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Tema: “Alma castellana II” (Azorín): espíritu y vida de la España del s. XVIII (Borbones)

  1. #1
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    “Alma castellana II” (Azorín): espíritu y vida de la España del s. XVIII (Borbones)

    Procede de aquí: http://hispanismo.org/literatura/286...-austrias.html

    "El alma de Castilla en su literatura" (1700-1800)


    I La opinión;
    II La moral;
    III El amor;
    IV La moda;
    V Los literatos;
    VI La crítica;
    VII Conclusión



    ****

    I
    La opinión

    ...Influye Descartes poderosamente en la filosofía francesa; influye en la española. Viva ansia de conocer se apodera de los espíritus. Cartesianos, maignanistas, gassendistas, todos batallan por la «filosofía moderna». Citan las damiselas a Descartes; hojean los petimetres los libros extranjeros. «Nuestras señoritas, y aún las más jóvenes — se lee en El tocador o el libro a la moda — hacen vanidad a veces de nombrar a Newton y de citar a Descartes.» «Nuestros petimetres— añade el autor — forman algunas veces una especie de muralla en su tocador con una porción de libros, la mayor parte extranjeros.»

    Propugnan las nuevas ideas aristócratas y literatos. Novador es el marqués de Villena, «que sabe con la mayor perfección y pureza que cabe la filosofía moderna»; novador Alvarez de Toledo, Primer Bibliotecario del Rey, en su famosa Historia de la iglesia y del mundo; novador el Dr. Diego Mateo Zapata, presidente de la Sociedad Médica de Sevilla; novador Fray Juan de Nájera, el más ferviente defensor del atomismo; novadores, en fin, los contertulios del duque de Montellano, Presidente de Castilla, «en cuya presencia se conferían los sistemas filosóficos de Cartesio y Maignan, en que todos los doctos que asistían discurrían».

    La polémica propaga las ideas. Defienden unos el viejo peripato; exaltan otros el atomismo. Célebres son las contiendas entre el obispo Palanco y el P. Nájera. De Nájera es una obra casi desconocida, los Diálogos philosóphicos, publicada con el nombre de Alejandro de Avendaño, Es interesante este libro para la historia de nuestra filosofía; es interesante, más que por el libro mismo, por la aprobación del Dr. Zapata, prolija y entusiasta defensa del «siempre grande Renato Descartes.»

    Propágase la prensa. Corren por España las revistas extranjeras: las Memorias de Trevoux, las Memorias de la Academia de París, las Actas de Menkenio. Se habla y se discute de todo; se investigan pacientemente las leyes naturales; se examinan los más extraños casos para descubrir otras nuevas y desconocidas. Se escribe largamente de una «pluma nacida en la cabeza de un niño»; de una piedra que muda de color como el camaleón; de una joven «a quien nacieron cuernos por todo el cuerpo»; de una señora que amaneció reducida a pavesas; de unas llamas flotantes que un señor de Huete vio en la cama al acostarse... Se discute apasionadamente sobre las mutaciones del barómetro, sobre «la patria del rayo», sobre la aurora boreal del 37. El cisterciense Rodríguez escribe disertaciones «físico-matemáticas» sobre la respiración; Solano descubre el pulso; Sarmiento hace la historia de las bubas; Vicente Pérez, el médico del agua, propaga la hidroterapia; Francisco Fernández Navarrete, en interesante estudio sobre los españoles, se adelanta a Montesquieu y establece que las causas del carácter de los pueblos «se encuentran en el suelo y cielo de un país»; hasta el Mercurio literario dedica la sección de «Novedades literarias» de uno de sus números, el 2.º, a hablar de la preparación de unos polvos, píldoras y jarabe «contra el mal de piedra».

    El espíritu de observación y realidad propágase de las ciencias a la política. Acláranse las relaciones entre la Iglesia y el Estado; robustécese más que nunca el regalismo; hace progresos la idea republicana entre altos burócratas y escritores. «En Mayo del 97 — dice un papel de la época — reinaba entre nuestros sabidillos mucha pasión de republicanismo.» Alcalá Galiano habla en sus Memorias de dos deudos suyos, uno Consejero de Hacienda, otro alcalde de Casa y Corte, que eran «republicanos acérrimos y duros»...

    La tolerancia religiosa se abre paso. Demostró Feijóo, en uno de sus discursos, la compatibilidad del ateísmo con la hombría de bien; escribe años más tarde, en 1784, un exjesuita, Juan Andrés, lo siguiente: «Veo que puede un filósofo estar abandonado de Dios según los deseos de su corazón y tener, sin embargo, sutil ingenio y fino discernimiento y pensar justa y verdaderamente en las materias literarias.»

    Franceses de todas cataduras recorren la Península haciendo propaganda hablada; vienen unos en busca de pinturas o en requisición de caballos; venden otros estatuas de yeso o abren suscripciones a colecciones de estampas. «Donde se cometen más delitos de blasfemia es entre la tropa», decía Macanaz en sus Auxilios, ¡Qué copiosa siembra de impiedad no debieron de dejar en España los ejércitos que durante todo el siglo la recorrieron! «En Enero del 98 — escribe el P. Vélez — vine embarcado desde Sevilla a Sanlúcar con un capitán francés y otros cuatro de su nación. En dos días que duró la navegación, no hablaron más que de nuestra religión y de nuestros reyes; publicaban cuantos defectos sabían del gobierno, reina, Godoy, etc. Se empeñó el uno en probarme que no era lícito el voto de castidad que hacen los regulares; me negó la existencia de la otra vida y sostuvo otros errores.»

    Aumenta la libertad en las ideas y en las costumbres; aumenta al propio tiempo en los gobernantes la opresión. Todo se reglamenta, se inspecciona, se prohíbe. Se prohíbe juntarse discípulos varones y discípulos hembras en casa de los maestros de danzar; se prohíbe bailar de noche en el Prado o en otro cualquier paseo, o «en las eras en el campo»; no se permite hablar de política en fondas y cafés, ni jugar a los naipes, ni leer gacetas u «otros papeles públicos», ni «tampoco fumar»; oblígase en algunas partes a los vecinos a encerrarse en sus casas a la hora de la queda; en otras a no salir a la calle sin luz, a no pararse en las esquinas, a no juntarse en corrillos...

    «Se dirá que todo se sufre — añade el prudente Jovellanos —, todo se sufre, pero se sufre de mala gana; todo se sufre, pero, ¿quién no temerá las consecuencias de tan largo y forzado sufrimiento?»

    Las consecuencias llegan; el conflicto estalla. La monarquía absoluta pasa a la historia...

    Fuentes:

    DR. DIEGO MATEO ZAPATA. Aprobación en los Diálogos philosóphicos en defensa del atomismo, de Alejandro de Avendaño o sea Fr. Juan de Nájera (Madrid, 1716.)
    Periódicos y papeles de la época.
    FRANCISCO FERNÁNDEZ NAVARRETE. Disertación sobre el carácter de los españoles, en los Fastos de la Academia de la Historia, tomo I. (Madrid, 1739)
    FEIJÓO. Apología de algunos personajes famosos en la historia, en el Teatro critico, tomo VI, discurso II. (Madrid, 1734.)
    JUAN ANDRÉS. Origen, progresos y estado actual de toda la literatura, tomo II. (Madrid, 1784.)
    RAFAEL VÉLEZ. Preservativo contra la irreligión. (Valencia, 1813.)
    Novísima Recopilación.
    JOVELLANOS. Memoria sobre la policía de los espectáculos y diversiones públicas, y su origen en España.

    .
    Última edición por ALACRAN; 18/05/2022 a las 13:25
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



  2. #2
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    Re: “Alma castellana II” (Azorín): espíritu y vida de la España del s. XVIII (Borbone

    II
    La moral


    ...Cuanto mayor es el desenfreno de las costumbres, es mayor la rigidez de la moral. Moral rígida, meticulosa, nimia, detallista, es la del siglo. No hay más que hojear los preceptistas y escritores ascéticos.

    El matrimonio es uno de los estados que más detenimiento y reflexión requieren en el hombre; principiaremos por el matrimonio.

    Antes de dar tan grave paso, ha de celebrar el neófito muchas comuniones y ha de preguntar al Señor cuál es estado que quiere que tome. Lo cual preguntado, se detendrá esperando la respuesta, «suponiendo que no será por inspiración». Rezará asimismo copiosas oraciones, siendo las más seguras las que se dirijan a los ángeles. Hizolo así Tobías, y por eso fué San Rafael su casamentero; cosa que agradeció de tal modo el mancebo, que las tres primeras noches de la boda convirtieron él y su esposa el aposento nupcial en oratorio, permutando el amor por el rezo.

    Peligrosísimo es el uso de los sentidos. Deben las personas virtuosas reportar el uso de los sentidos no sólo en las cosas ilícitas, sino en las permitidas. Si vas por la calle y ves un hermoso caballo, una hermosa pintura, una flor, un jardín, procura y vencerte refrenar tu apetito; aparta al instante tu vista. No oigas cuentos ni novelerías; no oigas tampoco leer gacetas. Cuando comas, imagínate que tienes delante al niño Jesús y aparta el mejor bocadito para él.
    Comedias, no se han de ver. Son las comedias un semillero de culpas y una red del demonio para cazar almas. ¿A cuántos no habrán arrastrado hacia el abismo del pecado? Si por grande necesidad te hallares alguna vez en ellas, procura acordarte de Dios, «dirigiendo a Su Majestad en tu interior algunas palabras y actos de aspectos amorosos».

    Guárdense las doncellas de verlas; porque en el teatro sólo se ven acciones torpes, trajes fastuosos, diálogos amatorios, etc., que incitan al pecado y espantan cuando menos la inocencia. Y aunque se disculpe con que es comedia de santos, habrá muchos que más que, a la virtud que se trata de glorificar, atiendan a los chistes y equívocos del bufón.

    Graves son los deberes de una madre de familia. Deben las madres tener siempre vigilados todos los caminos y sendas de las casas por donde pueden comerciar criados con criadas e hijas con vecinos. Los caminos son aquellos pasos comunes como escalera, puerta principal, ventanas a la calle; las sendas «son unos atajos secretos que suele haber, unas escalas que no se suelen usar, unas puertas escusadas, unas ventanas que no miran a la calle, sino al jardín o al corral». Tendrán especial cuidado en redoblar la vigilancia de noche. Siendo San Francisco de Borja virrey de Cataluña, iba a media noche con un farolillo reconociendo las oficinas de su casa y los más apartados aposentos de sus lacayos, por si en ellos se cometían ofensas a Dios.

    Falte la madre de familia lo menos posible de su casa. Si con faltar sólo una hora se expone a infinitos peligros, ¿a cuántos no se expondrán las que «faltan muchas horas de todos los días, volviendo a su casa a las diez de la noche?» El venerable Palafox dice que andar fuera de su casa una casada es andar descasada...

    Cuiden las madres sobre todo de las hijas. Las hijas se han de guardar escrupulosamente de todos; se han de guardar «del doméstico, del pariente, del vecino, del anciano y, en una palabra, de todo hombre viviente, aunque sea tan santo que actualmente obre milagros.» Aun del más cercano deudo se ha de cautelar a la hija. Dejar una mujer sola con un hombre, sea el que fuere, vale tanto como entregar un papel al fuego para que lo conserve. Un mozo y una doncella solos son como un lobo y una simple oveja. Viendo San Felipe de Neri que un niño de doce años jugaba con una hermanilla suya de la misma edad, le reprendió y le mandó que no lo hiciese y se apartase de las mujeres. Respondió el muchacho: ¿Qué importa, Padre, que aunque es mujer es mi hermana? A lo que el santo replicó discretamente: Mira, hijo, el demonio es grande lógico y así te volverá esa proposición al revés diciéndote: aunque es hermana es mujer.

    No permitan las madres amistades de las hijas con las criadas, tanto por evitar rivalidades y envidias de otras criadas, cuanto «porque esta parcialidad es muy sospechosa».

    No deberán saber las hijas las habilidades de danzar, cantar, tañer y otras semejantes. Aprobamos que sepan leer las doncellas; de ningún modo escribir. Los libros malos pueden desterrarse y ponerse otros buenos en su lugar; «pero en qué una doncellita sepa escribir, no hallo ni este ni otros bienes, sino muchos riesgos».

    Cuando hablaren con cualquier hombre, sea seglar o eclesiástico, amigo o criado, estén apartadas de él obra de «dos varas». Si tuvieren que dar o recibir algo, que sea sin tocarse las manos. Póngase el objeto que se haya de dar o tomar en cualquier paraje para de allí recogerlo.

    Cuando el señor o la señora salgan de casa, ciérrense las puertas y ventanas. No las abran hasta que tornen. Y si estando las doncellas a la ventana, «por alguna ocasión necesaria», vieren pasar algún conocido que las mirase, se quitarán prestamente de ella y la cerrarán. Si las saludasen en la calle, disimulen bajando los ojos y no vuelvan el saludo.

    No tengan vestidos de colores claros, vistosos, «ni agradables a alguno sino a Dios». Perfumes y baños no los usen; ni tampoco se enrizarán o encresparán el cabello.

    Punto gravísimo es el referente a cómo deben estar en la cama. Estarán en la cama con muy buena composición, «poniéndose en la figura que deben estar cuando sean muertas en la sepultura.» Reflexionen sobre este trance; recen un avemaría por su alma. Recojan cuidadosamente el cuerpo; y «y si durmieren dos o tres juntas, procurarán no tocarse las carnes las unas con las otras, poco ni mucho».

    Cuando se levanten o estén acostadas, procurarán no ser vistas, no sólo de varón, pero ni de las mujeres que duerman con ellas. Lleven a este efecto las camisas largas hasta los tobillos; llévenlas por arriba bien cerradas y atadas. Tengan asimismo cuidado cuando se desnudaren o vistieren, de que estén bien cerradas las puertas y ventanas. «Y si acaso alguna vez querrán reconocer las pulgas de la camisa, reconocerán primero bien todos los agujeros que pueda haber, hasta el de la llave o cerradura; y no se pongan en derecho de alguna puerta o ventana, por bien cerrada que sea. Y mejor sería no hiciesen ese ejercicio en esa forma, sino cuando muden de camisa; entonces espulguen las que dejaren; porque siempre corren peligro de ser vistas y codiciadas.»

    Otros más interesantes detalles añaden graves y sesudos escritores. Deber del moralista es exponerlos; deber del narrador velarlos discretamente para que los sencillos corazones no se escandalicen y alboroten.

    Fuentes:

    FR. MANUEL DE JAÉN. Obras. (Dos volúmenes; Madrid, 1794.)
    ANTONIO OSSORIO DE LA CADENA. La virtud en el estrado. (Madrid, 1764.)
    JOSÉ BONETA. Gritos del infierno para despertar al mundo. (Barcelona, sin año; 1796.)
    FR. MIGUEL AGUSTÍN. Libro de los secretos de agricultura, casa de campo y pastoril. (Barcelona, 1722)
    Última edición por ALACRAN; 18/05/2022 a las 13:20
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



  3. #3
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    Re: “Alma castellana II” (Azorín): espíritu y vida de la España del s. XVIII (Borbone

    III
    El amor


    ... El amor es diligente. A las ocho ya está en su tocador, asistido del peluquero, perfilándose el amante. Viste capa colorada, chupa blanca bordada al realce con sedas de colores, chorrera con siete listones de encaje de Bruselas, corbata de olán, casaca de piqué de seda, brilladores los botones de plata, finísimos los pajizos encajes de las mangas. Son las medias de seda, con sutiles calados, y los zapatos azules ribeteados de blanco, con hebillones de oro; es el minúsculo espadín de acero con cabos y labores de marfil...

    Está el galán elegantísimo. Dos horas ha pasado en afeitarse. De su casa marcha a la casa de su dama a tomar el chocolate. La señora está aún acostada. El galán pasa a la alcoba. Para el amor no hay secretos. El perfecto cortejo consiste en que

    ... cada uno elija, allá en su concepto,
    una dama a quien rendido
    le sacrifique su afecto,
    y esto con tal servidumbre,
    que en la casa, en el paseo,
    en la cama, en la tertulia,
    y, en fin, en todos los puestos,
    siempre le asista a su lado,
    a su voluntad sujeto.

    En la alcoba platican los amantes larga y prolijamente. «Lo que allí pasa en este tiempo, no lo sé>, declara modestamente Clavijo Fajardo. Es de suponer que resuelvan arduos y trascendentales problemas de la vida...

    Termina la conferencia. La señora se viste. Un criado sirve el chocolate. Y, o bien lo toman los amantes en una misma jícara, o bien cambian las ligeras porcelanas cuando han apurado la mitad del ardiente soconusco. El peluquero llega. Principia el tocado. Válo inspeccionando menudamente el galán: hace una observación oportuna, corrige un detalle, informa sobre la última moda llegada de París.

    Es la hora de las visitas. Pero las visitas no estorban a los mutuos obsequios de los dos enamorados. El cortejo requiere

    ... que se hable
    cualesquier cosa en secreto,
    delante de los maridos,
    padres, parientes o deudos,
    sin que por eso se enojen
    ni demuestren sentimiento,
    antes bien, a lo contrario,
    lo han de tener por desprecio.

    Mientras hablan los tertulianos y el señor marido hace los honores de la casa, la dama departe en un rincón con su galán. Cuchichean misteriosamente detrás del abanico; riñen para gustar después la voluptuosidad de la reconciliación; murmuran de las amigas; hablan de modas.

    A las dos, comen. «Se despide a los criados acabada la comida — escribe Clavijo —, pasan al gabinete los señores cortejos; ciérranse puertas y ventanas (porque, en fin, no todos se acomodan a dormir con luz) y se recogen a reposar en un mismo canapé la comida.»

    Pasan la tarde en el Prado o en el teatro; hacen algunas visitas. Cenan, charlan, o juegan una partida de mediator; y a media noche, gallardo y desenvuelto, retírase el solícito galán a su morada.

    «La galantería de este tiempo — escribe el marqués de Valdeflores — es el arte de hacer a la hermosura todos los homenajes imaginables, a excepción hecha de aquel sólo de que ella es digna; esto es, el del corazón.»

    El amor es un deporte. Se ama por moda, por bien parecer, por lujo. La cabeza domina al corazón. «Ten entendido — aconseja una madre a su hija en los Viajes de Wanton — que, en aceptando a cualquiera no pienses en entregarle tu corazón, porque así te verías perdida y sin remedio; éste viva sólo contigo, porque cuando te parezca puedas tomar otro mejor partido, si te lo depara la suerte.» «Una coqueta que promete que siempre querrá — escribe Valdeflores — sólo quiere dar a entender que querrá en tanto que el cortejante sea relativamente a ella bastantemente frivolo para serle amable.»

    Los maridos no son celosos, por no parecer ridículos; sus mujeres faltarían a las prescripciones de la moda si no tuvieran un amante que las acompañara en todas partes, en casa, en el paseo, en las tiendas, en el teatro, en las visitas, en la alcoba. «Parece que el cortejo — dice Clavijo Fajardo — es la sombra de la dama; y yo no he podido jamás entender cómo las mujeres pueden acostumbrarse a tener continuamente a su lado una espía de sus acciones.»

    Se alega que el cortejo es honesto pasatiempo. Pero observa un coplero de la época:

    Una mujer todo el día
    solita con su cortejo,
    metida en su gabinete,
    consultándose al espejo,
    ¿estarán los dos rezando,
    o tratando de su entierro?

    «No es lo menos que se galanteen dos en quienes les está prohibido el maridaje — escribe Alberto Antonio Soler en su Theatro crítico — y para disimular ambos su llama y no dar que decir a quienes extrañan sus extremos, recíprocamente, como adagio, usan la frase: La quiero mucho, pero es querer por sólo querer

    Tienen cortejo las niñas y las ancianas, las solteras y las casadas. Tienen cortejo los graves religiosos, y obsequian espléndidamente a sus damas con cuelgas de cintas, abanillos, tumbagas, pozuelos y chocolate. El cortejo es una complicada ciencia; tres son sus partes esenciales: pretensión, posesión y rompimiento. Hay pretendientes incansables, que pasan el día escudriñando celosías, tornos, paseos, calles, terreros, sin perdonar a mujer alguna, ni a la humilde, ni a la rica, ni a la noble, ni a la plebeya; que marcan ingenuamente la sonrisa por rendimiento y el saludo por caída. Los hay que sólo requieren a señoras de alta alcurnia, y son tan cansados, bascosos y moledores, que no hay momento que no le paseen la calle y le atisben las ventanas, y si por chanza les corresponden alguna vez, hacen grande desvanecimiento, gloriándose de que les favorece la condesa, la duquesa o la princesa. Los hay, en fin, de los callados y sigilosos, que aparentan con medias palabras y evasivas grandes fortunas...

    Todo arte tiene su privativo tecnicismo; lo tiene también el cortejo. El mueble, es el galán que corteja; hacer la rueda, pretender; formarse el corazón, irse adiestrando en los lances del amor; hacer el grupo, juntarse estrechamente los amantes; seguir los pasos, indagar cautelosamente la vida del galán; estar en el locutorio, cuchichear en un rincón del palco o del estrado.

    Conquistada la dama, el mueble es el dueño de la casa. Ni dejará un momento a su amada, ni se hará nada sin su gusto.

    «¿Y el marido?», preguntará acaso el lector.

    ¡Oh, el marido! En El tocador o el libro a la moda, catecismo de buen gusto, el autor finge una conversación entre dos damas: cortesana refinada la una, candorosa provinciana la otra. La primera invita a la segunda a ocupar su vis a vis y dar un paseo. «Gracias, mi coche me aguarda; voy a pasear con mi marido», contesta la provinciana. Y la madrileña, atónita, asombrada, estupefacta, exclama: «¡Con su marido! Es menester reir a boca llena. ¡Qué gentes! ¡Qué palabras!...»

    Fuentes:

    JOSÉ CLAVIJO FAJARDO. El Pensador, tomo I. (Madrid, 1762.)
    Definición del cortejo; carta métrica escrita por don Benigno Natural. (Málaga, sin año.)
    LUIS DE VALDEFLORES. Colección de diferentes escritos relativos al cortejo. (Madrid, 1762.) El autor es don Luis José Velázquez, marqués de Valdeflores.
    JOSÉ HARO DE SAN CLEMENTE. El chichisveo impugnado. (Sevilla, 1729.)
    ABAD CENICERO. Impugnación cathólica y fundada de la escandalosa moda del chichisveo. (Madrid, 1737.) Es plagio literal del anterior, excepto las páginas 2 y 3.
    ALBERTO ANTONIO SOLER. Theatro critico particular para destierro de errores universales. (Madrid, 1734.)
    JOAQUÍN DE GUZMÁN Y MANRIQUE. Viajes de Enrique Wanton. tomo I (Alcalá, 1769.)
    El tocador o el libro a la moda. (Madrid, 1796.)
    Última edición por ALACRAN; 25/05/2022 a las 13:31
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: “Alma castellana II” (Azorín): espíritu y vida de la España del s. XVIII (Borbone

    IV
    La moda


    ...Son las doce. La señora está en su apartamento componiéndose la toaleta. Presencia el femenino aliño su rendido cortejo. Monsieur Leblané oficia de peluquero: arregla el tinón, pone los postizos, hace los papillotes y, por fin, listo ya el complicadísimo tocado, apresta sus tres bolsones de polvos — polvos blancos, polvos negros, polvos amarillos -y, con el fuelle, espolvorea la peinada cabeza con los polvos que a la señora más le agradan.

    Se retira el peluquero. Madama continúa su habillamiento. Hay en su tocador variadísimas salseras con variadísimos afeites; hay carmines, vinagrillos, agua de bergamota, agua de cerezas, agua de lavanda, agua de champarell… Rasguéase los ojos; píntase las mejillas; lústrase los pechos y las manos. Se viste: pónese medias de seda de encendidos colores; encierra sus diminutos pies en escotados zapatitos de pintorescas picaduras y valiosas hebillas de brillantes; colócase luego sobre los blancos y randados briales una basquiña de melania verde; aprisiona su talle en la angosta cotilla; pónese, en fin, sobre la cotilla una escotada polonesa.

    La elección del abanico y de las preseas es delicada. Hay abanicos de los volatines, de la giganta, de mil caprichos y sucesos de actualidad; hay también copiosa variedad de joyas: disciplinas o hermosas sartas de corales, que simulan sobre el blanco seno rojas gotas de sangre; manillas o pulseras de oro; arracadas; espadillas para el pelo... Delicada es también la elección de sombreros; hay cofias para salir de la cama y hay sombreros para visitas y paseos. Las cofias son de la dormilona, del perro durmiendo, del gato a la izquierda, de la friolera, de ¿a dónde estás? y mil otros pintorescos nombres; los sombreros los hay guarnecidos de hilos de perlas, engalanados con plumas, arreados con listones de colores; los hay que figuran una diadema; los hay que fingen una navecilla navegando en un proceloso mar de gasas; los hay que figuran unos calzones varoniles, «con tan torpes, infames señales, que evidentemente manifiestan la brutalidad de la invención»; adorno, en fin, tan extraño, que un autor de la época — Clavijo Fajardo — desea que ningún futuro historiador lo notifique en sus libros, «porque, transcendiendo de generación en generación, la infamia presente cedería en oprobio de la nación española...»

    El tocado ha comenzado a las diez; ha terminado a la una. La señora está vestida.

    Crece la liviandad en las costumbres: crece el lujo. Si hubo un tiempo en que sólo había diez coches en Madrid, ahora no hay señora que no lo tenga. «Hay madama — escribe en 1739 Benegassi — que, a trueque de salir en coche, se le da poquísimo, así de cercenar el plato (aun lo preciso), como de que a su pobre marido le acosen los acreedores.» En un curiosísimo libro titulado Laberinto de casados; diario pasado y presente de gastos para mantener una casa en Madrid, se hace un examen minucioso de lo que antes se gastaba y de lo que ahora se gasta. Necesitaba antes una modesta familia de doce personas 6.655 reales anuales para los diarios comestibles; necesita ahora 9.575; gastábase antes en indumentaria, salarios y casa, 2.906; gástase ahora 3.594. Y no se cuentan los gastos extraordinarios de partos, entierros, viajes y fiestas; ni se ha de echar en olvido — observa el autor — que con tal modestia y cerramiento ha de vivir esta familia, que pueda decirse de ella, según frase conocida, que si viste no ha de comer, y si come no ha de vestir...

    Todo el antiguo recato ha perecido. Llevábanse antaño los mantos amplios, largos, flotantes; se han cortado ahora tanto, que las damas lucen desenfadadamente en la calle su gentileza de españolas. Largos eran también antaño los guardainfantes y tontillos; tan medrados son ahora, que quedan al descubierto los escotados zapatos y los vivos colorines de las medias. Se llevan enteramente descubiertos los pechos, o ligeramente velados, cuando mucho, por finísimos encajes de la camisa. Moralistas de la época refieren escandalizados que, cuando las damas suben o bajan de los coches, dejan ver, como al descuido, la incitante escultura de sus piernas. «No sé cómo diablos mueven aquellos pies, embeleso de lascivas atenciones — escribe López Salcedo — que parece que van (aun por las calles) danzando la pavana.»

    A medida que avanza el siglo, aumenta la influencia francesa. Todo es francés; son franceses, en las casas aristocráticas, el portero, los criados, los muebles, el coche; se comen fricandós, fricasés, sopas al uñon y a la rén, huevos a la uboneta; adornan las mesas surtús de flores; sustituye al legendario veedor o maestresala el correcto maitre d'hotel.

    Las señoras hacer venir las modas de París dos veces al mes. La juventud se educa en Tolosa, Montpellier o París. «Nuestros niños aún no sabían el catecismo, y ya hablaban el francés», dice el P. Vélez. No es elegante quien no ha tomado café en el Palais-Royal, paseado por las Tullerías y visto un par de tragedias. La peluca impera. «Todos los días son Miércoles de Ceniza», escribe cierto autor. Y, ¡oh, abominación!, hasta los graves religiosos llevan, «por decencia», cerquillos postizos...

    Fuentes:

    Anales de cinco días en el Semanario erudito, tomo XVI. (Madrid, 1789. (El autor es José Cadalso.)
    JOSÉ CLAVIJO FAJARDO. El tribunal de las damas, (Madrid, sin año.) (1755.)
    JOAQUÍN DE PAZ Y MONROY. El no se opone de muchos y residencia de ingenios, (Madrid, 1739.) (El autor es don José Joaquín de Benegassi y Lujan.)
    J. C. Laberinto de casados; diario pasado y presente de gastos para mantener una casa en Madrid. (Madrid, 1792.)
    JOSÉ CLAVIJO FAJARDO. Pragmática del celo y desagravio de las damas. (Madrid, 1755.)
    FRANCISCO LÓPEZ SALCEDO. Despertador a la moda y soñolienta idea de capricho dormido. (Madrid, sin año.)
    GÓMEZ ARIAS. Recetas morales, políticas y precisas para vivir en la Corte. (Madrid, 1734.)
    JOSÉ MORALEJA. El Entretenido. (Madrid, 1741.)
    FELIPE ARGENTI LEIS. Discursos políticos y económicos sobre el estado actual de España. (Madrid, 1777.)
    FELIPE ROJO DE FLORES. Invectiva contra el lujo. (Madrid, 1794.)
    RAFAEL VÉLEZ, obra citada.
    Última edición por ALACRAN; 25/05/2022 a las 13:36
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: “Alma castellana II” (Azorín): espíritu y vida de la España del s. XVIII (Borbone

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    VI
    Los literatos

    ...En el silencio de la celda, en la tranquilidad de las covachuelas, el erudito labora pacientemente. Hay eruditos como el padre Ponce — quien no publicó obra alguna — que oyendo leer el griego o el hebreo, lo traducen de corrido al latín o al castellano; los hay como el abate Hervás, que crean la filología comparada; los hay como el P. Flórez, que reconstruyen la España sagrada; los hay como el padre Martín Sarmiento, que escriben de todo lo humano y divino con erudición pasmosa...

    El P. Sarmiento — la figura más vigorosa de su tiempo — no sale de la celda. «Mejor quiero estar solo que bien acompañado — dice — .

    Los hermanos — añade —serían más hermanos si, cuando llegasen a conocerse, los separasen en distintas y distantes casas.» El P. Sarmiento no escribe cartas; no abre las que recibe. «¡Ojalá no hubiese recibido ni respondido a tantas — exclama — y tendría más dinero para libros, más tiempo para leerlos y más quietud interior para meditarlos!» De las cartas de parientes dice: «Todo viene a parar en pedir.» De las noticias de salud escribe: «No hay cosa ni carta más superfina; debo suponer que todos viven, mientras no viene la noticia de su muerte.» Detesta las academias, las juntas, las comisiones. Le mandan en una ocasión el título de académico honorario. «No se lo devuelvo a ustedes — contesta — por evitar gastos de correo.» No visita a nadie; no admite invitaciones para comer; no baja a la portería o a la iglesia cuando le llaman las devotas. Le fastidian los cumplidos, los saludos, las visitas, las despedidas, las cartas, los elogios, las enhorabuenas, las recomendaciones, todo el enojoso y diario sobo social; le fastidia, en fin, la urbanidad, «Creo que habrá en Madrid dos mil personas», escribe. No son pocas. Y si por acaso alguna de las tales tiene la fortuna de hablar con el adusto benedictino, habla seguramente con el hombre más sencillo, ameno y bondadoso de la corte. «Los que vienen a favorecerme a la celda — dice — dirán que están las tres y las cuatro horas seguidas, ya conversando, ya hablando de libros o de diversis. Y sé que algunos dicen que todo el dicho tiempo se les ha hecho un instante.»

    El P. Sarmiento trabaja incansablemente, tenazmente, ferozmente, encerrado en su celda. Su juicio es vivo y penetrante; su estilo, más hablado que escrito, como pedía el filósofo. El mismo dice: «muy claro en la conversación, vivo en las expresiones, muy intrépido en el hablar.» Sabe de todo y escribe de todo. «Su fuerte — dice Casafonda — son las antigüedades y sabe mucho de la disciplina militar y triunfos de los romanos; de sus armas, escudos, sellos, vestidos y calzado, convites, baños, juegos, granjas, edificios, calzadas, acueductos y cloacas, ferias, ceremonias y fiestas de su falsa religión, votos, sacrificios, oráculos, inscripciones sepulcrales y otras cosas de este jaez, especialmente las que tocan en asuntos raros y extravagantes, sobre que ha hecho algunas disertaciones. Una estaba trabajando, cuando yo salí de Madrid, sobre el origen de la enfermedad de las bubas, y otra compuso el año pasado sobre un sátiro que unos alemanes trajeron a enseñar a España.» Su Discurso sobre el método que debía guardar- se en la educación de la primera juventud es una de las más geniales obras de nuestra literatura. Proclama en él las lecciones de cosas; abomina del imperio del libro y de los métodos nemotécnicos; expone, en fin, con frase viva y diserta mil observaciones originales. «Todas las enfermedades — escribe — proceden de infinidad de insectos...»

    Sarmiento, Feijoó, Antonio José Rodríguez, Andrés Piquer, Martín Martínez, trabajan en la observación de la realidad, en la exactitud de la experiencia, en la comprobación de las leyes naturales. La observación transciende de la ciencia al arte. El teatro antiguo parece inverosímil. Indignan las supercherías de los viejos dramaturgos; indigna la torpeza de los actores. Habla Nicolás Moratín de los graciosos que interrumpen con bufonadas los llantos y congojas de sus señores, y pregunta: «Si a usted le sucediera tal cosa con un criado, ¿no le arrojaría por un balcón?» «En la comedia Esopo el fabulador — escribe Clavijo Fajardo — he visto yo a una dama defenderse de cuatro o seis barbados, todos con espadas, sin que la tocasen al pelo de la ropa, porque las puntas estaban mirando a las estrellas.» «El muchacho que quema la pez y las estopas — escribe el mismo— está las más veces a vista, ciencia y paciencia de todos, como si dijese: No tengan ustedes miedo, que todo es chanza

    Exaltan los preceptistas la verosimilitud escénica; añade Luzán — siguiendo a Cascales — una nueva unidad a las tres de espacio, tiempo y acción: la unidad de especie. De universal, hácese urbano el teatro. Enciérrasele entre las cuatro paredes de una estancia; mídense los diálogos; estudiase la propiedad de la frase.

    El nuevo siglo llega. Con los disturbios políticos enciéndense las pasiones. Conmueve la guerra todos los espíritus. Créanse juntas de gobierno en todas las provincias. Huye de Sevilla la Central; busca el pueblo, «para degollarlos», a sus individuos. Se les trata de ladrones, se les abren sus equipajes en la Isla de León de orden del gobierno. Apellídase traidores a los que esperan en los pueblos la invasión francesa. Acúsase en las Cortes al obispo de Oviedo por no haber abandonado su Silla; llama el Redactor general «reo de alta traición» al de Córdoba y pide su muerte en patíbulo porque, invadida la ciudad andaluza, va el prelado a unirse a sus diocesanos en cumplimiento de su misión evangélica. Son patriotas los que abandonan archivos, secretarías, fábricas, conventos. Se destruye y se arruina todo. «Si España no consigue ser libre, quede hecha al menos un inmenso desierto, un vasto sepulcro», dice el gobierno en un manifiesto. Gentes maleantes aprovechan la coyuntura de hurtar el cuerpo a la «ejecución por deudas» o al «castigo por delitos» y échanse al campo en defensa de la patria. «Los pueblos temblaban a la presencia feroz de esas turbas de inhumanos, que arrancaban el oro y la vida de sus habitantes, y celebraron con júbilo que cayesen en manos de los enemigos.» Las Cortes decretan la cesantía de cuantos empleados han permanecido fieles en sus destinos durante la invasión...

    La personalidad humana excitada se exalta. Todos hablan, todos escriben. Se publican millares de folletos, de manifiestos, de proclamas, de comunicados. Escriben los diputados, los jefes políticos, los empleados, los concejales, los ciudadanos de todas ideas y partidos, justifican unos su conducta política o aclaran cuentas sospechosas; explican otros sus dimisiones o sus palabras en las Cortes; lanzan los exaltados furibundas soflamas a los españoles «enemigos acérrimos de la arbitrariedad y del despotismo con que hemos estado estrujados en los reinados anteriores». Se llama «genio del patriotismo» a un desdichado vejestorio que al remate de su vida sienta plaza de granadero. Se publica su retrato; se le consagra el indispensable folleto. «¡Patriota insigne! — le grita el autor — recibe este homenaje de quien te aprecia y te venera sin pretender adularte y sabe que nuestra voz es la tierna expresión de todos los hombres libres, que ven en ti el enemigo de los tiranos y el más valiente defensor de las públicas libertades.» Las plumas no bastan; las razones se remiten a los puños. Gallardo «anduvo escondido gran porción de tiempo por evitar la gloria que iba a traerle su inmortal Diccionario», Al «célebre» Daza le obligaron varias veces a correr «con los anteojos desmontados». Los redactores de El Conciso sufrieron con una paciencia heroica las varias medidas que algunos oficiales de tropa les tomaron de las costillas».

    Ved llegado el momento. Todo este ardor, todo este entusiasmo candoroso, toda esta energía avasalladora va a pasar del club y de la prensa a la literatura. El romanticismo cristaliza. Juntad a la pasión política cierto vago y lacrimatorio sentimentalismo, que ya apunta en Meléndez y en Cienfuegos llega hasta el ridículo, y tendréis completo el cuadro. El romanticismo cristaliza. He ahí las críticas de Larra, los poemas de Espronceda, La conjuración de Venecia.

    Fuentes:

    MANUEL LANZ DE CASAFONDA. Del estado presente de la literatura en España, en el Semanario erudito, tomo XXVIII. (Madrid, 1790.)
    MARTÍN SARMIENTO. El porque si y el porque no, en el Semanario erudito, tomo VI. (Madrid, 1787.)
    ÍDEM. Discurso sobre el método que debía guardarse en la educación de la primera juventud, en el Semanario erudito, tomo XIX. (Madrid, 1789.)
    NICOLÁS FERNÁNDEZ DE MORATÍN. Desengaños al teatro español, (Madrid, 1762.)
    CLAVIJO. El pensador.
    Examen de los delitos de infidelidad a la patria, (Segunda edición); Burdeos, 1828. (El autor es el poeta D. Félix José Reinoso.) Hay una edición «española», hecha en Madrid en 1842.
    FR. FRANCISCO ALVARADO. Cartas críticas, tomo IV. (Madrid, 1825.)
    Proclamas y manifiestos de principios del siglo XIX
    Última edición por ALACRAN; 03/06/2022 a las 13:18
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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