Revista FUERZA NUEVA, nº 600, 8-Jul-1978
OPINIÓN REPUBLICANA
El último presidente de la República Española en el exilio, Fernando Valera, ha publicado (1978) un artículo en “El Imparcial” que merece ser leído detenidamente.
Fernando Valera ha sido enemigo permanente del Régimen de Franco y lo sigue siendo. Es lo suyo y nadie va a censurarle por ello. Se le podrá censurar por otras cosas como, por ejemplo, por su colaboración con la horda roja, que sumió a media España en un baño de sangre bajo la tiranía bolchevique, a la que la institución republicana sirvió de cobertura. Pero no por ser leal a sí mismo, a su ideología, a su historia. Nosotros la lealtad la respetamos en cualquiera que la mantiene, sea amigo o adversario. Como repudiamos la deslealtad en cualquiera, haya sido de nuestro campo o del enemigo. Más si ha sido de nuestro campo, porque las deserciones son una cuestión interna de cada ejército, que no va a resolvérsela el contrario.
Y aquí es donde coincidimos, partiendo de orígenes muy distintos, con el planteamiento que hace Valera de la conducta de la nueva clase política, en un artículo que lleva el significativo título de “Perjuros, apóstatas e impostores”. Si empleáramos nosotros esos adjetivos, enseguida nos llamarían inmovilistas, ultras y fascistas. Pero a Fernando Valera es difícil que puedan hacérselo, aunque vayan ustedes a saber si los nuevos dispensadores de credenciales democráticas no le invalidan el día menos pensado con cualquiera de esos calificativos o con otro que se saquen de la manga para cubrir sus propias vergüenzas morales.
Escribe Valera: “El mayor daño que a la guerra, los cuarenta años de tiranía, la maniobra sucesoria y el continuismo monárquico han inferido a nuestro pueblo ha sido el envilecimiento, la pérdida de la conciencia moral, de la sindéresis. Lo abominable no es que EL PERJURIO LA APOSTASÍA LA IMPOSTURA hayan asegurado, como estaba previsto y preparado por Franco -de ahí lo del “atado y bien atado”- la sucesión, sino que lo haya hecho sin que nadie sienta el menor escrúpulo de conciencia”. (*)
Es un párrafo con el que no creemos que, tal y como está redactado, nadie pueda estar de acuerdo, ni siquiera el mismo autor si lo lee dos veces, dadas las contradicciones que entraña. Dejemos a un lado lo de los “cuarenta años de tiranía” que es un desahogo explicable en quien esperó ese mismo tiempo una derrota de Franco que no llegó nunca.
Pasemos al punto crucial del tema, que es el del cambio político. Resulta absurdo sostener –como figura en el párrafo transcrito que Franco tenía previstos para sus planes sucesorios el perjurio, la apostasía y la impostura. Por el contrario, las leyes estaban redactadas de forma que fuera la fidelidad los juramentos prestados la que garantizara el atado y bien atado”. No ha sido Franco el autor, sino la víctima de una conducta que no podía prever, y que si la hubiera previsto lógicamente hubiera dado lugar a medidas correctoras.
El honor es de cada uno
Después de este brindis al antifranquismo, tan poco afortunado, Valera entra en el fondo del asunto y escribe:
“Desde los que están hoy en la cumbre del poder hasta la misma oposición autorizada, todos, todos son perjuros, apóstatas o impostores. Nadie es lo que se llama, todo el mundo ha renegado de sus opiniones y nadie se da cuenta siquiera de su apostasía: los comunistas han renegado no sólo de la bandera tricolor, sino de la dictadura del proletariado y del marxismo-leninismo; los franquistas, ahora convertidos a la democracia, de los principios inmutables del Movimiento y de los solemnes juramentos prestados ante el crucifijo y los Evangelios; los carlistas, promotores de guerras civiles, de su Dios, Patria y Rey, para proclamarse ahora socialistas y autogestionarios, y etcétera”.
No todos los carlistas, pero, puntualizaciones aparte, la catilinaria de Valera se basa en razones sólidas. En razones que han sido esgrimidas con igual energía, pero con mayor rigor de análisis a este lado de la trinchera. Valera se lamenta: “¿Dónde está la fidelidad Ibérica celebrada por griegos y romanos? ¿Dónde la jura de Santa Gadea? ¿Dónde…? “
En consecuencia, dice que está padeciendo una crisis de españolidad porque, en el fondo, todo el problema es un problema de honor. Concluye recordando la famosa (y mutilada) frase de Francisco I tras la derrota de Pavía (“Todo se ha perdido menos el honor”) para añadir: “No sé, pero yo siento que en nuestro caso todo se ha perdido en España y también el honor”.
Opinión con la que de ninguna manera se puede estar de acuerdo. No se ha perdido todo, porque España aún existe y de nosotros depende la voluntad de salvarla. Pero además, el honor como decía Calderón, “es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios”. Esto significa que el honor es una virtud individual que no se pierde por el perjurio ajeno sino por el propio. Conservarlo es obligación de cada uno, sin que sirvan de excusa, para no mantenerlo sin mancha, las miserias ajenas.
Quizá la que sea llegada es la hora de que todos los hombres de honor, sin distinción de ideología, emprendan la gran Cruzada de reconquistar para el honor la vida política española.
R. I.
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