1- La lengua española, lengua universal (1516-1555)

1- El Imperio español. La lengua como instrumento del Imperio: necesidad de perfeccionarla. Los principales creadores del nuevo español. El nuevo estilo como obra de toda la Península: lengua española, no castellana. La fórmula de “La Celestina” en el nuevo estilo.
2- El lenguaje natural: escribir como se habla; lo contrario es afectación. El vocabulario natural o popular. Exaltación del Refranero: su valor. Su incorporación al lenguaje literario. Su autoridad en pureza de expresión. Su autoridad en la estética del lenguaje: concisión y encarecimiento. Otras cualidades del nuevo estilo ajenas al Refranero. El habla natural toledana como dechado para los escritores del nuevo español. El toledano artístico como dechado del lenguaje general. Aparición de la idea del lenguaje cortesano o artístico ageográfico como dechado del buen decir.
3- El lenguaje de arte: moderación en su empleo. El neologismo: helenismos, latinismos, italianismos; repugnancia al galicismo. El uso. La metáfora. El nuevo Español frente al viejo Castellano: arcaísmos. La lengua española como la mejor entre las modernas.
4- Carlos V y su política de la Lengua. Difusión del español por América; americanismos del mismo. Difusión por Italia: hispanismos del italiano. Difusión por Flandes. Por Alemania. Por Francia. Por Inglaterra.

Proviene de aquí: http://hispanismo.org/historia-y-ant...-lenguaje.html

España en el siglo XVI vive su época más gloriosa y memorable. “Granada caída, descubierto por Colón un Nuevo Mundo, dueño Carlos V de dos coronas, Francia humillada y vencida, el orbe entero parece obedecer a un solo cetro, a una sola espada. En esta Monarquía sin límites nunca se pone el sol. Por un conjunto de circunstancias que nunca más podrán ser igualadas, España iba a la cabeza del mundo. Las grandes y heroicas hazañas, las peregrinaciones atrevidas, una milicia de la mejor organizadas y de las más temibles, la conciencia nacional despierta, el ingenio español más vivo, dúctil y poderoso, capaz de ideas más grandes y robustas que en ningún otro siglo: todo parecía prometer una preponderancia política e intelectual sin contraste, prosperidad duradera, perpetua.” (Farinelli: España y su literatura en el extranjero, 1902).

En aquel gran Imperio la Lengua es considerada como una de las armas más potentes (“D’acquitare e governare e mantenere gli Imperi sono instrumenti: 1º, la lingua; 2º, la spada; 3º, il tesoro.” Campanella). Por eso nunca como entonces se cree tan necesario exaltar, estudiar y cultivar con perfección suma el idioma.
Porque todo cuanto en este sentido se hizo en tiempo de los Reyes Católicos, todavía no era bastante. Para algunos, la labor de Nebrija en el estudio de la Lengua no satisfacía plenamente (1).
Para todos, de las obras de los poetas o prosistas de antaño, ninguna aparecía como irreprochable: ni Juan de Mena, ni La Celestina, ni el Amadís podían, según ellos, estimarse como dechados de lenguaje, a pesar de sus excelencias. “Yo no sé qué desventura ha sido siempre la nuestra, que apenas ha nadie escrito en nuestra lengua, sino lo que se pudiera muy bien excusar”- escribía en 1533 Garcilaso de la Vega (2) -. Y es que aún no había tenido España el sumo poeta ni el sumo prosista, como los había tenido Italia con su Petrarca y Bocaccio (3).
La lengua castellana nunca ha tenido –repetía Valdés en 1535- quien escriba en ella con tanto cuidado y miramiento quanto sería menester, para que hombre, queriendo o dar cuenta de lo que escribe diferente de los otros, o reformar los abusos que hay hoy en ella, se pudiesse aprovechar de su autoridad.”

En realidad, hacia 1520, el castellano todavía no alcanzaba la cumbre más alta. Hacía falta para ello que se terminara de forjar, en una grandiosa literatura, la lengua suprema y definitiva. Hacía falta que surgiera el gran poeta y el gran prosista, a quienes España, algún día, reconociera como jerarcas de la lengua.

A perfeccionarla dedicáronse entonces, de una manera especial, el conquense Juan de Valdés (+1541), técnico del idioma, autor del “Diálogo de la Lengua” (1536); el joven Garcilaso de la Vega (+1536), que llegó a crear un lenguaje poético, y Juan Boscán (+1542), que modernizó la prosa de manera admirable, al traducir, en 1534, a instancias de Garcilaso, “El Cortesano” (1528), obra del embajador en España del papa Clemente VII, Baltasar de Castiglione, inspirador en gran parte, con su obra, del estilo del siglo XVI. A los cuatro –por su excepcional importancia en la Historia de la Lengua- habrá de referirse en este capítulo (4).
La perfección ansiada se consiguió con creces: la lengua española abandonó su lastre medieval, y surgió nueva y moderna, en la prosa y en el verso.

Desde luego, los artífices o cultivadores del español en aquella época siguen siendo, no sólo de Castilla, sino de toda la Península: de Valladolid es el poeta imperial Hernando de Acuña (+1580); de Madrid, el narrador de las maravillas de Indias, Hernández de Oviedo (+1557); de la montaña de Santander, el famoso predicador y prosista Fray Antonio de Guevara (+1545); de Cuenca, como su hermano Juan, el gran escritor político Alfonso Valdés (+1532); de Zamora, el médico Villalobos (+1549), prosista célebre; de Sevilla, el poeta Gutierre de Cetina (+1557) y el historiador Pero Mexía (+1551); de Granada, el poeta don Diego Hurtado de Mendoza (+1575), y de Coimbra y de Lisboa, respectivamente, los poetas Sá de Miranda (+1588) y Gregorio Silvestre (+1569). En fin, de Toledo era Garcilaso, y de Barcelona, su inseparable Boscán: “Un toledano y un barcelonés sellaron, en hora solemne para el Arte, la hermandad de las letras hispánicas. Juntos han corrido sus versos, como juntas estaban sus almas” (Mdez. Pelayo). He aquí por qué, desde entonces, las gentes prefieren decir “lengua española” mejor que “castellana”.

En el desenvolvimiento de este nuevo español imperó la fórmula de “La Celestina”, la fórmula eterna de combinar la expresión natural y normal, “la de los vocablos carreteros, carpinteros, zapateros..., la popular y ratera” –como decía Erasmo-, con aquella otra de artificio, ingenio, invención, propia más bien de los hombres de letras. Ahora bien: de estos dos elementos, a veces dos lenguajes, el preferido entonces –con una preferencia superior a la que sintieron los escritores de la corte de los Reyes Católicos- fue el vulgar o natural. Del lenguaje vulgar seleccionaron lo mejor, y del lenguaje de artificio se sirvieron para inventar –o aceptar de fuera- las expresiones necesarias a la nueva civilización (5). Veremos más detenidamente cómo se utilizó lo natural y lo artificioso.

(1) La lengua española se desenvuelve entonces adaptándose a las modalidades del castellano de Castilla la Nueva y los estudios por tanto de un andaluz tenían que ser acogidos con reserva. Bien claro lo dice Valdés: “Aunque Librixa era muy docto en la lengua latina, que esto nadie se lo puede quitar, al fin no se puede negar que era andaluz, y no castellano.” El significado de los vocablos cree Valdés que no los alcanzaba perfectamente por ser de Andalucía, “donde la lengua no está muy pura”. De todas maneras, Valdés ha sido injusto con Nebrija al juzgar su “Arte de Gramática castellana”, que dice que nunca leyó “porque nunca pensé tener necessidad dél, y porque nunca he oído alabar” y porque “no fue imprimido más que una vez”.

(2) Bien es verdad que añadía: “aunque esto sería malo de probar con los que traen entre las manos estos libros que matan hombres”. M. Pelayo (Antología, XIII) piensa si aludirá a los de caballerías. De todas maneras, aunque sean los libros de caballerías los aludidos, tal opinión no es unánime ni decisiva. Del mejor de ellos, del Amadís de Gaula, que algunos ponen “en las nuves”, piensa Valdés “que peca muchas vezes en no sé qué frías afetaciones” y no le contenta –por ejemplo- “donde de industria pone el verbo a la fin de la cláusula... como aquí: “tiene una puerta que a la huerta sale”, por dezir que sale a la huerta”. Una obra hay eso sí, que –entre todas- pone como superior, “La Celestina”, pues ningún libro hay escrito en castellano donde la lengua esté más natural, más propia ni más elegante”. Pero siempre hay en ella cosas que corregir: el “amontonar de vocablos fuera de propósito” y el exceso de cultismos.

(3) En la lengua toscana, a diferencia de la española, “veo- escribía Valdés- que está ilustrada y enriquecida por un Bocaccio y un Petrarca, los quales, siendo buenos letrados, no solamente se preciaron de escrivir buenas cosas, pero procuraron escrivirlas con estilo muy propio y muy elegante”.

(4) Consideramos al nuevo español de la época imperial como obra principalmente de estos tres escritores, y los tres siempre guiados por los consejos estilísticos de Castiglione en “El Cortesano”, ya que los tres dan una misma solución a los problemas de la Lengua y muestran unos mismos gustos estilísticos, de acuerdo siempre con Castiglione. La unidad de pensamiento entre Garcilaso, Boscán y Valdés es acorde con la relación personal que existió entre los dos primeros, así como entre Garcilaso y Valdés. La unidad de pensamiento de los tres con Castiglione está en consonancia (en el caso de Garcilaso y Boscán) con su enorme interés por dar a conocer al público español “El Cortesano”; pero en el caso de Valdés no lo está, dado su silencio sobre Castiglione y su afirmación de no haber leído “El Cortesano”. Mas, no obstante, su identidad de pensamiento con Castiglione es tal que no ofrece duda la dependencia entre uno y otro, con unas mismas ideas y palabras sobre los temas del ingenio y buen juicio, naturalidad, afectación, selección, claridad y “buena orden”.

(5) Pero prefiriendo siempre lo natural a lo artificioso: el buen juicio, que ha de regir la selección de lo vulgar, al ingenio. “Si yo hubiera de escoger –decía Valdés- más querría con mediano ingenio buen juicio que con razonable juicio buen ingenio.” La idea está inspirada en Castiglione.