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Tema: Indios y mestizos ilustres durante la época virreinal

  1. #321
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    Re: Indios y mestizos ilustres durante la época virreinal

    Durante la época hispánica se dieron varias fundaciones de pueblos de doctrina o repúblicas de indios; estos pueblos solían estar controlados por autoridades indígenas y religiosos del sistema de misiones. La misión se orientó no solo a la incorporación del indio a la cristiandad, sino también a la hispanidad, entendida como régimen político, social, cultural y religioso.

    Los andes venezolanos fueron una zona propicia para los pueblos de doctrina; un ejemplo de esto fue la población de San Antonio de Mucuño, en el actual estado Mérida, pueblo de la época hispánica y primer asentamiento del pueblo de Acequias.

    Fundado en el año de 1620, por orden del Visitador General de las Provincias de Mérida, Pamplona y Tunja, Alonso Vásquez de Cisneros, especificó las encomiendas y su ordenamiento espacial; estipuló una iglesia, una plaza cuadrada, una casa para el cura doctrinero, en los alrededores de la iglesia se debía construir las casas de los caciques y el resto de los indios en barrios.

    Según documentos del Archivo Histórico de la Nación, el número de la población aborigen en la fundación serían:

    "yndios barones docientos y treinta y uno y los cientos y ochenta y dos de ellos son útiles tributarios y los quarenta y nueve son caciques reservados y ausentes y mas quinientos y catorce personas su mugeres hijos y familias que todas juntas son setecientas y quarenta y cinco personas grandes y pequeños".

    Varios desastres naturales obligó a una primera mudanza del pueblo a fines del siglo XVII, lo que explica la presencia de dos iglesias en el sitio. En un documento que data de 1672, los caciques solicitaban que se les asignara un nuevo lugar, debido a la escasez del agua y al peligro que representaban los "bolcanes".

    El fenómeno "bolcán" es el nombre que dan los indígenas de la región andina de Venezuela a los flujos de lodo y piedras con poder destructivo a raíz de las lluvias torrenciales.

    Se estima que tuvo una población de 745 indígenas, la segunda mudanza fue a comienzos del siglo XIX al actual pueblo de Acequia. El abandono el cual fue dejado San Antonio de Mucuñó permitió que se conservaran las ruinas que se observan hoy en día.


    Autor: Emilio Acosta.








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  2. #322
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    Re: Indios y mestizos ilustres durante la época virreinal

    La República de Indios establecidas en las leyes de indias de la monarquía hispánica, daba independencia a los indios para autogobernarse. El poder del pueblo estaba constituido por dos autoridades, una municipal elegidas por el pueblo o el gobernador (alcaldes) y otra señorial hereditario (caciques, curacas, etc), por lo que estas municipalidades mezclaban tradiciones prehispánicas y modelos castellanos.

    El cabildo estaba compuesto por dos alcaldes ordinarios (cuatro para una ciudad) a quienes los regidores elegían a comienzos de cada año. En dicha ocasión, los alcaldes recibían el signo de mando (la vara). Los alcaldes presidían los pueblos y disponían de poderes judiciales y administrativos.

    Alexander von Humboldt describió como eran estos alcaldes indígenas en el año de 1800, cuando en la población de Caripe, actual estado Monagas, lo recibe uno, detalla en su obra «Viaje a las Regiones Equinocciales», lo siguiente:

    «Los alcaldes y alguaciles de raza india inspeccionan los trabajos del conuco. Son ésos los grandes oficiales del Estado, los únicos que tienen derecho de portar vara y cuya elección depende del superior del convento. Dan ellos mucha importancia a ese derecho. Su gravedad pedantesca y silenciosa, su aire frío y misterioso, su gusto por la representación en la iglesia y en las asambleas de la comunidad, hacen sonreír a los europeos. No estábamos todavía acostumbrados a esos matices del carácter indio, que nos encontramos idéntico, después, en el Orinoco, en México, en Perú, entre pueblos que difieren por sus costumbres y lenguajes. Los alcaldes venían todos los día al convento, menos para tratar con los frailes asuntos de la misión que so pretexto de informarse de la salud de los viajeros recién llegados. Como les dimos aguardiente, se hicieron más frecuentes las visitas de lo que desearían los religiosos».

    Autor: Emilio Acosta.








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  3. #323
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    Re: Indios y mestizos ilustres durante la época virreinal

    El Tratado de Acobamba (1565-1569)

    Este acuerdo, que forma parte de un proceso diplomático en los años 1565-1569, fue firmado el 24 de agosto de 1566 por el inca Titu Cusi Yupanqui y el gobernador Lope García de Castro. El acuerdo terminó de ser ratificado por todas las partes el 2 de enero de 1569, cuando el rey Felipe II puso su firma.

    El soberano incaico estaba asesorado por sus generales Yamqui Mayta, Rimachi Yupanqui, y su secretario e intérprete, el mestizo Martín de Pando.

    En dicho acuerdo se ponía fin a las hostilidades entre el Reino de Vilcabamba y el Virreinato del Perú, se daban por perdonados los actos cometidos por ambos reinos, entre otros puntos.

    Algunos términos del Tratado:

    .- Acceder a recibir misioneros cristianos y un corregidor en el Reino de Vilcabamba.

    .- El perdón total a la familia del Inca y a todos sus oficiales.

    .- Titu Cusi Yupanqui aceptaba ser vasallo del rey Felipe II solo en la medida de que este cumpliera con el trato.

    “Aunque el objetivo de una capitulación (como su nombre lo indica) es un sometimiento, la de Acobamba no llega a ser propiamente una rendición de los incas de Vilcabamba; más bien, tiene las características de un tratado de paz. Ambos bandos prometían no entrar en guerra, y los dos se beneficiaban con las condiciones pactadas. Si bien Titu Cusi estaba aceptando el gobierno y la religión de la monarquía española, a cambio de ello resultaría ser un hombre rico y poderoso, pues Yucay generaba importantes ingresos económicos, procedentes especialmente del cultivo del maíz”. (Cattan, 2011)

    .- Titu Cusi Yupanqui aceptaba la fe católica y su bautismo como Diego de Castro.

    .- La conservación de las tierras que poseía el Inca, de las cuales nadie podía despojarlo.

    .- Reconocimiento de su calidad de Inca y el linaje nobiliario a todos sus descendientes, por parte de las autoridades españolas.

    .- Ninguna de las partes podía hacerse la guerra.

    .- Las Encomiendas de Arancalla, Vilcabamba, Bambacona, Cachona, Canaroa y de los indios del Monasterio de la Merced e Iglesia Mayor del Cuzco. Una renta anual de 3 500 - 5 000 pesos de oro.

    .- El matrimonio cristiano entre su hijo Felipe Quispe Tito y Beatriz Clara Coya Inca. Por ende la Primogenitura Imperial para sus descendientes, rentas y otros privilegios otorgado a Sayri Túpac, y la Encomiendo del Valle de Yucay como dote.

    Dado que el Inca murió en 1570 de una extraña enfermedad (posible pulmonía), los misioneros agustinos fueron vistos como los responsables, ya que en su afán de ayudar al soberano le dieron brebajes que los andinos consideraron como veneno. El misionero Diego Ortiz fue encontrado culpable por los Rinriyocs, siendo torturado y ajusticiado posteriormente, reiniciándose así las hostilidades entre el Peru y Vilcabamba que desembocarían en una nueva guerra.


    Referencias:

    .- Carta Magna de los indios: fuentes constitucionales, 1534-1609, Luciano Pereña Vicente (1988).

    .- La nobleza española y sus espacios de poder (1480-1715), ‎Carmen Sanz (2021).

    .- Historia de la provincia de La Convención: Del siglo XVI al XIX, Alfredo Encinas Martín (2007).








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    Re: Indios y mestizos ilustres durante la época virreinal

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    Juan Santos Atahualpa, el rebelde mesiánico del Perú virreinal

    Autor de la entrada Por Jorge Álvarez

    Fecha de la entrada 13 Nov, 2016





    Retrato moderno de Juan Santos/Foto: dominio público en Wikimedia Commons


    Aunque la conquista definitiva del Perú quedó más o menos encauzada tras resistir los españoles el asedio al que Manco Inca sometió Cuzco, centrándose los problemas a partir de ahí en las guerras civiles entre pizarristas y almagristas, quedó entre la población indígena cierto inevitable poso nostálgico que ocasionalmente, ante los abusos de encomenderos y corregidores, salía a flote en forma de rebeliones. Especialmente en el siglo XVIII, cuando la sociedad nativa se revitalizó aprovechando la debilidad que las instituciones españolas habían empezado a manifestar en tiempos de los últimos Austrias.

    Según los estudios realizados sobre el tema, se llegaron a contabilizar más de un centenar de insurrecciones entre 1720 y 1790, en general motivadas por políticas de la autoridad virreinal aplicadas sin mano izquierda. Ejemplos de ello fueron el esfuerzo por evitar el impago del tributo indio, que solía esquivarse declarándose mestizo y provocó la revuelta de Huarochiri en 1750, o la decisión real de legalizar el reparto de mercaderías, que llevó a levantamientos en varios lugares (especialmente Huamachuco y Otuzco) entre 1757 y 1758. El episodio más grave fue la gran rebelión de Túpac Amaru II en 1780, pero en realidad José Gabriel Condorcanqui -tal era su verdadero nombre- no hizo sino retomar los pasos iniciados por un predecesor, semiolvidado hoy, llamado Juan Santos Atahualpa.




    Pintura decimonónica de Juan Santos enfrentándose a los franciscanos / foto: Dominio público en Wikimedia Commons


    Poco se sabe de la biografía de Santos, al que se apunta un posible nacimiento de cuna noble en Cuzco o Cajamarca hacia 1710, porque no entraría en la historia hasta 1742, cuando protagonizó un movimiento contra la Corona que mantuvo en jaque al ejército del virrey durante diez años aprovechando las dificultades que ofrecía el terreno de la parte central de Perú. Es difícil establecer qué hay de cierto y qué de falso en ese primer período de su vida, ya que afirmaba ser descendiente de los incas cuando en realidad parece que era mestizo y, eso sí, hablaba quechua. También aseguraba haber viajado por Europa y África con sus maestros jesuitas, razón por la cual manejaba perfectamente el castellano y el latín.

    Es posible que al ver la diferencia de condiciones de vida a ambos lados del Atlántico empezara ya a maquinar una revuelta. El caso es que un par de años antes de organizar su levantamiento trabajó con los franciscanos en Chanchamayo, una zona de misiones donde la orden controlaba la explotación de la sal del cerro llamado Gran Pajonal, ya en territorio selvático.

    La mano de obra utilizada en aquella empresa eran los asháninkas, un pueblo local que trabajaba en unas condiciones de explotación que impresionaron a Santos. Se desconocen las circunstancias exactas pero estando en Guamanga (Ayacucho) cometió un asesinato, quizá motivado por algún castigo excesivo, y tuvo que huir a la vertiente oriental de los Andes, donde las montañas desembocaban en la selva amazónica. Aquella parte de la región servía de refugio a numerosos indios y negros cimarrones, que se convertirían en el brazo armado de la rebelión.

    Porque en 1742 Juan Santos dio un paso adelante y, como era típico, se dijo descendiente de Atahualpa -del que tomó el nombre-, autoproclamándose Sapa Inca, el máximo cargo en el Tahuantisuyo prehispano. El nuevo cabecilla logró reunir unos dos mil hombres, entre los que se contaban, además de los citados asháninkas (que ya se habían rebelado dos veces con anterioridad), los shipibo-conibo, yanesha, amages, piros, mochobos y siriminches, haciéndose fácilmente con el control de aquel rincón de la selva al aprovechar que los españoles nunca habían destinado demasiadas fuerzas a tan difícil paraje.

    Santos aspiraba a expulsar a los invasores, (incluyendo a los negros, a los que detestaba por considerarlos sus servidores; o eso se dijo luego, ya que su cuñado era de esa raza y entre sus seguidores parece que había cimarrones) y a restablecer el modo de vida anterior, atrayéndose a otros pueblos de la sierra vecina. Para ello aseguraba contar con ayuda británica, algo de lo que no hay prueba alguna y es probable que simplemente se enterara y aprovechara el paso por la costa de la escuadra del vicealmirante George Anson unos meses antes.




    El virrey Manso de Velasco / foto: Dominio público en Wikimedia Commons


    Curiosamente, Santos era cristiano y ésa fue la religión que reivindicó siempre, considerándose un enviado de Cristo; de hecho, los testimonios de los franciscanos que le conocieron dijeron que siempre llevaba una cruz al cuello sobre la cushma (una especie de camisón de algodón teñido de colores que se vestía en esa parte de la Amazonía). No obstante, dado que aquel territorio estaba estructurado en reducciones (asentamientos misioneros que franciscanos y jesuitas fundaban para mantener a los indios apartados de la corrupción de las ciudades para su evangelización), el líder rebelde exhortaba a los indios a volverse contra los religiosos y, en efecto, una treintena de esas reducciones acabó destruida.

    Con el paso del tiempo, Santos fue remodelando su visión cristiana hasta proclamarse hijo de Cristo y Dios de América, marcando distancias con la doctrina religiosa oficial y confiriendo a su movimiento un marcado carácter mesiánico. Al menos ésa es la imagen que nos ha llegado, siempre discutible porque las fuentes son fundamentalmente franciscanas, víctimas suyas por tanto.

    Con ese preocupante panorama, José Antonio de Mendoza Caamaño y Sotomayor, virrey del Perú, decidió enviar tropas para poner orden. Una primera expedición resultó infructuosa porque los sublevados, conscientes de su inferioridad y de que su punto fuerte era la lucha guerrillera, evitaron el combate internándose en la selva. El segundo intento acabó en desastre cuando un fuerte construido en Quimiri fue asaltado al poco, saqueado y muertos sus sesenta defensores.
    A la tercera fue la vencida, al menos parcialmente: el nuevo virrey, José Antonio Manso de Velasco y Sánchez de Samaniego, era un veterano militar curtido en montones de campañas (como la Guerra de Sucesión, los sitios de Ceuta y Gibraltar o la reconquista de Orán, entre otras), habiendo recibido poco antes de llegar al Perú los cargos de mariscal de campo y teniente general. Así, aunque los insurrectos aún lograron extender su movimiento y tomar algunas localidades más, el avance del ejército virreinal les frenó.

    A lo largo de la sierra se estableció una línea de posiciones fortificadas conectadas mediante columnas de caballería para impedir el progreso de los sublevados y entre eso y el frío clima serrano no hizo falta ninguna batalla: la rebelión se desintegró sin más hacia 1756 y su cabecilla simplemente desapareció sin que se volviera a saber de él.

    Como cabía esperar, circularon muchas leyendas al respecto, incluida una insólita sobre su ascensión a los cielos en vida como encarnación del inkarri (una especie de mesías sincrético que combinaba el poder espiritual cristiano con el poder terrenal inca), pero lo más probable es que falleciera -pese a que hubo varios testimonios que aseguraban haberle visto vivo años después-, quizá a manos de sus propios hombres que se negarían a seguir adelante o quizá por causas naturales.



    Fuentes

    Juan Santos Atahualpa (Arturo Enrique de la Torre y López) / La rebelión permanente: las revoluciones sociales en América Latina (Fernando Mires) / Relación y documentos del virrey de gobierno del virrey del Perú José A. Manso de Velasco, conde de Superunda 1745-1761 / Historia del Perú: el Perú virreinal. Vol. III (Jesús Antonio Cosamalón Aguilar) / Wikipedia




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    Fuente

    https://www.labrujulaverde.com/2016/...huPS3JhREVmJ9I

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