Harvey y la fauna sanborondiana
En un lugar del Atlántico, perdido entre las islas Afortunadas, donde la leyenda dibujó sueños idílicos referidos por muchos viajeros antiguos, tomó nombre la misteriosa Atlántida.
Los sueños y leyendas enmarcan un mundo inmaterial y conforman un espacio irreal, por ello, nunca pensó Harvey que aquellos se convirtieran en un mundo real, tangible y apreciable con los sentidos.
De lejos, la isla parecía un espejismo, se divisaban grandes escarpados tamizados por los diversos colores que producía el guano de las colonias de unas aves que denominó Stokedensis agilis, las cuales no podían volar pero tenían una gran capacidad natatoria; los múltiples colores que adornaban el plumaje de su cabeza producían un paisaje cambiante lleno de colores que se agitaban entre las suaves olas de la costa. Todas estas colonias de aves extrañas le trajeron a la memoria aquellos grupos de pequeños personajes que, como vestidos para una fiesta con corbata de lazo, parecía que daban la bienvenida a los visitantes que se aventuraban por aquellas lejanas tierras del Antártico.
Conforme se adentraba en la isla podía comprobar como la misma presentaba multitud de paisajes diferentes que albergaban especies tan diversas y únicas, que eran sin lugar a dudas, atribuibles a aquel espacio natural.
En las playas de un intenso color basalto alternado con zonas de rubias arenas, pudo distinguir a un extraño animal, con características semejantes a una tortuga, que se mantenía inmóvil en los charcos formados por la bajamar, y que con la boca abierta esperaba atraer alguna presa que incauta se acercara a la misma. Igualmente y contrastando con el caparazón de color verdoso presentaba una franja de un intenso color naranja la cual la hacía única y diferente a todas las que había conocido hasta ahora.
El nunca pudo pensar que en un lugar como aquél pudieran existir especies de una agresividad tal que la hacía el animal más temible de toda la Macaronesia. Comprobó que abundaban en los espacios abiertos en los que capturaban sus presas a la carrera y que además, cosa insólita en una isla, tenían capacidad para cazar en grupo. Era la reina raptora (Regina raptoris), podía llegar hasta cinco pies de altura y tenía una cabeza de cuyo rostro, totalmente desprovisto de plumas, emergía un pico con una hilera de pequeños colmillos, lo que le daba una apariencia feroz y le dotaba de una gran capacidad depredadora.
Muy hacia el interior de aquella asombrosa e insólita isla que siempre había sido la menos creíble de todas aquellas que formaban el legendario mito de la Atlántida, observó la presencia de una extraña especie de galápago terrestre, con un caparazón de color ocre, con dos hileras de duras protuberancias dorsales y una larga cola con espolones en el extremo, que utilizaba en caso de peligro como arma defensiva.
Cristóbal Colón nunca se hubiera imaginado, pensó Harvey, que algún día lo que él había anotado en su diario de a bordo que juraban muchos hombres de bien, “que cada año veían tierra al Oeste de las Canarias”, así como tanta gente, navegantes y aventureros, que aseguraban haberla avistado al oriente de la isla de La Palma, fuera como un espejismo hecho realidad. La isla se abría ante sus ojos con aquella diversidad de flora y fauna, entre esos paisajes agrestes y escarpados, que se alternaban con declives del terreno y que daban una señal o referencia de los cataclismos geológicos sufridos por aquellas islas.
Tomás Azcárate Bang.
Presidente de la UNESCO en Canarias.
Harvey y la fauna sanborondiana
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