Fuente: La Actualidad Española, Número 946, 19 de Febrero de 1970, página 12.



EN TORNO A LAS ALUSIONES QUE ME HACE VALIENTE

(Carta de Gutiérrez-Ravé)


Son tan reiteradas y personales las alusiones que Don José María Valiente me hace en su relato de la entrevista que, en 1934, tuvo con S. M. el Rey Don Alfonso XIII –tantas veces negada, y, al fin, confesada– que, contra mi primer propósito, no puedo excusarme de rogar al director de LA ACTUALIDAD ESPAÑOLA me permita ofrecer a sus lectores algunas precisiones al respecto que aclaren las confusiones que dicho Señor padece.

En primer lugar, su réplica a mi artículo en «ABC» sobre ese tema es tan tardía, pues ha esperado nada menos que seis años, que me fuerza a recordarlo –no lo tengo a mano–, si bien me lo facilita la amplia transcripción que hace de mi trabajo.

Quiero adelantar, y es lo que más me importa hacer constar, que, contra el pensar del Señor Valiente, en aquel escrito, como en ninguno que brotó de mi modesta pluma, no hay ofensa, porque ni remotamente fue ésa mi intención. Su publicación, merced a la benevolencia del Director de «ABC», diario del que me honro en ser colaborador desde hace ahora exactamente cuarenta y dos años, lo consideré de evidente interés histórico y periodístico, pues coincidía con una nueva evolución política de Don José María Valiente.

No quiero decir con ello que censure su conducta, pues si bien personalmente me precio de haber permanecido toda mi vida fiel, sin ninguna desviación, a los mismos ideales políticos y a mis fervores monárquicos desde la ya muy lejana juventud, respeto a quienes, por el contrario, tuvieron zigzagueante actuación política por aquello de «el hombre y sus circunstancias».

Pero debe convencerse el Señor Valiente de que sus vacilaciones o cambios de opinión pueden ser libremente enjuiciados o interpretados, sujetos igualmente a error, sin que ello resulte ofensivo.

Podría yo, sí, considerar ofensiva la relación que establece conmigo de palabras de Mariano Daranas acerca de quienes irresponsablemente se ocuparon de la entrevista que él divulgó, con evidente indiscreción periodística –que en nuestra profesión es virtud–, sancionada por el entonces Director de nuestro diario, Marqués de Luca de Tena, prevaleciendo en él más el sentido periodístico que sus sentimientos políticos. El primero aconsejaba divulgar la en ese momento sensacional entrevista, y los segundos, silenciarla. De ahí sus posteriores dudas acerca de si fue o no acertada su decisión, detalle, además, ignorado cuando escribí mi artículo, por lo que no tiene valor la apostilla que a esto hace mi contradictor.

No me ofende, sin embargo, el Señor Valiente, porque creo, asimismo, que no es ésa su intención, y, por otra parte, Daranas no se refiere a mi artículo, ya que ese querido compañero mío desde los años mozos de sobra conoce mi temperamento, mi ecuanimidad y mi especialísimo cuidado en documentarme cuando escribo, principalmente, sobre historia política contemporánea, que creo conocer a fondo, incluso en sus entresijos, bastantes inéditos aún, por haber estado cerca de personalidades protagonistas de acontecimientos vividos por muchos que aún alentamos.

Se extraña el Señor Valiente de coincidencia extraordinaria de mi artículo con la versión que años más tarde ha dado Don José María Gil Robles en su interesantísimo libro «No fue posible la paz» acerca de las entrevistas de este jefe político con el Rey, y como yo agregara que los detalles quedarían para un libro en preparación, supone gratuitamente que me refiero al que acabo de mencionar, cuando, en realidad, yo aludía a uno mío que publiqué ha poco con el título de «Gil Robles, caudillo frustrado» y en el que recojo toda la vida y actuación de esa relampagueante figura de la política española, desde su nacimiento hasta su actitud ante la Ley Orgánica del Estado, ya de regreso en España, sin omitir detallado relato de la famosa conferencia de Munich. La coincidencia es natural, pues sus declaraciones eran adelanto para mi libro y luego sirvieron para el suyo.

Ocioso será señalar que esa equivocación del Señor Valiente priva totalmente de consistencia a todas las conjeturas que a continuación hace.

En conclusión, queda en pie todo cuanto yo afirmaba, en mi ahora discutido artículo de «ABC», sobre el que, por cierto, recibí numerosa y grata correspondencia.

Que era cierta la entrevista con el Rey, reiterada y explicablemente negada entonces por el Señor Gil Robles y por el Señor Valiente; que existió desautorización de su Jefe hasta el punto de que el Señor Valiente tuvo que dimitir de su cargo de Presidente de las Juventudes de Acción Popular y fue baja en el partido; y que, al ser cierta su entrevista, desautorizada y negada por su Jefe, sólo ahora, al ofrecernos su versión, sabemos con certeza que la hizo de perfecto acuerdo con Don José María Gil Robles y no cabe ofenderse con quienes desde esa fecha hicieron las más diversas suposiciones.

Crea, por último, el Señor Valiente, que, a la altura de nuestros años, ya no tiene nada demasiada importancia, y que este episodio, que pudo en su momento, efectivamente, ofrecer visos de trascendencia histórica, carece hoy de todo interés, sólo apreciado por quienes, ya inoperantes, castigados por desilusiones y desengaños, aún dichosamente tenemos un sobrante espíritu juvenil para revivir recuerdos de un pasado que irremediablemente se nos fue.



JOSÉ GUTIÉRREZ-RAVÉ