Fuente: Ecclesia, Número 658, 20 de Febrero de 1954, páginas 8 – 11.
PELIGRO PARA EL BIEN COMÚN
Por Monseñor Zacarías de Vizcarra, Obispo Consiliario General de la Acción Católica Española
Personas que merecen mi mayor aprecio me piden que escriba algunas líneas de orientación ideológica para nuestros jóvenes, sobre una peligrosa campaña de exaltación de ciertos ídolos intelectuales, que tuvieron parte principalísima en la incubación del último desastre nacional, que costó la vida a un millón de españoles.
Esa campaña data ya de 1937, cuando España estaba empeñada en trágica lucha contra los efectos de aquella exaltación, que, según parece, se quiere continuar con incansable perseverancia, adaptándose a las circunstancias, con formas y procedimientos más o menos disfrazados, más o menos subterráneos.
Muchos de aquellos que la secundan y apoyan lo hacen inconscientemente, creyendo que prestan con ello un servicio a la cultura, a la inteligencia y a la Patria. Pero sus ocultos y hábiles directores buscan el retorno a la situación anterior al Levantamiento Nacional de signo cristiano, en la cual predominaba la influencia intelectual de la Institución Libre de Enseñanza.
En plena guerra, el actual Cardenal Arzobispo de Toledo, entonces Obispo de Salamanca, dio la voz de alerta contra estas tendencias, en su Carta Pastoral del 8 de Mayo de 1938, titulada “Los delitos del pensamiento y los falsos ídolos intelectuales”. Esta Pastoral conserva hoy plena actualidad.
Decía en ella el vigilante Prelado: “La visión de tanta sangre derramada, de tanta devastación y ruina, de los dolores y punzadas en el corazón, que todos los buenos españoles, aun los no combatientes, hemos sufrido y estamos sufriendo, ¿no exigen que se piense, se hable y se obre con verdad, sinceridad y dignidad, que se arrumben los tópicos destituidos de fundamento, y se quemen, si es necesario, los falsos ídolos cuyo culto ha acarreado tan inconmensurables estragos?” (Cardenal Pla y Deniel, “Escritos Pastorales”, Tomo I, págs. 272-273, Madrid, 1946, Ediciones Acción Católica Española).
Sería interesante averiguar de dónde venían las campañas en pro de los falsos ídolos, en circunstancias tan extemporáneas y tan reñidas con el ambiente heroico de los que vertían su sangre al grito de “¡Por Dios y por España!”.
Consignas de la Masonería Internacional
Por de pronto sabemos que la inmensa mayoría de los diputados que integraban el Parlamento del período anterior al Levantamiento Nacional eran, por confesión propia, hecha en sesión pública, masones. Pero su dominio sobre España se vio seriamente amenazado por dicho Levantamiento, a pesar de la enorme superioridad del bando rojo, tanto en armas como en medios económicos y en apoyos extranjeros.
Como es notorio, antes de terminar el primer año de guerra, la Masonería Internacional previó la derrota del bando rojo, y comenzó a preparar la manera de robar su victoria a la Cruzada Nacional.
Hizo lo mismo que nos dice Jesucristo sobre la táctica del espíritu impuro, cuando es arrojado del cuerpo de un poseso: “Cuando el espíritu impuro sale de un hombre –nos dice–, discurre por lugares áridos, buscando reposo, y no lo halla. Entonces se dice: Me volveré a mi casa de donde salí”. La encuentra ya “barrida y aderezada”, y, para asegurar el éxito del nuevo asalto, “toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrando, habitan allí, viniendo a ser las postrimerías de aquel hombre peores que sus principios” (San Mateo, XII, 43-45).
En efecto, la Masonería Internacional buscó astutamente, entre los mismos combatientes de la zona antimarxista, colaboradores peores que ella, en el sentido de que eran más eficaces que ella para realizar sus propósitos, y maniobró hábilmente, con el pretexto de fomentar la unión y convivencia de todos los españoles, evitar nuevos desastres, y salvar para la Patria los “valores intelectuales” que podrían huir de otro modo al extranjero.
Personas prestigiosas y fidedignas que se encontraban en Salamanca, en 1937, pudieron leer y copiar las consignas de la Masonería Internacional, dictadas por entonces desde París y divulgadas secretamente entre los elementos masónicos emboscados en la zona nacional. Sus tres puntos principales eran: A) Trabajar primeramente para lograr un armisticio entre las dos Españas en lucha, a fin de llegar al arreglo de una paz negociada; B) Cuidar luego de ir borrando el signo católico que ostentaba la España Nacional; C) Valerse de la táctica de exaltar en toda ocasión los valores intelectuales de los izquierdistas y guardar silencio acerca de los intelectuales católicos.
Estas consignas, hábilmente difundidas en la zona nacional, tuvieron eco inmediato, hasta en ambientes que parecían estar al abrigo de toda sospecha.
Personas respetables tomaron en serio la idea del armisticio; aunque prevalecieron las que vieron inmediatamente en estas sugerencias la mano de los que trataban de evitar la derrota definitiva de la trágica Anti-España.
La campaña de silenciamiento de los intelectuales católicos y de exaltación de los izquierdistas tuvo dóciles ejecutores en algunos periódicos de la España Nacional, y hasta en actos públicos en que parecían estar más evidentemente fuera de lugar. Por ejemplo, en Marzo de 1938, más de un año antes del fin de la guerra, celebraron en Vigo los estudiantes-soldados la fiesta religiosa de Santo Tomás de Aquino, Patrono de los Estudiantes y Escuelas Católicas. En ella, uno de los oradores, que vino de fuera, comenzó su discurso con la declaración de que, para saber lo que es España, hay que leer las obras de Unamuno, Pío Baroja, Valle Inclán y otros varios autores del mismo estilo. ¡Sano manjar espiritual, para servírselo el día de Santo Tomás de Aquino a los estudiantes que estaban arriesgando sus vidas en los frentes de combate por una Patria mejor!
Los efectos conseguidos con esta exaltación sistemática de los valores izquierdistas y el silenciamiento sistemático de los valores católicos los he podido apreciar personalmente dentro y fuera de España. Visitando en América una de sus Universidades Católicas, me dijeron, como cosa grata a un huésped español, que funcionaba en ella una cátedra de literatura española, con buen número de alumnos y alumnas. Les pregunté qué programas tenían y qué prácticas realizaban; y me contestaron que, fuera de los temas generales propios de toda literatura, se dedicaban especialmente a leer y comentar a los dos escritores más representativos de la moderna España literaria, Ortega y Unamuno. Es decir, que la España católica, en una Universidad Católica, estaba representada por dos heterodoxos.
A muchos de nuestros jóvenes intelectuales, y sobre todo a los universitarios, les pasa lo mismo. Apenas oyen alabar más que a los autores izquierdistas; ésos son los que ven citados continuamente en las revistas literarias, en los ensayos filosóficos, en los libros de los autores que se precian de estar al día. Todos los reflectores de la propaganda literaria proyectan su potente luz casi exclusivamente sobre sus obras, dejando en la penumbra del olvido o del compasivo desdén los méritos de otros ingenios. Aquéllos les son presentados como “Maestros”; aquéllos constituyen para muchos casi el único “pan de su inteligencia”. El efecto que les producen esos libros, leídos sin las debidas cautelas y sin la necesaria preparación filosófica y teológica, nos lo describe el Capellán Nacional del Frente de Juventudes, Dr. D. Ramiro López Gallego, refiriéndose en particular a D. José Ortega y Gasset: “No hay que echar en olvido que, para valorar la obra de Ortega, no basta manejar sus libros: es preciso conocer el efecto en las almas de los que han recibido el impacto de esos libros. Personalmente conozco hombres por cuyo espíritu el aliento espiritual de Ortega ha pasado como un ciclón devastador de sus creencias religiosas. Otros, sin llegar a perder la fe, se enfriaron de tal manera, que fríos siguen todavía”. (En el Número 497 de la revista “Juventud”).
Ahora bien: observando la continuidad y tenacidad con que se vienen cumpliendo, en una u otra forma, las consignas masónicas de 1937, se comprende lo que escribe el Excmo. Sr. Obispo de Astorga, buen conocedor del ambiente que se respira en los círculos intelectuales y en las Universidades, como Rector que ha sido de una de ellas, cuando dice: “Es todo un plan concertado para perder a España, con la impiedad en los libros, completada con la inmoralidad de los espectáculos, el que viene desarrollándose sistemáticamente en nuestro país, en sospechosa coincidencia con otra campaña de desprestigio que se realiza en el Extranjero, lo que hace pensar en la existencia de una verdadera conjura de hondas raíces internacionales, y de posible inspiración masónica, cuya finalidad esencial sería la destrucción de nuestra unidad católica, en defensa de la cual lucharon, y, muriendo, triunfaron nuestros mejores, en la por muchos olvidada, cuando no tergiversada, Cruzada Nacional” (Carta Pastoral del Excelentísimo Sr. D. Jesús Mérida, Obispo de Astorga, 7 de Diciembre de 1953, pág. 369 del “Boletín Diocesano” de dicho mes).
Campaña paralela de tolerancia
Antes de indicar cuál ha de ser nuestra actitud razonable y justa, con respecto a los intelectuales heterodoxos, llamaremos la atención sobre una campaña en pro de la tolerancia, que, por la forma en que se desarrolla y por el momento histórico en que se intensifica, nos parece perturbadora para muchas conciencias vacilantes.
La tolerancia en ciertos órdenes de la convivencia humana puede ser hija de la virtud suprema de la caridad, y todos saben que la sexta de las Obras de Misericordia Espirituales es “Sufrir con paciencia las flaquezas de nuestros prójimos”. Pero hay que notar también que la misma virtud de la caridad nos obliga al mismo tiempo, según los casos, a poner en práctica la tercera de las mencionadas Obras de Misericordia, que es “Corregir al que yerra”. Lo cual, en los padres, superiores y gobernantes, no es solamente obligación de caridad, sino de estricta justicia. Y pecan ciertamente los que, por indiferencia, flojedad, pereza o malicia, toleran los errores o vicios que causan estragos en las almas y se podrían impedir sin daños de transcendencia superior.
La tolerancia, por definición, es siempre permisión de un mal; y será virtud o vicio, según sean la naturaleza y circunstancias del mal que se tolera.
Lo que en unas circunstancias es bueno y recomendable, puede ser en otras malo y condenable. Es bueno y recomendable el fomento del turismo y del arte; pero, en tiempo de peste, fomentar el turismo, para visitar los monumentos artísticos de la región apestada, puede ser una temeridad, y hasta un crimen.
Estamos en tiempos de peste espiritual, en que ciertos elementos regresivos de altos círculos intelectuales preparan la vuelta a situaciones de triste recordación y causan estragos en nuestra juventud. En estas circunstancias, la insistencia en predicar las excelencias de la tolerancia puede perturbar muchas conciencias y servir indirectamente de apoyo para los planes de los mencionados elementos regresivos, aun contra toda la voluntad de los panegiristas de la tolerancia. No justificamos por ello las imprudentes exageraciones en que pueda incurrir la misma sana intolerancia.
Pero dicha predicación será ciertamente muy grata a la Masonería. La Masonería histórica (no la fantástica y legendaria que venden en las logias a los infelices de los grados inferiores), nació predicando tolerancia, al abrirse en Londres la primera logia, el año 1717. Y esa línea de conducta la sigue hasta hoy, como han podido ver nuestros lectores en la prensa del 17 de Enero de 1954, con ocasión de haber sido condenado y puesto en el Índice de Libros Prohibidos, por la Suprema Congregación del Santo Oficio, una obra de Bernardo Heidelberg, sobre el aspecto conciliador de la masonería austríaca con respecto a la Iglesia Católica, con la defensa de la tolerancia en materia dogmática.
Nuestra actitud con respecto a los intelectuales heterodoxos
Lejos de nosotros negar ni desconocer los méritos científicos y valores literarios de los intelectuales heterodoxos.
La Iglesia los ha reconocido siempre, como es razonable y justo. Los Santos Padres de los primeros siglos dieron el ejemplo de utilizar lo bueno que encontraban en los escritores paganos, separándolo cuidadosamente de lo inmoral y erróneo. El mismo Apóstol San Pablo citó, en su discurso ante el Areópago de Atentas, dos textos de los poetas paganos Epiménides y Arato (Hechos de los Apóstoles, XVII, 28). Santo Tomás de Aquino redujo a un cuerpo doctrinal ordenado, claro, sólido y ortodoxo, las verdades filosóficas y teológicas esparcidas entre selvas de errores por los sabios paganos, judíos y mahometanos.
Todo lo bueno y verdadero es don de Dios, hállese donde se halle. Los Santos Padres comparan las cosas buenas de los libros malos a los vasos de oro y plata de los egipcios, que los hebreos pidieron prestados a sus esclavizadores, al trasladarse a la Tierra de Promisión. Dios, que era dueño de todas aquellas riquezas, se las regaló a los hijos de Israel. Y en cambio, a los egipcios, cuando pretendieron volver a esclavizar a los hebreos, no se lo consintió; y, ante su obstinación en perseguir a Israel, los sepultó en el Mar Rojo, con todos sus carros, caballos y caballeros. Utilicemos, pues, las riquezas de los heterodoxos, sin dejarnos esclavizar por ellos.
Pero, para poder utilizar sin peligro esas riquezas intelectuales, la Iglesia exige, como condición, varias cautelas de sentido común.
Primeramente, se requiere preparación intelectual y moral suficiente, para que los errores de los heterodoxos no lleguen a envenenar al lector o al oyente. La pérdida de la fe y de la ortodoxia no se compensa con nada, ni en el que la hace perder ni en el que la pierde. La palabra de Jesucristo es terminante y enérgica: “Al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le arrojaran al fondo del mar… ¡Ay de aquél por quien viniere el escándalo! Si tu mano o tu pie te escandaliza, córtatelo y échalo de ti; que mejor es entrar en la vida manco o cojo, que con manos o pies ser arrojado al fuego eterno” (San Mateo, XVIII, 6-8).
Muchos de los que leen libros heterodoxos carecen de suficiente preparación filosófica y teológica para hacer inocua su lectura. Les pasa lo que sucedió, a pesar de su gran talento, a Ernesto Renan, que cayó en la incredulidad y en la apostasía, porque, siendo seminarista no formado todavía, leyó clandestinamente libros heterodoxos.
En segundo lugar, para leer libros heterodoxos, se necesita permiso de la competente Autoridad Eclesiástica; porque de lo contrario es facilísimo engañarse a sí mismo, juzgándose suficientemente preparado y pretextando la consabida excusa: “A mí no me hace daño”.
La Iglesia no niega permiso para leer libros heterodoxos a los que ofrecen garantías de hacerlo sin peligro. Yo mismo recibí de Roma licencia perpetua para leer libros prohibidos, apenas terminé mis estudios teológicos.
En tercer lugar, se necesita ejercer atenta vigilancia sobre sí mismo, en el ejercicio de la misma licencia; porque con toda facilidad asimila uno inconscientemente el espíritu y no pocos errores del autor leído con admiración o gusto, si no se pone prudentemente a la defensiva contra el arrastre de su prestigio. Es oportuno recordar siempre lo que dice el sagrado libro del Eclesiástico: “El que con pez anda, se mancha; y el que trata con soberbios, se hace semejante a ellos” (Eccli., XIII, 1).
Enfermedades intelectuales contagiosas
El hombre es más prudente y juicioso en los asuntos corporales que en los espirituales. Nadie defendería, con respecto a las enfermedades contagiosas del cuerpo, las teorías que acepta fácilmente con respecto a las enfermedades contagiosas del alma.
Si un sabio está atacado de peste bubónica, de cólera morbo, o de cualquier otra enfermedad contagiosa, se le aísla en un sanatorio, se prohíbe su circulación libre en la nación, se le cierran las fronteras de las demás naciones, y no se acercan a él más que los médicos y los practicantes, con todos los desinfectantes, caretas y precauciones del caso.
Si el sabio está atacado de una enfermedad contagiosa de orden espiritual, no hay asilamiento de ninguna clase, no hay desinfectantes, ni caretas, ni precauciones; se le permite circular libremente por todas partes, se pone en contacto directo con todo el mundo, sin intermedio de médicos ni practicantes.
Esto significa que, para los defensores de esta exagerada tolerancia, la salud del cuerpo vale muchísimo, y la salud del alma poquísimo, o casi nada.
Pero lo razonable es que adoptemos para las enfermedades espirituales normas parecidas a las que se observan universalmente para las enfermedades corporales.
Debemos extremar nuestra caridad para con la persona del enfermo, compadecernos sinceramente de su desgracia, rogar a Dios por su restablecimiento, reconocer todos los méritos que le adornan y que hacen doblemente sensible su enfermedad; pero sin llegar a contagiarnos con ella, ni exponer a otros al mismo contagio.
Hay modo de aprovechar todo lo bueno que podemos esperar del enfermo, valiéndonos del asesoramiento y dirección de un buen médico, que para el caso puede ser un profesor experimentado u otra persona de reconocida solvencia intelectual y moral.
Por otra parte, no todas las obras de los heterodoxos son heterodoxas; y autores que, en una época de su vida, escribieron libros censurables, pueden haber publicado en otra obras inofensivas o laudables. Es, pues, necesario tener en cuenta todas estas circunstancias, para acertar en la elección de sanas lecturas, sin exageraciones por carta de más ni por carta de menos.
Ejemplo aleccionador de Ramiro de Maeztu
Ramiro de Maeztu era uno de los valores intelectuales más sólidos y bien intencionados de la llamada Generación del 98. Aunque nunca renegó del catolicismo, anduvo muchos años alejado de las doctrinas católicas, entusiasmado con la filosofía de Kant, que aprendió con afán en Alemania, con los principios del liberalismo, con el superhombre de Nietzsche, y con las sentencias de Zaratustra.
Pero su rectitud moral invariable, su honradez y su patriotismo, fueron abriendo poco a poco los ojos a su clara inteligencia, le hicieron renunciar a su ideología liberal y laica, le apartaron de las corrientes anticatólicas que arrastraban a muchos de los compañeros de su Generación, que militaban predominantemente en la Institución Libre de Enseñanza, y abrazó con la mayor sinceridad y la más decidida entrega los principios y prácticas de la Iglesia Católica.
Sin embargo, como es más difícil bautizar la inteligencia que cristianar el corazón, desconfiaba de los rastros y reliquias que habían dejado en su entendimiento las pasadas lecturas, y me decía en Buenos Aires, cuando ejercía allí con gran prestigio el cargo de Embajador de España: “Cuando note que incurro en alguna inexactitud o error doctrinal, llámeme la atención; porque todavía me quedan traspapelados en la cabeza algunos conceptos viejos”.
Esta honradez intelectual se manifestaba en otros muchos rasgos de su conducta, aun después de haber vuelto a Madrid, con el gran renombre adquirido en su Embajada. Me enviaba artículos para la prensa argentina, con ruego de que se los corrigiese libremente. Conservo, por ejemplo, la carta que me escribió desde Madrid, el 24 de Junio de 1930, donde me decía: “Espero que no escribiré cosa que no vaya bien en el periódico; pero, como no es ése mi propósito, queda usted facultado para hacer todas las tachaduras que pudiera creer usted convenientes. No es preciso que sean necesarias. Basta con que le parezcan convenientes”.
Ejemplo doble para nuestros jóvenes: en él verán, por una parte, los daños causados en una inteligencia preclara por las lecturas de autores heterodoxos, hechas sin preparación suficiente; y admirarán, por otra parte, su vuelta sincera y generosa a la plenitud de la verdad católica, por haber preparado los caminos de la gracia divina, con una gran rectitud de corazón y una humildad ejemplar.
La España que añoran las sociedades secretas
El mismo D. Ramiro de Maeztu me describía, en la carta antes citada, el estado en que había encontrado a España a su vuelta de la Argentina. Su descripción tiene la especial importancia de proceder de un intelectual que conocía íntimamente a toda la Generación del 98, a todos los dirigentes de la Institución Libre de Enseñanza, a todos los líderes políticos y a los directores y redactores principales de toda la prensa nacional.
“Hay aquí –me escribía– un millar de personas, seguramente no pasarán de esa cifra, que ocupan las empresas de publicidad, las corresponsalías, las cátedras universitarias más vitales (en su mayoría), y actualmente son mayoría en media docena de centros culturales de Madrid, que, por los puestos que ocupan, a causa del descuido nacional, son actualmente los árbitros de los instrumentos de publicidad, así como de las reputaciones literarias y profesionales. Pero no podrá durarles mucho esta situación de privilegio, porque los demás no estamos ciegos a lo que sucede. Esta idea se la doy para su gobierno”.
Esa “situación de privilegio” añoraban indudablemente las sociedades secretas internacionales, cuando dictaron las consignas que antes hemos indicado. Y la lástima es que sigan teniendo todavía tenaces seguidores, aun después de haber visto las desgracias acarreadas por esa situación a nuestra Patria.
¿Permitirá la actual juventud universitaria la vuelta a los horrores que preveía Ramiro de Maeztu desde 1930, y que, desgraciadamente, no pudo él evitar? “Puede usted estar seguro –me escribía– de que pondré lo que me queda de vida en tratar de evitar a mi país los horrores que le esperarían, si esa gente pudiera obrar a su gusto”.
Por desgracia, “esa gente” pudo obrar a su gusto, y le asesinó miserablemente en Aravaca una noche de Octubre de 1936.
Es necesario preparar ahora seriamente a los universitarios y a España entera para oponerse con energía y decisión al movimiento regresivo, patrocinado por las sectas. Es necesario contrarrestarlo también positivamente con un movimiento progresivo hacia el ideal de una nación católica, grande, unida y justa.
La juventud universitaria, en lugar de ir a remolque de mentalidades que fracasaron trágicamente, debe aspirar a formarse bien, para empuñar ella misma el timón de la España renacida, y dirigir su rumbo hacia los nuevos y gloriosos destinos que le reserva la Providencia.
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