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Tema: "El Silencio de Dios", de Rafael Gambra (1968)

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    "El Silencio de Dios", de Rafael Gambra (1968)

    Lectura de "El Silencio de Dios", de Rafael Gambra (1968)




    Esta interesante obra se puede leer aquí: grupo.do (larramendi.es)


    -
    Última edición por ALACRAN; 17/06/2022 a las 18:20
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



  2. #2
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    Re: "El Silencio de Dios", de Rafael Gambra (1968)

    PROLOGO DE GUSTAVE THIBON AL LIBRO DE RAFAEL GAMBRA "EL SILENCIO DE DIOS"
    (ED. PRENSA ESPAÑOLA-MADRID 1968)


    Este libro es un testimonio. No "al sol que más calienta", sino a los astros que fueron ayer estrellas fijas de nuestro destino y que están hoy desapareciendo de nuestro horizonte. Un testimonio en favor del hombre eterno contra los ídolos que ha segregado nuestra locura y que devoran nuestra propia sustancia. Un grito de alarma profétíco frente al inmenso suicidio colectivo que nos amenaza y que se reviste eufóricamente de los bellos nombres de progreso, de sentido de la historia, de liberación, de democracia —cuando no de ecumenismo o de aggionamento.

    Por ello, este libro posee todas las virtudes de la novedad.

    En un siglo en que reina el conformismo del absurdo y del desorden, en que el ídolo de la revolución permanente se ha convertido en signo de reunión para los rebaños de esclavos teledirigidos, nada hay más nuevo ni más insólito que predicar el retorno a las fuentes y defender la naturaleza y la tradición.

    "Nunca como hoy el genio de una época se ha aplicado a la destrucción minuciosa de su propia "ciudad humana" —de sus valores y de su sentido— hasta el extremo paradójico de que el conformismo ambiental se expresa hoy por la actitud revolucionaria, y que la posición insostenible, heroica, ha llegado a ser la conservación y la fidelidad". Han llegado ya los tiempos anunciados por Nietzsche en los que "hacerse abogado de la norma se convierte en la forma suprema de grandeza".

    La Ciudad de los hombres que defiende Rafael Gambra estaba hecha de un conjunto de lazos vivos y vividos que, a través de los diferentes niveles de la creación, mantenían al hombre unido a su origen y le orientaban hacia su fin. La casa, la patria, el templo le protegían contra el aislamiento en el espacio; las costumbres, los ritos, las tradiciones, al hacer gravitar las horas en torno a un eje inmóvil, le elevaban por encima del poder destructor del tiempo.

    De esta Ciudad de los hombres estamos presenciando su agonía. El liberalismo, al aislar a los individuos, y el estatismo al reagruparlos en vastos conjuntos artificiales y anónimos, han transformado a la sociedad en un inmenso desierto cuyas ciegas arenas son arrebatadas en los torbellinos del viento de la historia. Y el hombre, víctima de este fenómeno de erosión, no tiene ya morada en el espacio (se ve, a la vez, en prisión y en destierro), ni punto de referencia en un tiempo por el que corre cada vez más de prisa sin saber adónde va.

    Las Ciudades de antaño, al enraízar al hombre con las realidades visibles e invisibles, le ayudaban a elevarse sobre sí mismo. Hoy día, el ideal que se propone no es vertical, sino horizontal: está en la carrera misma, en la "huida hacia adelante", y no en el crecimiento espiritual. En lugar de intentar reproducir un arquetipo eterno, hay que dejarse arrastrar por un movimiento perpetua y siempre acelerado. Psicólogos y sociólogos "al día" nos hablan sin cesar de la "mutación radical exigida por los progresos de la técnica y de la socialización". En este punto, los luminosos análisis de Rafael Gambra sobre la aceleración de la historia coinciden con los recientes juicios de una joven filósofo francesa, Françoise Chauvin: "Los hombres han deseado siempre cambiar; pero en otro tiempo deseaban ese cambio para acercarse a aquello que no cambia, al paso que hoy quieren cambiar para adaptarse a lo que de continuo cambia...

    Ya no se trata de ganar altura, sino de llevar la delantera; no de superarse, sino de no dejarse adelantar." El hombre se encuentra así reducido al más pobre de sus atributos, al más próximo a la nada; el cambio indeterminado, sin principio y sin objeto...

    Que este tipo humano así fabricado en el laboratorio del progreso y de la democracia abstracta goce de un nivel material incomparablemente superior al de sus antepasados; que pueda esperar, en un porvenir más o menos próximo, verse libre de la miseria, de la enfermedad y de la guerra, poco importa: habrá perdido esos dos bienes esenciales para él e irreemplazables que son el arraigo y la continuidad; y, con ellos, la posibilidad misma de ejercer las más altas virtudes del hombre: el amor y la fidelidad. "¿Cómo amar lo abstracto que no tiene forma o figura humana ni divina? ¿Cómo ser fiel a un flujo permanente?" Aún peor, ni siquiera se acordará del bien perdido: "pierde lo esencial sin darse cuenta de que lo ha perdido". Asegurado contra todos los riesgos, quedará al mismo tiempo insensibilizado a todas las promesas. Acuden a la mente los versos de Machado: "soledad de barco, sin naufragio y sin estrella...".

    Las páginas más emocionantes y más dolorosas de este libro son aquellas en que el autor analiza los efectos de este proceso de desintegración en el seno de la Iglesia Católica. El progresismo católico corta los puentes (Simone Weil diría los metaxu) entre el hombre y Dios, la tierra y el cielo. Una religión que disuelve lo eterno en la historia y que rechaza, como adherencia de un pasado para siempre concluso, prácticas y ritos que son el punto de inserción dé lo infinito en el espacio y de lo eterno en el tiempo —tal religión no será más que un vago humanitarismo, sin forma y sin contenido. En ella, su prostitución a los ídolos del siglo se reviste del vocablo halagüeño de "apertura al mundo"; la mescolanza y la confusión se presentan como un progreso hacia la unidad; la deserción se disfraza de "superación". ¿Cómo no evocar las líneas proféticas de Dostoiewsky?:

    "cuando los pueblos comienzan a tener dioses comunes es signo de muerte para esos pueblos y para sus dioses... Cuanto más fuerte es un pueblo, más difiere su Dios de los otros dioses... Cuando muchos pueblos ponen en común sus nociones del bien y del mal, es entonces cuando la distinción entre el bien y el mal desaparece...".

    Las antiguas formas de la sociedad, al impregnar de sagrado casi todas las manifestaciones de la vida temporal, hacían el tiempo permeable a lo eterno y a Dios presente en la historia. Pero esta alianza de lo social y lo divino se desmorona en cuanto el hombre no reconoce otro dios que él mismo, ni otra patria que el mundo temporal transformado y desfigurado por sus manos. Y se acerca a grandes pasos la hora en que el ídolo del porvenir le ocultará la eternidad.

    Esta será, sin duda, para los últimos fieles, la suprema prueba de la fe. La pureza, el heroísmo de esa fe se medirán por la resistencia del "pneuma" divino, interior y libre (spiritus fíat ubi vult) al viento servil de la historia. Ante el silencio de Dios, los creyentes de mañana tendrán quizá que elegir entre la realidad invisible de una eternidad en apariencia sin porvenir y el espejismo brillante de un porvenir sin eternidad.

    Bérulle definía al hombre como "una nada capaz de Dios". Pero he aquí que ese hombre se transforma cada vez más en un falso dios, incapaz del Dios verdadero. ¿Llegaremos hasta el término de esta subversión y habrá que desesperar de la Ciudad de los hombres? Rafael Gambra se complace en repetir las palabras demasiado lúcidas de Taine: "ningún hombre sensato puede ya esperar". Pero no olvidemos (cito de nuevo a Françoise Chauvin) que "la lucidez es la peor de las cegueras si no se ve nada más allá de aquello que se ve". El cristiano, a imitación del apóstol San Pablo, está obligado a esperar contra toda esperanza (contra Spem in spe), porque Cristo ha vencido al mundo y esta victoria abarca la totalidad del tiempo y del espacio. Y, por inciertas que sean las probabilidades de éxito, nuestra misión aquí abajo consiste en restaurar pacientemente, en nosotros y en torno nuestro, las condiciones para una restauración de la Ciudad de los hombres; es decir, en preparar un porvenir a la eternidad.

    Con este llamamiento se acaba este bello libro. Nuestro deseo más ferviente es que sea escuchado, en el secreto de las almas, como un eco del silencio de Dios.

    GUSTAVE THIBON.
    Última edición por ALACRAN; 17/06/2022 a las 18:24
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: "El Silencio de Dios", de Rafael Gambra (1968)

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Comentario a la obra del fray Miguel Oltra, O. F. M. (*)


    Revista FUERZA NUEVA, nº 73, 1-Jun-1968

    EL SILENCIO DE DIOS” de Rafael Gambra

    Por fray Miguel Oltra, O. F. M. (*)

    Cuando los teólogos y filósofos progresistas se han convertido en juglares de las ideas; cuando la sofística ateniense, que combatió Sócrates, resulta un modesto resfriado al lado de la pulmonía doble que significa la locura de nuestro tiempo, segregando ídolos que destruyen nuestro propio ser, se hace necesario encontrar el camino firme que nos conduzca a la verdad y a la etiología del absurdo y del desorden. Por eso me ha parecido muy poca cosa hacer una simple reseña del libro de Gambra. Merece algo más: una síntesis de su pensamiento que invite a leer y a pensar a los que se resisten a ser esclavos o rebaños teledirigidos.

    La “Ciudad de los hombres” es la idea que domina toda la obra. Esta “Ciudad” está constituida por un conjunto de lazos vivos y vividos que, a través de los diferentes niveles de la creación, mantienen al hombre unido a su origen y lo orientan hacia su fin: es como un eje inmóvil que lo eleva por encima del poder destructor del tiempo. La “huida hacia adelante”, sin crecimiento espiritual, hace del hombre una marioneta inconsciente llevada por “los vientos de la historia”; queda así reducido al más pobre y miserable de sus atributos, al más próximo a la nada: el cambio indeterminado, sin principio y sin objeto.

    A este propósito ha escrito Françoise Chauvin: “Los hombres han deseado siempre cambiar; pero en otro tiempo deseaban ese cambio para acercarse a aquello que no cambia, al paso que hoy quieren cambiar para adaptarse a lo que de continuo cambia… Ya no se trata de ganar altura, sino de llevar la delantera: no de superarse, sino de no dejarse adelantar…”

    Rafael Gambra analiza y profundiza la gran experiencia filosófica y humana de Saint Exupéry, sintetizadas en estas dos nociones básicas y elementales que esclarecen la actual situación del hombre desarraigado: ENGAGEMENT = compromiso y APPRIVOISEMENT = domesticación. Platón había dicho: “Es preciso meditar en las cosas que el alma anhela, en los objetos a que quiere comunicarse, en el enlace íntimo que por naturaleza tiene con lo que es divino e imperecedero. Estas ideas platónicas son realidad en el alma humana, aun en ese fenómeno universal del desarraigo que llamamos “turismo”, que puede servir de base a una nueva religación del hombre a su “Ciudad”. El turista busca siempre lo diferencial, lo típico y localizado, es decir, lo comprometido y vinculado a un tiempo histórico, a una situación, a un espacio concreto. Si el modo de vida y la desvinculación del turista se hicieran universales (y absolutos), el mundo humano no ofrecería ya nada a su contemplación, puesto que todo se habría hecho extrínseco, uniforme, anónimo.

    El prologuista de la obra, Gustave Thibon, presencia la agonía de la “Ciudad de los hombres” actual con estas palabras: “El liberalismo, al aislar a los individuos, y el estatismo, al reagruparlos en vastos conjuntos artificiales y anónimos, han transformado a la sociedad en un inmenso desierto cuyas ciegas arenas son arrebatadas en los torbellinos del viento de la historia. El hombre, víctima de ese fenómeno de erosión, no tiene ya morada en el espacio; se ve, a la vez, en prisión y en destierro”. (…)

    Rafael Gambra, que ha tratado en otros estudios sobre el mito y aceleración de la historia, analiza el concepto de “avanzado”, que conduce inexorablemente la sociedad de masas, sociedad homogénea carente de grupos históricos y aún de personalidades diferenciadas, que aplaude todo cambio por ser cambio, y el apresuramiento o anticipación de las estructuras, que destroza al día siguiente. La maduración, la lealtad, la tradición, se convierten en el progresismo en devenir sin sentido ni finalidad, incoherencia dinámica de un presente sin memoria ni sosiego. Es la hora histórica del insensato y de su eterno ¿por qué no?

    Hombres y grupos de hoy se han puesto de acuerdo sobre el ideal inmediato del desarrollo económico, de los derechos del hombre, de la libertad y de la paz. Pero faltan dos cosas importantes: el arraigo y la continuidad, bien inicial de poseer un mundo propio, con figura y sentido humanos, de arraigarse en él. Sin eso, se responde a las necesidades de los hombres como se responde a las necesidades del ganado, al que se estabula sobre la paja. ¿Qué humanidad será ésta? Humanidad amorfa, educada en el solo ideal de la igualdad y de la envidia; de hombres empeñados en parecer mujeres, de mujeres empeñadas en parecer hombres, de clérigos empeñados en parecer seglares, de humanos en disimular su edad, su condición, su jerarquía, los límites y el sentido que aún conserve su vida…

    Nuestro autor pasa al campo religioso y se pregunta: “En una mentalidad racionalista y desarraigada, ¿qué valor cabe otorgar al ministerio de la gracia? En una sociedad de masas, ¿qué lugar se puede conceder a los ritos, la comunión de las almas, la unción sacerdotal? En una moral de situación o de eficacia, ¿cómo mantener la rigidez preceptiva de una moral de principios o de religación? Y el progresismo católico, llevado por un complejo de inferioridad, tratará de limar cuantas aristas rocen a la mentalidad y formas del mundo moderno, para demostrar a ese mundo que ser católico es lo mismo que no serlo… Con ello se pierde todo el plano de referencia y no se sabe el suelo que se pisa; se ha dilapidado el tesoro de la verdad en artificios lingüísticos de juglar. Y el ¿por qué no? de los progresistas se convierte en lo que se ha llamado “traición de clérigos”…

    El libro de Gambra debe leerse y meditarse. Dios sigue hablando con su silencio y está más cerca de nosotros que nosotros mismos. La Naturaleza se encarga de castigar lo que se hace en contra suya y la Humanidad no puede tolerar el error como sopa sempiterna; no se resigna a ser aniquilada ni a convertirse en rebaño de esclavos. Por otro lado, estamos convencidos de que “las puertas del infierno no prevalecerán” y después del silencio de Dios, vendrá la epifanía de la luz del Verbo. Y a usted, querido amigo Rafael Gambra, un cordial “Dios se lo pague” por su magnífico trabajo.


    (*) P. Oltra, que fundaría, un año después (1969), la tradicionalista “Hermandad Sacerdotal Española”.

    Última edición por ALACRAN; Hace 21 Horas a las 13:01
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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