Tan trascendental para el futuro como la obra de Nebrija fue la actitud de la reina Isabel ante el lenguaje, no sólo en su aspecto político, sino también desde el punto de vista de la estética del castellano. Porque ella, indudablemente, ponía en su lenguaje un nuevo estilo, en oposición al exagerado y artificioso de los tiempos de su padre Juan II; un nuevo estilo que admiraban y procuraban imitar las gentes de entonces.

En primer lugar, ponía en su hablar la reina Isabel una sobriedad, propia de su elegante sencillez y modestia; por eso no le agradaban hueros discursos ni frases altisonantes: “Aborrecía los hombres livianos parleros” –decía de ella Lucio Marineo Sículo ( “De las cosas memorables de España”)-.
En segundo lugar, hablaba con un solemne reposo: “Hablaba el lenguaje castellano elegantemente y con mucha gravedad”, atribuyendo a la Reina una cualidad propia, poco más tarde, de los españoles del siglo XVI, admirados en el mundo –según B. Castiglione- precisamente por su “peculiar gravedad reposada”, que acaso aprendieran de la reina Isabel. Y acaso también de Fernando el católico, que, al decir de Pulgar, “tenía la fabla igual, ni presurosa ni muy espaciosa”.
En fin, hablaba la Reina en un lenguaje natural, pero selecto, y opuesto por tanto al latinizante y engolado de la anterior corte de Juan II; un lenguaje regido por lo que ella llamaba buen gusto, o sea una no aprendida aptitud para saber elegir las imágenes y palabras más adecuadas, agradables y hermosas.”

Buen gusto es también lo que rige en la obra más perfecta hasta entonces del lenguaje escrito: en La Celestina de Fernando de Rojas, compuesta alrededor de 1492, brilla ya el gran estilo de la época imperial; estilo que incorpora al lenguaje literario el vocabulario popular y el Refranero –como reflejo del alto aprecio en que se tiene a la lengua vulgar-, tratando, a la vez, de armonizarla con expresiones nuevas, tomadas generalmente del latín, empleando como Rojas, cultismos como ánima, objecto, inmérito etc,. o giros latinizantes con el verbo al final de la frase.
De todas formas, lo natural se sobrepone siempre a lo artificioso, no sólo en Rojas, sino también en otros escritores, como el mismo Nebrija, tan sencillo en la expresión. En Rojas, incluso cuando lo artificioso latinizante aparece en boca de altos personajes, como acomodado al estilo de éstos, la réplica o crítica de ese estilo surge inmediatamente en boca del criado, señalando así Rojas bien claramente cuál había de ser en aquella época el canon del estilo ideal: “Dexa, señor- dice Sempronio a Calixto una vez-, esos rodeos, que no es habla conveniente la que a todos no es común.”

Ante tan grandes éxitos como los que venimos señalando, era natural que Nebrija creyera estaba la Lengua “ya tanto en la cumbre, que más se pudiera temer el descendimiento de ella que esperar la subida”. Sin embargo, días de mayor gloria iba a alcanzar el castellano, gracias al nieto de Isabel de Castilla, el Emperador Carlos V. En ellos se afirmaría la política lingüistica de la Reina: unidad y difusión universal. En ellos se perfeccionaría la Lengua, a base del buen gusto isabelino. A ella, pues, se debe la iniciativa en el desenvolvimiento de la Lengua en su Edad de Oro.
Con razón decía Nebrija de la Reina que “en su mano e poder no menos está el momento de la lengua que el arbitrio de todas nuestras cosas”.


J. Oliver Asín, Historia de la Lengua española