EL CONCILIO DE TRENTO
La reunión de un Concilio que remediara los males de la Iglesia era una aspiración general en el siglo XVI, pero no estaba exenta de inconvenientes, porque los protestantes entreveían la posibilidad de oponer a la autoridad del Papa la del Concilio, y Roma temía una posible injerencia del emperador Carlos V.
Sin embargo, y ante la urgencia de la reforma, el Pontífice Paulo III decidió convocar la reunión de la Asamblea, celebrándose, después de algunos desplazamientos, en 1545. Eminentes teólogos de todos los países católicos concurrieron al Concilio, destacándose la representación española (Domingo de Soto, Melchor, Cano, Laínez, Salmerón, Guerrero, etc.).
Abrióse el Concilio cuando la Iglesia romana había perdido la mitad de Alemania, los Países escandinavos e Inglaterra, y estaba amenazada en Austria, Hungría, Polonia, Países Bajos y Francia; notándose incluso síntomas de rebeldía en Italia y España. En total, duraron las veinticinco sesiones, dieciocho años (1545- 1563), pero sufrieron grandes interrupciones, desarrollándose en tres períodos: 1545 a 1548 (pontificado de Paulo III), 1551-1552 (pontificado de Julio II) y 1562-1563 (pontificado de Pío IV). Muchos Estados católicos recibieron y acataron las disposiciones del Concilio, pero en otros hubo dificultades para su aprobación, porque independizaban a la Iglesia de muchas intromisiones del poder civil (Francia, España). Las disposiciones del Concilio pueden dividirse en dos clases: unas referentes al dogma y otras a la disciplina.
DECRETOS REFERENTES AL DOGMA. Fija la posición de la Iglesia frente a los dogmas combatidos por los protestantes. Señala el Evangelio como fuente de toda verdad; su transmisión debe hacerse por la Iglesia, con lo cual se combate la anarquía que representa el principio del libre examen. El texto auténtico es la Vulgata (versión de San Jerónimo). Hay, además, otra fuente de fe: la tradición. Por lo que se refiere al problema de la justificación, tan del agrado de las sectas protestantes, la Iglesia manifiesta que nuestra justificación y nuestra santificación son obra de Jesucristo, pero que los hombres no se salvan únicamente porque se les imputen los méritos del Redentor, sino que todos podemos y debemos cooperar con nuestras obras, emanadas de nuestra libre voluntad, a la gracia y a la misericordia del Salvador para recibir la eterna recompensa. Fija y define los siete sacramentos, el sacrificio de la misa, la doctrina del purgatorio, el culto de los santos, de las imágenes y de las indulgencias.
DECRETOS DISCIPLINARIOS. Pone en vigor los antiguos cánones, que obligan a los obispos a residir en sus diócesis bajo severas penalidades, y les imponen la predicación, vigilancia de la educación religiosa y de la juventud, hospitales y establecimiento de caridad; prohíbe la acumulación de beneficios eclesiásticos; exige a los sacerdotes una conducta edificante, predicación los domingos y días festivos, enseñanza del catecismo y protección a los pobres desvalidos. Para las comunidades religiosas establece la fiel observancia de las reglas y la ilegalidad de toda propiedad personal.
Para combatir la ignorancia del clero, argumento muy utilizado por los que protestaban contra la Iglesia, ordena la creación de seminarios conciliares para educar a los jóvenes con vocación para el sacerdocio. La jerarquía eclesiástica se determinó con toda precisión, señalándose claramente la autoridad absoluta del Papa y aumentando la de los obispos respecto de jurisdicciones anteriormente exentas. El Concilio de Trento marca un momento esencial en la historia de la Iglesia romana y contribuye a cohesionar su unidad frente al movimiento centrífugo de las sectas protestantes, deteniendo su expansión.
CONCILIO DE TRENTO, ECUMÉNICO Y ESPAÑOL. LA OBRA DE NUESTROS TEÓLOGOS. LAÍNEZ Y SALMERÓN, TEÓLOGOS DEL PAPA. “En cierto modo -dice D. Antonio Ballesteros- puede afirmarse que el Concilio de Trento fue un concilio español. Brillaron en las sesiones tridentinas el gran canonista Antonio Agustín; su émulo Juan Bernal Díaz de Lugo, obispo de Calahorra; el obispo de Salamanca, D. Pedro González de Mendoza; los insignes jesuitas Diego Laínez y Alfonso Salmerón; el cultísimo dominico Melchor Cano; el prudente franciscano Alfonso de Castro; el gran teólogo Martín Pérez de Ayala, obispo de Segorbe; el fogoso prelado de Granada, D. Pedro Guerrero; el comendador Cosme Hortolá; el profesor alcalaíno Carrillo de Villalpando; el orador Pedro Fontidueñas; el profundo Pedro de Soto, y tantos otros teólogos, consultores, obispos y abades, sin olvidar a nuestros dos habilísimos e inteligentes embajadores Vargas y D. Diego de Mendoza.
Los españoles fueron quienes más instaron por la primera convocatoria y laboraron por vencer las dificultades puestas en Roma. Se declararon adictos a la Santa Sede, pero con varonil independencia clamaron contra los abusos de la Curia Romana. Por último, mostráronse inflexibles en cuestiones de disciplina”.
(Tomado de "Historia de la civilización española" de C. Pérez Bustamante, -1946)
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