CON LO QUE NO SE CONTABA...



Imagen: "Escuadrón de Guipúzcoa...", de Ferrer Dalmau.

ESPAÑA NO ES DEMOCRÁTICA

En su magnífico ensayo “Anti-España 1959”, Mauricio Carlavilla establecía, con su privilegiado sentido metahistórico, un juicio que merece ser meditado: “España no es democrática”. Para comprender esta aseveración tan firme -y, al principio, tan escandalosa para el biempensante-, pido del lector que por un momento prescinda de lo que piense sobre la “Democracia”, si es que piensa acorde con lo que se nos ha inculcado desde 1975. Esto es: deshagámonos del prejuicio que pugna por arraigarse en la mentalidad: el "dogmatismo democrático", ese que considera que la “Democracia” es divina, sagrada, intocable… No sabe ni lo que es, pero no se la puede cuestionar. La "Democracia" creen los "dogmáticos democráticos" es digna de toda adoración, como si fuese un nuevo ídolo puesto en su altar, un ídolo engreído que ansía muchedumbres de feligreses, que se vanagloria de constituir una religión en la que la "Democracia" es ídolo, diosa o diosecillo al que se le rinde culto. Una religión cívica en la que se procura no blasfemar diciendo, por ejemplo: “¡Mierda de democracia!”; una confesión de fe en la que se procura cumplir devotamente con el precepto cuatrienal de colar por una rendija, caritraspuesto, un sobre en una urna de cristal; una liturgia que tiene a sus sacerdotes y sacerdotisas, siempre ensalzando al ídolo que les da de comer; unos creyentes que mirarán mal a aquel que tenga el atrevimiento de dudar sobre las virtudes, las bondades y maravillas de la democracia… Y todo ello, con su corolario inquisitorial: quien la ponga en cuestión, sea delatado a la inquisición laicista que fríe a los infieles y herejes; quien dude de ella, sea anatema: "¡Fascista!" -gritan los familiares del nuevo oficio de la Inquisición democrática. Y si no hay hoguera, ya habrá forma de aislar al "reaccionario" como a un apestado.

Abandonemos, digo, ese falso prejuicio y esa idolatría. Somos personas maduras y críticas, y por eso nos ponemos frente a la realidad de la democracia; o mejor dicho, frente al supuesto de una España “democrática”. Así Mauricio Carlavilla, en este magnífico resumen que nos hace de la historia de España, desde 1808 hasta 1931:

La rama dinástica ilegítima, la isabelina, pasando por la monarquía saguntina, hasta el 14 de abril, pudo reinar y reinó en razón única de ser una dinastía democrática. ¿Fue o no así?... Que hable la Historia.

La monarquía isabelina y saguntina fue la necesaria concesión hecha por la Democracia –la Democracia total es República- al pueblo español, dado que el pueblo español fue y es antidemocrático, y para no serlo fue capaz de librar la gran guerra de la Independencia, las tres carlistas y la última guerra de Liberación. Esta fue y es la realidad histórica, quieran los demócratas o no; lo confiesen o no.

Es una realidad histórica, y nadie será capaz de negarla: la guerra de la Independencia, las tres carlistas y la última de Liberación fueron libradas todas ellas por voluntarios del pueblo español, rebelados contra el Gobierno legal y oficial, contra el Estado vigente, que, no por casualidad, era siempre un Estado democrático, que se defendió siempre con soldados, no voluntarios, sino con soldados forzosos…

Y como parte de pueblo que forzosamente se veía obligada a defender el Estado democrático, era también antidemocrática, la ínfima minoría democrática gobernante, bajo pena del triunfo de los antidemocráticos, se vió en la obligación de mantener en el Trono a la niña Isabel, echada cuando no la creyeron necesaria; pero, en trance de triunfar los antidemocráticos sobre la República, sobre la Democracia, se vieron obligados otra vez los republicanos a traer la Monarquía con la paviada y la saguntada. Una Monarquía formalmente antidemocrática –toda monarquía es formalmente antidemocrática-, pero realmente democrática. Una monarquía-estafa, una monarquía-engaño, y gracias a tal estafa y engaño, los republicanos pudieron derrotar al pueblo antidemocrático y conservar el Estado democrático, democrático en lo posible, siendo monárquico, hasta que, nuevamente anestesiado el pueblo antidemocrático, los demócratas “monárquico”-republicanos volvieron a destronar, el 14 de abril, a la Monarquía democrática, para restaurar la total Democracia, la República
”.

La razón de nuestro atávico antidemocratismo es nuestro ardor religioso, nuestro catolicismo, nuestro "ser más papistas que el Papa" que decía nuestro admirado Álvaro d'Ors. Y la Democracia exige una sonrisa escéptica, un templar el fervorín religioso...

Dejémonos de una vez por todas de engañarnos a nosotros mismos: los católicos no podemos ser demócratas. Y no incluyo en el conjunto de los católicos -ni siquiera por cortesía- a los que sólo lo son nominalmente. Para ser demócrata hay que ser un relativista rematado, un fruto podrido y decadente del racionalismo, del liberalismo... O un católico "mestizo", de esos de manga ancha que lo mismo les da Buda, Cristo que Alá.

Un pensador nada sospechoso de creyente, como fue el nihilista rumano E. Cioran, lo supo ver: “Toda santidad es más o menos española: si Dios fuera Cíclope, España le serviría de ojo”. Con el tiempo, la impiedad y el ateísmo se infiltró en nuestro pueblo, con el propósito de debilitarnos, de convertir a nuestro pueblo en una masa amorfa y pasiva a la que someter. El esperpento republicano, ese masón y covachuelista de Manuel Azaña cacareó antes de tiempo: “España ha dejado de ser católica”. Como no destacaba precisamente por su talante democrático, no se le ocurrió a Manuel Azaña preguntarle a la otra más de media España y así le salió su Segunda República.

Hasta Miguel de Unamuno, un hereje ególatra, es capaz de advertir a los demócratas ateístas: “Los españoles somos católicos, sepámoslo o no lo sepamos, querámoslo o sin quererlo, y aunque alguno de nosotros presuma de racionalista o de ateo” (Del sentimiento trágico de la vida.) O sea, que incluso los ateos españoles, son ateos a la española; esto es, antidemocráticos y amigos de ventilar la cuestión religiosa por las bravas, como lo demostraron en 1936. Los españoles somos fervorosos y explosivos, para el bien y para el mal. “Un rasgo de psicología nacional unánimemente reconocido es el de que los españoles tendemos siempre a la exageración en todo.” –dijo D. Juan Vázquez de Mella.

Y, dotado por Dios tan pródigamente del don de profecía, el mismo Vázquez de Mella pudo decir: “¿Qué sería de España si esta ardiente temeridad del alma española, si este entusiasmo delirante y esta energía potentísima la pusiéramos algún día, aunque fuese en una sociedad desquiciada, al servicio de la impiedad? Tengo para mí que el Terror de Francia, en la hora apocalíptica del 93, y otros 93 que se preparan, sería un idilio ante el 93 español…”. En 1936 nos enteramos, y si a alguien se le ha olvidado... Mala memoria.

FALACIA DE LAS LIBERTADES

La democracia, dice ufano el necio en su corazón, nos ha traído las libertades. Ignora el necio que dos especies de libertades existen: las “libertades tradicionales” y la “libertades de perdición”. En cuanto a las “libertades tradicionales” el Tradicionalismo es garante de ellas:

Con arreglo a la Ley Natural, a la ordenación divina, toda persona está obligada a respetar la personalidad y los derechos de las demás personas: luego la sociedad política, como persona que es, está obligada a respetar la personalidad y los derechos de las demás personas, y entre estas los de los individuos humanos”.

“…el reconocimiento de la personalidad humana y la garantía de los derechos del hombre no es cosa que comenzara, ni con la famiosa declaración de los derechos del hombre, aprobada por la Asamblea de Francia en el año 1789… En época medieval y en nuestra misma España histórica estaba reconocida la personalidad humana y los derechos del hombre en actos solemnes y en leyes escritas, como las que en 1188 promulgó el rey don Alfonso IX de León en las Cortes celebradas en la ciudad de este nombre, leyes en las que se reconocían y aseguraban los derechos del hombre a la seguridad personal, a la inviolabilidad del domicilio, al respeto de la propiedad privada.”

Es, pues, evidente que es deber fundamental y urgentísimo de la sociedad política, y consiguientemente de la autoridad política, reconocer la personalidad del individuo humano y proteger los verdaderos derechos de éste.”

(“El Tradicionalismo Político Español y la Ciencia Hispana”, Marcial Solana).

En cuanto a las “libertades de perdición”, estas son las que ha traído como plagas bíblicas la “Democracia”:

Los sectarios del liberalismo… pretenden que en el ejercicio de la vida ninguna potestad divina hay que obedecer, sino que cada uno es ley para sí

(Encíclica “Libertas”, León XIII).

Si el hombre es ley para sí mismo, es evidente que puede hacer lo que quiera. También ser libre para perderse, de ahí "libertades de perdición". No se reconocerán las "libertades tradicionales", tampoco se garantizarán los derechos básicos como el de la vida (legalización del aborto, p. ej.), pero nos reconocerán las libertades para perdernos. Ese es el adelanto de la democracia moderna. Y eso, en clave católica, no es y además es imposible.

La soberanía social de Dios nuestro Señor (…) primero y fundamental de los dogmas del Tradicionalismo político español, impone esta oposición radical a las libertades liberales, porque éstas son incompatibles con aquél: desde el momento en que se defiendan las libertades de perdición, la soberanía social de Dios nuestro Señor ha dejado de existir.”

(op., Marcial Solana)

España es antidemócrata” –así empezábamos. Y, en efecto, podemos constatar en la Historia que: cuando hay “Democracia” en España... no hay España, sino sombra, espantajo vil, grotesca marioneta movida por fuerzas oscuras que la dominan y la desangran, que nos vician y nos destruyen. Y a la inversa: cuando hay España... No hay “Democracia”. Son conceptos que se repelen, incompatibles.

Pero era posible una tercera posibilidad: ni Democracia... ni España. Y eso es este país gobernado por Zapatero.



Maestro Gelimer

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