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Tema: Virreinato del Río de la Plata

  1. #41
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    Rosas y la Iglesia


    Mientras que los unitarios quedaron identificados con las medidas anticlericales de Bernardino Rivadavia. Rosas gustaba asociar el federalismo con la estricta observancia de la fe católica. Restauró iglesias y permitió el regreso de dominicos y jesuitas. Esto le valió el apoyo del clero local, que se convirtió en sostén de su figura . Era habitual oficiar misa con el crucifijo junto a la imagen del Restaurador. Para Rosas la iglesia era una de las más importantes garantías de orden social y político. Por eso, la controló rígidamete , se reservó el derecho de patronato, en lo relativo al nombramiento de los sacerdotes, y mantuvo a distancia la jurisdicción papal.

    Año 1836 del gobierno de Juan Manuel de Rosas
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

  2. #42
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    El Bicentenario y el mito del origen


    Para no ser menos que los demás países latinoamericanas, también aquí conmemoraremos con pompa y boato nuestro bicentenario. Al parecer en 2011 se cumplen doscientos años de unos episodios que merecen celebrarse por todo lo alto. Da la impresión, sin embargo, de que el inminente ritual abocado a afirmar nuestra incierta singularidad fuera más importante que arrojar luz sobre los acontecimientos históricos que dieron origen a este país.




    No sería un mal comienzo preguntarnos de qué se cumplen esta vez doscientos años en este país. Nada sencilla debe de resultar la respuesta cuando la propia comisión oficial del Bicentenario inicia la justificación de su creación contándonos que en 1811 se inició “el Proceso de Emancipación Oriental” –con las mayúsculas de rigor– y concluye naufragando en las procelosas aguas de la identidad colectiva y los valores nacionales cuyas actas de nacimiento hasta ahora nadie ha tenido la osadía de fechar.




    Tan complicado resulta rastrear los orígenes de nuestra nacionalidad (me refiero aquí a un Estado uruguayo independiente, distinto al de las Provincias Unidas del Río de la Plata, no a la ruptura con el poder colonial) que desde que se comenzó a hablar del Bicentenario se han mencionado las fechas más extravagantes para celebrarlo. Desde la del ex presidente Sanguinetti, que propuso hacerlo en 2013, cuando se cumplirán doscientos años de las famosas Instrucciones del Año XIII, que al parecer condensan el pensamiento político de nuestro héroe nacional, José Artigas, hasta la de otro ex presidente, que –no estoy bromeando– propuso datar el año cero de la uruguayeidad en ese instante fecundo en el que un espermatozoide del padre de Artigas terminó encontrándose con un óvulo de la madre, hasta las más razonables de hacerlo en mayo de 2010, año del bicentenario de la Primera Junta de Buenos Aires, un movimiento autonomista al que estuvo inequívocamente subordinado el levantamiento en la Provincia Oriental. Curiosamente nadie ha propuesto celebrar el bicentenario de la declaración de independencia (del imperio brasileño)* el 25 de agosto de 1825, con la que, salvo noticia en contrario de última hora, seguimos machacando a nuestros escolares.




    La dificultad para encontrar un consenso reside, en mi opinión, en que los entusiastas de la celebración del bicentenario están más pendientes de su significación político-cultural actual que del apego a la “verdad histórica” (sea el que fuere el estatuto, siempre discutible, de esa verdad).




    Toda comunidad política es portadora de un relato sobre sus orígenes; relato que guarda una vaga relación con el de los historiadores, porque su propósito no es acercarse a alguna forma de verdad sobre el pasado, sino dotar a la propia comunidad política de un mito fundacional, esto es de por qué nosotros, los ciudadanos de este bendito país, por ejemplo, formamos una comunidad política diferenciada de nuestros vecinos. Esa narración debe estar, pues, expurgada de cualquier referencia factual que la contradiga, de todo lo que no queremos recordar, de las vergüenzas sobre las que se erigió el Estado, y en general de todo aquello que pone en entredicho nuestra supuesta singularidad. El mito del origen, el mito fundacional incluye, pues, y en lugar privilegiado, lo que algunos han llamado el narcisismo de la diferencia: constituimos hoy una comunidad política separada de las demás porque somos diferentes, porque siempre fuimos diferentes. (“Nunca tan pocos fueron capaces de semejante hazaña”, dijo nuestro presidente a propósito de nuestra independencia). A esa narración no le bastan las vicisitudes y contingencias de la historia para explicar el origen de la propia comunidad política. Le parecen poca cosa, tal vez porque en eso todas las historias nacionales se asemejan. Necesita apelar a una voluntad primigenia, prepolítica, anterior a la formación de esa comunidad política. Es decir, necesita una ficción que dé cuenta, que explique y legitime, los poderes constituidos (porque esa voluntad es un genial invento del acuerdo que dio nacimiento a la comunidad política). Ficciones son la soberanía del pueblo, de la nación o la voluntad general invocadas por todas las constituciones modernas, que presuponen esa soberanía y esa voluntad general, cuando en verdad las crean en el acto mismo de su fundación para dotarse de una legitimidad inhallable en otra parte. Son, pues, ficciones políticamente necesarias.




    La historia oficial de este país, la que se enseña en las escuelas y liceos, es una fábula para dotar a este país de su propio mito del origen. Lo preocupante no es, sin embargo, el carácter mitológico o fabuloso de esa historia (después de todo, también en esto nos parecemos a los demás pueblos de la Tierra), sino que buena parte de la academia no se atreva a impugnar los tabúes patrióticos. Dos grandes nombres de nuestra historiografía nacional así lo confirman. José Pedro Barrán polemizó en su momento con Sanguinetti sobre el justificado rechazo de éste a celebrar el 25 de agosto de 1825 alegando que los líderes políticos deben “respetar y asumir las tradiciones y los mitos”. Y Juan Pivel Devoto no tuvo remilgos en reconocer que “no estoy dispuesto a dar elementos que socaven a los grandes héroes que han contribuido a crear la nacionalidad […]. De esos elemento no doy datos, aunque los conozca”.




    La ficción tiene dos ingredientes infaltables en todo relato sobre los orígenes nacionales, la fecha del nuevo comienzo y un héroe que personifica la voluntad de ser independientes. Su propósito inocultable, desargentinizar (verbo que tomo prestado de Guillermo Vázquez Franco) la historia uruguaya. No me ocuparé esta vez de José Artigas, ese caudillo algo brutal que estaba condenado a ser en su contexto histórico y que la historiografía autóctona se ha empeñado en convertir en un Thomas Jefferson de las Pampas. Me referiré únicamente a las otras justificaciones de las inminentes celebraciones del Bicentenario que se ciernen, amenazantes, sobre nosotros.




    Pretender que 1811 fue el año cero de la independencia uruguaya, sólo puede atribuirse a la porteñofobia propia de los uruguayos, al empeño, como digo, de desargentinizar nuestra historia, una de cuyas iniciativas más notables consiste en separar el inicio del “Proceso de Emancipación Oriental” del resto de las Provincias Unidas, que comenzó un año antes… si es que un proceso puede fecharse.




    El problema con el farragoso palabrerío de la comisión del Bicentenario es que los sentimientos y la voluntad independentistas de los orientales son inhallables en el año escogido como coartada del bicentenario (1811). No hay ninguna continuidad, sino más bien ruptura, entre aquellos episodios y la independencia uruguaya. Sencillamente porque los caudillos de extensas haciendas que se levantaron aquel año de este lado del río Uruguay contra el imperio español podían estar llenos de fantasías pero ninguna de ellas incluía convertir a esta llanura, poblada por unas decenas de miles de habitantes mayoritariamente analfabetos, en un Estado independiente.




    La independencia no figuraba ni remotamente como hipótesis de este incipiente movimiento. No figuraba en la proclama de Mercedes (1811) ni en el discurso de abril de 1813 (Congreso de Tres Cruces, convocado, conviene no olvidarlo, para mandatar a los delegados orientales al Congreso General Constituyente de las Provincias Unidas reunido en Buenos Aires). En su discurso de Tres Cruces Artigas no deja dudas: “esto ni por asomo se acerca a una separación nacional” (citado por Vázquez Franco en el libro sobre Francisco Berra). Las maneras que siguió luego para resolver sus discrepancias con Buenos Aires acerca de la dirección de la guerra contra Montevideo, el último bastión colonial en el Río de la Plata, o sus inciertas ideas federalistas no deberían confundirse, como hace interesadamente la mitología patria, con un espíritu independentista. Son el mismo federalismo y las mismas discrepancias que mantendrían con Buenos Aires provincias como Entre Ríos o Santa Fe.




    Miguel Barreiro, secretario personal del caudillo y gobernador delegado de Montevideo, designado para tal cargo por el propio Artigas (quien jamás vivió en Montevideo, porque detestaba la vida urbana) escribió el 27 de diciembre de 1816 a Juan Martín Pueyrredón, director supremo de las Provincias Unidas; “es muy claro que nosotros [los orientales] no podemos caer en el delirio de constituir solos una nación”.




    “Nunca fue la Banda Oriental menos feliz que en la época de su desgraciada independencia”, dirá unos años más tarde Fructuoso Rivera, primer lugarteniente de Artigas, sobre el período en el que su jefe reinó sobre esta provincia (la cita también la tomo de Vázquez Franco).




    En fin, no hay historiador serio que aporte un solo dato significativo en defensa de la indemostrable hipótesis de que en 1811 se inició el “Proceso de Emancipación Oriental” como pretende la comisión del Bicentenario, salvo que se lo entienda pura y exclusivamente como separación de la Península. Pero si ese proceso refiere, tal como sugiere pero no dice explícitamente el mito fundacional, a la constitución de esta provincia en Estado separado de las Provincias Unidas del Río de la Plata, la confederación precursora de la República Argentina, entonces ingresamos de lleno en la ficción.




    La ventaja que tiene la elección de 1811 para la leyenda patria consiste en que cualquier otra hubiera resultado mucho más embarazosa, sino lisa y llanamente destructora de los pilares en los que se basa. Repasemos las alternativas a disposición de nuestra comisión oficial.




    La declaración de la Independencia por la Sala de Representantes de esta provincia de agosto de 1825, feriado nacional desde tiempos inmemoriales y motivo de celebraciones en todos los centros escolares, con los preceptivos discursos, banderas e himnos, fue olímpicamente desechada como alternativa. Resultaba demasiado vulnerable para el mito de la fundación nacional. Esa declaración incluía dos leyes: la de independencia, que comienza por declarar “írritos, nulos, disueltos y de ningún valor para siempre, todos los actos de incorporación, reconocimientos (…) arrancados a los pueblos de la Provincia Oriental por la violencia de la fuerza, unida a la perfidia de los intrusos poderes de Portugal y el Brasil, que han tiranizado sus inalienables derechos” y cuyo artículo segundo afirmaba que esta provincia “se declara de hecho y de derecho libre e independiente del rey de Portugal y el emperador de Brasil”. En suma, la declaración de independencia refería sin ningún género de dudas a Portugal y a Brasil, cuyos ejércitos ocuparon esta provincia en la década previa a su impensable e impensada independencia. Todos los escolarizados en esta comarca conocemos muy bien esta declaración de intenciones (no más que eso, pues de hecho la provincia tardaría tres largos años en hacerla efectiva), por habérsenos horadado la mente con su constante mención desde nuestra más tierna infancia.




    El mito fundacional, sin embargo, oculta piadosamente la segunda ley aprobada en aquella ocasión, la Ley de Unión, que sostiene que “su voto general, constante, solemne y decidido es, y debe ser, por la unidad con las demás Provincias Argentinas a que siempre perteneció por los vínculos más sagrados que el mundo conoce. Por tanto, ha sancionado y decreta lo siguiente: ‘Queda la Provincia Oriental del Río de la Plata unida a las demás de este nombre por ser libre y espontánea voluntad de los pueblos que la componen’”. Esta página fue extirpada de los manuales escolares, tal como lo fue esta provincia de la confederación argentina cuando en 1828 Brasil, Argentina y Gran Bretaña fraguaron una independencia artificiosa e inimaginada por sus habitantes. Decididamente el 25 de agosto de 1825 resultaba contraindicado para el empeño desargentinizador de nuestra historia oficial. Aún hoy, nuestro mayor desvelo sigue siendo cómo no ser confundidos con los argentinos. Un escritor mexicano, Jorge Volpi, fue el que halló la mejor definición de los uruguayos: ser uruguayo es no ser argentino.




    Meses antes de aquella declaración, cuando se produjo el celebérrimo desembarco de los llamados treinta y tres orientales en la playa de la Agraciada (financiados por, y armados en, Buenos Aires, y que en rigor, no sabemos si eran 33, aunque sí sabemos que no todos eran orientales, pues había argentinos de otras provincias), con el propósito de expulsar al ocupante luso-brasileño, la proclama de su jefe, Juan Antonio Lavalleja, a los residentes de la provincia hace una y otra vez referencia al gentilicio “argentinos orientales” y en una de ellas, “argentinos orientales, las provincias hermanas sólo esperan vuestra presencia para protegeros”, y en otra “La gran Nación argentina de la que sois parte…”.




    Tres meses después, el Congreso Nacional Constituyente reunido en Buenos Aires (no hace falta aclarar que el adjetivo nacional siempre estaba referido a Argentina), aprueba “con el voto uniforme de las Provincias del Estado, y con el que deliberadamente ha reproducido la Provincia Oriental por el órgano legítimo de sus representantes en la ley de 25 de agosto del presente año, el Congreso General Constituyente, a nombre de los pueblos que representa, la reconoce de hecho reincorporada a la República de las Provincias Unidas del Río de la Plata, a que por derecho ha pertenecido y quiere pertenecer. En consecuencia, el Gobierno encargado del Poder Ejecutivo Nacional proveerá a su defensa y seguridad”. Era, de hecho una declaración de guerra al ocupante brasileño, que “enseguida se hizo popular y todos aceptaron con sus dolorosos sacrificios en nombre de la integridad nacional”, según Bartolomé Mitre, citado por Vázquez Franco.




    La reacción de Lavalleja es exultante: “¡Pueblos! Ya están cumplidos vuestros más ardientes anhelos; ya estamos incorporados a la Nación Argentina”. ¿Puede quedar alguna duda acerca de los propósitos de quien es considerado –¡ay!– uno de los precursores de nuestra independencia? A ese Congreso prestó “su reconocimiento, respeto y obediencia” el gobierno provisorio de la Provincia Oriental.




    Lavalleja y Rivera fueron premiados por la victoria de Sarandí con la banda de generales de la República Argentina y al menos hasta 1882 el gobierno argentino pagó los sueldos de todos los militares (argentinos u orientales) o a sus descendientes, que hicieron la campaña contra Brasil entre 1825 y 1828.




    Una razonable alternativa disponible para los entusiastas de las celebraciones era mayo de 1810, pero –ya ha sido dicho– en ese caso “nuestro” bicentenario hubiera quedado adherido al argentino, que aunque más apegado a los hechos históricos, es precisamente lo que nuestros celebradores quieren evitar.




    Queda, por fin, la verdadera fecha de la independencia (cabría decir de la amputación de esta provincia de sus hermanas argentinas), el 27 de agosto de 1828 con la firma de la Convención Preliminar de Paz en Rio de Janeiro entre las Provincias Unidas y el Imperio de Brasil, y la experimentada mediación de Inglaterra. Demasiado tardía para la ansiedad oficial, demasiado vergonzosa para el mito fundacional, erigido pacientemente, ficción a ficción, censura a censura, a partir de la segunda mitad del siglo XIX.




    Empantanada la guerra entre las dos potencias sudamericanas, persuadido el imperio brasileño de que el Río de la Plata era su frontera natural, impermeable el gobierno de Buenos Aires a la posibilidad de ceder una de sus provincias a su gran vecino y rival, la independencia apareció como la única alternativa para destrabar el bloqueo. En ese contexto hace su irrupción la diplomacia británica, la más interesada en poner fin a una guerra que amenazaba con hacerse interminable y que conspiraba contra el desarrollo del comercio. El canciller George Canning y las artes persuasivas (y las presiones) de su enviado al Río de la Plata, lord Ponsonby, hicieron el resto.




    De las negociaciones para la firma de la Convención de Paz en Río de Janeiro no participaron orientales, sino representantes del emperador brasileño y de la República de las Provincias Unidas y el mediador lord Ponsonby. A los orientales se les comunicó tras la firma que estaban condenados a encabezar un Estado independiente. El texto de la Convención sostiene que tanto el emperador como el gobierno de las Provincias Unidas no reconocen, sino que declaran, la independencia de la Provincia de Montevideo.




    Dice el historiador Guillermo Vázquez Franco: “Los propios argentinos (hablo del medio millón largo, incluidos los setenta u ochenta mil orientales, obviamente) ni siquiera se enteraron de que, entre gallos y medias noches, con el artero negocio de la Convención Preliminar de Paz, se cercenaba de un plumazo el territorio nacional y, por ese acto, celebrado en Río de Janeiro, a la sombra tutelar de Ponsonby, orientales y entrerrianos, separados por unos metros, pasaban a ser (y lo seguirán siendo hasta la actualidad) formalmente extranjeros entre sí cuando, hasta el día anterior –26 de octubre- habían sido, como siempre, compatriotas”.




    Pero temiendo que los orientales repitieran el trámite de 1825 y además de declararse separados de cualquier potencia extranjera, utilizaran su independencia para reunificarse con las Provincias Unidas, la Convención resuelve para qué declara separada a la provincia: “para que pueda constituirse en Estado libre e independiente” y no para otra cosa.




    Por si fuera poco, ambas potencias se reservaban el derecho de intervenir en los años siguientes en la recién independizada provincia en caso de que disputas internas amenazaran la seguridad de cualquiera de ellas. Si algo pone en evidencia la naturaleza de la citada Convención es que la primera Constitución del futuro Estado soberano debía ser analizada y ratificada por las partes signatarias.




    En un pasaje del “Manifiesto de la Asamblea General Constituyente y Legislativa” que redactó la primera constitución de este país en 1830 puede leerse que ”por un tratado entre la República Argentina y el Gobierno del Brasil, debía elevarse el suelo de nuestros hijos al rango de Nación libre e independiente”.




    ¿Y qué dice el Preámbulo de aquella Constitución? Que “nosotros, los representantes de los pueblos situados en la parte oriental del río Uruguay (ni siquiera tenía nombre el país), que en conformidad con la Convención Preliminar de Paz celebrada entre la República Argentina y el Imperio del Brasil […] debe componer un estado libre e independiente, reunidos en asamblea general, usando de las facultades que se nos han concedido cumpliendo con nuestro deber […] acordamos establecer y sancionar la presente Constitución”.




    Para desilusión y contrariedad de las almas inflamadas por el patriotismo, la Convención Preliminar de Paz de agosto de 1828 es la única fecha cierta de nuestra independencia.




    * Nota para el lector no uruguayo: la Provincia (o Banda) Oriental estuvo ocupada en los últimos ocho años antes de su independencia por tropas portuguesas primero y brasileñas después.


    El Bicentenario y el mito del origen « Dudas Razonables
    Última edición por Michael; 05/06/2013 a las 06:36
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    Antonio Aparisi

  3. #43
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    LAS MISIONES JESUÍTICAS Y LOS INDÍGENAS MISIONEROS EN LA
    HISTORIOGRAFÍA DEL URUGUAY- 1
    Lic. Oscar Padrón Favre Museo Histórico “Casa de Rivera” Durazno-Uruguay


    El nacimiento del Estado Oriental coincidió con la emigración hacia su territorio de varios miles de indígenas misioneros que siguieron al Gral. Rivera y su ejército al abandonar las Misiones Orientales. Esta presencia dio lugar a fuertes debates que se ventilaron en la Asamblea Legislativa de la época y también en la prensa, enfrentándose quienes aprobaban y quienes desaprobaban esa masiva presencia de indígenas en una Colonia fundada en el extremo del territorio y la formación de un ejército de línea integrado mayoritariamente también por los misioneros. Sin duda esta discusión se basaba en razones de interés político pero en ella se dejaban traslucir, también, inocultables razones de prejuicio racial. Esta polémica, que tuvo su punto más candente en 1830, puso de relieve también la valoración histórica que de la obra de las Misiones y del pueblo misionero existía en algunos sectores de la sociedad y por eso hacemos mención a ella. Los opositores a su establecimiento afirmaban que “sin autorización se ha establecido un pueblo extraño en nuestras fronteras ... Los indígenas son miserables advenedizos ...que nada tienen ...y que nada trajeron sino miseria y santitos” (1), agregando otras expresiones despectivas hacia la religiosidad de los misioneros. Los partidarios de dicha presencia indígena realizaban la defensa de esa población con sólidos argumentos de carácter histórico que merecen recordarse:
    “¿Tendremos la impudencia de llamar una colonia de advenedizos miserables? Desde el Río Negro al Yí (empecemos por ilustrarnos con la propia historia del país que pisamos) en donde quiera que el indígena de las Misiones clave un horcón para construir la casa que ha de abrigarlo, aquella es su patria , aquella es la heredad que la naturaleza consignó a sus padres y que explotada por ellos, es para sus hijos una propiedad menos cuestionable que la nuestra sobre lo que hoy se llama el Estado Oriental .... Al derecho de primer ocupante, reúne el guaraní otro más respetable. Él limpió esta tierra de fieras, él fue el primero que pidió a su seno la yuca, la caña dulce, el algodón, los cereales todos y poblándola de ganados derramó sobre ella el germen de nuestra riqueza actual ... Las Misiones eran ricas cuando el resto del país (la Banda Oriental) gemía en la miseria de los pueblos nómades !!” (2).
    Y continuaba con consideraciones realmente muy precisas sobre la importancia que habían tenido las misiones y sus indígenas en la formación y adelanto de esta región de América. Si nos detuvimos en este texto de 1830 es porque revela una visión histórica de la formación de estas tierras y una valoración del papel jugado por las Misiones que luego prácticamente desapareció de la conciencia colectiva uruguaya y de su historiografía, que recién viene siendo recuperada en las últimas décadas. Sabemos que, por el contrario, terminó imponiéndose durante mucho tiempo la tesis de los que rechazaban el legado de las misiones y los misioneros.
    No muchos años después, se produjo un hito de real valor historiográfico como lo fue la colección de documentos sobre el Río de la Plata y América que editó en su célebre Biblioteca el periódico “El Comercio del Plata”, en cuya dirección se destacó hasta su asesinato el Dr. Florencio Varela. Especial consideración debe merecer este aporte si tenemos en cuenta que estas ediciones, en su mayoría a partir de originales o copias manuscritas, se realizaba en una ciudad de Montevideo que sufría los efectos de la prolongada y sangrienta Guerra Grande. Pueden mencionarse, como ejemplos, la publicación de valiosos textos para el tema que tratamos de la autoría de Félix de Azara, Miguel de Lastarria y el Marqués de Grimaldi (3).
    Es evidente que la preocupación mayor que por entonces acercaba a los hombres públicos y de estudio a la historia de las misiones era el interés por la lucha entre los imperios ibéricos y la definición de los límites entre ambas coronas. Precisamente la definición espacial de los nacientes estados sudamericanos era uno de los temas principales que estaban en juego en tan tremendo período de luchas y de ahí el interés por fundamentar en fuentes históricas los reclamos que se hacían entre los países. Reside allí, también, el interés especial en publicar descripciones geográficas que permitieran conocer mejor un vasto territorio americano, que para muchos de los que estaban en la dirección de la cosa pública, especialmente en el caso de hombres de gabinete, les era totalmente desconocido. Es claro, pues, el interés que desde esa perspectiva despertaron tanto obras clásicas de los cronistas de la Compañía de Jesús como de los integrantes de las partidas demarcadoras de los imperios español y portugués. La obra evangelizadora de los jesuitas, la organización y funcionamiento de las misiones y la peripecia histórica del pueblo indígena misionero, por el contrario, no generó interés por muchísimo tiempo.
    Por esos años difíciles pero especialmente fermentales de la Guerra Grande, también realizó un aporte importante a la naciente historiografía nacional de la República Oriental otro argentino, Juan Manuel de la Sota, quien radicado en Montevideo como tantos miles de emigrados políticos, publicó en 1841 “Historia del territorio oriental del Uruguay” (4). Título ajustado por tratar especialmente del período hispánico, al menos más preciso que aquellos que aquejados de un fuerte nacionalismo pretendieron señalar, décadas después, que ya en los tiempos indígenas o coloniales de alguna manera preexistía la entidad político-estatal conocida como Uruguay. Contaba con un estrecho corpus de fuentes basado en la recopilación de Pedro de Angelis y de textos de Ruiz de Montoya, Lozano y otros autores.
    Interesado en reafirmar el nacionalismo de las nacientes Repúblicas sudamericanas y los legítimos límites frente al avance de Portugal y Brasil, De la Sota brindó especial atención al tema de la lucha de Imperios en esta región rioplatense y al rol jugado por los jesuitas y los indígenas en la defensa de los derechos de España, desde los tiempos de los bandeirantes hasta las luchas frente a los muros de Colonia del Sacramento. Tema que trató también con mayor extensión en una obra titulada “Cuadros Históricos” que, en su mayor parte, permanece inédita.
    En el año 1857 editó Juan de la Sota en Montevideo, un opúsculo titulado “Errores que contiene la Memoria sobre la decadencia de las Misiones Jesuíticas, que ha publicado en la ciudad del Paraná el Dr. Martín de Moussy en el presente año 1857”, en el cual refuta varias afirmaciones del escritor francés, incluyendo en algún caso documentación inédita respecto a la historia del pueblo misionero (5).
    También por esos años de mediados del siglo XIX, el destacado escritor Alejandro Magariños Cervantes publicaba en España -con carácter ensayístico y no de investigación histórica - una serie de trabajos en los cuales registró interesantes apreciaciones sobre los fundamentos étnicos del complejo acontecer político de América. Buscaba explicar a los europeos cuales eran las causas profundas que habían sumergido a las tierras del ex imperio español en tamaña inestabilidad luego de obtenida la independencia y para ello buscaba, con acierto, comprender la compleja trama social que caracterizaba a América. Expresaba al respecto: “En todo el continente americano, en una escala más o menos grande, la reunión de las tres razas, americana, europea y
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    Antonio Aparisi

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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    africana, ha producido los elementos más heterogéneos de población, y como es natural ha influido irresistiblemente en sus inclinaciones, hábitos e ideas” (6).Y el Río de la Plata en su conjunto, según su visión, en absoluto escapaba a esa realidad de un indiscutible origen multiétnico y de un generalizado mestizaje. Mestizaje que no aprobaba ni lo satisfacía porque lo consideraba un factor de atraso, pero que lo aceptaba como un elocuente e ineludible dato de la realidad.
    Este reconocimiento marca una sustancial diferencia con la visión de homogeneidad étnica que predominará posteriormente en el discurso historiográfico rioplatense como explicación de nuestros orígenes poblacionales y, para el caso de nuestro país, puede decirse que tal visión de origen multi-étnico recién ha sido recuperada con firmeza a partir de la década de 1980. Y precisamente, al trazar los rasgos generales de ese complejo proceso de mestizaje como resultado biológico y cultural predominante en la región rioplatense, Magariños Cervantes destacaba de manera fundamental la obra de las misiones en la formación de un pueblo indígena con características propias que, aún después de la expulsión de la Compañía, mantuvo la herencia cultural recibida de aquella y participó de manera especial en dicho proceso de hibridación. Destaca también dicho autor el papel de las misiones en la lucha de fronteras entre los imperios ibéricos, la inmediata decadencia que sucedió a la expulsión de la Compañía, el influjo que tenían los Padres “en las últimas clases” y como contribuyó la herencia dejada por los jesuitas en el futuro proceso revolucionario, especialmente por el impacto de su expulsión. Al respecto afirmaba de manera contundente: “Sí, 1767 es el relámpago que ilumina el abismo donde inevitablemente va a hundirse convertido en polvo el trono americano de los Reyes Católicos” (7).
    Magariños Cervantes no realizó ningún aporte en materia heurística pero la lectura actual de sus escritos los revela como llenos de intuiciones importantes y siempre realizados desde una visión de amplitud continental, no meramente uruguaya, condición que aceleradamente en los escritores de las últimas décadas del siglo XIX se fue diluyendo.
    Fue en el último tercio del siglo XIX cuando la producción histórica comenzó a dar obras de mayor aliento. Por un lado se destacó la labor como documentalista del oriental Andrés Lamas, quien publicó entre 1873 y1874 la “Historia de la Conquista del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán” del P. Pedro Lozano (8) de acuerdo a la copia existente en la Biblioteca Nacional de Montevideo, incluyendo una extensa Introducción en la cual Lamas demostró el sólido conocimiento que poseía fuentes y bibliografía sobre la historia de América, siendo un decidido impulsor de los estudios históricos en el Río de la Plata. Menos de una década después, en1882, editó también en Buenos Aires la “Historia de la Conquista del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán” del padre José Guevara (9), obra que Lamas consideraba inédita porque negaba valor a la edición realizada por Pedro de Angelis por sus numerosas omisiones, errores y modificaciones.


    En su Introducción Lamas objeta el método histórico utilizado por Lozano y Guevara en la redacción de sus respectivas “Historias ...” por seguir los lineamientos de Bossuet según los cuales se interpretan y destacan los hechos como “manifestaciones externas de la realización de un idea que los inspira y los encadena ...” donde “los hombres son agentes mecánicos de los designios de la providencia divina”. En sentido contrario, Lamas expresó que adhería a la escuela histórica que fundaron los filósofos del siglo XVIII que al devolverle “al hombre su libre albedrío, su responsabilidad y su acción ingénita en la elaboración de su propio destino, ha producido la escuela moderna y ha hecho de la historia una cátedra de enseñanza experimental”. Lozano y Guevara, agregaba, no se remontaron a las “altas regiones” de la Historia, “se conservaron en los límites de la crónica propiamente dicha”(10), pero como tales sus obras tienen un valor insoslayable y merecen ser difundidos .
    Sin embargo, en el plano de los juicios históricos Lamas se manifiesta totalmente favorable a los que denomina “los servicios más reales y los méritos más evidentes” de los Padres y recomienda, seguro de las objeciones que recibiría: “Veamos a los Jesuitas en la arena de la conquista y no les rehusemos la justicia .......en la historia de la conquista nada hay más bello, más imponente, ni más edificante que las imágenes de los Jesuitas que apoyados en un bastón coronado por la cruz, con el breviario debajo del brazo, y sin más propósito que el de atraer a los salvajes al gremio de su Iglesia, penetraban resueltamente los misterios de una naturaleza agreste y desconocida .....”
    Y nada más respetable tampoco que la conducta personal de los Jesuitas en contacto con las costumbres depravadas de los conquistadores: ninguna liviandad, ninguna lujuria los manchó; y la casta severidad de su vida, fue una de las bases más visibles de la autoridad que ejercieron sobre los neófitos de las reducciones.
    No abonamos sus propósitos mundanos en el pasado, ni nos contamos entre sus partidarios en el presente, pero cuando los encontramos en la historia americana, nos inclinamos reverentemente ante ellos como ante los más verdaderos y más animosos apóstoles de la civilización en la época de la conquista”(11) .
    Con estas últimas palabras, Andrés Lamas se ponía por encima de los fuertes prejuicios de su círculo político-intelectual – existente en ambas márgenes del Plata – de fuerte y prolongada militancia en un liberalismo anticlerical, donde fue norma negar la obra del Imperio Español y, especialmente, la herencia católica de él recibida. Lamas realizaba dicha aclaración porque sabía que no le faltarían feroces críticas de sus propios hermanos de lucha anticlerical, por eso merece destacarse su esfuerzo por alcanzar una mayor objetividad, poniéndose, en lo posible, por encima de las fuertes pasiones de su época.
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    Sin embargo tanto su aporte como el de Francisco Bauzá - que analizaremos a continuación - no lograron generar un real interés por la obra de los jesuitas y el pueblo misionero. Ayuda a comprender esta situación factores como las fuertes controversias filosófico- religiosas, que incluían también inocultables motivaciones políticas, características de esas últimas décadas del siglo y que vieron enrolarse en la causa anticlerical a la mayor parte de la intelectualidad montevideana. En ese contexto toda posible reivindicación de la obra de los jesuitas en sus misiones suponía fortalecer las posiciones del enemigo.
    También el generalizado rechazo a la herencia hispánica que predominó en la mayor parte de esa intelectualidad bloqueó el interés por los tiempos coloniales pues era la “herencia maldita” que se deseaba eliminar.
    Otro factor que también incidió para el desinterés por las misiones y los misioneros fue el despertar, por entonces, de un nacionalismo “uruguayo” – no el “oriental” que ya existía - que no pocos escritores y artistas pretendieron fundar en los tiempos indígenas. La compleja historia del territorio de la Banda Oriental que a partir de la Revolución se transformó en Provincia Oriental y que, finalmente, devino en el nacimiento del Estado Oriental y su no menos conflictiva vida posterior - teniendo como países limítrofes al expansivo Imperio del Brasil y la convulsionada República Argentina - estimuló un temprano movimiento intelectual nacionalista que buscaba legitimar el nacimiento del país a partir de una diferenciación absoluta con los países vecinos y, para ello, se remontaban a los tiempos precolombinos. Se pretendía señalar que ya en aquellas remotas épocas se perfilaban la existencia del Uruguay y la singularidad de la futura “nación uruguaya”. Surgió así lo que denominamos “nacionalismo charruísta”, el que impuso una visión que sostenía que los charrúas fue un pueblo indígena que habitó exactamente el mismo territorio de la República Oriental, por lo tanto el charrúa se transformó en “el indio uruguayo”. De esa posición fueron tributarios tanto artistas –caso, como ejemplos, del pintor Juan Manuel Blanes, sus hijos y el poeta Juan Zorrilla de San Martín con su conocido “Tabaré” (12) - como diversos escritores que sin ser propiamente historiadores escribieron obras destinadas a la enseñanza procurando inculcar un fuerte nacionalismo a través la denominada Historia Patria. Es el caso, por ejemplo de la obra de Florencio Escardó “Reseña histórica, estadística y descriptiva con Tradiciones Orales de las Repúblicas Argentina y Oriental del Uruguay desde el descubrimiento del Río de la Plata hasta el año 1876” (13). También en esa misma línea nacionalista pero con mejores aportes superiores en el campo historiográfico debe citarse a Isidoro de María quien en varios de sus numerosos trabajos dio a conocer algunos documentos vinculados a las Misiones y los indígenas misioneros (14). Escritores como Domingo Ordoñana que trataron de cuestionar algunos de esos mitos en formación y reivindicar la obra de la evangelización y los misioneros, no tuvieron éxito (15).
    Pero sin duda, la obra que se destaca en ese período como fruto de un historiador realmente de enjundia fue “Historia de la Dominación Española en el Uruguay” de Francisco Bauzá (16) cuya primer edición vio la luz en Montevideo entre 1880 a 1882. Su autor superó en erudición y vuelo interpretativo a todos los autores precedentes y aún hoy su clásica obra constituye una provechosa lectura. En ella hay una atención importante por la historia de las misiones y sus fuertes vínculos con la evolución del territorio nacional a lo largo de todo el ciclo colonial, pero al mismo tiempo Bauzá pagó tributo a ese nacionalismo indigenista que hemos apuntado y quedó atrapado en ese error al insistir que “la patria charrúa” es el directo antecedente de la “patria uruguaya”. Aún así el esfuerzo intelectual realizado por Bauzá y el aporte documental que presentó es digno de todo elogio.
    De la fuerza que esa visión de nacionalismo charruísta tuvo desde entonces en muchos de los historiadores o escritores sobre el pasado del país es ilustrativa esta situación. Prácticamente toda la toponimia de origen indígena que describe el actual territorio de la República Oriental se basa en vocablos de origen guaraní, comenzando por el nombre del propio país. Esto era un difícil obstáculo a salvar por los nacionalistas charruístas pues habría la puerta para que se pudiera hipotizar que en algún momento los guaraníes habían poblado dicho territorio. Rápidamente clausuraron esa posibilidad afirmando que no fue que los guaraníes habitaron este territorio, sino que los charrúas hablaban guaraní ... por lo tanto la toponimia había sido también impuesta por los charrúas y no por los guaraní-misioneros.
    Un aporte no estrictamente historiográfico pero sí de singular valor para el estudio de la cultura rioplatense y de las raíces guaraníes de la misma estuvo dado por la obra del español Daniel Granada. Se trataba de un extranjero que si bien tenía sus prejuicios no necesariamente eran los mismos que poseían la mayor parte de las elites ilustradas existentes en los principales centros urbanos del Plata, en las cuales obraban motivaciones claras de carácter político para desinteresarse por ciertos estudios. Despreciaban a las masas rurales, “la barbarie” como la llamaban, porque durante décadas habían tenido la osadía de cuestionarles el control político de estos países nacientes. Daniel Granada, pionero de los estudios folklóricos en estas tierras, dejó dos obras importantes editadas en Montevideo. En 1889 vio la luz el “Vocabulario rioplatense razonado” (17) y en 1897 la “Reseña histórico-descriptiva de antiguas y modernas supersticiones del Río de la Plata” (18). La obra de Granada, realizada como resultado de un contacto estrecho con los sectores populares, especialmente durante su prolongada residencia en la población de Salto, puso en evidencia y realzó los múltiples aspectos heredados de la cultura guaraní-misionera
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    Antonio Aparisi

  6. #46
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    que el encontró totalmente vigentes en el noroeste de la República Oriental y en todo el litoral rioplatense que el recorrió en frecuentes viajes. Su atención y hasta reivindicación de la “barbarie” provocaron que sus trabajos fueran casi absolutamente ignorados por la dirigencia universitaria e intelectual que entonces predominaba en Uruguay.
    Dentro de un contexto ostensiblemente escaso de publicaciones sobre la temática de las misiones merece destacarse, por esos años, la edición de algunas fuentes significativas como el polémico (por su autoría) “Diario de la Segunda Subdivisión de Límites española entre los dominios de España y Portugal en la América Meridional (1784-1786)” de José María Cabrer incluido por Melitón González en su obra “El límite oriental del territorio de Misiones” (19). Una vez más el interés por las controversias por límites, en este caso la mantenida entre la Argentina y Brasil, era la razón determinante de dichas publicaciones.
    Al iniciarse el siglo XX debe citarse la edición de la “Geografía física y esférica de las Provincias del Paraguay y Misiones Guaranís” de Félix de Azara con un importante estudio previo realizado por Rudolph R. Schuller (20). Esta edición de carácter oficial pudo hacer pensar que se habría un nuevo tiempo para los estudios históricos en el Uruguay, absolutamente absorbidos hasta ese momento por los relatos político- partidarios, las luchas por la afirmación nacional con los países limítrofes o los estudios indigenistas donde campeaba el más absoluto monopolio de la etnia charrúa. Sin embargo no fue así y siguieron siendo esfuerzos personales los que a través de diversas obras - generalmente de manera tangencial al tema central - fueron aportando elementos a la historia de las misiones y los misioneros. En ese esfuerzo pueden citarse los nombres de investigadores como Alberto Palomeque (21), Buenaventura Caviglia (22), Carlos Travieso (23), Mario Falçao Espalter (24). Estos dos últimos aportaron valiosísima documentación sobre el período hispánico como resultado de estudios realizados en archivos de la península Ibérica, fuentes que si bien en su mayoría no fueron publicadas, pasaron a archivos oficiales.
    Otro aspecto novedoso a partir de las primeras décadas del siglo XX estuvo dado por la aparición de los primeros estudios de historia local sobre los distintos departamentos en que se divide el país. Dichos estudios generalmente concentrados a la ciudad capital y, en menor medida, al resto del respectivo territorio departamental. En estas publicaciones – en algunos casos de escaso rigor histórico – comienzan a ver la luz pública, muy tímidamente, documentos sobre los procesos fundacionales y otros de carácter demográfico (registros eclesiásticos, antiguos padrones, expedientes judiciales) que van señalando la presencia del aporte poblacional guaraní- misionero como una constante en las distintas zonas del país. Pueden citarse, a título de ejemplo, los trabajos sobre Belén y Paysandú de Setembrino Pereda (25), de Rafael Firpo sobre Salto (26), de Ariosto Fernández sobre Florida (27) y los de Carlos Seijo sobre Maldonado (28). Estos meritorios
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  7. #47
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    trabajos generalmente tuvieron escasa repercusión en su época tanto a nivel local como nacional, pues los programas de enseñanza escolar y media estaban totalmente de espaldas al tratamiento de la historia departamental, situación que, lamentablemente, no ha cambiado demasiado hasta el presente.
    Las primeras décadas del siglo XX supuso también la aparición de las primeras publicaciones periódicas especializadas en la temática histórica que tuvieron éxito de permanencia, pues en el siglo anterior los sucesivos intentos habían fracasado después de un breve período. Aparecen así publicaciones como la Revista Histórica de la Universidad, desde 1907, que pasó luego a ser editada por el Museo Histórico Nacional ; la Revista del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay (desde 1920) y la Revista de la Sociedad Amigos de la Arqueología (desde 1927). Parte de la flor y nata de la intelectualidad montevideana daba por concluida en lo esencial su gran epopeya de lucha política al triunfar sobre las fuerzas rurales y caudillistas lo que le permitía dedicar mayor atención a actividades intelectuales que habían tenido que postergar anteriormente. Sin embargo, la compulsa de las tres colecciones arroja resultados similares a los anotados anteriormente respecto a la ausencia de un interés importante en historia de las misiones jesuíticas. Especialmente elocuente es ese desinterés en la Revista Histórica la que prácticamente en su primera época no registra trabajos específicos sobre dicha temática, encontrándose solamente algunos textos vinculados a la Guerra Guaranítica (29)y referencias marginales dentro de corpus documentales centrados en la historia del período colonial y el siglo XIX. Una presencia un poco más significativa y específica se nos presenta en la Revista del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay donde encontramos importantes trabajos de los jesuitas Carlos Leonhardt (30) y Guillermo Furlong (31), incansables y admirables obreros de los estudios jesuíticos, como todos sabemos. Realizaron ellos en esos trabajos importantes aportes documentales para el estudio de los períodos jesuítico y post jesuítico, labor que completa Furlong también a través de la Revista de la Sociedad Amigos de la Arqueología con estudios sobre Lozano y Sánchez Labrador (32). Furlong publicó también en Uruguay, en 1933, el libro “Los jesuitas y la cultura rioplatense” (33).
    A la labor de estos clásicos de los estudios misioneros debe agregarse el aporte de investigadores como Carlos Ferrés quien publicó, entre otros trabajos “Época Colonial. La Compañía de Jesús en Montevideo” (34) que si bien se centra en la presencia jesuítica en la jurisdicción de Montevideo aporta información sobre los misioneros. También merece especial mención la obra del bastante olvidado jesuita Juan Francisco Salaberry quien a través de títulos como “Los charrúas y Santa Fé” y “Los charrúas en la cartografía colonial” (35) buscó refutar la arraigada visión de que los charrúas habían sido una etnia exclusivamente “uruguaya”, ponía a luz las intensas relaciones interétnicas en los tiempos coloniales, así como presentaba documentación que mostraba el papel decisivo de las misiones jesuíticas en la formación de todo el ámbito cultural rioplatense. Sin embargo fracasó en su intento pues el charruismo uruguayo como nunca imperó en esas primeras décadas del siglo XX, alcanzando incluso el carácter de héroes nacionales al ser llevados al bronce por la propia iniciativa gubernamental (36).


    Los sectores dirigentes del país cultivaban con especial insistencia el imaginario de un Uruguay, de hombres y mujeres racionalistas, devotos de la ciencia que se habían liberado de la superstición religiosa, absolutamente europeos en sangre y mentalidad. En síntesis, una verdadera isla étnica en el mestizo continente americano al que se miraba con soberbio desdén. En ese sentido el indígena charrúa era “el indio” ideal, pues poseía la mejor condición para esas elites extranjerizantes: era un indígena muerto. Nada más alejado pues del interés de esa intelectualidad dominante que reivindicar el rol de las misiones jesuíticas y el pueblo guaraní-misionero a pesar que el país contaba entre su población con varios miles de sus descendientes directos. Pero esa era la realidad no deseada por lo tanto no existían ojos para verla .....
    Una obra emblemática de la época - “El gobierno colonial en el Uruguay y los orígenes de la nacionalidad” (1929) de Pablo Blanco Acevedo - permite observar la plenitud de la mitología nacionalista de raíz indigenista en expresiones como “en lo que atañe a los países de América se puede aseverar que su mapa político coincide, con raras excepciones, con la ubicación que tuvieron las grandes agrupaciones indígenas ..”. “La altivez, el valor, la tenacidad y la rudeza en la lucha, fueron los rasgos destacantes de la fuerte nación charrúa, la más famosa y nombrada en el Sur del continente”; “propiamente no debió existir en el territorio uruguayo, fuera de la nación chaná, otro aborigen que el charrúa”. Y en su afán de consolidar la excepcionalidad uruguaya en el concierto americano afirmaba “Los libros de América están en nuestras bibliotecas y nos son tan conocidos como los nacionales. Pero la historia uruguaya no puede ser la de otras nacionalidades, aún la de aquellas más cercanas geográficamente ....”(37) . Con este marco interpretativo difícilmente podía esperarse que se pusiera una atención especial en la trayectoria histórica del pueblo guaraní-misionero y las misiones, pues eran considerados como elementos de otra nacionalidad ajena a la uruguaya.
    El marco de un país predominantemente liberal-anticlerical -no tanto en su población sino en la cultura institucional que caracterizó, desde finales del siglo XIX, a los hegemónicos servicios educativos y culturales estatales – no estimulaba tampoco en absoluto el estudio de las misiones. Por contrapartida, fue siempre notoria la debilidad, institucionalmente hablando, de la Iglesia Católica en Uruguay en lo que refiere a la producción histórica así como, también, un notorio desinterés por ella, no sin dejar de reconocer importantes esfuerzos personales. La escasa
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    Antonio Aparisi

  8. #48
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    producción historiográfica aún es un rasgo notorio pese a contar con centros universitarios de importancia.
    Una mención especial dentro de ese panorama de las primeras décadas del siglo XX merece la obra del Dr. Rafael Schiaffino, especialmente por su clásica obra “Historia de la Medicina en el Uruguay” (1927), en cuyo primer tomo expone un estudio exhaustivo sobre la medicina de las misiones, revelando un dominio sólido de las fuentes de origen jesuítico a partir, en varios casos, de ediciones príncipes. De su interés por las misiones y la influencia cultural de las mismas es también testimonio su estudio “Guaranismos. Ensayo etimológico” publicado en el año 1956 (38).



    Otra institución que se incorporó a partir de los últimos años de la tercera década del siglo XX a la tarea de sumar valiosa información histórica fue el Ejército, quien comenzó a editar fuentes sobre su historia institucional en la cual, desde su fundación, la presencia guaraní- misionera jugó un papel importante. La edición de documentación sobre el Ejército del Norte que se formó en 1828 y la edición de las listas de revista del mismo, más la publicación (a partir de 1932) de la “Correspondencia Militar” desde el año 1825 en adelante, constituyeron importantes aportes. La publicación del Boletín Histórico del Estado Mayor del Ejército, que se edita hasta el presente, registra en sus índices numerosos aportes documentales y trabajos de investigación con vinculación más o menos directa al tema misionero (39). En este contexto merece destacarse la edición de “Documentos relativos a la ejecución del Tratado de Límites de 1750” que realizó el Instituto Geográfico Militar, de consulta insoslayable para los que abordan dicha etapa de la historia misionera (40).


    A mediados de la década de 1950 se nota un avance creciente en el campo de la heurística con ediciones documentales que van a suponer valiosos aportes, tal el caso de la recopilación de relatos de viajeros que realizó Horacio Arredondo a través de diversas publicaciones (41); las colecciones documentales que realizó el historiador Flavio García sobre la Campaña de Misiones que llevó a cabo el Gral. Rivera en 1828 (42); la publicación por Rogelio Brito Stífano de importantes fuentes para el estudio de la Banda Oriental en el eje del 1800 (43). Pero sin duda el aporte documental mayor estuvo dado por la edición del Archivo Artigas (44), que a partir de 1950 y hasta el presente lleva editados numerosos tomos donde como fruto de intensas pesquisas de investigadores realizadas en América y Europa se ha dado a conocer una masa enorme de documentos, especialmente del período revolucionario y en la cual queda de manifiesto el papel central que jugaron las antiguas Misiones y el pueblo guaraní-misionero durante ese decenio de liderazgo regional del Gral. José Artigas.


    Precisamente a partir de la década de 1950, y en especial de la siguiente, se asiste a una verdadera explosión en la producción historiográfica uruguaya. La crisis económica y socio-política estimula el desarrollo de la conciencia histórica. Si bien tampoco en esta etapa aparecen obras centradas de forma específica en las misiones y el pueblo misionero, la bibliografía demuestra que cada vez más se los siente como elementos insoslayables en la formación histórica del Uruguay y de su identidad socio cultural.
    La diversidad temática de los aportes, superando totalmente los estrechos marcos de la tradicional historiografía política, militar y de relaciones internacionales también es otra característica a destacar. Tenemos así la obra del musicólogo Lauro Ayestarán que en sus reconocidas investigaciones sobre la historia de la música en Uruguay y América destacó el legado musical de las Misiones y de algunos eximios músicos jesuitas (45); la propuesta del Prof. Adolfo Berro García para la creación de un Departamento de Lengua Guaraní en la Facultad de Humanidades y Ciencias en Montevideo (1949) y de un Centro de Estudios Guaraníes” (en 1950), la publicación de la obra del Dr. Velarde Pérez Fontana, “Historia de la Medicina en el Uruguay” (1967), en la cual profundizó los aportes que medio siglo atrás había realizado el Dr. Rafel Schiaffino respeto a la gran influencia jesuítica en la sistematización del saber médico en el Río de la Plata (46). También las investigaciones de Fernando Assunçao sobre los orígenes del gaucho, estableciendo directas vinculaciones entre este tipo social y las misiones, especialmente a partir de su decadencia (47); el destacado trabajo de Eduardo Acosta y Lara, alejado de visiones chauvinistas, sobre la peripecia histórica de los grupos nómades de charrúas y minuanes o guenoas en estrecho contacto siempre con las misiones y los guaraníes-misioneros. En su obra clásica, “La guerra de los charrúas en Banda Oriental” (48), además de aportar numerosa documentación inédita también se destaca la recepción de la valiosa bibliografía que desde las primeras décadas del siglo XX se estaba produciendo sobre Misiones, especialmente en España, Argentina y Brasil.
    Otra vertiente especialmente valiosa fue la que procuró desentrañar los orígenes y evolución de la propiedad territorial y sus vínculos con el acontecer político. En ese sentido el libro del gran historiador Juan Pivel Devoto “Raíces coloniales de la Revolución Oriental de 1811” (49) jugó un importante papel, estimulando una serie de investigaciones que revelaron la importancia de los antecedentes misioneros, especialmente al norte del río Negro. Así, en similar línea de investigación, los historiadores Lucía Sala de Touron, Julio Rodríguez y Nelson de la Torre hicieron importantes aportes en sucesivas publicaciones (50). También dentro de la misma temática merece especial mención la obra del Ing. Agr. Esteban Campal quien en varios trabajos (51), destacó el papel fundamental jugado por las misiones en la historia de la producción agropecuaria rioplatense.


    Otra tendencia que se fue también consolidando en el período fue la de los estudios genealógicos, siendo un hito fundamental la obra de Juan A. Apolant “Génesis de la familia uruguaya” (1966), la cual constituyó un importante aporte para, a partir del estudio de registros eclesiásticos y antiguos padrones, afirmar el origen multiétnico de la sociedad nacional, en ese caso en la antigua jurisdicción montevideana (52). De manera paralela se intensificaron los estudios sobre el pasado de los distintos departamentos y localidades del país, pudiéndose citar como ejemplos los importantes aportes de Augusto Schulkin para Paysandú (53), Natalio Abel Vadell para el departamento de Colonia (54), Florencia Fajardo Terán para la región del Este (55), Huáscar Parallada para Durazno (56), Washington Lockhart y junto con él, el Centro Histórico y Geográfico de Soriano (57), zona del litoral uruguayo que mantuvo, a través del río epónimo, importantes vínculos con las misiones. Todos estos trabajos, en mayor o menor medida fueron aportando evidencia empírica para fundamentar que la presencia guaraní-misionera había sido un temprano aporte poblacional para los cimientos de la formación social. Sin duda tanto en el estudio de las historias departamentales como en el de la evolución de la explotación agropecuaria merece una mención muy especial la gran obra de investigación de Aníbal Barrios Pintos –la cual continúa pese a su avanzada edad – que expuesta a través de innumerables publicaciones de libros y artículos periodísticos, constituye un aporte documental sustancial para el estudio de la influencia de las misiones y sus indígenas en nuestra formación nacional (58).
    La influencia del revisionismo nacionalista argentino dejó también importante marca en autores uruguayos que pasaron a insistir en la necesidad de reinsertar la historia del Uruguay dentro de la región y el continente, como única forma de hacerla realmente inteligible, rompiendo los estrechos marcos de la tradicional “historia nacional” uruguaya. En esa línea de análisis pueden mencionarse como ejemplos los aportes interpretativos de Alberto Methol Ferré sobre las misiones (59) y de Washingon Reyes Abadie con sus colaboradores referidos al período artiguista y el rol jugado por las misiones en etapa tan decisiva de la historia americana (60). Finalmente debe citarse la edición de algunas fuentes destacadas para el estudio de la presencia guaraní-.misionera en el actual territorio uruguayo, caso de “Diario de Viaje a las Vaquerías del Mar, 1705” del P. Silvestre González publicado por Baltasar Mezzera (61) y el interesante relato del primer cronista de la Colonia de Bella Unión, el francés Jean Isidoro Aubouin, dado a conocer por el investigador José Joaquín Figueira (62).
    La fermental y hasta hoy no igualada producción historiográfica que caracterizó los años 60 y primeros de los 70, se vio bruscamente cortada por la ruptura del régimen constitucional. Sin embargo, desde los primeros años de la década de los 80 dio comienzo un proceso bastante regular de publicaciones donde por primera vez dentro de la historiografía uruguaya la temática de
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    Antonio Aparisi

  9. #49
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    Misiones y su población indígena pasaba a tener absoluta centralidad.

    Observamos, entonces, que desde principios de los 80 hasta el presente se han ido sucediendo una serie de aportes que sin tener una gran intensidad en cuanto a su frecuencia y número, han puesto dicho tema en la consideración pública del Uruguay, al tiempo que los investigadores implicados han realizado aportes al proceso de intensos estudios que sobre esa temática se vienen desarrollando desde hace décadas en la región rioplatense y frente a los cuales la historiografía uruguaya presentaba un marcado retraso. Tenemos así el trabajo poco difundido pero casi pionero en el país de Leslie Crawford “La Provincia Uruguaya del Tape” (63), así como en 1982 Rodolfo González Rissotto y su esposa Susana Rodríguez Varese ven publicada la primera parte de su trabajo “Contribución al estudio de la influencia guaraní en la formación de la sociedad uruguaya”. Especial mención merece esta publicación que recoge los frutos de una minuciosa investigación realizada en todos los archivos parroquiales del Uruguay, que permitió determinar que ascendían a varias decenas de miles los indígenas misioneros establecidos a lo largo y ancho del país en su etapa fundacional. Los mismos autores han presentado también varios trabajos a distintos Congresos sobre Misiones realizados en la región y otras publicaciones (64). También el investigador Fernando Assunçao, recientemente desaparecido, continuó realizando aportes (65).


    Por su parte los arqueólogos Leonel Cabrera y Carmen Curbelo también de manera temprana comenzaron a presentar trabajos a los Congresos Internacionales sobre Misiones, destacándose sus estudios sobre la última población indígena en Uruguay: San Francisco de Borja del Yí (66). Posteriormente Leonel Cabrera continuó dando a conocer valiosos estudios de carácter etno-histórico sobre los procesos de interrelación entre las diversas etnias indígenas en el período colonial (67), mientras que Carmen Curbelo ha dirigido proyectos de investigación arqueológica sobre las últimas poblaciones guaraní-misioneras en Uruguay, las mencionadas San Borja del Yí y Bella Unión (68).
    También el P. Juan Villegas ha realizado investigaciones publicadas en sucesivos trabajos en Uruguay y el exterior (69) y nosotros nos incorporamos en esta etapa a dichos estudios con trabajos como “Sangre indígena en el Uruguay” (1986) donde señalábamos la presencia hasta hoy de descendientes de indígenas misioneros en el país, agregándose luego otros trabajos (70).


    En el contexto de esa fértil corriente de publicaciones sobre los tiempos coloniales y las Misiones, el investigador Walter Rela ha realizado algunos aportes con documentación inédita o poco conocida (71). En 1994 vio la luz “La cruz y el lazo” obra póstuma de Esteban Campal, la cual, en línea con los trabajos anteriores del autor, reivindica el papel jugado por los jesuitas y las misiones en el establecimiento de verdaderas matrices de modalidades de producción agropecuaria, destinadas a tener larga vida en la región (72). Otros autores, sin embargo han cuestionado la relevancia del aporte guaraní-misionero y han continuado la línea tradicional al dedicar en sus libros sobre los indígenas mayor atención y relevancia a los grupos nómades, como es el caso del antropólogo Renzo Pí Hugarte (73).


    Los estudios genealógicos cobraron gran impulso a partir de la fundación, en 1979, del Instituto de Estudios Genealógicos del Uruguay el cual a través de su Revista (74) ha venido editando registros parroquiales y antiguos padrones que constituyen fuentes fundamentales para el estudio de la presencia de guaraníes-misioneros y de los intensos procesos de mestizaje de los que fueron protagonistas, dando origen a los antiguos vecindarios de los distintos pagos del país. Investigadores como Oscar Abadie Aicardi (75) y Julio César Cotelo (76) realizaron también aportes en la década de 1990.
    Vinculado con los estudios anteriores merecen destacarse las inéditas investigaciones, para Uruguay, realizadas en el área de la Antropología Biológica cuyos resultados comenzaron a difundirse en 1986. Realizadas inicialmente por Fernando Mañé Garzón, Renée Kolski y Mónica Sans, esta última ha sido la que de manera más intensa ha continuado con ellos hasta el presente. A través del estudio de distintos marcadores genéticos como “mancha mongólica”, dermatoglifos, “diente en pala” y otros, han podido determinar – también desde la Biología - que la población uruguaya posee una herencia de sangre indígena muy superior a la reconocida tradicionalmente (en realidad negada siempre), que en algunas zonas del país, especialmente la norte alcanza porcentajes realmente sorprendentes. Son numerosas las publicaciones en el Uruguay y el exterior que han ido revelando estas importantes evidencias (77).


    Ya mirando los últimos años merece citarse el aporte documental de Angel Corrales Elhordoy quien desde 1989 y hasta el 2003 editó una serie de importantes publicaciones donde se recopilan valiosas fuentes sobre la Guerra Guaranítica, algunas ya conocidas en el exterior y otras originales continuando actualmente con otras series (78). Por su parte Juan José de Arteaga publicó “Las consecuencias del tratado de Madrid en la desarticulación de la frontera demográfica de la Banda Oriental 1750-1761” (79) con interesante aporte conceptual y documental, mientras que el destacado investigador Fernando Mañé Garzón ha profundizado en la historia de la ciencia en Uruguay, analizando el gran legado de los jesuitas en distintas disciplinas científicas.


    Los estudios de Historia local y departamental han cobrado especial fuerza en los últimos años, enriqueciendo la disponibilidad de fuentes – caso por ejemplo del trabajo de Wilde Marotta sobre Soriano (80)- y el análisis de los procesos de formación poblacional de las distintas zonas del país, como lo ha hecho Alberto Cruz para Florida (81).
    Por último el investigador Diego Bracco ha publicado libros importantes en los últimos años, caso de “Charrúas, guenoas y guaraníes: interacción y destrucción”(82), en los que ofrece un destacado aporte documental tanto sobre los grupos nómades como los habitantes de las misiones.
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    Antonio Aparisi

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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    Conclusiones
    Podemos concluir que si bien las misiones jesuíticas y la presencia indígena misionera
    fueron motivo de tempranas referencias en algunos trabajos de corte histórico, no ocuparon un lugar destacado dentro de la producción historiográfica uruguaya sino hasta tiempos recientes. Este tardío interés se explica por la acción de distintos factores que demuestran, una vez más, que la producción historiográfica está profundamente determinada por las condicionantes de conflictividad socio-económica y político –ideológica de cada época. También la persistencia de una mitología nacionalista fundada en el charrúa como el “indio uruguayo” que avalaba el modelo cultural que impuso la dirigencia montevideana luego de tomar el control absoluto del país, contribuyó de manera decisiva a ese tardío interés o a no estimular esos estudios desde la estructura institucional del Estado.
    Las tempranas referencias o estudios sobre las misiones tuvieron csi siempre como motivo principal el interés en analizar la estructuración del actual territorio nacional a partir de la lucha de Imperios durante el período colonial así como la cuestión de los límites entre ambas coronas y las naciones independientes que continuaron aquella controversia. Especialmente en un país como el Uruguay que, injustificadamente, reclamaba como propio el territorio de las antiguas siete misiones orientales. Por eso también interesó el rol jugado por las misiones en la trayectoria política de figuras como los Grales. José Artigas y Fructuoso Rivera.
    Si bien la estructura institucional dedicada a los estudios históricos en Uruguay es muy débil, tanto en el ámbito estatal como privado, es llamativo que la mayoría de los principales aportes realizados al estudio de esta temática no han nacido de instituciones financiadas por el Estado sino de investigadores independientes. En ese sentido resulta especialmente curioso el aparente desinterés – al menos así parece reflejarlo la ausencia de publicaciones - de las cátedras de Historia de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación en las misiones y los misioneros. En el mismo sentido se destaca la escasa importancia que le ha dedicado la Iglesia Católica y las instituciones universitarias que le son afines.
    Otra conclusión elocuente es que la producción historiográfica también refleja el absurdo centralismo sobre el que se ha construido el Uruguay del siglo XX. Así Montevideo emerge monopolizando de manera casi absoluta la realización de investigaciones y la posterior publicación de las mismas, como fruto de concentrarse allí de manera totalmente hegemónica los centros oficiales para la investigación histórica, los recursos económicos para la financiación de dichas investigaciones y los principales repositorios documentales.




    http://www.estudioshistoricos.org/ed...car-padron.pdf
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  11. #51
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    La lucha por el dominio de la Banda Oriental


    Volvamos hacia atrás en el relato. Como ya quedó claramente establecido en el Capítulo 2, la disputa entre el gobierno de Buenos Aires y Portugal por la Banda Oriental fue heredada de los más que centenarios conflictos previos entre españoles y portugueses. Es conocido el hecho de que, a pesar de la vigencia del monopolio comercial español -por el que las colonias hispanoamericanas debían comerciar sólo con España-, los comerciantes porteños intercambiaban sebo o cueros a cambio de productos británicos en Colonia del Sacramento, foro predilecto de los comerciantes portugueses y británicos. Los productos ingleses adquiridos por los mercaderes porteños eran luego contrabandeados a las provincias de Buenos Aires y el Litoral. Es interesante observar al respecto que desde principios del siglo XIX el gaucho bonaerense utilizaba entre sus vestimentas típicas productos de origen inglés -tal es el caso de, por ejemplo, las espuelas de metal, provenientes de centros industriales británicos como Liverpool, y las bombachas pampeanas, importadas de Turquía por los británicos-. De este modo, desde la época colonial se fue forjando -de facto y no de iure- una comunidad de intereses entre los comerciantes ingleses, portugueses y porteños, identificados con la libertad de intercambio. Esta comunidad de intereses nada tenía que ver con las nacionalidades, reales o ficticias, a la vez que trascendía los límites entre las jurisdicciones. En este interesante fenómeno la Banda Oriental cumplió un papel doblemente significativo, como visagra entre Buenos Aires y Gran Bretaña, y entre la primera y Portugal. Pero este papel de visagra, sumado a la competencia más que centenaria entre hispano y lusoparlantes por la posesión de esas tierras, convertiría a la Banda Oriental en el foco de algunos de los más enconados conflictos que tuvo que afrontar el Río de la Plata en los primeros años de su vida autónoma.
    A partir de la Revolución de Mayo y la instalación de la Primera Junta en Buenos Aires en mayo de 1810, los marinos españoles descontentos con el nuevo régimen se refugiaron en Montevideo donde organizaron la oposición bajo los auspicios del ex virrey Cisneros, de la infanta Carlota y del ministro español en Río de Janeiro, marqués de Casa Irujo. El 1º de junio de 1810, el Cabildo de Montevideo resolvió reconocer a la Junta de Buenos Aires bajo ciertas condiciones a estudiarse por una comisión especial. Pero al día siguiente llegó la noticia de la instalación del Consejo de Regencia en Cádiz, lo que produjo un cambio en la actitud del Cabildo montevideano, pues el 6 de junio hizo notificar a Buenos Aires que sólo reconocería a su gobierno si éste a su vez expresaba su adhesión al Consejo. Entonces los miembros de la Junta, que en modo alguno estaban dispuestos a reconocer a ninguna autoridad española alternativa a la del rey Fernando VII, encomendaron en misión especial a Montevideo a su secretario Juan José Paso, quien expuso ante el Cabildo de Montevideo los motivos por los cuales Buenos Aires no reconocía al Consejo de Cádiz y exhortó a unir todos los esfuerzos ante la amenaza de una posible expansión portuguesa y demás enemigos exteriores. Pero Paso no logró convencer al Cabildo montevideano y concluyó su misión.
    Ante el inminente conflicto con Buenos Aires, las autoridades españolas de Montevideo solicitaron el apoyo de los marinos británicos destacados en el Río de la Plata, de la infanta Carlota y de su consorte el príncipe regente de Portugal, alegando los derechos eventuales de la princesa al trono español y los intereses comunes de España y Portugal en la lucha contra Napoleón. El capitán Elliot, jefe naval británico, se excusó de intervenir, fiel a la línea prudente del Foreign Office. Por su parte, la infanta Carlota ofreció a los montevideanos ayuda militar a través de su enviado Felipe Contucci, pero el gobierno de Montevideo no se animó a aceptar el apoyo portugués.
    Estos manejos fueron denunciados el 1º de agosto de 1810 por la Junta de Buenos Aires a lord Strangford como una amenaza a la integridad de las posesiones españolas que Gran Bretaña estaba en el deber de impedir. A la vez, la Junta porteña cortó comunicaciones con Montevideo, y el gobernador realista José María Salazar contestó con la declaración del bloqueo de Buenos Aires, pidiendo además el auxilio de los buques británicos para hacer efectivo dicho bloqueo.
    Finalmente, el 25 de octubre de 1810 el agente De Courcy, enviado por Londres, señaló al gobierno de Montevideo la necesidad de limitar el bloqueo para no dañar los intereses mercantiles británicos. Montevideo aceptó y esta limitación anuló de hecho los efectos negativos del bloqueo tanto para Buenos Aires como para los británicos. Fue un triunfo diplomático de la Junta porteña. El Consejo de Cádiz, en reclamo presentado al Foreign Office el 19 de marzo de 1811, protestó contra la actitud de los agentes británicos, que para el Consejo de Regencia representaba una intromisión de Gran Bretaña en asuntos españoles.
    El segundo capítulo de las disputas entre Montevideo y Buenos Aires se inició cuando la Junta porteña rechazó las pretensiones del virrey Francisco Javier de Elío, gobernador y comandante en jefe español de Montevideo, reemplazante de Salazar, quien pretendió ser reconocido en calidad de tal por la Junta de Buenos Aires y exigió a esta ciudad el envío de diputados a las Cortes. La Junta rechazó las pretensiones de Elío y se negó a recibir a su enviado. Como respuesta, Elío decretó un segundo bloqueo a Buenos Aires.
    Casi simultáneamente con la llegada del nuevo virrey a Montevideo, emergió en la Banda Oriental un movimiento rural insurgente liderado por José Gervasio Artigas. La rebelión fue proclamada por un grupo capitaneado por Venancio Benavídez el 28 de febrero de 1811, hecho que se ha llamado el Grito de Asencio. Con el fin de apoyar la acción de los patriotas uruguayos, la Junta de Buenos Aires ordenó al general Manuel Belgrano, todavía en el Paraguay, marchar con sus tropas a la Banda Oriental, al mismo tiempo que le enviaba refuerzos desde Buenos Aires. Estos, al mando de José Rondeau, se dirigieron hacia Arroyo de la China y este militar quedó finalmente al mando de todas las tropas porteñas cuando Belgrano debió dirigirse a Buenos Aires a rendir cuentas por el resultado de su expedición al Paraguay. En mayo de 1811, Elío solo dominaba Montevideo y Colonia pues el ejército patriota había logrado avanzar hasta Canelones. Artigas llegó primero a Montevideo e intimó la rendición de la ciudad, que quedó sitiada. Rondeau no creyó posible tomar la ciudad por asalto y acampó en Miguelete.
    La persistencia del sitio de Montevideo motivó que Elío aceptara la ayuda militar ofrecida por la corte lusitana desde tiempo atrás. Este suceso otorgaba al príncipe regente y a la infanta Carlota la oportunidad esperada para concretar sus deseos de dominar el Río de la Plata. En consecuencia, Portugal envió tropas hacia la Banda Oriental. Por su parte, el embajador británico lord Strangford no sólo protestó contra la invasión lusitana, sino que también se ofreció a mediar entre el gobierno de Buenos Aires y el de Montevideo. El regente de Portugal deseaba también intervenir en la mediación, con la esperanza de conseguir algo para sí.
    Pero la vulnerabilidad de la posición del gobierno de Buenos Aires a causa de los dos cañoneos sufridos por la ciudad, la derrota de las fuerzas patriotas en el Alto Perú, que dejaba todo el norte a merced de los realistas, y el avance portugués en la Banda Oriental llevaron a la Junta a entrar en negociaciones con Elío para eliminar uno de los frentes de lucha. El Primer Triunvirato, sucesor de la Junta, concertó con Elío una tregua en un tratado firmado en Montevideo el 20 de octubre de 1811, que restablecía el dominio español sobre la Banda Oriental y una parte de Entre Ríos, y disponía el levantamiento del sitio de Montevideo y del bloqueo a Buenos Aires. No obstante, el tratado firmado por los enviados del gobernador montevideano y del gobierno porteño rápidamente mostró sus debilidades. Fue desaprobado por las Cortes de Cádiz, rechazado por la princesa Carlota de Portugal -que lo consideraba fruto de la debilidad de Elío-, y también objetado por el caudillo Artigas, quien alegaba que dado su carácter de "Jefe de los Orientales" debía haber tenido participación en la negociación. En consecuencia, éste resolvió no aceptar lo dispuesto por el acuerdo y, llevando consigo a una gran parte de la población uruguaya -unas 16.000 personas-, se dirigió a Ayuí, Entre Ríos, en un movimiento para huir de realistas y portugueses conocido como el "éxodo oriental". (1)
    De esta manera, surgió Artigas como caudillo campeón de la independencia de Montevideo, desafiando tanto al gobernador de dicha ciudad, el realista Elío, como a la corte portuguesa en Brasil. El nuevo gobernador español Gaspar de Vigodet, reemplazante de Elío pero ya sin el título de virrey, exigió el inmediato retiro de Artigas. Pero como el Triunvirato había acordado a éste un socorro de 5.000 hombres, Vigodet declaró roto el armisticio y decretó nuevamente el bloqueo de Buenos Aires. El Triunvirato propuso entonces retirar a Artigas a cambio del retiro de los portugueses. Por su parte el jefe de las tropas portuguesas, Diego de Souza, buscando un pretexto para no abandonar la Banda Oriental exigió también el retiro de Artigas y que el Triunvirato lo declarara rebelde, lo que el gobierno porteño no aceptó y por lo cual los portugueses no se retiraron.
    Planteada esta situación, el Triunvirato comunicó a Strangford su intención de dirigir a Souza un ultimátum exigiendo su inmediato retiro, bajo amenaza de declararle la guerra en caso de resistirse. Este fue enviado en abril de 1812. Lord Strangford asumió una enérgica acción ante la actitud portuguesa, pues no podía tolerar la guerra entre Buenos Aires y el Brasil portugués en momentos en que Gran Bretaña estaba aliada con España a causa de la ocupación napoleónica, y se encontraba además en guerra con Estados Unidos. Strangford exigió que Portugal se declarara neutral en las cuestiones internas del Río de la Plata. En oficio de abril de 1812 informó al gobierno de Buenos Aires que la corte de Brasil iba a enviar al teniente coronel Juan Rademaker para negociar un armisticio sobre la base de la evacuación de las tropas lusitanas y españolas -entendiéndose por estas últimas las que obedecían al gobierno provisional de Buenos Aires que mandaba en nombre del rey Fernando VII- a sus respectivas fronteras, lo cual tendría la garantía de Gran Bretaña. Strangford mencionaba su deseo de que la negociación comprendiera también a la plaza de Montevideo. La noticia fue recibida con beneplácito en Buenos Aires. El mismo día de su llegada a esta ciudad -26 de mayo de 1812-, Rademaker firmó un armisticio con el secretario del gobierno Nicolás Herrera, estipulando que no podrían reanudarse las hostilidades sin un preaviso de tres meses y que se impartirían las órdenes para que las tropas de las partes contratantes se retiraran. Pero el conflicto de Montevideo quedó pendiente porque el Triunvirato no aceptó la inclusión de esa plaza en el acuerdo. El armisticio Rademaker-Herrera fue el primer tratado internacional celebrado por las Provincias Unidas con una potencia extranjera. El príncipe regente ratificó el armisticio y ordenó a Souza -que se resistía- evacuar el territorio oriental. Luego presentó al gobierno de Buenos Aires algunas reclamaciones por el comportamiento de Artigas, que mantenía un estado de alarma en la frontera. (2)
    Por su parte, el Triunvirato, considerando que obtenida la neutralidad del Brasil y el retiro de las tropas de Souza sería inútil toda resistencia de los españoles de Montevideo, envió al coronel Marcos Balcarce y al consejero Manuel José García a proponer la reincorporación de la Banda Oriental al resto de las provincias del Río de la Plata. Los emisarios no fueron recibidos por Vigodet pero le enviaron la propuesta que éste rechazó a principios de septiembre. Esto provocó que el 20 de octubre de 1812 se iniciara el segundo sitio de Montevideo, justo un año después de haberse levantado el primero. (3)
    Resulta interesante observar cómo la rivalidad entre Portugal (cuyo gobierno y corte estaban asentados en Río de Janeiro) y Buenos Aires por el territorio de la Banda Oriental estaba alimentada por los temores de la monarquía portuguesa (y posteriormente la brasileña) de que la causa republicana se extendiera subversivamente a su propio territorio. Testimonio de este temor es la nota de 1813 del intendente de policía de la corte de Portugal, Paulo Fernández de Vianna, que decía:


    El proyecto de estos revolucionarios (de Buenos Aires) consiste, por ahora, en malquistar a los de Montevideo con nuestra corte y mostrarse como mejores, pero lo que está asentado en acuerdo fundamental de la revolución es que apenas se consolide la de ellos, revolucionar las provincias del Brasil y hasta mismo separarse de Inglaterra cuando dejen de precisar de ella. (4)


    También reclamaría la corte del Brasil por el decreto dictado por la Asamblea General Constituyente el 4 de febrero de 1813 que otorgaba la libertad a todo esclavo por el hecho de pisar suelo argentino. Por mediación de Strangford se obtuvo la modificación de ese decreto a fin de excluir a los esclavos fugitivos de Brasil.
    Por otro lado, la aparición de Artigas en el Litoral implicó una revolución social que rompió con los clivajes sociales previos e incluso resultó demasiado radical para el gobierno de Buenos Aires. No obstante, cuando se estableció el Segundo Triunvirato en octubre de 1812, éste repudió el acuerdo anterior con los realistas de Montevideo y estableció una alianza corta y bastante hipócrita con Artigas. Pero mientras esta alianza militar estaba vigente, el gobierno de Buenos Aires se movilizó para dejar al caudillo oriental fuera de la Asamblea Constituyente de 1813. Como consecuencia de esta traición, Artigas y sus fuerzas abandonaron al ejército de Buenos Aires, que sitiaba Montevideo pero aún no había logrado tomarla, y se marcharon hasta las orillas del río Uruguay, acción que todavía es objeto de debate y que algunos explican por el supuesto temor de Artigas a que la caída de Montevideo fortaleciera a Buenos Aires en contra de él y su causa. El gobierno de Buenos Aires lo declaró traidor y envió fuerzas a combatirlo pero éstas fueron vencidas.
    Mientras tanto enviado con refuerzos desde Buenos Aires, el general Carlos María de Alvear se dirigió a la Banda Oriental donde reemplazó a Rondeau en el mando de las tropas. Por su parte el almirante Guillermo Brown había establecido el bloqueo marítimo a Montevideo. Rodeado por agua y por tierra, el gobernador español Vigodet se vio obligado a entrar en negociaciones con Alvear y el 23 de junio de 1814 Montevideo se rindió a las tropas de Buenos Aires. En julio, el gobierno de Buenos Aires nombraba a Nicolás Rodríguez Peña gobernador intendente de la Provincia Oriental. Persuadido de que el artiguismo representaba una fuerza difícil de vencer y útil de conquistar, Alvear llegó a un acuerdo con representantes de Artigas a comienzos de julio, por el cual se restablecía el honor y la reputación de Artigas y se lo nombraba comandante de campaña de la Banda Oriental. Poco después, luego de dejar sus tropas a las órdenes de Soler y Dorrego, Alvear regresaba a Buenos Aires.
    No obstante, al poco tiempo recrudeció la lucha entre porteños y orientales. Artigas renovaba su alianza con los caudillos del Litoral y se convertía rápidamente en una figura dominante en la región. A su vez, el gobierno de Buenos Aires intentaba derrotarlo militarmente. La guarnición de Montevideo fue reforzada y volvieron a producirse choques con las fuerzas artiguistas. Dorrego derrotó a Otorgués, pero en enero de 1815 fue vencido por Fructuoso Rivera. En consecuencia, el general Alvear, nuevo director supremo, ordenó a las tropas de Buenos Aires la evacuación de Montevideo. En febrero de 1815, Otorgués fue designado por Artigas gobernador militar de Montevideo. Consolidada la autoridad de Artigas en la Banda Oriental, el caudillo rápidamente extendió su zona de influencia a Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe y también a Córdoba; incluso a las Misiones orientales por la acción de su hijo adoptivo.
    De esta manera, Artigas estableció la denominada Liga de los Pueblos Libres, que tenía un fuerte elemento de protesta social. Artigas buscaba una completa participación política para las clases más bajas y para los grupos raciales subordinados. Desde la perspectiva comparativamente conservadora de Buenos Aires, Artigas se había convertido en un grave peligro para la unidad revolucionaria y para el orden establecido. No obstante, su influencia decrecería poco tiempo después, cuando cometió el error de rehusar mandar delegados al Congreso de Tucumán de 1816.
    Sin duda, y durante varias décadas posteriores al reconocimiento formal de la independencia uruguaya, los asuntos internos uruguayos y argentinos no pudieron ser separados y formaron parte de la misma realidad doméstica. En este plano podemos ser testigos nuevamente de hasta qué punto fue y aún es artificial hablar técnicamente de auténticas nacionalidades diferenciadas en la América hispana. Otra conclusión que surge claramente de estos eventos es que un orden social y político que se deshace no es reemplazado por otro con facilidad. Por el contrario, la crisis que emergió era generalizada, y prácticamente todo estaba sujeto a la duda y a la disputa.
    Por cierto, Artigas y su pretensión de extender su influencia al Litoral planteó un dilema complicado para el director supremo Alvear. Este no pudo llegar a un acuerdo con el caudillo oriental ni por la vía diplomática ni por la fuerza de las armas. Las tres misiones diplomáticas (del ministro Herrera, el coronel Galván y el almirante Brown) fracasaron estrepitosamente, y cuando se apeló a la fuerza, se produjeron deserciones de ejércitos enteros que apoyaban a Artigas. Finalmente Alvear cayó derrocado por su propia debilidad. El ejército del Alto Perú le negó obediencia, el general José de San Martín apoyó desde Mendoza esta actitud rebelde, y el Cabildo de Buenos Aires, a pesar de sus manifestaciones públicas contra Artigas, pidió el derrocamiento del director. (5)
    Por otra parte, debido a la situación europea a partir de 1815, con el regreso de Fernando VII al trono español, la diplomacia británica decidió bajar sus decibeles en la cuestión de la Banda Oriental, que resultaba un tema sensible para la diplomacia española; el embajador Strangford cumplió instrucciones en este sentido frente a sus interlocutores en la corte de Río de Janeiro. Pero la corte y los ministros brasileños, más allá de las reticencias británicas en este tema, aún acariciaban planes de conquista en el Río de la Plata.
    Durante mucho tiempo se habían desarrollado negociaciones secretas con un partido porteño. Por cierto, las intrigas de la infanta Carlota, alentadas por patriotas porteños, habían continuado después de la Revolución de Mayo. La conflictiva situación interna del Río de la Plata hacía que la corte portuguesa en Brasil pretendiera presentarse ante los miembros del gobierno de Buenos Aires como una posible tabla de salvación para paliar esa inestabilidad interna. Como ilustración de esta pretensión, véase la siguiente carta a la Junta porteña del enviado portugués, Carlos J. Guezzi, que afirmaba:


    V.E. ha sentido ciertamente que la solucion de estas importantes questiones, dependia substancialmente de la union de todas las Provincias, que componen el Vireynato, del establecimiento de un govierno provisional que representase el anterior poder egecutivo, y de la garantia que el mismo govierno ofreciese en sus relaciones interiores y exteriores en virtud de su organisacion.
    Con este fin V.E. ha solicitado la reunion de deputados de las provincias, para que se encargaran provisionalmente del govierno del vireynato. Si este plano se hubiera realizado no dudaria un instante en asegurar que la corte de Brazil, en union con el comun aliado el Rey de la Gran Bretaña hubieran garantido el nuevo orden de cosas. Pero infelismente la division de opiniones se ha manifestado desde el principio, y los intereses personales sufocando el espiritu de moderacion, y templanza hacen recelar que sea ya imposible la reunion de opiniones sin convulsion, y medidas ruidosas, que deven necesariamente inquietar la potencia que tiene un interes mas inmediato en la quietud y orden de estas Provincias.
    En tal estado de cosas ¿no seria acaso conveniente que la corte del Brazil interpusiese sus buenos oficios para la convocacion de deputados, para el establecimiento de un orden fixo, e invariable de administracion provisional, y que saliese garante del nuevo sistema de govierno? (6)


    Más adelante, cuando ya había emergido la amenaza artiguista, y cuando para colmo el regreso de Fernando VII al trono de España suscitó temores de una expedición española de reconquista, el partido carlotista porteño tuvo nuevamente motivos para aceptar la intervención de Portugal en la Banda Oriental. Esto no significa, por supuesto, que dicha política tuviera consenso en Buenos Aires. Por cierto, el director supremo Antonio González Balcarce cayó por la fuerte oposición en Buenos Aires a su política de no socorrer a la Banda Oriental, cuando se conoció la noticia de la invasión portuguesa. (7)
    Sin embargo, cuando llegaron a Brasil tropas portuguesas de Europa, ni la oposición de algunos sectores porteños ni las protestas británicas sirvieron de mucho. A fines de junio de 1816, las tropas portuguesas entraron en territorio de la Banda Oriental y en enero de 1817, el general Carlos Federico Lecor ocupó Montevideo. Por otra parte, e ilustrando claramente la inexistencia de un Estado nacional argentino y la debilidad del sentimiento de nacionalidad aun frente a los lusoparlantes, la ocupación portuguesa de la Banda Oriental fue aceptada por el Congreso de Tucumán como represalia a la convocatoria de Artigas a las provincias del Litoral para que se le unieran, efectuada en la localidad de Paysandú el año anterior, y a la persistencia del caudillo en su negativa a someterse a la autoridad del director supremo y del Congreso. (8)
    Según la mayoría de los historiadores argentinos, el director supremo Juan Martín de Pueyrredón, reemplazante de Antonio González Balcarce, realizó una serie de vanos esfuerzos tendientes a negociar con Artigas la reincorporación de la Banda Oriental al resto de las Provincias Unidas y la sumisión del caudillo al gobierno central. Cumplidos estos pasos Artigas habría recibido auxilio para su lucha contra los portugueses. Pero el fracaso de Pueyrredón fortaleció los argumentos de aquellos sectores que desde el gobierno de Buenos Aires eran partidarios de la invasión lusitana y la incorporación de la Banda Oriental a la corte de Portugal como un precio aceptable a cambio de la eliminación de la amenaza artiguista, que no sólo era subversiva en lo social sino que podía llevar consigo, en su impulso secesionista, a las provincias del Litoral.
    La existencia dentro del gobierno porteño de voces que veían en la anexión de las provincias del Plata a la autoridad del rey de Portugal la forma de lograr una estabilidad política que Buenos Aires buscaba afanosamente desde 1810 se encuentra documentada en la correspondencia de la época. Asimismo aparecen los peligros implícitos en tal postura. Ejemplo de ello es la nota enviada por Henry Chamberlain al vizconde Castlereagh en julio de 1816, precisamente cuando en Tucumán se declaraba solemnemente la independencia de las Provincias Unidas del Sur:


    El importante contenido de este Despacho espero que impondrá a V.E. de las miras de este Gobierno respecto de sus vecinos sureños, y aclarará el misterio que durante tanto tiempo ha obscurecido la verdadera razón por la cual la División al mando del General Lecor fue separada del ejército de Portugal.
    Este propósito, Milord, es nada menos que apropiarse de todas las Provincias que constituían el antiguo Virreinato de Buenos Ayres mediante un entendimiento secreto con las personas al frente de los Gobiernos locales y anexarlas al Reino del Brasil con el título de "Imperio de la América del Sur". (...)
    Sin embargo, el proyecto no es nuevo en forma alguna, y los diversos Gobiernos de Buenos Ayres lo han suscitado en varias ocasiones desde el año 1810 hasta el día de hoy, cuandoquiera que han experimentado serios temores de peligro, y habiéndose convencido ahora por la triste experiencia de seis años de males que es imposible alcanzar la Independencia por sus propios medios, los jefes de todos los partidos parecen haber resuelto poner fin a la revolución y arrojarse en brazos del Rey de Portugal y Brasil (que durante mucho tiempo ha deseado secretamente poseer esas excelentes Provincias) como el solo medio de lograr los dos únicos grandes objetivos por los cuales confiesan que han estado realmente luchando en los últimos tiempos -comercio libre con el resto del mundo, y seguridad contra las consecuencias que temen si llegan alguna vez a encontrarse nuevamente bajo su antiguo soberano (...)
    (...) Mientras tanto, no hay razón para creer que Artigas esté al tanto de este arreglo, aunque es por cierto probable que los Diputados enviados recientemente desde Buenos Ayres para tratar con este Jefe tengan encargo de ganarlo a su causa, lo que es imposible, sin embargo, según dicen sus amigos de aquí. Si llevan una Misión semejante y no tienen éxito, o si Artigas descubre que el Gobierno de Buenos Ayres está tratando de engañarlo, no me sorprendería que constituya un fatal obstáculo para la ejecución del proyecto. (9)


    Este proyecto del gobierno de Buenos Aires de anexión al dominio portugués, con sus muchas indecisiones y ambigüedades, fue evidenciado por el propio rey de Portugal, de quien, pocos días antes de su recién citada misiva, Chamberlain dijera que:


    Reconoció que el "llamado" Gobierno de Buenos Aires (empleo la expresión de Su Majestad, el Rey de Portugal) deseó en una oportunidad unirse a él y formar un Estado, pero que ahora ellos habían cambiado por completo su manera de pensar y estaban resueltos a ser independientes y gobernarse por sí mismos. (10)


    Por otra parte, un contundente testimonio de la inestabilidad interna del Río de la Plata y del desafío artiguista al poder porteño es el informe de Paulo Fernandez de Vianna al Príncipe Regente en julio de 1815, donde Vianna afirma lo siguiente:


    No dejo de reconocer que los revolucionarios del Río de la Plata, desengañados por no poder establecer tranquilamente el gobierno que pretendían, luchando entre partidos que no han podido conciliarse, especialmente luego de que Artigas desorganizó de su sometimiento a toda la margen oriental con la nueva toma de Montevideo y amenaza asimismo a entrar en Buenos Aires, los ha llevado a la desesperación que ocasiona la deserción que de allí han hecho los mismos revolucionarios, que temen su llegada (...). (11)


    Otro testimonio de la complicada situación rioplatense, y de cómo este factor justificaba la búsqueda de candidatos externos, es el comentario escrito atribuido por Fernandez de Vianna a Gervasio Posadas:


    Es en general deplorable hasta el extremo la situación del país (...) las ideas de federalismo encendidas y manifestadas, como nunca, han producido la rivalidad de provincia a provincia, y de pueblo en pueblo (...).
    La opinion de ser necesaria una persona de afuera con poder y relaciones para que dirija nuestra independencia, en la boca de muy pocos, pero en el corazon de muchos.
    Yo ni habitaria el pais, sino esperara que pudiendo un dia ser mi influxo bastante poderoso lo podre emplear en preparar la opinion en orden a constituirnos bajo los auspicios del Principe Regente haciendo un solo estado con los que hoy govierna, (...). (12)


    La lucha por el dominio de la Banda Oriental
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    Antonio Aparisi

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    LA PROTESTA DE ROSAS y LA POLÉMICA


    Por R. ANTONIO RAMOS










    LA PROTESTA DE ROSAS






    Si el Paraguay y el Brasil celebraron jubilosos el reconocimiento, la Confederación Argentina lo recibió con desagrado. Rosas no estaba dispuesto a aceptar un acto semejante. El 7 de enero de 1845, Felipe Arana, ordenó a Tomás Guido, ministro argentino en Río de Janeiro, que «proteste debidamente ante el Gob.º Imperial» por el reconocimiento de la independencia del Paraguay al cual la Confederación Argentina «no le dá fuerza ni valor alguno...» (1) El mandato fue cumplido el 21 de febrero de 1845.


    La nota de Guido, dirigida a Ernesto Ferreira França, era la primera de la serie que presentará al gobierno brasileño sobre la independencia del Paraguay, hasta fines de 1849. En repetidas oportunidades insistirá sobre el mismo punto, pero siempre sus argumentos adolecerán de consistencia, porque no estaban construidos sobre el material de la verdad. La polémica no favoreció al representante de Rosas, sus razonamientos fueron rebatidos sucesivamente por los agentes de la Corte de San Cristóbal. Nada pudieron su talento, ni su tenacidad, ni su práctica diplomática para contrarrestar las contestaciones brasileñas. En el ardor de la polémica el lenguaje subió de tono. La discusión estimuló la agresividad de Guido, pero no le insufló densidad en sus afirmaciones. El gobierno imperial, por su parte, no decayó en la controversia. En mayo de 1850, por intermedio de Paulino José Soares de Souza, mostróse más enérgico, cortante y abiertamente provocativo.


    El argumento troncal de Guido para justificar lo que llamaba «desmembración de una parte importante del territorio argentino», como consecuencia del reconocimiento de la independencia del Paraguay por el Brasil, era que la formación de las repúblicas americanas tenía por base «la división preexistente de los Virreinatos y Capitanías generales bajo la dominación española». El Paraguay, no declaró durante la lucha contra el poder español, «su voluntad de separarse de la comunidad a que pertenecía», quedando «virtualmente como parte integrante de la República Argentina.» El gobierno argentino no renunció a ninguno de sus derechos al consagrarse a conquistar la independencia, con lo cual defendía al Paraguay, que no participó de los sacrificios comunes; obraba inspirado por una política americana de utilidad recíproca y agregaba que admitir las pretendidas nacionalidades era establecer «un precedente tan peligroso a los intereses del imperio, como útil a las miras de la politica antiamericana». Al considerar inoportuno el reconocimiento de la independencia del Paraguay por el Emperador del Brasil, Guido declaraba «que la Confederación Argentina no le da fuerza ni valor alguno, y en ningunas circunstancias tendrá por válidas y subsistentes cualesquiera actos que en aquella razón se practicasen, ni prestará atención a las pretensiones y reclamaciones que sobre él se promoviesen». Alegó también en apoyo de su pretensión, que el ex ministro de negocios extranjeros, Carneiro Leão, le había preguntado el 18 de marzo de 1843, si cual era la política que la Confederación seguiría con respecto al pedido del reconocimiento de la independencia del Paraguay; que le había contestado con franqueza, manifestándole las razones que impedían al gobierno argentino a prestarse a ese reconocimiento; y que el mismo ex ministro le prometió, en consideración a que la legación argentina carecía de las instrucciones pertinentes, suspender el aludido reconocimiento; que el gobierno de la Confederación Argentina declaró en su mensaje a la legislatura del 27 de diciembre de 1843 no poder dar su aquiescencia a la solicitud del Paraguay; que el gobierno imperial conocia por ese documento público la marcha política de la Confederación, y que, no obstante, reconoció «la desmembración de una parte importante del territorio Argentino» sin consideración a los derechos de la misma Confederación y a las mutuas conveniencias de ambos países. (2)


    La argumentación de Rosas no respondía al principio que enarbolaron las colonias españolas al separase de la metrópoli: la autodeterminación de los pueblos. Como consecuencia de la desaparición del poder real, esos pueblos asumieron sus derechos para decidir de sus destinos, y sobre esa base se constituyeron en Estados libres y soberanos. Esta doctrina la enunció el Paraguay a la Junta de Buenos Aires en la nota del 20 de julio de 1811.


    La protesta de Guido fue sometida a consideración del Consejo de Estado. La Sección de negocios extranjeros, que estaba integrada por Honorio Hermeto Carneiro Leão, Cayetano María López Gama y Bernardo Pereira de Vasconcellos, en su sesión del 11 de junio de 1845, por orden del Emperador transmitida el 4 de marzo por aviso del secretario de Estado, examinó la nota del ministro argentino del 21 de febrero, «documento notable por los principios y doctrinas que emite y por la política invasora que manifiesta ser la del Gobernador Rosas. En verdad, desde hacía tiempo – juzgaba la Sección – se podía sospechar sus pretensiones de someter a la soberanía y gobierno de la Confederación Argentina todas las Provincias que formaban parte del Virreinato de Buenos Aires, pero el Gobernador Rosas se guardaba de manifestar clara y positivamente esas pretensiones, como ahora lo hace en la Nota de su Ministro Plenipotenciario en esta Corte». (3)


    El general Guido refirió «arteramente» su conferencia con el ministro Carneiro Leão y fue él quien prometió solicitar instrucciones para hacer las aclaraciones que se le pedía. Refirió también que su gobierno manifestó a la Cámara de Representantes no haber accedido a los deseos del Paraguay y que esa declaración se comunicó al gobierno de Asunción. La Sección advertía que el mismo general Guido quería que con ese hecho el gobierno imperial tuviese un documento claro para conocer la política seguida por la Confederación; «cuanto que ese hecho serviría para manifestar la política tortuosa y artera del Gobernador, pues ni en esa comunicación a la Sala de Representantes se expresan los motivos que mueven a la Confederación, ni se rechaza formalmente el reconocimiento de la independencia del Paraguay». Si este hecho tuviese valor, se le podrá oponer que el gobierno imperial precedió al de la Confederación en dar a conocer su política con respecto al Paraguay, «como consta en las comunicaciones verbales y escritas que los ex Ministros de 1843 hicieron ante la Asamblea General del Brasil», a lo cual se debe agregar que Paulino José Soares de Souza, también ex ministro de negocios extranjeros, instruyó al general Guido, antes del 27 de diciembre de 1843, del nombramiento de un encargado de negocios para el Paraguay. (4)
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    Antonio Aparisi

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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    El general Guido refirió «arteramente» su conferencia con el ministro Carneiro Leão y fue él quien prometió solicitar instrucciones para hacer las aclaraciones que se le pedía. Refirió también que su gobierno manifestó a la Cámara de Representantes no haber accedido a los deseos del Paraguay y que esa declaración se comunicó al gobierno de Asunción. La Sección advertía que el mismo general Guido quería que con ese hecho el gobierno imperial tuviese un documento claro para conocer la política seguida por la Confederación; «cuanto que ese hecho serviría para manifestar la política tortuosa y artera del Gobernador, pues ni en esa comunicación a la Sala de Representantes se expresan los motivos que mueven a la Confederación, ni se rechaza formalmente el reconocimiento de la independencia del Paraguay». Si este hecho tuviese valor, se le podrá oponer que el gobierno imperial precedió al de la Confederación en dar a conocer su política con respecto al Paraguay, «como consta en las comunicaciones verbales y escritas que los ex Ministros de 1843 hicieron ante la Asamblea General del Brasil», a lo cual se debe agregar que Paulino José Soares de Souza, también ex ministro de negocios extranjeros, instruyó al general Guido, antes del 27 de diciembre de 1843, del nombramiento de un encargado de negocios para el Paraguay. (4)


    La Sección, sin entrar a considerar los rodeos con los cuales el ministro argentino trataba de justificar la «política artera y la falta de franqueza de su Gobierno», juzgaba de su deber llamar la atención sobre tres puntos principales de la nota de Guido, a saber; «1º) aquél en que se considera el reconocimiento de la independencia del Paraguay como la aprobación de un desmembramiento de una parte importante del territorio argentino; 2º) aquél en que se alega haber sido base para la división geográfica de las Repúblicas de América del Sur, la división preexistente de los Virreinatos y Capitanías Generales durante la dominación española; 3º) la especie de amenaza al Brasil de que se levantaren en sus Providencias nuevas nacionalidades que podrían ser reconocidas, como él reconoce al Paraguay.» (5)


    El parecer de la Sección quedó concretamente acordado en la forma siguiente:


    «1º) Que se responda a la nota del general Guido contraprotestando contra las intenciones manifiestas de parte de la Confederación Argentina de anular la independencia y soberanía del Paraguay, anexándolo al territorio de la Confederación. Conviene que en esa respuesta se demuestre que la independencia del Paraguay data de la misma época que la de las otras Provincias que constituían el Virreinato de Buenos Aires; y que se alegue que desde esa época nunca el Paraguay estuvo unido a Buenos Aires, conservándose siempre con Gobierno separado e independiente». La proclamación de 1842 no daba derechos a la Confederación Argentina puesto que el Paraguay no estuvo unido a ella anteriormente. Este pronunciamiento era la manifestación de la resolución de esta república de abandonar el régimen de aislamiento, impuesto por la dictadura del Dr. Francia y de establecer un gobierno libre. Además debe mostrarse que la política del Brasil no era nueva. Desde 1824 trató al Paraguay como país independiente; lo prueban los nombramientos de los representantes diplomáticos del Imperio ante el gobierno de Asunción, especialmente el del consejero Antonio Manuel Correa da Cámara, quien fue recibido en Itapúa por el dictador Francia. «Convendrá, por fin, mostrar que la base que el Gobierno de la Confederación Argentina parece pretender establecer para la división de las Repúblicas de América del Sur, esto es, la división de los Virreinatos y Capitanías Generales durante la dominación española, ataca la independencia de Gobiernos solemnemente reconocidos y manifiesta tener el Gobierno Argentino una política invasora a la que el Brasil se debe oponer.


    «2º) Que se comunique la nota del general Guido a los Gobiernos de la República Oriental, de Bolivia y del Paraguay. La base que el general Guido parece proclamar para el establecimiento de las Repúblicas independientes de la América Meridional ofende los derechos de esas Repúblicas, cuyo territorio, en todo o en parte, virtualmente se pretende que pertenece a la Soberanía de la Confederación Argentina. La comunicación de esta Nota al Gobierno del Paraguay podrá servir para ponerlo en guardia contra el de la Confederación y el Encargado de Negocios sirviéndose hábilmente de ella puede estrechar las relaciones del Gobierno Imperial con el del Paraguay para obtener un ventajoso tratado.


    «La Sección pide licencia – continua exponiendo el parecer – a Vuestra Majestad Imperial para recomendar respetuosamente la conveniencia del establecimiento de una Colonia militar en la margen del Yguazú o Río Grande de Curitiba en su confluencia con el Paraná y la apertura de un camino militar que comunique dicha Colonia con las Ciudades de Curitiba yParanaguá. Estando la Confederación Argentina en posesión de la Isla de Martin Garcia, le es fácil impedir toda la comunicación que el Gobierno Imperial quiera tener con el Paraguay por el Río de la Plata; y por lo que toca a la comunicación por tierra que se hace actualmente por la Provincia de Río Grande del Sur, será impedida fácilmente por la Confederación Argentina, luego que ésta ocupe de nuevo la Provincia de Corrientes, ahora disidente de la Confederación. Cumple pues que el Gobierno Imperial se habilite para poder socorrer a1 Paraguay cuando sea invadido por la Confederación, apresurando el establecimiento de la referida Colonia, necesaria además para la seguridad y defensa de nuestras fronteras». (6)


    El parecer fue aprobado por Don Pedro II el 24 de julio de 1845. En él se fijaba claramente la política del Imperio con relación al Paraguay y a la Confederación Argentina. En síntesis, la Sección de negocios extranjeros del Consejo de Estado confirmó el reconocimiento de la independencia del Paraguay por el Brasil como un medio de contrarrestar el poder de Rosas y la reconstrucción del virreinato del Río de la Plata. Estableció, en consecuencia, que el Imperio debía oponerse a la formación de las nacionalidades sobre la base de los virreinatos y capitanías generales. Era la política tradicional del Brasil, que en sus cuestiones con los países desprendidos de los antiguos dominios españoles, no favoreció «en hipótesis alguna la reconstrucción de cualquiera de estos Virreinatos» y negoció siempre por separado con cada uno de esos países. (7) Buscó poner en guardia al Paraguay y preparar al Imperio para defender a aquél en el caso de ser invadido por la Confederación Argentina. Llama la atención que, ya en aquella época, el Brasil se propuso construir un camino que permitiese la unión del Paraguay con el Atlántico. Con él, al defender sus propios intereses, ofrecía al Paraguay la alternativa de disponer de otra salida, además del Paraná, para comunicarse con el mundo y salvarse de la clausura, siempre posible, de las vías fluviales del sur. Esta iniciativa se cumplió en este siglo, completándose su ejecución con el puente sobre el río Paraná.


    Cinco días después de la aprobación del Emperador, el ministerio de negocios extranjeros respondió a la protesta de Rosas, por intermedio de Antonio Paulino Limpo de Abreu, después vizconde de Abaeté, quien había sucedido en esa secretaría de Estado a Ferreira França. El canciller imperial protestó, a su vez, por considerar a la representación de Guido destituida de «fundamentos justos y razonables», siguiendo las normas fijadas por el Consejo de Estado. (8)


    Limpo de Abreu comenzó observando que la manifestación de Guido a Carneiro Leão, cuando éste ejercía el ministerio de negocios extranjeros, sobre los impedimentos del gobierno para reconocer la independencia del Paraguay, sólo podría ser considerada como referencia de un incidente sin influencia en la política imperial y que el gobierno de la Confederación podía apreciar libremente. Los deseos del aludido ex ministro de conocer la política argentina acerca del Paraguay no podían razonablemente ser interpretados como el propósito del gabinete imperial de adoptar esa política. Sería gratuito suponer que el consejero Carneiro Leão considerase el reconocimiento de la independencia del Paraguay como un acto que pudiese ser objeto de discusión por parte del gobierno imperial. El empeño de ese ex ministro del Emperador ante el Señor Guido por conocer la política argentina, no tenia otro objeto que abogar por la justa pretensión del Paraguay ante el gobierno de la Confederación. El mensaje mencionado por el Señor Guido no puede ser alegado como un documento claro que le permita conocer al gobierno imperial la política argentina con relación al Paraguay. Ese documento no manifiesta los motivos que determinaron a la Confederación, ni rechaza formalmente la independencia del Paraguay. Aunque este hecho pudiese tener algún valor, se le opone con mayor fuerza de razón el haber precedido el gobierno imperial al argentino en dar a conocer su política respecto al Paraguay. (9)


    Con estas observaciones iniciales, Limpo de Abreu entró en materia para sustentar la independencia del Paraguay y mostrar la coherencia de principios y actos con que siempre ha procedido el gobierno imperial en esta cuestión. Al referirse a la autodeterminación de los pueblos, como principio formativo de las nacionalidades americanas, decía acertadamente: «Es indudable, con efecto, que la independencia del Paraguay, a más de ser coetánea, resulta del mismo principio que la provincia de Buenos Aires puede invocar a su favor.


    «La identidad de principio establece necesariamente en este caso la identidad de derechos y prerrogativas.


    «La división territorial de los Virreinatos y Capitanías generales fue disuelta con todos los otros actos que tenían origen en la autoridad soberana de la Metrópoli por el mismo principio que destruyó la Soberanía que la España ejercía en sus colonias.


    «Cada una de las provincias que estaban sujetas al dominio de la metrópoli, reasumió en consecuencia de esto el ejercicio pleno y absoluto de la soberanía.


    «En este estado de cosas es fuera de duda que solamente la voluntad libre y espontánea de cada una de las provincias podía regular la formación de las nuevas nacionalidades que se creaban en la América, y surgirían de entre las ruinas del régimen colonial.


    «Consultándose cuál fue la voluntad libre y espontánea del Paraguay, al separarse de la metrópoli, fácil es reconocer que el Paraguay, constituyó desde luego una nacionalidad propia, y enteramente independiente de la de Buenos Aires». (10)


    La voluntad paraguaya está documentada en las resoluciones del congreso del 17 de junio de 1811 y en la nota del 20 de julio del mismo año, dirigida al gobierno de Buenos Aires. Este, a su vez, reconoció la independencia del Paraguay, en nota del 28 de agosto de 1811 y en el tratado del 12 de octubre de ese año, cuyo artículo quinto es terminante en este sentido. E1 gobierno de Buenos Aires al convocar el congreso de 1826 para constituir la república, no incluyó al Paraguay entre las provincias, por considerarlo independiente. «A vista de esta sucinta exposición, es claro que ninguna fuerza tiene el argumento alegado por el Señor D. Tomás Guido, de que la división geográfica de las Repúblicas de la América del sud tomó por base la división preexistente debajo del dominio español de los virreinatos y capitanías generales, hallándose el Paraguay compreendido, según esta división en el virreinato de Buenos Aires». Ya se demostró que cada provincia reasumió el ejercicio de la soberanía, lo que «repele cualquiera condición que pudiera subordinar su ejercicio a consideraciones ligadas a actos anteriores de la Metrópoli, como era la división preexistente de los virreinatos y capitanías generales.


    «El hecho de tener Buenos Aires proclamado su independencia no podía conferirle el derecho de reunir a sí al Paraguay. También el Paraguay proclamó su independencia, y no es lícito dudar de que para defenderla y sustentarla empeñaría todos los recursos y sacrificios».


    No puede hablarse de desmembración o fraccionamiento del territorio argentino, ya que la existencia de la nacionalidad paraguaya surgió del mismo principio y era coeva de la nacionalidad argentina. «El Paraguay siempre constituyó un Estado independiente y separado de Buenos Aires». El Brasil, adhiriéndose al acto del reconocimiento, mostrábase fiel a los principios sostenidos en sus relaciones con el Paraguay, manteniendo la coherencia y perseverancia en ese orden de su política internacional. Este acto era la confirmación de la serie que venia realizando desde 1824.


    Limpo de Abreu terminaba su contra protesta, declarando que el gobierno imperial tenía el firme propósito de sustentar, como sustenta, el reconocimiento de la independencia del Paraguay, y que para el Brasil la protesta de Guido carecía de efecto alguno. (11)


    La argumentación empleada por el ministro de negocios extranjeros era sólida, clara y cimentada sobre la verdadera doctrina y hechos históricos intergiversables. Su desarrollo estaba estrictamente encuadrado dentro de la resolución de la Sección respectiva del Consejo de Estado en su sesión del 11 de junio de 1845. La nota de Limpo de Abreu puede considerarse como una de las más brillantes defensas de la independencia del Paraguay. Su importancia internacional era transcendente porque fijaba categóricamente la posición del Brasil frente a las pretensiones de Rosas. Sus declaraciones constituían una seria advertencia para el gobernador de Buenos Aires y una seguridad para la existencia soberana del Paraguay.


    El 30 de julio, Limpo de Abreu informaba a Rodrigo de Souza da Silva Pontes, encargado de negocios en Montevideo, que la nota que dirigió el 17 de ese mes al gerieral Guido no había satisfecho a éste, según declaración del mismo, alegando que subsistían, «no obstante las explicaciones, los motivos de desinteligencia entre los dos gobiernos, como resultado de la fuga del general Paz y de la misión del vizconde de Abrantes», lo que le obligaría a pedir sus pasaportes, sin que esto importe un rompimiento. «La segunda Nota, – agregaba el ministro de negocios extranjeros – que dirigí a dicho Sr. D. Tomás Guido, con fecha 2 del mismo mes, contraprotestando la protesta que él hiciera en nombre de su Gobierno, acerca del reconocimiento de la Independencia del Paraguay por el Gobierno Imperial, le fue entregada ayer y creo que menos le satisfará que la primera. El Gobierno Imperial piensa, sin embargo, que tanto con la una como con la otra cumplió con sus deberes, y salvó el decoro y la dignidad de la Corona y del País». (12)


    Cinco días después, el 4 de agosto, el mismo Limpo de Abreu, cumpliendo las recomendaciones del Consejo de Estado, remitió a Pimenta Bueno copias de la protesta argentina y de la respuesta brasileña, para que hiciese de ellas el «uso conveniente». (13) La remisión fue lisa y llana, lo que contrasta con el comentario que de la última hizo el aludido secretario de Estado a Silva Pontes sobre los deberes del gobierno imperial y el decoro y dignidad de la corona y el país. E1 encargado de negocios en Asunción avisó la recepción, quejándose del abandono en que se le tenía. Aunque la información fuese incompleta, «con todo – agregaba – es el primer acto de alguna significación política, que desde hace un año recibo al respecto de este Estado. En breve informaré a V.E. acerca de un asunto importante que tiene relación con la cuestión de la Independencia». (14)


    En Asunción, El Paraguayo Independiente en su número 28 del 15 de noviembre de 1845 publicó las dos notas, pero las comentó casi un año después, en el número 67 del mismo periódico, correspondiente a la entrega del 17 de octubre de 1846. Decía en este último, que Rosas, no encontrando fundamento a su «injusta ambición», intentó crear nuevos principios, «desconocidos en las leyes de las naciones, e irrisorios por su debilidad y extravagancia!. » El hombre enemigo de los abusos europeos fue a buscar en el «más bárbaro feudalismo» para justificar el absurdo de que el derecho de los hombres y los pueblos se encuentra en el territorio y no en esos mismos hombres y pueblos, de manera que tienen que seguir, «quieran o no», la suerte de quienes poseen ese territorio. «La división geográfica y territorial del antiguo Virreinato de Buenos Aires fue su primero y penúltimo argumento». Mientras existía ese Virreinato, también existían distritos dependientes de él. Pero después de la revolución que extinguió la dominación española, subsistirían esos distritos? «Todos responderán que no; pero el Gobernador Rosas dirá que sí». El segundo y último argumento deriva de una proposición negativa. El Paraguay se aisló del movimiento emancipador, pero «no declaró espresamente su separación del antiguo virreinato», de consiguiente continuó virtualmente unido a él. «El Ministerio de S.M.I. ensu contraprotesta de 2 de julio de 1845 aniquiló esas declamaciones, y miserables argumentos del protestante argentino. Demostró que el pretender derivar derechos, y fundar nacionalidades por el solo y simple hecho de antiguas y caducas divisiones instituidas por una metrópoli contra la cual se levantara e1 grito de la emancipación, era ridículo, e inadmisible». (15)
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    LA POLÉMICA






    Tal como presintió Limpo de Abreu, la contra protesta brasileña no satisfizo a Guido y mucho menos a Rosas, fiel a su política con relación al Paraguay. Este en su mensaje a la vigésima tercera legislatura de la provincia de Buenos Aires, del 27 de diciembre de 1845, en la sección «Departamento de Relaciones Exteriores», al tratar de las vinculaciones con el Brasil, declaró: «El Gobierno ha mandado a su Ministro en la corte del Janeiro sostenga los derechos perfectos de la Confederación sobre la Provincia del Paraguay en respuesta a la contra propuesta del Gobierno de S.M.I. equivocada en sus fundamentos e inadmisibles». (1)


    No pararon aquí las manifestaciones del Restaurador. En parte dedicada al«Interior» del mismo mensaje, insistió: «Se persuade el Gobierno que el de la provincia del Paraguay, desviándose de las tentativas de los salvajes Unitarios para envolverla en calamidades inexplicables, comprenderá que sus verdaderos intereses y prosperidad lo conducen a la unión con la Confederación, y son inseparables de la causa americana. La convención ilegal que celebró aquel Gobierno con los rebeldes de Corrientes, ofendiendo los primeros derechos de la Confederación, a que había adherido el Gobierno Paraguayo, y faltando a la justicia y neutralidad que había declarado, ha obligado al Gobierno a interdecir la navegación al Paraguay, mientras subsista aquel pacto ofensivo e impolítico. No se ha alterado por esto el espíritu fraternal y pacífico de la Confederación. El Gobierno está sinceramente dispuesto a dar al del Paraguay nuevas pruebas de amistad cesando las dificultades e inconvenientes producidos por aquel injusto y desacordado convenio». (2)


    Guido cumplió la orden de Rosas el 4 de julio de 1846, dirigiéndose por segunda vez al ministro de negocios extranjeros sobre el reconocimiento de la independencia del Paraguay, porque «el gobierno argentino consideró de su deber hacer una nueva manifestación al Gabinete del Brasil, negándose a reconocer como válidas y con efecto alguno perjudicial a los derechos perfectos de la república, las razones deducidas por el Sr. Limpo de Abreu...» en su contra protesta del 29 de julio de 1845. Para satisfacer a la confianza de su gobierno – agregaba el ministro argentino – «y dejar claramente establecidos los fundamentos que le guiaron en su protesta», prefería seguir el orden de sus mismas ideas para oponerlo a las reflexiones a que dieron lugar «con la única inspiración de la justicia y de la conveniencia de la República y del Imperio». (3)


    El barón de Cayrú, que reemplazó en la secretaría de Estado al vizconde de Abaeté, contestó la nota argentina, el 1º de julio de 1846. Por orden de S.M. el Emperador, a cuyo conocimiento fue elevada la presentación de Guido, declaró sin otras consideraciones: el gobierno imperial no encuentra en ella argumento alguno que pueda tener fuerza para destruir las razones en que se fundó para reconocer la independencia de la República del Paraguay». (4)


    En Asunción, el oficio de Guido se conoció por el suplemento deJornal do Comercio Nº 145 del 26 de mayo de 1846. El presidente López se dirigió entonces a Pimenta Bueno refutando la «inexactudes acumuladas» por el gobierno argentino «para encubrir la injusticia» de oponerse al hecho consumado de la independencia del Paraguay. (5)


    Guido arguyó que el gobierno argentino no disputaba al Paraguay el «derecho municipal de organización interior» sino su independencia de la Confederación. Buenos Aires no accedió a la cuarta proposición exigida por el Paraguay en la nota del 20 de julio de 1811, «que cualquier reglamento, ó constitución que se deliberase en el Congreso general no obligaría a esta república hasta que fuese ratificada en plena junta general de sus habitantes... » El gobierno argentino se manifestó en la nota del 28 de agosto de 1811, como decía Guido, pero también era la verdad «que convencido luego después de la inmutable voluntad del pueblo paraguayo por su completa independencia, temiendo los resultados de su oposición se apresuró a convenir en la indicada exigencia» por nota del 1º de octubre de ese año, como justa decisión del derecho de los pueblos, no pudiendo dudarse de los principios universales que la fundan. «El Gobierno de Buenos Ayres concluía este acto categórico de reconocimiento de la Independencia de esta República, pidiendo que su gobierno se entendiese con los Ministros argentinos para la salvación común». (6)


    Se convino así, «expresa y solemnemente», que las Provincias no tendrían ninguna jurisdicción sobre la república. No existía, entonces, vínculo que ligase el Paraguay a la Confederación. No podría negarse la soberanía de ese Estado, donde las leyes de la Confederación eran extranjeras, las cuales necesitaban de «naturalización» para ser obligatorias. En la misma forma la república podría «adoptar las leyes francesas, inglesas o brasileras que prometiesen ventajas; y se volvería por tal hecho parte integrante de tales nacionalidades?». Desde hace 35 años, el Paraguay no adoptó las disposiciones u ordenanzas del gobierno de Buenos Aires, ni mandó diputados a sus congresos, ni participó en sus guerras intestinas o internacionales, «vivió siempre, y vive como una Sociedad distinta que es. Por tanto – afirmaba el presidente López – el Tratado del 12 de octubre de 1811 no fue concebido como alega el Ministro Guido sobre el pensamiento de una Confederación, y sí sobre la simple relación de una alianza entre dos nacionalidades distintas que se ligaban para el único fin de la salvación común de su Independencia, y emancipación, que eran simultáneamente amenazadas, hecho que más o menos extensamente se verificó entre todas las diversas Repúblicas oriundas del mismo origem español». (7)


    El artículo 5º del aludido tratado, el único que Guido alegaba en apoyo de sus ideas era precisamente la afirmación de lo contrario. La alianza y federación estaban destinadas, específicamente, a destruir a cualquier enemigo que se opusiese a la libertad e independencia de ambas repúblicas. El mismo artículo establecía que los auxilios a prestarse a Buenos Aires quedaban librados al arbitrio del gobierno de Asunción, de acuerdo con las circunstancias, lo que constituía una prueba más de la soberanía paraguaya. De consiguiente, el congreso de 1813 no hizo sino ratificar la independencia reconocida anteriormente por Buenos Aires. «Ese acto por si solo no importaba el rompimiento del Tratado de 1811, por que este no se oponía ni tenía porqué oponerse a un hecho que él presuponía y consagraba, como está demostrado; por tanto caduca el pensamiento del Ministro Guido cuando inculca, que la ruptura de un pacto federal, ó un ataque a la Soberanía nacional no puede ser origen de derechos perfectos. Podían prevalecer, y en realidad habían prevalecido hasta entonces esas dos entidades simultáneamente, por cuanto no eran repugnantes entre sí: se daban dos nacionalidades distintas, pero aliadas para el fin común de su emancipación». (8)


    Otros fueron los motivos por los cuales el congreso nacional consideró roto el tratado de 1811. El gobierno de Buenos Aires, en contravención de disposiciones expresas del convenio, gravó por sí solo, «a título de que el Paraguay no le había ministrado auxilios», con un impuesto de tres pesos por arroba a la introducción de frutos procedentes de la república. El gobierno paraguayo reclamó la «manifiesta y violenta infracción», pero el de Buenos Aires, en nota del 19 de diciembre de 1812, expresó que a él correspondía el derecho de quejarse de la infracción aludida. Por tanto, el tratado era tenido de común acuerdo como inexistente. (9)


    Nunca las tropas portuguesas pisaron territorio paraguayo para auxiliar al gobernador Bernardo de Velasco. El ministro Guido estaba mal informado en sus conocimientos históricos. Los paraguayos lucharon y vencieron en 1811, pero a las tropas argentinas comandadas por el general Belgrano, que invadieron el suelo de la república. El Paraguay recibió a representantes diplomáticos de las Cortes de Portugal y del Brasil, a lo que «Buenos Aires nunca opuso reclamación alguna, y en la mejor opinión el derecho de enviar y recibir Ministros tales es privativo solamente de Estados Soberanos». Es un absurdo suponer a una provincia ejerciendo las atribuciones inalienables correspondientes al país independiente del cual forma parte. Esto último significaría unStatus in Statu. (10)


    Y siguiendo la argumentación desarrollada en la extensa nota, Carlos Antonio López concretó sus conclusiones en estos términos. «En suma el Ministro Guido confiesa que aflojada los lasos (sic) que unían la América española a su Metrópoli retrovertiera la Soberanía a su origen primitivo, pero, añade, sin aflojar la unidad social del Virreynato. Esta proposición por sí sola sería más que singular, por cuanto nadie jamás pensaría que los Virreynatos, fracciones de la Sociedad española americana hubiesen sido el origen primitivo de la Soberanía para que esta hubiese de retrovertir a ellas! Pero él adiciona que el Virreynato de Buenos Ayres convidó á su sección a conservarse unida, y de este pacto es, que al fin deduce los pretendidos derechos de su Gobierno. Por tanto según el propio Ministro Guido las circunscripciones territoriales nada valen, ni podrían jamás ser consideradas como orígenes primitivos de la Soberaníadividida. (11)


    «Es el pacto de la asociación nacional libre y espontánea de los diferentes Pueblos que se emanciparon del dominio español, celebrado entre sí, quien funda el único titulo racional de las nacionalidades respectivas: y como el infrascrito tiene demonstrado que el Paraguay nunca celebró tal pacto con Buenos Ayres, antes bien un compromiso opuesto, y convencionado entre ambos, nada resta a discutir». (12)


    Por todas estas consideraciones, el presidente López, habiendo leído la nota de Guido y no pudiendo «tolerar en silencio» las inexactitudes ofensivas de esa comunicación y disponiendo en los archivos de la república de los «documentos comprobatorios de la verdad», cumplía con el deber de ponerlos en conocimiento del gobierno imperial. Con ese objeto se dirigía a Pimenta Bueno, «Illmo. Señor Ministro de S.M. el Emperador», remitiéndole copias de los documentos mencionados en su oficio, para que éste, a su vez, las elevase a la Corte de San Cristóbal. Se trataba de los testimonios, debidamente autenticados, de la nota del 20 de julio de 1811 de la Junta del Paraguay a la de Buenos Aires; de la contestación del gobierno de Buenos Aires a la nota precedente, fechada el 28 de agosto de 1811; del oficio también de Buenos Aires del 1º de octubre de 1811, comunicando la instalación de un nuevo gobierno; y del artículo adicional al tratado del 12 de octubre del mismo año. (13)


    El 25 de octubre nuevamente el mandatario paraguayo ofició a Pimenta Bueno, remitiendo al diplomático imperial las copias auténticas de otros documentos «que bien comprueban el hecho de formal reconocimiento de la Independencia paraguaya por diversos Gobiernos de la Confederación argentina». (14)


    Las copias eran en total ocho, a saber: la credencial e instrucciones expedidas a Belgrano y Echevarría, el 1º de agosto de 1811, que «encierran... la confesión más solemne de que no había vínculo alguno de nacionalidad entre el Paraguay y las Provincias Unidas del Río de la Plata... El Señor Ministro verá en tales instrucciones que el Gobierno argentino después de insinuar a sus plenipotenciarios que viesen si podían obtener un nexo nacional entre el Paraguay y las Provincias Unidas se expresa en el Artículo 7º: que si conocieren que tal intento era mal recibido, ó pueda causar contradicciones, que lo abandonase, y tratasen de conseguir una alianza»; la credencial de Nicolás de Herrera del 6 de marzo de 1813 y la nota de este comisionado argentino del 15 de octubre de ese año, que manifiesta el rompimiento del tratado de 1811; el proceso seguido en Buenos Aires «por ocasión de las represas de buques paraguayos, tomados a los corsarios de Montevideo». Con ese motivo los tribunales y autoridades argentinos reconocieron «como hecho solemne la total, y absoluta independencia» de la república; la nota de Carlos de Alvear, del 20 de enero de 1815, dirigida al «Excmo. Señor Don Gaspar Francia Dictador Supremo del Paraguay»; la circular del gobierno de Buenos Aires del 2 de julio de 1825, a las provincias del interior. Esta correspondencia prueba que el Paraguay era considerado «como una República distinta, así como el Estado de Chile, y el Gobierno de Costa firme»; la nota del 7 de agosto de 1821 «y la gaceta que la acompaña», prueban también que Buenos Aires daba al gobierno del Paraguay el tratamiento de «Exmo. Señor Dictador Supremo de la República del Paraguay». (15)


    Pimenta Bueno elevó al barón de Cayrú, ministro de negocios extranjeros, esta comunicación del presidente López. Al remitirla comentó: «Dicha nota como los documentos que la acompañan, demuestran, sin duda alguna, que la Independencia Paraguaya no es un hecho nuevo, ni tampoco desconocido por los anteriores Gobiernos de Buenos Aires. V.E. apreciará mejor el valor de tan importantes documentos, cuyos originales fueron examinados por mi». (16)


    A juzgar por el juicio del representante brasileño, el paso dado por el mandatario paraguayo no fue vano. Era de suma importancia ofrecer los testimonie que abonaban la causa del Paraguay. El conocimiento de los mismos enriquecería los datos que con tanto acierto había usado Limpo de Abreu en su contra protesta del 29 de julio. Tenían además la autoridad de que los originales habían sido revisados por Pimenta Bueno. Un aporte semejante no podría pasar desapercibido, teniendo en cuenta la obstinación del gobernador de Buenos Aires. La colaboración era oportuna y de eficacia indudable.


    El 19 de noviembre de 1846, Juan Andres Gelly llegó a Río de Janeiro, como encargado de negocios del Paraguay ante la Corte de San Cristóbal, siendo cordialmente recibido y reconocido en tal carácter. (17) Rosas ordenó a Guido a que protestase nuevamente contra dicho reconocimiento. El ministro argentino cumplió el mandato el 12 de enero de 1847, repitiendo en su nota los cargos formulados anteriormente contra la independencia del Paraguay, para fundamentar su oposición a la admisión de Gelly como representante diplomático del gobierno de Asunción. (18) La respuesta no se hizo esperar. Seis días después, el 18 de enero, el barón de Cayrú contestó a Guido, refutando detalladamente los argumentos del agente de Rosas con una sólida y documentada exposición, para terminar declarando que por las razones aducidas el gobierno imperial continuará considerando de «ningún efecto para el Brasil las protestas del gobierno argentino relativas al reconocimiento de la independencia del Paraguay». (19)


    La réplica del ministro de negocios extranjeros impresionó al mercenario italiano Pedro de Angelis. Decía a Guido este escritor al servicio de Rosas: «He leido con sumo interés la ultima contestación del Ministerio del Brasil, sobre el reconocimiento de la independencia del Paraguay. Sus argumentos son tan fundados, y sus raciocinios tan lógicos, que me parece imposible que puedan ser contestados. Pero no me parece menos imposible obtener lo que se solicita. Lo mismo diré de las demas reclamaciones; ó al menos de la mayor parte: los gobiernos son como los particulares, que tienen a deshonra hacer retractaciones, aun cuando se consideren culpables. Si el objeto de estas protestas es preparar y justificar represalias, no tengo dificultad en aplaudirlas: pero si se pretende sacar de ellas un acto contrario a lo que ha sido practicado, no puedo menos que deplorar la inutilidad de estos esfuerzos. A.V. le quedará siempre el merito de haber defendido con mucho talento una causa, que no tenia, lo que dicen los franceses,aucune chance de succés». (20)


    La verdad era como expresaba de Angelis. De nada valieron los esfuerzos y el talento de Guido ante los fundados argumentos brasileños en la defensa de la causa del Paraguay. Las pretensiones del gobernador de Buenos Aires no prosperaron ni alcanzaron éxito alguno.


    Pero si firme era la posición de la Corte de San Cristóbal, grande era la tenacidad de Rosas. El 18 de diciembre de 1847 volvió nuevamente Guido con una extensa nota dirigida a Saturnino de Souza e Oliveira, entonces ministro de negocios extranjeros, con sus cargos, recriminaciones y protestas. El representante argentino después de referirse «a alguna de las cuestiones pendientes entre el Brasil y la Confederación», expresó la opinión de su gobierno sobre cada una de esas cuestiones. Entre ellas figuraba el reconocimiento de la independencia del Paraguay. A este respecto decía que su gobierno no podía compartir la actitud asumida por el gabinete del Brasil, porque no tiene «facultad para aceptar el reconocimiento de una fracción del Estado argentino segregada del cuerpo federal, con violación del pacto fundamental y del tratado del 12 de octubre de 1811, cuyas condiciones son inalterables sin el mutuo consentimiento de una y otra parte contratante. El gobierno argentino quisiera antes ver que el ministerio del Brasil conociese las consecuencias de un precedente que abre la puerta a la anarquía, que alienta la ambición; y que, una vez consentido el citado reconocimiento de parte del imperio, surgirá el deber de igual tolerancia para con otras potencias extranjeras y entre ellas, las que, empleando la intriga y la fuerza, procurarán la subdivisión de la América, para incorporarla a sus intereses comerciales». (21)


    Guido no pretendía renovar según sus palabras – la desagradable discusión en la cual le pareció haber «establecido sólidamente el derecho inconcuso de su gobierno para oponerse a la independencia del Paraguay», pero no ocultaba al secretario de Estado su «intima convicción de que el gobierno imperial no hubiese admitido de potencia alguna el reconocimiento de facto de la independencia de Río Grande del Sur», ya sea como una transacción, o durante una lucha armada o cuando la rebelión hubiese triunfado, «porque ninguna modificación de este género salva las consecuencias de un ominoso ejemplo para el imperio mismo. No se pretende, – agregaba – Sr. Ministro, con el rechazo de la política del Brasil para con el Paraguay, un respeto exclusivo a los derechos que el gobierno argentino proclama, sino la garantía de las nacionalidades de América y la adhesión a un sufragio que principia a ser común en los nuevos Estados del continente del Sur, como fruto de su experiencia.» (22)


    En una invitación para un congreso americano se contempló el principio conservador de no apoyar el reconocimiento de fracciones de algunos de los «Estados Confederados» que violentamente pretendiesen erigirse en naciones independientes. «El Brasil no puede desear sustraerse al beneficio de esta doctrina, que ya fue sustentada por su gobierno: Si la provincia del Paraguay decía el Sr. Limpo de Abreu, el 29 de julio de 1845, hubiese en algún tiempo convenido por efecto de su propia voluntad, libre y espontáneamente declarada, en la división preexistente, incorporándose a la Confederación, en este caso único el gobierno de Buenos Aires podría alegar como principio el argumento que ofrece, esto, es, el argumento de la organización primitiva del virreinato de Buenos Aires, en el que se comprendía la provincia del Paraguay.» (23)


    Ahora bien, cabe recordar que e1 13 de julio de 1811 el gobierno paraguayo dijo: «El acto de romper un pueblo subalterno los vínculos de dependencia que lo ligan a su capital, es de suma importancia en el orden político, es una violación de las leyes, de la cual derivan males gravísimos a la sociedad. La distribución de provincias y la recíproca independencia de los pueblos son una ley constitucional del estado. El que trata de atacarla es un refractorio del pacto solemne que juró». (24) Esta afirmación atribuida al gobierno paraguayo no está fundada en ningún documento, constituye una falsedad inventada por Guido. Pocos días antes se había creado la Junta Superior Gubernativa y ella comunicó a la de Buenos Aires las resoluciones del congreso del 17 de junio, en la nota del 20 de julio de 1811, en la que categóricamente se hablaba de los derechos de los pueblos de organizarse en la forma más conveniente para asegurar su bienestar y libertad y del no reconocimiento de su superioridad a la antigua capital del virreinato. Esta importante comunicación con una diferencia de sólo siete días de la fecha indicada por Guido no puede ajustarse con la declaración que él menciona como del gobierno paraguayo.


    Y argumentando sobre esta base falsa, nuevamente se apartó de la verdad al afirmar; «Así, pues, comparando una y otra declaración, y a la vista del artículo 5º del tratado celebrado en ese mismo año por el Paraguay, en el que las confirmó perpetuamente ante el gobierno de Buenos Aires, está en pie el caso tal cual lo estableció el órgano respetable del gabinete del Brasil». (25)


    Guido terminó declarando, que coherente con los principios enunciados, el gobierno argentino había salvado «sus imprescriptibles derechos frente a América, protestando contra el reconocimiento de la independencia del Paraguay» y que si el Brasil considerase de nuevo ese reconocimiento o lo retirase, el gobierno argentino apreciaría esa actitud «como la mejor garantía de los intereses orgánicos del Imperio y como un obstáculo poderoso a la política desorganizadora de la intervención europea». (26)


    Rosas no comprendía o no quería comprender que la independencia del Paraguay era precisamente una garantía de los intereses del Brasil en esta parte del mundo y que el Imperio estaba resuelto a defender esos intereses. De esta vez correspondió al vizconde de Olinda contestar a Guido, después de un año y medio. En comunicación del 25 de julio de 1849, luego de referirse a las notas cambiadas en 1843 entre Duarte da Ponte Ribeiro y el gobierno de Buenos Aires, a la misión del vizconde de Abrantes, al pasaporte concedido del general Rivera, a la llegada a Río de Janeiro del general Paz y su fuga posterior, el ministro de negocios extranjeros expresó: «Cita el Sr. general Guido la doctrina sustentada con la Legación Argentina el 29 de julio de 1845, no sólo para corroborar con ella la protesta contra el reconocimiento por parte del imperio de la independencia del Paraguay, sino también para inducirlo a que reconsidere o retire el mismo reconocimiento como la mejor garantía para el propio imperio.


    «El gobierno imperial, respondiendo aquella protesta del de la Confederación, presume haber probado con argumentos poderosos, que reconociendo la independencia del Paraguay, mantenida por él por más de treinta años y solemnemente ratificada por un congreso de 1842, no pretendió ni levemente favorecer separaciones ilegítimas.


    «La situación geográfica del Paraguay, confinante con el Brasil, afecta de tal suerte los intereses de éste, que el gobierno imperial nunca los puede abandonar. Nadie, sino el Paraguay, podía responder por esos mismos intereses, en cualquier conflicto, y el gobierno imperial, reconociendo la independencia de ese Estado, no hizo más que dar por cierta la existencia del mismo Estado, con una autoridad que dirige a sus habitantes, representándolos, y que es la única responsable de su conducta. Cree el abajo firmado que este procedimiento fue inspirado al gobierno imperial por su propio deber con sus súbditos y que está de acuerdo con los principios del derecho de gentes y con el ejemplo de otros estados en circunstancias mucho menos imperiosas que las del imperio. Así el retiro del reconocimiento de esa independencia, aún cuando fuese compatible con el decoro del gobierno de S.M. el Emperador, sin aprovechar a los derechos alegados por la Confederación Argentina, ni debilitar aquellos en los que el Paraguay pretende apoyarse, comprometería esos mismos intereses colocados actualmente fuera de la jurisdicción y responsabilidad del gobierno argentino, pero que el de S.M. está obligado a proteger». (27)


    El vizconde de Olinda lamentaba que motivos imperiosos le habían impedido contestar con más antelación a Guido, pero confiaba que la benevolencia y el espíritu de paz que animaban al Emperador para con la Confederación Argentina servirían para estrechar la cordialidad en las relaciones de los dos países, a la cual estaban ligados sus bien entendidos intereses y los de América.


    El gobierno de Río de Janeiro hablaba con franqueza. Sin adjetivos agraviantes ni reticencias, el secretario de Estado consignó, claramente en un documento oficial, que la situación geográfica del Paraguay afectaba los intereses del Brasil. De ahí la preocupación de los estadistas de este país por la independencia del Paraguay, considerada por esos mismos estadistas como fundamental para la estabilidad del Imperio.


    Guido no solamente se pronunciaba por escrito sino que también aprovechaba sus entrevistas con los ministros de negocios extranjeros, para tratar la cuestión del Paraguay. En una conferencia mantenida con Paulino José Soares de Souza, que había sucedido en la secretaria de Estado al vizconde de Olinda, en 1844, durante una audiencia al cuerpo diplomático, a la pregunta de si era verdad de que Pimenta Bueno había sido enviado al Paraguay como encargado de negocios y que el Brasil reconocería la independencia de esa república, el ministro imperial le contestó: «Que hacia 32 años que el Paraguay vivía de por sí, segregado de la Confederación. Que ésta nunca había intentado por medio de las armas que aquél forme otra vez parte de ella. Que, por el contrario, Rosas había declarado reiteradas veces en mensajes y otros documentos públicos, que nunca echaría mano de las armas para ese fin. Que el Paraguay era nuestro vecino, que teníamos con él relaciones de comercio y navegación, y cuestiones de límites, las cuales podían dar lugar a reclamaciones, que por cierto no podrían ser discutidas y llevadas al conocimiento de la Confederación Argentina, que no reconoce al Paraguay. Que el Brasil tenía necesidad de entenderse con alguien al respecto de tales asuntos y no quedarper omnia secula a la espera de que el Paraguay, obligado por el aislamiento al cual Rosas le somete, vuelva voluntariamente a formar parte de la Confederación Argentina. Que, por tanto, el reconocimiento del Paraguay por el Brasil no tenia otro significado o alcance.


    «Que el Brasil – siguió exponiendo Paulino – podía reconocer la independencia del Paraguay, como hecho, sin entrar en la justicia y razón de su separación (aquí Guido me apoyó con el ejemplo del reconocimiento de la independencia de algunos Estados Americanos por las Naciones de Europa). Que francamente le declaraba, que, en mi opinión, la Independencia del Paraguay convenía al Brasil políticamente (Guido aquí me contestó vivamente), pero que entre esa conveniencia y la obligación de sustentar esa independencia con sacrificio de sangre y de dinero, había gran distancia»


    Durante la conferencia Guido manifestó que Oribe había mandado retirar las tropas que marchaban contra los paraguayos, que Urquiza había licenciado a las suyas y que Rosas no atacaría al Paraguay. «Lamentó los cambios frecuentes de ministros entre nosotros, – continúa relatando Soares de Souza – y dijo que si el reconocimiento de la Independencia del Paraguay se hubiese considerado de aquel modo, los negocios no se habrían complicado, pero que así no ocurrió y me citó las gestiones hechas por el Brasil para el reconocimiento de la Independencia del Paraguay, hecho que consideró hostil a la Confederación y con el cual Rosas mucho se molestó. Magnificó la importancia de este hecho. Dijo que siendo el Brasil la primera potencia de la América Meridional, por sus fuerzas y recursos, por la estabilidad de su forma de gobierno y de sus instituciones, por sus relaciones y representación en Europa, aquellas gestiones habían hecho mucho mal. Que en consecuencia de ellas Austria había reconocido la independencia del Paraguay, cometiendo así una grave contradicción, no habiendo hecho lo mismo al respecto de otras Naciones de la América Meridional».


    En este estado de la conversación, Guido preguntó al ministro imperial si por qué habiendo reconocido el Brasil la independencia del Paraguay, no hacía lo mismo con el gobierno de Oribe, que dominaba casi todo el territorio oriental. Soares de Souza respondió a su interlocutor: «...que había mucha diferencia entre uno y otro caso. Que en el Paraguay no había lucha cuando lo reconocimos, que su Independencia no le era disputada por las armas, que estaba en posesión de ella hacía treinta y tantos años. (Aquí Guido se irritó y se traicionó porque me dijo: «Puede ser que allá nos vejamos. Puede ser»). Que por el contrario existía una lucha armada en la Banda Oriental entre dos Gobiernos, en la cual no habíamos juzgado conveniente envolvernos...» (28)


    En la conferencia Guido no aportó novedad alguna. Ella, sin embargo, reflejó en su desarrollo las inconfesadas intenciones de Rosas con respecto al Paraguay. En un impulso de franqueza, sin cuidarse de la reserva diplomática del caso, el agente argentino dejó ver la posibilidad de que la Confederación Argentina disputase la independencia del Paraguay por medio de las armas. La declaración no podría causar favorable impresión, no sólo por lo temeraria e imprudente sino porque contrariaba en lo fundamental la política seguida por el Imperio con relación al Paraguay. Indudablemente que a Guido le traicionó su irritación.


    A la firmeza del Brasil, Rosas oponía la tenacidad de sus reclamaciones. Su ministro no perdía oportunidad para golpear las puertas de la Corte de San Cristóbal con sus representaciones. El 5 de diciembre de 1849 volvió a la carga, al contestar la nota del Vizconde de Olinda del 25 de julio. Su lenguaje iba subiendo en agresividad, impulsado por las pasiones de su comitente. Si bien no alegó nuevos argumentos, se refirió, entre otros asuntos, al «indebido e injusto reconocimiento del gobierno de S.M. de la pretendida independencia de la provincia argentina del Paraguay, acto sumamente ofensivo a la Confederación, contra el cual el gobierno argentino había protestado reiteradamente». Al contrario de lo que cree el gobierno brasileño es el de la Confederación el que demostró con sus impugnaciones la falta de fundamento de las «gratuitas aserciones del de S.M.» porque la provincia del Paraguay pertenece a la Confederación Argentina por títulos de fundación de estado y se unió a ella espontaneamente por las estipulaciones del tratado del 12 de octubre de 1811». Las obligaciones a las que se ligó «voluntariamente la provincia del Paraguay son indisolubles de derecho y por la práctica universal de las naciones» y no pueden dejarse sin efecto por el «mero arrepentimiento de uno de los contratantes». El gobernador del Paraguay no tenía derecho de proclamar la independencia de esa provincia y así lo sostuvo el gobierno argentino, «desconociendo semejante acto desordenado, arbitrario e injusto», interponiendo la correspondiente protesta. (29)


    El reconocimiento de esa independencia era «una intervención injustificable en cuestiones argentinas, un estímulo a la disolución de la República, a su anarquía y ruina, como lo había sido el reconocimiento por una potencia extranjera de la pretendida independencia porque combatió durante diez años la provincia brasileña de Río Grande con el nombre de República de Piratiní. Por un derecho sagrado e interés vital de la Confederación, el gobierno argentino no puede dejar de repeler como una grave ofensa y agresión injusta, como un ataque e intervención contra su seguridad e independencia, la persistencia del gobierno imperial en sustentar el reconocimiento de un acto subversivo e injustísimo, principalmente en las simultáneas circunstancias en que el gobernador del Paraguay invadió sin previa declaración de guerra, ni explicación alguna, el territorio de la provincia también argentina de Corrientes, para ampliar usurpaciones y extender la disolución y la anarquía a otros puntos del territorio argentino, de una manera furtiva y bárbara». (30)


    Antes que la cuestión de intereses, que tanto afecta a la política del Brasil con relación al Paraguay, el gobierno argentino «sólo ve el caso bajo el aspecto del derecho de gentes», que no permite que una nación extranjera en una cuestión doméstica, de rebelión de una fracción de un Estado, intervenga «reconociendo por actos oficiales y permanentes, derechosad referendum en tal miembro contendiente». El gobierno brasileño insiste en violar esta regla común de derecho internacional reconociendo la independencia de la provincia del Paraguay en contra de los derechos de la Confederación Argentina. Esa intervención importa una injusticia y contrasta con la actitud de la misma Confederación y del Estado Oriental, que no reconocieron la pretendida independencia de la provincia brasileña de Río Grande del Sur, durante los diez años de su revolución triunfante. «Por el contrario, el gobierno argentino presidido por S.E. el Señor general Rosas se pronunció contra la rebelión y a favor de los derechos del trono y del Imperio». Los «justos derechos» de la Confederación sobre el Paraguay constituyen para ella una «cuestión de vida o muerte» dada la situación geográfica de esa provincia. (31)


    El decoro del trono y del Imperio está ligado a la renuncia de «esa política interventora e inquietante, que además de ser contraria al derecho de las naciones, se singulariza por la acumulación de males que encierra, por las grandes conveniencias que compromete y por la ancha puerta que desgraciadamente abre a las subdivisiones y al confuso desorden en las nacionalidades americanas, con el evidente peligro de ser éstas explotadas en provecho exclusivo de las fuertes potencias europeas, fijas sobre los disturbios de este continente. Si la política del gobierno de S.M. – terminó declarando el representante de Rosas – tiende a un fin verdaderamente patriótico y americano, a un fin de paz y felicidad común sobre la conservación de los derechos legítimos e intereses propios, y el respeto de los ajenos, sería ofensivo dudar que la expuesta consideración pueda ser ajena a sus elevadas combinaciones y previsión». (32)


    La violenta nota de Guido fue contestada, también violentamente. El ministro argentino nuevamente tenía que verse con Paulino José Soares de Souza, después vizconde de Uruguay, vigoroso estadista que había resuelto el envío de la misión Pimenta Bueno al Paraguay en 1843 y cuya nueva orientación iba a cambiar la política del Imperio en el Río de la Plata, en el sentido de la intervención armada del Brasil en la ya larga contienda contra el dictador de Buenos Aires.


    Soares de Souza respondió a Guido el 8 de mayo de 1850. (33) El quinto punto tratado por el diplomático argentino se refería al reconocimiento de la independencia del Paraguay. «Las notas del 29 de julio de 1845 y 12 de abril de 1847 demostraron exuberantemente la justicia y el derecho con que en ese asunto procedió el gobierno imperial». El Brasil reconoció la independencia del Paraguay hacia tiempo y su ratificación no podía significar una ofensa a la Confederación Argentina. Ese simple reconocimiento no perjudicaba a cualesquiera cuestiones pendientes entre la misma Confederación y el Paraguay. (34)


    La independencia de Texas fue reconocida por Francia e Inglaterra, pero estas potencias no se consideraron obligadas a sustentar ese reconocimiento, cuando aquel Estado fue incorporado por los Estados Unidos. «Cuando Francia – agregaba Soares de Souza – reconoció la independencia de los Estados Unidos y celebró con ellos tratados de comercio y de alianza, el 6 de febrero de 1778, declaró a la Corte de Londres que su procedimiento se fundaba en el hecho incontestable de que los Americanos estaban en pública posesión de su independencia y sobre el principio igualmente incontestable de la ley de las naciones de que este hecho era suficiente para justificar al Rey a firmar aquellos contratos sin examinar la legalidad de aquella independencia». Bastaba que el gobierno británico cesase de considerar a sus colonos como rebeldes; que no correspondía a Francia discutir si los Estados Unidos tenían derecho o no de separarse del dominio de Inglaterra y si su independencia era legal o no; que el Rey de Francia no tenía la obligación de constituirse en salvaguardia de la fidelidad de los súbditos; que para S.M. era bastante justificación que las colonias por su población y extensión formasen una nación, estableciendo su independencia, no sólo por una simple declaración sino también de hecho, manteniéndola «contra los esfuerzos de la madre patria»; que S.M. tenía la libertad de considerar a esas colonias ya sea como dependientes de la Gran Bretaña o como nación independiente y que eligió la segunda alternativa, «porque su seguridad, los intereses de su pueblo y sobre todo los proyectos secretos de la Corte de Londres, le imponían eso como una obligación imperiosa». (35)


    «Esos son los sanos y verdaderos principios del derecho de gentes, – afirmaba el ministro de negocios extranjeros – que regulaban el procedimiento del gobierno imperial, que no puede ser acusado de favorecer separaciones ilegítimas. El abajo firmado no puede creer que el Señor Guido vea en las razones que acabo de exponer y en el procedimiento de Francia que también acabo de citar, un paso tendiente a favorecer una separación ilegítima de los Estados Unidos de Inglaterra». (36)


    Gran Bretaña hasta entonces no había reconocido la independencia de sus antiguas colonias. No ocurrió así con la Confederación Argentina como quedó demostrado en las notas antes aludidas. Inglaterra, por otro lado, trató «por medio de una guerra cruenta y prolongada» reincorporar a su dominio las colonias rebeladas. «El gobierno argentino hasta el año de 1843 (y mismo después) nunca hizo la guerra al Paraguay para incorporarlo a la Confederación y esto por el lapso de 30 años». Al contrario, el gobierno contestó a la comunicación del paraguayo sobre la reiteración solemne de la independencia en términos amistosos, declarando que esa independencia «ofrecía gravísimos inconvenientes, pero que jamás las armas de la Confederación perturbarían la paz y la tranquilidad del pueblo paraguayo». La designación de representantes consulares y diplomáticos brasileños para el Paraguay en 1824, 1826, 1841 y 1842, sabida por el gobierno argentino, no tuvo la oposición de éste, ni en esos años manifestó sus actuales pretensiones. La circunstancia de haber el Paraguay invadido el territorio de Corrientes, no alteraba el derecho del Brasil de reconocer la independencia del primero, tratándose de una cuestión posterior en la cual el gobierno imperial se mantuvo neutral. (37)


    Finalmente Soares de Souza declaró con énfasis: «Con qué derecho pretende el gobierno argentino que el Brasil permanezca incomunicado con el Paraguay, con el cual tiene intereses que tratar, hasta que éste se resuelva por sí mismo a romper la declaración solemne de su independencia e incorporarse a la Confederación Argentina? Semejante presentación es la más insólita, extraordinaria e intolerable que se pueda imaginar.


    «No hay, por tanto, en el reconocimiento de la República del Paraguay por el Brasil, intervención en cuestiones argentinas, porque el Paraguay no era argentino; no hay estimulo a la disolución de la Confederación porque el Paraguay no hacía parte de ella.


    «El retiro del reconocimiento de la independencia del Paraguay sería un acto contrario a la dignidad e intereses del Brasil y por eso el gobierno lo sustenta y lo sustentará». (38)


    La polémica había terminado. A Soares de Souza le tocó pronunciar las últimas palabras en un tono que ya no permitía réplica. El Brasil dio su resolución definitiva. Si el eminente Pimenta Bueno reconoció la independencia del Paraguay, defenderla con brillo y firmeza correspondió a otros estadistas también eminentes como Limpo de Abreu, barón de Cayrú, vizconde de Olinda y Soares de Souza. Guido no salió triunfante de esta pugna diplomática y al abandonar meses después la capital del Imperio, donde había trabajado con talento por una causa injusta, todo estaba preparado para la campaña decisiva contra Rosas, que culminó con la batalla de Caseros. Desde entonces el Paraguay pudo seguir la ruta de su destino y su independencia dejó de ser el blanco de las discusiones internacionales.
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    CONGRESO DE 1842


    Por ANTONIO RAMOS






    CONGRESO DE 1842

    El «eje pasivo» que caracterizó a las relaciones entre el Paraguay y la Confederación Argentina durante el gobierno del Dr. Francia cambió después de la muerte del Supremo Dictador. El Paraguay que abandonó su sistema de aislamiento para abrir sus puertas al comercio del mundo, encontró la oposición de Juan Manuel de Rosas, que se consideraba dueño de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina, luego de haber instaurado un régimen de violencia.


    José Gaspar Rodríguez de Francia dejó de existir el 20 de setiembre de 1840. Diversos gobiernos le sucedieron hasta que el Congreso General reunido en marzo de 1841, encomendó la administración del país a los ciudadanos Carlos Antonio López y Mariano Roque Alonso, con la denominación de Cónsules de la República. Estos magistrados estaban facultados, entre otras cosas, de acordar y determinar lo conveniente acerca del comercio con el Brasil por el puerto de Itapúa y de las relaciones de amistad con los otros gobiernos, «sin perjuicio de la independencia y seguridad de la República». (1)


    Si «la independencia y seguridad de la República» fue preocupación fundamental de la Junta Superior Gubernativa, del primer consulado y del dictador Francia, también lo fue de los mandatarios posteriores a éste, que lucharon contra la absorbente política de Rosas.


    En abril de 1842 partía de Río de Janeiro, Jorge Roberto Gordon, agregado a la legación británica en la Corte de San Cristóbal, con destino a Buenos Aires, de donde debía trasladarse al Paraguay, en misión especial del gobierno inglés. (2)


    En esa misma época el ministro brasileño, Luis Moutinho de Lima Alvares e Silva, solicitaba autorización del gobierno argentino para que Antonio José Lisboa, nombrado encargado de negocios del Imperio en la capital paraguaya pudiera trasladarse en un buque de guerra a cumplir su cometido. Rosas se opuso no solamente a la navegación del barco en aguas de la Confederación sino que también a que el agente brasileño transitase por territorio argentino. En aquella ocasión, Felipe Arana, ministro de relaciones exteriores del dictador porteño, manifestó al plenipotenciario imperial, de parte del mismo Rosas, que accediendo éste a la partida de un representante extranjero hacia Asunción, «reconocería ipso facto la independencia del Paraguay». Arana agregó confidencialmente que «las vistas del Dictador eran incorporar a la Confederación Argentina la Provincia del Paraguay, que de derecho formaba parte de dicha Confederación, no estando, hasta aquí, separada de ella sino de facto». Por su parte, Moutinho de Lima Alvares e Silva comentó: «Esto no me causó la más pequeña admiración, por el conocimiento que tengo de este Gobierno. V.E. hallará también esta pretensión coherente con los principios que sustentó con el Brasil el Gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata, relativamente al Estado Cisplatino, principios expuestos en nota del 4 de noviembre de 1825...». (3)


    Tal era el espíritu de Rosas, cuando Gordon arribó a Buenos Aires. Por intermedio del ministro británico en esta capital, Juan Enrique Mandeville, gestionó la autorización correspondiente para continuar viaje, remontando el Río Paraná. Encontró la misma oposición que Lisboa. (4) Tuvo que cruzar de nuevo al Uruguay para poder seguir su derrotero. «Por mi despacho Nº 6, del 21 de junio de 1842, decía a Lord Aberdeen, sabe Vuestra Señoría que no logré obtener permiso del gobierno de Buenos Aires para seguir viaje por agua hasta el Paraguay, Ruta que me hubiese habilitado mejor, por varias razones, a llenar satisfactoriamente los objetivos de mi misión, y que, en consecuencia, regresé a Montevideo, a fin de hacer los arreglos necesarios para tomar la Ruta terrestre, desde aquí hasta Asunción. Mis despachos Nos 7, 9 y 10, del 11, 22 y 29 de julio del año pasado, respectivamente, habrán enterado a Vuestra Señoría de las facilidades que me dieron D. Fructuoso Rivera y el Gobierno montevideano para la prosecución de mi viaje; el 30 de julio anterior partí de esa Capital provisto de todos los medios de resguardo para mi seguridad personal y la de mis acompañantes y que me permitieron, al propio tiempo, cubrir el recorrido con toda la comodidad de que un viaje en estos países es suceptible». Acompañaban a Gordon, su joven amigo C. Maylor y J. Barclay, que pretendía hacer investigaciones sobre botánica. (5)


    La actitud de Rosas provocó comentarios desfavorables en Montevideo, centro de la resistencia contra el Restaurador de las Leyes. El Nacional, al atacar la dictadura de la margen opuesta del Río de la Plata, defendió la independencia del Paraguay. En un artículo intitulado: Independencia del Paraguay. Veto de Rasas a los ministras inglés y brasilero acreditados cerca de los S. S. Cónsules del Paraguay, expresaba que Gordon havía venido como Encargado de Negocios de la Gran Bretaña ante el gobierno de Asunción. En Buenos Aires el British Packet declaró «que el Señor Gordon no era sino un viajero recomendado, y no un cónsul, pues que el Paraguay no podía entenderse con las naciones extranjeras, porque era provincia argentina, y Rosas está encargado de las relaciones exteriores». El British Packet es órgano de Rosas y ha negado así el derecho que tiene Inglaterra de «acreditar ministros cerca de todo gobierno independiente». Gordon no ha podido cruzar territorio argentino, dado el principio sentado por el British Packet, e intentó marchar a1 Paraguay, no obstante la prohibición de Rosas, pero se le avisó que sería asesinado en el camino. En consecuencia, viajará por territorio oriental, escoltado por tropas del presidente Rivera. Igual declaración hizo Rosas al señor Lisboa, prohibiéndole también transitar por territorio argentino, en el carácter de representante del Brasil en el Paraguay.


    No creemos, agrega el diario uruguayo, que Inglaterra y el Brasil soporten esta insolencia del «degollador Rosas», que no es sino un «pretexto alevoso» para llevar la guerra al «territorio inocente y pacifico de la República del Paraguay». No puede dudarse que este Estado es de hecho y de derecho independiente. Lo es de derecho porque con la revolución rompió todo vínculo con la corona española, de la cual formaba parte por el derecho de conquista. Cada país quedó respecto de los otros «en estado de independencia política», cada uno asumió su propia soberanía. Asi surgieron del Virreinato del Río de la Plata cuatro repúblicas, sin que esto signifique una violación del derecho público. Negar la independencia del Paraguay constituye un injustificado agravio. El Paraguay debe ponerse en armas contra el que quiere tenerlo como provincia suya y cerrar toda comunicación con él, porque Rosas no duerme. Si éste triunfase sobre el Estado Oriental y Corrientes, invadiría el Paraguay, que es poderoso, pero está desarmado y «sus hijos no están avezados a la guerra». Es urgente que los Cónsules corten sus relaciones con Rosas y establezcan una rigurosa vigilancia en Itapúa, porque están sobre un volcán, «desde que el degollador Rosas les ha arrojado tan audazmente el guante! Caiga el tirano enemigo de la independencia de los pueblos! La espada de un degollador no ha de unir en un rebaño, a los que quieren vivir separados. Cuando los pueblos del Río de la Plata hayan establecido sólidamente su paz, su orden, su constitución interior, entonces si lo tienen a bien, podrán formar como estados independientes y soberanos un gran Pacto simplificando sus relaciones exteriores que las una ante el extranjero, y que los haga respetables en la paz y poderosos en la guerra». (6)


    Gordon no venia investido del carácter de cónsul ni de encargado de negocios, era un enviado particular de S.M.B. El Nacional al denunciar a la opinión internacional la prohibición de Rosas llamaba la atención del Paraguay frente al peligro que significaba la tendencia porteña. La absorción de la república daría un poder ilimitado al dictador de Buenos Aires y la integridad del Uruguay quedaría también seriamente amenazada. Era necesario estar en guardia. La voz de alerta resonó en el Paraguay. Los Cónsules no se dejaron sorprender. Gordon les confirmó lo que ya sabían sobre la política de Rosas.


    El Pacto, propugnado por el valiente órgano de la libertad, tenía sentido americano y recuerda las palabras de Bolívar. Era un Pacto libremente consentido entre países soberanos, para una unidad de acción ante lo foráneo, «que los haga respetables en la paz y poderosos en la guerra». No otro sentido tienen los actuales convenios panamericanos, inspirados en los ideales del Libertador.


    El 19 de setiembre Gordon se encontraba en el campamento de San José, en la margen izquierda del Paraná. Al día siguiente cruzó a Itapúa, puerto habilitado, desde la época del dictador Francia, al comercio con los brasileños, donde fue recibido «con la mayor civilidad». Sin pérdida de tiempo dirigió dos comunicaciones a los Cónsules, pidiendo permiso para seguir viaje y remitiendo sus pasaportes, uno expedido por Mr. Hamilton, ministro británico en el Brasil y, otro, por las autoridades uruguayas, como asimismo las notas enviadas al gobierno paraguayo por Fructuoso Rivera y Mandeville. (7) También desde Itapúa escribió al mandatario uruguayo, anunciándole que el 20 había llegado a ese pueblo y que la tarde del mismo día se había dirigido a los Cónsules, cuya contestación recibió el 25, con la autorización de seguir viaje con sus acompañantes. El permiso no alcanzaba a la escolta oriental, bajo cuya protección había transitado con felicidad hasta entrar en territorio paraguayo, por ser ya innecesaria su cooperación, en el concepto del gobierno de Asunción. Al terminar dejó constancia de sus «sinceros agradecimientos». (8)


    En la mañana del 3 de octubre llegó a la capital, siendo recibido por «un nutrido concurso de pueblo, tanto a pie como a caballo». Se alojó en la casa que le había reservado el gobierno. La tarde de ese mismo día fue recibido por el Primer Cónsul, Carlos Antonio López, a quien explicó los propósitos de su misión y el «carácter extraoficial en que venía». En la conversación, que fue cordial, don Carlos, después de interrogarle acerca de su regreso, manifestó que había oído de una negativa del general Rosas a permitir que el agente inglés se dirigiese por el Paraná con destino al Paraguay. «Le conté – expresa Gordon – que la información era exacta, y al preguntarme sobre las razones alegadas para fundamentar esa negativa, se las expuse, como expresé en mi Despacho Nº 6 a Vuestra Señoría. Al oírlas y conocer las pretensiones que abrigaba Rosas respecto del Paraguay, el Sr. López se exitó y demostró vivo interés, preguntándome seguidamente si yo temería ir u objetaría ir aguas abajo amparado por el pabellón paraguayo. Le contesté que, lejos de ello, yo intentaba pedir esa protección y auxilio cuando llegase el momento y que me sentía feliz de que Su Excelencia se me hubiese adelantado. Es más, le dije, si yo no obtuviera ese medio para ir a Buenos Aires, estaba resuelto a fletar la mejor embarcación que pudiera procurarme en Asunción con tal propósito, puesto que se trataba de la ruta señalada por mis Instrucciones. El Snr. López me prometió considerar el asunto». (9)


    Al día siguiente Gordon fue nuevamente recibido por el Primer Cónsul en la casa de gobierno. López le preguntó, antes de entrar a considerar cualquier otro tema, si objetaría expresar por escrito las razones aducidas por Rosas para negarle el permiso de seguir hasta Asunción por el Río Paraná. El Primer Cónsul propuso solicitar por nota esos datos, a fin de no hacer aparecer al enviado inglés como oficioso en la cuestión. «Una vez más – afirma Gordon – el Sr. López se manifestó profundamente ofendido por las pretensiones del general Rosas. Declaró que la afirmación de existir en el Paraguay un partido favorable a la unión con la Confederación Argentina era absolutamente falsa, y que él debía prepararse, ante esta declaración, para todos los extremos que pudieran surgir por ese lado». (10)


    El 5 se dirigió nuevamente a López y Alonso para agradecer los auxilios que por «órdenes del Supremo Gobierno» le habían prestado en su viaje desde Itapúa, «como para su residencia en Asunción», e informar que el gobierno de la Reina al confiarle la misión, buscaba adquirir noticias exactas acerca del estado político y los recursos mercantiles del Paraguay y de averiguar la disposición del Gobierno de la República con respecto al establecimiento de Relaciones amistosas con el de la Gran Bretaña».


    Para poder cumplir sus instrucciones solicitó del Supremo Gobierno una información oficial sobre los siguientes puntos: I – Disposición de los Exmos. Señores Cónsules para entrar en relaciones amistosas y comerciales con la Gran Bretaña; II – si el sistema del difunto Dictador continuaría total o parcialmente; III – si el Supremo Gobierno de la República estaría dispuesto a recibir y tratar, con la debida atención y cortesía, a los agentes comerciales enviados por la Gran Bretaña para residir en Asunción o en los puertos habilitados para el comercio; IV – si el gobierno del Paraguay estaría dispuesto a asegurar a los súbditos británicos sus derechos civiles y el libre ejercicio de su religión; y V – si la esclavitud o el tráfico de esclavos existían en el Paraguay y en qué proporciones. (11)


    El 7 de octubre, al encaminarse hacia la casa del gobierno, para entrevistarse por cuarta vez con Carlos Antonio López, Gordon recibió dos comunicaciones. Por la primera los Cónsules acusaban recibo de la nota en la cual el enviado británico dio a conocer los objetivos de su misión y reiteraban los propósitos expuestos anteriormente a Lord Palmerston de «cultivar amistosas relaciones comerciales con todas las naciones» dentro de una completa neutralidad, declarando que el gobierno paraguayo «al presente no estaba en condiciones de concertar Tratados con ninguna, porque para este efecto necesitaba recibir facultades del Soberano Congreso de la República, y que tales relaciones sólo se podrían cultivar can naciones que previa y solemnemente reconociesen la independencia del Paraguay». (12) El documento consular expresaba con objetiva claridad el anhelo hondamente sentido por el país. Por supeditar al reconocimiento de la independencia las relaciones exteriores, el dictador Francia cayó en el aislamiento y durante el gobierno de Carlos Antonio López la República abrió sus puertas al comercio del mundo cuando las naciones americanas y europeas reconocieron la soberanía del Paraguay.


    La segunda de las comunicaciones era el pedido para que Gordon expresase las razones alegadas por Rosas para prohibirle el viaje por el Paraná. «La nota estaba concebida en forma tal, – agrega el agente de S. M. B. – que hacía imposible una contestación de mi parte; en consecuencia, al otro día, 8 de octubre en mi quinta entrevista con el Sr. López, le rogué que me permitiera devolverla la nota, y le dije que yo debería recibir otra redactada en términos diferentes, para poder satisfacer su pedido». (13)


    Los designios de Rosas habían llegado a conocimiento del Primer Cónsul por comunicaciones de «personas que ocupaban los primeros puestos en los Estados vecinos», según afirmó El Paraguayo Independiente. Ahora con la presencia de Gordon se confirmaba «la perfidia y miras avanzadas del Gobierno de Buenos Aires contra la República del Paraguay». Ese gobierno había tenido la temeridad de asegurar en una conferencia con el ministro Mandeville, «que el Paraguay deseaba incorporarse a la Confederación y que no esperaba sino la reunión de un Congreso general para pronunciarse en ese sentido». (14)


    La versión era totalmente infundada. Tal deseo de incorporación nunca existió, era una creación de la política tiránica y agresiva de Rosas. Por el contrario de lo que en sus excesos afirmara el dictador de Buenos Aires, el Congreso de 1842, antes que declarar la incorporación a la Confederación Argentina, ratificó solemnemente le independencia absoluta del Paraguay.


    Los Cónsules aceptaron cambiar los términos de la nota objetada por Gordon y el 10 de octubre le hacían llegar la siguiente representación:


    «El Superior Gobierno de la República del Paraguay se dirije afectuosamente al Señor Jorge G. Robert Gordon enviado por el Gobierno de S.M.B. en misión particular a esta República, y le dice que el Superior Gobierno se interesa con Su Señoría a fin de que le transmita auténticamente las ideas políticas del Gobierno de Buenos Aires relativamente a esta República, y su actual Gobierno, según lo que S.S. haya concebido con motivo de la conferencia a que dió lugar su solicitud ante el Gobierno argentino para dirigirse por el río a esta República.


    El Supremo Gobierno quedará muy reconocido a este obsequio, y será una prueba de la buena amistad que reina entre esta República, y la heroica nación británica, a quien consagra sus votos de afecto el Gobierno que subscribe, y que saluda a S.S. con distinguido aprecio y respeto». (15)


    La nota, redactada en términos cordiales y con expresiones afectuosas para la «heroica nación británica», fue contestada en el día. Gordon dejó aclarado previamente que su misión «no tenía carácter oficial», por eso ya en Buenos Aires había actuado como «individuo privado», «por cuya razón expresa en su comunicación a Lord Aberdeen – no oí del general Rosas la exposición de sus razones para rehusar la solicitud de Mr. Mandeville, ni oficial o inmediatamente de él, ni de su Gobierno. Después de estos preliminares, extracté del Despacho de Mr. Mandeville a Vuestra Señoría, Nº 50, de fecha 20 de junio, los pasajes que darían a conocer al Gobierno los argumentos empleados por el Señor Arana sobre el asunto». (16)


    Con esta advertencia, Gordon pasó a responder al Supremo Gobierno, haciendo una relación de lo que constituían los motivos de la negativa de Buenos Aires, decía: «El Gobernador de Buenos Aires habrá determinado a negar al infrascripto permiso para dirigirse por el Paraná al Paraguay, porque al Ministro Brazilero se habia negado igual suplica, y que el conceder al Ministro Británico lo que havia sido negado a ese le daria justa causa de queja:


    Que, si el infrascripto recibiese la licencia en cuestión, cualquier otro Gobierno tendría derecho al mismo favor:


    Que existia en este Pais un partido que queria formar una Provincia y parte de la Confederación Argentina; y


    Que el Gobierno de Buenos Aires no habia reconocido este Pais como Estado independiente, y que por tanto no permitiria Agentes Públicos o Particulares a pasar por el territorio de la Confederación para visitarlo. Al mismo tiempo desconocióse todo designio, de parte del Gobierno de Buenos Aires, de obligar al Paraguay, por las armas, a unirse a la Confederación pero que, con todo, no se permitiria Agentes Extrangeros a pasar para alla; (se tenga el poder de impedirles) mientras que el Paraguay no se habrá pronunciado por entero en favor de un cualquier modo de Gobierno, sea en la forma de un Estado independiente, sea como una Provincia, haciendo parte integrante de la Confederación». (17)


    La respuesta de Gordon mereció el agradecimiento del gobierno paraguayo. (18) La información del agente inglés era un testimonio fehaciente de las intenciones de Rosas y coincidían con la enviada a la Corte de San Cristóbal por el ministro brasileño en Buenos Aires. Duarte da Ponte Ribeiro, refiriéndose a una conversación mantenida con el dictador porteño respecto a la misión de Antonio José Lisboa, expresaba: «Discurrió (Rosas) sobre el estado del Paraguay para mostrar que no quieren contacto con europeos y sí, relaciones de comercio con Buenos Aires y con el Brasil; que él sabe del estado de aquel país; que cuenta tener allá amigos y algún partido, integrado por más de dos mil paraguayos que regresaron después de varios años de estar empleados por él en sus estancias; que Gordon, aún cuando allá pueda llegar, no será admitido, según las noticias que Oribe le escribió el 5 del corriente, de la Bajada de Santa Fé, dadas por un teniente coronel que bajaba de Neembucú en una de las seis escunas paraguayas tomadas en el Paraná por Garibaldi, circunstancia que debía aumentar la natural aversión a los extrangeros. Amenazó con la completa destrucción de la escuadrilla comandada por aquel italiano, formada por cinco barcos y seguida de cerca por la de Brown, compuesta de ocho buques; que talvez esa atrevida expedición concurra para decidir a los paraguayos para entrar más de prisa en la órbita de los intereses de la Confederación. Que su intento no era obligarlos sino convencerlos de lo que más les conviene, si quieren ser respetados, para cuyo fin contaba mandar un comisionado, pero que esperaba primero la venida de otros que allá se estaban aprontando, para que no suceda lo mismo que hicieran con otros que le venían dirigidos». (19)


    Rosas argumentaba en esta forma buscando impresionar al diplomático imperial, a quien en esa ocasión ratificó la negativa de permitir el tránsito de Lisboa por territorio de la Confederación. Es posible que el dictador porteño tuviese amigos en el Paraguay, cuyo número sería muy reducido, tal vez se refiriese a los que en los últimos tiempos de su predominio, en setiembre de 1850, le pidieron una invasión a la república. (20) Los firmantes de esa petición, que eran Fernando Uturburu y Carlos Loizaga, constituían una imperceptible minoría y no representaban la aspiración nacional. El país anhelaba la independencia absoluta de todo poder extraño y nunca, antes ni después, se escuchó una voz apoyando las pretensiones de Rosas. Los amigos a que se refería este dictador serían individuales y muy contados, y sin ninguna influencia en la opinión pública. No era verosímil ni posible la formación de «algún partido», dado el sistema político del país. El llamado porteñista quedó anulado en los albores de la independencia. (21) Menos verosímil era que el partido favorable a Rosas estuviese integrado por más de dos mil paraguayos, que luego de ser empleados en las estancias del dictador de Buenos Aires, hubiesen vuelto a la República.


    También en 1864 los fundadores de la «Asociación Paraguaya» creyeron contar con dos mil paraguayos que ingresarían en la «legión» para formar el cuerpo que colaboraría en la guerra para derribar al «tirano». (22) Ni los dos mil de Rosas ni los de la «Asociación Paraguaya» aparecieron nunca. En 1842, no podía entrarse en el país sin previo permiso del gobierno, en ese orden seguía vigente el régimen del Dr. Francia, si bien, con más flexibilidad. Es sabido que el Supremo Dictador no permitía la entrada y salida de nacionales y extranjeros, salvo rarísimas excepciones. Preocupaba a Francia la expatriación de sus conciudadanos y prohibió que saliesen «a correr por otras tierras». (23) Como en la época de la dictadura perpetua muy difícil hubiera sido entrar en el país a un paraguayo, que hubiese estado al servicio de Rosas, sin el previo juramento de la independencia nacional. Juan Andrés Gelly, que luchó contra el Restaurador de las Leyes, después de treinta y dos años de ausencia, tuvo que prestar ese juramento, en 1845, para poder pisar el suelo de la patria. (24)


    Rosas no invadió al Paraguay. No recurrió a la violencia para alcanzar la incorporación porque otros problemas y otras fuerzas le impidieron. Los medios pacíficos de nada le valieron y el comisionado anunciado nunca apareció. Los mismos argumentos expuestos a Ponte Ribeiro seguirá expresando en sus comunicaciones al gobierno paraguayo y en su prensa.


    Rosas, a estar por lo que refiere Gordon, no dejó de intentar alguna penetración en el Paraguay, como consecuencia de su política hegemónica. En la conferencia del mismo Gordon del 12 de octubre con el Primer Cónsul, éste le dio a saber «que se había sospechado y en parte descubierto en Neembucú, una intriga del Gobernador de Buenos Aires, pero que por no haberse empleado suficiente cautela, los comprometidos habían escapado». Carlos Antonio López desconfiaba de los fundamentos del relato y le era penoso tratar del tema, porque naturalmente se mostraba adverso a admitir la existencia en el país de «un partido que se oponga a su Gobierno», informa Gordon, para luego agregar: «... no tengo duda alguna de que el Gobernador Rosas medita planes revolucionarios en el Paraguay desde hace largo tiempo – probablemente dándoles ya un principio de ejecución; y conozco más de una persona en esta Capital que me habló de lo bueno que era el sistema del Gobernador de Buenos Aires y del deseo que sustituya al que actualmente rige en el Paraguay». (25)


    Es posible que Rosas hubiese meditado planes revolucionarios a desarrollarse en la República, pero que nunca tuvieron principio de ejecución. Desde luego Gordon no hace una afirmación a este respecto, al referirse al asunto usa el término probablemente. La penetración de una propaganda revolucionaria era sumamente difícil, teniendo en cuenta el estricto control establecido en la frontera para la entrada y salida de las personas. El gobierno paraguayo estaba firmemente en guardia contra las asechanzas del exterior. Si don Carlos dudaba de los fundamentos de la intriga antes aludida, de cuyas consecuencias no se tiene noticia alguna y Gordon sólo hablaba de que probablemente los planes revolucionarios de Rosas habrían tenido principio de ejecución, quiere decir que no existía ninguna certeza acerca de la acción de ese dictador en el Paraguay.


    Gordon afirma que a más de una persona escuchó hablar de la bondad del sistema de Rosas y del deseo que sustituya al del Paraguay, sin citar el nombre de esas personas ni el número de las mismas. La afirmación es vaga como la referente al principio de ejecución de los planes revolucionarios, no tiene consistencia como para fijar la verdad histórica. Y aún en el supuesto de que existiera lo que Gordon escribe, tales deseos nunca afloraron en el escenario público, nunca tuvieron fuerza como para formar un partido, no fueron sino meras manifestaciones particulares, a las cuales el enviado de S.M.B. dio una categoría que no tenían. La opinión nacional era contraria a las pretensiones de Rosas y toda manifestación que no estuviese de acuerdo con ella tendría la más enérgica repulsa del gobierno como del pueblo. La República se mantuvo firme frente a la política del Amo de Palermo, ratificando su decisión de defender su independencia.


    Al entregar la nota del 10 de octubre a Carlos Antonio López, Gordon anotó; «le dije que una atenta consideración de la conveniencia de hacer tal comunicación, me había convencido de que era correcta y apropiada. Porque, como el Gobierno de Buenos Aires declaró expresamente que no permitiría comunicación oficial alguna, siempre que lo pudiera evitar, entre el Paraguay y las Naciones Extranjeras, hasta que todo el país se hubiese pronunciado sobre una o otra forma de Gobierno, así como también sobre la cuestión de si el país entraría o no a formar parte de la Confederación Argentina – yo suponía que estaba en el interés de las Naciones Extranjeras el conocer los sentimientos reales del Paraguay acerca de estos puntos, y entendía que, al suministrar a Su Excelencia la presente información, le daba una base para invitar a la opinión de la República a hacer una Declaración semejante, como un paso hacia la solución de la cuestión y el establecimiento – así debe esperarse – del libre intercambio comercial y político entre la República y las demas naciones». (26)


    La sugestión de Gordon era la de un amigo y estaba inspirada en el «deseo de desvanecer la maliciosa intriga urdida por Rosas, al presentar a la República como dispuesta a incorporarse a la Confederación Argentina. El enviado de S.M.B. conocía el interés de su país en mantener relaciones comerciales con el Paraguay, considerado como Estado soberano. Su misión, si bien no tenía carácter político, constituía, en sí misma, un reconocimiento de facto de la independencia nacional, de la cual podría dudarse si la propaganda de Rosas no se contrarrestase con una declaración pública y categórica. La voz oficial del Paraguay, emanada directamente de la voluntad popular, era necesaria ser escuchada en América y Europa, para fijar con firmeza su posición de país independiente, tanto de la Confederación Argentina como de todo poder extraño. Sólo así podría solucionarse la cuestión del establecimiento del «libre intercambio comercial y político entre la República y las demás naciones».


    No escapó a Carlos Antonio López el significado de esta realidad. Tanto fue así, que, aun antes del regreso de Gordon, la consulta a la soberanía popular quedó resuelta. El 24 de octubre el agente inglés visitó nuevamente al Primer Cónsul, en cuya ocasión le obsequió «un juego de navajas de afeitar inglesas y un abanico para su señora», y Don Carlos ratificó «la seguridad de la buena disposición del Gobierno de estrechar relaciones con la Gran Bretaña». Gordon agrega, que López, dándole «una prueba más de confianza», le informó «que había impartido instrucciones para la convocatoria de un Congreso extraordinario, con el propósito de someter a su consideración las pretensiones del general Rosas y descubrir si existe en el país un partido favorable a la unión con la Confederación Argentina. Que otro de los objetos de la convocatoria era definir las facultades y atribuciones del Gobierno en lo concerniente a las Relaciones Exteriores; – que después de la reunión del Congreso, se enviaría un barco a Buenos Aires; – que entonces el Gobierno del Paraguay – en caso de que este barco sufriese algún obstáculo a su descenso por el Paraná o a su vuelta al Paraguay por cualquiera de las Provincias ribereñas estaría habilitado a responder a un acto semejante (o cualquier otro acto injustificable del general Rosas u otros) apoyado en la plena autoridad de la nación, y probar así, tanto a las Potencias Extranjeras como a Buenos Aires, que el Paraguay es de hecho independiente y no deseaba unirse a la Confederación Argentina». (27)


    Al despedirse Gordon del gobierno, López volvió a decirle, que «cuando el Congreso haya mostrado con su voto que no se inclinaba en favor de la Confederación Argentina, una imponente expedición iría aguas abajo para notificar oficialmente al Gobernador Rosas de este resultado». Esa misma tarde, 26 de octubre, obtuvo un ejemplar del decreto de convocatoria, cuya copia y traducción remitió a Londres. No dudó del resultado del «Soberano Congreso Extraordinario». Desde Buenos Aires pidió a Carlos Antonio López «copia del acto» en que «habrá concordado» la Asamblea, por considerar de interés comunicar a su Gobierno. (28)


    Las palabras de Gordon no cayeron en el vacío. Los Cónsules comprendieron su transcendencia. La actitud de Rosas y la conveniencia de que las demás naciones conociesen oficialmente la independencia del Paraguay, reclamaban perentoriamente una resolución clara, pública y categórica. El Supremo Gobierno, por decreto del 24 de octubre de 1842, diez días después de la sugestión de Gordon, convocó a un Congreso extraordinario. Los considerandos aludían a la necesidad de examinar asuntos importantes relacionados con el bien y felicidad de la República, sobre los cuales los Cónsules al pronunciarse podrían sobrepasar sus atribuciones, aun cuando tuviesen el apoyo de la opinión pública; a las circunstancias especiales de orden político que exigían consultar a la soberanía nacional para obrar con acierto; y, a que siendo aun lejana la fecha del futuro congreso ordinario, no podía demorarse la atención de cuestiones que demandaban una urgente resolución. La Asamblea debía reunirse en la capital, el 25 de noviembre siguiente, con cuatrocientos diputados, que debían ser «Ciudadanos propietarios y de capacidad, nombrados en proporción al número de Departamentos de la República». El diputado electo no podía excusarse sino por causa grave y justificada. (29)


    El 25 de noviembre de 1842, el Congreso extraordinario inició sus deliberaciones en la iglesia de la Encarnación, con la presidencia de Carlos Antonio López. El día de su instalación, aprobó por unanimidad, la solemne declaración siguiente:


    «En esta ciudad de la Asunción de la República del Paraguay, a veinte y cinco de Noviembre de mil ochocientos cuarenta y dos, reunidos en el congreso general extraordinario cuatrocientos diputados por convocatoria especial de los Señores Cónsules que forman legalmente el Supremo Govierno, ciudadanos Carlos Antonio López y Mariano Roque Alonso, usando de las facultades que nos competen, cumpliendo con nuestro deber, y con los constantes y decididos deseos de nuestros conciudadanos, y con los que nos animan en este acto. – Considerando. Que nuestra emancipación e independencia es un hecho solemne e incontestable en el espacio de más de treinta años. – Que durante este largo tiempo y desde que la República del Paraguay se segregó con sus esfuerzos de la Metrópoli española para siempre; también y del mismo modo se separó de hecho de todo poder extrangero, queriendo desde entonces con voto uniforme pertenecer a sí misma; y para formar, como ha formado, una nación libre e independiente bajo el sistema republicano sin que aparezca dato alguno que contradiga esta explícita declaración. – Que este derecho propio de todo estado libre se ha reconocido a otras provincias de Sud América por la República Argentina y no parece justo pensar que aquel se le desconozca a la República del Paraguay, que ademas de los justos títulos en que lo funda, la naturaleza la ha prodigado sus dones para que, sea una nacion fuerte, populosa, fecunda en recursos y en todos los ramos de industria y comercio. – Que tantos sufrimientos y privaciones anteriores consagrados con resignación a la independencia de nuestra República por salvarnos a la vez del abismo de la guerra civil, son también fuertes comprobantes de la indudable voluntad general de los pueblos de la República por su absoluta emancipación e independencia de todo dominio y poder extraño. – Que consecuente a estos principios y al voto general de la República, para que nada falte a la base fundamental de nuestra existencia política, confiados en la divina providencia, declaramos solemnemente. – Primero. La República del Paraguay en el de la Plata es para siempre de hecho y derecho una nación libre e independiente de todo poder extraño. – Segundo. Nunca jamás será el patrimonio de una persona ó de una familia. – Tercero. En lo sucesivo el Gobierno que fuese nombrado para presidir los destinos de la nación, será juramentado en presencia del Congreso, de defender y conservar la integridad e independencia del territorio de la República, sin cuyo requisito no tomará posesión del mando. Exceptúase el actual Gobierno por haberlo ya prestado en la acta misma de su inauguración. – Cuarto. Los empleados militares, civiles y eclesiásticos serán juramentados al tenor de esta acta luego de su publicación. – Quinto. Ningún ciudadano podrá en adelante obtener empleo alguno sin prestar primero el juramento prevenido en el articulo anterior. – Sexto. El Supremo Gobierno comunicará oficialmente esta solemne declaración a los Gobiernos circunvecinos, y al de la confederación argentina, dando cuenta al soberano Congreso de su resultado. – Séptimo. Comuníquese al poder ejecutivo de la República para que la mande publicar en el territorio de la nación con la solemnidad posible, y la cumpla y haga cumplir como corresponde. Dada en la Sala del Congreso firmada de nuestra mano, sellada con el sello de la República y refrendada por nuestro secretario». (30)


    El mismo día el Congreso aprobó también por unanimidad el pabellón y sello de la República. La bandera adoptada tenía tres fajas horizontales, colorada, blanca y azul, luciendo de un lado el escudo nacional con un ramo de palma y otro de oliva entrelazados en el vértice y abiertos en la parte superior, una estrella en el centro y en la orla la inscripción; República del Paraguay. Al lado opuesto, un círculo con el lema escrito de Paz y Justicia y en el centro un león en la base del símbolo de la libertad. El sello nacional era el descrito anteriormente «bajo el jeroglífico de una palma y oliva, una estrella en el centro y la inscripción orlada de la República del Paraguay», el de hacienda era otro círculo con el símbolo de la libertad, el lema, paz y Justicia, en el centro, y la leyenda, República del Paraguay, distribuida también en el margen. El artículo cuarto de la ley disponía la comunicación a los gobiernos de los Estados vecinos y al de la Confederación Argentina. (31)


    En el orden internacional el Congreso aprobó el principio consagrado por el gobierno de guardar con las naciones extranjeras una amistad pura sin otra formalidad ni pactos hasta tanto que la experiencia muestre la necesidad de esta clase de negociaciones, salvo el caso urgente de una alianza ofensiva y el de mantener una estricta neutralidad en las disensiones vecinales. (32)


    El Congreso extraordinario no se apartó de las manifestaciones formuladas por Carlos Antonio López en sus entrevistas con Gordon. Presidido por el Primer Cónsul, es indudable la influencia de este mandatario en sus deliberaciones. Sus resoluciones tuvieron profunda repercusión en la vida de la República. Marca el nacimiento de una época. El horizonte nacional se amplia y el aislamiento del Doctor Francia se rompe, incorporándose el Paraguay en el mundo de las relaciones internacionales. Consecuencia de esta Asamblea, que completó la decisión memorable del Congreso de 1813, será el reconocimiento de la independencia por los países de América y Europa.


    El Supremo Dictador, sin embargo, pesó todavía en sus determinaciones. La declaración de mantener la República una amistad pura con todas las naciones sin necesidad de pactos, hasta tanto se presente la oportunidad de entablar estas negociaciones, era un recuerdo de los recelos tan fuertemente inculcados al país por el Dr. Francia, frente a las influencias que podían venir del exterior. También la estricta neutralidad adoptada en las querellas intestinas de los Estados vecinos era un principio practicado durante el régimen del Supremo Dictador.


    Pero la resolución de mayor importancia y transcendencia era la ratificación de la independencia por una declaración categórica, pública y solemne. El Congreso de 1813 que proclamó nuestra soberanía no había tomado una decisión de la naturaleza de esta última. El mundo continuaba desconociendo oficialmente al Paraguay como nación independiente. Esta omisión vino a salvar la Asamblea de 1842, con el acta del 25 de noviembre, que no hizo otra cosa sino certificar con la autoridad de la voluntad popular, la existencia libre del Paraguay. Esta ratificación facilitó después el reconocimiento de la independencia por las otras naciones, lo que permitió, a su vez, establecer con ellas relaciones permanentes de amistad.


    Carlos Antonio López destacó la transcendencia de las dos Asambleas en la historia de la nación recordándolas con justicia en su mensaje de 1854. «La independencia de nuestro país – decía el esclarecido Presidente – fue declarada y proclamada por el Congreso reunido en Octubre de 1813, pero por una negligencia inexplicable ni se consignó esa declaración en un acto formal, ni se promulgó, ni se juró, ni se comunicó al exterior, y quedó por consiguiente, desconocida y como si no existiese esa independencia. En el congreso general extraordinario reunido en noviembre de 1842 se ratificó aquella declaración: Se consignó en un acta solemne que firmaron todos los Diputados, se juró en toda la República, y se encargó al Gobierno comunicarla a todas las demás naciones, así de América como de Europa, con el fin de anunciar a todos que el Paraguay se abría a la comunicación y comercio de todo el mundo, y para recabar su reconocimiento de Nación soberana e independiente». (33)


    El gobierno dispuso que la independencia fuese jurada el 25 de diciembre, en todo el territorio de la República, lo que se realizó con la mayor solemnidad y júbilo. Los ciudadanos y las corporaciones, «firmes y alegres», prometieron defender la libertad de la patria. «Ellos no juraron en vano, – comenta El Paraguayo Independiente renuevan anualmente su promesa, y el Dios de los ejércitos ha de continuar a protegerla». (34)


    Por disposición expresa del Congreso los Cónsules fueron liberados de la formalidad del juramento. Ellos la cumplieron ante la Asamblea de 1841, jurando sobre los Santos Evangelios: Conservar y defender la independencia e integridad de la República. (35)
    La solemne promesa no era sino la expresión de la voluntad popular. E1 Paraguay no vaciló en defender su patrimonio de nación soberana, oponiendo una valla a la agresión del despotismo.


    El año siguiente los Cónsules declararon al 25 de diciembre, «fiesta cívica de la República», como un «monumento de honor y perpetua memoria», en homenaje a la independencia y establecieron, al mismo tiempo, que cada año dicha fecha fuese solemnemente celebrada con iluminaciones en la capital y en el interior y «con todo genero de diversiones públicas y privadas», desde la víspera. (36)


    El primer aniversario fue «celebrado con extraordinario entusiasmo»(37) y así todos los años. De los festejos conmemorativos nos dan una idea los periódicos de la época. (38) La recordación de tan transcendental acontecimiento de nuestra historia política, ha perdido el entusiasmo de otros tiempos. El 25 de diciembre ha dejado de tener la solemnidad y lucimiento del siglo pasado.



    NOTAS


    1) Actas de las sesiones de los Congresos de la República, desde el año 1811 hasta la terminación de la guerra. Asunción, 1908, pág. 32 y segts. Bando del 14 de marzo de 1841, firmado por López y Alonso, en el Cuartel de San Francisco, dando a conocer las deliberaciones del Congreso clausurado el día anterior a las seis de la tarde.
    2) A.H.I. Buenos Aires – Despachos – 1826-52. Despachos a Antonio José Lisboa, Río de Janeiro, 16 de abril de 1842, y, a Luis Moutinho de Lima Alvares e Silva, Río de Janeiro, 18 de abril de 1842. Borradores.
    3) Ibíd. Buenos Aires – Oficios – Oficio Nº 40 de Luis Moutinho de Lima Alvares e Silva. Buenos Aires, 21 de abril de 1842. Original.
    Correspondencia Reservada e Confidencial do Governo Imperial em 1843 e 1844, Missão José Antonio Pimenta Bueno, depois Senador, Conselheiro de Estado, visconde e marquez de São Vicente. Extrato autenticado por Antonio José Cupertino de Amaral.
    4) Ibid. Ibid. Qficio Nº 5 de Luís Moutinho de Lima Alvares e Silva. Buenos Aires, 17 de junio de 1852. Original.
    Ibid. Ibíd.
    5) Public Record Office, Londres. F. O. 13/202. Informe presentado a Lord Aberdeen por G. J. R. Gordon, Agente del Gobierno Británico, a su regreso del Paraguay, 1843. Este documento fue encontrado y traducido por Pablo Max Ynsfran, a cuya gentileza debemos una copia de la versión en castellano.
    A.H.I. Buenos Aires – Despachos – 1826-56. Despacho a Duarte da Ponte Ribeiro. Río de Janeiro, 28 de octubre de 1842. Borrador.
    B. N. R. J. – C.R.B. – I – 29, 24, 4 Nºs 6 y 7. Gordon a los Cónsules López y Alonso. Itapúa, 20 de setiembre de 1842. Originales.
    6) El Nacional Nº 1058, Montevideo, 23 de junio de 1842.
    7) Informe cit. y oficios de Gordon a los Cónsules cit.
    El Nacional Nº 1166, Montevideo, 2 de noviembre de 1842. El artículo, anunciando la llegada de Gordon, terminaba expresando, que la pretensión de Rosas de que el Paraguay forme parte de la Confederación Argentina, «ha servido solamente para desenmascararlo en sus proyectos de futura invasión y conquista al Paraguay, y para llamar más y más la atención de las naciones civilizadas sobre su política salvaje perturbadora de la paz y el comercio de sus vecinos».
    8) Gordon a Rivera. Itapúa, 26 de setiembre de 1842.
    El Nacional Nº 1170, Montevideo, 7 de noviembre de 1842, que también publica la contestación de los Cónsules a la nota de Rivera del 1º de agosto de 1842, recomendando a Gordon y de la cual había sido portador el mismo agente inglés.
    9) Informe cit.
    10) Informe cit.
    11) B.N.R.J. – C.R.B. – Gordon a los Cónsules. Asunción, 5 de octubre de 1842. Original.
    12) Informe cit.
    13) Informe cit.
    14) El Paraguayo Independiente nº 89.
    Asunción, sábado, 9 de febrero de 1850.
    15) Ib. Ib.
    16) Informe cit.
    17) B.N.R.J. – C.R.B. I. – 29, 24, 4 Nº 11. Gordon a los Cónsules. Asunción, 10 de octubre de 1842. Original.
    El Paraguayo Independiente Nº 89, cit., publica el texto de la nota. En la reproducción nosotros seguimos al original obrante en la colección vizconde de Río Branco de la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro.
    18) Ibid., Ibid., I – 29, 24, 4 Nº 18. Carlos Antonio López a Gordon. Asunción, 20 de octubre de 1842. Copia.
    19) A.H.I. Buenos Aires – Oficios. Reservado Nº 1 de Duarte da Ponte Ribeiro. Buenos Aires, 22 de agosto de 1842. Original.
    Correspondencia Reservada e Confidencial do Governo Imperial em 1843 e 1844, cit. Extracto autenticado por Antonio José Cupertino de Amaral.
    20) Juan E. O’Leary. Los legionarios. Asunción, 1930, pág. 63 y sigts.
    Juan B. Gil Aguínaga. La Asociación Paraguaya en la Guerra de la Triple Alianza. Buenos Aires, 1959, pág. 24 y 25.
    21) Julio César Chaves. El Supremo Dictador. Tercera edición. Buenos Aires, 1958, pág. 101, 102 y 103.
    Id. Id. Historia de las relaciones entre Buenos-Ayres y el Paraguay. Segunda edición. Asunción-Buenos Aires, 1959, pág. 129 y 130.
    22) Juan B. Gill Auinaga. Ob. cit., pág. 34.
    23) Francia al Delegado de Itapúa, 4 de febrero de 1830. Julio César Chaves. El Supremo Dictador, cit., pág. 248.
    24) R. Antonio Ramos. La personalidad histórica de Juan Andrés Gelly. El Pais Nº 1402. Asunción, 26 de agosto de 1944.
    25) Informe citado.
    26) Informe cit.
    27) Informe cit.
    28) B. N. R. J. – C. R. B. – I – 29, 24, 4 Nº 24. Gordon a Carlos Antonio López, Buenos Aires, 12 de diciembre de 1842. Original.
    29) Actas de las sesiones de los Congresos de la República, cit., pág. 35.
    30) Ib. Ib., pág. 40 y sigts.
    El Paraguayo Independiente Nº 8. Asunción, sábado, 14 de junio de 1845.
    31) Actas de las sesiones de los Congresos de la República, cit., pág. 35 y sigts.
    32) Ib. Ib. Ib., pág. 39 y 40.
    33) Mensajes de Carlos Antonio López, Asunción, 193l, págs. 71 y 72.
    Juan F. Pérez Acosta. López y Rosas. Buenos Aires, 1944, pág. 5 y 6.
    34) El Paraguayo Independiente Nº8, cit.
    35) Ib. Ib. Ib.
    36) Repertorio Nacional Nº 18. Decreto de 28 de octubre de 1843.
    R. Antonio Ramos. La Independencia del Paraguay y Rosas. El País. Asunción, 23 de diciembre de 1944.
    37) Mensaje de los Cónsules López y Alonso de 1844.
    R. Antonio Ramos. Art. cit.
    38) Tanto El Paraguayo Independiente como el Semanario de Avisos y Conocimientos Utiles recordaban invariablemente el 25 de diciembre con artículos de elevado sentido patriótico, reproduciendo al mismo tiempo el acta de ratificación de la independencia.
    R. Antonio Ramos, Art. cit.


    Fuente:
    LA INDEPENDENCIA DEL PARAGUAY Y EL IMPERIO DEL BRASIL
    Autor: ANTONIO RAMOS
    Publicación conjunta de
    CONSELHO FEDERAL DE CULYURA E DO
    INSTITUTO HISTÓRICO E GEOGRÁFICO BRASILEIRO
    Rio de Janeiro - Brasil (1976)





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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    CONGRESO DE 1842


    Por ANTONIO RAMOS






    CONGRESO DE 1842

    El «eje pasivo» que caracterizó a las relaciones entre el Paraguay y la Confederación Argentina durante el gobierno del Dr. Francia cambió después de la muerte del Supremo Dictador. El Paraguay que abandonó su sistema de aislamiento para abrir sus puertas al comercio del mundo, encontró la oposición de Juan Manuel de Rosas, que se consideraba dueño de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina, luego de haber instaurado un régimen de violencia.


    José Gaspar Rodríguez de Francia dejó de existir el 20 de setiembre de 1840. Diversos gobiernos le sucedieron hasta que el Congreso General reunido en marzo de 1841, encomendó la administración del país a los ciudadanos Carlos Antonio López y Mariano Roque Alonso, con la denominación de Cónsules de la República. Estos magistrados estaban facultados, entre otras cosas, de acordar y determinar lo conveniente acerca del comercio con el Brasil por el puerto de Itapúa y de las relaciones de amistad con los otros gobiernos, «sin perjuicio de la independencia y seguridad de la República». (1)


    Si «la independencia y seguridad de la República» fue preocupación fundamental de la Junta Superior Gubernativa, del primer consulado y del dictador Francia, también lo fue de los mandatarios posteriores a éste, que lucharon contra la absorbente política de Rosas.


    En abril de 1842 partía de Río de Janeiro, Jorge Roberto Gordon, agregado a la legación británica en la Corte de San Cristóbal, con destino a Buenos Aires, de donde debía trasladarse al Paraguay, en misión especial del gobierno inglés. (2)


    En esa misma época el ministro brasileño, Luis Moutinho de Lima Alvares e Silva, solicitaba autorización del gobierno argentino para que Antonio José Lisboa, nombrado encargado de negocios del Imperio en la capital paraguaya pudiera trasladarse en un buque de guerra a cumplir su cometido. Rosas se opuso no solamente a la navegación del barco en aguas de la Confederación sino que también a que el agente brasileño transitase por territorio argentino. En aquella ocasión, Felipe Arana, ministro de relaciones exteriores del dictador porteño, manifestó al plenipotenciario imperial, de parte del mismo Rosas, que accediendo éste a la partida de un representante extranjero hacia Asunción, «reconocería ipso facto la independencia del Paraguay». Arana agregó confidencialmente que «las vistas del Dictador eran incorporar a la Confederación Argentina la Provincia del Paraguay, que de derecho formaba parte de dicha Confederación, no estando, hasta aquí, separada de ella sino de facto». Por su parte, Moutinho de Lima Alvares e Silva comentó: «Esto no me causó la más pequeña admiración, por el conocimiento que tengo de este Gobierno. V.E. hallará también esta pretensión coherente con los principios que sustentó con el Brasil el Gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata, relativamente al Estado Cisplatino, principios expuestos en nota del 4 de noviembre de 1825...». (3)


    Tal era el espíritu de Rosas, cuando Gordon arribó a Buenos Aires. Por intermedio del ministro británico en esta capital, Juan Enrique Mandeville, gestionó la autorización correspondiente para continuar viaje, remontando el Río Paraná. Encontró la misma oposición que Lisboa. (4) Tuvo que cruzar de nuevo al Uruguay para poder seguir su derrotero. «Por mi despacho Nº 6, del 21 de junio de 1842, decía a Lord Aberdeen, sabe Vuestra Señoría que no logré obtener permiso del gobierno de Buenos Aires para seguir viaje por agua hasta el Paraguay, Ruta que me hubiese habilitado mejor, por varias razones, a llenar satisfactoriamente los objetivos de mi misión, y que, en consecuencia, regresé a Montevideo, a fin de hacer los arreglos necesarios para tomar la Ruta terrestre, desde aquí hasta Asunción. Mis despachos Nos 7, 9 y 10, del 11, 22 y 29 de julio del año pasado, respectivamente, habrán enterado a Vuestra Señoría de las facilidades que me dieron D. Fructuoso Rivera y el Gobierno montevideano para la prosecución de mi viaje; el 30 de julio anterior partí de esa Capital provisto de todos los medios de resguardo para mi seguridad personal y la de mis acompañantes y que me permitieron, al propio tiempo, cubrir el recorrido con toda la comodidad de que un viaje en estos países es suceptible». Acompañaban a Gordon, su joven amigo C. Maylor y J. Barclay, que pretendía hacer investigaciones sobre botánica. (5)


    La actitud de Rosas provocó comentarios desfavorables en Montevideo, centro de la resistencia contra el Restaurador de las Leyes. El Nacional, al atacar la dictadura de la margen opuesta del Río de la Plata, defendió la independencia del Paraguay. En un artículo intitulado: Independencia del Paraguay. Veto de Rasas a los ministras inglés y brasilero acreditados cerca de los S. S. Cónsules del Paraguay, expresaba que Gordon havía venido como Encargado de Negocios de la Gran Bretaña ante el gobierno de Asunción. En Buenos Aires el British Packet declaró «que el Señor Gordon no era sino un viajero recomendado, y no un cónsul, pues que el Paraguay no podía entenderse con las naciones extranjeras, porque era provincia argentina, y Rosas está encargado de las relaciones exteriores». El British Packet es órgano de Rosas y ha negado así el derecho que tiene Inglaterra de «acreditar ministros cerca de todo gobierno independiente». Gordon no ha podido cruzar territorio argentino, dado el principio sentado por el British Packet, e intentó marchar a1 Paraguay, no obstante la prohibición de Rosas, pero se le avisó que sería asesinado en el camino. En consecuencia, viajará por territorio oriental, escoltado por tropas del presidente Rivera. Igual declaración hizo Rosas al señor Lisboa, prohibiéndole también transitar por territorio argentino, en el carácter de representante del Brasil en el Paraguay.


    No creemos, agrega el diario uruguayo, que Inglaterra y el Brasil soporten esta insolencia del «degollador Rosas», que no es sino un «pretexto alevoso» para llevar la guerra al «territorio inocente y pacifico de la República del Paraguay». No puede dudarse que este Estado es de hecho y de derecho independiente. Lo es de derecho porque con la revolución rompió todo vínculo con la corona española, de la cual formaba parte por el derecho de conquista. Cada país quedó respecto de los otros «en estado de independencia política», cada uno asumió su propia soberanía. Asi surgieron del Virreinato del Río de la Plata cuatro repúblicas, sin que esto signifique una violación del derecho público. Negar la independencia del Paraguay constituye un injustificado agravio. El Paraguay debe ponerse en armas contra el que quiere tenerlo como provincia suya y cerrar toda comunicación con él, porque Rosas no duerme. Si éste triunfase sobre el Estado Oriental y Corrientes, invadiría el Paraguay, que es poderoso, pero está desarmado y «sus hijos no están avezados a la guerra». Es urgente que los Cónsules corten sus relaciones con Rosas y establezcan una rigurosa vigilancia en Itapúa, porque están sobre un volcán, «desde que el degollador Rosas les ha arrojado tan audazmente el guante! Caiga el tirano enemigo de la independencia de los pueblos! La espada de un degollador no ha de unir en un rebaño, a los que quieren vivir separados. Cuando los pueblos del Río de la Plata hayan establecido sólidamente su paz, su orden, su constitución interior, entonces si lo tienen a bien, podrán formar como estados independientes y soberanos un gran Pacto simplificando sus relaciones exteriores que las una ante el extranjero, y que los haga respetables en la paz y poderosos en la guerra». (6)


    Gordon no venia investido del carácter de cónsul ni de encargado de negocios, era un enviado particular de S.M.B. El Nacional al denunciar a la opinión internacional la prohibición de Rosas llamaba la atención del Paraguay frente al peligro que significaba la tendencia porteña. La absorción de la república daría un poder ilimitado al dictador de Buenos Aires y la integridad del Uruguay quedaría también seriamente amenazada. Era necesario estar en guardia. La voz de alerta resonó en el Paraguay. Los Cónsules no se dejaron sorprender. Gordon les confirmó lo que ya sabían sobre la política de Rosas.


    El Pacto, propugnado por el valiente órgano de la libertad, tenía sentido americano y recuerda las palabras de Bolívar. Era un Pacto libremente consentido entre países soberanos, para una unidad de acción ante lo foráneo, «que los haga respetables en la paz y poderosos en la guerra». No otro sentido tienen los actuales convenios panamericanos, inspirados en los ideales del Libertador.


    El 19 de setiembre Gordon se encontraba en el campamento de San José, en la margen izquierda del Paraná. Al día siguiente cruzó a Itapúa, puerto habilitado, desde la época del dictador Francia, al comercio con los brasileños, donde fue recibido «con la mayor civilidad». Sin pérdida de tiempo dirigió dos comunicaciones a los Cónsules, pidiendo permiso para seguir viaje y remitiendo sus pasaportes, uno expedido por Mr. Hamilton, ministro británico en el Brasil y, otro, por las autoridades uruguayas, como asimismo las notas enviadas al gobierno paraguayo por Fructuoso Rivera y Mandeville. (7) También desde Itapúa escribió al mandatario uruguayo, anunciándole que el 20 había llegado a ese pueblo y que la tarde del mismo día se había dirigido a los Cónsules, cuya contestación recibió el 25, con la autorización de seguir viaje con sus acompañantes. El permiso no alcanzaba a la escolta oriental, bajo cuya protección había transitado con felicidad hasta entrar en territorio paraguayo, por ser ya innecesaria su cooperación, en el concepto del gobierno de Asunción. Al terminar dejó constancia de sus «sinceros agradecimientos». (8)


    En la mañana del 3 de octubre llegó a la capital, siendo recibido por «un nutrido concurso de pueblo, tanto a pie como a caballo». Se alojó en la casa que le había reservado el gobierno. La tarde de ese mismo día fue recibido por el Primer Cónsul, Carlos Antonio López, a quien explicó los propósitos de su misión y el «carácter extraoficial en que venía». En la conversación, que fue cordial, don Carlos, después de interrogarle acerca de su regreso, manifestó que había oído de una negativa del general Rosas a permitir que el agente inglés se dirigiese por el Paraná con destino al Paraguay. «Le conté – expresa Gordon – que la información era exacta, y al preguntarme sobre las razones alegadas para fundamentar esa negativa, se las expuse, como expresé en mi Despacho Nº 6 a Vuestra Señoría. Al oírlas y conocer las pretensiones que abrigaba Rosas respecto del Paraguay, el Sr. López se exitó y demostró vivo interés, preguntándome seguidamente si yo temería ir u objetaría ir aguas abajo amparado por el pabellón paraguayo. Le contesté que, lejos de ello, yo intentaba pedir esa protección y auxilio cuando llegase el momento y que me sentía feliz de que Su Excelencia se me hubiese adelantado. Es más, le dije, si yo no obtuviera ese medio para ir a Buenos Aires, estaba resuelto a fletar la mejor embarcación que pudiera procurarme en Asunción con tal propósito, puesto que se trataba de la ruta señalada por mis Instrucciones. El Snr. López me prometió considerar el asunto». (9)


    Al día siguiente Gordon fue nuevamente recibido por el Primer Cónsul en la casa de gobierno. López le preguntó, antes de entrar a considerar cualquier otro tema, si objetaría expresar por escrito las razones aducidas por Rosas para negarle el permiso de seguir hasta Asunción por el Río Paraná. El Primer Cónsul propuso solicitar por nota esos datos, a fin de no hacer aparecer al enviado inglés como oficioso en la cuestión. «Una vez más – afirma Gordon – el Sr. López se manifestó profundamente ofendido por las pretensiones del general Rosas. Declaró que la afirmación de existir en el Paraguay un partido favorable a la unión con la Confederación Argentina era absolutamente falsa, y que él debía prepararse, ante esta declaración, para todos los extremos que pudieran surgir por ese lado». (10)


    El 5 se dirigió nuevamente a López y Alonso para agradecer los auxilios que por «órdenes del Supremo Gobierno» le habían prestado en su viaje desde Itapúa, «como para su residencia en Asunción», e informar que el gobierno de la Reina al confiarle la misión, buscaba adquirir noticias exactas acerca del estado político y los recursos mercantiles del Paraguay y de averiguar la disposición del Gobierno de la República con respecto al establecimiento de Relaciones amistosas con el de la Gran Bretaña».


    Para poder cumplir sus instrucciones solicitó del Supremo Gobierno una información oficial sobre los siguientes puntos: I – Disposición de los Exmos. Señores Cónsules para entrar en relaciones amistosas y comerciales con la Gran Bretaña; II – si el sistema del difunto Dictador continuaría total o parcialmente; III – si el Supremo Gobierno de la República estaría dispuesto a recibir y tratar, con la debida atención y cortesía, a los agentes comerciales enviados por la Gran Bretaña para residir en Asunción o en los puertos habilitados para el comercio; IV – si el gobierno del Paraguay estaría dispuesto a asegurar a los súbditos británicos sus derechos civiles y el libre ejercicio de su religión; y V – si la esclavitud o el tráfico de esclavos existían en el Paraguay y en qué proporciones. (11)


    El 7 de octubre, al encaminarse hacia la casa del gobierno, para entrevistarse por cuarta vez con Carlos Antonio López, Gordon recibió dos comunicaciones. Por la primera los Cónsules acusaban recibo de la nota en la cual el enviado británico dio a conocer los objetivos de su misión y reiteraban los propósitos expuestos anteriormente a Lord Palmerston de «cultivar amistosas relaciones comerciales con todas las naciones» dentro de una completa neutralidad, declarando que el gobierno paraguayo «al presente no estaba en condiciones de concertar Tratados con ninguna, porque para este efecto necesitaba recibir facultades del Soberano Congreso de la República, y que tales relaciones sólo se podrían cultivar can naciones que previa y solemnemente reconociesen la independencia del Paraguay». (12) El documento consular expresaba con objetiva claridad el anhelo hondamente sentido por el país. Por supeditar al reconocimiento de la independencia las relaciones exteriores, el dictador Francia cayó en el aislamiento y durante el gobierno de Carlos Antonio López la República abrió sus puertas al comercio del mundo cuando las naciones americanas y europeas reconocieron la soberanía del Paraguay.


    La segunda de las comunicaciones era el pedido para que Gordon expresase las razones alegadas por Rosas para prohibirle el viaje por el Paraná. «La nota estaba concebida en forma tal, – agrega el agente de S. M. B. – que hacía imposible una contestación de mi parte; en consecuencia, al otro día, 8 de octubre en mi quinta entrevista con el Sr. López, le rogué que me permitiera devolverla la nota, y le dije que yo debería recibir otra redactada en términos diferentes, para poder satisfacer su pedido». (13)


    Los designios de Rosas habían llegado a conocimiento del Primer Cónsul por comunicaciones de «personas que ocupaban los primeros puestos en los Estados vecinos», según afirmó El Paraguayo Independiente. Ahora con la presencia de Gordon se confirmaba «la perfidia y miras avanzadas del Gobierno de Buenos Aires contra la República del Paraguay». Ese gobierno había tenido la temeridad de asegurar en una conferencia con el ministro Mandeville, «que el Paraguay deseaba incorporarse a la Confederación y que no esperaba sino la reunión de un Congreso general para pronunciarse en ese sentido». (14)


    La versión era totalmente infundada. Tal deseo de incorporación nunca existió, era una creación de la política tiránica y agresiva de Rosas. Por el contrario de lo que en sus excesos afirmara el dictador de Buenos Aires, el Congreso de 1842, antes que declarar la incorporación a la Confederación Argentina, ratificó solemnemente le independencia absoluta del Paraguay.


    Los Cónsules aceptaron cambiar los términos de la nota objetada por Gordon y el 10 de octubre le hacían llegar la siguiente representación:


    «El Superior Gobierno de la República del Paraguay se dirije afectuosamente al Señor Jorge G. Robert Gordon enviado por el Gobierno de S.M.B. en misión particular a esta República, y le dice que el Superior Gobierno se interesa con Su Señoría a fin de que le transmita auténticamente las ideas políticas del Gobierno de Buenos Aires relativamente a esta República, y su actual Gobierno, según lo que S.S. haya concebido con motivo de la conferencia a que dió lugar su solicitud ante el Gobierno argentino para dirigirse por el río a esta República.


    El Supremo Gobierno quedará muy reconocido a este obsequio, y será una prueba de la buena amistad que reina entre esta República, y la heroica nación británica, a quien consagra sus votos de afecto el Gobierno que subscribe, y que saluda a S.S. con distinguido aprecio y respeto». (15)


    La nota, redactada en términos cordiales y con expresiones afectuosas para la «heroica nación británica», fue contestada en el día. Gordon dejó aclarado previamente que su misión «no tenía carácter oficial», por eso ya en Buenos Aires había actuado como «individuo privado», «por cuya razón expresa en su comunicación a Lord Aberdeen – no oí del general Rosas la exposición de sus razones para rehusar la solicitud de Mr. Mandeville, ni oficial o inmediatamente de él, ni de su Gobierno. Después de estos preliminares, extracté del Despacho de Mr. Mandeville a Vuestra Señoría, Nº 50, de fecha 20 de junio, los pasajes que darían a conocer al Gobierno los argumentos empleados por el Señor Arana sobre el asunto». (16)


    Con esta advertencia, Gordon pasó a responder al Supremo Gobierno, haciendo una relación de lo que constituían los motivos de la negativa de Buenos Aires, decía: «El Gobernador de Buenos Aires habrá determinado a negar al infrascripto permiso para dirigirse por el Paraná al Paraguay, porque al Ministro Brazilero se habia negado igual suplica, y que el conceder al Ministro Británico lo que havia sido negado a ese le daria justa causa de queja:


    Que, si el infrascripto recibiese la licencia en cuestión, cualquier otro Gobierno tendría derecho al mismo favor:


    Que existia en este Pais un partido que queria formar una Provincia y parte de la Confederación Argentina; y


    Que el Gobierno de Buenos Aires no habia reconocido este Pais como Estado independiente, y que por tanto no permitiria Agentes Públicos o Particulares a pasar por el territorio de la Confederación para visitarlo. Al mismo tiempo desconocióse todo designio, de parte del Gobierno de Buenos Aires, de obligar al Paraguay, por las armas, a unirse a la Confederación pero que, con todo, no se permitiria Agentes Extrangeros a pasar para alla; (se tenga el poder de impedirles) mientras que el Paraguay no se habrá pronunciado por entero en favor de un cualquier modo de Gobierno, sea en la forma de un Estado independiente, sea como una Provincia, haciendo parte integrante de la Confederación». (17)


    La respuesta de Gordon mereció el agradecimiento del gobierno paraguayo. (18) La información del agente inglés era un testimonio fehaciente de las intenciones de Rosas y coincidían con la enviada a la Corte de San Cristóbal por el ministro brasileño en Buenos Aires. Duarte da Ponte Ribeiro, refiriéndose a una conversación mantenida con el dictador porteño respecto a la misión de Antonio José Lisboa, expresaba: «Discurrió (Rosas) sobre el estado del Paraguay para mostrar que no quieren contacto con europeos y sí, relaciones de comercio con Buenos Aires y con el Brasil; que él sabe del estado de aquel país; que cuenta tener allá amigos y algún partido, integrado por más de dos mil paraguayos que regresaron después de varios años de estar empleados por él en sus estancias; que Gordon, aún cuando allá pueda llegar, no será admitido, según las noticias que Oribe le escribió el 5 del corriente, de la Bajada de Santa Fé, dadas por un teniente coronel que bajaba de Neembucú en una de las seis escunas paraguayas tomadas en el Paraná por Garibaldi, circunstancia que debía aumentar la natural aversión a los extrangeros. Amenazó con la completa destrucción de la escuadrilla comandada por aquel italiano, formada por cinco barcos y seguida de cerca por la de Brown, compuesta de ocho buques; que talvez esa atrevida expedición concurra para decidir a los paraguayos para entrar más de prisa en la órbita de los intereses de la Confederación. Que su intento no era obligarlos sino convencerlos de lo que más les conviene, si quieren ser respetados, para cuyo fin contaba mandar un comisionado, pero que esperaba primero la venida de otros que allá se estaban aprontando, para que no suceda lo mismo que hicieran con otros que le venían dirigidos». (19)


    Rosas argumentaba en esta forma buscando impresionar al diplomático imperial, a quien en esa ocasión ratificó la negativa de permitir el tránsito de Lisboa por territorio de la Confederación. Es posible que el dictador porteño tuviese amigos en el Paraguay, cuyo número sería muy reducido, tal vez se refiriese a los que en los últimos tiempos de su predominio, en setiembre de 1850, le pidieron una invasión a la república. (20) Los firmantes de esa petición, que eran Fernando Uturburu y Carlos Loizaga, constituían una imperceptible minoría y no representaban la aspiración nacional. El país anhelaba la independencia absoluta de todo poder extraño y nunca, antes ni después, se escuchó una voz apoyando las pretensiones de Rosas. Los amigos a que se refería este dictador serían individuales y muy contados, y sin ninguna influencia en la opinión pública. No era verosímil ni posible la formación de «algún partido», dado el sistema político del país. El llamado porteñista quedó anulado en los albores de la independencia. (21) Menos verosímil era que el partido favorable a Rosas estuviese integrado por más de dos mil paraguayos, que luego de ser empleados en las estancias del dictador de Buenos Aires, hubiesen vuelto a la República.


    También en 1864 los fundadores de la «Asociación Paraguaya» creyeron contar con dos mil paraguayos que ingresarían en la «legión» para formar el cuerpo que colaboraría en la guerra para derribar al «tirano». (22) Ni los dos mil de Rosas ni los de la «Asociación Paraguaya» aparecieron nunca. En 1842, no podía entrarse en el país sin previo permiso del gobierno, en ese orden seguía vigente el régimen del Dr. Francia, si bien, con más flexibilidad. Es sabido que el Supremo Dictador no permitía la entrada y salida de nacionales y extranjeros, salvo rarísimas excepciones. Preocupaba a Francia la expatriación de sus conciudadanos y prohibió que saliesen «a correr por otras tierras». (23) Como en la época de la dictadura perpetua muy difícil hubiera sido entrar en el país a un paraguayo, que hubiese estado al servicio de Rosas, sin el previo juramento de la independencia nacional. Juan Andrés Gelly, que luchó contra el Restaurador de las Leyes, después de treinta y dos años de ausencia, tuvo que prestar ese juramento, en 1845, para poder pisar el suelo de la patria. (24)


    Rosas no invadió al Paraguay. No recurrió a la violencia para alcanzar la incorporación porque otros problemas y otras fuerzas le impidieron. Los medios pacíficos de nada le valieron y el comisionado anunciado nunca apareció. Los mismos argumentos expuestos a Ponte Ribeiro seguirá expresando en sus comunicaciones al gobierno paraguayo y en su prensa.


    Rosas, a estar por lo que refiere Gordon, no dejó de intentar alguna penetración en el Paraguay, como consecuencia de su política hegemónica. En la conferencia del mismo Gordon del 12 de octubre con el Primer Cónsul, éste le dio a saber «que se había sospechado y en parte descubierto en Neembucú, una intriga del Gobernador de Buenos Aires, pero que por no haberse empleado suficiente cautela, los comprometidos habían escapado». Carlos Antonio López desconfiaba de los fundamentos del relato y le era penoso tratar del tema, porque naturalmente se mostraba adverso a admitir la existencia en el país de «un partido que se oponga a su Gobierno», informa Gordon, para luego agregar: «... no tengo duda alguna de que el Gobernador Rosas medita planes revolucionarios en el Paraguay desde hace largo tiempo – probablemente dándoles ya un principio de ejecución; y conozco más de una persona en esta Capital que me habló de lo bueno que era el sistema del Gobernador de Buenos Aires y del deseo que sustituya al que actualmente rige en el Paraguay». (25)


    Es posible que Rosas hubiese meditado planes revolucionarios a desarrollarse en la República, pero que nunca tuvieron principio de ejecución. Desde luego Gordon no hace una afirmación a este respecto, al referirse al asunto usa el término probablemente. La penetración de una propaganda revolucionaria era sumamente difícil, teniendo en cuenta el estricto control establecido en la frontera para la entrada y salida de las personas. El gobierno paraguayo estaba firmemente en guardia contra las asechanzas del exterior. Si don Carlos dudaba de los fundamentos de la intriga antes aludida, de cuyas consecuencias no se tiene noticia alguna y Gordon sólo hablaba de que probablemente los planes revolucionarios de Rosas habrían tenido principio de ejecución, quiere decir que no existía ninguna certeza acerca de la acción de ese dictador en el Paraguay.


    Gordon afirma que a más de una persona escuchó hablar de la bondad del sistema de Rosas y del deseo que sustituya al del Paraguay, sin citar el nombre de esas personas ni el número de las mismas. La afirmación es vaga como la referente al principio de ejecución de los planes revolucionarios, no tiene consistencia como para fijar la verdad histórica. Y aún en el supuesto de que existiera lo que Gordon escribe, tales deseos nunca afloraron en el escenario público, nunca tuvieron fuerza como para formar un partido, no fueron sino meras manifestaciones particulares, a las cuales el enviado de S.M.B. dio una categoría que no tenían. La opinión nacional era contraria a las pretensiones de Rosas y toda manifestación que no estuviese de acuerdo con ella tendría la más enérgica repulsa del gobierno como del pueblo. La República se mantuvo firme frente a la política del Amo de Palermo, ratificando su decisión de defender su independencia.


    Al entregar la nota del 10 de octubre a Carlos Antonio López, Gordon anotó; «le dije que una atenta consideración de la conveniencia de hacer tal comunicación, me había convencido de que era correcta y apropiada. Porque, como el Gobierno de Buenos Aires declaró expresamente que no permitiría comunicación oficial alguna, siempre que lo pudiera evitar, entre el Paraguay y las Naciones Extranjeras, hasta que todo el país se hubiese pronunciado sobre una o otra forma de Gobierno, así como también sobre la cuestión de si el país entraría o no a formar parte de la Confederación Argentina – yo suponía que estaba en el interés de las Naciones Extranjeras el conocer los sentimientos reales del Paraguay acerca de estos puntos, y entendía que, al suministrar a Su Excelencia la presente información, le daba una base para invitar a la opinión de la República a hacer una Declaración semejante, como un paso hacia la solución de la cuestión y el establecimiento – así debe esperarse – del libre intercambio comercial y político entre la República y las demas naciones». (26)


    La sugestión de Gordon era la de un amigo y estaba inspirada en el «deseo de desvanecer la maliciosa intriga urdida por Rosas, al presentar a la República como dispuesta a incorporarse a la Confederación Argentina. El enviado de S.M.B. conocía el interés de su país en mantener relaciones comerciales con el Paraguay, considerado como Estado soberano. Su misión, si bien no tenía carácter político, constituía, en sí misma, un reconocimiento de facto de la independencia nacional, de la cual podría dudarse si la propaganda de Rosas no se contrarrestase con una declaración pública y categórica. La voz oficial del Paraguay, emanada directamente de la voluntad popular, era necesaria ser escuchada en América y Europa, para fijar con firmeza su posición de país independiente, tanto de la Confederación Argentina como de todo poder extraño. Sólo así podría solucionarse la cuestión del establecimiento del «libre intercambio comercial y político entre la República y las demás naciones».


    No escapó a Carlos Antonio López el significado de esta realidad. Tanto fue así, que, aun antes del regreso de Gordon, la consulta a la soberanía popular quedó resuelta. El 24 de octubre el agente inglés visitó nuevamente al Primer Cónsul, en cuya ocasión le obsequió «un juego de navajas de afeitar inglesas y un abanico para su señora», y Don Carlos ratificó «la seguridad de la buena disposición del Gobierno de estrechar relaciones con la Gran Bretaña». Gordon agrega, que López, dándole «una prueba más de confianza», le informó «que había impartido instrucciones para la convocatoria de un Congreso extraordinario, con el propósito de someter a su consideración las pretensiones del general Rosas y descubrir si existe en el país un partido favorable a la unión con la Confederación Argentina. Que otro de los objetos de la convocatoria era definir las facultades y atribuciones del Gobierno en lo concerniente a las Relaciones Exteriores; – que después de la reunión del Congreso, se enviaría un barco a Buenos Aires; – que entonces el Gobierno del Paraguay – en caso de que este barco sufriese algún obstáculo a su descenso por el Paraná o a su vuelta al Paraguay por cualquiera de las Provincias ribereñas estaría habilitado a responder a un acto semejante (o cualquier otro acto injustificable del general Rosas u otros) apoyado en la plena autoridad de la nación, y probar así, tanto a las Potencias Extranjeras como a Buenos Aires, que el Paraguay es de hecho independiente y no deseaba unirse a la Confederación Argentina». (27)


    Al despedirse Gordon del gobierno, López volvió a decirle, que «cuando el Congreso haya mostrado con su voto que no se inclinaba en favor de la Confederación Argentina, una imponente expedición iría aguas abajo para notificar oficialmente al Gobernador Rosas de este resultado». Esa misma tarde, 26 de octubre, obtuvo un ejemplar del decreto de convocatoria, cuya copia y traducción remitió a Londres. No dudó del resultado del «Soberano Congreso Extraordinario». Desde Buenos Aires pidió a Carlos Antonio López «copia del acto» en que «habrá concordado» la Asamblea, por considerar de interés comunicar a su Gobierno. (28)


    Las palabras de Gordon no cayeron en el vacío. Los Cónsules comprendieron su transcendencia. La actitud de Rosas y la conveniencia de que las demás naciones conociesen oficialmente la independencia del Paraguay, reclamaban perentoriamente una resolución clara, pública y categórica. El Supremo Gobierno, por decreto del 24 de octubre de 1842, diez días después de la sugestión de Gordon, convocó a un Congreso extraordinario. Los considerandos aludían a la necesidad de examinar asuntos importantes relacionados con el bien y felicidad de la República, sobre los cuales los Cónsules al pronunciarse podrían sobrepasar sus atribuciones, aun cuando tuviesen el apoyo de la opinión pública; a las circunstancias especiales de orden político que exigían consultar a la soberanía nacional para obrar con acierto; y, a que siendo aun lejana la fecha del futuro congreso ordinario, no podía demorarse la atención de cuestiones que demandaban una urgente resolución. La Asamblea debía reunirse en la capital, el 25 de noviembre siguiente, con cuatrocientos diputados, que debían ser «Ciudadanos propietarios y de capacidad, nombrados en proporción al número de Departamentos de la República». El diputado electo no podía excusarse sino por causa grave y justificada. (29)


    El 25 de noviembre de 1842, el Congreso extraordinario inició sus deliberaciones en la iglesia de la Encarnación, con la presidencia de Carlos Antonio López. El día de su instalación, aprobó por unanimidad, la solemne declaración siguiente:


    «En esta ciudad de la Asunción de la República del Paraguay, a veinte y cinco de Noviembre de mil ochocientos cuarenta y dos, reunidos en el congreso general extraordinario cuatrocientos diputados por convocatoria especial de los Señores Cónsules que forman legalmente el Supremo Govierno, ciudadanos Carlos Antonio López y Mariano Roque Alonso, usando de las facultades que nos competen, cumpliendo con nuestro deber, y con los constantes y decididos deseos de nuestros conciudadanos, y con los que nos animan en este acto. – Considerando. Que nuestra emancipación e independencia es un hecho solemne e incontestable en el espacio de más de treinta años. – Que durante este largo tiempo y desde que la República del Paraguay se segregó con sus esfuerzos de la Metrópoli española para siempre; también y del mismo modo se separó de hecho de todo poder extrangero, queriendo desde entonces con voto uniforme pertenecer a sí misma; y para formar, como ha formado, una nación libre e independiente bajo el sistema republicano sin que aparezca dato alguno que contradiga esta explícita declaración. – Que este derecho propio de todo estado libre se ha reconocido a otras provincias de Sud América por la República Argentina y no parece justo pensar que aquel se le desconozca a la República del Paraguay, que ademas de los justos títulos en que lo funda, la naturaleza la ha prodigado sus dones para que, sea una nacion fuerte, populosa, fecunda en recursos y en todos los ramos de industria y comercio. – Que tantos sufrimientos y privaciones anteriores consagrados con resignación a la independencia de nuestra República por salvarnos a la vez del abismo de la guerra civil, son también fuertes comprobantes de la indudable voluntad general de los pueblos de la República por su absoluta emancipación e independencia de todo dominio y poder extraño. – Que consecuente a estos principios y al voto general de la República, para que nada falte a la base fundamental de nuestra existencia política, confiados en la divina providencia, declaramos solemnemente. – Primero. La República del Paraguay en el de la Plata es para siempre de hecho y derecho una nación libre e independiente de todo poder extraño. – Segundo. Nunca jamás será el patrimonio de una persona ó de una familia. – Tercero. En lo sucesivo el Gobierno que fuese nombrado para presidir los destinos de la nación, será juramentado en presencia del Congreso, de defender y conservar la integridad e independencia del territorio de la República, sin cuyo requisito no tomará posesión del mando. Exceptúase el actual Gobierno por haberlo ya prestado en la acta misma de su inauguración. – Cuarto. Los empleados militares, civiles y eclesiásticos serán juramentados al tenor de esta acta luego de su publicación. – Quinto. Ningún ciudadano podrá en adelante obtener empleo alguno sin prestar primero el juramento prevenido en el articulo anterior. – Sexto. El Supremo Gobierno comunicará oficialmente esta solemne declaración a los Gobiernos circunvecinos, y al de la confederación argentina, dando cuenta al soberano Congreso de su resultado. – Séptimo. Comuníquese al poder ejecutivo de la República para que la mande publicar en el territorio de la nación con la solemnidad posible, y la cumpla y haga cumplir como corresponde. Dada en la Sala del Congreso firmada de nuestra mano, sellada con el sello de la República y refrendada por nuestro secretario». (30)


    El mismo día el Congreso aprobó también por unanimidad el pabellón y sello de la República. La bandera adoptada tenía tres fajas horizontales, colorada, blanca y azul, luciendo de un lado el escudo nacional con un ramo de palma y otro de oliva entrelazados en el vértice y abiertos en la parte superior, una estrella en el centro y en la orla la inscripción; República del Paraguay. Al lado opuesto, un círculo con el lema escrito de Paz y Justicia y en el centro un león en la base del símbolo de la libertad. El sello nacional era el descrito anteriormente «bajo el jeroglífico de una palma y oliva, una estrella en el centro y la inscripción orlada de la República del Paraguay», el de hacienda era otro círculo con el símbolo de la libertad, el lema, paz y Justicia, en el centro, y la leyenda, República del Paraguay, distribuida también en el margen. El artículo cuarto de la ley disponía la comunicación a los gobiernos de los Estados vecinos y al de la Confederación Argentina. (31)


    En el orden internacional el Congreso aprobó el principio consagrado por el gobierno de guardar con las naciones extranjeras una amistad pura sin otra formalidad ni pactos hasta tanto que la experiencia muestre la necesidad de esta clase de negociaciones, salvo el caso urgente de una alianza ofensiva y el de mantener una estricta neutralidad en las disensiones vecinales. (32)


    El Congreso extraordinario no se apartó de las manifestaciones formuladas por Carlos Antonio López en sus entrevistas con Gordon. Presidido por el Primer Cónsul, es indudable la influencia de este mandatario en sus deliberaciones. Sus resoluciones tuvieron profunda repercusión en la vida de la República. Marca el nacimiento de una época. El horizonte nacional se amplia y el aislamiento del Doctor Francia se rompe, incorporándose el Paraguay en el mundo de las relaciones internacionales. Consecuencia de esta Asamblea, que completó la decisión memorable del Congreso de 1813, será el reconocimiento de la independencia por los países de América y Europa.


    El Supremo Dictador, sin embargo, pesó todavía en sus determinaciones. La declaración de mantener la República una amistad pura con todas las naciones sin necesidad de pactos, hasta tanto se presente la oportunidad de entablar estas negociaciones, era un recuerdo de los recelos tan fuertemente inculcados al país por el Dr. Francia, frente a las influencias que podían venir del exterior. También la estricta neutralidad adoptada en las querellas intestinas de los Estados vecinos era un principio practicado durante el régimen del Supremo Dictador.


    Pero la resolución de mayor importancia y transcendencia era la ratificación de la independencia por una declaración categórica, pública y solemne. El Congreso de 1813 que proclamó nuestra soberanía no había tomado una decisión de la naturaleza de esta última. El mundo continuaba desconociendo oficialmente al Paraguay como nación independiente. Esta omisión vino a salvar la Asamblea de 1842, con el acta del 25 de noviembre, que no hizo otra cosa sino certificar con la autoridad de la voluntad popular, la existencia libre del Paraguay. Esta ratificación facilitó después el reconocimiento de la independencia por las otras naciones, lo que permitió, a su vez, establecer con ellas relaciones permanentes de amistad.


    Carlos Antonio López destacó la transcendencia de las dos Asambleas en la historia de la nación recordándolas con justicia en su mensaje de 1854. «La independencia de nuestro país – decía el esclarecido Presidente – fue declarada y proclamada por el Congreso reunido en Octubre de 1813, pero por una negligencia inexplicable ni se consignó esa declaración en un acto formal, ni se promulgó, ni se juró, ni se comunicó al exterior, y quedó por consiguiente, desconocida y como si no existiese esa independencia. En el congreso general extraordinario reunido en noviembre de 1842 se ratificó aquella declaración: Se consignó en un acta solemne que firmaron todos los Diputados, se juró en toda la República, y se encargó al Gobierno comunicarla a todas las demás naciones, así de América como de Europa, con el fin de anunciar a todos que el Paraguay se abría a la comunicación y comercio de todo el mundo, y para recabar su reconocimiento de Nación soberana e independiente». (33)


    El gobierno dispuso que la independencia fuese jurada el 25 de diciembre, en todo el territorio de la República, lo que se realizó con la mayor solemnidad y júbilo. Los ciudadanos y las corporaciones, «firmes y alegres», prometieron defender la libertad de la patria. «Ellos no juraron en vano, – comenta El Paraguayo Independiente renuevan anualmente su promesa, y el Dios de los ejércitos ha de continuar a protegerla». (34)


    Por disposición expresa del Congreso los Cónsules fueron liberados de la formalidad del juramento. Ellos la cumplieron ante la Asamblea de 1841, jurando sobre los Santos Evangelios: Conservar y defender la independencia e integridad de la República. (35)
    La solemne promesa no era sino la expresión de la voluntad popular. E1 Paraguay no vaciló en defender su patrimonio de nación soberana, oponiendo una valla a la agresión del despotismo.


    El año siguiente los Cónsules declararon al 25 de diciembre, «fiesta cívica de la República», como un «monumento de honor y perpetua memoria», en homenaje a la independencia y establecieron, al mismo tiempo, que cada año dicha fecha fuese solemnemente celebrada con iluminaciones en la capital y en el interior y «con todo genero de diversiones públicas y privadas», desde la víspera. (36)


    El primer aniversario fue «celebrado con extraordinario entusiasmo»(37) y así todos los años. De los festejos conmemorativos nos dan una idea los periódicos de la época. (38) La recordación de tan transcendental acontecimiento de nuestra historia política, ha perdido el entusiasmo de otros tiempos. El 25 de diciembre ha dejado de tener la solemnidad y lucimiento del siglo pasado.



    NOTAS


    1) Actas de las sesiones de los Congresos de la República, desde el año 1811 hasta la terminación de la guerra. Asunción, 1908, pág. 32 y segts. Bando del 14 de marzo de 1841, firmado por López y Alonso, en el Cuartel de San Francisco, dando a conocer las deliberaciones del Congreso clausurado el día anterior a las seis de la tarde.
    2) A.H.I. Buenos Aires – Despachos – 1826-52. Despachos a Antonio José Lisboa, Río de Janeiro, 16 de abril de 1842, y, a Luis Moutinho de Lima Alvares e Silva, Río de Janeiro, 18 de abril de 1842. Borradores.
    3) Ibíd. Buenos Aires – Oficios – Oficio Nº 40 de Luis Moutinho de Lima Alvares e Silva. Buenos Aires, 21 de abril de 1842. Original.
    Correspondencia Reservada e Confidencial do Governo Imperial em 1843 e 1844, Missão José Antonio Pimenta Bueno, depois Senador, Conselheiro de Estado, visconde e marquez de São Vicente. Extrato autenticado por Antonio José Cupertino de Amaral.
    4) Ibid. Ibid. Qficio Nº 5 de Luís Moutinho de Lima Alvares e Silva. Buenos Aires, 17 de junio de 1852. Original.
    Ibid. Ibíd.
    5) Public Record Office, Londres. F. O. 13/202. Informe presentado a Lord Aberdeen por G. J. R. Gordon, Agente del Gobierno Británico, a su regreso del Paraguay, 1843. Este documento fue encontrado y traducido por Pablo Max Ynsfran, a cuya gentileza debemos una copia de la versión en castellano.
    A.H.I. Buenos Aires – Despachos – 1826-56. Despacho a Duarte da Ponte Ribeiro. Río de Janeiro, 28 de octubre de 1842. Borrador.
    B. N. R. J. – C.R.B. – I – 29, 24, 4 Nºs 6 y 7. Gordon a los Cónsules López y Alonso. Itapúa, 20 de setiembre de 1842. Originales.
    6) El Nacional Nº 1058, Montevideo, 23 de junio de 1842.
    7) Informe cit. y oficios de Gordon a los Cónsules cit.
    El Nacional Nº 1166, Montevideo, 2 de noviembre de 1842. El artículo, anunciando la llegada de Gordon, terminaba expresando, que la pretensión de Rosas de que el Paraguay forme parte de la Confederación Argentina, «ha servido solamente para desenmascararlo en sus proyectos de futura invasión y conquista al Paraguay, y para llamar más y más la atención de las naciones civilizadas sobre su política salvaje perturbadora de la paz y el comercio de sus vecinos».
    8) Gordon a Rivera. Itapúa, 26 de setiembre de 1842.
    El Nacional Nº 1170, Montevideo, 7 de noviembre de 1842, que también publica la contestación de los Cónsules a la nota de Rivera del 1º de agosto de 1842, recomendando a Gordon y de la cual había sido portador el mismo agente inglés.
    9) Informe cit.
    10) Informe cit.
    11) B.N.R.J. – C.R.B. – Gordon a los Cónsules. Asunción, 5 de octubre de 1842. Original.
    12) Informe cit.
    13) Informe cit.
    14) El Paraguayo Independiente nº 89.
    Asunción, sábado, 9 de febrero de 1850.
    15) Ib. Ib.
    16) Informe cit.
    17) B.N.R.J. – C.R.B. I. – 29, 24, 4 Nº 11. Gordon a los Cónsules. Asunción, 10 de octubre de 1842. Original.
    El Paraguayo Independiente Nº 89, cit., publica el texto de la nota. En la reproducción nosotros seguimos al original obrante en la colección vizconde de Río Branco de la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro.
    18) Ibid., Ibid., I – 29, 24, 4 Nº 18. Carlos Antonio López a Gordon. Asunción, 20 de octubre de 1842. Copia.
    19) A.H.I. Buenos Aires – Oficios. Reservado Nº 1 de Duarte da Ponte Ribeiro. Buenos Aires, 22 de agosto de 1842. Original.
    Correspondencia Reservada e Confidencial do Governo Imperial em 1843 e 1844, cit. Extracto autenticado por Antonio José Cupertino de Amaral.
    20) Juan E. O’Leary. Los legionarios. Asunción, 1930, pág. 63 y sigts.
    Juan B. Gil Aguínaga. La Asociación Paraguaya en la Guerra de la Triple Alianza. Buenos Aires, 1959, pág. 24 y 25.
    21) Julio César Chaves. El Supremo Dictador. Tercera edición. Buenos Aires, 1958, pág. 101, 102 y 103.
    Id. Id. Historia de las relaciones entre Buenos-Ayres y el Paraguay. Segunda edición. Asunción-Buenos Aires, 1959, pág. 129 y 130.
    22) Juan B. Gill Auinaga. Ob. cit., pág. 34.
    23) Francia al Delegado de Itapúa, 4 de febrero de 1830. Julio César Chaves. El Supremo Dictador, cit., pág. 248.
    24) R. Antonio Ramos. La personalidad histórica de Juan Andrés Gelly. El Pais Nº 1402. Asunción, 26 de agosto de 1944.
    25) Informe citado.
    26) Informe cit.
    27) Informe cit.
    28) B. N. R. J. – C. R. B. – I – 29, 24, 4 Nº 24. Gordon a Carlos Antonio López, Buenos Aires, 12 de diciembre de 1842. Original.
    29) Actas de las sesiones de los Congresos de la República, cit., pág. 35.
    30) Ib. Ib., pág. 40 y sigts.
    El Paraguayo Independiente Nº 8. Asunción, sábado, 14 de junio de 1845.
    31) Actas de las sesiones de los Congresos de la República, cit., pág. 35 y sigts.
    32) Ib. Ib. Ib., pág. 39 y 40.
    33) Mensajes de Carlos Antonio López, Asunción, 193l, págs. 71 y 72.
    Juan F. Pérez Acosta. López y Rosas. Buenos Aires, 1944, pág. 5 y 6.
    34) El Paraguayo Independiente Nº8, cit.
    35) Ib. Ib. Ib.
    36) Repertorio Nacional Nº 18. Decreto de 28 de octubre de 1843.
    R. Antonio Ramos. La Independencia del Paraguay y Rosas. El País. Asunción, 23 de diciembre de 1944.
    37) Mensaje de los Cónsules López y Alonso de 1844.
    R. Antonio Ramos. Art. cit.
    38) Tanto El Paraguayo Independiente como el Semanario de Avisos y Conocimientos Utiles recordaban invariablemente el 25 de diciembre con artículos de elevado sentido patriótico, reproduciendo al mismo tiempo el acta de ratificación de la independencia.
    R. Antonio Ramos, Art. cit.


    Fuente:
    LA INDEPENDENCIA DEL PARAGUAY Y EL IMPERIO DEL BRASIL
    Autor: ANTONIO RAMOS
    Publicación conjunta de
    CONSELHO FEDERAL DE CULYURA E DO
    INSTITUTO HISTÓRICO E GEOGRÁFICO BRASILEIRO
    Rio de Janeiro - Brasil (1976)





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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    El 15 de febrero de 1811 nace Faustino Valentín Quiroga Sarmiento, que ese era su verdadero nombre, alias “Domingo Faustino”, el “padre del aula” o “el loco”.




    Civilizacion y barbarie


    Civilización:
    “El mal que aqueja a la República Argentina
    es la extensión.“ (Sarmiento, Facundo, 1845)






    Barbarie:
    “Soldados de la patria: Las bellas regiones que se extienden hasta la Cordillera de los Andes y las costas que se desenvuelven hasta el afamado Magallanes quedan abiertas para nuestros hijos.” (Rosas, Proclama de Napostá, Campaña al desierto, 1834)


    "En nombre de la libertad y con pretensiones de servirla, nuestros liberales, Mitre, Sarmiento y Cía., han establecido un despotismo turco en la historia, en la política abstracta, en la leyenda, en la biografía de los argentinos. Sobre la revolución de Mayo, sobre la guerra de la independencia, sobre sus batallas, sobre sus guerras ellos tienen un Alcorán, que es de ley aceptar, creer, profesar, so pena de excomunión por el crimen de barbarie y caudillaje”" (Juan Bautista Alberdi. Escritos póstumos. Ensayos sobre la sociedad, los hombres y las cosas de Sudamérica. Buenos Aires. 1899)




    El vendepatria


    En 1842, el Ministro Montt (chileno) adquirió y subvencionó un diario, “El Progreso”, que encomendó al Sanjuanino. Desde el primer número, el 11 de septiembre de 1842, Sarmiento desarrolló una campaña “demostrando” los derechos chilenos sobre el estrecho de Magallanes e insistió en la necesidad de que su país de adopción se adelantara a la Argentina en la ocupación del territorio.


    La campaña encontró gran eco. No era un chileno quien lo decía sino un Argentino de nota. En el ejemplar del 28 de noviembre podía leerse: “Esta habilitación del estrecho ha de acarrearnos inmensas ventajas y nos asegurará un provenir colosal. ¿Quedan acaso dudas, después de todo lo que hemos dicho sobre la posibilidad e hacer segura la navegación el estrecho y establecer allí poblaciones chilenas? (…) Para Chile basta, en el asunto de que tratamos, decir ¡Quiero¡ y el estrecho de Magallanes se convierte en un foco de comercio y civilización”.


    Sarmiento, en “La Crónica” del 11 de marzo de 1849 dice. “Un territorio limítrofe pertenece a aquel de los Estados a quien aproveche su ocupación (…) Para Buenos Aires es una posesión inútil. ¿Que haría el gobierno de Buenos Aires con el estrecho de Magallanes, país remoto, frígido, inhospedable? (…) ¡Que pueble el Chaco y el sur hasta el Colorado y el Negro y deje el estrecho a quién lo posea con provecho….¡ Magallanes, por lo tanto, pertenece a Chile por el principio de conveniencia propia sin darlo a terceros”.


    No solamente quiere entregar el estrecho, sino toda la Patagonia: “Quedaría por saber aún si el título de erección del Virreinato de Buenos Aires expresa que las tierras al sur de Mendoza entraron en su demarcación; que, a no serlo, Chile pudiera reclamar todo el territorio que media entre Magallanes y las provincias de Cuyo”
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    SARMIENTO Y LA GUERRA DEL PARAGUAY


    Durante todo el período mitrista, y desde mucho antes de al guerra del Paraguay, Buenos Aires fue una fuente de intrigas, injurias y falsedades contra Solano López, contra Paraguay y contra su pueblo.


    Al asumir Sarmiento a la presidencia en octubre de 1868, la opinión pública pensó que se terminaría esa campaña de intrigas y falsedades; inclusive se pensó en la paz con López y la terminación de la alianza con Brasil, totalmente antipática para la mayoría del pueblo argentino, sobre todo en el interior.


    Sarmiento defraudó totalmente esa esperanza, y anunció que continuaría la guerra y la alianza que calificó de “necesaria, legítima y honorable”.


    No solamente fogoneó desde la prensa para que se haga la guerra al Paraguay : en marzo de 1869 llega a Buenos Aires la noticia de la muerte del Mariscal Francisco Solano López en Cerro Corá. Sarmiento mandó una banda de música a tocar serenatas ante la puerta de Mitre, y el mismo día le escribía a Mrs. Mann: “No crea que soy cruel. Es providencial que un tirano haya hecho morir a ese pueblo guaraní. Era preciso purgar la tierra de toda esa excrescencia humana” (JMR. La guerra del Paraguay.p.323)


    El 1° de abril de 1869 le escribe a Mrs. Mann diciendo que soñaba formar “con emigrados de California una colonia en el Chaco que puede ser el origen de un territorio, y un día un territorio yanqui” (JMR. La guerra del Paraguay.p.319)


    En carta del 12 de octubre de 1869, a Manuel R. García le dice: “La guerra no está concluida, aunque aquel bruto (Solano López) tiene todavía veinte piezas de artillería y dos mil perros que habrán de morir bajo las patas de nuestros caballos. Ni a la compasión mueve ese pueblo, rebaño de lobos” (A.Bray, Solano López.p.269 – JMR. La guerra del Paraguay.p.300)


    No conforme, el padre del aula y la civilización dirá en correspondencia posterior: “López sigue de derrota en derrota por los bosques, con mil o dos mil animales que le siguen y mueren de miedo” (L.A. Herrera: El drama del 65.p.86) “¿Cómo acabar con un idiota, borracho y feroz (López), que tiene aún algunas víctimas que inmolar” (30-12-1869) (JMR. La guerra del Paraguay.p.301)


    Entre esa “manada de lobos” irá a pasar sus últimos días y a morir Sarmiento. Ese pueblo heroico y lleno de grandeza, hizo a su detractor el homenaje de poner su nombre a una calle de Asunción. (JMR. La guerra del Paraguay.p.301)


    Sarmiento no solo no sentía antipatía por Brasil y la alianza, sino que incluso aprobaba su política desde mucho antes; estando en Chile justificaba el régimen esclavista: “El Brasil, por una necesidad tradicional en su sistema de agricultura, usa del medio horrible, pero necesario allí, de la esclavatura” (Sarmiento. La política de Rosas. Periódico el Progreso. Santiago de Chile, 5 de octubre de 1844)


    El increíble “gran sanjuanino” con tal de hablar mal de Rosas, justificaba hasta la esclavitud.
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    La "civilización" del Paraguay.


    Para imponer su “civilización”, Sarmiento no solo contribuyó al vergonzoso genocidio del pueblo Paraguayo, sino que aun lo festejó tiempo después, terminada la guerra:


    “Estamos por dudar de que exista el Paraguay. Descendientes de razas guaraníes, indios salvajes y esclavos que obran por instinto o falta de razón. En ellos, se perpetúa la barbarie primitiva y colonial... Son unos perros ignorantes... Al frenético, idiota, bruto y feroz borracho Solano López lo acompañan miles de animales que obedecen y mueren de miedo. Es providencial que un tirano haya hecho morir a todo ese pueblo guaraní. Era necesario purgar la tierra de toda esa excrecencia humana, raza perdida de cuyo contagio hay que librarse”. (Carta Mitre. 1872. Artículo de "El Nacional", 12.12.1877)


    “Para gobernar a la República Argentina vencida, sometida, enemiga, la alianza del Brasil era una parte esencial de la organización Mitre-Sarmiento; para dar a esa alianza de gobierno interior un pretexto internacional, la guerra al Estado Oriental y al Paraguay, viene a ser una necesidad de política interior; para justificar una guerra al mejor gobierno que haya tenido el Paraguay, era necesario encontrar abominables y monstruosos esos dos gobiernos; y López y Berro han sido víctimas de la lógica del crimen de sus adversarios”. (Juan Bautista Alberdi)


    Después tuvo la caradurez de ir a vivir a Paraguay, donde murió. Pidió ser enterrado envuelto en las banderas argentina, chilena, uruguaya y paraguaya. No tenía vergüenza. Deberían haberlo enterrado envuelto en su uniforme de militar francés con que se vistió cuando acompañó a Urquiza como boletinero del ejército, donde “no lo tocó ni el polvo de la batalla”.


    Los grados de militar se los regalaron; el coronel Lino Almandós en 1862, al brindar en un banquete en Mendoza dijo que “Las presillas que ostentan mis hombros son ganadas en los campos de batalla” y agregó en presencia del propio “boletinero del ejército grande”: “Las que cuenta el señor Sarmiento, son regaladas por el señor general Urquiza, patentadas por el gobernador Obligado, y concedidas, señores, por favor del señor brigadier Mitre. He dicho”
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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    Re: Virreinato del Río de la Plata

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    Opiniones de Sarmiento

    Bastan opiniones sobre y por Sarmiento para pintarlo de cuerpo entero:

    1842– La Patagonia Austral : "He contribuido con mis escritos aconsejando con tesón al gobierno chileno a dar aquel paso... El gobierno argentino, engañado por una falsa gloria, provoca una cuestión ociosa que no merece cambiar dos notas, Para Buenos Aires tal posesión es inútil. Magallanes pertenece a Chile y quizá toda la Patagonia... No se me ocurre después de mis demostraciones, como se atreve el gobierno de Buenos Aires a sostener ni mentar siquiera sus derechos. Ni sombra ni pretexto de controversia les queda". (El Progreso 11 al 28 de Nov. 1842 y La Crónica 11/3 y 4/8/1849). "Es una guerra desértica, frígida e inútil. No vale la pena gastar un barril de pólvora en su defensa. ¿Por qué obstinarse en llevar adelante una ocupación nominal?" (1868; 30/5/1881 y El Nacional, 19/7/1878)

    1843-Modelo de estudiante : "La plana (libreta escolar) era abominablemente mala, tenia notas de policía (conducta deficiente), había llegado tarde, me escabullía sin licencia (se rateaba) y otra diabluras con que me desquitaba del aburrimiento" (Mi defensa, año 1843)

    1845-Los chilenos:“Todos los chilenos nos avergonzamos que haya en Chile dos periódicos que no defienden la legalidad de la traición de su país, y usted sabe quienes son sus redactores”.(Nota del general Pinto, ex presidente de Chile, al ministro plenipotenciario argentino)

    La Patria: "Los argentinos residentes en Chile pierden desde hoy su nacionalidad. Chile es nuestra Patria querida. Para Chile debemos vivir. En esta nueva afección deben ahogarse todas las antiguas afecciones nacionales" (El Progreso, 11/10/1843). "Fui chileno, señores, os consta a todos" (5/4/1884).

    Los argentinos:"una dañosa amalgama de razas incapaces e inadecuada para la civilización" (Sarmiento, Obras completas. Ed Belin Hnos. Parias 1909)

    Las italianos: los llamaba "bachichas" "palurdos" "ignorantes".

    Los árabes: "son una canalla que los franceses corrieron a bayonetazos al Sahara".

    Los irlandeses: "la chusma irlandesa organizada por los curas, que además son fanáticos y borrachos"

    Los judíos: "Fuera esa raza semítica ¿ o es que no tenemos derecho como alemanes y polacos para hacer salir a estos gitanos bohemios que han hecho del mundo su patria" (Sarmiento, Obras completas. Ed Belin Hnos. Paris 1909)

    ¨... El pueblo judío. Esparcido por toda la tierra ejerciendo la usura y acumulando millones, rechazando la patria en que nace y muere por un ideal que baña escasamente el Jordán, y a la que no piensa volver jamás. Este sueño que se perpetua hace veinte o treinta siglos, pues viene del origen de la raza, continua hasta hoy perturbando la economía de las sociedades en que viven, pero de las que no forman parte. Y ahora mismo en la bárbara Rusia como en la ilustrada Prusia se levanta el grito de repulsión contra este pueblo que se cree escogido y carece de sentimiento humano, el amor al prójimo, el apego a la tierra, el culto del heroísmo, de la virtud, de los grandes hechos donde quiera que se producen.(D.F. Sarmiento; 'Condición del extranjero en América'; en: "OBRAS DE SARMIENTO, publicadas bajo los auspicios del gobierno argentino", tomo XXXVI. Editor A. Belin Sarmiento. Imprenta y Litografía "Mariano Moreno" - Bs. As., 1896 ) ( D.F. Sarmiento; 'Condición del extranjero en América'; Obras completas, tomo XXXVI. Luz del Día, Bs. As., 1953 )( artículo titulado "Somos extranjeros", en el Censor, Buenos Aires, 1886)

    1844-El Indio : "¿Lograremos exterminar los indios?. Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa canalla no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así son todos. Incapaces de progreso, su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado". (El Progreso, 27/9/1844; El Nacional, 25/11/1876) ( Artículos de "El Progreso", 27.9.1844 y de "El Nacional", 19.5.1857, 25.11.1878 y 8.2.1879 )

    "Quisiéramos apartar de toda cuestión social americana a los salvajes por quienes sentimos, sin poderlo remediar, una invencible repugnancia, y para nosotros, ColoColo, Lautaro y Caupolicán, no obstante los ropajes civilizados y nobles de que los revistiera Ercilla, no son más que unos indios asquerosos, a quienes habríamos hecho colgar y colgaríamos ahora, si reaparecieran en una guerra de los araucanos contra Chile, que nada tiene que ver con esa canalla”. (Expresiones de Domingo Faustino Sarmiento extraídas del libro “Nueva crónica de la conquista del Tucumán”, de Roberto Levellier);

    Congreso de Tucumán : "Formado en su mayoría por curas de aldea, ignorantes de la historia contemporánea. Era un niño que declara la independencia; pues no se necesita inteligencia ni ciencia para emanciparse y constituirse una fracción de pueblo independiente de otra" (Tomo 48º, p. 103 y 302 de OO.CC.

    "Yo era el único oficial del ejército argentino que en la campaña ostentaba una severidad de equipo estrictamente europea. Silla, espuelas, espada bruñida, levita abotonada, guantes, quepí francés, paletot en lugar de poncho; todo yo era una protesta contra el espíritu gauchesco...Esto -que parece una pequeñez- era una parte de mi plan de campaña contra Rosas y los caudillos, seguido al pie de la letra, discutido con Mitre y Paunero, y dispuesto a hacerlo triunfar sobre el chiripá, si perma- nezco en el ejército..., y para acabar con estos detalles de mi propaganda culta, elegante y europea en aquellos ejércitos de apariencias salvajes, debo añadir que tenía botas de goma, carpa fuerte y bien construida, catre de hierro, velas de esperma, mesa, escritorio y provisiones de boca."

    1857-Las Provincias : "Son pobres satélites que esperan saber quien ha triunfado para aplaudir. La Rioja, Santiago del Estero y San Luis son piltrafas políticas, provincias que no tienen ni ciudad, ni hombres, ni cosa que valga. Son las entidades mas pobres que existen en la tierra" (El Nacional, 9/10/1857).

    1857-Los Porteños : "Las elecciones de 1857 fueron las mas libres y mas ordenadas que ha presentado la América". (El Nacional, 13/10/1857). "Para ganarlas, nuestra base de operaciones ha consistido en la audacia y el terror, que empleados hábilmente han dado este resultado (de las elecciones del 29 de marzo). Los gauchos que se resistieron a votar por nuestros candidatos fueron puestos en el cepo o enviados a las fronteras con los indios y quemados sus ranchos. Bandas de soldados armados recorrían las calles acuchillando y persiguiendo a los opositores. Tal fue el terror que sembramos entre toda esa gente, que el día 29 triunfamos sin oposición. El miedo es una enfermedad endémica de este pueblo. Esta es la palanca con que siempre se gobernara a los porteños, que son unos necios, fatuos y tontos". (Sarmiento, Carta a D. Oro 17/6/1857)

    Marina Nacional : "El día que Buenos Aires vendió su Escuadra hizo un acto de inteligencia que le honra. Las costas del Sur no valdrán nunca la pena de crear para ellas una Marina. Líbrenos Dios de ello y guardémonos nosotros de intentarlo". (El Nacional, 12/12/1857 y 7/6/1879)

    1859-Los desheredados sociales : "Si los pobres de los hospitales, de los asilos de mendigos y de las casas de huérfanos se han de morir, que se mueran: porque el Estado no tiene caridad, no tiene alma. El mendigo es un insecto, como la hormiga. Recoge los desperdicios. De manera que es útil sin necesidad de que se le dé dinero. ¿Qué importa que el Estado deje morir al que no puede vivir por sus defectos?. ¿Los huérfanos son los últimos seres de la sociedad, hijos de padres viciosos, no se les debe dar más que de comer". (Discurso en el Senado de Buenos Aires, 13 de Septiembre de 1859)

    1861-El Gaucho Argentino : "Se nos habla de gauchos...La lucha ha dado cuenta de ellos, de toda esa chusma de haraganes. No trate de economizar sangre de gauchos... Es lo único que tienen de humano. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esta chusma criolla incivil, bárbara y ruda, es lo único que tienen de seres humanos".(Carta a Mitre de 20 de Septiembre de 1861 y "El Nacional" 3/2/1857)

    1865-La masa popular : "Tengo odio a la barbarie popular... La chusma y el pueblo gaucho nos es hostil... Mientras haya un chiripá no habrá ciudadanos, ¿son acaso las masas la única fuente de poder y legitimidad?. El poncho, el chiripá y el rancho son de origen salvaje y forman una división entre la ciudad culta y el pueblo, haciendo que los cristianos se degraden... Usted tendrá la gloria de establecer en toda la República el poder de la clase culta aniquilando el levantamiento de las masas". (En Buenos Aires, 1853; Carta a Mitre del 24 de Septiembre 1861; en EEUU., 1865)

    Artigas: "Artigas es un bandido, un tártaro terrorista. Jefe de bandoleros, salteador, contrabandista, endurecido en la rapiña, incivil, extraño a todo sentimiento de patriotismo, famoso vándalo, ignorante, rudo, monstruo, sediento de pillaje, sucio y sangriento ídolo con chiripá. Ese salvaje animal que enchalecaba hombres con cuero fresco lleva por séquito inseparable el degüello y la devastación". Obras Completas, tomo 17, págs. 87 y 92; tomo 15, págs. 348 y 349 y tomo 38, pág. 280.

    1866-Pueblo: "Cuando decimos pueblo, entendemos los notables, activos, inteligentes: clase gobernante. Somos gentes decentes, patricios a cuya clase pertenecemos nosotros, pues, no ha de verse en nuestra Cámara (Diputados y Senadores) ni gauchos, ni negros, ni pobres.." (Discurso ante el Congreso, de 1866)

    1866-Colonias extranjeras y las Malvinas : "La Inglaterra se estaciona en las Malvinas. Seamos francos: esta invasión es útil a la civilización y al progreso" (El Progreso, 28/11/1842). "Propicio una colonia yanqui en San Juan y otra en el Chaco hasta convertirse en colonias norteamericanas de habla inglesa (años 1866 y 1868) porque EEUU es el único país culto que existe sobre la tierra. España, en cambio, es inculta y bárbara. En trescientos años no ha habido en ella un hombre que piense... Europa ha concluido su misión en la historia de la humanidad". Por último se lamenta que hayamos vencido a los ingleses en las invasiones. (Cf. Gálvez, 449, 90 y 132)

    1866-Igualdad de las clases : "Cuando decimos pueblo, entendemos los notables, activos, inteligentes: clase gobernante. Somos gentes decentes. Patricios a cuya clase pertenecemos nosotros, pues, no ha de verse en nuestra Cámara (Diputados y Senadores) ni gauchos, ni negros, ni pobres. Somos la gente decente, es decir, patriota”. (Sarmiento, Discurso de 1866) (interesante apreciación de Sarmiento descendiente de negros, por parte materna y nacido pobre)

    Masacre Patriótica: "Necesitamos entrar por la fuerza en la nación, la guerra si es necesario" (año 1861). "Los sublevados serán todos ahorcados, oficiales y soldados, en cualquier numero que sean" (año 1868). "Es preciso emplear el terror para triunfar. Debe darse muerte a todos los prisioneros y a todos los enemigos. Todos los medios de obrar son buenos y deben emplearse sin vacilación alguna, imitando a los jacobinos de la época de Robespierre" (año 1840). "A los que no reconozcan a Paz debiera mandarlos ahorcar y no fusilar o degollar. Este es el medio de imponer en los ánimos mayor idea de la autoridad" (año 1845). "Hemos jurado con Sarmiento que ni uno solo ha de quedar vivo" (Mitre en 1852).

    Democracia sanguinaria : ...la muerte del gobernador Benavídez "es acción santa sobre un notorio malvado! Dios sea loado" (El Nacional, 23/10/1858). "Acabé con el Chacho (el General Peñaloza). He aplaudido la medida precisamente por la forma. Sin cortarle la cabeza a ese pícaro, las chusmas no se habrían aquietado" (Carta a Mitre, 18/11/1863).

    Mano dura "Córteles la cabeza y déjelas de muestra en el camino" (Carta a Arredondo, 12/4/1873). "Si el coronel Sandes mata gente (en las provincias) cállense la boca. Son animales bípedos de tan perversa condición (esos provincianos que defienden sus autonomías) que no se que se obtenga con tratarlos mejor" (Informe a Mitre, 1863).

    El fusilamiento en masa de un batallón correntino: "brillante conducta". A los sublevados entrerrianos en 1868. "Proceda a diezmarlos, pasando por las armas a los que le toque en suerte". El degüello de Santa Coloma : "acto de que gusté" (año 1852). Asesinato del gobernador Virasoro que él instigó desde Buenos Aires: "San Juan tenia derecho a deshacerse de su tirano" (año 1860). Aprobó el asesinato en masa en Villamayor el 2/2/1856 y como presidente ofreció $100.000 por la cabeza de López Jordán y entre las cabezas valuadas a 1000 patacones estaba la de José Hernández, que acababa de publicar el "Martín Fierro", y era un ferviente antirosista.

    Libertad de sufragio: "Después de la caída de Rosas, Buenos Aires fue educada en la practicas de la libertad por demagogos. El fraude, la falsificación de las urnas electorales vienen de 1852 por los comicios organizados por Mitre. Después de veinte años de este sistema Mitre se ha quedado solo en la República con sus paniaguados. En Buenos aires hay tal libertad de sufragios que ni a palos harán que el pueblo concurra a elecciones". (Año 1872 ¡El era presidente!).

    1862-Democracia liberal: "Aquí en América la palabra libertad importa sainete ridículo; Riquísima comedia que no manifiesta tener fin" (14/11/1841). "Esta demostrado que no puede haber mas política que la del garrote y la macana" (año 1880). "A quien no quiere pagar lo soplo a la cárcel. En materia de contribución directa hago peor, pues les rasco el bolsillo" (Gobernador de San Juan en carta a Mitre, 1862).

    1866-Constitución: "Una Constitución pública no es una regla de conducta para todos los hombres. La Constitución de las masas populares son las leyes ordinarias, los jueces que las aplican y la policía de seguridad. No queremos exigir a la democracia más igualdad que la que consienten la diferencia de raza y posiciones sociales. Nuestra simpatía para la raza de ojos azules."(OO. CC., 1886)

    1869 - ...soñaba formar “con emigrados de California una colonia en el Chaco que puede ser el origen de un territorio, y un día de un territorio yanqui” (Carta a Mrs Mann, 1-4-1869)(JMR. La guerra del Paraguay.p.319)

    1869 - “La guerra no está concluida, aunque aquel bruto (Solano López) tiene todavía veinte piezas de artillería y dos mil perros que habrán de morir bajo las patas de nuestros caballos. Ni a la compasión mueve ese pueblo, rebaño de lobos” (Carta a Manuel R. Garcia del 12-10-1869) (A.Bray, Solano López.p.269 – JMR. La guerra del Paraguay.p.300)

    “López sigue de derrota en derrota por los bosques, con mil o dos mil animales que le siguen y mueren de miedo” (L.A. Herrera: El drama del 65.p.86) “¿Cómo acabar con un idiota, borracho y feroz (López), que tiene aún algunas víctimas que inmolar” (30-12-1869) (JMR. La guerra del Paraguay.p.301)

    1878-Socialismo: "Las huelgas son invenciones de los ociosos que buscan motivos de alarmar. El socialismo las usó como instrumento de perturbación; pero el socialismo es una necedad en América". (El Nacional, 14/9/1878)

    San Martín : "San Martín, el ariete desmontado ya que sirvió a la destrucción de los españoles; hombre de una pieza; anciano batido y ajado por las revoluciones americanas, ve en Rosas el defensor de la independencia amenazada y su ánimo noble se exalta y ofusca... Fastidiado estoy de los grandes hombres que he visto... Hace tiempo que me tienen cansado los héroes sudamericanos (como si él fuera europeo), personajes fabulosos todos... La expatriación de San Martín fue una expiación. Sus violencias se han vuelto contra él y lo han anonadado... Pesan sobre él ejecuciones clandestinas... Dejemos de ser panegiristas de cuanta maldad se ha cometido. San Martín, castigado por la opinión, expulsado para siempre de la América, olvidado por veinte años, es una digna y útil lección". (Año 1845. La Crónica, 26/12/1853; carta a Alberdi 19/7/1852; y año 1885)

    Rosas : "... falso, corazón helado, espíritu calculador... Tirano sin rival hoy en la tierra,...... una aberración, una monstruosidad... legislador de esta civilización tártara... el tirano... el lobezno que se está criando aún...... el caníbal de Buenos Aires... las miradas suspicaces del tirano... el azote del verdugo... otros execraban aquel monstruo sediento de sangre y de crímenes,... el despotismo de Rosas... tirano semibárbaro.... Degüella, castra, descuartiza a sus enemigos para acabar de un solo golpe... el execrable Nerón, el tirano brutal.... la sangre derramada ahogue al tirano!... Rosas con sus atrocidades... ese monstruo,... los bandidos, desde Facundo hasta Rosas... este genio maldito ... el monstruo... horrible monstruo... del execrable tirano... sus mismas brutalidades y su desenfreno... un forajido, un furioso, o un loco frenético... este furibundo (Extractos de Facundo, que tomados como de quien viene, son más un halago que un insulto)

    Sin embargo, diría:

    “..(Rosas). era un republicano que ponía en juego todos los artificios del sistema popular representativo. Era la expresión de la voluntad del pueblo, y en verdad que las actas de elección así lo muestran. Esto será un misterio que aclararán mejores y más imparciales estudios que los que hasta hoy hemos hecho. No todo era terror, no todo era superchería. Grandes y poderosos ejércitos lo sirvieron años y años impagos. Grandes y notables capitalistas lo apoyaron y lo sostuvieron. Abogados de nota tuvo en los profesores patentados del derecho. Entusiasmo, verdadero entusiasmo, era el de millares de hombres que lo proclamaban el Grande Americano. La suma del poder público, todas palabras vacías como es vacío el abismo, le fue otorgada por aclamación. Senatus consulto y plebiscito, sometiendo al pueblo la cuestión”. (Biografía de Vélez Sarsfield)

    Y diría también que:

    “No se tiene aún noticia de ciudadano alguno que no fuese a votar (Plebiscito del 26, 27 y 28 de marzo de 1835 en Buenos Aires por el cual la ciudadanía se pronunció en concederle la Suma del Poder Público a Roas) Debo decirlo en obsequio de la verdad histórica, nunca hubo un gobierno más popular y deseado ni más sostenido por la opinión...que el de Don Juan Manuel de Rosas” . (Domingo F. Sarmiento. En su libro “Civilización y Barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga“. Santiago de Chile, 1845.)

    Palabra De Honor : "Si miento lo hago como don de familia, con la naturalidad y la sencillez de la verdad". (Carta a M. R. García, 18/10/1868) (Palabra de honor del presidente de los argentinos e historiador nacional)

    El Libro "Facundo" (Civilización Y Barbarie) : "Jovencito: no tome como oro de buena ley todo lo que he escrito contra Rosas" (Consejo dado a Ramos Mexía). "Los muchos errores que contiene son una de las causas de su popularidad" (La Crónica, 26/12/1853). "Cada pagina revela la precipitación con que ha sido escrito" (Recuerdos de Provincia.). "Sin documentos a la mano y ejecutado con propósitos de acción inmediata" (Carta a V. Alsina, 7/4/1851).

    “Remito a S. Exa. un ejemplar del Facundo que e escrito con el objeto de favorecer la revolución i preparar los espíritus. Obra improvisada, llena por necesidad de inexactitudes, a designio a veces, no tiene otra importancia que la de ser uno de tantos medios tocados para ayudar a destruir un gobierno absurdo, y preparar el camino a otro nuevo” (Carta de Sarmiento al Gral Paz. Montevideo 22-12-1845) R. R. Carlés. Posas, p.12

    Sobre El Facundo y Su Autor dijo El Restaurador: “El libro del loco Sarmiento es de lo mejor que se ha escrito contra mí: así es cómo se ataca, señor; así es cómo se ataca; ya verá usted cómo nadie me defiende tan bien, señor”. ( Saldías, Rozas..., III, 236 )

    Los Negros: “Los negros... ponían en manos de Rosas un celoso espionaje, a cargo de sirvientes y esclavos proporcionándole, además, excelentes e incorruptibles soldados de otro idioma y de una raza salvaje... Felizmente, las continuas guerras han exterminado a la parte masculina de la población..”. (Facundo )

    Invasión Francesa: “Los que cometieron aquel delito de leso americanismo (apoyar la invasión francesa), los que se echaron en brazos de la Francia para salvar la civilización europea, sus instituciones, sus hábitos e ideas en las orillas del Plata, fueron los jóvenes, en una palabra, ¡fuimos nosotros! ... Somos traidores a la causa americana, española, absolutista, bárbara... De eso se trata, de ser o no ser salvajes”. (Sarmiento)

    Rosas: “Jovencito, no tome como oro de buena ley todo lo que he escrito contra Rosas. Era nuestro enemigo político” (Sarmiento a Adolfo Saldías)

    La Educación Rosista: “A pesar de las difíciles circunstancias en que el país se hallaba envuelto, parecía que nada influyera en la educación de la juventud que cada día se mostraba más afanosa por corresponder a los cuidados que se le prodigaban.” (Sarmiento) (El presupuesto para educación, que en 1829 era de 37.141 pesos fue elevado en 1830 a 49.980.)

    A pesar de las intrigas y la guerra civil, durante la época de Rosas se dio un fuerte impulso a la instrucción primaria y superior. Una comisión nombrada para estudiar al reforma terminó sus trabajos con un proyecto “en el cual puede verse una anticipación de algunos aspectos de la reforma universitaria argentina, y que guarda tantos puntos de coincidencia con el sistema administrativo y docente que rige actualmente” (A. Salvador. La Universidad de Buenos Aires. La Plata 1937.p.70 – Julio Irazusta Vida política de Juan Manuel de Rosas.t.II.70)
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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