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Tema: Historia del catolicismo en Inglaterra (ss. XIX-XX): Newman, Manning, Wiseman...

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    Re: Historia del catolicismo en Inglaterra (ss. XIX-XX): Newman, Manning, Wiseman...

    6 Mons. Manning. Últimos años de Newman

    Enrique E. Manning forma con Wiseman y Newman la tríada del renaciente catolicismo inglés. Hijo, como Newman, de un banquero londinense y educado como él en un ambiente adverso a la Iglesia romana, sin embargo estaba dotado de una psicología muy distinta.

    Graduado en Oxford, se orientó primero hacia la política y luego se hizo eclesiástico; regentaba una parroquia cuando, en 1845 se afilió al puseyismo, acercándose a los amigos de Newman y contrayendo especial amistad con lord Gladstone. En el año 1851 se decidió a abjurar del anglicanismo, moviéndose a ello por la unidad y la infalibilidad de la Iglesia romana. La unidad, decía, es voluntad de Cristo, que quiso a todos los obispos unidos bajo una cabeza; la infalibilidad es consecuencia necesaria de la presencia del Espíritu Santo y de su oficio perpetuo, que empezó en Pentecostés. La Iglesia anglicana, en cambio, está separada de la Iglesia universal y de la cátedra de Pedro, sujeta a un poder civil sin apelación posible, despojada del sacramento de la penitencia y del sacrificio cotidiano de la Eucaristía, y además sin disciplina, sin unidad en la devoción y en el ritual, sin conveniente educación de los clérigos, sin vida sacerdotal en los obispos y presbíteros, sin influjo en la conciencia popular, sin fe en los misterios e insensible al mundo invisible.

    Partió para Roma, a fin de perfeccionar sus estudios teológicos, y vuelto a su patria y ordenado de sacerdote, manifestó en seguida sus dotes como hombre de acción y de gobierno. El cardenal Wiseman, que le conocía bien, lo tomó como auxiliar en sus obras de administración y apostolado. Fundó en 1856 una comunidad de sacerdotes seculares, que llamó oblatos de San Carlos, colocados bajo la dependencia del arzobispo y dispuestos a toda labor que se les confiase.

    A la muerte de mons. Wiseman, Pío IX, después de hacer oración, le nombró para la sede arzobispal de Westminster: “Yo -le dijo más tarde- me sentí verdaderamente inspirado al nombraros y creí oír una voz que me decía: Ponle allí, ponle allí”.

    De temperamento contrario al de Newman, no es de extrañar que entre ambos hubiese roces y discrepancias. Newman encauzaba su actividad hacia la vida interior, Manning hacia la exterior. Newman era minimista en sus exigencias con los que se acercaban a la fe católica; Manning solía ir al extremo de la intransigencia. Antes de la definición del Concilio Vaticano, Newman se declaró antioportunista; Manning, infalibilista combativo. El arzobispo de Westminster desconfiaba de la apologética de Newman y en dos ocasiones le prohibió abrir en Oxford una casa del Oratorio.

    Newman se consagró al estudio y en 1870 dio a luz su ensayo de una gramática del asentimiento, en que trata de una manera personal y profunda sobre el acto de fe, refutando las objeciones de la filosofía de su tiempo. Seis años antes nos había dado su mejor libro, obra maestra de la literatura inglesa: Apologia pro vita sua. Respuesta a un escrito titulado ¿Qué quiere decirnos el Dr.Newman? Allí se defiende de las acusaciones de insinceridad, doblez y motivos poco nobles en su conversión, que contra él lanzaban ciertos anglicanos; y juntamente nos descubre toda la grandeza y hermosura de su alma. Para Thureau-Dangin, es “un libro admirable, sin precedentes y casi se diría sin igual, si no existiesen las Confesiones de San Agustín, al que le podemos comparar sin temeridad”.

    Manning, que en el Concilio Vaticano I se señaló entre los campeones de la infalibilidad pontificia, se adelantó a su tiempo, sosteniendo ideas avanzadas en cuestiones sociales y trabajando infatigablemente en defensa del obrero. Pío IX le concedió el capelo cardenalicio en 1875. Tres años más tarde, también Newman, que había paladeado muchas amarguras al no ser comprendido por muchos de sus correligionarios, que le acusaban a Roma de liberalismo y de resabios de la teología protestante, recibió de León XIII la más sincera y pública muestra de estima, de gratitud y de benevolencia, siendo elevado a los honores del cardenalato. Y cuando murió en 1890, quiso solemnemente el cardenal Manning pronunciar su oración fúnebre.
    Última edición por ALACRAN; 26/05/2019 a las 19:52

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