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Tema: "El Silencio de Dios", de Rafael Gambra (1968)

  1. #1
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    "El Silencio de Dios", de Rafael Gambra (1968)

    Lectura de "El Silencio de Dios", de Rafael Gambra (1968)




    Esta interesante obra se puede leer aquí: grupo.do (larramendi.es)


    -
    Última edición por ALACRAN; 17/06/2022 a las 18:20
    Pious dio el Víctor.
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

  2. #2
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    Re: "El Silencio de Dios", de Rafael Gambra (1968)

    PROLOGO DE GUSTAVE THIBON AL LIBRO DE RAFAEL GAMBRA "EL SILENCIO DE DIOS"
    (ED. PRENSA ESPAÑOLA-MADRID 1968)


    Este libro es un testimonio. No "al sol que más calienta", sino a los astros que fueron ayer estrellas fijas de nuestro destino y que están hoy desapareciendo de nuestro horizonte. Un testimonio en favor del hombre eterno contra los ídolos que ha segregado nuestra locura y que devoran nuestra propia sustancia. Un grito de alarma profétíco frente al inmenso suicidio colectivo que nos amenaza y que se reviste eufóricamente de los bellos nombres de progreso, de sentido de la historia, de liberación, de democracia —cuando no de ecumenismo o de aggionamento.

    Por ello, este libro posee todas las virtudes de la novedad.

    En un siglo en que reina el conformismo del absurdo y del desorden, en que el ídolo de la revolución permanente se ha convertido en signo de reunión para los rebaños de esclavos teledirigidos, nada hay más nuevo ni más insólito que predicar el retorno a las fuentes y defender la naturaleza y la tradición.

    "Nunca como hoy el genio de una época se ha aplicado a la destrucción minuciosa de su propia "ciudad humana" —de sus valores y de su sentido— hasta el extremo paradójico de que el conformismo ambiental se expresa hoy por la actitud revolucionaria, y que la posición insostenible, heroica, ha llegado a ser la conservación y la fidelidad". Han llegado ya los tiempos anunciados por Nietzsche en los que "hacerse abogado de la norma se convierte en la forma suprema de grandeza".

    La Ciudad de los hombres que defiende Rafael Gambra estaba hecha de un conjunto de lazos vivos y vividos que, a través de los diferentes niveles de la creación, mantenían al hombre unido a su origen y le orientaban hacia su fin. La casa, la patria, el templo le protegían contra el aislamiento en el espacio; las costumbres, los ritos, las tradiciones, al hacer gravitar las horas en torno a un eje inmóvil, le elevaban por encima del poder destructor del tiempo.

    De esta Ciudad de los hombres estamos presenciando su agonía. El liberalismo, al aislar a los individuos, y el estatismo al reagruparlos en vastos conjuntos artificiales y anónimos, han transformado a la sociedad en un inmenso desierto cuyas ciegas arenas son arrebatadas en los torbellinos del viento de la historia. Y el hombre, víctima de este fenómeno de erosión, no tiene ya morada en el espacio (se ve, a la vez, en prisión y en destierro), ni punto de referencia en un tiempo por el que corre cada vez más de prisa sin saber adónde va.

    Las Ciudades de antaño, al enraízar al hombre con las realidades visibles e invisibles, le ayudaban a elevarse sobre sí mismo. Hoy día, el ideal que se propone no es vertical, sino horizontal: está en la carrera misma, en la "huida hacia adelante", y no en el crecimiento espiritual. En lugar de intentar reproducir un arquetipo eterno, hay que dejarse arrastrar por un movimiento perpetua y siempre acelerado. Psicólogos y sociólogos "al día" nos hablan sin cesar de la "mutación radical exigida por los progresos de la técnica y de la socialización". En este punto, los luminosos análisis de Rafael Gambra sobre la aceleración de la historia coinciden con los recientes juicios de una joven filósofo francesa, Françoise Chauvin: "Los hombres han deseado siempre cambiar; pero en otro tiempo deseaban ese cambio para acercarse a aquello que no cambia, al paso que hoy quieren cambiar para adaptarse a lo que de continuo cambia...

    Ya no se trata de ganar altura, sino de llevar la delantera; no de superarse, sino de no dejarse adelantar." El hombre se encuentra así reducido al más pobre de sus atributos, al más próximo a la nada; el cambio indeterminado, sin principio y sin objeto...

    Que este tipo humano así fabricado en el laboratorio del progreso y de la democracia abstracta goce de un nivel material incomparablemente superior al de sus antepasados; que pueda esperar, en un porvenir más o menos próximo, verse libre de la miseria, de la enfermedad y de la guerra, poco importa: habrá perdido esos dos bienes esenciales para él e irreemplazables que son el arraigo y la continuidad; y, con ellos, la posibilidad misma de ejercer las más altas virtudes del hombre: el amor y la fidelidad. "¿Cómo amar lo abstracto que no tiene forma o figura humana ni divina? ¿Cómo ser fiel a un flujo permanente?" Aún peor, ni siquiera se acordará del bien perdido: "pierde lo esencial sin darse cuenta de que lo ha perdido". Asegurado contra todos los riesgos, quedará al mismo tiempo insensibilizado a todas las promesas. Acuden a la mente los versos de Machado: "soledad de barco, sin naufragio y sin estrella...".

    Las páginas más emocionantes y más dolorosas de este libro son aquellas en que el autor analiza los efectos de este proceso de desintegración en el seno de la Iglesia Católica. El progresismo católico corta los puentes (Simone Weil diría los metaxu) entre el hombre y Dios, la tierra y el cielo. Una religión que disuelve lo eterno en la historia y que rechaza, como adherencia de un pasado para siempre concluso, prácticas y ritos que son el punto de inserción dé lo infinito en el espacio y de lo eterno en el tiempo —tal religión no será más que un vago humanitarismo, sin forma y sin contenido. En ella, su prostitución a los ídolos del siglo se reviste del vocablo halagüeño de "apertura al mundo"; la mescolanza y la confusión se presentan como un progreso hacia la unidad; la deserción se disfraza de "superación". ¿Cómo no evocar las líneas proféticas de Dostoiewsky?:

    "cuando los pueblos comienzan a tener dioses comunes es signo de muerte para esos pueblos y para sus dioses... Cuanto más fuerte es un pueblo, más difiere su Dios de los otros dioses... Cuando muchos pueblos ponen en común sus nociones del bien y del mal, es entonces cuando la distinción entre el bien y el mal desaparece...".

    Las antiguas formas de la sociedad, al impregnar de sagrado casi todas las manifestaciones de la vida temporal, hacían el tiempo permeable a lo eterno y a Dios presente en la historia. Pero esta alianza de lo social y lo divino se desmorona en cuanto el hombre no reconoce otro dios que él mismo, ni otra patria que el mundo temporal transformado y desfigurado por sus manos. Y se acerca a grandes pasos la hora en que el ídolo del porvenir le ocultará la eternidad.

    Esta será, sin duda, para los últimos fieles, la suprema prueba de la fe. La pureza, el heroísmo de esa fe se medirán por la resistencia del "pneuma" divino, interior y libre (spiritus fíat ubi vult) al viento servil de la historia. Ante el silencio de Dios, los creyentes de mañana tendrán quizá que elegir entre la realidad invisible de una eternidad en apariencia sin porvenir y el espejismo brillante de un porvenir sin eternidad.

    Bérulle definía al hombre como "una nada capaz de Dios". Pero he aquí que ese hombre se transforma cada vez más en un falso dios, incapaz del Dios verdadero. ¿Llegaremos hasta el término de esta subversión y habrá que desesperar de la Ciudad de los hombres? Rafael Gambra se complace en repetir las palabras demasiado lúcidas de Taine: "ningún hombre sensato puede ya esperar". Pero no olvidemos (cito de nuevo a Françoise Chauvin) que "la lucidez es la peor de las cegueras si no se ve nada más allá de aquello que se ve". El cristiano, a imitación del apóstol San Pablo, está obligado a esperar contra toda esperanza (contra Spem in spe), porque Cristo ha vencido al mundo y esta victoria abarca la totalidad del tiempo y del espacio. Y, por inciertas que sean las probabilidades de éxito, nuestra misión aquí abajo consiste en restaurar pacientemente, en nosotros y en torno nuestro, las condiciones para una restauración de la Ciudad de los hombres; es decir, en preparar un porvenir a la eternidad.

    Con este llamamiento se acaba este bello libro. Nuestro deseo más ferviente es que sea escuchado, en el secreto de las almas, como un eco del silencio de Dios.

    GUSTAVE THIBON.
    Última edición por ALACRAN; 17/06/2022 a las 18:24
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  3. #3
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    Re: "El Silencio de Dios", de Rafael Gambra (1968)

    Comentario a la obra del fray Miguel Oltra, O. F. M. (*)


    Revista FUERZA NUEVA, nº 73, 1-Jun-1968

    EL SILENCIO DE DIOS” de Rafael Gambra

    Por fray Miguel Oltra, O. F. M. (*)

    Cuando los teólogos y filósofos progresistas se han convertido en juglares de las ideas; cuando la sofística ateniense, que combatió Sócrates, resulta un modesto resfriado al lado de la pulmonía doble que significa la locura de nuestro tiempo, segregando ídolos que destruyen nuestro propio ser, se hace necesario encontrar el camino firme que nos conduzca a la verdad y a la etiología del absurdo y del desorden. Por eso me ha parecido muy poca cosa hacer una simple reseña del libro de Gambra. Merece algo más: una síntesis de su pensamiento que invite a leer y a pensar a los que se resisten a ser esclavos o rebaños teledirigidos.

    La “Ciudad de los hombres” es la idea que domina toda la obra. Esta “Ciudad” está constituida por un conjunto de lazos vivos y vividos que, a través de los diferentes niveles de la creación, mantienen al hombre unido a su origen y lo orientan hacia su fin: es como un eje inmóvil que lo eleva por encima del poder destructor del tiempo. La “huida hacia adelante”, sin crecimiento espiritual, hace del hombre una marioneta inconsciente llevada por “los vientos de la historia”; queda así reducido al más pobre y miserable de sus atributos, al más próximo a la nada: el cambio indeterminado, sin principio y sin objeto.

    A este propósito ha escrito Françoise Chauvin: “Los hombres han deseado siempre cambiar; pero en otro tiempo deseaban ese cambio para acercarse a aquello que no cambia, al paso que hoy quieren cambiar para adaptarse a lo que de continuo cambia… Ya no se trata de ganar altura, sino de llevar la delantera: no de superarse, sino de no dejarse adelantar…”

    Rafael Gambra analiza y profundiza la gran experiencia filosófica y humana de Saint Exupéry, sintetizadas en estas dos nociones básicas y elementales que esclarecen la actual situación del hombre desarraigado: ENGAGEMENT = compromiso y APPRIVOISEMENT = domesticación. Platón había dicho: “Es preciso meditar en las cosas que el alma anhela, en los objetos a que quiere comunicarse, en el enlace íntimo que por naturaleza tiene con lo que es divino e imperecedero. Estas ideas platónicas son realidad en el alma humana, aun en ese fenómeno universal del desarraigo que llamamos “turismo”, que puede servir de base a una nueva religación del hombre a su “Ciudad”. El turista busca siempre lo diferencial, lo típico y localizado, es decir, lo comprometido y vinculado a un tiempo histórico, a una situación, a un espacio concreto. Si el modo de vida y la desvinculación del turista se hicieran universales (y absolutos), el mundo humano no ofrecería ya nada a su contemplación, puesto que todo se habría hecho extrínseco, uniforme, anónimo.

    El prologuista de la obra, Gustave Thibon, presencia la agonía de la “Ciudad de los hombres” actual con estas palabras: “El liberalismo, al aislar a los individuos, y el estatismo, al reagruparlos en vastos conjuntos artificiales y anónimos, han transformado a la sociedad en un inmenso desierto cuyas ciegas arenas son arrebatadas en los torbellinos del viento de la historia. El hombre, víctima de ese fenómeno de erosión, no tiene ya morada en el espacio; se ve, a la vez, en prisión y en destierro”. (…)

    Rafael Gambra, que ha tratado en otros estudios sobre el mito y aceleración de la historia, analiza el concepto de “avanzado”, que conduce inexorablemente la sociedad de masas, sociedad homogénea carente de grupos históricos y aún de personalidades diferenciadas, que aplaude todo cambio por ser cambio, y el apresuramiento o anticipación de las estructuras, que destroza al día siguiente. La maduración, la lealtad, la tradición, se convierten en el progresismo en devenir sin sentido ni finalidad, incoherencia dinámica de un presente sin memoria ni sosiego. Es la hora histórica del insensato y de su eterno ¿por qué no?

    Hombres y grupos de hoy se han puesto de acuerdo sobre el ideal inmediato del desarrollo económico, de los derechos del hombre, de la libertad y de la paz. Pero faltan dos cosas importantes: el arraigo y la continuidad, bien inicial de poseer un mundo propio, con figura y sentido humanos, de arraigarse en él. Sin eso, se responde a las necesidades de los hombres como se responde a las necesidades del ganado, al que se estabula sobre la paja. ¿Qué humanidad será ésta? Humanidad amorfa, educada en el solo ideal de la igualdad y de la envidia; de hombres empeñados en parecer mujeres, de mujeres empeñadas en parecer hombres, de clérigos empeñados en parecer seglares, de humanos en disimular su edad, su condición, su jerarquía, los límites y el sentido que aún conserve su vida…

    Nuestro autor pasa al campo religioso y se pregunta: “En una mentalidad racionalista y desarraigada, ¿qué valor cabe otorgar al ministerio de la gracia? En una sociedad de masas, ¿qué lugar se puede conceder a los ritos, la comunión de las almas, la unción sacerdotal? En una moral de situación o de eficacia, ¿cómo mantener la rigidez preceptiva de una moral de principios o de religación? Y el progresismo católico, llevado por un complejo de inferioridad, tratará de limar cuantas aristas rocen a la mentalidad y formas del mundo moderno, para demostrar a ese mundo que ser católico es lo mismo que no serlo… Con ello se pierde todo el plano de referencia y no se sabe el suelo que se pisa; se ha dilapidado el tesoro de la verdad en artificios lingüísticos de juglar. Y el ¿por qué no? de los progresistas se convierte en lo que se ha llamado “traición de clérigos”…

    El libro de Gambra debe leerse y meditarse. Dios sigue hablando con su silencio y está más cerca de nosotros que nosotros mismos. La Naturaleza se encarga de castigar lo que se hace en contra suya y la Humanidad no puede tolerar el error como sopa sempiterna; no se resigna a ser aniquilada ni a convertirse en rebaño de esclavos. Por otro lado, estamos convencidos de que “las puertas del infierno no prevalecerán” y después del silencio de Dios, vendrá la epifanía de la luz del Verbo. Y a usted, querido amigo Rafael Gambra, un cordial “Dios se lo pague” por su magnífico trabajo.


    (*) P. Oltra, que fundaría, un año después (1969), la tradicionalista “Hermandad Sacerdotal Española”.

    Última edición por ALACRAN; 09/08/2022 a las 13:01
    Pious dio el Víctor.
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

  4. #4
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    Re: "El Silencio de Dios", de Rafael Gambra (1968)

    Gracias por el aporte Alacrán!

  5. #5
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    Re: "El Silencio de Dios", de Rafael Gambra (1968)

    HOMENAJE A RAFAEL GAMBRA, POR EL ÉXITO DE “EL SILENCIO DE DIOS”


    Revista FUERZA NUEVA, nº 79, 13-Jul-1968

    HOMENAJE A RAFAEL GAMBRA, POR EL ÉXITO DE “EL SILENCIO DE DIOS”

    El pasado día 6 de julio, en el Gran Hotel Victoria se celebró la cena homenaje a Rafael Gambra, por el éxito de su reciente libro “El silencio de Dios”, y que ha alcanzado la segunda edición, en el espacio de pocas semanas, a pesar de tratarse de una rigurosa meditación filosófica y política. El acto, patrocinado por el Centro de Estudios Históricos y Políticos General Zumalacárregui, estuvo presidido, junto con el homenajeado, por el ex ministro señor Sanz Orrio, el general Iniesta, el señor De Asís Garrote, director general de Enseñanza Media; el ministro plenipotenciario, señor Thomas de Carranza, el general Ruiz Hernández y el presidente del Grupo de Fundadores de FUERZA NUEVA, Blas Piñar, entre otras personalidades. El acto transcurrió dentro de la mayor animación y el salón se vio abarrotado de asistentes, que solicitaron repetidamente la firma del autor de “El silencio de Dios” sobre muchísimos ejemplares.

    A los postres fueron leídas las adhesiones a la persona y a la obra de Rafael Gambra, entre las que se encontraban las de ministros, catedráticos, personalidades de las artes y de las ciencias, etc., las de varios jefes regionales de Requetés, como el de Barcelona, y la del delegado provincial de la Vieja Guardia de la capital catalana. Abrió el homenaje a Blas Piñar con unas palabras de presentación de “El silencio de Dios”, para señalar su significación en el momento religioso y político que vivimos. Entre otras cosas, dijo:

    Palabras de Blas Piñar

    Creo que el diagnóstico de Gambra es clarificador y valiente, y coincide, por otra parte, con el que ha hecho, desde un ángulo diametralmente distinto Tierno Galván, al hablarnos de una generación burguesa de jóvenes fratricidas, que odian, más que a sus padres, a un mundo construido que no les da una explicación seria de su vida, al que se sienten ajenos, y del que se hacen enemigos, sin saber tampoco lo que puede edificar con los cascotes que alfombran el desierto que sigue a la destrucción que predican.

    Nosotros, los que estamos en la línea fundamental del pensamiento que Gambra representa, hemos sido llamados con esas calificaciones peyorativas de reaccionarios, intransigentes, integristas y ultras. Nos apenan, por algunos, de los campos de donde tales calificaciones proceden, pero no nos asustan, porque sabíamos de antemano que el mito de los “vientos históricos” es uno de los señuelos con que juegan los “sofistas” y que admiten con facilidad los afiliados al amable y perezoso, conformismo. Y el árbol, como dice Gambra, lo es o puede serlo en tanto permanece enraizado en la tierra y no en tanto que lo arranca y lo empuja en el aire el huracán desencadenado.

    En esta hora de España, “El silencio de Dios”, sin dejar de ser un libro de filosofía, es un discurso religioso y un discurso político.

    Discurso religioso, porque el autor no quiere, y nosotros tampoco queremos, que la idolatría del porvenir nos oculte la eternidad, porque las horizontales son fruto de la verticalidad, que alarga y ensancha el horizonte y divisa y permite domar los obstáculos y las dificultades. Por eso, en la “Populorum progressio” el Papa pide, para un desarrollo total, la contemplación religiosa.

    Discurso político, porque en su libro, Gambra afirma que la ciudad terrena perece por disolución interior, porque el orden fariseo mantenido por los “sabios” que desertan favorece el ataque de los “sofistas” revolucionarios que lo asaltan; y porque, frente a los unos y a los otros, aunque sea arduo, se impone el oficio del reformador o restaurador, que a un tiempo respeta el orden y lo purifica.

    La liberación del hombre, su verdadera “desalineación”, hay que realizarla a partir de realidades concretas: familia, profesión, municipio, de la entrega fervorosa a la comunidad, del mandar responsable y de la servidumbre gozosa del obedecer alegre, del amor a la continuidad, del sacrificio de la existencia por la esencia, como diría José Antonio. He aquí todo un programa que entre nosotros hemos intentado mantener y realizar y que ahora también experimenta profundas y radicales sacudidas.

    Otras intervenciones

    A continuación, el general Ruiz Hernández trazó una semblanza de las ideas y de los valores filosóficos de la obra de Gambra, a través de un análisis minucioso de sus libros, que guardan una perfecta coherencia ideológica y que son fruto de una conducta y de una entrega intelectual intachables.

    Intervino el catedrático de la Universidad de Sevilla, señor Elías de Tejada, para afirmar la necesidad de centros como el que preside, el de Estudios Históricos Zumalacárregui, para trabajar en favor de la unidad católica, que es algo consustancial a España.

    Por último, tomó la palabra Rafael Gambra, que, junto a agradecer el homenaje de que se le hacía objeto, glosó las líneas más importantes de su libro. “El silencio de Dios”, según Rafael Gambra, ha tenido las mismas dificultades para su publicación que un libro marxista hubiese padecido en los años cuarenta. Y es que se trata de un libro un tanto clandestino, inmersos como estamos en las nuevas corrientes del hegelismo-marxismo. El libro afronta un interrogante doloroso en muchos espíritus, pues el hombre que mantiene hoy cualquier género de lealtad a un orden superior se siente tachado de inmovilista, mientras, por otra parte, se le propone un cambio de estructuras como actitud e imperativo de la época. Relacionó “El silencio de Dios” actual con el evangélico y que él sitúa en los postreros momentos de Cristo, desde el Domingo de Ramos hasta su Resurrección. Hizo, asimismo, un recorrido histórico de España para afirmar la necesidad de aspirar a la Ciudad de Dios y para tener un ideal nacional que oponer a tantos movimientos separatistas y disgregadores, basado en el conocimiento exacto de nuestra Tradición y de nuestra Fe. Todos los oradores fueron calurosamente aplaudidos.





    Última edición por ALACRAN; 14/12/2022 a las 12:52
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    Re: "El Silencio de Dios", de Rafael Gambra (1968)

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Otro artículo excelente sobre “El silencio de Dios”

    Revista FUERZA NUEVA, nº 80, 20-Jul-1968

    UN LIBRO COMPROMETEDOR

    Por Jaime Montero

    Resulta noticia periodística que, en el ambiente espeso y caliginoso que forman hoy en Madrid la impudicia de modas y anuncios, la obscenidad de los espectáculos y la chocarrería de novelas y conversaciones, se haya producido un libro escrito con pulcritud. Y que, tratando éste temas religiosos, la erudición y la problemática actuales sirvan para confirmar verdades y apuntar soluciones, no para esparcir errores y sembrar escepticismo en los lectores.

    Se trata del libro “El silencio de Dios”. Su autor es Rafael Gambra.

    Tiene otras dos virtudes que le hacen insólito: obliga a pensar, cuando a casi nadie dejan hacerlo la televisión y otros medios de incomunicación social, y se enfrenta resueltamente con la corriente mundanizadora de ciertos clérigos y laicos puestos a un “arreglo de pesas y medidas” entre la Iglesia y el “mundo moderno”, como para “demostrar que ser católico viene a ser lo mismo que no serlo”.

    Con una prosa clara y poética, de sedante rigor filosófico, describe la faramalla vocinglera de los progresistas católicos de nuestros días, a quienes devora la comezón de hacerse escuchar. Llevados, como dice Charles Koninck, de su irreprimible apetito de injerencia en las vidas ajenas, ya que “el doctor humanista tiene más deseo de enseñar que de conocer”, nadie es otra cosa, para ellos, que un participante o medio de expresión de su vida personal, y forman la “sociedad de los yo”, que se basa en la “libertad de la palabra: palabra independizada de la inteligencia”.

    De emocionantes y dolorosas califica Gustave Thibon, en el prólogo a la obra de Gambra, las páginas en que el autor describe la tarea destructora “de toda realidad circundante sacralizada” llevada a cabo por el “juglarismo” de los modernos “insensatos” -reencarnación viviente del insensato o interlocutor objetante de San Anselmo- que, para Gambra son los que Maritain llama “nuestros teólogos más avanzados, pobres cristianos sofisticados que tanta necesidad tendrían de un Sócrates”. Los mismos que, por “estar al día”, traicionan a la verdad con una actitud ambigua, en frase de S. S. Juan XXIII.

    El “juglar de las ideas”, desconocedor de las figuras existenciales concretas -familia, patria, comunidad…- que Gambra gusta referir a la ciudad o mansión del hombre, fundada en la profundidad del fervor y del amor que se entrega y se compromete, se sitúa siempre en el mundo abstracto e igualitario de una lógica desencarnada, y, en su insensatez, ignora el principio humilde de la fidelidad a “lo que es” y a lo que (envolviéndolo y generándolo) es “más que él”. Ignora que la vida humana es creación de lazos con las cosas. Cree que es por éstas, en su ser físico (la tierra, la casa, la bandera…), por lo que se muere, idolátricamente, y, en su culto a la “propia e íntima libertad del sujeto”, no alcanza a comprender que el hombre muere “por salvar el nudo invisible que convierte a esas cosas en dominio, patria, en rostro familiar”; lazo que se hace de fervor y entrega y se capta por el corazón, porque sólo se ve realmente aquello que se ama.

    Tiene gran fuerza dramática el enfrentamiento a que lleva este libro entre el guirigay universal que forma el “juglarismo religioso” y los impresionantes silencios de Cristo: cuando niega el diálogo a quienes le hablan con intención de enredarme en sus zalagardas, cuando rechaza lacónicamente las tentaciones de Satanás en el desierto, o en el gran silencio de Dios en la cruz frente a la apostasía de los tiempos, ante aquellos “que no saben lo que hacen”.

    El propósito de Gambra es hacer “un diagnóstico constructivo del tiempo que vivimos”, y ciertamente hay elementos sobrados en sus páginas. Se tratará, para los hombres dispuestos a luchar contra el “proceso profundo de descomposición” en que se debate la civilización moderna, de descubrir los tesoros de la realidad, enterrada y “reemplazada por el mundo imbécil del racionalismo”, según la expresión de Maritain; de olvidar el siglo y medio de historia europea estropeado, que decía Ortega lamentando las ilusiones alimentadas por la obra de Rousseau y su mito de bondad natural del hombre; de irrumpir por el compromiso creador en el mundo valioso que “no se ve más que con el corazón”, y de usar la libertad, no al modo liberal y falso de la desvinculación -a la manera egoísta que permite desentenderse de las situaciones envolventes-, sino como poder personal de comprometerse libremente en la acción presente y de construirse un futuro, en frase de Sartre.

    Gambra señala los escollos. Si hay que defender lo que nos es propio, el orden de las cosas que tienen un sentido, el “tiempo personal” interior y continuo de la propia vida y de las comunidades en que se habita, contra los embates del “tiempo ajeno”, discontinuo, adversario del propio, ¿cómo ser fiel cuando cualquier forma de lealtad sea tachada (por los llevados en alas de ese “tiempo exterior”) de actitud reaccionaria, inmovilista o de espíritu utópico? Y si inexcusable el recto designio de reforma o renovación de costumbres e instituciones, ¿qué innovación curativa o impulsora cabría a partir de estructuras que no se tengan “por sí” válidas o estables, sino solamente en función de un progreso o evolución hacia “fines abstractos y teóricos”?

    Porque ese es el trance en que sitúa a las sociedades actuales la inversión de actitudes que señala Gambra en los hombres de ese “tiempo”: reducidos a “masa”, aceptan sin protesta ser dirigidos por poderes anónimos y cualquier género de coacción tecnocrática (ante las que muestran ellos, los “rebeldes”, el más servil “conformismo”), en la misma medida en que experimentan un despegó básico y una “rebelión” creciente contra las comunidades naturales o estructuras entrañables que les albergan. ¡Ellos, tan dóciles a dejarse llevar por los vientos de la historia!

    Pero en el mismo libro se dan las soluciones. El caso de Sócrates, que Gambra analiza con extraordinaria lucidez, es ejemplar. Contra el conformismo suicida de las clases cultas -los hoy activismos progresistas-, con su insensato juego a favor de la evolución, sin sentido de la historia que impulsa el ideologismo abstracto, y contra los “revolucionarios” sin respeto a leyes o creencias, ni los cimientos del orden o a los principios del bien y la verdad, deben surgir y manifestarse con fuerza los contradictores, hombres de fe y de verdadero saber.

    Y con especial vehemencia, la “sana rebelión” de los hombres con principios, inflamados de noble anhelo reformador, cuya actitud es esencialmente distinta de la rebelión totalizada e incoherente del revolucionario o espíritu nihilista, del “avanzado”, del sofista escéptico de la época socrática y del “juglar de las ideas” de todas las decadencias.

    Ningún otro pueblo se encuentra en las condiciones que España para emprender esta tarea. Urge poner de manifiesto los gravísimos errores, de incalculables consecuencias, latentes en la tendencia europea de envolver otra vez lo eclesiástico lo temporal; porque si, siglos atrás -reforma protestante- secularizaron el poder eclesiástico en los príncipes, ahora pretenden, al socaire de la socialización, arrebañar como pobres ovejas sin pastor a los fieles en la masa dócil de las democracias sin historia ni figura.

    Es necesario meditar sobre las graves palabras de Gambra a este respecto. No sucumbamos en la tentación de tantos como están profanando el sagrado nombre católico por haber caído en las redes satánicas de gozar los “reinos de la tierra” -halagos, publicidad, grandes ganancias- a cambio de someterse a sus “leyes propias”: las del sensacionalismo, el lucro, la taquilla o el mercado, que es la “adoración” exigida por el mal espíritu, dominador de aquellos reinos, para entregarlos a sus siervos.

    Es cierto que la Iglesia reconoce la autonomía de lo temporal, pero también dice el Concilio que todos los órdenes terrenos “deben respetar la primacía absoluta del orden moral objetivo”.

    Contra el cansancio de los buenos que denunció Pío XII, y contra el insensato afán de darle la razón en todo al mundo, pidiéndole perdón y considerando realizaciones “cripto cristianas” las de la revolución o el socialismo, positiva y deliberadamente anticristianos (puesto que surgieron en el proceso descendente de la apostasía occidental), tenemos que asumir entre todos la grandeza de la misión providencial de la Iglesia en los tiempos presentes, como viene propugnar Gambra en su libro, manteniendo, también hacia adelante, el sentido de la continuidad y de los límites -nuestro patrimonio espiritual, el ser de las cosas, el rostro de nuestro tiempo- frente a los embates del tenebroso “tiempo exterior” y discontinuo, arrollador y amorfo, que producen los “vientos de la historia” y no es más que el proceso dialéctico del acontecer, forzado por la ideología abstracta de los hombres sin Dios.


    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

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