El Catoblepasnúmero 122 • abril 2012 • página 3
Elegía criolla

Iván Vélez

Sobre el libro Elegía criolla,
de Tomás Pérez Vejo (Tusquets, México 2010)


En mayo de 2010, en pleno arranque de las celebraciones de los bicentenarios de las independencias de las naciones hispanoamericanas, se publicó en México el libro Elegía criolla. Una reinterpretación de las guerras de independencia hispanoamericanas (Tusquets, México D.F. 2010), obra del historiador español nacido en Santander, Tomás Pérez Vejo.
Como el propio Pérez Vejo ha manifestado{1}, tales fastos institucionales constituyen una ocasión propicia para reinterpretar lo ocurrido en América durante la primera mitad del siglo XIX en el que cristaliza un conjunto de naciones políticas de movedizas e inestables líneas corticales, de ahí, entre otras, la oportunidad de un libro cuya tesis fundamental podría resumirse en esta cita:
«Las naciones no fueron la causa de las guerras de independencia sino su consecuencia. En el origen de éstas no hay un problema nacional, de naciones en conflictos sino un conflicto de soberanía sobre quién tenía derecho a gobernar en ausencia del monarca.»{2}
Y para argumentar y consolidar una afirmación que en determinados contextos ideológicos –y hemos de señalar que Pérez Vejo,doctor en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid, es profesor-investigador la Escuela Nacional de Antropología e Historia de México– puede resultar harto problemática, la obra se desarrolla en torno a algunos de los más controvertidos aspectosque forman parte de los discursos oficialistas y, acaso en menor medida, del indigenismo.
Cabe también señalar el acierto de Pérez Vejo al subrayar el paso del Estado a la Nación –política añadiremos por nuestra parte– y no viceversa (pág. 33), dirección que ilustra la cercanía que en muchos puntos muestra el autor en relación con las tesis que el Materialismo Filosófico sostiene en torno a las transformaciones experimentadas por las sociedades políticas. Asimismo, en la obra se aprecia la incorporación de la terminología empleada con Feijoo:
«...las guerras de independencia fueron una gesta criolla, pero no porque se enfrentaran criollos contra peninsulares sino porque fue una lucha de criollos contra criollos. El papel decisivo, tanto del lado insurgente como del realista, lo tuvieron los españoles americanos, no los europeos.» (pág. 22.)
Y decimos acierto pues, como es bien sabido, los indigenismos situados en el origen no sólo de movimientos americanos, sino, en cierto modo,tambiénde los españoles que han derivado en posturas secesionistas, suelen enfatizar su aspiración de conseguir un estado para unas naciones de perfiles étnicos, bien por su aislamiento –es el caso de muchas de las americanas– bien por haber sido fabricadas en oscuros gabinetes de Antropología al calor, entre otros, del estructuralismo. Pérez Vejo insistirá en esta idea un poco más adelante, si bien sin referirse a las naciones étnicas:
«Si son los Estados quienes construyen las naciones y no viceversa, no resulta fácil seguir poniendo en el origen de las independencias americanas unas naciones que apenas en ese momento comenzaban a vislumbrarse como sujeto político.» (pág. 34.)
Escrito con el objeto de analizar el proceso vivido en todo el continente americano, el libro se refiere con frecuencia a lo vivido en México, entonces Nueva España, algo lógico si pensamos que su poblaciónsuponía la mitad del total de América, calculada en 12 millones. La escala de Nueva España explica la conocida sorpresa, citada por el autor, que experimentó fray Servando Teresa de Mier al visitarun Madrid que le decepcionó por su escaso tamaño y poca pompa en comparación con la Ciudad de México. Cuando el clérigo vuelve a pisar la Península, el centro de gravedad del Imperio, en lo concerniente al poder económico y aun pesodemográfico,se había desplazado hasta situarse en la ciudad fundada por Hernán Cortés sobre las ruinas de Tenochtitlán.
Tras tratar estos asuntos, Pérez Vejo se detiene a analizarlas relaciones que giran en torno a los criollos, ya sea entre ellos, ya entre ellos y sus descendientes, a menudo casados con peninsulares, consideraciones que nos llevarán hasta lo ocurrido en Bayona, calificado por el autor como «vodevil», sin que dicho adjetivo le impida señalar las anomalías jurídicas que en aquellas jornadas se dieron.
Con la Constitución de 1812 como objeto de análisis, surge un controvertido asunto, el de las exclusiones que la Carta Magna de Cádiz establece, en particular las de las llamadas «castas», es decir, los descendientes de africanos, cuyo apartamiento de los derechos sancionados en La Pepa, eran compartidos con criminales, órdenes regulares o deudores públicos. En el libro se apunta una tesis que desvía en parte la cuestión de los motivos racistas: el peso demográfico que hubieran adquirido determinados territorios americanos, motivo que nos conecta con la procedencia y número de los firmantes de la Constitución: 19 novohispanos, 14 valencianos, 16 catalanes, 14 gallegos, a los que se suman los castellanos muy atomizados en reinos y señoríos, &c. Sea como fuere, sólo blancos, indios y mestizos tenían derecho a la ciudadanía.
Hechas estas consideraciones, el autor se cuestiona la pertinencia de denominar guerras de independencia a hechos bélicos que no son sino –siempre desde su prisma– guerras civiles, e incluso conflictos de más ambiciosas metas. Tal es el caso de la trayectoria de Xavier Mina, cuyas acciones bien pudieran haber estado encaminadas a reinstaurar la Constitución del 1812 frente al absolutismo y teniendo como inicial base de operaciones la Nueva España, territorio desde donde ir extendiendo su revolución a todo el Imperio (págs. 71-ss.). Apunta también a la necesidad de ampliar el radio del análisis histórico para incorporar el proceso reformista borbónico, concluido de forma abrupta en Bayona.
Llegamos de este modo a los gritos de independencia, con el de Dolores como caso más conocido. La pregunta, si nos atenemos al desarrollo de la obra de la que estamos hablando es obligada: si no existían naciones, ¿cómo gritar por la independencia de éstas?. Tal es la pregunta que se hace Pérez Vejo y que le obliga a analizar estos episodios. La extrañeza es inmediata, pues cómo entender como grito de independencia lo siguiente: «¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Viva Fernando VII! ¡mueran los gachupines!». Unos gachupines que, en todo caso, y así se señala, eran los afrancesados, es decir, los traidores.
Tras la argumentación descrita, resulta notorio que las naciones en absoluto se consolidaron de forma definida e inmediata, pues en su cambiante configuración –y ello al margen de los ofrecimientos de una corona a Fernando VII- hemos de insertar numerosos disturbios y redacciones legales que tienen en las actas de independencia tan sólo un mero precedente o punto de arranque que no marcaba un camino cierto hacia la actual configuración política. Todo ello sin perjuicio de que las nuevas estructuras políticas se aferraran al mito de su existencia prehispana, como se evidencia en la elección de las nuevas denominaciones, que huyen de todo aquello que tenga que ver con España. Omisión de nombres hispanos que hoy continúa en ambos hemisferios, añadiremos.
Si esto ocurría en el terreno político, algo similar pasaba en el académico. Durante el siglo XIX se elaborará una historiografía hecha a la medida de las nuevas naciones que encumbra a los héroes de las independencias. Relatos que se verán completados con los posteriores aportes que ofrecerán la Antropología y la Arqueología.
Es precisamente a desmontar lo que califica el autor como «bella leyenda», la pretendida lucha entre españoles peninsulares y españoles americanos, a lo que se dedicará un capítulo: «Criollos contra peninsulares». Para mostrar hasta qué punto es impertinente presentar a los criollos como marginados, nada mejor que recurrir a la figura de Simón Bolívar, de quien se esboza una elocuente semblanza que demuestra precisamente lo contrario. El Libertador era un hombre privilegiado perteneciente a una poderosa y rica familia de ascendencia vascongada.
En definitiva, Pérez Vejo niega, contra lo que a menudo se afirma, que los españoles americanos estuvieran excluidos de los altos cargos administrativos. Las razones de su escaso número acaso deban buscarse no en cuestiones geográficas o de índole racial, sino en la intención de evitar que el poder recayera en reducidos círculos criollos que rivalizaban con el llamado «colectivo norteño» compuesto por familias vascas, navarras, asturianas, cántabras y burgalesas (pág. 177). La pugna por el poder a menudo tuvo una escala familiar y se dirimía en los acuerdos matrimoniales.
El tramo final del libro cuestiona el papel jugado por los indígenas en todo este proceso y la desproporción entre representantes americanos y europeos en los órganos de poder que se erigieron con motivo de la captura de la familia real en suelo francés y la ruptura del equilibrio político que ello supuso.
Es precisamente la creciente presencia de los movimientos indigenistas la que nos lleva a reflexionar, máxime en las simbólicas fechas en que nos hallamos, en torno al futuro, no ya de las propias naciones americanas hoy amenazadas con su fragmentación en múltiples naciones étnicas que romperían los lazos necesariamente hispanos que hoy nos hacen percibirlas como un bloque histórico, sino incluso en las posibles derivas que pueda sufrir la historiografía que se ha ocupado de este período.
Parece evidente que las tesis de Pérez Vejo tienen una gran solidez y que incluso sugiere estimulantes vías de estudio –la indagación en el papel jugado por los españoles americanos que se desplazaron durante siglos a la Península, las repercusiones que en América tuvo la Guerra de Sucesión– que podrán ir completando los estudios en torno a tan decisivo período de tiempo. Sin embargo, y dada la experiencia que ya se tiene al respecto, cabe temer que Elegía criolla se mantenga encerrada en círculos muy alejados de las decisiones políticas y de la propia divulgación histórica, es decir, allí donde, alimentados por oscuros mitos hispanófobos se toman las decisiones o se perfila la opinión popular en torno al Imperio español. Con los modestos recursos de los que dispone quien esto firma y, sobre todo, con la difusión que ofrece la revista El Catoblepas, hemos tratado en esta reseña de contribuir a situar esta obra en el lugar que en justicia merece.
Notas
{1} Véase el artículo:«¿Criollos contra criollos?», en Revista de Occidente. Madrid 2011, pág. 19.
{2} Pérez Vejo, Tomás; Elegía criolla. Una reinterpretación de las guerras de independencia hispanoamericanas, p. 20.




C. L. A. M. O. R.: "¡América para los ingleses!"

"¡América para los ingleses!"

En la parroquia anglicana de St. Agnes —en Kensington Park, Londres— se organizó un proceso masivo de reclutamiento el 4 de mayo de 1817, emprendido por Luis López Méndez, agente personal del "libertador" Simón Bolívar, autorizado por el Gobierno británico y auspiciado entusiastamente por el vicario de St. Agnes, el Rev. Henry Francis Todd.


En diciembre de ese mismo año, cinco contingentes voluntarios se embarcaron para la América del Sur.


Pocos meses después desembarcan en la isla de Margarita, el 21 de abril de 1818. El Estado Mayor británico estaba compuesto por los coroneles McDonald, Campbell, Skeene, Wilson, Gilmore y Hippsely, y el mayor Plunket. El continengente anglo-bolivariano contaba con un total de 127 oficiales, 3840 soldados (entre lanceros, dragones, granaderos, cazadores, rifles, húsares y simples casacas rojas), y el apoyo naval de las cañoneras HMS "Indian", HMS "Prince", HMS "Britannia", HMS "Dawson" y HMS "Emerald".


Uno de los primeros alistado había sido el teniente Thomas Charles Wright, de 29 años de edad entonces, quien años más tarde describió sus experiencias en el libro Reminiscenses of the English officers, publicado en Londres en 1862.


En su mejor momento, en 1818, la Legión Británica contaba con cinco mil hombre de armas. Pero, para junio de 1821, su número había descendido a mil cien.


Los integrantes de la Legión, no sólo murieron en combate, sino también por efectos de la fiebre amarilla, las enfermedades tropicales, y mil privaciones.


En abril de 1818 los británicos de Bolívar participaron heroicamente de la Campaña del Apure. Más de 300 hombres perecieron en julio de 1819 en la titánica avanzada o “Paso de los Andes” para tomarse Santa Fe de Bogotá, capital del Reino de la Nueva Granada.


Después de su heroica actuación en la batalla del Pantano de Vargas, en 1819, la Legión Británica fue rebautizada con el nombre de Batallón Albión, con el que pasaría a la historia.


Fueron también veteranos de las batallas de Boyacá el 7 de agosto de 1819; de Carabobo el 21 de junio de 1821, y de Bomboná el 7 de abril de 1822.


Los integrantes del Batallón Albión provenían de Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda, y eran anglicanos y presbiteranos en su inmensa mayoría, excepto algunos irlandeses que eran católicos liberales.


Tuvieron un papel protagónico en la batalla de Pichincha.

A fin de completar la conquista territorial, el general insurgente Sucre desplegó sus fuerzas hacia la Región Andina, en febrero de 1822. Con victorias progresivas, en mayo ya estaba en los arrabales de Chillogallo y Turubamba, al sur de la capital de la antigua Audiencia de Quito.

Descubierta su presencia el 23 de mayo de 1822, la defensa del jefe realista Aymerich se aprestó a dar batalla. En la madrugada siguiente, el Batallón Albión —reducido ahora a 443 hombres— avanzó a Iñaquito.

Se convirtió así en indispensable para asegurar la victoria en Pichincha, puesto que, mientras Sucre y sus batallones se encaramaban el Cruz Loma, frente al Panecillo, en condiciones de desventaja, los ingleses avanzaron hasta el Ejido norte de la ciudad. Atacando desde allí a los realistas, demolieron su resistencia, impidiendo cualquier posibilidad de escape de los heroicos legitimistas. Cortaron para ello las líneas de abastecimiento con Pasto "la Leal", fuertísimo reducto realista en el norte de la América del Sur.

El empuje y valentía de los británicos hicieron que al mediodía se proclamara la victoria total. Diecisiete bravos del Albión perdieron su vida para "liberar" a Quito. A regañadientes y a punta de pistola, los frailes mercedarios fueron obligados por los insurgentes a sepultarn en la cripta de San José, del Cementerio de El Tejar, a los herejes fallecidos ingleses. Algunos años más tarde, fueron exhumados y re-enterrados en un campo baldío ubicado al norte del Churo de la Alameda, detrás de la iglesia de El Belén.

Entre las bajas británicas se contaron 46 mutilados de guerra, cuyos nombres constan en los partes de guerra. En Pichincha, dirigió al Albión el coronel John Mackintosh, quien fue ascendido y condecorado por su valor, junto a todo su Estado Nayor: el Tcnl. Thomas Mamby, el Cap. George Laval Chesterton y los Ttes. Francis Hall, James Stacey, Lawrece McGuire, Peter Brion, John Johnson y William Keogh.

Bolívar y Sucre dieron a los británicos que así lo quisieran tierras donde afincarse y el derecho absoluto sobre su propiedad. Asimismo se les aseguró el culto protestante y la fundación de logias masónicas.

Medalla Conmemorativa de la Legión Irlandesa






La involución hispanoamericana - YouTube