 73.
Esta política, como bien se sabe, llegaría a su paroxismo en la época de León XIII. Al respecto, puede verse lo que decía este Papa en una entrevista con Pidal y Mon en 1901 (es decir, pocos meses antes de su fallecimiento):
Que la Reina [es decir, María Cristina] no olvide lo que yo vengo haciendo por ella, para que todos los católicos españoles, el episcopado y el clero y las órdenes religiosas prediquen la adhesión y practiquen la obediencia, contra carlistas y republicanos, al Rey y a la Reina, malquistándome por hacerlo con elementos muy poderosos de fuera y de dentro de España (Archivo General de Palacio, Alfonso XIII, Cajón 4-55).
Fuente: Discreta Regente, la Austriaca o Doña Virtudes. Las imágenes de María Cristina de Habsburgo, Mónica Moreno Seco, 2008, página 9.
Don José Miguel Gambra también ha tocado este tema, brevemente, en las páginas 65-70 de su reciente libro La sociedad tradicional y sus enemigos, bajo el subapartado titulado La resistencia frente a los gobiernos laicistas, contenido en el Capítulo III titulado Las dos espadas.
Huelga recordar el lamentable episodio de la peregrinación a Roma de los obreros católicos españoles (la mayoría de ellos legitimistas) en Abril de 1894, cuando el Papa León XIII les espetó aquello de que obedecieran a los poderes constituidos «con tanta más razón cuanto que se encuentra a la cabeza de vuestra noble nación una Reina ilustre, cuya piedad y devoción a la Iglesia habéis podido admirar». Los peregrinos legitimistas se volvieron a sus casas persignándose del horror, y organizando Misas por la conversión del Papa.
Pienso que viene bien recordar estas cosas, pues no es lo mismo considerar el Vaticano II como causa que como síntoma (o producto lógico final) de un conjunto de errores que los Papas han venido acumulando en sus relaciones con la Revolución desde el mismísimo inicio de ésta, a lo largo de toda la época contemporánea en la cual seguimos imbuidos. Cualquiera que lea las "razones" que daban los liberales-católicos para explicar sus actitudes políticas, todas ellas se reducían siempre a la misma: "yo no hago nada malo al apoyar los regímenes revolucionarios y la ilegitimidad del poder constituido, pues los Papas son los primeros en reconocerlos, y yo no soy más papista que el Papa".
Cada vez que los vaticanosegundistas conservadores nos recuerden el escándalo de las relaciones políticas de los Papas posconciliares con los regímenes comunistas, siempre vendrá bien que los católicos tradicionales recuerden las no menos escandalosas relaciones políticas de los Papas preconciliares con los regímenes revolucionarios liberales de todo pelaje, coadyuvando de esta forma a la consolidación de los susodichos regímenes y, consecuentemente, a la progresiva destrucción de las resistencias socio-políticas legitimistas tradicionales contrarias al proceso revolucionario.
Ningún fin (con independencia de lo bueno y justo que sea), jamás podrá justificar medios o medidas que sean injustas e ilegítimas. Éste es el pecado original de los dirigentes de la Iglesia en nuestra época contemporánea.
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