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Tema: La invención de la conciencia regionalista santanderina: "Cantabria"

  1. #1
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    La invención de la conciencia regionalista santanderina: "Cantabria"

    1. LA FLAMANTE CONSTRUCCIÓN SOCIAL DE LA CONCIENCIA REGIONALISTA “CÁNTABRA”.

    2. LA PRIMIGENIA BÚSQUEDA DE UNA IDENTIDAD INCIERTA

    3. LA CAVERNA ÉTNICA COMO REPRESENTACIÓN COLECTIVA



    (Por Antonio Montesino; Año 2000; extraído de la página "Eusko-Media")
    Última edición por ALACRAN; 14/10/2011 a las 16:46
    Donoso dio el Víctor.

  2. #2
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    Re: La invención de la conciencia regionalista santanderina: "Cantabria"

    1. LA FLAMANTE CONSTRUCCIÓN SOCIAL DE LA CONCIENCIA REGIONALISTA “CÁNTABRA”.

    "El inicio de la redemocratización de España, a finales de los años setenta, supuso una eclosión de los procesos autonomistas promovidos por la oposición al régimen, que incluyó en sus programas, frente a la desprestigiada política de identidad unitaria franquista, cercenadora de las variedades culturales de los pueblos, la lucha por las libertades democráticas y la descentralización política.

    Por vez primera se iba a producir en la historia moderna del país, un amplio consenso en torno a la necesidad de reformular las relaciones económicas, políticas y socioculturales entre el centro y la periferia, a través de un proceso autonómico que permitiera la existencia de un modelo innovador de organización territorial, capaz de “resolver” la “vieja cuestión” de las nacionalidades y regiones en el seno del Estado.

    “Cantabria” (CONOCIDA HASTA 1981, COMO PROVINCIA DE SANTANDER), animada por los aparatos de los partidos mayoritarios y los grupos emergentes de carácter regionalista, también se sumó al movimiento de generalización autonómica, que habría de desembocar, al amparo de la Constitución de 1978, en la obtención de su Estatuto de Autonomía, el año 1981.

    Este nuevo contexto político de efervescencia de lo que bien podría denominarse una ideología autonomista, impulsó un creciente interés hacia lo “autóctono”, como respuesta a la necesidad de forjar en el conjunto de la sociedad “cántabra”, carente de una especificidad etno-territorial, una conciencia regional distintiva, histórica y culturalmente inexistente.

    La búsqueda de lo que los discursos neofolkloristas, obsesionados con la idealización de la vida rural, consideran las esencias remotas de “nuestra historia y cultura ancestrales”, se ha llevado a cabo anteponiendo la retórica nativista, y la ciega exaltación de unos hipotéticos valores regionales, al discurso científico y a la autorreflexión. Tan nefasta filosofía, que cuenta con patente institucional por su efectismo en el rescate de símbolos diferenciadores, fácilmente manipulables, está contribuyendo a suplantar el necesario y riguroso análisis de la realidad de los hechos históricos y culturales, por la invención de una historia y de una tradición de singularidades exclusivistas.

    Con este anémico bagaje referencial, fundamentado en el historicismo y en la lógica de la confrontación victimista, es con el que las nuevas élites etnocráticas cántabras (provinciales santanderinas) asisten a la “concurrencia múltiple etno-territorial”, en el contexto del actual panorama de complejidad y conflictividad intergubernamental, propia del “federalismo concurrente” de nuestra España autonómica...

    Durante las dos últimas décadas, coincidiendo con el debilitamiento de la ciudadanía y la solidaridad, dos de los principios fundadores de las modernas sociedades occidentales, en “Cantabria” asistimos a la re-tradicionalización de la vida cultural y a un uso instrumental de la tradición, con una clara voluntad de pedagogía social, encaminada a la reeducación de amplios sectores de la población en el amor por las costumbres locales como un valor primordial que deben cuidar, conservar y difundir, y que, curiosamente, nos remiten al supuesto mundo idílico de las tradicionales comunidades campesinas, tomado como paradigma de la cohesión y la estabilidad sociales. Se trata, qué duda cabe, de una lectura neo-tradicionalista de la tradición, efectuada en el marco histórico de una sociedad reflexiva y postradicional.

    La permanente invocación retrospectiva a unos supuestos valores espirituales propios de un remoto pasado histórico, se ha convertido en una nueva religión (predicada desde la pequeña y mediana burguesía regionalizante de los ámbitos urbanos, en su deseo manifiesto, política y económicamente interesado, de proyectar su eco en amplias capas de la sociedad) al servicio de la comunicación reproductiva de la “ideología regionalista...

    De este modo se construye socialmente la falsa representación de una regionalidad “cántabra” naturalizada, cuya fuerza integradora se hace derivar de algo dado pre-políticamente, de un hecho independiente de la formación de la voluntad política...

    A nadie debe extrañar la recurrencia a la invención de rasgos tradicionales que apelan, reiteradamente, a la identidad territorial y psicológica de los “cántabros”, porque son estos elementos simbólicos, junto a la memoria histórica (sacralización del tiempo pasado, del espacio y de la etnia que lo habita, en un juego de pertenencias exclusivistas), los que están siendo utilizados, por las élites regionalistas, asentadas en los ámbitos urbanos de la centralidad económico-política, como señaladores identitarios, en sus estrategias de vertebración de una conciencia identitaria que respalde las propuestas de su nuevo “particularismo centrífugo”.

    Es frecuente que la llamada a la pertenencia étnica se apoye en una selección de aquellos símbolos y elementos de la cultura tradicional, verdaderos o falsos, susceptibles de ser empleados como demarcadores eficaces de la identidad colectiva y que ésta se ritualice, periódicamente, buscando los lazos de unión con un pasado remoto que, a través de las prácticas ceremoniales, contribuyan, por el carácter performativo de los ritos, a hacer que los individuos sean quienes creen ser, generando anclajes socio-emocionales que les comprometan con el colectivo, sus normas e ideología.

    Todos los rituales de reforzamiento identitario necesitan hacer acopio discriminado de rasgos del pasado, real o mítico. En cualquiera de los casos forman parte de esa realidad inventada (plausibilidad social) y expresan las transformaciones que se están produciendo en el sistema social. ... En definitiva, textos icónico-verbales de unos grupos re g i o n a l i z a d o res que toman la nostalgia por el pasado feliz, como un símbolo encubridor de sus propios intereses religiosos, económicos, políticos y sociales. No debemos olvidar que los símbolos operan como “fuentes extrínsecas de información” ...

    A través del elogio de la tradición y de la “sociedad tradicional” (en unos momentos en que ésta experimenta una profunda desarticulación y liquidación de sus estructuras y modos de vida), se está justificando, e imponiendo, una concepción del tiempo y de la historia en beneficio de sus manipuladores. De modo significativo, aquélla se relaciona únicamente con las viejas sociedades rurales y con una serie de rasgos, preseleccionados, de la cultura popular. Como si no hubiera, además, tradiciones urbanas y, otras, no precisamente populares. Las asimetrías entre el espacio y el tiempo de las experiencias del pasado y las del presente, se soslayan. La identidad queda así ubicada fuera de toda temporalidad que no sea el tiempo mítico. El tiempo sin tiempo, codificado a partir de una ética y una estética, concebidas en clave neo-tradicionalista.

    Entre el coro de lamentos destacan las voces enturbiadas de algunos sectores que en su día contribuyeron a desarticular la sociedad tradicional hoy retóricamente añorada. Y lo hacen, justamente ahora, cuando sobre la ruina demográfica, económica y cultural de las aldeas rurales se cierne la avidez de los grupos (sus propios intereses) de promoción inmobiliaria y turística que, desde hace unos años, controlan la redefinición y reordenación del territorio y de sus significaciones culturales y simbólicas ....

    Para estos sectores neo-tradicionalistas, que cuentan con el consenso de otros grupos inmersos en el despiste cognitivo que toda relación objetal con la tierra amada implica, la tradición y la sociedad tradicional tienen una inconfesada significación política al convertirse en el referente estructural del “cantabrismo”.

    En última instancia a ciertos sectores sociales, de la derecha y de la izquierda, les encantaría poder invertir el curso de la historia, anular los logros del proceso civilizatorio y reencontrarse con el iluso atavismo de una comunidad perfecta con niveles de organización humana reducidos a la familia y la aldea. ... Sociedad ésta, por otra parte, ya pasada y fenecida, a manos del lógico impacto histórico de los cambios estructurales y sociales (industrialización, urbanización, implantación de la vía capitalista en el sector agrario, etc.), que nada tiene que ver con su falsa conciencia del pasado, debida a una visión ideológica del mismo, fundamentada en la mitificación de las comunidades rurales, entendidas como entes homogéneos y armónicos, carentes de conflictos y diferencias sociales.

    El pasado adquiere estatuto sagrado y deviene paradigmático para las conductas individuales y sociales, ya que lo que en él se hizo es considerado como una verdad intemporal y eterna, que se debe repetir de una forma ritualizada. Estamos ante una tradición mixtificada y mixtificante, reelaborada por las clases dominantes e impuesta como un re f e rente simbólico, perfectamente encajado en los rasgos neoconservadores del nuevo orden social.

    Tradición que, para los defensores del proyecto regional neo-tradicionalista “cántabro” y sus “intelectuales tradicionales”, es pura e inmutable en las esencias (la tierra, el pueblo, los ritos y costumbres, etc.; históricamente descontextualizados y mitificados en sus estructuras, expresiones y representaciones simbólicas)...

    Dicha visión estereotipada de la realidad histórico-antropológica de “Cantabria”, resulta sumamente útil para la elaboración de todo tipo de discursos victimistas y esencialistas.

    Sobre ella, se sostiene el mito agrarista de una sociedad “cántabra” campesina (hecho paradójico en un tiempo de crisis y liquidación intensiva de los fundamentos agrarios del mundo rural tradicional)...

    El antropólogo y, por extensión todo investigador social, no encontrará en la Cantabria actual ninguna comunidad campesina aislada y en estado de hibernación histórica. Por el contrario, descubrirá sociedades que, sobremanera a lo largo del presente siglo, se hallan inmersas en una paulatina liquidación de sus rasgos y fundamentos tradicionales, por el impacto de una progresiva urbanización de los espacios rurales ...
    Última edición por ALACRAN; 14/10/2011 a las 16:45

  3. #3
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    Re: La invención de la conciencia regionalista santanderina: "Cantabria"

    2. LA PRIMIGENIA BÚSQUEDA DE UNA IDENTIDAD INCIERTA

    Algunos sectores de la sociedad “cántabra”, empeñados en la operación de rescate identitario, queriendo ignorar lo anteriormente expuesto, se obstinan en considerar la actual conciencia regional, cualesquiera que sea su intensidad, como un hecho histórico realmente existente, y legitimable, con anterioridad a la Transición política.
    Para ello incurren, una y otra vez, en un juego de astucias consistente en retrotraer caprichosamente el sentimiento de pertenencia a distintas épocas de la historia, según convenga a sus delirios historicistas.

    Cuando analizamos la historia con un mínimo de rigor, nos damos cuenta que “Cantabria”, al igual que sucedió en buena parte de las restantes regiones que conforman el mapa autonómico del Estado español, inició su cimentación identitaria en paralelo al proceso re-situador de las élites subnacionales que, aprovechando el concreto momento histórico del tránsito democrático y de los cambios socioculturales, propiciaron, impulsaron y desarrollaron, dentro del conjunto de la sociedad cántabra, la invención de una identidad social, al servicio de la defensa corporativa de sus intereses políticos, económicos y culturales.

    Ahora sí, y no hace siglos como pretenden los más fervientes rastreado res de las ancestrales esencias del “cantabrismo”, con claras posibilidades de arraigar entre amplios sectores de la población y constituir el sostén de un sentimiento regionalista diferencial. Socialmente sustentado en nuevos mecanismos de adscripción particularista; y políticamente articulado, y legitimado, al amparo de la nueva realidad histórica del país.

    Los análisis histórico-antropológicos más rigurosos, y con mayor fuerza evidencial, descartan la existencia histórica de una conciencia identitaria entre los habitantes de “Cantabria” y de su consiguiente expresión a través de un regionalismo político.

    En su defecto, tan sólo se reconoce una modalidad histórica de “particularismo centrípeto” ... localizado en unos concretos estratos sociales decimonónicos y edificado sobre interpretaciones tradicionalistas de la historia y de las narrativas literarias, provenientes del costumbrismo inmovilista al uso, tan fascinado por el mundo agrícola del “paraíso” pre-industrial.

    Particularismo éste, por otra parte, claramente ligado a los intereses económicos de la burguesía “castellanista”, que lo concibió centrípeto en homología a la centro-dependencia de sus intereses comerciales. Esta actitud histórica, de subordinación vinculante de la burguesía mercantil santanderina, afirmada en su “liberalismo
    instrumental” y estrechamente unida, en sus intereses estratégicos del momento, a los sectores ostentadores del poder central, fue la que hizo inviable (tal vez quepa decir innecesaria para la defensa de sus privilegios), a finales del siglo XIX y durante el primer tercio del XX, la creación y vertebración histórica, social y política de una identidad (regionalista-nacionalista).

    Lo que hoy denominamos “Cantabria” sólo logró alcanzar su actual proceso de integración territorial político-administrativa en el siglo XIX, con la creación de la Provincia de Santander (1833), como producto final de “una doble iniciativa. La que proviniendo de los Nueve Valles formó en 1778 la Provincia de Cantabria, y la que partiendo de la iniciativa de la Corona cristalizó en 1801 en la llamada Provincia Marítima de Santander.

    Una y otra fueron expresión de dos modos de concebir la integración territorial, bajo el impulso doble y antagónico de la Corona y de las oligarquías locales. Ambas fueron, al mismo tiempo, la manifestación de dos corrientes de interpretación de lo regional que, desde fines del siglo XVIII y a lo largo del siguiente, representaron dos modos de percibir la región: la que se asentó sobre los intereses de la burguesía mercantil santanderina, y los del interior de la Montaña, con mayor arraigo en la tradición montañesa.

    De ellas arranca gran parte de las interpretaciones que consolidaron una imagen distorsionada de la región a partir de los dualismos: (Costa/Montaña; Santander/La Montaña; ciudad/campo)”. Dicha bipolaridad, construida sobre modelos diferenciales de articulación interna, de carácter económico y socio-político, y, al tiempo, históricamente subordinada al mantenimiento de la integración del conjunto de la Provincia de Santander en la región de Castilla la Vieja, por imperativo de la burguesía mercantil santanderina decimonónica, forma parte de una realidad histórica insoslayable que prolonga los efectos de su permanencia hasta nuestros días.

    “Cantabria” mantiene aún esta antigua escisión de su realidad socio-territorial, que ha conformado una dualidad identitaria, en pugna permanente. Históricamente encontramos, por una parte, la visión más conservadora, ligada a la tierra y sustentada por la nobleza propietaria, el clero rural y los campesinos, que construyeron su topos comunitario supra-familiar en torno al espacio eclesial ... Y por otra, la asentada en el espacio urbano de las ciudades costeras (que surgieron del desarrollo de las primigenias villas medievales), ligada a unas élites instruidas liberales, sustentadoras y administradoras del poder que, en el momento de la integración territorial de “Cantabria”, estaban representadas por la burguesía mercantil y sus actividades comerciales.

    Nos hallamos, pues, ante dos modalidades, históricamente divergentes, de ser y percibir(se) “cántabro” que todavía conservan cierto vigor: la correspondiente a la tradición (cultura oral-popular), desarrollada en la subárea interior y la del liberalismo (cultura escrita de adscripción burguesa), propia del ámbito costero .

    “ Tradición” y “modernidad”, reclamándose, igualmente, como la auténtica manera del ser y del sentirse “cántabro”. Simbólicamente diferenciadas en una percepción de la realidad que corresponde a dos puntos de vista: el modelo liberal, interesado en la introducción de reformas en el proyecto centralista de Estado español, y el modelo de la tradición, partidario del mantenimiento del viejo orden. Ambos, sin embargo, coincidentes, por razones instrumentales e ideológicas, en la común defensa de un “particularismo centrípeto”, impuesto por la propia dinámica de los intereses de la burguesía santanderina...
    Última edición por ALACRAN; 14/10/2011 a las 22:55

  4. #4
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    Re: La invención de la conciencia regionalista santanderina: "Cantabria"

    3. LA CAVERNA ÉTNICA COMO REPRESENTACIÓN COLECTIVA

    En “Cantabria” la presente búsqueda de rasgos demarcadores de identidad, que aún se
    halla en fase de formación y acuñación de un capital socio-simbólico (signos, símbolos, representaciones, organizaciones, etc.), se encuentra afectada por la dialéctica “tradición/modernidad” y por el correspondiente sistema de anclajes/desanclajes que conllevan ambas maneras de entender la organización social de la tradición y de afrontar las consecuencias de la modernidad. No obstante, son las fuerzas centrifuguistas (de lealtad local, opuestas a las centripetistas, de lealtad centralista) las que están orientando el proceso de regionalización de “Cantabria”...

    Si nos preguntamos ¿cómo se produjo la actual invención de la tradición cántabra?, la respuesta necesariamente ha de ser: creando, organizando y difundiendo entre la ciudadanía un corpus ideológico, amalgamado de visiones etnicistas que utilizan y manipulan la historia como arma política al servicio de una mitografía instauradora, de carácter performativo y esencialista, con la que se pretende dar sentido, y significación, a un imaginario colectivo que se define metafísicamente e ignora el hecho multicultural, a la hora de fijar el contenido de la conciencia regional y los patrones normativos de lo que se considera la auténtica manera de ser “cántabro”: “cantabrismo” .

    Dado el carácter difuso de la identidad “cántabra” y la fragilidad discursiva de sus raíces históricas, las perspectivas construccionistas de su regionalismo se han visto obligadas a desarrollar una intensa búsqueda de esquemas interpretativos con los que poder crear marcos de referencia y de movilización identitaria. Para ello, se ha recurrido a una “mitología retrospectiva”, expresada en un mitologema o conjunto de representaciones (imágenes y símbolos) amalgamadas en un todo que, mediante la abstracción de los condicionamientos históricos, soslaya lo negativo y destaca lo positivo, convirtiendo, al tiempo, lo social en natural.

    La vigencia del mito histórico requiere que éste sea arropado por una conveniente funcionalidad: comunicar y contribuir a la satisfacción de las necesidades históricas de una determinada representación colectiva.

    En este sentido es preciso que el mitologema opere como una narración fundante, con tres finalidades básicas:
    1) Mantener, en el ámbito de la memoria colectiva, determinadas formas de solidaridad social y de cohesión grupal.
    2) Legitimar, con referencias forzadas a un tiempo inmemorial, las actuales instituciones sociales y las tradicionales normas de conducta de un pueblo.
    3) Crear demarcadores simbólico-ideacionales que nos remiten a una estructura social preexistente (en ocasiones también premoderna) y a una ritualidad institucionalizadora que, a través del poder normativo de la tradición, se constituye en una astucia política orientada a reimprimir, en la sociedad postradicional, lecturas neotradicionalistas afirmativas del pasado, concebido como modelo ideal a imitar por la presente organización social.

    Veamos, en el caso paradigmático de “Cantabria”, cuál es el principal mitologema de referencia utilizado por los diferentes sectores regionalistas/nacionalistas como signo diacrítico de diferenciación étnica, sobre el cual quiere vertebrarse la legitimación historicista de la autonomía regional:

    1) La primitiva etnia "cántabra" formaba parte de una nación indómita, invicta e independiente, dotada de fronteras propias y de unidad política con conciencia “superior” de nacionalidad.
    2) "Cantabria" fue patria de Don Pelayo y capital de la Reconquista; creadora de Castilla y del idioma castellano; raíz de España y origen de su Monarquía.
    3) "Cantabria", ya en el siglo VII, se hallaba configurada, administrativamente, en forma de Provincia, bajo dominación ducal.
    4) "Cantabria", a lo largo de su historia, ha contado con instituciones autónomas, democráticas y asamblearias (behetrías y concejos abiertos ) en las que sus habitantes, miembros modélicos de unas comunidades armónicas, decidían sobre sus modos de vida y disfrutaban, secularmente, de la privilegiada condición que les otorgaba su inveterada hidalguía universal.
    5) "Cantabria" siempre ha poseído una cultura propia y ha mantenido su independencia respecto a la región castellana, valiéndose de instituciones de integración político- territorial propias.
    6) Existe una continuidad histórica, sin rupturas, entre las instituciones tradicionales y las modernas, cuyo eje socio-genético sería el siguiente: Provincia de Nueve Valles ( 1544-1581) - Provincia de Cantabria ( 1778 ) -Provincia Marítima de Santander (1801) - Provincia de Santander ( 1833 ) -Comunidad Autónoma de Cantabria (1981).

    Llegado este momento, conviene recordar que la historia constituye una poderosa reserva de hechos siempre a disposición del discurso regionalista/nacionalista, facilitándole la necesaria coartada para autentificar la producción y difusión del relato identitario...

    De este modo, el mito impone su realidad, al presentarse como un factor de legitimación, un sistema de valores tomados por hechos. Ahora bien, si nos atuviésemos a la lógica de la historia empírica, estableciendo una distancia analítica, veríamos cómo el mito se desvanece y también cómo deforma el objeto al que se refiere, a la vez que otorga a lo deformado un rango de verdad. En este sentido se puede afirmar que el mito es la expresión de una conciencia objetivamente falsa, aunque no lo sea subjetivamente.

    Los elementos del mitologema, considerados atributos orgánico-naturalistas, en este caso de la región “cántabra”, articulan las claves genético-estructurales de una buena parte del actual proceso social de su construcción identitaria. En el plano de su estructura semiológica cabrían destacarse: la etnia, el territorio, la cultura autóctona y la propia historicidad, como factores que conforman el repertorio de la semantización de base de la dinámica regionalizante, donde la forma lexical "Cantabria" es la palabra llave, o referente principal, de los diferentes campos semántico-conceptuales que vertebran los distintos discursos “cantabristas”.

    - La etnia, concebida, desde la lectura culturalista y primordialista dominante, como algo secularmente preestablecido, se nos presenta con la máscara de una realidad perenne, sustancializada y contenida en el soporte infraestructural del territorio, en tanto espacio propio de la etnia que se concibe autónoma y autosuficiente. De esta manera, el locus (espacio del espíritu del pueblo) se convierte en demarcador simbólico de una identidad étnica que delimita unas determinadas fronteras caractereológicas de la “cantabridad”.

    - El territorio, que, por otro lado, representa una evidente realidad material, sufre, así, un proceso de sobresignificación incuestionable que se retrotrae hasta los orígenes mismos de una etnicidad indómita, que, algunos fundamentalistas (inmunes al desaliento), una vez establecida la relación sintagmática “Cantabria” = etnia, proponen, en su semantización victimista de la comunidad, como un modelo conductal para el presente vindicativo. Modelo sobrecargado de prestigiosas connotaciones, al mostrársenos la tierra “cántabra”, mediante un proceso metonímico, como el incólume territorio fundacional de España: su lengua y su Monarquía originaria.

    - Por otro lado, la supuesta cultura autóctona, en su faceta de elemento estructural del proceso etnogenético, aparece como la manifestación última y totalizadora de la etnicidad. Y, al igual que la etnia, es objeto de una sobredeterminación que la transfigura en una forma naturalizada, anterior a cualquier organización política.

    La exaltación de la existencia de una pretendida cultura propia cumple funciones integradoras y de autoidentificación de los consumidores del mito, unidos por iguales lazos primordialistas. Restituye los sentimientos difusos de la colectividad y moviliza las voluntades a favor de la defensa de la etnicidad, concebida como idea-fuerza y persistencia histórica...

    El análisis pormenorizado del anterior menú de falsificaciones históricas, sin duda alguna, desbordaría las dimensiones de este trabajo. No obstante, sí quisiera, con independencia de la plausibilidad social que dicho constructo haya llegado a obtener, llamar la atención sobre algunos de los aspectos más evidentes de este inconsistente repertorio mitográfico. En él, cualquier lector de valía que sepa reconocer la importancia de la razón histórica como limitadora de la credulidad y de la fantasía mítica sobre las sociedades del pasado puede observar cómo la racionalidad histórica se distorsiona y simplifica, encerrándola en el útero matricial de una falsa tradición inventada.

    Estas visiones etno-históricas (lo irreal soñado frente a lo real interpretado) son, en suma, un mecanismo de cohesión social, destinado a provocar una toma de conciencia regionalista/nacionalista entre aquellos sectores de votantes que se sienten, o pueden llegar a sentirse, emocionalmente comprometidos con la estrategia de una religión civil que pretende hacernos ver el pasado, y su orden jerárquico, convertido en futuro.

    De esta manera, se hace un uso manipulador de la historia con una clara voluntad política. Baste, a este respecto, advertir el carácter esencialista del mitologema histórico, puesto de manifiesto en el nulo valor analítico y en la arbitraria utilización a-histórica de las formas lexicales: nación, democracia, hidalguía, independencia, cultura, etc.

    A lo que ha de
    añadirse la absoluta carencia de un mínimo rigor científico en la narración, sin duda fantástica, del pasado "cántabro", entendido éste como un tiempo histórico homogéneo, sin sometimiento alguno al devenir y a una continua dialéctica de cambios, adaptaciones y persistencias.

    En estas representaciones (una manera de lobotomización de la memoria social) se evidencia, de igual modo, la perspectiva estática con la que este tipo de historiografía inmanentista contempla la supuesta realidad dorada de las comunidades rurales tradicionales, ilusamente percibidas como sociedades armónicas sujetas al orden de un microuniverso de reglas inmutables. En definitiva, se está respondiendo a la (creada) necesidad social de una conciencia del pasado colectivo con planteamientos mitohistóricos.

    En este empeño se sustituyen el diagnóstico científico y la crítica cultural por la dimensión apologética y autojustificativa de la ideología regionalista/nacionalista, cuyos sujetos portadores se obstinan en defender y perpetuar unas estructuras de relación social y unos sistemas de creencia y de valor anclados en el contexto de la sociedad tradicional en la que tuvieron su origen.

    Todo lo cual configura el atrezzo de la manipulación discursiva de la supuesta diferencialidad histórica con el objeto de convalidar interpretaciones sesgadas del pasado, utilizándolo para subvertir la complejidad del presente. Se trata del rescate instrumental de un tiempo pretérito mitificado, en respuesta a coyunturas nuevas, mediante la exaltación de situaciones antiguas, cuyo propósito último no es otro que imponer, y arraigar, en el presente una visión mito-histórica del pasado.

    ¿Quiénes son los actores sociales del proceso constructivista de la actual invención de la tradición en "Cantabria"? .... En una fase inicial son los líderes políticos, establecidos en los medios urbanos, los principales encargados de promover intensas movilizaciones a favor de la reivindicación identitaria, con el apoyo de los servicios auxiliares de la intelligentsia descubridora y propagadora de las esencias regionales, que, en un segundo momento, asumirá el liderazgo de la pausada, y pautada, labor de construcción cultural de la región / nacionalidad.

    ¿Cómo han desarrollado estos grupos la puesta en escena de sus narrativas regionalizantes?

    En primer lugar, liberando a ciertas capas de la población de los anteriores marcos cognitivos de referencia y de obediencia centralistas, mediante el acceso al monopolio de los discursos y de las movilizaciones públicas, en favor de la construcción social de un consenso identitario de carácter centrífugo, sobre el cual se van armado los campos de identidad ( protagonistas, antagonistas y audiencias) y los esquemas interpretativos propios de los marcos de referencia ... que soportan los nuevos procesos de atribución de significado y las nuevas construcciones cognitivas de reivindicación, protesta y cohesión social, fundamentadas en la transformación mediática (comunicación persuasiva) de las creencias, identidades y plausibilidades sociales, anteriormente compartidas.

    En segundo lugar, articulando y promoviendo, desde las instituciones autonómicas, redes clientelares (económicas, culturales e ideológicas) en distintos ámbitos de la vida pública (prensa, editoriales, fundaciones e industrias culturales mantenidas con fondos públicos y dedicadas a la política patrimonial, museológica y de conmemoración regionalista) con el fin de obstaculizar la verdadera democratización cultural y potenciar, hasta la desmesura, el crecimiento de los relatos de autoctonía, imponiendo la memoria oficial como memoria colectiva, en detrimento de las modernas formas de trans-regionalización cultural.

    ¿Para qué tan ingente y onerosa construcción identitaria?

    Desde mi perspectiva de análisis
    crítico, tras la mascarada de la defensa a ultranza de un modelo identitario esencialista, generalmente, suele ocultarse el uso instrumental de la tradición, inventada con el objeto de:

    1) Dar curso a los postulados ideológicos y programáticos del proyecto político neotradicionalista, reforzando su hegemonía populista entre la clientela electoral con hábitos de obediencia pasiva.

    2) Falsear la historia para justificar la legitimidad y el papel redentorista de las élites delegadas: los buenos cántabros , fieles al esquema argumental de todo nacionalismo/ regionalismo: paraíso original perdido, decadencia y resurgimiento nacionalista/regionalista.

    3) Obtener, desde el victimismo protestatario, el agravio comparativo y la supuesta humillación colectiva, ventajas fiscales y presupuestarias.

    4) Conservar los poderes y privilegios de las capas etnocráticas que, mediante su reasentamiento en las esferas del poder autonómico, controlan el manejo de los recursos disponibles y su redistribución prebendataria entre las redes del moderno clientelismo de partido.

    5) Reforzar la imagen atávica de un unanimismo idílico de naturaleza comunitarista, doctrinario y coactivo, que contenga los efectos entrópicos del multiculturalismo realmente existente, sin reparar en las consecuencias xenófobas y el deterioro democrático que de ello se derivan.

    6) Imponer una visión del mundo social y una homogeneidad forzosa que niega, y estigmatiza, la memoria disidente del otro (forastero o nativo) y no admite el derecho a la distinción entre las múltiples identidades existentes. Proceso éste en el que se cuenta con la ayuda aliada de la intelligentsia regionalista/nacionalista, formada por auténticos grupos de presión (favoritos, beneficiarios y aduladores) que pugnan por asegurarse el control de las prebendas, materiales y simbólicas, repartidas por el mesogobierno.

    ANTONIO MONTESINO
    Última edición por ALACRAN; 14/10/2011 a las 23:00

  5. #5
    Jose Lepepe está desconectado Miembro graduado
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    Re: La invención de la conciencia regionalista santanderina: "Cantabria"

    Tu quoque, Brute, filii mei! (leer Santander/Cantabria en vez de Brute)

    Bueno, ahora a esperar que empiezen a brotar los sentimientos regionales a nivel de ciudad / villas para destruir de forma brutal a nuestra querida España. Volveremos al los tiempo de piedra cuando las trubus en si formaban nucleos aislados. Vaya futuro.

    De esta forma no necesitamos enemigos exteriores, dado que con los que tenemos en España (los separatistas) nos sobran mas de la cuenta.

    Como es posible todo esto??

  6. #6
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    Re: La invención de la conciencia regionalista santanderina: "Cantabria"

    - España, nuestra patria, es una tierra muy dada a la producción de idiotas, sobre todo en los últimos tiempos. No es que nuestro país haya emprendido una marcha rápida hacia la segregación de regiones hermanas de la patria común, es que se desliza peligrosamente hacia el tribalismo puro y duro. Algo muy parecido lo vimos ya en la I República Española, donde Cartagena se convirtió en cantón independiente y atacó a la Provincia de Murcia.

    Ya hemos contando en este blog más de una vez, como el Régimen emanado de la Constitución de 1.978 se dedicó sobre todo a destruir a Castilla para allanar el camino al separatismo antiespañol. El caso de Cantabria es uno de los más notorios. Resulta que Santander, que es la Cuna de Castilla, que siempre fue el Puerto de Castilla, donde los más viejos títulos nobiliarios castellanos tienen su origen y que jamás ha sido región o entidad política separada de Castilla, se convirtió por obra y gracia de cuatro traidores en autonomía separada. Y digo cuatro traidores porque esta decisión nunca fue sometida a pleibiscito popular (al igual que pasó con Madrid, Castilla La Mancha, Castilla y León o La Rioja) y todo fue fruto como digo de cuatro empresarios malnacidos, sin olvidar la colaboración del nacionalismo vasco (para variar…) y del Congreso de los Diputados.

    Dice la Constitución Española en su Artículo 143.1:
    “En el ejercicio del derecho a la autonomía reconocido en el artículo 2 de la Constitución, las provincias limítrofes con características históricas, culturales y económicas comunes, los territorios insulares y las provincias con entidad regional histórica podrán acceder a su autogobierno y constituirse en Comunidades Autónomas con arreglo a lo previsto en este Título y en los respectivos Estatutos”.

    A la vista de esto, ¿tenía la Provincia de Santader una Cultura o Historia diferentes a la del resto de Castilla?. No. Es más, esta preciosa tierra era reconocida como castellana practicamente ya en el Siglo IX, cuando ya era el Puerto de Castilla. Nadie la denominaba Cantabria y nadie jamás pidió su segregación del tronco común castellano. Pero eso no fue obstáculo alguno para que se recuperara este término sacado de la noche de los tiempos, y Cantabria, cuyos límites geográficos en tiempos de los romanos abarcaba parte de Santander, Burgos, Vizcaya y Asturias, apareciera como región separada y diferenciada de Castilla. ¿Se imagina alguien que a los madrileños se nos hubiera ocurrido borrarnos ese título para reivindicarnos Carpetanos y llamáramos a Madrid Carpetania?. Bueno, quizá con el tiempo y tal cual van las cosas, lo veamos.

    Pero es que hay más. Siendo Santander una provincia limítrofe con Vascongadas y siendo un bocado muy apetecible para el nacionalismo vasco (Arana, indigente mental, no diferenciaba al principio entre cantabros y vascos), era cuestión de tiempo que allí comenzaran a crecer grupos secesionistas, los cantabristas. Los cántabros fueron un pueblo de raíz celta que combatió ferozmente a los romanos hasta el Siglo 19 a.C., en que fueron vencidos, exterminados y los supervivientes distribuidos como esclavos por todo el Imperio. A pesar de ello, los cantabristas se remiten racial y étnicamente a este pueblo.

    Ya tienen un héroe antirromano a la manera de Asterix, Corocotta (algunos historiadores lo tildan de simple bandido de la época), tienen un emblema “propio”, el Lábaro (que también aparece por Asturias y Vascongadas) y tienen una “lengua propia”, el Cantabru, consistente en usar el Castellano cambiando las palabras terminadas en O por la U. Suena ridículo pero funciona, a juzgar por las manadas de indigentes mentales que con bases tan ridículas piden hoy abiertamente la autoderminación y la soberanía para el pueblo cantabro, utilizando como pantalla propagandística tanto Internet como el Fondo Sur del Estadio del Sardinero.

    Y es que todo esto es de locos, si tenemos en cuenta que Cantabria es una de esas autonomías deficitarias que no es capaz ni de sostener por sí misma su red de carreteras y que depende por completo del Estado para poder pagar su Parlamento Regional, sus diputados regionales y todos los funcionarios de esa autonomía (para esto sí hay pasta, para las pensiones no). Por supuesto los cantabristas forman parte de esa extrema izquierda que se dedica a sabotear actos patriotas en la Universidad, que no duda en reprimir por la violencia a cualquier joven que luzca por Santander una bandera española o castellana y que se hermana en acampadas con lo más selecto del separatismo vasco y catalán para regocijo de liendres, piojos y demás parásitos que suelen anidar en los cuerpos humanos carentes de higiene.

    Por fortuna la Historia y los documentos están ahí para dejar claras las cosas. Castilla fué en principio un condado asturleonés, fruto de la prolongación oriental de la Monarquía Asturiana desde La Montaña santanderina. Los primeros habitantes del Norte de Burgos eran esos foramontanos de Santander, de estirpe racial basicamente celta, romana y sobre todo visigoda, que manejaban con la misma habilidad la hazada con la que cultivaban la tierra, que la espada con la que la defendían sus haciendas y las vidas de sus familias. Esos mismos foramontanos que para librarse de los saqueos de vascos y moros, no dudaron en levantar los primeros castillos sobre antíguas fortalezas romanas y cuya tierra años más tarde los mismos sarracenos llamarian Al-Quilá o Al-Quilé, la Tierra de los Castillos, Castilla. Los mismos foramontanos que junto a navarros, vascos, gallegos y leoneses siglos más tarde, repoblarian extensas tierras al Sur de Burgos, recuperadas de los invasores musulmanes y cuyos genes se encuentran hoy repartidos por media España.

    Cantabria es Castilla « Resistencia Castellana

  7. #7
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    Ennego Ximenis está desconectado Miembro graduado
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    Re: La invención de la conciencia regionalista santanderina: "Cantabria"

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    La conciencia o la identidad diferenciadora de los mal llamados Cántabros no es una invención constitucional, lo que si es una invención constitucional es otorgar a esa dualidad diferenciadora de "Castellano" versus "Montañés" unas leyes e instituciones particulares. La denominación tradicional con la que desde la Baja Edad Media se les llama a los Cántabros era "Montañeses". Por ejemplo Gonzalo Fernández de Oviedo, recordando la procedencia de los colonos que acudían a la isla de La Española:

    «…Quanto más que han acá passado diferentes maneras de gentes : porque aunque los que venían eran vasallos de los reyes de España, ¿quién concertará al vizcaíno con el catalán, que son de tan diferentes provincias y lenguas?, ¿cómo se avernán el andaluz con el valenciano, y el de Perpiñán con el cordobés, y el aragonés con el guipuzcoano, y el gallego con el castellano (sospechando que es portugués), y el asturiano e montañés con el navarro?, etc. E assí desta manera, no todos los vasallos de la corona real de España son de conformes costumbres ni semejantes lenguajes…»

    “Por Dios y por España victoriosa de todos sus enemigos SIN PACTOS NI MEDIACIONES”


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