Fuente: La Actualidad Española, Número 946, 19 de Febrero de 1970, páginas 9 – 12.
«POR QUÉ ME FUI DE LA CEDA»
Por José María Valiente
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MI SALIDA DE LA CEDA Y MI ENTRADA EN LA COMUNIÓN TRADICIONALISTA
En este capítulo, último del largo y minucioso relato de Valiente, se narran sus últimos momentos en Acción Popular y su ingreso en la Comunión Tradicionalista. Su análisis de los fundamentos doctrinales del Tradicionalismo y de los porqués de su espíritu combativo y siempre rebelde a todo confusionismo, son especialmente reveladores en estos momentos.
* * *
La trayectoria de la República apuntaba a la revolución roja. Así acabamos de verlo en su desbordamiento de finales de 1935 y principios de 1936, aunque las previsiones eran muy anteriores. Desde la quema de conventos, que constituyó un desmán perfectamente organizado en toda la nación, a los pocos días del advenimiento de la República, y desde los debates sobre la Constitución, concretamente desde la noche del 13 al 14 de Octubre de 1931.
El problema era: ¿Esta agresión y violencia constantes se pueden resistir y llegar a vencer dentro de la legalidad? ¿O será necesario prepararse para la lucha armada si se la considera inevitable?
Volvamos un momento a 1934. Yo regresé de Fontainebleau el 7 de Junio de dicho año. Mes y medio antes tuvimos el mitin de El Escorial, 22 de Abril. La tensión era grande entre los chicos de la JAP. Para torpedear el acto se había declarado la huelga general. La noche anterior estuvimos asistiendo a morir a Rafael Roca, asesinado en la misma puerta de Acción Popular. El «slogan» en La Lonja fue, en labios de Gil Robles: «Si la revolución se echa a la calle, nosotros nos echaremos también».
(Recuerdo que se presentó junto a la tribuna Pérez Madrigal, que ya fue recibido con fervor).
Se repitió el «slogan» cuatro meses más tarde del mismo año, 1934, en la concentración de Covadonga: «Hasta aquí hemos llegado, y de aquí no se puede pasar».
Durante el año en que estuve apartado de todo, desde Junio de 1934 a Junio de 1935, seguí respetando la política de la CEDA, pero empecé a pensar que había que preparar también la defensa ante el peligro indudable de la revolución roja, que la CEDA no lograba contener, a pesar de estar ya en el Gobierno.
En Junio de 1935 se preparó un escrito de la JAP que había de publicarse unos días después. Yo pedí a Navarrés que lo consultara con el Jefe, pero Laborda, muy decidido, se lanzó a ordenar la publicación, convencido de que no sería desautorizado. Pero lo fue. El escrito decía así:
«O Acción Popular acaba con el marxismo, o el marxismo aplasta a España. Aplastemos al marxismo, la masonería y el sectarismo. No cabe diálogo ni convivencia con la anti-España. Nadie tema que nos quedemos en la mitad del camino».
Comprendí que este escrito hacía difícil la situación de la CEDA, que ya estaba en el Gobierno. Gil Robles mandó retirarlo. Se acató la orden, pero yo creí que el respeto para esta política no debía impedir que se preparase, al margen de ella, la defensa ante el peligro que se consideraba inminente. No podía dedicarse toda la política a la actuación en la legalidad, porque no había legalidad en aquella República. Sólo conseguiríamos ser compañeros de viaje de los que estaban al servicio del imperialismo ruso.
No es exagerado decir que el peligro se consideraba inminente. Unamuno había dicho ya en 1931 que la guerra civil sería inevitable. El mismo Gil Robles la había previsto en varias ocasiones. Y recuerdo que Ramiro de Maeztu me había dicho muchas veces, sentado en el mismo banco de las Cortes:
«Ustedes no les conocen. Yo les conozco. No se fíen. Nos cortarán el cuello a todos».
Decidí apartarme de la CEDA. Lo hice con el mayor respeto, en un documento en que no quise juzgarla de ningún modo. Solamente aludí a mi situación personal en la CEDA, que era excesivamente violenta para mí. Se estaba pagando con injusticia mi leal conducta en el asunto de Fontainebleau.
Quiero decir también que había pasado un año desde Fontainebleau, que aquello podía considerarse olvidado, y que la decisión de apartarme de la CEDA no podía causarle ningún daño, pues Gil Robles estaba ya en el Poder.
Mi documento de despedida dice así:
«Después de un año de anulamiento total, se me acaba de prohibir tomar parte en el acto de Uclés. Francamente, esto ya no habrá quien lo entienda, ni yo puedo tolerarlo, ni lo tolero. Por lo visto estoy de más, pues soy un Diputado al que no se le puede confiar ni un discurso de mitin.
Dimití hace un año de todos mis puestos; la minoría no admitió la renuncia, pero yo la mantuve por razones que ahora no han de exponerse. Desde entonces no se me ha permitido actuar: se me quitó de la Comisión Parlamentaria a que pertenecía, no se me ha reintegrado a ningún puesto de trabajo, se me prohibió acudir a Covadonga, en Septiembre; a Jaén, en Marzo; y ahora, al cabo de un año, a Uclés. ¿Quiere decirme alguien si puedo honradamente seguir en Acción Popular?
Yo, por Acción Popular, lo he sacrificado todo, absolutamente todo. Y esto nadie, absolutamente nadie, tendrá la osadía de negarlo ni aun de dudarlo. Sentiría que esta duda se produjese.
Al apartarme de Acción Popular no causo en ella la menor perturbación, puesto que mis servicios, bien claro está, para nada le sirven. Mi sacrificio rebasó el límite de lo necesario; después, de lo prudente; más tarde, el de lo generoso; y rebasa hoy el de lo inútil.
No me retiro de la lucha, porque ella es mi vocación. Dentro de la gran derecha española hay muchas cosas sagradas para todos, que me siento obligado a defender. La modestia de mi persona estará siempre avalorada por un buen espíritu demostrado con hechos.
Madrid, 1 de Junio de 1935».
Mi ingreso en la Comunión Tradicionalista
Pedí el ingreso en la Comunión Tradicionalista en Noviembre de 1935. Hace ahora treinta y cuatro años.
Anteriormente había tenido muchas conversaciones con mis compañeros de Cortes Lamamié de Clairac y Zamanillo, ambos Diputados de la minoría tradicionalista. Empezaron estas conversaciones el año anterior, 1934, a raíz de mi regreso de Fontainebleau y de la dimisión de los cargos que tenía en la CEDA. Recuerdo que las primeras de ellas fueron sobre el acto de Quintillo, celebrado pocos días antes, en Mayo de 1934. Zamanillo me habló de ello con alguna reserva, pero con naciente confianza.
Cuando comentábamos este acto, bastante tiempo después, y ya teníamos mayor confianza, Lamamié de Clairac me expuso el pensamiento de los tradicionalistas, en punto a actuación práctica, con precisión y claridad.
Trataré de exponer las principales consideraciones que me movieron a solicitar el ingreso en la Comunión Tradicionalista.
La doctrina de la Iglesia y los carlistas.– En la Pastoral del Cardenal Primado, en Mayo de 1931, se lee:
«La Iglesia no siente predilección hacia una forma particular de gobierno». «Respeto y obediencia para el mantenimiento del orden y el bien común». «Deber imprescindible: unirse para salvar los derechos de la Religión». «Se elegirán candidatos, por encima de todo, a los que den garantías de defender la Iglesia y el orden».
Los carlistas acudieron a esta primera necesidad urgente con el mejor espíritu.
Con ese espíritu me decía Lamamié que él había firmado el Manifiesto del Bloque Agrario. La primera conclusión decía:
«Adhesión sincera a la República, cuyo fortalecimiento será una garantía de paz social».
El Bloque designó para las Constituyentes a Gil Robles, Casanueva y Lamamié de Clairac, juntamente con dos republicanos [1].
Carlistas en la fundación de Acción Nacional.– En la misma línea de actuación, destacadas figuras tradicionalistas, como Don Manuel Senante [2] y el Conde de Rodezno [3], habían colaborado en la época de fundación de lo que entonces se llamaba Acción Nacional, en Mayo de 1931. El primer programa lo redactó Don Antonio Goicoechea, monárquico no tradicionalista. De dicho programa son las siguientes palabras:
«Acción Nacional no es un partido político; es una organización social para defensa de principios fundamentales, independientemente de problemas de forma de gobierno. Para actuar dentro del Régimen político establecido, de hecho, en España».
En la Base Primera se dice:
«Inhibición temporal en formas de gobierno y libertad para defender, fuera de Acción Nacional, sus respectivos ideales».
En aquella primera etapa de la República, los carlistas no actuaron en el Parlamento con minoría independiente.
Los carlistas salen de la CEDA.– Más adelante, los carlistas alzaron sus banderas propias para defender sus ideales de siempre, pero sin dejar de atender al frente anti-revolucionario.
(Se independizaron de Acción Nacional, que ya se llamaba Acción Popular e iba pronto a llamarse la CEDA, a principios de 1933, sin la menor violencia, en buena amistad. Los monárquicos de Goicoechea se apartaron poco después. Unos y otros quisieron mantener la Unión de Derechas, pero con autonomía ideológica. Gil Robles se opuso, porque pensó que ello era retroceder a los momentos fundacionales de Acción Nacional. Acción Nacional iba alejándose de su punto de partida).
Tan cierto es que los carlistas quisieron siempre mantener el frente común antirrevolucionario que la discusión constante con la CEDA fue ésta: la CEDA quiso siempre que estas alianzas con los carlistas fuesen puramente electorales; en cambio, los carlistas querían que continuasen, después de las elecciones, para realizar una labor parlamentaria conjunta en la defensa de los altos intereses espirituales.
La CEDA no podía ver con malos ojos que los carlistas realizaran su política propia con independencia, pues así se había previsto en la Base Primera de Acción Nacional, que luego fue Acción Popular, y, finalmente, la CEDA.
Aparte de ello, la CEDA no pretendió nunca que el Carlismo renunciase a su política secular.
La discusión pública con la CEDA fue siempre correcta. Algunas veces llegó a ser muy viva, porque así lo pide la sinceridad.
Ello no podía perjudicar la labor de la CEDA en su política propia. Por el contrario, facilitaba sus movimientos dentro de la República el hecho de estar muy desligada de los monárquicos. Cuanto mayores fueran los ataques monárquicos, más la empujaban dentro del Régimen. Un entendimiento excesivo con monárquicos la hubiera hecho sospechosa a los republicanos.
La CEDA tenía que aceptar esta discusión, puesto que ella había aceptado el régimen pluralista, siempre que la polémica se mantuviese correctamente, como siempre ha ocurrido por parte de los carlistas [4].
El derecho a la rebelión, legítima defensa.– Independientemente de la acción parlamentaria y de las alianzas recomendadas por la Iglesia para la actuación dentro del Régimen, el Carlismo tenía derecho a preparar su dispositivo de defensa armada para hacer frente a la agresión roja que se preveía. El problema no estaba exclusivamente entre República o Monarquía, sino entre marxismo o cristianismo.
La previsión militar del Quintillo no podía ser tachada por nadie de deslealtad. Las organizaciones marxistas estaban mucho más adelantadas en estos preparativos con todo descaro y protegidas por las instituciones del Régimen. Desde el primer momento, la República fue una paz armada. Fue la preguerra civil. Sinceramente, esto no podía negarse. Merecían respeto los que trataban de defenderse y defender a los demás, y a todos, del peligro en que entonces vivía nuestra Patria.
Me dijo Lamamié que los preparativos militares de los carlistas se hacían con todos los requisitos que exige Santo Tomás para que la rebelión contra el Poder pueda ser calificada, teológica y moralmente, de guerra justa.
El acto del Quintillo fue un desfile de Requetés, uniformados y disciplinados. Tuvo profundidad religiosa y austeridad militar. No se pareció en nada al activismo criminal callejero de los marxistas y demás fuerzas revolucionarias, que venían realizando impunemente agresiones contra personas e instituciones indefensas desde la quema de iglesias y conventos del 11 de Mayo de 1931, a las tres semanas del advenimiento de la República, y con el terrorismo desbordado en Octubre de 1934. Era ya grande la alarma nacional, porque se estaba descubriendo una perfecta organización agresiva contra la sociedad.
Teólogos de Salamanca.– Me dijo también Lamamié que él estaba en mucha relación con teólogos de Salamanca, amigos suyos, entre los cuales se estaba formando la opinión, muy probable, de que en nuestro país iba a ser necesaria la defensa armada frente el Poder agresor, pero que habían de extremarse las precauciones que exige la doctrina de la Iglesia para que esta resistencia pudiera ser calificada de guerra justa por el bien común.
El derecho de rebelión, en los liberales.– Los que se llamaban liberales o demócratas no podían tachar de impolíticos actos como el del Quintillo, porque el liberalismo se ha hecho con el militarismo en nuestro país. Todos los Jefes de Gobierno del régimen liberal fueron Generales. Los pronunciamientos militares, dentro de la política civil, fueron más de cien. Los famosos pronunciamientos eran movimientos políticos de liberales contra liberales. Cánovas y Sagasta, los hombres de la Restauración, tampoco estaban libres de esta responsabilidad. Cánovas fue el hombre del Manifiesto de Manzanares, y la Restauración de Sagunto se llama así porque nació de uno de esos pronunciamientos. Esta Monarquía militar de Sagunto tuvo que acudir por fin a la defensa militar de Primo de Rivera, en 1923. Y los republicanos no proyectaron nunca traer la República en unas elecciones municipales. Quisieron traerla por medio de las rebeliones militares de Cuatro Vientos y Jaca. La República endiosó los nombres de los Capitanes Galán y García Hernández, a quienes dedicó lápidas de honor en el Salón de las Cortes, y Calles y Plazas en todas las ciudades y pueblos de la nación. En fin, el himno de la República fue el himno de Riego, y Riego había sido el General sublevado con sus tropas, en acto de traición a la Patria, para instaurar el régimen liberal.
Diferencia entre el pronunciamiento liberal y la guerra carlista.– Los pronunciamientos liberales se hacen con tropas de las quintas llamadas por el Gobierno desde la «Gaceta de Madrid». La guerra carlista se ha hecho siempre con soldados voluntarios, llamados por el pueblo.
Los liberales pagan sus pronunciamientos con los dineros públicos. Los carlistas, con las aportaciones y la sangre de sus voluntarios.
Los pronunciamientos son la explotación de la nueva burguesía liberal. La guerra carlista es la defensa del pueblo y de sus fueros contra la Revolución Francesa de los nuevos ricos.
La guerra carlista dura sólo el diez por ciento del siglo liberal. En cambio, los pronunciamientos llenan todo el siglo y hacen imposible la convivencia civil entre los propios liberales.
Ejército unido.– Además, los pronunciamientos dividen al Ejército en partidos políticos. Por el contrario, los carlistas defienden el Ejército unido, al servicio de la paz exterior e interior de la Patria.
Inestabilidad política.– Los pronunciamientos son la inquietud constante y la inestabilidad. El día en que entró Alfonso XII en Madrid, estaban vivas nueve personas que habían sido Jefes del Estado.
La constitución real de España.– Los carlistas defienden la constitución interna y real de España. Saben vivirla en su normal evolución, sin violentar su proceso. El tiempo y la experiencia les están dando la razón, y mantienen su vitalidad. En aquellos años, 1934 y siguientes, la Comunión Tradicionalista estaba viva, después de un siglo. En cambio, de los partidos liberales, que fueron docenas, no quedaba ni memoria.
Las muchas Constituciones que hemos tenido a lo largo del siglo no lograron resolver el problema de nuestra convivencia nacional, porque no fueron la interpretación correcta de nuestra constitución real. Estas Constituciones era como unas pancartas con afirmaciones generales y declamatorias, sin raíces en el derecho y las costumbres nacionales. Jurídicamente, son prueba de incultura.
Los carlistas han creído siempre en la fuerza de la Tradición, que es la evolución, además de ser otras cosas. Las cosas no se están quietas, ni las instituciones, ni los supuestos sociales. La buena filosofía política y el consejo de la experiencia deben dirigir la evolución para que se produzca con fidelidad al ser nacional. La evolución es tanto más fecunda cuanto más intensa y constante. Los carlistas nunca han estado en el inmovilismo, sino en la fidelidad a unos principios que hoy se mantienen con vitalidad innegable.
En aquel año oí decir a un carlista, profundo conocedor de la Historia de nuestro derecho público:
«Si hubiéramos ganado la guerra de 1833, hubiéramos hecho un gran siglo XIX. La revolución industrial hubiera rodado por los cauces de nuestra Tradición sin los desbordamientos del salvajismo económico liberal».
Le di la razón.
Los burgueses del liberalismo español ni siquiera han sabido hacer dinero.
En cuanto a la libertad, bandera insincera que sólo sirvió para cubrir la económica de la selva y el derecho de los fuertes, se hubiera traducido en las libertades concretas, formidables, de nuestro derecho, fueros y costumbres. Añadió ese carlista, Melchor Ferrer, que habríamos llegado mucho antes al sufragio universal, por la extensión del fuero, y no por apriorismos roussonianos.
Hubiéramos tenido estabilidad política y paz social.
No me han dejado gobernar.– Éstas o parecidas palabras (el no es eso de Ortega a la II República) las hemos estado oyendo durante un siglo. El régimen liberal ha acabado con todos. Acabó con la Reina Gobernadora, a pesar de la fuerza política que le daba su victoria sobre el Carlismo. Isabel II acabó también de mala manera, a manos de la revolución de Septiembre y de sus Generales liberales. Los cuatro Presidentes de la I República no se entendieron con su propio régimen. Don Amadeo salió de aquí como alma que lleva el diablo, convencido de que éramos un país de locos. La Monarquía de Sagunto cayó por unas elecciones municipales ganadas por los monárquicos. En fin, Don Antonio Maura decía: «No me han dejado gobernar». Lo mismo Gil Robles en su libro. La conclusión de todos ellos es la misma: los españoles somos todos malísimos, menos ellos. En cambio, los carlistas dicen: la que es mala es la Constitución liberal en sus múltiples versiones. Los liberales se han montado en un carro que no anda. Los españoles no somos malísimos. Somos lo que es preciso para no dejar mal al pecado original.
Los conservadores.– Nunca han tenido autoridad moral en nuestro país, porque no han sido conservadores de principios, esencias, tradiciones profundas. Han querido detener la Revolución en un momento dado y consolidar las posiciones adquiridas por la propia Revolución.
(Hubo entre ellos personas respetables individualmente, que no lograron autorizar el sistema. Es clarísima a este respecto la experiencia Maura, que culpaba de todo a los hombres y de nada al sistema. Pretendía cerrar la herida en falso: cortar los efectos mientras seguían fluyendo las causas. El fracaso de Maura se debe al profundo liberalismo de su pensamiento).
La opinión pública los llamó, un poco despectivamente, gentes de orden, de la paz material al servicio de intereses creados por la Revolución. Eran las derechas, que tan mala prensa han tenido.
Durante mucho tiempo, las izquierdas eran más o menos como las derechas. En una reunión de las minorías liberales, los Jefes de las dos más importantes exigieron la crisis del Gabinete conservador para reclamar el Poder con esta bandera: «Ha sonado la hora de las izquierdas». Estos Jefes de izquierdas eran el Marqués de Alhucemas y el Conde de Romanones.
Los Diputados carlistas solían decir desde los escaños centrales, que están debajo del reloj, en el Salón de Sesiones:
«No estamos con vosotros, Señores de la izquierda; ni tampoco con vosotros, Señores de la derecha. Estamos enfrente».
En aquellos años de República, se cambió el empleo de estas palabras. Se produjeron dos bandos irreconciliables, y se llamaron derechas e izquierdas. En el libro de Gil Robles se emplea constantemente estos términos. Las izquierdas eran ya los rojos, y la agresión en la guerra civil.
Todo esto ha sido el juego del liberalismo, al mismo tiempo trágico y frívolo, que ha costado tan caro a nuestra Patria.
La constitución según los carlistas.– Cuando a Jovellanos le invitaron para ir a Cádiz a hacer la Constitución, contestó que ya la teníamos, porque la constitución es el conjunto de derechos, fueros, costumbres, tradiciones y manifestaciones del ser nacional en el desenvolvimiento de su vida pública. En esto Jovellanos acertó a ver claro, porque tal es la constitución de España. Así lo entendieron después los carlistas, y lo han seguido manteniendo.
Ciertamente, este fondo jurídico ha de ser puesto al día de modo constante por medio de un complejo de disposiciones de derecho público que forman lo que se llama la constitución abierta. No tiene este sistema el simplismo o facilidad engañosa de las Constituciones cerradas del liberalismo. En la constitución abierta, puede ser más premiosa la elaboración y aplicación de las leyes, pero acaba por ser más protectora de los derechos e intereses del pueblo.
La doctrina de nuestra Tradición jurídica asegura más la convivencia armónica entre las libertades de los españoles y la autoridad del poder político, logra la estabilidad social, y da cauce firme a la evolución de las cosas y los cambios de la vida.
Juventud y democracia.– Recordaré aquí dos puntos del programa de El Escorial de la JAP:
«El amor de la región, base del amor a España. El pueblo se incorpora de un modo orgánico y jerárquico, no por la democracia degenerada».
También era pensamiento de la JAP:
«El Estado ha de reconocer la familia, el municipio, la libertad de enseñanza, la libertad de prensa, seriamente regulada, y, sobre todo, la libertad humana, entendida como la entiende nuestra Teología, y no al modo liberal».
Como se ve, la JAP no tenía nada de la llamada democracia cristiana.
La juventud no se deja engañar por la palabra democracia, que es en la práctica un ardid de oligarquía. Los regímenes que se llaman democráticos por el liberalismo, están gobernados por personas mayores, principalmente.
La juventud siente los grandes ideales y los quiere servir con disciplina y abnegación. Los chicos de la JAP se movían en esta línea. Cuando yo tuve que apartarme de aquella noble juventud, creí que este gran espíritu se hacía carne en las juventudes carlistas, tan sinceramente populares, sin amaneramientos de democracia liberal.
En cuanto a la disciplina y abnegación, también eran principios de la JAP:
«Fe. Arrojo. Voluntad. Educación premilitar. Primero la razón. Frente a la violencia, la razón y la fuerza».
Todo esto abrió en mi espíritu el camino a la ulterior admiración de los Requetés [5].
Carlista en la CEDA.– En la CEDA hubo figuras muy significativas de procedencia carlista [6].
En aquellos años a que me estoy refiriendo, y por mis circunstancias después de Fontainebleau, cobraban en mi espíritu nueva autoridad los planteamientos doctrinales que entonces estaban cediendo a la presión y urgencia de defender a la Iglesia.
Cuando le dije a Don Ángel Herrera que pensaba pedir el ingreso en la Comunión Tradicionalista, me contestó:
«También yo soy tradicionalista, como lo fueron Balmes y Don Marcelino. Cuando aún era Abogado del Estado en Burgos, acudí a un importante acto tradicionalista en Valladolid. Pero yo nunca he tenido vocación política práctica. En cambio, me parece que a ti te va muy a la medida actuar con los carlistas, si es que no has de volver a la Acción Católica».
Don José Monge Bernal comentaba mi decisión:
«¿Pero para qué vas a hacer eso, si lo que estamos haciendo aquí es integrismo puro? Te lo digo yo, que soy integrista. Te tengo que dar alguna conferencia sobre esto. Será la semana que viene, cuando regrese de Sevilla, porque yo no le puedo faltar a mi mujer ningún Viernes. Por eso le canto siempre esta coplilla: “Cabezas Rubias y El Cerro – tienen los pastos comunes – y yo los tengo contigo – sábado, domingo y lunes”».
Luis Lucía creía que la República era ya inevitable en España, y que había que traer la doctrina tradicionalista al Régimen lo más posible.
Tengo otros recuerdos de antiguos tradicionalistas. Especialmente de Gil Robles, a quien le oí mucho sobre esto en nuestra juventud. Conservo con respeto algún libro de su padre, con notas autógrafas de aquel ilustre Profesor de Derecho Político.
Sobre todo esto solía decirme Lamamié de Clairac, cuya familia había sido amiga de la familia de Gil Robles en Salamanca:
«Estoy conforme con casi todo lo que dice José María, pero disconforme con casi todo lo que hace. Lo que más me carga de esta política de democracia cristiana es que nos estén siempre acribillando con Encíclicas de los Papas, y haciendo de tan alta enseñanza un uso que la convierta en imprudente coacción».
Acogida carlista.– Lamamié de Clairac me animó muchísimo a entrar en la Comunión Tradicionalista, y lo mismo Zamanillo. Especialísimo e inolvidable es para mí el cariño que me demostró Don Manuel Senante. Ellos me presentaron a Fal Conde, quien me recibió en nombre de Don Alfonso Carlos. En una cena, en Noviembre de 1935, en el Hotel Capitol, celebramos mi ingreso en la Comunión.
El Conde de Rodezno y Don Esteban Bilbao me acogieron también con mucho afecto. (Poco tiempo después, ambos me ofrecieron la Subsecretaría de Justicia, que no pude aceptar). Rodezno me dijo:
«Celebro que venga usted con nosotros. La determinación que usted ha tomado es la más natural dada su formación. La frase de Don Carlos –“Dadme buenos católicos, que yo los haré carlistas”– es muy aplicable a usted. Pero ahora que ya es usted de los nuestros, le diré que los nuestros no crea que son tan fáciles».
En las elecciones de Febrero de 1936, los tradicionalistas me ofrecieron un puesto en la candidatura de Burgos. Me lo cedió Manolo González Quevedo, hermano del Doctor Don Calixto, amigo mío de la juventud. Manolo Quevedo se retiró con total generosidad. Y el Diputado carlista Don Francisco Estévanez me apoyó tan extraordinariamente que pudo poner en peligro su propia candidatura. Salí Diputado por dicha Provincia.
A los pocos meses, los tradicionalistas de mi Provincia, incorporados al Movimiento, hicieron el primer desfile público de Requetés, perfectamente uniformados, por las calles de Burgos, en medio del entusiasmo popular, aquella noche del 18 de Julio de 1936, y yo tuve el honor de ondear ante ellos, desde los balcones del Círculo Carlista, la bandera nacional [7].
[1] Es lamentable la ambigüedad con que José María Valiente realiza esta parte de su relato.
Efectivamente, Lamamié de Clairac, al principio de la República, era un integrista que se insertó dentro de la minoría agraria en el Parlamento; y, por lo tanto, todas sus actuaciones durante ese primer período, al inicio de la República, no se le pueden atribuir en tanto que legitimista (es en este contexto cuando firma el Manifiesto del Bloque Agrario del 11 de Junio de 1931).
Tras proclamarse la República, las diferentes Oficinas, Círculos, Sedes o Centros provinciales del Partido Integrista fueron adhiriéndose sucesivamente a sus homólogas de la Comunión Tradicionalista, quedando consumada finalmente la reintegración a principios de Enero de 1932, y declarada formalmente en una nota publicada el 1 de Febrero por su Jefe Juan de Olazábal y Ramery (el cual se reincorporó como simple soldado de filas, sin cargo superior ninguno).
En la primera Legislatura de la República los legitimistas españoles no formaban una minoría independiente, sino que se integraban en otras minorías parlamentarias: Lamamié, Estévanez y Gómez Rojí en la minoría agraria, y Rodezno, Beunza, Oreja, Urquijo y J. L. Oriol en la minoría vasco-navarra. Los legitimistas de ambas minorías firmaron el Manifiesto del 15 de Octubre de 1931, en virtud del cual renunciaban a toda discusión ulterior en el Parlamento sobre el Proyecto de la nueva Constitución, ante el carácter anticatólico de los recién aprobados artículos 24 y 26. Abandonaron el Parlamento el 13 de Octubre, y no regresaron hasta después de aprobarse la Constitución, el 9 de Diciembre.
[2] A Manuel Senante se le puede aplicar lo dicho anteriormente sobre Lamamié de Clairac. En el período al que se refiere Valiente, Senante todavía era integrista, y, por tanto, sus actos de aquel entonces (Abril-Mayo 1931) no se le pueden atribuir como legitimista.
[3] Para una evaluación correcta del historial de actividades políticas “ecumenistas” y entreguistas del “carlista vergonzante” Conde de Rodezno, véase el folleto de Melchor Ferrer de 1946.
[4] Todo este apartado de José María Valiente rezuma, no ya sólo de ambigüedad, sino de flagrante falsedad.
Los legitimistas españoles jamás formaron parte de Acción Nacional (ni de Acción Popular, ni de la CEDA), por lo que difícilmente podían haberse “salido” de ese partido político democristiano. Los legitimistas españoles pertenecían única y exclusivamente a la Comunión Tradicionalista (parece increíble que haya que decir algo tan obvio como esto).
Como ya dijimos anteriormente, los Diputados legitimistas españoles electos se encuadraron durante la primera Legislatura en las minorías agraria y vasco-navarra. Los Diputados electos de Acción Nacional (José María Gil Robles, Santiago Guallar, Dimas Madariaga, Ramón Molina Nieto, Ricardo Cortés Villasana, Modesto Gosálvez-Fuentes; y Tomás Ortiz de Solórzano [elecciones parciales de 8 de Noviembre de 1931]) se insertaron, a su vez, dentro de la minoría agraria.
En la segunda Legislatura republicana, ya sí formaron, tanto Acción Nacional (entonces denominada Acción Popular-CEDA) como la Comunión Tradicionalista, sus propias minorías parlamentarias.
Los únicos que sí se separaron de Acción Popular en Enero de 1933 fueron los doctrinaristas, que, liderados por Antonio Goicoechea, formaron un nuevo partido político: Renovación Española.
Los legitimistas españoles abominaron siempre de la política pro-revolucionaria de Gil Robles, que no era más que la continuación de la política democristiana comenzada durante la época alfonsina (siendo dicha política heredera, a su vez, en última instancia, de la del liberal-catolicismo pidalista y de la del neocatolicismo vilumista: ambas al servicio del doctrinarismo liberal-dinástico).
[5] José María Valiente fue el fundador de las JAP en Febrero de 1932, siendo también su Presidente hasta el episodio de Fontainebleau de Junio de 1934 que forzó su dimisión. Esta organización llegó a su apogeo con la celebración de su primera Asamblea Nacional el 22 de Abril de 1934, en El Escorial.
Hay que tener en cuenta que las JAP, desde su fundación en adelante, participaba cada vez más, al igual que la Acción Popular-CEDA, de un cierto tono fascistizante tanto en sus formas como en su contenido, mimetizándose con lo que era la moda política europea del momento. Se trata de un fenómeno curioso característico de la democracia cristiana del período republicano.
[6] Esto también es ambiguo.
Si se refiere Valiente a personalidades que antiguamente pertenecieron a la Comunión, pero se separaron de ella abrazando a la democracia cristiana, entonces es correcto.
Si se refiere a que había legitimistas que pertenecían también al mismo tiempo a Acción Nacional, o a Acción Popular-CEDA, entonces reiteramos de nuevo la falsedad de esta afirmación.
En este último caso, Valiente cita únicamente al legitimista Rodezno, y ya hemos señalado cómo interpretar correctamente el comportamiento político de este personaje (por lo demás, como ya dijimos, Senante y Lamamié, en los pocos meses en que tuvieron alguna colaboración con la naciente Acción Nacional, justo después del advenimiento de la República, todavía eran integristas).
[7] Para una aproximación a una descripción y caracterización política de José María Valiente, véase este artículo de Francisco Elías de Tejada.
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