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6. La Geografía
En cuanto a la Geografía, digamos solamente que España es una de las creadoras de la geografía moderna. Los descubrimientos, colonizaciones y conquistas debieron dar, y dieron, como resultado un gran incremento de los estudios geográficos.
La cartografía llega con García Torreño, Alonso de Santa Cruz (formidable figura representativa del espíritu científico español) y Luis Jorge a un esplendor inusitado en el siglo XVI. La Casa de Contratación se convierte en el centro de máxima actividad intelectual y de enseñanza. Grandes tratadistas, investigadores y técnicos como los ya citados, y otros (Felipe Guillén, Martín Cortés, etc.) aparecen por todas partes, dando a la astronomía y la cosmografía un impulso inestimable para la ciencia. López de Velasco, Sobrino, Alcántara y otros observan eclipses y cultivan la astronomía cartografía. Por otra parte, la geografía descriptiva, humana y la etnografía de los nuevos países descubiertos reciben un adelanto inmenso con las “Relaciones de Indias” de los pilotos y navegantes, lo mismo que con las “Relaciones de las visitas”.
Actívase con Felipe II la enseñanza de la geografía, ábrese paso el sistema copernicano y comienzan a aparecer grandes tratadistas y obras: desde la Suma de Geografía de Fernández de Enciso (1519), hasta la Geografía o moderna descripción del mundo, de Fernández de Medrano, en 1686. El esfuerzo de los soldados y los conquistadores abría las rutas a esta labor de investigadores y teóricos. De esta colaboración surge y se forma la formidable aportación de España al conocimiento del planeta, aportación que no ha superado nación alguna.
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7. Filólogos y pedagogos
La falange de latinistas, helenistas, arabistas, hebraístas, etc. es incontable (Verzosa, Serón, Arias Montano, Cantalapiedra, Ponce de León. etc. etc.), y muchos de los citados como filósofos y teólogos dan a la filología española de aquella centuria un brillo extraordinario. A ello hay que añadir los misioneros y frailes que estudiaron las lenguas aborígenes americanas.
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8. Resumen
Tal es, a grandes rasgos y con inevitables y múltiples omisiones, el estado durante la época de los Austrias, de las “ciencias del espíritu” en España. Hay, es cierto, figuras culminantes y figuras de segunda y tercera fila; hay un amplísimo, dilatado, inmenso maremágnum bibliográfico. Pero téngase en cuenta que lo que da unidad y realce a la ciencia española no es solamente la abundancia bibliográfica y el prestigio de sus representantes más egregios, sino la unidad de doctrina y de tendencia, la magnífica y valiente unanimidad de escuelas y orientaciones en que se basa la existencia y consistencia real de una ciencia nacional española. (...)
(Historia de la civilización española, 1946)
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