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Tema: “Por qué me fui de la CEDA” (José María Valiente)

  1. #1
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    “Por qué me fui de la CEDA” (José María Valiente)

    Fuente: La Voz de España, 4 de Marzo de 1964, página 4. (Completado con Arriba, de 7 de Marzo de 1964, página 19).



    Aclaración Política a «ABC»


    El 28 de Febrero se publicó en «ABC» un artículo en el cual se comentan entrevistas históricas de Don Melquíades Álvarez, de Pérez Galdós, de Unamuno y otros, con Don Alfonso XIII. Entre ellas incluye una mía, y la juzga también como entrevista histórica de aquella época. Dicha entrevista mía, de 1934 –ahora hace treinta años–, tiene hoy un alcance político, según «ABC», que todo el mundo ha comprendido.

    Mi entrevista de Fontainebleau no fue cosa particular, como dice el articulista de «ABC», sino oficial. Me acompañaban Don José María de Alarcón y el Marqués de Oquendo. Lo sabe Don Mariano Daranas, feliz superviviente.

    La C.E.D.A. se formó en virtud de un llamamiento que se hizo a los católicos españoles por sus altas autoridades espirituales, desde el día de la quema de los conventos. Fue una agrupación puramente católica, sin programa político concreto, que tenía por lema las siguientes palabras: Religión, Patria, Familia, Orden, Trabajo y Propiedad. Yo actuaba en la Acción Católica y fui llamado a este movimiento. Hoy lo recuerdo como un honor. No comprendo por qué tantos tapujos de algunos sobre esto que entonces fue para todos un honor.

    Era una etapa transitoria, movida por fuertes motivaciones espirituales, que aún no había llegado a concreciones de formas políticas.

    Como digo, mi entrevista de Fontainebleau fue oficial. Yo no tenía la dirección de la C.E.D.A. Y ello se demuestra en el mismo artículo de «ABC», en un párrafo que está quince líneas más arriba del párrafo que a mí se me dedica. Exactamente quince líneas más arriba de la misma columna. Allí se habla de otras entrevistas celebradas por el Jefe de la C.E.D.A. con Don Alfonso XIII. Por cierto que, con este motivo, el articulista de «ABC» atribuye al último monarca liberal unas palabras tan desconcertantes para un monárquico, que yo no reproduzco por respeto a las grandezas caídas.

    Es cierto que fui desautorizado por el Jefe de la C.E.D.A., aunque, repito, mi viaje había sido oficial. Acaté la decisión porque se me dijo que así convenía. Pasado más de un año, dejé de compartir los criterios que empezaban a imperar, y me aparté de aquella actuación. No tengo conciencia de haberlo hecho por resentimientos personales. Tengo conciencia de haber procedido con el mayor respeto.

    Creo que puedo hacer estas declaraciones después de treinta años. Mi silencio ha sido largo. Quizá nunca lo hubiera roto. Pero la provocación de «ABC» ha sido excesiva.

    En 1935 pedí el ingreso en la Comunión Tradicionalista. Tomé esta decisión porque me convencí de que la concepción monárquica del Carlismo tiene fórmulas políticas estables para asegurar la convivencia armónica entre las libertades de la sociedad civil y la autoridad del Poder político.

    Fui recibido por Don Alfonso Carlos y obtuve el acta de Diputado a Cortes tradicionalista, en 1936, por la Provincia de Burgos, donde se prepararon algunos de los primeros Tercios de Requetés para el Alzamiento del 18 de Julio, en el cual trabajaba, con tan generoso españolismo, Don Javier de Borbón, desde el destierro en que vivía la Dinastía carlista. En Burgos fui el primer Jefe Provincial del Movimiento. Y dentro de la Comunión Tradicionalista tuve el honor de pertenecer a su Junta Nacional y a la Junta Carlista de Guerra.

    No sé si decir lo que voy a decir. A los que conocen mi vida privada, les consta la sinceridad de mi decisión al pedir el ingreso en la Comunión Tradicionalista. Les consta, no sólo la sinceridad de mi decisión, sino también la generosidad con que me desprendí de muchas ataduras humanas, aun las más íntimas.

    Reconozco que el artículo de «ABC», que se refiere a un hecho ocurrido hace treinta años, tiene hoy la mayor actualidad para dicho periódico. Pero ello es porque la actualidad hoy es el Príncipe de Montejurra. La actualidad hoy es que la futura Monarquía de España ha de ser popular y social, la defendida siempre por los carlistas, y que hoy vuelve a estar vigente por el sacrificio heroico de los Requetés, y por la Ley Fundamental de 17 de Mayo de 1958. Y a esto es a lo que hoy debemos atenernos todos.

    3 de Marzo de 1964.



    JOSÉ MARÍA VALIENTE





    N. de la R.
    – El párrafo del artículo de «ABC» contestado por Don José María Valiente, es el que textualmente transcribimos a continuación:

    «Aún hubo otra posterior entrevista secreta, ésta en Fontainebleau, con Don José María Valiente, diputado afecto a Gil Robles, quien parece que la buscó sin contar con expresa autorización de su Jefe. Además, por una indiscreción periodística, fue conocida, y el Señor Valiente dimitió su cargo tras la obligada y pública desautorización que recibió».

    El periodista de la “indiscreción” era Mariano Daranas, a la sazón corresponsal de prensa en París.

  2. #2
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    Re: “Por qué me fui de la CEDA” (José María Valiente)

    Fuente: La Actualidad Española, Número 943, 29 de Enero de 1970, páginas 19 – 24.



    «POR QUÉ ME FUI DE LA CEDA»

    Por José María Valiente



    1

    EN MI CASA SE PREPARA LA ENTREVISTA CON EL REY



    Con motivo de este incidente de Fontainebleau, José María Valiente viene a exponer su actuación política, con claridad total, y con la objetividad que deseamos para «Historia viva».


    Así lo comprobarán nuestros lectores.

    El autor ha hecho su presentación política con esa misma objetividad.

    A quienes vivieron aquellas circunstancias no necesitamos recordarles lo que significó José María Valiente.

    Las generaciones posteriores que puedan tener interés en conocer esta época de nuestra historia política no necesitan más presentación del autor que la lectura de sus propias palabras.

    Estamos seguros que unos y otros podrán apreciar en este artículo un testimonio veraz, ecuánime, expuesto con total respeto para las personas.

    José María Valiente procedía de la Acción Católica. Fue el primer Presidente Nacional de aquella Juventud. Es Doctor en Derecho por la Universidad de Bolonia, y Catedrático de Derecho Civil.



    * * *



    LA ACTUALIDAD ESPAÑOLA me ha invitado a que cuente el viaje que hice a Fontainebleau en Junio de 1934 para una audiencia con Alfonso XIII, y la relación que tuvo dicho viaje con mi salida de la CEDA y mi ulterior ingreso en la Comunión Tradicionalista.

    He aceptado esta invitación porque me dicen que el asunto tiene interés periodístico o informativo, a pesar de haber transcurrido tantos años. No deja de sorprenderme este interés.

    Para dar cumplimiento a la invitación que se me hace, el artículo alcanzará tres aspectos fundamentales:

    – Viaje a Fontainebleau;

    – mi salida de la CEDA; y

    – mi ingreso en la Comunión Tradicionalista.

    El Señor Gutiérrez-Ravé, en un artículo de 28 de Febrero de 1964, califica mi viaje de entrevista histórica [1].

    Don Mariano Daranas, en el mismo año, lo califica también de entrevista histórica. Añade que aquel hecho fue «… uno de los episodios más escandalosos y decisivos de la Segunda República» [2].

    Y el Marqués de Luca de Tena califica mi audiencia de entrevista sensacional. Esto lo hace en un largo artículo que dedica totalmente a esta entrevista sensacional. Dicho artículo ha aparecido en «ABC», el año pasado, cuando habían pasado ya treinta y cuatro años desde aquel día de Fontainebleau [3].

    No acabo de comprender tanto sensacionalismo en 1968. Para mí, personalmente, la entrevista tuvo consecuencias injustas y dolorosas. Pero nunca he creído que tuviese interés político, al menos en relación conmigo, que fui un mero enviado, sin responsabilidad personal.

    El lector juzgará por sí mismo, después de leer mi relato. Lo hago por primera vez.

    Digo por primera vez, porque en aquel lejano 1934 me vi obligado a guardar un silencio que he mantenido treinta años. Creí que la fidelidad me pedía entonces este sacrificio. No he roto el silencio hasta 1964, en que el Señor Gutiérrez-Ravé, en «ABC», saca a relucir mi viaje de modo ofensivo para mí. Me refiero al artículo en que se publica la noticia de las dos entrevistas que Gil Robles había celebrado con Don Alfonso, en 1933. Pero un relato completo de lo acaecido entonces, no lo había escrito nunca. Hoy lo hago para LA ACTUALIDAD ESPAÑOLA.

    Para deshacer desde el primer momento la acusación de que yo procedí a espaldas y sin conocimiento de los Jefes del grupo, quiero que el punto de partida de mi relación sea el libro de Gil Robles, «No fue posible la paz», aparecido el año pasado. En él dice su autor:

    «Delante de mí, en nuestro despacho de la Calle de General Castaños, número 4, y en presencia del Marqués de Oquendo, tomó Valiente unas notas de lo que se debiera decir al Rey…; de palabra amplié el contenido de las notas, en el mismo sentido de las afirmaciones que hice en las entrevistas que anteriormente celebré con el monarca».

    Más adelante, copio el texto completo.

    Después de haber dejado pasar tantos años en silencio, publicado ya el libro de Gil Robles, y de haber llegado con mi fidelidad a estos extremos no muy corrientes, me siento autorizado para dar mi puntual versión de los hechos.

    Espero que no se me acuse de haber tenido prisa en defenderme. He pasado la raya de las grandes prescripciones.

    Mi relato puede servir para justificar mi actuación, tan tremendamente calificada por «ABC», y de alguna defensa ante los que me han culpado por este motivo. Debo decir que los que me han culpado lo han hecho siempre privadamente, sin dar nadie la cara en público.

    En fin. Que he creído que podía aceptar la invitación de LA ACTUALIDAD ESPAÑOLA.

    Repito. El lector juzgará del interés que pueda tener esta pequeña historia.


    Veamos el libro de Gil Robles «No fue posible la paz» (Páginas 86 a 90)

    «Entrevistas con Alfonso XIII.

    Me propusieron entonces entrevistarme, en París, con Don Alfonso. Accedí de buen grado, no obstante los riesgos que ello implicaba, entregándome a la lealtad y la discreción del Rey.

    Dos fueron las conversaciones celebradas en Junio de 1933. Tuvo lugar la primera de ellas el Lunes 19. Se me comunicó la fecha exacta unas dos horas antes de salir de casa el día anterior para pronunciar una conferencia, en el Monumental Cinema, sobre el tema “Nuestra posición en el actual momento político”. Inmediatamente después de terminado el mitin, que comenzó a las once y cuarto de la mañana, marché en auto hacia la frontera, en unión de Cándido Casanueva, con objeto de tomar en Hendaya el rápido de París. Hubo momentos en que el coche iba a velocidades de vértigo.

    Acompañado también por Casanueva, acudí a la cita del monarca, a las tres de la tarde, en el piso que habitaba el Conde de Aybar en un edificio de la Avenida de La Bourdonnais. Habían extremado las precauciones los dueños de la casa, para asegurar una absoluta reserva, hasta el punto de enviar fuera, con diferentes pretextos, a todo el servicio. Su propia hija, María González de Castejón, nos abrió la puerta. Poco después que yo, con cinco minutos de retraso, y acompañado por el Duque de Miranda, llegaba Don Alfonso, quien comenzó disculpándose por no haber acudido a la hora en punto señalada por él. Según dijo, se había visto obligado a dar unos rodeos imprevistos para despistar al servicio de escolta de la Policía francesa».

    […]

    Le expuse la situación de España, que tantos motivos tenía él para conocer con exactitud, así como mis planes para el futuro.

    […]

    La segunda entrevista se celebró dos semanas más tarde, en la misma residencia del Conde de Aybar, quien había adoptado iguales precauciones que la vez anterior. Me acompañó el Marqués de Oquendo, y en ella se ratificaron, por ambas partes, los puntos de vista expuestos en la primera, deduciéndose las consecuencias obligadas en el orden práctico. El monarca insistió, encarecidamente, en la absoluta reserva de lo tratado y en la neutralidad que mantendría, en todo momento, frente a nuestras actuaciones.

    […]

    Nadie supo tampoco de sus labios una palabra acerca de las entrevistas, que desconocieron hasta las personas de su mayor intimidad. Años más tarde, al referir estos sucesos a su hijo, el Conde de Barcelona, en nuestro común destierro de Estoril, me hizo saber que incluso él mismo los había ignorado, y que, al conocerlos, se explicaba la actitud de su augusto padre, que nunca se unió a las frecuentes censuras de que fue objeto mi política, ni aun en las conversaciones familiares.

    Por mi parte, nunca hablé tampoco de las entrevistas mantenidas, ni comisioné jamás a nadie para que se entrevistase, en nombre de la CEDA, con Alfonso XIII. En materia tan extraordinariamente delicada, quise asumir siempre en persona los riesgos y las responsabilidades.

    La ofensiva continuó, sin embargo, por parte de los elementos monárquicos. José María Valiente, entonces Presidente de la Juventud de Acción Popular, que debía ir a París por motivos particulares, se me ofreció para hacer llegar, una vez más, a Don Alfonso, la realidad del estado de opinión, que tal vez no conociera debidamente en el exilio. Delante de la mí, en nuestro despacho de la Calle de General Castaños, número 4, y en presencia del Marqués de Oquendo, tomó Valiente unas notas de lo que se debería hacer saber al Rey en el caso de que, directa o indirectamente, se presentara ocasión para ello. “¿Y si me encontrara con él?”, me preguntó el Presidente de la JAP. De palabra amplié el contenido de la nota, en el mismo sentido de las afirmaciones que hice en las entrevistas que celebré con el monarca.

    La entrevista con el Rey, a quien acompañaba el Duque de Miranda, fue en el Parque de Fontainebleau, el día 3 de Junio. Con José María Valiente iban el Marqués de Oquendo y José María Alarcón.

    Hubo por parte de elementos muy cercanos a Don Alfonso –en primer lugar, el ex embajador Quiñones de León– el deseo de divulgar la noticia de aquel encuentro. Quiñones de León informó al periodista Mariano Daranas de todo cuanto había ocurrido, y éste, con el mayor sensacionalismo, publicó una crónica en “ABC” sobre ello el 7 de Junio.

    El episodio repercutió dolorosamente en nuestro grupo. Valiente negó la visita».


    Pero el primero que la negó fue Gil Robles

    Pero Gil Robles se había anticipado rápidamente a negarla, el mismo día en que la publicó «ABC», el 7 de Junio de 1934:

    «Sorprendido esta mañana al leer en “ABC” la noticia relativa al Señor Valiente, de la que no tenía antecedente alguno, he procedido a hacer averiguaciones y he podido comprobar que es completamente fantástica».


    De regreso en Madrid

    Yo no llegué a Madrid hasta la noche de ese día 7. Hicimos el viaje en el rápido de Irún el Marqués de Oquendo, José María de Alarcón y yo. Los tres de Fontainebleau, como recuerda Gil Robles.

    En la Estación del Norte esperaba la Marquesa de Oquendo. Nos mostró el «ABC» con la entrevista sensacional. En la misma tarde se había publicado el rápido mentís de Gil Robles, así como una nota de la Juventud de Acción Popular. Nota fuerte, en la cual, y con la misma rapidez, se negaba el hecho. Así estaban las cosas cuando llegué a Madrid de vuelta de Fontainebleau.

    Empezaron entonces para mí las incomprensiones más dolorosas. Hablo de las de los amigos. Pero voy a contar ya esta pequeña historia desde su principio.

    Después de las intervenciones de Don Mariano Daranas, del Señor Gutiérrez-Ravé, del Señor Marqués de Luca de Tena, y, sobre todo, después de publicado el libro de Gil Robles, parece llegada la oportunidad de oír la versión mía.


    UNA REUNIÓN HISTÓRICA EN CASA DE VALIENTE

    Veamos ahora mis papeles

    Las notas escritas que llevé a Fontainebleau, dictadas por Gil Robles, así como las ampliaciones de palabra, se hicieron en nuestro despacho de la Calle de General Castaños, número 4, como él dice.

    Esta casa era la de mi padre, en la que yo sigo viviendo ahora. Mi padre tuvo en ella las oficinas de su Notaría y me había cedido unas habitaciones para el despacho que tuve con Gil Robles. (Gil Robles estuvo considerado en mi casa como persona de la familia durante años).

    En la guerra, la casa de mi padre y su Protocolo fueron incautados. Por eso se salvaron mis papeles, aunque perdí todo lo demás, que estaba en otro piso de la casa.

    He querido hacer esta observación para dar más base y seguridad a mis recuerdos.

    Quiero hacer otra observación. Mi relato es un complemento de pormenores que yo recuerdo y puntualizo más que en el libro de Gil Robles. El libro es de una gran amplitud, trata muchos asuntos, y no precisa suficientemente algunas circunstancias de mi viaje a Fontainebleau. Por ello advierto deficiencias que debo corregir.


    * * *


    A fines de Mayo de 1934, Gil Robles nos reunió a Casanueva, al Marqués de Oquendo y a mí para discutir si convenía aceptar la propuesta de Oquendo de que se pidiera una tercera audiencia a Don Alfonso. De las dos anteriores entrevistas, Gil Robles me había informado. Por cierto, que de la primera lo hizo en una reunión familiar. Me dijo que acababa de llegar de Francia, de la audiencia con Don Alfonso. Y que desde la estación había ido a su casa para vestirse y llegar a tiempo a dicha reunión de familia.

    Oquendo aconsejaba la nueva entrevista con Don Alfonso, porque estimaba que las presiones eran ya muy fuertes para apartar de la CEDA a los monárquicos. Recomendó urgencia y muchas precauciones para asegurar la reserva. El Duque de Miranda le había dicho que debían aprovecharse aquellos días que Don Alfonso iba a pasar en París. También le dijo Miranda que estaban tomadas todas las precauciones para la reserva. En esto insistía el Duque de Miranda, desde París, según dijo Oquendo.

    El objeto de la nueva entrevista que se proyectaba era solicitar de Don Alfonso que frenase los ataques de algunos monárquicos contra la política de la CEDA y que no desautorizase a los monárquicos que seguían esta política, de buena fe, dentro de la legalidad republicana.

    Casanueva opinó que no era conveniente que fuese Gil Robles por tercera vez a Francia, porque tenía sospechas fundadas de que se le estaban siguiendo los pasos. Oquendo opinó lo mismo.

    Gil Robles propuso el nombre de Ladreda. Ladreda había quedado muy bien en Asturias, como Alcalde de Oviedo, durante la Dictadura. Tenía mucho ambiente y había logrado un gran triunfo en las elecciones para Diputados a Cortes como candidato de Acción Popular. Era una de las figuras más brillantes del grupo. Pero lo que daba más valor a esta indicación de Gil Robles, según dijo, es que Ladreda era artillero y salió bien del pleito artillero durante la Dictadura.

    Casanueva dio la razón en todo, pero observó que Ladreda era persona demasiado destacada. Gil Robles aceptó, con alguna duda, este criterio, y, dirigiéndose a Casanueva, le dijo:

    – Yo te mandaría a ti, porque tú ya estuviste. Además, te conoce el Rey.

    Casanueva replicó:

    – Ya sabes que te agradezco esta prueba de confianza, y que estoy dispuesto a todo lo que quieras. Pero hemos de tener muy en cuenta con quién nos jugamos los cuartos.


    Valiente irá a París

    Estas palabras son casi textualmente las que dijo Casanueva. Habló con los gestos expresivos, y un poco irónicos, de quien está de vuelta de las cosas.

    Oquendo, cortés y prudente, repitió que Luis le había dicho que se tomarían todas las precauciones para guardar la reserva. Luis era el Duque de Miranda.

    Casanueva añadió, dirigiéndose a Gil Robles:

    – Ya te he dicho que podría ser éste.

    Y me señaló a mí. Gil Robles aceptó en seguida. Recuerdo haber observado entonces que ya habían hablado de esto entre ellos. Pero no se concretó más.

    A los dos días, vino Gil Robles a mi casa de General Castaños, en donde seguíamos teniendo nuestro despacho. Vino con el Conde de Peñacastillo, pero este último se marchó en seguida, sin pasar del «hall». Cuando llegó Gil Robles, ya estaba en mi casa el Marqués de Oquendo, citado por Gil Robles. Y celebramos los tres la reunión que se describe en la nota 14, página 89, del libro «No fue posible la paz». El lugar y los asistentes son los que se dicen en el libro.

    El Jefe de la CEDA opinó que mi nombre no tenía contraindicaciones. Mi relieve político era poco acusado. Creo que le decidió, en definitiva, la confianza en nuestra acrisolada amistad, casi familiar. Nos reunió en la intimidad de mi casa, y no en su despacho de Acción Popular, de la Calle de Serrano, ni en las Cortes.

    Oquendo insistió en la urgencia de esta visita, que aconsejaba también el Duque de Miranda. Añadió que el Duque se ofreció a preparar la entrevista.

    Miranda era persona de profunda espiritualidad religiosa, creía en la espiritualidad de los hombres de la CEDA, y no dudaba de que esta actuación fuera compatible con la lealtad a su Rey. Así me lo dijo Oquendo, y yo mismo se lo oí al Duque, en casa del Conde de Aybar, en la Avenue de La Bourdonnais, en la tarde del día de la entrevista, celebrada por la mañana en Fontainebleau.

    Pedí a Gil Robles que me diera unas notas que yo pudiera leer a Don Alfonso. No lo hice por desconfianza, sino para cumplir con más seguridad la misión que se me encomendaba.

    Oquendo apoyó mi petición, para dar continuidad a lo dicho por Gil Robles en sus entrevistas, y evitar cualquier expresión menos afortunada que pudiera interpretarse como contradicción.


    Notas de Gil Robles que llevé a la entrevista de Fontainebleau

    Gil Robles se mostró conforme con estos puntos de vista, y me dictó las notas de que habla en su libro.

    El contenido de las mismas era el siguiente:

    – Acción Popular, la CEDA, nació a la política cuando ya no había Monarquía.

    – Se fundó para actuar en el régimen existente entonces, que era la República, y defender, dentro del mismo, los valores espirituales y sociales que se vieron amenazados muy gravemente.

    – Fue una organización que se improvisó, con rapidez, al servicio de una política católica.

    – La quema de iglesias y conventos del 11 de Mayo, sin que hubiera transcurrido un mes desde el advenimiento de la República, y la actitud del Gobierno ante aquel hecho, produjo en la conciencia católica una alarma extraordinaria.

    – A toda prisa se organizó un primer frente defensivo de las derechas.

    – A este primer frente nacional acudieron y lo formaron personalidades de todos los grupos, que después recabarían su libertad de acción para actuar en organizaciones independientes.

    – El programa lo redactó Don Antonio Goicoechea, que fue el primer Presidente, con carácter interino. Figuraron también en las primeras Juntas el Conde de Rodezno y Don Manuel Senante [4].

    – La iniciativa había sido tomada por Don Ángel Herrera y los elementos jóvenes que fueron requisados en la Acción Católica.

    – No hubo tiempo para más precisas formulaciones políticas, ni mucho menos para discutir el problema del régimen.

    – Había que atender a un peligro inmediato que amenazaba la conciencia católica y el orden social cristiano.

    – Han pasado tres años, y algunos creen que ha pasado también el primer peligro, y que conviene actuar ya con banderas de mayor concreción política.

    – Piensan que deben desplegarse, frente a la República, las banderas monárquicas, entre otras.

    – Nosotros creemos que hay que seguir actuando como al principio. No se puede plantear todavía cuestiones de régimen. El régimen se está desgastando mucho por sí mismo, pero sólo tiene tres años de vida. Es prematuro lanzarse a un ataque frontal de tipo constituyente. Se reagruparían las fuerzas republicanas, que ya están dividiéndose entre sí, y se haría más enconada la persecución religiosa [5].

    – Por ello se solicita de Don Alfonso que no desautorizase a los monárquicos que actúan en la CEDA. Si ello se hiciera, se pondría en mucho peligro la labor dificilísima que se está realizando.

    – Nuestra labor es difícil y no hay muchas seguridades de triunfar. Por el contrario, sigue siendo grande el peligro de una República que caería definitivamente en el sectarismo extremo, a pesar de nuestros esfuerzos para evitarlo.

    – Si fatalmente la República lleva a la Nación a situaciones extremas, y ya no basta la lucha meramente política, siempre habremos demostrado que hemos querido cargarnos de razón, y ello nos daría mayor autoridad y eficacia ante la conciencia pública.

    – Si llegara el momento, hoy no previsible, de poder elegir en una crisis de régimen, nosotros elegiríamos la Monarquía, aunque no la Monarquía caída el 14 de Abril, de la cual fue víctima el propio Don Alfonso.


    Ampliaciones verbales de estas notas

    Aparte de estas notas que yo había de leer a Don Alfonso, Gil Robles me hizo, de palabra, unas ampliaciones. El alcance de ellas era reiterar ante Don Alfonso lo que Gil Roble le había dicho en sus dos entrevistas del año anterior. Mas no sólo esto. Me encargó que recordase a Don Alfonso las palabras de aprobación que él había dado a Gil Robles y pedir que mantuviera la misma actitud ante sus monárquicos, que, en aquellas fechas de 1934, ya le estaban presionando fuertemente contra la CEDA.

    Recuerdo que el Marqués de Oquendo hizo discretas observaciones durante la redacción de estas notas. Y al fin quedaron a su plena satisfacción. Oquendo conocía bien la manera de pensar de algunas personas allegadas a Don Alfonso, como el Duque de Miranda y otros.

    Dijo que las notas lograrían el fin propuesto e insistió en la urgencia de la visita. Pasamos entonces a preparar el viaje.







    [1]
    «Algunas entrevistas históricas de Don Alfonso XIII», publicado por José Gutiérrez-Ravé en ABC el 28 de Febrero de 1964.

    Artículo de José Gutiérrez-Ravé (ABC-28.02.1964).PDF

    [2] «La verdad sobre una visita a Fontainebleau», publicado por Mariano Daranas en ABC el 12 de Marzo de 1964.

    Artículo de Mariano Daranas (ABC-12.03.1964).pdf

    [3] «El libro de Gil Robles. III. Una entrevista sensacional, sus antecedentes y derivaciones», publicado por Juan Ignacio Luca de Tena en ABC el 5 de Abril de 1968.

    Artículo de Juan Ignacio Luca de Tena (ABC-05.04.1968).pdf

    [4] El partido político Acción Nacional fue creado por Ángel Herrera Oria a finales de Abril del 1931. Poco después de la quema de conventos (Mayo de 1931), Ángel Herrara requirió a Goicoechea para que fuera Presidente interino de la Junta de Organización del partido. El 19 de Octubre de 1931 se designó la Junta de Gobierno del partido, continuando todavía Goicoechea como Presidente interino. Pero a finales de año Ángel Herrera sustituyó a Goicoechea por José Mª. Gil Robles. El 3 de Diciembre de 1931, siendo ya Presidente del partido Gil Robles (había sido elegido el 17 de Noviembre), se aprobó el programa del partido, que había sido redactado por Goicoechea.

    En Abril de 1932, como consecuencia de un Acuerdo del Consejo de Ministros tomado el día 12 de dicho mes, en virtud del cual se ordenaba que el calificativo «nacional» sólo pudiera utilizarse por colectividades de carácter oficial, Acción Nacional cambió su nombre por el de Acción Popular.

    [5] Como consecuencia de esa disparidad de criterios, se produjo en Acción Popular, en Enero de 1933, una escisión de un grupúsculo de doctrinaristas liberal-dinásticos liderados por Antonio Goicoechea, que crearían a continuación el partido de Renovación Española.

    En un Congreso celebrado entre el 28 de Febrero y el 5 de Marzo de 1933, Acción Popular encabezó la formación de una coalición de “fuerzas derechistas” afines, creándose la llamada Confederación Española de Derechas Autónomas (C.E.D.A.).

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    Re: “Por qué me fui de la CEDA” (José María Valiente)

    Fuente: La Actualidad Española, Número 944, 5 de Febrero de 1970, páginas 75 – 78.



    «POR QUÉ ME FUI DE LA CEDA»

    Por José María Valiente



    2

    «MI ENTREVISTA CON ALFONSO XIII EN FONTAINEBLEAU» (1934)



    En el artículo anterior, José María Valiente, el hombre que fue comisionado por Gil Robles para entrevistarse en París con Alfonso XIII, en nombre de la CEDA, nos ha contado, con toda suerte de datos, cómo fue preparada la entrevista en una reunión en la propia casa de Valiente. En este segundo artículo, Valiente cuenta la entrevista con el Rey.



    * * *



    Se prepara el viaje a Fontainebleau. Personas que habían de ir conmigo

    Había que extremar las precauciones, porque algunos monárquicos de Don Alfonso estaban ya muy agresivos contra la CEDA. Pensaban que la CEDA lo tenía ya todo perdido, que se estaba perdiendo el tiempo con la famosa táctica, y que era llegada la hora de alzar y desplegar la bandera monárquica. Como estos monárquicos obraban de tan buena fe y estaban movidos de tan sincero entusiasmo, su peligrosidad era mayor. Creían cosa legítima hacer todo lo posible por liberar a la CEDA de su esterilidad y sumar su fuerza a la causa de la Monarquía. Pero solían manifestarse de modo violento.

    Como digo, todos aconsejaban que se extremasen las precauciones, a fin de asegurar la total reserva.

    Oquendo estaba muy en ello, y se encargó de continuar las gestiones con el Duque de Miranda para preparar la entrevista, que se celebraría durante la estancia de Don Alfonso en París.

    José María de Alarcón iría para acompañar y ayudar a Oquendo en sus gestiones, como Secretario suyo. En cuanto a mí, se pensó que fuera con mi familia, como si se tratase de un viaje particular. No recuerdo quién sugirió la idea.

    Proyectado así el viaje, lo hicimos los tres juntos en todo momento. Fuimos y vinimos de París; fuimos y vinimos de Fontainebleau, siempre los tres juntos, en el tren. Y nos alojamos en el mismo hotel de la Avenida de la Ópera.


    En París. Gestión de Oquendo con el Duque de Miranda

    Ya en París, Oquendo se puso en seguida en relación con el Duque de Miranda, y con la casa del Conde de Aybar, ambos amigos suyos, conocedores de la proyectada entrevista, que había sido concedida por Don Alfonso. Cuando volvió al hotel, nos dijo que la audiencia no sería en París, sino en Fontainebleau, al día siguiente, por la mañana, 3 de Junio de 1934. Las precauciones se tomaban hasta este extremo para asegurar la reserva.


    Viaje a Fontainebleau

    Tomamos un tren de cercanías hacia las ocho de la mañana. Tren larguísimo. En el andén de la estación de Fontainebleau no había nadie en el momento de apearnos.

    Pero inmediatamente vino hacia nosotros el Duque de Miranda, que salía del edificio de la estación, y nos llevó directamente a la carretera que pasa por detrás. Hacia la izquierda, vimos avanzar, a bastante velocidad, un coche, que frenó bruscamente junto a nosotros. Don Alfonso venía al volante, y abrió la portezuela y nos llamó. A mí me hizo sentar a su lado. En el asiento de detrás se acomodaron Miranda, Oquendo y Alarcón. Arrancamos en seguida.

    Las primeras palabras de Don Alfonso fueron para hacer algunas preguntas sobre Santander, Provincia por donde yo era Diputado, y recordó los veranos felices de La Magdalena.

    Nos dijo que daríamos la vuelta a las afueras de la población. En aquel momento, salían de la Academia, y andaban con sus familias por las calles, los cadetes de Artillería. Esta circunstancia, junto con la de los turistas que frecuentemente se ven en aquel Sitio Real para visitar el histórico Castillo, aconsejaban tomar la precaución de salir al parque, en donde podríamos estar aislados al fondo de sus largas y umbrosas avenidas.


    La entrevista se celebra en el bosque de Fontainebleau

    Llegados al sitio del parque que Don Alfonso eligió, nos apeamos y anduvimos paseando un breve espacio, todos juntos, hasta que Miranda, respetuosamente, fue retrasando sus pasos, con Oquendo y Alarcón. Yo seguí con Don Alfonso, y cuando quedamos solos, me planteó el tema de la entrevista.

    Para empezar, saqué las cuartillas con las notas de Gil Robles. Se las ofrecí para que las leyera él mismo, pero prefirió que las leyera yo. Según yo iba leyendo, él las iba comentando y aprobando. Aunque yo no lo había dicho a nadie, preví y temí una entrevista difícil. No fue así. Hubiera sido difícil o quizá imposible con algunos monárquicos a quienes yo conocía y de quienes sufría ataques muy violentos. Aun personas de la mejor educación, perdían los estribos en aquellos años. No sé cómo estarán ahora. Entonces lo tenían a gala, como prueba de sinceridad y fervor. En Fontainebleau fue distinto.


    Observaciones de Don Alfonso a las notas de Gil Robles

    Creo recordar algunas de las observaciones que hizo: Debía mantenerse la cortesía entre todos. Él recomendaba constantemente a sus leales este respeto para los hombres de la CEDA. No creía que ello fuera inconveniente para la defensa de las posiciones de cada uno. Pero sin incurrir en excesos, ni siquiera en las palabras. Recordó que él había lamentado siempre estos excesos, en relación con algunas personas que habían sido amigos suyos. Nombró a Don Santiago Alba y a Don Niceto Alcalá Zamora. Recuerdo que me sorprendió la consideración con que hablaba de estos dos políticos, y especialmente de Don Niceto. Y que entre españoles había que llevar mucho cuidado con los excesos verbales y las burlas. Entre ingleses, añadió, esto no tiene mayor importancia, pero entre nosotros suele tener graves consecuencias políticas. Con este motivo se extendió en algunas consideraciones sobre las normas educativas de las Public Schools de Inglaterra y de sus grandes Universidades.

    Siguió hablando un largo rato sobre problemas de España. Hizo una referencia rapidísima a la Dictadura –me pareció especialmente rápida– y mostró interés por el modo de pensar de las juventudes. Yo era entonces el Presidente de la Juventud de Acción Popular.

    Terminó la audiencia con palabras expresivas de aprobación para las cuartillas que le leí, y me encargó saludos afectuosos para Gil Robles y otras personalidades de la CEDA.

    Don Alfonso nos llevó en su coche hasta un pequeño restaurante, enfrente de la fachada principal del Palacio. Nos dejó allí, y, sin salir del coche, se fue con el Duque de Miranda. Oquendo, Alarcón y yo, almorzamos en dicho restaurante, y, a primera hora de la tarde, tomamos el tren para París.


    Regreso de Fontainebleau a París. Breve reunión en casa del Conde de Aybar

    Durante el viaje de regreso de Fontainebleau a París comentamos los tres el buen éxito de la entrevista, y, sobre todo, la total reserva con que se había celebrado.

    Al llegar a París, fuimos Oquendo y yo a casa del Conde de Aybar, en la Avenida de La Bourdonnais. Tuvimos una pequeña reunión con el Duque de Miranda, que mostró su satisfacción con pocas palabras y se felicitó por el buen resultado de las precauciones tomadas para mantener el secreto de la misión.


    Pero Don Mariano Daranas se había enterado de todo

    A pesar de tantas precauciones tomadas, y de las que vengo hablando tan reiteradamente, Don Mariano Daranas se había enterado de todo, según las palabras de su artículo de 12 de Marzo de 1964. Incluso de los términos de la conversación, y de que se celebró no en París, sino en Fontainebleau.

    Empieza por decir:

    «Tan pública y directamente me cita por único testigo, en carta a la Prensa, Don José María Valiente, evocando su visita a Don Alfonso XIII en Fontainebleau, siendo Diputado y mensajero de la CEDA, hace treinta años, que por vez primera en tanto tiempo me decido a contar “ce” por “be”, en “ABC”, el proceso en virtud del cual una gestión que, concebida y realizada con la mayor reserva, recibe de la posteridad trato de entrevista histórica.

    […] Pero lo menos que debo a la caballerosa persona que me llama “feliz superviviente” (y lo soy, a despecho de una generación que no es la mía y de muchas unidades acuñadas) es deponer no sólo como espectador, sino como agente en el atestado de uno de los episodios más escandalosos y decisivos de la Segunda República.

    Como corresponsal de “ABC” en París, supe, en efecto, por Don José Quiñones de León, Embajador hasta la caía de la Monarquía, y antes y después vasallo fidelísimo y amigo predilecto de Don Alfonso XIII, que el Diputado cedista, acompañado por las personas que él mismo acaba de nombrar en su comunicado, había hablado a Su Majestad de parte de un Jefe político cuya adhesión a la República “no tendría más consecuencias que la del paraguas para el transeúnte”: se abre si llueve, con el ansia y la predeterminación de cerrarlo en cuanto cese el aguacero. Me acuerdo del símil.

    El astuto y leal Quiñones me refirió los términos de la conversación de Fontainebleau, exigiéndome palabra de honor: primero, que no dijera nada mientras el propio Valiente no me confirmara su visita al Rey; segundo, que nadie sabría por mí, ni pública ni privadamente, que él (Quiñones) me puso al corriente mientras hubiese República en Madrid.

    […] Comprendí en seguida la “peligrosidad”, como obtusamente se escribe ahora, de la bomba que el ex-Embajador había puesto entre mis manos. Esto de que un periodista esté obligado a contar al público todo lo que sepa…, vamos a dejarlo; dejémoslo, y ya está bien, en la obligación de no mentir.

    El caso es que, al preguntar yo en la conserjería por Valiente, su esposa y él, acompañados por otro de los matrimonios, bajaban la escalera. Tras un abrazo, entré en materia. Valiente negó la entrevista y se hizo redomadamente el ignorante, dicho sea en su elogio, de lo que yo sabía de sobra; pero al comprobar todo el alcance, si no el origen, de mis informes, confesó, sonriendo con embarazo y precipitando la despedida: “Ya veo que te han enterado bien”».

    Añade después Daranas:

    «A lo largo de los años transcurridos, Valiente ha tenido la delicadeza de no recordarme el lance, y yo tal vez la soberbia de no darle explicaciones».


    Debo puntualizar algunas afirmaciones de Daranas

    Como Daranas ha reconocido en dos pasajes de su artículo mi caballerosidad y mi delicadeza, espero que acepte una rectificación que quiero hacer al relato de su entrevista conmigo, en el hotel de París. Recuerdo, efectivamente, que me quedé desconcertado al oír la puntual versión que me daba de la entrevista, celebrada fuera de París, en el recato del bosque de Fontainebleau. Daranas lo recuerda también; dice que yo sonreí con embarazo y precipitando la despedida. Pero la aclaración que quiero hacerle es la siguiente:

    La persona que me acompañaba era el Marqués de Oquendo, quien me cogió del brazo y me alejó rápidamente, al tiempo que decía a Daranas, de muy mal humor:

    – Veo que no le han enterado a usted muy bien.

    Daranas vaciló un segundo y añadió, en voz más alta, mientras nos alejábamos:

    – Bueno, José María, sólo he querido verte y comprobar que estás en París.

    Porque del contenido, circunstancias, incluso del lugar de la entrevista y de los términos de la conversación, estaba minuciosamente informado por el Señor Quiñones de León, según acabamos de leer en su artículo.


    Extraña actitud del Señor Gutiérrez-Ravé a pesar de conocer el libro de Gil Robles cuatro años antes de su publicación

    En su artículo publicado en el año 1964 sobre esta visita a Fontainebleau, dice también Daranas:

    «Me he callado profesionalmente, se entiende, a pesar de que en libros, revistas y diarios se exhuma la histórica gestión con irresponsabilidad y desconocimiento tales que por sí solos desautorizan la libertad de información y hasta la invención de la imprenta».

    Una de estas informaciones, en que se exhuma la histórica gestión de modo irresponsable, según dice Daranas, es la del Señor Gutiérrez-Ravé, en «ABC» de 28 de Febrero de 1964.

    El Señor Gutiérrez-Ravé escribe un artículo para contar «algunas entrevistas históricas de Don Alfonso XIII». Fueron las de Don Melquíades Álvarez, Don Benito Pérez Galdós, Don Alejandro Lerroux, Don Miguel de Unamuno y Don José María Gil Robles. Entre ellas destaca la mía. Es cosa seria.

    El Señor Gutiérrez-Ravé conocía este asunto en 1964, cuatro años antes de que se publicara el libro de Gil Robles.

    Dice lo siguiente, al hablar de las entrevistas del Jefe de la CEDA:

    «Las entrevistas –de las que vamos a dar aquí por primera vez alguna referencia, ya que sus detalles complejos quedan para un libro en preparación–…».

    Ya ve el lector cómo el Señor Gutiérrez-Ravé conoce estas entrevistas que se habían de publicar en el libro en preparación, de Gil Robles.

    Lo conoce todo cuatro años antes de que se publicara el libro «No fue posible la paz».

    Su información era completísima sobre las relaciones entre la CEDA y Don Alfonso XIII. Al hablar de las entrevistas de Gil Robles con el monarca, dice:

    «[…] se celebraron en el domicilio que tenía en París el Conde de Aybar, prócer figura con brillante historial de valiosísimos servicios al Rey, por iniciativa de Don Alfonso, a quien los monárquicos de Renovación Española pedían declarase incompatible el pertenecer a Acción Popular y ser monárquico. Antes de adoptar una decisión en problema tan delicado, quiso el soberano conocer directamente el pensamiento de Gil Robles, y, hecha la oportuna invitación al Jefe cedista, éste se confió a la caballerosidad del monarca al indicarle la importancia que tenía el silenciar totalmente la celebración de sus conversaciones. El propio Señor Gil Robles, al referirnos más tarde todo lo que aconteció entonces, nos ha afirmado que el Rey cumplió tan rigurosamente lo ofrecido, que nadie, absolutamente nadie, supo de estas entrevistas, aun muchos años después, ni siquiera personas de toda confianza, ni las españolas que vivían en la misma casa o en las inmediatas.

    En el domicilio del Conde de Aybar se había dado asueto a la servidumbre, y abrió la puerta a los visitantes la hija del palatino, María González de Castejón. El Rey llegó, acompañado del Duque de Miranda, con unos minutos de retraso, excusándose porque los había invertido en despistar a la Policía de su escolta.

    El Señor Gil Robles explicó a Don Alfonso la experiencia arriesgadísima que hacía y que creía condenada al fracaso, pero que tenía el deber de llevarla hasta el fin. Si fracasaba, como era de presumir o de temer, todos se convencerían y quedaría probado que las derechas no cabían en la República, donde habían intentado actuar legalmente. La Monarquía, según su entender, recobraría entonces toda su fuerza y toda su autoridad para actuar; mas si era la propia Monarquía la que le hacía fracasar, las derechas no tendrían razón ni medios de hacer labor eficaz.

    “Señor –dijo Gil Robles al Rey–, yo soy monárquico; pero estoy dispuesto a gobernar con la República en defensa de altísimos intereses, y si gobierno con la República, le seré totalmente leal, porque una Monarquía traída por un desleal no duraría en España un trimestre. Si puedo servir a España dentro de la República, lo haré, aunque ello sea en detrimento de la restauración de la Monarquía”.

    Cuando nos refirió este histórico episodio, Gil Robles, preso de intensa emoción, con los ojos humedecidos, nos dijo que el Rey se levantó para abrazarle, diciendo:

    “Por el bien de España, yo sería el primer republicano. Tarea inmensa la tuya. Nada haré por estorbarte”».

    He copiado estos párrafos del artículo del Señor Gutiérrez-Ravé, de 28 de Febrero de 1964, en «ABC», para que se vea lo informadísimo que estaba sobre el libro en preparación que Gil Robles había de publicar cuatro años después.


    A pesar de su minuciosa información, el Señor Gutiérrez-Ravé me acusa gravemente

    Sin embargo, parece que no estaba informado sobre el viaje mío. Dice:

    «Aún hubo otra posterior entrevista secreta, ésta en Fontainebleau, con Don José María Valiente, Diputado afecto a Gil Robles, quien parece que la buscó sin contar con expresa autorización de su Jefe. Además, por una indiscreción periodística, fue conocida, y el Señor Valiente dimitió de su cargo tras la obligada y pública desautorización que recibió».

    Y añade, al pie de una fotografía:

    «Don José María Valiente, Diputado de la CEDA y Presidente de las Juventudes de Acción Popular (JAP), quien, a consecuencia de una visita a Fontainebleau a Don Alfonso XIII, desautorizado por su Jefe, Don José María Gil Robles, se vio obligado a dimitir sus cargos».

    El Señor Gutiérrez-Ravé, tan minuciosamente informado, como digo, afirma que mi entrevista la hice sin contar con expresa autorización de su Jefe. Es una grave acusación de infidelidad. Y no es cierto. Tampoco es cierto que Gil Robles me desautorizase. Se limitó a negar el hecho de la entrevista.

    No es posible comprender esta actitud del Señor Gutiérrez-Ravé. Me hace una acusación extremadamente grave. Gil Robles cuenta sus entrevistas con Don Alfonso XIII y la mía, por encargo suyo, en su libro «No fue posible la paz», en 1968. Es la primera vez que lo ha hecho. Pero más de cuatro años antes había informado al Señor Gutiérrez-Ravé, el cual dice en su artículo citado, de 1964, que conoce esas entrevistas, que da por primera vez alguna referencia, y que sus detalles completos quedan para un libro en preparación. El Señor Gil Robles le dijo que estaba preparando dicho libro. (Por cierto, que las palabras del Señor Gutiérrez-Ravé coinciden extraordinariamente con las que luego habíamos de leer en el libro de Gil Robles cuatro años más tarde).

    Pero el Señor Gil Robles no pudo decirle nada referente a mí que autorizase la acusación tan grave que me hace el Señor Gutiérrez-Ravé.

    No acierto a encontrar la explicación de esta actitud del articulista de «ABC». Para acusar de infidelidad a un hombre político, hay que tener alguna prueba. Pero no quiero hacer comentarios sobre el artículo del colaborador de «ABC». Lo he recordado porque «ABC» fue el creador de este episodio escandaloso (según su corresponsal Daranas) de Fontainebleau. Vamos a leerlo en el capítulo siguiente.


    El Marqués de Luca de Tena, ordena que se dé publicidad a la entrevista de Fontainebleau

    Luca de Tena lo cuenta muy por menudo en un artículo de 5 de Abril de 1968. En este artículo asume gallardamente toda la responsabilidad. Dice:

    «[…] yo fui el único responsable de su publicación […]».

    Esta frase la leemos en el párrafo siguiente:

    «Me interesa poner en claro que no hubo el menor conato de ofensiva monárquica contra la CEDA en la publicación dada por “ABC” de aquella noticia, a la que voy a referirme y que molestó tanto al Señor Gil Robles, que la desmintió agriamente a las pocas horas de su divulgación. Pero la noticia era cierta. Yo me pude equivocar al ordenar su inserción, y siempre he estado muy lejos de tenerme por infalible, pero deseo dejar muy diáfano que yo fui el único responsable de su publicación, y que nada tuvieron que ver con ella ciertos elementos monárquicos, como el Señor Gil Robles insinúa pluralmente en su libro».

    Los hechos se produjeron del modo que puntualiza Luca de Tena:

    «Estaba yo –decía– indispuesto la noche del 6 de Junio de 1934, cuando, a primera hora de la madrugada, me llamó al teléfono desde “ABC” el redactor-jefe, Don Luis de Galinsoga, para decirme que nuestro corresponsal en París, Don Mariano Daranas, quería hablarme. Oí a poco la voz distante de nuestro corresponsal, que me dijo: “Tengo una noticia sensacional. El Rey se ha entrevistado, el Domingo por la mañana, con el Presidente de las Juventudes de Acción Popular, Don José María Valiente”. El Señor Valiente era Diputado de la CEDA y persona de la máxima confianza política del Señor Gil Robles. Daranas me preguntó: “¿Puedo transmitirla?”».


    Luca de Tena rechaza las opiniones contrarias a la suya

    Tomada la decisión por Luca de Tena y publicada la noticia en «ABC», el día 7, cuando yo aún no había llegado a Madrid, según he dicho antes, Luca de Tena dice que tomó esta decisión en contra de las opiniones siguientes:

    1.ª La de su corresponsal en París, Señor Daranas.

    Sigamos leyendo a Luca de Tena:

    «Daranas: “¿Se da usted cuenta, Director, de la gravedad e importancia que la noticia tiene?”.

    Yo: “Claro que me la doy. Por eso le pido que la transmita. Mañana saldrá en ‘ABC’”».

    2.ª La del embajador, Señor Quiñones de León.

    Hemos visto en el artículo de Daranas, de Marzo de 1964, que el Embajador le había informado no sólo del hecho de la entrevista, sino también de:

    «[…] los términos de la conversación de Fontainebleau».

    Quiñones de León pidió a Daranas su palabra de que lo mantendría en secreto. Daranas le prometió:

    «Que nadie sabría por mí, ni pública ni privadamente, que él (Quiñones) me puso al corriente, mientras hubiera República en Madrid».

    3.ª La del Jefe monárquico, Jefe de Renovación Española, Don Antonio Goicoechea.

    El Señor Goicoechea dijo a Luca de Tena:

    «Que el Rey le acababa de llamar por teléfono, desde París, para que me viera urgentemente y me transmitiera su ruego personal de que no insistiese “ABC” en la información de su entrevista con Valiente».

    Luca de Tena contestó a Goicoechea:

    «He dado desde el 14 de Abril suficientes pruebas de mi lealtad a la Corona, y me es muy doloroso no atender, por primera vez, un ruego del Rey. “ABC” no puede por menos de publicar la ratificación que su corresponsal le enviará por teléfono».

    4.ª La de Don Alfonso XIII, como acabamos de ver.

    Daranas puntualiza sobre este extremo que Don Alfonso XIII…

    «[…] en el salón del Meurice, me reprochó crudamente, a boca de jarro, que se supiera por mí la embajada de la CEDA».

    También pidió que no se insistiese en la publicación de esta noticia el Marqués de Oquendo, a quien se lo encargó por teléfono el Duque de Miranda.

    Del mismo modo, hizo otra gestión en este sentido el Marqués de Lema.

    5.ª La del Señor Marqués de la Vega de Anzo.

    Íntimo amigo de Luca de Tena, según dice, y al cual contestó:

    «[…] un poco indignado por el categórico mentís del Jefe de la CEDA, que sentía mucho no poder acceder a los deseos de Gil Robles, y le anuncié que el siguiente “ABC”, en una nueva crónica, daría pruebas detalladas».


    Daranas se ratifica en su noticia

    En efecto, al día siguiente, 8 de Junio de 1934, Daranas se ratificó en la noticia, y añade que me acompañó el Marqués de Oquendo, lo cual era verdad, aunque tampoco sé cómo lo pudo saber Daranas. Pero se equivoca cuando alude a la otra persona que me acompañó. No dice el nombre:

    «[…] ni le logré identificar».

    A pesar de ello, asegura:

    «[…] le volví a ver, sin que él me viera, el Jueves por la tarde, en compañía de algunas personas de la familia de Don Alfonso XIII, en el “hall” del Hotel Meurice».

    Aquí falla la puntualísima información de Daranas, porque la tercera persona que me acompañó era José María de Alarcón, que no estuvo en la tarde del Jueves 7 en el Hotel Meurice, porque a esas horas iba conmigo en el tren y estábamos llegando a Madrid. Pero esto no tiene importancia. Lo que tiene importancia es que Daranas estaba enteradísimo de todos los pormenores de la entrevista y del contenido de la misma. Daranas no tenía solamente la noticia del hecho de la entrevista.


    Luca de Tena afirma que no hubo el menor conato de ofensiva monárquica contra la CEDA

    Afirma Luca de Tena que ordenó la publicación de la entrevista sensacional, pero:

    «[…] que no hubo el menor conato de ofensiva monárquica contra la CEDA».

    Aunque reconoce que esta publicación tenía importancia política:

    «Por cierto, que era el 6 de Junio de 1934, y no de 1933, como podría creerse leyendo la versión del Señor Gil Robles, puesto que la inserta entre los sucesos del 33, después de su triunfo electoral, casi en vísperas de su participación en el Gobierno; de ahí su importancia».

    Pasados los años, ya tantos años, Luca de Tena recuerda su gallarda actitud de entonces, pero reconoce con la misma gallardía:

    «Yo me pude equivocar al ordenar su inserción, y siempre he estado muy lejos de tenerme por infalible».

    Y añade:

    «Deseo que mis últimas palabras de hoy sean para repetir que, políticamente, pude equivocarme al publicar la noticia e insistir en ella. Aún no estoy seguro de que me equivocara, pero me place admitirlo».

    Lo que no podrá aceptar Luca de Tena es que su colaborador, Señor Gutiérrez-Ravé, diga:

    «[…] que la noticia se conoció por una indiscreción periodística».

    Daranas es periodista, pero no indiscreto. La publicación de la noticia se debió a la decisión terminante del Marqués de Luca de Tena, según ha reconocido en su artículo del año pasado, con indudable y no fácil grandeza de espíritu.

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    Re: “Por qué me fui de la CEDA” (José María Valiente)

    Fuente: La Actualidad Española, Número 945, 12 de Febrero de 1970, páginas 25 – 29.



    «POR QUÉ ME FUI DE LA CEDA»

    Por José María Valiente



    3

    MI ÚLTIMA CONVERSACIÓN CON GIL ROBLES, A QUIEN NO HE VUELTO A VER



    En el artículo anterior, José María Valiente, con la minuciosidad y rigor que le caracterizan, ha explicado cómo se realizó la entrevista con Don Alfonso XIII en Fontainebleau, cómo se enteró Daranas del encuentro, cómo Don Alfonso intentó que no se publicase la información del corresponsal de «ABC», y cómo Luca de Tena insistió en la oportunidad de tal publicación en el diario monárquico. Estamos seguros de que las puntualizaciones de Valiente son un verdadero testimonio histórico de primera magnitud.




    * * *



    Regreso a Madrid después de Fontainebleau

    He dicho antes que mis acompañantes, el Marqués de Oquendo y José María de Alarcón, y yo, regresamos a Madrid en la tarde del 7 de Junio de 1934, y que la Marquesa de Oquendo nos esperaba en la Estación del Norte, y nos mostró el «ABC» que traía la noticia de nuestra visita. Nuestra sorpresa fue muy grande.

    También nos enteramos, por la Prensa de aquella noche, que Gil Robles había dado un mentís tan rápidamente que no pudo esperar a nuestra llegada. Nuestro desconcierto no fue menor.

    En cuanto llegué a mi casa, me llamó el Conde de Peñacastillo para decirme que Gil Robles me esperaba, aquella misma noche, en los Altos del Hipódromo. (Todavía se llamaba así el lugar en que está el Museo de Historia Natural). Subrayo el lugar solitario y la nocturnidad. Me extrañó entonces tanto misterio. De la conversación no debía quedar constancia, para que no pareciese que continuaba nuestra amistad.

    Gil Robles debía aparecer despegado de ella. El despegue fue total, porque aquella conversación ha sido la última de nuestra vida.

    Gil Robles se encontraba extraordinariamente nervioso. Me pidió con la mayor vehemencia que yo negase también la visita. No le costó mucho convencerme. Nuestra larga amistad al servicio de la Iglesia me hacía confiar en su criterio tanto como él había confiado en mí al encomendarme tal misión.

    Pero no se limitó a pedir mi negativa. Sabía que no era bastante. Por eso, me pidió también, con exigencia, que yo hiciese el sacrificio de aceptar personalmente la responsabilidad, para dejar a salvo la responsabilidad suya y de la CEDA, porque eran momentos muy críticos para los intereses espirituales que defendíamos. Este planteamiento era el más eficaz para rendir a personas como yo, fundamentalmente de Acción Católica, que apenas había aterrizado aún en la acción política.

    La entrevista terminó con las mayores muestras de amistad y emoción. No puedo olvidar la escena, pero no quiero recargar las tintas. Se despidió de mí con la más fervorosa palabra de agradecimiento por mi generosa actitud, de la cual Gil Robles estaba plenamente seguro. Aquella conversación, repito, fue la última de nuestra vida, aunque yo cumplí mi promesa.

    Día 8.– Al día siguiente de mi regreso de París, empecé a cumplir mi promesa, y negué la noticia en unas manifestaciones que hice a la Prensa.

    Día 10.– A los dos días, el Domingo 10, dije en un discurso en Burgos:

    «No hemos de consentir que padezca en absoluto el prestigio de Gil Robles ni de Acción Popular».

    Pero ya estaba yo abrumado por los comentarios y condenaciones que se me hacían en todo momento. La mayor parte de los amigos de la CEDA se mostraban esquivos y hoscos conmigo, sin atreverse a decirme nada, pero haciéndome una atmósfera irrespirable.

    Nadie creía en mi negativa ni en la negativa de Gil Robles. Estaban convencidos de la verdad de la noticia, de mi inocencia y de la responsabilidad de Gil Robles, y por eso querían librarle a todo trance. Ello se conseguía, más que con negativas, haciéndome el responsable exclusivo de la gestión con Don Alfonso. No por aversión a mí, lo creo sinceramente, sino porque se consideraba inmediata la entrada de Gil Robles en el poder, y la noticia de sus relaciones con Don Alfonso lo hubiera desbaratado todo.


    Me sentí obligado a dimitir

    Día 11.– Aunque yo estaba cumpliendo mi promesa y guardando silencio, la presión fue tanta que dimití todos los cargos y me aparté de ellos el día 11 de Junio de 1934 con toda rapidez. Así lo hice en carta pública a Gil Robles:

    «No obstante lo categórico de mis declaraciones sobre la visita que se me ha atribuido, veo que se acentúa la maniobra que, a base de mi nombre, se quiere realizar contra la CEDA y principalmente contra la Juventud de Acción Popular. Y no quiero consentirla por más tiempo.

    Me aparto, pues, y con esta fecha dimito los cargos con que me habían honrado, a cuyo servicio he puesto hasta ayer mismo todo el esfuerzo de que soy capaz.

    Te ruego lo comuniques a los compañeros y les pidas en mi nombre que acepten esta decisión irrevocable.

    Porque creo que así sirvo al ideal y elimino obstáculos para su realización, no me creo obligado a insistir ni en la declaración de fe ni en la de mi adhesión personal».

    No pude hacer más.

    Durante algún tiempo creí que fue una ingenuidad seguir el juego de los que querían mi apartamiento total para defender a Gil Robles. Pero después me he alegrado muchas veces de haber actuado así.

    Mi dimisión fue aceptada en el acto. Lo resolvía todo, al menos en apariencia, pero esta apariencia se admitió como verdad inmutable y resultó suficiente para mantener la luz verde en el camino de la CEDA dentro de la República. Gil Robles continuó su camino sin mayor quebranto, y llegó al poder pocos meses después.

    Aquí Daranas me permitirá una nueva observación. Dice en el artículo de 1964, comentado antes, que la entrevista de Fontainebleau fue:

    «[…] uno de los episodios más decisivos de la Segunda República».

    No fue así. No decidió nada contra la CEDA ni contra Gil Robles. La CEDA llegó al Poder, con tres Ministros, en Octubre de 1934, a los cuatro meses de Fontainebleau, y Gil Robles, con cinco Ministros, un año después, en Mayo de 1935.

    Se salió del peligro gracias a mi lealtad, sin más daño que el que sufrió mi buen nombre, no sólo entonces, sino también después, con injusticia e ingratitud no reparadas, como es ley de vida muchas veces.


    Opiniones que tuve en cuenta para mantenerme en mi actitud y cargar con la responsabilidad

    Voy a recordar algunas de estas opiniones. Lo hago con el principal designio de que el lector pueda evocar el clima espiritual y político en que entonces vivíamos.

    1. PADRE GAFO.– Este Padre dominico era Diputado a Cortes. El primer día que yo llegué al Salón de Sesiones, después del incidente de Fontainebleau, el Padre Gafo saltó de su escaño, vino a mi banco y se sentó a mi lado. Quería hablarme con serenidad que no lograba dominar. Me hablaba con celo. Pero con celo amargo. Procuraba elegir palabras afectuosas para increparme. Me increpó tremendamente. Condenaba mi conducta con calificativos durísimos. Estaba convencido de que yo actué por mi cuenta y a espaldas de Gil Robles, con el peor espíritu y contra la gran obra espiritual de la CEDA y de su Jefe. El Padre Gafo creía en este cliché que me hicieron los rumores sordos de los que aún parecían mis amigos.

    Su indignación era sincerísima. Parecía querer destruirme amontonando bajo mis pies la leña de Torquemada. Y no crea el lector que exagero ni dramatizo. Por el contrario, mi relato me parece pálido y desvaído al confrontarlo con el recuerdo que tengo de aquella escena. Salí de ella hundido para mucho tiempo. Estábamos envueltos en una mezcolanza religiosa, teológica y política que hoy nos parece imprudente, pero que entonces nos tenía enfervorizados y delirantes.

    No tengo que decir que trataba de imponerme como gravísima obligación de conciencia que me callara para siempre y cargase con toda la responsabilidad de lo que él creía mi culpa.

    2. SEÑOR OBISPO DE MADRID-ALCALÁ.– Pasado algún tiempo, mi Obispo, Don Leopoldo, me pidió que mantuviese la negativa de la entrevista de Fontainebleau pública y oficialmente. Me dijo que conocía todo el asunto, del que le habían informado con minuciosidad. Pero que había que insistir en la negativa porque las circunstancias del momento lo aconsejaban así. Don Ángel Herrera le había pedido que me llamase. Es de advertir que el Doctor Eijo y Garay trataba de no meterse en política y disentía de la mezcolanza político-religiosa a que aludí más arriba. Precisamente por eso, y para evitar un daño mayor, aceptó la petición hecha por Don Ángel Herrera –partidario de la política confesional– de que me llamase; pero en su conversación conmigo mantuvo su apartamiento de la tesis de política católica seguida por Herrera y sus discípulos.

    El Gobierno de la República había nombrado Embajador en el Vaticano al Señor Pita Romero, gallego y amigo de Don Leopoldo. Las negociaciones con la Santa Sede podrían correr un grave peligro, y con ellas los más altos intereses espirituales. Añadió el Obispo que le había visitado el Embajador, inquieto con este asunto, porque podía temerse que yo flaqueara en mi decisión y lo echase todo a rodar en defensa propia. El Señor Obispo le respondió de mi lealtad.

    No puedo hablar más de esta conversación. Basta recordar su alcance puramente espiritual, sin necesidad de referirme a comentarios políticos que el Señor Obispo quiso dejar al margen con la mayor delicadeza.

    Dentro de la gravedad de la conversación, hubo un momento de buen humor. Al decir yo a Don Leopoldo:

    – Cumpliré siempre el menor deseo de mi Pastor.

    Me interrumpió con estas palabras:

    – José María, el Pastor de Madrid no es pastor, es zagal.

    Después, durante muchos años, Don Leopoldo me asistió con simpatía.

    3. DON ÁNGEL HERRERA.– Aún era seglar. Recuerdo que me dijo:

    – Moralmente, no tienes obligación de cargar con esta responsabilidad. No tienes obligación moral. Pero la prudencia política te pide aceptar este sacrificio.

    »Creo que no habéis actuado bien. El Mariscal Mac Mahon fue más prudente en circunstancias parecidas.

    »De todos modos, esto no ha de tener trascendencia mayor en la actual marcha política de los católicos si tú prestas este servicio. Y José Gil Robles sabrá corresponderte, como todos vuestros amigos.

    »He hablado con el Señor Obispo, y le he pedido que te llame para tranquilizar tu conciencia.

    »Yo ya estoy ultimando los preparativos de mi viaje a Friburgo, para hacer la Teología y recibir la ordenación sacerdotal».

    4. PADRE GABINO MÁRQUEZ.– Este docto jesuita me estimaba mucho. Años más tarde me recordó la entrevista que voy a referir, y me envió su tomo de «Filosofía del Derecho» con una dedicatoria entrañable.

    El Padre Márquez no compartía el criterio cedista. Era muy contrario al mismo. Pero en esta ocasión también le movió la misma emoción que nos movía a todos. No me condenó de ningún modo, ni tampoco a Gil Robles. Porque el Padre Márquez estaba enterado de todo. Como todos. Es sorprendente.

    El Padre no creía en la eficacia de la CEDA, pero tampoco creía que debía interrumpirse su proceso en aquellos momentos. Pensaba que los intereses espirituales y de la Iglesia eran urgentes, y su defensa, inaplazable. Y que los problemas políticos podían aplazarse a momento más oportuno.

    Aprobó mi conducta de callarme. Me pidió que ofreciera a Dios este sacrificio y que tuviese fe y esperanza en que mi buen nombre sería justamente reparado y mi conducta tendría la estimación de todos.

    5. EL MARQUÉS DE LEMA.– El Marqués de Oquendo estaba preocupadísimo y dolorido. Procuraba verme con mucha frecuencia y me trataba siempre con muestras de generosa amistad. Un día quiso que viera yo al Marqués de Lema. Pensaba que el consejo de un hombre de Estado de experiencia me serviría de argumento de autoridad. Yo acepté y fuimos a casa de Lema.

    Vivía por mi barrio, por cerca de la Calle de Sagasta. No recuerdo bien. Creo que vivía en la Calle de Álvarez Quintero. Era un primer piso, o piso bajo. Nos recibió en un despacho muy amplio, con los muebles enfundados de blanco. Me dijo:

    – No se preocupen ustedes demasiado por este asunto. Pasará en seguida, y ya verá usted cómo no pasa nada más. De momento, todos tendrán interés en que sea así. Y más adelante ya habrá perdido fuerza. A usted le parece ahora que se le hunde el mundo encima, pero no tema demasiado, porque el mundo no se hunde y usted saldrá de esto con más experiencia y sin quebranto para su porvenir político. Tiene mucha vida por delante y esto debe animarle a usted. Crea que todos hemos tenido momentos parecidos. Ahora le toca a usted la peor parte. Afróntela con valor.

    6. DON JUAN VENTOSA.– Antonio María de Aguirre, que después fue Embajador, nos reunió en un almuerzo en su casa, en la Calle de Martínez Campos. Antonio Aguirre estaba muy compenetrado conmigo y me acompañaba en aquella tribulación espiritual. Él veía la política desde alto y desde lejos. Era estudioso y culto. Tenía aficiones y gustos exquisitos. Quiso que yo oyera a Ventosa, porque su consejo podría tener autoridad para mí.

    Don Juan Ventosa era un hombre muy equilibrado y distinguido. Y muy discreto. Con más personalidad que su Jefe, Cambó, que era teatral. Me recomendó que no me dejara llevar de apasionamientos, por legítimos que me pareciesen, y que mantuviese la sangre fría en la batalla. Que nunca me arrepentiría de obrar con generosidad y que podría arrepentirme de lo contrario. Añadió que mi secreto era un secreto a voces y que nadie me juzgaba mal. Añadió lo mismo que Lema, que la actuación política somete frecuentemente a pruebas similares.

    7. EL CONDE DE ROMANONES.– Estaba una tarde con un grupo de Diputados en un pasillo de la Cámara, precisamente al pie de la escalerilla que sube al Salón de Sesiones por la Puerta del Reloj. Y como yo me acercase al grupo, me dijo con cierta violencia afectuosa:

    – José María, ha sido una chiquillada, pero ya quisiera yo tener sus años, aun a costa de hacer chiquilladas, porque esto tiene remedio y aquello no. Para el porvenir, debe usted aconsejarse mejor. Ahora tiene usted que pagar las consecuencias.

    Romanones no estaba informado, me creía culpable. Pero daba poca importancia al incidente.


    Fontainebleau no cortó el camino de la CEDA

    El incidente de Fontainebleau no fue decisivo, como piensa Daranas. No decidió nada. No fue obstáculo para la llegada al Poder de la CEDA, en Octubre de 1934, y de Gil Robles, en Mayo de 1935. Esta política fue generalmente respetada, aun por muchos que no la sentían. Pero coincidieron en este respeto mientras creyeron que era un servicio a la Patria. Así lo hemos visto en opiniones muy dispares, decididas a no perturbar y aun a proteger la marcha política de la CEDA:

    La del corresponsal de «ABC», Señor Daranas.

    La del Embajador de la Monarquía, Señor Quiñones de León.

    La del Jefe monárquico, Don Antonio Goicoechea.

    La del Marqués de la Vega de Anzo.

    La de Don Alfonso XIII.

    La del dominico Padre Gafo.

    La del Señor Obispo de Madrid-Alcalá, Doctor Eijo y Garay.

    La de Don Ángel Herrera.

    La del jesuita Padre Gabino Márquez.

    La del Marqués de Lema.

    La de Don Juan Ventosa.

    La del Conde de Romanones.


    Después de dimitir de los cargos, continué en la CEDA (aunque apartado de todo) un año más. De Junio de 1934 a Junio de 1935

    LA MINORÍA DE DIPUTADOS.– Pocos días después de mi dimisión de cargos, se reunió la minoría de Diputados en las oficinas de Serrano.

    Asistió casi todo el centenar de sus miembros.

    Gil Robles me había pedido que no asistiese, pero asistí. No pude dominarme. Entré en el salón por una puertecilla lateral que había junto a la Mesa de la Presidencia. Me adelanté hasta ella y dije a los Diputados, no con demasiada serenidad:

    – Quiero decir a todos que yo he cumplido con mi deber, y ruego a los que van pidiendo mi cabeza, que la pidan ahora, delante de mí, y, sobre todo, delante de Gil Robles.

    La respuesta fue unánime: el silencio total.

    Nadie pidió la palabra para pedir mi cabeza, pero se produjo una conversación colectiva en que todos hablaban. Duró poco tiempo y se produjo con sosiego y calma. La opinión, que parecía ser general, es que no había ninguna razón para que yo dimitiera de nada, ya que la entrevista de Fontainebleau se había negado y nadie la sostenía. Salvo «ABC». Y en la Dirección de «ABC» se desahogaron los más violentos, que no fueron muchos, aunque sí violentos.

    Al terminar la reunión, bastantes Diputados se acercaron a mí y me saludaron con muestras de afecto, pero con embarazo que no lograban superar. Hubo una excepción, la más sorprendente. El verdadero republicano de la CEDA era Don Manuel Giménez Fernández, y, a pesar de ello, vino a darme un abrazo ostentosamente efusivo y caluroso con estas palabras:

    – De ti no puede dudarse.

    Pero la actitud de los Diputados era distante, huidiza, más temerosa que hostil.


    Una decisión al servicio de la CEDA

    LA JAP.– Tres meses después, a fines de Otoño, estaba visitando un día mi Provincia electoral de Santander y me encontré una mañana con el Presidente de la JAP, José María Pérez de Laborda, y el Marqués de Navarrés, que le acompañaba. Fue en un cruce de carreteras en la Marina de Cudeyo, cerca de Rubayo. Mientras hablaba con algunos amigos a la puerta de un bar, en la carretera, se detuvo ante nosotros un coche, del cual se apearon Laborda y Navarrés. Me dijeron:

    – Por fin te encontramos. Venimos directamente de Madrid. No logramos comunicar por teléfono. La cosa es urgente y teníamos que verte en seguida y hablar contigo.

    »Dicen algunos en Madrid que te quieres apartar de la CEDA. No debes hacerlo. Podría interpretarse mal en relación con lo de Fontainebleau, y en estos momentos hay que evitar, a toda costa, que se pueda volver a hablar de un incidente tan dificultoso para la política de Gil Robles, la cual marcha muy bien, según nos ha dicho Gil Robles para que te lo dijéramos. Nos ha encargado que te viésemos en seguida.

    »No nos han dado razón de tu paradero en Madrid. Únicamente han dicho que estabas en Santander. En Solares conseguimos averiguar que acababas de salir y que venías a Rubayo».

    Laborda y Navarrés se mostraban preocupados. También yo. A los tres nos movía el mejor deseo de acierto. Para hablar con más calma y espacio, nos fuimos a almorzar a Santander.

    Les dije que, efectivamente, había hablado con algunos amigos de la imposibilidad de continuar en la situación en que me encontraba. La situación era la siguiente: dimití de mi cargo a las pocas horas de regresar del viaje de Fontainebleau. Lo hice con la máxima rapidez para despejar la situación, que quedó despejada. Pero, al hacerlo, parecía dar a entender que era culpable. De modo que esta decisión, al servicio de la CEDA, fue a costa de mi buen nombre:

    – Posteriormente se me han hecho constantes indicaciones prohibitivas para asistir a actos públicos, que he acatado siempre. Vosotros lo sabéis. Como también sabéis que esto se ignoraba en nuestras organizaciones y en Provincias.

    »Nuestras organizaciones han seguido invitándome con toda naturalidad para asistir a dichos actos. Y como mis negativas son constantes, y sin explicación para ellos, me están tachando de abandono y hasta de deserción. Vosotros sois testigos de que algunas de estas increpaciones se me han hecho con dureza, sin que yo pudiera defenderme. Por ejemplo, cuando el acto de Covadonga.

    »Habéis de reconocer que estoy en total indefensión si no puedo explicar mi actitud para ser fiel a mis Jefes y a la palabra dada. No puedo faltar a esta última, ni faltaré nunca, pero tengo derecho a recobrar la paz de mi espíritu. Ya me diréis vosotros lo que pueda hacer».

    Éstas o parecidas palabras había empleado muchas veces en mis conversaciones con Navarrés. Navarrés me veía con frecuencia en aquel año. Pertenecía a mi oficina de Acción Popular y nos sentíamos compenetrados. También Laborda fue gran amigo. Por cierto, que era quizá el más tajante de todos en la JAP y el que discutía más la política de la CEDA. Pero lo hizo siempre con ejemplar disciplina y honradez.

    Hablamos con mucha amplitud en una larguísima sobremesa, y después en un pequeño salón del hotel en que estábamos.

    Para terminar, les prometí que no tomaría ninguna determinación hasta que llegase un momento oportuno, a fin de hacerlo sin el menor estrago.

    Esperé un año más, hasta que Gil Robles alcanzase el Poder y quedara probado que el incidente de Fontainebleau no había ni siquiera interrumpido su proceso político.

    Durante este año de apartamiento total pude observar a más altura y en conjunto el comportamiento del Régimen con la CEDA.


    La CEDA llega al Poder. Se mantiene seis meses. Cómo se portó la República con la CEDA

    La CEDA entra en el Gobierno de 4 de Octubre de 1934 con tres Ministros. La reacción y protesta de las izquierdas es fulminante: declaran la huelga general en toda España. Estalla la revolución en Asturias y Barcelona.

    Los partidos de izquierdas publican notas en las cuales se solidarizan, oficialmente, con la revolución de Asturias, el 6 de Octubre (1934).

    La represión en Asturias fue larga. Se hizo necesaria la intervención del Ejército. Hasta el 12 de Octubre (1934) no se tomó Oviedo. Las violencias, incendios, muertos y heridos causan profunda alarma nacional.

    Cuando aún se luchaba en Asturias ya se habían impuesto en Cataluña veinte penas de muerte. Entre ellas, la del Comandante de los Mozos de Escuadra, Pérez Farrás.

    En Asturias fue condenado a muerte el Diputado socialista González Peña. Los Tribunales impusieron la pena de muerte a otros agitadores.

    Los Ministros de la CEDA se mostraron firmes sobre la ejecución de estas penas de muerte, pero acabaron vencidos por el Régimen.

    La CEDA tiene que abandonar el Gobierno el 29 de Marzo de 1935. Había estado seis meses en el Poder.

    Las izquierdas alzan la bandera de las responsabilidades por la represión de Asturias. Ésta es ya su bandera constante hasta el 18 de Julio (1936). Pocas horas antes del Alzamiento Nacional, en Sesión de la Diputación Permanente de las Cortes, Prieto involucraba el asesinato de Calvo Sotelo con la represión de Asturias.


    Gil Robles, en el Poder. Se mantiene siete meses

    Gil Robles entra en el Gobierno, con cinco Ministros, el 7 de Mayo de 1935. Se recrudece la subversión de las izquierdas. A los pocos días, el 29 de Junio (1935), Gil Robles tiene que ir personalmente a Barcelona a declarar el estado de guerra.


    Se rompe el bloque ministerial del que formaba parte la CEDA y ésta es abandonada por todos sus compañeros de Gobierno y por el Régimen

    A los siete meses de estar en el Gobierno, la CEDA tiene que salir del mismo, el 9 de Diciembre (1935), víctima de una maniobra de todos sus compañeros ministeriales, tanto de los partidos del centro como del Partido Radical de Lerroux. Gil Robles pierde su cartera de Guerra.


    Maniobra del centro con la CEDA

    El Jefe del Gobierno, Chapaprieta, maniobró cruelmente contra los Ministros de la CEDA. Quiso hacer ver que planteaba la crisis porque la CEDA se oponía a sus reformas tributarias y proyectos de austeridad. En esta maniobra para plantear la crisis estuvieron de acuerdo todos los partidos llamados del centro: agrarios, de Martínez de Velasco; centristas, de Chapaprieta; liberales, de Don Melquíades; conservadores, de Maura; y regionalistas, de Cambó. Resuelta la crisis con la expulsión de la CEDA, todos estos partidos del centro-derecha entraron en el nuevo Gobierno. Martínez de Velasco y Chapaprieta tuvieron la audacia de entrar personalmente.

    Cambó dio un Ministro. Estaba de acuerdo no sólo con el Jefe del Gobierno saliente, Chapaprieta, sino también con el que le había de sustituir en la Presidencia del nuevo Gobierno, Portela, y con el Presidente de la República, para formar entre todos ellos el Partido Centro. Estos tres, así como Cambó, eran ex-Ministros de Alfonso XIII.

    La idea de formar el Partido Centro había sido preocupación de Cambó. A finales de la Monarquía ya había iniciado estos trabajos, que ahora culminaban en esta crisis, en la cual estos centristas coincidieron en sacrificar a la CEDA, que querían dejar apartada del centro.

    Todos estos centristas entraron en el Gobierno de 14 de Diciembre (1935) que sustituyó al de la CEDA. Gil Robles calificó dicho Gabinete de Secretarios de Despacho.

    Pero sus componentes se sintieron vencedores, liberados de la prepotencia de la CEDA, que los empequeñecía, y eufóricos. Gil Robles dice en su libro: «La política española vivió un momento de verdadera euforia». Todos los centristas, con Cambó, se mostraban alborozados. Recuerda Gil Robles, como anécdota significativa, que, después de una gozosa reunión, Martínez de Velasco y Chapaprieta, para celebrar el triunfo, fueron al teatro: el uno a ver «¿Quién soy yo?», de Luca de Tena; y el otro, un éxito de Honorio Maura. Y que en casa de los liberales de Melquíades Álvarez, se compartía gozosamente el triunfo de la maniobra contra la CEDA.


    Maniobra de los radicales

    En este juego nada correcto de los centristas, llevó la iniciativa el Partido Radical de Lerroux, que pareció hasta ese momento el más cordial aliado. Así había de descubrirlo Gil Robles cuando sorprendió en el Palacio de Oriente, junto al despacho de Alcalá Zamora, al que había sido su compañero de Gabinete hasta unas horas antes, el Ministro de la Gobernación, De Pablo-Blanco, radical, que salía de ver al Presidente de la República. Al encontrarse con Gil Robles, que acudió a la consulta del Presidente con una antelación no prevista por De Pablo-Blanco, Gil Robles increpó a este último con dureza porque le había puesto vigilancia de Guardia Civil en el propio Ministerio de la Guerra. ¡El Ministro de la Guerra vigilado por la Guardia Civil! Ante el azoramiento del Ministro radical, Gil Robles comprendió que estaba maniobrando con el Presidente de la República en contra de él. Los radicales fueron los primeros en abandonar a la CEDA.

    Ya en este Otoño de 1935, Lerroux no disimulaba su inquietud por despegarse de la alianza con Gil Robles. Le empujaba a ello la necesidad de superar la crisis del Partido Radical abierta por la disidencia de Martínez Barrio. Era este último quien arrastraba más poderosamente al Partido. Dentro del mismo cobraba cuerpo la especie de que la política de Lerroux estaba traicionando a sus ideales.

    El empujón más fuerte en favor de la postura de Martínez Barrio, en este Otoño de 1935, lo dio el Congreso de las Juventudes del Partido (Noviembre 1935), que radicalizaron de modo extremo la política radical. Lerroux se sentía débil ante estos tirones hacia la izquierda. Se abre el abismo entre el ideario de los viejos radicales y el de la novísima CEDA.

    Ya durante el primer Gobierno de la CEDA, unos meses antes, los radicales imponían sistemáticamente el indulto a las muchas penas de muerte que se iban dictando en las causas de la revolución de Asturias y Barcelona, contra la opinión de los Ministros de Gil Robles, que exigían la ejecución de dichas penas de muerte. Estos indultos que imponían los radicales eran obligados después de haber indultado al Comandante Pérez Farrás. Con todo ello, la erosión continuaba carcomiendo este Partido desde el 26 de Abril de 1934, en que Martínez Barrio produjo su disidencia, fundó la Unión Republicana y anunció que se opondría a la entrada de la CEDA en el Gobierno, porque la finalidad de la CEDA era «traicionar a la República».

    A los pocos días de la disidencia de Martínez Barrio, el Gobierno de lerrouxistas, presidido entonces por Samper, tuvo que oír de Prieto las siguientes palabras, al presentarse a las Cortes el 2 de Mayo (1934):

    «Habrá una lucha entre las dos Españas. Creíamos que los radicales estarían con nosotros, pero el Partido Socialista jura aquí impedir que la reacción se apodere de España».

    Este Gobierno radical-lerrouxista de Samper era considerado ya como reacción. Y contra el mismo dijo Azaña el 1 de Julio (1934):

    «Preferimos cualquier catástrofe, aunque nos toque perder y derramar sangre».

    Los radicales tenían que volver a su punto de partida: la radicalización en el laicismo y el sectarismo, pero ya no tenían fuerza moral ni para una cosa ni para otra. En las Cortes Constituyentes de 1931 habían tenido noventa y tres Diputados, y en las Cortes de 1936 sólo tuvieron cuatro. Este número de Diputados es la característica de los partidos que están fuera de un Régimen.

    Tal fue el tremendo precio que pagaron por su alianza con la CEDA. El Régimen se volvió contra ellos con el mismo odio que contra la CEDA.


    Alcalá Zamora completa la maniobra de los centristas y de los radicales

    Alcalá Zamora había servido la maniobra de centristas, de liberales, de regionalistas, de radicales y de conservadores, y maniobró en seguida contra todos ellos. El Gobierno que formó con ellos no fue más que un trampolín para saltar al Frente Popular. De este Gobierno trampolín para la revolución, dijo Gil Robles en la casa de Acción Popular, en la tarde del 11 de Diciembre (1935), estas o parecidas palabras:

    «El Presidente ha arrojado, a las derechas, del camino de la legalidad y del acatamiento al Régimen. Triunfe quien triunfe, la única salida será la guerra civil».

    Recuerdo que estas palabras se comentaban ardorosamente por los muchachos de la JAP, pero la censura de prensa, casi constante durante la República, ahogó su publicación.

    El Gobierno trampolín eufórico de Secretarios de Despacho, formado el 14 de Diciembre (1935), quedó presidido por Portela, a quien Gil Robles acusó públicamente unos días después, en un discurso en Cataluña, de mandatario de las logias masónicas.

    En aquel momento, los tres Presidentes del Régimen –el de la República, el de las Cortes, y el del Gobierno– eran tres ex-Ministros de la Monarquía.


    Aislamiento de la CEDA dentro de la República

    Si a todo este centro-derecha, contrario y vencedor de la CEDA, se suman las fuerzas de izquierda, puede preguntarse si era el Régimen mismo, la República, quien estaba contra la CEDA. Porque la CEDA había quedado aislada de todos en la República.

    El Jefe de Unión Republicana, en Marzo de 1936, había de decir que la CEDA es incompatible moralmente con la República. Podemos pensar que el término “moralmente” no tiene un alcance ético, porque en esto nadie tachó a la CEDA. Sin duda, quiso decir “espiritualmente”. Martínez Bario intuía el problema de las dos Españas.

    Los poetas contra la CEDA.– En cambio, el término “moral” es empleado en otra ocasión contra la CEDA con alcance extremadamente malévolo. Me refiero al manifiesto de los poetas contra la CEDA, en la lamentable peripecia del estraperlo. Nadie salpicó a la CEDA con tal motivo, pero a ello se atrevieron los poetas, sin explicación política aceptable. ¿Fue un zarpazo entre las dos Españas? Me refiero al Manifiesto contra la CEDA «en nombre del más elemental sentido de moral pública». Y lo firman los poetas Unamuno, Baroja, Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado [1].

    Situación violentísima de la CEDA.– Pero volvamos a la situación en que quedó la CEDA después de las maniobras contra ella de Diciembre de 1935.

    El estado de ánimo entre las gentes de Acción Popular, y sobre todo entre los chicos de la JAP, era desolador. La situación de la CEDA resultaba violentísima. Gil Robles lo consideró todo tan roto que incluso se negó al acto de mera cortesía de dar posesión al nuevo Ministro de la Guerra, eliminado él de la importante cartera. El 14 de Diciembre (1935) dejó abandonado su despacho ministerial. El Subsecretario, General Fanjul, tuvo que dar posesión al nuevo Ministro.


    Muerte de las Cortes de 1933

    Pero estos Secretarios de Despacho sólo habían servido de compañeros de viaje para barrer a la CEDA. A los quince días fueron ellos barridos también por el otro compañero de viaje, que era el Presidente de la República.

    (Entre paréntesis: el Presidente Alcalá Zamora fue también barrido pocos meses después. Siempre ocurre así en estos vulgares procesos. Acaban por devorarse todos a todos. Las Cortes del Frente Popular (1936) le destituyeron antes de terminar su mandato. Alcalá Zamora salió de España abandonado de todos. Diez días antes del Alzamiento Nacional embarcó en Santander, sin que nadie acudiera a despedirle).

    Como digo, los Secretarios de Despacho cayeron a los quince días de su euforia. Portela formó otro Gobierno, pero sin representación en el Parlamento. Estaba dando las boqueadas la República parlamentaria.

    El Gobierno extraparlamentario obtuvo el Decreto de disolución del Parlamento. Para eso se había formado. Así murieron las Cortes de 1933, que en dos años habían producido veintidós crisis ministeriales.

    Estas Cortes no habían permitido gobernar, en serio, a la CEDA. Ni lo permitieron las izquierdas, feroces a muerte contra ella, ni tampoco los partidos de centro-derecha, que la traicionaron a los siete meses de la alianza.

    El partido más fuerte del Parlamento era la CEDA, pero acabó por tener en contra a todos los partidos del Régimen. ¿Es aceptable este comportamiento de la República con la CEDA?

    Los partidos extra-Régimen sólo tenían tres docenas de Diputados entre más de quinientos, y no se les puede hacer responsables de la marcha parlamentaria. Gil Robles nunca les culpó de ello en este momento. Después de la disolución, las minorías monárquicas piden la reunión de la Diputación Permanente para acusar al Jefe del Gobierno y a los Ministros de responsabilidad criminal. El primer firmante de la Proposición es Calvo Sotelo, jefe monárquico. Gil Robles le dio su firma.

    La Diputación Permanente se reunió el 7 de Enero de 1936. Recuerdo la excitación en los pasillos de la Cámara. Al poco tiempo de empezada la Sesión, las izquierdas, con Martínez Barrio a la cabeza, se retiraron estrepitosamente. Lo hicieron para protestar contra unas palabras de Giménez Fernández, el Diputado más republicano de la CEDA. Manolo (Giménez Fernández) salió dando voces. Todo era ya violento en las instituciones del Régimen.


    El Frente Popular, en el Poder

    El Frente Popular llega al Poder en el Gabinete de Azaña de 19 de Febrero (1936), sin esperar siquiera los resultados de las elecciones del día 16 (Febrero 1936). Entre estos días, del 16 al 19, el Frente Popular había desatado ya la anarquía en la nación: el país quedó sumido en el desorden y las violencias. El proceso de desintegración era cada vez más rápido. Lo confirmó Azaña, el 30 de Abril (1936), ante las Cortes:

    «El diecinueve de Febrero, el país quedó abandonado por sus autoridades. Cuando nosotros llamamos desde Gobernación por teléfono, no había Gobernadores en los Gobiernos Civiles».

    El Gobierno Portela tuvo que declarar el estado de guerra contra los propios triunfadores en las elecciones, que, ensoberbecidos por su triunfo, quisieron arrollarlo todo con la violencia. Por este camino volvió Azaña al Poder.


    El socialismo, el sectarismo y la República

    A partir de este momento, las fuerzas revolucionarias, que siempre habían estado agresivas y provocadoras porque se sentían protegidas por el Régimen, se desbordaron de modo incontenible. Veamos algunos hechos que estimo de valor sintomático.

    Pero antes quiero recordar unas palabras de Gil Robles en la primera Sesión del Parlamento a que yo asistí. Fue en Diciembre de 1933:

    «Si vosotros queréis hacer consustanciales el socialismo, el sectarismo y la República, entonces el pueblo estará contra el Régimen, y nosotros no nos opondremos a ello. Servimos a nuestra Religión y a nuestra Patria».

    ¿Estábamos llegando a este supuesto previsto por el Jefe de la CEDA? ¿Nos acercábamos a una situación-límite provocada por el Régimen mismo?

    Repito. Veamos algunos síntomas.


    La subversión. Su primera bandera: la represión de Asturias

    Ya con anterioridad, en una Sesión de Cortes de 1934, Prieto se lanzó contra los Diputados de la CEDA, pistola en mano, seguido de los Diputados socialistas.

    En el mismo año, dicen los socialistas: «Nuestra solución está en el camino ruso por el poder soviético. Renunciamos a la revolución pacífica».

    Se comprenderá fácilmente la situación de estos partidos de izquierda cuando la CEDA llega al poder en Octubre de 1934. Su protesta fue la revolución de Octubre, la revolución de Asturias, y de la represión de la misma hicieron la bandera más agresiva de la subversión contra los Ministros de la CEDA.

    Entre las muchas penas de muerte dictadas, destacan la del Comandante Pérez Farrás, en Barcelona, y la del Diputado socialista González Peña. Ambos fueron indultados, e impusieron el indulto de todos los demás. Sólo fue ejecutado el Sargento Vázquez, que cargó con las culpas de todos.

    El Comandante Pérez Farrás tuvo una entrada triunfal en Barcelona después de las elecciones de 1936. El Diputado González Peña, en las Cortes de 1936, se lanza a la agresión personal contra Gil Robles, entre constantes «vivas» a Asturias en los bancos de la mayoría, que amenazan de muerte a Gil Robles y piden justicia contra «los asesinos de Octubre, asesinos del proletariado español».

    Grito constante en aquellos meses: «Somos los de Asturias. Ni olvidamos ni perdonamos. No se borrará nunca la tragedia de Asturias».

    Socialistas, el Partido más fuerte en aquellas Cortes: «La revolución de Octubre de 1934 quiso ser revolución social en España para derribar al Gobierno capitalista y dar el poder a los trabajadores».

    Comunistas, Sesión de Cortes de Abril 1936: «Gil Robles, el hombre de las torturas y de la represión más salvaje de la Historia del proletariado español».

    En una discusión de Actas, Sala de Sesiones del Parlamento: «Gil Robles sin Acta y a la cárcel para responder de sus crímenes».

    La prensa socialista decía que la revolución de Octubre (1934) sería como la del 7 de Noviembre de 1917 en Rusia.

    Azaña, ahora Jefe del Gobierno, había dicho en el acto de Comillas (Octubre 1935) que: «Las derechas provocaron la revolución de Octubre en Asturias».

    Hay que recordar que las pancartas de Comillas llevaban la hoz y el martillo.

    Tanto se explotó esta campaña sobre la represión de Asturias que, en la Sesión de la Diputación Permanente de 15 de Julio de 1936, cuarenta y ocho horas antes del Alzamiento Nacional, todavía Prieto involucraba el asesinato de Calvo Sotelo con la represión de Asturias.

    Diré, para terminar, que «Mundo Obrero» atacaba a Giménez Fernández: «Por haber mandado a los Regulares contra los mineros».


    Avance de la revolución roja

    Toda esta campaña feroz sobre la represión de Asturias no fue más que subversión, insinceridad e hipocresía. Digo esto porque nunca le dieron estado parlamentario. El Parlamento no admitía diálogo ni sobre cosa tan grave. Era ya un Parlamento entregado a la dictadura roja.

    Socialistas: «El Gobierno de la República debe ser un monólogo apoyado en el ritmo del pueblo».

    Bloque Obrero revolucionario (Enero 1936) «No tenemos ilusiones democráticas. Hemos de llamarnos comunistas, vamos a la dictadura del proletariado».

    Fuera del Parlamento, las Milicias Obreras Socialistas, en Febrero de 1936, desfilaban militarmente por las calles con estas banderas: «El Estado innecesario» y «La crueldad necesaria». Mostraban armamento a la vista de todo el mundo. La Casa del Pueblo de Madrid, en la Calle del Piamonte, era un arsenal. Había mucha información sobre ello (Septiembre 1935).

    Termino este capítulo con palabras del Jefe socialista Largo Caballero en el mitin de comunistas y socialistas en la Plaza de Toros de Madrid (5 de Abril de 1936):

    «La clase obrera marcha a la dictadura del proletariado. Saltaremos por encima de todos los obstáculos. No ha nacido ningún Régimen sin que haya habido violencia y derramamiento de sangre».


    La provocación y la agresión, desbordadas. Responsabilidad del Gobierno. Ley de Defensa de la República

    Largo Caballero, Jefe socialista: «Si triunfan las derechas, iremos a la guerra civil declarada. No son amenazas. Son advertencias».

    Azaña, futuro Presidente de la República: «Estamos seguros del triunfo del Frente Popular. Si las elecciones no son sinceras, nos saldremos del camino legal».

    Prieto, Jefe socialista: «Venceremos en las urnas, y si no, iremos a la revolución social».

    Socialistas (Abril 1936): «La Iglesia ha de ser aniquilada. Las armas han de estar en manos del pueblo trabajador. El Estado debe desaparecer».

    Casares Quiroga, Ministro del Gobierno: «Si triunfamos las izquierdas, el Ministro de la Gobernación tendrá que ser sordo y ciego durante cuarenta y ocho horas».

    Estas palabras son prueba bastante de la confabulación existente entre el Gobierno del Frente Popular y la subversión que estaba abriendo el camino a la revolución roja.

    Prueba también de la responsabilidad del Régimen es por qué en estos meses no se aplicó la Ley de Defensa de la República. Esta Ley se discutió y aprobó en una sola Sesión, de 20 de Octubre de 1931, cuando aún se estaba discutiendo la Constitución. La citada Ley daba poderes extraordinarios al Gobierno. Pero ahora era el Gobierno el verdadero agresor de la paz social.

    Hubo un momento en que las violencias y las agresiones de todo orden habían llegado a tales extremos, que alguien del propio Gobierno imputaba sarcásticamente el desorden a las gentes de orden. (Se repite constantemente el truco de los caramelos envenenados). Pero en la Sesión del Parlamento de 15 de Abril de 1936, Gil Robles pide a Azaña que renuncie a los agitadores. Azaña se calla, con su característico desprecio, y abandona el banco azul.

    La anarquía de aquellos meses de la República ofrece estadísticas que se han publicado repetidamente. Hoy me limitaré a recordar algunos datos:

    De 16 de Febrero a 2 de Abril (1936), cuarenta y cinco días: once huelgas generales, 178 incendios, 58 asaltos a centros políticos, 74 muertos.

    De 16 de Junio a 13 de Julio (1936), veintisiete días: quince huelgas generales, 129 huelgas parciales, 19 incendios, 61 muertos, 139 bombas.

    Todo esto bajo el Gobierno del Frente Popular. No podía estar más clara la revolución desde el Poder.


    No fue posible la CEDA en la República

    Es indudable que la CEDA se cargó de razón y llegó en su esfuerzo hasta el último límite. Ella misma estaba comprendiendo que no se podían forzar más las cosas. Se estaba ya levantando el telón de acero, y los golpes en los remaches retumbaban por toda la nación. El Estado rojo iba ya a implantarse en España, y las naciones de Occidente no hubieran hecho nada en nuestra defensa. Hoy estaríamos en el telón de acero, entre Yugoslavia y Cuba.

    Puede decirse que la actuación de la CEDA gira alrededor de estos ejes:

    a) Noche 13-14 de Octubre de 1931. De esa Sesión de las Constituyentes, dice Gil Robles:

    «En ella se sembró el fermento de la discordia que acabaría por enfrentar a los hermanos con las armas en la mano». (Aquí se ven también las dos Españas).

    b) Sesión 15 de Julio de 1936, Diputación Permanente. Termina Gil Robles:

    «Se nos va expulsando de la legalidad. Nuestros esfuerzos caen en el vacío. Las masas españolas se convencen de que por el camino de la democracia no se consigue nada».

    Sobre la Constitución de 1931 había dicho el Jefe de la CEDA:

    «Es la menos viable que ha tenido España, nunca habrá paz entre los españoles. Ni estabilidad en el Régimen».

    Y aquí había llegado el Régimen.

    No se había permitido la revisión de la Constitución. La campaña revisionista, iniciada en la misma noche del 13 al 14 de Octubre de 1931, fue inmediatamente prohibida por el Gobierno el 13 de Noviembre de aquel año. Y ya no se volvió a hablar de ello porque las instituciones del Régimen consideraban intocables los principios que inspiran la Constitución. (Siempre las dos Españas).

    Pertenecí, como Diputado tradicionalista, a la Comisión de Actas del Parlamento de 1936. Aquello fue un pucherazo gigante del que ahora no voy a hablar. Sólo quiero decir que la CEDA tuvo más votos y Diputados en estas elecciones de 1936 que en las anteriores de 1933, y, sin embargo, fue arrojada por la violencia del juego político del Régimen. Ésta es prueba de la deslealtad de la República contra la CEDA.

    Siempre había sido desleal, más o menos reticente y solapada. Pero ahora había declarado ya la guerra abierta a la CEDA. El triunfo electoral de Febrero de 1936 fue un triunfo rojo marxista que les lanzaba a la violencia. Pero hay que decir que se debió a dos factores contradictorios:

    A la CNT, que, contra su costumbre, dio a sus poderosas fuerzas orden de votar en favor del Frente Popular. Se debió esta decisión a las presiones para lograr la amnistía de los condenados por la revolución de Asturias.

    Y a la burguesía liberal, que votó por el marxismo del mismo modo que había votado por la República el 12 de Abril de 1931. Esta clase media de nuestro país, anodina en todo, en dinero, en cultura y en ideales, está viviendo todavía la frivolidad política decimonónica.

    En aquellos meses del año 36, la CEDA se retiraba constantemente del diálogo parlamentario: ni votó la confianza al Gobierno Azaña (3 Abril 1936), ni votó a Azaña para Presidente de la República, ni asistió al Parlamento para la toma de posesión. Esta actitud de la CEDA era calificada por las izquierdas de terrorismo político.

    Para la segunda vuelta de las elecciones de 1936, tanto en la circunscripción de Granada como en la de Cuenca, la CEDA se alió en candidatura con Falange.


    La disciplina en la CEDA

    No es de extrañar que en Marzo de 1936 se tratara en la CEDA la cuestión de que, si no fuese posible vivir en un régimen democrático, la CEDA debería disolverse y dejar en libertad a sus miembros para que se dirigieran a los grupos de ideología más próxima. Pero no llegó a tomarse este acuerdo.

    Aquí conviene decir que la disciplina nunca faltó, ni en la CEDA, ni en la JAP. La verdad es que la disciplina nunca falla en los partidos de pluralismo político. A veces se producen disidencias que dan nacimiento a nuevos partidos. Pero dentro de cada uno de ellos, la disciplina es inexorable.

    La disciplina en la JAP fue también inconmovible, pero tenía otro color. Las juventudes siguen banderas tajantes, pero las siguen con disciplina fervorosa. Es la disciplina deportiva, la religiosa, la militar, la revolucionaria, si se quiere. La juventud ama lo difícil y duro. En cambio, con personas mayores no es posible esta disciplina, porque los mayores son los verdaderamente rebeldes al no estar interesados, aunque sea legítimamente.


    La República parlamentaria ya no existe

    A las Cortes de 1936 asistían ya poquísimos Diputados. Eran unas Cortes de predominio marxista, a las cuales no les interesaba el diálogo. Casi nunca había Dictámenes que discutir. Se celebraron Sesiones en las que hubo un Dictamen sobre la mesa.

    A la República de aquellos días, repito que ya no le interesaba el diálogo. Quiero decir que ya lo declaraba descaradamente. Tan descaradamente como lo había dicho Azaña: «Necesito trescientos hombres decididos». Clara amenaza triunfalista.

    La CEDA consideraba que aquel Parlamento estaba ya muerto. La República parlamentaria que Don Niceto Alcalá Zamora había puesto bajo la advocación de San Vicente Ferrer, era ya la República marxista del Frente Popular, que giraba vertiginosamente en la órbita de Rusia.

    El más republicano de la CEDA, Giménez Fernández, dijo en el Parlamento a fines de Marzo de 1936:

    «No os daremos ni la apariencia de una colaboración; quede en vuestras manos la suerte del sistema parlamentario».

    Y añadió en otra Sesión del Parlamento, de 2 de Junio de 1936:

    «Me he convencido de que las apelaciones a la convivencia, aquí, son inútiles».







    [1]
    Este Manifiesto fue publicado en la Prensa el 30 de Octubre de 1935.

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    Re: “Por qué me fui de la CEDA” (José María Valiente)

    Fuente: La Actualidad Española, Número 946, 19 de Febrero de 1970, páginas 9 – 12.



    «POR QUÉ ME FUI DE LA CEDA»

    Por José María Valiente



    4

    MI SALIDA DE LA CEDA Y MI ENTRADA EN LA COMUNIÓN TRADICIONALISTA




    En este capítulo, último del largo y minucioso relato de Valiente, se narran sus últimos momentos en Acción Popular y su ingreso en la Comunión Tradicionalista. Su análisis de los fundamentos doctrinales del Tradicionalismo y de los porqués de su espíritu combativo y siempre rebelde a todo confusionismo, son especialmente reveladores en estos momentos.



    * * *



    La trayectoria de la República apuntaba a la revolución roja. Así acabamos de verlo en su desbordamiento de finales de 1935 y principios de 1936, aunque las previsiones eran muy anteriores. Desde la quema de conventos, que constituyó un desmán perfectamente organizado en toda la nación, a los pocos días del advenimiento de la República, y desde los debates sobre la Constitución, concretamente desde la noche del 13 al 14 de Octubre de 1931.

    El problema era: ¿Esta agresión y violencia constantes se pueden resistir y llegar a vencer dentro de la legalidad? ¿O será necesario prepararse para la lucha armada si se la considera inevitable?

    Volvamos un momento a 1934. Yo regresé de Fontainebleau el 7 de Junio de dicho año. Mes y medio antes tuvimos el mitin de El Escorial, 22 de Abril. La tensión era grande entre los chicos de la JAP. Para torpedear el acto se había declarado la huelga general. La noche anterior estuvimos asistiendo a morir a Rafael Roca, asesinado en la misma puerta de Acción Popular. El «slogan» en La Lonja fue, en labios de Gil Robles: «Si la revolución se echa a la calle, nosotros nos echaremos también».

    (Recuerdo que se presentó junto a la tribuna Pérez Madrigal, que ya fue recibido con fervor).

    Se repitió el «slogan» cuatro meses más tarde del mismo año, 1934, en la concentración de Covadonga: «Hasta aquí hemos llegado, y de aquí no se puede pasar».

    Durante el año en que estuve apartado de todo, desde Junio de 1934 a Junio de 1935, seguí respetando la política de la CEDA, pero empecé a pensar que había que preparar también la defensa ante el peligro indudable de la revolución roja, que la CEDA no lograba contener, a pesar de estar ya en el Gobierno.

    En Junio de 1935 se preparó un escrito de la JAP que había de publicarse unos días después. Yo pedí a Navarrés que lo consultara con el Jefe, pero Laborda, muy decidido, se lanzó a ordenar la publicación, convencido de que no sería desautorizado. Pero lo fue. El escrito decía así:

    «O Acción Popular acaba con el marxismo, o el marxismo aplasta a España. Aplastemos al marxismo, la masonería y el sectarismo. No cabe diálogo ni convivencia con la anti-España. Nadie tema que nos quedemos en la mitad del camino».

    Comprendí que este escrito hacía difícil la situación de la CEDA, que ya estaba en el Gobierno. Gil Robles mandó retirarlo. Se acató la orden, pero yo creí que el respeto para esta política no debía impedir que se preparase, al margen de ella, la defensa ante el peligro que se consideraba inminente. No podía dedicarse toda la política a la actuación en la legalidad, porque no había legalidad en aquella República. Sólo conseguiríamos ser compañeros de viaje de los que estaban al servicio del imperialismo ruso.

    No es exagerado decir que el peligro se consideraba inminente. Unamuno había dicho ya en 1931 que la guerra civil sería inevitable. El mismo Gil Robles la había previsto en varias ocasiones. Y recuerdo que Ramiro de Maeztu me había dicho muchas veces, sentado en el mismo banco de las Cortes:

    «Ustedes no les conocen. Yo les conozco. No se fíen. Nos cortarán el cuello a todos».

    Decidí apartarme de la CEDA. Lo hice con el mayor respeto, en un documento en que no quise juzgarla de ningún modo. Solamente aludí a mi situación personal en la CEDA, que era excesivamente violenta para mí. Se estaba pagando con injusticia mi leal conducta en el asunto de Fontainebleau.

    Quiero decir también que había pasado un año desde Fontainebleau, que aquello podía considerarse olvidado, y que la decisión de apartarme de la CEDA no podía causarle ningún daño, pues Gil Robles estaba ya en el Poder.

    Mi documento de despedida dice así:

    «Después de un año de anulamiento total, se me acaba de prohibir tomar parte en el acto de Uclés. Francamente, esto ya no habrá quien lo entienda, ni yo puedo tolerarlo, ni lo tolero. Por lo visto estoy de más, pues soy un Diputado al que no se le puede confiar ni un discurso de mitin.

    Dimití hace un año de todos mis puestos; la minoría no admitió la renuncia, pero yo la mantuve por razones que ahora no han de exponerse. Desde entonces no se me ha permitido actuar: se me quitó de la Comisión Parlamentaria a que pertenecía, no se me ha reintegrado a ningún puesto de trabajo, se me prohibió acudir a Covadonga, en Septiembre; a Jaén, en Marzo; y ahora, al cabo de un año, a Uclés. ¿Quiere decirme alguien si puedo honradamente seguir en Acción Popular?

    Yo, por Acción Popular, lo he sacrificado todo, absolutamente todo. Y esto nadie, absolutamente nadie, tendrá la osadía de negarlo ni aun de dudarlo. Sentiría que esta duda se produjese.

    Al apartarme de Acción Popular no causo en ella la menor perturbación, puesto que mis servicios, bien claro está, para nada le sirven. Mi sacrificio rebasó el límite de lo necesario; después, de lo prudente; más tarde, el de lo generoso; y rebasa hoy el de lo inútil.

    No me retiro de la lucha, porque ella es mi vocación. Dentro de la gran derecha española hay muchas cosas sagradas para todos, que me siento obligado a defender. La modestia de mi persona estará siempre avalorada por un buen espíritu demostrado con hechos.

    Madrid, 1 de Junio de 1935».


    Mi ingreso en la Comunión Tradicionalista

    Pedí el ingreso en la Comunión Tradicionalista en Noviembre de 1935. Hace ahora treinta y cuatro años.

    Anteriormente había tenido muchas conversaciones con mis compañeros de Cortes Lamamié de Clairac y Zamanillo, ambos Diputados de la minoría tradicionalista. Empezaron estas conversaciones el año anterior, 1934, a raíz de mi regreso de Fontainebleau y de la dimisión de los cargos que tenía en la CEDA. Recuerdo que las primeras de ellas fueron sobre el acto de Quintillo, celebrado pocos días antes, en Mayo de 1934. Zamanillo me habló de ello con alguna reserva, pero con naciente confianza.

    Cuando comentábamos este acto, bastante tiempo después, y ya teníamos mayor confianza, Lamamié de Clairac me expuso el pensamiento de los tradicionalistas, en punto a actuación práctica, con precisión y claridad.

    Trataré de exponer las principales consideraciones que me movieron a solicitar el ingreso en la Comunión Tradicionalista.

    La doctrina de la Iglesia y los carlistas.– En la Pastoral del Cardenal Primado, en Mayo de 1931, se lee:

    «La Iglesia no siente predilección hacia una forma particular de gobierno». «Respeto y obediencia para el mantenimiento del orden y el bien común». «Deber imprescindible: unirse para salvar los derechos de la Religión». «Se elegirán candidatos, por encima de todo, a los que den garantías de defender la Iglesia y el orden».

    Los carlistas acudieron a esta primera necesidad urgente con el mejor espíritu.

    Con ese espíritu me decía Lamamié que él había firmado el Manifiesto del Bloque Agrario. La primera conclusión decía:

    «Adhesión sincera a la República, cuyo fortalecimiento será una garantía de paz social».

    El Bloque designó para las Constituyentes a Gil Robles, Casanueva y Lamamié de Clairac, juntamente con dos republicanos [1].

    Carlistas en la fundación de Acción Nacional.– En la misma línea de actuación, destacadas figuras tradicionalistas, como Don Manuel Senante [2] y el Conde de Rodezno [3], habían colaborado en la época de fundación de lo que entonces se llamaba Acción Nacional, en Mayo de 1931. El primer programa lo redactó Don Antonio Goicoechea, monárquico no tradicionalista. De dicho programa son las siguientes palabras:

    «Acción Nacional no es un partido político; es una organización social para defensa de principios fundamentales, independientemente de problemas de forma de gobierno. Para actuar dentro del Régimen político establecido, de hecho, en España».

    En la Base Primera se dice:

    «Inhibición temporal en formas de gobierno y libertad para defender, fuera de Acción Nacional, sus respectivos ideales».

    En aquella primera etapa de la República, los carlistas no actuaron en el Parlamento con minoría independiente.

    Los carlistas salen de la CEDA.– Más adelante, los carlistas alzaron sus banderas propias para defender sus ideales de siempre, pero sin dejar de atender al frente anti-revolucionario.

    (Se independizaron de Acción Nacional, que ya se llamaba Acción Popular e iba pronto a llamarse la CEDA, a principios de 1933, sin la menor violencia, en buena amistad. Los monárquicos de Goicoechea se apartaron poco después. Unos y otros quisieron mantener la Unión de Derechas, pero con autonomía ideológica. Gil Robles se opuso, porque pensó que ello era retroceder a los momentos fundacionales de Acción Nacional. Acción Nacional iba alejándose de su punto de partida).

    Tan cierto es que los carlistas quisieron siempre mantener el frente común antirrevolucionario que la discusión constante con la CEDA fue ésta: la CEDA quiso siempre que estas alianzas con los carlistas fuesen puramente electorales; en cambio, los carlistas querían que continuasen, después de las elecciones, para realizar una labor parlamentaria conjunta en la defensa de los altos intereses espirituales.

    La CEDA no podía ver con malos ojos que los carlistas realizaran su política propia con independencia, pues así se había previsto en la Base Primera de Acción Nacional, que luego fue Acción Popular, y, finalmente, la CEDA.

    Aparte de ello, la CEDA no pretendió nunca que el Carlismo renunciase a su política secular.

    La discusión pública con la CEDA fue siempre correcta. Algunas veces llegó a ser muy viva, porque así lo pide la sinceridad.

    Ello no podía perjudicar la labor de la CEDA en su política propia. Por el contrario, facilitaba sus movimientos dentro de la República el hecho de estar muy desligada de los monárquicos. Cuanto mayores fueran los ataques monárquicos, más la empujaban dentro del Régimen. Un entendimiento excesivo con monárquicos la hubiera hecho sospechosa a los republicanos.

    La CEDA tenía que aceptar esta discusión, puesto que ella había aceptado el régimen pluralista, siempre que la polémica se mantuviese correctamente, como siempre ha ocurrido por parte de los carlistas [4].

    El derecho a la rebelión, legítima defensa.– Independientemente de la acción parlamentaria y de las alianzas recomendadas por la Iglesia para la actuación dentro del Régimen, el Carlismo tenía derecho a preparar su dispositivo de defensa armada para hacer frente a la agresión roja que se preveía. El problema no estaba exclusivamente entre República o Monarquía, sino entre marxismo o cristianismo.

    La previsión militar del Quintillo no podía ser tachada por nadie de deslealtad. Las organizaciones marxistas estaban mucho más adelantadas en estos preparativos con todo descaro y protegidas por las instituciones del Régimen. Desde el primer momento, la República fue una paz armada. Fue la preguerra civil. Sinceramente, esto no podía negarse. Merecían respeto los que trataban de defenderse y defender a los demás, y a todos, del peligro en que entonces vivía nuestra Patria.

    Me dijo Lamamié que los preparativos militares de los carlistas se hacían con todos los requisitos que exige Santo Tomás para que la rebelión contra el Poder pueda ser calificada, teológica y moralmente, de guerra justa.

    El acto del Quintillo fue un desfile de Requetés, uniformados y disciplinados. Tuvo profundidad religiosa y austeridad militar. No se pareció en nada al activismo criminal callejero de los marxistas y demás fuerzas revolucionarias, que venían realizando impunemente agresiones contra personas e instituciones indefensas desde la quema de iglesias y conventos del 11 de Mayo de 1931, a las tres semanas del advenimiento de la República, y con el terrorismo desbordado en Octubre de 1934. Era ya grande la alarma nacional, porque se estaba descubriendo una perfecta organización agresiva contra la sociedad.

    Teólogos de Salamanca.– Me dijo también Lamamié que él estaba en mucha relación con teólogos de Salamanca, amigos suyos, entre los cuales se estaba formando la opinión, muy probable, de que en nuestro país iba a ser necesaria la defensa armada frente el Poder agresor, pero que habían de extremarse las precauciones que exige la doctrina de la Iglesia para que esta resistencia pudiera ser calificada de guerra justa por el bien común.

    El derecho de rebelión, en los liberales.– Los que se llamaban liberales o demócratas no podían tachar de impolíticos actos como el del Quintillo, porque el liberalismo se ha hecho con el militarismo en nuestro país. Todos los Jefes de Gobierno del régimen liberal fueron Generales. Los pronunciamientos militares, dentro de la política civil, fueron más de cien. Los famosos pronunciamientos eran movimientos políticos de liberales contra liberales. Cánovas y Sagasta, los hombres de la Restauración, tampoco estaban libres de esta responsabilidad. Cánovas fue el hombre del Manifiesto de Manzanares, y la Restauración de Sagunto se llama así porque nació de uno de esos pronunciamientos. Esta Monarquía militar de Sagunto tuvo que acudir por fin a la defensa militar de Primo de Rivera, en 1923. Y los republicanos no proyectaron nunca traer la República en unas elecciones municipales. Quisieron traerla por medio de las rebeliones militares de Cuatro Vientos y Jaca. La República endiosó los nombres de los Capitanes Galán y García Hernández, a quienes dedicó lápidas de honor en el Salón de las Cortes, y Calles y Plazas en todas las ciudades y pueblos de la nación. En fin, el himno de la República fue el himno de Riego, y Riego había sido el General sublevado con sus tropas, en acto de traición a la Patria, para instaurar el régimen liberal.

    Diferencia entre el pronunciamiento liberal y la guerra carlista.– Los pronunciamientos liberales se hacen con tropas de las quintas llamadas por el Gobierno desde la «Gaceta de Madrid». La guerra carlista se ha hecho siempre con soldados voluntarios, llamados por el pueblo.

    Los liberales pagan sus pronunciamientos con los dineros públicos. Los carlistas, con las aportaciones y la sangre de sus voluntarios.

    Los pronunciamientos son la explotación de la nueva burguesía liberal. La guerra carlista es la defensa del pueblo y de sus fueros contra la Revolución Francesa de los nuevos ricos.

    La guerra carlista dura sólo el diez por ciento del siglo liberal. En cambio, los pronunciamientos llenan todo el siglo y hacen imposible la convivencia civil entre los propios liberales.

    Ejército unido.– Además, los pronunciamientos dividen al Ejército en partidos políticos. Por el contrario, los carlistas defienden el Ejército unido, al servicio de la paz exterior e interior de la Patria.

    Inestabilidad política.– Los pronunciamientos son la inquietud constante y la inestabilidad. El día en que entró Alfonso XII en Madrid, estaban vivas nueve personas que habían sido Jefes del Estado.

    La constitución real de España.– Los carlistas defienden la constitución interna y real de España. Saben vivirla en su normal evolución, sin violentar su proceso. El tiempo y la experiencia les están dando la razón, y mantienen su vitalidad. En aquellos años, 1934 y siguientes, la Comunión Tradicionalista estaba viva, después de un siglo. En cambio, de los partidos liberales, que fueron docenas, no quedaba ni memoria.

    Las muchas Constituciones que hemos tenido a lo largo del siglo no lograron resolver el problema de nuestra convivencia nacional, porque no fueron la interpretación correcta de nuestra constitución real. Estas Constituciones era como unas pancartas con afirmaciones generales y declamatorias, sin raíces en el derecho y las costumbres nacionales. Jurídicamente, son prueba de incultura.

    Los carlistas han creído siempre en la fuerza de la Tradición, que es la evolución, además de ser otras cosas. Las cosas no se están quietas, ni las instituciones, ni los supuestos sociales. La buena filosofía política y el consejo de la experiencia deben dirigir la evolución para que se produzca con fidelidad al ser nacional. La evolución es tanto más fecunda cuanto más intensa y constante. Los carlistas nunca han estado en el inmovilismo, sino en la fidelidad a unos principios que hoy se mantienen con vitalidad innegable.

    En aquel año oí decir a un carlista, profundo conocedor de la Historia de nuestro derecho público:

    «Si hubiéramos ganado la guerra de 1833, hubiéramos hecho un gran siglo XIX. La revolución industrial hubiera rodado por los cauces de nuestra Tradición sin los desbordamientos del salvajismo económico liberal».

    Le di la razón.

    Los burgueses del liberalismo español ni siquiera han sabido hacer dinero.

    En cuanto a la libertad, bandera insincera que sólo sirvió para cubrir la económica de la selva y el derecho de los fuertes, se hubiera traducido en las libertades concretas, formidables, de nuestro derecho, fueros y costumbres. Añadió ese carlista, Melchor Ferrer, que habríamos llegado mucho antes al sufragio universal, por la extensión del fuero, y no por apriorismos roussonianos.

    Hubiéramos tenido estabilidad política y paz social.

    No me han dejado gobernar.– Éstas o parecidas palabras (el no es eso de Ortega a la II República) las hemos estado oyendo durante un siglo. El régimen liberal ha acabado con todos. Acabó con la Reina Gobernadora, a pesar de la fuerza política que le daba su victoria sobre el Carlismo. Isabel II acabó también de mala manera, a manos de la revolución de Septiembre y de sus Generales liberales. Los cuatro Presidentes de la I República no se entendieron con su propio régimen. Don Amadeo salió de aquí como alma que lleva el diablo, convencido de que éramos un país de locos. La Monarquía de Sagunto cayó por unas elecciones municipales ganadas por los monárquicos. En fin, Don Antonio Maura decía: «No me han dejado gobernar». Lo mismo Gil Robles en su libro. La conclusión de todos ellos es la misma: los españoles somos todos malísimos, menos ellos. En cambio, los carlistas dicen: la que es mala es la Constitución liberal en sus múltiples versiones. Los liberales se han montado en un carro que no anda. Los españoles no somos malísimos. Somos lo que es preciso para no dejar mal al pecado original.

    Los conservadores.– Nunca han tenido autoridad moral en nuestro país, porque no han sido conservadores de principios, esencias, tradiciones profundas. Han querido detener la Revolución en un momento dado y consolidar las posiciones adquiridas por la propia Revolución.

    (Hubo entre ellos personas respetables individualmente, que no lograron autorizar el sistema. Es clarísima a este respecto la experiencia Maura, que culpaba de todo a los hombres y de nada al sistema. Pretendía cerrar la herida en falso: cortar los efectos mientras seguían fluyendo las causas. El fracaso de Maura se debe al profundo liberalismo de su pensamiento).

    La opinión pública los llamó, un poco despectivamente, gentes de orden, de la paz material al servicio de intereses creados por la Revolución. Eran las derechas, que tan mala prensa han tenido.

    Durante mucho tiempo, las izquierdas eran más o menos como las derechas. En una reunión de las minorías liberales, los Jefes de las dos más importantes exigieron la crisis del Gabinete conservador para reclamar el Poder con esta bandera: «Ha sonado la hora de las izquierdas». Estos Jefes de izquierdas eran el Marqués de Alhucemas y el Conde de Romanones.

    Los Diputados carlistas solían decir desde los escaños centrales, que están debajo del reloj, en el Salón de Sesiones:

    «No estamos con vosotros, Señores de la izquierda; ni tampoco con vosotros, Señores de la derecha. Estamos enfrente».

    En aquellos años de República, se cambió el empleo de estas palabras. Se produjeron dos bandos irreconciliables, y se llamaron derechas e izquierdas. En el libro de Gil Robles se emplea constantemente estos términos. Las izquierdas eran ya los rojos, y la agresión en la guerra civil.

    Todo esto ha sido el juego del liberalismo, al mismo tiempo trágico y frívolo, que ha costado tan caro a nuestra Patria.

    La constitución según los carlistas.– Cuando a Jovellanos le invitaron para ir a Cádiz a hacer la Constitución, contestó que ya la teníamos, porque la constitución es el conjunto de derechos, fueros, costumbres, tradiciones y manifestaciones del ser nacional en el desenvolvimiento de su vida pública. En esto Jovellanos acertó a ver claro, porque tal es la constitución de España. Así lo entendieron después los carlistas, y lo han seguido manteniendo.

    Ciertamente, este fondo jurídico ha de ser puesto al día de modo constante por medio de un complejo de disposiciones de derecho público que forman lo que se llama la constitución abierta. No tiene este sistema el simplismo o facilidad engañosa de las Constituciones cerradas del liberalismo. En la constitución abierta, puede ser más premiosa la elaboración y aplicación de las leyes, pero acaba por ser más protectora de los derechos e intereses del pueblo.

    La doctrina de nuestra Tradición jurídica asegura más la convivencia armónica entre las libertades de los españoles y la autoridad del poder político, logra la estabilidad social, y da cauce firme a la evolución de las cosas y los cambios de la vida.

    Juventud y democracia.– Recordaré aquí dos puntos del programa de El Escorial de la JAP:

    «El amor de la región, base del amor a España. El pueblo se incorpora de un modo orgánico y jerárquico, no por la democracia degenerada».

    También era pensamiento de la JAP:

    «El Estado ha de reconocer la familia, el municipio, la libertad de enseñanza, la libertad de prensa, seriamente regulada, y, sobre todo, la libertad humana, entendida como la entiende nuestra Teología, y no al modo liberal».

    Como se ve, la JAP no tenía nada de la llamada democracia cristiana.

    La juventud no se deja engañar por la palabra democracia, que es en la práctica un ardid de oligarquía. Los regímenes que se llaman democráticos por el liberalismo, están gobernados por personas mayores, principalmente.

    La juventud siente los grandes ideales y los quiere servir con disciplina y abnegación. Los chicos de la JAP se movían en esta línea. Cuando yo tuve que apartarme de aquella noble juventud, creí que este gran espíritu se hacía carne en las juventudes carlistas, tan sinceramente populares, sin amaneramientos de democracia liberal.

    En cuanto a la disciplina y abnegación, también eran principios de la JAP:

    «Fe. Arrojo. Voluntad. Educación premilitar. Primero la razón. Frente a la violencia, la razón y la fuerza».

    Todo esto abrió en mi espíritu el camino a la ulterior admiración de los Requetés [5].

    Carlista en la CEDA.– En la CEDA hubo figuras muy significativas de procedencia carlista [6].

    En aquellos años a que me estoy refiriendo, y por mis circunstancias después de Fontainebleau, cobraban en mi espíritu nueva autoridad los planteamientos doctrinales que entonces estaban cediendo a la presión y urgencia de defender a la Iglesia.

    Cuando le dije a Don Ángel Herrera que pensaba pedir el ingreso en la Comunión Tradicionalista, me contestó:

    «También yo soy tradicionalista, como lo fueron Balmes y Don Marcelino. Cuando aún era Abogado del Estado en Burgos, acudí a un importante acto tradicionalista en Valladolid. Pero yo nunca he tenido vocación política práctica. En cambio, me parece que a ti te va muy a la medida actuar con los carlistas, si es que no has de volver a la Acción Católica».

    Don José Monge Bernal comentaba mi decisión:

    «¿Pero para qué vas a hacer eso, si lo que estamos haciendo aquí es integrismo puro? Te lo digo yo, que soy integrista. Te tengo que dar alguna conferencia sobre esto. Será la semana que viene, cuando regrese de Sevilla, porque yo no le puedo faltar a mi mujer ningún Viernes. Por eso le canto siempre esta coplilla: “Cabezas Rubias y El Cerro – tienen los pastos comunes – y yo los tengo contigo – sábado, domingo y lunes”».

    Luis Lucía creía que la República era ya inevitable en España, y que había que traer la doctrina tradicionalista al Régimen lo más posible.

    Tengo otros recuerdos de antiguos tradicionalistas. Especialmente de Gil Robles, a quien le oí mucho sobre esto en nuestra juventud. Conservo con respeto algún libro de su padre, con notas autógrafas de aquel ilustre Profesor de Derecho Político.

    Sobre todo esto solía decirme Lamamié de Clairac, cuya familia había sido amiga de la familia de Gil Robles en Salamanca:

    «Estoy conforme con casi todo lo que dice José María, pero disconforme con casi todo lo que hace. Lo que más me carga de esta política de democracia cristiana es que nos estén siempre acribillando con Encíclicas de los Papas, y haciendo de tan alta enseñanza un uso que la convierta en imprudente coacción».

    Acogida carlista.– Lamamié de Clairac me animó muchísimo a entrar en la Comunión Tradicionalista, y lo mismo Zamanillo. Especialísimo e inolvidable es para mí el cariño que me demostró Don Manuel Senante. Ellos me presentaron a Fal Conde, quien me recibió en nombre de Don Alfonso Carlos. En una cena, en Noviembre de 1935, en el Hotel Capitol, celebramos mi ingreso en la Comunión.

    El Conde de Rodezno y Don Esteban Bilbao me acogieron también con mucho afecto. (Poco tiempo después, ambos me ofrecieron la Subsecretaría de Justicia, que no pude aceptar). Rodezno me dijo:

    «Celebro que venga usted con nosotros. La determinación que usted ha tomado es la más natural dada su formación. La frase de Don Carlos –“Dadme buenos católicos, que yo los haré carlistas”– es muy aplicable a usted. Pero ahora que ya es usted de los nuestros, le diré que los nuestros no crea que son tan fáciles».

    En las elecciones de Febrero de 1936, los tradicionalistas me ofrecieron un puesto en la candidatura de Burgos. Me lo cedió Manolo González Quevedo, hermano del Doctor Don Calixto, amigo mío de la juventud. Manolo Quevedo se retiró con total generosidad. Y el Diputado carlista Don Francisco Estévanez me apoyó tan extraordinariamente que pudo poner en peligro su propia candidatura. Salí Diputado por dicha Provincia.

    A los pocos meses, los tradicionalistas de mi Provincia, incorporados al Movimiento, hicieron el primer desfile público de Requetés, perfectamente uniformados, por las calles de Burgos, en medio del entusiasmo popular, aquella noche del 18 de Julio de 1936, y yo tuve el honor de ondear ante ellos, desde los balcones del Círculo Carlista, la bandera nacional [7].









    [1]
    Es lamentable la ambigüedad con que José María Valiente realiza esta parte de su relato.

    Efectivamente, Lamamié de Clairac, al principio de la República, era un integrista que se insertó dentro de la minoría agraria en el Parlamento; y, por lo tanto, todas sus actuaciones durante ese primer período, al inicio de la República, no se le pueden atribuir en tanto que legitimista (es en este contexto cuando firma el Manifiesto del Bloque Agrario del 11 de Junio de 1931).

    Tras proclamarse la República, las diferentes Oficinas, Círculos, Sedes o Centros provinciales del Partido Integrista fueron adhiriéndose sucesivamente a sus homólogas de la Comunión Tradicionalista, quedando consumada finalmente la reintegración a principios de Enero de 1932, y declarada formalmente en una nota publicada el 1 de Febrero por su Jefe Juan de Olazábal y Ramery (el cual se reincorporó como simple soldado de filas, sin cargo superior ninguno).

    En la primera Legislatura de la República los legitimistas españoles no formaban una minoría independiente, sino que se integraban en otras minorías parlamentarias: Lamamié, Estévanez y Gómez Rojí en la minoría agraria, y Rodezno, Beunza, Oreja, Urquijo y J. L. Oriol en la minoría vasco-navarra. Los legitimistas de ambas minorías firmaron el Manifiesto del 15 de Octubre de 1931, en virtud del cual renunciaban a toda discusión ulterior en el Parlamento sobre el Proyecto de la nueva Constitución, ante el carácter anticatólico de los recién aprobados artículos 24 y 26. Abandonaron el Parlamento el 13 de Octubre, y no regresaron hasta después de aprobarse la Constitución, el 9 de Diciembre.

    [2] A Manuel Senante se le puede aplicar lo dicho anteriormente sobre Lamamié de Clairac. En el período al que se refiere Valiente, Senante todavía era integrista, y, por tanto, sus actos de aquel entonces (Abril-Mayo 1931) no se le pueden atribuir como legitimista.

    [3] Para una evaluación correcta del historial de actividades políticas “ecumenistas” y entreguistas del “carlista vergonzante” Conde de Rodezno, véase el folleto de Melchor Ferrer de 1946.

    [4] Todo este apartado de José María Valiente rezuma, no ya sólo de ambigüedad, sino de flagrante falsedad.

    Los legitimistas españoles jamás formaron parte de Acción Nacional (ni de Acción Popular, ni de la CEDA), por lo que difícilmente podían haberse “salido” de ese partido político democristiano. Los legitimistas españoles pertenecían única y exclusivamente a la Comunión Tradicionalista (parece increíble que haya que decir algo tan obvio como esto).

    Como ya dijimos anteriormente, los Diputados legitimistas españoles electos se encuadraron durante la primera Legislatura en las minorías agraria y vasco-navarra. Los Diputados electos de Acción Nacional (José María Gil Robles, Santiago Guallar, Dimas Madariaga, Ramón Molina Nieto, Ricardo Cortés Villasana, Modesto Gosálvez-Fuentes; y Tomás Ortiz de Solórzano [elecciones parciales de 8 de Noviembre de 1931]) se insertaron, a su vez, dentro de la minoría agraria.

    En la segunda Legislatura republicana, ya sí formaron, tanto Acción Nacional (entonces denominada Acción Popular-CEDA) como la Comunión Tradicionalista, sus propias minorías parlamentarias.

    Los únicos que sí se separaron de Acción Popular en Enero de 1933 fueron los doctrinaristas, que, liderados por Antonio Goicoechea, formaron un nuevo partido político: Renovación Española.

    Los legitimistas españoles abominaron siempre de la política pro-revolucionaria de Gil Robles, que no era más que la continuación de la política democristiana comenzada durante la época alfonsina (siendo dicha política heredera, a su vez, en última instancia, de la del liberal-catolicismo pidalista y de la del neocatolicismo vilumista: ambas al servicio del doctrinarismo liberal-dinástico).

    [5] José María Valiente fue el fundador de las JAP en Febrero de 1932, siendo también su Presidente hasta el episodio de Fontainebleau de Junio de 1934 que forzó su dimisión. Esta organización llegó a su apogeo con la celebración de su primera Asamblea Nacional el 22 de Abril de 1934, en El Escorial.

    Hay que tener en cuenta que las JAP, desde su fundación en adelante, participaba cada vez más, al igual que la Acción Popular-CEDA, de un cierto tono fascistizante tanto en sus formas como en su contenido, mimetizándose con lo que era la moda política europea del momento. Se trata de un fenómeno curioso característico de la democracia cristiana del período republicano.

    [6] Esto también es ambiguo.

    Si se refiere Valiente a personalidades que antiguamente pertenecieron a la Comunión, pero se separaron de ella abrazando a la democracia cristiana, entonces es correcto.

    Si se refiere a que había legitimistas que pertenecían también al mismo tiempo a Acción Nacional, o a Acción Popular-CEDA, entonces reiteramos de nuevo la falsedad de esta afirmación.

    En este último caso, Valiente cita únicamente al legitimista Rodezno, y ya hemos señalado cómo interpretar correctamente el comportamiento político de este personaje (por lo demás, como ya dijimos, Senante y Lamamié, en los pocos meses en que tuvieron alguna colaboración con la naciente Acción Nacional, justo después del advenimiento de la República, todavía eran integristas).

    [7] Para una aproximación a una descripción y caracterización política de José María Valiente, véase este artículo de Francisco Elías de Tejada.

  6. #6
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    Re: “Por qué me fui de la CEDA” (José María Valiente)

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Fuente: La Actualidad Española, Número 946, 19 de Febrero de 1970, página 12.



    EN TORNO A LAS ALUSIONES QUE ME HACE VALIENTE

    (Carta de Gutiérrez-Ravé)


    Son tan reiteradas y personales las alusiones que Don José María Valiente me hace en su relato de la entrevista que, en 1934, tuvo con S. M. el Rey Don Alfonso XIII –tantas veces negada, y, al fin, confesada– que, contra mi primer propósito, no puedo excusarme de rogar al director de LA ACTUALIDAD ESPAÑOLA me permita ofrecer a sus lectores algunas precisiones al respecto que aclaren las confusiones que dicho Señor padece.

    En primer lugar, su réplica a mi artículo en «ABC» sobre ese tema es tan tardía, pues ha esperado nada menos que seis años, que me fuerza a recordarlo –no lo tengo a mano–, si bien me lo facilita la amplia transcripción que hace de mi trabajo.

    Quiero adelantar, y es lo que más me importa hacer constar, que, contra el pensar del Señor Valiente, en aquel escrito, como en ninguno que brotó de mi modesta pluma, no hay ofensa, porque ni remotamente fue ésa mi intención. Su publicación, merced a la benevolencia del Director de «ABC», diario del que me honro en ser colaborador desde hace ahora exactamente cuarenta y dos años, lo consideré de evidente interés histórico y periodístico, pues coincidía con una nueva evolución política de Don José María Valiente.

    No quiero decir con ello que censure su conducta, pues si bien personalmente me precio de haber permanecido toda mi vida fiel, sin ninguna desviación, a los mismos ideales políticos y a mis fervores monárquicos desde la ya muy lejana juventud, respeto a quienes, por el contrario, tuvieron zigzagueante actuación política por aquello de «el hombre y sus circunstancias».

    Pero debe convencerse el Señor Valiente de que sus vacilaciones o cambios de opinión pueden ser libremente enjuiciados o interpretados, sujetos igualmente a error, sin que ello resulte ofensivo.

    Podría yo, sí, considerar ofensiva la relación que establece conmigo de palabras de Mariano Daranas acerca de quienes irresponsablemente se ocuparon de la entrevista que él divulgó, con evidente indiscreción periodística –que en nuestra profesión es virtud–, sancionada por el entonces Director de nuestro diario, Marqués de Luca de Tena, prevaleciendo en él más el sentido periodístico que sus sentimientos políticos. El primero aconsejaba divulgar la en ese momento sensacional entrevista, y los segundos, silenciarla. De ahí sus posteriores dudas acerca de si fue o no acertada su decisión, detalle, además, ignorado cuando escribí mi artículo, por lo que no tiene valor la apostilla que a esto hace mi contradictor.

    No me ofende, sin embargo, el Señor Valiente, porque creo, asimismo, que no es ésa su intención, y, por otra parte, Daranas no se refiere a mi artículo, ya que ese querido compañero mío desde los años mozos de sobra conoce mi temperamento, mi ecuanimidad y mi especialísimo cuidado en documentarme cuando escribo, principalmente, sobre historia política contemporánea, que creo conocer a fondo, incluso en sus entresijos, bastantes inéditos aún, por haber estado cerca de personalidades protagonistas de acontecimientos vividos por muchos que aún alentamos.

    Se extraña el Señor Valiente de coincidencia extraordinaria de mi artículo con la versión que años más tarde ha dado Don José María Gil Robles en su interesantísimo libro «No fue posible la paz» acerca de las entrevistas de este jefe político con el Rey, y como yo agregara que los detalles quedarían para un libro en preparación, supone gratuitamente que me refiero al que acabo de mencionar, cuando, en realidad, yo aludía a uno mío que publiqué ha poco con el título de «Gil Robles, caudillo frustrado» y en el que recojo toda la vida y actuación de esa relampagueante figura de la política española, desde su nacimiento hasta su actitud ante la Ley Orgánica del Estado, ya de regreso en España, sin omitir detallado relato de la famosa conferencia de Munich. La coincidencia es natural, pues sus declaraciones eran adelanto para mi libro y luego sirvieron para el suyo.

    Ocioso será señalar que esa equivocación del Señor Valiente priva totalmente de consistencia a todas las conjeturas que a continuación hace.

    En conclusión, queda en pie todo cuanto yo afirmaba, en mi ahora discutido artículo de «ABC», sobre el que, por cierto, recibí numerosa y grata correspondencia.

    Que era cierta la entrevista con el Rey, reiterada y explicablemente negada entonces por el Señor Gil Robles y por el Señor Valiente; que existió desautorización de su Jefe hasta el punto de que el Señor Valiente tuvo que dimitir de su cargo de Presidente de las Juventudes de Acción Popular y fue baja en el partido; y que, al ser cierta su entrevista, desautorizada y negada por su Jefe, sólo ahora, al ofrecernos su versión, sabemos con certeza que la hizo de perfecto acuerdo con Don José María Gil Robles y no cabe ofenderse con quienes desde esa fecha hicieron las más diversas suposiciones.

    Crea, por último, el Señor Valiente, que, a la altura de nuestros años, ya no tiene nada demasiada importancia, y que este episodio, que pudo en su momento, efectivamente, ofrecer visos de trascendencia histórica, carece hoy de todo interés, sólo apreciado por quienes, ya inoperantes, castigados por desilusiones y desengaños, aún dichosamente tenemos un sobrante espíritu juvenil para revivir recuerdos de un pasado que irremediablemente se nos fue.



    JOSÉ GUTIÉRREZ-RAVÉ

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