LA ÉPICA.
Aunque no llegó nuestra épica al nivel de la lírica, no se debe desvalorar hasta el punto de que algunos autores lo hicieron, restándole toda importancia. Hay, por el contrario, obras como La Araucana, de Ercilla (1533-1594), de una poderosa versificación, hondo sentimiento y vigor poético. En un momento de admiración hiperbólica llegó a comparar Voltaire a Ercilla con el mismo Homero. No conviene, para juzgar nuestra épica, incurrir en ninguno de los dos extremos.
LA NOVELA
La novela española del Siglo de Oro tiene en la historia literaria de la humanidad un relieve semejante, y en algunos aspectos superior, al que alcanza, por ejemplo, la novela psicológica de Goethe, la novela realista anglo-francesa o la atormentada y humana novela rusa de Tolstoi y Dostoiewski. La Edad Moderna no registra parecido fenómeno de esplendor en la novela.
LA NOVELA PICARESCA.
Pero el género que triunfa, se impone y deja huella en la cultura de todos los pueblos es el de la novela picaresca. Imagen fiel de la vida española, la retrata con sobriedad magistral. La sociedad española, especialmente en sus clases más humildes, aparece allí con su pobreza, sus vicios, su resuelto dinamismo y su esencial alegría de vivir. Es un género estoico dice Bonilla Sanmartín. Tiene del estoicismo el sentido realista y la moral elevada. Su realismo no le permite alejarse de cómo la vida es. Su moralismo le impulsa a indicar alguna vez, cómo la vida debe ser. La picaresca española no desciende jamás al sucio naturalismo del siglo XIX, materialista. Pero le supera siempre en virilidad y nobleza realista.
Es novela de ejemplaridad, reflejando exactamente la vida. De desengaño, aleccionándola, como en el Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán (1599 1604), con reflexiones morales. Hay dos tipos de novela picaresca: la que suprime el aleccionamiento moral, haciendo radicar la ejemplaridad en el solo hecho de la vida del pícaro y la sociedad reflejada (como El Lazarillo de Tormes, publicado en 1554, de autor desconocido), y la que incluye estas reflexiones, como la obra de Mateo Alemán. Al primero pertenecen El Gran Tacaño de Quevedo, el Rinconete y Cortadillo de Cervantes, el Diablo Cojuelo, de Vélez de Guevara, y otras. Al segundo, La Pícara Justina, de López de Úbeda, o el Marcos de Obregón, de Vicente Espinel.
(continúa)
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