Harvey y la flora sanborondiana


No era para menos, Harvey no podía dar crédito a lo que veía antes sus ojos: formas extrañas, hojas nunca vistas, frutos de tamaños gigantescos, flores de atractivos colores que se descolgaban entre ramas y troncos con cortezas de reflejos metálicos en los riscos junto a la cascada. Higueras que no eran tales, mimosas de extravagantes hojas, trepadoras con garfios largos y retorcidos, flores casi colgantes en el vacío, suspendidas por tallos delgados, transparentes, cristalinos... plantas que manaban blanca y dulce leche de uso medicinal...
Intentaba encontrar en sus archivos mentales alguna similitud con las extrañas plantas que llegadas de remotos confines, recientemente descubiertas, había estado estudiando, meses antes de su partida, en las ricas colecciones de los jardines e invernaderos de Kew, donde junto a las sabias instrucciones de Hooker vio los maravillosos dibujos para su Flora Exótica que ya había comenzado a publicar. Ni siquiera allí recordaba haber visto algo semejante a lo que ahora acababa de descubrir.




Tampoco lograba encontrar los caracteres adecuados que le permitieran asignar los extraños vegetales en alguna de la 24 clases botánicas del sistema sexual que el botánico sueco Linneo había establecido años antes, en 1735, en su Systema naturae. Extraños estambres, gineceos y no menos complicados frutos no eran reconocibles en tal clasificación. Eran inútiles sus esfuerzos para poder determinar tan anómalos vegetales que estaban dejándole fascinado haciéndole pensar en todas las maravillas que aún podría encontrar en aquellos extraños parajes, de coordenadas imposibles de establecer. Sorprendentes volúmenes vegetales se dibujaban en lejanos horizontes, semiocultos entre brumas misteriosas surcadas por múltiples arcos iris, dentro de los cuales, los reflejos metálicos de los árboles lanzaban mensajes inquietantes a los exploradores.
Habían oído hablar de las extrañas plantas que en las Fortunatae Insula habían sido descubiertas desde un par de siglos antes, comentadas, descritas y grabadas por Plukenet, a fines del siglo XVII, en su gabinete londinense. Algunas publicadas a color, por Commelino en el remoto jardín de Amsterdam, otras, incluso, descritas e iconografiadas en manuscritos olvidados como los del padre Feuillée. No recordaba nada parecido en las publicaciones del propio Linneo que incluían la descripción de la bella Campanula (Canarina canariensis) de sabrosos frutos y llamativas flores flamígeras, ni recordaba algo semejante en las herborizaciones que, de las islas Macaronésicas, el recolector Masson había llevado a los jardines de Kew, las cuales el propio Aiton y el hijo de Linneo publicaran. Ni siquiera en la exhaustiva Historia Natural de las Islas Canarias de los sabios P. Webb y S. Berthelot recordaba haber visto alguna de aquellas formas. Nada de lo que allí comenzaba a descubrir podía identificarse con esas floras.




Y mas aun, vinieron a su mente extraños relatos escritos en un viejo pergamino que hablaban de un “periplo rojo” y una isla misteriosa envuelta en brumas donde vivían grandes lagartos y extraños seres vegetales de fantásticas formas, poblaban sus montañas y recordó las charlas con el explorador Boivin, en los jardines del Rey de París, que le habló de una isla remota, la bendecida por las nieblas, donde extraños árboles destilaban resinas olorosas mientras otras cortezas dracaenoides sudaban gomas rojizas de milagrosos usos. Una isla de la que poseía algunas referencias y que algún día le gustaría visitar. Boivin también le habló de extrañas plantas con monstruosos tallos, como gigantescas botellas, colgando en los riscos y árboles de troncos semejantes, elevándose varios metros sobre el suelo, con pequeños pero exquisitos frutos escondidos entre un ramillete de diminutas hojas en su cúspide. ¿Habrían llegado por recónditos caminos a la Dioscorida plineana, perdida mas allá del eritreo mar? ¿Por alguna rocambolesca razón habrían sido transportados por corrientes marinas misteriosas a esos parajes?. Los conocimientos geográficos estaban en contra pero en su mente se barajaban todas las posibilidades para tratar de identificar lo que ante sus extasiados ojos se ofrecía.
Buscando explicaciones a lo imposible de razonar, también recordó haber escuchado el testimonio de un viejo y asombrado marinero que en alguna perdida taberna del viejo Londres, a orillas del Támesis, había comentado como sobrevivió cuando navegaba con el capitán Baudin a una tremenda tormenta que les tuvo en vilo entre Madeira y Azores y como, en medio de ella, creyeron entrever en un tenebroso y encrespado mar cubierto de oscuros nubarrones un territorio, ¿una isla?, que no figuraba en sus derroteros y que quizás podría ser su salvación, sin embargo, ante su desesperación, la tormenta les apartó de la visión salvadora y al amanecer no había rastro de tan misterioso lugar.




¿Podría el sabio ginebrino A. De Candolle sacarle de sus dudas? Conocía que este célebre botánico había recopilado recientemente en un sola obra, de numerosos volúmenes, que estaba publicando, todas la plantas descubiertas en el mundo, algunas descritas por primera vez en dicha obra.
Mientras estas ideas cruzaban por su mente, sus ojos quedaron extasiados ante la presencia de nuevos vegetales que iban presentándose a cada paso, hojas de extrañas formas que no recordaba haber visto en ninguno de los manuales que había estudiado para su formación, ni las otras que había leído a la sombra de los tejos que cubrían la colina de Arturo, plácido lugar donde daba rienda suelta a sus ensoñaciones, pensando que algún día navegaría por remotos territorios, allende los mares, que aún no habían sido descubiertos, deseando emular los pasos de Humboldt en la selvas amazónicas, pero, aun más, sentía la atracción de mar, como un obsesión que le llamaba sin descanso, invitándole a dirigirse a los jardines del Paraíso, unos jardines de los que nunca tuvo la certeza que había descubierto.


Arnoldo Santos.
Jardín de aclimatación de La Orotava.





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