VI. LA HUELLA ESPIRITUAL DE ESPAÑA EN LA ROMA PAGANA
- España y la romanidad
Toda la historia de España se desenvuelve con un sentido de universalidad y espiritualismo, que hace de ella exponente máximo de la espiritualidad y quintaesencia de la cultura europea.
Con arreglo a los principios y a las bases sentadas para discernir acertadamente en la serie de valores de una cultura, y para apreciar el mérito de la aportación que cada pueblo o nacionalidad ha hecho al acervo cultural humano, vamos a ver, a través de la Historia, la manera precisa en que España se ha hecho acreedora a la máxima estimación de los pueblos europeos, por haber estado siempre en primera línea, lo mismo en el pensar y el sentir, que en la lucha armada, arma al brazo o pluma en ristre para salvaguardar, acrecentar y velar por las esencias espirituales que han dado ser a la gran comunidad de los pueblos de Occidente, uniéndolos, por encima de las diferencias sociales, en unidad de empresa, de historia y de destino.
Fue un español precisamente, Orosio, el primero, quizá, que, siguiendo una trayectoria iniciada ya por San Agustín, desarrolló un concepto providencialista y universalista de la Historia, al asentar que, por encima de todas las contingencias que presenta el acontecer humano, en la serie ininterrumpida de esfuerzos y de luchas originadas frecuentemente por el sentimiento particularista y la mirada estrecha de las naciones, hay una providencia, un espíritu que todo lo rige y gobierna y realiza sus designios de universal ordenación de las cosas a un mismo fin, valiéndose de los mismos medios con que los hombres intentan consciente o inconscientemente romper la universalidad de pensamiento y de acción que debieran tener, supuesta la unidad de origen y destino.
En sus libros de Historia desarrolla este español ilustre, al que luego siguió el francés Bossuet en su célebre discurso sobre la Historia universal, un concepto amplio y universalista de la patria, entendida en el sentido que nosotros hemos explicado anteriormente, considerándola como espíritu y valor que se realiza en individuos y por individuos o bien en nacionalidades, viviendo no en función de un nacionalismo estrecho, sino en comunión de amor y de fe, de empresa y de destino con los restantes pueblos o naciones.
Y a la verdad, no deja de ser significativo, por lo que ahora vamos a decir, el que haya sido precisamente un español el que, cuando aún era imposible sentir la patria española, pues no había surgido la hazaña creadora de la misma, la conciencia colectiva de una empresa, una misión y un destino comunes, sintiese tan claramente el ideal y el afán que había de ser un día resorte maravilloso de toda nuestra historia, causante de nuestra existencia como nación, y móvil de todas nuestras empresas, realizadas siempre con un sentido ecuménico y católico que ninguna otra nación ha podido igualar. Orosio, al encararse con la Historia y mirarla con ojos cargados de espiritualidad, presintió ya la gesta y el sentir de su pueblo. Era el genio de la raza el que por él discurría entonces.
Orosio no hizo sino dar expresión gráfica al sentido universalista de su pueblo realizando la idea universal de Roma. Ninguna otra provincia, en efecto, se asimiló el sentido de universal ciudadanía difundido por el Imperio como lo hizo España. Nuestros emperadores y nuestros escritores de la Roma imperial son tan romanos y sienten la causa de Roma con tanta pasión y tanto brío como pudiera sentirla un Augusto o un Virgilio.
De lo que hubo de humano, de universal y justo en la obra de Roma, España se sintió solidaria como la misma cabeza del Imperio. Prueba de ello que ninguna otra provincia aportó a la causa imperial tanto contributo como nuestra España.
Y es ello un dato muy interesante para apreciar la parte que nos toca a nosotros en la conformación del espíritu de Occidente, en la constitución del acervo cultural europeo. Al hablar, en efecto, en los capítulos anteriores de la esencia y constitutivo de la cultura occidental señalábamos, a más del elemento cristiano que lo resume y explica todos, el romanismo y germanismo.
Pues yo creo que ninguna otra nación se nos adelanta en la gloria de haber asociado al complejo espiritual de Europa por tan subida manera esos dos elementos que intervienen en su cultura. Hablaremos primeramente del romanismo y luego del germanismo. Estos dos términos no servirán para estudiar toda la urdimbre de la cultura occidental y ver cómo España, en cada momento, ha sabido adaptarse a las necesidades y exigencias del proceso evolutivo de los pueblos europeos, conservando y acrecentando su rico legado cultural.
2. La romanización de España.
En la palabra romanismo comprendemos todo lo antiguo y bueno, que Roma conservó y perfeccionó, y lo que aportó por sí misma. Y, tratándose de cultura, queremos significar concretamente, al decir romanismo, toda la clásica cultura grecolatina que por Roma pasó a ser patrimonio o herencia de la cultura occidental.
Fue merced a la acción política del Imperio por lo que las naciones o tierras todas de Occidente llegaron a sentirse por primera vez fundidas en un solo haz de pueblos, donde no cabían nacionalidades ni autonomías de índole política, sino que hasta donde se extendían las legiones de Roma, hasta allí se dilataban las fronteras de la única patria, por ser el único valor espiritual que entonces había: Roma.
Si ésta pudo causar quebranto y proceder despóticamente con las provincias sometidas, es indudable que, a cambio de lo que les quitó, les dio con creces; pues, por tierra, sangre o libertad bravía, les comunicó espíritu, conciencia o ser histórico, y cultura capaz de crear, llegado el momento preciso, la patria y la racionalidad, como algo fundado en unidad de impulso, de fe, de empresa y de destino.
¿Qué actitud adoptó España frente a la civilización que Roma le traía? Pasado el resquemor de los primeros encuentros, que fueron durísimos, debido al sentimiento de ingénita independencia, de individualismo y autónomo proceder que todos llevamos en la sangre, y que dio lugar a las gestas, que serán siempre orgullo de la raza que supo realizarlas: de Numancia y Viriato, España hace de Roma su patria, y de las ideas romanas, de su Imperio y su universal ciudadanía, el ideal y el leit motiv de sus empresas, que se refunden en el sentido universalista de la política de Roma.
Ninguna otra provincia del Imperio sirvió a éste con tanto tesón y tanto coraje, y ninguna de las naciones que aún hoy viven del espíritu de Roma se apropió como España sus esencias y llegó a mandar en él como en cosa propia.
España se romanizó completamente en usos y costumbres, en lo cultural y en lo militar, en lo social y político. Lo que menos se apropió, quizá porque estaba reñido con el espíritu unitarista de la raza, fue el politeísmo romano.
¿Que la romanización no fue tan extensa e intensa como desearía Benedetto Croce, quien nos culpa por ello de haber echado a perder el latín? Es cosa que no debe maravillar a nadie, máxime si se tiene en cuenta que ni la misma Italia llegó a perfeccionarse totalmente en el latín, y que aquí no vinieron a enseñarnos ni Cicerones ni Virgilios, sino toscos soldados romanos que en exquisiteces del lenguaje no debían andar muy atildados, y de los que nosotros lo aprendimos.
Mas, si se ha de juzgar por las referencias que tenemos acerca de lo que podríamos llamar clase culta de la España de entonces, y por los libros que nos dejó, no cabe duda que los españoles son los únicos entre los europeos que pueden presentar una serie de escritores, de filósofos, retóricos y políticos que no desdicen de los autores o emperadores reduplicativamente romanos.
El mismo Leclerc, conocidísimo hispanófobo, se ve obligado a reconocer que la civilización había hecho aquí tantos progresos que con dificultad se hallaría otra provincia que pudiera superarla. Y como prueba de su florecimiento señala el anhelo de San Pablo Apóstol de venir por sí mismo a este extremo de Occidente a predicar la palabra de la nueva catolicidad.
3. Romanización en industria, armas y letras
Convertido nuestro suelo en tierra nutrix del Imperio, España se vio cruzada en todas direcciones por multitud de vías, grandes arterias que llevaban sangre nutridora del corazón y cuerpo de Roma, y por do llegaba el aliento espiritual que en cambio nos devolvía. Acueductos, puentes, teatros, edificios públicos, dieron pronto a España la posesión de una vida urbana bastante adelantada.
Los emperadores romanos, como Augusto, hicieron más de una vez asiento nuestra patria; la suerte del Imperio se decidió con frecuencia en nuestro suelo; tropas españolas custodiaban sus fronteras, hacían guardia en la corte imperial y estaban en primera línea con las legiones romanas en Palestina y la Dacia, donde había algún peligro para el Imperio, desarrollando muchas veces una táctica aprendida en las montañas cántabras; productos manufacturados de España, como manteles y pañuelos de Setabis, se pagaban en Roma a precio exorbitante; los encajes de Setúbal no tenían rival; las industrias de tejidos de Asturias, Galicia y Tarragona gozaban de merecida fama; el comercio en los puertos de Cádiz, Málaga, Barcelona y Tarragona era florentísimo; las armas de Bílbilis y herrerías de Córdoba eran populares en el Imperio; nuestra agricultura debía tener entonces proporciones fantásticas, nuestros productos agrícolas alimentaban en su mayor parte a la plebe de Roma, nuestro trigo se compraba cuatro veces más económico que el de las demás partes -debido a su abundancia-, se hacía de él silos o almacenes, el vino y el aceite se exportaban en grandes cantidades, los ramos de metalurgia e industria textil se desarrollaba en proporción sorprendente, y, sobre esto, los españoles identificados con el espíritu de Roma, se aposentaban en esta como en su propia casa y no se sentían más que romanos.
La unidad política trajo la unidad de lengua, de cultura, de ideal y empresa; todos eran ciudadanos equiparados por una legislación que fortalecía los vínculos familiares y creaba un espíritu de universal ciudadanía como el mundo no soñara hasta entonces.
Mucho debió favorecer Roma la implantación de su lengua en nuestro suelo cuando maestros tan consumados en el arte de decir vemos florecer en el Imperio oriundos de nuestra patria.
En las armas y en las letras, españoles y romanos trabajaban unidos por el mismo ideal y fundidos en una común patria. Imposible referir todas las glorias españolas de aquellos tiempos. Higinio, Lucio, son los primeros astrónomos del Lacio; Pomponio Mela, el primer geógrafo; Columela, el más célebre escritor de cosas de campo en la antigüedad; el mejor y primer maestro que vio el Imperio fue el cordobés Porcio Latron; el primer profesor estipendiado por el público, Quintiliano; de entre los filósofos romanos, ninguno puede competir con Séneca, maestro de emperadores y autor de la moral más pura en lo pagano; el mejor epigramático, Marcial; en retórica, nadie disputa la palma a Quintiliano, y, como cosa de todos conocida, puede afirmarse que la cultura romana, en el que podríamos llamar siglo de plata, posterior al de Augusto, fue obra de escritores españoles que, cuando los ingenios romanos languidecían y el Imperio estaba a punto de sucumbir, irrumpieron con su genio pronto y viril para sostener por un poco de tiempo lo que a más andar se moría. Fue aquel siglo el último esplendor de la cultura imperial sostenida por hombros españoles.
En otro orden de cosas, nadie consiguió más coronas entre los guerreros que Evandro, natural de Osma; los celtíberos alistados bajo las banderas de Escipión fueron los primeros en recibir paga en los ejércitos imperiales, el primer extranjero a quien Roma concedió el consulado fue Balbo, de Cádiz; Trajano, el primer y más grande de los emperadores no romanos de nacimiento y quien más extenso y feliz hizo al Imperio; Adriano, el primer codificador de las leyes romanas; Teodosio II, hijo de padres españoles, el segundo gran legislador, o el mejor hasta nuestros días; Adriano, quien por primera vez estableció universidades en Roma.
Todo ello revela, a más del genio de la raza, lo bien que nuestro pueblo se había asimilado el sentido universalista y espiritualista de Roma, que se hizo depositaria de la riqueza intelectual y artística de los demás pueblos de la Antigüedad y de ella se sirvió para, con el peso de sus armas y la formidable máquina estatal y política que levantó, fundada en el respeto a la ley y en la consideración del hombre como ciudadano de un universal Imperio, dar vida a la comunidad de espíritu de Occidente en lo que tiene de más humano, siquiera, para hacerlo estable y compatible con las necesidades de cada nación, fuese necesaria la intervención de la luz y de la gracia venidas de lo alto, pero que quisieron también establecer su centro de irradiación en la misma Roma imperial.
Por Roma, los individuos y naciones de Occidente fueron bautizados en el nombre de una ciudadanía que les hizo solidarios de una misma empresa y de un mismo ideal, representado por el espíritu universalista que Roma dio a su Imperio. España se identificó plenamente con ese espíritu. No se podrá decir que Séneca y Lucano, Trajano y Adriano sean hijos de la patria española, porque ésta aún no había nacido, pero no se podrá negar tampoco que por ellos corría la sangre de la raza y que en ellos luce ya el genio universalista que es nota característica de la misma.
Para los hispanorromanos, Roma era su única patria, porque allí veían el valor, la cultura, la justicia, la concretización del ideal común y de la aspiración colectiva que origina la patria. Roma era el alma de su tierra, hecha fecunda para la Historia merced al espíritu que con su cultura le infundiera.
No pudo surgir entonces en pechos españoles el sentimiento de patria, porque no estaban las circunstancias dispuestas, ni los ánimos capacitados para sentirse ligados por una unidad colectiva de empresa o de destino. De ello nos iba a hacer capaces la misma Roma, dándonos conciencia del sentido universalista ingénito en la raza y disponiéndonos para, al soplo venido de la gracia y a la luz de la fe, acertar a hermanar el sentimiento de patria nación con el sentido católico de la vida y de la acción.
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