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Tema: Hay “otro” bicentenario

  1. #61
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    Re: Hay “otro” bicentenario

    http://bicentenariodistinto.blogspot...orrompido.html


    Un clero corrompido...



    Ya nos hemos referido al papel primordial que en la difusión de los principios revolucionarios tuvieron los clérigos. Pero volveremos a repetirlo todas las veces que haga falta para derribar el mito de la "revolución católica" en que tanto se empeñan los nacionalismos-católicos americanos.

    Como hemos dicho, no son éstas lecturas de tipo racionalizadas luego de ocurridos los hechos, sino que ya, en su tiempo, los protagonistas pensaron efectivamente que eran los frailes y sacerdotes los principales agentes de la propaganda revolucionaria en medio de un pueblo católico pero poco instruido. En el artículo citado más arriba, copiábamos como epígrafes, dos expresiones que confirman nuestro aserto: "el triunfo o derrota de la Guerra de la Independencia se deberá a lo que hicieron los sacerdotes" (el general realista Goyeneche) y "el triunfo se debe a los curas que siempre han estado de nuestra parte" (el jefe revolucionario Castelli en comunicación a la Junta de Buenos Aires; sí, el mismo que protagonizó misas negras y blasfemias en el Alto Perú). Y, de un tiempo posterior, es la afirmación del realista Pezuela, luego de Vilcapugio: "el espíritu revolucionario se ha formado principalmente por los perniciosos ejemplos e influjos del clero de esta parte de América".

    Para entender el grado de corrupción doctrinal de estos clérigos revolucionarios nada mejor que el siguiente texto:

    El derecho que yo promuevo no es el de los incas, dueños naturales del país: sus cenizas, sí, deben sernos respetables, y su desgraciada suerte armarnos siempre contra la tiranía y el despotismo. La causa que yo defiendo es la de todos los hombres: aquellos derechos, digo, imprescindibles e inalienables que a nadie le es permitido renunciar. Hacía mucho tiempo que hollados éstos por el gobierno español, debía la América haber pegado un grito que… despertase a todos de su letargo.
    -- Pbro. Miguel Calixto del Corro, “Oración patriótica… en la iglesia catedral de Córdoba” del 25/V/1813.

    Son claramente los principios de la Revolución Francesa, aunque se lo quiera disfrazar de Suárez, Vitoria o la escuela de Salamanca.




    http://bicentenariodistinto.blogspot...-o-agente.html

    Diego Paroissien: ¿Patriota o agente británico?







    Su nombre real era James Paroissien. Nació en 1783 en Barking, condado de Essex, Inglaterra. Descendía de una familia de refugiados franceses calvinistas, “hugonotes”.


    Entrenado como médico, aunque no se graduó, se especializó en la cirugía y en el estudio de la química. Al recibir noticias de la invasión británica de Buenos Aires de 1806, decidió embarcarse con este destino para probar mejor suerte. Dado que aquélla había sido reconquistada por Liniers, desembarcó directamente en Montevideo, ocupada por Whitelocke, donde pasó el año ocupado en actividades comerciales y asistiendo a los invasores británicos.


    En enero de 1808 partió con destino a Río de Janeiro, centro de la actividad británica en América del Sur en aquel tiempo. Allí, vinculado al porteño traidor Saturnino Rodríguez Peña (el que había liberado a Beresford de su prisión porteña), se vio involucrado en el proyecto del Foreign Office para independizar el Virreinato del Río de la Plata, coronando a la infanta Carlota Joaquina.


    Regresa al Río de la Plata, llevando correspondencia cifrada para coordinar el proyecto “carlotista”, pero es detenido y acusado de alta traición en Montevideo. Su condición de ciudadano británico en plenas guerras napoleónicas, condición que no tardó en recordar a las autoridades, le salvó la vida. Durante los próximos 18 meses, estuvo prisionero en Montevideo y, luego, en Buenos Aires. Finalmente, Juan José Castelli —futuro “prócer” de la Revolución de Mayo— se encargó de su defensa.


    Y fue, justamente, la Revolución de Mayo de 1810 la que le salvó. Puesto que, poco después del 25 de mayo, recuperó la libertad.


    Paroissien acompañó a Castelli y a Nicolás Rodríguez Peña (hermano de Saturnino y también conspirador a favor de los invasores británicos en 1806 y 1807) en la expedición “libertadora” (punitiva, en realidad) al Alto Perú. Iba en su doble carácter de médico y agente británico. Estuvo presente en la batalla de Huaqui, donde se desempeñó, no sólo como cirujano y director de servicios hospitalarios, sino también como ayudante de uno de los comandantes de división.


    Luego asistió a Pueyrredón en la “evacuación” de Potosí; evacuación que, en realidad, consistió en el saqueo del tesoro real. Pueyrredón “pagó” los servicios de Paroissien, recomendando al llamado Primer Triunvirato, el otorgamiento de la ciudadanía para el agente inglés, convirtiéndose así en el primer argentino naturalizado de la historia; acto luego confirmado entusiastamente por la masónica Asamblea del Año XIII.


    Permaneció, cumpliendo su triple tarea de médico, comerciante y agente del Foreign Office, en el Ejército del Norte. Cuando se estableció en Córdoba la fábrica de pólvora, Paroissien, gracias a sus conocimientos de química y sus contactos, fue designado su director. Tres años estuvo al frente de las fabricaciones militares, entre 1812 y 1815, y se implicó en el plan de San Martín, especialmente durante la convalecencia de este último en la ciudad mediterránea durante el año ’14, convalecencia que, si creemos a José María Paz, fue “un mero pretexto”.


    Una oportuna explosión en abril del ’15, cerró la fábrica y, mientras el gobierno local estudiaba los hechos, Parissien se escapó a Buenos Aires. En septiembre del año siguiente, en Mendoza, se suma a San Martín. Allí, “el Libertador” lo designó cirujano jefe y responsable de los servicios médicos del Ejército de los Andes.


    Estuvo presente en la batalla de Chacabuco, como edecán y consejero del Gral. Soler. Durante su estadía en Chile, tuvo un ruidoso conflicto con Michel Brayer, ex general napoleónico al servicio de la causa “patriota”.


    Atendió personalmente a O’Higgins de sus heridas, tras la derrota de Cancha Rayada. Y fue quien envió a éste la noticia de la victoria de San Martín en Maipú.


    Por sus “servicios”, San Martín le otorgó un extensísimo terreno en Mendoza, además de una medalla de oro y la promoción al grado de coronel. Junto a éste, se embarcó rumbo al Perú en agosto del ’20.


    Fue uno de los que participó en la entrevista de San Martín con el general realista José de la Serna, donde se discutió la posibilidad de establecer una monarquía peruana independiente y liberal.


    A fines del ’21 fue enviado, junto a Juan García del Río, en una misión secreta a Europa con el fin de lograr el reconocimiento de las independencias de América del Sur por parte de Gran Bretaña y sus aliados, y, sobre todo, encontrar un príncipe que quisiese “la corona” ideada por San Martín.


    La renuncia (forzada) del “Libertador” argentino los encontró recién dando inicio a su misión. Y, a pesar de carecer de autorización del nuevo gobierno, siguieron por un tiempo en actividad diplomática. En casa de su sobrino en Londres alojó a San Martín recién exiliado.


    Regresó al Perú y, a las órdenes de Bolívar, acompañó al Gral. Sucre en su invasión del Alto Perú. Pero ni corto ni perezoso, Paroissien se involucró en diversos proyectos de minería propiciados por empresas británicas. La británica Asociación de Minería de Potosí, La Paz y Perú lo designó director de sus minas potosinas en abril de 1825.


    Cuando regresó a América del Sur, la novel República de Bolivia le confirma el cargo. Pero diversas vicisitudes, llevan la compañía a la quiebra en el ’26. Y, al año siguiente, con su salud quebrantada, viajando en mar, cerca de Valparaíso con destino a Inglaterra, lo encuentra la muerte.


    El boletín de la Essex Record Office de junio de 2010 notificó la catalogación de documentos pertenecientes a James Paroissien que habían estado en poder de su familia. El título del registro dice: “Surgeon, soldier, statesman, spy: The life of James Paroissien (1784-1827)” [Cirujano, soldado, estadista, espía (sic): La vida de James Paroissien (1784-1827)].
    El Tercio de Lima dio el Víctor.

  2. #62
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    Re: Hay “otro” bicentenario

    http://www.diariodecadiz.es/article/cadiz2012/851514/america/mas/historia/se/ensena/mitologia.html

    "En América, más que historia se enseña mitología"


    El embajador de Nicaragua sostiene en Cádiz que los procesos independentistas posteriores al Doce "son la raíz de las desigualdades y el atraso en Latinoamérica"

    El embajador de Nicaragua en España, Augusto Zamora, participó ayer en la Semana Constitucional organizada por el Ayuntamiento, pronunciando la conferencia 'Latinoamérica, 200 años después'. El diplomático desmitificó los procesos independentistas y reconoció que el Bicentenario de Cádiz se ve en América como "algo lejano".

    -¿Qué puede usted contar de Latinoamérica 200 años después?

    -Latinoamérica, a excepción del África subsahariana, es la región más atrasada del mundo. Me pregunté las causas mientras estados de reciente independencia como Corea, Singapur o Tailandia han alcanzado en sólo 40 años niveles de desarrollo comparables con las economías más avanzadas. Y en mis investigaciones fui a parar al periodo de las independencias y me encontré con que ahí está la raíz de muchos de los males que aún hoy siguen lastrando el desarrollo latinoamericano. Es una visión del pasado, para entender el presente y avanzar al futuro. Porque fenómenos tales como la tenencia de la tierra, la nunca realizada revolución agraria o la ausencia de desarrollo científico-técnico encuentran su explicación en el periodo de la independencia y lo que ocurrió en la década subsiguiente.

    -Usted ha señalado en más de una ocasión que es un mito que las independencias americanas liberaran a los pueblos de sus opresores.

    -Es una absoluta falacia que no se sostiene en investigaciones históricas. Para las poblaciones indígenas la independencia fue una auténtica tragedia, porque guste o no, las leyes de Indias desarrollaron un primer sistema de derechos humanos en que a estos pueblos se le reconocieron territorios, idiomas, derechos a vivir bajo sus culturas y hasta los evangelizadores tenían que aprender las lenguas de estos pueblos. Todo eso fue desbaratado por las oligarquías que tomaron el poder. Al destruirse esas leyes, los indígenas quedaron desamparados y los terratenientes se lanzaron sobre sus tierras, antes protegidas por la corona. Ahora, en América latina, encontramos una gran paradoja: los pueblos indígenas andan buscando las cédulas reales que les reconocían sus territorios. Esta es la demostración más palpable de que las leyes de Indias fueron un sistema mejor para los indígenas que lo que vino después de la independencia. Por otra parte, las oligarquías, profundamente reaccionarias, establecieron un sistema de estado en el que la riqueza era todo para ellos y nada para los pobres. Ese es el origen de la desigualdad que hoy tenemos en Latinoamérica.

    -¿Dónde dejamos entonces a los libertadores y sus leyendas?

    -El problema es que los llamados libertadores han sido deificados y tocarlos es un sacrilegio en muchos países. Pero como en Nicaragua no hubo libertador, yo no tengo la cárcel mental de tener que reverenciar a nadie. Esa visión es lo que me permite ver lo que en otros países se consideraría una herejía o acto de traición. Por lo tanto, nadie se atreve a tocarlos. Como ejemplo, en Méjico se reverencia a Hidalgo y Morelos como libertadores. Es falso. Ellos encabezaron un movimiento popular aplastado por Iturbide. Ellos fueron ejecutados. En 1818 el movimiento independentista en Méjico había desaparecido. Y quien proclama la independencia es el mismo hombre que aplastó el movimiento de independencia, Agustín de Iturbide. Pero en Méjico no hay monumento a este hombre. Les da vergüenza porque Iturbide era realista, borbónico, ultramontano y ultrarreacionario. Por ese digo que América, más que historia se enseña mitología.

    -¿Cómo se ve en Nicaragua la celebración del bicentenario de las Constitución de 1812?.

    -Tanto en Nicaragua como en bastantes países americanos se ve como algo lejano porque se borró el periodo colonial después de la independencia. Allí se aprende la conquista y la independencia, y es muy poca gente la que conoce realmente qué pasó en Cádiz y que aquí vinieron diputados nicaragüenses. Una de las tareas necesarias es un proceso de reconocimiento de la historia fuera de mitos buenos y de mitos malos. Hay una parálisis histórica en Nicaragua y si para algo sirve el bicentenario es para reconocernos.

    -¿Qué opinión le merece la polémica de la desclasificación de los documentos del gobierno de Estados Unidos filtrados por la web Wikileaks?

    -En la cuestión política, las relaciones entre estados no se guían por estas polémicas. Para nada. Los intereses de los países siguen siendo los mismos y las relaciones con Estados Unidos no van a cambiar. En lo histórico, es una delicia para los historiadores porque no se van a matar esperando años a que desclasifiquen los documentos porque ya están ahí. En términos de anecdotario es otra delicia. Pero esto conviene desmitificarlo porque los informes que hace una embajada de un país tienen que responder a los intereses de ese país y expresar su opinión sobre la situación del mismo, independientemente de que pueda gustar o no al gobierno. De lo contrario, nos salimos de la diplomacia y la política para entrar en puro campo de cortesías y memeces donde uno se tiene que abstener de que en un momento dado está ocurriendo algo. Ese es el trabajo de las embajadas.

    -¿Se va a ver afectada con este escándalo la opinión que los países latinoamericanos tienen de Estados Unidos?

    -No, sobre todo porque para Latinoamérica cada vez es más importante lo que opina China que lo que dice Estados Unidos. Todo nuestro crecimiento económico y gran parte de nuestro futuro está en Asia. Y eso no lo cambia nada.





    Una sangrienta Navidad en Pasto a manos del ‘Abel’ americano. « coterraneus – el blog de Francisco Núñez Proaño




    Conversando hace un tiempo con un académico colombiano (miembro de la Academia Nariñense de Historia y miembro correspondiente de la Academia Nacional de Historia del Ecuador) me decía que a Sucre por este salvaje episodio más se lo debería conocer como el Caín de América, antes que el ‘Abel’ como el romanticismo mitológico lo ha llamado: ESPANTOSO GENOCIDIO EN PASTO[1]

    La Navidad negra.-Diciembre de 1822

    Fuente de la imagen: Amnesia: Pastusos asesinados por Simón Bolivar

    El tremendo odio que el Libertador Simón Bolívar sentía contra la ciudad de Pasto y sus moradores, por el apoyo a España, se desencadenó en la navidad de 1822, cuando las tropas patriotas, al mando de Antonio José de Sucre, se tomaron la ciudad y protagonizaron uno de los más horripilantes episodios de la guerra de la Independencia. Fue una verdadera orgía de muerte y violencia desatada, en la que hombres, mujeres y niños fueron exterminados, en medio de los más incalificables abusos. Este hecho manchó sin duda alguna, la reputación de Sucre, quien de manera inexplicable permitió que la soldadesca se desbordara, sin ninguna clase de control. Fue una navidad negra, cuyos detalles presentamos en las líneas siguientes: Lamentablemente siempre la historia de Colombia ha estado ligada a la violencia. Ese es un hecho irrefutable que se vive hasta nuestros días, donde como todos sabemos guerrilla, paramilitares y otros grupos al margen de la ley, son causa de muerte, destrucción y secuestros. Cómo olvidar la época de la violencia de la década del 50 del siglo pasado en nuestro país, cuando los enfrentamientos bipartidistas entre liberales y conservadores, dieron lugar a que los campos colombianos se bañaran en sangre de miles de personas, en una masacre que parecía no tener fin. Bandoleros, como se les conocía en esa época, de estremecedores apodos como “Sangrenegra”, “Desquite” y otros, fueron responsables de matanzas que, aún transcurrido más de medio siglo, no se olvidan por su barbarie y crueldad extremas. Palabras como el “corte de franela” que no era más que un infame degollamiento de las víctimas, o el “corte de corbata”, donde a los asesinados se les sacaba la lengua por el cuello cortado, aun causan terror. Fue una violencia aterradora, espantosa, descrita en muchas publicaciones como el famoso “Viento Seco” de Daniel Caicedo” o el “Libro Negro de la Violencia en Colombia”, con sus fotografías de pesadilla en las que se muestran muertos degollados o despedazados a machete, en piadoso blanco y negro, puesto que en esos años, la fotografía a color apenas daba sus primeros pasos en nuestro medio. Se trata de una violencia salvaje que en los últimos años se ha repetido en nuestro país con las acciones que han tenido como marco el enfrentamiento entre la guerrilla y los grupos de autodefensas. Personas despedazadas vivas mediante la utilización de sierras o lanzadas como alimento para caimanes y aves, hacen parte de las confesiones de numerosos integrantes de las llamadas autodefensas, que de esta manera no sólo revivieron los tenebrosos años del bandolerismo, sino que los superaron en maldad y exceso. Pero estoy seguro que, a pesar de las crueldades sin cuento que se han vivido en esas nefastas épocas de la historia de Colombia, nada en el futuro podrá superar la premeditada barbarie que sufrió todo un pueblo situado en la ciudad y comarca de Pasto en diciembre de 1822 en plena guerra de la Independencia. Solo una mente bipolar desequilibrada pudo ordenar unas acciones tan terribles, en contra de un pueblo entero. Con este ataque del ejército patriota a la ciudad, Simón Bolívar demostró una vez más su odio visceral en contra del pueblo pastuso y como instrumento de su sangrienta venganza, utilizó a su paisano, el General Antonio José de Sucre, el oficial de sus mayores afectos, quien, de manera inexplicable, permitió a los soldados a su mando el perpetrar toda clase de iniquidades, como jamás se habían visto. Podría decirse que la saña con la que llegó el ejército republicano era producto de la corajuda guerra que les estaba dando la ciudad de Pasto y el reciente revés sufrido en Taindala. Pero nada de eso, ni siquiera el anhelo de una liberación continental para las élites “criollas”, justifica la matanza y los abusos cometidos. Horas de horror Trasladémonos en las líneas siguientes al 24 de diciembre de 1822. Sí, es la celebración de la Navidad, pero el pánico reina en Pasto. Ya se tienen noticias del avance del ejército patriota, al mando de Sucre. Se trata de unas tropas en las que vienen nada menos que los batallones Rifles, Bogotá y Vargas, integrados por militares de una gran veteranía, curtidos en toda clase de combates. Como si esto fuera poco, los acompañan los escuadrones de Cazadores Montados, Guías y Dragones de la Guardia, reforzados también con soldados de la vecina Quito. El día anterior, se ha sabido que ese ejército ya ha atravesado el paso del Guáitara, muy mal defendido por las milicias improvisadas que allí quedaron, por lo que el 24 se espera su llegada en cualquier momento. La mayoría de los hombres, informados de la gran superioridad de los enemigos que se acercan y no adictos a la causa realista que suscitaran entonces el oficial español Remigio Boves, Agualongo y otros pocos, prefieren huir a las montañas. Numerosas mujeres y niños buscan refugio en las iglesias. Creen que los enemigos tendrán respeto de esos recintos sagrados, pero se darán cuenta, demasiado tarde, de su terrible equivocación. A pocos minutos de las tres de la tarde, se escucha un grito de espanto: ¡Ya están aquí, ya están aquí! Es cierto. Las tropas patriotas han llegado a la ciudad y luego de su extenso recorrido, aparecen en el atrio de la iglesia de Santiago, frente al antiguo camino de Caracha. El día es triste y frío y el imponente volcán Galeras se encuentra nublado, como no queriendo ser testigo de las iniquidades que en cuestión de minutos van a dar comienzo. Prácticamente no hay resistencia en las barricadas defensivas que se han levantado. El jefe de Pasto, Estanislao Merchancano y su segundo, el comandante, Agustín Agualongo, han huido a las montañas, al darse cuenta que se encuentran en inferioridad de condiciones y que, por lo tanto, en caso de dar batalla seguramente serán hechos prisioneros o muertos. Santiago, el primer derrotado Entonces, en esos momentos de intenso pánico, a alguien se le ocurre decir: ¡Saquemos a Santiago para que nos defienda! Al parecer no queda otra alternativa. Sólo un milagro puede salvar en esos aterradores momentos a Pasto y los aterrorizados moradores se lo piden al apóstol Santiago. Entonces, su imagen es colocada en medio de quienes tratan de rechazar el brutal ataque. Es una imagen increíble: por un lado los patriotas en violenta arremetida, por el otro, unos pocos hombres, con los rostros demudados por el miedo, cuya única arma es una imagen de yeso. Los minutos que siguen demuestran que los milagros no son cosa de todos los días. Santiago no sirve absolutamente para nada. Es más un estorbo, que cae al suelo en medio del fragor del combate, mientras, poco a poco, los atacantes van minando la pocaresistencia para apoderarse definitivamente de la ciudad que tantos dolores de cabeza le ha causado al proceso de emancipación de la Nueva Granada. Dice, a manera de curiosidad, el ilustre historiador Alberto Montezuma Hurtado en su obra “Nariño Tierra y Espíritu”, que no es explicable cómo en aquellas horas aciagas, los pastusos no se hubieran acordado de su patrona, la Virgen de las Mercedes, quien seguramente habría desempeñado un mejor papel en la defensa de la ciudad, como ya lo ha demostrado en otras situaciones en la que Pasto ha estado expuesta a toda clase de peligros. ¡Pesadilla! Los episodios que siguen a continuación son infernales. A pocos metros de la iglesia de Santiago, uno de los soldados le arrebató su hijo de brazos a una desesperada madre. Enloquecida trata de recuperarlo y como una fiera enfurecida se lanza contra el hombre. Pero, otro de los soldados, la degüella de un certero sablazo y su cabeza rueda por la pendiente, con la boca abierta en un grito silencioso. Acto seguido, el soldado que le había quitado el niño, en medio de una carcajada de demente, lanza al infante hacia arriba y lo ensarta en su bayoneta, mientras que la soldadesca lo aplaude. Toda la ciudad de Pasto parece un solo grito de dolor. A sangre y fuego se somete a la población; templos, capillas y conventos cayeron en poder de los atacantes, a excepción del de las Conceptas, que se levantaba donde hoy es la Gobernación de Nariño. Un homicidio espantoso En la catedral de ese año de 1822, hoy iglesia de San Juan, las tropas al mando de Sucre y enviadas por el Libertador Simón Bolívar perpetran un asesinato espantoso, cuya víctima es el sacristán que pasaba de los 80 años de edad. En efecto, las tropas realistas, lo agarran y lo obligan a colocar su cabeza en la pila bautismal. El pobre anciano no puede hacer nada para defenderse de la brutal agresión. Es entonces, cuando uno de los oficiales patriotas Apolinar Morillo posterior asesino confeso de Sucre-, le descarga una mole de adobe. La escena no puede ser más dantesca. La sangre salta por doquier y mancha las paredes de la iglesia. Mientras se perpetra este asesinato incalificable, la soldadesca que ha entrado al templo en sus caballos, enlaza las sagradas imágenes de las vírgenes y de los santos, que acto seguido son despojadas de sus ornamentos y sus riquezas terrenales, en una orgía de muerte, destrucción y pillaje, en medio de los alaridos de las mujeres que están siendo violadas y pasadas a cuchillo y de los gritos de los hombres, que también son degollados. Pero la navidad negra, apenas está comenzando. ¡Tome usted a mi hija! Al darse cuenta de la nula resistencia, los soldados republicanos, convertidos en verdaderos animales, empezaron a ingresar con brutal violencia a las casas, para robar, matar y violar sin pudor alguno a todas las mujeres, aunque estas fueran niñas o ancianas. Los gritos y alaridos de las infortunadas se escuchaban por doquier. Fue entonces, cuando en medio de esa orgía de sexo desenfrenado, muchas madres en su desesperación decidieron sacar a sus hijas a la calle, para entregársela a algún soldado blanco, antes de que un negro la violara. ¡Señor, por favor, tome usted a mi hija! Fue una exclamación que se escuchó muchas veces en ese caos en el que se convirtió la ciudad. Las violaciones fueron múltiples y de acuerdo con las crónicas de la época, todas las mujeres que fueron sorprendidas en Pasto ese 24 de diciembre de 1822, fueron víctimas de vejámenes sexuales, de los cuales no se salvaron las monjas en los conventos. De los robos y abusos cometidos, es de rescatar la opinión del general José María Obando, quien no vacila en criticar los incalificables excesos y responsabiliza de los mismos al general Sucre: “No se sabe cómo pudo caber en un hombre tan moral, humano (?) e ilustrado como el general Sucre la medida altamente impolítica y sobremanera cruel de entregar aquella ciudad a muchos días de saqueo, de asesinatos y de cuanta iniquidad es capaz la licencia armada; las puertas de los domicilios se abrían con la explosión de los fusiles para matar al propietario, al padre, a la esposa, al hermano y hacerse dueño el brutal soldado de las propiedades, de las hijas, de las hermanas, de las esposas; hubo madre que en su despecho salióse a la calle llevando a su hija de la mano para entregarla a un soldado blanco antes de que otro negro dispusiese de su inocencia; los templos llenos de depósitos y de refugiados fueron también asaltados y saqueados; la decencia se resiste a referir tantos actos de inmoralidad…” Increíbles bacanales Realmente, como lo dice el general José María Obando, nunca se sabrá qué pasaba por la mente de Antonio José de Sucre, al permitir tantos desmanes, que él perfectamente pudo evitar. Córdova mismo, alarmado por este gravísimo error político e histórico, le pidió que cesara la matanza y, ante su fuerte insistencia, ordenó Sucre, al tercer día del genocidio, que este Coronel, con el cuerpo que comandaba, desarmara a los enloquecidos y borrachos soldados, en particular a los del “Rifles”, compuesto por venezolanos y mercenarios ingleses. Pasto fue, pues, durante tres días el epicentro de hechos horribles y abusos inimaginables contra su población. En cercanías a la hoy Plaza de Nariño, soldados en avanzado estado de embriaguez seguían abusando sexualmente de las mujeres, sin importar que esto fuera en plena calle. Lo más horrible de todo es que, muchas veces, satisfechos de su bellaquería, los infames soldados, procedían a degollar a las indefensas mujeres. Respecto a los muertos, en las calles se amontonaron por lo menos quinientos cadáveres de hombres, mujeres y niños, la mayoría con el cuello cortado. Al cabo de pocos días y a pesar de la frialdad del clima, la pestilencia fue insoportable, ya que nadie se atrevía a sepultar los cadáveres por el riesgo de convertirse en uno de ellos, en una ciudad en donde la soldadesca hacía lo que le daba la gana. Tanto así que ni siquiera los templos de Santiago, San Juan, San Andrés, Taminanguito y San Sebastián, sirvieron de protección a quienes se refugiaron en ellos convirtiéndose en escenario de crímenes horrorosos, que parecieran ser cometidos por brutales dementes. Destrucción cultural Aparte de la terrible matanza y los escabrosos hechos que rodearon el vil ataque a Pasto por parte de las tropas republicanas, la ciudad sufrió a su vez un irreparable daño cultural y económico, como lo dice José Rafael Sañudo: “Se entregaron los republicanos a un saqueo por tres días, y asesinatos de indefensos, robos y otros desmanes hasta el extremo de destruir, como bárbaros al fin, los archivos públicos y los libros parroquiales, cegando así tan importantes fuentes históricas. La matanza de hombres, mujeres y niños se hizo aunque se acogían a las iglesias y las calles quedaron cubiertas con los cadáveres de los habitantes, de modo que “el tiempo de los Rifles”, es frase que ha quedado en Pasto para significar una cruenta catástrofe”. Tesoros escondidos De esa nefasta navidad de 1822, han quedado para la posteridad muchas historias, que hoy, 187 años después, obviamente no han perdido vigencia en Pasto. Por ejemplo, es una realidad que, al darse cuenta de la llegada del ejército patriota, fueron muchos quienes, de manera desesperada, escondieron sus pertenencias de valor en patios y paredes, con la esperanza de volver algún día por ellas. Al respecto, son informaciones conocidas que numerosos entierros han sido descubiertos en viejas viviendas o en patios y, por lo que se sabe, una gran cantidad de tesoros todavía esperan ser descubiertos en la hoy capital de Nariño. Por mi parte, estoy plenamente convencido de esto puesto que en Pasto, en la época de los acontecimientos que estamos relatando, había personas que poseían grandes fortunas, especialmente en monedas de oro. Finalmente, como epílogo de los trágicos acontecimientos de esa navidad de 1822, hay que decir que, por culpa de lo sucedido en esa fecha, la guerra de Independencia se prolongó por dos años más con todas sus trágicas consecuencias en lo humano y en lo económico. Ese diciembre no hubo celebración de navidad, ni villancicos, a consecuencia de la más espantosa tragedia que haya afrontado la ciudad de Pasto en su historia. Producto, de acuerdo con todos los antecedentes descritos, de una mente bipolar, como la del Libertador Simón Bolívar, quien encontró en su paisano Antonio José de Sucre un inesperado cómplice para que se perpetrara la matanza y abusos contra la población pastusa. Además, los documentos quemados fueron la causa para que se perdiera la memoria de la región, la cual ardió en las hogueras de la violencia y la barbarie. Por Isidoro Medina Patiño Un enlace relacionado: Pastusos asesinados por Simón Bolivar

    [1] Extraído de Medina Patiño, Isidoro, Bolívar, genocida o genio bipolar, Imp. Visión Creativa, Pasto, 2009, págs. 69 y sigs.
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  3. #63
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    Re: Hay “otro” bicentenario

    http://bicentenariodistinto.blogspot.com/2012/02/charles-montague-fabian-uno-de-los.html


    JOSÉ MARTÍ, ¿ AUTORITARIO Y ANEXIONISTA ?



    Foto de Internet

    ¿Martí, anexionista "a la mexicana”?

    Fuente: TIEMPOS DE REFLEXION (Para artículo completo presione el enlace)


    Por Carlos Manuel Estefanía
    Director de la revista "Cuba Nuestra”
    Estocolmo.

    Cuando conocemos los términos en los que Martí, quién trabajó, conspiró y amó en los Estados Unidos, condenó a aquellos que buscaban, todavía a fines del siglo XIX, convertir a Cuba en una estrella más de la bandera estadounidense, no puede dejar de sorprendernos la idea de que el independentista cubano haya podido abogar por alguna variante de la anexión. Sin embargo, esto es lo es lo que ha sugerido en uno de sus artículos, publicado pocos años antes de morir, Manuel Moreno Fraginals. Se trata del historiador más importante de aquellos con los que contó la "Cuba socialista". Fraginals trabajó durante décadas como investigador y profesor de historia en la Cuba de Fidel Castro, marchándose definitivamente del país antes de su deceso. En el año 2000, estando ya fuera de su patria, publicó una serie de trabajos que indagan en buena medida en los conflictos hispanocubanos del siglo XIX. Entre los trabajos aparece uno, titulado "El anexionismo". Allí aparece el siguiente párrafo:

    "Todavía a fines del Siglo XIX, algunos pensaron, como solución al conflicto cubano, que si no se le podía ganar la guerra a España lo mejor era anexarse a México. Tampoco esta opción prosperó, aunque por los pocos documentos que han quedado se sabe de las conversaciones que a este respecto sostuvo José Martí con el tristemente célebre dictador mexicano Porfirio Díaz hacia fines de aquel siglo.”

    No ha sido Fraginals el primero en abordar el tema de la anexión de Cuba a México, aunque probablemente sí el primero en involucrar a Martí en esta tendencia. Sin ir mas lejos, he encontrado en mi biblioteca personal una vieja referencia al tema, recogida en el libro de Ramiro Guerra, "El camino de la independencia". Se trata en realidad de un estudio centrado en las rivalidades entre Estados Unidos e Inglaterra, derivadas de sus intereses en Cuba. Allí se alude a las pretensiones mexicanas y colombianas sobre la isla caribeña. Se explica que, terminada la guerra contra España en el continente, era natural que la confrontación prosiguiese en el mar. México estaba particularmente interesado en atacar a Cuba, el principal arsenal de España en América y base de operaciones contra ese país. Si la isla era ocupada, tendrían lo mismo México que Colombia una buena presa para negociar el reconocimiento definitivo de la independencia, a cambio de la devolución de la isla. Por eso, los dos países recién independizados planearon el envío de expediciones contra Cuba, a la vez que fomentaban conspiraciones que facilitaran sus planes. Muchos de los revolucionarios cubanos de entonces creyeron ingenuamente en las intenciones libertadoras de los dos nuevos países, pero más tarde descubrieron que los afanes de poner fin a la tiranía española sólo obedecían a los intereses particulares de los estados recién surgidos en tierra firme. Uno de los primeros criollos que reaccionó fue el poeta José María Heredia. El cantor por excelencia de la libertad de Cuba apelaría en una oda a sus compatriotas para que proclamaran la independencia antes de que fuesen liberados por quienes podrían convertirles en "ilotas de América”.

    Heredia, tras su vasta experiencia como político e intelectual cubano emigrado en México, sabía lo que le esperaría a Cuba si caía bajo la égida de su segunda patria. Heredia, al final de su vida y tras amargas vivencias, renunció definitivamente a los afanes independentistas de su juventud, ganándose con ello el rechazo de los separatistas. Paradójicamente, la memoria del poeta encontró con los años su defensor en alguien famoso por sus ideas independentistas: José Martí.

    ¿Cómo es posible que se buscase la anexión de Cuba a México en pleno porfiriato, tal y como nos lo revela Manuel Moreno? ¿No sirve acaso la misma crítica que hiciera Martí a los anexionistas pro yanquis? Para dar respuesta a tales preguntas habría que estudiar las pruebas del anexionismo martiano a las que Moreno Fraginals alude sin dejarnos referencias concretas.

    ¿Cómo dar con esos documentos que supondrían una nueva evaluación de la figura de José Martí?

    Para descubrir la clave acudimos al libro "Cuba mexicana: Historia de una anexión imposible", de Rafael Rojas. Se trata de un voluminoso texto donde se hace una investigación sobre las relaciones entre Cuba y México, desde los tiempos en que la Nueva España y la isla compartían la condición de colonias, hasta la ocupación de la isla por los Estados Unidos en la guerra de 1898. Ahí se abordan los largos periodos de contubernio entre los regímenes mexicanos con el despotismo colonial en la isla. El gobierno de Porfirio Díaz, para la primavera de 1896, propició una campaña en favor de la anexión de Cuba a México. Para ello, se realizó una entrevista entre José Martí y Porfirio Díaz, el primero de agosto de 1894 en Chapultepec. En esa reunión, Martí expuso al dictador mexicano lo que se cree fue el tema de la anexión.

    Se debe recordar que en 1876, el separatista cubano se había referido con duros términos al caudillo mexicano, caracterizándole como "un hombre que se declara por su exclusiva voluntad, señor de hombres". Pero quince años mas tarde, José Martí solicitó el encuentro con el dictador usando todo tipo de lisonjas. Porfirio Díaz escuchó con interés a Martí, mas no le concedió una de sus peticiones: el reconocimiento de beligerancia a los cubanos. En cambió, le otorgó una ayuda pecuniaria de 20,000 pesos.

    Lo que Martí estaba procurando era conjurar el peligro de la anexión de Cuba a los Estados Unidos. Martí, quien sin dudas fue un genio político, bien pudo haber intuido en 1894 lo que terminó aconteciendo en 1898: la conversión de Cuba en un protectorado norteamericano. Frente al horror de ver una Cuba anglosajona, este hombre pudo pensar mejor en una Cuba mexicana como un mal menor. Pero para confirmar la hipótesis, tendríamos que conocer, por lo menos, los detalles de lo que hablaron el conspirador Martí y el dictador Díaz en su encuentro de Chapultepec. Lamentablemente, el libro de Rojas nos deja con las ganas.

    ¿Será que existen otras fuentes, no consultadas por Rojas, aquellas a las que ha tenido acceso Moreno Fraginals, llevándole a resultados que significan un auténtico giro en la valoración del pensamiento político de Martí? ¿Se habría, al final de su vida, aquél a quien los cubanos definen por antonomasia como el apóstol de su independencia, convertido en un anexionista más?

    Las respuesta a las interrogantes descansan por el momento bajo tres lápidas mortuorias: la de José Martí, la de Porfirio Díaz y la de Manuel Moreno Fraginals. A ver qué investigador se atreve a levantarlas. La verdad histórica espera.





    C. L. A. M. O. R.: Legiones Británicas en la América del Sur
    Legiones Británicas en la América del Sur

    Merecen una mención particular… las Compañías Británicas. A las que Su Excelencia, el Presidente de la República, les ha concedido la ‘Estrella de los Libertadores’ en premio de su constancia y de su valor.” – Coronel Manuel Manrique, Jefe del Estado Mayor, durante la batalla del Pantano de Vargas (Boyacá).

    Las Legiones Británicas fueron unidades voluntarias extranjeras que combatieron en América del Sur contra España durante las llamadas Guerras de Independencia.

    Bajo el mando de Simón Bolívar, los voluntarios británicos llegaron a ser más de siete mil. En el Cono Sur, su número fue menor, aunque no despreciable, pero dado que combatieron en unidades menores mezcladas con tropas de otras procedencias es más difícil (aunque no imposible… y lo haremos próximamente) seguir sus peripecias.

    En general se trataba de veteranos de las Guerra Napoleónicas, originarios de Inglaterra, Escocia e Irlanda, pero también de los territorios alemanes que pertenecían a la Corona británica. Su motivación era tanto política como económica.

    Aunque Gran Bretaña había ayudado a liberar la Península Ibérica de las fuerzas de Napoleón, para la mayoría de los británicos España era “el enemigo”. El Parlamento londinense, según se desprende de sus sesiones, tenía bien en claro que no debía permitirse a España recuperar su antiguo esplendor imperial… a pesar de los compromisos contraídos en el Congreso de Viena. [*] A nivel popular, la “leyenda negra” estaba muy presente y la posibilidad de liberar a los americanos de la opresión del “papismo” español, era un mandato casi religioso. Por otro lado, en plena revolución industrial con salarios de miseria y el hacinamiento urbano, las historias de un continente extensísimo, rico y casi despoblado, iluminaban la imaginación de los más aventureros. Finalmente, un factor nada despreciable era el de una enorme cantidad de veteranos de casi treinta años de guerra que estaban ahora peligrosamente desocupados y que el gobierno británico quería sacar de la metrópoli.

    Por su parte, el gobierno de Londres, si bien extraoficialmente siempre les prestó apoyó, tuvo públicamente una actitud ambivalente frente a ellos: por momentos los condenó como mercenarios; por otros, los alabó como luchadores de la libertad. En cualquier caso, muchos de los oficiales de estas tropas de voluntarios, luego serían reincorporados con sus mismos rangos en el Ejército o la Armada de Gran Bretaña, como si hubiesen estado cumpliendo servicios a Su Majestad británica durante su estancia en América del Sur.

    En marzo de 1819, Bolívar decidió unificar a las tropas británicas bajo su mando en una única brigada, que tuvo a James Rooke como comandante. El irlandés Rooke, veterano de las campañas contra la República Francesa y luego Napoleón, amigo íntimo del Príncipe de Gales y cuñado del gobernador de St. Kitts (en el Caribe), se había unido en septiembre del ’17 a Bolívar en Angostura, quien le dio el mando del 1º Regimiento de Húsares de Venezuela (compuesto mayormente por voluntarios británicos) y junto a quien combatió durante la campaña del ’18.

    Luego de combatir en la batalla del Pantano de Vargas, donde Rooke perdió un brazo que le fue amputado. El irlandés “patriota” murió en Belencito, cerca de Tunja. Su esposa, Anna, recibió de la República de Colombia una pensión vitalicia.

    El 1º Batallón de la Legión Británica estuvo al mando del Cnel. James Towers English. El 2º Batallón, del Cnel. John Blossett. La llamada Legión Irlandesa, del Cnel. William Aylmer.

    English, hijo de un comerciante de Dublín, había sido proveedor y, luego, oficial de intendencia del Ejército Británico durante las Guerras Napoleónicas. En mayo del ’17 encontró a López Méndez, el agente de Bolívar en Londres, y se hizo pasar como teniente de caballería. Fue así que, como Capitán en comisión, se unió en diciembre de ese año a los Húsares venezolanos. Por su valentía, fue promovido a Coronel y nombrado como el segundo al mando de Rooke.

    En mayo del ’18, el coronel English firmó un contrato con el gobierno “patriota” para reclutar mil hombres en las Islas Británicas. Obtendría un beneficio de 50 libras esterlinas por cada hombre y el grado de General de Brigada en comisión, así como el mando de esta nueva Legión. English tuvo mayor éxito del esperado, y logró embarcar rumbo a Venezuela un grupo de dos mil voluntarios. El nuevo general británico desembarcó en Margarita en abril del ’19, tomando inmediatamente el mando de todas las tropas de voluntarios extranjeros.

    En julio de 1819, las tropas de English participaron de la toma de la fortaleza de El Morro y la ciudad de Barcelona. Los mercenarios británicos cometieron toda clase de vejaciones, violaciones, robos y destrozos. Hasta las iglesias fueron profanadas.

    Impresionado, el general Rafael Urdaneta, encargó a la Legión Británica capturar el fuerte de Agua Santa. English alegó estar enfermo, mientras sus mercenarios eran masacrados por los defensores realistas. Como consecuencia de esto, Blossett tomó el mando de la Legión, mientras English era enviado a Margarita, donde murió en extrañas circunstancias en septiembre de ese año ’19.

    Blossett también era veterano de las guerras de fines del siglo XVIII y principios del XIX. También irlandés, Blossett descendía del general francés hugonote que había ayudado a Guillermo de Orange a deponer al rey legítimo británico Jacobo II en 1688. Cuando se presentó ante él en Margarita, Bolívar le dio el rango de Coronel.

    Cuando English se vio obligado a retirarse, Blossett se hizo cargo de la Legión Británica. Pero su afición a los duelos fue su perdición. Otro coronel británico al servicio de los “patriotas”, de apellido Power, le dio un tiro que resultó fatal.

    Aylmer tenía un currículum un tanto distinto. En 1798 se había unido a la rebelión irlandesa que, imitando la revolución francesa, los llamados Irlandeses Unidos habían intentado para liberar la Isla Esmeralda y convertirla en una república democrática. Luego de ser derrotado en Ovidstown, sostuvo una guerra de guerrillas en el llamado “bog” de Allen contra las tropas británicas. Finalmente, a cambio de un salvoconducto hacia el exilio, se entregó. En Austria se unió al Ejército Imperial como oficial y combatió a Napoleón. Eventualmente, se uniría al cuerpo de Dragones británicos, aunque manteniendo su comisión austríaca.

    Terminadas las Guerras Napoleónicas y sin perspectivas revolucionarias en Irlanda, en 1819 partió con otros doscientos irlandeses hacia Venezuela. Creada la Legión Irlandesa por el Tte. Cnel. O’Connor, Aylmer quedó como segundo al mando.

    Herido en la batalla de Río Hacha, murió en Jamaica el 20 de junio de 1820. Jamaica, principal estación británica en el Caribe, era al mismo tiempo epicentro y refugio de las fuerzas “patriotas” en el norte de América del Sur, América Central y México.

    Nacido en Irlanda, Francis Burdett O’Connor pertenecía a una familia protestante de terratenientes. Un tío suyo, parlamentario, fue un famoso líder cartista; su padrino era también parlamentario por el Partido Radical; mientras que un primo, era uno de los jefes revolucionarios de línea más dura. La Revolución estaba en la genética de este futuro prócer venezolano.

    Junto con Aylmer, organizó y dirigió la Legión Irlandesa, arribando a la isla Margarita en septiembre de 1819. La vida de estos irlandeses voluntarios en Margarita fue terrible. Bolívar no había encargado preparativos y no había vituallas ni refugios para ellos. Muchos murieron de enfermedades y otros decidieron regresar a Europa. Recién en diciembre la Legión fue reorganizada como regimiento y comenzó a prepararse para desembarcar en Venezuela.

    En marzo del ’20, desembarcaron y tomaron Río Hacha, bajando la Cruz de San Andrés y colocando en su lugar la bandera verde irlandesa con el harpa en el centro. O’Connor y sus lanceros irlandeses tuvieron una actuación destacada en el combate de Laguna Salada, donde —según la propaganda “patriota”— 170 voluntarios derrotaron a más de 1700 realistas. (En realidad, los mercenarios contaban con abundante apoyo de rifleros y artillería.)

    Amotinados por no recibir los pagos prometidos, los irlandeses debieron ser desarmados y conducidos bajo vigilancia británica a la isla de Jamaica. Allí, O’Connor logró reenganchar a unos cien de sus antiguos subordinados. Con ellos, O’Connor se unió al sitio de Cartagena y en la campaña contra Santa Marta.

    Bolívar tuvo en mucha estima a O’Connor y, tras regresar de Panamá, lo hizo Jefe de su Estado Mayor para la campaña de “liberación” del Perú. Fue fundamental en ésta, su papel en la coordinación y aprovisionamiento de las tropas bolivarianas —con evidente ayuda de los comerciantes británicos que operaban en el Pacífico.

    Fue posteriormente asesor del Ejército Peruano-Boliviano, junto a Otto Braun, y tuvo un papel primordial en la derrota al Ejército Argentino en la batalla de Montenegro / Cuyambuyo. Tras esta victoria, O’Connor decidió retirarse a sus tierras en Tarija, donde intentó infructuosamente organizar colonias de británicos pobres. En ese tiempo abandonó su ateísmo y se convirtió a la religión católica, falleciendo en Tarija en 1871. Aunque sólo tuvo una hija legítima, su apellido tuvo una ilegítima proliferación en el sur de Bolivia.

    George Elsom fue el primero en arribar a Angostura con sus legionarios. (Curiosamente —o no tanto— lo hizo en la fragata HMS “George Canning”, que tiempo después traería a Buenos Aires a San Martín y demás miembros de la Logia Lautaro.) Luego formará en el 2º Regimiento de Lanceros de Venezuela a las órdenes de Skeene, y finalmente comandará el 2º Regimiento de Rifles de Venezuela. Junto a los hombres de Elsom, venía un grupo de doscientos hanoverianos (alemanes vasallos del Rey británico) a las órdenes de Johan Uslar, o Uzlar.

    Posteriormente, llegarían a Venezuela más voluntarios en expediciones comandadas por los coroneles del Ejército Británico: MacDonald, Campbell y Wilson.

    El escocés Donald MacDonald comandaba el 1º Regimiento de Lanceros de Venezuela, que habían dejado Portsmouth a fines de julio del ’17 con destino a Venezuela. El Cnel. MacDonald había sido un simple soldado en el Ejército Británico, pero supo aprovechar las oportunidades que se le presentaban. Por su valentía se le dio la posibilidad de pasar a oficial, alcanzando pronto el grado de Capitán. Con distinción sirvió en las Antillas, contra españoles, holandeses y franceses. Pero abierta la guerra contra Napoleón en la Península Ibérica, se presentó voluntario en el Ejército Portugués. Así llegó a ayudante de campo el Gral. Ballesteros. Pero el fin de las Guerras Napoleónicas no le sentó bien y pronto se vio abrumado por las deudas. Así fue reclutado por los agentes de Bolívar para organizar una expedición de voluntarios.

    Por su parte, Peter Campbell reclutó y mandó un Regimiento de “Rifles Negros” en Venezuela y Colombia. También de origen escocés, en las Guerras Napoleónicas sirvió con su regimiento, el Real de Kent Oriental, mejor conocido como “The Buffs” (por el color marrón amarillo de su uniforme). Con el grado de Capitán, se retiró a comienzos de 1818.

    Henry C. Wilson tenía a su mando los llamados “Húsares Rojos”, puesto que vestían con la casaca roja inglesa —uniforme similar al utilizado actualmente por la guardia presidencial venezolana—. Hijo de un clérigo protestante de Galway (Irlanda), se destacó desde niño como prodigio. A los 15 años había ingresado a Oxford y se había interesado en las “ideas francesas”, pero eso no le impidió alistarse en el Ejército apenas graduado. Sirvió como oficial en el 3º de Dragones Ligeros. Estuvo en la Península Ibérica y logró un buen dominio del castellano. Fue por eso que López Méndez lo pondría al frente de los otros coroneles británicos contratados —aunque, posteriormente, en batalla se demostraría como un pobre oficial—.

    El 1º Regimiento de Artillería de Venezuela quedó al mando de Joseph Gillmore. De origen irlandés, sirvió como Guardiamarina en las Antillas. Junto con otros oficiales británicos, se unió al Ejército Portugués; en su caso integrándose a la artillería de montaña. Se destacó en los Pirineos y luego regresó al Ejército Británico con el rango de Teniente del 27º de Infantería. En agosto del ’17, la desmovilización del Ejército Británico tocó a su puerta y Gillmore, retirándose, comenzó los contactos con los agentes revolucionarios sudamericanos.

    Robert Skeene fue contratado para reclutar y organizar un segundo regimiento de Lanceros. Habiendo sido maestro de reclutas de caballería en Maidstone y habiéndose retirado como Teniente Coronel, Skeene tenían muchísimos contactos en el Ejército Británico.

    Otro oficial británico que se destacó fue Gustavus M. Hippisley, jefe del 1º Regimiento de Húsares de Venezuela. Ya el 14 de mayo de 1817 acordó con López Méndez los términos del contrato —contrato que fue reproducido por el diario Morning Chronicle sin provocar ninguna reacción adversa por parte del gobierno de Londres—. Hippisley, a sus 49 años, era miembro de una distinguida familia de Somerset, que decían descender del rey anglosajón San Eduardo el Confesor. Él mismo era un hombre de muchas riquezas. Tras haber asistido al prestigioso colegio de Saint Paul en Londres, obtuvo una comisión en el 9º Regimiento de Dragones. Con su unidad, sirvió en Irlanda por siete años y donde conoció a su esposa, de una rica familia protestante. Apenas conquistada la Colonia de Buena Esperanza, en África del Sur, Hippisley recibe la oferta de trasladarse allí, donde sería promovido a Mayor de Brigada. Nueve años estuvo en el Hemisferio Sur y, luego, se retiró. Pomposo, formalista y exigente hasta el ridículo, su papel en Venezuela y Colombia se verá opacado por otros oficiales más pragmáticos.

    Otros muchos próceres británicos hubo en la América del Sur. Los nombres de Daniel Florence O’Leary, Gregor MacGregor, John Devereux, los hermanos James y John Mackintosh, Richard Trevithick, Thomas C. Wright, Alexander Alexander, George L. Chesterton, William Davy, Thomas I. Ferrier, Thomas Foley, Peter A. Grant, James Hamilton, John Johnstone, Laurence McGuire, Thomas Manby, Richard Murphy, John Needham, Robert Piggot, William Rafter, James Robinson, Athur Sandes, Richard L. Vowell, etc. Asimismo y simultáneamente, los buques británicos “Indian”, “Prince”, “Britannia”, “Dawson” y “Emerald”, servirán a los “patriotas”.

    Todas sus historias al servicio de los intereses británicos merecen ser contadas.

    Bibliografía:
    - Matthew Brown, Adventuring through Spanish Colonies: Simon Bolivar, foreign mercenaries and the birth of new nations (2006).
    - James Dunkerley, The Third Man: Francisco Burdett O’Connor and the Emancipation of the Americas (1999).
    - Alfred Hasbrouck, Foreign Legionaries in the liberation of Spanish South America (1928).
    - Ben Hughes, Conquer or Die! British volunteers in Bolivar’s war of emancipation (1817-21) (2010).
    - Eric Lambert, Voluntarios británicos e irlandeses en la gesta bolivariana (1980).
    - Brian McGinn, “A Complicate 19th Century celebration: St. Patrick’s Day in Peru, 1824”, Irish Roots 1 (1995).
    - Edmundo Murray, “O’Connor, Francisco Burdett [Frank] (1791-1871)”, Irish Migration Studies in Latin America 4:4 (X/2006).
    - Moisés Enrique Rodríguez, Freedom’s Mercenaries: British volunteers in the wars of independence of Latin America (2006).


    -----[*] En otro momento nos referiremos a cómo los planes de Manuel Belgrano de una monarquía independiente coincidían con los planes globales de Gran Bretaña en ese momento y las presiones de los Aliados sobre Fernando VII, según reconoce el mismo Mitre en su biografía del prócer revolucionario.

    Bolívar en Jamaica, ¿exilio autoimpuesto o recepción de órdenes?
    El Tercio de Lima dio el Víctor.

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    Re: Hay “otro” bicentenario

    María Antonia Bolívar y Josefa Sáenz: ¡Por Dios, por la Patria y el Rey! Historia secreta de América -19-. « coterraneus – el blog de Francisco Núñez Proaño



    María Antonia Bolívar y Josefa Sáenz: ¡Por Dios, por la Patria y el Rey! Historia secreta de América -19-. marzo 7, 2012, 10:16 pm
    Archivado en: historia, Historia secreta América | Etiquetas: 8 de marzo, batalla de Mocha, Bicentenario de la independencia, día de la mujer, día internacional de la mujer, Guerra de independencia, historia oficial, independencia, independencia de América, independencia de Hispanoamérica, independencia Ecuador, Josefa Sáenz, Luis Corsi Otálora, Manuela Sáenz, María Antonia Bolívar, Martín Chiriboga y León, mujeres, mujeres quiteñas, mujeres realistas, mujeres venezolanas, Por Dios por la Patria y el Rey, revisionismo, separatismo, separatismo América, Simón Bolívar, Toribio Montes
    A propósito del día internacional de la mujer, 8 de marzo de 2012:
    Cuando le ha convenido a la historiografía americana -y ecuatoriana en particular- se ha referido a la participación femenina en la separación de España como un grupo de mujeres abnegadas que sacrificaron todo por la “libertad”. Sin embargo, las diversas posiciones del sector femenino que observaba como algo sin sentido la llamada “independencia” no se han estudiado ni analizado aún en todas sus consecuencias. Destacan dos casos de los miles que existieron: María Antonia Bolívar, hermana de Simón y Josefa Sáenz, tía de Manuela. Luis Corsi Otálora señaló de María Antonia en medio del proceso separatista venezolano lo siguiente: “…en Venezuela la polarización (durante la independencia) había sido casi total, con masivos desplazamientos de población y fraccionamiento de familias enteras; tanto que dentro de las filas realistas descollaba doña María Antonia Bolívar, hermana de Simón, largo tiempo exiliada en Cuba, en donde se mantuvo con pensión de las autoridades reales. En tal fenómeno jugó un gran papel la infatigable acción conscientizadora del Dr. José Domingo Díaz, el más destacado publicista de la posición realista; ningún testimonio tan diciente como el de su antagonista de entonces, el neogranadino José Manuel Restrepo: “Este hombre de una familia oscura… (sus) Cartas… contribuyeron sobremanera a extraviar la opinión pública y a fomentar las insurrecciones contra Bolívar y demás jefes independientes.”[1] María Antonia Bolívar

    Don Alexo Ruiz, quien fuera Secretario de Estado y del Departamento de Hacienda de Indias, comunica a su Majestad las acciones de Bolívar -María Antonia-, a la vez que aboga por ella en estos términos: “Señor:
    La desgraciada hermana del rebelde caudillo Simón Bolívar, contenida en esta instancia, es una heroína de la lealtad. Me consta y es bien notorio, y lo ha declarado la Real Audiencia de Caracas que su hermano la maltrató y persiguió, la hizo emigrar con violencia, por haber sido siempre de conducta y opiniones contrarias a las suyas. Siempre unida a la causa de Vuestra Majestad salvó la vida a muchos buenos españoles, refugiándolos en su casa y haciendas. Y con un mérito tan sobresaliente, y con bienes cuantiosos, que la están mandado desembargar y entregar, prefiere vivir pobremente del trabajo de sus manos, en esta Isla fiel para no exponerse a los riesgos y convulsiones de su Patria, ni encontrarse con un Hermano que la ha causado todos sus infortunios. Una víctima de esta singular clase merece todo el amparo y protección de Vuestra Majestad. Soy de parecer que pues de sus bienes se aprovecha en Caracas la Real Hacienda, como consta del solemne documento adjunto, Vuestra Majestad se digne mandar que aquí se le asista con una pensión de mil pesos mientras permanezca en esta ciudad con su familia y que esta Intendencia se entienda con la de Venezuela para los debidos reintegros y para que la pensión en su caso se nivele por la entidad y productos de los mismos bienes secuestrados. Creo que así lo exige la magnanimidad y justicia del trono.”[2] Así como la familia de doña María Antonia, la familia Sáenz también fue presa de la división en torno a los ideales que animaban a la rebelión y a la lealtad en la América española del primer cuarto del siglo XIX. En la batalla de Mocha (1812), donde se enfrentaron los realistas dirigidos por Toribio Montes y los separatistas dirigidos por Ramón Chiriboga, doña Josefa Sáenz Campo Larrahonda demostró todo el carácter heroico de su casa: “Una figura femenina se destacó en las acciones de Mocha. Se trata de doña Josefina Sáenz, esposa del oidor Manzanos, realista convencida de que no se conformaba con sostener sus ideas a favor de la monarquía, sino que las defendía de modo más decidido. Esta señora era nada menos que tía paterna de Manuela Sáenz, aquella que pocos años después sería defensora a ultranza de la independencia y salvadora de Bolívar. Enterado de que la heroína del encuentro armado de Mocha había sido doña Josefina, Montes la felicitó calurosamente y la rodeó de cuidados y privilegios. Le Gohuir dijo al respecto: Escapada de un convento donde la tenían recluida por realista exaltada, se juntó con los soldados de Sámano y concurrió al ataque de La Piedra, llevando sable en alto frente a la columna realista. Penetro la primera a la plaza de Mocha tremolando la bandera real, y para coronar dignamente su hazaña subió al campanario a celebrar con repiques su propio triunfo. La legendaria aventura le valió a la heroína un escudo de honor del parte del rey de España. Después de la derrota de los rebeldes en Mocha, doña Josefina viajó con Montes a Riobamba a descansar de la campaña, y allí fue hospedada, como era de esperarse, por el corregidor Martín Chiriboga y León. Días después, vistiendo uniforme de húsar, doña Josefina partió hacia Quito con el estado mayor de Montes, en donde los realistas se hicieron lenguas sobre el valeroso comportamiento de la esposa del oidor Manzanos, decano de la Real Audiencia.” [3] Doña María Antonia Bolívar y doña Josefa Sáenz, heroínas de la lealtad, dos grandes americanas que lucharon por Dios, por la Patria y el Rey. Prohibido olvidar. Por Francisco Núñez Proaño
    [1] Corsi Otálora, Luis, VISIÓN CONTRA-CORRIENTE DE LA INDEPENDENCIA AMERICANA, en revista Disenso.

    [2] Alexo Ruiz al Rey de España, 11 de febrero de 1819, La Habana, Archivo Nacional de Cuba, Asuntos Políticos, Legajo 17, Número 5.

    [3] Costales Samaniego, Alfredo y Costales Peñaherrera, Dolores, Insurgentes y realistas – La revolución y la contrarrevolución quiteñas 1809-1812, Ed.Fonsal, Biblioteca del Bicentenario de la Independencia Vol. 9, Quito, 2008, págs. 157-158





    Critica Revisionista: LA PATRIA DESGARRADA

    LA PATRIA DESGARRADA


    La República Oriental en las últimas décadas del siglo XX, fue escenario de la aparición de planteos críticos en contra de la “historia oficial” aceptada como dogma de fe en cuanto a que la Independencia de esta Banda fue “reconocida por la Convención Preliminar de Paz el 27 de agosto de 1828”. Ésta sería según la línea dominante en la historiografía uruguaya: la coronación de un camino de “predestinación” de los Orientales “y no un hecho fortuito de la diplomacia y menos todavía una fórmula artificiosa”.

    La cosmovisión balcanizadora afirmada a finales del siglo XIX mostrando un Artigas separatista se sumaba al planteo que veía en Juan Manuel de Rosas un enemigo de los Orientales y al Presidente General Manuel Oribe un sicario del mal apodado “Tirano” de Palermo de San Benito. Esta fue la visión totalizadora que se impartió en los centros de enseñanza. Desde hace unos años respondieron a esa “historia ad usum delphinis” con una visión revisionista de la Patria Grande el hoy fallecido Carlos Real de Azúa y Guillermo Vázquez Franco, entre otros historiadores con los que formaron un haz junto a las plumas de la Banda Occidental.

    Con alborozo, cuando se están cumpliendo 185 años de las Leyes de San Fernando de la Florida, escuchamos al Canciller Oriental Don Luis Almagro señalar que el verdadero sentido las leyes del 25 de agosto de 1825 “era pertenecer a las Provincias Unidas del Río de la Plata”. A ello agregó, con justeza histórica, (nobleza obliga reconocerlo) “que se trataba de un acto de identidad local en el marco de un proyecto regional amplio y generoso”. Ciñéndose a la verdad, expresó con contundencia: “La historia escrita hará primar la idea de independencia como factor diferenciador, pues la Banda Oriental debió seguir el rumbo que le imponían los tratados internacionales. Era el destino elegido por otros y no el forjado en los campos de batalla”.

    El muy buen discurso que, como se ha señalado, no registra antecedentes en un acto oficial, fue objeto de observaciones poco convincentes. Tal el artículo que envió a la revista “Búsqueda” el ex Presidente uruguayo Dr. Julio M. Sanguinetti, publicado el 9 de septiembre, y en el que expresa refiriéndose a las Instrucciones de 1813: “nuestro proyecto era el de confederación (alianza de soberanos) y no un Estado federal (soberanía única con autonomías relativas)”. Tal afirmación se ve desmentida por Francisco Bauzá cuando en el tomo III de su obra “Historia de la Dominación…, etc.” estampa que Artigas “estatuía la Confederación de la B. Oriental como paso preliminar al establecimiento de un gobierno común…” Poco más adelante el Dr. Sanguinetti escribe, en referencia a Inglaterra, que ésta “sólo procuraba la paz para comerciar”. Las afirmaciones expuestas por el articulista, sumadas a otras que no podemos transcribir por su extensión, exigen que buscando la verdad histórica entremos en la liza. Veamos.

    Nuestra Independencia nació desconociendo un proceso que fue de fidelidad al tronco y los ancestros, manteniéndonos dentro de la Ecumene del Plata, expresión geopolítica cuya ruptura fue crimen de Lesa Patria. Descuartizamiento que Inglaterra propugnó forjando la siniestra red de la que resultó la Convención Preliminar de agosto de 1828, rubricada en Río de Janeiro. Allí estaba, en las sombras, John Ponsomby, el maquiavélico “mediador” que amputó nuestro territorio negándole ser uno en la argentinidad. Vocación nacida con el alumbramiento de estas regiones en tiempos de los Reinos de Indias con el César Carlos I de las Españas y NO de Coloniaje materialista como se ha afirmado con sentido equívoco. Unidad a la que jamás había imaginado renunciar.

    Un ejemplo notorio lo encontramos con Artigas, quien marcó claramente su disposición en la reunión de Tres Cruces, el 5 de abril de 1813, en momentos de designar los diputados que lo representarían en Buenos Aires. Muy clara fue su expresión en un párrafo destacado de su discurso: “ni por asomo la separación nacional”, sentimiento que reiteraría varias veces en 1815. Una de ellas a Nicolás Herrera, ministro de Carlos María de Alvear, y poco después, a Blas Pico y José Rivarola, enviados del Director Supremo Álvarez Thomas cuando otra vez dijo NO a la Independencia de la Provincia Oriental propuesta por los delegados de la jerarquía Directorial.

    Con empecinamiento notable (permítaseme la expresión) mantuvo el planteo en los treinta años de su ostracismo paraguayo. A este respecto —como muy bien señala Vázquez Franco— cuando en una especie de reportaje se le preguntó por qué no volvía a su Patria independiente, el anciano Caudillo contestó: “Yo ya no tengo Patria”. Rechazaba de esta manera con fuerza, a la Convención anglófila y pese a que los dados estaban echados (corría 1845 año de las agresiones del imperialismo franco británico) para el otrora Protector, la Patria era Una, Grande y Libre, la misma que años antes fuera el Reino del Río de la Plata. Con esa afirmación desconocía la amputación mediatizadora. Tan notable era su repudio al engendro inglés, así como su visión estratégica, que no aceptó el ofrecimiento de Carlos Antonio López para comandar el ejército paraguayo en la guerra contra Don Juan Manuel de Rosas que preparaba Asunción, haciendo torpe juego a los Braganza. Con sangre pagarían los paraguayos años después desconocer la unidad de las tierras y de los hombres siempre presentes en la raza, como lo probó “el crimen de la Triple Alianza” de Britania, Mauá, Rotschild y sus sicarios Venancio Flores, Bartolomé Mitre y Pedro II.

    Pero continuemos el relato lineal luego que de la escena política desapareciera Artigas en 1820. Así, el intento de 1823 contra el usurpador brasileño. Sublevación que fracasó ante la negativa de apoyo expresada por el Bernardino Rivadavia justo en el instante en que el Cabildo de Montevideo, con fecha 29 de octubre, había declarado por enésima vez, su decisión irrevocable de Unidad Platense. En los dos años siguientes se preparó la reivindicación de la filiación oriental. Juan Antonio Lavalleja fue el jefe en la “Quijotesca empresa” (Busaniche dixit) contando con el apoyo de Tomás Manuel de Anchorena y de Juan Manuel de Rosas, quien relatará en 1868: “Recuerdo al fijarme en los sucesos de la Banda Oriental la parte que tuve en la empresa de los Treinta y Tres… procedí en un todo de acuerdo con el Ilustre General Don Juan Antonio Lavalleja y fui yo quien facilitó gran parte del dinero para la empresa…” En este sentido se expresa el citado historiador Busaniche: “Rosas, como hombre no sospechado por los brasileños había estado en Santa Fe y Entre Ríos interesando a Estanislao López y a León Solá. Llevando cartas de Lavalleja a los hermanos Oribe cruzó la campaña Oriental con el pretexto de adquirir campos en la zona del Bequeló, pero en realidad para establecer las bases de la insurrección...” Ella dio comienzo el 19 de abril de 1825 con el desembarco en la Playa de la Agraciada acompañando el manifiesto que decía: “Argentinos orientales: Las Provincias hermanas sólo esperan vuestro pronunciamiento para protegeros en la heroica empresa de reconquistar vuestros derechos. La gran Nación Argentina de que sois parte tiene gran interés en que seáis libres”.

    Dos meses después la Cruzada matrera establecía su gobierno en San Fernando de la Florida y llamaba a los Cabildos de la Provincia para que enviaran delegados “con poderes con el fin de decidir la reincorporación”. Ésta se proclamó el 25 de agosto con la ley que expresa claramente: “La Sala de Representantes… declara que su voto general constante y solemne es y debe ser por la unidad con las demás Provincias Argentinas a las que siempre perteneció por los lazos más sagrados que el mundo conoce…” Y luego volvió a resonar la tradición en la voz del Brigadier General Juan Antonio Lavalleja dirigiéndose a las ciudades con Cabildo: “¡Pueblos! Ya están cumplidos vuestros más ardientes anhelos; ya estamos incorporados a la Nación Argentina…” La Guerra con el Imperio de Pedro I se presentó como preocupante situación para el interés británico que creyó posible una victoria de las Provincias Unidas del Plata. Por eso hizo su aparición en Buenos Aires el altanero y donjuanesco John Ponsomby, Barón de Imokilly, como “mediador” pero en realidad para segregar la estratégica Provincia Oriental. El plan había sido esbozado por Canning, quien le manifestara al enviado inglés el 28 de mayo de 1826: “Arroje cualquiera el más rápido vistazo sobre el mapa y verá que el comercio de todo el antiguo Virreinato de Buenos Aires y todas las tierras vecinas hasta la cordillera dependen para salir al mar de la libre navegación del Plata y que cualquiera que se adueñe de la Banda Oriental y Montevideo puede abrir o cerrar a los otros el Río de la Plata” (L. A. de Herrera: “La Misión Ponsomby”, Eudeba, 1974).

    Cortar el nudo gordiano era, según Canning: “Que la ciudad y territorio de Montevideo se hicieran independientes de cualquier país en una situación semejante a las de la ciudades hanseáticas de Europa” (Herrera: “La Misión…”, etc.). Toda la diplomacia del inglés, con sus dobles agentes “el bribón” (San Martín dixit) Manuel José García y el psicofante Pedro Trápani (socio comercial de Ponsomby), se volcó a preparar la segregación Oriental. No teníamos otro destino que el señalado a Bremen y Hamburgo para el Báltico o el de Gibraltar para el Mediterráneo. A los problemas de la Patria se agregaron las maniobras financieras de los comerciantes ingleses y los metecos criollos manejando las libras del usurario préstamo que Rivadavia contrajera con el Baring Brothers Bank. Todo desembocó en la insolvencia, la inflación y el curso forzoso.

    Algo similar sucedía en el Brasil enfeudado a los préstamos de la Banca Rotschild. En medio de los enjuagues delictivos, Rivadavia —sedicente Jefe del Ejecutivo— le decía a Ponsomby lo que éste informaba a Canning en Octubre de 1826: “Está convencido que la Paz es necesaria y que tal vez sea mejor que la Banda Oriental sea separada…” La coacción era el arma que el Foreing Office utilizaba cada vez con mayor fuerza. Y llegó a la impúdica amenaza. El Vizconde de Itaboyana, embajador del Imperio en Londres, hacía conocer sin eufemismos su reunión con Canning: “Me intimidó que si el Brasil no hacía la Paz con Buenos Aires, es decir que si no cede la Banda Oriental, Inglaterra se declararía a favor de Buenos Aires y contra Brasil…” Mientras, en estas latitudes, Ponsomby, en un alarde de cínica franqueza, le espetaba a Roxas y Patrón, Secretario de Relaciones de las Provincias Unidas: “Europa no consentirá nunca que sólo dos Estados, el Brasil y Argentina sean dueños de las costas orientales de América del Sur” (Herrera, op. cit.).

    Mientras así se continuaba la “negociación “el gabinete de Buenos Aires intentó una nueva acción. Así le dice a sus delegados Guido y Balcarce en nota RESERVADA el 26 de julio de 1828: “…el gobierno cree que las últimas ocurrencias con motivo de los tumultos de las tropas extranjeras, los avances de la expedición del norte que hace su movimiento sobre Río Pardo que amenazará a Porto Alegre y que aumentando nuestra fuerza naval a órdenes del Almirante Brown lo ponen en la necesidad de separarse de toda idea cuya tendencia sea la absoluta independencia de la Banda Oriental y formación de un Estado Nuevo…” A lo que los generales Guido y Balcarce contestan torpedeando las consideraciones llegadas con la firma del General José Rondeau. Así decían: “Finalmente la base de independencia absoluta libra a la República Argentina de una guerra doméstica con la Provincia Oriental y la libra con honor y provecho de ambas, pues ahora no es la Provincia de Montevideo la que lo exige, ni la República Argentina la que difiere su solicitud, sino LA DE UN PODER TERCERO QUE TIENE POSESIÓN Y DERECHOS PROBABLES QUE HACER VALER, FUERZA QUE APOYARLOS Y TÍTULOS EN SU MISMO DESPRENDIMIENTO, CON QUE ALGÚN DÍA ENAJENARÍA TAL VEZ LA AFECCIÓN DE LOS ORIENTALES EN PERJUICIO DE LA ARGENTINA COLOCÁNDOLA EN MAL PUNTO DE VISTA CON ELLOS MISMOS POR LA LIBERALIDAD CON QUE CARACTERIZARÍAN LA RESISTENCIA INESPERADA DE LA ARGENTINA A FORMAR DE LA ORIENTAL UN ESTADO INDEPENDIENTE” (Ernesto Quesada: “Archivo de la Familia Guido”) (resaltados nuestros).

    Es indignante el entreguismo de los comisionados. Finalmente se cumple el objetivo inglés con la firma de la Convención Preliminar de Paz, el 27 de agosto de 1828. Nada importaba la sangre derramada en Rincón, Sarandí, Juncal, Camacuá, Ituzaingó y en la conquista de las Misiones Orientales, episodio que había jaqueado al Imperio haciendo temblar a Pedro I. El General Fructuoso Rivera, que encabezó victoriosamente esa fulgurante campaña, mostró su indignación y así escribía a su amigo Gregorio Espinosa: “¡Qué gloria se han robado a la República Argentina!… Algún día saldrán los pueblos del letargo en que los tiene sumidos la embriaguez de una paz, la más ominosa y que jamás se podrá hacer otra cosa igual por mucho que se trabaje en imitarla…”, agregando: “Se corre precipitadamente a la Corte del Janeiro a ofrecer una paz humillante para el vencedor…”

    Fenecía la tercera década del siglo XIX. Ayacucho ya era historia y el heroico Brigadier Pedro Antonio de Olañeta caía asesinado en el Alto Perú cuando continuaba la lucha para impedir que el Imperio de Isabel y Fernando, los Católicos Reyes del Yugo y las Flechas, cayese en manos de los mercaderes del Támesis.

    Era el formidable Sacro Imperio Romano Hispánico que, extendiéndose desde California hasta la Antártida, resistiendo durante trescientos años los ataques del enemigo, se hundía para convertirse en veinte republiquetas balcanizadas orbitando en el Imperio Británico. En el derrumbe, asimismo, nuestro Río de la Plata con Montevideo y la Banda Oriental serían convertidos por más de un siglo, en factoría informal de la City londinense, “Ad maiorem Gloriam Britania”.


    Luis Alfredo Andregnette Capurro



    Tomado de: CABILDO - Por la Nación contra el caos: Rioplatenses
    El Tercio de Lima dio el Víctor.

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    Re: Hay “otro” bicentenario

    C. L. A. M. O. R.: Olañeta: El maldito de la historia liberal

    Olañeta: El maldito de la historia liberal



    Pedro Antonio de Olañeta y Marquiegui nació en Elgueta (Vizcaya) en 1770 en el seno de una familia humilde. A los dieciséis años emigró con sus padres y hermanos a América, residiendo alternativamente entre Potosí y Salta.

    Como muchos otros vascos que emigraron a fines del siglo XVIII, los Olañeta se dedicaron al comercio. Y lo hicieron bien. Pronto abrazaron una importante fortuna y pudieron hacerse un lugar entre la clase acomodada de Salta del Tucumán. Por su parte, Pedro casó con una prima suya; hermana del jujeño Juan Guillermo Marquiegui, el futuro coronel realista del que en algún otro momento nos ocuparemos.

    Para cuando tuvo lugar la Revolución de Mayo de 1810, Olañeta conducía su estancia y sus hombres como un verdadero caudillo. Como otros, cayó en las redes de la propaganda de las ideologías y pensó, por un momento, que —como decía— la Revolución porteña se hacía en nombre del Rey preso de Napoleón.

    Sin embargo, pronto comprendió la mentira de los “patriotas” y sus fines independentistas y pro-británicos, volcándose entonces por el bando “realista”. Con sus fieles, el caudillo Olañeta se puso bajo las órdenes de José Manuel de Goyeneche —un criollo— y participó en la campaña de defensa del Alto Perú contra la agresión porteña.

    Con sus gauchos, Olañeta operó principalmente en lo que posteriormente sería Provincia de Jujuy (en ese entonces parte de Salta), destacándose por su arrojo y fidelidad al Rey.

    En 1817 logró ocupar San Salvador, hasta que fue rechazado por las bestiales huestes de Martín Miguel de Güemes y sus métodos terroristas. Retirándose entonces hacia el Alto Perú, Olañeta quedó al mando de Joaquín de la Pezuela y sus hombres fueron organizados como regimiento, con él como coronel.

    Posteriormente, fue ascendido a general de brigada y, bajo las órdenes de José de la Serna, hizo las campañas de 1821 a 1823. Pero cuando se hicieron evidentes las intenciones traicioneras de los liberales, se enfrentó a La Serna y se convirtió en el único “Defensor del Altar y el Trono” —como él repetía— .

    Perseguido por los traidores que arteramente dominaban sobre la mayoría del otrora fiel ejército realista, se puso en contacto con Bolívar y sectores “patriotas” conservadores. Al menos, pensaba, aseguraría un refugio para los verdaderos fieles al Rey —los “absolutistas”, como los tilda la historia liberal—.

    Tras recibir noticias de la liberación del Rey por parte de las fuerzas realistas de la Península y la anulación del monarca de las leyes liberales, el 15 de enero de 1824, el Gral. Pedro Antonio de Olañeta decide resistir a los jefes liberales del virreinato peruano. La rebelión se extiende entre toda la tropa realista el 22.

    Olañeta intima al gobernador intendente de Potosí, José Santos La Hera, para que ponga a su disposición su guarnición de 300 hombres. En un primer momento, La Hera resistió con sus hombres en la Casa de Moneda potosina; aunque, evitando el enfrentamiento, entregó sin combatir sus tropas a Olañeta a cambio de un salvoconducto para sus oficiales y él mismo.

    Luego, se dirigió a Chuquisaca (Charcas), donde intimó al presidente de la Real Audiencia, Rafael Maroto, a entregar la guarnición y la ciudad. Lo que éste hizo, refugiándose en Oruro.

    Los liberales del virreinato peruano, al mismo tiempo que negociaban con facciones “patriotas” que les eran afines con el fin de independizar Perú, envían a Jerónimo Valdés desde Arequipa para perseguirlo. El 9 de marzo del ’24, Valdés y Olañeta se entrevistan en Tarapaya, en las afueras de Potosí.

    El jefe “absolutista” exige la deposición de los gobernadores La Hera y Maroto, y demanda el control del Alto Perú en vistas a su futuro nombramiento como Virrey del Río de la Plata, según se le había informado desde España. Para ganar tiempo mientras José Canterac negociaba en secreto con los republicanos peruanos en nombre de la facción liberal del realismo peruano, Valdés accede a lo que le pide Olañeta. Por su parte, éste asistiría con dinero a Cuzco para resistir a los insurgentes y daría apoyo con sus tropas en caso de un desembarco “patriota” en Iquique o Arequipa.

    Pero los liberales no pretendían cumplir. Valdés nunca desocupó Cochabamba ni La Paz. Y, tras la sublevación del Callao que permitió la reocupación realista de Lima, el Virrey peruano se sintió fuerte y envió tropas de refuerzo a Valdés, que estaba en Oruro.

    Enterados de los nuevos vientos que soplaban en la Península Ibérica, los liberales se hicieron entonces “absolutistas”. La Serna suprimió el régimen constitucional en el Perú, pero exigió sumisión a Olañeta. Éste que sabía de las verdaderas intenciones del Virrey limeño, se negó, por lo que Valdés recibió órdenes, el 4 de junio de 1824, de usar la fuerza en el Alto Perú.

    Muchos antiguos prisioneros insurgentes, incluyendo un importante contingente de argentinos, se unieron a Olañeta para resistir a los liberales de Valdés. Los “absolutistas” altoperuanos contaban, además, con el apoyo del Cnel. Marquiegui y del Cte. José María Valdez, “el Barbarucho”, que defendían Chuquisaca, y con el Brig. Francisco Javier Aguilera, que resguardaba Cochabamba. En total, unos cinco mil hombres defenderían al Rey en el Alto Perú.

    Frente a ellos, lo mejor del Ejército Real del Perú, dividido en dos columnas: una al mando de Valdés contra Chuquisaca y otra, dirigida por Carratalá, contra Potosí. Junto a los jefes liberales, oficiales famosos (o que lo serán posteriormente) como Valentín Ferraz, Cayetano Ameller, José Santos La Hera y Rafael Maroto.

    El 20 de junio, Olañeta da a conocer un Manifiesto a los habitantes del Perú donde denuncia la doblecara de los constitucionales que hoy lo acusan de traidor, cuando él solo defendió en todo tiempo los derechos del Rey. Si había guardado lo convenido en Tarapaya, explica, fue para evitar “una guerra desoladora”. Pero ahora debía resistir.

    Ocho días después del manifiesto, Olañeta salió de Potosí con destino a Tarija. Poco después, el Barbarucho desocupaba Chuquisaca ante tropas muy superiores en número. Valdés entró en la capital de Charcas el 8 de julio y, en nombre del Virrey, nombró al Cnel. Antonio Vigil como presidente de la Audiencia y al Gral. Carratalá como gobernador intendente de Potosí.

    El 12 de julio, en Tarabuquillo (Tomina, Chuquisaca), Barbarucho resistió a la caballería de Valdés. El caudillo salteño de la larga barba colorada, al frente de tan sólo 350 hombres, venció a los 4000 de Valdés (incluyendo 800 de caballería). Pero al día siguiente, se produce la traición de Ignacio Rivas, que, al frente del 2º Escuadrón de Dragones de la Frontera, se pasa a las fuerzas peruanas liberales.

    También el 13 tiene lugar una verdadera operación comando. Un pequeño escuadrón de 70 Dragones de Santa Victoria, saliendo del pueblo de Puna, a las órdenes de Pedro Arraya, Juan Ortuño y Felipe Marquiegui, entran por sorpresa en Potosí, capturan a Carratalá y se lo llevan prisionero.

    El 26 de julio, Valdés se presenta con su poderoso ejército en el pueblo de San Lorenzo (en las afueras de Tarija), exigiendo al comandante Bernabé Vaca la entrega de la guarnición y de su prisionero, Carratalá. Poco días después, cae Tarija; pero Olañeta logra escapar.

    Barbaducho, al mando del Regimiento Unión, parte hacia Suipacha; mientras que el Cnel. Carlos Medinaceli, con los regimientos de Cazadores y de Chichas, van con dirección a Santiago de Cotagaita. Por su parte, el Cnel. Francisco de Ostria, al frente del Regimiento de Dragones Americanos, parte a Cinti (hoy Camargo), y Olañeta, con dos escuadrones de la guarnición de Tarija, logra recuperar esta ciudad el 5 de agosto y recobrar algunos desertores.

    Pero mientras Olañeta recuperaba Tarija y Francisco López (subordinado de Aguilera) tomaba prisionero al traidor de Rivas en La Laguna, su cuñado Marquiegui caía prisionero de Valdés en Santa Victoria (Salta). Por la noche, el Barbarucho, con sólo 250 hombres, sorprende a Carratalá, con más de 700, capturándolo y llevándose dos cañones y centenares de caballos, mulas, fusiles y pertrechos.

    Mientras Valdés regresaba de Santa Victoria (Salta) con dirección a Tupiza, Olañeta hostilizaba su retaguardia. El 13 de agosto se produce el combate de Cazón, un gran éxito del Barbarucho, tomando numerosos prisioneros y rescatando al coronel Marquiegui. Al día siguiente, en Cotagaitilla, nuevamente los realistas peruanos sufren un duro golpe. Y, poco después, en La Lava, son nuevamente alcanzados por el heroico Barbarucho, muriendo Cayetano Ameller en la refriega. Pero este caudillo “absolutista” era demasiado arrojado, hasta la imprudencia, y en el amanecer del 17, cae prisionero junto con todo su batallón. Frente a los 2000 hombres que Valdés había perdido desde que abandonara Salta, los 350 hombres del Barbarucho no eran tantos; pero para Olañeta eran decisivos. Con esta pírrica victoria, Jerónimo Valdés encontraba ahora despejado el camino hasta Chuquisaca.

    Tras la batalla de Junín el 6 de agosto, el ejército realista del Perú comienza a tambalear y Valdés recibe la orden de trasladarse en forma urgente al Cusco. Valdés envió al comandante Vicente Miranda para negociar el fin del conflicto. “¡Basta de sangre!” eran las hipócritas palabras del jefe liberal peruano, a la vez que le ofrecía quedarse con el mando del Alto Perú hasta el río Desaguadero y liberar a todos los prisioneros. A cambio, pedía a Olañeta disponer de una fuerza de dos mil infantes y quinientos caballos a disposición de Lima, en caso de que fuese necesario frenar el avance de Bolívar.

    En el parte de Bolívar del 13 de agosto, dice de este ejército realista del vizcaíno fiel que era “verdaderamente patriota y protector de la libertad”. Por su parte, el liberal Espartero, acusó a Olañeta de infame y traidor, y de querer unirse a los insurgentes de las Provincias del Río de la Plata.

    Nuevamente Valdés incumplió su palabra. Mientras que Olañeta liberaba a sus prisioneros, el primero se llevaba los suyos al Perú. En el viaje, el Barbarucho y el capitán Francisco Zeballos lograron escapar.

    En octubre, el general revolucionario José Miguel Lanza, que gobernaba un “republiqueta” en las montañas de Ayopaya, reconoció la autoridad de Olañeta.

    No fue, como dice la historiografía oficial, la batalla de Ayacucho el fin de la presencia realista en América del Sur. Olañeta continuó resistiendo, fiel a la Corona y a la Tradición española, con base en Potosí.

    En un primer momento Olañeta buscó cooperar con Pío Tristán, quien había desconocido la capitulación de La Serna y asumía como virrey del Perú. Pero, eventualmente, también Tristán se acogió a la capitulación de Ayacucho, dejando a Olañeta nuevamente solo.

    El líder insurgente Antonio José de Sucre ofreció a Olañeta que, si se pasaba al bando republicano, le dejarían el mando sobre todo el Alto Perú. El líder “absolutista” se negó —si él gobernaba el Alto Perú, lo hacía únicamente como representante del Rey; no estaba en su espíritu el coronarse dictador de una republiqueta—, pero, en cambio, propuso la firma de un armisticio.

    Sin embargo, los intereses de la minería británica no iban a permitir un Alto Perú en poder realista y tradicional. Traicionando el pacto, por órdenes de Bolívar, cayó La Paz el 29 de enero de 1825 en poder insurgente —con ayuda de Lanza, nuevamente traidor pasado al bando “patriota”—.

    Perseguido desde el norte por el mariscal Sucre, que había cruzado ilegalmente el río Desaguadero el 6 de febrero, y cercado desde el sur por Juan Antonio Álvarez de Arenales con tropas venidas de las Provincias Unidas del Río de la Plata —teóricamente neutrales—, Olañeta convoca un consejo de guerra en Potosí. Se vota por continuar la guerra y se envía a Medinaceli a Cotagaita y al Barbarucho a Chuquisaca, mientras que Olañeta parte a Vitichi, llevando consigo el Tesoro de la Real Audiencia —lo que quedaba de él; recordemos que el tesoro original había sido robado por la Junta bonaerense en 1810—.

    Sucre ingresa en Potosí el 29 de marzo. Pero mientras tanto y ante un panorama de desesperación, la defección y la traición se apoderan de las fuerzas realistas. Casimiro Olañeta, sobrino del caudillo realista, mientras se dirigía a Iquique para comprar armas, se entrega a Sucre y lo pone al tanto de los planes de su tío. Por su parte, las tropas del Cnel. Medinaceli se sublevan y éste se acoge a la capitulación de Ayacucho, pasándose a los “patriotas”. Cayó así Cotagaita.

    Enterado de la traición, Olañeta se pone en marcha para atacar a su antiguo subordinado. Mientras tanto, Medinaceli, habiendo recibido refuerzos de mercenarios “patriotas”, toma posiciones en el río Tumusla. El 1º de abril se produce el enfrentamiento. Olañeta, el invencible, es herido y cae al suelo, lo que provoca la desbandada de sus hombres —la mayoría de ellos indígenas agotados de años de guerra contínua—.

    La batalla de Tumusla fue así uno de los últimos combates entre fuerzas regulares de lo que fueron las Guerras de la Independencia en América Española. Un día después de Tumusla, el valiente Olañeta, mientras se recuperaba de sus heridas, es asesinado vilmente por uno de sus hombres —pagado por las logias—.

    Días después, el Barbarucho, José María Valdez, se ve obligado a rendirse en Chequelte, al frente de 200 hombres ya sin municiones. Sin embargo, Francisco Javier Aguilera continuará una resistencia de guerrillas durante unos años más.

    Sin conocer el triste destino de su fiel general, el 12 de julio, el rey Fernando VII nombró a Pedro Antonio de Olañeta como virrey del Río de la Plata. Fue el reconocimiento póstumo del único que fue Siempre Fiel.

    Mapa con la división de las Audiencias de los Reinos del Perú
    anterior al establecimiento del Virreinato del Río de la Plata en 1776





    C. L. A. M. O. R.: Bicentenario, Revolución y Tradición

    Bicentenario, Revolución y Tradición

    Hemos leído la nota intitulada “Bicentenario y Tradicionalismo”, que publica el bloc de notas Crítica Revisionista (8/III/2012), autoría del profesor Dr. Fernando Romero Moreno, y publicada originalmente en la revista “Ahora Información” (nº 105, VII-VIII/2010), con el título “Bicentenario de Mayo: explicación desde el otro lado del Océano”. Ya dicho artículo fue contestado de forma magistral en la misma revista por el profesor Dr. José Fermín Garralda Arizcun, bajo el título “Buenos Aires y la Revolución de 1810: Tradición o Revolución”, que puede leerse aquí, sin embargo nos gustaría hacer constar algunos comentarios propios glosando el texto del Dr. Romero Moreno—a quien, desde ya, abrimos las puertas para comentar, responder o aclarar lo que crea conveniente, si lo desea, tiene ganas y tiempo—.


    A continuación, entonces, nuestras observaciones.


    BICENTENARIO Y TRADICIONALISMO


    Conocer y festejar los acontecimientos fundamentales de la historia patria es un honroso deber de justicia con nuestros antepasados y una grave responsabilidad respecto de las nuevas generaciones. Por eso es importante saber qué es lo que celebramos en esta jornada cívica.


    Hay quienes han enseñado que los hechos del Año X fueron una copia de la Revolución Francesa —laicista y regicida—, una rebelión contra la Tradición religiosa y cultural heredada de España o un acto cómplice con las pretensiones colonialistas de Gran Bretaña. Lo cual complica el explicar un acontecimiento como este a hermanos españoles, con quienes compartimos los mismos ideales.


    Antes de que empecemos a leer los tópicos del revisionismo nacionalista, justo es aclarar que entre “quienes han enseñado” esto, están los mismos protagonistas. Es decir, no se trata de un relato construido años después por liberales que pretenden llevar agua para su molino. Por ejemplo, Manuel Belgrano, como ya hemos visto aquí, afirmando que se vio inspirado por la Revolución Francesa. O, respecto a la complicidad con el colonialismo británico de los miembros de la Junta de Mayo, sólo habría que leer los nombres de los implicados en la fuga de Beresford o, como ya hemos hecho aquí (por ejemplo, en los casos de los oficiales Montague y Ramsay, del agente inglés Paroissien, del papel británico en la extraña muerte de Moreno, o de la gran estrategia británica, ), revisar la registrada participación de la flota británica en mayo de 1810 en las costas del Río de la Plata—hecho coronado con el izamiento de la insignia británica en el Fuerte de Buenos Aires el mismo 26/V/1810—.


    Sin embargo, la buena voluntad de ambas partes puede ayudar a un diálogo fecundo, partiendo aquellos principios que nos unen: la fidelidad a la Religión Católica y a la Tradición de las Españas.


    La buena voluntad se descuenta. Por supuesto. Pero ello implica, también, estar dispuesto a modificar un relato —como el revisionista nacionalista— que es insostenible ante la abrumadora cantidad de evidencias en contrario.


    Como punto de partida dejemos centrado que existieron cuatro tendencias en torno a la Revolución de Mayo: dos impulsoras de la misma y dos contrarias. De las impulsoras, una fue de tendencia tradicionalista (Saavedra) y otra liberal (Mariano Moreno). De las contrarias, una fue igualmente tradicionalista (Abascal, Liniers, Elío) y otra liberal (Consejo de Regencia y Cortes de Cádiz).


    Se trata de una petición de principios. Dividir a la Primera Junta, y los gobiernos siguientes, en dos partidos —uno tradicionalista y otro liberal—, es una misión harto difícil y que implica hacer muchos supuestos y amputar los dichos y los hechos de muchos de sus protagonistas. Es curioso, por dar un ejemplo, que los defensores de la supuesta “tendencia tradicionalista” del saavedrismo tomen como argumento justificador de la Revolución de Mayo el dicho por Castelli (personaje paradigmático de la “tendencia liberal”) en el cabildo abierto del 22/V/1810; al mismo tiempo que desdeñan las explicaciones que hizo el propio Saavedra en su Memoria. Pero, además, ¿era tradicionalista Saavedra? Hemos visto que no. ¿Lo era el deán Funes, líder del saavedrismo? ¿puede serlo quien traicionó a Liniers y escribió en La Gazeta el justificativo de su asesinato? Pues ya hemos visto que el presbítero Funes había sido el principal impulsor de la reforma ilustrada de la Universidad y de la diócesis de Córdoba del Tucumán. ¿Acaso hubo alguna oposición significativa a lo dispuesto por el secretario Moreno —supuesto líder de la “tendencia liberal”— antes de que se produjesen simples luchas por el poder que fue lo que en realidad dividió a saavedristas y morenistas? El arcabuceo de Liniers, la publicación con dineros públicos de El Contrato Social de Rousseau, el destierro de Duarte (quien se atrevió a hacer públicas —y así arruinar— las veleidades bonpartistas de Saavedra), la puesta en práctica del Plan de Operaciones, etc. fueron todos hechos aprobados por la Junta, en forma unánime (excepto el Pbro. Alberti que se abstuvo en el caso de Liniers, pero que luego —misteriosamente— va a morir). ¿No será que, como hemos sostenido aquí, Moreno es el chivo expiatorio del revisionismo nacionalista?


    Las razones por las que adherimos a la Revolución de Mayo en su tendencia tradicionalista encabezada por Don Cornelio Saavedra (Presidente de la llamada Primera Junta) es el objeto principal de estas líneas. Pero los principios religiosos y políticos de los que partimos nos hacen mirar con comprensión, simpatía y respeto la reacción contraria de Liniers, así como nos llevan a rechazar el “Mayo de Mariano Moreno” como el “Anti Mayo” del Consejo de Regencia y de las Cortes de Cádiz.


    Si aceptamos esa división matricial de la historia de la Revolución de Mayo entre “patriotas” y realistas, atravesados transversalmente por el tradicionalismo y el liberalismo, obteniendo así “patriotas”-tradicionalistas, “patriotas”-liberales, realistas-tradicionalistas y realistas-liberales, claro que podemos hacer apreciaciones como ésa. Pero el problema es que para ello deberíamos comprobar la existencia de estos compartimentos estancos, en caso de haber existido.


    Ciertamente, y como hemos repetido numerosas veces en este bloc de notas, el liberalismo infiltró las fuerzas realistas, desde arriba (Cádiz primero, Madrid después), desde abajo (por el contacto con la Francia revolucionaria primero y con la Gran Bretaña de la guerra napoleónica peninsular después) y desde afuera (por el contacto con los insurgentes americanos, especialmente durante las numerosas treguas locales y el comercio e intercambio entre los bandos cuyas “fronteras” no eran tan precisas como se puede creer). Así hemos visto a los que eventualmente terminarán traicionando la Causa en Ayacucho, enfrentándose a Olañeta o abandonando a su suerte a los pincherinos. Pero lo que importa, fundamentalmente, no es lo que personajes individuales puedan o no haber hecho, sino la justicia de la Causa de los que defendían el bien común político —la unidad de la patria y la fidelidad al Rey—, como excepcionalmente explica J. A. Ullate en su magistral libro Españoles que no pudieron serlo (de sospechosa nula distribución en nuestra América hispánica), frente a los intereses particulares y mezquinos de los que la historiografía posterior, asumiendo la propaganda bélica como punto de partida, llamó “patriotas”, por muy justos que hayan sido sus sentimientos de agravio, sus deseos de mayor representatividad, sus necesidades de mayor apertura del monopolio hispano, sus reivindicaciones frente a políticos afrancesados e iluminados en la Metrópoli… Cualquiera de estas causas, justas, justificables o entendibles, en su contexto, excusa del mayor bien, el bien común político, que es causa final de toda vida en sociedad, de cualquier sociedad política (o estado, si se prefiere un término de uso común aunque significado un tanto equívoco).


    Como cualquier hecho histórico, la Revolución de Mayo obedeció a múltiples factores que no es posible reseñar en estos momentos. Es cierto que minorías iluministas y agentes ingleses quisieron aprovechar para oscuros propósitos la instalación de la Primera Junta, como lo hacían simultáneamente con los heroicos defensores de la Independencia española que combatían a Napoleón. Pero fue precisamente el Presidente de dicha Junta (principal protagonista de la gesta), quien se encargó de dejar bien sentado los alcances de la Revolución. Don Cornelio Saavedra, que de él estamos hablando, había dicho al Virrey Cisneros que “no queremos seguir la suerte de España ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos”.


    ¿“Reasumir nuestros derechos”? ¿Qué “derecho” tenía Saavedra otro que la fuerza que le daba el hecho de ser comandante honorario de una milicia como representante de una de las principales familias de comerciantes del Alto Perú? ¿Qué “derecho” podía invocar sobre todo el (mal llamado) Virreinato del Río de la Plata una Junta reunida contra derecho y designada —bajo amenaza— por un ayuntamiento municipal? Vemos aquí ecos de Rousseau, de Locke… o, si se prefiere, de un Suárez, mal enseñado por los clérigos ilustrados de Charcas y confusamente asimilado por sus discípulos criollos (¡en ningún lugar de toda su obra Francisco Suárez justifica la secesión!).


    El siguiente párrafo merece que lo tratemos por separado:


    En efecto, como consecuencia de la Conferencia de Bayona en 1808, Carlos IV y Fernando VII habían entregado España y los reinos americanos al despotismo de José Bonaparte, facilitando además la invasión napoleónica. Sin embargo, tanto en la Península como en el Nuevo Mundo, los pueblos —suponiendo que Fernando había actuado bajo presión— formaron Juntas a su nombre —“Por Dios, por la Patria y el Rey” como se decía— para resistir a los franceses.


    Efectivamente podemos sintetizar los hechos de esta manera. Sin embargo, es un poco curioso el tiempo que se tomaron los americanos para formar Juntas… Pero, además, las Juntas que se conformaron siguieron el modelo que aquí, de este lado del Atlántico, tuvieron las primitivas, con la participación de los principales cabildeantes, el virrey y demás autoridades civiles y eclesiásticas. Lo que no fue el caso de Buenos Aires, donde expresamente se hizo de otra forma.


    La Junta Central de Sevilla se atribuyó por aquel entonces el gobierno de América, aunque no tenía títulos legítimos para pretender nuestra obediencia, ya que las Indias eran autónomas y sólo al Rey debían fidelidad (como había dispuesto en 1519 el Emperador Carlos V).


    Esto no es tan así. Hay varias afirmaciones en esta oración que deberían ser matizadas. En efecto, las Indias —o América como ya se las denominaba desde el siglo XVII— debían fidelidad sólo al Rey. Pero éste gobernaba a través de los funcionarios por él nombrados y las instituciones creadas al efecto. El caso de los Reinos de Indias es totalmente asimilable al de los demás reinos de las Españas. La Junta Central vino a unificar —en tiempos extraordinarios, como son los de guerra, con una enorme proporcion de la Península Ibérica bajo control napoleónico— el gobierno de las Españas. Y, para ello, independientemente de cierta terminología equívoca utilizada (como el hablar de “nación española”), esa Junta Central llamó a los ayuntamientos americanos a nombrar representantes a Cortes.


    En realidad, dicha autonomía ya venía siendo atropellada por los Borbones desde su llegada a la Corona en 1713, y los americanos temían que las autoridades peninsulares y quienes a ellas respondían —como el Virrey Cisneros en Buenos Aires o el Gobernador Elío en Montevideo— siguieran cercenando nuestros fueros o negociando la libertad americana frente a Napoleón, los ingleses o los portugueses.


    Aquí encontramos una de las paradojas del revisionismo nacionalista argentino. Se acusa a los Borbones de todo tipo de iniquidades —desde la supresión de la Compañía de Jesús (que el tiempo daría la razón) hasta la Ordenanza de Intendentes (que nunca llegó a efectivizarse del todo y los hechos históricos de 1810, con el papel protagónico de los cabildos, lo demuestran)—, pero al mismo tiempo se reivindican otras medidas quizá mucho más “anti-tradicionales” como la creación del Virreinato del Río de la Plata, unificando una provincia marginal del Virreinato peruano como la de Buenos Aires (y Asunción, juntas o separadas según la ocasión), con las más ricas y rivales del Tucumán y el Alto Perú (subordinándolas a aquélla) y la de Cuyo (que dependía directamente de Chile).


    Por eso, cuando en mayo de 1810 se supo en el Río de la Plata que aquel organismo —la Junta Central— había desaparecido, y que toda España —excepto la Isla de León— estaba ocupada por los ejércitos del Gran Corso, los vecinos principales de Buenos Aires presionaron para deponer al Virrey y lograr el autogobierno.


    Es decir, se provocó una Revolución. Hablemos claro.


    Como magistralmente dice el Dr. Garralda: “Las primeras Juntas (no digo gobiernos) no fueron un acto de fidelidad al Rey, y menos fidelidad heroica. Existía otra manera de retomar la tradición política hispana frente a unos Gobiernos absolutistas que se habían alejado de ella, como mostraron el Reino de Navarra resistiéndose al absolutismo, los realistas renovadores peninsulares, y después el Carlismo.” No estamos proponiendo una alternativa histórica teórica o ideal (como proponía en la ficción un libro del Dr. Beccar Varela), sino una opción bien concreta que se vio plasmada en la Península, frente a los “revolucionarios” que también allí quisieron “lograr el autogobierno” —los liberales gaditanos, los que luego se exiliaron en París o Londres, los que volvieron en el Trienio o los que finalmente regresaron (para quedarse) con la reina Cristina—. En cualquier caso, y para terminar por ahora con el comentario, los gobiernos “autonómicos” americanos no tenían ninguna razón de existir tras el regreso de Fernando VII en 1814.


    Así formamos el Primer Gobierno Patrio, sin romper los vínculos con Fernando VII (uno de los que votaron por la destitución del Virrey, el célebre Padre Chorroarín emitió su voto diciendo que lo hacía “Por Dios, por la Patria y por el Rey”), en la esperanza de que vuelto al Trono respetara nuestra libertad, aunque preparándonos también para la Independencia si España se perdía definitivamente en manos de Napoleón o si Fernando regresaba como monarca absoluto y centralista.


    Hablar de “Primer Gobierno Patrio” es en sí una petición de principios, puesto que supone que no había Patria antes del 25/V/1810. Lo cual es un sinsentido. La Patria eran las Españas, en su pluralidad de reinos y provincias en Europa, América y Asia. Lo que se crearía, en todo caso, serían naciones, pero naciones-Estados según el modelo ilustrado decimonónico. ¿Qué diferencia esencial —en sentido metafísico— existe entre la República Argentina, la República Oriental del Uruguay, el Estado Plurinacional de Bolivia o la República Chilena? Pues no lo hay. Sólo hay unos límites de un territorio definido por la fuerza (por los hechos consumados, la guerra y/o la ley positiva), sometido a un Estado-nación, que gobierna (o desgobierna, la mayoría de las veces) desde una capital.


    ¿Desde cuándo los súbditos pueden poner “condiciones” para no independizarse? Aunque Fernando VII hubiese sido el peor monarca de la historia, absolutamente déspota y centralista, la independencia no queda justificada. Si llevamos este “principio” (que el nacionalismo revisionista usa como justificativo) a su aplicación efectiva como base fundante de la República Argentina, entonces justificaríamos cualquier secesión sobre la base de que, sucesivamente, hemos tenido en el Sillón de Rivadavia a malos gobernantes, corruptos y anticristianos en sus leyes (de una manera que a Fernando VII, en el peor de sus días, no se le hubiese siquiera cruzado por la mente). ¿No nos damos cuenta que al quebrar la unidad de la Patria hemos puesto dinamita bajo los cimientos de nuestras republiquetas? No hay que hilar muy fino en la historia para comprobar que el quiebre de la unidad política de las Españas introdujo el germen de la discordia y la guerra fraternal entre americanos, rompiendo varios siglos de una “pax hispana” conservada casi sin ejércitos ni policías sino por la simple existencia de la figura de un Rey que, a pesar de todos sus muchos defectos humanos, era padre de su pueblo.


    El primer gobierno patrio fue pues, un acto de fidelidad heroica a un Rey que no merecía ya nuestro vasallaje, a la vez que una medida prudente para preparar la posible independencia.


    ¿“Fidelidad heroica”? Lo dicho por el profesor Garralda. ¿“Que no merecía ya nuestro vasallaje”? La doctrina católica tradicional, aún cuando puede llegar al extremo (discutido) de admitir la rebelión contra leyes injustas o contra un Rey herético, la deposición y, hasta, el magnicidio en casos de extrema necesidad, nunca ha admitido la secesión ni la supresión de la Corona como institución.


    Autonomía respecto de la España peninsular, defensa frente a Napoleón y fidelidad a los valores de la Tradición, esos fueron los móviles de la Revolución de Mayo en protagonistas como Don Cornelio Saavedra o el Padre Chorroarín y en la interpretación posterior de otros patriotas que tuvieron relevancia tanto en aquellos hechos como en la Declaración de la Independencia. Me refiero a próceres de pensamiento tradicional y católico como Don Tomás Manuel de Anchorena o el Padre Castañeda.


    Sobre esto ya hemos hablado más arriba. Sólo nos resta repetir que el status clerical no previene contra una mala doctrina, especialmente en temas de ética política de más ardua disquisición para el no especialista. De hecho, como hemos dicho en este bloc de notas en una ocasión en general y en otra, en forma particular, el papel de los clérigos en la Revolución fue de primer orden. Tanto fue así, que el revolucionario y agente británico Miranda llegó a afirmar que el Cuartel General de la Revolución Americana estaba en los Estados Pontificios —en referencia a muchos ex jesuitas allí exiliados—.


    Quienes quisieron desviar la Revolución de Mayo de ese camino, como Moreno o Castelli —instaurando un terrorismo jacobino, propiciando o tolerando el libertinaje y la impiedad religiosa, negando los derechos de las provincias, cediendo a las pretensiones británicas— fueron apartados sin contemplaciones.


    ¿En serio? ¿Cuándo? ¿en qué momento? ¿Fueran “ésas” las razones por las que fueron “apartados sin contemplaciones”? ¿O fue, más bien, el fruto de luchas políticas entre los sectores o partidos que se disputaban el poder revolucionario?


    Es lo que se desprende del epistolario de Don Cornelio Saavedra. En carta a Chiclana del 15 de enero de 1811, decía el Presidente de la Primera Junta: “El sistema robesperriano que se quería adoptar (…), la imitación de revolución francesa que intentaba tener por modelo gracias a Dios que han desaparecido (…). Los pueblos deben comprender ya que la Ley y la Justicia son únicamente las reglas que dominan: que las pasiones, los odios y particulares intereses eran (…) diametralmente opuestas al ejercicio de las virtudes”. Por su parte, en carta a Viamonte del 17 de junio de 1811 sostenía: “¿Consiste la felicidad general en adoptar la más grosera e impolítica democracia?” —es decir, no una sana aplicación del “principio democrático”, sino una democracia relativista y demagógica— “¿Consiste en que los hombres hagan impunemente lo que su capricho o ambición les sugiere? ¿Consiste en atropellar a todo europeo, apoderarse de sus bienes, matarlo, acabarlo y exterminarlo? ¿Consiste en llevar adelante el sistema de terror que principió a asomar?” —como sucedió con el fusilamiento de Liniers o las tropelías cometidas por los hombres de Castelli en el Alto Perú— “¿Consiste en la libertad de religión?”, es decir en el indiferentismo y el secularismo. “Si en eso consiste la felicidad general, desde luego confieso que ni la actual Junta provisoria, ni su presidente tratan de ella; y lo que más añado que tampoco tratarán mientras les dure el mando”.


    ¿Son éstas palabras de un tradicionalista o de un conservador, de un “girondino”, de un “conservador de la Revolución” —según la genial definición de Balmes—? Lo dicho. ¿Por qué el saavedrismo —que contaba con el principal apoyo militar y con el de los caudillos orilleros— esperó para actuar todo el tiempo que esperó y, mientras tanto, convalidó todo lo actuado por Moreno, Castelli, Belgrano, etc.?


    La Revolución de Mayo desembocó finalmente —luego de seis difíciles años— en la Declaración de la Independencia.


    Éste es uno de los favoritos del nacionalismo revisionista. La independencia no fue buscada sino que fue una trágica e inevitable eventualidad a la que llevaron las leyes inexorables de la historia. Para ello debe negar la existencia de la llamada “máscara de Fernando VII” —los vivas al Rey que hipócritamente cubrieron los primeros años de la Revolución— y toda la enorme documentación que existe al respecto. Como hemos dicho más arriba, siguiendo al Prof. Garralda, la independencia no era la única alternativa. Como hemos dicho en algún momento, el 9/VII/1816 significó no la independencia, sino “el abandono del cálido hogar paterno hispánico en búsqueda de utópicos ideales revolucionarios, según expresa nuestro himno nacional, para acabar en el chiquero donde se mezclan lo peor del liberalismo anglosajón y europeo continental”. A pesar de los cambios realizados a dicho himno, lo fundamental quedó: “¡Oíd, mortales!, / el grito sagrado: / ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! / Oíd el ruido de rotas cadenas / ved en trono a la noble Igualdad. /…”


    Fueron la religión, el orden, la justicia, la tradición, las libertades concretas, los valores que presidieron a los más esclarecidos de nuestros patriotas. No el laicismo, el igualitarismo, el espíritu revolucionario o las “libertades de perdición”, como llamarían los Papas del siglo XIX a los falsos derechos surgidos de las revoluciones liberales —y que encandilaban a la facción “ilustrada” del bando patriota—.


    Pues eso no es lo que la historia ha plasmado. Ni siquiera en nuestros símbolos. Eso no es lo que recoge nuestro himno ni nuestro escudo nacional. ¿No será que la facción “tradicional” no existió realmente?


    Con justa razón afirmaba en 1819 el Padre Castañeda —uno de los líderes de nuestra Independencia—: “no nos emancipemos con deshonor como rebeldes, forajidos y ladrones, sino con el honor correspondiente a los que hemos sido hijos y vasallos de la corona. Motivos hay muy justos para separarnos, sobran las razones para la emancipación: la ley natural, el derecho de gentes, la política, y la circunstancias todas nos favorecen (…) La piadosa América cuando determina emanciparse no es sino para renovar su juventud como la del águila, (…) para ser el emporio de la virtud, el templo de la justicia, el centro de la religión y el ‘non plus ultra’ de la hidalguía, de la nobleza, de la generosidad y de todas las virtudes cívicas”.


    Las palabras de Castañeda muestran un interesante tono poético, donde se percibe claramente la confusión imperante en el clero, aún en el más conservador como es el caso. Ya lo hemos dicho antes, ¿hay “motivos… muy justos para separarnos” o “las razones [que sobran] para la emancipación”? ¿Qué motivo hay más alto que el bien común de la Patria para justificar su ruptura? Se nos ocurre, tal vez, el caso de un soberano que obligara a todos sus súbditos a apostatar. Y aún en ese caso habría que analizar si no hay ninguna otra alternativa. Pero, en cualquier caso, no era ésta la situación de América en 1810.


    Es nuestro deber como cristianos y como argentinos no dejar que nos falsifiquen la historia, que nos roben la memoria colectiva, que nos oculten el ejemplo de nuestros arquetipos. Los Padres de la Patria independiente nos han marcado el camino. Forjar una Nación justa, una Nación libre, una Nación cristiana, fieles a los principios de la Hispanidad. Tenemos fueros limpios. Seamos fieles a esa herencia.


    El autor habla de “nación”, término por demás equívoco para referirlo a nuestros países americanos. El término tradicional “nación” (del lat. nātĭō) hacía referencia a raza e idioma. ¿Qué diferencias concretas de lengua o raza existen entre la República Argentina o la del Perú, o aún, con la de Federal Mexicana? Sólo podemos pensar en la idea moderna e ilustrada de “nación”, que no es otra que la de “nación-Estado”, que viene a reemplazar la figura del Rey por un “aparato” burocrático, una entelequia legal auto-constitutiva (autonómica en sentido etimológico) que, en última instancia, se justifica por la “voluntad general” revolucionaria, para imponer la ley positiva, creada ex nihilo, en un territorio determinado y delimitado.


    Compartimos con el autor, sin embargo, de cuya buena voluntad no dudamos, los deseos de fidelidad a la herencia hispánica. Pero, siguiendo a Castellani, decimos que tenemos el deber de “pensar la Patria” y de “hacer verdad”. Y esto implica reconocer que las republiquetas americanas son inviables en su actual situación. No sólo económicamente, sino también cultural, social y políticamente. Y que éste es un vicio de origen: nuestro pecado original de impiedad, perjurio y traición.


    El Tercio de Lima dio el Víctor.

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    Re: Hay “otro” bicentenario

    C. L. A. M. O. R.: Olañeta: El maldito de la historia liberal

    Olañeta: El maldito de la historia liberal



    Pedro Antonio de Olañeta y Marquiegui nació en Elgueta (Vizcaya) en 1770 en el seno de una familia humilde. A los dieciséis años emigró con sus padres y hermanos a América, residiendo alternativamente entre Potosí y Salta.

    Como muchos otros vascos que emigraron a fines del siglo XVIII, los Olañeta se dedicaron al comercio. Y lo hicieron bien. Pronto abrazaron una importante fortuna y pudieron hacerse un lugar entre la clase acomodada de Salta del Tucumán. Por su parte, Pedro casó con una prima suya; hermana del jujeño Juan Guillermo Marquiegui, el futuro coronel realista del que en algún otro momento nos ocuparemos.

    Para cuando tuvo lugar la Revolución de Mayo de 1810, Olañeta conducía su estancia y sus hombres como un verdadero caudillo. Como otros, cayó en las redes de la propaganda de las ideologías y pensó, por un momento, que —como decía— la Revolución porteña se hacía en nombre del Rey preso de Napoleón.

    Sin embargo, pronto comprendió la mentira de los “patriotas” y sus fines independentistas y pro-británicos, volcándose entonces por el bando “realista”. Con sus fieles, el caudillo Olañeta se puso bajo las órdenes de José Manuel de Goyeneche —un criollo— y participó en la campaña de defensa del Alto Perú contra la agresión porteña.

    Con sus gauchos, Olañeta operó principalmente en lo que posteriormente sería Provincia de Jujuy (en ese entonces parte de Salta), destacándose por su arrojo y fidelidad al Rey.

    En 1817 logró ocupar San Salvador, hasta que fue rechazado por las bestiales huestes de Martín Miguel de Güemes y sus métodos terroristas. Retirándose entonces hacia el Alto Perú, Olañeta quedó al mando de Joaquín de la Pezuela y sus hombres fueron organizados como regimiento, con él como coronel.

    Posteriormente, fue ascendido a general de brigada y, bajo las órdenes de José de la Serna, hizo las campañas de 1821 a 1823. Pero cuando se hicieron evidentes las intenciones traicioneras de los liberales, se enfrentó a La Serna y se convirtió en el único “Defensor del Altar y el Trono” —como él repetía— .

    Perseguido por los traidores que arteramente dominaban sobre la mayoría del otrora fiel ejército realista, se puso en contacto con Bolívar y sectores “patriotas” conservadores. Al menos, pensaba, aseguraría un refugio para los verdaderos fieles al Rey —los “absolutistas”, como los tilda la historia liberal—.

    Tras recibir noticias de la liberación del Rey por parte de las fuerzas realistas de la Península y la anulación del monarca de las leyes liberales, el 15 de enero de 1824, el Gral. Pedro Antonio de Olañeta decide resistir a los jefes liberales del virreinato peruano. La rebelión se extiende entre toda la tropa realista el 22.

    Olañeta intima al gobernador intendente de Potosí, José Santos La Hera, para que ponga a su disposición su guarnición de 300 hombres. En un primer momento, La Hera resistió con sus hombres en la Casa de Moneda potosina; aunque, evitando el enfrentamiento, entregó sin combatir sus tropas a Olañeta a cambio de un salvoconducto para sus oficiales y él mismo.

    Luego, se dirigió a Chuquisaca (Charcas), donde intimó al presidente de la Real Audiencia, Rafael Maroto, a entregar la guarnición y la ciudad. Lo que éste hizo, refugiándose en Oruro.

    Los liberales del virreinato peruano, al mismo tiempo que negociaban con facciones “patriotas” que les eran afines con el fin de independizar Perú, envían a Jerónimo Valdés desde Arequipa para perseguirlo. El 9 de marzo del ’24, Valdés y Olañeta se entrevistan en Tarapaya, en las afueras de Potosí.

    El jefe “absolutista” exige la deposición de los gobernadores La Hera y Maroto, y demanda el control del Alto Perú en vistas a su futuro nombramiento como Virrey del Río de la Plata, según se le había informado desde España. Para ganar tiempo mientras José Canterac negociaba en secreto con los republicanos peruanos en nombre de la facción liberal del realismo peruano, Valdés accede a lo que le pide Olañeta. Por su parte, éste asistiría con dinero a Cuzco para resistir a los insurgentes y daría apoyo con sus tropas en caso de un desembarco “patriota” en Iquique o Arequipa.

    Pero los liberales no pretendían cumplir. Valdés nunca desocupó Cochabamba ni La Paz. Y, tras la sublevación del Callao que permitió la reocupación realista de Lima, el Virrey peruano se sintió fuerte y envió tropas de refuerzo a Valdés, que estaba en Oruro.

    Enterados de los nuevos vientos que soplaban en la Península Ibérica, los liberales se hicieron entonces “absolutistas”. La Serna suprimió el régimen constitucional en el Perú, pero exigió sumisión a Olañeta. Éste que sabía de las verdaderas intenciones del Virrey limeño, se negó, por lo que Valdés recibió órdenes, el 4 de junio de 1824, de usar la fuerza en el Alto Perú.

    Muchos antiguos prisioneros insurgentes, incluyendo un importante contingente de argentinos, se unieron a Olañeta para resistir a los liberales de Valdés. Los “absolutistas” altoperuanos contaban, además, con el apoyo del Cnel. Marquiegui y del Cte. José María Valdez, “el Barbarucho”, que defendían Chuquisaca, y con el Brig. Francisco Javier Aguilera, que resguardaba Cochabamba. En total, unos cinco mil hombres defenderían al Rey en el Alto Perú.

    Frente a ellos, lo mejor del Ejército Real del Perú, dividido en dos columnas: una al mando de Valdés contra Chuquisaca y otra, dirigida por Carratalá, contra Potosí. Junto a los jefes liberales, oficiales famosos (o que lo serán posteriormente) como Valentín Ferraz, Cayetano Ameller, José Santos La Hera y Rafael Maroto.

    El 20 de junio, Olañeta da a conocer un Manifiesto a los habitantes del Perú donde denuncia la doblecara de los constitucionales que hoy lo acusan de traidor, cuando él solo defendió en todo tiempo los derechos del Rey. Si había guardado lo convenido en Tarapaya, explica, fue para evitar “una guerra desoladora”. Pero ahora debía resistir.

    Ocho días después del manifiesto, Olañeta salió de Potosí con destino a Tarija. Poco después, el Barbarucho desocupaba Chuquisaca ante tropas muy superiores en número. Valdés entró en la capital de Charcas el 8 de julio y, en nombre del Virrey, nombró al Cnel. Antonio Vigil como presidente de la Audiencia y al Gral. Carratalá como gobernador intendente de Potosí.

    El 12 de julio, en Tarabuquillo (Tomina, Chuquisaca), Barbarucho resistió a la caballería de Valdés. El caudillo salteño de la larga barba colorada, al frente de tan sólo 350 hombres, venció a los 4000 de Valdés (incluyendo 800 de caballería). Pero al día siguiente, se produce la traición de Ignacio Rivas, que, al frente del 2º Escuadrón de Dragones de la Frontera, se pasa a las fuerzas peruanas liberales.

    También el 13 tiene lugar una verdadera operación comando. Un pequeño escuadrón de 70 Dragones de Santa Victoria, saliendo del pueblo de Puna, a las órdenes de Pedro Arraya, Juan Ortuño y Felipe Marquiegui, entran por sorpresa en Potosí, capturan a Carratalá y se lo llevan prisionero.

    El 26 de julio, Valdés se presenta con su poderoso ejército en el pueblo de San Lorenzo (en las afueras de Tarija), exigiendo al comandante Bernabé Vaca la entrega de la guarnición y de su prisionero, Carratalá. Poco días después, cae Tarija; pero Olañeta logra escapar.

    Barbaducho, al mando del Regimiento Unión, parte hacia Suipacha; mientras que el Cnel. Carlos Medinaceli, con los regimientos de Cazadores y de Chichas, van con dirección a Santiago de Cotagaita. Por su parte, el Cnel. Francisco de Ostria, al frente del Regimiento de Dragones Americanos, parte a Cinti (hoy Camargo), y Olañeta, con dos escuadrones de la guarnición de Tarija, logra recuperar esta ciudad el 5 de agosto y recobrar algunos desertores.

    Pero mientras Olañeta recuperaba Tarija y Francisco López (subordinado de Aguilera) tomaba prisionero al traidor de Rivas en La Laguna, su cuñado Marquiegui caía prisionero de Valdés en Santa Victoria (Salta). Por la noche, el Barbarucho, con sólo 250 hombres, sorprende a Carratalá, con más de 700, capturándolo y llevándose dos cañones y centenares de caballos, mulas, fusiles y pertrechos.

    Mientras Valdés regresaba de Santa Victoria (Salta) con dirección a Tupiza, Olañeta hostilizaba su retaguardia. El 13 de agosto se produce el combate de Cazón, un gran éxito del Barbarucho, tomando numerosos prisioneros y rescatando al coronel Marquiegui. Al día siguiente, en Cotagaitilla, nuevamente los realistas peruanos sufren un duro golpe. Y, poco después, en La Lava, son nuevamente alcanzados por el heroico Barbarucho, muriendo Cayetano Ameller en la refriega. Pero este caudillo “absolutista” era demasiado arrojado, hasta la imprudencia, y en el amanecer del 17, cae prisionero junto con todo su batallón. Frente a los 2000 hombres que Valdés había perdido desde que abandonara Salta, los 350 hombres del Barbarucho no eran tantos; pero para Olañeta eran decisivos. Con esta pírrica victoria, Jerónimo Valdés encontraba ahora despejado el camino hasta Chuquisaca.

    Tras la batalla de Junín el 6 de agosto, el ejército realista del Perú comienza a tambalear y Valdés recibe la orden de trasladarse en forma urgente al Cusco. Valdés envió al comandante Vicente Miranda para negociar el fin del conflicto. “¡Basta de sangre!” eran las hipócritas palabras del jefe liberal peruano, a la vez que le ofrecía quedarse con el mando del Alto Perú hasta el río Desaguadero y liberar a todos los prisioneros. A cambio, pedía a Olañeta disponer de una fuerza de dos mil infantes y quinientos caballos a disposición de Lima, en caso de que fuese necesario frenar el avance de Bolívar.

    En el parte de Bolívar del 13 de agosto, dice de este ejército realista del vizcaíno fiel que era “verdaderamente patriota y protector de la libertad”. Por su parte, el liberal Espartero, acusó a Olañeta de infame y traidor, y de querer unirse a los insurgentes de las Provincias del Río de la Plata.

    Nuevamente Valdés incumplió su palabra. Mientras que Olañeta liberaba a sus prisioneros, el primero se llevaba los suyos al Perú. En el viaje, el Barbarucho y el capitán Francisco Zeballos lograron escapar.

    En octubre, el general revolucionario José Miguel Lanza, que gobernaba un “republiqueta” en las montañas de Ayopaya, reconoció la autoridad de Olañeta.

    No fue, como dice la historiografía oficial, la batalla de Ayacucho el fin de la presencia realista en América del Sur. Olañeta continuó resistiendo, fiel a la Corona y a la Tradición española, con base en Potosí.

    En un primer momento Olañeta buscó cooperar con Pío Tristán, quien había desconocido la capitulación de La Serna y asumía como virrey del Perú. Pero, eventualmente, también Tristán se acogió a la capitulación de Ayacucho, dejando a Olañeta nuevamente solo.

    El líder insurgente Antonio José de Sucre ofreció a Olañeta que, si se pasaba al bando republicano, le dejarían el mando sobre todo el Alto Perú. El líder “absolutista” se negó —si él gobernaba el Alto Perú, lo hacía únicamente como representante del Rey; no estaba en su espíritu el coronarse dictador de una republiqueta—, pero, en cambio, propuso la firma de un armisticio.

    Sin embargo, los intereses de la minería británica no iban a permitir un Alto Perú en poder realista y tradicional. Traicionando el pacto, por órdenes de Bolívar, cayó La Paz el 29 de enero de 1825 en poder insurgente —con ayuda de Lanza, nuevamente traidor pasado al bando “patriota”—.

    Perseguido desde el norte por el mariscal Sucre, que había cruzado ilegalmente el río Desaguadero el 6 de febrero, y cercado desde el sur por Juan Antonio Álvarez de Arenales con tropas venidas de las Provincias Unidas del Río de la Plata —teóricamente neutrales—, Olañeta convoca un consejo de guerra en Potosí. Se vota por continuar la guerra y se envía a Medinaceli a Cotagaita y al Barbarucho a Chuquisaca, mientras que Olañeta parte a Vitichi, llevando consigo el Tesoro de la Real Audiencia —lo que quedaba de él; recordemos que el tesoro original había sido robado por la Junta bonaerense en 1810—.

    Sucre ingresa en Potosí el 29 de marzo. Pero mientras tanto y ante un panorama de desesperación, la defección y la traición se apoderan de las fuerzas realistas. Casimiro Olañeta, sobrino del caudillo realista, mientras se dirigía a Iquique para comprar armas, se entrega a Sucre y lo pone al tanto de los planes de su tío. Por su parte, las tropas del Cnel. Medinaceli se sublevan y éste se acoge a la capitulación de Ayacucho, pasándose a los “patriotas”. Cayó así Cotagaita.

    Enterado de la traición, Olañeta se pone en marcha para atacar a su antiguo subordinado. Mientras tanto, Medinaceli, habiendo recibido refuerzos de mercenarios “patriotas”, toma posiciones en el río Tumusla. El 1º de abril se produce el enfrentamiento. Olañeta, el invencible, es herido y cae al suelo, lo que provoca la desbandada de sus hombres —la mayoría de ellos indígenas agotados de años de guerra contínua—.

    La batalla de Tumusla fue así uno de los últimos combates entre fuerzas regulares de lo que fueron las Guerras de la Independencia en América Española. Un día después de Tumusla, el valiente Olañeta, mientras se recuperaba de sus heridas, es asesinado vilmente por uno de sus hombres —pagado por las logias—.

    Días después, el Barbarucho, José María Valdez, se ve obligado a rendirse en Chequelte, al frente de 200 hombres ya sin municiones. Sin embargo, Francisco Javier Aguilera continuará una resistencia de guerrillas durante unos años más.

    Sin conocer el triste destino de su fiel general, el 12 de julio, el rey Fernando VII nombró a Pedro Antonio de Olañeta como virrey del Río de la Plata. Fue el reconocimiento póstumo del único que fue Siempre Fiel.

    Mapa con la división de las Audiencias de los Reinos del Perú
    anterior al establecimiento del Virreinato del Río de la Plata en 1776





    C. L. A. M. O. R.: Bicentenario, Revolución y Tradición

    Bicentenario, Revolución y Tradición

    Hemos leído la nota intitulada “Bicentenario y Tradicionalismo”, que publica el bloc de notas Crítica Revisionista (8/III/2012), autoría del profesor Dr. Fernando Romero Moreno, y publicada originalmente en la revista “Ahora Información” (nº 105, VII-VIII/2010), con el título “Bicentenario de Mayo: explicación desde el otro lado del Océano”. Ya dicho artículo fue contestado de forma magistral en la misma revista por el profesor Dr. José Fermín Garralda Arizcun, bajo el título “Buenos Aires y la Revolución de 1810: Tradición o Revolución”, que puede leerse aquí, sin embargo nos gustaría hacer constar algunos comentarios propios glosando el texto del Dr. Romero Moreno—a quien, desde ya, abrimos las puertas para comentar, responder o aclarar lo que crea conveniente, si lo desea, tiene ganas y tiempo—.


    A continuación, entonces, nuestras observaciones.


    BICENTENARIO Y TRADICIONALISMO


    Conocer y festejar los acontecimientos fundamentales de la historia patria es un honroso deber de justicia con nuestros antepasados y una grave responsabilidad respecto de las nuevas generaciones. Por eso es importante saber qué es lo que celebramos en esta jornada cívica.


    Hay quienes han enseñado que los hechos del Año X fueron una copia de la Revolución Francesa —laicista y regicida—, una rebelión contra la Tradición religiosa y cultural heredada de España o un acto cómplice con las pretensiones colonialistas de Gran Bretaña. Lo cual complica el explicar un acontecimiento como este a hermanos españoles, con quienes compartimos los mismos ideales.


    Antes de que empecemos a leer los tópicos del revisionismo nacionalista, justo es aclarar que entre “quienes han enseñado” esto, están los mismos protagonistas. Es decir, no se trata de un relato construido años después por liberales que pretenden llevar agua para su molino. Por ejemplo, Manuel Belgrano, como ya hemos visto aquí, afirmando que se vio inspirado por la Revolución Francesa. O, respecto a la complicidad con el colonialismo británico de los miembros de la Junta de Mayo, sólo habría que leer los nombres de los implicados en la fuga de Beresford o, como ya hemos hecho aquí (por ejemplo, en los casos de los oficiales Montague y Ramsay, del agente inglés Paroissien, del papel británico en la extraña muerte de Moreno, o de la gran estrategia británica, ), revisar la registrada participación de la flota británica en mayo de 1810 en las costas del Río de la Plata—hecho coronado con el izamiento de la insignia británica en el Fuerte de Buenos Aires el mismo 26/V/1810—.


    Sin embargo, la buena voluntad de ambas partes puede ayudar a un diálogo fecundo, partiendo aquellos principios que nos unen: la fidelidad a la Religión Católica y a la Tradición de las Españas.


    La buena voluntad se descuenta. Por supuesto. Pero ello implica, también, estar dispuesto a modificar un relato —como el revisionista nacionalista— que es insostenible ante la abrumadora cantidad de evidencias en contrario.


    Como punto de partida dejemos centrado que existieron cuatro tendencias en torno a la Revolución de Mayo: dos impulsoras de la misma y dos contrarias. De las impulsoras, una fue de tendencia tradicionalista (Saavedra) y otra liberal (Mariano Moreno). De las contrarias, una fue igualmente tradicionalista (Abascal, Liniers, Elío) y otra liberal (Consejo de Regencia y Cortes de Cádiz).


    Se trata de una petición de principios. Dividir a la Primera Junta, y los gobiernos siguientes, en dos partidos —uno tradicionalista y otro liberal—, es una misión harto difícil y que implica hacer muchos supuestos y amputar los dichos y los hechos de muchos de sus protagonistas. Es curioso, por dar un ejemplo, que los defensores de la supuesta “tendencia tradicionalista” del saavedrismo tomen como argumento justificador de la Revolución de Mayo el dicho por Castelli (personaje paradigmático de la “tendencia liberal”) en el cabildo abierto del 22/V/1810; al mismo tiempo que desdeñan las explicaciones que hizo el propio Saavedra en su Memoria. Pero, además, ¿era tradicionalista Saavedra? Hemos visto que no. ¿Lo era el deán Funes, líder del saavedrismo? ¿puede serlo quien traicionó a Liniers y escribió en La Gazeta el justificativo de su asesinato? Pues ya hemos visto que el presbítero Funes había sido el principal impulsor de la reforma ilustrada de la Universidad y de la diócesis de Córdoba del Tucumán. ¿Acaso hubo alguna oposición significativa a lo dispuesto por el secretario Moreno —supuesto líder de la “tendencia liberal”— antes de que se produjesen simples luchas por el poder que fue lo que en realidad dividió a saavedristas y morenistas? El arcabuceo de Liniers, la publicación con dineros públicos de El Contrato Social de Rousseau, el destierro de Duarte (quien se atrevió a hacer públicas —y así arruinar— las veleidades bonpartistas de Saavedra), la puesta en práctica del Plan de Operaciones, etc. fueron todos hechos aprobados por la Junta, en forma unánime (excepto el Pbro. Alberti que se abstuvo en el caso de Liniers, pero que luego —misteriosamente— va a morir). ¿No será que, como hemos sostenido aquí, Moreno es el chivo expiatorio del revisionismo nacionalista?


    Las razones por las que adherimos a la Revolución de Mayo en su tendencia tradicionalista encabezada por Don Cornelio Saavedra (Presidente de la llamada Primera Junta) es el objeto principal de estas líneas. Pero los principios religiosos y políticos de los que partimos nos hacen mirar con comprensión, simpatía y respeto la reacción contraria de Liniers, así como nos llevan a rechazar el “Mayo de Mariano Moreno” como el “Anti Mayo” del Consejo de Regencia y de las Cortes de Cádiz.


    Si aceptamos esa división matricial de la historia de la Revolución de Mayo entre “patriotas” y realistas, atravesados transversalmente por el tradicionalismo y el liberalismo, obteniendo así “patriotas”-tradicionalistas, “patriotas”-liberales, realistas-tradicionalistas y realistas-liberales, claro que podemos hacer apreciaciones como ésa. Pero el problema es que para ello deberíamos comprobar la existencia de estos compartimentos estancos, en caso de haber existido.


    Ciertamente, y como hemos repetido numerosas veces en este bloc de notas, el liberalismo infiltró las fuerzas realistas, desde arriba (Cádiz primero, Madrid después), desde abajo (por el contacto con la Francia revolucionaria primero y con la Gran Bretaña de la guerra napoleónica peninsular después) y desde afuera (por el contacto con los insurgentes americanos, especialmente durante las numerosas treguas locales y el comercio e intercambio entre los bandos cuyas “fronteras” no eran tan precisas como se puede creer). Así hemos visto a los que eventualmente terminarán traicionando la Causa en Ayacucho, enfrentándose a Olañeta o abandonando a su suerte a los pincherinos. Pero lo que importa, fundamentalmente, no es lo que personajes individuales puedan o no haber hecho, sino la justicia de la Causa de los que defendían el bien común político —la unidad de la patria y la fidelidad al Rey—, como excepcionalmente explica J. A. Ullate en su magistral libro Españoles que no pudieron serlo (de sospechosa nula distribución en nuestra América hispánica), frente a los intereses particulares y mezquinos de los que la historiografía posterior, asumiendo la propaganda bélica como punto de partida, llamó “patriotas”, por muy justos que hayan sido sus sentimientos de agravio, sus deseos de mayor representatividad, sus necesidades de mayor apertura del monopolio hispano, sus reivindicaciones frente a políticos afrancesados e iluminados en la Metrópoli… Cualquiera de estas causas, justas, justificables o entendibles, en su contexto, excusa del mayor bien, el bien común político, que es causa final de toda vida en sociedad, de cualquier sociedad política (o estado, si se prefiere un término de uso común aunque significado un tanto equívoco).


    Como cualquier hecho histórico, la Revolución de Mayo obedeció a múltiples factores que no es posible reseñar en estos momentos. Es cierto que minorías iluministas y agentes ingleses quisieron aprovechar para oscuros propósitos la instalación de la Primera Junta, como lo hacían simultáneamente con los heroicos defensores de la Independencia española que combatían a Napoleón. Pero fue precisamente el Presidente de dicha Junta (principal protagonista de la gesta), quien se encargó de dejar bien sentado los alcances de la Revolución. Don Cornelio Saavedra, que de él estamos hablando, había dicho al Virrey Cisneros que “no queremos seguir la suerte de España ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos”.


    ¿“Reasumir nuestros derechos”? ¿Qué “derecho” tenía Saavedra otro que la fuerza que le daba el hecho de ser comandante honorario de una milicia como representante de una de las principales familias de comerciantes del Alto Perú? ¿Qué “derecho” podía invocar sobre todo el (mal llamado) Virreinato del Río de la Plata una Junta reunida contra derecho y designada —bajo amenaza— por un ayuntamiento municipal? Vemos aquí ecos de Rousseau, de Locke… o, si se prefiere, de un Suárez, mal enseñado por los clérigos ilustrados de Charcas y confusamente asimilado por sus discípulos criollos (¡en ningún lugar de toda su obra Francisco Suárez justifica la secesión!).


    El siguiente párrafo merece que lo tratemos por separado:


    En efecto, como consecuencia de la Conferencia de Bayona en 1808, Carlos IV y Fernando VII habían entregado España y los reinos americanos al despotismo de José Bonaparte, facilitando además la invasión napoleónica. Sin embargo, tanto en la Península como en el Nuevo Mundo, los pueblos —suponiendo que Fernando había actuado bajo presión— formaron Juntas a su nombre —“Por Dios, por la Patria y el Rey” como se decía— para resistir a los franceses.


    Efectivamente podemos sintetizar los hechos de esta manera. Sin embargo, es un poco curioso el tiempo que se tomaron los americanos para formar Juntas… Pero, además, las Juntas que se conformaron siguieron el modelo que aquí, de este lado del Atlántico, tuvieron las primitivas, con la participación de los principales cabildeantes, el virrey y demás autoridades civiles y eclesiásticas. Lo que no fue el caso de Buenos Aires, donde expresamente se hizo de otra forma.


    La Junta Central de Sevilla se atribuyó por aquel entonces el gobierno de América, aunque no tenía títulos legítimos para pretender nuestra obediencia, ya que las Indias eran autónomas y sólo al Rey debían fidelidad (como había dispuesto en 1519 el Emperador Carlos V).


    Esto no es tan así. Hay varias afirmaciones en esta oración que deberían ser matizadas. En efecto, las Indias —o América como ya se las denominaba desde el siglo XVII— debían fidelidad sólo al Rey. Pero éste gobernaba a través de los funcionarios por él nombrados y las instituciones creadas al efecto. El caso de los Reinos de Indias es totalmente asimilable al de los demás reinos de las Españas. La Junta Central vino a unificar —en tiempos extraordinarios, como son los de guerra, con una enorme proporcion de la Península Ibérica bajo control napoleónico— el gobierno de las Españas. Y, para ello, independientemente de cierta terminología equívoca utilizada (como el hablar de “nación española”), esa Junta Central llamó a los ayuntamientos americanos a nombrar representantes a Cortes.


    En realidad, dicha autonomía ya venía siendo atropellada por los Borbones desde su llegada a la Corona en 1713, y los americanos temían que las autoridades peninsulares y quienes a ellas respondían —como el Virrey Cisneros en Buenos Aires o el Gobernador Elío en Montevideo— siguieran cercenando nuestros fueros o negociando la libertad americana frente a Napoleón, los ingleses o los portugueses.


    Aquí encontramos una de las paradojas del revisionismo nacionalista argentino. Se acusa a los Borbones de todo tipo de iniquidades —desde la supresión de la Compañía de Jesús (que el tiempo daría la razón) hasta la Ordenanza de Intendentes (que nunca llegó a efectivizarse del todo y los hechos históricos de 1810, con el papel protagónico de los cabildos, lo demuestran)—, pero al mismo tiempo se reivindican otras medidas quizá mucho más “anti-tradicionales” como la creación del Virreinato del Río de la Plata, unificando una provincia marginal del Virreinato peruano como la de Buenos Aires (y Asunción, juntas o separadas según la ocasión), con las más ricas y rivales del Tucumán y el Alto Perú (subordinándolas a aquélla) y la de Cuyo (que dependía directamente de Chile).


    Por eso, cuando en mayo de 1810 se supo en el Río de la Plata que aquel organismo —la Junta Central— había desaparecido, y que toda España —excepto la Isla de León— estaba ocupada por los ejércitos del Gran Corso, los vecinos principales de Buenos Aires presionaron para deponer al Virrey y lograr el autogobierno.


    Es decir, se provocó una Revolución. Hablemos claro.


    Como magistralmente dice el Dr. Garralda: “Las primeras Juntas (no digo gobiernos) no fueron un acto de fidelidad al Rey, y menos fidelidad heroica. Existía otra manera de retomar la tradición política hispana frente a unos Gobiernos absolutistas que se habían alejado de ella, como mostraron el Reino de Navarra resistiéndose al absolutismo, los realistas renovadores peninsulares, y después el Carlismo.” No estamos proponiendo una alternativa histórica teórica o ideal (como proponía en la ficción un libro del Dr. Beccar Varela), sino una opción bien concreta que se vio plasmada en la Península, frente a los “revolucionarios” que también allí quisieron “lograr el autogobierno” —los liberales gaditanos, los que luego se exiliaron en París o Londres, los que volvieron en el Trienio o los que finalmente regresaron (para quedarse) con la reina Cristina—. En cualquier caso, y para terminar por ahora con el comentario, los gobiernos “autonómicos” americanos no tenían ninguna razón de existir tras el regreso de Fernando VII en 1814.


    Así formamos el Primer Gobierno Patrio, sin romper los vínculos con Fernando VII (uno de los que votaron por la destitución del Virrey, el célebre Padre Chorroarín emitió su voto diciendo que lo hacía “Por Dios, por la Patria y por el Rey”), en la esperanza de que vuelto al Trono respetara nuestra libertad, aunque preparándonos también para la Independencia si España se perdía definitivamente en manos de Napoleón o si Fernando regresaba como monarca absoluto y centralista.


    Hablar de “Primer Gobierno Patrio” es en sí una petición de principios, puesto que supone que no había Patria antes del 25/V/1810. Lo cual es un sinsentido. La Patria eran las Españas, en su pluralidad de reinos y provincias en Europa, América y Asia. Lo que se crearía, en todo caso, serían naciones, pero naciones-Estados según el modelo ilustrado decimonónico. ¿Qué diferencia esencial —en sentido metafísico— existe entre la República Argentina, la República Oriental del Uruguay, el Estado Plurinacional de Bolivia o la República Chilena? Pues no lo hay. Sólo hay unos límites de un territorio definido por la fuerza (por los hechos consumados, la guerra y/o la ley positiva), sometido a un Estado-nación, que gobierna (o desgobierna, la mayoría de las veces) desde una capital.


    ¿Desde cuándo los súbditos pueden poner “condiciones” para no independizarse? Aunque Fernando VII hubiese sido el peor monarca de la historia, absolutamente déspota y centralista, la independencia no queda justificada. Si llevamos este “principio” (que el nacionalismo revisionista usa como justificativo) a su aplicación efectiva como base fundante de la República Argentina, entonces justificaríamos cualquier secesión sobre la base de que, sucesivamente, hemos tenido en el Sillón de Rivadavia a malos gobernantes, corruptos y anticristianos en sus leyes (de una manera que a Fernando VII, en el peor de sus días, no se le hubiese siquiera cruzado por la mente). ¿No nos damos cuenta que al quebrar la unidad de la Patria hemos puesto dinamita bajo los cimientos de nuestras republiquetas? No hay que hilar muy fino en la historia para comprobar que el quiebre de la unidad política de las Españas introdujo el germen de la discordia y la guerra fraternal entre americanos, rompiendo varios siglos de una “pax hispana” conservada casi sin ejércitos ni policías sino por la simple existencia de la figura de un Rey que, a pesar de todos sus muchos defectos humanos, era padre de su pueblo.


    El primer gobierno patrio fue pues, un acto de fidelidad heroica a un Rey que no merecía ya nuestro vasallaje, a la vez que una medida prudente para preparar la posible independencia.


    ¿“Fidelidad heroica”? Lo dicho por el profesor Garralda. ¿“Que no merecía ya nuestro vasallaje”? La doctrina católica tradicional, aún cuando puede llegar al extremo (discutido) de admitir la rebelión contra leyes injustas o contra un Rey herético, la deposición y, hasta, el magnicidio en casos de extrema necesidad, nunca ha admitido la secesión ni la supresión de la Corona como institución.


    Autonomía respecto de la España peninsular, defensa frente a Napoleón y fidelidad a los valores de la Tradición, esos fueron los móviles de la Revolución de Mayo en protagonistas como Don Cornelio Saavedra o el Padre Chorroarín y en la interpretación posterior de otros patriotas que tuvieron relevancia tanto en aquellos hechos como en la Declaración de la Independencia. Me refiero a próceres de pensamiento tradicional y católico como Don Tomás Manuel de Anchorena o el Padre Castañeda.


    Sobre esto ya hemos hablado más arriba. Sólo nos resta repetir que el status clerical no previene contra una mala doctrina, especialmente en temas de ética política de más ardua disquisición para el no especialista. De hecho, como hemos dicho en este bloc de notas en una ocasión en general y en otra, en forma particular, el papel de los clérigos en la Revolución fue de primer orden. Tanto fue así, que el revolucionario y agente británico Miranda llegó a afirmar que el Cuartel General de la Revolución Americana estaba en los Estados Pontificios —en referencia a muchos ex jesuitas allí exiliados—.


    Quienes quisieron desviar la Revolución de Mayo de ese camino, como Moreno o Castelli —instaurando un terrorismo jacobino, propiciando o tolerando el libertinaje y la impiedad religiosa, negando los derechos de las provincias, cediendo a las pretensiones británicas— fueron apartados sin contemplaciones.


    ¿En serio? ¿Cuándo? ¿en qué momento? ¿Fueran “ésas” las razones por las que fueron “apartados sin contemplaciones”? ¿O fue, más bien, el fruto de luchas políticas entre los sectores o partidos que se disputaban el poder revolucionario?


    Es lo que se desprende del epistolario de Don Cornelio Saavedra. En carta a Chiclana del 15 de enero de 1811, decía el Presidente de la Primera Junta: “El sistema robesperriano que se quería adoptar (…), la imitación de revolución francesa que intentaba tener por modelo gracias a Dios que han desaparecido (…). Los pueblos deben comprender ya que la Ley y la Justicia son únicamente las reglas que dominan: que las pasiones, los odios y particulares intereses eran (…) diametralmente opuestas al ejercicio de las virtudes”. Por su parte, en carta a Viamonte del 17 de junio de 1811 sostenía: “¿Consiste la felicidad general en adoptar la más grosera e impolítica democracia?” —es decir, no una sana aplicación del “principio democrático”, sino una democracia relativista y demagógica— “¿Consiste en que los hombres hagan impunemente lo que su capricho o ambición les sugiere? ¿Consiste en atropellar a todo europeo, apoderarse de sus bienes, matarlo, acabarlo y exterminarlo? ¿Consiste en llevar adelante el sistema de terror que principió a asomar?” —como sucedió con el fusilamiento de Liniers o las tropelías cometidas por los hombres de Castelli en el Alto Perú— “¿Consiste en la libertad de religión?”, es decir en el indiferentismo y el secularismo. “Si en eso consiste la felicidad general, desde luego confieso que ni la actual Junta provisoria, ni su presidente tratan de ella; y lo que más añado que tampoco tratarán mientras les dure el mando”.


    ¿Son éstas palabras de un tradicionalista o de un conservador, de un “girondino”, de un “conservador de la Revolución” —según la genial definición de Balmes—? Lo dicho. ¿Por qué el saavedrismo —que contaba con el principal apoyo militar y con el de los caudillos orilleros— esperó para actuar todo el tiempo que esperó y, mientras tanto, convalidó todo lo actuado por Moreno, Castelli, Belgrano, etc.?


    La Revolución de Mayo desembocó finalmente —luego de seis difíciles años— en la Declaración de la Independencia.


    Éste es uno de los favoritos del nacionalismo revisionista. La independencia no fue buscada sino que fue una trágica e inevitable eventualidad a la que llevaron las leyes inexorables de la historia. Para ello debe negar la existencia de la llamada “máscara de Fernando VII” —los vivas al Rey que hipócritamente cubrieron los primeros años de la Revolución— y toda la enorme documentación que existe al respecto. Como hemos dicho más arriba, siguiendo al Prof. Garralda, la independencia no era la única alternativa. Como hemos dicho en algún momento, el 9/VII/1816 significó no la independencia, sino “el abandono del cálido hogar paterno hispánico en búsqueda de utópicos ideales revolucionarios, según expresa nuestro himno nacional, para acabar en el chiquero donde se mezclan lo peor del liberalismo anglosajón y europeo continental”. A pesar de los cambios realizados a dicho himno, lo fundamental quedó: “¡Oíd, mortales!, / el grito sagrado: / ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! / Oíd el ruido de rotas cadenas / ved en trono a la noble Igualdad. /…”


    Fueron la religión, el orden, la justicia, la tradición, las libertades concretas, los valores que presidieron a los más esclarecidos de nuestros patriotas. No el laicismo, el igualitarismo, el espíritu revolucionario o las “libertades de perdición”, como llamarían los Papas del siglo XIX a los falsos derechos surgidos de las revoluciones liberales —y que encandilaban a la facción “ilustrada” del bando patriota—.


    Pues eso no es lo que la historia ha plasmado. Ni siquiera en nuestros símbolos. Eso no es lo que recoge nuestro himno ni nuestro escudo nacional. ¿No será que la facción “tradicional” no existió realmente?


    Con justa razón afirmaba en 1819 el Padre Castañeda —uno de los líderes de nuestra Independencia—: “no nos emancipemos con deshonor como rebeldes, forajidos y ladrones, sino con el honor correspondiente a los que hemos sido hijos y vasallos de la corona. Motivos hay muy justos para separarnos, sobran las razones para la emancipación: la ley natural, el derecho de gentes, la política, y la circunstancias todas nos favorecen (…) La piadosa América cuando determina emanciparse no es sino para renovar su juventud como la del águila, (…) para ser el emporio de la virtud, el templo de la justicia, el centro de la religión y el ‘non plus ultra’ de la hidalguía, de la nobleza, de la generosidad y de todas las virtudes cívicas”.


    Las palabras de Castañeda muestran un interesante tono poético, donde se percibe claramente la confusión imperante en el clero, aún en el más conservador como es el caso. Ya lo hemos dicho antes, ¿hay “motivos… muy justos para separarnos” o “las razones [que sobran] para la emancipación”? ¿Qué motivo hay más alto que el bien común de la Patria para justificar su ruptura? Se nos ocurre, tal vez, el caso de un soberano que obligara a todos sus súbditos a apostatar. Y aún en ese caso habría que analizar si no hay ninguna otra alternativa. Pero, en cualquier caso, no era ésta la situación de América en 1810.


    Es nuestro deber como cristianos y como argentinos no dejar que nos falsifiquen la historia, que nos roben la memoria colectiva, que nos oculten el ejemplo de nuestros arquetipos. Los Padres de la Patria independiente nos han marcado el camino. Forjar una Nación justa, una Nación libre, una Nación cristiana, fieles a los principios de la Hispanidad. Tenemos fueros limpios. Seamos fieles a esa herencia.


    El autor habla de “nación”, término por demás equívoco para referirlo a nuestros países americanos. El término tradicional “nación” (del lat. nātĭō) hacía referencia a raza e idioma. ¿Qué diferencias concretas de lengua o raza existen entre la República Argentina o la del Perú, o aún, con la de Federal Mexicana? Sólo podemos pensar en la idea moderna e ilustrada de “nación”, que no es otra que la de “nación-Estado”, que viene a reemplazar la figura del Rey por un “aparato” burocrático, una entelequia legal auto-constitutiva (autonómica en sentido etimológico) que, en última instancia, se justifica por la “voluntad general” revolucionaria, para imponer la ley positiva, creada ex nihilo, en un territorio determinado y delimitado.


    Compartimos con el autor, sin embargo, de cuya buena voluntad no dudamos, los deseos de fidelidad a la herencia hispánica. Pero, siguiendo a Castellani, decimos que tenemos el deber de “pensar la Patria” y de “hacer verdad”. Y esto implica reconocer que las republiquetas americanas son inviables en su actual situación. No sólo económicamente, sino también cultural, social y políticamente. Y que éste es un vicio de origen: nuestro pecado original de impiedad, perjurio y traición.


    El Tercio de Lima dio el Víctor.

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    Re: Hay “otro” bicentenario

    http://bicentenariodistinto.blogspot.com/2012/04/laconocida-editorial-de-historia.html


    Aventurero o mercenario: Un inglés en América del Sur


    La conocida editorial de historia militar británica Osprey Publishing publicó en su página el siguiente artículo como adelanto del libro “Conquer or Die! Wellington’s Veterans and the Liberation of the New World” de Ben Hughes (¡Conquista o muere! Los veteranos de Wellington y la liberación del Nuevo Mundo). El autor —profesor en Londres, historiador especialista en las guerras napoleónicas, investigador en América del Sur y con familia colombiana— presenta la historia de la Legión Británica de Bolívar, y de algunos de sus protagonistas, como la de un conjunto de luchadores por la libertad y algunos aventureros; pero la realidad fue un poco distinta, primando aquéllos convocados por las logias y una mayoría de mercenarios reclutados entre la abundante mano de obra desocupada tras el final de las guerras napoleónicas en plena Revolución industrial. Sin embargo, nos interesa traducir y publicar este escrito para dar a conocer este aspecto tan poco conocido de las llamadas Guerras de las Independencias Hispanoamericanas, la de los militares británicos que combatieron en ellas. ¡Conquista o muere! Presentación de los personajes []Osprey Publishing - Military History Books - Blog - Conquer or Die! - The Cast of Characters Por Ben Hughes. El oficial realista a cargo de las defensas externas de Pasto había elegido su posición bien. Dos compañías de escaramuzadores españoles veteranos vigilaban la vía principal. El campo luego se angostaba en un valle que hacía de cuello de botella y que conducía a una plantación de maíz. Más allá había una zanja con una tapia de troncos defendida por seiscientos pastusos armados por un rejunte de mosquetes, hachas, gomeras y palos. Sus flancos eran impasables. A un costado había un pantano. Del otro lado, una pared de árboles que colgaban de la ladera de cuatrocientos metros del volcán Galeras. Las tropas locales estaban confiadas en la victoria. Sus oponentes se habían visto involucrados en combates durante toda la mañana y no tenían otra opción más que atacar la posición hacia la que avanzaban. Mil patriotas pelearon en la batalla de Genoy. Cien de ellos eran voluntarios británicos. Entre ellos había un joven inglés notable, Richard Longville Vowell. Nacido el 24 de julio de 1795 en Saint James (Bath), Vowell había disfrutado de todos los beneficios de una crianza georgiana de clase alta. Hijo mayor de un mayor retirado del Ejército Británico y ex parlamentario de 49 años, y tataranieto de Gustavus Hamilton, el Vizconde Boyne, Vowell había heredado 2000 libras de un pariente desconocido mientras estudiaba en Oxford y rápidamente partió a América del Sur para la aventura de su vida. Uniéndose como teniente al 1º Regimiento de Lanceros Venezolanos del coronel Donald MacDonald, dejó Portsmouth en el Two Friends el 31 de julio de 1817. A diferencia de la vasta mayoría de aquéllos que fueron voluntarios, Vowell pudo ver más allá de los prejuicios de su tiempo. Buen estudiante de los escritos de Humboldt sobre América del Sur, se interesó en todo aquello que vio en sus viajes, desde las anguilas eléctricas del Orinoco, que pronto aprendió a no manipular, hasta las tribus indígenas de las vastas llanuras venezolanas. Tras varios combates en los Llanos, incluyendo una extraordinario escape a través de las líneas enemigas a comienzos de 1818, Vowell viajó a la recientemente liberada Santa Fe de Bogotá y tomó parte de la campaña contra los pastusos al sur de Nueva Granada. Al año siguiente, cuando su unidad fue enviada al puerto ecuatoriano de Guayaquil, las aventuras de Vowell tomaron un nuevo giro al unirse a la Armada Chilena de Lord Thomas Cochrane. Tras varios años de patrullar la costa del Pacífico, Vowell finalmente regresó a Inglaterra en la primavera de 1830. Había estado fuera de su patria por más de doce años. Sus memorias y dos novelas semi autobiográficas enmarcadas en América del Sur se publicaron pocos después. Sin embargo, el interés público por aquel continente hacía tiempo que había decaído y los libros apenas se vendieron. Despreocupado, a la edad de cuarenta y dos años, Vowell decidió partir en una última aventura. Ocho meses después arribó a Australia y encontró trabajo como capataz y empleado del Fuerte de la Prisión nº 2 cerca del río Cox. Dos años después de su nombramiento, fue acusado de aceptar sobornos para alterar las sentencias de dos prisioneros de doce a nueve meses. En vez de esperar pacientemente su castigo, Vowell escapó del fuerte junto con cuatro convictos y cuatro soldados del 4º Regimiento del Rey. Viajando a lo largo del río Murrumbidgee, los fugitivos sobrevivieron gracias a una serie de robos hasta su eventual captura en agosto de 1832. Desnutrido y sin dientes, Vowell se presentó antes los jueces, fue condenado por robo y sentenciado a muerte. Conmutada la sentencia a cadena perpetua en la isla de Norfolk, posteriormente fue reducida a siete años. Con casi cincuenta años Vowell fue liberado y permaneció en Australia por el resto de sus días. Es tentador imaginar a este gran aventurero pasar sus últimos años recordando su extraordinaria vida. Había viajado por tres continentes, peleado en numerosos combates en tierra y mar, condecorado por su valor y apresado por fraude, deserción y robo. Richard Longville Vowell murió en 1870 a la edad de 76 en Bruk Bul (Victoria).


    Ben Hughes, Conquer or Die! (Londres: Osprey Publishing, 2010.)







    C. L. A. M. O. R.: Una hipótesis sobre el sol en el escudo y bandera argentinas

    Una hipótesis sobre el sol en el escudo y bandera argentinas




    Vimos anteriormente un documento donde queda revelada, ya sin lugar a dudas, simbología masónica del escudo nacional argentino. Sin embargo, la mayor diferencia la encontrábamos en el sol naciente en el timbre del mismo.


    En la versión oficial, cuya primera utilización aparece en 1813, es descripto del siguiente modo: “en oro, un sol naciente, con rayos flamígeros y rectos alternados”. Ese mismo año, tras la toma de Potosí, se encarga a la Casa de Moneda la acuñación de una moneda de oro y otra de plata, reemplazando los blasones de Carlos IV y Fernando VII por el sello de la Asamblea General Constituyente, y en el reverso el sol completo. El diseño final constaba de 32 rayos: 16 flamígeros apuntando en sentido horario y 16 rectos colocados alternativamente. Éste es el conocido como “Sol de Mayo”, y nos interesa porque, luego, en 1818, será colocado en el centro de la franja blanca de la bandera argentina —y de la mano de las tropas “patriotas” rioplatenses llegará ser insignia de la provisional del Perú (1822) y la de la República Oriental del Uruguay (1828, simplificado posteriormente)—.


    La leyenda que se convirtió en historia oficial dice que la Asamblea del Año XIII encargó al diputado por San Luis, Agustín Donado, la confección de un sello para autenticar los escritos de dicha comisión en reemplazo de las armas reales españolas que se había usado hasta el momento. Existe un contrato entre Donado y el grabador cusqueño, pero radicado en Buenos Aires, Juan de Dios Rivera (padre de uno de los médicos de Rosas). De allí se ha deducido que el “Sol de Mayo” representa al Inti, el dios sol de los incas. Hasta aquí, la leyenda.


    Ahora bien. Dicho “Sol de Mayo” no se corresponde con el sol de los incas (como podemos ver en esta fotografía, o en esta otra, o en ésta, o en esta otra versión, o —aún— en esta representación “colonial” del inca Manco Capac). Ni siquiera en las representaciones heráldicas de los Reinos del Perú de los tiempos hispánicos.


    Pero de casualidad hemos dado con una posible respuesta: el sol naciente en el timbre del escudo de la colonia británica de Darién, en la actual Panamá (otra versión aquí en un medallón).


    Una hipótesis que, de confirmarse, abre inquietantes posibilidades por las posibles conexiones con la masonería de rito escocés, las invasiones inglesas a Buenos Aires, la participación de futuros juntistas rioplatenses en el escape de los británicos capturados y el asesinato de Liniers por mercenarios británicos, el Plan Maitland y la ejecución del mismo a cargo de San Martín, la actividad de Lord Cochrane en el Pacífico sur, el ofrecimiento de la antigua Capitanía de Guatemala a Gran Bretaña hecha por Bolívar, el Congreso Anfictiónico de Panamá, las intervenciones estadounidenses en América Central y la construcción del Canal transoceánico.


    Debemos remontarnos a 1688. A mediados de ese año, estalla en Inglaterra la llamada “Revolución Gloriosa”, cuando 14.000 mercenarios holandeses y alemanes, contratados por los protestantes británicos y pagados por los financistas judíos de Ámsterdam, invaden y deponen al rey Jacobo II Estuardo. Escocia e Irlanda resisten un tiempo más, y por eso serán duramente castigadas. Pero ya volveremos a estas tierras.


    En Londres, los financistas judíos presentan al rey usurpador Guillermo un esquema para poder pagar las deudas contraídas: la creación del Banco de Inglaterra. A cambio de 1.500.000 libras esterlinas, este banco privado adquiría el derecho monopólico a emitir papel moneda y nacía así el sistema capitalista moderno. (Aquí puede leerse un interesante análisis histórico.)


    Como dijimos antes, Escocia e Irlanda se mantenían en guerra de resistencia jacobita, mientras quedaba bloqueada frente al monopolio holandés e inglés de los mares del norte. Esto, sumado a la guerra civil y la hambruna provocada por años de malas cosechas, provocó una situación peculiar donde los capitalistas sin escrúpulos pudiesen enriquecerse fácilmente.


    En Edimburgo, un moribundo parlamento escocés —con una mayoría de sus miembros excluidos por razones políticas— decidió seguir el ejemplo inglés y creó el Banco de Escocia y su contraparte comercial: la Compañía de Escocia. Dicha compañía tenía como fin buscar mercados y materias primas en las Indias Orientales y en África, siguiendo el ejemplo de las exitosas compañías inglesas.


    Pero no avanzó mucho hasta que “compró” el plan de un antiguo financista que había hecho fortuna en Londres y había participado de la creación del Banco de Inglaterra, William Paterson. Éste, tras evaluar la pequeñez y precariedad de la flota mercante escocesa, decidió establecer una colonia en el istmo de Panamá, en la costa del Golfo de Darién, como puente entre Oriente y Occidente.


    La riqueza no abundaba en la Escocia de fines del siglo XVII y la Compañía levantó suscripciones en todos los estratos sociales, calculándose que, en su mejor momento, llegó a acumular el equivalente de más del 50% de la riqueza económica del viejo país del norte.


    La expedición partió a mediados de 1698 en cinco buques con unas 1200 personas a bordo. A fines de año fundaron Nueva Caledonia e intentaron la agricultura y el comercio sin éxito. Acosados por los españoles de Nueva Granada y Guatemala y los ingleses de América del Norte, que les negaban ayuda, y sin la asistencia de los indios locales, altísima mortandad y un clima sofocante, los poquísimos colonos escoceses presbiterianos sobrevivientes terminaron abandonando la empresa.


    Hubo una segunda expedición, igualmente desastrosa, y a fines de 1699, se conoció el rotundo fracaso del proyecto. Paterson huyó a Londres y, eventualmente, sería uno de los principales cabildeantes para la supresión de la independencia de Escocia, la disolución de su parlamento y la “unión” que forjaría Gran Bretaña en 1707.


    Muchos de los implicados en lo que se consideró el fraude más grande de la historia de Escocia y el desencadenante del fin de su vida independiente fueron juzgados y encarcelados, algunos, incluso, colgados. Unos cuantos escaparon a Londres, al continente o a América del Norte.


    Curiosamente, o no tanto, muchos de los descendientes de estos escoceses embaucadores, en su mayoría masones y presbiterianos, verán sus vidas vinculadas nuevamente a la América española en la primera mitad del siglo XIX.


    El más famoso de los descendientes del “Darien scheme” será Gregor MacGregor, el compañero de Miranda y luego general de Bolívar, autoproclamado cacique del “Principado de Poyais y Costa Mosquito” en América Central, que intentó colonizar con inmigrantes escoceses e ingleses que finalmente quedarían a su suerte en la Honduras Británica (hoy Belice). Pero también podemos encontrar a los comerciantes hermanos Robertson de notable actividad en el Río de la Plata revolucionario como ya hemos dicho. O, también, los hermanos Maitland, amigos de San Martín —y tal vez ideólogos del plan del cruce de los Andes para “liberar” a Chile y atacar al Perú por la espalda—. O, Lord MacDuff (amigo de San Martín, gran maestre masón y futuro Earl Fife) y Lord Cochrane (el fundador de la Armada Chilena).







    Detalles del sol naciente en el timbre del escudo de la colonia de Darién
    [Fuente: Royal Bank of Scotland y Stack's Bowers Galleries]
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  8. #68
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    Re: Hay “otro” bicentenario

    http://bicentenariodistinto.blogspot.com/2012/04/laconocida-editorial-de-historia.html


    Aventurero o mercenario: Un inglés en América del Sur


    La conocida editorial de historia militar británica Osprey Publishing publicó en su página el siguiente artículo como adelanto del libro “Conquer or Die! Wellington’s Veterans and the Liberation of the New World” de Ben Hughes (¡Conquista o muere! Los veteranos de Wellington y la liberación del Nuevo Mundo). El autor —profesor en Londres, historiador especialista en las guerras napoleónicas, investigador en América del Sur y con familia colombiana— presenta la historia de la Legión Británica de Bolívar, y de algunos de sus protagonistas, como la de un conjunto de luchadores por la libertad y algunos aventureros; pero la realidad fue un poco distinta, primando aquéllos convocados por las logias y una mayoría de mercenarios reclutados entre la abundante mano de obra desocupada tras el final de las guerras napoleónicas en plena Revolución industrial. Sin embargo, nos interesa traducir y publicar este escrito para dar a conocer este aspecto tan poco conocido de las llamadas Guerras de las Independencias Hispanoamericanas, la de los militares británicos que combatieron en ellas. ¡Conquista o muere! Presentación de los personajes []Osprey Publishing - Military History Books - Blog - Conquer or Die! - The Cast of Characters Por Ben Hughes. El oficial realista a cargo de las defensas externas de Pasto había elegido su posición bien. Dos compañías de escaramuzadores españoles veteranos vigilaban la vía principal. El campo luego se angostaba en un valle que hacía de cuello de botella y que conducía a una plantación de maíz. Más allá había una zanja con una tapia de troncos defendida por seiscientos pastusos armados por un rejunte de mosquetes, hachas, gomeras y palos. Sus flancos eran impasables. A un costado había un pantano. Del otro lado, una pared de árboles que colgaban de la ladera de cuatrocientos metros del volcán Galeras. Las tropas locales estaban confiadas en la victoria. Sus oponentes se habían visto involucrados en combates durante toda la mañana y no tenían otra opción más que atacar la posición hacia la que avanzaban. Mil patriotas pelearon en la batalla de Genoy. Cien de ellos eran voluntarios británicos. Entre ellos había un joven inglés notable, Richard Longville Vowell. Nacido el 24 de julio de 1795 en Saint James (Bath), Vowell había disfrutado de todos los beneficios de una crianza georgiana de clase alta. Hijo mayor de un mayor retirado del Ejército Británico y ex parlamentario de 49 años, y tataranieto de Gustavus Hamilton, el Vizconde Boyne, Vowell había heredado 2000 libras de un pariente desconocido mientras estudiaba en Oxford y rápidamente partió a América del Sur para la aventura de su vida. Uniéndose como teniente al 1º Regimiento de Lanceros Venezolanos del coronel Donald MacDonald, dejó Portsmouth en el Two Friends el 31 de julio de 1817. A diferencia de la vasta mayoría de aquéllos que fueron voluntarios, Vowell pudo ver más allá de los prejuicios de su tiempo. Buen estudiante de los escritos de Humboldt sobre América del Sur, se interesó en todo aquello que vio en sus viajes, desde las anguilas eléctricas del Orinoco, que pronto aprendió a no manipular, hasta las tribus indígenas de las vastas llanuras venezolanas. Tras varios combates en los Llanos, incluyendo una extraordinario escape a través de las líneas enemigas a comienzos de 1818, Vowell viajó a la recientemente liberada Santa Fe de Bogotá y tomó parte de la campaña contra los pastusos al sur de Nueva Granada. Al año siguiente, cuando su unidad fue enviada al puerto ecuatoriano de Guayaquil, las aventuras de Vowell tomaron un nuevo giro al unirse a la Armada Chilena de Lord Thomas Cochrane. Tras varios años de patrullar la costa del Pacífico, Vowell finalmente regresó a Inglaterra en la primavera de 1830. Había estado fuera de su patria por más de doce años. Sus memorias y dos novelas semi autobiográficas enmarcadas en América del Sur se publicaron pocos después. Sin embargo, el interés público por aquel continente hacía tiempo que había decaído y los libros apenas se vendieron. Despreocupado, a la edad de cuarenta y dos años, Vowell decidió partir en una última aventura. Ocho meses después arribó a Australia y encontró trabajo como capataz y empleado del Fuerte de la Prisión nº 2 cerca del río Cox. Dos años después de su nombramiento, fue acusado de aceptar sobornos para alterar las sentencias de dos prisioneros de doce a nueve meses. En vez de esperar pacientemente su castigo, Vowell escapó del fuerte junto con cuatro convictos y cuatro soldados del 4º Regimiento del Rey. Viajando a lo largo del río Murrumbidgee, los fugitivos sobrevivieron gracias a una serie de robos hasta su eventual captura en agosto de 1832. Desnutrido y sin dientes, Vowell se presentó antes los jueces, fue condenado por robo y sentenciado a muerte. Conmutada la sentencia a cadena perpetua en la isla de Norfolk, posteriormente fue reducida a siete años. Con casi cincuenta años Vowell fue liberado y permaneció en Australia por el resto de sus días. Es tentador imaginar a este gran aventurero pasar sus últimos años recordando su extraordinaria vida. Había viajado por tres continentes, peleado en numerosos combates en tierra y mar, condecorado por su valor y apresado por fraude, deserción y robo. Richard Longville Vowell murió en 1870 a la edad de 76 en Bruk Bul (Victoria).


    Ben Hughes, Conquer or Die! (Londres: Osprey Publishing, 2010.)







    C. L. A. M. O. R.: Una hipótesis sobre el sol en el escudo y bandera argentinas

    Una hipótesis sobre el sol en el escudo y bandera argentinas




    Vimos anteriormente un documento donde queda revelada, ya sin lugar a dudas, simbología masónica del escudo nacional argentino. Sin embargo, la mayor diferencia la encontrábamos en el sol naciente en el timbre del mismo.


    En la versión oficial, cuya primera utilización aparece en 1813, es descripto del siguiente modo: “en oro, un sol naciente, con rayos flamígeros y rectos alternados”. Ese mismo año, tras la toma de Potosí, se encarga a la Casa de Moneda la acuñación de una moneda de oro y otra de plata, reemplazando los blasones de Carlos IV y Fernando VII por el sello de la Asamblea General Constituyente, y en el reverso el sol completo. El diseño final constaba de 32 rayos: 16 flamígeros apuntando en sentido horario y 16 rectos colocados alternativamente. Éste es el conocido como “Sol de Mayo”, y nos interesa porque, luego, en 1818, será colocado en el centro de la franja blanca de la bandera argentina —y de la mano de las tropas “patriotas” rioplatenses llegará ser insignia de la provisional del Perú (1822) y la de la República Oriental del Uruguay (1828, simplificado posteriormente)—.


    La leyenda que se convirtió en historia oficial dice que la Asamblea del Año XIII encargó al diputado por San Luis, Agustín Donado, la confección de un sello para autenticar los escritos de dicha comisión en reemplazo de las armas reales españolas que se había usado hasta el momento. Existe un contrato entre Donado y el grabador cusqueño, pero radicado en Buenos Aires, Juan de Dios Rivera (padre de uno de los médicos de Rosas). De allí se ha deducido que el “Sol de Mayo” representa al Inti, el dios sol de los incas. Hasta aquí, la leyenda.


    Ahora bien. Dicho “Sol de Mayo” no se corresponde con el sol de los incas (como podemos ver en esta fotografía, o en esta otra, o en ésta, o en esta otra versión, o —aún— en esta representación “colonial” del inca Manco Capac). Ni siquiera en las representaciones heráldicas de los Reinos del Perú de los tiempos hispánicos.


    Pero de casualidad hemos dado con una posible respuesta: el sol naciente en el timbre del escudo de la colonia británica de Darién, en la actual Panamá (otra versión aquí en un medallón).


    Una hipótesis que, de confirmarse, abre inquietantes posibilidades por las posibles conexiones con la masonería de rito escocés, las invasiones inglesas a Buenos Aires, la participación de futuros juntistas rioplatenses en el escape de los británicos capturados y el asesinato de Liniers por mercenarios británicos, el Plan Maitland y la ejecución del mismo a cargo de San Martín, la actividad de Lord Cochrane en el Pacífico sur, el ofrecimiento de la antigua Capitanía de Guatemala a Gran Bretaña hecha por Bolívar, el Congreso Anfictiónico de Panamá, las intervenciones estadounidenses en América Central y la construcción del Canal transoceánico.


    Debemos remontarnos a 1688. A mediados de ese año, estalla en Inglaterra la llamada “Revolución Gloriosa”, cuando 14.000 mercenarios holandeses y alemanes, contratados por los protestantes británicos y pagados por los financistas judíos de Ámsterdam, invaden y deponen al rey Jacobo II Estuardo. Escocia e Irlanda resisten un tiempo más, y por eso serán duramente castigadas. Pero ya volveremos a estas tierras.


    En Londres, los financistas judíos presentan al rey usurpador Guillermo un esquema para poder pagar las deudas contraídas: la creación del Banco de Inglaterra. A cambio de 1.500.000 libras esterlinas, este banco privado adquiría el derecho monopólico a emitir papel moneda y nacía así el sistema capitalista moderno. (Aquí puede leerse un interesante análisis histórico.)


    Como dijimos antes, Escocia e Irlanda se mantenían en guerra de resistencia jacobita, mientras quedaba bloqueada frente al monopolio holandés e inglés de los mares del norte. Esto, sumado a la guerra civil y la hambruna provocada por años de malas cosechas, provocó una situación peculiar donde los capitalistas sin escrúpulos pudiesen enriquecerse fácilmente.


    En Edimburgo, un moribundo parlamento escocés —con una mayoría de sus miembros excluidos por razones políticas— decidió seguir el ejemplo inglés y creó el Banco de Escocia y su contraparte comercial: la Compañía de Escocia. Dicha compañía tenía como fin buscar mercados y materias primas en las Indias Orientales y en África, siguiendo el ejemplo de las exitosas compañías inglesas.


    Pero no avanzó mucho hasta que “compró” el plan de un antiguo financista que había hecho fortuna en Londres y había participado de la creación del Banco de Inglaterra, William Paterson. Éste, tras evaluar la pequeñez y precariedad de la flota mercante escocesa, decidió establecer una colonia en el istmo de Panamá, en la costa del Golfo de Darién, como puente entre Oriente y Occidente.


    La riqueza no abundaba en la Escocia de fines del siglo XVII y la Compañía levantó suscripciones en todos los estratos sociales, calculándose que, en su mejor momento, llegó a acumular el equivalente de más del 50% de la riqueza económica del viejo país del norte.


    La expedición partió a mediados de 1698 en cinco buques con unas 1200 personas a bordo. A fines de año fundaron Nueva Caledonia e intentaron la agricultura y el comercio sin éxito. Acosados por los españoles de Nueva Granada y Guatemala y los ingleses de América del Norte, que les negaban ayuda, y sin la asistencia de los indios locales, altísima mortandad y un clima sofocante, los poquísimos colonos escoceses presbiterianos sobrevivientes terminaron abandonando la empresa.


    Hubo una segunda expedición, igualmente desastrosa, y a fines de 1699, se conoció el rotundo fracaso del proyecto. Paterson huyó a Londres y, eventualmente, sería uno de los principales cabildeantes para la supresión de la independencia de Escocia, la disolución de su parlamento y la “unión” que forjaría Gran Bretaña en 1707.


    Muchos de los implicados en lo que se consideró el fraude más grande de la historia de Escocia y el desencadenante del fin de su vida independiente fueron juzgados y encarcelados, algunos, incluso, colgados. Unos cuantos escaparon a Londres, al continente o a América del Norte.


    Curiosamente, o no tanto, muchos de los descendientes de estos escoceses embaucadores, en su mayoría masones y presbiterianos, verán sus vidas vinculadas nuevamente a la América española en la primera mitad del siglo XIX.


    El más famoso de los descendientes del “Darien scheme” será Gregor MacGregor, el compañero de Miranda y luego general de Bolívar, autoproclamado cacique del “Principado de Poyais y Costa Mosquito” en América Central, que intentó colonizar con inmigrantes escoceses e ingleses que finalmente quedarían a su suerte en la Honduras Británica (hoy Belice). Pero también podemos encontrar a los comerciantes hermanos Robertson de notable actividad en el Río de la Plata revolucionario como ya hemos dicho. O, también, los hermanos Maitland, amigos de San Martín —y tal vez ideólogos del plan del cruce de los Andes para “liberar” a Chile y atacar al Perú por la espalda—. O, Lord MacDuff (amigo de San Martín, gran maestre masón y futuro Earl Fife) y Lord Cochrane (el fundador de la Armada Chilena).







    Detalles del sol naciente en el timbre del escudo de la colonia de Darién
    [Fuente: Royal Bank of Scotland y Stack's Bowers Galleries]
    El Tercio de Lima dio el Víctor.

  9. #69
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    Re: Hay “otro” bicentenario



    El Catoblepasnúmero 122 • abril 2012 • página 3
    Elegía criolla

    Iván Vélez

    Sobre el libro Elegía criolla,
    de Tomás Pérez Vejo (Tusquets, México 2010)


    En mayo de 2010, en pleno arranque de las celebraciones de los bicentenarios de las independencias de las naciones hispanoamericanas, se publicó en México el libro Elegía criolla. Una reinterpretación de las guerras de independencia hispanoamericanas (Tusquets, México D.F. 2010), obra del historiador español nacido en Santander, Tomás Pérez Vejo.
    Como el propio Pérez Vejo ha manifestado{1}, tales fastos institucionales constituyen una ocasión propicia para reinterpretar lo ocurrido en América durante la primera mitad del siglo XIX en el que cristaliza un conjunto de naciones políticas de movedizas e inestables líneas corticales, de ahí, entre otras, la oportunidad de un libro cuya tesis fundamental podría resumirse en esta cita:
    «Las naciones no fueron la causa de las guerras de independencia sino su consecuencia. En el origen de éstas no hay un problema nacional, de naciones en conflictos sino un conflicto de soberanía sobre quién tenía derecho a gobernar en ausencia del monarca.»{2}
    Y para argumentar y consolidar una afirmación que en determinados contextos ideológicos –y hemos de señalar que Pérez Vejo,doctor en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid, es profesor-investigador la Escuela Nacional de Antropología e Historia de México– puede resultar harto problemática, la obra se desarrolla en torno a algunos de los más controvertidos aspectosque forman parte de los discursos oficialistas y, acaso en menor medida, del indigenismo.
    Cabe también señalar el acierto de Pérez Vejo al subrayar el paso del Estado a la Nación –política añadiremos por nuestra parte– y no viceversa (pág. 33), dirección que ilustra la cercanía que en muchos puntos muestra el autor en relación con las tesis que el Materialismo Filosófico sostiene en torno a las transformaciones experimentadas por las sociedades políticas. Asimismo, en la obra se aprecia la incorporación de la terminología empleada con Feijoo:
    «...las guerras de independencia fueron una gesta criolla, pero no porque se enfrentaran criollos contra peninsulares sino porque fue una lucha de criollos contra criollos. El papel decisivo, tanto del lado insurgente como del realista, lo tuvieron los españoles americanos, no los europeos.» (pág. 22.)
    Y decimos acierto pues, como es bien sabido, los indigenismos situados en el origen no sólo de movimientos americanos, sino, en cierto modo,tambiénde los españoles que han derivado en posturas secesionistas, suelen enfatizar su aspiración de conseguir un estado para unas naciones de perfiles étnicos, bien por su aislamiento –es el caso de muchas de las americanas– bien por haber sido fabricadas en oscuros gabinetes de Antropología al calor, entre otros, del estructuralismo. Pérez Vejo insistirá en esta idea un poco más adelante, si bien sin referirse a las naciones étnicas:
    «Si son los Estados quienes construyen las naciones y no viceversa, no resulta fácil seguir poniendo en el origen de las independencias americanas unas naciones que apenas en ese momento comenzaban a vislumbrarse como sujeto político.» (pág. 34.)
    Escrito con el objeto de analizar el proceso vivido en todo el continente americano, el libro se refiere con frecuencia a lo vivido en México, entonces Nueva España, algo lógico si pensamos que su poblaciónsuponía la mitad del total de América, calculada en 12 millones. La escala de Nueva España explica la conocida sorpresa, citada por el autor, que experimentó fray Servando Teresa de Mier al visitarun Madrid que le decepcionó por su escaso tamaño y poca pompa en comparación con la Ciudad de México. Cuando el clérigo vuelve a pisar la Península, el centro de gravedad del Imperio, en lo concerniente al poder económico y aun pesodemográfico,se había desplazado hasta situarse en la ciudad fundada por Hernán Cortés sobre las ruinas de Tenochtitlán.
    Tras tratar estos asuntos, Pérez Vejo se detiene a analizarlas relaciones que giran en torno a los criollos, ya sea entre ellos, ya entre ellos y sus descendientes, a menudo casados con peninsulares, consideraciones que nos llevarán hasta lo ocurrido en Bayona, calificado por el autor como «vodevil», sin que dicho adjetivo le impida señalar las anomalías jurídicas que en aquellas jornadas se dieron.
    Con la Constitución de 1812 como objeto de análisis, surge un controvertido asunto, el de las exclusiones que la Carta Magna de Cádiz establece, en particular las de las llamadas «castas», es decir, los descendientes de africanos, cuyo apartamiento de los derechos sancionados en La Pepa, eran compartidos con criminales, órdenes regulares o deudores públicos. En el libro se apunta una tesis que desvía en parte la cuestión de los motivos racistas: el peso demográfico que hubieran adquirido determinados territorios americanos, motivo que nos conecta con la procedencia y número de los firmantes de la Constitución: 19 novohispanos, 14 valencianos, 16 catalanes, 14 gallegos, a los que se suman los castellanos muy atomizados en reinos y señoríos, &c. Sea como fuere, sólo blancos, indios y mestizos tenían derecho a la ciudadanía.
    Hechas estas consideraciones, el autor se cuestiona la pertinencia de denominar guerras de independencia a hechos bélicos que no son sino –siempre desde su prisma– guerras civiles, e incluso conflictos de más ambiciosas metas. Tal es el caso de la trayectoria de Xavier Mina, cuyas acciones bien pudieran haber estado encaminadas a reinstaurar la Constitución del 1812 frente al absolutismo y teniendo como inicial base de operaciones la Nueva España, territorio desde donde ir extendiendo su revolución a todo el Imperio (págs. 71-ss.). Apunta también a la necesidad de ampliar el radio del análisis histórico para incorporar el proceso reformista borbónico, concluido de forma abrupta en Bayona.
    Llegamos de este modo a los gritos de independencia, con el de Dolores como caso más conocido. La pregunta, si nos atenemos al desarrollo de la obra de la que estamos hablando es obligada: si no existían naciones, ¿cómo gritar por la independencia de éstas?. Tal es la pregunta que se hace Pérez Vejo y que le obliga a analizar estos episodios. La extrañeza es inmediata, pues cómo entender como grito de independencia lo siguiente: «¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Viva Fernando VII! ¡mueran los gachupines!». Unos gachupines que, en todo caso, y así se señala, eran los afrancesados, es decir, los traidores.
    Tras la argumentación descrita, resulta notorio que las naciones en absoluto se consolidaron de forma definida e inmediata, pues en su cambiante configuración –y ello al margen de los ofrecimientos de una corona a Fernando VII- hemos de insertar numerosos disturbios y redacciones legales que tienen en las actas de independencia tan sólo un mero precedente o punto de arranque que no marcaba un camino cierto hacia la actual configuración política. Todo ello sin perjuicio de que las nuevas estructuras políticas se aferraran al mito de su existencia prehispana, como se evidencia en la elección de las nuevas denominaciones, que huyen de todo aquello que tenga que ver con España. Omisión de nombres hispanos que hoy continúa en ambos hemisferios, añadiremos.
    Si esto ocurría en el terreno político, algo similar pasaba en el académico. Durante el siglo XIX se elaborará una historiografía hecha a la medida de las nuevas naciones que encumbra a los héroes de las independencias. Relatos que se verán completados con los posteriores aportes que ofrecerán la Antropología y la Arqueología.
    Es precisamente a desmontar lo que califica el autor como «bella leyenda», la pretendida lucha entre españoles peninsulares y españoles americanos, a lo que se dedicará un capítulo: «Criollos contra peninsulares». Para mostrar hasta qué punto es impertinente presentar a los criollos como marginados, nada mejor que recurrir a la figura de Simón Bolívar, de quien se esboza una elocuente semblanza que demuestra precisamente lo contrario. El Libertador era un hombre privilegiado perteneciente a una poderosa y rica familia de ascendencia vascongada.
    En definitiva, Pérez Vejo niega, contra lo que a menudo se afirma, que los españoles americanos estuvieran excluidos de los altos cargos administrativos. Las razones de su escaso número acaso deban buscarse no en cuestiones geográficas o de índole racial, sino en la intención de evitar que el poder recayera en reducidos círculos criollos que rivalizaban con el llamado «colectivo norteño» compuesto por familias vascas, navarras, asturianas, cántabras y burgalesas (pág. 177). La pugna por el poder a menudo tuvo una escala familiar y se dirimía en los acuerdos matrimoniales.
    El tramo final del libro cuestiona el papel jugado por los indígenas en todo este proceso y la desproporción entre representantes americanos y europeos en los órganos de poder que se erigieron con motivo de la captura de la familia real en suelo francés y la ruptura del equilibrio político que ello supuso.
    Es precisamente la creciente presencia de los movimientos indigenistas la que nos lleva a reflexionar, máxime en las simbólicas fechas en que nos hallamos, en torno al futuro, no ya de las propias naciones americanas hoy amenazadas con su fragmentación en múltiples naciones étnicas que romperían los lazos necesariamente hispanos que hoy nos hacen percibirlas como un bloque histórico, sino incluso en las posibles derivas que pueda sufrir la historiografía que se ha ocupado de este período.
    Parece evidente que las tesis de Pérez Vejo tienen una gran solidez y que incluso sugiere estimulantes vías de estudio –la indagación en el papel jugado por los españoles americanos que se desplazaron durante siglos a la Península, las repercusiones que en América tuvo la Guerra de Sucesión– que podrán ir completando los estudios en torno a tan decisivo período de tiempo. Sin embargo, y dada la experiencia que ya se tiene al respecto, cabe temer que Elegía criolla se mantenga encerrada en círculos muy alejados de las decisiones políticas y de la propia divulgación histórica, es decir, allí donde, alimentados por oscuros mitos hispanófobos se toman las decisiones o se perfila la opinión popular en torno al Imperio español. Con los modestos recursos de los que dispone quien esto firma y, sobre todo, con la difusión que ofrece la revista El Catoblepas, hemos tratado en esta reseña de contribuir a situar esta obra en el lugar que en justicia merece.
    Notas
    {1} Véase el artículo:«¿Criollos contra criollos?», en Revista de Occidente. Madrid 2011, pág. 19.
    {2} Pérez Vejo, Tomás; Elegía criolla. Una reinterpretación de las guerras de independencia hispanoamericanas, p. 20.




    C. L. A. M. O. R.: "¡América para los ingleses!"

    "¡América para los ingleses!"

    En la parroquia anglicana de St. Agnes —en Kensington Park, Londres— se organizó un proceso masivo de reclutamiento el 4 de mayo de 1817, emprendido por Luis López Méndez, agente personal del "libertador" Simón Bolívar, autorizado por el Gobierno británico y auspiciado entusiastamente por el vicario de St. Agnes, el Rev. Henry Francis Todd.


    En diciembre de ese mismo año, cinco contingentes voluntarios se embarcaron para la América del Sur.


    Pocos meses después desembarcan en la isla de Margarita, el 21 de abril de 1818. El Estado Mayor británico estaba compuesto por los coroneles McDonald, Campbell, Skeene, Wilson, Gilmore y Hippsely, y el mayor Plunket. El continengente anglo-bolivariano contaba con un total de 127 oficiales, 3840 soldados (entre lanceros, dragones, granaderos, cazadores, rifles, húsares y simples casacas rojas), y el apoyo naval de las cañoneras HMS "Indian", HMS "Prince", HMS "Britannia", HMS "Dawson" y HMS "Emerald".


    Uno de los primeros alistado había sido el teniente Thomas Charles Wright, de 29 años de edad entonces, quien años más tarde describió sus experiencias en el libro Reminiscenses of the English officers, publicado en Londres en 1862.


    En su mejor momento, en 1818, la Legión Británica contaba con cinco mil hombre de armas. Pero, para junio de 1821, su número había descendido a mil cien.


    Los integrantes de la Legión, no sólo murieron en combate, sino también por efectos de la fiebre amarilla, las enfermedades tropicales, y mil privaciones.


    En abril de 1818 los británicos de Bolívar participaron heroicamente de la Campaña del Apure. Más de 300 hombres perecieron en julio de 1819 en la titánica avanzada o “Paso de los Andes” para tomarse Santa Fe de Bogotá, capital del Reino de la Nueva Granada.


    Después de su heroica actuación en la batalla del Pantano de Vargas, en 1819, la Legión Británica fue rebautizada con el nombre de Batallón Albión, con el que pasaría a la historia.


    Fueron también veteranos de las batallas de Boyacá el 7 de agosto de 1819; de Carabobo el 21 de junio de 1821, y de Bomboná el 7 de abril de 1822.


    Los integrantes del Batallón Albión provenían de Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda, y eran anglicanos y presbiteranos en su inmensa mayoría, excepto algunos irlandeses que eran católicos liberales.


    Tuvieron un papel protagónico en la batalla de Pichincha.

    A fin de completar la conquista territorial, el general insurgente Sucre desplegó sus fuerzas hacia la Región Andina, en febrero de 1822. Con victorias progresivas, en mayo ya estaba en los arrabales de Chillogallo y Turubamba, al sur de la capital de la antigua Audiencia de Quito.

    Descubierta su presencia el 23 de mayo de 1822, la defensa del jefe realista Aymerich se aprestó a dar batalla. En la madrugada siguiente, el Batallón Albión —reducido ahora a 443 hombres— avanzó a Iñaquito.

    Se convirtió así en indispensable para asegurar la victoria en Pichincha, puesto que, mientras Sucre y sus batallones se encaramaban el Cruz Loma, frente al Panecillo, en condiciones de desventaja, los ingleses avanzaron hasta el Ejido norte de la ciudad. Atacando desde allí a los realistas, demolieron su resistencia, impidiendo cualquier posibilidad de escape de los heroicos legitimistas. Cortaron para ello las líneas de abastecimiento con Pasto "la Leal", fuertísimo reducto realista en el norte de la América del Sur.

    El empuje y valentía de los británicos hicieron que al mediodía se proclamara la victoria total. Diecisiete bravos del Albión perdieron su vida para "liberar" a Quito. A regañadientes y a punta de pistola, los frailes mercedarios fueron obligados por los insurgentes a sepultarn en la cripta de San José, del Cementerio de El Tejar, a los herejes fallecidos ingleses. Algunos años más tarde, fueron exhumados y re-enterrados en un campo baldío ubicado al norte del Churo de la Alameda, detrás de la iglesia de El Belén.

    Entre las bajas británicas se contaron 46 mutilados de guerra, cuyos nombres constan en los partes de guerra. En Pichincha, dirigió al Albión el coronel John Mackintosh, quien fue ascendido y condecorado por su valor, junto a todo su Estado Nayor: el Tcnl. Thomas Mamby, el Cap. George Laval Chesterton y los Ttes. Francis Hall, James Stacey, Lawrece McGuire, Peter Brion, John Johnson y William Keogh.

    Bolívar y Sucre dieron a los británicos que así lo quisieran tierras donde afincarse y el derecho absoluto sobre su propiedad. Asimismo se les aseguró el culto protestante y la fundación de logias masónicas.

    Medalla Conmemorativa de la Legión Irlandesa






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    Re: Hay “otro” bicentenario

    Blog de Hugo » Carta sobre Bolívar y el Perú



    Querido Carlos:

    Con relación a la pregunta que me planteas, debo decirte que, definitivamente, la relación que Simón Bolívar tuvo con el Perú ha sido, hasta la fecha, muy idealizada e incluso deformada.

    ¿Cuándo ocurrió esta idealización y esta deformación? Es una buena pregunta. Yo creo que este proceso comenzó desde mediados del siglo XIX, cuando los peruanos cometimos la aberración de poner una estatua ecuestre de Bolívar en lo que ahora es la plaza de nuestro Congreso, al calor del llamado “americanismo”. Continuó con las prédicas populistas latinoamericanas de los años 1930 al 50. Me refiero, por ejemplo, al APRA con su visión de Indoamérica y el supuesto rol de Bolívar como antecedente de la integración. Y, finalmente, culminó con las ideologías izquierdistas latinoamericanas de los años 60 al 80, que leyeron a Bolívar casi como si hubiera sido un revolucionario incomprendido del temprano siglo XIX, tal como lo pinta Gabriel García Márquez en su novela El general en su laberinto.

    En efecto, fue una idealización y una deformación. Porque si uno acude a las fuentes primarias, vale decir, a los periódicos, a las cartas personales y a los documentos oficiales de esos años de la Independencia, queda muy claro que nosotros los peruanos le caíamos terriblemente antipáticos a Bolívar. Tanto como realistas, como bajo ropaje patriota. Esta antipatía se destila con claridad desde los tiempos de la célebre Carta de Jamaica.

    Todo esto, por supuesto, fue complejo y muchas veces no explicitado en los documentos públicos, pero fue real y tuvo raíces concretas.

    La revolución de Independencia en el Norte y en el Sur de la América Meridional fue, en verdad, una revuelta contra el centro realista limeño. Los cerebros de ese centro realista fueron, sin duda, mayormente peninsulares, como el virrey Abascal. Pero el común de la gente eran peruanos (y que se llamaban, a sí mismos, peruanos), vale decir, criollos, mestizos, negros e indios. Sólo una parte de ellos tuvieron sentimientos proclives a la Independencia desde el comienzo del proceso, luego de la invasión francesa de España. El grueso, hasta 1824, tuvo el corazón realista. Y la razón era clara: esta población vivía en el núcleo de la América del Sur que había tenido una relación especial con España durante siglos. Esta población llegó a ver a rioplatenses y chilenos y, posteriormente, a los grancolombianos, como invasores depredadores. Es extraordinario constatar el rencor que rioplatenses como Monteagudo o caraqueños como Bolívar tuvieron, desde el comienzo, contra esta suerte de posición privilegiada que había tenido el Perú durante la mayor parte del dominio hispánico.

    Esto conecta con la que yo he llamado la idea del Perú como "monstruo peligroso”. Desde las goteras de Charcas, desde esa pequeña aldea que era la Buenos Aires autonomista, desde la rústica Chile, desde los llanos de Venezuela, el Perú era visto como un monstruo, como una amenaza. Bolívar tuvo muy clara esta percepción y, de hecho, por eso hizo todo lo posible por crear un hegemón alternativo: la Gran Colombia, que estuvo integrado por las actuales Colombia, Venezuela y Ecuador, con pretensiones sobre Guayaquil y sobre el río Amazonas y su gigantesca área circundante. La Gran Colombia nació así como un contrapeso al supuesto peligro peruano.

    En 1823, Bolívar llegó al Perú no tanto por dar la libertad a sus hermanos peruanos que sufrían las cadenas del absolutismo (idea que él siempre manifestaba de modo grandilocuente y, por supuesto, hipócrita), sino principalmente por el interés geopolítico de destruir de raíz lo que consideraba como una amenaza para la Gran Colombia, que él veía como la niña de sus ojos, su creación, la entidad que estaba erigiendo como un nuevo polo de dominio en América del Sur. Por eso se crea Bolivia, para cortarle las patas al “monstruo” peruano, no tanto por dar rienda suelta a la libre determinación y al anhelo de una patria boliviana en ciernes en la que, es cierto, muchos altoperuanos creían (pues nunca hubo unanimidad para unirse con el Bajo Perú dominado por Lima). Pero volviendo a lo que tenía Bolívar en mente, este apresuramiento en la creación de Bolivia, forzado por un sentimiento bolivariano antiperuano, se expresó, claramente, en lo absurdo que era estimular la consolidación de un estado que tuviera puertos en el desierto de Atacama, tan lejanos de los centros de poder altoperuanos. Hay, en efecto, con el respeto que nos merece hoy una nación ya definitivamente establecida, algo prematuro en la creación de Boliva, cuya salida natural siempre fue el puerto de Arica, poblada por peruanos vinculados a Lima y al Callao desde mucho tiempo atrás. Por cierto, Sucre, lugarteniente de Bolívar y presidente de Bolivia, hizo un intenso lobby para arrebatar Arica al Perú y entregársela a Bolivia. Además, advirtió a su mentor Bolívar en una de sus cartas de 1828: “Si el Perú conquista a Bolivia y la conserva, el Sur de Colombia (o sea, el actual Ecuador) corre mil y mil riesgos”. Tanto era el recelo (y hasta el odio) de Sucre contra el Perú que llegó a incluso a proponer la división de nuestro país, como lo conocemos ahora, en dos estados, como una manera de garantizar la seguridad de Bolivia.

    Por otro lado, Bolívar sabía perfectamente de la existencia de la Real Cédula de 1802 que había devuelto Maynas (el territorio del Oriente peruano) al Virreinato del Perú. Hoy sabemos que él y sus diplomáticos grancolombianos ocultaron deliberadamente esta información a los primeros negociadores peruanos de límites (que no habían hurgado bien en sus archivos), porque Bolívar siempre buscó, de manera autoritaria y prepotente, contra los intereses peruanos, que el río Amazonas fuera la "espalda" de su Gran Colombia.

    Todo, repito, a expensas del Perú. Así, pues, desde la perspectiva de Bolívar, no es descabellado apreciar que, luego de la batalla de Ayacucho, el Perú haya sido visto como un país derrotado que podía ser tratado como botín de guerra, como una especie de Polonia sudamericana.

    Lo anterior, y el franco autoritarismo que exhibió Bolívar luego de la batalla de Ayacucho, explica por qué el presidente peruano La Mar (nacido en Cuenca, en el actual Ecuador), realizó, una vez liberado el Perú del yugo bolivariano, una expedición para recuperar el puerto de Guayaquil, gran parte de cuyos habitantes clamaban entonces por ser peruanos, como lo habían sido antes.

    Si quieres conocer al Bolívar real, a ese que nos odiaba, te recomiendo que leas un librito que se puede encontrar en Google Books. Se llama A sketch of Bolivar in his Camp, escrito por el marino estadounidense Hiram Paulding. Este libro, casi un folleto, relata el encuentro que tuvo con el caraqueño en Huaraz, en 1824, dos meses antes de la batalla de Junín. Allí dice que Bolívar sólo hablaba denuestos contra los peruanos. El relato está incluido en una biografía escrita por la hija del marino. Un ejemplar auténtico de esta joya bibliográfica se encuentra en la Biblioteca Pública de Nueva York.

    Precisamente, por tratar de impedir que un cuerpo peruano de caballería fuera incorporado arbitrariamente a una unidad grancolombiana en plena campaña de Junín, en 1824, el joven militar peruano patriota Ramón Castilla (futuro presidente del Perú) sufrió una injuria: los colombianos mandaron ponerle cepos y casi lo fusilan, pese a estar combatiendo en el mismo bando contra los realistas. Esa humillación nunca fue olvidada por Castilla, símbolo, desde entonces, del naciente patriotismo peruano republicano.

    En fin, querido Carlitos. Espero que estos comentarios hayan sido de tu agrado. Creo que siempre, siempre, hay que luchar contra la aceptación pasiva de los estereotipos, que nos lleva muchas veces a repetir conceptos como cacatúas, sin observar estos falsos conocimientos con el lente de la crítica y de la razón. Además, hoy es bueno releer estas cosas, ya que estamos a las puertas del llamado Bicentenario.

    Te abraza,

    Hugo




    Los Pincheira: Los últimos defensores del Imperio.





    http://coterraneus.wordpress.com/2011/09/29/el-pueblo-y-el-rey/

    El pueblo y el Rey: algunas reflexiones cortas desde mi muro de facebook.



    “¿Quiénes son los autores de esta revolución? ¿No son los blancos, los ricos, los títulos de Castilla y aun los Jefes militares al servicio del Rey?”-Bolívar. 1817.
    Las “clases dirigentes” de latinoamérica se sienten exiliadas en su propia patria, añorando Wall Street, París, Londres, Dubai o hasta Beijing. Existe una “casta feudal” de pacotilla formada por la oligarquía plutocrática surgida en la independencia -algunos hasta con apellido inglés- que formó un engendro capitalista en nuestros países. La “elite” -sin tilde y pronuciado como en inglés- no ha hecho más que prevaricar, y el pueblo llano, siempre aliado del Rey en otras épocas ha sido quien ha tenido que pagarlo todo. Antes existía algo llamado pueblo, pueblo llano -ahora solo nos queda la masa- descendientes de españoles humildes y de indios del estado llano. Hay muchos que tienden a confundir la reivindicación de la monarquía como una aspiración aristocratizante o esnobista, cuando en realidad es la aspiración de la resturación de una sociedad orgánica y más justa. Agualongo en Pasto, Huachaca en Perú, y el “Púñug” Camacho en Guaranda lo atestiguan, gente llana y simple, mestizos e indios que lucharon y murieron por su Dios, por su Patria y por su Rey en la Gran Guerra Civil Hispanoamericana también llamada Guerra de la Independencia. Uno de los inspiradores de las “luces” de Bolívar: Montesquieu -ícono de la revolución francesa- opinaba así de los negros: “No puede concebirse la idea de que Dios, quien es un ser muy sabio, haya puesto un alma buena en un cuerpo todo negro. Es natural pensar que el color lo constituye la esencia natural de la humanidad…” Con razón Bolívar se odiaba a sí mismo: “Nuestra propia sangre es nuestra ponzoña” llegó a decir el Libertador. Para su información: las últimas guerrilas realistas durante la independencia en rendirse fueron: 1839, capitulación de las guerrilas realistas indias del Perú. 1845, rendición y exterminio de las guerrillas negras, pardas y mulatas dirigidas por un indio en Venezuela. 1861, derrota de los últimos reductos realistas de Sudamérica en la región india de Araucanía al sur de Chile -nunca incorporada al Imperio Hispano curiosamente-. En el Reino de Quito, y corroborando las palabras de Bolívar (“¿No son los blancos, los ricos, los títulos de Castilla y aun los Jefes militares al servicio del Rey?”) fue mínimo el porcentaje de la hidalguía, de la aristocracia y aún de la nobleza que abrazaron la Causa de la Monarquía y del Rey, el 90% de estos fueron los más firmes sostenedores de la independencia. Esas fueron las bases de la república, una élite sin dirigente y sin guía, y bien señaló Platón, la aristocracia sin guía, degenera en oligarquía: ‎”Hemos perdido todo nuesto tiempo y dañado nuestra obra; hemos acumulado desacierto sobre desacierto y HEMOS EMPEORADO LA CONDICIÓN DEL PUEBLO, que deplorará ETERNAMENTE nuestra inexperiencia” -Simón Bolívar. 1828. Por Francisco Núñez Proaño.

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  11. #71
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    Re: Hay “otro” bicentenario

    NOSOTROS NO LO CELEBRAMOS « coterraneus – el blog de Francisco Núñez Proaño


    PARA QUE TE INFORMES:


    NADA QUE CELEBRAR EL 24 DE MAYO: “La situación de Flores en el sur, se hizo más problemática por la existencia de fuertes sentimientos pro-hispánicos entre algunas personas de la anterior Audiencia de Quito. LA LEALTAD A ESPAÑA NO DESAPARECIÓ CON LA DERROTA DE LAS FUERZAS VIRREINALES EN EL PICHINCHA. Tampoco tranquilizaban al Ecuador las opresivas exacciones de dinero y propiedades llevadas a cabo por el Libertador y sus segundos mientras se preparaban para invadir al Perú en 1822-23. EL GENERAL SUCRE ADIMITÍA QUE LA IRRITANTE CONDUCTA DE SUS SOLDADOS Y LA IMPOSICIÓN DE FUERTES IMPUESTOS HACÍAN SENTIRSE A LOS ECUATORIANOS COMO EN “TERRITORIO CONQUISTADO”… Para las fuerzas bolivarianas, el sur era poco más que una región a la que había que explotar para apoyar las continuas campañas militares contra el ejército realista del Perú. En sus esfuerzos por completar la liberación del Perú, Bolívar y sus subordinados procuraban enganchar hasta el último recluta disponible y extraer hasta el último peso de esa apesadumbrada tierra. Tan duras medidas provocaron resentimientos contra los “libertadores” del norte, y PROVOCABAN DUDA EN LA MENTE DE LOS PATRIOTAS ECUATORIANOS SOBRE LAS BENDICIONES QUE HABÍA TRAÍDO LA INDEPENDENCIA… Otra fuente de fricción fue la POLÍTICA DE BAJOS ARANCELES O “LIBRE COMERCIO” MANTENIDA PORLA GRAN COLOMBIA, la misma que permitía que los textiles BRITÁNICOS de bajo precio inundaran aquellos mercados que anteriormente habían sido abastecidos por los obrajes serranos.” –Mark Van Aken.
    ESTO SIGNIFICÓ LA INDEPENDENCIA, VASALLAJE HACIA INGLATERRA: “Aceptando las exigencias británicas dentro de los rumbos trazados por Bolívar” el 18 de abril de 1825 se firmó entre los plenipotenciarios de Gran Bretaña y la Gran Colombia el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación, “que no difiere sustancialmente” de los tratados celebrados ese mismo año por las Provincias Unidas del Río de la Plata y Chile, y más tarde por Perú y México con la gran potencia talasocrática. Para cuando el Ecuador se constituyó como un Estado “soberano” separado de la Gran Colombia en 1830, ya tenía normadas sus relaciones exteriores, comerciales y políticas, en condiciones de exclusividad con Inglaterra, aún antes de dotarse de su norma fundamental, de su primera Constitución.
    El acta de independencia de Quito del 29 de mayo de 1822 comienza con estas palabras: “En la ciudad de San Francisco de Quito, capital de las provincias del antiguo reino de este nombre”… y continúa más adelante: “…roto todos los lazos que por cualesquiera motivos ideales ligaron estas provincias a la Península”. Se habla de REINO y de PROVINCIAS, NUNCA DE COLONIAS.
    QUITO FUE CONQUISTADO Y NO LIBERADO EL 24 DE MAYO DE 1822: El capacitado historiador guayaquileño Jaime Rodríguez denominaría acertadamente al proceso de separación e independencia forzada por parte de las tropas bolivarianas como “la conquista del Reino de Quito”. Los 3000 mil efectivos que ganaron la Batalla del Pichincha eran mayormente soldados reclutados en Colombia, Venezuela e Inglaterra como correspondía al ejercito multinacional que había armado Bolívar, sin embargo no se encontraban quiteños en el mismo.
    Julio Albi explica el siguiente dato fundamental acerca de la batalla de Pichincha:
    “El Ejército realista, en la que sería su última batalla en el reino de Quito, estaba formado sobre todo por americanos. Los jinetes procedían todos del reclutamiento local (criollos y quiteños por tanto). En cuanto a los infantes, el batallón de Tiradores de Cádiz era ‘casi todo de europeos… y los otros Cuerpos españoles o realistas, compuestos de americanos’ ”
    Ingleses versus quiteños: Papel destacado en esta batalla fue el protagonizado por el Batallón Albión, compuesto es su totalidad por británicos.
    Wilfrido Loor habla: “Engreído con el espíritu de su siglo, González Suárez, no se dio cuenta de que el hijo de España se adaptó al medio geográfico y social de su tiempo para vivir de realidades, y el hijo de la República se independizó de ese medio para vivir con la teoría de cuatro soñadores que hicieron de América la tierra propicia de las revoluciones…”
    Carlos Enrique Lasso Cueva dice: “LA INDEPENDENCIA…!Sangre derramada en vano, por el interés de Inglaterra de apoderarse de los recursos naturales de estas tierras, y de su comercio, que eran monopolizados por España. La “gesta” de Bolívar según Alfonso Rumazo costó 600.000 vidas. Gente inmolada en aras de las potencias mercantiles europeas de las que Bolívar era representante y agente. La tesis fue imponer la separación de España que impedía ese libre comercio. No fue una guerra popular reclamando conquistas sociales. Fue la clase dominante criolla, la oligarquía sudamericana, la interesada en “independizarse” para poder hacer y deshacer a su antojo, sin el impedimento de ciertas leyes españolas. Roto el vínculo con España, la gente del estado llano, las masas populares, quedaron en manos de esta clase dominante criolla que empezó a gobernar a la maldita sea, pero en su exclusivo beneficio. La gente sencilla jamás se involucró en la guerra de independencia, pues les daba lo mismo que ganara uno u otro bando, ya que sabían que “era una pelea entre blancos” y que no importa quien ganara, su suerte siempre iba a ser la de Caín cuando dios lo maldijo. las levas atroces de Bolívar en cada ciudad y pueblo eran sangrientas, espantosas, porque nadie quería servir a ninguna de las dos causas. A la fuerza los hombres jóvenes eran incoporados a la milicia. A servir a la causa burguesa y británica del libre comercio.”
    VAE VICTIS

    La historia la escriben los vencedores

    ___
    NOSOTROS NO LO CELEBRAMOS

    Se aproxima el 24 de mayo, y, como siempre, todo recuerdo y mención del hecho ocurrido hace ya 190 años se remite a unas pocas ceremonias y la versión oficial que trata del tema. Estoy hablando por supuesto de la Batalla de Pichincha. La mal llamada “guerra de la independencia”(guerra civil hispanoamericana), impuso, gracias a la propaganda que los medios de desinformación controlada por los liberales, a la historia del Ecuador, la idea de que nuestras fiestas “patrias” deben celebrarse en los días en que las fuerzas de la subversión liberal-masónica al servicio de Gran Bretaña. Así, fechas como el 9 de octubre, el 24 de mayo, el 3 de noviembre entre otras, son feriados nacionales. Y bien, me estoy preguntando: ¿Para qué cuestionar tan excelsas fechas que tan solo nos recuerdan la gloria y victoria de esas revoluciones? Muy simple, y a la vez complejo. No quiero tomar, queridos lectores, demasiado tiempo, sí, en cambio, informar de a poco el porqué, desde un punto de vista revisionista de la historia (que es lo que siempre se trata de hacer, ver las versiones de los dos lados y sacar conclusiones) de negar el título de fiestas, y mucho menos de “patrias”. Planteado el objetivo de estas líneas, procedemos a “deshuesar” en poquísimas líneas el pavo. El 24 de mayo, llamada “batalla de la Independencia”, se dio por diversas circunstancias que es preciso revisar de a poco. Ya abierto el canal de fuego de las fuerzas liberales comandadas por Bolívar, el general Antonio José de Sucre se dispuso a “liberar” al Reino de Quito, en manos de las fuerzas leales al Imperio desde 1812. Así, el 23 de mayo llega por el sur, precisamente el Valle de los Chillos, escala las laderas del Pichincha para poder al día siguiente lanzar un ataque arrollador sobre la ciudad. Aymerich presenta batalla y Sucre vence. Quito es “liberada” por la camarilla de Bolívar y lo que se llamaba “Reino de Quito” es sometido a las fuerzas neo-coloniales del títere venezolano. Pero Quito, esa ciudad bastión de la lealtad a España, sumergida en sangre lo que algunos historiadores llamaron la “revolución de los Marqueses” de 1809, era un bastión del Imperio Español. El craso error que nadie ha querido entender, o mejor, más que error llamemos le “dato”, es que Quito había sido saqueada en 1810 por las tropas realistas de Lima. Por ello, el 24 de mayo, que lejos de ser una fecha que se deba conmemorar como “patria”, fué la respuesta de Quito a las tropas virreinales del Perú. Es que en sí la actitud de los quiteños para con la Patria grande había desembocado en esta actitud de odio al virreinato de la Nueva Castilla porque el momento en que se dio la represión de 1810 contra los Marqueses y nobles criollos rebelados en la capital de la Audiencia, las tropas virreinales, los “zambos” de Lima(tropas negras al servicio del Virrey), no solo que habían aniquilado a los subversivos, si no que cometió el error terrible el mando español de que la ciudad fuera saqueada, sometida al pillaje de los afro-indios del Perú, que poco perdonaron aquel fatídico día de 1810. En este sentido, el odio de Quito no era ni mucho menos contra la Patria Grande, si no contra la guarnición del Virrey del Perú que se había metido en la ciudad a sangre y fuego. Quito tuvo su venganza, a un precio terrible, pues su libertad, tan bien mantenida y estabilizada con el Imperio, se rompería, y tendrían que pasar 40 años antes de que otro hispánico y americano a la vez de pensamiento restaurara a Quito a su estabilidad, ya para ese momento llamada “Ecuador”. Más aún, terrible resulta analizar los hechos que llevaron a la revuelta del 9 de octubre. José Joaquín de Olmedo, León de Febres-Cordero, Escobedo, etc., demás canallas que, imbuidos por el iluminismo franco-inglés, se levantaron ese día contra el Imperio. Pero ese levantamiento fue más allá de lo que pudo ser una mera servidumbre asumida por la aristocracia de Guayaquil. No, fue más allá, pues los infames del 9 de octubre transportaron a su revuelta, acaecida sin sangre y con mucha complicidad de los peninsulares residentes en Guayaquil, impusieron a esta ciudad, el puerto de Quito, el espíritu mercantilista imperial-chauvinista de Inglaterra. De ahí que hasta el día de hoy, con sus justas y honrosas, muy honrosas excepciones, el puerto de Guayaquil siempre se caracterizó por su ideología-mejor llamémosla manera de vida- siempre dispuesta al comercio y a la admiración del sistema anglosajón. No nos extrañemos, queridos lectores, entonces de ver que en Guayaquil, desde que las suciedades de la mal llamada “independencia”, haya sido siempre la cuna y morada del liberalismo y de su hijo directo, el marxismo. Entonces nos preguntamos: Si esas no son nuestras fiestas patrias, ¿Cuáles lo son? Será fácil entonces analizar nuestra historia, y entender que el comienzo de Quito, Quito como entidad imperial, como estado orgánico, Quito, ahora llamada Ecuador, es sin dudar la Audiencia. Que el Reino de Quito haya existido antes no es más que la reivindicación para que nuestra tierra sea llamada la Audiencia de Quito. Pero el Reino, siendo lo que fue, el Reino fundado por los Quitus, poseía el optimismo, pero desconocía el espíritu y la voluntad, que nuestros padres españoles trajeron. Por eso, la Audiencia, que fue la unión del Reino de Quito con Castilla la Grande, constituyó el culminar de la empresa hispánica, y a la vez el fin del antiguo Reino, y con ello nació el Quito auténtico. Que no nos equivoquemos al volver a ver al escudo de Quito el porqué bajo el yelmo español, yace el blasón castellano(Castilla, tierra de Castillos) entre dos montes (la cordillera oriental y la occidental), pues Quito ERA CASTILLA EN LOS ANDES. Por ello, el día en que el Reino dio paso a la Audiencia, ese día Quito, es decir Ecuador, comenzó a existir. Y por ello, el 6 de diciembre, si no es por ser el día más importante, debería ser uno de los más importantes de la nación, pues cuando el gran capitán Sebastián de Benalcázar fundó la Villa de San Francisco de Quito, ese día fuimos patria por primera vez. Europa y América se habían unido en uno solo, trascendieron las dos patrias continentales, y España y Quito fueron uno. Quito existe desde entonces, y no nos referimos, queridos lectores, a la ciudad, pues no somos de carácter regionalista, más sí Quito como país. Muchos harán oídos sordos a esto, y sobre todo los costeños, imbuidos del espíritu anglosajón mercantilista que sus antepasados (con honrosas excepciones) impusieron a las generaciones venideras, se opondrán. Por qué nos extrañamos ahora que Guayaquil, como dijo Rafael Correa en uno de sus comentarios más acertados, esté luchando por su independencia si “parece ser que anhelan su verdadera patria- Miami”? Es que es el problema existe hoy por hoy. Quito es el pensamiento tradicional e hispánico, Guayaquil es el pensamiento anglosajón mercantilista (por supuesto estoy hablando del Quito tradicional, y no del actual, que de ninguna manera puede llamarse “tradicional”). Queridos lectores, con esto finalizamos. Que muchos de los que nos lean nos quieran quemar en la neo-inquisición democrática por no comulgar con las ideas bolivarianas-alfaristas-liberales-neoizquierdistas (así de largo y absurdo es este pensamiento) nos tiene muy sin cuidado. Porque, si no revisamos hasta nuestras propias fechas de fiesta, entonces queridos lectores, no avanzamos. ¡Felices Fiestas! (?) ¡A todos! ¡Y que vuelva ya Benalcázar! Por Carlos D. Trueba Recordando DRAGONA .- LAS BANDERAS de los REALISTAS en AMERICA.-














    BANDERA DEL 1º BATALLON DE VOLUNTARIOS DEL PERÚ (1819)


    PENDON REAL DE LA CIUDAD DE SANCTI-SPIRITUS, CUBA (primera
    mitad del siglo XIX ).


    BANDERA DENOMINADA REAL(?¿). 1824.
    Escudo Real entretelado con columnas de Hercules al exterior, en las que va repetida la leyenda "Plus Ultra ". Hace años estaba en una colección particular cubana, ignorandose el destino que
    haya podido correr despues de la revolución castrista.


    BANDERA DE BATALLÓN DEL TERCER REGIMIENTO DE INFANTERIA DE AMERICA
    (1813-1814).





    BANDERA DEL REGIMIENTO DE MILICIAS DE ABANCAY, PERÚ.


    BANDRA DEL BATALLÓN DE VOLUNTARIOS DE INFANTERIA,DE MONTEVIDEO
    (1801-1806).


    ESTANDARTE DE LOS HUSARES DEL GOBIERNO DEL RIO DE LA PLATA (principios
    del siglo XIX).

    BANDERA CORONELA DEL REGIMIENTO DE MONTEVIDEO, (1808-1810 )



    BANDERA DEL TERCIO DE GALLEGOS(1806-1807 )


    BANDERA CORONELA DEL REGIMIENTO DE INFANTERIA CASTRO EN CHILOE.
    (1793-1821 )



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  12. #72
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    Re: Hay “otro” bicentenario

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    PARA QUE TE INFORMES:


    NADA QUE CELEBRAR EL 24 DE MAYO: “La situación de Flores en el sur, se hizo más problemática por la existencia de fuertes sentimientos pro-hispánicos entre algunas personas de la anterior Audiencia de Quito. LA LEALTAD A ESPAÑA NO DESAPARECIÓ CON LA DERROTA DE LAS FUERZAS VIRREINALES EN EL PICHINCHA. Tampoco tranquilizaban al Ecuador las opresivas exacciones de dinero y propiedades llevadas a cabo por el Libertador y sus segundos mientras se preparaban para invadir al Perú en 1822-23. EL GENERAL SUCRE ADIMITÍA QUE LA IRRITANTE CONDUCTA DE SUS SOLDADOS Y LA IMPOSICIÓN DE FUERTES IMPUESTOS HACÍAN SENTIRSE A LOS ECUATORIANOS COMO EN “TERRITORIO CONQUISTADO”… Para las fuerzas bolivarianas, el sur era poco más que una región a la que había que explotar para apoyar las continuas campañas militares contra el ejército realista del Perú. En sus esfuerzos por completar la liberación del Perú, Bolívar y sus subordinados procuraban enganchar hasta el último recluta disponible y extraer hasta el último peso de esa apesadumbrada tierra. Tan duras medidas provocaron resentimientos contra los “libertadores” del norte, y PROVOCABAN DUDA EN LA MENTE DE LOS PATRIOTAS ECUATORIANOS SOBRE LAS BENDICIONES QUE HABÍA TRAÍDO LA INDEPENDENCIA… Otra fuente de fricción fue la POLÍTICA DE BAJOS ARANCELES O “LIBRE COMERCIO” MANTENIDA PORLA GRAN COLOMBIA, la misma que permitía que los textiles BRITÁNICOS de bajo precio inundaran aquellos mercados que anteriormente habían sido abastecidos por los obrajes serranos.” –Mark Van Aken.
    ESTO SIGNIFICÓ LA INDEPENDENCIA, VASALLAJE HACIA INGLATERRA: “Aceptando las exigencias británicas dentro de los rumbos trazados por Bolívar” el 18 de abril de 1825 se firmó entre los plenipotenciarios de Gran Bretaña y la Gran Colombia el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación, “que no difiere sustancialmente” de los tratados celebrados ese mismo año por las Provincias Unidas del Río de la Plata y Chile, y más tarde por Perú y México con la gran potencia talasocrática. Para cuando el Ecuador se constituyó como un Estado “soberano” separado de la Gran Colombia en 1830, ya tenía normadas sus relaciones exteriores, comerciales y políticas, en condiciones de exclusividad con Inglaterra, aún antes de dotarse de su norma fundamental, de su primera Constitución.
    El acta de independencia de Quito del 29 de mayo de 1822 comienza con estas palabras: “En la ciudad de San Francisco de Quito, capital de las provincias del antiguo reino de este nombre”… y continúa más adelante: “…roto todos los lazos que por cualesquiera motivos ideales ligaron estas provincias a la Península”. Se habla de REINO y de PROVINCIAS, NUNCA DE COLONIAS.
    QUITO FUE CONQUISTADO Y NO LIBERADO EL 24 DE MAYO DE 1822: El capacitado historiador guayaquileño Jaime Rodríguez denominaría acertadamente al proceso de separación e independencia forzada por parte de las tropas bolivarianas como “la conquista del Reino de Quito”. Los 3000 mil efectivos que ganaron la Batalla del Pichincha eran mayormente soldados reclutados en Colombia, Venezuela e Inglaterra como correspondía al ejercito multinacional que había armado Bolívar, sin embargo no se encontraban quiteños en el mismo.
    Julio Albi explica el siguiente dato fundamental acerca de la batalla de Pichincha:
    “El Ejército realista, en la que sería su última batalla en el reino de Quito, estaba formado sobre todo por americanos. Los jinetes procedían todos del reclutamiento local (criollos y quiteños por tanto). En cuanto a los infantes, el batallón de Tiradores de Cádiz era ‘casi todo de europeos… y los otros Cuerpos españoles o realistas, compuestos de americanos’ ”
    Ingleses versus quiteños: Papel destacado en esta batalla fue el protagonizado por el Batallón Albión, compuesto es su totalidad por británicos.
    Wilfrido Loor habla: “Engreído con el espíritu de su siglo, González Suárez, no se dio cuenta de que el hijo de España se adaptó al medio geográfico y social de su tiempo para vivir de realidades, y el hijo de la República se independizó de ese medio para vivir con la teoría de cuatro soñadores que hicieron de América la tierra propicia de las revoluciones…”
    Carlos Enrique Lasso Cueva dice: “LA INDEPENDENCIA…!Sangre derramada en vano, por el interés de Inglaterra de apoderarse de los recursos naturales de estas tierras, y de su comercio, que eran monopolizados por España. La “gesta” de Bolívar según Alfonso Rumazo costó 600.000 vidas. Gente inmolada en aras de las potencias mercantiles europeas de las que Bolívar era representante y agente. La tesis fue imponer la separación de España que impedía ese libre comercio. No fue una guerra popular reclamando conquistas sociales. Fue la clase dominante criolla, la oligarquía sudamericana, la interesada en “independizarse” para poder hacer y deshacer a su antojo, sin el impedimento de ciertas leyes españolas. Roto el vínculo con España, la gente del estado llano, las masas populares, quedaron en manos de esta clase dominante criolla que empezó a gobernar a la maldita sea, pero en su exclusivo beneficio. La gente sencilla jamás se involucró en la guerra de independencia, pues les daba lo mismo que ganara uno u otro bando, ya que sabían que “era una pelea entre blancos” y que no importa quien ganara, su suerte siempre iba a ser la de Caín cuando dios lo maldijo. las levas atroces de Bolívar en cada ciudad y pueblo eran sangrientas, espantosas, porque nadie quería servir a ninguna de las dos causas. A la fuerza los hombres jóvenes eran incoporados a la milicia. A servir a la causa burguesa y británica del libre comercio.”
    VAE VICTIS

    La historia la escriben los vencedores

    ___
    NOSOTROS NO LO CELEBRAMOS

    Se aproxima el 24 de mayo, y, como siempre, todo recuerdo y mención del hecho ocurrido hace ya 190 años se remite a unas pocas ceremonias y la versión oficial que trata del tema. Estoy hablando por supuesto de la Batalla de Pichincha. La mal llamada “guerra de la independencia”(guerra civil hispanoamericana), impuso, gracias a la propaganda que los medios de desinformación controlada por los liberales, a la historia del Ecuador, la idea de que nuestras fiestas “patrias” deben celebrarse en los días en que las fuerzas de la subversión liberal-masónica al servicio de Gran Bretaña. Así, fechas como el 9 de octubre, el 24 de mayo, el 3 de noviembre entre otras, son feriados nacionales. Y bien, me estoy preguntando: ¿Para qué cuestionar tan excelsas fechas que tan solo nos recuerdan la gloria y victoria de esas revoluciones? Muy simple, y a la vez complejo. No quiero tomar, queridos lectores, demasiado tiempo, sí, en cambio, informar de a poco el porqué, desde un punto de vista revisionista de la historia (que es lo que siempre se trata de hacer, ver las versiones de los dos lados y sacar conclusiones) de negar el título de fiestas, y mucho menos de “patrias”. Planteado el objetivo de estas líneas, procedemos a “deshuesar” en poquísimas líneas el pavo. El 24 de mayo, llamada “batalla de la Independencia”, se dio por diversas circunstancias que es preciso revisar de a poco. Ya abierto el canal de fuego de las fuerzas liberales comandadas por Bolívar, el general Antonio José de Sucre se dispuso a “liberar” al Reino de Quito, en manos de las fuerzas leales al Imperio desde 1812. Así, el 23 de mayo llega por el sur, precisamente el Valle de los Chillos, escala las laderas del Pichincha para poder al día siguiente lanzar un ataque arrollador sobre la ciudad. Aymerich presenta batalla y Sucre vence. Quito es “liberada” por la camarilla de Bolívar y lo que se llamaba “Reino de Quito” es sometido a las fuerzas neo-coloniales del títere venezolano. Pero Quito, esa ciudad bastión de la lealtad a España, sumergida en sangre lo que algunos historiadores llamaron la “revolución de los Marqueses” de 1809, era un bastión del Imperio Español. El craso error que nadie ha querido entender, o mejor, más que error llamemos le “dato”, es que Quito había sido saqueada en 1810 por las tropas realistas de Lima. Por ello, el 24 de mayo, que lejos de ser una fecha que se deba conmemorar como “patria”, fué la respuesta de Quito a las tropas virreinales del Perú. Es que en sí la actitud de los quiteños para con la Patria grande había desembocado en esta actitud de odio al virreinato de la Nueva Castilla porque el momento en que se dio la represión de 1810 contra los Marqueses y nobles criollos rebelados en la capital de la Audiencia, las tropas virreinales, los “zambos” de Lima(tropas negras al servicio del Virrey), no solo que habían aniquilado a los subversivos, si no que cometió el error terrible el mando español de que la ciudad fuera saqueada, sometida al pillaje de los afro-indios del Perú, que poco perdonaron aquel fatídico día de 1810. En este sentido, el odio de Quito no era ni mucho menos contra la Patria Grande, si no contra la guarnición del Virrey del Perú que se había metido en la ciudad a sangre y fuego. Quito tuvo su venganza, a un precio terrible, pues su libertad, tan bien mantenida y estabilizada con el Imperio, se rompería, y tendrían que pasar 40 años antes de que otro hispánico y americano a la vez de pensamiento restaurara a Quito a su estabilidad, ya para ese momento llamada “Ecuador”. Más aún, terrible resulta analizar los hechos que llevaron a la revuelta del 9 de octubre. José Joaquín de Olmedo, León de Febres-Cordero, Escobedo, etc., demás canallas que, imbuidos por el iluminismo franco-inglés, se levantaron ese día contra el Imperio. Pero ese levantamiento fue más allá de lo que pudo ser una mera servidumbre asumida por la aristocracia de Guayaquil. No, fue más allá, pues los infames del 9 de octubre transportaron a su revuelta, acaecida sin sangre y con mucha complicidad de los peninsulares residentes en Guayaquil, impusieron a esta ciudad, el puerto de Quito, el espíritu mercantilista imperial-chauvinista de Inglaterra. De ahí que hasta el día de hoy, con sus justas y honrosas, muy honrosas excepciones, el puerto de Guayaquil siempre se caracterizó por su ideología-mejor llamémosla manera de vida- siempre dispuesta al comercio y a la admiración del sistema anglosajón. No nos extrañemos, queridos lectores, entonces de ver que en Guayaquil, desde que las suciedades de la mal llamada “independencia”, haya sido siempre la cuna y morada del liberalismo y de su hijo directo, el marxismo. Entonces nos preguntamos: Si esas no son nuestras fiestas patrias, ¿Cuáles lo son? Será fácil entonces analizar nuestra historia, y entender que el comienzo de Quito, Quito como entidad imperial, como estado orgánico, Quito, ahora llamada Ecuador, es sin dudar la Audiencia. Que el Reino de Quito haya existido antes no es más que la reivindicación para que nuestra tierra sea llamada la Audiencia de Quito. Pero el Reino, siendo lo que fue, el Reino fundado por los Quitus, poseía el optimismo, pero desconocía el espíritu y la voluntad, que nuestros padres españoles trajeron. Por eso, la Audiencia, que fue la unión del Reino de Quito con Castilla la Grande, constituyó el culminar de la empresa hispánica, y a la vez el fin del antiguo Reino, y con ello nació el Quito auténtico. Que no nos equivoquemos al volver a ver al escudo de Quito el porqué bajo el yelmo español, yace el blasón castellano(Castilla, tierra de Castillos) entre dos montes (la cordillera oriental y la occidental), pues Quito ERA CASTILLA EN LOS ANDES. Por ello, el día en que el Reino dio paso a la Audiencia, ese día Quito, es decir Ecuador, comenzó a existir. Y por ello, el 6 de diciembre, si no es por ser el día más importante, debería ser uno de los más importantes de la nación, pues cuando el gran capitán Sebastián de Benalcázar fundó la Villa de San Francisco de Quito, ese día fuimos patria por primera vez. Europa y América se habían unido en uno solo, trascendieron las dos patrias continentales, y España y Quito fueron uno. Quito existe desde entonces, y no nos referimos, queridos lectores, a la ciudad, pues no somos de carácter regionalista, más sí Quito como país. Muchos harán oídos sordos a esto, y sobre todo los costeños, imbuidos del espíritu anglosajón mercantilista que sus antepasados (con honrosas excepciones) impusieron a las generaciones venideras, se opondrán. Por qué nos extrañamos ahora que Guayaquil, como dijo Rafael Correa en uno de sus comentarios más acertados, esté luchando por su independencia si “parece ser que anhelan su verdadera patria- Miami”? Es que es el problema existe hoy por hoy. Quito es el pensamiento tradicional e hispánico, Guayaquil es el pensamiento anglosajón mercantilista (por supuesto estoy hablando del Quito tradicional, y no del actual, que de ninguna manera puede llamarse “tradicional”). Queridos lectores, con esto finalizamos. Que muchos de los que nos lean nos quieran quemar en la neo-inquisición democrática por no comulgar con las ideas bolivarianas-alfaristas-liberales-neoizquierdistas (así de largo y absurdo es este pensamiento) nos tiene muy sin cuidado. Porque, si no revisamos hasta nuestras propias fechas de fiesta, entonces queridos lectores, no avanzamos. ¡Felices Fiestas! (?) ¡A todos! ¡Y que vuelva ya Benalcázar! Por Carlos D. Trueba Recordando DRAGONA .- LAS BANDERAS de los REALISTAS en AMERICA.-














    BANDERA DEL 1º BATALLON DE VOLUNTARIOS DEL PERÚ (1819)


    PENDON REAL DE LA CIUDAD DE SANCTI-SPIRITUS, CUBA (primera
    mitad del siglo XIX ).


    BANDERA DENOMINADA REAL(?¿). 1824.
    Escudo Real entretelado con columnas de Hercules al exterior, en las que va repetida la leyenda "Plus Ultra ". Hace años estaba en una colección particular cubana, ignorandose el destino que
    haya podido correr despues de la revolución castrista.


    BANDERA DE BATALLÓN DEL TERCER REGIMIENTO DE INFANTERIA DE AMERICA
    (1813-1814).





    BANDERA DEL REGIMIENTO DE MILICIAS DE ABANCAY, PERÚ.


    BANDRA DEL BATALLÓN DE VOLUNTARIOS DE INFANTERIA,DE MONTEVIDEO
    (1801-1806).


    ESTANDARTE DE LOS HUSARES DEL GOBIERNO DEL RIO DE LA PLATA (principios
    del siglo XIX).

    BANDERA CORONELA DEL REGIMIENTO DE MONTEVIDEO, (1808-1810 )



    BANDERA DEL TERCIO DE GALLEGOS(1806-1807 )


    BANDERA CORONELA DEL REGIMIENTO DE INFANTERIA CASTRO EN CHILOE.
    (1793-1821 )



    El Tercio de Lima dio el Víctor.

  13. #73
    Avatar de Ordóñez
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    Re: Hay “otro” bicentenario

    http://antonioescalera.blogspot.com/2008/04/mala-la-hubimos-espaoles-en-esa-de.html


    MALA LA HUBIMOS, ESPAÑOLES, EN ESA DE AYACUCHO


    Capitulación de Ayacucho
    en la Casa de la Capitulación de Quínua

    La primera vez que oí la palabra “Quínua” fue en la casa amiga, arequipeña, de los Vargas Alatrista, la quínua fue el primer plato de comida típicamente peruana que probé en casa de tan buenos amigos. La quínua es una especie de cereal, y digo especie de cereal ya que esta planta con semillas dicotiledóneas, no es una gramínea, característica de los cereales, pero dado su alto contenido de almidón se la considera entre los cereales, lo mismo que ocurre con la “kiwicha”. La quínua contiene no menos de 10 aminoácidos pero también contiene una toxina llamada “saponina” que es eliminada con sucesivos lavados de las semillas.

    La segunda vez que oí la palabra Quínua fue para denominar a un bellísimo pueblo de la sierra andina de Ayacucho, con el mismo nombre del seudo cereal, pero que, sin embargo, no le debe el nombre a la posible presencia de arbustos de la quínua sino a la profusión de unos tupidos y altos arbustos locales llamados “quenwas”. En otras partes su nombre aparece como Quinoua.

    El serrano pueblo de Quínua está situado a casi 3.400 mts de altitud y su nombre hubiese pasado desapercibido, en la tranquilidad de su historia, si no hubiese sido porque una fría mañana, el 9 de diciembre de 1824, en una hermosísima pradera (pampa) cercana al pueblo se desarrolló una batalla que hoy es gloria y prez de la simbología patriotera de la emancipación americana pero que, desde la distancia en el tiempo, pareciera indicar hoy, que hubo un pacto secreto entre los jefes liberales realistas, descontentos del absolutista monarca felón Fernando VII, y los jefes del Ejercito Unido Libertador del Perú. Tal vez los resultados de la batalla, en cuanto al número de bajas, puedan asimilarse a un pacto oculto, tanto más cuanto los términos pactados de la capitulación son ampliamente favorables, y muchas veces desconcertantes, a la causa realista. Algún autor la ha calificado como “farsa sangrienta”.

    La pampa de Quínua es hoy una bellísima pradera al pie de un cerro conocido con el nombre de Condorcunca, las más de las veces coronado de neblina que, como una “encainada” asturiana, se enseñorea de su cumbre o se desparrama por su llano. Pampa es una palabra quéchua que nuestro castellano ha adoptado como tantas otras de influencia extranjera, y significa lugar llano, o llanura y tal vez su nombre, en realidad, se deba al nombre de los indígenas “tehuelche” que habitaban las llanuras centrales de la actual Argentina. Yo, tal vez porque asociamos pampa a la extensiones argentinas, muchas veces secas o medio desérticas, no asociaba Pampa a una pradería que más bien me recordaba el collado de Pandébano de nuestros inmarcesibles Picos de Europa. Imposible recrear en aquellos idílicos eriales de la Pampa de Qínua cuando los hombres se mataron entre si.



    La Pampa de Quínua con el cerro Condorcunca al fondo

    Los españoles llegamos allí ya vencidos cerca de Junín, otra Pampa peruana cerca de los 4100 mts. de altura, la Pampa de Chacamarca.

    El ejército realista aún era fuerte en la sierra central peruana y en el Alto Perú, pero el ejército estaba disperso entre el valle del Mantaro y el Alto Perú. Esto fue debido a la sublevación en el Alto Perú del General Realista Pedro Antonio Olañeta, al saber de la caída en España del gobierno constitucional, que se autoproclamó como Virrey, y obligó al Virrey, José de la Serna e Hinojosa, mandar sobre el Alto Perú, hacia Potosí, una parte importante de sus ejércitos, unos 5.000 regulares, que tenían su base en Puno, al mando del asturiano Gerónimo Valdés y de Noriega (Villarín de Somiedo, 1784-Oviedo, 1855), después ennoblecido como Vizconde de Torata y Conde de Villarín).

    Para los asturianos es un gran desconocido este personaje de las guerras de emancipación americanas. Este soldado asturiano, que había estudiado Derecho en la Universidad de Oviedo, lo sorprendió allí la invasión francesa de España en 1808. Constituida la Junta General del Principado se alista como voluntario, pero por su condición universitaria y la carencia de oficiales le permitió pronto ser nombrado Capitán y terminó la guerra contra Napoleón con el grado de Teniente Coronel.

    Había ido a
    América con José de la Serna e Hinojosa en 1816 y, junto a otros militares, favoreció la destitución del Virrey del PerúJoaquín de la Pezuela por José de la Serna. Llegó a Mariscal de Campo, destacando en sus acciones en Torata. Tras el desastre de Ayacucho, regresó a España vía Francia en 1824.
    El último Virrey del Perú
    José de la Serna e Hinojosa, Conde de los Andes

    Después de la muerte de Fernando VII, y siendo Teniente General, participó en el ejército cristino en favor de la causa de la reina Isabel II contra su tío Carlos María Isidro de Borbón en la Primera Guerra Carlista. Entre 1833 y 1834 fue Virrey de Navarra, cargo que dejó al ser nombrado por María Cristina de Borbón Ministro de la Guerra en 1834, pero en septiembre de 1835 decidió hacerse cargo personalmente del mando del Ejército del Norte. Al acceder Baldomero Espartero a la Regencia de España, durante la minoría de edad de Isabel II, fue nombrado Capitán General de Cuba. Fue Diputado y Senador y escribió una historia de la Independencia del Perú.


    El General Asturiano
    Gerónimo Valdés y de Noriega



    Pero aquella tarde del 6 de agosto de 1824, llegamos con desiguales fuerzas a la Pampa de Chacamarca, cerca de Junín: al mando del realista José Canterac, 1300 hombres a caballo y 2700 de a pie y los independistas, a las órdenes de Simón Bolívar, con 1000 hombres a caballo y 7900 a pie. En esta batalla, curiosidad de los tiempos, no se disparó ni un solo tiro, el combate se desarrolló con la caballería, a lanza de los llaneros venezolanos y a sable y, a pesar del número de combatientes, y la duración del combate de 45 minutos, las bajas fueron 248 realistas y 148 independentistas, de los cuales, 64 pertenecían al regimiento Húsares del Perú que después de la batalla vio cambiado su nombre por Bolívar a Regimiento Húsares de Junín, actualmente guardia de honor de la Presidencia de la República Peruana.

    General Simón Bolívar y Palacios


    Así lo describió Bolívar en una carta escrita desde el Cuartel General del Ejército Unido de Huancayo, el 13 de agosto de 1824:



    “¡Peruanos! La campaña que debe completar vuestra libertad ha empezado bajo los auspicios más favorables.
    El ejército del general Canterac ha recibido en Junín un golpe mortal, habiendo perdido, por consecuencia de este suceso, un tercio de sus fuerzas y toda su moral.
    Los españoles huyen despavoridos abandonando las más fértiles provincias, mientras el general Olañeta ocupa el Alto Perú con un ejército verdaderamente patriota y protector de la libertad.¡Peruanos! Bien pronto visitaremos la cuna del Imperio peruano y el templo del Sol.
    El Cuzco tendrá en el primer día de su libertad más placer y más gloria que bajo el dorado reino de sus Incas “

    Esta batalla de Junín sirvió para separar los dos ejércitos realistas e insuflarle nuevos ánimos a los ejércitos independentistas al mando de Simón Bolívar y de Antonio José de Sucre.


    General Antonio José de Sucre

    Ante el desastre de Junín, José de la Serna regresa al sur de la sierra central tomando el camino hacia Tarma, luego a Jauja y Huancayo. De allí, prosigue a Huayucachi, Acostambo, Iscuchaca, Acoria, Pumaranra, Acobamba, Pomacocha, Marca, luego ingresa a territorio ayacuchano por Luricocha, Huanta, llegando a Huamanga el 21 de agosto. Manda volver del Alto Perú a nuestro asturiano Gerónimo Valdés quien se reúne con sus tropas a Jose de la Serna en el pueblo de Ayacucho que, por esos días de 1824 no se llamaba así sino que se llamaba Huamanga (palabra quéchua “huaman” que significa halcón). Los españoles, al fundarla el 29 de enero de 1539, le pusieron el nombre de San Juan de la Frontera de Huamanga; San Juan por el santo patrón de la ciudad y Frontera porque representaba en ese momento la frontera contra el indómito Manco Capac.

    Posteriormente, y con ocasión de la victoria de los Pizarristas contra los Alamgristas, en la batalla de Chupas, el 16 de setiembre de 1542, la ciudad pasó a llamarse San Juan de la Victoria de Huamanga, nombre que conservaría hasta que, con ocasión de la batalla de la Pampa de la Quínua, Simón Bolívar, el 15 de febrero de 1825, cambia su nombre por Ayacucho, voz quéchua compuesta de “Aya” que significa alma y “cucho” que significa morada. Así Ayacucho sería “morada del alma”, aunque otras versiones lingüísticas aseveran que su significado es “morada de los muertos”, si bien en quéchua “muerto” se nombre “huañusqa”. Desde entonces San Juan de la Victoria de Huamanga se llama Ayacucho. Y la famosa batalla de la Pampa de Quínua, se llame batalla de Ayacucho, aunque diste 33 kms. de la actual ciudad de Ayacucho. Por cierto que toda esta zona, que hoy tiene esta relevancia militar es, sin embargo, el corazón de la cultura precolombina de los Wari, con muchísima más trascendencia histórica y cultural que los hechos de guerra del siglo XIX.

    A este hoy hermoso campo llegaron realistas e independentistas a confrontar lo que se ha dado en llamar, equivocadamente, la última gran batalla de la emancipación americana. Ni uno ni otro, ni fue gran batalla ni tampoco fue la última.

    La disposición de ambos ejércitos fue así:

    Ejército Unido Libertador del Perú
    Comandante: General Antonio José de Sucre
    Comandante de Caballería – General Guillermo Miller
    Jefe del Estado Mayor - General Agustín Gamarra
    Primera División - General José María Córdoba (2.300 hombres)
    Segunda División - General José de La Mar (1.580 hombres)
    Tercera División - General Jacinto Lara (1.700 hombres)
    Piezas de artillería: 1

    Ejército Real del Perú
    Comandante: Virrey José de La Serna
    Comandante de Caballería – Brigadier Valentín Ferraz
    Jefe del Estado Mayor – Teniente General José de Canterac
    División de Vanguardia - General Gerónimo Valdés (2.006 hombres)
    Primera División - General Juan Antonio Monet (2.000 hombres)
    Segunda División - General Alejandro González Villalobos (1.700 hombres)
    División de Reserva - General José Carratala ( 1.200 hombres)
    Piezas de artillería: 14




    Disposición de las tropas en la Batalla de Ayacucho


    Pero las tropas del Ejercito Real del Perú, en realidad, estaban formadas por una gran mayoría de indígenas quéchuas, aimaras y mestizos vencidos en encuentros anteriores. Soldados y montoneros patriotas cautivos fueron así arrastrados a combatir por el Rey. Por otro lado las fuerzas realistas hacía ya cuatro largos años que no recibían provisiones de España.

    El general Antonio José de Sucre preparaba su estrategia: cuatro batallones en el ala derecha, el “Bogotá”, “Voltígeros”, “Pichincha” y “Caracas” al mando de Córdoba. En el ala izquierda La Mar al frente de otros cuatro batallones, el “Primero”, “Segundo”, “Tercero” y la “Legión Peruana”. En el centro dos regimientos encabezados por Miller, los Granaderos y los Húsares de Colombia. La reserva, al mando de Lara, con tres batallones, “Rifles”, “Vargas” y “Vencedores”, y la única pieza de artillería. Otro grupo curioso en el ejercito emancipador fueron los Morochucos de Ayacucho, al mando de Córdoba, estos hombres errantes, mestizos, algunos blancos de ojos azules, pardos o verdes, son descendientes de Chancas, Pocras y de los almagristas que se quedaron a vivir en Cangallo y otros sitios de Ayacucho.

    Los españoles se dividieron en tres alas y cargaron desde el Cerro Condorcunca. El Mariscal General de Campo Gerónimo Valdés inició el ataque contra el ala izquierda de La Mar. Inmediatamente los generales Antonio Monet y Alejandro González Villalobos arremetieron contra las divisiones del centro y derecha de Sucre. Los realistas estaban confiados en su superioridad numérica. Pero allí, avanzando puso en fuga a las tropas de Sucre que tenían enfrente. Sin embargo, extrañamente, las otras dos no les siguieron, de manera que Sucre contraatacó con las tropas de Córdoba y la reserva de Lara. Es famosa la frase de Córdoba con que ordenó la carga victoriosa.


    ¡División! ¡De frente!
    ¡Armas a discreción y a paso de vencedores!”

    Y más prosaica la del venezolano Jacinto Lara:

    “¡Zambos del carajo!
    ¡Al frente están los godos puñeteros!
    El que manda la batalla es Antonio José de Sucre,

    que como ustedes saben, no es ningún cabrón.
    Conque así, apretarse los cojones y... ¡a ellos!”

    Y, tras una breve resistencia, los oficiales españoles comenzaron a rendirse ante el asombro de sus soldados peruanos. El Virrey de la Serna fue herido y hecho preso. Su lugarteniente le dijo abiertamente: "Esta farsa ha llegado demasiado lejos". Los primeros escarceos habían comenzado a las 9 de la mañana y a la 1 de la tarde todo había concluido. Las cifras más creíbles nos dejan 1400 muertos realistas contra 300 muertos independentistas. Algunos autores defienden la tesis de que los jefes del ejército del Rey pactaron su propia derrota con los independentistas en la batalla de Ayacucho. El día de la batalla, a las nueve de la mañana, una hora y media antes de que comenzara la lucha, el general realista Juan Antonio Monet, liberal, acudió al campamento independentista y se reunió con varios jefes rebeldes. Después regresó al campamento realista. ¿Sobre que versó la reunión? La versión oficial es que Monet fue a proponer un tratado de paz, pero como los generales independentistas pusieron como condición la emancipación del Perú, no llegaron a un acuerdo. La versión revisionista de la historia es que Monet fue a ofrecer la rendición del ejercito realista pero, eso sí, tras un simulacro de batalla. Esta tesis revisionista se ve sustentada por los benevolentes términos de la capitulación.



    Concluida la batalla, Antonio José de Sucre, apresurado, le escribe desde el mismo campo de combate a Simón Bolívar:


    “...los últimos restos del poder español en América
    han expirado en este campo afortunado....”



    Monumento a la Batalla de Ayacucho
    en la Pampa de Quínua

    Paseando por la Plaza de Armas de Ayacucho, contemplando la estatua ecuestre del Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, pensaba en aquellas glorias que pasaron (sic transit gloria mundi). De aquellos gestos heroicos, de aquellas encendidas proclamas y envolventes soflamas, de aquellas tremolantes banderas y pendones, solo quedan monumentos para la incuria del tiempo, el recuerdo de las glorias pasadas. Las causas por las que se lucharon se perdieron en los doscientos años de historia posterior.

    Estas tierras ayacuchanas, en la sierra central peruana, de paupérrimos villorrios, serán hoy protagonistas de otras luchas, tanto o más cruentas, por otros medios, pero casi que bajo las mismas premisas de entonces.

    Al ver, en esta misma Plaza de Armas, en el Portal Independencia, las puertas de la Universidad de San Cristóbal de Huamanga, pensaba en las personas que allí sentaban cátedra sobre la condición humana o la condición social. Ayer los guiaba la necesaria emancipación para la mejora de las condiciones de vida de la sociedad y los de hoy o los de hace cuatros días, perseguían los mismo fines, pero estos últimos siguiendo el Sendero Luminoso de los pensamientos de un ideólogo, José Carlos Mariátegui, con la errónea praxis de Abimael Guzmán, en esta dolorida tierra ayacuchana. Pero esta es otra historia… ¿o es la misma con diferentes protagonistas?

    Plaza de Armas de Ayacucho
    Estatua ecuestre de Antonio José de Sucre
    ******************************************************

    APÉNDICE
    CAPITULACIÓN DE AYACUCHO



    Don José Canterac, teniente general de los reales ejércitos de S. M. C., encargado del mando superior del Perú por haber sido herido y prisionero en la batalla de este día el excelentísimo señor virrey don José de La Serna, habiendo oído a los señores generales y jefes que se reunieron después que, el ejército español, llenando en todos sentidos cuanto ha exigido la reputación de sus armas en la sangrienta jornada de Ayacucho y en toda la guerra del Perú, ha tenido que ceder el campo a las tropas independientes; y debiendo conciliar a un tiempo el honor a los restos de estas fuerzas, con la disminución de los males del país, he creído conveniente proponer y ajustar con el señor general de división de la República de Colombia, Antonio José de Sucre, comandante en jefe del ejército unido libertador del Perú, las condiciones que contienen los artículos siguientes:

    »1° El territorio que guarnecen las tropas españolas en el Perú, será entregado a las armas del ejército libertador hasta el Desaguadero, con los parques, maestranza y todos los almacenes militares existentes.
    »2° Todo individuo del ejército español podrá libremente regresar a su país, y será de cuenta del Estado del Perú costearle el pasaje, guardándole entretanto la debida consideración y socorriéndole a lo menos con la mitad de la paga que corresponda mensualmente a su empleo, ínterin permanezca en el territorio.
    »3° Cualquier individuo de los que componen el ejército español, será admitido en el del Perú, en su propio empleo, si lo quisiere.
    »4° Ninguna persona será incomodada por sus opiniones anteriores, aun cuando haya hecho servicios señalados a favor de la causa del rey, ni los conocidos por pasados; en este concepto, tendrán derecho a todos los artículos de este tratado.
    »5° Cualquiera habitante del Perú, bien sea europeo o americano, eclesiástico o comerciante, propietario o empleado, que le acomode trasladarse a otro país, podrá verificarlo en virtud de este convenio, llevando consigo su familia y propiedades, prestándole el Estado proporción hasta su salida; si eligiere vivir en el país, será considerado como los peruanos.
    »6° El Estado del Perú respetará igualmente las propiedades de los individuos españoles que se hallaren fuera del territorio, de las cuales serán libres de disponer en el término de tres años, debiendo considerarse en igual caso las de los americanos que no quieran trasladarse a la Península, y tengan allí intereses de su pertenencia.
    »7° Se concederá el término de un año para que todo interesado pueda usar del artículo 5°, y no se le exigirá más derechos que los acostumbrados de extracción, siendo libres de todo derecho las propiedades de los individuos del ejército.
    »8° El Estado del Perú reconocerá la deuda contraída hasta hoy por la hacienda del gobierno español en el territorio.
    »9° Todos los empleados quedarán confirmados en sus respectivos destinos, si quieren continuar en ellos, y si alguno o algunos no lo fuesen, o prefiriesen trasladarse a otro país, serán comprendidos en los artículos 2° y 5°.
    »10. Todo individuo del ejército o empleado que prefiera separarse del servicio, y quedare en el país, lo podrá verificar, y en este caso sus personas serán sagradamente respetadas.
    »11. La plaza del Callao será entregada al ejército unido libertador, y su guarnición será comprendida en los artículos de este tratado.
    »12. Se enviarán jefes de los ejércitos español y unido libertador a las provincias unidas para que los unos reciban y los otros entreguen los archivos, almacenes, existencias y las tropas de las guarniciones.
    »13. Se permitirá a los buques de guerra y mercantes españoles hacer víveres en los puertos del Perú, por el término de seis meses después de la notificación de este convenio, para habilitarse y salir del mar Pacífico.
    »14. Se dará pasaporte a los buques de guerra y mercantes españoles, para que puedan salir del Pacífico hasta los puertos de Europa.
    »15. Todos los jefes y oficiales prisioneros en la batalla de este día, quedarán desde luego en libertad, y lo mismo los hechos en anteriores acciones por uno y otro ejército.
    »16. Los generales, jefes y oficiales conservarán el uso de sus uniformes y espadas; y podrán tener consigo a su servicio los asistentes correspondientes a sus clases, y los criados que tuvieren.
    »17. A los individuos del ejército, así que resolvieren sobre su futuro destino en virtud de este convenio, se les permitirá reunir sus familias e intereses y trasladarse al punto que elijan, facilitándoles pasaportes amplios, para que sus personas no sean embarazadas por ningún Estado independiente hasta llegar a su destino.
    »18. Toda duda que se ofreciere sobre alguno de los artículos del presente tratado, se interpretará a favor de los individuos del ejército español.

    »Y estando concluidos y ratificados, como de hecho se aprueban y ratifican estos convenios, se formarán cuatro ejemplares, de los cuales dos quedarán en poder de cada una de las partes contratantes para los usos que les convengan.
    Dados, firmados de nuestras manos en el campo de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824.


    José Canterac - Antonio José de Sucre








    C. L. A. M. O. R.: Ante otro aniversario de la Revolución de Mayo


    Ante otro aniversario de la Revolución de Mayo


    Con motivo de un nuevo aniversario de la Revolución del 25 de mayo de 1810, hemos leído un par de notas (una de Antonio Caponnetto y otra de Luis Alfredo Andregnette Capurro) que contienen algunas afirmaciones que por ser paradigmáticas de lo que llamamos “leyenda rosa nacionalista” nos gustaría comentar.


    Desde ya, manifestamos nuestro aprecio y reconocimiento a los autores de dichos artículos, independientemente de que no compartamos las frases siguientes que reflejan una serie de tópicos recurrentes en esta escuela historiográfica.


    - Borbones malos y Austrias buenos


    Cuando la invasión de Bonaparte en 1808 no se planteó en América la cuestión de apartarse de la monarquía. La lealtad al Rey seguía absolutamente vigente aún cuando la Casa de Borbón, que ocupaba el Trono desde los inicios del siglo XVIII, caminaba por senderos distintos a los de la dinastía de los Austrias.” [LAAC]


    Los autores nacionalistas están muy apegados a esta contraposición. Claro que, al referirse a la Casa de Austria, se quedan en el emperador Carlos, en Felipe II y el Siglo de Oro, olvidando rotundamente a sus sucesores, los llamados “Austrias menores”, el Conde-Duque de Olivares y un largo etcétera. Por otro lado, dejando en el tintero también el hecho de que el archiduque Carlos, que hubiese sido Carlos III de triunfar en la Guerra de Sucesión, había pactado con Gran Bretaña, a la que entregó Gibraltar y quién sabe que otros territorios de haber tenido éxito. La mala memoria también les impide recordar a José II, cuya política religiosa fue acaso más “masónica” que la del Borbón Carlos III, o a María Teresa, la protectora de los Enciclopedistas y también perseguidora de los jesuitas.


    - Expulsión de los Jesuitas


    El fundamento teológico del gobierno del César Carlos y sus sucesores había sido sustituido por una concepción laica de poder civil. Esa política liberal borbónica inició una división entre los Reinos Americanos y España. Son un claro ejemplo las medidas masónicas de Carlos III en contra de la Compañía de Jesús…” [LAAC]


    Independientemente de que las medidas del rey Carlos III fueran o no masónicas y/o ilustradas, lo que corresponde analizar es si dichas medidas se correspondieron con la realidad. No es el lugar éste para enjuiciar la actuación de los jesuitas en América en general y de su “reino” teocrático guaraní en particular; sólo dejaremos sentado que desde un principio generó quejas entre los vecinos, gobernantes, regidores, visitadores, etc., tanto peninsulares como criollos, y no siempre —como afirma cierta leyenda— porque éstos quisiesen esclavizar a los guaraníes. Pero sí nos fijaremos en la actuación de la Compañía de Jesús tras la supresión de la misma. Sabemos de las relaciones ciertas del agente británico Miranda con muchos ex jesuitas, lo que lo llevó a afirmar que el cuartel general de la Revolución estaba en los Estados Pontificios. Tampoco se puede negar la influencia de los ex jesuitas revolucionarios Vizcardo, Godoy y otros menos conocidos, algunos de los cuales luego tendrán actuación en las Cortes de Cádiz. Entre las líneas de investigación historiográfica actual, se han descubierto interesantes vínculos de la Compañía de Jesús con la corona británica, no sólo después de la supresión sino incluso antes —tema éste sobre el que, D. m., profundizaremos próximamente—.


    - Constitución de Cádiz de 1812


    Se produce entonces la disolución de la Junta Central Gubernativa, su antijurídica sustitución por el Consejo de Regencia y una asamblea conocida históricamente como Cortes de Cádiz. Éstas, dominadas por liberales educados en el ambiente francés de la Enciclopedia, y por lo tanto divorciados de la tradición hispanoamericana, proclamaron el 24 de setiembre de 1810, que los Reinos de Indias debían estar unidos a la metrópoli en una misma representación lo que significaba la dependencia de España. Después de ese prólogo vendría la obra, en la que el contubernio mayoritario aprobaría la Constitución de 1812, reflejo claro de la Revolución Francesa.” [LAAC]


    Más allá de la compresión de numerosísimos hechos históricos ocurridos en esos dos años en un único párrafo, sin ver matices, ni contextos, habría varias cosas que decir. No dudamos del terrible efecto que tuvo la Constitución gaditana tanto en tierras americanas como peninsulares, y ya hemos referenciado a numerosos trabajos al respecto. Ahí está el famosos Manifiesto de los Persas, como testimonio (doctrinalmente imperfecto está claro, pero es entendible) de la resistencia contrarrevolucionario. Ahora bien, eso no explica por qué dicha Constitución hubiese justificado la secesión del Reino de León, del Principado de Cataluña o del Reino de Navarra. Tampoco explica que para ese entonces en América, las “constituciones”, estatutos y Planes de Operaciones de “los patriotas” eran acaso un reflejo mucho más acabado de la Revolución Francesa.


    - Espontáneo surgimiento de las Juntas y agresión de los Realistas


    Surgieron entonces las Juntas Americanas de 1810 y allí donde existía desconfianza respecto a la lealtad del gobernante por secretas simpatías con el Consejo de Regencia o por haber sido designado por éste se los depuso, al considerarlos sin derecho a ejercer el gobierno en estos Reinos. Sin embargo, no toda América estuvo en esa posición. Hubo partidarios del Consejo de Regencia que permanecieron en sus cargos, como sucedió con el Virrey del Perú, don Fernando de Abascal, quien no se mantuvo en la jurisdicción peruana, sino que comenzó acciones armadas contra las regiones juntistas.” [LAAC]


    ¿Acaso las Juntas americanas tenían mayor legitimidad de origen que los funcionarios designados por el Consejo de Regencia (caso que por ejemplo no era el del virrey Cisneros, ni el de los funcionarios del ayuntamiento de Buenos Aires)? Es cierto que hubo casos de Juntas que se integraron a la manera tradicional (quizá el intento porteño del 24 de mayo de 1810, o la primitiva de Caracas), tal cual lo sucedido en España desde la invasión napoleónica, pero el caso es que, tarde o temprano, los miembros “legitimistas” de las Juntas fueron siendo reemplazados por los revolucionarios (como ocurrió el 25 en Buenos Aires).


    Otro problema que supone el párrafo citado es el de entender el territorio a la manera de la nación-estado moderna. Pues, según el autor, el Virrey del Perú habría agredido al Virreinato del Río de la Plata al intervenir en el Alto Perú o a la Capitanía General de Chile en la isla de Chiloé. Pero nada más alejado no sólo de la cronología de los hechos, sino también de la realidad jurídica de estos casos, donde Chiloé no dependía de Santiago sino de Lima, y el Alto Perú era un caso disputado entre Lima y Buenos Aires desde la creación del virreinato bonaerense.


    - Ruptura del “pacto social”


    Veamos, y es un ejemplo, la tesis americana aparecida en la “Gaceta de Buenos Aires” el 6 de diciembre de 1810: “La autoridad de los pueblos en la presente crisis se deriva de la asunción del poder supremo que por el cautiverio del Rey ha retrovertido al origen de que el monarca lo derivara, y el ejercicio de éste es susceptible de las nuevas formas que libremente quieren dársele. Disueltos los vínculos que ligaban los pueblos con el monarca cada provincia es dueña de si misma, por cuanto el pacto social no establecía relaciones entre ellas directamente sino entre el Rey y los pueblos”.” [LAAC]


    La grosera violación de las tradicionales leyes convirtió la Guerra Revolucionaria en Guerra Independentista, “pero no de la Corona española sino de la Nación Española”. Planteo éste que se consolidó a partir del año 1814 cuando, ya regresado Fernando VII de su “prisión” napoleónica, actuó con la doblez que le era característica ante los intentos americanos de volver a la “política de los dos hemisferios” y “al pacto explícito y solemne”.” [LAAC]


    Monárquico, hispánico, católico, militar y patricio; enemigo de Napoleón -que no de España-, fiel a nuestra condición de Reyno de un Imperio Cristiano, en pugna contra britanos y franchutes, filosóficamente escolástico, legítima e ingenuamente leal al Rey cautivo, y germen de una autonomía, que devino forzosamente en independencia, cuando la orfandad española fue total, como total el desquicio de la casa gobernante. Federico Ibarguren y Roberto Marfany, entre otros, se llevan las palmas del esclarecimiento y de la reivindicación de este otro Mayo.” [AC]


    Según esta “tesis”, el Consejo de Regencia primero y el rey Fernando VII después habrían violado el “pacto social” o las “leyes tradicionales”, y eso justificaría la independencia. ¿Sí? ¿Por qué?


    ¿Acaso la sistemática violación de la ley natural (ya no tan sólo de la ley positiva), durante dos siglos, por parte de los gobiernos de las repúblicas americanas justificaría su sucesiva fragmentación? ¿No existe un bien común político superior del cual la unidad de la patria es elemento constitutivo?


    ¿No hubiese sido, tal vez, mejor rechazar en aquello que fuera digno de rechazo y acatar en aquello que fuese digno de tal, pero sin quebrar la unidad de la patria que, a todas luces, no nos ha beneficiado? No estamos proponiendo hacer historia-ficción, sino que comparamos con lo sucedido en la misma Península, donde los voluntarios realistas primero y los carlistas después, lucharon por la tradición sin justificar con ello secesiones, expoliaciones, etc.


    French y Berutti repartiendo escarapelas, según la leyenda.
    Lo cierto es que ambos comandaban el grupo terrorista ("chisperos" o Legión Infernal) que controlaron los accesos a la Plaza de Mayo ya durante el Cabildo Abierto del 22 de mayo y que el 25, ante una Plaza vacía, irrumpieron en la sesión del Cabildo para exigir a punta de pistola la designación de una Junta conformada sólo por americanos.


    El Tercio de Lima dio el Víctor.

  14. #74
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    Re: Hay “otro” bicentenario

    http://antonioescalera.blogspot.com/2008/04/mala-la-hubimos-espaoles-en-esa-de.html


    MALA LA HUBIMOS, ESPAÑOLES, EN ESA DE AYACUCHO


    Capitulación de Ayacucho
    en la Casa de la Capitulación de Quínua

    La primera vez que oí la palabra “Quínua” fue en la casa amiga, arequipeña, de los Vargas Alatrista, la quínua fue el primer plato de comida típicamente peruana que probé en casa de tan buenos amigos. La quínua es una especie de cereal, y digo especie de cereal ya que esta planta con semillas dicotiledóneas, no es una gramínea, característica de los cereales, pero dado su alto contenido de almidón se la considera entre los cereales, lo mismo que ocurre con la “kiwicha”. La quínua contiene no menos de 10 aminoácidos pero también contiene una toxina llamada “saponina” que es eliminada con sucesivos lavados de las semillas.

    La segunda vez que oí la palabra Quínua fue para denominar a un bellísimo pueblo de la sierra andina de Ayacucho, con el mismo nombre del seudo cereal, pero que, sin embargo, no le debe el nombre a la posible presencia de arbustos de la quínua sino a la profusión de unos tupidos y altos arbustos locales llamados “quenwas”. En otras partes su nombre aparece como Quinoua.

    El serrano pueblo de Quínua está situado a casi 3.400 mts de altitud y su nombre hubiese pasado desapercibido, en la tranquilidad de su historia, si no hubiese sido porque una fría mañana, el 9 de diciembre de 1824, en una hermosísima pradera (pampa) cercana al pueblo se desarrolló una batalla que hoy es gloria y prez de la simbología patriotera de la emancipación americana pero que, desde la distancia en el tiempo, pareciera indicar hoy, que hubo un pacto secreto entre los jefes liberales realistas, descontentos del absolutista monarca felón Fernando VII, y los jefes del Ejercito Unido Libertador del Perú. Tal vez los resultados de la batalla, en cuanto al número de bajas, puedan asimilarse a un pacto oculto, tanto más cuanto los términos pactados de la capitulación son ampliamente favorables, y muchas veces desconcertantes, a la causa realista. Algún autor la ha calificado como “farsa sangrienta”.

    La pampa de Quínua es hoy una bellísima pradera al pie de un cerro conocido con el nombre de Condorcunca, las más de las veces coronado de neblina que, como una “encainada” asturiana, se enseñorea de su cumbre o se desparrama por su llano. Pampa es una palabra quéchua que nuestro castellano ha adoptado como tantas otras de influencia extranjera, y significa lugar llano, o llanura y tal vez su nombre, en realidad, se deba al nombre de los indígenas “tehuelche” que habitaban las llanuras centrales de la actual Argentina. Yo, tal vez porque asociamos pampa a la extensiones argentinas, muchas veces secas o medio desérticas, no asociaba Pampa a una pradería que más bien me recordaba el collado de Pandébano de nuestros inmarcesibles Picos de Europa. Imposible recrear en aquellos idílicos eriales de la Pampa de Qínua cuando los hombres se mataron entre si.



    La Pampa de Quínua con el cerro Condorcunca al fondo

    Los españoles llegamos allí ya vencidos cerca de Junín, otra Pampa peruana cerca de los 4100 mts. de altura, la Pampa de Chacamarca.

    El ejército realista aún era fuerte en la sierra central peruana y en el Alto Perú, pero el ejército estaba disperso entre el valle del Mantaro y el Alto Perú. Esto fue debido a la sublevación en el Alto Perú del General Realista Pedro Antonio Olañeta, al saber de la caída en España del gobierno constitucional, que se autoproclamó como Virrey, y obligó al Virrey, José de la Serna e Hinojosa, mandar sobre el Alto Perú, hacia Potosí, una parte importante de sus ejércitos, unos 5.000 regulares, que tenían su base en Puno, al mando del asturiano Gerónimo Valdés y de Noriega (Villarín de Somiedo, 1784-Oviedo, 1855), después ennoblecido como Vizconde de Torata y Conde de Villarín).

    Para los asturianos es un gran desconocido este personaje de las guerras de emancipación americanas. Este soldado asturiano, que había estudiado Derecho en la Universidad de Oviedo, lo sorprendió allí la invasión francesa de España en 1808. Constituida la Junta General del Principado se alista como voluntario, pero por su condición universitaria y la carencia de oficiales le permitió pronto ser nombrado Capitán y terminó la guerra contra Napoleón con el grado de Teniente Coronel.

    Había ido a
    América con José de la Serna e Hinojosa en 1816 y, junto a otros militares, favoreció la destitución del Virrey del PerúJoaquín de la Pezuela por José de la Serna. Llegó a Mariscal de Campo, destacando en sus acciones en Torata. Tras el desastre de Ayacucho, regresó a España vía Francia en 1824.
    El último Virrey del Perú
    José de la Serna e Hinojosa, Conde de los Andes

    Después de la muerte de Fernando VII, y siendo Teniente General, participó en el ejército cristino en favor de la causa de la reina Isabel II contra su tío Carlos María Isidro de Borbón en la Primera Guerra Carlista. Entre 1833 y 1834 fue Virrey de Navarra, cargo que dejó al ser nombrado por María Cristina de Borbón Ministro de la Guerra en 1834, pero en septiembre de 1835 decidió hacerse cargo personalmente del mando del Ejército del Norte. Al acceder Baldomero Espartero a la Regencia de España, durante la minoría de edad de Isabel II, fue nombrado Capitán General de Cuba. Fue Diputado y Senador y escribió una historia de la Independencia del Perú.


    El General Asturiano
    Gerónimo Valdés y de Noriega



    Pero aquella tarde del 6 de agosto de 1824, llegamos con desiguales fuerzas a la Pampa de Chacamarca, cerca de Junín: al mando del realista José Canterac, 1300 hombres a caballo y 2700 de a pie y los independistas, a las órdenes de Simón Bolívar, con 1000 hombres a caballo y 7900 a pie. En esta batalla, curiosidad de los tiempos, no se disparó ni un solo tiro, el combate se desarrolló con la caballería, a lanza de los llaneros venezolanos y a sable y, a pesar del número de combatientes, y la duración del combate de 45 minutos, las bajas fueron 248 realistas y 148 independentistas, de los cuales, 64 pertenecían al regimiento Húsares del Perú que después de la batalla vio cambiado su nombre por Bolívar a Regimiento Húsares de Junín, actualmente guardia de honor de la Presidencia de la República Peruana.

    General Simón Bolívar y Palacios


    Así lo describió Bolívar en una carta escrita desde el Cuartel General del Ejército Unido de Huancayo, el 13 de agosto de 1824:



    “¡Peruanos! La campaña que debe completar vuestra libertad ha empezado bajo los auspicios más favorables.
    El ejército del general Canterac ha recibido en Junín un golpe mortal, habiendo perdido, por consecuencia de este suceso, un tercio de sus fuerzas y toda su moral.
    Los españoles huyen despavoridos abandonando las más fértiles provincias, mientras el general Olañeta ocupa el Alto Perú con un ejército verdaderamente patriota y protector de la libertad.¡Peruanos! Bien pronto visitaremos la cuna del Imperio peruano y el templo del Sol.
    El Cuzco tendrá en el primer día de su libertad más placer y más gloria que bajo el dorado reino de sus Incas “

    Esta batalla de Junín sirvió para separar los dos ejércitos realistas e insuflarle nuevos ánimos a los ejércitos independentistas al mando de Simón Bolívar y de Antonio José de Sucre.


    General Antonio José de Sucre

    Ante el desastre de Junín, José de la Serna regresa al sur de la sierra central tomando el camino hacia Tarma, luego a Jauja y Huancayo. De allí, prosigue a Huayucachi, Acostambo, Iscuchaca, Acoria, Pumaranra, Acobamba, Pomacocha, Marca, luego ingresa a territorio ayacuchano por Luricocha, Huanta, llegando a Huamanga el 21 de agosto. Manda volver del Alto Perú a nuestro asturiano Gerónimo Valdés quien se reúne con sus tropas a Jose de la Serna en el pueblo de Ayacucho que, por esos días de 1824 no se llamaba así sino que se llamaba Huamanga (palabra quéchua “huaman” que significa halcón). Los españoles, al fundarla el 29 de enero de 1539, le pusieron el nombre de San Juan de la Frontera de Huamanga; San Juan por el santo patrón de la ciudad y Frontera porque representaba en ese momento la frontera contra el indómito Manco Capac.

    Posteriormente, y con ocasión de la victoria de los Pizarristas contra los Alamgristas, en la batalla de Chupas, el 16 de setiembre de 1542, la ciudad pasó a llamarse San Juan de la Victoria de Huamanga, nombre que conservaría hasta que, con ocasión de la batalla de la Pampa de la Quínua, Simón Bolívar, el 15 de febrero de 1825, cambia su nombre por Ayacucho, voz quéchua compuesta de “Aya” que significa alma y “cucho” que significa morada. Así Ayacucho sería “morada del alma”, aunque otras versiones lingüísticas aseveran que su significado es “morada de los muertos”, si bien en quéchua “muerto” se nombre “huañusqa”. Desde entonces San Juan de la Victoria de Huamanga se llama Ayacucho. Y la famosa batalla de la Pampa de Quínua, se llame batalla de Ayacucho, aunque diste 33 kms. de la actual ciudad de Ayacucho. Por cierto que toda esta zona, que hoy tiene esta relevancia militar es, sin embargo, el corazón de la cultura precolombina de los Wari, con muchísima más trascendencia histórica y cultural que los hechos de guerra del siglo XIX.

    A este hoy hermoso campo llegaron realistas e independentistas a confrontar lo que se ha dado en llamar, equivocadamente, la última gran batalla de la emancipación americana. Ni uno ni otro, ni fue gran batalla ni tampoco fue la última.

    La disposición de ambos ejércitos fue así:

    Ejército Unido Libertador del Perú
    Comandante: General Antonio José de Sucre
    Comandante de Caballería – General Guillermo Miller
    Jefe del Estado Mayor - General Agustín Gamarra
    Primera División - General José María Córdoba (2.300 hombres)
    Segunda División - General José de La Mar (1.580 hombres)
    Tercera División - General Jacinto Lara (1.700 hombres)
    Piezas de artillería: 1

    Ejército Real del Perú
    Comandante: Virrey José de La Serna
    Comandante de Caballería – Brigadier Valentín Ferraz
    Jefe del Estado Mayor – Teniente General José de Canterac
    División de Vanguardia - General Gerónimo Valdés (2.006 hombres)
    Primera División - General Juan Antonio Monet (2.000 hombres)
    Segunda División - General Alejandro González Villalobos (1.700 hombres)
    División de Reserva - General José Carratala ( 1.200 hombres)
    Piezas de artillería: 14




    Disposición de las tropas en la Batalla de Ayacucho


    Pero las tropas del Ejercito Real del Perú, en realidad, estaban formadas por una gran mayoría de indígenas quéchuas, aimaras y mestizos vencidos en encuentros anteriores. Soldados y montoneros patriotas cautivos fueron así arrastrados a combatir por el Rey. Por otro lado las fuerzas realistas hacía ya cuatro largos años que no recibían provisiones de España.

    El general Antonio José de Sucre preparaba su estrategia: cuatro batallones en el ala derecha, el “Bogotá”, “Voltígeros”, “Pichincha” y “Caracas” al mando de Córdoba. En el ala izquierda La Mar al frente de otros cuatro batallones, el “Primero”, “Segundo”, “Tercero” y la “Legión Peruana”. En el centro dos regimientos encabezados por Miller, los Granaderos y los Húsares de Colombia. La reserva, al mando de Lara, con tres batallones, “Rifles”, “Vargas” y “Vencedores”, y la única pieza de artillería. Otro grupo curioso en el ejercito emancipador fueron los Morochucos de Ayacucho, al mando de Córdoba, estos hombres errantes, mestizos, algunos blancos de ojos azules, pardos o verdes, son descendientes de Chancas, Pocras y de los almagristas que se quedaron a vivir en Cangallo y otros sitios de Ayacucho.

    Los españoles se dividieron en tres alas y cargaron desde el Cerro Condorcunca. El Mariscal General de Campo Gerónimo Valdés inició el ataque contra el ala izquierda de La Mar. Inmediatamente los generales Antonio Monet y Alejandro González Villalobos arremetieron contra las divisiones del centro y derecha de Sucre. Los realistas estaban confiados en su superioridad numérica. Pero allí, avanzando puso en fuga a las tropas de Sucre que tenían enfrente. Sin embargo, extrañamente, las otras dos no les siguieron, de manera que Sucre contraatacó con las tropas de Córdoba y la reserva de Lara. Es famosa la frase de Córdoba con que ordenó la carga victoriosa.


    ¡División! ¡De frente!
    ¡Armas a discreción y a paso de vencedores!”

    Y más prosaica la del venezolano Jacinto Lara:

    “¡Zambos del carajo!
    ¡Al frente están los godos puñeteros!
    El que manda la batalla es Antonio José de Sucre,

    que como ustedes saben, no es ningún cabrón.
    Conque así, apretarse los cojones y... ¡a ellos!”

    Y, tras una breve resistencia, los oficiales españoles comenzaron a rendirse ante el asombro de sus soldados peruanos. El Virrey de la Serna fue herido y hecho preso. Su lugarteniente le dijo abiertamente: "Esta farsa ha llegado demasiado lejos". Los primeros escarceos habían comenzado a las 9 de la mañana y a la 1 de la tarde todo había concluido. Las cifras más creíbles nos dejan 1400 muertos realistas contra 300 muertos independentistas. Algunos autores defienden la tesis de que los jefes del ejército del Rey pactaron su propia derrota con los independentistas en la batalla de Ayacucho. El día de la batalla, a las nueve de la mañana, una hora y media antes de que comenzara la lucha, el general realista Juan Antonio Monet, liberal, acudió al campamento independentista y se reunió con varios jefes rebeldes. Después regresó al campamento realista. ¿Sobre que versó la reunión? La versión oficial es que Monet fue a proponer un tratado de paz, pero como los generales independentistas pusieron como condición la emancipación del Perú, no llegaron a un acuerdo. La versión revisionista de la historia es que Monet fue a ofrecer la rendición del ejercito realista pero, eso sí, tras un simulacro de batalla. Esta tesis revisionista se ve sustentada por los benevolentes términos de la capitulación.



    Concluida la batalla, Antonio José de Sucre, apresurado, le escribe desde el mismo campo de combate a Simón Bolívar:


    “...los últimos restos del poder español en América
    han expirado en este campo afortunado....”



    Monumento a la Batalla de Ayacucho
    en la Pampa de Quínua

    Paseando por la Plaza de Armas de Ayacucho, contemplando la estatua ecuestre del Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, pensaba en aquellas glorias que pasaron (sic transit gloria mundi). De aquellos gestos heroicos, de aquellas encendidas proclamas y envolventes soflamas, de aquellas tremolantes banderas y pendones, solo quedan monumentos para la incuria del tiempo, el recuerdo de las glorias pasadas. Las causas por las que se lucharon se perdieron en los doscientos años de historia posterior.

    Estas tierras ayacuchanas, en la sierra central peruana, de paupérrimos villorrios, serán hoy protagonistas de otras luchas, tanto o más cruentas, por otros medios, pero casi que bajo las mismas premisas de entonces.

    Al ver, en esta misma Plaza de Armas, en el Portal Independencia, las puertas de la Universidad de San Cristóbal de Huamanga, pensaba en las personas que allí sentaban cátedra sobre la condición humana o la condición social. Ayer los guiaba la necesaria emancipación para la mejora de las condiciones de vida de la sociedad y los de hoy o los de hace cuatros días, perseguían los mismo fines, pero estos últimos siguiendo el Sendero Luminoso de los pensamientos de un ideólogo, José Carlos Mariátegui, con la errónea praxis de Abimael Guzmán, en esta dolorida tierra ayacuchana. Pero esta es otra historia… ¿o es la misma con diferentes protagonistas?

    Plaza de Armas de Ayacucho
    Estatua ecuestre de Antonio José de Sucre
    ******************************************************

    APÉNDICE
    CAPITULACIÓN DE AYACUCHO



    Don José Canterac, teniente general de los reales ejércitos de S. M. C., encargado del mando superior del Perú por haber sido herido y prisionero en la batalla de este día el excelentísimo señor virrey don José de La Serna, habiendo oído a los señores generales y jefes que se reunieron después que, el ejército español, llenando en todos sentidos cuanto ha exigido la reputación de sus armas en la sangrienta jornada de Ayacucho y en toda la guerra del Perú, ha tenido que ceder el campo a las tropas independientes; y debiendo conciliar a un tiempo el honor a los restos de estas fuerzas, con la disminución de los males del país, he creído conveniente proponer y ajustar con el señor general de división de la República de Colombia, Antonio José de Sucre, comandante en jefe del ejército unido libertador del Perú, las condiciones que contienen los artículos siguientes:

    »1° El territorio que guarnecen las tropas españolas en el Perú, será entregado a las armas del ejército libertador hasta el Desaguadero, con los parques, maestranza y todos los almacenes militares existentes.
    »2° Todo individuo del ejército español podrá libremente regresar a su país, y será de cuenta del Estado del Perú costearle el pasaje, guardándole entretanto la debida consideración y socorriéndole a lo menos con la mitad de la paga que corresponda mensualmente a su empleo, ínterin permanezca en el territorio.
    »3° Cualquier individuo de los que componen el ejército español, será admitido en el del Perú, en su propio empleo, si lo quisiere.
    »4° Ninguna persona será incomodada por sus opiniones anteriores, aun cuando haya hecho servicios señalados a favor de la causa del rey, ni los conocidos por pasados; en este concepto, tendrán derecho a todos los artículos de este tratado.
    »5° Cualquiera habitante del Perú, bien sea europeo o americano, eclesiástico o comerciante, propietario o empleado, que le acomode trasladarse a otro país, podrá verificarlo en virtud de este convenio, llevando consigo su familia y propiedades, prestándole el Estado proporción hasta su salida; si eligiere vivir en el país, será considerado como los peruanos.
    »6° El Estado del Perú respetará igualmente las propiedades de los individuos españoles que se hallaren fuera del territorio, de las cuales serán libres de disponer en el término de tres años, debiendo considerarse en igual caso las de los americanos que no quieran trasladarse a la Península, y tengan allí intereses de su pertenencia.
    »7° Se concederá el término de un año para que todo interesado pueda usar del artículo 5°, y no se le exigirá más derechos que los acostumbrados de extracción, siendo libres de todo derecho las propiedades de los individuos del ejército.
    »8° El Estado del Perú reconocerá la deuda contraída hasta hoy por la hacienda del gobierno español en el territorio.
    »9° Todos los empleados quedarán confirmados en sus respectivos destinos, si quieren continuar en ellos, y si alguno o algunos no lo fuesen, o prefiriesen trasladarse a otro país, serán comprendidos en los artículos 2° y 5°.
    »10. Todo individuo del ejército o empleado que prefiera separarse del servicio, y quedare en el país, lo podrá verificar, y en este caso sus personas serán sagradamente respetadas.
    »11. La plaza del Callao será entregada al ejército unido libertador, y su guarnición será comprendida en los artículos de este tratado.
    »12. Se enviarán jefes de los ejércitos español y unido libertador a las provincias unidas para que los unos reciban y los otros entreguen los archivos, almacenes, existencias y las tropas de las guarniciones.
    »13. Se permitirá a los buques de guerra y mercantes españoles hacer víveres en los puertos del Perú, por el término de seis meses después de la notificación de este convenio, para habilitarse y salir del mar Pacífico.
    »14. Se dará pasaporte a los buques de guerra y mercantes españoles, para que puedan salir del Pacífico hasta los puertos de Europa.
    »15. Todos los jefes y oficiales prisioneros en la batalla de este día, quedarán desde luego en libertad, y lo mismo los hechos en anteriores acciones por uno y otro ejército.
    »16. Los generales, jefes y oficiales conservarán el uso de sus uniformes y espadas; y podrán tener consigo a su servicio los asistentes correspondientes a sus clases, y los criados que tuvieren.
    »17. A los individuos del ejército, así que resolvieren sobre su futuro destino en virtud de este convenio, se les permitirá reunir sus familias e intereses y trasladarse al punto que elijan, facilitándoles pasaportes amplios, para que sus personas no sean embarazadas por ningún Estado independiente hasta llegar a su destino.
    »18. Toda duda que se ofreciere sobre alguno de los artículos del presente tratado, se interpretará a favor de los individuos del ejército español.

    »Y estando concluidos y ratificados, como de hecho se aprueban y ratifican estos convenios, se formarán cuatro ejemplares, de los cuales dos quedarán en poder de cada una de las partes contratantes para los usos que les convengan.
    Dados, firmados de nuestras manos en el campo de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824.


    José Canterac - Antonio José de Sucre








    C. L. A. M. O. R.: Ante otro aniversario de la Revolución de Mayo


    Ante otro aniversario de la Revolución de Mayo


    Con motivo de un nuevo aniversario de la Revolución del 25 de mayo de 1810, hemos leído un par de notas (una de Antonio Caponnetto y otra de Luis Alfredo Andregnette Capurro) que contienen algunas afirmaciones que por ser paradigmáticas de lo que llamamos “leyenda rosa nacionalista” nos gustaría comentar.


    Desde ya, manifestamos nuestro aprecio y reconocimiento a los autores de dichos artículos, independientemente de que no compartamos las frases siguientes que reflejan una serie de tópicos recurrentes en esta escuela historiográfica.


    - Borbones malos y Austrias buenos


    Cuando la invasión de Bonaparte en 1808 no se planteó en América la cuestión de apartarse de la monarquía. La lealtad al Rey seguía absolutamente vigente aún cuando la Casa de Borbón, que ocupaba el Trono desde los inicios del siglo XVIII, caminaba por senderos distintos a los de la dinastía de los Austrias.” [LAAC]


    Los autores nacionalistas están muy apegados a esta contraposición. Claro que, al referirse a la Casa de Austria, se quedan en el emperador Carlos, en Felipe II y el Siglo de Oro, olvidando rotundamente a sus sucesores, los llamados “Austrias menores”, el Conde-Duque de Olivares y un largo etcétera. Por otro lado, dejando en el tintero también el hecho de que el archiduque Carlos, que hubiese sido Carlos III de triunfar en la Guerra de Sucesión, había pactado con Gran Bretaña, a la que entregó Gibraltar y quién sabe que otros territorios de haber tenido éxito. La mala memoria también les impide recordar a José II, cuya política religiosa fue acaso más “masónica” que la del Borbón Carlos III, o a María Teresa, la protectora de los Enciclopedistas y también perseguidora de los jesuitas.


    - Expulsión de los Jesuitas


    El fundamento teológico del gobierno del César Carlos y sus sucesores había sido sustituido por una concepción laica de poder civil. Esa política liberal borbónica inició una división entre los Reinos Americanos y España. Son un claro ejemplo las medidas masónicas de Carlos III en contra de la Compañía de Jesús…” [LAAC]


    Independientemente de que las medidas del rey Carlos III fueran o no masónicas y/o ilustradas, lo que corresponde analizar es si dichas medidas se correspondieron con la realidad. No es el lugar éste para enjuiciar la actuación de los jesuitas en América en general y de su “reino” teocrático guaraní en particular; sólo dejaremos sentado que desde un principio generó quejas entre los vecinos, gobernantes, regidores, visitadores, etc., tanto peninsulares como criollos, y no siempre —como afirma cierta leyenda— porque éstos quisiesen esclavizar a los guaraníes. Pero sí nos fijaremos en la actuación de la Compañía de Jesús tras la supresión de la misma. Sabemos de las relaciones ciertas del agente británico Miranda con muchos ex jesuitas, lo que lo llevó a afirmar que el cuartel general de la Revolución estaba en los Estados Pontificios. Tampoco se puede negar la influencia de los ex jesuitas revolucionarios Vizcardo, Godoy y otros menos conocidos, algunos de los cuales luego tendrán actuación en las Cortes de Cádiz. Entre las líneas de investigación historiográfica actual, se han descubierto interesantes vínculos de la Compañía de Jesús con la corona británica, no sólo después de la supresión sino incluso antes —tema éste sobre el que, D. m., profundizaremos próximamente—.


    - Constitución de Cádiz de 1812


    Se produce entonces la disolución de la Junta Central Gubernativa, su antijurídica sustitución por el Consejo de Regencia y una asamblea conocida históricamente como Cortes de Cádiz. Éstas, dominadas por liberales educados en el ambiente francés de la Enciclopedia, y por lo tanto divorciados de la tradición hispanoamericana, proclamaron el 24 de setiembre de 1810, que los Reinos de Indias debían estar unidos a la metrópoli en una misma representación lo que significaba la dependencia de España. Después de ese prólogo vendría la obra, en la que el contubernio mayoritario aprobaría la Constitución de 1812, reflejo claro de la Revolución Francesa.” [LAAC]


    Más allá de la compresión de numerosísimos hechos históricos ocurridos en esos dos años en un único párrafo, sin ver matices, ni contextos, habría varias cosas que decir. No dudamos del terrible efecto que tuvo la Constitución gaditana tanto en tierras americanas como peninsulares, y ya hemos referenciado a numerosos trabajos al respecto. Ahí está el famosos Manifiesto de los Persas, como testimonio (doctrinalmente imperfecto está claro, pero es entendible) de la resistencia contrarrevolucionario. Ahora bien, eso no explica por qué dicha Constitución hubiese justificado la secesión del Reino de León, del Principado de Cataluña o del Reino de Navarra. Tampoco explica que para ese entonces en América, las “constituciones”, estatutos y Planes de Operaciones de “los patriotas” eran acaso un reflejo mucho más acabado de la Revolución Francesa.


    - Espontáneo surgimiento de las Juntas y agresión de los Realistas


    Surgieron entonces las Juntas Americanas de 1810 y allí donde existía desconfianza respecto a la lealtad del gobernante por secretas simpatías con el Consejo de Regencia o por haber sido designado por éste se los depuso, al considerarlos sin derecho a ejercer el gobierno en estos Reinos. Sin embargo, no toda América estuvo en esa posición. Hubo partidarios del Consejo de Regencia que permanecieron en sus cargos, como sucedió con el Virrey del Perú, don Fernando de Abascal, quien no se mantuvo en la jurisdicción peruana, sino que comenzó acciones armadas contra las regiones juntistas.” [LAAC]


    ¿Acaso las Juntas americanas tenían mayor legitimidad de origen que los funcionarios designados por el Consejo de Regencia (caso que por ejemplo no era el del virrey Cisneros, ni el de los funcionarios del ayuntamiento de Buenos Aires)? Es cierto que hubo casos de Juntas que se integraron a la manera tradicional (quizá el intento porteño del 24 de mayo de 1810, o la primitiva de Caracas), tal cual lo sucedido en España desde la invasión napoleónica, pero el caso es que, tarde o temprano, los miembros “legitimistas” de las Juntas fueron siendo reemplazados por los revolucionarios (como ocurrió el 25 en Buenos Aires).


    Otro problema que supone el párrafo citado es el de entender el territorio a la manera de la nación-estado moderna. Pues, según el autor, el Virrey del Perú habría agredido al Virreinato del Río de la Plata al intervenir en el Alto Perú o a la Capitanía General de Chile en la isla de Chiloé. Pero nada más alejado no sólo de la cronología de los hechos, sino también de la realidad jurídica de estos casos, donde Chiloé no dependía de Santiago sino de Lima, y el Alto Perú era un caso disputado entre Lima y Buenos Aires desde la creación del virreinato bonaerense.


    - Ruptura del “pacto social”


    Veamos, y es un ejemplo, la tesis americana aparecida en la “Gaceta de Buenos Aires” el 6 de diciembre de 1810: “La autoridad de los pueblos en la presente crisis se deriva de la asunción del poder supremo que por el cautiverio del Rey ha retrovertido al origen de que el monarca lo derivara, y el ejercicio de éste es susceptible de las nuevas formas que libremente quieren dársele. Disueltos los vínculos que ligaban los pueblos con el monarca cada provincia es dueña de si misma, por cuanto el pacto social no establecía relaciones entre ellas directamente sino entre el Rey y los pueblos”.” [LAAC]


    La grosera violación de las tradicionales leyes convirtió la Guerra Revolucionaria en Guerra Independentista, “pero no de la Corona española sino de la Nación Española”. Planteo éste que se consolidó a partir del año 1814 cuando, ya regresado Fernando VII de su “prisión” napoleónica, actuó con la doblez que le era característica ante los intentos americanos de volver a la “política de los dos hemisferios” y “al pacto explícito y solemne”.” [LAAC]


    Monárquico, hispánico, católico, militar y patricio; enemigo de Napoleón -que no de España-, fiel a nuestra condición de Reyno de un Imperio Cristiano, en pugna contra britanos y franchutes, filosóficamente escolástico, legítima e ingenuamente leal al Rey cautivo, y germen de una autonomía, que devino forzosamente en independencia, cuando la orfandad española fue total, como total el desquicio de la casa gobernante. Federico Ibarguren y Roberto Marfany, entre otros, se llevan las palmas del esclarecimiento y de la reivindicación de este otro Mayo.” [AC]


    Según esta “tesis”, el Consejo de Regencia primero y el rey Fernando VII después habrían violado el “pacto social” o las “leyes tradicionales”, y eso justificaría la independencia. ¿Sí? ¿Por qué?


    ¿Acaso la sistemática violación de la ley natural (ya no tan sólo de la ley positiva), durante dos siglos, por parte de los gobiernos de las repúblicas americanas justificaría su sucesiva fragmentación? ¿No existe un bien común político superior del cual la unidad de la patria es elemento constitutivo?


    ¿No hubiese sido, tal vez, mejor rechazar en aquello que fuera digno de rechazo y acatar en aquello que fuese digno de tal, pero sin quebrar la unidad de la patria que, a todas luces, no nos ha beneficiado? No estamos proponiendo hacer historia-ficción, sino que comparamos con lo sucedido en la misma Península, donde los voluntarios realistas primero y los carlistas después, lucharon por la tradición sin justificar con ello secesiones, expoliaciones, etc.


    French y Berutti repartiendo escarapelas, según la leyenda.
    Lo cierto es que ambos comandaban el grupo terrorista ("chisperos" o Legión Infernal) que controlaron los accesos a la Plaza de Mayo ya durante el Cabildo Abierto del 22 de mayo y que el 25, ante una Plaza vacía, irrumpieron en la sesión del Cabildo para exigir a punta de pistola la designación de una Junta conformada sólo por americanos.


    El Tercio de Lima dio el Víctor.

  15. #75
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    Re: Hay “otro” bicentenario

    http://bicentenariodistinto.blogspot.com/2012/06/espanoles-o-criollos.html


    ¿Españoles o criollos?



    La historia oficial de las repúblicas hispanoamericanas suele referirse a las fuerzas realistas como “españoles”, dando a entender que eran nacidos en la Península, en Europa. Tampoco el revisionismo de corte nacionalista o marxista se ha preocupado demasiado en aclarar la falsedad de tal afirmación.


    El hecho es que los ejércitos realistas fueron, en general, improvisados sobre la base de unidades de nueva creación y otras (las menos) recicladas del período prerrevolucionario o “colonial”, puesto que los ejércitos virreinales (en su mayoría) se vieron desintegrados, cuando no se pasaron en bloque a los insurgentes. Pero también se sumaron a las tropas realistas numerosos criollos que reaccionaron en defensa de los legítimos derechos del Rey frente al estallido de la Revolución. No fue menor tampoco el influjo de revolucionarios arrepentidos o desengañados a lo largo de los años luego de que la Revolución fuera mostrando, de a poco, sus verdaderas intenciones subversivas y rupturistas de la tradición católica.


    Finalmente, debemos también mencionar algunas unidades llegadas desde la Península en expediciones adhoc, pero que —en su mayoría— debieron ir completando su nómina con americanos (entre un 30% y 50%, según los casos).


    Se calcula que para 1820, cuando la Revolución llevaba ya diez años, el número de peninsulares en América no llegaba a los 10.000 hombres —la mayoría de los cuales se encontraban en Cuba—. Ya desde el año ’17, los oficiales leales no recibían refuerzos europeos. Tanto fue así que, en 1824, en la batalla de Ayacucho, tan sólo habrá 500 peninsulares entre los realistas.


    De hecho, según se ha estudiado, las tropas insurgentes y leales tenían, en general, la misma proporción de oficiales peninsulares y americanos (criollos). Y en cuando a la tropa, sabemos que los indígenas fueron en su mayoría leales al Rey.


    Los indios


    En el Alto Perú, en el bando realista, combatieron indios en el Regimiento de Nobles Patricios del Cusco, en los numerosos escuadrones de caballería aymara, los Regimientos de Chumbivilcas, el Regimiento Quechua de Paruro o el Regimiento de Línea del Cusco. Lo cual, comparado con las tan cacareadas (como inferiores) guerrillas “patrióticas” de Juana Azurduy y su esposo Manuel Ascencio Padilla, nos puede dar una idea de la desproporción en las lealtades.


    Al mismo tiempo, tenemos en Chile a los caciques araucanos ofreciendo sus servicios al general realista Pareja en Talcahuano en 1812 para combatir a los “señoritos” de Santiago. Y lo hicieron muy bien, a pesar de la ferocidad desmedida de los “patriotas”, violando todo tipo de derechos humanos…


    En la misma Nueva España, donde la Revolución se vistió de ropajes indigenistas desde un primer momento, el apoyo de los indios al régimen virreinal fue importantísimo, conformándose un nutrido Cuerpo Patriótico de Voluntarios de Fernando VII en la capital mejicana y resistiendo a los insurgentes las principales gobernaciones indígenas.


    En territorio argentino, la cosa no fue muy distinta.


    En la Puna los indígenas se mantuvieron neutrales, aunque colaborando con mejor predisposición con los realistas. Por lo menos hasta que, en 1814, el Marqués de Tojo fuese “llamado” a Buenos Aires y, en extrañas circunstancias, a su regreso un año después, ayudara a Güemes sublevando Yavi, Humahuaca, Tarija, etc. Pero apenas tomado prisionero en noviembre del ’16, la situación cambia por completo: la Puna se tranquiliza y el cuartel general realista queda fijado en Humahuaca (punto de mayor concentración indígena en toda la Argentina en el 1800).


    ¿Por qué este cambio tan rápido en las lealtades de los indios? En primer lugar porque los indios del “Marquesado” (una de las poquísimas encomiendas que seguían en pie para el siglo XIX), consideraban al Marqués como su señor natural, y era lógico que lo siguieran en sus aventuras. Pero, además, porque aún en ese breve período de tiempo en que el Marqués peleó con los patriotas, no llegó a dominar en Yavi, coexistiendo una partida guerrillera realista encabezada por el cura local, teniente coronel doctor Zerda —cuyos efectivos crecían a la vez que se esfumaban los del Marqués, según se quejaba por carta a Güemes—.


    Los injustamente olvidados guerrilleros Angélicos (leales) de Zerda dieron dura lucha a los Infernales (subversivos) de Güemes, saliendo en ayuda de las tropas regulares realistas que operaban sobre Jujuy, Salta y Tucumán.


    Incluso, algunos investigadores actuales, sostienen que el resentimiento generado entre los indios frente a las clases enriquecidas con las guerras de la independencia en Jujuy y Salta explica los buenos ojos con que aquéllos miraron a las tropas de la Confederación Peruano-Boliviana durante la guerra del ’37 al ’39, que sólo terminó realmente con la caída del mariscal Santa Cruz, acosado por la aristocracia limeña y derrotado por Chile —sin lo cual, tal vez el Noroeste Argentino hoy sería parte de Bolivia—.


    Los negros


    El Dr. Corsi Otálora ha estudiado exhaustivamente la situación de Venezuela y Nueva Granada, donde definitivamente los negros apoyaron masivamente la causa del Rey. No entraremos, por lo tanto, en ese análisis, remitiendo al libro ¡Viva el Rei! Los negros en la Independencia, patrocinado por la Fundación Elías de Tejada y editado por Nueva Hispanidad.


    Para el resto de América, donde la presencia de negros no era tan alta como aquí, la situación no ha sido estudiada en conjunto.


    Se ha probado la organización de las milicias realistas en “castas”, como el famoso Batallón de Pardos de Arica o el Escuadrón de Dragones de Tinta. También sabemos que los negros de Chincha serían los preferidos para las unidades costeras. Sin embargo, tras las primeras bajas y ante la necesidad de cubrir la nómina de las distintas unidades, el sistema fue evolucionando hacia cuerpos amalgamados, compuestos en su mayoría de mestizos.


    Según la historiografía liberal clásica, en los territorios donde triunfó la Revolución, los “patriotas” liberaron esclavos… Pero lo hicieron a cambio de prestar servicio gratuito en los ejércitos insurgentes, ya sea como combatientes como —en muchos casos— servidumbre de éstos. Un cambio de amo, en todo caso. Y no todos los negros “patriotas” lo eran voluntariamente; ya que un buen número de ellos eran esclavos “comprados” a sus dueños o aportados por éstos. Tanto fue así que, de los poco más de 4000 efectivos con los que San Martín invadió Perú desde Chile, casi la mitad eran negros, y sólo la mitad eran libertos.


    Por otro lado, sabemos también que el contingente realista de los hermanos José y Vicente Angulo, que operó desde Cuzco, contaba con un nutrido grupo de indios y negros voluntarios. Lamentablemente el caudillismo paternalista que se fue imponiendo desde el estallido revolucionario, hizo que éstos siguieran a los hermanos cuando éstos, deslumbrados por el liberalismo ibérico, terminaran pasándose al bando “patriota”. Y es muy posible que lo mismo haya sucedido en otras regiones.


    Luego es muy difícil hacer distingos cuando tenemos los casos donde la población negra era mayoritariamente urbana y donde, para el siglo XIX, su integración social, aún salvando distancias culturales, era importante (como ejemplo, el cordobés Juan Bautista Bustos, hijo de mulata y que llegaría a gobernador de la Provincia).


    Caso distinto es el de la Nueva España, donde en las tropas realistas combatieron unidades de negros antillanos, principalmente cubanos.


    Recapitulando


    Como puede apreciarse, la Revolución hispanoamericana no se trató de una guerra de liberación ni de una guerra nacional contra “los españoles”, sino de una guerra civil entre los seguidores del trilema revolucionario Libertad-Igualdad-Fraternidad frente a los leales al trilema tradicional Dios-Patria-Rey.







    San Juan Sanmartiniano: Los hermanos Pincheiras




    Los hermanos Pincheiras

    Los Hermanos Pincheira
    .

    La verdadera historia de Los Pincheira
    No fueron los Robin Hood del campo ni un grupo de vulgares forajidos. Los hermanos Antonio, Santos, Pablo y Jose Antonio Pincheira se alzaron contra las tropas patriotas en 1817 y durante 15 años mantuvieron una guerrilla en nombre del rey. Asaltaron, saquearon y robaron mujeres a cambio de recompensa. Sus correrias llegaron hasta Buenos Aires y fueron un problema sin solucion para el gobierno.

    Hicieron suya la causa realista durante la guerra de Independencia de Chile. Todos fueron hijos de Martín Pincheira.
    Los hermanos Antonio, Santos, Pablo y Jose Antonio Pincheira se alzaron contra las tropas patriotas en 1817 y durante 15 años mantuvieron una guerrilla en nombre del rey. Asaltaron, saquearon y robaron mujeres a cambio de recompensa. Sus correrias llegaron hasta Buenos Aires y fueron un problema sin solucion para el gobierno.
    Si en un principio la banda la integraron principalmente campesinos, pronto se unieron otros miembros. La persecucion de sospechosos realistas por parte de los patriotas y los infaltables abusos de poder llevaron a muchos a unirse a los rebeldes. Parte de la tropa independentista, "exasperada de la necesidad y falta de sueldo", segun informes de la epoca, fue a dar tambien a sus filas.


    De esa forma, el contingente de Los Pincheira crecio y se transformo en una gran fuerza. Los informes hablan de entre 500 y 1000 hombre. En sus huestes tambien entraron bandidos netos, ex presidiarios y una fauna de fugados de la ley. Pero pese a ello, subraya Ana Maria Contador, la banda mantuvo una estructura militar, donde el mas alto rango lo ocuparon siempre los hermanos Pincheira.


    Entre 1817 y 1832 asaltaron numerosas veces Chillan, Parral, Linares hasta llegar a Talca, Curico y San Fernando. Durante dos años, y tras una emboscada patriota, se radicaron en Argentina y sus correrias alcanzaron a "Mendoza, San Luis, Cordoba, Santa Fe i Buenos Aires", segun Barros Arana.


    Los Pincheira fueron un problema sin solucion para el gobierno. Ademas de los enfrentamientos armados, el Ejercito recurrio a multiples tacticas para destruirlos, desde infiltrar espias para crear intrigas entre los hermanos hasta introducir botellas de alcohol con el virus de la viruela en sus filas. Pero nada lograba resultados.


    Hacia 1832 Antonio habia muerto en una batalla y Santos en un accidente en la cordillera, y los Pincheira se mantenian como el ultimo bastion realista de Sudamerica. El gobierno propuso conversar de paz y Jose Antonio accedio. Fatal error; Manuel Bulnes aprovecho la confianza establecida y en una emboscada arraso con ellos. Pablo fue fusilado y Jose Antonio escapo, pero al final se entrego.


    Contratado como empleado en la hacienda del presidente Jose Joaquin Prieto, el ultimo de los Pincheira murio anciano, rodeado de hijos y de leyenda
    Los Castillos de los Pincheira
    A tan sólo 27 kilómetros de la Ciudad de Malargüe nos encontramos con lo s Castillos de Pincheira, un espacio de naturaleza y de leyenda con maravillosas postales de valle y montaña. Estos gigantescos monumentos naturales integran una lista de destinos turísticos locales que los mendocinos tenemos el privilegio de poder visitar cualquier fin de semana.
    Los Castillos de Pincheira son una formación natural singular, parecida a una construcción del medioevo con torres en derredor, que se erigió sobre la roca caliza por la acción erosiva de los vientos y del río. Un desvío de la Ruta 40 (hacia el oeste por la calle Fortín Malargüe) conduce a este conocido sitio a través de un pintoresco trayecto de coloridos sorprendentes en el que podemos disfrutar del contraste entre la aridez típica de Mendoza y los rincones reverdecidos y arbolados por tanta agua que baja de las montañas. Al borde del camino de ripio -en muy buen estado- la jarilla inunda el ambiente y la flora autóctona hace gala de aromas y colores.
    En este lugar dice la leyenda que los Pincheira se escondian ,por eso el nombre de Los Castillos de Pincheira
    El Tercio de Lima dio el Víctor.

  16. #76
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    Re: Hay “otro” bicentenario

    http://www.taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/9873831/soldados-ingleses-y-extranjeros-en-el-ejercito-de-los-andes.html



    soldados ingleses y extranjeros en el ejercito de los andes


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    Trompa de Granaderos Esta alegoria es en recuerdo de Miguel Chepoya,
    indio guarani que realiza toda la campaña con el Regimiento regresando
    con los ultimos sobrevivientes del Rgto a Buenos Aires


    Siempre crei que los ejercitos de la epoca de la guerra de la independencia estuvieron formados por soldados criollos , negros libertos , algunos indios y españoles pero buscando informacion sobre historia nacional me encontre con estos apuntes que me parecieron interesantes y me gustaria compartir con uds


    Antes que algun trastornado empiece con el amado forobardo dire que los europeos estaban interesados en la apertura de nuevos puntos de comercio los que se abririan al ser america una nacion libre y de puertos abiertos al mercado internacional. Esto no ocurrio por amor a las nuevas naciones o por altruismo , en la mayor parte de los casos fue por amor a la libra exterlina . Asi sencillamente .

    Tambien es interesante leer sobre los enemigos , las fuerzas realistas sufrieron grandes deserciones y parte de su ejercito estuvo formado por indios, negros, renegados, o fuerzas tan interesantes como las de los hermanos Pincheiras , siendo de resaltar el hecho que la corona española reconocio la independendencia de las naciones mapuches y araucanas

    Transcribo parte de la informacion la cual me parecio importante




    ...."En 1815, cuando San Martín se desempeñaba como gobernador intendente de Cuyo, alrededor de medio centenar de residentes británicos en Mendoza formaron la compañía de milicias patrióticas de cazadores, incorporada al Batallón de Cívicos Blancos, cuya misión era la defensa del territorio en caso de invasión. Debe tenerse en cuenta que el porcentaje de ciudadanos británicos residentes en esa ciudad era elevado, por cuanto ella fue asignada como lugar de residencia a numerosos prisioneros de las invasiones inglesas de 1806 y 1807. Los oficiales de la compañía fueron elegidos por sus integrantes; recayendo la jefatura en el capitán D. Juan Young. Aunque las milicias no debieron afrontar ninguna invasión, algunos de sus miembros se incorporaron al Ejército de los Andes, entre ellos el capitán Young.

    Este punto es interesante porque (supuestamente) despues de la segunda invasiòn inglesa hubo un intercambio de prisioneros. A pesar de esto muchos ingleses quedaron en territorio patrio .

    Si bien no muy numerosos, hubo algunos europeos que sirvieron a órdenes del Libertador, tanto en el Ejército de los Andes, como en los de Chile y Perú. Entre ellos podemos mencionar a los británicos Carlos Bownes, Carlos Jagrae, los franceses Alberto Bacler d’Albe, Jorge Beauchef, Luciano Brayer, Alejo y Eustaquio Bruix, Pedro Raulet, Carlos Renard y Benjamín Viel,los polacos Bulewsky y Sowersby , y el alemán Pedro Selza. La mayoría de estos oficiales sirvió lealmente a órdenes del Libertador, aunque hubo dos grandes excepciones, dos jefes de la más alta jerarquía que lo odiaron y se convirtieron en sus detractores, calumniándolo ferozmente.
    El otro fue el general francés Miguel Brayer, quien se incorporó al Ejército Unido con ese grado, que había ganado en las guerras napoleónicas, pero que fue separado de las filas por el Gran capitán a causa de sus desaciertos y de las dudas que sobre su valentía dejó su actitud en vísperas de la batalla de Maipú. Entre los oficiales europeos que se destacaron, vamos a recordar especialmente a tres británicos, en cuyas vidas hay un gran paralelo y que gozaron de la entera confianza de San Martín, de quien se desempeñaron como ayudantes de campo, y dos franceses, cuya valentía mereció el aprecio de nuestro héroe.

    ¿Y por qué se denomina al ejército de Bolivar, con un altísimo número de mercenarios extranjeros, como "patriota", mientras está demostrado que fue el ejército realista (fiel a España) el que estuvo integrado en su inmensa mayoría por patriotas españoles nacidos en America (90 por cien de las tropas constituidas por indios, mestizos, pardos, blancos y negros esclavos liberados) siendo el 10 por cien restante de patriotas españoles nacidos en España?

    A partir del año 1817 no llegó ningún refuerzo europeo para los realistas del Perú, y desde el año 1820 para ningún lugar de América. En el año 1820 las unidades expedicionarias tenían un 50% de europeos, en general, y Pablo Morillo afirma que en esa fecha tenía unos 2000 europeos bajo su mando. En el año 1824 solo 500 españoles peninsulares formarán parte del ejército realista que combatió en la batalla de Ayacucho. Así mismo el ejército realista de Costa Firme en 1821 estaba compuesto de 843 blancos americanos, 980 nativos indios y 5378 mestizos y morenos.
    Mientras que a partir de 1817 se comienzan las contrataciones de mercenarios por orden de Bolivar que empiezan a llegar en diversas expediciones para entrar a formar parte de su "ejército de patriotas" cuyo número llega a ser, solo en lo que a británicos se refiere, entorno a 5000 / 5500.

    Mejor aclarar algunos temas sobre el EJERCITO REALISTA (fieles a España), con especial atención a las GUERRILLAS REALISTAS porque de hecho, indios realistas hubo por toda la América española, aunque los algunos historiadores rehúyan hablar del asunto. Y otros digan eso repetido de "conquistadores" olvidando cuál fue la realidad o DESCONOCIENDOLA.






    La mayor parte de las agrupaciones militares realistas que intervinieron en la Guerra de la independencia fueron de nueva creación y se formaron por unidades americanas nuevas en su mayoría, que a su vez mantendrán su continuidad únicamente por reemplazos de americanos.

    Por su origen se puede clasificar dos grandes clases de unidades dentro del ejército realista, las unidades creadas en América y las unidades creadas en España. Por su número los americanos formarán la inmensa mayoría del conjunto del ejército realista, superando como porcentaje el noventa por cien de las tropas.

    Las unidades creadas en América se formaban por tropas originarias americanas, y su componente social y racial es el reflejo de su población local. Estas tropas se movilizaron para sus respectivos teatros de guerra locales, y con raras excepciones partieron fuera de sus lugares de origen. De esta forma, las castas de mestizos indígenas, o de mestizos mulatos (llamados pardos), junto con negros esclavos liberados fueron el grueso del ejército realista. Por su movilidad geográfica y por su instrucción, las tropas americanas se pueden dividir en unidades de milicias y unidades veteranas. Los batallones recibían un núcleo de instructores veteranos, a veces europeos.
    Las unidades creadas en España eran las llamadas expedicionarias, pero desde su llegada al continente americano recibían un flujo continuo de tropas americanas que suplantaba las bajas europeas, es decir, a más tiempo de llegada más americanizada se quedaba la teórica unidad expedicionaria. Por ejemplo, una conocida unidad expedicionaria, el batallón Burgos, tras el trayecto naval desde la Península Ibérica tuvo que completar sus filas a su llegada a puertos con un tercio de americanos, sin siquiera haber trabado combate alguno. De esta forma únicamente un cuarto del ejército real en la batalla de Maipú era español. A partir del año 1817 no llegaría ningún refuerzo europeo para los realistas del Perú, y desde el año 1820 para ningún lugar de América. En el año 1820 las unidades expedicionarias tenían un 50% de europeos, en general, y Pablo Morillo afirma que en esa fecha tenía unos 2000 europeos bajo su mando. En el año 1824 solo 500 españoles peninsulares formarán parte del ejército realista que combatió en la batalla de Ayacucho.

    Mientras tanto miles de mercenarios británicos y de otras naciones europeas como Inglaterra fueron contratados por los independentistas para sus ejércitos.

    En base a nóminas de la secretaría real del estado mayor y listas de desertores se objetiva la evolución del ejército en Costa Firme. Al margen del ejército expedicionario, que dobla sus cifras con americanos, y que es el cuerpo más operativo y cohesionado, se destaca que desde principios de 1821 hay una deserción masiva de tropas americanas, por lo que se disolvieron los batallones americanos: Clarines, Barinas, La Reina y Cumaná.

    El problema era más acuciante en el caso de los criollos, solo durante el mes de abril de 1821 abandonan las armas 230 soldados, y en un listado de desertores de esas fechas con nombre y apellido y unidad perteneciente de 1.600 americanos quedaron solamente seis. El abandono del combate alcanza el mismo despliegue de unidades en el campo de batalla de Carabobo, y así la caballería de milicias americana que agrupaba 1.372 Llaneros en el regimiento llamado Lanceros del rey, desertará en su totalidad sin combatir.

    Las banderas de los ejércitos realistas, tanto para los regimientos de línea como para los batallones ligeros, están representadas por la bandera Coronela, que mostraba el estandarte real y se entregaba una para cada regimiento, siendo portada por el primer batallón, y por las banderas de Ordenanza o Batallona, que mostraban la Cruz de Borgoña que portaban el segundo y tercer batallón. Todas se acompañaban de cuatro coronas con cuatro pequeños escudetes de la ciudad de origen de la unidad. A las banderas se añadían adornos y lemas.

    Estas banderas fueron usadas tanto por unidades españolas como por unidades americanas. Para conservar los símbolos, cuando por cualquier razón los batallones se fundían en un único batallón del Regimiento, las unidades peninsulares superponían ambas banderas una sobre la otra, mientras que las unidades americanas las ponían también en la misma bandera pero una al anverso y otra al reverso.

    Además de lemas en las banderas como "Por la Religión, la Patria y el Rey. Viva Fernando VII." existían distintivos como colores en cintas atadas al vestido o las armas, en rojo y negro que significaban "No dar tregua", moda traída de la guerra en la península Ibérica contra Napoleón, o rojo y blanco que significaban "La unión" de españoles y americanos. Se entregaban condecoraciones y medallas a los jefes y tropas realistas por los hechos notables, tanto en acciones del ejército, como de guerrilla, o civiles.

    Los ejércitos realistas, tanto de españoles de la Península como de americanos, veteranos o milicias tocaban la música de las reales ordenanzas. No había toques particulares ni marchas especiales, pero las unidades expedicionarias también cantaban las canciones traídas de la guerra de independencia española.

    AGUSTIN AGUALONGO EL GENERAL ESPAÑOL INDIO

    Seguro que la inmensa mayoría no sabe ni quién fue. El capítulo de Pasto lo han borrado de los textos de historia, por ésta y otras historias Bolívar nunca quiso a los pastusos; se refirió a ellos como: malditos, demonios, infames, malvados, infelices, desgraciados. Agustín Agualongo ha sido denigrado por los americanos con el titulo de traidor y anti-héroe. Pero fue un hombre de honor, de principios.

    Fue un lider de los realistas del alto Ecuador, nacido en la ciudad de San Juan de Pasto el 25 de agosto de 1780, líder criollo y militar realista durante la guerra de independencia de la Nueva Granada (hoy Colombia). Resistente infatigable; el "indio, feo y de corta estatura" (según su biógrafo, el historiador pastuso Sergio Elías Ortiz), que puso en jaque a lo más granado de los ejércitos republicanos. En 1822, bajo el mando del español Benito Boves, (sobrino del llanero José Tomás Bobes), Agualongo le declaró la guerra a la república de Colombia, en defensa del rey Fernando VII y de la religión católica. Boves huyó poco después y Agualongo pasó a liderar una guerra de guerrillas que lo haría legendario. Se tomó a Pasto en junio de 1823 y siguió hacia el Ecuador, donde fue derrotado por Bolívar en Ibarra. En la Batalla de Ibarra este dignísimo INDIO pastuso Agustin Agualongo dirigió las fuerzas españolas -criollas en su mayor parte- bajo el lema "Por la Religión, la Patria y el Rey" al mando de los realistas criollos contra Bolívar. Nuevamente se tomó a Pasto en agosto de 1823 y una vez más en febrero de 1824. En su última batalla, en Barbacoas, se enfrentó al futuro cuatro veces presidente Tomás Cipriano de Mosquera, quien resultó herido gravemente en la quijada (de esta herida se derivaría su apodo de "Mascachochas" ). Sostenedor eterno de las armas del Rey hasta que fué capturado. Se negó a traicionar a España. Fue nombrado por el Rey de España General Brigadier de los Reales Ejércitos antes de ser fusilado. Nunca se rindió. Agualongo fue capturado por José María Obando en junio de 1824 y llevado prisionero a Popayán en donde fue condenado a morir por fusilamiento lo cual ocurrió el 13 de julio de ese mismo año. Al ser condenado a muerte pidió y se le concedió la gracia de vestir el uniforme de Coronel del Ejército de España. Ante el pelotón de fusilamiento exclamo que, si tuviese veinte vidas, estaba dispuesto a inmolarlas por su religión y por su Rey de España, suplicó que no le vendaran, porque quería morir cara al sol, mirando la muerte de frente, sin pestañear, siempre recio, como su suelo y su estirpe. Sus últimas palabras antes de ser fusilado fueron ¡Viva el Rey!


    General de Brigada indio de una nación europea, de España.
    Los despojos mortales de Agustin Agualongo que reposaban en la cripta de la concatedral de San Juan de Pasto, iglesia de San Juan Bautista, fueron sustraidos en 1987 por el grupo subersivo M-19 y devueltos en 1990 como un acto simbólico y simultaneo con la entrega en las montañas del departamento del Cauca de las armas al gobierno de ese entonces, y fueron depositados en el lado Izquierdo de la misma iglesia, junto con los despojos de Hernando de Cepeda y Ahumada hermano de Teresa de Cepeda y Ahumanda la Santa de Avila, que fue regidor y encomendero en la ciudad en el siglo XVII.

    Hay otro pastuso, jurisconsulto, historiador y escritor, José Rafael Sañudo, nacido en 1872 y fallecido en 1943. Políglota autodidacta, que fue fundador de la Academia de Historia de Nariño, y candidato tanto a la Rectoría de la Universidad de Nariño como a la Corte Suprema de Justicia, que conocía con propiedad los clásicos griegos y latinos. Pero lo que hizo famoso al doctor Sañudo fue su obra, publicada por primera vez en 1925, Estudios sobre la vida de Bolívar, más conocida simplemente como el Bolívar de Sañudo. En este libro -y basándose en argumentos históricos irrefutables- se retrata al Libertador como un sujeto de dificil caracter (acotacion : en este punto reduje loa comentarios originales por respeto a su figura - todo heroe tambien es un ser humano)

    También el indio español D. Antonio Huachaca juró defender y defendió a su Rey y a su patria, España. Tan grande fue su fidelidad y firmeza en el combate, que durante la Guerra de Separación (porque eso fue lejos de ser una guerra de la independencia) alcanzó, como Agualongo, el rango de Brigadier General de los Reales ejércitos"....

    fuentes
    fuente de descarga de informacion sobre el ejercito de los andes
    (instituto nacional sanmartiniano)
    link: http://www.sanmartiniano.gob.ar/text...exto%20052.pdf
    link: Instituto Nacional Sanmartiniano
    Foro de Historia Militar el Gran Capitán • Ver Tema - UNIFORMES RIOPLATENSES DEL VIRREINATO A LA ACTUALIDAD
    link: novelasayus
    EL ESCUDO NACIONAL ARGENTINO ¿un símbolo manipulado? | Siempre Historia
    link: http://www.noticierodigital.com/foru...c.php?t=553660

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    Re: Hay “otro” bicentenario

    http://diariopamperoarchivos.blogspot.com.ar/2012/07/san-martin-y-las-logias-revolucionarias.html



    *SAN MARTÍN y LAS LOGIAS REVOLUCIONARIAS* p. Julio M. Luqui Lagleyze del Instituto Nacional Sanmartiniano



    El objetivo del presente artículo es dar las pautas básicas que posibilitan conocer las causas y los hechos que llevaron a la fundación, estatutos y accionar, a la vez de tratar de dilucidar cual fue su verdadero carácter y, en especial cual fue la participación y actuación del Libertador en ellas.


    Editó: Lic. Gabriel Pautasso





    *El general DON JOSÉ DE SAN MARTÍN, integró y/fundó a lo largo de su carrera militar y política, cinco Logias de revolucionarios que se formaron con el único fin de conspirar desde Europa por la independencia de América, primero, y luego, en América. Dirigir las acciones y pasos tendientes a afianzar la independencia y dar organización y dar organización y constituciones a las nuevas naciones.
    Estas logias fueron:
    1. La Sociedad de Caballeros Racionales formada en CÁDIZ a principios del siglo XIX.
    2. La Sociedad de Caballeros Racionales trasladada a LONDRES en 1810.
    3. La Logia LAUTARO de BUENOS AIRES creada en 1812.
    4. La Logia del EJÉRCITO DE LOS ANDES, o SEGUNDA LAUTARO, formada en MENDOZA en 1816, y


    5. La Logia LAUTARINA de CHILE, creada para apoyar el gobierno de O´HIGGINS en 1818.

    El objetivo del presente artículo es dar las pautas básicas que posibilitan conocer las causas y los hechos que llevaron a la fundación, estatutos y accionar, a la vez de tratar de dilucidar cual fue su verdadero carácter y, en especial cual fue la participación y actuación del Libertador en ellas, basados en la documentación original y fidedigna y dejando de lado leyendas, malas interpretaciones o interpretaciones interesas y partidistas que han circulado a lo largo de los años.


    La escasa documentación original al respecto de estas logias, se halla diseminada en los archivos nacionales de los países donde actúo SAN MARTÍN, es decir los de ESPAÑA, ARGENTINA, CHILE y PERÚ, y con la documentación custodiada en ellos se ha intentado esclarecer la labor de las distintas “SOCIEDADES” o “LOGIAS” de conspiradores revolucionarios. La documentación nos permite reconstruir hechos históricos documentalmente comprobados.

    En primer lugar se puede decir que los antecedentes de las logias de conspiradores o revolucionarios AMERICANOS por la INDEPENDENCIA se remontan a los últimos años del Siglo XVIII en la “ESPAÑA ILUSTRADA”.


    A este respecto, la Sociedad que habría sido el punto de partida de esta serie señalada, fue la denominada “JUNTA DE LOS DIPUTADOS DE LOS PUEBLOS Y PROVINCIAS DE LA AMÉRICA MERIDIONAL”, la que aparentemente habría sido fundada en MADRID, a finales del Siglo, entre otros por DON PEDRO DE OLAVIDE y JÁUREGUI, un peruano “ilustrado” de gran influencia en la corte de CARLOS III. Esta Sociedad patriótica y revolucionaria, en cuya organización habría tenido parte el propio Precursor FRANCISCO DE MIRANDA, sería el primer “caldo de cultivo” de los revolucionarios, y en ella formaron los HERMANOS GURRUCHAGA y JOSÉ DE MOLDES (argentinos); MANUEL de SALAS (chileno); POZO y SUCRE (peruano); Fray SERVANDO TERESA DE MIER (mexicano); JOSÉ PÍO de MONTUFAR y VICENTE ROCAFUERTE (ecuatorianos) y NARIÑO (neogranadino).


    Según un acta que se conserva en el Archivo de MIRANDA, su objetivo primordial habría sido, precisamente, cooperar con el esfuerzo de éste, a favor de la INDEPENDENCIA. OLAVIDE por su parte fue perseguido por la INQUISICIÓN, por su carácter de ilustrado, y luego de huir y vivir en FRANCIA, volvió a ESPAÑA, donde muere en 1803.

    Según el acta citada, en oportunidad de ser perseguidos, dos de los miembros de la Sociedad (SALAS y POZO y SUCRE) se dirigieron al PAÍS revolucionario, donde 1797 designan a MIRANDA como su representante, autorizándole a dirigirse a LONDRES para preparar sus planes con apoyo británico. Otra documentación no se ha hallado acerca de esta pretendida “Junta” y es muy posible, según el análisis de la documentación, que se tratase de una mera fachada propagandística mirandina, sin existencia real, más allá del papel.


    La siguiente habría sido la fundada por FRANCISCO DE MIRANDA en su casa de LONDRES y la cual, según los recuerdos del joven BERNARDO O´HIGGINS llevó por nombre LA GRAN REUNIÓN AMERICANA. Ésta tuvo por objetivo que sus miembros se diseminasen por América del Sur para conspirar y dirigir los futuros levantamientos; mientras se concentraba en MIRANDA un poder de tipo directivo. MIRANDA se había instalado desde 1810 en una casa del 27 GRAFTON SQUARE y desde allí habría captado a los jóvenes americanos adeptos a la CAUSA DE LA INDEPENDENCIA y generado filiales. Sus componentes se ha conocidos como CABALLEROS RACIONALES y las FILIALES o AGENCIAS llevaban el nombre de “SOCIEDAD” y un número de orden, o el mote de “LAUTARO”.


    La filial de LONDRES habría subsistido hasta 1810 Octubre-, en que MIRANDA pasa a VENEZUELA, quedando en su casa los representantes de la ya revolucionaria Venezuela: LUIS LÓPEZ MÉNDEZ y ANDRÉS BELLO, por lo que la casa, que es dirigida por la esposa de MIRANDA, SARAH ANDREWS, toma el nombre de “Casa de los diputados de Venezuela”.

    A esta casa llega el 6 de agosto de 1810, el joven MATÍAS de IRIGOYEN, y ex oficial de la Real Armada Española, como enviado de la junta revolucionaria de BUENOS AIRES, y desde Grafton Square, se le obtuvo, por apoyo de los venezolanos, una reunión con el canciller británico. Cabe recordar que IRIGOYEN sería en 1817 el ministro de Guerra y Marina de PUEYRREDON y apoyo de SAN MARTÍN. En septiembre de 1810, BOLIVAR y MIRANDA vuelven a la independiente Venezuela; razón por la cual SAN MARTÍN no llega a conocer ni a MIRANDA, ni a BOLIVAR en ese momento, pues ya habían partido cuando él llega.


    Retrocederemos un poco en el tiempo para referirnos a la Sociedad de Caballeros Racionales, que se formó entre los años 1808 y 1810, en momentos que ESPAÑA estaba casi perdida, CÁDIZ era un Caos; la junta central quería vender América a RUSIA a cambio de apoyo; y hasta se decía que las Cortes abandonarían a los BORBONES y nombrarían un Rey Inglés (LORD WELLINGTON?), o que la Regencia quería entregarse a JOSÉ NAPOLEÓN a cambiado de dar por finalizada la guerra y sacudirse a los BORBONES. Por todo ello se formaron diversas sociedades secretas de conspiradores, básicamente LIBERALES y CONSTITUCIONALISTAS, para protegerse de todas estos desastres y conspirar con distintos fines, los españoles por una constitución LIBERAL y los americanos, para cuidarse a su vez del recelo de los españoles y las CORTES DE CÁDIZ y por la INDEPENDENCIA de AMÉRICA.


    Al parecer fue CARLOS de ÁLVEAR quien fundó la sociedad en CÁDIZ, con apoyo del arribado BERNARDO O´HIGGINS, que lo recuerda en sus truncas memorias y-según documentos conservados-, lo habrían a nombre, o como filial de una ya existente en SANTA FE de BOGOTA, quizás fundada por NARIÑO. Los distintos miembros de la Sociedad se contactaban y unían a través de los comerciantes gaditanos con fuertes intereses en AMÉRICA.


    SAN MARTÍN llegó por última a CÁDIZ en febrero de 1811, y es en ese entonces en que al parecer fue integrado a la Sociedad, según recordó el mexicano FRAY SERVANDO DE MIER, en su interrogatorio ante la Inquisición mexicana. SAN MARTÍN entendía, como los otros, que la parte más importante de ESPAÑA era AMÉRICA INDIAS, y por tanto había que preservar lo que quedaba libre de ESPAÑA en ella.


    SAN MARTÍN PIDE EL RETIRO ABSOLUTO DEL SERVICIO QUE SE LE CONCEDE EL 6 DE SEPTIEMBRE DE 1811, para el 11 DE OCTUBRE embarcarse para LONDRES. Donde como se dijo toma contacto con los miembros de la “Casa de los Diputados de Venezuela”. SAN MARTÍB llega a la casa de MIRANDA, donde estaba la familia de éste, además de ANDRES BELLO, LUIS LÓPEZ MÉNDEZ y el secretario de MIRANDA TOMÁS MOLLINI.


    SAN MARTÍN trabó amistad con BELLO y LÓPEZ MÉNDEZ y participó de las reuniones de la “GRAN REUNIÓN AMERICANA”, que aún funcionaba en la Casa junto a la dirección del periódico de propaganda mirandista “EL COLOMBIANO”. MATÍAS ZAPIOLA, joven marino entonces y compañero de SAN MARTÍN, ya anciano en una carta a MITRE afirma esto, pero por su parte, otros historiadores como TERRAGNO afirma que no se tienen constancias de las reuniones de SAN MARTÍN en LONDRES.


    En LONDRES SE HABRÍA FUNDADO por los que allí estaban, la SOCIEDAD CABALLEROS RACIONALES nº 7, en la cual SAN MARTÍN es ascendido a un señalado 5º Grado, junto a JOSÉ MATÍAS ZAPIOLA, según relato de este mismo como señaláremos. Finalmente, el 19 de enero de 1812 SAN MARTÍN se embarca para BUENOS AIRES en la fragata “George Canning”, con ÁLVEAR, ZAPIOLA, CHILAVERT y HOLMBERG. La siguiente logia tendrá por finalidad no ya conspirar por la independencia, sino llevar adelante los planes de declaración de independencia, libertad, organización y constitución de las NUEVAS NACIONES. Su nombre simbólico será SOCIEDAD DE LAUTARO. Pero su historia se reseñará más adelante, junto a la historia de las otras Logias que se formaron por ACCIÓN DIRECTA de SAN MARTÍN para servir a la CAUSA de la INDEPENDENCIA AMERICANA.


    *La conclusión de los más destacados historiadores que escribieron la cuestión: DOMINGO F, SARMIENTO, BARTOLOMÉ MITRE, RÓMULO AVENDAÑO, ARMANDO TONELLI, JUAN MARÍA GUTIÉRREZ, RICARDO PICCIRILLI, HÉCTOR JUAN PICCINALI, MARTÍN V. LAZCANO, JUAN CANTER, GUILLERMO FURLONG, BERNARDO FRÍAS, JOSÉ OTERO, PATRICIO JOSÉ MAGUIRE, EDBERTO OSCAR ACEVEDO, ANÍBAL ROTJER, RICARDO ROJAS, WILLIAM SPENCE ROBERTSON, CARLOS CALVO, RICARDO LEVENE, JOSÉ LUIS ROCAMORA y HORACIO JUAN CUCCORESE. En la libro de ENRIQUE DÍAZ ARAUJO, “Don José y los Chatarreros, Ediciones Diké, Foro de Cuyo, MENDOZA, 2001, p. 72 de 336*


    REGRESAR A LA PORTADA DE DIARIO PAMPERO



    *EDITÓ: gabrielsppautasso@yahoo.com.ar
    DIARIO PAMPERO Cordubensis *Nº 454
    INSTITUTO EREMITA URBANUS
    Córdoba de la Nueva Andalucía y del Tucumán, a 11 de junio del Año del Señor de 2012, SAN BERNABÉ, Apóstol. Sopla el Pampero. ¡VIVA LA PATRIA! ¡LAUS DEON TRINITARIO! ¡VIVA HISPANOAMÉRICA! gspp*





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  18. #78
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    Re: Hay “otro” bicentenario

    Agualongo Vive!


    Y bueno hasta aquí el archivo documental. Como se ve hay de todo tipo de enlaces escritos y visuales, de las más variadas fuentes y "sensibilidades", por supuesto, para enriquecer este debate y bueno, entre unos y otros están/estamos haciendo que este triste bicentenario no sea monotemático. Creo que no viene mal recordar otros hilos como estos:

    Biografía masónica de San Martín

    José Tomás Boves

    Esperemos que el debate continúe.
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  19. #79
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    Re: Hay “otro” bicentenario

    Cita Iniciado por juan vergara Ver mensaje
    Estimado Clamor:
    Belgrano tenía todas las de perder:
    Su ejercito contaba con aproximadamente la mitad de hombres en condiciones de combatir que el de Tristan.
    Con una tropa inexperta, indisciplinada, sin experiencia militar, con muchos hombres alistados en contra de su voluntad.
    (...)
    Por otra parte esto es una verdad irrefutable.
    Su afirmación hace pensar... porque nos dice que el ejército de Belgrano era poco... ¡aun cuando el hombre había reclutado a varios de ellos contra su voluntad! (podemos colegir la ínfima cantidad de hombres que lo habrían seguido de otro modo, y también podemos suponer las amenazas que les tuvo que haber hecho para que lucharan por él aun contra su voluntad)

    Sus afirmaciones nos traen una reflexión. En Chile, cuando llegó el Brigadier Antonio Pareja, reclutó grandes cantidades de campesinos, vecinos, y hombres muy ricos para participar en la campaña por el Rey. Ellos aceptaron de buen grado. Nadie, ni siquiera la historiografía oficial da cuenta de que se hayan producido problemas entre nuestras filas por personas que no quisieran unirse y luchar por el Rey.
    Lo curioso, es que el ejercito "patriota" había sido manipulado, pues se había formado en 1810 con la intención de defender el Reyno de Chile de una muy probable invasión francesa, en vista de que lo más seguro era que los endemoniados secuaces de José Bonaparte vendrían a exigirnos obediencia. Quienes formaron el batallón de patriotas, eran leales, y habían jurado lealtad al Rey, cosa que siguió así hasta el golpe de estado de Carrera, quien en su sueño de Monarquía constitucional había dado un exceso de participación a los secesionistas, integrándolos plenamente a su gobierno y ejército, siendo justamente ellos los que engañaron a sus subalternos...
    De las artimañas que los oficiales de Santiago estaba haciendo para manipular a sus soldados a expensas del gobierno de Carrera, nos da fiel testimonio el hecho de que soldados de alto rango, valerosos y leales a su patria, que participaban en el dicho batallón de patriotas se cambiaran al bando realista inmediatamente. Tal es el caso de don Manuel Bulnes de Quevedo, quien apenas supo del golpe de Estado de Carrera previó lo que sucedería con su batallón y se movió al bando realista, del cual no lo movieron ni los ruegos de su familia (Hoy la historia oficial trata de ensuciar su nombre justificando su actuar en un odio trivial a la persona de José Miguel Carrera, lo cual es mentira, pues se mantuvo leal al rey aún después de la muerte de Carrera)
    Esto nos da una muestra del apoyo que el mismo pueblo prestó a su Rey; por él estaban dispuestos a pelear, y solo engañándolos o amenazándolos (es decir haciéndolos pelear contra su voluntad, como usted dice que hizo Belgrano) pudieron los secesionistas hacerse de un puñado de soldados para sus traiciones. (Eso sin contar los casos en que ni siquiera así se reunieron soldados, como es el caso de Bolivar, quien para masacrar Pastos tuvo que usar soldados Británicos a falta de hispanos que los siguieran... por algo habrá sido)

    Por último, nos gustaría referirnos a las condiciones de los hombres que se usaron en las diversas batallas. En Chile, Salvo por el batallón de Talaveras, todo el ejército real eran campesinos, reclutados en el momento, sin experiencia militar, y mal pertrechados, como más de alguna vez se denunció. Por ende las condiciones de combate eran más o menos las mismas.
    El batallón de patriotas, había recibido algún entrenamiento mediocre, aunque estaba casi en las mismas condiciones, de modo que lo que usted hace en su comentario es tratar de victimizar a los "pobres independentistas mal entrenados".

    Saludos.
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  20. #80
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    Re: Hay “otro” bicentenario

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    Después de leer estos valiosos aportes estimado Ordóñez, me atrevo a pensar que todos los Jefes Realistas entre comillas con La Serna a la cabeza eran "Liberales" y que la batalla de Ayacucho fue una obra teatral macabra, que sirvió para entregar el Perú a los reaccionarios insurgentes Liberales a las órdenes de bolívar y José Antonio de sucre.
    Última edición por El Tercio de Lima; 15/10/2012 a las 06:55


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